El niño abrió la puerta abatible de la cocina y dijo: “Mamá, seré escritor”. Ella miró a través de la ventana, se secó las manos con una servilleta con cuadros blancos y rojos, volvió la mirada hacia donde el hijo se rascaba la cabeza y dijo, como si fuese Moisés sobre una duna: “¡Sobre mi cadáver!”. El niño, de doce años de edad, no comprendió la sentencia de su madre. ¿Sobre mi cadáver? Imaginó entonces que su madre era un cuaderno enorme que moría y, hasta entonces, él podía comenzar a escribir sobre el cadáver de ella. Pensó que eso tenía una ventaja: se ahorraría la tinta, porque podría usar la sangre de ella. Debía apresurarse porque, se sabe, la sangre se coagula muy fácil y la vida apenas es un instante. Así que imaginó que apresuraba el fallecimiento de su madre, que se auxiliaba con el marro que su papá empleaba para tirar paredes. Bastó esconderse detrás de la puerta del cuarto de ella, esperar que se asomara cargando el bote de ropa sucia; bastó un golpe seco que sonó como cuando cae un bulto lleno de arena de un segundo piso. La desvistió y se dio cuenta que, en efecto, la piel era como un libro con hojas tono sepia claro, en espera de su escritura. Tomó una pluma de ganso, insertó la punta sobre el charco de sangre que se había formado al lado de la cabeza de su madre y comenzó a escribir un cuento. Empezó a escribirlo en la frente (para que nadie le dijera que ese cuento no tenía ni pies ni cabeza). En la frente escribió la frase maravillosa que abre la ventana de la imaginación: “Había una vez…”, y escribió mucho, contra el tiempo, porque la sangre se coagulaba demasiado pronto. Fue a la cocina, abrió la gaveta, sacó un cuchillo (el favorito de mamá, con el que cortaba la manzana de su desayuno) y regresó al cuarto donde el cadáver de su madre mostraba la cara más repugnante de la violencia, pero, a la vez, mostraba un rostro iluminado por la maravilla del relato que (pensó el niño) sería uno de los textos más bellos jamás escrito. Con el cuchillo hizo ligeras incisiones en el brazo derecho y vio que la sangre manaba como si fuese un hilo de agua limpia. Aprovechó y siguió escribiendo. Sabía que el dicho de Picasso era cierto: la inspiración lo hallaría trabajando. Se dio cuenta que las ideas fluían como bandada de pájaros en primavera. Con la mano derecha escribía y con la izquierda punteaba el cuerpo de su madre: el brazo izquierdo, el estómago, el pecho. Pequeños surtidores de sangre brotaban como géiseres y él aprovechaba, mojaba la punta de la pluma y escribía con gran rapidez. Si alguien abriera la puerta (como sucedió) y viera la escena pensaría que era una escena macabra, bestial; pero el niño sólo cumplía su deseo: ser escritor, escribía sobre el cadáver de su mamá, sólo escribía un cuentito que contaba de un niño que anhelaba vivir en la montaña para oír el canto de los pájaros y respirar el aire limpio mientras las frondas de los árboles se mueven de un lado hacia el otro, empujados por el viento suave que siempre corre en la parte alta de las montañas. ¡Ah, qué diferente el mundo abajo, en el valle, ahí donde estaba su casa! Quien entró fue el padre y vio la escena, corrió y quitó el cuchillo al niño. “¡Pero, qué has hecho!”. Nada, papito, nada, sólo estoy escribiendo un cuentito. ¡Qué, estás loco! Oh, Dios mío, qué tragedia. No, papito, no me pegues, no hago nada mal, sólo soy un escritor. ¿Qué? Sí, papito, de grande seré escritor. Entonces el papá, con el cuchillo en lo alto, dijo que eso nunca sería. ¿Escritor? ¡Jamás, lo oíste, jamás! “Sobre mi cadáver”, gritó el papá, mientras abrazaba el cuerpo de su esposa. ¿Sobre tu cadáver? Entonces, el niño escritor, pensó que se abría la posibilidad de escribir otro cuentito.
viernes, 7 de noviembre de 2014
EL OFICIO MÁS JODIDO DEL MUNDO
El niño abrió la puerta abatible de la cocina y dijo: “Mamá, seré escritor”. Ella miró a través de la ventana, se secó las manos con una servilleta con cuadros blancos y rojos, volvió la mirada hacia donde el hijo se rascaba la cabeza y dijo, como si fuese Moisés sobre una duna: “¡Sobre mi cadáver!”. El niño, de doce años de edad, no comprendió la sentencia de su madre. ¿Sobre mi cadáver? Imaginó entonces que su madre era un cuaderno enorme que moría y, hasta entonces, él podía comenzar a escribir sobre el cadáver de ella. Pensó que eso tenía una ventaja: se ahorraría la tinta, porque podría usar la sangre de ella. Debía apresurarse porque, se sabe, la sangre se coagula muy fácil y la vida apenas es un instante. Así que imaginó que apresuraba el fallecimiento de su madre, que se auxiliaba con el marro que su papá empleaba para tirar paredes. Bastó esconderse detrás de la puerta del cuarto de ella, esperar que se asomara cargando el bote de ropa sucia; bastó un golpe seco que sonó como cuando cae un bulto lleno de arena de un segundo piso. La desvistió y se dio cuenta que, en efecto, la piel era como un libro con hojas tono sepia claro, en espera de su escritura. Tomó una pluma de ganso, insertó la punta sobre el charco de sangre que se había formado al lado de la cabeza de su madre y comenzó a escribir un cuento. Empezó a escribirlo en la frente (para que nadie le dijera que ese cuento no tenía ni pies ni cabeza). En la frente escribió la frase maravillosa que abre la ventana de la imaginación: “Había una vez…”, y escribió mucho, contra el tiempo, porque la sangre se coagulaba demasiado pronto. Fue a la cocina, abrió la gaveta, sacó un cuchillo (el favorito de mamá, con el que cortaba la manzana de su desayuno) y regresó al cuarto donde el cadáver de su madre mostraba la cara más repugnante de la violencia, pero, a la vez, mostraba un rostro iluminado por la maravilla del relato que (pensó el niño) sería uno de los textos más bellos jamás escrito. Con el cuchillo hizo ligeras incisiones en el brazo derecho y vio que la sangre manaba como si fuese un hilo de agua limpia. Aprovechó y siguió escribiendo. Sabía que el dicho de Picasso era cierto: la inspiración lo hallaría trabajando. Se dio cuenta que las ideas fluían como bandada de pájaros en primavera. Con la mano derecha escribía y con la izquierda punteaba el cuerpo de su madre: el brazo izquierdo, el estómago, el pecho. Pequeños surtidores de sangre brotaban como géiseres y él aprovechaba, mojaba la punta de la pluma y escribía con gran rapidez. Si alguien abriera la puerta (como sucedió) y viera la escena pensaría que era una escena macabra, bestial; pero el niño sólo cumplía su deseo: ser escritor, escribía sobre el cadáver de su mamá, sólo escribía un cuentito que contaba de un niño que anhelaba vivir en la montaña para oír el canto de los pájaros y respirar el aire limpio mientras las frondas de los árboles se mueven de un lado hacia el otro, empujados por el viento suave que siempre corre en la parte alta de las montañas. ¡Ah, qué diferente el mundo abajo, en el valle, ahí donde estaba su casa! Quien entró fue el padre y vio la escena, corrió y quitó el cuchillo al niño. “¡Pero, qué has hecho!”. Nada, papito, nada, sólo estoy escribiendo un cuentito. ¡Qué, estás loco! Oh, Dios mío, qué tragedia. No, papito, no me pegues, no hago nada mal, sólo soy un escritor. ¿Qué? Sí, papito, de grande seré escritor. Entonces el papá, con el cuchillo en lo alto, dijo que eso nunca sería. ¿Escritor? ¡Jamás, lo oíste, jamás! “Sobre mi cadáver”, gritó el papá, mientras abrazaba el cuerpo de su esposa. ¿Sobre tu cadáver? Entonces, el niño escritor, pensó que se abría la posibilidad de escribir otro cuentito.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DEL INSTANTE EN QUE TODO ESTÁ POR DESCUBRIRSE
¿Ya vieron el rostro del niño? ¿No lo alcanzan a ver? ¡Hagan el intento, por favor! Vean su carita, llena de luz, llena de horizontes donde el sol nunca se oculta. Si consideran que es difícil, porque (es obvio) el niño da la espalda a la cámara, al ojo, entonces vean la forma en que está parado. ¿Tiene las manos en las bolsas? Tal vez sí. Está en un extremo del escenario y ve, con atención, casi con pasión, los instrumentos que están al fondo. El niño es casi un bebé, un pichito. En Tuxtla llaman pich al niño que apenas está saliendo del cascarón; en Comitán le llamamos pichito. Emmanuel es un pichito, hace poco cumplió un año, hace poco dejó de gatear. Apenas ayer comenzó a caminar. Ahora ¡el mundo se le hace pequeño, apenas un escenario por donde volar!
Esa noche, Emanuelito (quién sabe cómo) apareció en el escenario. Fue antes de que el grupo musical hiciera un homenaje a Los Beatles. Por eso, los instrumentos aún están en el piso. Sólo la batería está ya en el lugar que le corresponde. Las guitarras aún duermen. Por esto, la cara de Emmanuel es de asombro. Ha de pensar: “Tan grandotas y aún gatean”. Porque el pichito, ya se dijo, camina. A partir de ahora su vocación será el camino. Así como la vocación de los pájaros ¡es volar!, la vocación de Emmanuelito será la de hurgar por todos los caminos del mundo y más allá.
¿Qué piensa un pichito que está en un escenario teatral? Muchos bebés del mundo han estado en el mismo lugar. Los hijos de artistas, las criaturas de trashumantes, crecen en escenarios donde los reflectores cancelan la sombra. Esos niños crecen acostumbrados a escuchar diálogos escritos por Shakespeare (¡nadita!); se alimentan de palabras, de gestos y de silencios de Ibsen. Estos pichitos crecen bajo el amparo del arte más completo. Ahí, en el escenario, noche a noche, se representa la vida. ¿Cómo este prodigio es posible? ¿Cómo en un vaso de agua cabe tanto mar?
Emmanuelito está en el escenario, está él solo, tal vez como una metáfora de lo que el destino reserva a todos los humanos. Pero él está ahí porque proviene de un árbol de grandes artistas. Su “mushuc” está enredado en cuerdas de guitarra, de piano y cuerdas vocales. Este pichito ve hacia el horizonte, donde, tampoco es cuestión de negar la vida, hay un telón oscuro. Por encima de esa oscuridad (que se hace cuando el reflector deja de brillar) está un grupo de instrumentos que está destinado a cantar la vida, de igual forma que lo hacen los chinchibules y las tiucas. Ahí el tambor de siempre, el de África, el mismo tam tam que acompaña el corazón del hombre. Ahí, este pichito maravilloso mira que la vida es sencilla. Él es como un colibrí con cuerdas de cenzontle, él es un ángel de esos que se descuelgan, gozosos, desde lo alto de la Capilla Sixtina.
El nombre de Emmanuel significa: “Dios con nosotros” ¿Hay que agregar algo más a esta nube?
lunes, 3 de noviembre de 2014
EXTRAVIADA
“¡Qué traviesos!”, dijo Mariana. La cabeza de “La catrina” estaba en el suelo. Íbamos en el carro de María. Vi que ella tembló. Sus manos se atenazaron como cangrejos sobre el volante y temblaron, levemente. Vi el temblor en sus manos, a la hora que se afianzaron en el volante, temblaron como si fuesen hojas secas en el árbol y se aterraran por la cercanía de un viento fuerte.
Íbamos a casa de María, la que está por Santa Cecilia. Y digo ésta, porque ella tiene dos casas: la de su papá y la de su mamá. La de Santa Cecilia es la de su mamá.
“No, qué traviesos, ni que nada”, dijo María. Y dijo que no habían sido niños los que hicieron la travesura. La cabeza de La catrina estaba en el suelo. Ella, con su vestido tan de La Renta, tan con olor a naftalina, estaba descabezada, un poco como si dijésemos que la muerte siempre pierde la cabeza. ¿Y si fuese así? Si la muerte fuese una mujer sin cabeza, sin memoria. Si esto fuese así, los seres humanos ya no volveríamos a decir que a todos la muerte les llega puntual. ¿Y si la muerte fuese esta alegoría?
María dijo que Mariana no tenía razón. Bien pudo ser un grupo de niños (de esos latosos que piden calaverita, tía) el que pasó y tiró la cabeza de la catrina. Pero (insistió María) si así hubiese sido la hubieran agarrado de pelota. La cabeza pararía del otro lado de la calle, toda sucia, toda pateada. Pero no fue así. La cabeza estaba al lado del cuerpo, un poco como retando a algún mortal a recogerla y hacer una de dos: llevársela a su casa o colocarla en el cuerpo. Pero la cabeza tardó en el piso. Tardó porque ningún mortal se atreve a hacer alguna de las dos tareas. ¿Quién es el deschavetado que lleva una cabeza de calaca a su casa? ¿Quién es el valiente que se agacha y con ambas manos la recoge para colocarla en el pescuezo que está frío, frío por el viento helado? ¡Nadie! Hay una leyenda que dice que quien levanta la cabeza de un muerto y la coloca de nuevo sobre el pescuezo ¡le da vida! ¿Quién es el valiente que se queda parado frente a un muerto que revive? Por esto, María dijo que Mariana estaba equivocada. No fue un grupo de niños el que pasó y tiró la cabeza, sólo por relajo. ¡No!
Cuando llegamos a casa de María y bajamos del carro, ella empujó la puerta de entrada y llamó a su mamá. Su mamá nos tendió los brazos y dijo que le daba mucho gusto vernos. Tenía muchos meses que no íbamos a su casa (María se pasa más tiempo en casa del papá). Siéntese, nos dijo. Nos sentamos y ella nos sirvió calabaza en dulce, en platos pequeños, en platos de unicel. María se sentó a su lado, la abrazó y dijo que habíamos visto una calaca sin cabeza. “¡Ah! Esas son las más cabronas”, dijo doña Esperancita y se persignó tres veces. ¿Por qué?, preguntamos Marianita y yo. Y doña Esperancita explicó que las calacas sin cabeza son las más cabronas porque no pueden ver hacia dónde van y pepenan al primero que pasa frente a ellas. Corroboró lo que habíamos pensado: que hay muertes que no debieran existir. Hay gente que se muere, un poco como si dijéramos que aún no le tocaba. “¡Ahí está, eso es!”, dijo la señora. Uno no se explica por qué, de pronto, hay gente que se muere, por una enfermedad absurda, si dos días antes estaban tan bien. “Apenas ayer, platiqué con él -dice la señora en el velorio-, y se miraba tan bien”. Unos dicen que ya su línea estaba trazada, pero otros insisten en que fue simplemente una mala jugada de la calaca sin cabeza, de esa que anda extraviada y, como ciega, busca un asidero donde sostenerse. Lo que la pinche muerte no sabe es que la persona que agarra ¡la pulveriza!, le contagia el mal de la muerte.
Doña Esperancita nos dijo que tenía un ponche bien bueno. Nos sirvió en dos tazones grandes. NO entendí por qué ella nos había servido la calabaza en dulce en platos pequeños y el ponche en tazones enormes. Uno no sabe bien a bien por dónde va la vida, ni por dónde va la muerte.
sábado, 1 de noviembre de 2014
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY PÁJAROS SIN ALAS

Querida Mariana: la incongruencia más grande es un pájaro sin alas. Si busco en el diccionario la definición de pájaro encuentro que un pájaro es “cualquiera de las aves terrestres voladoras con pico recto no muy fuerte y tamaño generalmente pequeño”. ¿Mirás? Por definición el pájaro vuela. Ahora bien, el pájaro (cuando menos en México) es palabra alburera, palabra que vuela mucho. Por esto, en el país, son famosos “el pájaro mea garras” y “el pájaro consuelas”. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué alburero es este país!
Mi tía Godofreda (es en serio, así se llamaba) tenía un pájaro al que le cortaba las alas y lo dejaba que anduviera salta y salta por el patio de su casa. El tío Astruberto (juro que así se llamaba) siempre le recriminó ese proceder. Mandó a construir una jaula enorme en un esquinero del patio a fin de que la tía no le cortara las alas al pájaro. La tía cedió y dejó que el pájaro anduviera por todos los esquineros de la jaula, pero cuando al pájaro le crecieron las alas él ya no voló. Nunca voló. Lo más que hacía era dar saltos para trepar a uno de los palos que el tío colocó cerca del piso. Una tarde, el pájaro comenzó a tataratear, de un lado para otro. El tío lo tomó entre sus manos y descubrió que el pájaro había quedado ciego.
Las palabras, igual que los pájaros, también tienen alas. ¿Sabés qué me asombra mucho? Ver cómo, a partir de una palabra, se forma toda una gran novela. Abrí El Quijote y mirá el prodigio. “En un lugar de La Mancha…” Apenas seis palabras, sencillas, como piedras de río de agua limpia. ¿Cómo eligió Cervantes este inicio, entre miles de posibilidades? A partir de ese enunciado, como cuerda de hilo frágil, se suelta todo un caudal de palabras que supera a las Cataratas del Niágara. No sé qué clase de pájaros sobrevuela por las cataratas del Niágara. El otro día, Stefy Campos (hija del Rector de la Universidad donde laboro) me etiquetó (en el Facebook) en una foto que le tomaron en las cataratas. Busqué aves en ese cielo. No hallé alguna. Bueno sólo ella, que es una de las aves más prodigiosas de estos y de aquellos cielos. Debe ser que los pájaros del Niágara vuelan muy por encima de donde el agua se desparrama como luz estruendosa. Debe ser así, porque las alas de las aves se vuelven piedras cuando se humedecen. Por esto (pienso) los pájaros se esconden en los árboles cuando llueve. Tal vez tengo algo de ave, porque (lo sabés) a mí no me gusta mojarme. (Con qué trabajo lo hago debajo de la regadera, con agua caliente.)
Entiendo que las aves son diferentes en los lugares del mundo. No creo que en las Cataratas del Niágara vuelen chinchibules. ¡No! Los chinchibules sólo vuelan los cielos de estas regiones.
A las palabras, igual que a los pájaros, también les cortan las alas. Las palabras son los pájaros que más alto vuelan, y, sin embargo, para que vuelen infinitamente, deben ser atrapadas, deben ser condenadas a vivir encerradas en celda, por los siglos de los siglos. Las palabras que no son colocadas en jaulas se extravían. Es fantástico saber que en pleno siglo XXI aún conservamos las palabras que pronunció Jesús. Él dijo: “Amaos los unos a los otros”. ¿Mirás qué prodigio? El buen Chus tiene añísimos que pasó a estar a la diestra de su padre y aún conservamos sus palabras. ¿Gracias a qué? Gracias a que los compas evangelistas transcribieron en libros (rollos de pergamino) sus palabras. Todo esto, por supuesto, de segunda mano. Porque lo que Él escribió se perdió. El tío Arsenio me contaba que Cristo escribió algo en una playa, con una vara. ¡Ay, prenda! ¿Qué escribió? ¡Quién sabe! Este es uno de los grandes enigmas del mundo. No lo sabemos, porque el agua del mar hizo su travesura. Claro, el buen Chus sabía que esto ocurriría. Lo hizo para destantearnos. La tía Eugenia, a cada rato repite eso de “a las palabras se las lleva el viento”. Así es. ¡Claro! Las palabras se van porque tienen alas maravillosas. Apenas las estamos pariendo cuando, como chinchibules precoces, se avientan desde el abismo de nuestras bocas y vuelan por todos los cielos del mundo. ¡Se las lleva el aire! ¡Se van con el aire! ¡Se hacen aire!
En casa nos proveen de alas. He visto y escuchado a mamás diciéndole a sus pichitas cómo se llaman las cosas: “me-sa, ca-ma, lo-ro, ca-rro”. He visto y escuchado a las criaturitas repetir las palabras: “le-che, ma-má, pa-pá, ca-ca”. Ese acto sencillo, pero sublime, se repetirá hasta el último día. El hombre necesita de palabras para volar. Por esto, cuando alguien se convierte en lector afianza y refuerza sus alas, los renuevos que le injertaron en el patio de su casa. Pero, ahí también, en casa, hay cabrones que cortan las alas a los pichitos. Cuando aparece la mamá jodona (“¡Te callas, porque yo lo digo!”) o cuando aparece el papá medio bolo (“¡Acá sólo yo hablo!”). Los corta alas son aquéllos que creen que la palabra les pertenece, se sueñan caciques dueños de hectáreas sembradas con palabras. ¡Qué bobos! No saben que la palabra es de todos. Ya lo dice La Biblia (y si no lo dice, debería decirlo) “En el principio era el verbo y el verbo era Dios”. Ah, tal vez esto ayude a todos aquéllos que se creen ateos y andan pregonando la muerte de Dios o la ausencia de Él. ¿A poco son capaces de negar la palabra? Si niegan la palabra ¡niegan la existencia de Dios!, porque Dios es la palabra, la que se dice al oído de la amada y, también, la que se grita en la cantina. Por eso, la gente que sabe de esas vainas de la lingüística dice que no hay palabras “malas”. ¡Claro que no! Es una bobera decir que hay palabras buenas y palabras malas. Esto es una forma burda de cortar las alas a las palabras. Todas las palabras son bellas y son para que vuelen por todos los cielos. ¡Ah, qué sabrosa es la palabra que vuela en la cantina a la hora que los compas ya están medio bolos! ¡Ah, qué fuerza tiene la palabra! Se desgrana como se desgranan las gotas de agua en las Cascadas del Niágara, esas gotas que humedecieron el rostro bello de la Stefy.
La palabra es como un pájaro silencioso, uno que, como chachalaca, anuncia el prodigio de la vida. La palabra, igual que el pájaro, tiene una hora en que busca el árbol para dormir. La palabra duerme, pero nunca muere. Aún en su sueño hay un rumor de agua en su respiración.
¿Por qué el pájaro de la tía Godofreda quedó ciego? Alcancé a verlo en sus últimos días, adentro de la jaula. Tenía alas pero se miraba tan disminuido, como si fuera un cachorro de león, pero inútil, débil, flaco. Una tarde, la tía me llamó a la cocina, me dijo que me sentara al lado del fogón y me sirvió una taza de café endulzado con panela. La tarde ya estaba avanzada, el cielo tenía el mismo color que tenía la brasa del fogón. El silencio caminaba de puntillas. Bebí un sorbo del café. La tía me dijo que su pajarito se había quedado ciego por “por culpa del cabrón de tu tío. ¡Mierda!”. Y entonces ella se sentó a mi lado y dijo que el pajarito había vivido feliz, con las alas cortadas. Era feliz caminando por el patio, se sentía libre. “Se acostumbró a no tener alas”, dijo la tía. Desde entonces, de vez en vez, pienso en el pájaro sin alas y pienso en lo que me dijo la tía, el pájaro sin alas era más feliz. Gonzalo sostiene que hay gente que es feliz viviendo en la miseria; dice que hay gente que vive feliz sin alas; hay gente que no quiere volar. Hay que dejarlas en su mundo, en su patio.
Posdata: Alicia tenía un loro. El loro se llamaba Paco. Alicia le cortaba las alas a Paco. Paco, podría decirse, era feliz. Andaba de un lado a otro del patio. Se subía a un aro que estaba colgado entre dos pilares. Repetía lo que Alicia le enseñaba: ¡loro, lorito! ¡Alicia, dame mi café con pan! ¡Pendejo, pendejo! Su natural le había proveído de alas, pero él nunca lo supo, porque en cuanto crecían, Alicia se las cortaba. Paco era feliz, andaba de un lado para otro del patio, repitiendo palabras. Hay mucha gente que es como Alicia, hay mucha gente que es como Paco. Parece que la mayor incongruencia en el mundo es un pájaro sin alas.
miércoles, 29 de octubre de 2014
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA OPTIMISTA
El mensaje es lo que llama la atención. Por desgracia. Si el mensaje no estuviese, la barda coronada por la humedad sería una buena lectura del mundo. Las hojas que cuelgan de los árboles provocan un dibujo en la parte alta de la barda. Para hacer el contraste, las plantas de abajo también juegan a que vuelan. Ah, sí, sería una lectura muy interesante si el mensaje no estuviese. El verde de la tierra con el verde de la altura hablaría de vida.
El moho que se desprende de lo alto de la barda es como una pintura clasicista que se sueña expresionista, con esa carga maravillosa que tuvo el expresionismo alemán. Tal vez es una nube que habla de verde esperanza en lugar de negros oscuros que alentaron las piedras de Berlín y las cercas de los Campos de Concentración. Acá también hay concentraciones, pero no de muerte, sino de vida.
Es una pena, entonces que el mensaje sea el que llama la atención. El letrero dice: “Nos espera un gran futuro en la indepencia”. ¿De veras así nos puede esperar un gran futuro? El tío Hipólito diría lo que dicen miles de gentes: “Que nos espere sentado, porque tardará en llegar”. ¿Qué futuro puede esperarnos ante tal mediocridad?
Tal vez, entonces, la barda no está equivocada. Y es, en efecto, una alegoría de lo que el futuro nos depara. Un futuro deslavado, un futuro lleno de moho, un futuro sin lectura. Porque, después de todo, este presente atora la llegada de ese futuro esperanzador.
Aunque tal vez la redacción no miente y un gran futuro nos espera, pero no tenemos posibilidades de acceder a esa montaña y nuestro presente nos conduce hacia el desfiladero en lugar de ir hacia la cima.
O tal vez este letrero no miente y nos habla de la posibilidad de tener un futuro donde todo esté por inventarse. ¿Es acaso indepencia una nueva palabra? ¿Es como un juego donde los jóvenes pueden lavar sus sueños en ríos de agua limpia?
A final de cuentas, el mensaje es optimista. Desde siempre, el hombre se plantea un futuro más pleno. Siempre ha sido así. Cuando el futuro nos alcanza vemos que todo fue un mero espejismo. Este presente que vivimos alguna vez fue el futuro de los jóvenes hoy viejos. A estos viejos habría que preguntarles si el futuro cumplió con sus expectativas. Todo mundo dirá que no. Hay grandes avances tecnológicos, pero en lo esencial, en el corazón del hombre, todo es como una piedra pesada, llena de moho, del mismo moho (verde esperanza) que corona esta barda que tiene un letrero mediocre.
¿Quién puede pensar en un futuro prometedor, cuando este letrero habla de una gran pobreza? El letrero está pintado sobre una barda triste, miserable. Sólo los hierbajos del piso hablan de cierta alegría, todo lo demás es como una construcción de cementerio. Nunca esta barda representó una tendencia moderna. Un grupo de albañiles la levantó. El grupo sólo pegó los bloques, con un poco de argamasa, y la dejó aparente. Aparente es el término que se usa para designar algo que está inacabado, algo que ya no fue posible darle una vista mejor. Este presente es aparente, inacabado y, casi se puede asegurar, el futuro también será endeble, como si fuese una estructura hecha con alambres de amarre oxidados.
¿Nos espera un gran futuro en la indepencia? Tal vez el letrero no miente y sea así, pero ¿dónde es la indepencia? ¿Es un lugar cerca de esa Arcadia inventada por los Románticos?
martes, 28 de octubre de 2014
UN SALTO HACIA ARRIBA

Ayer estuve en la presentación del libro “El salto de los duendes”, de Luis Antonio Rincón García. Paso copia del textillo que leí.
Un día decidí no estar más en una presentación de libros. En las presentaciones de libros, la gente consulta su celular, bosteza, platica con el vecino. Es difícil estar en una mesa de honor hablando de algo que los demás no saben de qué se trata. Sería mucho mejor repartir libros, dos o tres días antes de la presentación, para que así todo mundo supiera ¡qué vainas con el libro! Sería mejor, porque no habría necesidad de presentadores. Todo sería como un foro donde se podría comentar acerca del libro. La labor de presentar un libro es muy compleja, porque es imposible construir el mismo edificio que logró el autor.
Decidí no estar en presentaciones de libros, pero no he logrado cumplir con mi promesa. Como si no hubiese más lectores en el mundo, nunca falta alguien que me invita a presentar un libro. ¡Por el amor de Dios! Hay amigos que se burlan y me molestan. Dicen que soy un busca presentaciones, dicen que “me muero” por salir en la foto.
Dios sabe que no es así. Me escondo, pero me encuentran.
Ahora estoy acá, porque el maestro Ornán me invitó. Estaba a punto de agradecer la invitación y decir que no, cuando me dijo que el libro a presentar era un libro de Luis Antonio Rincón García. Entonces, como rata salí de mi rincón y dije que si era de Rincón sí le entraba. De nada me sirve rezar eso de “y no nos dejes caer en la tentación. Amén”. Dios me manda pruebas y como soy duro como el árbol de papaya, acá estoy.
Acepté y agradecí la invitación porque ya es como un récord que algún día meteré al Guinness. Con este libro, “El salto de los duendes”, llevo tres libros de Luis Antonio que presento.
Hace ya tiempo Araceli me invitó a presentar un libro de Luis Antonio, “Las raíces de la ceiba”. Ya para entonces había decidido no entrarle a presentaciones. Se me hizo feo negarme de primera, por lo que acepté el libro y pensé: “Lo leo y luego le digo a Araceli que me salió otro compromiso”. Pero al leer el libro hallé que era un libro muy bien escrito. Disfruté su lectura, así que acepté con gusto el honor de presentarlo. Lo hice porque pensé que era una buena oportunidad para decir que Luis Antonio está llamado a ser uno de los más grandes escritores del Sureste, de México, tal vez de Hispanoamérica, tal vez del mundo.
Cuando me invitaron a presentar el segundo libro de Luis Antonio no dudé. Y ahora, Dios mío, volví a caer en la tentación. Confieso que me he vuelto fanático de la obra de Rincón y de sus rincones. Cuando comparte “Cotidianidades”, una columna que publica en el Facebook, no dudo en entrarle. Como en todo, algunas columnas me gustan más que otras, pero todas, en general, tienen esa esencia que llena de vida lo que parece inerte.
Hoy, con gusto acompaño a Luis. Doy gracias a Ornán por el privilegio. Llevo tres de tres. Corro el riesgo de caer mal por estar en todo, pero lo corro como si fuese una maratón que el destino me envía, un destino afectuoso.
“¿Qué decir de El salto de los duendes?”. Nada, nada diré. Bueno, sí, algo. Repetiré lo que sabe todo mundo, que es un librincillo que obtuvo un premio. Una mañana, en el Cuarto Poder, apareció la siguiente noticia: “Chiapaneco obtiene certamen nacional de letras infantiles”. Era una noticia espléndida, un poco como si el camino intuido fuera, poco a poco, iluminándose para Luis Antonio. Además, pensé: ¿existen las letras infantiles? ¿Hay letras adultas? Parece que las letras, sin sexo y sin edad, sirven para contar historias especiales para adultos (hay textos pornográficos) e historias especiales para niños (acá está como ejemplo el librincillo de nuestro autor, que bien pueden leerlo los niños verdaderos y aquéllos que son viejos pero que siguen conservando el aroma de un renuevo de tenocté).
Ya luego me enteré que el libro de Luis tendría un tiraje de más de ochenta mil ejemplares. Eso era otra buena noticia. Cuando los tirajes de libros en México son de quinientos o mil ejemplares y muchos quedan en bodega, la noticia de que “El salto de los duendes” sería repartido en las manos de ochenta mil lectores es una noticia maravillosa. Ante estos datos, ¿qué agregar? Nada.
El libro que hoy se presenta está antecedido por una larga historia de talento y de disciplina. No queda más que felicitar a Luis. Desearle que siga por el camino de la luz (bueno, por el camino de la penumbra y de la sombra ¡dando luz!). Y a ustedes, lectores de bien, sugerirles que se den el chance de unirse a ese número de ochenta mil chiquitíos que leerán a Luis.
Hoy caí en la tentación. Gracias por enviármela, Señor. Fue un poco como si Dios dijese que no debía comer del árbol del bien y del mal y, sin Eva, subí por una escalera de madera y descolgué el fruto. No me arrepiento. Ahora puedo estar afuera del Paraíso. Valió la pena. Luis es un gran narrador.
lunes, 27 de octubre de 2014
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ LA CLAVE DE LA VIDA
Roxxy preguntó: “¿Qué hace Melo?”. Pensé que me albureaba. Pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos malcriados al ciento por ciento!”
¿Qué hace Melo? En voz baja, en volumen que me escuchara Mariana, pero no su sobrina Roxxy, dije: Me lo lava, me lo limpia, me lo… Pero Mariana me calló. Dijo que viera al carro de enfrente. Entonces vi el letrero y comprendí la pregunta de Roxxy. De todos modos pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos niños inteligentísimos!”
Claro, “Gracias a Dios, tomo la vida como el melo…”. ¿Qué hace Melo para ser tan sabio? ¿Para aceptar la vida con soberana alegría? ¿Se vale el albur? ¡No lo creo!
Esa tarde íbamos para la Plaza Las Flores. Mariana llevaba a su sobrina al cine. El tráfico estaba pesado, casi casi como si estuviésemos en calles de Tuxtla. Platicábamos. Escuchábamos el programa “Jazz para despistados”, que trasmite Radio IMER. Yo llevaba el encargo de hacer un depósito en Banco Wal-Mart y de comprar papel higiénico para la casa. Mariana y Roxxy se quedarían para la primera función del sábado. Ellas verían la película “El libro de la vida”, en caricaturas. Platicábamos de eso. Mariana me decía que compraría un subway de jamón de pavo, cuando nos topamos con el carro y con ese mensaje que pareciera sacado de “El libro de la vida”. Es un poco como decir: deja que fluya la vida y ¡vívela!
Ahora bien, la pregunta es la que hizo Roxxy: ¿Qué hace Melo para tomar la vida con filosofía tan positiva? Si damos respuesta, y sin que suene a albur, pareciera que Melo piensa en el otro. Siempre Melo, me lo lava, me lo limpia, me lo sacude, me lo saca (¡y hasta ahí!)
Al momento de jugar y mientras veíamos a un par de niños en el crucero, a la hora del semáforo en rojo, hacer unos malabares con un par de naranjas que estaban tan “tutimes” como ellos, Mariana dijo que ese tal Melo era un conformista de mierda. ¡Santo Dios! Así lo dijo. (Y Mariana no es dada a usar palabras altisonantes.)
Y repitió que era un conformista de mierda porque no era más que un lavacoches, por los ejemplos que di: me lo lava, me lo limpia, me lo engrasa, me lo frota. Y dijo más, dijo que el tal Melo era un ejemplo de quien no pretende más. Dijo que Dios puso todo ante la mesa y que cada quien toma lo que desea, lo que sus sueños alientan. Pensar como el tal Melo es pensar de manera mediocre, pensar que Dios ya tomó la decisión de cómo será nuestra vida. ¡No!, dijo Mariana, y Roxxy la quedó viendo con ojos de lechuza inteligente. No, repitió, no hay que tomar la vida como viene, hay que darle una torcedura; hay que hacerle una maravillosa mangana, tirarla y domeñarla, porque para eso está la vida. La vida es un reto fantástico, agregó y luego me preguntó: “¿Qué opinas?”. Yo, que siempre ando dando manganas a las ideas y a las palabras, pensé que ella me lo… Pero, reculé en mis pensamientos. No me llevo así con ella, con mi niña reata (digo, para hacer la mangana de la vida). Y le contesté que todo era un mero juego, que había sido feliz en ese trayecto. Ya habíamos llegado a la Plaza. Ellas irían al cine y yo a comprar papel higiénico. ¡Dios mío, qué imagen! Me lo limpio, me lo lavo, me lo sacudo. ¿Yo? Yo, igual que Melo, tomo la vida como Dios me la manda, pero no se lo dije a Mariana porque me tildaría de mediocre.
sábado, 25 de octubre de 2014
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN VELIZ NO SIEMPRE ESTÁ FELIZ

Querida Mariana: hay rituales de fin de año. Uno de éstos dice que quien desea viajar todo el año por venir debe sacar, a las doce de la noche del treinta y uno, dos o tres maletas y dar una vuelta a la manzana. (Menos mal que ahora las maletas tienen llantitas.) Por eso, la última noche del año se ve a miles y miles de personas yendo de un lado para otro jalando maletas, como si las calles fuesen salas de inmensos aeropuertos.
Las maletas son chunches generosos. Sirven para guardar pantalones, camisas, blusas, desodorantes y mil objetos más que el viajero cree le serán necesarios. Los traslados por vacaciones son sensacionales. Incluso los traslados por necesidad no son tan malos. Se sabe que existe la esperanza del retorno. Los traslados que sí son fastidiosos son aquéllos que son de ida sin vuelta. Y entre estos últimos están los más oscuros: los cambios de residencia. Ir de un pueblo a otro es una experiencia ingrata. Las maletas no alcanzan. Son tantos objetos que cambian de lugar que es preciso hacer uso de cajas de madera o de cartón. Las bolsas que se usan para ir por el mandado pierden su vocación y se llenan con cepillos, rollos de papel higiénico, el alpiste de los pájaros y las croquetas del gato y de la perra.
Hace muchos años, Luis Roberto con toda su familia dejó Comitán. A su papá lo enviaron a otra plaza. Luis y yo éramos amigos. Él llegó a despedirse, me llevó dos revistas de Kalimán. Me las dio y no agregó más. Yo supe que era una manera de decirme que, a pesar de la distancia, seguiríamos juntos. (Aun cuando esto es un imposible. La gente que está distante, poco a poco, se olvida de lo que deja.) Luis se fue y (como ya dije) poco a poco nos olvidamos. Ahora, cuarenta y pico de años después no sé qué fue de él. La otra noche prendí la computadora y a través del buscador comencé la localización del amigo de hace añísimos. ¡Uf, qué labor tan difícil! En el Facebook aparecieron cientos de Luis Roberto Gómez García. Busqué uno a uno, tratando de ubicar rostros y ciudades. ¡Imposible! Sucede que con Luis Roberto nunca supe a dónde se había ido. Cuando llegué a casa y le conté a mi mamá cómo todos los amigos de su papá habían acudido a despedirlos, ella, mientras miraba por la ventana, me preguntó a qué ciudad habían trasladado a su papá y no supe qué decir. ¡No sabía! (¿A dónde lo mandaron?)
Uno pensaría que en un traslado llevamos todo. ¡Mentira! Dejamos más de lo que llevamos. Siempre es así. Cuando alguien muda de residencia llama el camión de mudanza y lo llenan de maletas y de cajas. El camión va lleno de camas, refrigerador, burós, lámparas, libros, televisores, colchones (con manchas), cajas llenas de ropa, roperos, trastos, la bacinica de la abuela y mil chunches más. (Todos son objetos.)
Cuando Luis Roberto se fue. Me paré al lado de su hermana Flor y esperé a que todos subieran al carro. El camión de mudanza ya se había adelantado. No obstante, la parrilla que tenía sobre el toldo la camioneta del papá iba repleta de cajas y maletas. Era como si en el desierto hubiesen levantado cien tiendas de campaña. Cuando el papá se despidió de todos sus amigos y compañeros de trabajo, Flor me dio la mano y me dijo: “Nos vemos”. Luis (no sé por qué) ya estaba arriba de la camioneta, desde un principio. Estaba sentado en el asiento posterior, al lado de la ventanilla, del otro lado de la banqueta donde yo estaba, tenía en las manos una revista de Kalimán y la leía (o hacía que la leía). Mientras permanecí en la banqueta al lado de su hermana, él no me vio. Yo le había llevado una piedrita azul que juntos habíamos levantado en la orilla del Lago de Montebello una vez que nos había llevado su papá. Cuando Flor me dijo: “Nos vemos” yo le di la piedra a ella. (Nunca me perdoné la acción, yo había pensado en él, mi amigo, cuando puse la piedra en la bolsa de mi pantalón.) A Flor le di la piedra y ella la guardó en su mano. “Nos vemos” dije. Ella subió al carro y vi que abría su mano y mostraba la piedrita a mi amigo. Él vio la piedra y luego volvió a leer Kalimán. Yo me había quedado solo en la banqueta de la casa de mi amigo. Todos estaban a mitad de la calle, alzaban las manos y las movían como palomas en vuelo. Luis seguía con la cabeza agachada, con la mirada prendida en la revista de Kalimán. Yo tenía los ojos nublados. Cuando el papá prendió el motor de la camioneta, sus compañeros de trabajo se adelantaron y se pusieron casi al frente y desplegaron una manta con el siguiente mensaje: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”. Pensé que, tal vez, la mamá de Luis lloraba porque igual que mi amigo tenía la cabeza agachada. Flor volteó y, por el cristal trasero, me dijo adiós. Yo pensé “Nos vemos”. Mi amigo seguía con la vista clavada en la revista. Vi cómo la camioneta avanzó y luego desapareció (para siempre) de mi vista, de mi vista llena de niebla.
La tarde que Luis se fue entendí que la gente deja más que lo que lleva. Tal vez por esto todo mundo dice que cuando alguien muere nada se lleva, ¡deja todo! Cada despedida es un poco como un anticipo de muerte. La manta de los amigos sintetizaba todo: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”; es decir, si algún día te va mal, no dudés, acá te esperamos, acán están tus amigos para ayudarte. Pero, la familia de Luis ya no volvió a Comitán. Tal vez les fue bien en otra parte y Luis ahora es un hombre exitoso, más no famoso, porque si fuera famoso ya lo hubiese reconocido en los noticiarios de la televisión. A veces pienso en las cosas que le gustaba hacer y pienso que por ahí debió haber ido su profesión. A él le encantaba jugar a construir puentes y carreteras. En los promontorios de arena del sitio de su casa siempre hacía túneles maravillosos por donde pasaban los carritos. ¿Será un gran constructor? ¿Seguirá viviendo en México? ¿Algún día su empresa lo mandó a la filial que tienen en Colombia y, con su familia, debió hacer la misma acción que él y su familia hicieron en Comitán una tarde? Sus papás no eran de acá. Un día llegaron e inscribieron en la Matías de Córdova a su hijo. Ahí nos conocimos. Nunca supe, porque nunca le pregunté, en qué ciudad habían vivido antes de llegar. (Ahora me doy cuenta que nunca supe más de su vida. Qué pena. Ahora me doy cuenta que después que se fue tampoco supe más de él. ¡Doble pena!)
Las maletas de todo el mundo no alcanzarían para llevar todo lo que deja alguien que cambia de lugar de residencia. Deja mucho, deja todo. Quien se aleja lleva lo que bien pudiera ser prescindible. Imaginemos, mi niña viento, que alguien se va y nada lleva. En el otro lugar podrá comprar, sin mayor problema, ropa, zapatos, camas, refrigeradores y los mil objetos más que envió en el camión de mudanza. Lo que no podrá adquirir jamás es ¡todo lo que dejó atrás!
¿Qué queda atrás cuando cambiamos de residencia? Dejamos cielos, patios, soles, lluvias; dejamos afectos irrecuperables e irremplazables. En el nuevo lugar de residencia nos acomodamos, llegamos a la “nueva” casa, colocamos los muebles, sembramos una planta de buganvilia en el jardín, salimos a recorrer las “nuevas” calles y comenzamos a medir el “nuevo” entorno. ¡Sí! Todo huele a novedad, todo es novedad. Lo que quedó atrás pasa a formar parte de un pasado muy reciente que aún huele a mirto, pero ya es pasado. Los sabios recomiendan enterrar lo que queda atrás y recibir como lluvia bondadosa la nueva posibilidad de vida. Pero, algo en nuestro interior reclama el espacio de las cosas abandonadas.
Los seres humanos, como víboras, siempre estamos cambiando de piel. A veces estos cambios son radicales y pareciera que se abre una ventana insólita en nuestras vidas. Como si fuésemos bordadores de Zinacantán comenzamos a hilar un nuevo rebozo. ¿En dónde queda lo hecho en nuestro lugar de origen?
A menudo recuerdo la frase pintada en la manta la tarde de la despedida de la familia de Luis. ¿De veras los corazones sembrados están dispuestos a latir cuando hay necesidad? ¿De veras quienes se quedan siguen recordando al que se fue? No todo es tan simple. Hay leyes en la vida que son inmutables. La distancia marca diferencias. La distancia comienza, desde el primer instante, a llenar de polvo el afecto. No es lo mismo tener siempre cerca a la amada. Por ahí dicen que amor de lejos… “se divierten los cuatro”. El afecto necesita de ese puente que se llama costumbre. Muchos dicen que la costumbre mata al amor, pero esto no es cierto al ciento por ciento. La costumbre (los actos repetidos) hacen que una relación permanezca. Lo cotidiano (aunque suene ilógico) es el agua que revitaliza. Quien tiene cerca a su pareja no come de ese durazno amargo que se llama distancia. La distancia no fortalece, al contrario ¡limita!
Quienes por cualquier motivo se alejan de su lugar de origen y adoptan otro jamás recuperan lo que dejaron. Hay una inmensa nostalgia por lo que se dejó atrás, incluso pareciera que se fortalece el amor a la tierra original. Piensan que esa perspectiva otorgada por el tiempo y por la distancia magnifica el amor y potencia el cariño y el afecto. Pero esto es como un espejismo. Jamás (ellos en el fondo lo saben) podrán recuperar lo que dejaron, lo que dejan cada día no vivido en el espacio amado. Viven en otras latitudes y disfrutan aquellos cielos, mientras añoran los cielos de la tierra que los vio nacer. Cuando se hacen viejos ese polvo de nostalgia les imprime a su espíritu un color de hoja de libro antiguo. ¡Dejaron de vivir lo que no vivieron! ¡Vivieron como en un universo alterno! A veces vuelven, sólo por un periodo breve, al pueblo entrañable y saben que ese pueblo ya no es el que dejaron. A ese pueblo se le nota las cicatrices y las canas. Todo ha envejecido. Ellos mismos, incluso. Pero ellos envejecieron en medio de otras ramas, sus cantos fueron otros. Sus amistades de entonces los reciben con gran algazara y les ofrecen comidas donde beben, platican y cantan. Pero hay un instante, un instante que define todo, en el que se produce un silencio, no tienen ya más que decirse. Es la hora en que deciden que sí, que es bueno regresar al otro lado. Acá ya no encontrarán lo que dejaron, porque el abandono provocó su muerte. Si entran a la casa donde vivieron su infancia, la casa abandonada, ven que el cuarto donde durmieron ya no es el mismo. Las casas sufrieron modificaciones y otra fue la voz que ordenó la rehabilitación.
Quien cambia de residencia sabe que abandona algo de su corazón. El que se aleja sabe que su corazón se va fracturado. No hay cura para este mal. No hay “curita” que pueda restañar las heridas provocadas por la lejanía. Todo cambio significa un abandono.
Posdata: ¿y qué sucede cuando la naturaleza exige un cambio radical de tiempo y de lugar? ¿Qué sucede cuando alguien abandona la vida y se interna en el territorio de la muerte? Nada lleva el que se va, lo deja todo. Apenas ayer nos enteramos del viaje de don Romeo Torres Ventura, pionero de la radio comercial en Comitán. Medio Comitán lamenta su muerte. Don Romeo nada se llevó. Dejó todo. Dicen que los muertos no vuelven. Es bueno que así sea. Sería lamentable que volvieran después de mucho tiempo y hallaran que ya nada es lo que dejaron.
Don Romeo ya no necesitó maletas. Uno no sabe, porque él siempre fue muy travieso, si el año pasado sacó su maleta la noche del treinta y uno de diciembre y la paseó por la manzana de su casa. Uno nunca sabe cuál es la medida exacta de esas vueltas. Tal vez, uno nunca sabe, le dio una vueltita de más y por eso ahora ya se fue para siempre. Esta palabra es la que duele. Siempre es así. Los amantes juran amarse para siempre. La palabra duele, porque se sabe que los amores infinitos duran lo que duran y no más. Lo único que es para siempre es la ausencia en ese viaje que no tiene boleto de regreso. Se fue don Romeo. Quiero imaginar que él, la noche previa, prendió la radio (con volumen bajo, para no despertar a su esposa) y escuchó las voces generadas en otros territorios. A veces, la gente tiene ganas de estar en otras partes. A veces la gente se aburre de lo rutinario de esta vida comiteca y sueña con volar. Tal vez don Romeo soñó de más. Lo bueno es que se despidió sin despedirse. Prendió su radio y su voz salió “al aire”. Sí, ya don Romeo Torres Ventura se confundió con el aire, se volvió aire.
Yo no tengo costumbre de realizar algún ritual en la última noche del año. Mi vida es tan rutinaria que llego al extremo de no esperar la llegada del año. No debo esperarlo a él. Que él me espere. Se me hace horrible la espera. Nunca me acostumbré a ir al andén a esperar la llegada de alguien. No me gustan los andenes, ni las salas del aeropuerto, ni las terminales de camiones. Me gusta la vida cotidiana, la que no se despide, la que no cambia, la que no viaja, la que aspira el aire, desde el mismo balcón, el de siempre. No me gusta decir: “Nos vemos”. Por esto, tal vez, a Luis no se lo dije jamás.
miércoles, 22 de octubre de 2014
FLOR DE JARDÍN

Florecita Esponda vive en Comitán. Ella fue Directora de la Casa de la Cultura en dos ocasiones. ¡Dobleteó! Ahora se dedica a vainas periodísticas y a cuestiones de sanación. Podíamos decir que está de moda. ¿Hay flores de moda? Cuando menos nuestro personaje ¡sí! Sí, porque en el libro de poesía más reciente del gran poeta Roberto López Moreno, ella, toda, ¡es el verso de un poema! ¿Qué dice López Moreno, uno de los poetas más importantes de Chiapas? Hace un juego con su nombre. Roberto escribe un poema que se llama “Comiteca” y cuyo único verso dice: “Flor es ponda”. Punto y aparte. Una ingeniosidad del ingenioso. El poema en cuestión puede hallarse en el libro “Meteoro”. Dicho libro fue presentado por su autor en la reciente Feria del Libro Chiapas Centroamérica que se celebró en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, como uno más de los actos celebratorios por los cuarenta años de la fundación de la Universidad.
El otro día me topé con la maestra Florecita y le pedí un testimonio acerca de Rosario Castellanos. Lo hice porque me enteré que la mamá de Florecita fue amiga íntima de Rosario. Paso copia de lo que ella dijo:
“Rosario y mi mamá fueron muy amigas. Cuando se cierran las escuelas en Comitán, don César contrata a la maestra Ana María Román, para que le dé clases a su hija en su casa y así termine sus conocimientos de primaria. Rosario invita a su amiga Sara (mi mamá) y entonces las dos terminan la primaria ahí. Mi mamá se llamaba Sara Natividad Argüello Solís. Era mayor que Rosario, nació en el 22. En la novela la familia importante es Argüello, ahí Rosario da un cachito de su novela a la familia Argüello.
“En el 69 Rosario vino a Comitán con su novela “Oficio de tinieblas”. Está presente mi mamá. Se saludan, se abrazan. Yo tenía como veinte o veintidós años. Le doy un ramo de flores. Me autografía el libro. Ella se va a cenar a la casa del maestro Óscar y de Olguita. Ese acto fue en el auditorio de la Casa de la Cultura, cuando era la prepa. Creo que fue una invitación de la presidencia municipal. Rosario se dejaba venir a echarse una vueltecita dos o tres días para ver a sus amistades.
“Hay un pasaje terrible que yo he narrado. Rosario en alguna ocasión estuvo tuberculosa, entonces todos los amigos huyeron de ella. En ese tiempo nadie se podía acercar a un tuberculoso, era una cuestión mortal. Entonces en ese tiempo hasta el novio, que en ese entonces era Wilberto Cantón, desapareció. Su amigo del alma, Fedro Guillén, era el que llegaba a visitarla en el hospital donde estaba. Pero ella se recupera y viene a Comitán. Mis abuelos tenían una tiendita en la esquina de mi casa, que está frente a Ulises. En ese tiempo las calles estaban empedradas, estaban los burritos con agua. De pronto va pasando Rosario, a la mitad de la calle, entonces sale mi abuela y le dice ‘Chayito ¿qué es esto?, ¿por qué así?’ Y Rosario se pone a llorar y dice, doña Cuquita, ¿me va a usted a recibir?, ‘sí, Chayito, ¿por qué no?’; pues es que todos me cerraron las puertas y me tuve que ir a un hotel. Todos los parientes, las amigas del alma, le cerraron las puertas y se tuvo que ir a un hotel porque nadie la quiso recibir en esa ocasión.
“El siete de agosto de 1974 muere rosario. Cuando me entero es algo caótico para mí. Yo ya había visitado a Rosario en su casa, nos habíamos encontrado, platicábamos de vez en cuando. Cuando ella vino en dos ocasiones de Israel a México tuvo la gentileza de llamarme para saludarme y enviarle saludos a mi mamá. Me envió una carta que perdí en alguna casa de huéspedes por donde anduve. En el 74 yo vivía en la ciudad de México. Yo trabajaba en oficinas del ISSSTE, y es ahí que me entero de la muerte de Rosario y del homenaje que le harían en Bellas Artes. Fui al homenaje. Pero me sentía muy mal. Por la amistad ya leía a Rosario y todavía la sigo leyendo.”
Hasta acá el testimonio de Florecita. Palabras que ayudan a seguir completando ese rompecabezas maravilloso que se llama Rosario. ¿Comiteca? Ya lo dijo Roberto López Moreno: “Flor es ponda” ¿Qué es ponda?
lunes, 20 de octubre de 2014
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE HAY UN NIDO
Imagino que Dios hizo así el universo (los universos). Con ramitas y con semillas, Dios construyó el universo. Porque la esencia del Todo es humilde y sencilla. Humilde como vara delgada; sencilla como semilla.
De la semilla ¡la semilla! Todo está en la forma.
Una niña, sonrisa de Dios, pasó el parque, halló las ramas y las semillas en el pasto y formó un nido, que es como un Universo, porque es la esperanza de la vida.
¿Ven la perfección de la forma? ¿Cuánto tiempo empleó la niña en construir el nido? Ella, sin duda, será una madre amorosa. Con cuidado eligió las ramitas y formó un muro circular, algo como un horno para calentar la vida. No fue rectangular, porque el círculo es la forma precisa para resguardar el deseo.
La niña, con pericia, con precisión, unió las varas hasta formar el tejido que acá se observa. Una vez hecha la casa para el sueño, buscó las semillas que son como aves, que son como crías para el vuelo.
Sobre un murete hecho con piedra y cemento, la niña formó la construcción más importante: la de la vida, la de la muerte.
Su mamá la llamó. “Ya, hija, se hace tarde”, dijo la mamá que estaba sentada más allá, cuidando de su cría, pero sin ver la maravilla que ella había creado. La niña se paró, se limpió la ropa y fue a donde la mamá la esperaba. La mamá tomó el bolso, le dio la mano a su hija y caminaron por el parque. Se perdieron en una esquina. El nido quedó solo. Como una mandala quedó expuesto al tiempo. ¿Quién -¡Dios mío!- alimentará a esas semillas que son como crías de cenzontle? ¿Cómo se protege un nido, esperanza de luz? Es imposible llevarlo a otra parte, es imposible colocarle una campana de cristal para protegerla del viento, del huracán, de la bestia.
La niña ya estaba lejos y Mariana y yo veíamos ese nido que con sus manos había formado. ¿Qué hacer ante la perfección si ésta es frágil y débil?
Mariana dijo que nada podía hacerse. Cuando menos, pensé yo, capturamos la imagen en la cámara, pero un instante pensé que eso era un absurdo. Acá, la fotografía nada vale, es como mera refracción de un sueño inconcluso.
Mariana dijo que antes que el nido deberíamos cuidar y proteger a la niña, mano de Dios.
Ella, dijo Mariana, es capaz de hacer mil nidos como éste, mil universos. Ella es un Dios, dijo. (No dijo Diosa, dijo Dios.)
La tarde amenazaba lluvia. Caminamos. Compramos esquites y los comimos sentados en las gradas de la Casa de la Cultura. Comimos sin hablar. Pensábamos en el nido olvidado. En el nido hecho con ramas quebradizas y delgadas. Pensamos en las semillas del árbol, crías de cenzontle.
domingo, 19 de octubre de 2014
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA LUZ ES MÁS QUE LA LUZ
Es el salón de actos de una universidad. Al fondo se ve un par de cortinas que cubre la luz del patio. Por esto dos lámparas sustituyen la luz natural. ¿Paradoja? No, simple cauce natural de los tiempos. En el primer plano, una asistente a la conferencia sonríe, es una muchacha bonita emocionada. Es bueno decir ahora que no todo mundo se emociona con Julión Álvarez ni con Arjona. Hay gente inteligente que se sorprende ante la inteligencia, ante la luz de la creación. Ella sonríe porque el autor literario (José Martínez Torres) firma su libro (La isla en el lago). Quienes están detrás apuran los pendientes. Durante una hora, el escritor charló con jóvenes universitarios, platicó cómo inició su novela. La sala estuvo repleta de muchachos, todo era como un árbol lleno de pájaros dentro de sus nidos, un poco como si, con el pico abierto, esperaran su alimento. Se sabe que cuando los jóvenes se reúnen hacen la algazara de mil pájaros en los árboles de las plazas, a las seis de la tarde. Esta charla fue en la mañana, pero igual, los muchachos eran como un racimo de promesas.
¿Qué escribe el autor? Sólo él y la muchacha bonita lo saben. Este instante, cuando un autor está cerca de un lector, es un momento prodigioso. Es un poco como un pase de estafeta en la carrera de la vida. Puede ser que el lector sea tocado por la luz de ese instante. Ella (podemos imaginar) le dio la mano al escritor y agradeció la firma, él vio a quienes conformaron su staff esa mañana y preguntó qué seguía en el itinerario (en realidad, esa mañana el itinerario marcaba ir al hotel, comer, descansar un poco para continuar, a las seis de la tarde, con otra conferencia en el vestíbulo del Teatro Junchavín. (Llegó más gente de la esperada, por lo que la conferencia debió realizarse en el interior del teatro.) Ella salió, alcanzó a sus compañeros y éstos se arremolinaron en torno suyo y le preguntaron qué había escrito el autor. Ella, aún emocionada, con esa sonrisa de libro nuevo, abrió el libro y leyó. Llevó el libro a su pecho y lo abrazó como si fuese un hijo, como si fuese un amante. Ella (podemos imaginar) guardó el libro en su mochila, subió al transporte universitario, platicó de muchas cosas con sus compañeros, rio, pidió bajada en una esquina, caminó y llegó a su casa. En su casa tiró la mochila sobre un sofá, entró a la cocina, saludó a su mamá, comió y, ya, en la tarde, descansada, abrió la mochila y halló el libro que, en la mañana, el escritor le había dedicado. Podemos imaginar que ella se recostó en el sofá, se descalzó, subió los pies y abrió el libro. En el momento que abrió el libro abrió el mundo. Todos los lectores del mundo que ese instante es sublime. Ella se abrió como una isla en el lago y dejó que el aire circundante la rodeara. ¿Hasta dónde llegó? Sólo ella lo sabe. Pero, todo este acto de luz fue propiciado por el instante que captó la fotografía: el instante en que una muchacha bonita se acerca al escritor y pide la firma del libro.
¿Qué escribió el autor? Sólo él lo sabe, sólo ella lo sabe. Por esto, se dice que acá hay un puente, un puente que él tiende a la otra orilla y que ella cruza con gusto, con el gusto de saber que la vida puede ser este momento en que un hombre, con una pluma, nada más, tiende algo como una línea de luz en la Vía Láctea.
Dos lámparas sustituyen la luz natural, pero no son las lámparas que están sobre el techo, es la luz que está acá al frente, dos lámparas votivas: la del autor y la de la muchacha bonita que está a punto de leer.
sábado, 18 de octubre de 2014
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL OFICIO NO HACE AL MONJE
Querida Mariana: hay mil un oficios en el mundo. Hay oficios agradables y oficios difíciles. Siempre he dicho que el oficio de campanero del camión de basura no es fácil. Hay otros que son más complejos y pesados. El otro día vi a un hombre con medio cuerpo adentro de un registro de albañal. Yo estaba a cincuenta metros y aún ahí se sentía el olor a caca, repulsivo. Y el pobre hombre, por necesidad, tiene que estar, todos los días, como cuch, oliendo y batiendo mierda.
Ser lector ¿es un oficio? Hay millones de lectores en todo el mundo. Las estadísticas dicen que en México no hay muchos lectores. No hay tantos como en países de Europa, pero ¡sí hay millones de lectores! Muy pronto será la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, y nos enteraremos que más de setecientos mil potenciales lectores acudieron. ¡No es una mala cifra! En Comitán ¡la gente lee! Me cuentan los amigos de Coneculta-Chiapas que cuando se instala una feria del libro, en el parque central, mucha gente compra libros. ¿Qué leen? Ah, bueno, esto ya es otro cantar. Muchos jóvenes leen a Paulo Coelho. Hay esperanza de que luego pasen a lecturas más inteligentes. Ya te conté que una vez estuve, en Jalapa, con el escritor Sergio Pitol (éste sí un escritor inteligente) y me dijo que, por favor, no leyera al brasileño Coelho. Me sugirió leer al brasileño Rubem Fonseca. (Yo nada le dije, pero en ese momento, en mi cuarto tenía una antología de cuentos de Fonseca. Éste otro ¡también gran escritor!)
Un oficio que a mí me da ñáñaras es el de limpia vidrios, en Nueva York. He visto en fotografías a hombres que, sostenidos por cables y cuerdas, limpian los cristales del piso treinta y dos de un rascacielos. ¡Dios mío! ¿Qué siente ese hombre que está apenas suspendido por una cuerda a una altura mayor a cien metros del piso? ¿Se siente pájaro? ¿Se siente mota de polvo? ¿Piensa en la posibilidad de que, en el instante que lava un cristal, un temblor aparezca, tire la estructura que sostiene la cuerda y él, como avioncito de papel, vuele en caída libre y se despanzurre en el cemento del suelo?
Así como hay oficios ingratos, hay oficios luminosos. La lectura es el oficio más cercano a la felicidad. Y digo que la lectura es un oficio, porque si bien hay millones y millones de lectores que leen por placer, por hobby, hay miles que lo hacen por oficio. Hay gente que recibe dinero por leer, y reciben buen dinero. Un ejemplo es el crítico literario. A este amigo lo contrata un periódico, el New York Times, por ejemplo, para que lea las novedades literarias y ejerza un juicio estético. Cuando un crítico tiene un gran prestigio puede convertir a una novela en un best seller (leída por millones de lectores) y, asimismo, puede, como si fuese obrero de albañal, hacer caca el prestigio de un autor. ¿Imaginás ser lectora y recibir miles de dólares al año por ejercer tu oficio? Los críticos literarios se la pasan en presentaciones de libros y en Ferias de libros; se la pasan leyendo todo el día. Piden un café o un ron o un güisqui, se sientan en un sofá tapizado con cuero, prenden una lámpara de pie, y leen. De vez en vez hacen anotaciones en su Ipad y siguen leyendo. Cuando terminan la lectura de una novela ¡escriben su reseña! Al día siguiente, miles de lectores en todo el mundo leen su opinión y la valoran. Si el crítico dice que la novela es buena, ésta se vende como pan caliente; si dice que es mala, la novela se queda en la mesa de novedades y sólo la mamá del escritor, ocasionalmente, compra un ejemplar para regalar al tío Ausencio. Claro, debe llegar un momento en que la lectura “obligada” debe ser una carga. Por esto (todo mundo lo sabe) la lectura no debe ser por obligación ni por necesidad, la lectura debe ser por el placer de subir todos los días al Everest sólo por el gusto de ver el horizonte desde esa altura.
Otro oficio maravilloso es el que ejerce el crítico de cine. ¿Imaginás la gloria de ver cine todos los días? ¿Imaginás el privilegio de asistir a todas las muestras de cine en el mundo? ¿Tener cerca de vos a los grandes directores y actores? ¿Imaginás el goce de estar en Cannes, Francia, y ver caminar, aunque sea de lejos, a Sophia Loren, en la alfombra roja? Hubo un tiempo en que imaginé que podía ejercer este oficio. Vos sabés que soy cinéfilo de corazón. Te he contado que mis papás fueron grandes aficionados al cine. Todos los domingos íbamos al Cine Montebello (bueno, yo iba a la matiné del Comitán y, entre semana, iba dos o tres veces a uno o a otro cine. Por esto, luego no entregaba tareas. ¡Ay, que Dios y el maestro Hermilo Vives me perdonen, pero era más importante -y aún lo sigue siendo- ver a Brigitte Bardot en el cine que resolver el problema de álgebra!)
Siempre pienso en el hombre que se encarga de prender el faro en una isla. ¿Qué más hace? De igual manera pienso en los hombres y mujeres que trabajan en una plataforma petrolera en medio del mar. Ellos deben permanecer en su puesto de trabajo dos o tres meses, cuando menos; luego, un barco o un helicóptero debe llegar por ellos, para llevarlos a “la civilización”. ¿Cómo viven los hijos que ven a sus padres cada cierto tiempo, porque sus papás laboran en una estación meteorológica en lo alto de una montaña?
Hay oficios jodidos y oficios luminosos. Mi oficio, gracias a Dios, es de estos últimos.
Cuando Gonzalo Ruiz Albores fue presidente municipal de Comitán, Lucely (su esposa) me llamó y dijo que quería hablar conmigo. Fui a su oficina y, después de ofrecerme asiento y una taza de café, me dijo que Gonzalo quería invitarme a que yo fuera el Director del DIF Regional. El gobernador Absalón Castellanos había mandado construir el complejo que está por el panteón y que alberga escuelas y el DIF municipal y el DIF regional. Lucely me dijo que tendría una camioneta con chofer a mi servicio y que tendría la potestad de elegir a mi personal (más de cuarenta personas). Le dije que agradecía la deferencia y que me permitiera responderle al día siguiente, pues lo comentaría con Paty.
A la hora de la comida llegó mi mamá a casa y me dijo que si era cierto que iba a ser el Director del DIF Regional. Una señora había llegado a su tienda y le dijo: “doña Hildita, ya sé que Alejandrito será el director. Por favor, dígale usted que mi hermana está buscando trabajo, que le eche la mano”. ¡Por el amor de Dios, aún no le había dicho a Paty la noticia y ya medio Comitán la sabía! Comenté con Paty y con mi mamá lo que haría al día siguiente y ellas, con un poco de resmolición, me apoyaron.
Al día siguiente se repitió el ritual, Lucely (mi querida Lucely) me ofreció asiento y una taza de café en su oficina. “¿Qué decidiste?”, me preguntó. Yo me acomodé en el asiento y pedí que le dijera a Gonzalo que me nombrara Director de la Biblioteca Pública Municipal, que por esos días estaba por inaugurarse. Ella se sorprendió. Repitió los privilegios que tendría aceptando estar en el DIF Regional y remató diciendo que el sueldo era mucho más en el DIF que en la Biblioteca. Sí, dije, lo sé, ya lo platiqué con mi familia (por eso la resmolición de mi mamá y de Paty), pero, insistí, mi mundo son los libros. Así me convertí en el primer director de la biblioteca y permanecí ahí hasta que recibí un comunicado de Conaculta (a nivel federal) donde informaban que la solicitud de una librería Educal había sido aceptada. Renuncié. Dejé los libros de la biblioteca y me metí en la venta de libros. Esta aventura tardó dos años por razones comprensibles. Tres o cuatro comitecos tenían la sana costumbre de comprar libros, el resto (cincuenta y tantos mil comitecos) bien podían vivir sin libros, ¡vivían sin libros! Llegó el momento en que las autoridades de Conaculta levantaron la librería que yo había montado en el Pasaje Morales. Yo insistí. ¡Estábamos sembrando! Sí, dijeron ellos, pero la cosecha está muy “pishcul”.
Mis oficios relacionados con los libros han sido luminosos. Por desgracia, también han sido miserables, porque no permiten vivir con dignidad. Los ingresos son tan magros que uno apenas sobrevive (cuando bien va).
Mi oficio de escritor ¡es maravilloso! Destino horas y horas y horas a dicha actividad; horas y horas que son casi casi la felicidad. El problema está en que uno no puede vivir de ello. ¿Quién, por el amor de Dios, compra uno de mis librincillos? Cinco o seis lectores manifiestan su gusto por mi escritura y dicen que qué bonito; me alientan a que siga escribiendo. Cuando un librincillo mío se pone a la venta, los cinco o seis lectores desaparecen. En ocasiones cuesta que los acepten de regalo. Y el problema mayor está en la lectura. ¿Leen mis librincillos? No. El otro día, un amigo me dijo que intentó leer una de mis novelillas, pero que le pareció muy complicada y la dejó. ¿Debía colgarle una medalla porque había hecho, cuando menos, el intento?
Hay oficios gratos y hay oficios ingratos. El oficio de escritor es las dos cosas a la vez. Un amigo (de esos pagudos, que tienen harta lana) me dijo un día que el gobierno del estado debería darme una beca, de por vida (así lo dijo), para que yo me dedicara sólo a escribir. Le dije que eso no se daba, era un sueño irrealizable. Estaba más cercana la posibilidad de que él fuera mi mecenas. Le expliqué que hubo un tiempo en que los pagudos apoyaban a los creadores y que, gracias a ellos, el mundo ahora tenía obras maravillosas. Él me quedó viendo (lo vi como si lo pensara y pensé que estaba a punto de decir que sí), me abrazó y dijo: “A ver qué día vamos a comer. Yo invito”. Cabrón, pensé, como sabe que casi no como.
Entonces pensé en el oficio de limosnero. Mucha gente cuenta historias maravillosas acerca de limosneros; dicen que algunos son millonarios; otros cuentan que los hijos explotan a sus padres, ya viejos: por la mañana los llevan a alguna esquina y los obligan a pedir limosna toda la mañana. Como a las cuatro de la tarde pasan por ellos y los “pasan” por la báscula. Si lograron recaudar suficiente dinero les dan dos o tres tortillas con un pedazo de pollo empanizado; si no alcanzaron la cuota, los castigan a fin de que aprendan la lección y al día siguiente consigan más dinero.
Hay mil y un oficios en el mundo. Algunos son como ventanas a patios luminosos, otros son como galeras oscuras. Pienso en los veladores, en los catedráticos universitarios, en los que barren las calles, en los que pilotean aviones o helicópteros; pienso en las putitas que, en las noches, se dejan manosear por borrachos y que en ocasiones las golpean o las matan; pienso en los taxistas que, a las tres de la madrugada, les indican un domicilio alejado del centro de la ciudad. Hay mil oficios que son como el vuelo de una mariposa; mil oficios que son como una flor podrida. Pienso en los voceadores, que a las cuatro de la mañana, van por el periódico; pienso en los periodistas que, a la misma hora, cubren la nota policiaca.
Si alguien me preguntara, en un mero juego, qué oficio me gustaría ejercer en la vida, no dudaría ni un instante, respondería que los oficios que ejerzo. Soy feliz a la hora de escribir, soy feliz a la hora de pintar, soy feliz a la hora de leer. Sería maravilloso que estos oficios me dieran paga. Sé que hay escritores que viven de la venta de sus novelas; sé que hay pintores que viven de la venta de sus obras; sé que hay lectores que viven de esa profesión. Algo se trabó en la maravillosa línea del universo. Hubiese sido tan agradable que ese camino llegara hasta arriba. Se quedó en el mero placer de la creación. Ya no llegó más allá. Esto que te cuento es la historia de miles y miles de seres humanos. ¿Cómo se completa ese camino donde el creador vive, ¡y bien!, de sus creaciones? Ese es el misterio más grande del mundo. Es más fácil descubrir el hilo del origen del Universo que descubrir los hilos que hacen que un creador no se muera de hambre.
Posdata: cuando a Julio le pregunté, como mero juego, qué oficio le gustaría ejercer en la vida, me dijo que le gustaría ser un junior, un hijo de papi. Me dijo que ese es el mejor oficio del mundo. Y entonces pensé en los pocos reinados que quedan en el mundo y cómo muchos habitantes, de España, por ejemplo, critican esos rancios injertos de tiempos caducos. ¿Cuál es el oficio de una princesa? He visto fotografías donde aparecen en yates, bronceándose y tomando bebidas que se antojan con sólo verlas. ¿Ese es el oficio de una princesa? No se ve que sea un oficio muy complicado y, además, tiene el agregado de que no se preocupa por la sobrevivencia. Las princesas viven en palacios y beben los mejores vinos y comen los más regios platillos. En México no hay monarquías. No obstante, Julio dice que la clase política vive como tal, dice que los mexicanos somos como súbditos. ¿Qué decís a eso?, me pregunta. Yo contesto que no sé, ¡qué voy a saber! Yo, dedico la mayor parte de mi tiempo a ejercer mis oficios maravillosos: la lectura, la escritura y la pintura (¡pura tura!, como decía Cortázar). Mis oficios no me dejan paga, no me permiten vivir como príncipe, pero me dan la savia suficiente para vivir casi con felicidad, dentro de la sobrevivencia, y esto es una bendición.
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