lunes, 9 de enero de 2017

CONCURSO GLORIA TREVI




La Trevi, siempre aTrevida, dijo que la ortografía sólo sirve para joder. García Márquez, en un Congreso en Zacatecas, realizado hace muchos años, aceptó que tenía una ortografía pésima, pero justificó su ignorancia diciendo que sus textos los corregían los correctores de la editorial.
La Trevi dijo lo que dijo cuando muchos le recriminaron haber escrito vamos con b de burro; es decir, a la Trevi no le molesta que le digan que es una burra y la palabra esté escrita con v de vaca.
De vez en vez el debate acerca de la importancia de la ortografía aparece en diversos foros. La cantante no tiene argumentos sólidos para justificar su ignorancia; por eso únicamente tuvo la ocurrencia de decir que la ortografía sólo sirve para joder a los niños.
Cualquier persona con mínimo conocimiento de la biografía de la Trevi ignoraría su comentario pues proviene de una persona con escasa preparación académica; pero dicha opinión tiene el peso de un mujer que es ídolo de miles de jóvenes. Lo que expresan los personajes públicos tiene resonancia en muchas mentes juveniles. Los dioses contemporáneos son falsos, pero muchos fieles se hincan ante ellos y les rinden pleitesía.
Si un joven lee (o escucha) la opinión de la Trevi estará de acuerdo y la incorporará a su propio código moral, ético y profesional.
¿Es un lastre la ortografía? ¿Es sólo un elemento para joder?
Cuando el Premio Nobel de Literatura, en Zacatecas, dijo lo siguiente: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna” se puso al nivel de la Trevi. ¿Cómo un escritor de tanto prestigio como Gabo se atrevía a asegurar que la ortografía era algo terrorífico? Sólo hay una explicación: Él era un ignorante que nunca logró domeñar la materia prima esencial del escritor: la palabra. Esto es como si un carpintero ignorara cómo clavar un clavo para que no se vaya torcido. No está de más recordar que la etimología de la palabra ortografía nos indica que orto significa correcto; es decir, la ortografía ayuda a no escribir de manera torcida. El premio Nobel de Literatura era un escritor torcido. Sus textos tenían que ser corregidos por los correctores de la editorial. El día que recibió el máximo galardón debió ser humilde y reconocer que sin la ayuda de los correctores de estilo sus textos serían árboles chuecos.
Hay algo en lo que yo creo: en la memoria visual; es decir, en la capacidad del lector de apropiarse de una buena ortografía con la lectura de textos redactados de manera impecable. Gracias a esos correctores que enderezaron los textos del Gabo, los lectores hallamos escritos de manera correcta y esto permite que aprendamos a escribir con corrección. Cuando una palabra está escrita de manera incorrecta “brinca” de inmediato. Creo en la memoria visual, pero, como todo en la vida, hay excepciones. Gabo fue una excepción. A pesar de que fue un lector más o menos disciplinado no logró aprehender la esencia de la ortografía y era un burro en la aplicación de la norma. Por ello, igual que la Trevi, se aTrevió a expresar que la ortografía era un terror.
A mí me gustan algunos cuentos de Gabo, de igual manera pienso que “Cien años de Soledad”, novela que este año cumple cincuenta de haberse publicado, es una novela magistral. Pero, es sublime, porque ya pasó por las manos del corrector. Un día soñé (fue un sueño demencial) que era amigo de Gabo y éste ponía en mis manos el original de su novela; me sentí halagado, preparé una limonada y me senté en el corredor de la casa a leer ese libro inédito; diez páginas después tomé el manuscrito y se lo devolví diciéndole que corrigiera todos los errores ortográficos y después, si quería, me lo diera. Creo que este sueño lo tuve días después que leí lo que dijo en el Congreso de Zacatecas.
Si de por sí es complicado redactar un texto más o menos entendible, es penoso leer un texto plagado de errores ortográficos. Estos textos son como carreteras llenas de baches y de topes. Llega un instante que, no obstante la belleza del paisaje, el conductor termina enfadándose por tanto escollo.
Tolero que un escritor exprese ideas complejas o incluso absurdas, lo que sí no tolero es que un escritor no domine la ortografía, en términos aceptables. Nadie escribe un texto perfecto, sublime, pero sí es una responsabilidad redactar un texto más o menos limpio, decente, por respeto al lector.
La Trevi ha hecho mucho daño a la juventud. No es el mejor ejemplo de ética. Ahora, qué pena, para justificar su ignorancia se atreve a decir que la ortografía existe sólo para joder a los niños. Bueno, ya un día un escritor que obtuvo el máximo galardón de la literatura a nivel mundial se atrevió a decir que la ortografía era algo terrorífico. ¡Par de ignorantes!

sábado, 7 de enero de 2017

CARTA A MARIANA, CON LIBRO ENVUELTO



Con un abrazo respetuoso a la familia De León,
por la ausencia física de don Raúl.


Querida Mariana: hay edificios llenos de historia. Uno de estos es la Casa de la Cultura. Dicen los cronistas que inicialmente fue parte del convento dominico (dicen que cuando aparecieron las leyes de Reforma, todos los monjes fueron expulsados del edificio); en tiempos más recientes (hablo del siglo pasado) muchos cuartos fueron usados como oficinas de gobierno; luego, esos cuartos burocráticos, tuvieron su época de esplendor al convertirse en aulas de la escuela secundaria y preparatoria. Cuando la secundaria y la prepa (gracias al movimiento estudiantil de los años setenta) tuvieron su propio edificio, Óscar Bonifaz casi se adueñó del edificio y fundó la primera casa de cultura del estado. Es decir, el edificio en tiempos recientes ha tenido una vocación eminentemente educativa y artística.
Siempre que entro a la Casa de la Cultura escucho una serie de sonidos que suenan como un tachilgüil insólito: teclas que aplastan las secretarias en las máquinas mecánicas, manos que acarician muslos por debajo de las faldas de las preparatorianas, cornetas, tambores, hojas de libros pasando como aves en vuelo, teclas de piano, de marimba, risas infantiles, carreras en los corredores, versos de poemas de Rosario y de Jaime, escalas que hacen los cantantes, silencios que hacen los actores antes de subir a escena, piezas oratorias, pies que brincan al bailar El Alcarabán, la voz del maestro Rey, siempre vestido de traje, que dice: Ejercicios lexicológicos, ejercicios lexicológicos, ejercicios lexicológicos, y la voz del malcriado que pregunta: ¿Lo escribimos tres veces, maestro?
Siempre que estoy adentro de un salón de ese recinto pienso en los monjes que ahí habitaron. Las imágenes de ellos caminando con parsimonia por los pasillos llegan con puntualidad; escucho sus pasos medidos y el sonido de las cuentas de los rosarios que chocan a la hora que caminan y se dirigen a la capilla donde se celebra el ofertorio.
Pienso, también, que en una época ahí estuvo la cárcel (donde ahora está el archivo histórico). Y recuerdo la historia que contaba tío Chilo que, en una ocasión, una alumna vio que su libreta se manchó de una gota de sangre, y luego otra y otra, elevó la vista y vio que una de las tablas del tapanco se movía y una mano ensangrentada aparecía. Un grupo de presos intentaba escapar por uno de los salones de la secundaria.
Pienso que en ese edificio, como en cualquier sitio del mundo, se desenvuelve la vida, de manera cotidiana, y se formula la historia. Ahora, en uno de esos salones hay una librería. Está instalada de manera muy digna. Como debe ser, en ese espacio, recién inaugurado, ahora se realizan presentaciones de libros. Como se sabe que a las presentaciones de libros no acuden las multitudes que sí acuden a conciertos de rock o encuentros de fútbol soccer, el espacio es muy adecuado para recibir las treinta o cincuenta personas que acuden a escuchar la palabra del poeta o del narrador (tal vez con la misma intensidad con que los monjes escuchaban en ese espacio la palabra o el silencio de Dios).
A fines del año pasado y principios de éste (apenas el 5 de enero) tuve la oportunidad de fungir (pucha, qué palabra tan pinchurrienta) como presentador de libros. El primero fue un libro del poeta Óscar Wong y el segundo un libro de la poeta Marvey Altuzar (¡entre poetas te veas!). Te paso copia del textillo que leí la tarde en que se presentó el libro de Marvey, comiteca que nació en un rancho maravilloso de la zona de La Trinitaria y que, actualmente, radica en la tormentosa y maravillosa Ciudad de México. Acá va el textillo:
¿Cómo se llama el libro que hoy presentamos? Se llama “Confesión de orfandad”. Hay una persona que reconoce una ausencia y que, como dicta el manual de sobrevivencia, debe trascender su duelo y aceptar el vacío. ¿Con qué se llena el hueco? Tal vez nunca se llena y esto es bueno, porque, a final de cuentas, las grietas que deja la vida permiten que se vea a través de ellas y, ¡prodigio!, permiten que la luz, esa luz tan deseada, se filtre a través de sus columnas vertebrales todas chuecas. Porque quien se confiesa huérfano reconoce que el porvenir ya siempre será como una torre de Pisa.
La grieta mayor en este libro de Marvey es la búsqueda del sucedáneo de la ausencia. Una tarde, la poeta pensó cómo llenar el vacío y supo que la argamasa para hacerlo tenía que ser la mezcla exacta entre la materia prima fundamental, ¡la palabra!, y algo que fuera como la caricia de la divinidad. ¿Dónde hallarla? ¿En los terrenos de la mística, donde las monjas sublimes tratan de llenar sus huecos espirituales? ¡No! Marvey, es terrenal, es mujer, antes que espíritu. Por ello, la poesía de Marvey, desde siempre, es una poesía que linda en los terrenos de lo erótico. Su siembra es en la tierra del hombre, en el cuerpo que, como desierto, está ávido de su agua.
De ahí entonces que ella, en el poema intitulado Plegaria uno, se confiesa perdida, pero se somete a la voluntad del Señor y promete su palabra. En una primera lectura puede, un lector crédulo, pensar que ella, la poeta, al mencionar el vocativo Señor, escrito con mayúscula, se refiere al dador supremo de vida. No, el señor a que se somete la poeta es el amante. Ante esta declaración el lector sabrá que, a diferencia del hijo de Dios que proclamó que su reino no era de este mundo, el tejido de Marvey está bordado con hilos de este mundo, un mundo real, un mundo tangible, que se mide con las manos y con toda la piel. Es como si la poeta dijera que la ausencia física sólo puede compensarse a través del tacto, como si, hija de Santo Tomás, tuviera que meter la mano en todos los huecos del amado para comprobar que la vida sigue, a pesar del vacío.
Dichoso el amado que es destinatario de estas palabras, porque de él será el reino de los deseos, de la vida que corre por las venas de una mujer que, sin falso pudor, exige la savia de su amado para que la alimente. Mujer solitaria, humilde, sencilla, frágil, escurridiza como agua, como vuelo de cenzontle, se sabe indemne, se reconoce sólo en el abrazo de mar del otro.
En la plegaria de Marvey aparece Dios hecho cuerpo. Dios no es el dios de las alturas, es el dios que, hecho hombre con todas sus agravantes, pero con todas sus cualidades, es capaz de reconvertir el falso principio del Edén. Acá hay un intento sublime por tirar al cesto de basura la historia bíblica donde el acto amoroso fue pecado. En la poesía de Marvey la palabra es como agua bendita capaz de exorcizar el paradigma de pecado. Acá, en este libro, el acto amoroso tiene la misma placidez e ingenuidad que tiene la sonrisa de un niño que su mamá mece en una hamaca, la misma emoción que existe cada vez que el sol, insistente, se oculta por detrás de la montaña y derrama su esperma de oro por todas las habitaciones del mundo. Acá está el intento de decir que los vacíos se pueden llenar con luz, sólo con luz, con la luz de la palabra.
Escuchemos a Marvey: “¿Has probado las moras? / Ven, Señor / cuéntame tus penas / quédate acá. / En el corredor de ladrillos / colgué una hamaca para ti. / Miremos las tejas / las cornisas / la buganvilia / y la capilla blanca. / Te invito un café / escuchemos el poema aquel de Sabines / en el que te alaba. / Ven, quédate, aquí juntito. “

Cualquier lector advierte la trampa inocente. La autora le habla al Señor y lo invita a escuchar el poema aquel de Sabines en el que lo alaba. Ah, qué perversa la autora, de qué manera quiere despistarnos, en el sentido de sacarnos de la pista y dejarnos en el vacío, en ese vacío del cual ella ya se alejó. Ya, acá, podemos apreciar de manera clarísima que el Dios de Sabines es otro muy diferente al Dios de Marvey. El de Sabines es el Dios que mora en los cielos, el de Marvey es el que camina en los corredores de la casa, es hijo del hijo, hijo de la carne, del deseo. El Dios de Marvey es el hombre que, con sus manos, borda un camino de luz por cada una de las partes de su cuerpo, porque el cuerpo, para Marvey, es la autopista que conduce al territorio infinito que se llama espíritu.
Mil veces bendito el Señor al que la poeta se entrega con total voluntad; mil veces bendita la palabra de Marvey que nos recuerda que el cielo está más cerca de lo que imaginamos, a veces está a la vuelta del deseo, del deseo carnal, del deseo cumplido. Hágase la voluntad del Señor en los caminos del cuerpo de la poeta.

Posdata: En los corredores y salones de la Casa de la Cultura anduve en el lapso de 1971 a 1974. Siempre que entro ahí recuerdo a mis compañeros de aula. Eran los tiempos de los pantalones acampanados, de la sicodelia, de la imagen del Che, del cabello largo en hombres, del billar Nevelandia, de la cafetería Intermezzo, de las misas de avanzada del padre Joel, de la hora del aficionado en la XEUI, de las serenatas con marimba, de las borracheras con brandy Delfín.
De mi generación de prepa, dos o tres ya fallecieron. La mayoría sigue viva, gracias a Dios. Entre mis compañeros hay de todo; es decir, se dedican a oficios y profesiones maravillosas. Pero, como dijera Nana Goya: ¡Esa es otra historia! Algún día de estos te la cuento.

viernes, 6 de enero de 2017

DEFINICIÓN DE INOCENCIA




¿Existe este concepto? ¿De veras? Si uno acude a un diccionario encuentra la siguiente definición: “Estado del alma limpia de culpa”. ¡Qué! Cualquier persona, al escuchar eso tomaría del inventario popular la siguiente frase bíblica: “El que esté libre de culpa que aviente la primera piedra”. Esta sentencia borra de un brochazo la definición de inocencia, porque, ya lo dijo la Biblia (¡ah, qué ganas de joder el espíritu!), desde que Adán y Eva cometieron el pecado original, todos los demás mortales debemos cargar con el pecado; es decir, nadie es inocente. Esto es un absurdo, pero es algo de llamar la atención.
Uno, romántico e idealista, quisiera definir a la inocencia como un estado mental ideal, pero la realidad se contrapone. ¿Quién, Señor mío, puede sobrevivir en un mundo donde la inocencia está considerada como un sinónimo de candidez? Los cándidos canarios no sobreviven en territorios donde los gatos están al acecho.
Según los católicos a los pichitos hay que bautizarlos para borrarles el pecado original. Esto significa que las criaturas nacen con el estigma de la no inocencia. ¡Qué tonto! Los niños que deberían ser la encarnación de las almas puras, resulta que vienen, “de fábrica”, con la mancha del pecado que cometieron los primeros padres. ¡Qué bobera tan más grande! Así, pues, para la cultura occidental, dominada por la religión católica, todos son unos impuros y no existen inocentes. Perdón, ¡qué estúpidos!
¿Por qué no tomamos el origen de la palabra y partimos de ahí? Los que saben dicen que la palabra inocencia deriva del latín innocens, así, con doble ene, una ene es de in y la otra es de nocens. Medio mundo reconoce, aún sin tener mucha conciencia de ello, que el prefijo in significa negación. Cuando decimos ingrato, por ejemplo, sabemos que decimos que algo no es grato, así pues, decir in nocens significa decir que algo no es dañino, porque nocere es algo nocivo. De acá podemos colegir que los latinos cuando hablaban de la inocencia decían que algo no era dañino.
El origen salva el absurdo. Digamos que no existen los “estados del alma limpia de culpa”, porque para eso está la cita bíblica de que quien sí lo tuviera “que arroje la primera piedra”. Pero, lo que sí podemos asegurar es la existencia de personas que no dañan. Y estas personas son, gracias a Dios, los que se acercan al estado de pureza donde pueden proclamarse como inocentes. Es decir, será inocente todo aquel que no jode al otro; es inocente el creador que procura brindar una muesca de arte al prójimo, para hacerle más llevadera su estancia en este mundo que está plagado de cabrones impuros. Dicho esto, los pichitos, los recién nacidos, son inocentes porque no dañan al prójimo. ¿Qué daño pueden hacer cuando berrean reclamando un poco de leche materna? Así pues, los cabrones son los otros, los que armaron esa historia del pecado original y echaron lodo a las caritas de los inocentes limpios de culpa. Por eso, pues, decimos que la definición de inocencia es un desatino, dado que existe una carga semántica que es como una lápida.
Digamos que son inocentes todos aquellos que no dañan. Los miserables, los malandros, los irracionales no son inocentes, ¡claro que no!
La definición de inocencia pareciera ser un acto innoble; es decir, sin nobleza, con ganas de joder.

jueves, 5 de enero de 2017

¿AÚN HAY QUINTOS?



Jorge dice que ya no hay quintos. Los jóvenes ya no usan la palabra. Parece que la menor denominación de nuestra moneda ahora son cincuenta centavos. Antes, en los años setenta, con un quinto podía comprarse un dulce. Un quinto (como su nombre lo indica) era la vigésima parte del peso.
Pero, ahora que lo pienso bien, debo echarme para atrás. Los jóvenes sí usan todavía esta palabra.
El otro día, en el programa de radio Crónicas de Adobe hicimos un homenaje a José Luis González Córdova, destacado intelectual comiteco. Jugamos con uno de sus libros: “Glosario. Habla popular comiteca” y comenzamos a decir algunos modismos que contiene, por ejemplo, encaramar, ayjuela y quinto. Al llegar a la palabra quinto, hallamos dos de sus acepciones: “Moneda de cinco centavos o mujer virgen”. Sí, en mi juventud escuché a un viejo, en una cantina, alardear que se había acostado con una mujer que era virgen, dijo que se había “echado a un quintito” y se relamió como si fuese un toro comiendo sal.
Orhan Pamuk, escritor turco y premio Nobel de literatura, en su novela “El museo de la inocencia” dice que en 1979, en aquellas regiones del mundo: “…la virginidad de las jóvenes seguía siendo un valioso tesoro que había que proteger hasta el matrimonio…”.
Debo decir que en los años setenta, en Comitán imperaba un poco (no sé qué tanto) el mismo pensamiento de los turcos. No puedo meter las manos al fuego ni puedo asegurar algo de lo que no tengo más elementos, porque nunca me atreví a hacer una encuesta, pero entre mis compañeras de primer año de bachillerato (mujeres que ya oscilaban entre los quince y dieciocho años de edad) había una mayoría que era virgen (quinto, diríamos en Comitán). Los desquintes (suena un poco prosaico, pero recordemos que la palabra era muy empleada por los comitecos) se daba a edades mayores. Como ya se dijo, muchas comitecas llegaban vírgenes al matrimonio. Las mamás de las jóvenes de los años setenta recomendaban a sus hijas a conservar el tesorito.
Hoy, de acuerdo con las estadísticas nacionales de salud, un buen porcentaje de chicas comienza a tener actividad sexual cuando aún son estudiantes de secundaria o, las más tardaditas, cuando están en el nivel bachillerato. Los tiempos han cambiado. Han cambiado tanto que, en mis épocas juveniles, los condones se llamaban preservativos y muy pocas parejas hacían uso de ellos.
¿A qué edad los hombres perdían su virginidad? Cuando los jóvenes abandonaban la adolescencia, los amigos mayores o (¡válgame Dios!) los propios padres, muy machos, llevaban a los muchachos al prostíbulo para que tuvieran su primera relación sexual. Una amiga feminista, que siempre ha abogado por la igualdad de derechos, dice que hasta en eso las mujeres han sido relegadas. ¿Por qué -pregunta- a las muchachas nunca nos llevaron a un prostíbulo para perder nuestra virginidad? Yo no sé qué responderle, pero en mi pensamiento retrógrado no cabe la idea de la existencia de tales establecimientos. No logro imaginar que una muchacha bonita pague para que tenga su primer acto sexual. ¿Por qué los hombres sí pagan por sostener relaciones sexuales?
Jorge dice que ya no hay quintos. La primera vez yo lo escuché con cierta inocencia y supuse que sólo se refería a la cuestión económica. Luego caí en la cuenta que también jugaba con la acepción sexual. La edad en que las mujeres sostienen su primera relación ha ido disminuyendo con el paso del tiempo. Lo mismo debe suceder también en las regiones de Pamuk. En casi todo el mundo resulta así.
En zonas indígenas de Chiapas las muchachas, a fines del siglo pasado, seguían llegando vírgenes al matrimonio, pero éste sucedía cuando apenas ellas tenían doce o trece años de edad.
Ya no hay quintos. Es cierto. La moneda de menor denominación es la de cincuenta centavos. ¿Aún hay vírgenes? Ah, no sé. ¡Yo qué voy a saber!

martes, 3 de enero de 2017

DE LA SERIE: “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES (5)” ERACLIO CON HACHE





El día 31 de diciembre ¡eliminé a Laco! Y Laco se me apareció el uno de enero. Apareció en la pantalla de la televisión, en su faceta de actor. Lo había eliminado de mis contactos en el teléfono celular.
Un día, de hace dos o tres años, no sé bien, Mario Nandayapa me dijo que Laco Zepeda podría venir a Comitán a presentar el libro: “Los pasos de Laco”, que es puntual transcripción de una entrevista que Mario le hizo, casi un libro de memorias soberbias, soberanas.
Nandayapa me dio el número de Laco y dijo: “Hablale, para que te pongás de acuerdo con él y vamos a Comitán”. Emocionado le llamé, una y otra y otra vez. Laco nunca respondió. “No me contesta”, le dije a Mario, también por teléfono, y Mario se comprometió a platicar con Laco y amarrar una fecha para que ambos vinieran a la presentación de ese libro excelso. ¡Hasta la fecha! No sé si Mario no logró el cometido, o Laco tenía muchos compromisos, o ¡vaya usted a saber! No sé. Lo único que sé es que nunca se logró la presentación. (Laco vino a Comitán tiempo después, pero a dar una conferencia. Lo trajo la UNACH.)
Así pues, cuando el día 31 el nombre de Laco apareció en la lista de contactos de mi celular decidí eliminarlo. Su número no me había servido y, seguro, ya no me serviría en adelante.
Pero, en la mañana del uno de enero, apareció el eliminado. Apareció tal como se ve en la fotografía, en el personaje de Francisco Villa, en la cinta “Campanas Rojas”. En la foto que tomé se ve con mirada de tiuca molesta, casi encabronada, pero en realidad lo que hace es ver con intensidad al actor Franco Nero, que interpreta al periodista norteamericano John Reed. ¡Apareció el eliminado, el iluminado! Ahí, en la pantalla del televisor, estaba Laco, el gran Laco, que, hombre de palabra, siempre la cumplió, en tratándose de vainas literarias, porque no se murió antes de terminar la tetralogía narrativa que había prometido. Escribió cuatro novelas que tenían un hilo conductor: la historia de Chiapas, a través de los elementos con los que los antiguos explicaban la naturaleza del mundo: aire, tierra, viento y fuego.
No sé si Mario le preguntó a Laco qué pensó cuando vio que en los créditos de la película aparece su nombre con hache, y en el cartel está escrito sin hache. ¿Le preguntó qué diferencia hace la hache en un nombre? ¿Le preguntó si, para evitar confusiones y demostrar cariño sobrado, sus paisanos siempre le dijeron Laco, Laco por aquí, Laco por allá?
Mariana me dijo que no sabía que Laco interpretó al revolucionario en dos cintas de renombre: la que exhibió el canal televisivo de Cine Mexicano, el uno de enero (a las cinco de la mañana), que es una coproducción de México y de Rusia; y la película “Reed, México insurgente”, que es una cinta mexicana, dirigida por Paul Leduc.
Cuando vi la película “Campanas rojas” en el Cine Comitán, la mayoría de espectadores salió molesta. La película tuvo pretensiones muy sobradas y resultó malograda. La escena final es muy fumada: los cadáveres de cientos de revolucionarios se levantan al sonido de las campanas. El mensaje simbolista no fue del agrado de los cinéfilos y varios de éstos se levantaron antes de que apareciera la palabra Fin.
Debo reconocer que en ese año (ochenta y dos u ochenta y tres, no sé bien) no identifiqué a Pancho Villa con Laco; es decir, ya había leído cuentos del escritor, pero no tenía el referente de su imagen. Entré al cine, porque (ya lo dije) la cinta venía rodeada de una gran promoción. No me fijé en la relación de nombres de los actores y vi a Pancho como Pancho y no como a Laco.
¿Qué le contó Laco a Mario acerca de la película? ¿Mario le preguntó si él miró por una rendijita a la hora que se grabó la escena donde Blanca Guerra lava su torso y sus pechos en el cuartucho donde está Franco Nero? ¿Le preguntó qué impresión tuvo, no al estar frente a Franco, sino al imaginar que conversa con John Reed? ¿Después de las filmaciones, hubo algún instante en que el espíritu de Pancho se posesionó de Laco y se creyó revolucionario de más?
En cuanto terminó la película la mañana del uno de enero (con esa escena fumada donde los muertos se levantan) fui al estante y busqué un libro de cuentos de Laco y leí uno. Reconocí lo que siempre he sabido: Los grandes no pueden eliminarse. Eliminé el número telefónico de Laco, porque nunca me respondió, pero nunca podré eliminarlo de mi imaginario literario. Sería un absurdo. Dichoso el Nandayapa que convivió con él en vivo y a todo color.
¿Le preguntó Mario la diferencia que hace una hache de más o una hache de menos? Nunca he visto escrito el nombre de Alejandro con hache. ¿Habrá alguna diferencia entre escribir Alejandro o escribir Halejandro? No sé. Quien sí sabía de estas vainas era Julio Cortázar.
No voy a hacerlo, pero me gustaría preguntarle a Mario si aún conserva el número telefónico de Laco entre sus contactos. ¿Cómo lo tiene registrado? ¿Como Laco o Eraclio? ¿Hace esto diferencia?

lunes, 2 de enero de 2017

AL VIENTO




A mí no me engañan. Las mujeres que abren sus brazos no buscan abrazar al otro. ¡No! A mí no me esconden la semilla. Cuando abren los brazos lo que hacen es abrir sus velas de barcas insobornables, de gorriones dispuestos al vuelo.
La mujeres, por lo regular, se abrazan a sí mismas, como si recordaran sus años escolares cuando llevaban una libreta o protegían sus pechos de las miradas hambrientas de los otros. A mí no me engañan. Cuando dejan de abrazarse y extienden sus brazos, como si abarcaran el mundo, no buscan abrazar al otro.
El movimiento que hacen es de fuelle de bandoneón. Los huesos que unen el torso con los brazos se abren como si fueran plazas y dejan expuestas las ventanas de sus axilas.
Los expertos saben que las mujeres abren los brazos para dejar que sus aromas inunden al otro. Cuando las mujeres abren sus brazos es como si abrieran un frasco con las más sublimes esencias, porque ningún olor puede compararse al de las axilas de las mujeres.
El cuerpo de la mujer huele a campo de trigo o a piedra desplegada en el mar del rocío. Pero hay partes que son como las esclusas del cielo. Hay tres partes que son esenciales: la playa del ano, la flor de la vulva y la planicie de la axila. En estos tres territorios están sembrados los aromas más tenues, los más intensos.
Como ninguna mujer puede abrirse de piernas a la menor insinuación ¡abre sus brazos! Para que la cinta del aroma alcance la nariz, el deseo del otro (o de la otra). Más mujeres se han enamorado de mujeres a la hora que abren sus brazos que a la hora que cruzan las piernas. El cruce de piernas es como una cortina que impide el fluir sencillo del aroma de la vulva.
A mí no me engañan. Las mujeres abren los brazos, no para abrazar, sino para rociar con su aroma el cuerpo del otro. Hay mujeres (ingratas) que camuflan su olor con aromas falsos y rocían sus axilas con desodorante. No saben (pobres) que el encanto de la naturaleza está en la hoja auténtica que cuelga del árbol. Es tan bello el aroma que proviene de una mujer, huele a tierra mojada, a trigo macerado, a paño sucio, a almohada húmeda. ¿Es asqueroso el aroma de algunas axilas femeninas? ¿Es insoportable el sudor de la mujer que, en medio de un día caluroso, abre las ventanas de sus brazos como si abriera el fogón de una alcantarilla? No sé a los otros, pero a mí me enfada más un perfume común y uniforme. Me enerva que una mujer única se iguale a las demás. Por el contrario, me provoca una mujer que, sin remiendos, entrega su túnica inmaculada a los sentidos del otro. ¿Huele al agua empañada de floreros sin cambio? ¿Huele a cuarto húmedo? ¡Huele! Lo importante es que esboza un aroma insólito, como si llovieran sueños tibios en medio de una pesadilla. A veces hay un olor que se convierte en hedor, como si uno caminara en el pasillo de las carnes en el mercado, ahí donde ponen a cocer las vísceras del cerdo, donde hay perros muertos en basureros. Pero, nadie puede negarlo, ahí está la vida. Y vida es lo que está oculto en el aroma de la axila de una mujer, vida es lo que nace cuando ella abre los brazos.
Las mujeres que abren los brazos, también abren las manos. Ninguna de ellas abre los brazos con las manos empuñadas. ¡No! Ellas abren sus brazos y abren sus manos. En este sencillo movimiento radica la grandeza de sus sueños. El mensaje es simple: ¡Nada tengo para dar, más que este aroma que ahora te entrego!
A mí me gustan las mujeres que me ven y abren los brazos, pero que no me abrazan. Las que se quedan así, con los brazos abiertos, como si estuvieran crucificadas en la cruz del viento. Las que, al abrir los brazos, reciben el abrazo del universo; las que son como puertas de una casa sencilla.
A mí no me gusta sentirme engañado. Por eso, evito que me abracen. Me gusta la imagen donde ellas se abren al aire y permiten ser tocadas en cada nube de su cuerpo. Es fascinante verlas abriendo sus brazos, dejando que sus pezones se abran al beso de la tarde y de la brisa.
A mí no me engañan. Me gustan las mujeres que abren sus brazos, pero no abrazan. Me gustan las mujeres que son como aves, que revolotean sin cansancio por el soplo inadvertido del asombro.

sábado, 31 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA A PATIO VACÍO





Querida Mariana: El tío Armando decía que el año era el único que sabía con precisión cuándo iba a morir. La tía Eréndira decía que era una bobera, que era una chochez del tío, pero cuando éste, el uno de enero, decía que el año no llegaría más allá del treinta y uno de diciembre, ella sacaba su pañuelo y, con discreción, se limpiaba el lagrimal del ojo izquierdo.
Era una bobera, pero era tan contundente que nadie (salvo la tía Eréndira) se atrevía a rebatir tal certeza. El 2016 termina el treinta y uno de diciembre, a las doce en punto de la noche. Hora en que medio mundo comerá las doce uvas y, con una maleta, dará la vuelta a la manzana como buen deseo para que el 2017 esté lleno de viajes. Bueno, eso de medio mundo es un decir, el abuelo Romeo no saldrá. Él se quedará sentado en su silla de ruedas viendo los fuegos artificiales que transmitirá el televisor y, sin duda, en su imaginación, brindará por la tía Eugenia.
¿Cuándo morirá el abuelo Romeo? Nadie sabe. En noviembre de hace dos años, la tía Eréndira alertó a todos los familiares para que estuvieran pendientes. La tía dijo que el abuelo estaba muy enfermo, tan enfermo que era cosa de horas; tan enfermo que la tía Eugenia voló desde Los Ángeles y llegó ya con el vestido negro. Quien recibió a la tía Eugenia fue el abuelo, chapeado como durazno de San Cristóbal, con una cerveza en cada mano, una para la tía y otra para él. La tía Eréndira, para esconder su vergüenza ante pronóstico tan ominoso como fallido, dijo que era la única manera de hacer venir a la tía Eugenia. Así resultó. El abuelo se sintió feliz ante la presencia de su hermana y ésta también disfrutó su estancia, misma que prolongó por diez días. Raúl (nieto consentido del abuelo) se preocupó por atender a la tía que radica en Estados Unidos. Raúl, una mañana, cargó al abuelo hasta la camioneta, hizo lo mismo con la silla de ruedas y agarró camino hacia Montebello. Ahí desayunaron frijoles de la olla, café endulzado con panela, tortillas recién sacadas del comal y chorizos asados con salsa verde molcajeteada. Un día después, el abuelo le pidió al nieto los llevara al Río Grande y ahí estuvieron. El abuelo, en su silla de ruedas, estuvo durante varios minutos frente al hilo de agua y removió sus recuerdos y contó que cuando era niño nadaba en ese lugar, con todos los amigos del barrio. Ya podés imaginar, mi niña, que no faltó el suspiro prolongado a la hora que dijo que el agua, en aquel tiempo, era tan limpia como la carita de la Virgen del Rayo. Ahora, todo mundo lo sabe, el agua del río grande es como la cara de un carretera llena de chapopote.
Cuando llegó el día de la despedida, el abuelo salió al patio donde estaba la tía Eugenia parada al lado de las maletas. Los helechos, igual que la cara del abuelo, miraban al piso enladrillado. Pero, el abuelo no parecía dispuesto a rendirse ante el huracán del adiós. Su enfermedad le había dado una pausa y había disfrutado como niño la estancia de su hermana. Habían cantado a mitad del patio después de comer olla podrida con tostadas de manteca; habían esperado que la luna apareciera por encima del tejado, mientras bebían café endulzado con panela, en jarros de barro; habían escuchado todos los días discos de las Águilas de Chiapas. Una mañana (la tía Eréndira se había llevado la mano a la boca para ahogar su espanto o su coraje) el abuelo (de ochenta y dos años de edad) y la hermana (de setenta y tantos) habían comido un canasto lleno de jocotes de corona. La tía Eréndira dijo que ahí sí le daría el patatús al abuelo, pero nada le pasó.
La mañana de la despedida, ambos estaban callados, como si ya no les quedara más aire. Todo lo habían consumido en la convivencia de días memoriosos y memorables. Pero, antes de que la tía Eugenia dijera el clásico: Bueno, pues acá se rompió la taza y cada quien a su casa; el abuelo llamó a la tía Eréndira y le pidió que trajera dos cervezas, ¡bien frías! Ante la rotundez de la orden, a la tía no le quedó más que ir a la cocina, abrir el refrigerador y regresar con dos botellas de cerveza. El abuelo llamó a su hermana y cuando la tía Eugenia estuvo a su lado él tomó una de las botellas y se la pegó al brazo. La tía puso cara de témpano a medio hervir y dijo que sí, que en efecto, estaba muy fría. El abuelo sonrió, pidió a la tía Eréndira que destapara ambas botellas y ofreció una a su hermana y dijo: ¡Salud! Ambos bebieron y, al unísono, después que el líquido bajó por sus gargantas emitieron un ¡Ah! de satisfacción que parecía sintetizar el tiempo breve que habían compartido. La tía Eréndira, limpiándose las manos con el mandil, pensó que había sido una buena idea decirle a la tía Eugenia que el abuelo estaba a punto de morir. Lo pensó en intento de volver a justificar su premonición equivocada. Cuando terminaron de beber, la tía Eugenia levantó el brazo y, calculando que no hubiera alguien cerca, aventó la botella hacia arriba y al caer, a mitad del patio, apareció un fuego de artificio de cristal. Los pedazos de cristal volaron más allá del corredor y algunos cayeron debajo de las macetas colocadas en rinconeras de madera. El abuelo aplaudió y los demás hicieron lo mismo. El abuelo levantó el brazo y también aventó la botella, y ésta cayó casi en el mismo punto de la otra. El abuelo aplaudió, los demás hicieron lo mismo. El abuelo pidió que Raúl lo llevara al centro del patio donde el sol pareció iluminarlo. El viejo dijo: “Bueno, ahora sí, ya se quebró la taza”, y la tía completó: “Por eso, ahora, me voy a mi casa” y caminó a abrazar al abuelo y éste abrazó a su hermana. Y así se estuvieron durante un buen tiempo, como dos pájaros que, en medio de la lluvia, buscaran secarse sus alas.
Nadie puede saber con certeza cuándo morirá. Sólo el tiempo, que es infinito, que es inmortal (¡qué paradoja!) sabe que sus lapsos tienen los días y los minutos contados. El día de la muerte del año, la gente se reunirá en la plaza y ante el cadáver del 2016 levantará los brazos y, al unísono de las campanadas, gritarán: “Muerto el Rey, ¡Viva el Rey!”. Y, en el balcón central del palacio real, la madre universal levantará al pichito y mostrará al nuevo soberano: ¡El 2017! Esto será en el mundo occidental, porque en China otra vaina los protege.
¿Cuándo morirá el abuelo? Nadie lo sabe. La única certeza es que el tiempo es demoledor y algo del viejo comenzó a morirse un instante después que la tía Eugenia se separó de él. Ambos supieron que, tal vez, era la última vez que se verían. Ella tomó su bolso y los de casa ayudaron a subir las maletas al carro de Raúl, quien la llevó al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez. Cuando Raúl regresó, a la hora de tomar café con rosquillas chujas, comentó que la tía, mientras miraba las casitas de la orilla de la carretera, dijo que la vida no era más que una suma de encuentros y desencuentros, una suma de coincidencias y ausencias, y sonrió. La tía Eréndira dijo que era extraño, pero ninguno de los dos viejos había llorado a la hora de la despedida.
Desde aquel día, el abuelo no aceptó una cerveza más. En las mañanas, cuando Raúl llega a verlo, con ambas manos mueve las llantas de su silla y de ruedas y se pone en el corredor que da a la puerta de calle; pide que Raúl le prenda el radio y que la tía Eréndira le sirva el café con pan. Una mañana que Raúl no llegó, porque había ido a Tapachula a entregar un pedido de las blusas que borda la tía Eréndira, ésta prendió la radio, pero el abuelo zarandeó el aire con sus manos y dijo que ¡no!, que no prendiera la radio, porque eso era el gusto del nieto. La tía torció la boca como rama de árbol de navidad con exceso de esferas, apagó la radio y corrió a la cocina con el llanto del coraje ya en la orilla de sus ojos. Medio mundo, después, entendió la exigencia del abuelo: Nadie puede sustituir una presencia. Ante la ausencia lo mejor es la indiferencia. A la mañana siguiente, cuando Raúl llegó, el abuelo le pidió que prendiera la radio, el nieto se extrañó, porque era su diaria misión, pero sonrió y dijo: Sí, abuelo; y el abuelo dijo gracias, lo llamó y lo abrazó. Todo mundo entendió también por qué jamás volvió a tomar una cerveza como sí la tomó con su hermana. Hay actos simples que si se repiten con otra persona pierden su grandeza.
El otro día, Raúl me dijo que, a veces, su abuelo le recita un poema del poeta argentino Oliverio Girondo. Lo toma del brazo, lo aprieta, como si se estuviera resbalando sobre una ladera y necesitara un asidero, y recita el poema Llorar a lágrima viva: “… Llorarlo todo, / pero llorarlo bien. / Llorarlo con la nariz, / con las rodillas. / Llorarlo por el ombligo, / por la boca. / Llorar de amor, / de hastío, / de alegría. / Llorar de frac, / de flato, / de flacura. / Llorar improvisando, / de memoria. / Llorar todo el insomnio y toda la alegría.” Raúl dice que lo dice con una voz de cristal a punto de quebrarse. Lo dice con una ternura de mañana tierna que hace que Raúl llore. Pero el abuelo no llora. Mientras lo dice mira hacia el techo donde las chinitas detienen un rato su vuelo. Al final del poema, el abuelo toma del brazo al nieto y le pregunta, casi sonriendo: “¿Será que el flato que menciona Girondo es nuestro mismo flato comiteco?”. Entonces, ambos ríen. Raúl se limpia el llanto con el dorso de su mano y responde que no sabe.

Posdata: Sólo los años saben que no durarán más del año. Las personas no saben cuántos años vivirán. A los animales no les importa pensar en esas vaguedades. Lo mismo le sucede a las piedras, al aire, al árbol, a las nubes. Tal vez lo importante sea llorar, como dice el poeta, “llorarlo todo, pero llorarlo bien”.

viernes, 30 de diciembre de 2016

DEFINICIÓN DE CALLEJÓN





Jorge dice que botón es una bota que exagera el pie. Por desgracia, a la palabra callejón no puede aplicarse tal lógica, porque callejón no es una calle exagerada. Al contrario, el callejón es prima venida a menos del bulevar.
No obstante, los callejones han tenido gran importancia en la literatura, en el cine, en la vida ¡sin más!
Yo recuerdo un cuento y más de dos películas que han tenido al callejón como entorno esencial. En el cuento, el callejón sirve como guarida de un grupo de delincuentes. Ellos, los malandrines, se han apoderado del callejón y la han convertido en su residencia. Han levantado casas de campaña permanentes y cerrado las dos entradas al callejón con vallas metálicas. Los habitantes del callejón vieron cómo los malandros se adueñaron de su espacio, obligándolos, casi, a permanecer encerrados en sus casas. Era una tarde de lluvia, la tarde que en el noticiario de la tele anunciaron que la gasolina en el país estaba racionada (cada automovilista podría comprar veinte litros máximo cada semana. Nadie sabía entonces cómo le haría el gobierno para llevar el control).
En una de las películas (la vi en el Cine Comitán), el callejón era el lugar donde ocurrieron dos asesinatos. El detective (creo que era Víctor Junco) debía descubrir al asesino. El detective, con sombrero e impermeable, deduce que el asesino es uno en ambos casos ya que la policía halló un chicle pegado sobre uno de los ojos de cada cadáver (dos muchachas que eran prostitutas).
El callejón de la otra película (la vi en el Cine Estadio) es la opción que tiene el conductor del Ferrari a la hora de huir de la policía. Diez o quince minutos antes los policías han descubierto en la cajuela del Ferrari el Picasso que fue robado en la residencia del doctor De la Fuente.
¿Ven la importancia del callejón en la vida? No hay un solo ser humano que no tenga un referente de ese espacio que pareciera tener existencia sólo por un desorden mental. Yo (lo sabe medio mundo) tengo una memoria chichina, memoria impura; no obstante, recuerdo ese cuento y las dos películas gracias a las imágenes del callejón. Tengo la certeza de que si ese cuento y esas películas no tuvieran el recurso del callejón ¡no los recordaría! No sé cuál será la definición exacta del callejón, yo lo defino como el principal elemento nemotécnico de los olvidadizos, de los olvidados.
Y esto es así porque el callejón es el espacio donde la penumbra ilumina los pasos de los caminantes que se atreven a caminar por ahí a media noche. ¿Quién, jodidos, se atreve a caminar en la madrugada en un callejón? Las madres y abuelas recomiendan prudencia, encargan caminar por calles iluminadas, donde camine mucha gente; sugieren no caminar solos, hacerlo siempre en compañía de otros, que, se sabe, también son solitarios.
Si algún lector ahora quisiera tener una referencia cercana a la definición exacta, le ahorraré el trabajo de abrir el diccionario. El de la RAE dice: “Callejón: Paso estrecho y largo entre paredes, casas o elevaciones del terreno”. Sí, ¿verdad?, que definición tan pobre, tan de cucaracha. Y digo cucaracha porque Isabel dice que los callejones siempre son los espacios donde se reúnen las ratas, los ratones, las cucarachas y los cucarachones. Isabel dos, que es la gemela que nació segunda, dice que los callejones también son los espacios donde el dinosaurio Ardiulio creció y creció y lo hizo de tal manera que tiró las paredes que formaban el callejón y de esta manera este último perdió su vocación de callejón y se convirtió en un común terreno baldío.
¿Puede decirse que el callejón es una calle niña, una calle que, por alguna razón extraña, no creció? ¿Puede decirse que el callejón es una calle autista, una calle que quisiera desentenderse del mundo?

jueves, 29 de diciembre de 2016

DÍA DE CELEBRACIÓN





Elena había cerrado la puerta y echaba llave cuando escuchó la campanilla del teléfono. Entró y levantó el aparato. ¡Era Eugenia! De haber sabido no vuelve. Pensó que podía ser la tía Amada, llamando desde Los Ángeles. Siempre, el veinticuatro, llama para desear felices fiestas. Elena, de mala gana, urgió a su hermana a decir qué deseaba. Dijo que no tenía tiempo, precisamente había cerrado ya la puerta porque iría a visitar a la mamá, en el asilo. Pedile que no se muera en estas fechas, dijo Eugenia, ya mirás que hace dos años el abuelo pasó a joder la cena de fin de año. ¡Ah, qué tino, morirse precisamente el último día del año! ¡Mierda! Elena preguntó, de nuevo, para qué había llamado. ¿Cómo para qué?, dijo Eugenia, en tono de pregunta y reclamo. ¡Mierda! Vos también te morís cuando menos se espera y echás a perder todo. Te llamo, hermanita, para desearte feliz navidad. ¿No puedo tener espíritu navideño? ¿No tengo derecho a llamarle a mi hermana para preguntar cómo están todos? ¿Cómo está Rocío, ah? Elena dejó su bolso en la mesilla y se dejó caer sobre la silla con descansabrazos. Ahí la lleva, dijo. ¿Ya camina?, preguntó Eugenia. Elena habría querido decirle que en realidad ella, su “querida hermana”, no se preocupaba por el estado de salud de su sobrina, hubiera querido decirle que ella, igual que medio mundo, sabía que Rocío no volvería a caminar. La lesión de la columna era irreversible. Estaba condenada a permanecer en silla de ruedas por el resto de su vida. ¿Qué responder ante la pregunta ya camina? ¿Qué decir ante eso que sonaba como una pregunta tonta que sólo cabe en una niña que tiene dos años y no los catorce que Rocío tiene? Le hubiera gustado mandarla a la mierda, pero siempre que Eugenia llamaba por teléfono Elena se controlaba. Está recibiendo terapias, dijo Elena, mientras buscaba en su bolso un cigarro y lo prendía. ¿Y vos, seguís fumando? ¿No te das cuenta que estás matándote de a poco?, dijo Eugenia, cuando oyó que, del otro lado del teléfono, Elena prendía el cigarro. Elena acercó el cenicero de cristal y apagó el cigarro recién prendido. No, dijo, como si pidiera perdón. ¿Y Martín, cómo está? ¡Mierda!, pensó. Era demasiado. ¿Qué quería que le dijera? Que el cabrón de Martín ya no vivía con ellos. ¿A poco no lo sabía? Claro que lo sabía. Eugenia sabía todo de ella. La pregunta era sólo para fastidiar la armonía de estas fechas. Iba a decir algo, pero eligió la evasión. Sí, eso era lo más recomendable. Hacer como que no había escuchado la pregunta. Perdón, Eugenia, debo colgar. La hora de visita del asilo es restringida. Recordale lo que te dije, que no se muera en esta época, que no pase a jodernos. Antes de colgar, escuchó que su hermana decía que había enviado unos obsequios para ellos, es una insignificancia, sólo para manifestarles mi… Elena colgó. Pensó que le haría caso a Rocío: compraría un celular y sólo le daría el número a los amigos cercanos. A Eugenia ¡no!, por supuesto. Tampoco se lo daría a la tía Amada, y cancelaría su número residencial. Tomó sus llaves y su bolso y, desde la base de la escalera, dijo que ya se iba. La enfermera se acercó al barandal en el piso superior y, de nuevo, dijo que se fuera tranquila, ella estaría pendiente de que nada le faltara a la señorita Rocío. Elena cerró la puerta, echó llave y ya abría la puerta de su auto cuando vio que de una camioneta de FedEx bajaba un hombre uniformado con un paquete y se dirigía a la puerta de su casa. ¿Busca a alguien?, preguntó. Sí, dijo el empleado, a la señora Elena Santos. Soy yo, dijo ella. El muchacho se acercó y le extendió el paquete y la bitácora de control de entregas. Elena tomó la pluma electrónica y estampó su firma. El muchacho preguntó si podía ver su carnet de identidad. Elena dijo que sí, dejó el paquete sobre el frente del auto y buscó en su bolso la credencial de elector. El muchacho se lo regresó y, como si fuese un japonés, hizo una leve reverencia y se retiró. Elena, sin ver el nombre de la remitente, supo que era el envío de su hermana. Subió al carro, buscó un cigarro en su bolso y lo prendió. Puso sus manos sobre el volante y colocó su cabeza sobre él, cerró los ojos. Pidió paciencia, calma, armonía. No supo a quién solicitaba clemencia, porque no era creyente, pero pidió paciencia, calma, armonía. Antes de dar vuelta a la llave un pensamiento absurdo cruzó por su cabeza: ¿Y si Eugenia enviaba una bomba? Sonrió y movió su cabeza como si negara algo, en intento de desechar idea tan loca, pero tomó el paquete y lo llevó a su oído. Movió el paquete, con fuerza. ¿Qué hacer? No podía dejar los regalos en el árbol de navidad, porque, dijo, en voz alta: Con ésta ¡nunca se sabe! Quitó la cinta adhesiva del paquete y lo abrió. Adentro había un disco con un moño, era un disco de Juan Gabriel, estaba dirigido a: Mi cuñadito Martín, que eligió a la mujer más bella del mundo, mi querida hermana Elena, para hacerla su esposa; un bolso de piel, también con un moño rojo, con la siguiente dedicatoria: Para mi querida Elena, de su hermana la latosa, pero que la quiere mucho; y un paquete envuelto en papel metálico, rojo, con una etiqueta que decía: Para mi querida sobrina Rocío, la más amada, deseando que ya pronto esté al ciento por ciento. Elena sonrió. Pensó: El disco será mío, porque Martincito ya es difunto. Lo abrió y lo colocó en el reproductor. La voz de Juan Gabriel se escuchó fresca, traviesa, sensual: “Hoy me he despertado, con mucha tristeza, sabiendo que mañana…”. ¿Y el regalo para Rocío, qué sería? Elena, como si tuviera urgencia de terminar una historia que no había convocado, rasgó el papel con ambas manos. La caja de cartón mostraba en la tapa una foto de unos patines de cuatro ruedas, marca Canariam. La etiqueta tenía un mensaje escrito con letra manuscrita: “Para ti, adorada sobrina, para que patines todos los días del resto de tu vida. Besos”.
¡Mierda! ¡Mierda!, gritó. Aventó la caja sobre el cristal lateral del copiloto. Elena vio la cara sorprendida de la enfermera que se hizo para atrás y se protegió el rostro con sus manos. La enfermera se había parado frente al cristal y, con la palma de su mano, lo somataba, mientras decía: ¡Señora, señora!, le llaman con urgencia del asilo, dicen que algo le pasó a su señora mamacita.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

FINA COMO ARENA, DULCE COMO MADRUGADA





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como la maicena y mujeres que son como un dulce de panela.
La mujer maicena, como su nombre lo indica, es muy fina, no tiene grumos. Su piel es tersa, delicada. Por eso, su pensamiento, de igual manera, es discreto, como si un terrón de ideas pasara por un colador de Vía Láctea.
Uno puede hallar una mujer maicena en una librería, en un bar o en un parque en tardes de llovizna. Cada una de éstas tiene un rasgo especial, las que frecuentan librerías tienen la piel translúcida, como de poema para corazones cobardes; las que acuden a bares siempre dejan su cabello sin peinarse, dejan que los fiambres de su cabeza se descuelguen como si fueran de esas líneas que dibujan los niños en el pizarrón de la escuela. ¿Y la mujer maicena que pasea por los parques en tardes aguadas? Esta mujer tiene ojos de otoño, mujer que queda con el alma sin hojas, sin ojos.
Ella tiene una memoria endeble, trata de recordar los momentos más sublimes de su vida, pero apenas recuerda el bolero que bailó una tarde en aquel bar donde su primer novio le prometió fidelidad absoluta; apenas tiene capacidad para recordar el color de la mesa donde jugaba con su muñeca la tarde en que su papá abandonó la casa y las dejó solas, a ella y a su mamá; apenas recuerda el sabor de la piel del hombre que no quiso acostarse con ella, porque ella tenía dieciséis años; apenas recuerda la promesa de que volviera cuando cumpliera los dieciocho; apenas sabe cómo es el ruido que hace la cama a la hora que ella se acuesta sola y cuál el ruido que hace la cama cuando un hombre se recuesta a su lado y la penetra.
Muchas personas se confunden. Creen que la mujer maicena no sirve más que para hacer un atole o para hacer engrudo. ¡No es cierto! La mujer maicena es una mujer que gusta de sentarse en los cafés al aire libre; le satisface leer aquel poema de Cavafis que empieza así: “En estas oscuras piezas, donde paso días agobiantes, voy y vuelo arriba abajo para hallar las ventanas”. Y le satisface decir este poema en instantes no comunes: en medio de un vuelo o en la hora que el niño juega con ella.
No es cierto que la mujer maicena sólo sirva para hacer atole; ellas se riega en medio de la luz como si fuera una cascada de pétalos; llueve como si fuera un aire tibio a la hora del ayuno; suena como si su mano fuera un teclado de marimba. La mujer maicena es como un rayo de luz que corta la oscuridad del cuarto. No tiene una edad definida, es como una calle que sueña con ser puerto.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como un cocodrilo a mitad del río, y mujeres que son como el llanto que no se desprende del ojo.

martes, 27 de diciembre de 2016

ADENTRO





Cada año hacen concursos de La palabra más bonita, el Mejor libro del año, La mejor película y de La mujer más bella del universo. ¿Cuándo hacen el concurso de El sonido más bello? Digo esto porque hay sonidos que nunca hemos escuchado. No sé si el sonido del agua al caer suena igual en Las Tzimoleras que en las Cataratas del Iguazú. No conozco ninguno de estos dos lugares, pero imagino que el sonido del agua derrumbándose en las Tzimoleras es apenas una mano temblorosa ante el trémolo del agua desgajándose como tornado en Iguazú. He visto fotografías de ambos lugares y he visto que las cataratas de Iguazú son como millones de estrellas de agua estrellándose contra el pavimento del espíritu. Iguazú debe ser un sonido tan monumental que las piedras a su lado no deben dormir nunca. Mariana dice que le gustaría vivir en una cabaña donde el agua se despeinara a cada instante. ¿Soportaría una cabaña al lado de las cataratas del Iguazú?
Nunca he estado solo en el interior de una caverna. En mi juventud entré a la gruta que existe en el Paso del Soldado, en Montebello. Un grupo de cinco o seis muchachos entramos con la guía de un niño de la región. Él prendió dos hachones de madera. No fuimos más allá de cien metros, en medio de rocas húmedas que nos hacían resbalar por la lama que crecía en la superficie. Rocío dijo que apagáramos las antorchas. Todos dijimos que sí. Vi que ella se acercó a Miguel. Cuando el niño apagó las antorchas, observé una pequeña abertura de luz, era la entrada de la cueva. En el otro extremo estaba la oscuridad total, de ahí, de esa boca oscura, venía una bocanada de aire frío que nos abrazaba. Oí un gemido, como si Miguel tocara a Rocío. Pero, luego, por encima del sonido de la mano que se metía por debajo de la blusa de ella y rozaba un pezón a punto de despertar, oí el sonido persistente de un goteo, la gota caía puntual sobre una roca hecha por ella misma. ¿Cómo se llama la piedra que crece a mitad de una gruta? ¿La que se levanta como árbol de piedra? ¿Estalactita? ¿Estalagmita? Esa gota caía infinita y su caída germinaba sobre la tierra húmeda y engendraba esa verga de piedra que, majestuosa, se levantaba a mitad de la gruta. ¿Cómo se llama la columna de piedra que brota del piso y se hace una con el techo de la gruta? Por encima del sonido agobiante del silencio de la gruta brotaba el sonido de tic tac de la gota que caía inmensa. La gota se abría como pétalo al caer y se convertía en un cáliz que interpretaba un rezo para los dioses de la oscuridad.
Si alguien promoviera el concurso de El sonido más bello ¿cuál obtendría el premio? Acá, en el pueblo, escuchamos sonidos que son comunes en las demás ciudades del mundo: cláxones, sirenas de ambulancias, rechinidos de llantas, llantos de niños que piden leche y el rumor del aire al jugar por las frondas de los pinos. Pero también escuchamos algunos sonidos que no son comunes a las regiones del mundo: la marimba, por ejemplo, no se escucha en Alaska; pero, de igual manera, nosotros (habitantes de esta línea que no está tan distante de la línea ecuatorial), jamás hemos escuchado el lamento de un alud de nieve que se desbarranca de lo más alto de una montaña. ¿Cómo será el estruendo de ese sonido que entierra a las casas a la hora de un alud?
Nunca he estado solo en el interior de una cueva. Nunca, por lo tanto, he escuchado la oración que la piedra lanza en medio de la oscuridad total. Pero no sé si lograra el prodigio, porque ya nunca estoy solo. Siempre que pienso en aquella gruta de El paso del soldado, escucho la mano de Miguel bajando por la cascada del vientre de Rocío, escucho el sonido del dedo que se abre por en medio de su monte de Venus y escucho cómo se resbala adentro. La cueva estaba húmeda. Del fondo nos llegaba una bofetada de aire helado. Todos estábamos parados, en silencio. Sólo el dedo resbalaba y engendraba el sonido que siempre aparece cuando la pasión entra por los labios húmedos.
A veces, a las cuatro de la madrugada, me siento en el sofá de la sala y cierro los ojos. Trato de concentrarme para escuchar los sonidos que abren sus bocas a esa hora inusual. Por encima de ladridos lejanos, pasos apresurados, tráileres a la distancia, trato de pepenar el gemido que a esa hora emite el universo. ¿Qué lamento o risa nos llega desde un punto alejado en millones de años luz? Cuando sé que estoy a punto de lograr algo, una interferencia me interrumpe: el sonido que hace Rocío con sus labios. Ella tiene los ojos cerrados. La mano de Miguel, como experto violinista, le hace brotar ese sonido que es más intenso que la gota que cae sobre la piedra. Es, tal vez, el sonido más bello del mundo. Tiemblo. Sueño. Deseo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

DE ESPÍRITUS





La Real Academia de la Lengua Española debería hacer su chamba y nosotros, los hablantes de la lengua, seguir sus indicaciones. Todo en bien de nuestro porvenir. Porque si la vaina sigue como va llegaremos al caos. A ver, a ver, ¿qué pasa con la palabra espíritu? Mientras camina sola todo parece funcionar más o menos bien. Si alguien dice: Luz para tu espíritu, la gente no duda, sabe que el interlocutor envía vibra positiva al espíritu, pero ¿qué es el espíritu? Si buscamos en el diccionario de La Real hallamos lo siguiente: “Ser inmaterial y dotado de razón”; es decir, en teoría, todo ser humano tiene espíritu, pero en la realidad nos damos cuenta que no resulta así, porque, puede ser que todos poseamos un ser inmaterial que nos acompaña siempre, pero que ese ser esté dotado de razón ya resulta más difícil de creer. Por esto, por esto, el espíritu ha tenido necesidad de acompañarse de adjetivos que lo califican. Así escuchamos que fulano de tal tiene un espíritu perverso; es decir, el ser inmaterial de fulano de tal está dotado de la sinrazón.
A mí, no sé ustedes, me produce escozor el espíritu santo, porque de niño supe que él había logrado el prodigio de que la virgen María concibiera sin necesidad de mayor trámite. Jesús, dice la Biblia es hijo biológico del espíritu santo (se entiende que este término tiene cercanía con lo divino). De ahí le viene la santidad, la grandeza de espíritu. Hasta ahí todo muy bien. Pero ahora tal concepto sirve para mofa y burla. El otro día (yo creo que todos hemos pasado por ahí) escuché que fulanita de tal jugaba con tal idea y decía que su embarazo (a los dieciséis años) era producto del espíritu santo. Desde entonces, al Miguel (causante del embarazo de fulanita de tal) le dicen el santo espíritu.
Y ahora, en estos días pasados, medio mundo pidió que el espíritu navideño anidara en nuestros corazones. Y medio mundo hizo caso al llamado y anduvo comprando regalos para que el espíritu de la navidad no se extravíe. No faltó el cuerdo; es decir, quien tiene un ser material dotado de razón que exigió a la comunidad restituir el verdadero espíritu navideño, el que indica que debe haber paz y armonía en los corazones de todos. Pero, la confusión viene de origen, porque la misma Biblia cuenta que cuando nació el hijo único del espíritu santo tres reyes magos le reverenciaron y, como muestra de su veneración, le ofrecieron incienso, mirra y oro. Entonces, dicen los comerciantes, para no perder la tradición, la gente debe ofrecer obsequios a los hijos (como si los padres fueran el espíritu santo y tuvieran la categoría de reyes orientales). Y ahí tenemos a medio mundo regalando muñecas Barbie, juegos de play station, bicicletas, carros a control remoto.
¿Qué fue lo importante de la fecha: el nacimiento del hijo del espíritu santo o la reverencia de los reyes? Lo primero alude a la sencillez y a la humildad, lo segundo no es más que un acto de sumisión. ¿Qué debe privilegiar el mundo?
Se ha perdido el espíritu del espíritu navideño. Los entendidos nos explican que un ser grotesco (burlón y obeso) se ha colado en todas las casas y él es el encargado de entregar los obsequios a todos los niños del mundo. Por ahí se perdió el espíritu de la dignidad, porque, en un principio (como todo mundo sabe) fueron reyes los que se hincaron ante Jesús. ¿Quién es el personaje que ahora representa el espíritu navideño? Un innoble, porque se ve en su cara de viejo bonachón miserable, Santa (Dios mío, hasta confusión sexual tiene) no tiene blasones de alcurnia. Ahora que, como dice mi Paty, ¡quién sabe qué pata puso ese huevo!
En mi niñez, el Viejito de la Noche Buena era quien nos daba los obsequios en navidad. Este viejito nunca tuvo una representación iconográfica, así que cada niño tenía una imagen única en su mente. Pero, además, en México tenía prioridad el seis de enero y no la noche del veinticuatro. Los mejores regalos los traían los reyes magos. En México éramos listos, comprendíamos que la nobleza estaba en los mandatarios del oriente y no en la figura del viejo barbón. Pero ahora, la confusión cada vez es más grande. Santa Clos, como vil delincuente (¿por qué entra con un bolso en la espalda, a través de la chimenea de la casa?) borró una linda historia, la historia de la noche en que tres reyes magos acuden a reverenciar a Jesús, recién nacido, y le ofrecen incienso, mirra y oro, donde cada una de estas esencias tienen un simbolismo que supera con mucho a las bicicletas y muñecas que hoy día se obsequian.
Sería bueno que la RAE hiciera su chamba de regresarle nobleza al término espíritu y que éste no se aplique de manera indiscriminada, porque es un contrasentido que a un mero acto mercantilista se diga que es muestra de espíritu navideño.