lunes, 11 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN CAMINO DE PIEDRA





Juguemos a eliminar elementos a esta fotografía. Juguemos a eliminar a la muchacha bonita, el tripié y la cámara. Dejemos sólo el murete de piedra y esas gárgolas modernas. Imaginemos que esas gárgolas sirven para desfogar agua. Ahora realicemos la primera pregunta: ¿de dónde viene el agua? ¿Del corazón de este muro?
Si la modelo no estuviese todo sería como un camino de piedra para hormigas. Cada piedra está delimitada por un camino que se bifurca a cada tramo. Tal vez la vida del hombre no es más que eso; tal vez las personas nacemos sobre un muro de éstos y lo caminamos sin saber bien a bien qué sendero elegir. Imaginemos que somos una de esas hormigas que caminan por esos caminos; imaginemos que salimos del hueco de la gárgola (comparémoslo con el útero materno), caminamos un tramo y ¿luego? Las piedras están expuestas de tal manera que todo es plano, no existe ni un solo tope en el camino. El problema a resolver es el camino que elegiremos. Si una persona tiene bien definido a dónde quiere llegar el trayecto es más simple. Pero (todo mundo lo sabe) cuando los seres humanos son jóvenes no tienen bien definida la meta. Pareciera que la vida no es más que tomar un sombrero para cubrirse del sol del mediodía y caminar y disfrutar el paisaje, sin importar si el agua de la gárgola es suficiente para refrescar la pausa inclemente de las doce.
Imaginemos que somos hormigas, pero somos de una clase distinta. Imaginemos que, mientras las compañeras se esfuerzan en recorrer los senderos trazados, nosotros, igual que el poeta, “hacemos caminos al andar” y bajamos del murete y caminamos por donde la gente camina. Tenemos el riesgo de terminar como hoja por el pisotón de algún humano, pero podemos descubrir que más allá del murete hay algo más emocionante. Porque (todo mundo lo sabe) la vida, en realidad, es simple. La vida es un simple caminar por esos senderos. Senderos que conducen siempre al mismo lugar adonde llegan todos. Por esto, hay hormigas que abandonan la fila, hormigas que se rebelan y protestan y tiran la carga de las hojas y buscan otras nubes para cargar. Se sabe que las hormigas que piensan diferente no son bien vistas en la sociedad, pero ellas hacen la diferencia.
La muchacha de la fotografía no ve el murete, por eso no sabe la historia del camino de la hormiga. Ella posa para la cámara en una pose casual, ignorando el entrecruzamiento de líneas que está a su costado. Ella simplemente tiene las manos en jarras y ve hacia la cámara, deja que el espectador imagine su pensamiento, porque ella (aun no lo sabe) tiene un entrecruzamiento de líneas en su cerebro. Esas líneas son como esos caminos que se ven en el murete. Las personas, a cada rato, deben elegir entre una ruta u otra. Por esto, a veces nos sentimos hormigas; por esto, a veces seguimos a las demás y cargamos nuestra hoja verde.

domingo, 10 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO TIENE UNA VOCACIÓN





El otro día entré a la Sala de Cabildo, del Ayuntamiento de Comitán. En la sala no había alguien. Los espacios vacíos imponen por su rotundez, por su vocación de ausencias. En la sala existe un muro con una galería fotográfica de expresidentes de Comitán. Es un muro que algo quiere decir, pero cuyo grito se atora en la garganta.
A veces, mi niña, pienso en el Museo del Louvre, pero no lo pienso a la hora que las multitudes lo visitan, no lo pienso a la hora que hay filas ante el cuadro de la Gioconda. ¡No! Lo pienso vacío, a la hora en que sólo los guardias van de una sala a otra, con una lámpara de mano. Igual que en la Sala de Cabildo de mi pueblo, esos cuadros se quedan con el grito atorado en el cogote. Porque, todo mundo está de acuerdo, las fotografías y las pinturas algo le dicen al espectador. Cuando alguien se para frente a un cuadro, ese alguien sostiene un diálogo mudo. Si es un retrato, el del retrato nada dice, en apariencia. Tendría uno que estar loco para sostener que el retratado le habla. Sin embargo, las personas que ahí están retratadas dicen algo, enuncian palabras.
Es famosa la escena de la película “La sociedad de los poetas muertos” donde el maestro les dice a sus alumnos que se acerquen, que peguen las orejas a los cuadros y que escuchen, que escuchen la voz del tiempo ya ido.
Entré a la sala (de Cabildo, jamás he estado en el Louvre) e imaginé la vida de esas fotografías. Vas a decir que estoy loco, pero no es así. Al ver esos rostros que me miraban sin parpadear, pensé que algo tenían que decirme. Sé que son meros objetos, pero son más que las sillas o las mesas o las ventanas que también forman la sala. Los retratos no son ladrillos ni son radios ni son televisiones. Los retratos siempre son más. Por esto, antes, los enamorados llevábamos en la cartera el retrato (tamaño infantil) de la amada. Por las tardes, cuando la lluvia asomaba, abríamos la cartera y veíamos la foto. Era un retrato en blanco y negro, la muchacha bonita no tenía más de catorce años. Esa foto ¡hablaba! El amado oía lo que ella decía. De todos los chunches en el mundo sólo los retratos tienen la misma capacidad que las personas: ¡hablan! He visto gente que acude a los panteones, se sientan en las lápidas, debajo de los cipreses y hablan con los retratos de los difuntos. Los he visto hacer pausas, como si escucharan lo que ellos les dicen.
En la sala de Cabildo hay muchos retratos de presidentes muertos, algunos más aún viven. No hay una sola mujer que haya ostentado el cargo de Presidente. Todos son hombres. Esa mañana vi a todos de frente y ellos me vieron. Pensé en la importancia del cargo. Sólo un hombre o una mujer (durante un determinado periodo) pueden ostentar el puesto de Presidente. Es un honor poder servir a la comunidad. Cada uno de ellos sirvió en la medida de sus capacidades y en la medida de sus intereses. Los vi de frente y comencé a deletrear las palabras en sus miradas. Algunos tienen miradas francas y limpias, otros están con cierta niebla, no supe si por el tiempo o por el entorno.
La Sala de Cabildo estaba vacía. Esta sala, como su nombre lo indica, sólo adquiere su vocación en el instante en que el Cabildo, en pleno, sesiona. Mientras tanto no es más que una simple sala, un simple muro donde cuelgan retratos de expresidentes municipales. ¿Será que algo quieren decirnos ellos? ¿Podemos escucharlos?

sábado, 9 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE UNA GENERACIÓN LUMINOSA DE BACHILLERES





Querida Mariana: estudié la preparatoria en el edificio donde ahora está la Casa de la Cultura. Ahí funcionaban la escuela secundaria y la escuela preparatoria. Ya podés imaginar la alegría del centro de Comitán con tanto estudiante que salía y entraba en ese edificio que (como dice Gladys Bonifaz) está bañado en piedra, bañado en luz.
El sábado 2 de agosto nos reunimos los compañeros de esa generación. ¿Sabés cuántos años cumplimos de haber egresado de la prepa? ¡Cuarenta! ¿Podés imaginar el titipuchal de años que eso significa? Basta con que imaginés tus veintiún años y le agregués diecinueve. Pero esta cuenta no es suficiente. Te pido que a ese total de cuarenta le agregués los años que teníamos entonces. Cuando terminamos el bachillerato, algunos (pocos) tenían diecisiete, la mayoría dieciocho, pero había algunos más que oscilaban entre los diecinueve y veintidós años. Estoy hablando de que todos los que nos reunimos el sábado tenemos más de cincuenta y siete años de edad. ¡Toda una vida! Toda una vida que nos alcanza para reunirnos a celebrar la vida.
Vos sabés que en los salones de clase se hacen grupos. Uno nunca puede explicar por qué brinca la afinidad y en qué consiste, pero sucede que avanzado el curso ya fulano de tal se “junta” con sutano y perengana. Todo el día están como nuégados. Son inseparables. Pero, por encima de esas células existe la certeza de un Todo que se llama Grupo de clase. A pesar de que estudiamos áreas específicas tuvimos asignaturas comunes. Ahí nos reuníamos toda la banda. Cuando teníamos clases comunes, el salón se cuajaba y si alguien (nunca falta) decía algo chispeante lo celebrábamos con gran entusiasmo. Podés imaginar que los salones eran húmedos y sin la luz suficiente. El laboratorio de química era un cuarto con un graderío de madera (“el gallinero”, lo llamábamos). Los chunches más modernos para hacer una exposición eran un proyector de filminas y un retroproyector. Éste último era una maravilla, se colocaba una hoja de libro y la proyectaba sobre la pared o se usaba un acetato donde podía dibujarse. No soñábamos en que alguna mañana, como sucede ahora, usarían “cañones” para proyectar, sobre pantallas, presentaciones en “power point” o en “prezi”.
Cuando concluimos el bachillerato nos tomamos la fotografía del recuerdo. La mañana en que llegó el fotógrafo, presentábamos examen de literatura, con el maestro Óscar Bonifaz. Dejamos el examen sobre las “paletas” de las sillas, salimos y posamos en las gradas principales. Todo fue casual, sin poses, eran otros tiempos. No nos vestimos con toga y birrete, bastó poner nuestras hormas frente a la cámara para inmortalizar ese instante. Algunos fueron sorprendidos checando el libro, aprovechando el momento para copiar. Eran los años setenta, los años en que vestíamos pantalones acampanados, camisas floreadas y el cabello lo llevábamos larguísimo.
El sábado pasado nos reunimos en un desayuno. No estuvimos todos. Es imposible. Pero sí estuvo la mayoría. Muchos se trasladaron de la ciudad de México, de Tuxtla o de otras ciudades donde actualmente radican. Viajaron sólo para estar en esa reunión donde volvimos a ser un grupo.
¿Por qué te cuento esto? ¿Por qué hablo de algo que sucedió hace cuarenta años? Lo hago porque quiero que sepás que ahora los estudiantes de la CESCO tienen instalaciones más adecuadas, lo mismo sucede con los estudiantes de la Escuela Preparatoria y ellos no saben que si tienen salones más iluminados y menos húmedos es porque muchos de mis compañeros lucharon por ello. El día del desayuno me senté al lado de Pepe Hernández y de Rafa Morales y ellos iluminaron mi magra memoria, me contaron cómo se hizo el movimiento de huelga donde exigieron la construcción de mejores instalaciones. Tuvo tal fuerza el movimiento que el propio Secretario de Educación de Chiapas se trasladó a Comitán en intento de dar solución al paro, pero, mis compañeros no cedieron tan fácil. En un acto inédito e irreflexivo retuvieron al Secretario (Lic. Javier Espinosa Mandujano, el mismo que el año pasado recibió el Premio Chiapas, en la rama del arte) y no lo soltaron hasta que firmó una minuta donde se comprometía a dar solución al pliego petitorio. Pero la cosa no quedó ahí. El Presidente de la República, Luis Echeverría, realizaba una visita a Chiapas en esos días. Una comisión se trasladó a Tuxtla y no cejó hasta que pudo hablar con el Presidente y obligar así a que Manuel Velasco Suárez, gobernador de Chiapas en ese momento, se comprometiera a cumplir las demandas. ¿Lo imaginás? Rafa me dijo que se trasladaron en una camioneta de Miguel Román (quien, junto con Lupita Gordillo, Ramiro Domínguez y Raúl Sánchez Crócker son los compañeros del grupo que ya fallecieron).
El día del desayuno, los organizadores del encuentro me concedieron el honor de que dijera una semblanza breve de esos tiempos. Después que Roberto González Alonso dio la bienvenida, me tocó leer un textillo que escribí a propósito. Te paso copia, mi niña bonita. Algunas partes no las entenderás a cabalidad. Se comprende, ¡está escrito para mis compañeros! No obstante, sé que advertirás la luz que nos cobijó en ese tiempo. Eran otros tiempos, eran otras lianas, otra manera de ver el mundo. Mis compañeros, a pesar de su juventud, ¡eran grandes!
Va pues, te paso copia de lo que esa mañana leí:

Buenos días: por ustedes, los chavos preparatorianos de hoy ¡tienen instalaciones modernas! ¡Tienen canchas, árboles, cafeterías y alboroto de mil carros que pasan por el bulevar! ¿Ganaron? ¡Sí, ellos ganaron mucho! Pero, nunca lo sabrán, porque no tienen elementos de comparación como sí los tenemos nosotros, también perdieron. Perdieron lo que nosotros gozamos.
Nuestra escuela es una de las tres preparatorias en el mundo que tuvo un parque central como su patio de recreo. Nunca estuvimos como reclusos, jamás hubo una reja que nos impidiera salir. Nosotros entrábamos y salíamos como Pedro por la casa, incluso con más libertad porque la puerta siempre estuvo abierta y la puerta de nuestra casa permanece cerrada por aquello de los enagüitas y de los clientes de las casas de empeño. (Bueno, hubo un tiempo de excepción, un tiempo en que se cerró la puerta, fue el tiempo maravilloso de la huelga en que algunos de ustedes tapiaron la puerta por dentro con enormes lienzos de madera y el pobre Maestro Rey casi se infarta cuando metió la llave y no logró abrir. Recuerdo al pobre maestro empujando la puerta, pateándola, sorprendido por no poder entrar a su casa, nuestra casa. Sorprendido como la vez en que, cuenta la anécdota, estaba dándole un arrumaco a la sirvienta y la esposa entró al cuarto y, molesta y confundida, dijo: Reynaldo, “me sorprendes”. No, dijo nuestro maestro de ejercicios lexicológicos, dejando de abrazar a la susodicha, te equivocas, el sorprendido soy yo.)
Los preparatorianos de hoy nunca sabrán lo que significó jugar billar en “Nevelandia” o tomar un café en el “Intermezzo”. Nunca tuvimos un patio de juegos ni una cafetería adentro de la escuela. ¿Para qué si el centro de todo Comitán era nuestro? Tuvimos, incluso, un testigo de honor: la estatua de tío Belis. Tal vez por esto todos ustedes hoy vuelan libres como ancolines. Los aires de libertad que vivimos durante nuestra preparatoria nos injertaron un amor al viento y a la palabra sin cadenas. Un aliento que los llevó a algunos de ustedes a colgar la bandera rojinegra en el asta donde, por tradición histórica, ondeaba la enseña nacional. Ya Marcos Constantino no está para corroborar el instante en que Don Luis Bonifaz, enardecido, subió los escalones de nuestra escuela, sacó la pistola y demandó, en nombre de la patria, bajar, de inmediato, ese trapo negro y rojo, ese trapo propio de comunistas.
Los preparatorianos de hoy no sabrán que, en las mañanas o en las tardes, nos acodábamos o nos sentábamos en la baranda de piedra de los corredores externos para ver pasar los pocos carros que entonces circulaban por el frente; ahí platicábamos, fumábamos, dábamos el último repaso porque al rato teníamos examen de Psicología con el maestro Víctor Manuel Aranda. Más de uno de los muchachos se acodaba sabroso y pegaba su cuerpo a la baranda. Esto era así, porque enfrente pasaban todas las muchachas bonitas de este pueblo que iban al parque a tomar un helado o un refresco en “La Pantera Rosa”.
La mayoría de ustedes se comprometió con el movimiento de huelga e impulsó la construcción de los edificios de la prepa y de la secundaria. Pusieron contra la pared al abuelo del actual gobernador y el doctor Velasco tuvo que ceder. Nada pidieron para ustedes, se adelantaron al Subcomandante Marcos y pidieron todo para todos. La tendencia urbanística dictaba que se debía desfogar el centro de las ciudades y construir los espacios educativos en la periferia. Mucho tiempo antes, en la ciudad de México, el presidente Miguel Alemán, había impulsado la creación de Ciudad Universitaria para evitar el amontonamiento de escuelas y facultades en el centro histórico. Ustedes continuaron dicha tendencia, pero se quedaron cortos. Era tanta su fuerza que debieron expropiar toda la manzana, todo el Centro Histórico. El templo de Santo Domingo debieron convertirlo en un auditorio maravilloso, para que tocara la rondalla, para que Roberto González con su grupo de rock se reventara unas rolas setenteras. La casa parroquial debieron convertirla en espacios maravillosos para crear los talleres de música, de canto, de danza, de teatro y para los foros de discusión con el padre Joel y la maestra Angelita. En el espacio donde ahora están la biblioteca y el museo arqueológico debió ser un estadio con pista de tartán; y la cancha Pantaleón Domínguez debió ser nuestra también. Sé que Marirrós, ahora, está con el hígado ya a punto de encebollársele, porque advierte el caos que ello representaría, pero yo lo digo sólo como una gota de nostalgia, un poco para decir a los actuales preparatorianos que tienen muchas cosas novedosas, pero no tienen lo que tuvimos nosotros, no tienen el servicio a domicilio de los tacos de papa de don Mario, las nieves de la “Nevelandia”, los raspados de la esquina; no tienen la posibilidad de ir a hojear las revistas de “playboy” en la “Proveedora Cultural”; ni tienen la bendición de sentarse en una banca del parque, mirar el cielo y dejar que el azul infinito defina sus vocaciones y sus destinos.
No nos extraviamos gracias a que siempre estuvimos en el centro y no en la periferia. Fuimos privilegiados.
Me siento orgulloso de ser parte de esta generación. Los recuerdo con afecto a cada uno de ustedes (presentes) y también recuerdo a los ausentes y los miro con respeto. Hoy volvemos a ser grupo por un instante, pero al rato volveremos a nuestras individualidades. Miro sus trayectorias y siento por ustedes una profunda admiración. Los muchachos de hoy no saben lo que ustedes hicieron por ellos, pero yo sí estuve ahí y los miré y supe que estaban gestando algo grande. Cada uno de nosotros, desde su modesta o encumbrada trinchera, sigue aportando un grano de arena para hacer mejor este país. Fuimos la primera generación de tres años, llevamos cuarenta años consolidándonos como la generación del cambio, la que los provoca, la que los fortalece, la que dará un significado más preponderante a la historia del mundo. Esto somos. ¡Nadita!
¿Por qué el peor de todos tuvo el privilegio de compartir esta palabra? Sólo puedo entenderlo como una muestra más de la generosidad de sus corazones. Gracias por este hilo de luz. ¡Larga y plena vida a ustedes! ¡Larga vida a la generación 1971-1974 de nuestra preparatoria! ¡Salud!

Posdata: por ahora te paso copia de la fotografía que nos tomaron este sábado dos de agosto de dos mil catorce. Algún día compartiré la foto de 1974. La mañana del desayuno hicimos un ejercicio nostálgico y vimos hacia atrás y recordamos anécdotas y reímos. La vida estaba de nuestro lado, como siempre ha estado. Al final nos abrazamos y regresamos a nuestras individualidades. En el fondo sabemos que somos parte de un grupo, de una generación. Vi en las caras de todos que nos sentimos orgullosos por ello. La vida nos concedió el privilegio de unirnos en un salón de clases y no desperdiciamos esa oportunidad. Hoy seguimos unidos. Lo seguiremos estando siempre. A pesar de que esta generación fue la primera que se atrevió a separarse en dos grupos y hacer dos bailes de graduación, pero, como dijera nana Goya, ¡esta es otra historia! Algún día te la contaré.

viernes, 8 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN HOMBRE CAMINA




El hombre camina, en un descanso. Está a punto de subir. ¿Va a mitad de la subida? El paso que está a punto de dar es un paso decidido. Tal vez piensa que es bueno que existan esos descansos. Si todo fuese escalón tal vez se cansaría. Sólo de ver la fotografía provoca cierto agobio. Los sabios dicen que la subida es lo más difícil. Caminar por lo planito no tiene chiste, bajar tampoco tiene mayor gracia. El verdadero reto es la subida. Los sabios insisten en que el ascenso vale la pena, pero no falta el tipo que en la punta del Everest se cuestiona para qué sirvió la subida. Sobre todo si se sabe que deberá bajar. Nadie se queda en la cima del Everest. Este hombre no asciende la montaña más alta del mundo. Apenas sube por una colina que, en Comitán, se conoce con el nombre de El cenicero. Mariana siempre se sorprende ante este nombre. Es así porque ella no conocía más que esos chunches que aparecen en las mesas para tirar la ceniza de los cigarros.
Un día llegó una compañía constructora, metió máquinas, como dinosaurios metálicos, y construyó este graderío. Antes sólo eran veredas, veredas por donde los niños bajaban resbalando. El lugar es una hondonada donde, cuentan los ancianos, la gente llegaba a tirar la ceniza. Los niños aventureros daban cuenta exacta de ello, porque, después de un recorrido por el cauce, regresaban todos tiznados a sus casas.
El hombre sube porque debe hacer algo en otra parte. Siempre es así. Antes la zona no estaba tan poblada. Todo era ladera de una montaña. Sólo llegaban a la zona quienes aventaban la ceniza o quienes se iban de pinta de la escuela. Una vez, un grupo de niños avanzaba en medio de las piedras cuando alguien tropezó y cayó. Extendió sus manos para amortiguar la caída, cayó sobre un cuerpo. El hombre (el cenizo) despertó. Los compañeros del niño corrieron y se escondieron detrás de los árboles. Ya el cenizo había cogido de la mano al niño que, como serpiente, se retorcía en intento de desasirse. El cenizo se carcajeó, como si estuviese loco (en realidad era un loco que había convertido al cenicero en su hogar). “¡Ayuda, ayuda!”, pidió el niño. El cenizo reía más. Pero luego se quedó callado y el niño también hizo silencio. El cenizo lo vio y le preguntó: “¿Vos sos mi hijo?”. El niño dudó. ¿Qué era lo más conveniente? ¿Decir que sí, que era su hijo o negar? Si aceptaba era posible que el cenizo no dejara irlo jamás, pero si lo negaba podía ser que el hombre lo viera como una presa desconocida. “Sí, sí”, respondió de manera tímida el niño. El cenizo lo soltó. El niño sobó su mano. La tenaza del hombre lo había marcado. El hombre metió la mano en la bolsa del pantalón y sacó un billete ajado y se lo dio al niño. “¿Qué hago con esto?”, preguntó. El cenizo se recostó sobre la sábana de ceniza y le pidió que fuera a comprarle una botella de trago. El niño se paró, con las manos se limpió parte de la camisa y del pantalón. Los demás niños lo esperaban. En cuanto alcanzó a sus compañeros, estos corrieron. El niño los siguió. Comenzaron a ascender, en medio de piedras, acezando. No pararon hasta llegar a lo más alto. Se acercaron y vieron en el fondo al hombre, confundido entre el manto negro, era como una piedra, como un cadáver de perro. “Vámonos ya”, dijo el mayor del grupo, pero el niño con el billete en la mano dijo que no, que debía ir a comprar la botella de trago. “¡Pendejo! -dijo el mayor del grupo- ¿Cómo puedes creer? Te va a volver a atrapar”. “No, no”, dijo el niño y explicó que no podía dejarlo solo. “Es mi papá”. De nuevo el mayor le dijo que no bromeara. “Tu papá es don Armando”. “Sí, sí”, dijo el niño, pero explicó que ese hombre creía que él era su hijo y había confiado en él. “Pero qué pendejo, haz lo que quieras”, dijo el mayor y jaló a los demás del grupo. “Espérenme, espérenme”, dijo el niño, corriendo hasta alcanzarlos. “¿Entonces qué hago con el billete?”. El mayor lo tomó y dijo que alcanzaba para comprar nieve para todos. Caminaron. Caminaron por donde está a punto de llegar el hombre de la fotografía. Ahora El cenizo ya no está. Algunos cuentan que murió como un perro abandonado. Otros cuentan que cuando el niño creció fue por él, lo llevó a su casa y lo cuidó hasta el día de su muerte. No dudó en lo que debía hacer, incineró el cuerpo del hombre y regó sus cenizas en el cenicero. Pero algunos dicen que esto tampoco es cierto.

miércoles, 6 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE QUE LA VIDA ES MÁS SENCILLA AL AIRE LIBRE




Es un campo. Si no fuese por los autos y por las personas todo mundo sabría que es un campo. En el campo hay maleza, árboles y cielos, cielos con nubes (como éste).
Cuando una persona citadina acude a un campo llena su vista con árboles, con cielos y con maleza. Procura no ver los autos, porque los autos son la plaga de todos los días en su ciudad.
Los citadinos van a los campos a llenarse de vida, de una vida pausada. Porque todo mundo sabe que en el campo la vida tiene otro ritmo. El aire corre libre, sin trabas.
En esta fotografía se ve un cerco que delimita. Esa línea con postes y malla de gallinero es la franja que divide el campo común con el campo privado. Del otro lado hay un campo cultivado por las manos de personas. Se alcanza a ver un sembradío de maíz. Una de estas tardes, las plantas crecerán y prodigarán elotes, muchos elotes, para asar, para hervir. Los niños comerán elotes como ahora se acostumbra, con mayonesa, queso y salsa roja; los viejos los comerán como los han comido desde siempre, quitando los granos uno por uno (los que ya no tienen dientes) o agarrándolos con las dos manos y dándoles una tarascada.
Pero, se sabe, para que la milpita crezca necesita del agua bendita. Si el terreno (como es el caso) no es terreno de riego, las personas imploran la lluvia. La lluvia debe ser perfecta, en la proporción suficiente. Debe caer cuando la planta está creciendo y debe hacerlo en la dosis precisa para que la planta “no se ahogue”. ¿Qué sucede cuando una milpa no se está logrando? La gente reza, pide que Dios envíe la lluvia. Algunas personas, en su desesperación, hacen lo que estos hombres hacen, acuden a los límites precisos del campo sembrado e inyectan urea a la tierra. Es un intento desesperado por abonar la tierra, por aportarle nutrientes, por ver si Dios hace el milagro de amacizar la milpa.
Los más prácticos dicen que esto es mentira. En realidad, estos hombres tuvieron necesidad de orinar y, como no son descarados, se retiran hacia donde está un muro “invisible” y hacen lo que tienen que hacer.
Mariana dice que esto tampoco es cierto, que no les ganó la urgencia, dice que estos hombres participan en un concurso. Dice que de este lado, donde está el fotógrafo, están cientos de espectadores (que comen elotes asados). Es el concurso tradicional de orinadas. Mariana dice que en el piso hay jícaras (como esas que se usan para beber pozol) y el chiste del juego consiste en atinarle con el chorro de orín a la jícara. Gana quien (después de un análisis como de químico parasitólogo) haya llenado más la jícara. A la cuenta de ¡uno, dos, tres!, los cuatro mejores orinones del ejido corren, sacan su instrumento, apuntan a la jícara y orinan. Los chorros se muestran plenos, como de cascada. La gente, en las tribunas, echa porras. Algunas de estas porras tienen rima: “¡Pancho, Pancho Panchón es el más orinón y será el campeón!”. Algunas otras son más impúdicas: “Algodón, dril y jerga; algodón, dril y jerga, la del tío Concho es la mejor verga”.
En esta fotografía se aprecia cómo el primer competidor está a punto de encontrar su pinga; mientras el segundo, tonto, en lugar de concentrarse en su objetivo, mira cuánto orín logró el de la chamarra blanca, porque éste, a pesar de que es el mayor, ha sido durante ocho años consecutivos el campeón. Se ve en la fotografía que el tercer concursante ya terminó, se aprecia el movimiento de su mano izquierda al darle las últimas sacudidas al miembro. El cuarto concursante está concentrado, va a la mitad del desfogue de su vejiga y está a punto de llenar la jícara. Al final, el mundo sabrá que este cuarto concursante fue el campeón.
Ah, qué gusto sentir el aire del campo. Qué alegría rememorar esos juegos tan del Medioevo.

lunes, 4 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ ROSARIO





Puede ser cualquier tarde en Comitán. Mientras los niños juegan en el parque, un grupo de personas va en procesión. Es una entrada de velas y flores en honor a un santo o una virgen. La calle abandona su vocación de guiar carros y, ¡qué bueno!, se convierte en un río que conduce a hombres, mujeres y niños. La calle deja su cara agria llena de humo y retoma un rostro más amable. Los tambores y pitos suenan y se descuelgan como lianas de los árboles, se posan sobre las piedras como pájaros, renacen como orquídeas en el corazón de la gente. Los caminantes hacen una pausa frente al busto de Rosario Castellanos y el artista que toca la flauta de carrizo se convierte en pájaro.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. El rostro de Rosario deja que el aire juegue al ritmo de esa música que tiene siglos de herencia. Es un ritmo que marca el paso de los caminantes, casi casi como si fuese un verso que marca la cadencia de la palabra. Rosario dice: “se destejen los días”, pero acá, en esta tarde, estas personas, vuelven a tejer la esperanza de los días. ¿Ven los ramos que llevan entre sus manos? Esas flores les sirven para bordar un huipil lleno de esas luces ambarinas que engendra la tarde. Pronto la tarde se agotará y se hará la noche; pronto llegarán al templo, entrarán, se persignarán y sus rodillas se flexionarán en un ritual que, de igual manera, tiene siglos de tradición. Todo viene de antes, de lo que los abuelos enseñaron. Acá, estos hombres vuelven a tejer los días para construir los siglos.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. Si el lector ve con atención observará que un hombre lleva una escoba con la montera para arriba, es una montera de color rosa, con pelos de plástico. En el palo (sin albur) lleva enredado un algodón de París. ¿Qué simbolismo representa en esta procesión?
“Hombre, donde tú estás, donde tú vives / permaneceremos todos”, dice Rosario. Lo susurra, en esta tarde, que un grupo de músicos tradicionales llegó a darle serenata. Apenas fue un instante, porque estos hombres presiden la romería que se dirige a un templo. Cuando lleguen habrá porras para la virgen o el santo. Los hombres, mujeres y niños se hincarán frente a una imagen. Dejarán atrás la luz del día, penetrarán en la penumbra de la nave del templo. Los piteros y tamborileros harán silencio. Colocarán los tambores sobre el piso, guardarán la flauta en el morral, y también se hincarán, pedirán por sus hijos, por su milpa. Alguien, tal vez, dirá: “Señor, que el próximo año me sea concedido volver a tu casa, que yo esté buenito, que la señora del viento vuelva a recibirme”. Y allá, en la inmensidad del infinito, alguien se confundirá porque pensará que la señora del viento es una virgen, revisará su base de datos y no la hallará porque el hombre hablaba de Rosario, la mujer que desde su altura de bronce “desteje los días” en Comitán.
Puede ser cualquier tarde en Comitán. Los niños corren en el parque, los boleros esperan sentados. La luz de ámbar deja su recuerdo en el piso y en las ramas de los árboles. Pronto la noche llegará, pronto la luz se volverá artificial. Todo será para confundir la oscuridad, la misma sombra será plástica, como plástica la montera de la escoba que carga el hombre y que es como una ofrenda, es el mensaje eterno de barrer la estancia, sacar el polvo y comer un algodón de París, porque la vida es una y es breve.

domingo, 3 de agosto de 2014

DE FUEGO




El pasado miércoles 30 de julio, Comitán tuvo el privilegio de contar con la presencia del poeta Uberto Santos. Paso copia del textillo que leí esa tarde.
Uberto Santos es un verdadero poeta. De la tierra, como alfarero, toma la sustancia para sus poemas; del aire, como si fuese hijo del viento; del agua, como si un árbol creciera dentro de sí; del fuego.
Hoy, en Comitán, privilegio nuestro, presenta la antología poética “Cantar del fuego”. ¿El fuego crepita? ¿Qué el fuego en medio de la piedra? La biografía de Uberto dice que él nació en un lugar llamado Chachí, pero cuando lo conocí otro amigo poeta me dijo que Uberto era de un lugar llamado Laja Tendida y me dijo que Uberto, además de poeta, era agricultor. Cuando estuvimos juntos alrededor de la mesa vi sus manos y, en efecto, descubrí que eran manos acostumbradas a remover la tierra. Luego descubrí que no sabía cómo reconocer el oficio de poeta. El oficio de poeta no puede reconocerse en las manos, ni en los labios, ni siquiera en los ojos. El oficio de poeta está en el fuego. Uberto lo sabe, tal vez por esto, nombró “Cantar del fuego” a su libro, porque sólo en el brocal de la palabra se fragua el poema.
Siempre he creído que Uberto nació en Laja Tendida, porque su poesía tiene similitud con ese nombre. Su poesía tiende palabras de fuego encima del páramo, su palabra es capaz de sembrar aire en medio de la piedra. Es un prodigio ver cómo, en medio de la piedra, la palabra crece y se vuelve árbol y prodiga ramas y alienta el vuelo de mil pájaros. En medio de la Nada, Uberto siembra el Todo.
La mayoría de los poemas de Uberto son breves, apenas líneas de vuelo, apenas sugerencias para completar el árbol. En su mirada hay una sutileza que desgrana esa flama que él llama el canto del fuego. Escuchemos:
“Ahora que estallo en frutos / cómo me zumba la carne / cómo me zumba la sombra / cómo me zumba el color / De tanta pulpa que vengo / de tanto sabor que soy / ni dejo dormir el aire / ni dejo soñar el sol.”
A quienes no metemos la mano al fuego por nadie ni por nada, nos sorprende este vertiginoso crepitar, nos emociona este canto, que es el canto del fuego.
¿Para qué hablar más? Mejor hacer silencio y dejar que el poeta, esta tarde, nos comparta algunos de sus poemas.
Gracias por tu visita a Comitán, querido Uberto.

sábado, 2 de agosto de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL CHICHARRÓN DE HEBRA





Querida Mariana: llegué a casa de Martita y ella, en cuanto abrió la puerta, me dijo: “entrá, ¿quérés un café?”. Apenas había abierto la puerta, apenas nos habíamos saludado. Fue como en automático. Vos sabés que los comitecos somos generosos. En cuanto abrimos la puerta de la casa es como si abriéramos, también, la puerta de nuestro corazón. Hace muchos años iba a casa de Martita y de Luis, con frecuencia. Ellos, siempre generosos, abrían la puerta de su casa y de su corazón para mí. En cuanto me sentaba en esa sala llena de luz me ofrecían una cerveza y unas costillas que habían estado en salmuera en un caldillo de limón y con ramas de olor. ¡Ah, en mi vida había probado platillo tan delicado!
Si hago un recuento de mi vida, bien puedo sintetizarla en sabores y aromas. Muchos de estos ¡comitecos! Aun cuando retengo en mi endeble memoria sabores de otras esquinas. En un viaje que hice con mis papás, recuerdo con emoción, una tarde en Acayucan en que entramos a un local de esos que proliferan en ciudades calurosas. Del techo pendían ventiladores que giraban y giraban como trompos de movimiento perpetuo. Dos hombres estaban sentados en una mesa del fondo, recargados con sus sillas sobre la pared forrada de mosaicos blancos (como si fuese un hospital). El calor se concentraba. En la entrada un hombre hacía unos cortes finos sobre la carne que estaba en el trompo de los tacos al pastor. Un mesero se acercó a nuestra mesa y tomó la orden. Pedí cuatro tacos al pastor y un agua de melón. Mariana de mi vida, jamás había probado esa combinación de sabores: tacos al pastor y agua de melón. Aun hoy, muchísimos años después recuerdo con emoción esa mezcla de sabores. Tal vez sea esto a lo que se refieran los expertos bebedores de vino cuando hablan de maridaje, cuando nos explican qué tipo de vino se lleva mejor con qué tipo de comida. Tal vez, sin saberlo, los niños nos volvemos expertos en eso del maridaje entre comidas. Ya en la escuela primaria Matías de Córdova, en los años sesenta, aprendí que la coca cola se llevaba muy bien con las galletas que ahora se llaman crackets. Luego, ya en la adolescencia descubrí que los cacahuates japoneses que compraba en la dulcería del Cine Montebello se llevaban maravillosamente con un vaso de pepsi cola servido en vaso encerado. Ya, como estudiante de la UNAM, en la ciudad de México, descubrí que las papitas (de Sabritas) eran el complemento perfecto de un vaso de cerveza caguama. ¿Mirás bien lo que digo? La cerveza tenía que ser caguama. No sé qué secreto tienen los materiales, pero la cerveza en lata no sabe igual que la cerveza de botella de cristal. Entiendo que en cuestión de gastronomía todo tiene su secreto y todo tiene su sentido.
Ya te conté que después de vivir en Puebla durante nueve años llegué a Comitán, dejé la maleta en el zaguán de la casa y corrí al Mercado Primero de Mayo y pedí un vaso de jocoatol. Pensé en hincarme al llegar a esta tierra, pero ya el Papa Juan Pablo había choteado ese ritual, así que decidí, con un vaso de atol agrio, llenarme el corazón de la luz de este pueblo. Pedí un vaso de los grandes. Hice un ligero mohín cuando vi que la mujer metió el cucharón y desde arriba soltó el atol sobre un vaso de unicel (¡Dios mío, unicel!), pero entendí que ya no existían los vasos de cristal de mi niñez. Además el unicel, con todas sus desventajas, se advierte como más higiénico. ¿Cómo sobrevivimos los niños que tomábamos en vasos de veladora, babeados, a cada rato, por los consumidores? Los vasos de cristal los lavaban (es un decir) en una gran tina de peltre. El agua jabonosa estaba sucísima. Ahí, el hijo de la señora que vendía el atol metía los vasos, les daba una enjuagada con la mano y luego, con una manta igual de sucia que todo lo demás, los limpiaba.
Ahora llevo una dieta estricta. Sólo como frutas y verduras. Cuando acompaño a mis amigos a un restaurante (la Tablazón, por ejemplo, que ya subió de categoría y ahora ostenta su nombre verdadero: “Restaurante El Ángel”) y los miro comer los platos con frijol negro, la crema, tostadas de manteca, quesillo con chile y jugo de limón y chicharrón de hebra, Javier me pregunta si no se me antoja. Miro que su cara tiene una cara como de quien está en el cielo y mira que otro se retuerce de envidia en las llamas del infierno. ¡No!, le digo. Y la verdad es que nada se me antoja, porque disfruto la comida que como. Mi cerebro se acomodó de tal forma que agradece la bendición de la fruta y de la verdura. Disfruto cuando mis amigos le ponen un chorrito de limón y unas pizcas de sal en la tapa de la cerveza en lata y la beben como si fuesen unos extraviados en el desierto; disfruto cuando los miro que toman una tortilla y la colocan sobre la palma de su mano izquierda y colocan dos pedazos de chicharrón, así, en filita como si fuesen niños de escuela, y luego le rocían una salsa verde hecha en molcajete. A la tortilla le exprimen un poco de limón y sal, lo envuelven y, por la gracia de Dios, lo convierten en taco. Se hacen un poquito para atrás, para no manchar la camisa y le dan la primera tarascada. Miro sus caras contentas, sublimes, como si estuviesen a punto del orgasmo. Y es que, tal vez, el acto de comer tiene una gran semejanza con el acto del amor. Son placeres que los dioses compartieron con los humanos. La Biblia cuenta que Dios dijo a Adán y a Eva: “no comerás del fruto del árbol del bien y del mal”. Los que saben dicen que si Dios hubiese impuesto otra restricción, los humanos aún seguiríamos en El Paraíso. Pero sucede que Dios les impuso una tentación muy grande: “no comerás del fruto”. ¡Por el amor de Dios! He visto muchas veces cómo mi tía Eugenia comienza una dieta: “ahora sí va en serio”, dice. Los dos primeros días se sienta frente a la mesa y come (con desgano) dos chayotes y tres zanahorias hervidos. La cabrona de su hija Quenita pasa frente a ella con un vaso de esquites y le dice que si no quiere, que, después de todo, es verdurita, sólo es maíz. La tía cierra los ojos y sigue comiendo, como vaca, el pedazo de chayote que siente atorársele en su cogote. Más tarde, a la hora de la cena, a la hora que la tía toma un té de limón, la cabrona pasa de nuevo y le ofrece una rosquilla chuja. Esto sucede dos días seguidos, al tercer día (siempre sucede lo mismo) la tía manda la dieta a la fregada y como si fuese una naufraga abre el refrigerador, saca dos pedazos de carne, las tortillas, la salsa, el frijol y se prepara un banquete celestial. Toda la familia se acerca y aplaude como si ella regresara. Sólo una vez se vive, dice la hija. ¡Ah, la tentación de la carne!
El otro día pasé por los corredores de la Casa de la Cultura y miré una exposición de fotografías. Ahora, bien lo sabés, nuestro pueblo maravilloso está de fiesta, celebra “La fiesta en grande”, la feria Comitán 2014, en honor a Santo Domingo. Esa exposición de fotografías se llama “Sabores de Comitán”. Las fotos muestran apenas una breve muestra de la riqueza de nuestra gastronomía, es, como decimos acá, “para el hoyito de la muela”. Sé que cada persona que ve esta muestra se le hace agua la boca y genera una serie de recuerdos muy íntimos. Seguro que más de dos recuerdan los guisos que preparaba la abuela. La serie de fotografías se complementa con textos que aluden de manera graciosa el divino don de la comida. Vos sabés que los nombres de nuestros platillos son maravillosos. Siempre ha llamado mi atención a quién se le ocurrió poner el nombre de “olla podrida” a uno de los platillos más exquisitos. ¿Cómo es que nos gusta tanto el atol “agrio”? ¿Mirás que aparente contradicción? ¿A quién se le pueda antojar comer cuando escucha que la comida está podrida o agria? Pues, bueno, esos nombres designan a platillos de rechupete. Como sé que ahora estás en Tuxtla y no podrás ver la exposición de fotografías que sí está visitando medio mundo, te envío unas cuantas bombas, sólo para que una sonrisa, como horizonte, aparezca en tu cara y se te antoje y cuando regresés vayamos a comer un pan compuesto al “Foquito”.
Imaginá que estamos en un guateque, que el patio central de la casa tiene manteado; imaginá que las mesas de madera, soportadas con “burros”, tienen manteles blanquísimos y ahí se sirve, en platos de barro fino, recocido y barnizado, tamales de hoja y tamales de bola. En medio de las mesas hay generosos canastos llenos de pastelitos de manjar.
Va, ¡bomba, bomba!

ME DIJERON QUE ERA UN PILLO
QUE A VECES ME HACÍA TACUATZ.
YO BEBO ATOL DE GRANILLO
MIENTRAS ME EMBUTO UN BUEN PATZ.
La marimba está en una esquina del patio, cerca del corredor que conduce a la cocina, lugar donde pasan los meseros, con corbata de mosca, con las charolas de picles.
¡Bomba, bomba!
EN FÚTBOL MUCHOS RONALDOS
PURO TIRITITITO,
ACÁ CHILE SIETE CALDOS
Y UN COCIDO CALIENTITO.
Imaginá que Julia corre por el corredor. Mientras corre detiene su vestido blanco con las dos manos. Hace apenas dos horas, en la iglesia de San Sebastián, hizo su primera comunión. En las mesas están todos sus amigos, tías y padrinos. La marimba ahora toca “Comitán”. La tía Esperanza, quien vino de la ciudad de México, hizo la petición especial. Mientras oye la canción, la tía se limpia los ojos con una servilleta de papel. La emoción le gana.
¡Bomba, bomba!
¡AH, QUÉ MESA TAN GOZOSA!
HASTA PARECE JAROCHA.
¡AY, TATITA, QUÉ SABROSA!
SE MIRA ESA SU MELCOCHA.
Imaginá que Roberto, el hermano de Julia, quien apenas tiene dos años, corre detrás de su hermana y cae. Las tías se levantan para ir a levantar al niño y como lo hacen de manera tan apresurada mueven el tablón de la mesa y tiran el chocolate. Raúl se levanta como cucaracha sobre comal, mueve las manos en intento de sofocar el calor que siente sobre las piernas. Rosario se desvive por secar el pantalón, lo hace con un altero de servilletas. Cuando Roberto ya dejó de llorar y Raúl vuelve a sentarse, todo azareado, la marimba vuelve a hacer una pausa.
¡Bomba, bomba!
CON EL TUTÍS BIEN AGUADO
AJETREADO POR LOS VIAJES
OLVIDÓ LO APULISMADO
COMIENDO UNOS CHINCULGÜAJES.
Posdata: el aroma del café con pan se mezcla con el aroma de la juncia. ¡Es el maridaje perfecto para disfrutar de la vida! El mordisco de un chile sietecaldos se mezcla con el aroma que suelta la marimba hecha con madera de hormiguillo; el aire de Comitán se mezcla con el humo que brota del fogón ¡es el maridaje perfecto!

viernes, 1 de agosto de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN PERRITO




El Lic. Walter dijo ¡es un chac mool!, que en lengua maya significa “gran jaguar rojo”. Alfredo dijo que no, que no era eso, “está muy flaco y además ya perdió el color, porque ahora todo es verde”. Así lo dijo Alfredo. Pero, Arturo, hijo de Alfredo, se acercó a la barda, levantó la mirada y dijo que era un perro. Así, sin más retruécano, un simple perro que camina por el borde superior de una barda, en una casa de la colonia rural Abelardo L. Rodríguez. Un perro que, temeroso, está echado, tal vez en espera de que su amo lo llame para la comida. Se advierte, por los árboles del fondo, que la barda da al sitio de la casa. Tal vez el perro se avienta desde esa altura y cae sobre el piso del sitio donde su amo le pone un trasto con comida y otro con un poco de agua, agua traída de la laguna que está a menos de cien metros. Tal vez por esto, el perro tiene las patas delanteras flexionadas como si estuviese a punto del salto.
¡Es un perro!, concluyeron todos los del grupo, pero apenas todos habían asentido cuando Alex dijo que no era un perro, que tal vez era un conejo, sustentó su idea en la idea de que la cola no era de perro, sino de conejo. Dos o tres dudaron. Sólo Arturo dijo que no, que eso era un perro.
Don Matías, habitante de Abelardo L. Rodríguez se acercó y dijo que el niño tenía razón. No es un chac mool ni es un conejo, ¡es un perro! Bueno, dijo, en realidad no es un perro, ¡es un niño!, más o menos de la edad de este niño y señaló a Arturo.
Don Matías contó que una tarde corrió el rumor de que el Dzulum andaba merodeando allá por donde las montañas crecen. La tarde estaba enredada en una cinta de niebla, que impedía ver más allá de veinte metros. Las mamás se pusieron el chal y llamaron a sus hijos: “¡niños, niños, vengan rápido o les damos sus cinchazos!”. Los niños se despidieron, dejaron sus juegos abandonados en los montones de tierra y entraron a las casas. Sólo un niño no lo hizo, no lo hizo porque un muñeco había quedado extraviado en la arena. El niño no hizo caso a la mamá que lo llamaba y la mamá, en medio de tantos hermanos, no se dio cuenta que su hijo menor no había entrado a casa. El niño, con sus manos, buscó el muñeco, abrió uno, dos, tres, muchos agujeros en la arena. Hubo un instante en que sus propios dedos no los alcanzó a ver, la niebla había bajado tanto que era como una piedra. Pensó en la palabra piedra, la pronunció mentalmente y el Dzulum que merodeaba por ahí también la oyó y dijo que todos los que estaban a su lado se convertirían en piedra. El niño quedó como estatua, con las manos adentro de la arena. Ya no pudo ver que el muñeco estaba a cinco centímetros de su mano izquierda. Cuando la niebla desapareció y el Dzulum regresó a su hogar en lo más profundo del bosque, la gente salió de sus casas y una mujer halló la enorme piedra en el montón de la arena y pensó que se parecía a un perro y le gustó y lo llevó y lo colocó en la parte superior de la barda de la casa. El esposo la regañó, le dijo que esa piedra era como el Dzulum, pero la mujer le dijo que si así fuera habían vencido al animal ponzoñoso. La verdad, contó don Matías, es que es el niño y en las noches de niebla cerrada vuelve a tomar vida y baja y juega en el patio de la casa y pasa por donde duermen sus hermanitos, pero éstos, como no saben quién es ese niño que camina solo por las calles llenas de polvo, cierran la ventana y se esconden debajo de las colchas.
No es un chac mool, tampoco es un conejo. Muchos dicen que es una piedra. Sólo don Matías sabe que es un niño, el niño que se perdió la tarde en que hubo mucha niebla y bajó el Dzulum.

miércoles, 30 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL SOL ES LA VIDA




Un lugar común dice que la fotografía congela instantes. Si un niño juega en el parque central, el fotógrafo detiene la carrera del niño y la inercia de la pelota. Un segundo después de la toma el niño se cae a mitad de la plaza y la pelota rueda y queda debajo de un carro. Esta es la magia de la fotografía: detener instantes y preservarlos.
En esta fotografía ¡todo está detenido! En el extremo inferior izquierdo se alcanza a ver un hombre, con una playera a rayas, que mira hacia su izquierda. ¿Qué ve en ese instante? Si ahora mismo le preguntáramos tal vez no sabría responder, tal vez su memoria no congeló el instante. En primer plano se aprecia una fuente de piedra, un reflector que no genera luz y un tubo que no suelta agua. En el fondo, en la pared amarilla hay un nicho que nada conserva y una bandada de sombras que no vuela, están detenidas en su vuelo.
Todo pareciera congelado. Sin embargo, las franjas de luz nos dicen que ¡hay vida! Si el sol no estuviese presente todo estaría muerto. Se sabe que el Sol es el único elemento de nuestro sistema solar que no puede congelarse. Ni siquiera la fotografía del más avezado científico de la NASA puede congelar al que se llama Astro Rey (¡por algo será!).
Aun cuando es una obviedad, debo decir que la luz es la diferencia en esta fotografía. Gracias a la luz podemos imaginar el segundo después en que se congeló esta fotografía. Un segundo después, el empleado del Ayuntamiento prendió el reflector, porque al rato la luz de la tarde se escondería; el mismo empleado llegó hasta un registro colocado en el piso, lo levantó y echó a andar la bomba que accionó el mecanismo para que el agua fluyera de manera singular. El tubo comenzó a vomitar cantidades generosas de agua limpia y la fuente ¡tomó vida! El hombre de la camiseta a rayas volvió la mirada y vio el agua de la fuente y respiró hondo, como si ese chorro le recordara alguna catarata del Iguazú o un simple verso de aquella famosa canción del chorrito que se hacía grandote y se hacía chiquito. Este recuerdo, también pudo impulsarlo hasta el recuerdo de una tarde en que, de la mano de su abuela, estuvo en un acto cívico escolar y vio un grupo de niños, vestidos con bombín y traje oscuro, bailar la canción. Y cuando todo tomó vida, el aire de Comitán voló y con este vuelo también volaron esas sombras que no son más que sombras de cientos de papelitos colocados frente al atrio para significar día de fiesta. Y al vuelo de estas sombras que no lograron alcanzar el vuelo porque estaban detenidas en lazos, también voló el sonido del papel abrazado por el viento. Como un coro de mil ronrones estos papeles aletearon en el aire de Comitán. ¡Todo tomó vida! Y todo fue gracias a que el Sol iluminaba la plaza esa tarde, la iluminaba de manera pródiga, como siempre lo hace, incluso en los días más nublados.
Mariana dijo que sólo faltaba que en el nicho apareciera un monje. Entonces enfocamos nuestra vista hacia ese hueco y esperamos el momento en que alguna sombra de las banderitas de plástico tomara forma de un rostro o de una mano o de un corazón. Después de todo, un instante después que un cuerpo regresa de la hibernación, es posible que el milagro de la vida aparezca de nuevo.

domingo, 27 de julio de 2014

DESPUÉS DE LA VIDA, HERMANO, DESPUÉS DE LA VIDA




Todo mundo dice que debe ser en vida; que los homenajes deben ser en vida del homenajeado. La gente dice: después de muerto ¡ya para qué!
El sábado 26, amigos de Juan Manuel González Tovar ofrecieron un homenaje en su memoria. Fue una reunión de amigos, como si estuviesen en el patio de la casa y bebieran un poco de comiteco en una lata de jumex y movieran los pies debajo de la mesa y botanearan y el cielo se derramara encima de ellos, porque la noche era fresca, no presagiaba lluvia y el cielo estaba lleno de estrellas.
Juan Manuel falleció hace poco tiempo. Algunos amigos quisieron ofrecerle un homenaje, todavía en vida, pero otros amigos dijeron que no, que se esperaran tantito, en las caras de estos últimos brillaba la esperanza de su recuperación y de que él asistiera pleno y declamara y cantara “My way”, su canción preferida, su línea de vida.
La noche del 26 fue una noche llena de estrellas, como si el patio se inundara de luz. Bastaba levantar tantito la mirada para ver y oír el canto de esos maravillosos grillos saltarines que se llaman Pepe Román, Lili Escamilla, Gil mendoza, Trío Rubí, Cothy Soto y muchos más.
Alguien comentó: “es una pena que no esté Juan Manuel”. Sí, fue una pena, no sólo que no estuviera presente, sino que, una mañana cualquiera, hubiese muerto. Pero, se sabe, la vida tiene fronteras infinitas y éstas no las puede cruzar el hombre mortal. Para alcanzar el infinito, se entiende, el hombre debe volverse infinito, también, polvo de estrellas y revolverse con el Universo.
Pero, ¿de veras para nada sirve hacer un homenaje a quien ya no puede presenciarlo? ¿De veras? ¡Es una idea falsa! La noche del 26, quienes estuvieron presentes en el homenaje a Juan Manuel, pudieron comprobar que los homenajes después de la vida, son maravillosos.
Si los amigos se hubiesen conformado con saber que no le hicieron su homenaje en vida, todo hubiese caminado con la cara boba que siempre tiene la grieta. Haber hecho un homenaje a Juan Manuel después de muerto alentó el llanto de muchos y la sonrisa de más. Fue una descarga de energía vital que, igual que lo hizo el espíritu de Juan Manuel cuando respiró por última vez, se unió a ese torrente infinito que se llama eternidad. ¿Quién puede decir que ese ritmo de bongó, a la hora que Francisco Torres tocó las percusiones, no se unió al polvo que ahora es Juan Manuel? ¿Quién puede afirmar que la voz de Alejandro Morales no tocó una de las garras del Puma?
¿Juan Manuel está en el cielo? No lo sé. En todo caso sería el primer puma con alas. Lo que sí sé es que Juan Manuel es una mota de luz infinita y tal vez, tampoco lo sé, tal vez, lo que sucedió la noche del 26 no fue más que una línea de luz para la luz.
¡Qué bueno que existan los homenajes en memoria! ¡Qué bueno que se haga después de la vida! No todo mundo soporta estar sentado en medio de una hoguera, mientras todos los demás queman incienso por el homenajeado. En cambio, después de muerto, el muerto ni se entera. Quien sí se entera es el infinito y, como el homenajeado ya forma parte de ese hueso duro de roer, la luz da más luz.
¡Cómo no va a ser bueno que se haga homenajes después de muerto si ese homenaje permite escuchar la maravillosa voz de Andrea González Jiménez (sobrina nieta del Puma) y del talento a ras de tierra y a punto de ala de Martín González Jiménez (hermano de Andrea)!
Que Dios bendiga a los amigos de Juan Manuel que usaron el mejor pretexto para compartir, para llenar de luz el Teatro de la Ciudad, para decirnos que los homenajes después de la muerte sirven no para regar agua bendita en el cuerpo del ausente, sino para prender la esperanza en el corazón de los vivos, de quienes caminan por la ladera azul del recuerdo y de la emoción.
La noche del 26 muchos hombres y mujeres, como si lo hicieran al derredor de una hoguera, cantaron, bailaron, declamaron y bebieron a la salud de un hombre: ¡Juan Manuel! A mitad de la noche, en plena selva, un rugido se trenzó en las lianas, un grito que dijo: “¡Sí, señor!”.
(Fotografía: Claudia González).

DEL SIGLO PASADO




Luis Armando Suárez Argüello, Director del Centro Cultural Rosario Castellanos, me invitó a presentar el libro “Recopilación cronológica de datos sobre Comitán de Domínguez”. Paso copia del textillo que leí:
Esta es la presentación de un libro singular. Se presenta en Comitán muchos años después que fue escrito y de que circuló por la ciudad. El libro original era tamaño carta y estaba encuadernado. Entiendo que circularon pocos ejemplares. En un país donde se lee poco, en una ciudad donde, de igual manera, se lee poco, llamó mi atención que un hombre, con un morral al hombro, ofrecía el libro por las calles de Comitán. Un libro choncho, con mucha información. Daba la impresión de que el legajo de hojas, empastado en pasta roja, eran fotocopias. No sé cuántos libros se vendieron en aquel entonces, pero uno de mis amigos sí lo compró. Me dijo que le parecía muy interesante el contenido.
El libro que hoy se presenta, tiene un tamaño media carta, ya tiene una portada, aun cuando sigue llamando mi atención, el hecho de que pareciera como un trabajo de facsímil de la versión original. ¿Por qué digo esto? Porque en la ficha de Raúl Garduño, por ejemplo, hay anotaciones hechas con lápiz, anotaciones que complementan la información que en un principio no hubo.
El libro, ya ustedes lo saben, es una recopilación de datos sobre nuestro pueblo. La compiladora es María Magdalena del Carmen Argüello Díaz.
¿Qué encuentra el lector en este libro? Un legajo de documentos que, de manera cronológica, nos da información de la historia de nuestro pueblo. La autora se dio a la tarea de buscar documentos históricos que dieran luz al origen y evolución de este pueblo. Así, en este libro hallamos datos desde la fundación de Comitán hasta el movimiento de revolución.
¿Cuáles han sido los nombres que esta ciudad ha tenido? Acá lo hallamos. ¿Quiénes han obtenido la Medalla Belisario Domínguez? Acá está la relación. ¿Quiénes han sido los presidentes municipales de Comitán? Acá está el chorizo de nombres. Esta información no está actualizada. Todo termina con el año en que, como ya dije, fue editado por primera vez: 1981. ¿Qué nos dice este tope? Tal vez nos señala que es momento en que María Magdalena se aboque a concluir el puente que, por ahora, no llega a la orilla de este siglo XXI en que vivimos. O ¿alguien más debe hacerlo o ya lo está haciendo o ya lo hizo? Los cronistas de Comitán están metidos en estos ajos y parece que le dan duro a esta labor.
Debemos reconocer que de los primeros intentos de aportar datos para conformar nuestra historia es el logro de este libro.
Una buena parte de esta recopilación la constituye la sección de personajes destacados. Las fichas biográficas de disímbolos personajes nos ayuda a entender parte de la historia de Comitán, nos aporta datos de quienes, alumbrados por reflectores, contribuyen (o contribuyeron en caso de los fallecidos) para hacer el Comitán que hoy nos cobija.
Esta última sección fue, en su tiempo, la más polémica del libro. Un día me topé con el maestro Ernesto Cifuentes, Presidente Municipal en ese momento, y, molesto, me dijo que él no aparecía en el libro, “cuando menos como Presidente debía aparecer”, dijo. El maestro no entendió que ya su periodo no estaba incluido. Ahora, acá lo recordamos, y es como si estuviese incluido. Como en toda selección de personajes acá sí son todos los que están, pero no están todos los que son. El libro está lleno de guiños misteriosos. En esta edición algunos nombres de destacados están tachados. ¿Por qué Elba Gordillo Morales, educadora, tiene una raya que pareciera eliminarla de la lista, sin borrarla del todo? No lo sé. El libro, ya lo dije, al principio, es un libro singular. Pareciera tener el sello Argüello, la huella de don Antonio Argüello, papá de María Magdalena, y quien es un personaje polémico, que oscila entre un inmenso amor a este pueblo y un coraje no disimulado.
Hoy, la autora cumple con su compromiso moral. Viene a Comitán y presenta su libro que fue dictado por amor a esta tierra. No puede entenderse de otra manera. Es un haz de flores que forman un ramo para que las nuevas generaciones sepan de dónde provienen.
Gracias.
(Fotografía: Susana Argüello Díaz).