martes, 11 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON TEMA QUE NOS SEDUCE Y NOS MOLESTA

Querida Mariana: el apodo, Dios bendito. En Comitán es práctica común. Nos encanta usar apodos. El sobrenombre nos seduce. No respetamos nuestros nombres. No sé quién dijo que hay nombres bonitos y nombres feos. Hace años, la gente bautizaba a sus hijos con el nombre de Caralampio y a sus hijas con el nombre de Caralampia, todo en honor a nuestro santo consentido. Lo que debería ser un honor se convirtió en algo indecoroso y la gente que se llamaba César Caralampio firmaba así: César C. Hoy nadie bautiza a su hijo con tal nombre, somos pues acomplejados, hoy preferimos bautizar a nuestros chiquitos (sin albur) con el nombre de Johny. ¡Qué! Pues sí, alguien dijo que era más bonito un nombre gringo que un nombre griego, tal vez porque no sabía que Caralampio significa “refulgente de alegría”. ¿Qué significará Johny? Los comitecos de antes, cariñosos, amantes de los diminutivos decían Lampito a Caralampio. Tuve un compañero al que comenzaron diciéndole Caralimpia y cuando alguien lo llamó Lampito lo albureaban diciendo “te meto de poco a poquito”. En el pueblo es famoso el lugar que se llama “Siete esquinas”, nombre que tomó cuando alguien contó las esquinas que ahí confluyen (la gente baja al barrio y hace cuentas y nunca alcanza a contar las siete). Pero el lugar más famoso del pueblo es muy ingenioso, porque es la confluencia de las cuatro che, un lugar que está en el centro histórico. Sí, así como lo oís. Resulta que en tal lugar hay cuatro casas que en un momento habitaron personas cuyos apodos comenzaban con che: chamulas, chacanes, chucurrutas y chagüetos. El pueblo es jodoncito, pero también tiene ayuda del destino. ¿Cómo es que en esas cuatro residencias esquinadas llegaron a vivir personas cuyos sobrenombres comenzaban con la letra che? Este pueblo es mágico, único, jodoncito; Comitán es un pueblo de esos que se llaman chingaquedito. Ya te conté que hay comitecos que sí aceptan el sobrenombre, que no les molesta que alguien les diga así, al contrario, ellos eligen el apodo como signo de identidad. Mi amigo “El avión” exige que así se le diga, el otro día lo vi jugar fútbol con la selección de sesenta y más (equipo que obtuvo el campeonato nacional) y el cronista que narraba el partido decía: “ahí va el avioncito, conduce el balón por la pradera izquierda”, y yo lo veía volando sobre la cancha. Asimismo, en los años setenta había un sitio de autos de alquiler frente al Teatro de la Ciudad, y en la fachada estaba un teléfono con el número para que marcaran los que necesitaban un servicio. A uno de los taxistas le decían “diablo”, cuando los molestosos veían que sólo él estaba en el sitio corrían a marcar, cuando el taxista descolgaba el teléfono y decía: “bueno”, del otro lado escuchaba: “¿a dóndiablo?”, él se molestaba y decía: “a casa de tu reverenda madre” (hace favor de poner un sinónimo a reverenda). Como mirás, todo es chunga, es motivo de risa, es parte de lo jodón del pueblo. Como en cualquier lugar del mundo disfrutamos molestar, ah, pero que no se vayan a meter con nosotros. Otro taxista tenía el sobrenombre de “Pushica”, cuentan que una vez llegó a una botica que era atendida por una señora que le decían “cotorra” y, jodón, preguntó: “¿No tiene’sté aceite de cotorra?” y ella le contestó: “No, de cotorra no, sólo de pushica”. Santo remedio. También te he contado que frente a la escuela de la Prepa (hoy Casa de cultura) había una señora que vendía dulces y le decían “Pijuy”, todos los novatos eran enviados ahí a comprar dulces de pijuy, cuando la señora escuchaba la ofensa, les aventaba una cubetada de agua que ya tenía lista. Posdata: cuentan que el padre Carlos era un gran pone apodos. Un día, cuando yo era alumno suyo, me dijo “coleto”, porque mi papá era originario de San Cristóbal, como no le hice caso, el apodo no fructificó. Un día llegó un amigo (Ramiro) y con el clásico modo del que suelta algo secreto, dijo en voz baja: “¿a qué no saben cómo le decían al padre?”, todos dijimos que no. “Tutushac”, dijo Ramiro. A mí me dio mucha risa y lo repetí varias veces, comprobando que el aludido no estuviera cerca. No sé si el apodo fue verdad, pero dos o tres compas de ese tiempo me lo aplicaron, todavía, a veces, escucho que alguien me dice así. A mí no me molesta, sabés que nada me molesta, cuando escucho el apodo pienso en mi gran maestro y como si apareciera san Caralampio “refuljo de alegría”. La autoría de esta carta no debería atribuírseme, quien me cuenta estas gracejadas es mi amado Gutmita, a quien le dicen “El mil amores” o “El tiburón”, porque no se anda con mamadas. ¡Tzatz Comitán!