lunes, 31 de diciembre de 2012
CARTA PARA EL QUE SE SIENTE SOLO
No pongo nombre de destinatario porque tu soledad es del tamaño de tu olvido. Sé que ni nombre tenés. Por eso la carta está dirigida a un hombre que se siente solo. Porque este sentimiento te llena. La soledad no es tu compañera, ella está dentro de vos y la soledad está en cada pasillo de tu casa. ¿Por qué entonces te escribo? Lo hago sólo para decir que te admiro. Es admirable la condición de un hombre que, en medio de tanto borlote, de tanto pavo al horno, de tanto güisqui, de tantas luces de neón, de tanto arbolito, de tanto paisaje de nieve en medio de un clima caluroso, pueda sustraerse a esa avalancha y tenga la capacidad de decir: “me siento solo”. Esto te hace ser un hombre admirable, casi casi un héroe. Admiro tu capacidad para decir no a todo lo plástico. Lo que hace auténtico a un hombre ¡es su soledad!, y vos has logrado tal hazaña. Nacemos solos, crecemos solos y morimos solos. Aunque estemos en medio de la multitud no somos más que espigas a mitad de un terreno árido. Por esto te escribo esta carta. Estas líneas son para expresar mi admiración por tu valor de enfrentarte a las masas.
Los demás, lo sé, te ven como un ser desdichado. La niña que camina con sus papás o con su novio te mira y dice: ¡pobrecito, está solo, se siente solo!, y si pudiera elegiría una moneda para decirte: Ten, para que te compres un helado. ¡Tontita! ¡Tontitos todos los que se conduelen de tu soledad! ¿Qué no miran que vos sos el hombre más valiente del universo?
¿Te sentís solo? No sólo es un sentimiento ¡es una realidad! ¡Estás solo! Claro que estás solo, más solo que una piedra en el desierto, más solo que un árbol a mitad del agua, más solo que Jesús en un pesebre de oro. Estás tan solo que sólo de vez en vez alguien voltea a verte. Porque todos, ¡pobres ellos!, rehúyen ese sentimiento y buscan, con denuedo, la compañía de los demás. La plaga de “los que se sienten solos” le hace mucho daño a la sociedad, dicen ellos. Por eso van a los supermercados y compran botanas y pasteles y botellas de vino y series de foquitos y champaña y pavos rellenos y cohetes y gorros rojos y van a las casas llenas de luces y se sientan en mesas donde caben multitudes y levantan la copa y gritan ¡diez, nueve, ocho…! hasta llegar a la última campanada y se atragantan con las uvas y sacan maletas y dan vueltas a la manzana para que el próximo año sea un año de viajes a medio mundo. Y cuando viajan están en las salas de espera en medio de cientos, miles de hombres que, igual que ellos, sueñan con estar en lugares donde la muchedumbre sea la bandera de todas las astas. ¿Quién elige una isla desierta como destino? ¡Nadie! Medio mundo elige las playas con mil personas, los antros atacados, los templos con manifestaciones de cientos de fieles.
Por esto, permití que diga que te admiro, que, como dice mi amigo Javier, cuando sea grande quiero ser como vos. Sentirse solo significa sólo una cosa: la posibilidad del verdadero encuentro con uno mismo.
Admiro el valor con que enfrentás la vida. Mientras todo mundo es agua del mismo río, vos sos el agua a contracorriente. Sos el aire en medio del vacío.
Admiro que no tengás nombre y que no tengás que andar explicando a alguien por qué ese sentimiento de soledad. Vos sabés que vas bien. Estás a punto de lograr el ideal de los sabios: el conocimiento interior. Y lo hacés en esta temporada en que todo es un avasallante juego de nintendo, una relación de buenos deseos, de labios pintados, de cejas delineadas, de cucharas llenas de crema de maní. Te admiro. Admiro tu capacidad de pararte en la carretera y no hacer la señal de autostop. Admiro tu capacidad de caminar solo, en la orilla del río. Te admiro. Por eso esta carta que sé te servirá para limpiarte el culo. Te admiro.
sábado, 29 de diciembre de 2012
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL PONCHE ES INFUSIÓN DE TEMPORAL
Querida Mariana: existen compas comitecos que deja uno de ver porque viven en otros lugares. En temporada de vacaciones asoman. Lo mismo ocurre con las palabras. Hay palabras que se esconden por un tiempo y luego aparecen. El otro día, el doctor Pepe Alfonzo Pinto llegó al programa de radio “Crónicas de Adobe” y soltó la palabra “chinaj”. Pucha, hacía años que no la escuchaba.
Pepe dijo que “chinaj” se aplica a una persona intolerante. Puso un ejemplo: “Mi abuelito ya está chinaj, todo le cae mal”. La edad hace que la gente se vuelva más intolerante. Bueno, no en todos los casos. Hay jóvenes y hombres de mediana edad que son chinajes. Yo, por ejemplo, no tolero eso que se llama “espíritu navideño”. Se me hace falso. Ahí tenés a todo mundo convertido casi casi en reencarnación del Espíritu Santo ¡deseándote amor y paz! La temporada de navidad y año nuevo me vuelve “chinajudo”. Me cuesta mucho trabajo recibir abrazos de medio mundo. Menos mal que el cuerpo no se desgasta con tanto abrazo, si no terminaríamos como vaca de desierto.
Lo bueno de esta temporada es que muchos comitecos y amigos regresan a casa. Uno entiende el gusto que sienten en su cuerpecito y en su espíritu al estar de nuevo en su tierra. Uno entiende el abrazo suspendido. Lo que uno no entiende, y menos justifica, es que los que te estuvieron jode y jode todo el año te abracen y te deseen una feliz navidad.
Sí, ya lo entendí. Soy “Chinaj”, tengo espíritu de Grinch, que es, por antonomasia, un espíritu antinavideño (debe ser porque el Grinch, personaje de ficción, apareció por primera vez en un libro publicado en 1957, año en que nací).
No me gusta el personaje de Santa Clós. No lo tolero. En lo personal no tolero a los que se ríen por cualquier cosa, con una risa fingida. No tolero a los que cuentan chistes sin chiste y se ríen; tampoco tolero a los que festejan a los que cuentan chistes sin chiste, sólo por compromiso. Me gusta la risa franca, espontánea. Disfruto mucho con la presencia de aquéllos que tienen la gracia para contar chistes. El doctor Pepe Alfonzo llegó como invitado al programa de radio y contó muchas anécdotas donde nos botamos de la risa. Pepe tiene la chispa, la gracia natural para contar anécdotas simpáticas. Uno advierte cuando el agua es como agua de río que fluye de manera natural y libre, y cuando el agua es agua estancada. Hay gente que cuenta los chistes como si fuese agua de represa. ¡No lo tolero! ¡Que Dios me perdone, pero no lo tolero!
Entiendo entonces que hay gente que se vuelve “chinaj” y que todo le molesta. Hay muchas cosas en el mundo que ¡son intolerables!
Por el contrario, celebro la vida natural. Celebro al amigo que, de manera franca y sincera, te da un abrazo, sin fecha especial, sólo porque quiere decirte que te quiere. Ah, qué bonita la vida cuando vuela como globo en el cielo. Me cae mal el Santa Clós con su risa boba de jojojojojó. ¿De qué se ríe? ¿Por qué? Es un comportamiento extraño que alguien ande a toda hora riéndose sin motivo aparente. Y encima de todo, aparece esa indefinición en su tratamiento. ¿Cómo decirle Santa a un hombre? En todo caso debería ser Santo. ¿Por qué santa? Y luego ¡su gordura! En naciones como Biafra su imagen suena a insulto; y en naciones como México, primer lugar mundial en gordura, suena a ¡insulto, también!
Esa tarde de programa radiofónico, Pepe recordó que los niños comitecos de los cincuenta y de los sesenta -y de años anteriores- no conocieron a Santa. Los niños de esos tiempos tuvieron al “Viejito de la Nochebuena”. Este viejito era el personaje mítico que dejaba los regalos en las casas. Era, poné vos, una versión tomada del Santa Clós, pero era más cercana a nuestros ideales. A mí siempre me pareció maravilloso que El Viejito no tuviera una imagen generalizada. Cada niño hacía su representación mental de tal personaje. Yo nunca lo imaginé gordo, ni cachetón. Ni tenía necesidad de andar volando por los cielos, acompañado de renos, metiéndose (como delincuente) por las chimeneas. ¿Cómo, si en Comitán nuestras casas no tienen chimeneas? Mi Viejito era un hombre con saco a cuadros, delgado, algo encorvado, con andar lento y con una bolsa llena de juguetes a la espalda. Nunca me pregunté cómo le hacía para recorrer todo Comitán y que le alcanzara el tiempo. ¡Ese era el prodigio de Dios, esa era la magia! Le daba tiempo para ir a todas las casas porque el día veinticinco en las casas de todos mis amigos amanecían juguetes. Juguetes sencillos. Pepe recordó que El Viejito le dejó pelotas, aviones hechos con hoja de lata y carritos de fricción. ¡Ah, qué prodigio! En esos tiempos no necesitábamos las pilas Duracel. Los carritos los jalábamos con un cordel, o los movíamos con las manos o, ¡maravilla de maravillas!, los impulsábamos con fricción. El carrito lo tomábamos con una mano y lo “repasábamos” sobre el piso, una, dos, tres, cuatro, cinco veces y luego, ya sobre el suelo, lo “soltábamos” y el carrito salía disparado a topetearse contra un pilar o quedaba llantas para arriba por haber encontrado una montañita a mitad del patio. ¿Cómo el carro guardaba la energía al friccionarlo sobre el piso? ¡No lo sé! La vida me sorprende y me maravillo ante ella, pero nunca preguntó cómo le hace el agua para correr sin tregua en el río. Me paro en la orilla y disfruto de ese movimiento. Incluso creo que un día el hombre descubrirá el secreto del Movimiento Continuo y no necesitará gasolinas y boberas para impulsar aviones y carros. Los seres de otros planetas (muy distantes del nuestro) accionan sus naves interplanetarias con la energía infinita del Movimiento Continuo. Bueno, nosotros, niños de antes, tuvimos el privilegio de manejar nuestros carritos sin necesidad de baterías.
Me da mucho gusto cuando encuentro a un amigo que vino a disfrutar de su familia y de las calles de su pueblo. Hay muchos comitecos que viven lejos de estas tierras. Un día, por cuestiones de estudio o de trabajo se trasladaron a otras ciudades y por ahí conocieron a su pareja, se casaron y se quedaron a vivir allá. Son felices, pero, de vez en vez, alguna niebla aparece en su corazón. No pueden evitarlo ¡extrañan a su pueblo! Lo extrañan mucho. Caminan otras calles, con gusto, pero algo en su interior les dice que les gustaría estar, en ese instante, recorriendo las calles de su pueblo. Por esto, cuando es temporada de navidad, aprovechan, trepan chunches a sus autos, camiones o aeroplanos y llegan a Comitán. Sé lo que se siente pasar por Chacaljocom y comenzar a bajar por la carretera y vislumbrar el Valle donde está suspendido nuestro pueblo: ¡Comitán! ¡Ah, el corazón brinca de más! Una sonrisa aparece en el rostro del viajero y pinta un sol en medio del pecho. Esto, digo yo, querida mía, es un espíritu navideño auténtico. Lo de ir a la Plaza de compras, lo de andar enviando postales a medio mundo deseando amor y paz ¡suena a falsedad! Está bien que a nuestros familiares y afectos les deseemos lo que siempre les deseamos: las tres cosas que recomienda el autor de la canción: ¡salud, dinero y amor!, pero, la mera verdad, ni modos que por andar con espíritu cristiano, andés prodigando mensajes de amor al cabrón que, durante tres veces en el año, estacionó su carro frente a tu cochera e impidió que sacaras tu carro. ¡Que se joda! ¡Que se le ponchen sus llantas! Sólo falta que yo saque una botella de sidra y le convide una copa. No, no, Marianita, creo que el espíritu cristiano pregona ser congruentes y amar a nuestro prójimo como a uno mismo. ¡El prójimo, Marianita! Al cabrón que durante todo el año te critica, te avienta lodo y te atraviesa el pie para que tropecés ¡no puedo andarlo abrazando de manera hipócrita! No le deseo mal, Dios me libre. Simplemente debo ignorarlo. Como ignoro esos cánticos y villancicos que durante toda la temporada nos embuten las casas y radios comerciales. Ya lo dijo el maestro Robert: “Recuerden que quienes beben y beben y vuelven a beber ¡son los peces!”. El padre Carlos J. Mandujano también era medio chinajito: ¡no soportaba esta cancioncita! Y es que, la neta, ¿quién es el guapo que tolera esa letra tan sosa? “… pero mira cómo beben por ver al Dios nacido…”. Dios mío. Deberíamos prohibir la pinche cancioncita. Tal vez por esto medio mundo anda bien bolo en esta temporada. Claro, hemos crecido con esta letra y para alabar al Dios nacido le metemos duro y tupido al trago. “¿Por qué bebés, ingrato?”, pregunta la madre llorosa, limpiándose los mocos con el chal. Y el hijo, cínico, butul de bolo, puede responder: “Lo hago por ver al Dios nacido”. ¡Pucha!
Disculpá, soy un chinaj. Y no es por la edad. Desde siempre lo he sido. No tolero El Día del Amor y de la Amistad; no tolero el Día de la Madre. No tolero esos cánticos navideños. “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor…”. ¡Por el amor de Dios, qué absurdo! No sé por tu casa, pero por la mía “nada duerme en derredor”. Mis pobres animalitos se pasan despiertos e inquietos toda la noche porque el desmadre de los triques y de los cohetes está a todo lo que da. A las dos o tres de la madrugada sigue el jolgorio. ¿Cuál noche de paz y de amor? Si a las tres o cuatro de la madrugada los primos ya se están surtiendo de golpes porque esa noche vomitan todos sus complejos y sus rencores.
No, no. No lo tolero. Disculpá. Bien lo sabés, soy un chinaj. Como dice el padre de la iglesia de Santo Domingo, olvidamos el motivo esencial. Cuando Cristo nació nadie echó trago ni hizo el desmadre. Entonces, ¿por qué hemos vuelto pagano lo sagrado? Bueno, lo mismo pasa en Semana Santa. Pucha, qué pocamadrez. El nacimiento de Cristo lo volvemos un guateque desenfrenado y su muerte ¡otro igual! Pucha, parece que don Jesús fuera Don Pedro. ¿Cómo no vamos a ser chinajes grinches los que lo somos? ¿O pinches chinajes?, diría el otro.
Posdata: Te quiero. Te quiero todos los instantes. Dios me concedió la gracia de no necesitar fechas especiales para decirte que te quiero y que deseo lo mejor para vos. Todos los días, cuando se levanta mi mamá la abrazo y le canto las mañanitas. Ella pone su carita medio remolona, como diciendo: ¡ahí vas otra vez!, pero me tolera. “Estas son las mañanitas que te canta el Rey David…”, le canto. No sé qué pitos tocó el Rey David, pero lo hago sólo para decirle a mi mamá que celebro estar con ella. “¡Bueno, bueno, ya!”, me dice ella. Y entonces dejo de abrazarla y cada uno se pone a hacer sus cosas. Ella a cortar la fruta para mi desayuno y yo a preparar las cosas para ir a la chamba. En ese instante pareciera que todo entra en suspenso y “todo duerme en derredor”. Los animalitos comen sus croquetas. El Misha, trepado en la máquina de coser, nos mira desde su altura, y la Pigosa mueve la cola mientras yo, simple mortal, con una bolsa de plástico levanto su caca y pongo una hoja de periódico en el lugar que orinó (no lo vayás a decir, pero a veces, coincide que un periódico donde aparece mi foto sirve para secar esos orines. Ese día soy feliz, porque me recuerda que todo es pura vanidad). Que en el 2013, Dios envíe bendiciones sobre vos y sobre tu familia. Cuidate.
viernes, 28 de diciembre de 2012
LA PREGUNTA DE SIEMPRE
“¿Hacia dónde vas?”, dijo el hombre a la mujer que caminaba a mitad de la calle. Ella caminaba a mitad de la calle porque tenía temor. En una ocasión ella iba por la banqueta cuando un hombre salió de un remetido y la asustó. Por fortuna, en aquella ocasión, el hombre, como si fuese un niño, abrió los brazos y dijo: “¡Buh!” y volvió a esconderse. Pero, ella supo la historia de Alicia donde un hombre desnudo había salido de un remetido. El pene lo tenía erecto y el hombre lo agarraba con ambas manos, como si fuese una manguera de bombero. Alicia lo contaba con emoción, cuando lo hacía se limpiaba la frente y el cuello a intervalos frecuentes. Siempre mostraba una sonrisa de ardilla tan esquiva que no se sabía si su emoción era porque se excitaba o porque estaba a punto de soltar el llanto por el temor que le causaba el recuerdo. Nunca terminaba la historia. Cuando alguien del grupo le preguntaba ¿qué había hecho ella, qué había hecho el hombre?, ella se paraba, iba a la cocina, se servía un poco de güisqui y regresaba a la sala sin decir algo. Si alguno del grupo insistía ella metía un dedo en el vaso y movía los hielos y hacía comentarios absurdos como: “¿Irán a traer el gas?”.
“¿Hacia dónde vas?”, insistió el hombre y caminó a la par. Paso que daba la mujer ¡paso que daba el hombre! La mujer caminó más rápido y el hombre hizo lo mismo. Él vestía un saco que le llegaba a medio muslo. La mujer pensó en las historias que leía de niña, de cuando un hombre se abría el chaquetón y mostraba su pene a las incautas doncellas. ¿Qué satisfacción obtienen esos depravados que no hacen otra cosa más que mostrar sus penes? El final del callejón aún estaba lejos. Ambos caminaban a la mitad. La mujer vio que el hombre bajó de la banqueta y se acercó más a ella. No supo por qué pero decidió hacer una jugada inesperada. ¡Se paró! Encaró al hombre. Éste titubeó tantito, pero luego retomó su aplomo y dijo, por tercera ocasión: “¿Hacia dónde vas?”. Ella alzó la cara, lo vio a los ojos y le dijo: “Voy a mi casa, ¿por qué?”. El hombre metió la mano en el chaquetón, sacó una caja de cerillos, prendió uno y, como si fuese una tea, alzó la mano y dijo: “¿Puedo acompañarte?”. El cerillo se apagó. El hombre quedó con el brazo alzado, como una estatua de la libertad. En el número 18 se prendió la luz de una ventana del segundo piso. El hombre volvió la mirada. La mujer aprovechó el desconcierto y, como se lo había enseñado su papá, levantó la rodilla y golpeó al hombre en los testículos. El hombre se agachó y llevó sus manos a la parte golpeada. Se retorció tantito y luego se dejó caer. Quedó en el piso en posición fetal, sin decir nada, sin un lamento. La mujer vio hacia la ventana iluminada y vio un hombre desnudo asomarse al pretil. Ella pateó al hombre tirado en el piso, lo hizo sin ganas, casi casi como si matara una cucaracha, lo hizo sólo como reflejo condicionado de las enseñanzas del padre, y echó a correr en busca del final del callejón. Corrió a mitad de la calle. Lo hizo sin volver la mirada. Casi a punto de llegar sintió un piquete en el estómago, como si un dardo la alcanzara. Nada fue. Pensó que, para la próxima reunión de compañeros de trabajo, aceptaría la compañía de Alfonso. Él siempre tan atento, tan enamorado de ella. Nunca volvería a caminar sola por la calle a las once de la noche. Hay tanto desadaptado por las calles de Dios. Llegó al final del callejón, miró a un lado y a otro de la avenida donde la luz de neón daba una sensación de cierto alivio. Vio las torretas azules y rojas de una patrulla que se acercaba a donde ella estaba. Levantó las manos, como si fuese un naufrago, y corrió a la patrulla, colocó sus manos sobre la ventana del chofer y pidió ayuda. El oficial bajó el cristal y dijo: “¿Hacia dónde vas?”.
Alicia nunca terminaba la historia. Siempre que alguien insistía, ella bajaba la vista y hacía comentarios absurdos como: “¿Vendrán por la basura?”.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
IMÁGENES SIN DUEÑO
¿La niñez? Cuando recuerdo mi niñez ¡levanto piedras! No todos los hombres siguen este trayecto. Muchos pepenan aguas negras, árboles secos, cuerdas para ahorcados, vasos de unisel carcomido. Levanto piedritas, porque mi infancia fue un patio soleado, una taza de chocolate calientito, un triciclo, la mano de mi madre y el agua limpia de ese río sin grietas que fue mi padre. Tal vez por esto ahora vivo sin alambre de púas.
Cuando a mis amigos les cuento que levanto piedras, ellos creen que soy un Pípila y me palmean la espalda como en señal de duelo, como compadeciendo esa espiga que imaginan quebrada. Quien es fotógrafo sí me entiende. El oficio de pepenar piedritas sólo es comparable a la experiencia sublime de fotografiar la naturaleza. ¿Existe algo más emocionante que sentarse a la orilla del lago y “pescar” el instante en que el pato se impulsa, muestra el culito con peinado de punketo y se hunde en el agua?
Mi niñez fue como esa lluvia fina de hojas que cae al mínimo pretexto de viento. Mi papá y mi mamá trabajaban en casa. Mientras yo jugaba carritos en el corredor con piso de ladrillos, mi papá, detrás de su escritorio, en mangas de camisa, atendía a la gente. Mi mamá tejía un suéter, mientras yo pedaleaba el triciclo. La bola de estambre, aturdida, iba de un lado a otro del canasto de mimbre. Me gustaba ver cómo el hilo se desprendía de la bola ateperetada y se convertía en una flor de estambre, una flor bellísima que nacía en las manos de mi madre.
Digo que ahora levanto piedritas porque mi casa fue como un templo, de esos que se ven en las fotografías del Tibet, de esos donde el silencio es como una lagartija asoleándose en un muro, de esos donde la brasa del fogón calienta la estancia.
Recuerdo al tío Amadito sentado en el corredor, con una cobija sobre las piernas. Lo recuerdo siempre con un libro, dormitando, despertando a la hora que pasaba por ahí. No hagás tanto ruido, decía mi mamá, pero ¿cómo no hacer ruido, si a las llantas del triciclo les sonaban las rodillas? Una tarde, llegó el tío (lo llevaron y lo dejaron como se dejan las cajas vacías). Estaba enfermo. Su dolencia le provocó una lesión en la garganta y había perdido el habla. Por esto, cuando yo pasaba a su lado, él despertaba y moviendo la mano me llamaba. Yo sabía qué quería. Señalaba con el dedo y me mostraba dónde había quedado pendiente la lectura. Yo, sentado en mi triciclo, tomaba el libro y le leía. No recuerdo qué libro era. Sólo una imagen guardo en mi memoria. Una niña se perdía en un bosque y un lobo la encontraba. ¿La llevó a su casa, la comió, se hicieron amigos? No lo sé. No recuerdo. Pero, desde entonces, siempre que veo a niñas pienso en los lobos y en todo lo que éstos pueden hacer con ellas. Cuando lo pienso siento escalofríos, como si alguien me aventara a ese bosque de la niña y del lobo y no tuviera suéter y fuera temporada de frío, de mucho frío.
Recuerdo otra cosa: la niña tenía los ojos verdes y las manitas como de leche. Esto recuerdo y este recuerdo es como una mancha en mi infancia. Todo lo demás fue como agua limpia.
Un día dejé de ver al tío en el corredor. Fui a la cocina y pregunté a Sara por él. Sara, que era la cocinera, se limpió las manos en el mandil y, sin verme, dijo que no sabía. Fui con mi mamá y cuando vi que ella se limpiaba las manos con una toalla supe qué me diría.
Es la única mancha de mi infancia. A veces la evado y no quiero recordar, porque todo lo demás fue como un día de campo con el viento en la cara y el cielo limpio, sin mancha.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Con un respetuoso abrazo al Arquitecto Héctor Castellanos Rovelo,
por la ausencia física de su mamá.
CON PIQUETE O SIN PIQUETE
A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como árbol de navidad y mujeres que son como nacimiento de niño Jesús.
La mujer árbol navidad sueña con series de foquitos y con pashte y con cascarones de huevos en forma de estrellas. Puede ser plástica o puede ser de ciprés natural. Por supuesto, el lector inteligente ya se dio cuenta, la mejor mujer es aquélla que tiene nidos en sus pechos y deja que los pájaros retocen en su fronda y en sus ramas. Porque es posible, los lectores lo saben, es posible que un columpio se enrede en sus deseos y en sus juegos.
Como se sublima en temporada de frío, ella deja que su amado juegue a que es ponche y la caliente; deja que su amado juegue a que es pista de hielo y patine las manos sobre su cuerpo; deja que él la haga su regalo y le quite la cinta y el papel plateado y la desnude y la bese en cada límite del territorio intocado.
Lenguajes de montaña busca; lenguajes de nieve regala; lenguajes donde el trineo es como un tren del deseo.
Prepara, con antelación, el intercambio de regalos. En medio de velas encendidas y de olor a muérdago, ella deja que su amado juegue con sus esferas.
Deja que todas las noches le preparen el chocolate; deja que el extranjero sopee sobre su café caliente. Siempre pide que sea con pan de yema, con ese pan que preparan en San Cristóbal o en Comitán.
No tiene más línea del horizonte que sus sueños; no tiene más nubes que aquellos labios que son de sus cielos; no tiene más fuegos artificiales que aquellos que destellan en sus manos y en medio de su entrepierna; no tiene más muslos que aquellos que son navíos y bogan en los baúles del fuego.
Le gusta ganar en todos los juegos. Le gusta que un niño se acerque ingenuo y abra el regalo como si fuese un adolescente que abre las piernas de su niña amada. Le gusta el olor a nochebuena, el aroma a felizmadrugada.
Le gusta ser cómplice de todo aquello que huele a luz, a ventana abierta. Por esto se “encuacha” con aquellos que son como bolsa generosa de pantalón de mezclilla, que son como arena para el pie desnudo, que son como barquito para tarde de lluvia.
Le gusta ser cómplice de todo aquello que huele a abrazo, a sol sobre cuarto de hotel. Por esto se “encuacha” con aquellos que son como pétalo de viento, que son como almohada para el sueño, que son como un “no te vayas” o un “te echo de menos”.
Sabe que en una vida pasada fue un pedestal del sueño, torre del bosque más alto. Sabe que en una vida futura será un libro o un leño para el fuego.
Corre, corre como si sus pies fuesen una ventana sin cancel, como si el labio fuese el reflejo para el beso.
Al contrario del pavo ella siempre está dispuesta al festejo de navidad y del año nuevo; al contrario de la duela que se tiende sobre el suelo, ella siempre odia el momento en que es olvidada en el basurero.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como la niña más hermosa de mis tardes y mujeres que son como mis tardes en donde la niña de mis ojos extravía el tiempo.
sábado, 22 de diciembre de 2012
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL FIN DEL MUNDO QUEDÓ EN LA ESTACIÓN DE ATRÁS
Querida Mariana: dijeron que el mundo acabaría, pero no fue así. Acá seguimos. Al estilo de Galileo Galilei y de los salseros podemos decir: “¡el mundo se mueve, cachondo y guapachoso!”.
Uno es el mundo de afuera y otro el interior. El mundo de afuera es donde están los demás, es el mundo de las calles, del relajo, de los amigos, de las comidas debajo de los árboles de aguacate o debajo de manteados en días de fiesta. El mundo de afuera es donde Yo-Yo Ma toca su chelo o donde Miguel Bosé canta una rola. Es el mundo de imágenes de Woody Allen y de Orson Wells, de Julio Cortázar y de Mario Benedetti. Otro, lo sabés bien, es el mundo que llevamos dentro. Nuestro mundo interior vive de todas las imágenes del inconsciente colectivo. ¡Ah, qué mundo más generoso! Al lado de ángeles nos adosa demonios. A mí me gusta el mundo exterior, pero me encanta el de adentro.
Nunca he viajado más allá de Chacaljocom, pero, gracias a los libros, tengo imágenes de La India, de Nepal, de Australia, de Nueva York y de muchos más lugares y mil imágenes de París. Y esta ciudad va al final de mi relación porque la última será la primera. ¡Ah, París! Es una ciudad donde la gente es feliz como una lombriz sin rascarse el tutís. ¿Cuál es el encanto de la ciudad luz? En su nombre lleva el prodigio. Hay mujeres que en la frente llevan la señal de maravillosas, lo mismo sucede con las ciudades. París, igual que Comitán, lleva en la frente la letra I de iluminada, imaginada, impoluta, ¡inmaculada!
En los libros he pepenado miles y miles de imágenes que conforman mi mundo. Como si fuese un inventario distribuyo las cajitas en estantes de madera de cedro. Acá (junto a la ventana) está el estante de las cosas más agradables; allá (junto al perchero) está el estante de los paisajes más sublimes; más allá (frente al buró) el estante de los prodigios; y al final, en el rincón más oscuro, el estante de las cosas desagradables. Está de más decirte que en el de prodigios estás vos y tu sonrisa que es como cierre para abrir las madrugadas. Vos estás, también, en el estante de las cosas agradables y en el de los paisajes más sublimes. Porque, ¡de veras!, ante el paisaje de las montañas de Nepal o de la cascada del Chiflón prefiero las dunas de tu cuerpo. Ah, qué espectáculo resulta ver cómo el sol se oculta detrás de tus pechitos.
En los libros he pepenado miles de imágenes del mundo que, según la NASA, ya tiene fecha de caducidad. Sí, mi niña bonita, el mundo, en efecto, ¡acabará! Pero no te preocupés, porque ni vos ni yo lo veremos. El fin del mundo está pronosticado para dentro de cuatro mil millones de años. ¡Pucha! Tal vez el fin llegue un poco antes, ya mirás qué necios y ateperetados somos los seres humanos. Con tal de colgarse medallitas no falta el loco que inicie la Tercera Guerra Mundial. Pero, como dice mi compadre Javier, si el mundo va acabar hay que “jimbirutzear”. ¿No sabés qué es “jimbirutzear”? Preguntale a tu papá qué significa Jimbirituz. ¡Uy, te caerá en gracia el término! Es casi casi sinónimo de cotzear. Bueno, ya no digo más porque luego te enojás, porque decís que soy muy prosaico.
El otro día anduve en la radio, en el programa de Iván y de la Chica Ye Yé. Iván dijo que un día antes del fin del mundo leería todos los libros que tiene pendientes. Lo haría solo (como debe ser el acto amoroso de la lectura) y acompañado con una buena botella de ron o de güisqui. Ya bolo dormiría y al despertar, con la boca como llena de arena, bebería un poco de agua y continuaría con el trago y la lectura hasta que las bolas de fuego cayeran sobre la tierra y ésta se abriera como se abren los terrenos que no reciben lluvia. La chica Ye Yé también dijo que le daría vuelo a la hilacha.
Fijate que mi estadística personal concentra un noventa y dos por ciento de actitudes displicentes. Sólo el ocho por ciento restante de mis encuestados dijo que prendería velas y oraría. Mi tía Eugenia se persignó en repetidas ocasiones, mientras me dijo que convocaría a todos sus hijos para que estuvieran juntos. Sacarían sillas al patio y, como si vieran una película, mirarían cómo el mundo se iba desgajando.
¿Y vos qué harías una noche antes del fin del mundo? Por lo poco que te conozco, tal vez buscarías un refugio agradable en una playa desierta y prenderías una fogata. Sé que harías un ritual especial con tus papás y tus hermanitos. ¿Qué música elegirías? Tal vez pondrías el disco de “Claro de luna”, que tanto te gusta. Mirarías el cielo, verías la luna y quién sabe en qué vainas pensarías. Es imposible predecir qué tipo de pensamiento acude en la mente del hombre que sabe que el final ya está cerca. ¿Pensarías en mí? Por lo poco que te conozco, tal vez, antes de reunirte con tu familia me mandarías un mensaje diciéndome que, como el mundo está a punto de agotarse, quisieras que nos viéramos aunque fuera un ratito. Sólo para despedirnos. ¡Dios mío, qué alegoría tan funesta, tan de cadáver congelado!
¿Vernos? ¿Para qué? Tal vez Iván sea un sabio y su decisión sea la más sublime y correcta: ¡beber trago y leer! Esperar solo el fin del mundo. La compañía siempre hace más terribles los instantes últimos. Los hombres que en la montaña mueren como mueren los árboles a los que les cayó el rayo ¡son más felices! La compañía hace que el último gesto no sea auténtico. El tipo que se muere en la cama siempre está incómodo ante la presencia de la nieta que lo mira como si viera un bloque de hielo en el desierto. Hay gente que quiere acercarse al misterio de la muerte y desea presenciar qué gesto hace el moribundo a la hora que recibe la última carretada de aire. ¡Qué estupidez! ¡Qué fastidio para el pobre desahuciado!
Acudiría pronto al encuentro. Si supiera que en pocas horas el mundo ¡puf, plof!, iría a verte y te miraría a los ojos. Y, mientras el cielo se llenara de algo como un vómito de color rojo inflamado, te diría lo que los amados repiten desde siempre. Elegiría algún verso de un poeta y lo plagiaría (a esa hora ya no habría inconveniente en apropiarse de los billetes y de los chunches de los demás. Aunque ¿quién sabe? No faltaría el émulo de Slim que abrazara el baúl con monedas de oro).
¿Qué palabras untaría a tu corazón? ¿Para qué? ¿Qué poeta elegiría? Tal vez, en ese momento, lo único que queda es alargar la mano y coger lo que esté más cerca.
Y luego dirías: “Alejandro, debo irme”, y esas palabras sonarían como si apagaras la lámpara de mesa. Y caminarías por el caminito de piedras y no volverías la mirada. Yo hubiese querido que, diez o veinte metros adelante, te pararas y volvieras tu mirada. Hubiese deseado correr para decirte: “No te vayás, mi niña”. Pero eso sonaría absurdo, porque de todas maneras ¡el mundo se lo llevaría la chingada a la mañana siguiente! Y con el mundo nos iríamos nosotros.
¡No, no! El mundo no se acabó. Porque Dios no puede enviarnos un castigo semejante. Por esto nos morimos de poco a poco. Hoy se muere alguien y mañana se muere otro. Así, sin plazos definidos. Dios es generoso con sus hijos y nos envía el fin sin calendario.
En la vida real he acumulado muertos, pero es en los libros donde la cuenta ha sido más extensa. He pepenado tantas piedras en los libros que mis muros literarios tienen buen cimiento. Mi vida real es endeleble, pero mi vida imaginada es tan certera como el palio donde cargan al Papa. Por esto, tal vez, haría un poco lo que Iván sugiere (dejando afuera el trago). Me despediría de mis seres amados, metería mi mano adentro del agua, tomaría un vaso de atole agrio y luego, con el alma llena de golondrinas, me sentaría a la sombra de un árbol de durazno y leería, leería mucho. De vez en vez levantaría la vista para ver cómo el cielo se llenaba de presagios funestos en medio de la vida, en medio del canto de las aves. Me dolería ver que el mundo se acabara. Después de todo no tenemos más que esta mierda de mundo que hemos hecho. Lamentamos su degradación, pero lo amamos. En mi estadística particular tengo más del noventa por ciento de afirmaciones por la vida. Es una minoría la que lamenta haber nacido y propugna porque la muerte llegue pronto.
Tal vez, en el último instante del fin pensaría en París, pensaría en la tarde en que mi papá me llevó al Cine Comitán y, antes de entrar, compramos unas tortas de pierna en el restaurante “Yuly”. Tal vez pensaría en el día que Dios fue el hilo para mi sosiego y me mandó a mi mamá para que fuera mi madre. Pensaría en mi Paty y en mis hijos y en mis afectos. ¿Qué más? No sé. El mundo no se acabó. Ahora te escribo esta carta y sé que la recibirás y más tarde me enviarás un mensaje y nos veremos en nuestra banca del parque y platicaremos y veremos correr a los niños y el aire tendrá el mismo rostro de ventana abierta que siempre tiene cuando estoy con vos.
Posdata: No se acabó el mundo. Que Iván y la Chica Ye Yé dejen el pretexto y comiencen a cumplir sus propósitos. Que Iván beba, beba mucho, y lea, lea mucho. Que la Ye Yé le dé vuelo a la hilacha, mucho, mucho. Y que vos y yo caminemos siempre juntos. A final de cuentas pesa más el mundo interior que poseemos que lo que en la calle camina triste y apesadumbrado. ¡Más libros significan más imágenes! ¡Y más imágenes son igual a más vidas! Tenemos muchas vidas por delante. Las vivamos juntos, porque, uno de estos días, se puede cumplir el pronóstico y el mundo se va mucho a la chingada, y no estoy hablando del rancho de Andrés Manuel, sino del hoyo donde la profecía tiene su cuerda. Te quiero. Te quiero mucho. Más allá del fin del mundo.
viernes, 21 de diciembre de 2012
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AIRE NO SÓLO INFLA GLOBOS
Querida Mariana: Romeo me invitó a ir a Nueva York. Me sedujo la idea de estar dos días en su departamento del piso dieciocho. Has de entender que en Comitán los edificios más altos apenas tienen cinco o seis pisos. En nuestro pueblo todo está a ras del suelo. A veces pienso que los Estados Unidos son poderosos porque siempre están cerca de las alturas. A veces pienso que el entorno influye más de lo que imagino. Pienso que por eso las cubanas son tan cachondas y los esquimales, en lugar de besarse como la gente decente, se frotan las narices. El frío los ha vuelto frígidos. Por eso, las paisanas de Gabriel García Márquez son tan cachondas, tan muslo de trópico. Por cierto, querida niña, ¿qué has sabido de Gabo? ¿Seguirá perdiendo la memoria? Los que viven en lo alto de un rascacielos no olvidan. Los que olvidan son los hombres que están cerca de las cloacas. Yo, por ejemplo, tengo mala memoria. A veces pienso en la causa. ¿Será que tengo mala memoria porque, de niño, no necesité nunca recordar en dónde estaban los objetos? Siempre hubo gente que hizo las cosas por mí. Incluso cuando aquella niña se enamoró de mí, dejé que fuese Pepe quien le tomara la mano y le diera el primer beso. Siempre crecí con la convicción de que, para vivir, no era necesario subir al Everest o a un globo aerostático; siempre pensé que, para vivir, bastaba con salir a la calle, cruzar a la otra banqueta, entrar a la tienda de doña Angelita para comprar un carrito de juguete e ir a la plaza a mirar cómo los neveros gritaban “ñeve, ñeve”.
Sé que los grandes escritores van a otros lugares porque necesitan estar en contacto con el cielo. Mario Vargas Llosa tiene apartamentos en otros países. Sus departamentos, lo intuyo, deben estar en pisos superiores. Dicen que John Lennon vivía en un departamento que daba a Central Park. Desde su ventana miraba a los caminantes como hormigas, como granos de arroz blanco; y miraba las copas de los árboles y miraba que el vuelo de los pájaros era como una línea del horizonte.
Estoy seguro que si a Gabo lo llevaran a vivir a un departamento de piso doce recuperaría la memoria de inmediato. Las nubes del cielo le recordarían que un día fue escritor y que nombró todos los objetos habidos y por haber. Es una pena (además de una estupidez) reconocer que un hombre que juega con palabras comience a extraviarlas. ¿Qué no el oficio de Gabo fue ensartar palabras día y noche? Dicen, dicen, no lo sé bien, que los mejores escritores son los que escriben de noche. Dicen que es porque desarrollan un talento especial para, como si fuesen ciegos, ensartar en medio de la oscuridad. Dicen (yo qué voy a saber), dicen que los mejores amantes son los que, antes del amanecer, como si fuesen pescadores, tiran la atarraya a mitad del río.
¿Entonces qué, vas o no vas?, dijo Romeo. No tengo visa, dije. El tomó un sorbo de café y dijo que sabía que no iría. Y no es por la visa, lo sabés, me dijo. Y yo dije que tenía razón. No me gusta salir de mi pueblo. Pensé que me emocionaría la idea de estar en un piso dieciocho. Sólo una vez subí al mirador de la Torre Latinoamericana (piso cuarenta y feria). En cuanto me asomé al pretil sentí nausea y debí cerrar los ojos. Así que nada miré. Tal vez por esto soy un hombre muy terrenal y nunca seré como Gabo o como Vargas Llosa. Tal vez si me llevaran a un piso doce entonces escribiría mejor. Pero tal vez no. Tal vez sintiera nauseas y cerrara los ojos y escribiría nada. Prefiero seguir viviendo muy pegado al suelo. Cuando menos acá escribo estos intentos de textos.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
CUANDO APARECE LA TARDE
A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como sombreros colgados en paredes y mujeres que son como el labio cuando humedece la piel.
La mujer sombrero colgado en la pared disfruta del silencio que es como un destello a la hora del sueño. Su esencia está en la capacidad para hacer sombra, para ignorar la vuelta en el parque; para descifrar la curva en el camino. No recuerda los instantes en que la lluvia asoma por encima de los cielos de madera; no contabiliza el momento en que el artista levanta el brazo en intento de alcanzar la estrella.
Si su pie encima del pedal, entonces ella cumple el sueño de viajar sobre bicicleta o ser la conductora a mitad de la noche en una carretera llena de niebla. Le fascina viajar a través de un bosque donde los lobos son el vestido para la piel desnuda, el granizo para el fastidio de una tarde sin niebla.
Ella tiene primas que llevan banderas o cintas alrededor de la cintura. Algunas son de palma, otras son de cuero, unas más tienen el ala tan ancha que se confunden con sombrero de charro o con la cabellera de alguna medusa de carnaval o con el vaso lleno de polvo del sediento.
Existen tardes en que ella adormece al viajero del tren de las diez; a veces ella levanta el dedo como si fuese colegiala y pide permiso para ir al cuarto del fondo a la derecha, porque ella adora el acto sencillo que se llama vida, el acto donde su amado es como un toro a mitad de la plaza. Le encanta que la desvistan y que luego la embistan, a la hora en que el polvo de la tarde se convierte en el ave que traza una línea en el cielo. En el suelo, ahí deja que sus tardes se conviertan en nubes sobre montañas, en viento que cabalga sobre su cuello de pez vela, de ardilla sobre rama.
Existen tardes en que ella avienta flechas como si la nostalgia fuese sólo una piedra sacudiéndose el polvo del fuego.
No tiene más afrenta que el árbol del miedo con nidos de urracas y salto de gacela. No tiene más portal que el miserable del pasillo, el que consume sus tardes en medio del cigarrillo y de la taza de chocolate con churros.
A veces se sabe sola. Se siente perro en medio del árbol sin hojas, se siente costal sin huesos para hacer la columna que soporte el techo. A veces se siente sola. Se sabe paso sin puente para construir vacíos. A veces recupera la inocencia del aire, la flor que no tiene momento para la mano, para la ofrenda del muerto o para la dádiva del amoroso.
A veces cuenta el cuento donde un hombre corre tras el viento porque algo extravió, porque algo de la piel no reconoce el tacto, el dedo, el labio, el muro para dividir el territorio.
“¿Me compras un árbol navideño?”, pregunta el amado y ella, con la escarcha del tedio, dice que sí, que irá mañana para deshojar el cielo. “No, en serio”, dice él y ella abre el bolso y halla un árbol para el sueño. Pero él, tontito, no puede reconocer que en el desván también un tren asciende como pájaro, como avión, como ángel sin dueño.
Cruza la calle como si ésta fuese un pantano y ella el famoso ave del plumaje inmaculado, sin tacha, sin párpado abierto.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un cuaderno para el recreo, y mujeres que son como un autobús sobre la carretera de un cielo.
lunes, 17 de diciembre de 2012
CLAVÓ UN CLAVITO
¿Existe algún mortal en la tierra de habla española que desconozca el verso que dice: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”? Hay poetas que son al hombre como el polvo para el camino. Para Hispanoamérica uno de esos poetas es Neruda. Como sucede con los grandes poetas la mayoría de las personas no ha leído mucho de su obra, pero reconoce, de inmediato, alguno de esos versos inmaculados, transparentes e infinitos. En ocasiones ni siquiera se sabe el nombre del autor, porque esas palabras son como agua a mitad del desierto. “Pablito clavó un clavito” y desde entonces se volvió referente popular. Sus versos son como atado de tostadas en mercado.
Mario Nandayapa estudió y vivió una temporada en Chile. De ahí, sin duda, le brincó la piedra de hacer el libro: “La Serenata Épica de Neruda a México”. ¿De qué trata este libro? El autor dice que es “un catálogo de poemas, textos en prosa e imágenes” de Neruda. Porque Pablo desclavó un clavo que estaba hundido en la conciencia de América, el poeta es conocido y reconocido en todo el continente, pero nunca el acercamiento al todo será mucho. Siempre habrá posibilidades no recorridas y ventanas no abiertas. Este libro es una ventana que ayudará al lector profano y al estudioso a acercarse a la obra del autor chileno a través de otra mirada.
Mario me envió el libro en su versión digital de pdf. Quiero pensar que fue la versión primera, la que luego fue corregida, porque advertí, asombrado, algunas incorrecciones sintácticas. Estoy seguro que estas piedritas fueron corregidas en la versión final y el texto debe ser impecable, como impecables y luminosas las nubes de Neruda; como impecable y luminoso el interés de Mario por acrecentar el acervo literario para el pueblo de Chiapas y del mundo. ¡Pucha, cómo ha crecido el horizonte de este investigador! Ya están distantes los tiempos en que coincidimos en el Centro Chiapaneco de Escritores.
El presentador dice que la biobliografía Nerudiana rebasa los veinte millones de sitios en todo el mundo. Al leer sitios quiero pensar que se refiere a espacios virtuales. Esto da una idea del interés que el mundo ha concedido al estudio y difusión de la obra de don Pablo. ¿Por qué, entonces, Nandayapa destinó esfuerzos y tiempo para la factura de este libro? Ya dije: nunca el Todo humano será mucho. Parece que los caminos de los poetas y narradores así como los caminos de quienes desglosan las ramas de esos árboles aspiran a alcanzar el Todo. ¡Nadie lo logra! Y esto es así porque el Absoluto está por encima de los intentos humanos. Por ello, los investigadores y estudiosos se trepan al árbol por ramas novedosas. A veces alcanzan alturas insospechadas, otras veces las ramas se quiebran y el zapotazo que se dan es de antología.
Mario trepó por una rama fuerte. El autor dice que eligió la rama Ecdótica. ¡Dios mío!, sólo para rimar digo: qué palabra tan exótica. Pero cuando nos acercamos a la definición vemos que la palabreja en cuestión no es tan complicada, se refiere a editar textos de la forma más fiel al pensamiento del autor. Ah, bueno, con esto nos queda claro que la Ecdótica será más cercana y objetiva en la medida que el texto no deba pasar por el tamiz de la traducción. Mario no tuvo problema: domina la lengua española ya que, desde hace años, se ha dedicado al estudio amoroso de ella.
¿Cuál el aporte de Mario con este libro? ¡Es inmenso! Mario se dio a la tarea de compilar todas las palabras que Neruda enhebró en el portal llamado México. Mario nos entrega la casa de Pablo en México, el corazón, su brasa.
Sólo, para terminar, diré que mi emoción más grande fue toparme con el texto donde Pablo, pabilo de fuego, narra cómo conoció “al más original y poderoso compositor de México: Silvestre Revueltas”. Neruda llegó a su casa y ahí encontró a Revueltas que ya había tomado varias botellas de vino chileno. Revueltas le dijo: “Se me ocurrió pensar esta mañana que puedo morirme un día de estos sin haberte conocido. Por eso estoy aquí. Es malo que los hermanos no se conozcan”. Neruda cuenta que Silvestre quedó en su casa varios días (tres), el poeta salía para hacer sus quehaceres y el músico, tan tranquilo, bebía vino chileno. Un día (el cuarto) como llegó ¡desapareció! Los dejo con el relato de Neruda: “Se había ido a dirigir los ensayos de su Renacuajo paseador, ballet clásico de nuestra época contemporánea.
“Algún tiempo después, la noche del estreno, estaba yo en un palco. En el programa se acercaba el momento en que debía presentarse Silvestre a dirigir su obra. Pero ese momento no llegó. Sentí que desde la sombra me tocaban el hombro. Miré hacia atrás. Su hermano José Revueltas me susurró:
“-Vengo de casa. Acaba de morir Silvestre. Eres el primero en saberlo.”
Por eso ahora digo que Mario nos toca en el hombro y nos dice: vengo de casa. Acabo de ver a Pablo Neruda. Acá os lo entrego. Son de los primeros en saberlo.
viernes, 14 de diciembre de 2012
PARA MIRAR UN CUADRO DE FRIDA KAHLO
Imaginá que entrás a un museo, a la hora de la comida, a la hora que el guardia come una torta de pollo, con frijol y aguacate. Imaginá que llevás un bolso de marca, de esos donde caben todos los chunches que las mujeres usan: lipstick, polvera, celular, Ipod, cartera, un condón con sabor a fresa, lápiz para pintar la raya del ojo y monedas para pagar el viaje de la chamba a tu casa.
Imaginá que sos una mujer frustrada, porque siempre deseaste ser artista plástica y ¡mirá en qué terminaste! Imaginá, entonces, que no laborás en esa fábrica de ocho a cuatro de la tarde.
Imaginá que sos otra, que no sos la que todas las noches empuja la puerta, tira el bolso, prende la cafetera y se cambia las zapatillas por el par de tenis. Imaginá que tu destino no es una arruga sino la raya del camino. Imaginá que las ardillas también son saltos para las ramas de tu cuerpo y de tu espíritu.
Cerrá los ojos y regresá al museo. A esas estancias donde las paredes sirven para colgar obras de arte y no, como en tu casa, para colgar calendarios con figuras de vírgenes de Guadalupe o carteles de Luis Miguel o del vómito que se llama Ricardo Arjona.
Entregá el ticket al guardia que se limpia la boca llena de frijol y aguacate. Caminá por la primera sala, ahí donde está la exposición que Armando te recomendó, porque no sabés qué prodigio es la pintura de Frida. En cada uno de sus cuadros está todo el terror que paraliza la voz y el sueño.
Evitá la tentación de sacar las donas Bimbo de tu bolso; detené el movimiento instintivo de tu mano que ahora busca el chicle. Recordá, por favor, que no sos vos, mujer de vecindario; recordá que estás en un museo y ahora, al lado de esa pareja de jóvenes que huelen tan a bosque, tan a boutique de Quinta Avenida de Nueva York, mirás un cuadro de Frida Kahlo, la mujer que hizo del sueño la tragedia del río a la hora que detiene su vocación de nube debajo del puente.
Imaginá que no abandonaste el primer curso de la Universidad, ahí donde aquella maestra maravillosa te enseñó los principios del color y del diseño. Imaginá que seguiste recorriendo los pasillos de la universidad, con las libretas abrazadas a tu pecho. Era tan bonito sentarse en grupo en la mesa de la cafetería y apreciar cómo los rayos del sol se tumbaban en el suelo. Se tumbaban sin rastro de cansancio, como satisfechos de haber recorrido tantas leguas luz.
Y ahora bebé ese cuadro de Frida, ese donde un venadito con cuernos es como un San Sebastián mártir lleno de flechas que manchan de rojo su cuerpo que parece levitar en medio de una avenida de árboles tristes y húmedos. Bebé la mancha del tronco verde. Mirá el fondo del cuadro, ahí donde una nube no tiene la placidez de la tarde sino la miseria de ese rostro.
Ahora imaginá que ese venadito es una venadita, porque así debe ser. Ahora, por favor, eliminá el diminutivo porque la miseria nunca ha sido miserable cuando llueve. Ella, Frida es una venada. ¿Mirás cómo has llegado a la síntesis perfecta? Ese animal que levita es un animal ciego a mitad de un túnel donde los trenes viajan; es una ventana a mitad del suelo; es un aerosol que sueña con el aire de su luna.
Ahora, satisfecha y llena de más piedras para tu trauma, hacé favor de salir del museo. Sentate en esa banca llena de hojas secas, abrí tu bolso de yute y sacá las donas de tu almuerzo.
Imaginá que no sos vos, la mujer que, mañana domingo irá al parque a dar de comer a las palomas de la plaza.
Imaginá que sos como un venadito, pero sin flechas. Un venadito que parece levitar a mitad de un sueño.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
GRIETAS QUE SON COMO BEBIDAS SIN HIELO
A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como una raya azul en camiseta y mujeres que son como una grieta en la pared.
La mujer grieta en la pared se camufla como si fuese lagartija. Sus hendiduras le vienen de una alfombra roja a mitad del desierto, de un nido sobre una rama rota. Sus hendijas le vienen de una mujer que vende Esperanzas envueltas en papel de estraza.
Cuando baja la niebla ella la usa como bufanda, la usa como lipstick para conjurar el gris del alma. Las piedras le sirven como almohada, como rasgueo de guitarra para un solo de sax.
Le encanta asistir a conciertos donde la voz es como un par de notas sobre la banqueta. A veces, ¡qué pena!, se echa como vaca en los callejones, abre la mano y pide limosma. Pide un poco de sol, un poco de pie para la marcha, un poco de agua para el estío y para la hora del frío en la madrugada.
Sabe que la palabra “conocimiento” es como una mano que tentalea la oscuridad y el miedo. No hay certezas, en el mundo ¡no hay certezas! Apenas lámparas para la hora en que el dedo busca el timbre o el pomo de la puerta.
Si cierra los ojos piensa en la sangre que recorre sus carreteras, piensa en la montaña que deshace el cristal del sol, piensa en las vías del tren de las piernas de su amada, piensa en las palmeras que son como casas para el calor y para la playa.
Si cierra la posibilidad del deseo piensa en los tambos de basura de un parque de diversiones, piensa en las llantas que pierden su vocación y terminan siendo columpios, piensa en las cabelleras que se extraviaron en los años setenta.
Si cierra la puerta antes de abrirla piensa en las estaciones de gasolina a mitad del desierto, piensa en las manos que no encuentran el deseo, piensa en cómo los postes tienen vocación de alambre, de cuerda para guitarra del cielo.
Si cierra la boina que enamora al sombrero piensa en el perro que mueve la cola, piensa en el cinturón que ciñe la mitad del mundo, piensa en los arbustos que delimitan los predios.
Sabe que, como dice la Biblia, hay un tiempo para todo. Hay un tiempo para prender las luces; un tiempo para subir las escaleras de incendio; un tiempo para poner series de luces a los árboles; un tiempo para bailar a mitad de la calle; un tiempo para cerrar el ojo a la pasión; un tiempo para tomar el café en la cafetería favorita de Julio Cortázar, de Joyce o de la Yourcenar.
Usa lentes oscuros porque, también, el alma necesita cubrirse del sol o pasar de incógnito a mitad de la plaza.
Usa blusas escotadas porque sus pechos son como esponjas que necesitan la humedad de los tejados. Cuando los hombres la ven sueñan que ella se abre la blusa y ofrece sus cervatillos a la boca del lobo y de la mano que es como una luciérnaga.
Odia a los hombres que tienen el carácter de tubos sobre cabellera de mujer de vecindad a las seis de la mañana; odia los hombres que saltan como si fuesen chapulines o como si midieran los pasos para cobrar en ventanilla de un asilo o de una tienda de raya.
Por el contrario, le encantan los hombres que son como un lunar al lado de los labios, que son como una hamaca para la hora del sueño.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como la mano que extraña el pie y mujeres que son como el nudo que nunca llegó a ser parte de la corbata.
lunes, 10 de diciembre de 2012
POLVO, PURO POLVO
Amín Guillén Flores me invitó a presentar la novela “En Tierra Ajena”, de Elsa de Solórzano. Paso copia del texto que leí.
La novela de Elsa de Solórzano se llama “En Tierra Ajena”. Tierra es un concepto femenino que alude al origen. Los hombres, pensamos, somos de la tierra.
La lectura de esta novela me provocó la siguiente reflexión: ¡todos vivimos en tierra ajena! Quienes vivimos en nuestro lugar de origen también lo hacemos en una tierra que, de origen, nos resulta ajena. Ajena en el tiempo y en la circunstancia. Meditemos en el acto que nos reúne esta noche en este espacio. Acá donde estamos fue el despacho del propietario anterior de esta casa. En este instante es un espacio nuestro, pero, en esencia, no nos corresponde, no nos corresponde porque desconocemos la historia, desconocemos las huellas de sus paredes y de su techo. Pero, igual forma, el propietario anterior nunca pudo advertir el futuro de este espacio. Espero que su espíritu esté en calma al saber que sirve como un espacio cultural. Yo, igual que ustedes, he conocido espacios que, con el tiempo, han cambiado su vocación. En Comitán, por ejemplo, donde estuvo el Cine Comitán ahora es una tienda de ropa. Cuando entro a la tienda trato de reconocer un espacio donde disfruté lo mejor del cine mexicano, pero no puedo aprehenderlo a cabalidad. Me siento, como el personaje principal de esta novela, en tierra ajena. Y esto que digo es sólo un ejemplo, si me siento y tomo una taza de té y reflexiono en ello y voy más allá caigo en la cuenta que todo espacio me resulta tierra ajena, a pesar de la cercanía, a pesar del afecto de mis afectos. No somos de esta tierra, tal vez somos, como aseguran muchos estudiosos: la nostalgia del polvo de las estrellas.
Pero no sólo se trata de los espacios exteriores. También vivimos en una tierra ajena en nuestro interior. No nos conocemos a profundidad. Los seres humanos no sabemos quiénes somos. Por esto, la vida es un constante tratar de conocernos. Y cuando la vida cesa, ¿quién lo sabe?, tal vez mudamos a tierra ajena o regresamos al lugar primigenio, el verdadero espacio nuestro.
La novela de Elsa alude a esta territorialidad que no nos corresponde. Los personajes femeninos de esta novela bullen en esa búsqueda. ¿Cómo apropiarse de un espacio desconocido? ¿Cómo entender que cada sector tiene sus propios códigos, impulsados a través del tiempo?
Cada personaje se mueve bajo paradigmas impuestos. Una mujer que nació en el Norte de la República tiene semejanzas con una mujer que nació y creció en el Sur de la Patria, pero, por encima de esas semejanzas, existe un muro difícil de escalar construido con ladrillos impecables que llamamos diferencias.
¿Qué papel juega una mujer indígena en el contexto de su territorio de origen, territorio que parece no corresponderle? La mujer indígena que vive en Chiapas, igual que la mujer nacida en Monterrey, también vive en tierra ajena. El desprecio del otro así lo demuestra. Los dueños originales han sido desplazados y, a pesar de vivir en territorios que le son conocidos y reconocidos, habitan como fantasmas confundidos en medio de la niebla.
La novela “En Tierra Ajena” es el reconocimiento de la otredad. Siempre somos otros y vivimos en espacios que nos son extraños.
Las historias que acá se desarrollan se mueven en territorios que nos son reconocidos, pero, a la vez, nos resultan ajenos. Ajenos porque la vida diaria nos pone un velo. ¿Quién está pendiente de la vida de la sirvienta, por ejemplo? ¿A quién le interesa saber qué historia existe detrás de ese aparente conformismo cotidiano?
¿La mujer tiene más conciencia de esa confusión? La aparente extraterritorialidad espiritual le es más cercana porque ella, la mujer de todos los tiempos, tiene la naturaleza de lo ajeno en su entraña. ¿Qué sucede cuando una mujer tiene un crío? ¿Qué sucede en su interior al saber que la carne de su carne se desprende para siempre de ella? Si la mujer tiene en sus hijos la conciencia de lo propio es apenas una utopía, porque nueve meses después todo vuelve a ser ajeno.
La novela de Elsa abre una ventana para esta reflexión, para este camino que no tiene un destino fijo. Es un poco como si el lector, desde el principio, supiera que no llegará a ninguna parte porque la literatura también es un territorio vedado para la certeza.
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