sábado, 3 de enero de 2015

CARTA A MARIANA, QUE HUELE A SOL




Querida Mariana: ¿a qué huele Comitán? Comitán tiene aromas cálidos y afectuosos. A veces, a las siete de la mañana, cuando uno se sienta en el parque central y toma un vaso de jocoatol caliente Comitán huele a patio luminoso. Es un aroma que no puede hallarse en otro lugar del mundo, dan ganas de agarrar un pomito y guardar un poco para tiempos en que asoma el olor a caca; dan ganas de untárselo al corazón.
Comitán es un pueblo mágico. El nombramiento fue muy claro, lo dieron por lo que somos. Fue el reconocimiento a lo que juntos hemos construido. Nadie le da el título de pueblo mágico a un pueblo que huela a mierda. Por esto, me resisto a pensar que nuestro pueblo huele a podredumbre. Comitán huele a cielo limpio; a tenocté; a tejado donde el sol resbala; al agua que salta sin prisa por la Calle del Resbalón. Comitán tiene el aroma de muchacha bonita recién bañada. Comitán huele a nubes jugando chinchinagua por su valle; huele a una rodaja de butifarra con limón; huele a papalote a mitad del cielo. Ya lo dijo Sabines (el poeta) Comitán tiene el aroma del aire, de la quietud del aire; del aire que, como chinita, se posa en las ramas de los árboles.
Juan Carlos Gómez Aranda comentó un día de éstos que ya pronto se iniciará con la inversión de la planta tratadora de aguas. Esta es buena noticia. Va en el sentido donde camina la voluntad de los comitecos: seguir preservando el aroma único y bondadoso de esta tierra.
¿Cuál es el aroma de Comitán? Es el del afecto de los comitecos; de los patios llenos de claridad y de helechos; de los corredores con sus pilares de madera y sus pisos de ladrillo que huelen a gloria cuando las mamás riegan agua sobre ellos. Comitán huele a chimbo, a pan compuesto, a olla podrida, a una copa de buen comiteco. Comitán huele a palmito, a penpenchile en frasco de mayonesa. El aroma de este pueblo es el que revolotea en las entradas de velas y flores.
Muchos se rasgan las vestiduras en intento de ofrecer más atractivos a los turistas. ¡Por Dios de los misericordiosos! ¿No han entendido que Comitán ha sido nombrado pueblo mágico por lo que tiene? No otorgaron el nombramiento por lo que puede venir, sino por la historia que se ha preservado. ¿Qué ofrecer al turista? Basta abrir la mano, como siempre lo hemos hecho, para que los miles y miles de turistas encuentren un corazón maravilloso. Un corazón que no existe en algún otro lugar del mundo. ¡Comitán es único! ¿No hay vida social en las noches? ¿No hay antros? ¡No, no hay! Esto es lo que tenemos que vender. Al mundo debemos decirles que acá, en un rinconcito de esta patria, hay un pueblo tranquilo que ofrece noches apacibles, noches para comulgar el pan que ofrece Dios a los hijos buenos. ¿Quieren discotecas? ¡Ahí está Acapulco, con sus maravillosas playas y su arena cálida! ¿Quieren andadores llenos de bebederos? Ahí está San Cristóbal de Las Casas con su oferta abrumante de personas que van de un lado para otro. ¿Qué buscan los turistas? La mercadotecnia actual da cuenta que hay mil posibilidades. No a todo mundo le gusta la playa, no a todo mundo le gusta el desmadre. Hay gente que busca la posibilidad de hallar un lugar donde pueda descansar, donde las vacaciones sean un reencuentro con Dios. Bueno ¿qué buscan? Acá está Comitán, pueblo bendito, pueblo mágico que (perdón por la pinche insistencia) lo es por lo que tiene. ¿Hemos pensado por qué muchas personas que visitan Comitán quedan prendados? Pues porque somos lo que somos, porque ofrecemos lo que tenemos, porque somos un pueblo que es como una flor sencilla pero llena de aromas.
¿Por qué no más gente se queda acá? Los criterios han cambiado, pero hasta hace poco, Comitán era considerado un lugar de paso, entre San Cristóbal y Los Lagos. La gente no quedaba a dormir acá. Ahora la oferta hotelera ha crecido, en número de habitaciones y en calidad (quiero pensar que así es) y ya más gente se queda a dormir acá.
¿Qué nos falta? No sé. No soy experto en turismo, pero el sentido común indica que nos ha hecho falta bulbuluquear lo que somos: un pueblo mágico, único. Basta decirle a todo el mundo (con una campaña publicitaria relevante) que Comitán tiene un aroma único. Este pueblo huele a prodigiosos remates visuales. Comitán es una ciudad para caminar. (Ya es hora de comenzar con un agresivo proyecto para modificar esas banquetas de lajas que tanta inseguridad provocan en los caminantes. Ya es hora de que comencemos a cambiar para bien, sin transformar el sentido cultural único de nuestro pueblo.)
Vendamos las imágenes idílicas que promete este pueblo. Que los expertos realicen programas especiales para el turismo. El otro día fui por la zona de Los Riegos y quedé impresionado por los remates visuales que ofrece esta ranchería. Ahí están los muretes de piedra que fueron característicos en el pueblo. La vista de los árboles (no sé cómo se llaman. ¿Son sabinos?) al lado del río grande es un espectáculo lleno de luz y de vida. Caminé por la ribera del río y sentí un aroma de flor amarilla a punto de convertirse en sol. Luego subí por una ranchería que permite una panorámica de La Ciénega. Y aun cuando la gente mayor se queja de la degradación de ese espacio, todavía es una imagen que es como ungüento para el espíritu. Bajé del carro, busqué una sombrita, me senté en una piedra y miré, en la distancia, en la línea del horizonte, el caserío de Comitán. ¡Ah, qué belleza! Comitán desparramándose por la colina; las casas, como si fuesen cabras, sosteniéndose en la empinada montaña. Y estoy hablando, niña mía, sólo de dos espacios. Dos espacios que aún se conservan más o menos originales.
Nos hace falta vender de buena manera a este pueblo. Y no sólo para los turistas. Nos hace falta venderlo para nosotros, para los pobladores. Este pueblo no se hizo para que fuese una moneda de cambio o de trueque. Este pueblo se hizo para que quienes vivimos acá vivamos de buena manera. No podemos permitir que se cambie su vocación de hogar. Este pueblo lo hemos construido todos con mucho amor. Su voseo y su cantadito es parte de nuestra identidad. No podemos permitir que lleguen novedosos modos de hablar y nos roben lo que con tanto esmero hemos preservado.
Comitán tiene un aroma único en el mundo. No puede ser una mala copia de otros pueblos o de otras ciudades. Si logramos vender bien lo que somos, lo que nos distingue, no debemos preocuparnos, el turismo llegará. No modifiquemos nada de lo que somos, no le agreguemos algo. Lo único que debemos hacer, es luchar a brazo partido para que su esencia no se trastoque, para que su magia no se modifique. Somos un pueblo mágico, único. El otro día, en la prestigiosa revista “México Desconocido”, José Luis Aranda hizo un reportajito de nuestro pueblo y mencionó nueve esencias que les llamó “las nueve estrellas de Comitán”. ¿Cuál fue la primera estrella? ¡Su gente! ¿Mirás qué río de aguas tan limpias? Sí, estoy de acuerdo con José Luis, su gente hace la diferencia, no somos tuxtlecos, ni coletos, ni chiapacorceños, ni chilangos. ¡Somos comitecos! Auténticos, originales. Ahora sólo falta reflexionar un poco en lo que significa ser comiteco y hallaremos las puertas del cielo. José Luis siguió con su relación y mencionó ocho estrellas más. Luis Aguilar, nuestro escultor, leyó el reportaje de José Luis y dijo que Comitán es más, mucho más. Claro que sí, por esos somos un pueblo único. Pero, como dicen que para muestra basta un botón, copio acá las otras estrellas que José Luis (con mirada de turista, con mirada asombrada) escribió: segunda estrella: la cultura tojolabal; tercera: mercado primero de mayo; cuarta: parque de La Pila e iglesia de San Caralampio; quinta: parque de San Sebastián; sexta: Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos; séptima: pan compuesto. ¡Sí, el pan compuesto se erige como la máxima presea de la gastronomía comiteca! (¿Y el chicharrón de hebra y demás hierbas de olor que hacen única a nuestra comida? Alex Hiram atendió a José Luis y lo llevó a uno de los Foquitos y ahí nuestro reportero estrella quedó prendado, para siempre, del sabor único del pan compuesto). ¿Cuál fue la octava estrella? El Hotel Delina, de Mauricio Castellanos. ¡Por supuesto! Este hotel tiene todas las características de una casa comiteca con los avances de la modernidad. Mauricio respetó la tradición y la continuidad. Esa es la lección para Comitán. No copiemos algo de afuera. Seamos nosotros, insertos en el siglo XXI. ¿La novena estrella? La Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.

Posdata: ¿Qué buscamos? ¡Tenemos todo! Somos poseedores de un pueblo simplemente único. Sólo nos resta conservarlo, quererlo, mimarlo, preservarlo. ¡Que viva mi Mariana y mi Comitán! ¡Cotz para todos!

miércoles, 31 de diciembre de 2014

ANTES DE QUE ACABE EL AÑO





Leo a Paul Auster. Ah, qué bobera, diría el tío Armando, terminás el año como lo comenzaste, qué bobera. No sé qué libro leí al inicio de año, pero sí, comencé el año leyendo y lo termino de igual manera. ¡Qué bobera!, diría el tío. Me pasé el año ¡leyendo! Bueno, no tiene algún misterio. Así ha sido mi vida, desde hace muchos, muchísimos años. Y cualquiera pensaría que mi vida se me ha ido leyendo. Si John Lennon estuviese a mi lado diría: “La vida es eso que pasa a tu lado mientras vos leés! Así ha sido y no lo lamento. Si alguien preguntara la clásica de: “Si volvieras a nacer, ¿qué cambiarías?”. Tal vez muchas, pero una que jamás cambiaría sería la lectura. ¿Cómo renunciar a lo que ha dado real y verdadero sentido a mi vida?
Leo a Paul Auster. Leo el libro “Diario de invierno”. Apenas comienzo. Tal vez sea uno de los libros con los que iniciaré el 2015, que ya está a la vuelta del día. Otro libro que me acompañará en el final de este año y el inicio del otro es un libro de Milan Kundera, el clásico de ensayos que se llama “El telón”. También tengo el de Joyce Carol Oates, “El sepulturero”. Librincillo que por ahí quedó pendiente, porque luego le entré a “Necrópolis”, de Santiago Gamboa, libro que Quique me regaló. A veces sucede eso, dejo un libro por otro, lo catafixio o lo voy campechaneando.
Lo mismo sucedió con el de Gamboa, porque (ya ni sé cómo) se me atravesó un libro del autor de “El Perfume”, Patrick Süskind. El librincillo que cayó como si cayera del cielo es un libro sencillo que se llama “La historia del señor Sommer”.
Y bueno, no se trata de andar como de presumido, como si hiciera mil viajes y tomara mil fotos y las subiera al facebook para que los demás amigos sientan envidia. Porque, lo sé, la mayoría de mis amigos no tiene envidia de mi vida; al contrario, ellos lamentan que yo sea como soy y me ven como si estuviese solo, sentado en una banca del parque, sin amigos ni chucho que me ladre. Pero yo, en lo interno, sé que esta vida es la más placentera que pude elegir o que Dios me concede, porque soy su consentido.
Igual que los compas que han viajado mucho, yo también podría presumir de todos los viajes que realicé en este año. Viajé mucho, conocí mil historias, viví mil vidas. Esto no es poca cosa. Al contrario. Y todo lo hice sin pasar de Chacaljocom.
El libro de Auster, que ahora leo, tiene unas líneas donde dice que tiene cinco años, se acerca a la ventana y ve la nieve y ve cómo las ramas de los árboles se llenan de nieve. ¡Nunca en la vida real he estado en un lugar donde la nieve sea como el pan de todos los días! Bueno, una vez, en la ciudad de México, Quique me invitó a que fuéramos al Ajusco, porque había caído nevada la noche anterior. Fuimos. Él, en cuanto llegamos, se tiró sobre el césped lleno de alfileres helados, abrió los brazos con la cara hacia el cielo y dijo que eso era lo máximo. Yo lo veía, parado, con las manos adentro de las bolsas. Cuando él me dijo que me tirara, dije que no, dije que no me gustaba el frío (bueno, en realidad ni siquiera el calor me seduce). Me gusta Comitán porque su clima no es extremo, pero ya he contado que jamás camino descalzo. Hay muchas cosas en la vida que no hago. Lo que no me atrevo a hacer en la vida real lo vivo a través de los personajes. Casi casi estuve al lado de Paul a la hora que se acercó a la ventana y miró el campo lleno de nieve. ¡Nieve de verdad, no simulacros como ese que vivimos en El Ajusco! Vi, junto a Paul, el ambiente solitario que produce la nieve, que ahuyenta a los pájaros y a todo lo que huele a vida. Respiré el silencio que se da en un campo lleno de nieve. (¿En dónde se refugian las aves cuando hay una nevada?)
Comencé el año leyendo y así lo terminaré. Así como lo comencé escribiendo y, espero, terminarlo de la misma manera. ¡Qué bobera!, dijera el tío Armando. ¿No hacés otra cosa en la vida? Sí, respondo, por desgracia ¡debo hacer otras cosas! Sería feliz si todo el día lo tuviera para leer, para escribir y para pintar; sería feliz si todo el día pudiera acercarme a la ventana y ver lo que Paul ve. Ah, sería maravilloso viajar todo el tiempo, pero, a veces, esto no es posible.
De todos modos, creo que soy uno de los seres más afortunados. Mis amigos, los viajeros, quienes viajan a otras ciudades de otros países, quienes disfrutan las playas y las plazas del mundo, no pueden hacerlo de manera tan constante como lo hago yo. Comencé el año en un maravilloso viaje y sigo y sigo y seguiré hasta que Dios diga que debo cambiar de barco. Mientras tanto, leo a Paul y a todos los demás que se paran frente a una ventana y comparten lo que ven. No puedo más que agradecer este privilegio; no puedo más que decir: ¡gracias vida!

domingo, 28 de diciembre de 2014

POR LOS INFINITOS SILENCIOS DE LA TRANSPARENCIA





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como un grafiti en una espalda y mujeres que son como la transparencia de la oscuridad.
La mujer transparencia en la oscuridad tiene la línea del recuerdo en medio de sus pechos. Cuando alguien, sea hijo o sea amado, coloca sus labios en esa franja el mundo adopta el rostro del pájaro que canta en lo alto de una rama.
No distingue entre la luz del reflector y la luz que asoma en madrugada. Esto es así porque, de niña, soñó a medias. Nunca supo cómo terminaban los sueños, éstos siempre se quedaron como esas películas que tienen un final abierto.
Tampoco sabe por qué odia las salas de los aeropuertos y las vías donde viajan los trenes; no sabe por qué odia los campos donde la nieve cae o los patios donde la lluvia se estaciona como si fuese un camión descompuesto.
No sabe cuál es la hora en que los pájaros bajan a comer alpiste, ni la hora en que buscan resguardo por si la lluvia azota el cuerpo de la Tierra.
No sabe cuál es la distancia más corta entre el deseo y la blusa que cae como flor seca al suelo.
La mujer transparencia en la oscuridad ignora casi todo de todo. Lo único que sabe es que su destino es andar por las calles como mendiga, como mano que se abre para coger apenas un rayo de luz, una moneda arrugada por la edad.
Cuando sale al patio de su casa imagina que su casa es un mar y el corredor es como una playa, una playa donde el sol acaricia cada grano de sal y de arena. Cuando juega con su amado imagina que ella es la niña que subía a columpios y pensaba que el mundo era esa cinta donde todo era una plegaria a la vida y a la luz y al coraje del aire.
¿De qué sirve la transparencia en la oscuridad si nadie puede verla? Ella es la mujer que todo hombre intuye, pero cuyos balcones nadie pisa, porque se ven tan frágiles, tan llenos de agua, tan cáscara de nube, tan canto de colibrí sin canto.
El deseo que implanta en su corazón es como el contorno de las montañas o como la onda que la piedra hace a la hora que choca con el agua.
Es una mujer que tiene miedo a la luz y sin embargo la busca. La busca con la misma ansiedad que la hoja se injerta en el árbol; la busca con la misma hambre con que la calle busca los deslumbres y reflejos después de una tormenta. Es una mujer que duda, mujer que siempre pareciera estar detrás de la malla, que nunca alcanza a ver el horizonte con la plenitud de un pan recién sacado del horno.
Cuando va al club imagina que el hombre que se acerca a sacarla a bailar es como la cuerda que alimenta la insatisfacción del ahorcado.
No contesta a llamadas de celular por temor a salir del encierro. Le encanta los espacios donde todo es como una cueva, como un cuarto oscuro, como el párpado de la medianoche. Por eso, sus amados deben ser hombres que sepan de raíces cuadradas y de movimientos estelares. Ella es como el universo, como esa infinitud donde todo es silencio, eterno silencio.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que son como el parche que aparece en medio de un destino y mujeres que son como la barra de una cantina el último día del año.

sábado, 27 de diciembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA LÍNEA ES LA FRONTERA





Querida Mariana: Chiapas colinda con Guatemala. Esto tan obvio no es poca cosa. Hay muchos estados de México que colindan con otros estados mexicanos, pero no con países. Chiapas colinda con Oaxaca; con Tabasco; un cachito con Veracruz; con el mar y con Guatemala. ¡Dios mío! ¿Ya miraste? ¡Colinda con el mar! De estas colindancias podríamos hacer mil lecturas, hallar mil significados y símbolos. Somos el único estado mexicano que colinda con Guatemala. Por el Norte, son una bola de estados los que colindan con los Estados Unidos de Norteamérica. Es un hecho sabido que las ciudades mexicanas que tienen colindancia cercana con las ciudades norteamericanas están influidas por la cultura estadounidense. Es sabido que los pueblos chiapanecos que colindan con Tabasco tienen más rasgos culturales tabasqueños que chiapanecos. Es inevitable. La cercanía provoca injertos. ¿Y Comitán? Acá (es simpático) todo mundo sabe que cuando alguien dice: “Voy a La Línea” se refiere a la frontera de México con Guatemala. ¿Mirás que simpleza? La franja fronteriza se convierte en una mera línea y parece que es así. En “Gracias a Dios”, una comunidad fronteriza que está por la zona de Los Lagos de Montebello, la división entre Guatemala y México es apenas una línea invisible provocada por una serie de mojoneras. La familia De León cuenta que su rancho (en esa zona) no tuvo un límite bien definido y así, cuando el constructor terminó de hacer la cocina ésta quedó en México y Guatemala. La tarja para lavar trastos quedó ¡en Guatemala!, y la mesa ¡en México! Bastaba caminar dos pasos para estar en otro país, sin impedimento alguno. Todo ahí es una mera línea, como línea de gis, como línea de tierra, como línea imaginaria. Por esto, los comitecos no nos equivocamos y a la frontera con Guatemala la llamamos “Línea”, al estilo de esos límites maravillosos que tiende un cirquero de calle a la hora que dice: “Detrás de la línea que estoy trabajando”. El público respeta la línea provisional, porque se sabe que nada en la vida debería tener líneas permanentes. En el Norte no es lo mismo, allá levantan muros para que la gente no pase. ¡Ay, mis prendas, el rancho de los De León sólo pudo darse en esta parte del mundo! Imposible hallarlo en Palestina o en Estados Unidos de Norteamérica. No nos damos cuenta, pero esta frontera del Sur es más afectuosa. No sé si esto sea bueno para la política, pero para el corazón del hombre sí es lo correcto. Sería muy digno que el mundo no tuviera fronteras con muros. Sería maravilloso tener fronteras que fueran apenas líneas. Bueno, lo ideal sería no tener fronteras. Los nacionalismos provocan fracturas en el espíritu del hombre, provocan conflictos y guerras. El mundo tendría que ser un territorio inmenso sin dueños, pero, lo sé, este pensamiento es basura en este mundo tan codicioso.
A mí me reclaman, dicen que soy un hombre que pinta “su raya”; dicen que soy un “alzado”, que no me dejo querer. Quiero pensar que no soy como Estados Unidos. Me gustaría ser como Guatemala: un territorio por donde la gente se paseara como “Pedro por su casa”. Es cierto, ya lo dije: soy escaso, me cuesta trabajo relacionarme con mi prójimo, pero no levanto muros. Dejo que la gente vuele sus papalotes en mis cielos, la dejo que se orine en mis arbolitos, que juegue en el sitio de mi casa que es como decir mi corazón, que juegue (de vez en vez) con mis juguetes y que los destroce. Como dijera Carlos, lo único que no permito es que se caguen sobre mí. A veces, cuando lo pienso, pienso que aspiro a ser como la frontera nuestra con Guatemala: una línea. Porque las personas (no podemos evitarlo) somos como territorios, territorios donde nos trasladamos de un lado a otro; toda cercanía exige pasar “al otro lado”.
Juan José Vázquez Méndez, un comiteco que es como una frontera de aire, comenzó a realizar un trabajo muy interesante: una serie de fotos con personajes de la calle que él bautizó como “Los Charritos de Comitán”, porque son “teporochos” que, en estos tiempos, beben la bebida llamada “Charrito”. Algún otro día, bebiendo una limonada, platicaremos vos y yo acerca de este tema, que tampoco es poca cosa. Charrito se llama la bebida alcohólica que embrutece a estos integrantes del Escuadrón de la Muerte. ¿A quién se le ocurrió nombrar con tal nombre a ese brebaje maldito? El término charro, en nuestro país ha perdido su connotación de prestigio. Charro es sinónimo de un mal líder social y ahora resulta que el término afectuoso nombra una bebida demoniaca. ¿Será que este declive viene desde las imágenes de los charros del cine mexicano de los años cincuenta? ¿Qué piensan los verdaderos charros, los auténticos?
Las personas ponemos límites. Mi prima Alicia dice que “no puede ver ni en pintura” a fulano de tal. A cada rato trazamos líneas, como si jugáramos a borrar los caminos que hacen las hormigas. Cuando pasamos un dedo sobre un camino de hormigas, éstas se desorientan, pierden el rastro; les cuesta trabajo reiniciar su labor. Los seres humanos (hormigas en medio del Universo) también tatarateamos cuando alguien borra nuestro camino, nuestra línea imaginaria.
Raúl Espinosa (el caricaturista de Comitán) tiene una serie de dibujos que rescata los personajes de la calle. La serie la llamó “Los Pito Pérez de Comitán”. Son los personajes clásicos de finales de los años setenta y fines del siglo pasado. Hoy, Juan José captura a los personajes de principios del siglo XXI. Hemos dicho que las fronteras del corazón comiteco son vaporosas, se estiran como ligas cuando hay necesidad de nostalgia. Sin la presencia de esos personajes Comitán no tendría el rostro que tiene. La miseria también es un gis que pinta su raya. Hay comitecos que desprecian a esos personajes; hay otros, como Juan José, que son más tolerantes y les buscan la línea de luz que, en medio de sus sombras y de sus pozos oscuros, también tienen.
Hay gente que pinta su raya y no tiene mayor relación con estos personajes, un poco como si fuesen de esas fronteras caducas que dividían las dos Alemanias, levantan muros coronados con gusanos gigantes hechos con alambre de púas.
Hoy, el Comitán del recuerdo habla de Mario “El Mocoso”; de “El Janush”; de “El Tibio”; o de “El Deley”, y como si fuesen voceros de toda una filosofía de vida recuerdan los dichos que ellos hicieron famosos. El “Deley” decía “No mata el trago, ¡mata la coca!” (Y fue un gran visionario, porque, en efecto, un camión que repartía coca cola lo atropelló). ¿Qué decía “El Rich”? Decía: “¡Ta jo, la vida, padre, ta jo!” (Y, de igual manera, fue un filósofo de primera, porque, en efecto, ¡la vida estaba jodida y sigue jodida!).
Hoy, Juan José nos entrega nuevos modos de ver la vida a través de esas vidas miserables. Los “charritos de Comitán” son territorios tan cercanos como Guatemala, sus fronteras son apenas líneas, sus vidas no son más que líneas tenues pintadas con cal. Cuando la lluvia arrecia esas líneas se borran, se evaporan, desaparecen.
Juan José ha compartido fotos de estos personajes: uno es “El Rafa” y otro “El Caracol”. De los dos sobrenombres el más emblemático es este último. El caracol tiene un dicho: “¡Ideay, hay que estar alegres, pue!”. Ante la rotundez del dicho de El Rich, El Caracol advierte que hay que sobreponerse y estar alegres, un poco como decir, si la vida de por sí está jodida, no le pongamos más fuego a la lumbre. ¡La veamos de manera diferente! ¡Le agreguemos la pizca de la alegría! Claro, él no sabe que su modo de darle alegría a su vida es el pedernal que incendiará su último fuego, el que lo abrasará con la intensidad que está abrasando su hígado. La concha en espiral que carga El Caracol nos habla del laberinto que es su alma, nos dice que su espíritu tiene mil minotauros que nunca serán vencidos. ¿Cuál es el dicho de “El Rafa” (acá debo hacer un paréntesis, este Rafa es un teporocho, porque Comitán sabe que existe otro famoso Rafa que es el personaje que se baña de vez en vez y carga cartones, papeles y plumas, y que es muy enamorado, porque tiene la costumbre de obsequiar rosas a las muchachas bonitas). “El Rafa, charrito comiteco” dice: “Siento que estoy en un sueño, pero quiero despertar”. Y acá no profundizaré en su pensamiento porque ya todo está dicho. Pareciera sintetizar la vida de millones de seres en el mundo, de esos seres que no tienen armonía y andan por las calles como si se desplazaran por un mundo sin límites, sin fronteras, sin más línea que la de la muerte.

Posdata: te celebro, mi niña, te celebro porque vos sos el territorio donde no hay límites para mis pasos. Te celebro, a la manera que el poeta Walt Whitman celebró la vida. Te bendigo, línea tenue del Universo. ¡Te celebro!

jueves, 25 de diciembre de 2014

HORA DE LAUDES





Como el poeta dice: “El cuento es muy sencillo”. Sólo recuerdo el título y nombre de la autora de un libro que llevé en el bachillerato. ¿Cómo se llamaba el autor del libro de Química? No lo sé. ¿Cómo era el título del libro de psicología? Lo ignoro. Sólo conservo en la memoria el libro de literatura: “Literatura mexicana e hispanoamericana”. ¿Autora? María Edmée Álvarez. La historia era casi simple. Estas eran las aguas de mi río.
Recuerdo la portada: el retrato de Sor Juana. Pero no sólo eso está en mi memoria. Hay otra nube altísima: sé de memoria los cuatro versos de un poema de Sor Juana que acompañaban la ilustración. ¿De memoria? Sí, ahora que lo escribo, lo recito: “Nocturna, mas no funesta, / de noche mi pluma escribe, / pues para dar alabanzas / hora de Laudes elige”. ¡Ah, que versos tan soberbios! Dignos de doña Juana de Asbaje.
Lo recuerdo como si fuera una mañana de 1974 y estuviésemos en uno de los salones húmedos de la antigua escuela preparatoria (donde hoy está la Casa de la Cultura).
Sor Juana escribía “de noche”, a la hora de los “laudes”. Si alguien busca en un diccionario encuentra que la hora de Laudes es posterior a los maitines (esta palabra la aprendí en San Cristóbal, mi tía Carmelita la decía constantemente). Los maitines son las oraciones dichas antes del amanecer. Deduzco, entonces, que la gloria de las letras mexicanas, oraba y luego escribía; un poco al estilo de San Benito que siempre dijo: ora et labora. Primero Dios y luego la chamba, en ese orden, siempre.
Recuerdo a Óscar Bonifaz diciéndonos que abriéramos el libro de Maria Edmée en la página tal y leyéramos. Bonifaz hoy es Premio Chiapas. En ese tiempo no soñaba con obtener tal gloria. ¿O sí? La mayoría de compañeros (que no se molesten, es verdad) tatarateaban a la hora que el maestro les decía que se pararan y leyeran en voz alta. La compañera en turno sostenía el libro con la palma de la izquierda y leía, leía, mientras los demás “seguíamos” en nuestros libros lo que ella decía. Me enojaba. Nunca pude evitarlo. Me enojaba que ella trastabillara. Las lecturas eran caminos llenos de piedrecillas. Un poco como cuando un cantante desentonado no alcanza a decir bien la letra de la canción; un poco como cuando un aprendiz de piano se equivoca y en lugar de dar un Fa sostenido sostiene a duras penas un La. Y me enojaba, porque ya, desde ese tiempo, yo era un lector regular tirando a bueno. Y esto era (como dice el poeta) muy sencillo: yo era un buen lector desde la secundaria o tal vez un poco antes. Me gustaba leer en voz alta algunos poemas. Recuerdo que en tiempos de la preparatoria leía con gusto a Machado: “Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras moscas vulgares, / me evocaís todas las cosas.” Era maravilloso ver cómo Machado hacía prodigios con la visión simple y boba de unas moscas. Sí, pensaba yo. Las moscas, también a mí, “me evocaban todas las cosas”. Machado dice que las moscas revolotean por todos lados, siempre jodonas. Machado no lo dice, pero yo pensaba que también estaban sobre la caca y entonces jugaba con los famosos versos de Shakespeare: “Ser o no ser” y jugaba a que Hamlet, en lugar de un cráneo, tenía en la mano un cerote y, muy filósofo, decía: “Ser o no ser” y yo completaba: “Ser o no ser, una bola de caca. Ese es el dilema.”. Y ahora, muchos años después, pienso que es muy válida la reflexión primera como la boba de mis juegos. A final de cuentas en eso se resume la vida.
Pero la historia no fue tan sencilla. Porque cuando todo apuntaba a que iría a la UNAM a inscribirme en la Facultad de Filosofía y Letras, para estudiar estas últimas, una tarde, en que mis papás tomaban café en la sala, me senté y con la gravedad del asunto dije: “Estudiaré Ingeniería”. Y abundé: no estudiaría cualquier ingeniería, estudiaría Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica, para que a mi regreso, ya con el título en mano, los comitecos dijeran: “Ahí va el Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica don Alejandro Benito Molinari Torres”. Sonaba como a título nobiliario, no de esos chafas, sino de esos prestigiosos, de estepas rusas.
Cuando, cinco años después, regresé, no era más que Alejandro Molinari y en mis manos no traía el codiciado título de ingeniero. No logré el título, porque, en lugar de entrar a las clases de Electrónica, todas las mañanas acudía a la Biblioteca Central a leer novelas y cuentos; cien novelas, mil cuentos leí. En lugar de entrar a las clases de Termodinámica II asistía a conferencias y a todos los ciclos de cine que exhibían en los diversos auditorios de la UNAM. Al mostrar mis manos, mis papás las vieron vacías; pero yo, al estilo de Juana de Ibarbourou dije: “¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen”.
Y ahora sí digo, como el poeta: “el cuento es muy sencillo”. Una mañana de 1974 tuve en mis manos un libro de literatura y supe que ahí estaba marcado mi camino. Hoy busco horas de Laudes para aventar mi barca a este río que, a veces, como el Río Grande, está lleno de mierda, pero a veces, como el Río Ganges, tiene una línea donde la esperanza ¡boga!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA TOMADA ANTES DE LA NOCHEBUENA





La imagen es muy sencilla: la punta de un árbol sin hojas y un ave, un gavilancillo. Los gavilancillos, cuando vuelan se detienen en el aire, aletean y (como helicópteros) permanecen en suspenso en un mismo punto. Es casi casi como si armaran (en forma virtual) un árbol invisible y desde ahí miraran el mundo, tal como en esta fotografía lo hace. El ave mira hacia un punto, siempre hacia abajo. Los pájaros que están en la punta de un árbol jamás ven hacia el horizonte, nunca miran hacia arriba, siempre ven hacia abajo, como si supieran que nadie puede estar por encima de ellos, como si supieran que ellos tienen el mundo a sus pies.
La imagen es casi simple. Está tomada un día antes de la nochebuena. El cielo (los conocedores podrán advertirlo) es el cielo de Tenam, una zona arqueológica cercana a Comitán. Tenam significa “Muro o Defensa”; por esto, el ave que acá se ve es como un vigía, como si estuviese en lo alto de una atalaya y su único cometido fuese proteger esos cielos y esos territorios.
La fotografía fue tomada un día antes de la nochebuena; es decir, un día antes de la celebración y el festejo. Si el lector ve con atención observará que el cielo presagia placidez, es un cielo ajeno a lo que en la Tierra se celebra. El cielo no tiene estrellas ni luces ni cohetes; es un cielo como un manto puro, como una tela sin alardes y sin lentejuelas, un poco como, cuenta la leyenda, fue el manto con el que su madre cubrió el cuerpo del niño Jesús.
Esta fotografía es reveladora del sentido de la natividad: no hay obsequios de oro, incienso y mirra; tampoco hay presencia de reyes magos. La magia no se lleva con la nobleza y viceversa. Al contrario, la nobleza está ausente de todo fasto, es tan sencilla y enorme como este azul del cielo; tan noble como la dignidad de este gavilancillo que observa el mundo desde su privilegiado torreón.
Las ramas están desnudas, como desnudo estuvo el cuerpo del niño que nació la noche del veinticuatro (según la tradición occidental). Esta imagen es como la síntesis perfecta de la reflexión y del acto de contrición. No hay un solo elemento que hable de afanes materiales, todo está como si estuviese colocado en la mano de Dios. Son elementos naturales, como piedras livianas: un cielo, unas ramas y un ave. No más. Sin embargo, si el lector ve con atención observará que ahí, detrás de ese cielo, está el Universo; ahí, detrás de esas ramas secas, está la esperanza del renuevo en primavera; ahí, detrás de esa ave, está la promesa de la vida, de la vida sosegada, de esa vida a que tanto aspiró el poeta.
Es una imagen de un día antes de la nochebuena. Los excesos de la nochebuena y la timidez de la armonía ya son parte de otra historia.
Esta ave es síntesis de la nube llamada Tenam, que significa muro, defensa.

lunes, 22 de diciembre de 2014

¡MAMÁ! VUELVO MÁS TARDE





Martín tomó la mochila y gritó: “¡Mamá, vuelvo más tarde!”. La mamá estaba en el piso superior, doblando las camisas. Ella gritó: “¡No tardes!”. Martín ya no escuchó, ya cerraba la puerta. En la mochila llevaba dos pinos. Los sembraría en el panteón, al lado de la tumba del abuelo. El panteón ha perdido muchos árboles. Debe ser porque cada vez hacen más fosas. La gente muere a cada rato y el espacio no crece. En donde habían árboles se levantan capillas. Por eso, la tumba del abuelo no tiene sombra. Martín recuerda que si algo gozaba el abuelo era la hora del mediodía en que sacaba la silla y la colocaba debajo del ciprés que estaba a mitad del sitio de la casa. (Tres o cuatro meses después de la muerte del abuelo, mamá Lencha dio permiso para que el tío Rubén construyera dos cuartos. El ciprés fue talado). El abuelo dejaba una mesa de madera al lado de su silla y esperaba que la abuela le sirviera la jarra de limonada con dos vasos, uno para él y el otro para Martín. Martín llegaba de la escuela, tiraba la mochila (la misma que llevó esa mañana), decía: ¡ya llegué!, y luego salía al corredor de la casa y desde ahí veía al abuelo, quien, como si lo presintiera, dejaba el libro que leía y levantaba la mano para saludar al nieto. Martín corría hacia él y el abuelo servía limonada en el vaso que le ofrecía. ¿Cómo te fue en la escuela, hijito?, preguntaba y oía con atención. Martín contaba que, como todos los martes, Enrique y Jordán habían brincado la barda para ir a cortar limas en el sitio de don Ramón. Lo habían hecho a las diez con cincuenta de la mañana; habían pedido permiso para ir al baño. El maestro dijo que no tardaran. A las once tocó la campana para el recreo, el maestro no se dio cuenta de la ausencia de ambos. Enrique y Jordán corrieron. Don Concho les abrió la puerta trasera y mostró la mano. Enrique sacó una moneda y se la dio. Don Concho, como si fuera torero, les hizo un pase y permitió la entrada. Enrique subió al árbol y desde arriba comenzó a tirar las limas que cachaba Jordán y las metía en una bolsa del mandado. Don Concho, recostado sobre el tronco de un árbol de jocote, dijo que ya eran once y veinte. Enrique bajó del árbol y volvieron a la escuela. Llegaron acezando, como potrillos, tocaron el timbre de la entrada y le dijeron a don Pilo (el conserje) que el maestro los había mandado a cortar limas para la piñata de la posada del otro día. Don Pilo, casi casi como si fuese hermano gemelo de don Concho, hizo un pase de torero y dejó que los niños entraran a la escuela. Corrieron al salón y comenzaron a vender las limas entre los compañeros, quienes, como todos los martes, esperaban la llegada de los niños con las limas de pechito. El aroma de la lima suavizó el olor penetrante del sudor que circulaba por el salón.
A Martín le faltaba poco para llegar al panteón. Con la mano se limpió el sudor de la frente. Ahora comenzaría a subir. En el Puente Hidalgo se detuvo y colocó sus brazos sobre un murete, vio el agua que corría por la zanja. Algo sucedió. El movimiento lento, pero sin pausa del agua, lo sedujo. Pensó en la historia que le había contado su tío Ranulfo, sobre cómo había muerto su abuelo. ¿Por qué su abuelo se dejó seducir por el agua y se aventó al río, desde el puente de Chiapa de Corzo? ¿Qué poder de seducción tiene el agua? ¿Es su movimiento lento, pero sin pausa, lo que hipnotiza? ¿O es el ideal de retorno al seno materno, al origen? A veces, cuando Martín cierra los ojos ve las imágenes que le contó el tío Ranulfo, ve al viejo subir sobre el barandal y aventarse antes de que los conductores que se bajaron del carro puedan detenerlo. Le causa zozobra, pero luego ve al abuelo abrir los brazos, como pajarito, a la hora que se despeña a mitad del aire. Lo ve caer. Escucha el sonido del cuerpo contra el agua, como si una piedra chocara contra el pavimento y luego ve que el cuerpo desaparece en medio de esa inmensa burbuja infinita.
Martín ya no llegó al panteón. Volvió a casa. Cuando la mamá bajó a la cocina lo halló sentado ante la mesa, tomando café. ¿Qué pronto volviste?, dijo y agregó, eres un hombrecito de palabra, dijiste que volverías más tarde y lo hiciste. ¿Me gané un premio?, preguntó Martín. Sí, dijo la mamá y le ofreció un panqueque. Ya Martín había sembrado los dos pinos al lado de los cuartos de tío Rubén. Martín pensó que tal vez el espíritu de su abuelo volvería alguna tarde, porque cuando el abuelo subió al carro con rumbo a Tuxtla, Martín llegó hasta la puerta, subió los brazos en la ventanilla abierta y le preguntó adónde iba. El abuelo sonrió y dijo: “Voy a Tuxtla. Vuelvo más tarde”.

domingo, 21 de diciembre de 2014

LA TARDE EN QUE JULIO GORDILLO DOMÍNGUEZ FUE PREMIO CHIAPAS POR UN INSTANTE





¡Tarde de fiesta en Comitán! Tarde del 19 de diciembre. La gente acudió al Auditorio Belisario Domínguez. La cita era a las cinco de la tarde, para la entrega del Premio Chiapas 2014. Tarde fresca; a diferencia de las anteriores, que fueron frías; es decir, la tarde de la inauguración (donde cantó la estupenda mezzosoprano Cassandra Zoé) y la tarde en que actuó un ballet ruso. La tarde de la entrega del Premio fue una tarde llena de luz y de aire afectuoso.
Heberto Morales Constantino fue el primer galardonado que llegó al auditorio, minutos antes de las cinco. Alguien de protocolo, de gobierno del estado, le indicó que en el extremo izquierdo de la primera fila se sentarían los premiados (Óscar Bonifaz Caballero, Fernán Pavía y él). La esposa de Heberto debió sentarse en la fila dos, en respeto al protocolo indicado. Un rato después apareció el premiado en artes del año pasado: Javier Espinosa Mandujano, Presidente del Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, institución que impulsó la candidatura de Bonifaz. Espinosa Mandujano se sentó en la fila número dos. (La cuatro estaba reservada para doña Lety Coello, Directora del DIF estatal; para el Lic. Juan Carlos Gómez Aranda, representante personal del gobernador de Chiapas; para el Lic. Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, Presidente Municipal de Comitán; y para las demás autoridades: el Secretario de Educación; el Director de Coneculta Chiapas y el biólogo Froilán Esquinca, Presidente del Jurado del Premio Chiapas 2014).
El escenario estaba dispuesto para el acto glorioso donde el Gobierno de Chiapas entrega la máxima distinción. Se escuchaba el rumor de la gente al sentarse; los manotazos de políticos, a la hora del abrazo con amigos que hace tiempo no se ven.
Antes que llegaran los dos premiados que faltaban (Pavía y Bonifaz), el comiteco Julio Gordillo Domínguez entró acompañado por varios de los muchachos que integran su escuela de oratoria. Como el orador y periodista tiene cierta dificultad para caminar, fue auxiliado por uno de los muchachos. Mientras se apoyaba en el brazo y bajaba los peldaños, Julio abría los brazos, saludando a todos. Llegaron hasta la primera fila y Julio abrazó a Heberto. Heberto dijo que su esposa lo acompañaba, Julio apoyó sus manos en el respaldo del asiento y saludó a la esposa: “La conozco”, dijo. Luego saludó a Espinosa Mandujano y se sentó a la derecha de Heberto. El de protocolo andaba en otras andanzas. Nunca se dio cuenta que Julio se quedó sentado ahí.
Luego, Pavía llegó, se sentó a la izquierda de Heberto. Más tarde Bonifaz apareció, acompañado por hijos y nietos y, con sus pasos inquietos, como de tiuca alborotada, pasó frente a Heberto, Pavía y Julio, y fue a sentarse casi a mitad de la primera fila, rodeado por sus familiares. Óscar, igual que los demás galardonados, estaba feliz.
Cuando el auditorio estaba a tres cuartas de su capacidad, las autoridades de la cuarta fila llegaron y el acto comenzó. Los maestros de ceremonia anunciaron la participación del Coro de Gobierno del Estado de Chiapas. En el escenario aparecieron mujeres y hombres, vestidos de negro, con elegancia; abrieron sus partituras y, como si fuesen chinchibules, lanzaron sus gorgoritos al aire. Ya se sabe, cuando entonaron la primera estrofa de “Comitán, Comitán de las flores, donde están…”, la gente aplaudió de más. (A los comitecos nos ganan el corazón cuando nos dan de comer el alpiste de nuestra nostalgia.) (Lo mismo sucedió cuando el pianista cubano -la tarde inaugural del auditorio- se “reventó” la canción de Armando Cordero Citalán. El público le aplaudió más que a la propia mezzosoprano. ¡Habrase visto!)
Al término de la actuación del Coro, las autoridades hicieron uso de la palabra. En primer lugar, el Presidente Municipal dio la bienvenida; luego subió el Secretario de Educación; en seguida el Presidente del Jurado.
A continuación fue el momento para que los asistentes al acto de honor conocieran algunos datos (mínimos) de la trayectoria de los elegidos. La pantalla gigante colocada a mitad del escenario mostró la imagen de Pavía, mientras los maestros de ceremonia daban a conocer breve ficha biográfica del laureado. Acto seguido, se dio a conocer un poco de la trayectoria luminosa de Heberto. El camarógrafo, que estaba sobre el escenario movió tantito la cámara y pasó del rostro de Pavía al rostro de Heberto. (Protocolo había dicho que ese espacio estaba destinado para los galardonados.) Sólo faltaban los datos de Óscar Bonifaz; la maestra de ceremonia comenzó a darlos y el camarógrafo hizo un ligero desplazamiento de su toma y en la pantalla ¡gigantísima! apareció el rostro de ¡Julio Gordillo Domínguez!, y ahí permaneció mientras se leían los datos del galardonado. Óscar Bonifaz estaba a cinco o seis butacas de esa zona. Algunos comitecos sonrieron al ver el error. ¡Qué iba a saber el camarógrafo que Julio no era Óscar! ¡Qué iba a saber Óscar que no debía estar sentado donde estaba, sino estar al lado de Heberto y Pavía! ¡Qué iba a saber Julio que no debía estar sentado ahí; qué iba a saber que había trasgredido el protocolo de la entrega del Premio Chiapas! ¡Qué iba a saber el universo que, mientras era dado a conocer el currículum de Óscar Bonifaz, en la pantalla aparecía el rostro de Julio Gordillo Domínguez, el llamado Tribuno de México!
Fue apenas un instante que duró una eternidad. Fue apenas una travesura casi infantil.
Al término de la lectura de datos mínimos, las autoridades y los galardonados subieron al escenario y la ceremonia se realizó con luminosidad y calidez. La gente disfrutó los mensajes de los premiados y de Juan Carlos Gómez Aranda; la gente celebró la palabra humilde, la sentimental, la gozosa, la llena de dignidad y dolor. Esa tarde, la palabra sublime aleteó por esos cielos, cielos que fueron benditos con ese acto indecible, donde el gobierno de Chiapas premió a algunos de sus mejores hijos. La palabra fue una cinta de luz que honró la memoria de Belisario Domínguez, nombre que ostenta el auditorio. Fue una tarde prodigiosa; una tarde un poquito ¡traviesa!
Gracias a Dios, cuando las autoridades entregaron el reconocimiento a Óscar Bonifaz, lo recibió ¡Óscar Bonifaz!

sábado, 20 de diciembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA O DE OTRA COSA





Querida Mariana: Chayito, la otra tarde, me dijo: “Tío, hablemos de una o de otra cosa”. ¿Dónde aprendió eso? Bueno, dije, hablemos de nubes. “No tío, de otra cosa”. Bueno, hablemos de tigres. “Que no, hablemos de otra cosa”. En ese momento entendí el juego. ¡Ah, qué maravilla, Chayito siempre me sorprende!
Los juegos de Chayito se basan en los hechos cotidianos, casi casi lo que sucede siempre por las calles de Comitán. Si ponemos tantita atención veremos que la vida diaria es esto: hablamos de una o de otra cosa. La otra tarde acompañé a unos amigos al restaurante “El ángel” (a mí me gusta llamarlo con el nombre que fue conocido mucho tiempo: “La tablazón” o “Las tablitas”). Nos sentamos en la mesa de un rincón. Dos mesas más estaban ocupadas. ¿De qué hablaban en aquellas mesas? Cosas totalmente distantes de las que hablábamos nosotros. Y eso era apenas un pequeño espacio de una pequeña ciudad del gran mundo. Pensé (fue una bobera, pero así lo pensé) qué juegos de palabras se jugaban en ese instante. Millones y millones de conversaciones se enredaban en el aire, sin enredarse.
Entendí el juego de Chayito. Entonces me senté en un banco y le dije, muy serio: hablemos de “una”. Ella sonrió. Se sentó a mi lado, en el piso y dijo: “Sí, tío, y luego hablamos de otra cosa”. ¡Ah, esta niña es maravillosa! El juego (lo entendí) era jugar de manera textual: primero hablábamos de “una” y luego de “otra cosa”. Y entendí que, a veces, uno debe jugar tal como lo establece la regla del azar.
Es prodigioso el don que posee la palabra. ¡Uh, se puede hablar de mil cosas! ¡No, no, mil! Todos los días se habla de millones de cosas. Igual de prodigioso es el camino que toma una plática. Hay gente que prepara las oraciones iniciales de una conversación. Por ejemplo, cuando alguien (supongamos compadre de un político) va a pedirle algo a su amigo. Prepara qué va a decirle: “Compadre, vos y yo hemos sido amigos desde niños…”, y por ahí va la “cosa”, hasta que un minuto después le suelta la petición. Los enamorados hacen lo mismo. ¿Cómo pedirle a la amada que sean novios? Se prepara el diálogo, pero todo mundo sabe que las pláticas tienen alas y vuelan solas. Lo mismo sucede con la literatura. El escritor planifica, pero existe un instante en que la historia vuela por sí misma y los personajes toman vida propia. Las mejores novelas son éstas, las no planeadas, las que “la casualidad” impulsa por cielos abiertos.
¿De qué habla la gente? ¡Uf, de una o de otra cosa! Vos sabés que yo soy una persona introvertida y me resulta muy difícil entablar una conversación. El otro día recordé mis tiempos de estudiante de preparatoria. Había una niña que me gustaba mucho (era lo que se dice mi “amor platónico”). Uno de mis amigos me decía que ella no me hacía el feo, pero debía atreverme a hablarle. ¡Dios mío! ¡Ese era el gran problema! Una tarde, en el parque, por fin ¡me atreví! Ella iba acompañada por dos amigas más, iban en la chorcha, bien alegres. “¿Te puedo acompañar?”, pregunté, mientras sus amigas se codeaban y reían, por lo bajito. “Sí”, dijo ella y yo caminé a su lado. Un paso, dos, tres… cien, ciento uno… doscientos… Como yo no sabía qué decir, ella comentó algo con sus amigas y ellas respondieron, muertas de la risa. Ahí me llegó mi síndrome de niño consentido, hijo único, del “quiero estar con mi mamita” y me despedí. Mientras yo caminaba hacia la banca donde había dejado a los amigos, las amigas de ella y mi amor platónico, se mataban de la risa. Yo me sentía un hotdog aplastado. Llegué con mis amigos y el que me había incitado me dijo: “Sos un pendejo. Te miré y miré que no le dijiste nada. ¡Qué pendejo!”. Yo, ya todo mudenco, sólo me atreví a decir: “Pucha, yo le pregunté si podía acompañarla, no si podía hablarle. La acompañé”, y traté de reír, pero lo cierto es que estaba a punto del llanto. Mi amigo tenía razón, era yo un pendejo. Nunca he podido hablar con otras personas. Me acostumbré tanto, de niño, a hablar conmigo que ahora me resulta muy difícil establecer una comunicación. Cuando debo asistir (por compromiso ineludible) a una fiesta me siento y me dedico a ver, a escuchar. Para estas dos actividades sí soy muy bueno, pero para hablar ¡no!
Por ello, cuando juego con Chayito ¡soy feliz como una lombriz! Con los adultos tengo dificultad para comunicarme. Los adultos esperan algo, los niños nunca. Con los niños me siento bien. Los juegos son espontáneos. Con Chayito jugamos a hablar de “una” o de “otra cosa”. “Juguemos a la una”, dijo ella y yo dije que sí. Estábamos en el sitio de la casa de sus papás. Desde ahí se miraba una antena (no sé si para radiocomunicación), era una vara de acero, larga, tendida hacia el cielo. A la hora que la miramos pasaba una nube cerca de ella (era una mera impresión óptica, porque la nube estaba detrás, muy lejos). La impresión fue que la nube era como una fronda y llegó el momento que apareció como si fuera la fronda de un árbol, delgadísimo. “Mirá, tío”, dijo Chayito y yo vi el árbol de nube. Lo vimos, ambos. Si hubiese estado con un adulto hubiera costado trabajo coincidir en esa visión de imágenes. Los adultos pierden (quién sabe en qué momento) la posibilidad de imaginar. ¿Te acordás, niña mía, cuando eras niña y venías en el carro con tus papás y te recargabas en el cristal del asiento posterior y mirabas el cielo y jugabas a encontrar formas a las nubes? “La de allá se parece a un caballo”, decías y señalabas con el dedo.
La mamá de Chayito nos trajo una limonada y nos dijo que pronto estaría la comida. “Te preparé tu verdurita”, me dijo. Yo agradecí el gesto, pero lo cierto es que ya había comido antes en casa. Siempre como en casa antes cuando tengo un compromiso. Ese día era cumpleaños de Adrián (el papá de Chayito) y los invitados comenzaban a llegar (Ah, Comitán, la invitación decía “dos de la tarde”, eran las tres y la gente apenas se asomaba). “Juguemos, pues, tío”, me dijo Chayito. ¡Y jugamos! El juego con la palabra es, tal vez, el juego más emotivo de la Tierra. Es difícil encontrar otro juego más intenso. Y esto lo digo porque no se necesita más chunche. La gente que gusta de practicar el fútbol soccer dice que este juego es tan popular porque no se necesita más que un balón (que puede ser un montón de calcetines amarrados) y un par de piedras para simular una portería. Sí, así es. Los otros juegos y deportes son más sofisticados. Para jugar béisbol es preciso (además de la bola de trapo) buscar un palo para golpear “la pelota”. En el juego de la palabra basta saber hablar (esto no es fácil, pero incluso los que balbucean ¡pueden jugar!). Se juega con la palabra y con la imaginación, ya lo demás, como dijera La biblia, llega “por añadidura”.
¡Y jugamos! Chayito dijo: “Una pelota llena de aire” y yo dije “Con una cuerda para jalarla como papalote”, y Chayito se paró y me jaló de las manos: “Vení, vení, volemos nuestra pelota”, y yo me paré y corrí detrás de ella, que llevaba el brazo derecho levantado, como si jalara el papalote pelota llena de aire. Los invitados de Adrián nos vieron por un segundo y luego siguieron en su plática de adultos, que si la Torre Chiapas, que si la pista de hielo, que si el Premio Chiapas, que si el bloqueo de los Chamulas, que si la posada del viernes; mientras Chayito y yo corríamos por el patio de ladrillos, patio ¡iluminado! Chayito se sentó y se recargó en la pared, cerca de la maceta con helechos y yo me senté a su lado (ya acezando, como venado pochoroco). “Una mano peluda con mocos”, dijo Chayito y yo complementé: “Con una vasija llena de orines”. Y Chayito movió los pies como si bailara, muerta de la risa. Se paró y volvió a jalarme de las manos. “Les pasemos el mensaje a los invitados de mi papá”, dijo y fuimos hasta donde estaba don Víctor con su esposa y Chayito, muy formal, saludó: “Buenas tardes, tíos”, dijo y su tía Hermila (con un par de zapatillas rojas, con agujas de quince centímetros) le dio un beso y el tío (con bufanda a cuadros azules y blancos) hizo lo mismo. Yo también di las buenas tardes y di la mano. Chayito se botaba de la risa. “Yo les dejé mocos en los cachetes”, dijo; y yo dije que les había dejado orines en las palmas de las manos. Ella tomó mi mano, se la llevó a las narices y dijo: “Sí, ishh, cómo apesta” y me llevó al baño y me lavó las manos.
¡Jugamos! Sin necesidad de más chunche que la palabra y la imaginación; y yo pensé: “Este juego sí me gusta, matarile rile ron”. Y mientras los adultos se saludaban y aceptaban el vaso con ron o el vaso con agua de Jamaica con hielos que Adrián les ofrecía, Chayito me decía, en voz baja: “Una ciudad de plastilina y papel” y yo completaba: “Con un hilo de luz para atrapar gusanos”.

Posdata: mientras los adultos tomaban ron y decían “¡Ah!”, nosotros ¡jugábamos! Me gustan los juegos de los niños, mi niña amada.

viernes, 19 de diciembre de 2014

El ARO DE LA VIDA




Imaginá que te llamás letra o, imaginá que sos una letra o. Ah, tendrás el privilegio para nombrar el asombro: ¡Oh, qué bello!; así como la tragedia: ¡Oh, qué lamentable! ¿Mirás qué prodigio? Una misma sílaba sirve para aplaudir la madrugada, así como para señalar el vacío.
Cuando Omar jugó este juego, supo que tenía entre sus manos la posibilidad de un don (que lleva la o en su columna vertebral). Cualquiera podrá pensar que las demás letras tienen la misma posibilidad, pero no es así. Cuando sos la letra o tenés en tus manos la posibilidad de la perfección, porque no otra cosa es el círculo. (Alondra es feliz porque dice que su culito es perfecto. A ella le gusta jugar el juego donde tocan por detrás.)
Si lo pensamos (ya Cri Cri deslizó la idea), las demás letras son incompletas y tienen protuberancias. La a tiene un gancho elevado, como si su destino fuera ser una parodia de aquel verso de Quevedo que dice “Érase un hombre a una nariz pegado”. ¡Oh, qué pena!
¿Qué decir de la i anoréxica y nieta permanente de los hijos de Biafra? ¿Qué de la e que estuvo a punto de lograr la perfección de la o, pero se arrepintió al último instante y se dobló hacia sí misma? ¿Qué de la u que es como mano de pordiosero, siempre abierta en espera de que algo le caiga del cielo?
Ramiro me contaba la historia del día en que las cuatro letras restantes se pusieron de acuerdo para eliminar a la o. La a o la e (no se sabe bien a bien cuál de las dos) tomó un cuchillo y esperó en la esquina a la o. Cuando estaba rodaba bien contenta, la a (o la e) le salió al paso y sin decir algo hizo un tajo en el aire, cortando en dos a la o. Ésta se desgajó como cuerda guanga y quedó tirada a mitad de la banqueta. A partir de ese instante las palabras que llevaban o en su panza desaparecieron. ¿Cómo negarse si la o ya no podía acompañar a la n? Así que ante toda pregunta, la gente balbuceaba nnnn, pero no lograba negarse. ¿Me quieres?, preguntaba el viejo perverso a la muchacha bonita y ésta no podía responder de manera negativa, así que el viejo la tomaba y la hacía suya. El mundo fue un mundo plano. La Tierra y los demás planetas comenzaron a perder su forma redonda y fueron achatándose. La pobre o seguía tirada a mitad de la banqueta, era como la piel de una culebra aplastada en la carretera. La imposibilidad de negarse afectó al mundo, pero lo que más afectó fue esa maravillosa sílaba que servía para expresar asombro. ¿Cómo los poetas podían nombrar la línea del horizonte? ¿Cómo decir: ¡oh, amada!, a la hora que la mano de luz alumbra la piel? Asimismo, todo el mundo no pudo nombrar a Dios. Cuando millones de creyentes vieron a su fe irse por el albañal, como agua sucia, se rebelaron y fueron a rescatar el lazo podrido que una vez fue el contorno de la o.
Una mañana, el pueblo volvió a ver a la o rodando por las banquetas y calles. Como si fuese una llanta con una bola brincaba de cuando en cuando (era el lugar donde había sido remendada). La gente pudo volver a nombrar todas las cosas del mundo y doña Amanda se atrevió a gritar a todo pulmón el lugar común que dice: “Ay, hijos, nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.
La o volvió a jugar en medio de las palabras. La meditación recuperó su mantra: ¡Ommmm!, y el mundo tuvo, de nuevo, el rostro de coro monumental.
A veces, cuando alguien pronuncia una palabra con o, pareciera que trastabilla, que tiene una ligera piedra. Es la costura que tiene. Por esto, cuando en Comitán alguien le dice ¡bolo! a un borracho, la palabra suena aguardentosa, tataratera, un poco briaga.
Imaginá que sos la letra o. Sin vos, la palabra amor no existiría, ni tampoco el dolor, ni la armonía.

lunes, 15 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN LIBRO SIN AUTOR




Roberto Carlos dijo que mi librincillo no tenía el nombre del autor en la portada. ¿Por qué? El noventa y tantos de libros contiene el nombre del autor en la portada. Esto es así (lo dicta el sentido común) para que los lectores sepan quién escribió tal o cual libro.
Todos los lectores tenemos autores predilectos. Nunca son lo mismo. Esto habla de las diferencias y de los gustos.
Tengo, como cualquiera, autores consentidos. Cuando voy a librerías me encanta caminar por los pasillos y ver cientos de portadas. Es maravilloso descubrir el talento de los diseñadores, quienes, echan todo su resto, para que las portadas sean llamativas. Se sabe (cualquiera lo sabe) que las portadas son las que venden. Cuando alguien se acerca a un libro porque su atención fue capturada, los editores ya tienen ganado un buen trecho.
¿Por qué mi librincillo no tiene mi nombre en la portada? Cuando el editor, Luis Armando, me mostró tres propuestas de portada, llamé a Roberto Carlos, a Margarita y a no sé quién más, para que me ayudaran a elegir una, ¡la definitiva! Todos coincidieron en que la portada más acorde al tema del librincillo era la que ahora tiene. Sólo una sugerencia hice: que se le incluyera la oración: “Cartas a Mariana”. Pensé que ello ayudaría a los lectores a identificar un poco más ese aspecto de Arenillas, que se publica, sábado a sábado, en el Diario de Comitán. Luis Armando atendió a la sugerencia. Lo que nunca imaginé es que la portada iba a aparecer sin nombre.
¿Cuántos libros en el mundo no tienen el nombre del autor en la portada? Deben ser pocos, muy pocos y cada uno de éstos debe tener una razón. ¿Cuál es la razón de que mi librincillo no tenga el nombre del autor de la portada y sólo lo tenga en el lomo?
Cuando voy a librerías y camino por en medio de cientos y cientos de volúmenes me siento feliz. Cuando me acerco a la mesa de novedades veo las portadas y me sorprendo con los colores y con las formas de las ilustraciones. Mi librincillo tiene una portada muy atractiva, pero (ay, ¡ya!), no tiene mi nombre.
Cuando me acerco a la mesa de novedades si encuentro un libro con el nombre de uno de mis autores favoritos, algo como una cosquilla aparece en mi corazón, casi casi como si un gusano bailara una rumba. En muchas ocasiones consulto con mi bolsillo y (en el ciento por ciento de ocasiones) mi deseo cancela el vacío de mi bolsillo y adquiero el libro. El nombre del autor en la portada es ¡indispensable! Si no, cómo saber quién escribió el libro.
El logo de la empresa editorial sí se ve grande y bonito, pero el nombre de Benito ¡no aparece!
Pero sé que este aparente olvido es propositivo. Luis Armando no puso mi nombre porque propondrá el libro al Concurso de “Libros que no se sabe quién escribió” y estoy casi seguro que nos llevaremos el primer lugar. O lo hizo porque, como cualquier gran poeta, todo mundo aspira a que sus textos sean cantados sin necesidad de autor, que todo sea como de dominio público y el mundo entero repita frases enteras de memoria.
Acá en Comitán todo mundo (bueno, bueno, es una exageración) sabe que las Arenillas las escribe un tal Molinari, pero ¿más allá de Chacaljocom?
Este librincillo no es común ni corriente. Por esto, Luis Armando quiso hacer una portada que se saliera de lo común, de lo corriente y sólo colocó el título de Arenillas y el agregado sugerido de “Cartas a Mariana”.
Luis Armando estudió en la escuela donde trabajo desde hace muchos años, la escuela cuyo lema es “hacer las cosas ordinarias de manera extraordinaria”. Luis hizo una portada ordinaria de manera extraordinaria. Va pues.

domingo, 14 de diciembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE LA TELE QUE NO SE VE




La “imagen” no es común. Es un poco como el chiste aquel de “Papá, ¿puedo mirar la tele?” “Sí, pero no la prendas”.
¿Dónde se ha visto una tele con el monitor hacia la pared? En esta fotografía. ¿Qué función cumplen las piedras? ¿Son acaso el sostén de la sentencia de Azcárraga que dijo: “Sobre estas piedras edificaré mi iglesia”? Porque igual de sobado que el chiste es el dicho de El Tigre Azcárraga (el papá del pintito actual): “Yo hago televisión para jodidos, México es un país de jodidos, y nunca cambiará”.
Esta televisión está a punto de pasar a mejor vida ahora que se dé el apagón analógico y sólo funcionen las televisiones digitales (Mariana dice que estoy equivocado, dice que esta tele desde hace mucho pasó a mejor vida).
Caminábamos por una calle cuando Mariana señaló con su dedo. Nos paramos. “Tomale una foto”, dijo. Saqué la cámara y apreté el obturador. Es la entrada de un taller donde reparan aparatos electrónicos. Mariana dice que este televisor pasó a mejor vida desde hace muchos años y el dueño del taller lo colocó en la banqueta, así como los mecánicos dejan olvidados, en la calle, los carros que ya no tienen remedio. Cuando dijo esto último, nos reímos, porque supimos que este país tampoco tiene remedio y por eso ya, la patria, nos dejó en la calle “de la amargura”.
Qué pena reconocer que Azcárraga, el viejo, tuvo razón. ¡Nunca cambiaremos! Su televisora nos sigue dando mierda y la consumimos día y noche. A veces le ponemos un poco de polvojuan para que se disimule un poco el sabor a caca, pero de que le entramos le entramos. Si tuviésemos un poco de dignidad ya desde cuando habríamos presionado al gobierno a cancelar el programa de Laura de América. Pero nadie hace algo, porque hay millones de personas que consumen “lo que el país produce”. El país (léase inversionistas) producen lo que interesa a sus intereses y al interés del supremo poder.
¿Imaginás lo que sucedería en México si todo mundo le diera la espalda a la televisión abierta?, preguntó Mariana. Pero no pude hacerlo, porque ya, cualquier día de éstos, el “país” donará millones de televisores digitales para que los mexicanos no se queden si ese producto de primera necesidad, alimento de los pobres (de los pobres de espíritu y pobres de mente). Las personas colocarán las pantallas digitales sobre la mesa del oratorio y seguirán prendiéndole veladoras a todos los santos y vírgenes que Televisa y Teveazteca nos presentan.
Mariana y yo nos sentamos en la banqueta de enfrente y vimos la televisión. Vimos el culo de la tele y nos causó risa. Imaginamos que pasaba una señora con rumbo al mercado y miraba hacia donde estaba la tele y luego volvía la cara hacia nosotros y preguntaba: “¿Qué hacen, muchachitos?” (Yo agradecía lo de muchachitos). “Vemos la tele”, decíamos a coro. “Ah, muchachos bobos, están locos”, decía ella y se subía el chal y continuaba su camino. Mirábamos la tele e imaginábamos que veíamos una serie basada en el libro “Necrópolis”, de Santiago Gamboa, escritor colombiano, quien, según Manuel Vázquez Montalbán, es “junto con Gabriel García Márquez, el autor colombiano más importante”. Y veíamos esa serie porque Quique me acaba de obsequiar el libro. Imaginamos que cambiábamos a lenguaje comiteco el caló de José Maturana, uno de los personajes de la novela. Y donde José dice: “mis guariguaris, más que todo lo que nunca tuve y amé”, nosotros dijimos: “mis compas…”; y no cambiamos nada cuando se refiere a Dios o Jesús: “The Big Boss, Don Chuchito El Propio”, porque el juego de palabras era como una línea de agua limpia. Y así nos estuvimos buen rato y dijimos que la televisión no es la caja idiota, tiene mil posibilidades de alentar la imaginación, siempre y cuando no se prenda o no se miren los canales de Televisa o Teveazteca.
Mariana tuvo un impulso a la hora que nos paramos y dijo: “¿Y si tomamos las piedras y las tiramos contra la tele en acto de protesta?”, pero luego dijimos que no, que mejor no, porque este televisor ya estaba frito desde hace mucho tiempo y nos había servido para jugar un rato, a mitad de la calle.