domingo, 24 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN TROZO DE VIDA
Querida Mariana: tomé el libro “El olvido que seremos”, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Lo tomé de nuevo porque su portada es muy bella, aparece una niña que sostiene un violín en la mano izquierda, el arco en la derecha; la niña está en un sembradío, se ve una flor sobre un fondo blanco. Es un fotomontaje, sin duda. El blanco del fondo lo colocó el diseñador para que resaltara la figura de la niña. Pero la historia no cuenta la vida de una niña, sino la de un niño con relación a su padre. Así como todo mundo nació del vientre de una madre, el padre intervino para que el milagro de la vida apareciera; es decir, todos tenemos una madre y todos tenemos un padre. El padre del niño de la novela es un padre lindo, muy bueno con él, casi casi le hace todos sus gustos, por eso el niño pide algo imposible: que su padre nunca muera.
Tomé el libro para darle una relectura. Tal vez fue en tiempo de pandemia que lo compré en libro digital y lo leí en el Kindle. Pero ahora que estuvimos en la FIL de Guadalajara asomó su carita entre lo que el maestro Pepe Martínez definió como “hectáreas de libros” y Dora Patricia Espinosa y yo lo compramos.
Tomé el libro. Como siempre hago, como siempre hace la mayoría de lectores, busqué la página inicial, ahí me topé con la siguiente frase, que es como título del primer capítulo “Un niño de la mano de su padre”. No pude avanzar en la lectura. Ahí me detuve, la frase fue como un foco rojo en semáforo y suspendí la marcha.
Sé que a mucha gente le sucede lo mismo. Aparece una frase, un aroma o un detalle que sirve como advertencia para detenerse en el tráfago de la vida y para, un segundo después, ir tras el recuerdo de la madre o del padre ausentes. Ya te dije que aprendí la lección de vida: todos vamos a morir, ¡todos! No hay manera de darle la vuelta a esa certeza. A veces, como me sucedió a mí, se va el padre y luego la madre, mi papá murió en 1990 y mi mamá en 2025, se me fueron en el transcurso de dos siglos. Llegué al siglo XXI sin padre y en el mismo siglo mi mamá se despidió.
Cuando leí la frase: “Un niño de la mano de su padre”, pensé en el niño que fui, en mi padre y en la mano (la de él y la mía, porque cuando leí la frase supe que mi mano estaba en la suya, es una posición frecuente, la mano del padre da sostén a la del niño, quien se desplaza sin temor. ¿Qué temor puede existir si el niño está al lado de su héroe, de su súper héroe, del que todo lo puede, del que elimina toda incertidumbre?) Todos los niños que tuvieron papás buenos, como lo tuve yo, recuerdan, sin duda, momentos donde caminaron al lado de sus papás, de las manos de sus padres.
No pude avanzar en la lectura. Esto me sucede pocas veces, por lo regular cuando algo me atrae no paro de leer. Este libro es muy bueno, es de los que no se sueltan. Yo no lo solté, pero no pude avanzar, porque la frase me envió de inmediato a la figura de mi papá, a la imagen donde yo, niño, caminaba al lado de mi papá. No avancé, porque la imagen que me provocó la frase me jaló a buscar en mi memoria el momento en que caminé de la mano de mi papá. No lo hallé. Tengo tan mala memoria que los recuerdos se me escapan, incluso los más afectuosos.
Recordé una película donde la cámara está detrás de un padre que camina al lado de su hijo, se alejan de la cámara, el papá lleva a su hijo de la mano, se les ve contentos, ya dije que no se les ve los rostros, pero en la forma que el niño camina se nota que va feliz, tomado de la mano del papá, éste va orgulloso con su hijo. Cuando llegan al borde de la banqueta y van a cruzar una avenida donde pasan muchos autos, el papá lo carga, la cara del niño queda frente a la cámara, se le ve pleno, sin temor alguno.
Recordé este pasaje, porque el recuerdo que tengo con mi papá, el más entrañable, es el de una tarde que fuimos mi papá, mi mamá y yo al Cine Comitán. Cuando la función terminó, la noche ya había asomado su carita en el pueblo, al salir a la calle, mi papá, como si fuera el personaje de la película, me cargó, yo vestía (mi mamá me lo había puesto) un abriguito, color gris, que siempre lo he visto como la capa que lleva El Principito. Mi papá me cargó, sentí su abrazo, si la cámara de la película hubiese grabado ese instante me mostraría feliz, pleno, seguro, como jamás algo más pudo brindarme esa sensación de que todo estaba bien. Desde entonces, cuando necesito sostenerme en algo para evitar la caída, pienso en ese momento con mi papá y sé que todo estará bien, que lo peor ya está pasando, porque todo es como el agua, como el tiempo, como la vida, todo se diluye. Es una pena, pero es así. Qué bueno que es así, uno quisiera que lo bueno se quedara para siempre, pero todo se escurre; lo mismo sucede con lo malo, ¡se va!
Posdata: recomiendo la lectura de la novela de Héctor Abad, es muy buena, tanto, que el famoso escritor Mario Vargas Llosa dijo: “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”. ¡Pucha!
¡Tzatz Comitán!
