miércoles, 7 de mayo de 2014

LOS COMPAÑEROS DE LA NIÑEZ





Los ositos son los consentidos de los niños. Más que los gatos y los perros, los osos son los preferidos. Por esto, en las camas de los niños y de las niñas se hallan ositos. Por esto, Julio Cortázar le decía “osita” a su amada Carol; por esto, los amantes acostumbran darse el abrazo de oso a la hora que se encuentran en camas de moteles.
Los ositos son los consentidos de los gitanos. Cuando los gitanos llegan a los pueblos y levantan sus carpas (como de circo) un oso aparece y baila al ritmo del pandero.
Los ositos son los animales que más aparecen en cuentos para niños. Algo mágico tienen que las historias fluyen sin necesidad de que intervengan más personajes de fábula. Muchos creen que la fábula más importante de la historia de la humanidad es la del zorro o la del cuervo o la de la rata o la de león o la de la jirafa atrabancada. Se equivocan, la fábula más querida y recordada es la del osito que no podía dormir. ¿La recuerdan? La fábula cuenta que un osito tomó su vaso de leche, dio besos a papá Oso, y a mamá Osa le dijo que en cuanto estuviera listo le avisaría para que le leyera un cuento. Subió a su cuarto, subió los peldaños de dos en dos ya que era un osito muy arrecho. Hizo a un lado la colcha y se acostó (recuerden que los ositos no necesitan pijama). Tomó el libro de cuentos que tenía sobre el buró y llamó a su mamá, a gritos: “Apúrate. Ven a leerme el cuento”. La mamá osa refunfuñó tantito, porque aún le faltaban dos platos y dos tazas por lavar. Cerró la llave del agua, se limpió las “manos” con una toalla roja y subió al cuarto del osito. El osito no estaba acostado, su culito asomaba por encima del faldón de la cama, buscaba algo. “¿Qué pasa, hijo?”, preguntó la mamá. “No encuentro mi muñeco”, dijo el osito. El muñeco que le había regalado su papá estaba extraviado. Durante una hora, el osito y la mamá osa buscaron el muñeco, debajo y encima de los muebles. El papá oso se les unió en la búsqueda, desarmó la cama y el ropero. ¡Nada! Parecía que el muñeco había desaparecido. Tal vez algún gato lo había hecho aserrín o un perro lo había enterrado a mitad del patio, creyendo que era un hueso. El osito no permitió que su mamá le leyera el cuento, se metió en el ropero y amenazó con quedarse ahí hasta que el muñeco apareciera. Papá oso -remolón, porque eran ya las once con veinte de la noche- se puso el abrigo de cuadros rojos y amarillos, su gorra (tejida con cabello humano) y, dando un portazo, salió al bosque. Caminó y caminó por en medio de grandes árboles de ocote, hasta que llegó a las inmediaciones de la aldea, donde vio apenas dos o tres casas con luces. Se acercó, sigiloso, hasta donde estaba una casa con las luces apagadas, colocó sus manazas en el pretil de la ventana y se levantó tantito para ver el interior. En la cama dormía plácidamente un niño.
“Ya”, dijo la mamá. “Papá ya halló tu muñeco. Tiene ropa nueva”. El osito abrió la puerta del ropero, sacó la cabeza y vio que su papá, en efecto, abrazaba a un muñeco. El osito salió, se limpió las lágrimas y recibió el muñeco. “¿Es otro, verdad?, dijo. “Me gusta. Está calientito”, dijo y se metió a la cama, abrazó al muñeco y dejó que su mamá le leyera el cuento de “La caperucita roja”. Poco a poco cerró los ojos y se quedó dormido. Papá oso se llevó una garra a la trompa y le indicó a su esposa que no hiciera ruido. Ambos caminaron de puntillas. Sólo se escuchó un ligero rasguño como de gis sobre el pizarrón. Salieron, se abrazaron y prometieron ser más cuidadosos con los muñecos de su hijo.
Mientras tanto, en la aldea todas las luces de las casas se prendían y la noticia causaba alboroto. Los hombres tomaron sus escopetas y salieron en busca de huellas del animal.
Yo tuve un osito de niño. Lo llevaba a todas partes. Cuando iba a acostarme, lo arropaba bien y le decía buenas noches. Miraba, desde mi cama, cómo mi mamá y mi papá apagaban la luz y salían del cuarto.

lunes, 5 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE PRACTICA EL VUELO





Querida Mariana: los zanates vuelan y caminan. ¿Todas las aves tienen esta particularidad? ¿Vuela el pájaro bobo? El avestruz es ave, ¿vuela? El otro día fui al parque central. Me senté en nuestra banca.
Como vos fuiste a San Cristóbal con tu novio, yo me dediqué a ver zanates (no aludo a alguien en especial). Miré un zanate macho y (supongo yo) a un zanate hembra. El zanate macho se esponjó y, como si fuese un chupamirto panzudo, se elevó tantito del suelo y se mantuvo suspendido en el aire. Entendí que estaba cortejando al zanate hembra. La hembra, ya lo podés imaginar, ni lo peló. O bueno, hizo como que lo ignoraba. Tal vez así debe ser el ritual; tal vez así debe ser el comportamiento de las hembras: hacerse las interesantes.
Vos no estabas. Vos no podés volar, vos sólo caminás. A veces caminás conmigo y el día se ilumina, a veces lo hacés al lado de tu novio y, sin duda, iluminás su cielo. El cielo (esa tarde, en Comitán) estaba nublado. Sin duda que el cielo de San Cristóbal estaba pleno. A mí (disculpá) no me gusta el cielo nublado, pero lo soporto. Cuando el cielo está así no me queda más que mirar el cortejo de un zanate macho con su hembra. El pobre pájaro esponjado quedó suspendido en el aire, como si fuese una pirinola sobre una mesa invisible. Él quería que su pirinola (sin albur) cayera en “Toma todo” o, ya de perdida, “Toma uno”, pero después de uno o dos minutos, la hembra caminó sobre el césped y siguió buscando gusanitos o piedritas. Caminó como si estuviese sola; caminó ignorando la danza del pobre esponjado que tenía los ojos inyectados de sangre (imaginé que así debía estar todo su cuerpo). Al zanate macho no le quedó más que descolgarse del aire como globo desinflado y se puso a dar vueltas en el césped como león enjaulado. ¿Mirás lo que le pasa a los pájaros macho, en tardes nubladas? Creo que el macho entendió que esa tarde, con esa hembra, le tocaba la cara de “Todos ponen” o, más jodido, la de “Pierdes todo”. La hembra, coqueta, subió sobre una plancha de cemento que debe ser un registro de energía eléctrica, vio al macho y (así lo intuí) levantó el pico como si fuese el Pico de Orizaba y voló hasta una rama a mitad de un framboyán. Ahí se quedó. Yo, expectante, esperé ver qué hacía. Pedí, con todo mi corazón, a los Dioses de los zanates, que le otorgaran la gracia de la dignidad y no se rebajara, pero (tonto de mí), el pobrecito (estúpido) se acercó al tronco y voló hasta donde estaba ella. Ella (por supuesto) lo vio, otra vez, de manera indiferente y voló. Voló a una rama superior (así se sentía ella). Y allá (necio) de nuevo fue el pobre e indigno zanate. Éste no había puesto una de sus patas sobre la rama cuando ella voló y bajó a la plancha de cemento. Estaba a punto de gritar: “¡Ahórcate!”, pero me dio pena. En la banca de a lado estaba una pareja de jóvenes que, sin necesidad de rituales bobos, se besaba y se acariciaba. El zanate macho se quedó en la rama (parece que entendió, al fin). Se veía triste, era como un foco negro a mitad del árbol.
Pensé que, en ese instante, vos y tu novio caminaban, de la mano, por algún Andador de San Cristóbal, él te contaba algo y vos reías (ya mirás que es muy ocurrente); luego se sentaban ante una mesa, debajo de una sombrilla, y pedían un café (vos) y una cerveza (él). Mientras el mesero les servía, él (tu novio) se acercó (de nuevo) a vos, te dijo algo al oído y vos reíste y él te besó cerca del lóbulo de la oreja y vos sentiste bonito, levantaste tantito los hombros y entrecerraste los ojos. A él, casi casi lo vi como si se inflara y quedara suspendido en el aire y vos (al contrario del zanate hembra de acá de Comitán) te dejaste seducir. No sé a qué hora regresaron esa tarde. ¿Yo? Como siempre, a las ocho estuve en casa, cené, leí tantito y me acosté.
Cuando vos no estás, voy al parque. Me siento en nuestra banca. Me siento como un zanate, como un zanate mojado. Es que, aunque no llueva, no sé por qué siempre el ambiente está como húmedo, como lleno de neblina.
Me dio gusto, mucho gusto, saber que te divertiste. Al otro día, cuando hablé con vos (no sé por qué) me sentí como zanate desplumado.
Los zanates vuelan y caminan. A veces vos sos un pájaro que sólo camina. ¿Y tus alas? ¿Te las quitás cuando estás con tu novio? ¿Tenés pena de que vaya a confundirte con un ángel?
Me dio gusto saber que te divertiste.

domingo, 4 de mayo de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ LA CASA DE UN GUAJOLOTE





Dicen los que saben que la palabra Cotz significa guajolote, por eso, acá se ve el dibujo de un guajolotito. El negocio se llama “El cotzito”, porque acá, en Comitán, todo mundo lo sabe, nos encanta hablar en diminutivo. Si alguien, con todo respeto, le pide el tutís a una muchacha bonita, le dice que si su pajarito puede hacer nidito en su tutisito.
Pero, en Comitán, cotz no sólo significa guajolote. Nadie sabe explicar bien a bien la razón, pero acá la palabra cotz, ¡benditas las almas del purgatorio!, también se usa como sinónimo de “jimbiritzear”; es decir, de hacer cositas ricas sobre el petate. Si en el resto de la república “petatear” es sinónimo de morir, acá también significa echar cotzito lindo y jacarandoso. Por esto, mucha gente se divorcia, porque encuentra a su amado o amada “petateando” con otro.
Pero este anuncio no anuncia ni una ni otra cosa. Este anuncio, de manera muy pulcra y casi inocente (sí, ¡cómo no!), sólo anuncia la venta de abarrotes. ¡Ah, barrotes!
¿Por qué un expendio de abarrotes se llama El cotzito? Porque esta tienda está en Comitán. Esta tienda jamás la hallarán en una ciudad argentina o en una ciudad española. En Buenos Aires, tal vez, hallarán una tienda que se llama “El mate” y en Barcelona una tienda que se llama “Arza”. En Comitán no hay tiendas que se llamen “mates” o “arzas”, acá, hay tiendas que se llaman doña Mariana o tío Rami o cotzito.
Lo simpático es que en esta tienda no venden guajolotes, así que (podemos pensar) el nombre alude a lo otro. ¿Venden condones? No lo sé. Lo único que sé es que una mañana entré y pregunté si el guajolote lo vendían en pie o en canal. “En pie”, me contestaron. ¿Con plumas o sin plumas?, pregunté. Y el dueño del negocio me dijo: “No, joven, no tiene plumas, ¡tiene pelitos!”. ¡Dios mío! Ya no supe de qué estábamos hablando. Y es que, ya lo dije, en Comitán, el cotzito puede ser un guajolote pequeño o un rapidín.

sábado, 3 de mayo de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL CHINCULGUAJ Y DEL CHENCULGUAJ





Querida Mariana: Raúl Espinosa dijo el otro día que los tres más grandes anecdotistas de Comitán, de los tiempos más recientes, son: Óscar Bonifaz, doña Lolita Albores y Armando Alfonzo. La semana pasada acudieron anecdotistas de la región. En el Teatro Junchavín se efectuó el acto cultural llamado “Los más mero lek” (es decir, los más fregones dentro de los más fregones). El teatro estuvo lleno de personas que disfrutaron de las ocurrencias de contadores de anécdotas de La Trinitaria (contadas por Lucrecia Guillén Alvarado, Raúl Gordillo y Francisco Javier López Hernández, el famoso “gorrión”, de la radio Brisas de Montebello); de Las Margaritas (Armando Pérez López, Rodolfo Salazar García, Rodolfo Salazar García y Absalón Hernández Gordillo, el famoso “Nolaska”); y de Comitán (contadas por Julio César Robles Solís, José Antonio Alfonzo Pinto, Héctor Castellanos, Anita Castellanos de Baca, Raúl Espinosa Mijangos y Eduardo Tovar Avendaño). ¿Mirás? Puro mero lek. Un compa preguntó qué significaba mero lek. Los estudiosos explican que es una voz tojolabal que significa “bueno, bien”, por eso cuando alguien hace algo fregón se dice: “quedó mero lek”.
En nuestro pueblo usamos muchas palabras que vienen del tojolabal. El nombre de la gaceta oficial de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Comitán, “kujchil”, es una palabra tojolabal y se usa para nombrar el rebozo con el que las mamás cargan a sus criaturitas. Otra palabra que es muy conocida es “chinculgüaj” con la que denominamos esas sabrosas tortillas rellenas de frijol. Aunque, Rodolfo Salazar García, quien es Cronista de la Ciudad de Las Margaritas, dijo que la forma correcta es decir “chenculgüaj”, a lo que Chusito, técnico del Teatro, comentó: “Pucha, entonces a partir de hoy diré chengada”.
En Comitán la anécdota picaresca tiene un sitial de honor. La gente disfruta creándolas y recreándolas. La anécdota brinca a la hora de la reunión. Basta que dos amigos se sienten en la sala o ante la mesa de una cantina para que aparezca la anécdota. Por lo regular la anécdota tiene su clímax al final. Todas las palabras se bordan para llegar a un final de fuego artificial que, a su vez, detona la carcajada en el escucha. El otro día, la Licenciada Andrea Coronel, compañera de trabajo, subió al Facebook el siguiente cerillito que alumbra el rostro de medio mundo de Comitán:
-¡Mamá, el pan ya no sirve!
-Pues componelo.
…y así, amiguitos, es como se inventó el pan compuesto.
¿Mirás qué sencillo y qué genial? Al final terminás con una sonrisa pegada en el rostro y con un hilo de luz untado al corazón.
Los contadores de anécdotas tienen, entre otros atributos, el mismo don que poseen los escritores: el don de observar más allá del horizonte. Además, un contador de anécdotas debe tener una gran memoria. Los que tienen memoria García Márquez no sirven para contar anécdotas. Y digo memoria García Márquez porque ahora, ahora que murió el gran escritor, se sabe que en los últimos años de su vida le dio el Mal del olvido. Como si fuese personaje de su novela Cien años de soledad su memoria entró en un remolino de niebla. ¡Qué friega! ¿Podés imaginar qué siente un hombre que radica mucho de su fuerza en la memoria cuando se percata que ella se va al albañal? No puedo imaginar cómo un hombre comienza a darse cuenta de la pérdida de la memoria. Vos sabés que yo siempre he tenido muy mala memoria, así que si algún día me ocurre lo que le ocurrió a don Gabo no extrañaré mucho. Apenas hace dos o tres días me ocurrió algo que hacía tiempo no me ocurría. ¡Olvidé dónde dejé el auto! Hace muchos años, en la ciudad de México, olvidé dónde había estacionado mi auto. ¡Dios mío, en la ciudad de México! Llegué apurado a la colonia Roma, estacioné el carro y, corriendo, fui a la Universidad del Valle de México, universidad donde estudiaba Arquitectura. Recibí mis clases, desayuné en la cafetería, platiqué con los amigos y, al salir a la calle, me di cuenta que no sabía dónde había estacionado el carro. ¡Ya lo imaginarás! Me pasé más de media hora dando vueltas y vueltas por las cercanías. Llegó el momento que pensé que me lo habían robado (era un Renault que me regaló mi papá, azul, tipo flecha, bien bonito). A punto de ir a la Delegación para levantar un Acta de Hechos (con la esperanza de que la grúa de vialidad lo hubiese llevado) miré mi “azulito”. Pues hace dos o tres días iba a comenzar con tal calvario. Claro, Comitán no es el monstruo aquél y pensé que me sería más fácil hallarlo. Así fue. Lo dejé en el estacionamiento del Súper del Centro, sólo que, como llevaba prisa, no recibí el “tiquet”. Por lo regular coloco el “tiquet” en mi cartera, así sé que dejé el auto en el estacionamiento. ¿Es principio de Alzheimer? No lo creo. Siempre he sido desmemoriado. Ya nací con esta grieta. Por esto (siempre lo he dicho) admiro a quienes tienen memoria prodigiosa. Doña Lolita Albores, por ejemplo. En una ocasión que estuve con la escritora Carmen Boullosa, en las oficinas del periódico Reforma, ella me dijo que Carlos Monsiváis tenía una memoria sorprendente. Yo le dije que en nuestro pueblo, doña Lolita era igual de prodigiosa. Admiro la memoria del Maestro Jorge Gordillo Mandujano. Cuando se topa con un ex alumno lo saluda y le dice su nombre al estilo del pase de lista: apellido paterno, apellido materno y nombres. ¡Ay, prenda! Si me topo con un ex alumno el peor tormento que puede hacerme es preguntar la clásica: “¿Se acuerda de mí? A ver, cómo me llamo”.
En el número más reciente de la revista Proceso están publicados varios testimonios que giran en torno a lo mismo: la pérdida de memoria de Gabo. Por fortuna, a ninguno de nuestros escritores comitecos ni a los contadores de anécdotas les ha dado este mal, el mal que llaman “La peste del olvido”. Hay un testimonio de gran ternura. Cuenta el hermano de Gabo, Jaime García Márquez, que, ya con la memoria muy disminuida, el Premio Nobel se acercó a él y le dijo: “No sé quién eres, pero sé que te quiero mucho” y lo abrazó. ¡Ah, qué bendición! Fue como la última gota en un vaso de agua.
Los contadores de anécdotas deben tener una memoria prodigiosa. No obstante, he visto a varios que, en una presentación en público, llevan un “acordeón”.
Hay una anécdota que la he escuchado en varias partes, pero que acá se la atribuyen a varios comitecos. Una mañana, estaban reunidos varios intelectuales en el café de La Casa de la Cultura (café que ahora ya no existe). Entre ellos estaban Jorge Melgar, Neto Carboney, José Melgar y dos o tres más. Discutían acerca de la vida y de la muerte. De pronto se acercó Romeo (ya olvidé el apellido), se apoyó en el respaldo de una silla y, parado, escuchó la pregunta que lanzó Jorge Melgar: “¿Qué habrá después de la muerte?”. Romeo, como si nada, dijo: “¿después de la muerte? La chalupa, el valiente y ¡lotería!”. La anécdota le da una torcedura a lo plano. Siempre es el lado oscuro de la luna. Por esto, la gente suelta la carcajada, porque el final de una anécdota es lo inesperado. Guayito Tovar cuenta que en un viaje por la Colón a la ciudad de México (cuando los autobuses no llevaban clima ni baño) se sentó al lado de una mujer que se mareó. Ella comenzó a regurgitar, así que viendo que estaba a punto de vomitar le dio una bolsa vacía de pan Bimbo. La mujer tomó la bolsa y vomitó. Guayito abrió la ventana y le pidió la bolsa para tirarla. La mujer amarró la bolsa y dijo: “Ay, no, es la comida de mi cuchito”.
La anécdota es un valor cultural importante de la sociedad. Es casi casi como un guiso con muchas propiedades. Preserva la palabra y conserva los personajes. Acá en Comitán hay muchas anécdotas que cuentan hechos ocurridos a personajes famosos, tanto los encumbrados como los modestos. Se cuenta, por ejemplo, la anécdota “Del deley”, bolito que siempre decía que no era el trago sino la coca la que mataba y, como si fuese un personaje de García Márquez con capacidad de adivinar el futuro, una mañana corrió la noticia de que un camión repartidor de Coca Cola lo había atropellado. El Deley murió de ese atropellamiento, con ello se corroboró que “la coca es la que mata”.
Yo, lo sabés, soy el hombre más simple del mundo. Cuando debo ir (por obligación) a una fiesta me preocupo. ¿De qué voy a hablar con el compa que me toque al lado? Procuro llegar temprano a la cita, voy a la mesa donde está el agua, me sirvo, me acerco a los marimbistas, platico un rato con ellos y cuando ya llegaron dos o tres amigos busco al que cuenta anécdotas. Dicen que mucha gente hacía lo mismo cuando vivía doña Lolita. Esperaban que ella llegara y se sentaban en la misma mesa. Con esto garantizaban una tarde inolvidable, llena de anécdotas, plena de carcajadas. No hay peor cosa que sentarse al lado de un tipo que casi no habla; no hay peor cosa que sentarse al lado de Molinari. Pero, ya lo dije, caso soy tu mudo. Yo me siento al lado de hablantines y así mi carro rueda a la perfección, porque el anecdotista necesita gente que lo oiga y, ¡eso sí!, yo soy el mejor escucha del mundo. Soy tan correcto que cuando asisto a una conferencia busco no sentarme al lado de los hablantines, para que pueda brindarle toda mi atención a quien dicta la conferencia. Es una gran falta de respeto no poner atención a quien habla. A veces, en una conferencia, me ha tocado sentarme al lado de un hablantín que está perdiendo el sentido del oído y cuando habla lo hace en voz alta y todo mundo voltea a ver. Nunca falta el que hace “shhhhht” y a mí eso me da mucha pena, porque no soy yo quien interrumpe. Estos hablantines son como celulares que llaman. Ahora, cuando tengo un festejo con compañeros de trabajo busco sentarme al lado del doctor José Antonio Alfonzo Pinto o al lado del Juez Municipal. ¡Ah, me doy una divertida sensacional! Ellos son grandes contadores de anécdotas, poseen el don de la gracia (esto parece un pleonasmo, pero no lo es, ellos son los más mero leck).
Lo mismo sucede a la hora que somos lectores. Buscamos a los más mero leck de la escritura. Tal vez por esto la obra de Gabriel García Márquez ha sido leída por millones de lectores en todo el mundo. La escritura de Gabo es atractiva. Leer a Gabo es como sentarse al lado de un buen contador de anécdotas. Gabo tuvo la propensión a exagerar. Los anecdotistas exageran también. En toda anécdota hallamos un cierto grado de exageración, algo que rebosa. ¿Quién es el lector que prefiere leer libros aburridos, sosos? ¡No existe! Todo mundo busca lecturas agradables, bien contadas, lecturas que atrapen desde un principio y que no suelten al lector ¡hasta el final! Ahora bien, habrá que decir (para que no haya confusión), una cosa es contar una historia de manera oral y otra contarla de manera escrita. Doña Lolita era muy buena contando anécdotas en las fiestas, en los convivios y en las charlas que dio en muchos teatros, pero falló a la hora de pasarlas al papel. Una anécdota contada de manera oral pierde mucho a la hora de pasar al papel. El contador de anécdotas y el escritor tienen ligas, pero, como dicen los clásicos, permanecen “juntos, pero no revueltos”. Comparten algunos dones, sin los cuales no llaman la atención. Te he contado que tengo una comadre que me cuenta chistes sin chiste. El chiste puede ser bueno, pero ella no posee la gracia para contarla. A ella le gusta contarlos y yo dejo que lo haga. Total ¡es su gusto! ¿Quién soy yo para quitarle su gusto? Claro, al final yo quedo con mi cara de piedra, con mi cara de siempre y ella ríe, ríe y yo pienso “¿de qué ríe?”.

Posdata: no me gustan los festejos. Como estoy acostumbrado a estar solo o siempre estoy con un afecto muy cercano o leyendo un libro, me causa escozor estar en una mesa al lado de gente que, tal vez, espera que yo diga algo. ¿Qué puedo decir? No poseo la gracia de los grandes anecdotistas, no conozco el chisme del día. No me gusta meterme en vidas ajenas. No me gustan los festejos. A veces me toca sentarme al lado de otro ¡que tampoco habla! ¡Ay, Dios mío, qué tormento! No hay peor cosa que estar sentado ante una mesa, revisando los cubiertos, viendo las caras de quienes están al frente. Soporto dos minutos, me levanto, digo que iré al baño, salgo a la calle, tomo un taxi y voy a un parque. Ya ahí saco de entre mi ropa el libro que siempre llevo y vuelvo a ser yo. Vuelvo a ser feliz.

viernes, 2 de mayo de 2014

PARA MATAR EL TIEMPO





“¿Qué hacemos?”, era la pregunta que alguien de la palomilla lanzaba, a las cinco de la tarde. Estábamos en el parque, sentados en los respaldos de las bancas. Teníamos los pies sobre el asiento. Algunos fumábamos. El viento fresco de la tarde se hamaqueaba en las frondas de los cipreses. Las muchachas bonitas pasaban frente a nosotros. Algunas nos miraban de reojo, sonreían, caminaban como codornices; otras nos ignoraban, se hacían las interesantes. Fumábamos. “¿Qué hacemos?”. No había mucho qué hacer. Nuestras opciones eran limitadas: que Jorge pidiera el carro de su papá; que nuestra mamá nos diera dinero para ir al cine y luego ir a cenar al restaurante del Hotel Internacional (siempre pedíamos una orden de tacos dorados y una malteada de fresa). “¿Qué hacemos?”. A veces el demonio nos calentaba el alma y bajábamos al barrio de La Pila y recorríamos la calle donde estaban las muchachas de Tía Maty (algunos hacían trato con las putas y entraban a refocilarse en camas desvencijadas, en cuartos húmedos, con mujeres que no tenían completa la dentadura y que tenían exceso de grasa en la cintura) o íbamos al “Camechín” a tomar unas cervezas, acompañadas con un plato de costillitas grasientas (que Memo decía que eran las sobras de la botana de medio día). Eso era entre semana, porque el sábado no teníamos necesidad de hacer planes. Todo mundo sabía que íbamos al parque a mirar muchachas bonitas, sólo como antesala para ir a las siete a la casa de Jorge a ver la función de boxeo, en la tele en blanco y negro. Jorge tenía una sala especial para ver tele (una sala pequeña donde cabíamos todos los de la palomilla). Sus papás de Jorge siempre fueron muy tolerantes y no ponían nada en su corazón cuando miraban que Jorge pasaba por la sala con el six de cervezas heladas (jamás nos emborrachamos, tal vez por esto su línea tolerante).
Ahora extraño ese “¿Qué hacemos?”. Lo extraño porque ya no me lo planteo. Tiene años que no sé lo que es el tedio. Siempre tengo mucho qué hacer. No padezco el síndrome del desasosiego, ni tengo el apresuramiento de muchos de mis amigos que corren detrás de sus ideales. Yo estoy sosegado y laboro en la medida de mis capacidades y de mis compromisos. Camino paso a paso. Pero así como tengo muchas nubes para colgar en todos los lazos del patio, así también ya no tengo tiempo para sentarme en las tardes sin hacer más que mirar a las muchachas bonitas. Javier va todas las mañanas al café de once a una y sigue mirando lo que pasa en el parque; Jorge lo hace desde el mostrador de su ferretería, cuando paso por la calle levanto la mano, lo saludo, miro que él, recargado sobre el mostrador, sigue en espera de que lleguemos y digamos “¿Qué hacemos?”. Quique va al Ojo de Agua y, desde ahí, con una cerveza en la mano, con el agua hasta el cuello, mira las montañas que circundan a Santa Lucía. ¿Qué hace Miguel? Miguel murió hace muchos años, ya nunca sabremos qué hace en las tardes, en las tardes en que nosotros quisiéramos reunirnos e ir al parque a sentarnos sobre los travesaños de madera de las bancas del parque central de Comitán.
Cuando llegaban las nueve de la noche, todos dejábamos de hacer la pregunta. Sabíamos que era hora de ir a casa. Esto entre semana, porque el sábado, a las nueve de la noche, seguíamos viendo la función de boxeo en una tele en blanco y negro, en una sala pequeña, tomando cerveza de bote.

lunes, 28 de abril de 2014

ARENILLA PARA JORGE HUMBERTO CHÁVEZ





Jorge Humberto obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2013. Todo mundo sabe que este premio es el más prestigioso de la República de las Letras de México (sí, perdón, por encima del Sabines). Coincidí con Jorge Humberto en Zacatecas, con motivo del Festival Internacional de Poesía, acto en donde a Óscar Oliva se le concedió el Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde. Como dicen los clásicos “me gustó la letra” de Jorge. Su palabra está abonada con la arena del desierto y con el agua de los cactus achicharrándose en el comal del sol. Jorge me cayó bien. Apenas crucé dos palabras con él. En la sala cibernética del hotel, a las siete de la mañana, él estaba sentado a mi lado. Ese día viajamos a Jerez (lugar de nacimiento del poeta zacatecano). Le pregunté en dónde nos reuniríamos para esperar el autobús y él me dijo que no iría a Jerez, tenía un compromiso en la ciudad de México, pero me dijo que en el restaurante, a la hora del desayuno, estaría la banda. Como yo no desayunaba con el grupo (porque llevo una dieta muy especial) no sabía dónde estaba el restaurante, Jorge movió el brazo izquierdo y señaló un espacio a nuestra espalda. Ahora, Jorge Humberto anduvo por Comitán. Vino con la bandada del “Carruaje de pájaros”. De nuevo hablé casi nada con él. Apenas un pequeño cuestionario de diez preguntas para compartir con los lectores; apenas arena de desierto; apenas hilo de agua.

1. ¿Por qué, a veces, lloran las piedras?
Porque están tristes
2. Después de la nube, ¿qué pasa?
Otra
3. En el desierto, ¿qué florece en invierno?
Los cactus
4. ¿Hay luz en medio del pozo?
A veces
5. En el cumpleaños de la arena, ¿qué celebra el gusano?
Nada
6. Pensar el Sol, ¿hace que la luna se desgaje?
No
7. ¿Sobre qué cactus siembra el sol su espiga de luz?
Sobre todos
8. ¿Qué se deshace en el tedio del desierto?
La luz
9. ¿A qué hora lo real se evapora en la niebla del pasado?
Siempre
10. El día, ¿siente nostalgia de la lluvia lejana?
No creo

JORGE HUMBERTO CHÁVEZ. Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, en 1959. Coordinador de Literatura y catedrático universitario. Además del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013, ha obtenido los Premios Nacionales de Poesía Colima y el “Salvador Gallardo Dávalos”.

domingo, 27 de abril de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE HAY CONSTANCIA DE ALGO COMO UN SUEÑO





¿Es acaso un sueño? “No”, dicen mis paisanos. Ellos cuentan que hubo un tiempo (no tan lejano) que el Centro de Comitán tenía esta placidez. Cuentan que hubo un tiempo en que el ser humano importó más que el automóvil. La gente llegaba al parque y caminaba sin apremio, sin el riesgo de que un automovilista confundiera la calle con una pista de carreras.
Mis paisanos cuentan que este espacio se llenaba de caminantes, de niños que eran llevados de la mano por sus papás. Si estos niños se desprendían tantito, las mamás no se torcían del susto. No existía el riesgo de atropellamiento. Bueno, el único atropellamiento que existía era el que se daba entre niños que corrían detrás de una pompa de jabón.
Cuentan que hubo un tiempo en que Comitán apreciaba la vida. Cuentan que bastaba un ligero conjuro para convocar a las multitudes al rejuego infinito de la vida. Hoy, esta placidez se antoja como un sueño, pero hay paisanos que me cuentan que no fue tal, dicen que esta postal es real, no está “fotoshopeada”. Eran tiempos alejados de la confusión.
Hubo un tiempo en que Comitán vivía en medio de un sitio llamado certeza, un sitio lleno de árboles de limas de pechito y de árboles de chulul. Un tiempo en que la vida era la única cuerda que enredaba la cintura. ¡Ah, qué tiempos! ¡Ah, qué grandeza de hombres y mujeres! Pero, también cuentan, que un día a un presidente municipal se le ocurrió “abrir” este espacio. Cuentan que ahí comenzó la incertidumbre y el caos. ¡Dios mío! ¿Puede “abrirse” de nuevo el corazón y peatonizar esta calle? ¿Puede una pesadilla recuperar el tono afectuoso de un buen sueño?
Algún compa comiteco subió esta postal en el “Facebook”. Cuando la vi mi corazón pensó en abrir sus canales a fin de evitar el colesterol de la bobera. ¡Ah, qué tiempos! ¡Qué mira tan alta la de aquéllos que construían espacios para las personas y no para autos! En algún momento el hombre se olvidó de que lo importante es él y no el chunche.

sábado, 26 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY CIEN AÑOS EN UN DÍA





Querida Mariana: todo mundo habla de la muerte de Gabriel García Márquez, escritor que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. ¡Basta! No caeré en la tentación de ese exceso. Yo no escribiré acerca de él ni de su obra, a pesar de que pocos pueblos del mundo tendrían la cercanía que tiene Comitán con Macondo (Macondo es el mítico poblado que aparece en su novela “Cien años de soledad”). Los poblados de Latinoamérica tienen mucha semejanza con Macondo. Cuentan que las casas de Macondo están hechas de barro y que, en el mes de marzo, los gitanos llegan al pueblo. En los pueblos actuales de América del Sur y de América Central aún hay casas de barro y los gitanos llegan.
Yo no sé de dónde vienen los gitanos, pero ellos vienen de muy lejos. Un buen día se aparecen en los pueblos, levantan sus casas y cuelgan en las ramas de los árboles algo que se asemeja a un sol. Los terrenos baldíos se llenan con su luz y con su arguende de chachalacas. Mucha gente no tolera a los gitanos. Hay personas que desconfían de los trashumantes. Los comitecos se preguntan de dónde vienen esos personajes extraños y les inquieta no saber, bien a bien, qué es lo que buscan en estas tierras. Y no hablo sólo de gitanos, hablo de cualquier extraño que se aparece en la casa. Quienes se extrañan son comitecos de nacencia y quisieran que Comitán siguiera siendo el mismo pueblo, como dice García Márquez: “de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas…”. ¡Esto no puede ser! Ya Comitán no es una aldea de veinte casas donde todo mundo se conoce y se reconoce; ya Comitán no tiene un río de aguas diáfanas. Comitán ya es una ciudad de muchísimas casas construidas con varilla y cemento y su río (un hilo de agua) es un río de lodo. Cuentan que hubo un tiempo en que el Río Grande fue, a semejanza del río de Macondo, un río de “aguas diáfanas”. Hubo un tiempo en que Comitán fue muy semejante a Macondo. La diferencia fundamental es que Macondo (¡ah, qué prodigio!) sigue intocado. No ha ganado ni perdido una sola casa; sus vivos son los mismos y sus muertos también. Acá, en Comitán, cada día los viejos se mueren, de igual manera nacen muchos pichitos. Con tanta nacedera es imposible que (como lo piden los más conservadores) Comitán se mantenga sin crecimiento. Pero, en el fondo, detrás de todas las fachadas modernas, hay un Comitán que tiene muchos rasgos de cercanía con el Macondo eterno. Hay casas, todavía, que están hechas con barro, con adobe, con tejamanil. Y si me apurás, todavía, el Río Grande (muy cerca del nacedero) tiene un agua limpísima.
¿Por qué Macondo tiene semejanza con Comitán? Porque Macondo es un pueblo mágico. Macondo es producto de algo que, en literatura, se llama Realismo Mágico; un pueblo donde lo cotidiano toma un rostro de sueño. ¿Qué es Comitán? Pues es un pueblo más entre los miles de pueblos que existen en el mundo, pero es un pueblo único por su peculiaridad, donde lo real a veces se confunde con lo mágico. Quienes vivimos en Comitán no vivimos en la realidad real que asoma en las calles de los demás pueblos del mundo. Quienes vivimos en Comitán reconocemos un halo especial que confunde los ojos y el alma de propios y extraños. Cuando un visitante llega a Comitán algo sucede en su espíritu. Si alguien le pregunta cuál es esa seducción no sabe explicarlo bien, porque la magia, así como el milagro, no tiene explicación. Hay algo detrás de este Comitán de 2014; hay algo en su cielo, en su aire, que conmueve el espíritu y hace que la gente no quiera irse. Como que si de pronto llegara al útero materno, el aire de Comitán conmueve el corazón del viajero, del que, como si fuese Noé, viera una paloma en el cielo y entendiera que el Diluvio Universal ¡cesó! Quien se acerca a Comitán reconoce que algo, más allá de lo racional, está sostenido en las frondas y en las cimas de sus montañas discretas. En ocasiones anteriores te conté que me sorprendió la rotundez de la visión de las cercanías de Puebla. Cuando viví en aquella ciudad abría la ventana de mi cuarto y los volcanes aparecían frente a mis ojos. El Popocatépetl y el Iztaccihuatl se me venían como si fuesen nubes de piedra amenazando mi cielo. El Popo, de vez en vez, me recordaba que todo tiene vida y eructaba piedras de fuego. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué rotundez de imagen inolvidable! Acá, en mi pueblo, abro la ventana de mi cuarto y miro las montañas que circundan el corazón de Comitán, ¡ah!, son como pechitos de niña de quince años, como los primeros pasos de un sueño, como pequeñas frutitas colgadas del árbol mayor. Acá todo es como si el mundo apenas balbuceara su nombre. García Márquez dice que, al principio, en Macondo “las cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. ¿Mirás la semejanza con nuestro pueblo? Acá también todo está innombrado, por eso nos encanta esta maravillosa ciudad. Nos dicen que fulano de tal se llama así, pero nosotros sabemos que detrás de esa piedra que se llama nombre, ese fulano tiene otra línea para nombrarlo. Ahora en Semana Santa acudí un día al barrio de Nicalocok, barrio en donde representan (desde años) la Pasión de Cristo. Llamó mi atención que el día domingo, el día de la resurrección, Judas lee su testamento. ¿Qué propiedades materiales tenía el traidor? ¿A quién se las cede? En Comitán, dentro del protocolo de algo tan serio y conmovedor, como lo es la representación de la Pasión, se celebra la vida con un texto humorístico. Vecinos del barrio de Nicalocok cuentan que esta “ocurrencia” es fruto de la imaginación fértil de nuestra amada cronista, doña Lolita Albores. Ella, todo mundo lo sabe, fue una persona que tenía la cultura de Comitán en la mano. Sabía mil anécdotas de este pueblo. Todos los cronistas de los demás pueblos de Chiapas reconocieron que era una auténtica comiteca, llena de la picardía y humorismo de la gente de este pueblo. Bueno, pues ella, un día dijo que por qué no hacían “El testamento de Judas” y ayudó a los vecinos a redactar el texto en cuestión. Ahí, Judas deja sus pertenencias (pocas, incluidas las treinta monedas fruto de la traición) a los vecinos del barrio. La gente de Nicalocok espera con alegría la lectura del texto. Sorprende que los nombres de los elegidos son sobrenombres. En el barrio nadie se enoja porque sea tratado por su apodo. El clásico vecino me confesó que en el barrio todo mundo se trata por apodo, “si decimos nuestro nombre no nos reconocemos”. Tal como sucedía en Macondo, en Comitán pareciera el principio de Todo. Hay necesidad de nombrar las cosas, de iluminarlas con el ritual del bautizo.
No caeré en la tentación de escribir acerca de Gabriel García Márquez, como si han caído miles en estos días. Yo no escribiré acerca de él. No lo haré, porque una de las características fundamentales de su escritura es precisamente un rasgo que tiene que ver con ese denominado Realismo Mágico y que es ¡la exageración!, y a mí (te lo he dicho mil veces) no me gusta la exageración. Los críticos literarios dicen que “Cien años de soledad” es como un recuento de la historia del mundo. La novela conmovió el corazón de millones de lectores en todo el mundo porque narra el origen y la evolución de un pueblo maravilloso. Muchas alusiones tienen que ver con relatos bíblicos, con apariciones, con extrañamientos. Una mujer tenía miedo de embarazarse porque su crío podía tener la maldición de nacer con cola de cuch. Todos los lectores saben que ahí hay un símbolo. ¿Cuántos humanos, en toda Latinoamérica, siguen naciendo con cola de cuch? ¿Cuántos cuches nacen con forma de humanos?
Murió Gabriel García Márquez y todo mundo escribió y habló acerca de él. Desde la diputada local, en Chiapas, que confundió a Gabo con Carlos Cuauhtémoc Sánchez, hasta la nota luctuosa electrónica de CONACULTA donde lamentaba la muerte del Premio “Novel”. Desde el snob que quiso pasar a la inmortalidad a la hora que escribió el clásico lugar común de que ahora “Cien años de soledad alimentan la orfandad de los lectores de todo el mundo”, hasta el que puso una frase ingeniosilla: “Si de García Márquez hablan, ¡que no será de mí!”.
Yo no caeré en la tentación, porque quien cayó en la tentación fue Judas y ya mirás cómo le fue.
Sólo diré que Macondo se parece mucho a Comitán. Allá, en aquel pueblo mítico, una tarde Remedios La bella levita, vuela, “decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”. ¿Mirás, niña de mis vientos, cómo Macondo se parece a Comitán? En este pueblo (así nos lo recuerdan “los más altos pájaros de la memoria”) las mujeres también ascienden. Acá, las mujeres nos hacen el favor de bajar, como palomas que bajan a comer granos de luz, pero su condición natural es la altura. Bajan sólo para que los hombres puedan tenerlas a la vuelta de la mano. ¿Cuántos viajeros han quedado prendado de la belleza física de las comitecas y de sus virtudes? Los más reconocidos autores de canciones lo han dicho. Ellos llegaron un día a Comitán y vieron que en este pueblo la luz que se derrama sobre los tejados proviene de la mirada de la mujer comiteca. Ya Roberto Cordero Citalán lo cantó: “…Comitán de las flores, donde están mis amores, donde quieren de verdad”. Dicen (en todo el mundo) que el amor es una frágil flor de cristal. Acá, en nuestro pueblo, las muchachas “quieren de verdad” y esto, niña mía, es la máxima copa del Realismo Mágico. Acá, las muchachas ¡vuelan! (estaba a punto de decir que son como mariposas amarillas, pero iba a caer en la tentación de comparar estas mariposas con las que aparecían cada vez que Mauricio Babilonia se asomaba).
Yo no hablaré de García Márquez. Con tantos temas, se me hace una estupidez hablar de lo que habla todo mundo. Vos y yo podemos hablar de la lluvia, por ejemplo. Dicen que en Macondo llovía mucho, casi tanto como llueve ahora en Comitán. Acá llueve tanto que, a veces, no se sabe cuándo parará. A veces tenemos miedo de que llueva de más. Abrimos las ventanas de las casas, asomamos la cabeza y vemos que la lluvia se desgrana como si no tuviese otra vocación. Cuentan, yo no sé, que en Macondo llovía tanto que las calles eran lodazales, porque las calles eran de tierra, de barro. ¿Mirás la cercanía de Macondo con nuestro Comitán? Un amigo, lector de “Cien años de soledad”, me contó que en Macondo, un día comenzó a llover, como llueve acá, de manera ligera, poco a poco se intensificó, la gente se metió a sus casas, cerró las ventanas, se sirvió café mientras esperaba que el chubasco cesara, pero al día siguiente, la gente abrió las ventanas y vio que la lluvia seguía. Las personas volvieron a meterse a las camas, platicaron, dijeron algo así como “qué barbaridad, cómo llueve” y se abrazaron de nuevo al sueño, en espera de que la lluvia se retirara. Los hombres y mujeres de Macondo repitieron la escena al día siguiente y hallaron que la lluvia seguía cayendo como bolo a media noche, no se levantaba. Mi amigo dice que en Macondo llovió durante ¡cuatro años, once meses y dos días! Llovió sin pausa. Fue una lluvia sostenida, como alud de piedra sobre el pueblo. Al principio, la gente se arrulló con el sonido del agua sobre los techos de palma, lo oyeron como pasos de gatitos sobre el tejado. Pero, conforme la lluvia se desgranó como si fuese una maldición, día tras día, noche tras noche, el rumor de los pasos de la lluvia se convirtió en tropel de elefantes, en aleteo de millones de zanates.

Posdata: ¿imaginás una lluvia de cuatro años, once meses y dos días? Yo no puedo imaginarlo. Pero, a veces, uno tiene la impresión de que llueve de más. Algunas calles de Comitán se anegan y esto ocasiona problemas. El agua, en ocasiones, entra como delincuente a las casas y roba la tranquilidad de sus moradores. Dicen que El Calentamiento Global causa este desajuste. Pero mi amigo lector dice que sólo se están cumpliendo las profecías de Gabriel García Márquez; cuenta que el mundo, cada vez más, se parecerá a Macondo y la humanidad se convertirá en una horda de gitanos, que irá de un lado a otro, en busca de agua pura. ¿Mirás qué semejanza con la historia del origen de nuestro pueblo?
Ahora que murió García Márquez ¡todo mundo cayó en la tentación de escribir y hablar acerca de él! Yo me hice el propósito de no hacerlo. No caeré en la tentación.

viernes, 25 de abril de 2014

ARENILLA PARA FRANCISCO MAGAÑA





El poeta Francisco Magaña estuvo en Comitán. A Chico lo conocí en Tuxtla Gutiérrez hace “mil años”. Sus amigos le dicen Chico (yo no tengo el honor de ser de ese grupo, pero lo escribo así, porque suena afectuoso, cercano y porque ahorra letras). Lo conocí en un encuentro de escritores en el ya extinto Instituto Chiapaneco de Cultura. En ese tiempo (mil novecientos noventa y tantos), Socorrito Trejo organizaba encuentros literarios que convocaban a poetas y narradores de toda la república mexicana, incluso del extranjero. Ahora, ¡qué feliz “seguidoña”!, el poeta Fer Trejo (hijo de Socorrito) también convoca encuentros literarios nacionales. Los Trejo han sembrado harto y bien bueno. Esta siembra ha sido “calzada” con la palabra de muchos poetas. Chico ha sido uno de ellos. Ahora que estuvo en Comitán lo vi pleno. Un grupo de estudiantes de bachillerato se acercó, platicó con él y le pidió el autógrafo. Él, grande (de estatura física e intelectual), accedió con humildad. La imagen era como si una bandada de “chinitas” se acercara a la fuente y bebiera, bebiera agua limpia, agua de luz.
Chico fue un ave, apenas una línea en el cielo comiteco. Leyó, firmó y se fue (ningún Vicente Fox lo empujó a ello. Tenía otro compromiso, tenía que viajar a Tuxtla para tomar el avión). Antes de irse, generoso, jugó a bote pronto con diez preguntas. Acá está el resultado de ese juego.

1. ¿Qué cura un cura?
El alma.
2. ¿Cuál fotografía aparece en la primera página de tu álbum familiar?
Una foto de Diane Arbus.
3. ¿Cómo se da la vuelta a la noche en ochenta días?
Cerrando los ojos.
4. ¿Qué prefieres: jugar con el viento o con el viento hacer un juego?
Jugar con el viento.
5. De la A a la Z, ¿qué palabra aparece en la R?
No sabría por qué pero aparecen dos letras: la e y la r.
6. Magaña ¿tiene maña?
Bastante.
7. ¿A qué hora el agua decide soñar con ser piedra?
En la noche.
8. Si Tabasco es un edén, ¿qué clase de manzana prueban las Evas?
Todas.
9. Chico, ¿cómo explicas la aparente contradicción: Chico – zapote?
Con una paradoja.
10. ¿A qué hora se duerme la rutina?
Once de la noche. Se levanta a las cinco y media, ya es justo.

FRANCISCO MAGAÑA. Poeta y traductor. Nació en Tabasco, en 1961. Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2001.

lunes, 21 de abril de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE EL FANTASMA DE GABO





Querida Mariana: caminaba por el parque de San Sebastián cuando recibí un mensaje: “estamos de luto, ha muerto don Gabriel García Márquez”. Le enseñé el mensaje a mi acompañante, ella tomó el celular y se santiguó frente a una cruz que estaba hincada en un arriate del parque. La cruz serviría para la representación de la ópera rock “Jesucristo súper estrella” que, el viernes santo, un grupo de jóvenes representó, bajo la conducción del párroco de San Sebastián. “Chin” dijo mi acompañante y volvió a santiguarse. Luego preguntó “¿resucitará a los tres días o dentro de cien años?”.
Caminábamos por el parque, eran las cuatro y feria de la tarde, del diecisiete de abril de dos mil catorce. Era un jueves santo, un santo jueves. Nos sentamos en una banca y suspendimos lo que íbamos a hacer. Nos pusimos a ver la fachada del templo de San Sebastián. Vimos las cuatro imágenes de yeso, tres de ellas ¡sin cabeza!
“Ahora medio mundo saldrá con las grandes declaraciones”, dijo mi acompañante. Sí, pensé, ahora, dos o tres, dirán que en algún momento conocieron a Gabo y que él les dijo tal cosa. No faltará el permanentelugarcomún de “es una pérdida irreparable para la literatura del mundo”. No faltará la niña que escriba en el Facebook: “oh, ahora entramos de lleno a cien años de soledad” o “ahora sí el Coronel ya no tiene quien le escriba” o el más tontito de “fue la muerte de una crónica anunciada”.
Mi acompañante (fanática de los cuentos y novelas de Gabo) estiró las piernas, se puso los brazos detrás de la nuca y recitó el inicio de “Cien años de soledad”: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”. Ella sabe de memoria cien líneas del inicio de la novela. Cada línea representa un año de soledad. Cuando se siente sola recita una línea y con ello conjura la ausencia y el vacío.
“¿En qué piensas?”, me preguntó. Yo dije que en la cantidad de periodistas que andaba tras de Mario Vargas Llosa para obtener su declaración. “Pensaste en vaguedades, caíste en el terreno banal”, dijo ella y se paró. “¿Nos vamos?”. No, le dije, por favor, sentate. Y le dije que dentro de años ella, por alguna extraña relación, se preguntará qué hacía el día que murió Gabo y sería un absurdo recordar que caminaba y caminaba por la subida de San Sebastián, sin hacer una pausa. Se sentó y dijo que tenía razón. Si todo mundo hablaba de Gabo, si David había dicho en el mensaje que “estábamos de luto” había que honrar la memoria de ese escritor que tantas historias encajó en nuestra memoria y en nuestro corazón. La vi a los ojos y le conté lo que ya he contado varias veces, que tuve que comenzar más de tres veces la lectura de “Cien años de soledad”. Comenzaba y me parecía una novela sensacional, fantástica, pero llegaba un momento en que pensaba que no era la maravilla que había prometido al final y ¡la dejaba! Fue en la cuarta o quinta ocasión que intenté leerla cuando, por fin, llegué al término. Sigo sin explicarme bien a bien tal situación. Tal vez se deba a una incapacidad lectora o sea un bache en el puente de luz que Gabo intentó construir.
Esa tarde recordamos algunos cuentos de Gabo, algunas novelas. A las cinco con cincuenta ella dijo que ya debía despedirse, que tomaría un taxi. Ya nunca hicimos lo que íbamos a hacer. Todo fue porque recibí un mensaje que decía que Gabo había muerto. Antes que ella subiera al taxi dijo que nunca me había dicho que coincidía conmigo: la última novela de Gabo, “Memorias de mis putas tristes”, era malita.
Muchos se conmocionaron ante la muerte de Gabo. Hicieron declaraciones fabulosas. La única declaración más o menos sensata fue la de Alpuleyo, que dijo que su muerte era una consecuencia natural. En los últimos tiempos el Alzheimer jugó con él. Gabo, como si fuese personaje de su novela, había comenzado a perder la memoria, a extraviar los nombres de los objetos y del uso de cada uno de ellos. Alpuleyo dijo que la tarde en que murió, Gabo había perdido el nombre del aire y había olvidado para qué servía respirar. Le dije adiós a mi acompañante y miré que sólo una de las cuatro imágenes de la fachada del templo tiene cabeza, las otras tres ya la perdieron, la extraviaron.

sábado, 19 de abril de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN PÁJARO INTENTA EL VUELO




Muchos creían extinta a esta ave. En el mundo hay pocos ejemplares, algunos se encuentran en las piedras, otros en pieles. La que acá se ve está en una piel de agua, de lago. Permanece en cautiverio porque existen muchos depredadores que quieren exterminarla. Por eso, su propietaria (de quien no se dice el nombre para no entorpecer el ritmo del universo) la mantiene cautiva con una ligera cinta de sostén, de color negro. El ave (todo mundo puede verla) tiene una mirada de ojo de pozo donde falta la luz. Los expertos indican que siempre ha tenido esa mirada de hoyo negro, de línea que bebe la luminosidad.
Algunos ilusos creen que esta ave puede escapar a la hora que la muchacha bonita se libera del sostén. Creen que a la hora que ella (poeta), en la intimidad de su recámara, corre la cortina, se quita la blusa con ambas manos frente al espejo y se desabrocha el sostén negro para liberar sus pechitos (piel de agua) el ave intenta el vuelo. No es así, esta ave permanece como si estuviese adentro de una jaula. Ocurre de esta manera porque ella se siente muy bien en ese lugar, ahí cerca del hombro (piel de lago). Cuando alguien (¡bendito sea!) acaricia a la muchacha bonita y pasa su mano sobre el hombro, el ave piensa que es como una línea de viento que la cuida y la protege de tanto depredador.
La simetría de su cuerpo obligó a la naturaleza a proveerle dos cabezas a esta ave. Por eso, la muchacha, también (¡perfecta!), tiene dos manos, dos ojos, dos orejas, dos pechitos (piel de agua). Si yo fuese ave, si tuviera dos alas, también me gustaría estar en ese hombro y desde ahí, desde esa colina, advertir el vuelo del águila y advertir la hora en que el sol se oculta tímido para intuir el instante en que el ave es liberada con el simple movimiento de ella al desabrochar el sostén y dejar libre el más prodigioso de los cielos.

jueves, 17 de abril de 2014

SIN PODER RELLENAR LOS VACÍOS





Entiendo a quienes odian los domingos. Los domingos tienen cara de ¡domingo! Cuando alguien te encuentra y, con los brazos abiertos, sonríe y te dice: “¡Vamos, hombre, dejá ya esa cara de domingo!”, te está diciendo que dejés el territorio del insomnio. ¡Ah, qué cara de lago contaminado tiene el domingo!
El otro día (¡domingo!) salí de casa (por el momento vivo en el barrio de San Sebastián). Salí a las seis de la tarde. Subí de San Sebastián al parque central. El parque de San Sebastián tiene árboles viejos. Muchos de los árboles están como podridos, como chimuelos. El parque es agradable, pero si uno lo ve con atención ve que tiene muchas grietas en el aire. En la fachada de su templo tiene imágenes de yeso sin cabeza. Esto es así todos los días, pero uno detecta tales hendiduras, sobre todo, los domingos. ¡Los domingos son imágenes sin cabeza! Algo tiene el ambiente de domingo que todo brilla como una nata que provoca nostalgia. Algo se enreda en el corazón, algo como una cinta con alambre de púas. Y es que los domingos muere todo lo que vive entre semana. Entre semana todo mundo trabaja. En el parque caminan muchachos que van o regresan de la escuela, que se paran tantito ante el hombre que, en su carrito de madera, ofrece raspados o salvadillos con temperante. Pero ¿los domingos?
Los domingos desaparecen los habituales de entre semana. Los comercios están cerrados. La gente llena el parque durante la mañana, cuando acude a misa. ¡Ah, qué bonito se ve el parque lleno de niños que corren y mamás que descansan en las bancas! Pero, a las dos de la tarde, como si alguien decretara Toque de Queda, el parque “queda” solo. Sólo algunos viejos dormitan en las bancas; sólo algunos teporochos levantan los brazos como si fuesen condenados o náufragos.
Subí por la Calle Central. Todo estaba cerrado. Incluso el color de las fachadas de domingo toma otro color, algo más deslavado, algo más baboso. Hubo un instante en que todo quedó en suspenso: ni un auto, ni un perro, ni un pájaro, ni un hombre, ni una mujer. Sólo yo y mis pasos y el silencio. El cielo, que en Comitán es rotundo y es como un espejo de cristal, no mostraba ni una sola nube. Tanta sábana de Dios me encogió el corazón, me apachurró. Tuve miedo. Pensé que en cualquier momento, de un remetido, saldría una mano con una navaja y una voz me obligaría a entregar mi cartera (que en ese momento llevaba un billete azul de veinte pesos y mis credenciales). Mi intuición no estaba tan alejada de la realidad, porque treinta pasos más adelante me topé con una camioneta estacionada, tenía un cristal roto. Alguien (el cabrón de la navaja, sin duda) había quebrado el cristal, metido la mano y hurtado el bolso o el portafolio. Como si fuese algo proverbial, en ese momento, en la esquina, apareció una patrulla con elementos de seguridad. Mi primer impulso fue llamarlos y decirles que un delincuente, un vándalo, había cometido un asalto sin que el dueño de la camioneta se percatara, pero ya la patrulla avanzaba y todo era como inútil. Seguí caminando, apresuré el paso. Imaginé la reacción del dueño de la camioneta a la hora que regresara a su auto. Imaginé que este tipo de atropellos no se da entre semana, porque entre semana hay movimiento a esa hora del día. ¿Quién imagina que a las seis de la tarde, a escasas tres cuadras del parque central, sufrirá un atraco? ¡Sólo en domingo! Y es que los domingos son tan carentes de aire, tan grises dentro de la luminosidad del día. Entiendo a quienes odian los domingos. Las tardes tienen el sabor de un filo de cuchillo (o de una navaja). Cuando llegué al parque central todo tomó otra cara, pero supe que era un mero antifaz. La marimba tocaba, la gente comía chicharrines o esquites, reía; un niño corría tras unas pompas de jabón y la gente movía sus pies al compás del sonido de la marimba; una pareja bailaba mientras los demás, sentados en sillas plegables o en las gradas del parque, miraban. Todo tenía como cara de domingo, pero ¡no!, era un mero espejismo, en realidad, esa tarde tenía cara de domingo. Y es que el domingo es engañoso, nos muestra una cara sencilla de domingo, pero el domingo no es sencillo, no es la pausa que nos han contado. El domingo tiene cara de domingo y con esto ya se dijo todo. Entiendo a los que se emborrachan en domingo, a los que ven la tele botados en sofás, en chanclas, en pijama. Los entiendo.