lunes, 7 de noviembre de 2016

EXPERTO EN COPAS





Deberías ser experto en copas, me dijo Agustín. Él sabe de mi gusto por admirar los pechos femeninos. Romina dice que mi pasión se debe a un destete tardío. No lo sé.
Me gusta el arte figurativo. Admiro a Chagal y a Modigliani. De joven siempre decía que no me gustaría morir de tétano, pero de teta sí. Era una bobera, pero era una señal de cómo me divertía ir al parque a mirar, sólo mirar. Aunque, hubo ya una época en que pensé que debía convertirme en un estudioso del ABC de la tetología y digo ABC, porque aprendí que la letra de los sostenes se refería al tamaño de los pechos: A: tetita; B: teta; C: soberbia; D: suprema. Miriam decía que el tamaño perfecto era el que cupiera en la mano, lo demás era desperdicio. Entiendo (porque he preguntado con amigas) que las D no son felices, porque llevar tamañas toronjas en el seno no resulta muy agradable.
Mónica me preguntó un día qué tipos de pechos prefería. Casi estuve a punto de repetir lo que Miriam decía, pero como Mónica tenía unas tetas soberbias dije que me gustaban los pechos como los suyos. Ella protestó, dijo que no podía saber bien a bien cómo eran su pechos, porque jamás los había visto (en realidad a ella le gustaba vestir playeras con cuello mao, pero ajustadas de tal forma que sus pechos sobresalían de manera espléndida). Dije que no, pero saqué la libreta donde tenía cientos de recortes de pechos y le pedí que, sólo como juego, señalara qué pechos se acercaban a los de ella, reconociendo que cada tetita es única e irremplazable.
Como admiro a los figurativos, mi pintura se acerca a tal expresión y busco, por todos lados, modelos para mis pinturas, un poco como hacía Diego Rivera, quien, en cualquier parte, se sentaba y tomaba apuntes para sus murales o (¡bendito!) llevaba modelos femeninos a su estudio y ahí las desnudaba. Tal vez este era uno de los momentos más sublimes de la creación de Diego, porque del natural pasaba el boceto al papel, era como trasmutar el espíritu cárnico (si se vale el término). Ya lo demás era puro acto reflejo, del papel al muro y sobre el muro la pintura. El momento trascendental, el importante, era el instante en que la mirada del artista (su alma) retenía el espíritu del modelo (su alma). Yo no hago lo que Diego hacía, yo me concreto a ver, a paladear, a disfrutar, a conservar el modelo en mi memoria, por ello voy a las plazas y veo a las muchachas bonitas, las veo cómo se acomodan el cabello, cómo suben las gradas del parque, cómo suben sus piernas a las bancas, cómo (sugerentes) se abren el botón superior de las blusas. Me gusta verlas como aves en pleno vuelo, disfruto a la hora que abren sus alas y exhalan sus sueños y deseos. Yo las veo, trato de ser discreto, porque lo último que deseo es ofender a mis modelos. Quisiera que supieran que son una creación divina y que ellas son el mensaje que manda Dios para mi obra creativa. Pero, a veces (maldición, no puedo evitarlo), soy muy obvio y mi mirada se posa como gorrión sobre los pechos de ellas, cuando una muchacha se agacha frente a mí no puedo desviar mi mirada, como si fuera yo un murciélago mi radar sólo detecta el aura de las areolas benditas, más el envase que las contiene.
A mí, me disculpan, pero no encuentro parte del cuerpo femenino que tenga la belleza del pecho. No tengo duda que el universo tiene la misma forma que el pecho de una mujer y que la zona más bella es la Vía Láctea.
Cuando Agustín me dijo que debería ser experto en copas, de inmediato pensé (en forma equívoca) que se refería a copas de licor. Pero, un segundo después, cuando me dio un codazo y me enseñó el par que pasaba frente a nosotros y que eran propiedad de una muchacha de diecisiete años, con una blusa blanca, ajustada, supe que él se refería al ABC de la tetología, ciencia que se encarga del estudio de lo más sublime de la vida.
Tiembla mi mano en el instante en que traslada al papel lo que mi mente retuvo. Tiemblo de placer cuando veo a una chica de pechos bellos, sugerentes, sublimes.
¿A alguien ofendo? Espero que no, pido a Dios que no. Todo es como si estuviera yo parado en la cima de una montaña y admirara la creación. Todo es como si yo viera el vuelo del ave y viera el movimiento de las hojas de los árboles y viera el trazo del arco iris y viera el movimiento lento de un par de nubes.
Todo es como un homenaje a Modigliani, uno de los artistas más grandes del mundo. Los desnudos femeninos que pintó son los más bellos. ¿Quiénes fueron sus modelos? Esas mujeres fueron tocadas dos veces por la divinidad, en el instante en que se supieron bellas y en el instante en que Amedeo las inmortalizó.

sábado, 5 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON BOLSO PARA IR AL MANDADO





Querida Mariana: Hay frases que son simpáticas. Una de ellas es cuando alguien dice: “Voy a ir al mandado”. Y digo esto porque, de acuerdo con el diccionario, mandado se aplica a “una persona que por encargo de otra realiza un trabajo”; es decir, que mandado, según la norma prestigiosa, es lo que acá llamamos mandadero.
En Comitán somos mandaderos y hacemos mandados, en España, los mandados son los que cumplen un encargo.
Parece, pues, que tenemos una ligera confusión. Ahora bien, ya trepados en este tren, ¿quién es un mandatario? El ya citado diccionario dice que es una persona que “gobierna un país o desempeña un alto cargo político”. Pero, en términos legales (esto me lo explicó Adrián), la palabra mandatario se emplea a quien acepta el encargo de un mandante de representarla en actos jurídicos o en negocios. Parece un poco enredado, porque el lenguaje tiene caminos con piedritas. Por ello, los expertos recomiendan que seamos precisos.
Los mexicanos decimos que el presidente de la república es el primer mandatario, como si dijéramos que es el mero mero. ¿Qué pasaría si lo tomáramos en la acepción jurídica? En este último caso, el pueblo sería el mandante y se llegaría al ideal que propalaba José María Morelos y Pavón, de que el presidente de la república sería el siervo de la nación.
De acuerdo con la Constitución Política Mexicana, esto me lo explicó Francisco, todos los gobernantes son elegidos por el pueblo, por lo que éste ostenta la soberanía. El diputado fue electo para representar a los habitantes de su distrito; es decir, en términos estrictos, siempre debe velar por los intereses de sus representados, de quienes lo eligieron para ostentar su representación.
Sí, mi querida Mariana, tenés razón, esto es un tachilgüil.
Todo esto sale porque en México tenemos confusión respecto al mandado, al mandadero, al mandatario y al mandante, por eso (dicen, dicen) la mayoría es mandilona.
Si voy al “mandado” es porque alguien me mandó. Por eso, el que es muy fantoche dice: “A mí todo mundo me hace los mandados”.
El otro día vi la fotografía de mi grupo de quinto grado de primaria y ahí, en la fila de atrás, al lado derecho del maestro, está Víctor, el eterno mandadero; es decir, el mandado. No se ve en la fotografía, pero Víctor debe estar descalzo porque nunca tuvo zapatos, cuando menos en toda la primaria. De muchos de mis compañeros de entonces no recuerdos sus nombres ni sus apodos ni sé qué ha sido de sus vidas, pero de la vida de Víctor sí tengo noticias, porque el diario se encarga de recordármelo casi a diario. ¿Quién iba a decir que Víctor, el hijo de un albañil y de la señora que lavaba ajeno, iba a llegar a ocupar un puesto tan alto en la política? Sé que si ahora un periodista llegara con el maestro de quinto grado, éste diría que Víctor, desde entonces, tenía “una inteligencia sublime que ya advertía que sería un hombre exitoso”. Así dicen siempre de niños y niñas que llegan a ocupar lugares célebres en la sociedad. Pero, la verdad, es que Víctor no era inteligente. ¿Qué inteligencia puede necesitarse para cumplir mandados de todos los compañeros? Bueno, tal vez me equivoco en mi apreciación y me veo injusto, porque, sin duda, en ese tiempo se necesitaba una pizca de inteligencia para ofrecerse a ser un mandadero por veinte centavos. Yo, cuando menos, le pagué en tres ocasiones a Víctor: una fue cuando le pedí que hiciera fila por mí en el Cine Comitán, el día del estreno de una película de El Santo; otra fue cuando se hizo pasar por mí la mañana en que llegaron los de sanidad a inyectar a los alumnos de la escuela; y la última fue cuando, ya en la preparatoria, llevó serenata en mi nombre a la muchacha bonita que me gustaba. (Niña que al final supo la verdad y terminó odiándome porque me habría perdonado todo, así lo dijo, menos que fuera Víctor, el hijo de un albañil, quien llevara la serenata. Quién sabe qué pensará esa mi muchacha bonita, ahora que Víctor es un encumbrado político.)
Víctor fue conocido en Comitán como “El mandaderito”, él, técnicamente, le hacía “los mandados a todos”. ¿Quién iba a decir que, con el paso del tiempo, él sí le daría el verdadero valor al concepto, de acuerdo con lo que dice el diccionario? Es decir, Víctor, ahora, es el verdadero mandado, quien por encargo del pueblo realiza un trabajo. Pero, como en México todo lo confundimos, no está lejano el día en que Víctor se convierta en un mandatario y todo mundo le rinda pleitesía, al olvidar quién es el verdadero mandante.
Cuando veo las fotografías de grupo hago lo que hace medio mundo, trato de ubicar los nombres de los personajes, de recordar alguna anécdota, de ubicarlos en la actualidad. Me resulta fácil ubicar a quien siguen viviendo en este pueblo: Carlos es un médico exitoso en un hospital de gobierno, a veces lo saludo, yo caminando y él conduciendo su camioneta roja, lujosa, del año; Luis es también un médico, vive en Tuxtla, de igual manera es un profesional exitosísimo, su dedicación le ha permitido vivir con lujos (tiene, sólo por darse su gusto, un auto antiguo); Romeo es maestro en una colonia cercana a Comitán, todos los días viaja a la comunidad y regresa a comer a su casa, le encanta la marimba, lo veo los jueves en el parque central escuchando al grupo que ahí toca. Así voy repasando la vida de cada uno. A varios no logro identificarlos con claridad, se borran en la niebla de mi memoria. Ahí está Pablo, quien murió en un accidente automovilístico cuando ya estaba a punto de concluir sus estudios universitarios. Una vida de pena, porque fue una pena que, después de tantos esfuerzos, se quedara en la orilla, sin subir el último escalón. Y, cuando llego al lugar donde está el maestro, algo como una muesca de envidia aparece en mi mirada. Ahí está Víctor, el mandadero, sin zapatos, con su carita recién lavada, con sus pelos llenos de brillantina, para disimular las púas de su cabello, para que quedaran planchados, para que nadie dijera que tenía pelo corriente. Debo decir que la mamá de Víctor, que como ya te dije trabajaba de lavar ajeno, siempre fue muy cuidadosa en el aseo de su hijo. Los pantalones de Víctor tenían remiendos, pero siempre estaban limpios, bien planchados, con la raya puesta en su lugar; asimismo, las camisas, también con remiendos, siempre con la manga larga, eran impecables en su limpieza. Veo el rostro de Víctor, lo comparo con los rostros de los demás y me cuesta creer que ahora él, de todos los del grupo, sea quien tiene más dinero. El hijo del albañil sencillo y de la mujer que lavaba ajeno se convirtió en un potentado.
El otro día fui a San Cristóbal de Las Casas y estaba sentado en el parque central, boleándome los zapatos, cuando, en medio de un grupo de diez o doce personas, con vestimenta impecable (dos o tres mujeres que irradiaban perfumes franceses), lo vi aparecer. Tenía la seguridad de quien se sabe admirado, de quien posee mucho dinero y es centro de todas las miradas. Decía alguna frase y todos los demás lo celebraban con risas frescas, supuestamente espontáneas. El grupo se acercó poco a poco al lugar donde yo estaba, pasaría frente a mí. Vi que Víctor miró hacia el parque y levantó la mano para saludar a un grupo que, atento, los veía caminar. Uno del grupo del parque se acercó y le tendió la mano, Víctor le palmeó la espalda, intercambió unas palabras, ambos sonrieron, el hombre pidió que le tomaran una foto y se acercó a Víctor, quien, como si fuese un actor de cine, mostró su mejor sonrisa, palmeó de nuevo al conocido y siguió su camino. Todos los del grupo de Víctor se detuvieron, miraban hacia el parque o veían con agrado la escena que el político regalaba a esa mañana fresca en San Cristóbal. Reanudaron su paso y fue cuando vi que me vio. Víctor se detuvo y me miró fijamente, como si su escáner hiciera un ejercicio de repaso ágil sobre el álbum personal que, sin duda, posee miles y miles de rostros. “A este tipo lo conozco”, debió decirse. Fueron unos segundos. De inmediato alzó la mano, supe que ese saludo estaba dirigido a mí, lo supe. Supe, de igual manera, que él, Víctor, esperaba que yo hiciera lo mismo que había hecho el individuo minutos antes, esperaba que yo respondiera al saludo, que dejara mi asiento donde el bolero echaba grasa a mis zapatos (Víctor nunca calzó de niño, tal vez, digo tal vez porque esto sí nunca lo supe, fue bolero en el parque central de Comitán) y con paso decidido fuera a saludarlo, a tenderle la mano, a mostrarle una sonrisa, a decirle que era un gusto volver a verlo, después de tantos años, pero no lo hice. Entonces él, actor maravilloso, prolongó el saludo, movió el brazo hacia el otro lado, dejó de verme y continuó su camino, en medio de la algarabía de sus acompañantes. Lo vi luminoso, con una seguridad desbordante.
Cuando regresé a casa, saqué de la gaveta la fotografía del grupo de quinto grado. Ahí seguía Víctor, al lado del maestro, con el pelo engominado, para que no se le pararan las púas. ¿Cómo le hizo para llegar a ocupar el puesto de prestigio que ocupa? Tal vez si un periodista llegara y me preguntara por él diría: “Fue un niño de familia modesta, pero inteligente”, porque, sin duda, que se necesita inteligencia y mucha astucia para llegar a ocupar los puestos más privilegiados en la política.

Posdata: Veo la foto y digo que yo no debo confundirme: el pueblo es el mandante; es decir, el verdadero poder. Los servidores públicos deben ser los mandados, los enviados.

jueves, 3 de noviembre de 2016

EMBODEGADO




Mi sobrina Pau lo dijo sin malicia, lo dijo como si pidiera una paleta de chimbo o un laurelito: “Tío, a ti, ¿cuándo te van a mandar a la bodega?”.
Rocío la regañó. “¡Ay, niña!, ¿qué cosas dices?”, fue lo que se le ocurrió decir a la tía Elena, antes de jalarla y llevarla a la cocina, donde le ofreció un pedazo de pastel que, una hora antes había sacado del horno.
Yo dije que no tenía importancia, dije que los niños son niños, pero, la espinita ya estaba clavada en mi corazón, una espinita como esas que tienen las mojarras pequeñas, espina casi invisible, pero jodona. Espina que, si no limpiamos bien el pescado puede echar a perder la comida de día de campo. Casi casi estuve a punto de pedir un plátano para ver si así lograba pasar esa espinita tan jodida. “¿Cuándo te van a mandar a la bodega?”. Porque, es cierto, Pau tiene razón, las cosas inservibles se van para ese espacio lleno de telarañas, húmedo y polvoso. Los cacharros y los objetos oxidados van a dar a la bodega. Yo quise echarme porras y pensé que no, que aún no es hora, que aún tengo mucho por hacer, que no soy como una bicicleta con las llantas ponchadas o una máquina de coser ya obsoleta, ¡no!, aún tengo mucho para dar, mucho en qué entusiasmarme. Claro, ya no tengo las ilusiones que tienen los que aún tienen todo por delante, pero en el instante en que estoy creo que estoy en la falda del cerro, de un cerro que (¡prodigioso!) tiene aún reservados unos territorios fantásticos. Este momento ya es de pura subida (aun cuando hay algunos que lo ven como bajada). El ascenso no es sencillo, pero no es para espíritus apocados. Podría decir que todo el trayecto que he vivido no ha sido más que un entrenamiento para esta etapa, para subir este terreno difícil, pero que tiene la ventaja de ser el Everest de cada uno, desde donde, en cualquier rellano, se observa el valle lleno de luz y de aire.
A la bodega se manda lo inservible: latas viejas, llantas ponchadas, cajas húmedas, sillas con tres patas, sofás con la estopa de fuera, radios que ya no sirven y cientos de llaves y tornillos que quién sabe para qué máquina fueron útiles. Pero, debo reconocerlo, a la bodega, de vez en vez, van a dar cosas que no se usan de manera frecuente, pero que aún se utilizan: mangueras, bicicletas de montaña, herramienta para el auto, pedazos de madera que sirven para hacer cercos en jardines, cuerdas, camas y albercas inflables, colchonetas. Es decir, en la bodega conviven objetos inútiles y objetos que se utilizan en ocasiones especiales. El tío Armando tiene en bodega un barril donde conserva comiteco auténtico, durante años y años esta bebida ha sido conservada en la familia, bebida que se usa en ocasiones memorables. Ahí está el comiteco, orgullo de esta tierra, al lado de una mesa que se quedó sin patas.
¿Cuándo me mandan a la bodega? ¡Jamás, Pau, jamás! Soy una persona frágil, pero siempre he pensado que soy un espíritu que no soportaría el encierro de una jaula, de una bodega, de un asilo. ¡No! Si Dios me permite vivir la vejez, la viviré al aire libre. Si el destino me enviara el fatalismo de ser como un clochard de esos que viven en los bajos de los puentes que cruzan el río Sena en París, lo recibiría con gusto, todo, todo, menos la égida falsa de un asilo.
Cuando caminé rumbo a casa, después que pasamos a la mesa y todos comieron un pedazo de pastel y yo tomé un té de limón, pensé que si fuera un objeto de bodega sería (no pensé en otro objeto) un libro y esperaría entusiasmado la presencia de una muchacha bonita que, con un cubre boca, me tomara entre sus manos, me limpiara y, ya en el patio iluminado con el sol y bendecido con el aire, dijera que ese libro era un tesoro y lo llevara a su casa y lo colocara sobre su buró para leerme en las noches. Yo, maravillado, disfrutaría el instante en que ella se quitara su ropa de diario para colocarse una playera holgada que haría las veces de pijama. Vería, entusiasmado, el instante en que dejaría sobre la silla el sostén que durante toda la mañana había aprisionado sus pechos. Sí, de plano, nunca seré un objeto de bodega, seré una hoja seca debajo de un árbol, en medio de un jardín lleno de luz y de ovejas dando cabriolas a mitad del viento.

martes, 1 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUIÉN LA TIENE MÁS GRANDE





Querida Mariana: Tal vez en algún momento te platiqué que, antes, los muchachos hacían concursos para ver quién la tenía más grande. No obstante, lo que te contaré nada tiene que ver con juegos juveniles. En Darmen, la municipalidad realiza un concurso anual que así se llama: ¿Quién la tiene más grande? Y es un concurso de una planta de ornato llamada Sanserén. El día 9 de noviembre, los integrantes del jurado van a las casas de los competidores y visitan los jardines. Con una cinta métrica miden el alto y ancho de la sanserén, que es una flor de color rojo con motas blancas.
Romeo dice que aparte del juego que los adolescentes mexicanos hacen como travesura, en la intimidad de los baños, donde cuatro o más amigos usan un regla para ver quién es el campeón, en Armalos, también hacen un concurso que lleva el nombre ¿Quién la tiene más grande?, y que convoca a la población para ver quién tiene la fe más grande, ¿podés creerlo?
Yo entiendo que hay cosas mensurables, pero otras no. A mí jamás se me hubiese ocurrido organizar un concurso para ver quién tiene la fe más grande. ¿Cómo el jurado da su veredicto? ¿Con base en qué?
En Darmen, los integrantes del jurado llevan una cinta y hacen mediciones exactas. El secretario anota en su bitácora el tamaño de la sanserén. El jurado, como ya dije, mide el alto y el ancho, porque son flores que brotan de un tallo y se abren como manoplas. El jurado toma la altura desde la base del tallo hasta la punta del penacho y mide el diámetro de la flor abierta. No hay duda. Al final del día, después que visitaron cientos de jardines, en la plaza del pueblo, ante una multitud divertida y expectante, dan a conocer los resultados y premian a los tres primeros lugares. En Darmen, la flor de sanserén, desde tiempos remotos, es considerada como un símbolo de armonía. Las ancianas las usan para adornar los altares y para preparar tés que ayudan a soñar sueños armoniosos.
Bueno, lo mismo sucede con los traviesos que se sacan el miembro para medírselo con ayuda de una regla de treinta centímetros. Rodolfo (no sé si creerle o no) cuenta que en una ocasión, en Veracruz, en casa de sus primos, jugaron el juego y uno de los amigos de su prima Esther, los venció de entrada, porque a la hora que se sacó su miembro, rebasó la regla. Uno de los amigos (luego dicen que salió del closet) insistía en ir por otra regla a fin de saber el tamaño exacto.
Pero, ¿cómo le hacen en Armalos para ver quién la tiene más grande? ¿Es mensurable la fe? El doctor Pacheco, experto en asuntos de estadística comenta que sólo lo que puede medirse es objeto de estudio científico, lo demás cae en el terreno de la charlatanería. Así pues, para el doctor Pacheco es más importante el concurso de las sanserén o de los penes que el de la fe.
No obstante, cuentan los armalenses, el concurso de ver quién tiene la fe más grande convoca a una multitud, tanto de espectadores como de concursantes, esto último es así porque el triunfador obtiene el prestigio en la comunidad y además el viaje a Jerusalén con todos los gastos pagados.
¿Cuál es la prueba que deben pasar los concursantes de la fe? Romeo dice que todo el pueblo se concentra en la playa y miran cómo los participantes caminan por encima del agua y luego, como si fuera triatlón, deben ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches para llegar a la prueba final que es la de hacer figuras de pájaros con barro y luego soplar para que tomen vida y vuelen. Romeo dice que cada año hay más de dos participantes que llegan al final de la prueba; es decir, caminan sobre el agua sin problema y ayunan el periodo exigido, pero, como los habitantes de Armalos, son torpes con las manos, no lograr modelar bien la figura de los pájaros y terminan haciendo ositos o conejos sin cola.

lunes, 31 de octubre de 2016

IMAGINÁ QUE TE LLAMÁS SEDA





Imaginá que sos seda, que naciste en China. Antes eso sería un privilegio, porque ahora, corrés el riesgo de no haber llegado en la Nao y que seás “Made in China”, lo que significa que no sos original sino tela de poner y botar.
Ha cambiado la vida. Antes, la seda China era codiciada, por su tersura, porque era el camino de luz pintado por el gusano. ¿Mirás qué prodigio? Codiciábamos el hilo hecho por un gusano, lo que, viéndolo bien, es toda una enseñanza de vida: el gusano más modesto puede crear obras de arte. Ahora, todo es al contrario, una simple oruga boba hace un performance y todo mundo la alaba.
Pero, bueno, como estamos en el juego de la imaginación, imaginá que sos esa tela que estimuló, por ejemplo, la imaginación del escritor Alessandro Baricco, quien escribió la novela “Seda”, donde narra cómo un comerciante, francés, parece, adquiere huevos de gusanos de seda. Los críticos han señalado que tal novela es de una gran belleza por la perfección de sus líneas. Baricco la escribió como si su pluma fuese un hilo de oro y escribiera sobre un pergamino de seda, con gran cuidado, para que ninguna mancha entorpeciera el camino de la literatura.
Imaginá que sos un lienzo de seda, un lienzo con el que jugás a la hora que estás con tu pareja en la habitación. La seda, todo mundo lo sabe, por su tersura se adapta al cuerpo como si fuese una extensión. Si tu pareja está desnuda, bocarriba, sobre la cama; si recibe los rayos de sol de las cinco de la tarde, hora en que el sol es como una gota de miel o un río de ámbar, vos podés acercarte y colocarte sobre sus pechos, cubrile, nada más, la mitad, la parte donde los pezones se asoman como gatitos traviesos; con los dedos rodeá sus areolas y soplá por encima de la seda para que el aire caliente logre abrir los labios de sus pechos, no te retirés hasta que ella abra bien su boca y, como un habitante del desierto, pida agua, agua.
Imaginá que jugás por todo el cuerpo de tu pareja, imaginá que resbalás (es el término correcto) por su ombligo y más allá; imaginá que tus dedos (de seda) juegan por en medio de los muslos y son como cabras que se sostienen en la ladera para no caer, para no caer en la tentación de acercarse al lugar donde el deseo, como si estuviese en caldero, nace tierno, ávido, suplicante.
Imaginá que sos seda auténtica, que provenís de la misma estirpe de esa tela empleada por los integrantes de la familia imperial. Porque, si sos de seda, sos tela especial para príncipes y princesas, casi casi como si fueses cotón chuj.
Dejá que el mundo te admire, tendrás que soportar (esa es la palabra) el tacto de medio mundo, porque deberás admitir que hasta el gusano más infecto se asombrará ante la belleza de tu agua y de tu aire. Dejá que medio mundo te toque, dejá que sueñen con tu piel de nube, dejá que, por un instante, al menos sientan lo que es estar cerca de la gloria y del deseo. Porque, lo sabés, no hay tela que propicie el deseo con tanta intensidad como la seda, por ello, las nobles, las muchachas bonitas, más bonitas, te usan en la entrepierna, para que las hojas de sus libros que no están escritas puedan contar las historias más tiernas y más eróticas jamás soñadas. Tu piel seduce al tacto, llama a la flama más retorcida, al sueño más encumbrado, al deseo más escondido. Sos capaz de convocar tantas leyendas que con tus pasos se llenarían cientos de kilómetros de la muralla china.
Imaginá que sos seda y que tu piel es apenas una línea de luz que ilumina la mano que te toca, el labio que te besa, la palabra que te nombra.
Imaginá que sos tela, pero tela de príncipes y de princesas. Imaginá y volá, volá como si tus alas fueran de dragón y tus garras de paloma tenue.

sábado, 29 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, A RITMO DE JAZZ





Querida Mariana: Los caminos de la literatura son fantásticos, porque llevan a otros caminos, también soberbios. Así es la vida, la vida también tiene muchos senderos por donde caminar. La ventaja de la literatura es que los caminos sugeridos no acarrean los problemas reales que sí acarrea la vida real, por eso, parafraseando al papá de la escritora Ana García Bergua, que decía que “El cine es mejor que la vida”, un lector apasionado puede, con todo el derecho del mundo, decir que “La literatura es mejor que la vida”, aunque, todo mundo sabe que la vida es la materia prima del cine y de la literatura.
Si nosotros hiciéramos un recuento de la literatura escrita en estas regiones veríamos que mucho de ella tiene su sustento en la vida vivida en Comitán. Los escritores tratan de hacer una versión mejorada de la triste vida cotidiana.
Una vez escribí que mucha gente dice que Comitán es un pueblo aburrido, porque no suceden grandes cosas. Romeo, creyéndose un Jesús redivivo, pide a Dios que perdone a esa gente, porque “no saben lo que dicen, ni lo que hacen”. Romeo dice que lo cotidiano de este pueblo es lo que lo hace uno de los pueblos más hermosos del mundo. Y yo, en parte, estoy de acuerdo con Romeo, porque, como dijo un amigo, cuando lo cotidiano desaparece, es como si un tarro de café rebosara y cuando el café se riega mancha el mantel de la mesa.
Pareciera que estar en armonía es estar muy cerca de lo cotidiano, en donde no sucede algo eventual, porque lo eventual puede ser signo de gran tragedia. Si leemos con atención el periódico vemos que muchas notas refieren a instantes en donde lo cotidiano se extravió y apareció algo inusual: un accidente, un terremoto, un robo. Claro, Romeo dice que lo cotidiano también desaparece cuando aparece algo prodigioso: el nacimiento de un hijo, un premio de la lotería, la graduación estudiantil, pero Romeo recalca que todo acto prodigioso trae una torta de clavos debajo del brazo.
Cuando salimos de casa queremos que nada extraordinario suceda. Queremos llegar con bien a nuestro trabajo y en éste también queremos que todo suceda con extraordinaria normalidad. Pero no siempre es así, a veces salimos de casa y a mitad del trayecto comienza a llover y no sacamos paraguas, el colmo resulta cuando metemos el pie en un charco o cuando un auto pasa veloz y nos moja de pies a cabeza, quedamos como pollos con las plumas húmedas pegadas al cuerpo. Nunca falta (¡Señor, señor!) un bicicletero (que otra cosa es ciclista) que conduce en sentido contrario y a la hora que nosotros bajamos de la banqueta, porque ya comprobamos que no viene carro alguno en el sentido correcto, se nos echa encima, porque el animal (perdón burros, caballos y demás congéneres) cree que no debe respetar el sentido de circulación. No sabe el animal (perdón gatos, chuchos y demás congéneres) que su bicicleta es un automóvil y debe respetar las normas de vialidad. No lo sabe. Ahí termina la tranquilidad.
Cada persona tiene su concepto de armonía y tranquilidad. Cada uno de nosotros pide que no sucedan eventos fuera de la normalidad, y estos eventos son diversos. ¿Qué es lo normal, lo deseable, para un portero de fútbol? Que no le metan gol. Pero lo deseable para quien está frente a él es ¡meter gol! Tal vez este ejemplo bobo sirve para decir que el velador pide llegar con bien a su casa cuando, a las cinco de la madrugada, cierra la puerta de la bodega que vigila; pide que no se tope con algún malandrín, pero el delincuente lo que pide es que se tope con un inocente velador para que le entregue los cien o doscientos pesos que lleva en su cartera toda raspada.
Esto que escribo, Mariana mía, no sólo sucede en la vida, sino también en la literatura, en los cuentos y en las novelas, pero en el mundo de la ficción jamás rebosa el café, jamás mancha el mantel. El lector se mete en esos caminos maravillosos de la ficción, pero lo hace desde la tranquilidad de su casa. Está sentado en el sofá, junto a la ventana donde se filtra el sol de la tarde, donde toma una taza de té caliente, donde el gato (recostado a sus pies, sobre un tapete) duerme y lo acompaña. Ahí, el lector se entera que los personajes viven actos donde la armonía es rota. Por ejemplo, hace cinco minutos, antes de ponerme a escribir esta carta para vos, leía un cuento escrito por Joyce Carol Oates, donde una muchacha (apenas mayor de veinte años) dice que: “Habían pasado ya siete semanas y dos días”. Drewe, que así se llama la muchacha, “había contado, una y otra vez, los días desde su último periodo”. ¿Mirás? La muchacha (quien es amante de un hombre de cuarenta y dos años, catedrático de la Universidad de Wisconsin-Madison), abandonó la zona de confort donde lo cotidiano pone sus huevos y entró al laberinto donde los polluelos de lo inesperado brincan de contento. Nosotros, lectores, podemos hacer mil conjeturas: “Se lo tiene bien merecido, por calenturienta” o “Tonta, ¿por qué no se cuidó? Habiendo tantos métodos anticonceptivos”. Cuando termine el cuento, yo dejaré el libro, me acercaré a la ventana y miraré la orquídea que tiene una flor amarilla y que hace contraste con el gris de la pared. Dos días después no volveré a pensar en la muchacha de Wisconsin y ella (perdón que lo diga, es una bobera), como es un personaje de ficción, se evaporará en su confusión. Pero, ¿qué sucede con la vida real? No quiero ni decirlo. ¿Conocés alguna amiga que esté metida en este sendero? Sí, seguro que sí, se da con gran frecuencia. Los que estamos fuera de ese camino, quienes caminamos en senderos paralelos podemos censurar y decir: “Tonta, ¿por qué no se cuidó?” o “Se lo tiene bien merecido por calenturienta”. ¿De verdad tenemos derecho a emitir tales juicios? Sí podemos hacerlo cuando estamos metidos en los caminos de la literatura, pero no tenemos derecho alguno a emitirlo cuando se trata de la vida real, porque no sabemos de qué manera afecta tal eventualidad la vida del otro. Como dicen los viejos: “Sólo el que carga el bulto sabe cuánto pesa”.
La literatura, siempre, es una versión mejorada de la vida. Por eso, los lectores amamos las historias que los libros contienen, porque no afectan para nada la vida real (en apariencia, claro, en apariencia). Todo nos toca tangencialmente y hace que nuestras vidas planas, torcidas, conozcan vidas interesantes y enderecen nuestros caminos.
Ningún lector asume culpas ajenas. El personaje de la novela, en las prisas por llegar a tiempo a la cita, olvida, sobre la cómoda, un papel importante; cierra la puerta de su departamento y cuando va a mitad del trayecto recuerda el papel, pide la parada, el chofer del autobús, molesto, dice que se detendrá hasta la parada oficial, porque ve que el tipo insiste en pedir la parada. Cuando el autobús se detiene, el individuo corre con dirección hacia su departamento, tiene que correr casi diez cuadras. Ya no llegará a tiempo a la cita, pero sabe que de nada le serviría llegar a tiempo sin el documento, es como si llegara a tiempo al aeropuerto pero sin el pase de abordar. Por fin llega a la puerta del edificio, sube las escaleras, casi corriendo, mete la llave en la cerradura, abre, corre hacia el cuarto y halla al gato encaramado sobre la cómoda. Busca, levanta cajas, retira botellas, busca debajo del reloj despertador. ¡Nada! El papel no está. Mira que la ventana está abierta. Hace viento. ¿Tiraría el viento el papel? Se agacha, busca debajo de la cómoda, siente un piquete, retira la mano, se golpea contra la base de la cómoda, mira su mano, tiene un rosetón rojo, sabe que un animal lo picó. ¿Una araña? ¿Venenosa?
Y de todo ello me entero, sentado en el sofá de la casa, mientras afuera llueve. Yo, en ese momento, estoy a salvo de charcos, de derrapones, de ser mojado por algún auto que pase veloz y caiga en un bache lleno de agua.
La literatura está hecha de la vida y la vida está hecha de los retazos que transforman lo cotidiano en la gran aventura.
Me gusta la literatura porque ahí sí caben todos los seres humanos. Los tímidos, los frágiles, los que parecen abandonados de Dios tienen poca cabida en la vida, pero en la literatura alcanzan dimensiones sublimes. Los personajes sencillos son capaces de llenar de luz las más brillantes páginas de los libros. Porque en éstos se reconoce que todo ser humano es la página sublime de la historia. Los desposeídos, los que son relegados en las grandes urbes, en la literatura tienen una presencia gloriosa. Ellos no lo saben, porque los miserables, en muchos casos, no saben leer ni escribir. Pero en los libros ellos son dueños de la gloria, ahí están sus cielos. Por esto, benditos escritores que los hacen visibles, que les dan el lugar que les corresponde en la tierra. Benditos escritores que dan territorios a los desposeídos.

Posdata: Los caminos de la literatura son fantásticos, como fantásticos son los caminos que vos y yo caminamos, los que nos dicen que la vida, más que en la vida real, está en la página del libro, en la mente y en el corazón de los escritores excelsos.

jueves, 27 de octubre de 2016

EL AFANTE DE JUAN




Juan quería un elefante, un elefantito. El papá de Juan fue a la tienda de juguetes y pidió aquél, el que está al lado de la jirafa azul, sí el elefantito azul con motas amarillas. ¿Sabe? Es para mi hijo Juan. Sí, desde que tenía dos años pedía un afante. Sí, así lo decía, un afante, y mostraba el libro que su tía Elena le obsequió, un libro que contenía animales de todo el mundo. Mi Juan siempre quiso un afante. Yo se lo prometí, le decía, mientras le servía la papilla de manzana, que un día. Cuando Juan tuvo seis años y llevaba el libro abrazado contra su pecho por toda la casa, dijo que los elefantes, ya había dejado de decir afante, vivían en África, entonces, un día trajo a casa un libro que tenía un mapa de aquel continente y me llamó a la sala y me dijo que me sentara y que cerrara los ojos, ahora los podés abrir, yo los abrí y miré una fotografía donde estaban señaladas las regiones del África donde habitan los elefantes y dijo que él quería ir al África, sí, le dije, cuando seás grande irás al África y a Europa y a… ¡No!, dijo, yo no quiero ir a Europa, porque en Europa no hay elefantes, ¿verdad? No, le dije, en Europa hay otra clase de animales. Quiso saber, entonces, qué tipo de animales había en Europa y como yo no sabía bien a bien le dije que ahí habitaban perros y gatos. Ah, dijo Juan, qué chiste. Perros y gatos hay acá en Comitán. No tiene chiste ir tan lejos para ver animales tan de la calle, tan del callejón e insistió en que quería ir al África para tener un elefante. Así lo dijo, ¿puede creerlo?, dijo que quería ir al África para tener un elefante. Sí, le dije, un día, cuando seás grande, irás al África y ya no mencioné nada de Europa ni nada de Sudamérica porque intuí que en Argentina o Chile o Uruguay tampoco hay elefantes. En el libro que había traído de la escuela estaban perfectamente señaladas las regiones africanas donde habitaban los elefantes. Juan, esa tarde, dijo que no tomaría su avena con plátano si yo no le prometía que lo llevaría al África para que tuviera un elefante, yo dije que sí, que prometía llevarlo al África, lo hice para que comiera la avena con plátano. Y él comió la avena y rio, no sabe cómo rio, rio como si fuera una cascada de esas que aparecían despeñándose en el libro de África. Y yo me senté en el sofá de la sala de mi casa, apagué la luz y pensé que, tal vez, mi Juan tenía esa obsesión del elefante, porque yo, de niño, de la edad de él, iba al cine y pagaba la entrada de gayola y ahí, en la penumbra de la sala, me emocionaba con las películas de Tarzán, el rey de la selva, quien viajaba columpiándose en lianas o montado arriba de un elefante, porque Tarzán, ¡qué maravilla!, con un grito mandaba a pedir que los elefantes llegaran, como si su garganta tuviera una campana que al tañerla le dijera a los perros y a los gatos que las croquetas ya estaban dispuestas en los platos para que las comieran. Y entonces dije que por qué no, sí, por supuesto que sí, cuando Juan estuviera más grande, llevaría a Juan al África y yo buscaría el elefante de Tarzán, pero el tiempo pasó, Juan creció y por una u otra razón fuimos postergando el viaje. Cuando él cumplió treinta y dos años, ya teníamos el dinero para viajar a Kenia, ya estaba haciendo las reservaciones del hotel, pero la mamá de Juan se enfermó y todo el dinero tuvimos que invertirlo en la recuperación de su salud, al final de nada sirvió porque la mamá de Juan murió y entonces, como sucede muchas veces en la vida, nos quedamos sin ir al África y sin la mamá de Juan. Una tarde, Juan me dijo que, cuando menos nos quedaba la esperanza de ir al África un día, porque me llevarás, ¿verdad?, preguntó y yo dije que sí, que iríamos al África para que él tuviera un elefante. Me senté en el sofá de la sala, apagué la luz y pensé que cuando menos a mí, sólo a mí, me quedaba la esperanza de que cuando muriera alcanzara a Rosa, la mamá de Juan, porque yo creo en el cielo, ¿usted no? Creo que allá los muertos se encuentran y viven lo que no vivieron en vida. Esa noche un pensamiento me llegó: ¿Habrá afantes en el cielo? No, no, ¿verdad? En el cielo no hay elefantes, parece que los elefantes sólo viven en la tierra y en ésta sólo en el África tienen su casa.
Juan, desde siempre, quiso un elefante, un elefantito. Cuando Juan cumplió un año de muerto, el papá de Juan fue a la tienda de juguetes y pidió aquel, el que está al lado de la jirafa azul, sí el elefantito azul con motas amarillas. ¿Sabe? Es para mi hijo Juan. Sí, desde que tenía dos años pedía un afante. Juan murió un día antes de que cumpliera cincuenta y un años de edad, cuando ya el papá de Juan había, de nuevo, completado el costo del viaje. Ahora, el papá de Juan, por fin, le cumplirá su deseo. Le llevará el afante a la casita color de rosa donde ahora duerme para siempre.

martes, 25 de octubre de 2016

EL FIN DEL MUNDO





¿Qué sucede con los que se comen el mundo? A cada rato escucho que alguien dice: “Fulanito de tal está dispuesto a comerse el mundo”. Lo dice en ánimo de advertir que el mencionado tiene muchos deseos de volverse exitoso.
Parménides Ochoa, narrador tamaulipeco, tiene un cuentito donde un muchacho dice que quiere comerse el mundo. Lo dice frente al espejo del baño, lo dice convencido de su talento pictórico. Sueña con exponer en las más afamadas galerías de Nueva York. Mientras imagina que sus amigos lo ven por televisión y leen las revistas donde él aparece en las portadas, escucha un ruido, como de cucaracha, adentro de un bote de crema de afeitar. Levanta el bote, lo mueve en su oreja y escucha que el ruido se intensifica. Aprieta el botón del bote y echa un poco de crema sobre su palma izquierda. Con espanto, ve que una mancha oscura se mueve en medio de la espuma blanca. Horrorizado agita su mano una y otra vez para eliminar la espuma, misma que cae al suelo. Desde su altura, el muchacho observa que la mancha, como si fuera un globo, comienza a crecer y crecer y crecer, casi hasta topar con el techo. Conforme la mancha crece, él parece minimizarse. Está pálido, ha enmudecido, por eso tarda en responder cuando la mancha dice: “Soy el genio y puedo cumplir tu deseo de comerte el mundo. ¿Lo deseas en verdad?”. El muchacho se recarga en la pared para no caer. ¿Está soñando? ¡No! Frente a él está el genio que cumple los deseos y él, sin duda, le cumplirá su sueño de llegar a exponer en las mejores galerías de Nueva York. ¡Será famoso! Traga saliva y dice que sí, que sí quiere comerse el mundo. El genio, como si fuese lámpara, emite una luz cegadora y, en seguida, desaparece. Sobre el piso sólo queda una mancha gelatinosa, como si la espuma se hubiese derretido. El muchacho se hinca, alarga la mano, temiendo que la espuma vuelva a inflarse. Mas nada sucede. La espuma se ha derretido por completo, el piso ya está casi seco. No puede pensar más, porque ya su mamá toca la puerta, urgiéndolo a salir. El muchacho abre y pregunta si ya está listo su desayuno. La mamá dice que sí, lo aparta, porque le urge entrar al baño. El muchacho va a la cocina, se sienta en el antecomedor y comienza a comer la tortilla de huevo que le preparó su mamá. Toma el control que está sobre la mesa y prende la televisión. En la pantalla aparece el conductor del noticiario matutino, su cara muestra un asombro como si el mundo se estuviera acabando. Y en efecto, esa noticia está dando: “…medio continente africano ha desaparecido…”. El conductor se enlaza con el corresponsal en Sudáfrica y él comenta que toda la parte del norte del continente ha desaparecido, como si “un tiburón gigantesco se lo hubiera tragado”. El muchacho se atraganta. Ve el plato y mira que él ha comido la parte superior de la tortilla que, coincidentemente, tiene forma del continente africano. Toma cubierto y cuchillo y hace un corte a la mitad de la tortilla, le pone un poco de salsa verde molcajeteada, la lleva a su boca y la traga. El conductor del noticiario dice que está recibiendo un reporte urgente, parte de Etiopía y toda Kenia han desaparecido también. El conductor dice que el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica ha convocado a los líderes del mundo a una reunión urgente. El muchacho, sólo como una travesura, sin ponerle ningún aderezo, y sin la ayuda de cubiertos, toma el fragmento restante y con sus dedos lo lleva a su boca y comienza a masticarlo. Apaga el televisor. Está casi seguro que en ese momento en el noticiario dan la noticia de que toda África ha desaparecido.
Su mamá entra a la cocina y le pregunta si estuvo rica la tortilla y él dice que sí, como si fuese gato se relame, y pide que le prepare otra para la cena, que tenga papas, dice, mientras entra al baño, dispuesto a lavarse los dientes, porque ya es hora de que vaya a la escuela.
¿A quién contarle el don recibido? ¡A nadie! El muchacho cree que su petición fue exagerada o mal entendida por el genio, pero, algo en su interior, hace que se envanezca, porque, en efecto, ¡tiene el mundo en sus manos!
Sale, grita: “¡Nos vemos en la tarde!”, tentado a completar: “Si decido que el mundo siga”. En el descanso de las escaleras se topa con un viejo que sube a duras penas y le pide ayuda. El muchacho dice que no tiene tiempo, a la hora que lo dice, siente que el viejo lo toma del brazo. La mano del viejo es una tenaza. El anciano se quita la capucha que le cubre el rostro y dice: “Soy el genio y estoy dispuesto a cumplir tu deseo. ¿Quieres tener todo el tiempo?”. El muchacho no puede hablar. El dolor que siente en el brazo es muy intenso, la mano del viejo es como un cascanueces que está a punto de destrozar sus huesos. Pide que deje de apretarle el brazo. El genio dice que está dispuesto a cumplir su deseo. ¿Quiere que deje de apretarle el brazo? El muchacho dice que sí. El genio, como si fuese humo, se evapora. Al muchacho le duele el brazo, intensamente. Se lo toca con la mano izquierda, se lo soba, pero en el lugar que se sobó se le hace una hondonada. Oh, dice, aterrado, se lleva la mano a la boca y siente un vacío, se toca de nuevo y el vacío se hace más grande. ¡No!, quiere gritar, pero la voz ya no le sale, porque sus cuerdas bucales han desaparecido junto con su boca, junto con su barbilla. Desesperado, se desmadeja y cae sentado sobre un escalón, se lleva ambas manos a las sienes, pero un segundo después se arrepiente. Ya es muy tarde, parte de su cerebro desaparece. Su cabeza, como si fuese un péndulo se hace a un lado, al lado que está completo, el más pesado y choca contra el barandal. El dolor es agudo, quiere sobarse pero lo evita. Piensa levantarse, se apoya sobre el escalón, pero su brazo se va y con él su cuerpo entero cae hasta, tres pisos más abajo, hasta chocar contra el suelo, donde se hace un hueco que cruza la tierra, el espacio.
Gracias a ello, el mundo siguió su marcha. En el momento que el muchacho murió, el anterior conjuro quedó deshecho y quienes prendieron el televisor escucharon la noticia donde el conductor del noticiario decía que había ocurrido un milagro y África, como si fuese una ballena gigantesca, había emergido de las profundidades y era un territorio nuevo. Y así termina el cuentito de Parménides.
Por eso digo: ¿qué sucede con todos esos que sueñan con comerse el mundo?

lunes, 24 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA LA NOTICIA DE UN VIAJE





Querida Mariana: El otro día vi la foto que acá te anexo (y que robo a Richard Riding) y pensé en el viaje que Julio y Carol realizaron. Uno de los viajes más sorprendentes que una pareja realizó, tan prodigioso como el viaje que Cristóbal Colón emprendió un día. El viaje de Julio Cortázar y Carol Dunlop, todo mundo lo sabe, tardó un poco más de treinta días; es decir, tardó un mes. ¿Cuánto tardan los viajes más sorprendentes? ¿Cuánto tardó el viaje de Marco Polo? Yo conocí a Jaime, quien era aficionado a las sustancias extrañas, y que “viajaba” casi todos los días. Un día, como dicen los que saben, se quedó “en el viaje” y ya no volvió. Muy joven leyó un libro de Jack Kerouac, pero no entendió la metáfora del viaje y lo tomó como si el viaje fuera un tobogán indescifrable. Hay de viajes a viajes.
Y pensé en el viaje de Julio y Carol, porque Richard y Julia realizan un viaje que se antoja increíble.
Siempre que me entero de viajes que salen de los viajes rutinarios pienso en el origen. ¿En qué momento a Cristóbal Colón se le prendió la llama de la aventura? ¿En qué momento Julio y Carol decidieron viajar de París a Marsella como si fuese el viaje más largo del mundo? El viaje de Julio y Carol, todo mundo lo sabe, se dio en una autopista moderna, cuyo trayecto se realiza (cuentan) en seis o siete horas, en condiciones normales. Y digo condiciones normales, porque lo que realizaron Julio y Carol entró en el terreno de la anormalidad maravillosa, esa anormalidad que hace que la vida sea el Gran Viaje.
¿En qué momento Julia y Richard pensaron en iniciar el viaje que realizan? En condiciones “normales”, ¿cuánto tarda un viajero en realizar un viaje de México a la Patagonia, por la carretera internacional? No lo sé, pero, por lo regular, los viajeros hacen sus planes privilegiando el punto de llegada. Siempre hay un destino (en la más amplia concepción del término). Millones de viajeros, en este momento que vos leés esta carta, viajan por todo el mundo. Rocío hace dos días viajó a Barcelona, por motivos de estudio. Se trepó en un avión en el aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez y luego abordó el que lo llevó de México a Barcelona, España. Bastaron dos días para arribar a su destino. Ahora mismo, millones viajan por negocios, por placer o por alguna tragedia personal. A estos viajeros les urge llegar a su destino. Cristóbal Colón no tenía la certeza de su lugar de llegada, lo mismo sucedió con Marco Polo. Al contrario, Julio y Carol sí supieron a donde llegar, pero decidieron (en buena hora) no llegar pronto, sino demostrar que el sentido del verdadero viaje no es el destino sino el trayecto. Julia y Richard son la versión siglo XXI de Julio y Carol. Éstos hicieron el viaje trepados en Fafner, una camioneta Volkswagen, cerrada (como las combis que ahora son tan usadas para el transporte público); Julia y Richard son más valientes, realizan el viaje en bicicleta. Cuando Colón enfrentó un huracán tuvo una cabina para resguardarse, Marco Polo la tuvo más difícil, pues tuvo que improvisar una tienda para enfrentar la tormenta. Cuando Julio y Carol desafiaron una tromba se resguardaron en el interior de su combi; Julia y Richard sí la tienen difícil. ¿Dónde duermen? ¿Qué hacen a la hora que la lluvia los bendice con su mano de cristales puntiagudos, congelantes?
No sé cuándo Julia y Richard decidieron este maravilloso viaje, pero sí sé que ya llevan más de cinco meses viajando, montando la bici. Ellos viven, pero con su vida, sin ser su intención, envían muchísimos guiños: uno de ellos es que quien se atreve a viajar vive la vida a plenitud. ¿Cuántas montañas han subido, bajado? En cada una de ellas han impreso su huella, una huella tan valiosa como la del primer hombre que pisó la luna. Armstrong dijo, al descender del Apolo a la superficie lunar: “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. ¿Qué han hecho Julia y Richard? Ellos han dado miles de grandes pasos que parecen pequeños ante tanta inmensidad. ¿En qué momento decidieron hacerlo? ¿De dónde, ¡Dios mío!, obtuvieron las fuerzas para iniciar uno de los viajes más insólitos de este siglo?
Una tarde de estas, sólo como juego, varios amigos jugaron a nombrar a la mujer del año. Ya saben, no faltó el que, sumiso, deslizó el nombre de la esposa de un eminente y gris político (una amiga dijo que se trataba de nombrar a la mujer del año, no a la mujer del caño, todos rieron); otros votaron por una escritora renombrada; por la paisana que descuella a nivel nacional en el plano de la jurisprudencia; uno más propuso el nombre de una deportista; y, detrás de la fila, muy al fondo, alguien dijo: ¡Julia! Su nombre no atrajo las miradas ni suscitó comentarios. Al final, ya se sabe, no hubo acuerdo, porque cada uno tenía su candidata y varias de ellas eran merecedoras de tal título.
Pero para dar un final feliz al juego, Julia podía llevarse tal título hipotético, porque es la única comiteca que, hasta el momento, ha realizado el viaje más sorprendente, Julia es la versión femenina de Marco Polo. Sabe que pedaleando llegará a la Patagonia, pero no tiene prisa. Ella y Richard van poco a poco, arando el aire, porque reconocen que la semilla germina sólo cuando se planta amorosamente.
¿En dónde están ahora? Hace rato estuvieron en Perú. El vuelo México-Perú tarda seis horas. Ellos, los intrépidos, han tardado más de tres mil seiscientas horas. Es, sin duda, el vuelo más largo que un ánade comiteco se ha atrevido a hacer. Julia es la comiteca del año, y, como al lado de una gran mujer siempre está un gran hombre, algo de este nombramiento le toca a Richard.
¡Salve Colón!, ¡salve Marco Polo!, ¡salve Julia!, ¡salve Richard!, ¡salve Julio!, ¡salve Carol!, ¡salve Neil!, ustedes formularon un sueño e hicieron del sueño la fórmula para descubrir el mundo. Julia y Richard han demostrado que son un par de hermosos atrevidos. Ellos tienen un destino, pero para llegar a él han torcido el destino y han hecho de su vida el pretexto para realizar el ¡gran viaje!
Y digo esto, querida Mariana, porque yo escribo esto desde mi escritorio, bajo techo, tomando un té. No sé vos.

Posdata: Y si se trata de dar premios, ¿cómo mirás que a la foto de Richard le sea concedido el galardón 2016 para la mejor fotografía de la naturaleza?

sábado, 22 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE LIBRERÍA




Querida Mariana: la noticia en Comitán es la nueva librería. ¡Claro que es la noticia, la noticia del mes, la del año! En un país donde los índices de lectura son bajos y en un estado que ostenta los últimos lugares en educación, es noticia sorprendente que en nuestro pueblo se inaugure una librería del consorcio Porrúa.
Tal noticia hizo que recordara a los libreros que han existido en nuestro pueblo, libreros comitecos. En mi infancia conocí a don Ramiro Ruiz Alfonzo, propietario de la Proveedora Cultural, espacio que siguen manteniendo sus herederos, primero estuvo en manos de don Alonso y doña Carmelita, yerno e hija de don Rami, y ahora Alonso, uno de sus nietos, es quien atiende el negocio.
¿Se vale decir que por un tiempo corto también fui librero? En los años ochenta firmé un convenio con EDUCAL y abrí una librería que ofrecía el catálogo de ese fondo editorial. La librería la abrí en un local del Pasaje Morales, mismo lugar donde Pepe Morales Cantoral (que en paz descanse) también tuvo una librería pequeña. En esta librería compré la novela “Muerte en la carretera”, novela policiaca de Rafael Ramírez Heredia, quien, años después, sería mi maestro de cuento en un taller que impartía en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, taller auspiciado por el Instituto Chiapaneco de Cultura.
Los libreros más recientes que he conocido son Sol y Samy, propietarios de la Librería Lalilu, que abrió sus puertas hará cosa de dos años y que fue uno de los actos celebrados por todos los lectores comitecos.
Debo reconocer que don Rami no fue el gran librero, digo que no lo fue, en el sentido clásico del hombre que ama y conoce de libros, ideal que poco a poco se ha perdido, él amaba los libros, pero no era experto en literatura.
Ya te conté que en una ocasión estuve con el escritor Sergio Pitol, en Xalapa, lugar donde radica. Me había recibido en su casa un día antes, día en que me sugirió la lectura de “Las puertas del Paraíso”, novela escrita por el polaco Jerzy Andrzejewski. Novela que es un prodigio y que Pitol tradujo al español. Yo, ni tardo ni perezoso fui a la librería Gandhi, de la capital veracruzana y compré la novelilla. Así que, cuando nos topamos en una calle, al día siguiente, el escritor me halló con el libro sugerido en mis manos. Celebró que hubiese aceptado su sugerencia y me invitó a que lo acompañara a la Feria del Libro que se celebraba en esos días en el patio y corredores de un edificio bellísimo (un amigo me dice que es el Colegio Preparatorio, de aquella ciudad). Cuando entramos al recinto muchas personas reconocían al famoso escritor y lo saludaban. Como era el año de 1999 los celulares aún no eran la plaga de hoy, porque de lo contrario, estoy seguro, muchos hubieran pedido tomarse la selfie con él. Llegamos a un stand que atendía uno de sus conocidos. Pitol se acercó a una muchacha (bien bonita) que hojeaba un libro. Pitol reconoció la portada, fue a un estante metálico, bajó dos libros, y le dijo a ella que esos dos eran como el encuache perfecto para el libro que hojeaba y le dio sendas síntesis. La muchacha escuchaba casi como si estuviese parada en el título de la novela de Andrzejewski: “en las puertas del paraíso”, y, al final, le dijo al librero que llevaría los tres. Yo, recargado en un pilar, registré este instante maravilloso. Cuando Pitol se despidió de la muchacha y de su amigo, me dijo que siguiéramos viendo los demás estantes y me comentó dos cosas, la primera, que, por desgracia, ya son escasos los verdaderos libreros, los que decimos que aman y conocen lo que ofrecen; y la segunda, que ahora (en ese momento) había un escritor brasileño que estaba de moda, pero que era malísimo. ¿Quién? ¡Ya adivinaste, mi niña! El tal Paulo Coelho. Concluyó diciendo que me sugería a Rubem Fonseca. En lo íntimo sonreí. En casa de mi tía Eloy, en la mesa de noche, tenía una antología de los cuentos de Rubem Fonseca, publicado por Alfaguara. Supe que andaba en el camino certero, estaba al lado de Pitol (autor que conocí por sugerencia de mi amigo Gustavo Ruiz Pascacio, una de las voces mayores de la poesía chiapaneca), llevaba a Jerzy en las manos y tenía a Rubem Fonseca sobre el buró. Tutto bene, dijeran mis ancestros italianos. ¡Todo bien!
Digo que don Rami no fue el gran librero, pero fue el viejo afectuoso que siempre que tendió su mano la tendió con un libro abierto como flor. Él no se equivocó en el nombre de su negociación: Proveedora Cultural. Supo que su negocio consistía en proveer de cultura a este pueblo lleno de cultura, pero escaso en lectura (‘pa que rime). En los años sesenta, Comitán no tenía más librerías, pero, los de entonces, los comitecos sabíamos que esa pequeña puerta, apenas ventanuco, también conducía al paraíso. Los de mi generación crecimos al amparo de ese árbol chaparrón, pero enormísimo, al que nuestro cariño lo designaba con el apócope de Rami, don Rami. Los niños de entonces comprábamos ahí las figuritas para llenar los álbumes, las revistas de monitos (Los Supersabios, de Germán Butze; además del Memín Pinguín, de Yolanda Vargas Dulché), y libros, muchos libros. Los primeros libros que compré fueron los de una colección que se llamaba Biblioteca Básica Salvat. Cada semana aparecía un ejemplar y la colección completa reunía cien títulos, cien títulos de novelas, cuentos, poesía, teatro y temas científicos. Llegué a completar la colección. Fui fiel visitante de la Proveedora durante cien semanas; es decir, compré un libro cada semana por el lapso de casi dos años. De ahí entonces me aficioné a leer un libro por semana. Actualmente mantengo un promedio de cuatro o cinco libros al mes. Desde la secundaria recibí el don, la gracia divina de la lectura, actividad intelectual que me ha proporcionado las horas más bellas y felices de mi vida.
Siempre he sostenido que pasar de la revista de monitos a los libros es tan fácil como dar un paso y luego el otro. Grandes lectores de todo el mundo comenzaron su pasión leyendo cómics.
En los dos últimos años los comitecos hemos tenido la bendición de contar con dos grandes libreros: Sol y Samy. Ellos son dos de los ideales de Pitol: gente que ama a los libros y conoce de libros.
¿Imaginás a alguien que no supiera nada de productos del mar vendiendo en el mercado de La Viga, que es el mercado especializado en venta de mariscos y pescados, de la Ciudad de México? ¿Que no supiera la variedad de pescados, que no supiera sacar el callo de hacha de su concha? ¿Que no supiera separar la tinta del pulpo?
Pongo este ejemplo del vendedor de pescados y mariscos porque yo nada sé de esta vaina aguada. Yo no me atrevería a atender un local de venta de camarones, bueno, vos sabés que no lo haría no solo por desconocimiento sino por el olor. Odio el aroma de los pescados. Me causan escozor los ojos de los pescados que me ven como si me acusaran de algo. Me dan ganas de cerrarles los ojos, los ojos de los muertos son ventanas infectas. Me dan escalofrío los cadáveres de pollos que cuelgan en los mercados, que cuelgan de las patas, con el culo para arriba.
Digo que todo mundo debería conocer el área de su profesión, pero, vos sabés que no siempre es así, por desgracia. Hay mucha improvisación en este mundo. En el mundo de los libros (tan magro) sucede lo que Pitol diagnosticó: es escaso el número de verdaderos libreros, amantes y conocedores de ese maravilloso objeto llamado libro.
El destino me bendijo con la presencia de don Rami en el instante en que todo estaba por decidirse, en el momento que conocí el libro y supe que ahí estaba el mejor modo de vivir. Ya no tenía necesidad de pensar a qué deseaba dedicarme cuando fuera grande. Supe que desde la edad de doce años me dedicaría a ser lector por siempre, porque el libro era el agua de mis lluvias, el aire de mis campos, el cielo de mis cielos.
Un día de estos me topé con un simple vendedor de libros y pregunté si tenían en existencia el libro más reciente de mi amigo Fabio Morábito, escritor excelente, y cuando vi que buscó en la pantalla y anotó el nombre de Favio Moravito supe que estaba frente a un ignorante en vaina de libros y ya no quise saber si amaba realmente el trabajo que estaba haciendo.
A mí me sucede lo mismo que le sucede a Ethel Krauze, muy buena escritora. En su libro “Cómo acercarse a la poesía” cuenta cómo conoció a un muchacho hermoso en Acapulco y quedó prendada de él, pero cesó el encanto en cuanto recibió una carta de él con una pésima ortografía.
Me sucede lo mismo. No puedo leer un texto que esté plagado de errores ortográficos. Sé que las erratas aparecen en todas las hojas, pero cuando el error es reiterativo yo, como torero chambón, elijo la graciosa huida.

Posdata: El universo tiene coincidencias bellas. Cuando atendí la librería Educal tuve un cliente frecuente. Cada mes adquiría tres o cuatro libros. Era mi cliente consentido. ¿Sabés quién era? Hugo, el papá de Samy, el maravilloso librero de Lalilu. Desde entonces ya estaba escrito en el cielo que dos estrellas iluminarían estos cielos hermosos de nuestro pueblo.

jueves, 20 de octubre de 2016

DE LA SERIE “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES” (4) CUARTO OSCURO





Le enseñé la foto a Paulina y preguntó: “¿Y luego qué hizo el colibrí?”; luego fui al escritorio de Joaquín y él dijo: “¿Es Irán Castillo? Esa chamaca está bien buena”. Entendí lo que entiende todo el mundo: vemos cosas diferentes. Porque, a diferencia de Paulina y de Joaquín, a mí me llamó la atención el cuarto oscuro. Hacía años que no veía un cuarto oscuro ni pensaba en él. En estos tiempos de formatos digitales, salvo los fotógrafos profesionales, nadie visita un cuarto oscuro. Es más, estoy seguro que muchos jóvenes no saben qué es un cuarto oscuro. Acá, en este fotograma, está la esencia del cuarto oscuro, en el primer plano se observa un frasco con revelador y, al fondo, el lazo donde eran colgadas las fotografías a través de pinzas, y la luminosidad del foco rojo que impedía que las fotografías se velaran.
En un taller de creación literaria, en mil novecientos ochenta y tantos, el conductor nos motivó a escribir un cuento que se desarrollara en un cuarto oscuro. En ese tiempo aún no existían las cámaras digitales, por lo que el concepto de cuarto oscuro lo teníamos bien aprehendido. Los integrantes de taller éramos diez (por ello, Alan decía que nuestro taller era un taller de diez), seis escritoras y cuatro escritores.
Un mes después expusimos nuestros textos. De los diez trabajos, ocho planteaban tramas eróticas, jugaban con la propuesta de usar el cuarto oscuro para hacer algo más que revelados de fotografías. Nos quedó muy claro (en medio de lo oscuro) que dicho espacio despertaba pensamientos sensuales. Siempre ha sido así. Cuando una pareja se halla en un cuarto en penumbra, de inmediato, como si fuese primavera, un cosquilleo aflora entre el árbol de los cuerpos. El conductor del taller, con su sonrisa acostumbrada de nieve a punto de derretirse, cerró un ojo y dijo que era revelador que cinco de las escritoras y tres de los escritores hubiesen elegido el camino de la seducción. Sí, usó la palabra revelador, tal vez en consonancia con el espacio empleado como entorno del acto de creación. Como cosa rara, mi cuento se fue por otro sendero (no por mojigato, sino porque, la primera imagen que apareció cuando el conductor sugirió el tema fue una foto que, como si fuese un cuadro antiguo, revelara una fotografía en tono sepia detrás de la reciente a todo color). Mónica, la única chica que no eligió el tema erótico (no por mojigata) planteó un cuento fantástico en el que Azul, chica universitaria, fotógrafa de una revista de modas, es encerrada en un cuarto oscuro. ¿Cómo escapar? La chica revisa el archivo fotográfico de su captor y halla que una fotografía muestra una puerta abierta a mitad de un paisaje desolado, de un desierto. ¿Era esa fotografía la posibilidad de escape? ¿Era una señal divina? Azul dudó. No, no era posible. Eso era una utopía, una posibilidad que entraba al terreno de lo imposible. Pero Azul toma la fotografía, una pinza y la coloca en un lazo que está colgado frente a la puerta del cuarto oscuro. En ese instante, el captor le grita desde afuera, Azul calla, se esconde, el captor abre, la busca y no la encuentra. Ella está escondida detrás de una mampara, el tipo avienta frascos, sillas, pasa frente a ella, pero no la ve. Ella no sabe por qué no la descubre, si está frente a sus ojos, pero él se aleja y mira la foto con el paisaje, mienta madres y grita que la muy cabrona, la muy perra, se escapó por ahí, entonces, Azul, en un acto reflejo, sale de su escondite y, con sus brazos, le da un empellón al tipo que pasa por la puerta y cae de bruces en la arena del desierto. Azul, entonces, cierra la puerta.
El conductor del taller pidió que los otros compañeros le dieran sus textos, porque, dijo, estaba en proceso de revisión de cuentos para hacer una antología. Mónica y yo fuimos excluidos. El conductor del taller, en muchas ocasiones, era implacable en sus juicios y sus acciones. En una ocasión se paró, golpeó la mesa, interrumpió la lectura del integrante número once y lo corrió, le dijo que nunca sería escritor, le pidió, casi le exigió, que no volviera al taller. Fue cuando el taller se convirtió en un taller de diez.
En la salida, Mónica me llamó. Nos sentamos en una banca, debajo de la sombra de un árbol, ella prendió un cigarro y dijo, sin verme: “Mierda. No eligió nuestros textos porque no eran cuentos de putería”.
Hacía muchos años que no pensaba en un cuarto oscuro. Ahora tengo la duda de qué pasaría con el colibrí. Y digo que sí, que Irán Castillo es una actriz muy linda. ¿Qué haría Joaquín si la encontrara sola adentro de un cuarto oscuro?

miércoles, 19 de octubre de 2016

¿Y SI BOB DICE NO?





¿Qué pasa con quienes están por encima de honores? Ahora está de moda canonizar a hombres y mujeres virtuosos. A la iglesia católica le conviene subir a personajes ilustres a los altares.
Un año reciente, el papa nombró santa a la madre Teresa. Mechitas dice que si la madre viviera y se enterara que el papa había decidido nombrarla santa, ella, con respeto, pero con decisión, se postraría ante el sumo pontífice y le pediría que, por favor, no le hiciera eso.
¿Qué pasa con quienes están por encima de honores? Mechitas dice que poseen el valor de la congruencia. Si la madre Teresa se asumió como una mujer humilde al servicio de los demás, la congruencia dictaría que no aspiraría a esos honores mundanos, porque, en esencia la santidad es un mero producto terrenal, alejado del territorio de los cielos.
Mechitas concluye diciendo que la madre Teresa estaba por encima de esos homenajes, ella aspiraba a servir a Dios y punto; es decir, a la iglesia le conviene esa canonización para mantener viva la llama de la santidad, de la esperanza, y mantener llenas las alcancías que colocan en sus templos.
Armando me dijo ayer que si ya me había enterado: es posible que Bob Dylan no acuda a la ceremonia de entrega del Nobel; no sólo eso, existe la posibilidad de que no acepte tal honor. Mientras Armando me decía eso, yo recordaba a Mechitas con el ejemplo de la madre Teresa. ¿Es posible que Bob esté por encima de ese honor? Armando dice que es posible, porque Bob se ha caracterizado por ir contracorriente del establishment.
Mi amigo dijo que imagináramos los dos escenarios. El escenario A muestra a Bob, de frac, recibiendo la medalla de manos del rey de Suecia; el escenario B muestra a Bob rechazando tal honor. El rechazo lo hace a través de una misiva firmada por su jefe de relaciones. Dicha carta explica que agradece el honor pero declina aceptar porque él, durante toda su vida, ha enaltecido, a través de su canto, las cosas sencillas de la vida; ha procurado que las sociedades sean más justas. Su canto es el aire y el camino; el sol y la nube. En esa misiva estaría explícito el rechazo a hacer el juego al protocolo donde la nobleza se erige como la dadora de prebendas. Porque quien acepta el Nobel acepta que su vida cambia por gracia del rey.
¿Qué pasa con quienes están por encima de honores? Son personas que caminan con dignidad y que son congruentes con su ideario de vida.
Ah, qué difícil comportarse con dignidad y ser, como dice el epígrafe del cuento El Perseguidor, de Cortázar: “fiel hasta la muerte”.
La mayoría de personas tenemos un precio y, al final, vendemos (hipotecamos) nuestra dignidad y nuestra congruencia. Las personas que están por encima de honores terrenales son contadas con las ramas de los abedules en desiertos.
Armando casi casi ya está apostando porque Bob Dylan rechazará el premio. Dice que lo hará por cuestiones de mercadotecnia y porque será una lección de dignidad y de congruencia. Armando se pregunta: “¿Necesita Bob el Nobel de Literatura o es la Academia la que, ahora, necesita de Bob?”. Mi amigo no tarda ni un segundo en responder. Coincide con Mechitas. La madre Teresa no necesitaba el honor de su santificación, ella ya era grande, enorme. Bob es grande -dice Armando- y será más grande si rechaza el Nobel.
Cuando me pregunta qué opino, yo callo. Esperaré la decisión de Bob. ¿Dará la lección de dignidad y congruencia que Armando vislumbra?
El silencio del cantante poeta demuestra que hay gente que no se muere por los premios. Ellos son los dignos. Los indignos son los que se arrastran mendigando premios.