viernes, 18 de septiembre de 2026
LA REINA HUIXTLECA DE COMITÁN (parte 4)
Así, mi mamacita no recibió una buena bienvenida a su nueva casa: Chiapas, que fue su primer hogar, pero de 1945, más o menos, hasta 1955, ella vivió en la gran Ciudad de México. Cuando se casó, ella dejó todo, incluso la casa cuyo enganche inicial dio su papá, mi abuelo Enrique Torres; dejó todo para seguir a mi papá en la gran aventura, llegar a un pueblo desconocido: Comitán. Pero, Comitán se hacía la interesante, porque esquivaba la llegada de mi mamá.
Mi mamá contó: “al otro día, tu papá se vino a Comitán, pero solo; yo me quedé con mi cuñada”.
Acá advierto un rasgo de la personalidad de mi papá, mi papá siempre se mostró muy generoso con sus amigos y con sus parientes, por eso, no le importó dejar sola a su esposa, era importante que ella acompañara a su hermana en ese trance tan difícil, mi tía Lolita estaba a punto de que naciera su criaturita y había perdido a su esposo, mi mamá podía ser una buena compañía. Así, mi mamá se quedó en San Cristóbal, dos días, los días que mi papá vino a Comitán a ver sus negocios, ya que los había dejado durante un tiempo largo: el tiempo que viajó a la Ciudad de México para casarse y todos los días que había tardado el viaje de luna de miel, que, según lo que mi mamá contó, fue como de un mes en el estado de Veracruz.
Mi mamá dijo en el Platicatorio: “tu papá vino a Comitán a ver los negocios de aquí, porque tenía un montón de negocios: la cerveza Carta Blanca, la Coca Cola, tenía la corresponsalía del Banco Nacional de México, vendía sombreros -había adornadoras, que adornaban los sombreros- y vendía manta por piezas. Ah, había muchos negocios”.
Todos estos negocios estaban concentrados en la casa que le dieron rentada, a media cuadra del parque central, casa grande, de cuatro corredores, muchas recámaras, patio central y un sitio en la parte trasera. La casa era propiedad de una señora que vivía en la Ciudad de México, una señora muy fina, de apellido Esponda. Yo la conocí de niño, porque en una ocasión llegó a su casa, abrió un cuarto que tenía reservado, ahí guardaba muchas piezas de valor: cuadros, lámparas y cajas donde tuve el privilegio de revisar postales y sobres con sellos postales de muchos países del mundo.
Mientras tanto, mi papá se ponía al corriente de los negocios que había abandonado y dejaba órdenes para el tiempo que tardaría en Villaflores para atender el negocio de su hermana: la venta de cerveza Carta Blanca. Además, entiendo, el recién casado ya anhelaba volver con su esposa.
Mi mamá continuó con su recuerdo: “tu papá vino dos días, yo me quedé allá, en San Cristóbal, con la cuñada, con pura gente desconocida, una de sus hijas me dice: tía, te voy a llevar a pasear al cerro de San Cristóbal, bueno”.
Entiendo que la familia de mi tía también se veía obligada a atender a mi mamá, la nueva integrante de la familia, querían quedar bien con ella. Mi tía tuvo varios hijos varones y varias mujeres. Este recuerdo lo escribo el 17 de septiembre de 2026, hace pocos días, la familia recibió la noticia del fallecimiento de una de las hijas de tía Lolita: Lilia del Carmen Díaz Molinari, quien nació en 1935, se casó con el señor Islas y radicó en la Ciudad de México.
Mi mamá contó que ella acostumbraba usar zapatillas todo el día, porque su trabajo en la Ciudad de México así lo exigía: “yo usaba el tacón más alto, yo quería ser más alta”, cuando la sobrina la invitó a ir al cerro de San Cristóbal, mi mamá se arregló (siempre lo hacía, sus amigas siempre alababan el buen gusto para vestir. Casi puedo decir que si debía sacar la basura ella se vestía con elegancia para hacerlo). Salió en compañía de su sobrina: “cuando veo las gradas, y ella me dice: “vamos a subir allá, yo vi las gradas”.
