sábado, 8 de abril de 2017



CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN MUSEO INSÓLITO

Querida Mariana: A mí me gustan los museos. Incluso los museos más feos llaman mi atención. Si me preguntaras qué es un museo no sabría definirlo bien a bien. Si busco en cualquier diccionario hallo la siguiente definición: “Museo: Lugar en que se conservan y exponen colecciones…”, y la descripción de las colecciones puede ser interminable.
En nuestro pueblo, platicamos el otro día, tenemos ya varios museos y los comitecos esperamos que un día de éstos se inaugure el MUROC (Museo Rosario Castellanos).
A mí me atraen los museos porque, en la mayoría de ellos, hay objetos de tiempos pasados. Es difícil, muy difícil hallar museos que visualicen el futuro. En Comitán tenemos el Museo Arqueológico (ya su propio nombre desliza lo que ahí encontramos: vestigios arqueológicos de tiempos prehispánicos); tenemos la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez (donde se muestra parte de la vida y obra de nuestro personaje que nació en 1863 y murió en 1913); asimismo tenemos un Museo de Arte (en cuyas paredes hallamos cuadros pintados en la segunda mitad del siglo XX); y tenemos el Museo de la Ciudad (que como advierte su nombre contiene elementos que dan idea de lo que es nuestro pueblo. Mínima muestra, porque es imposible colocar en pocas salas toda la grandeza de este pueblo). ¿Mirás? Parece algo obvio, pero debe decirse: nuestros museos muestran objetos de tiempos pasados. Y tal vez en ello radica la importancia y belleza de los museos. Digo esto porque Comitán (como la mayoría de pueblos del mundo) ha tenido grandes transformaciones a través del tiempo, pero en los museos se encuentran objetos que no sufren modificación alguna. Esto fue lo que enojó a gran parte de la ciudadanía cuando vio que el patio central de la Casa Museo Belisario Domínguez fue transformado, en lugar de respetar lo que por muchos años se había conservado como un espacio intemporal.
Al inicio de esta carta dije que hablaría de un museo insólito. En Estambul, ciudad que cualquier libro de historia señala que está en la zona limítrofe de Asia y Europa, existe un museo cuya existencia es difícil de creer. Y digo que es difícil imaginar la existencia de este museo porque está dedicado a personajes de ficción literaria.
Hay muchos museos arqueológicos como el que tenemos en Comitán. La riqueza arqueológica de México da para llenar cientos de museos. ¿Museos de arte? ¡Ay, por el amor de Dios! Hay miles en todo el mundo. La mayoría muestra pinturas y esculturas. ¿Museos de ciudad? ¡Cientos, cientos! ¿Museos dedicados a escritores y a personajes relevantes en la historia? ¡Miles, miles en el mundo! Pero, ¿cuántos museos existen que están dedicados a personajes de ficción?
El escritor turco Orhan Pamuk compró una casa en Estambul, una casa que estaba en muy malas condiciones, la acondicionó y la convirtió en un museo, un museo que cuenta (en ochenta y tres vitrinas) la síntesis de la novela que escribió y que se llama “El museo de la inocencia” y que está dividida en ochenta y tres capítulos. Cuando leí la novela encontré un pase para entrar al museo. Como leía una ficción pensé que era eso ¡ficción!, pero no. Los lectores que viajan a Estambul buscan el museo (que está en un barrio de callecitas angostas) y, en la entrada, presenta el pase que está en el libro, ahí, en la taquilla, una señorita toma un sello y sella la hoja, con lo cual se cumple dos rituales maravillosos: el guardia de entrada reconoce el pase para ingresar y el lector guarda, como si fuese un sello de pasaporte, el recuerdo de haber asistido al museo en donde se cuenta la síntesis de la novela. ¿Imaginaste alguna vez que existiera un museo dedicado a personajes literarios? ¿Imaginás que en ese museo hay una zapatilla de color amarillo que, se supone, perteneció a Füsun, que así se llama el personaje femenino principal?
¡A ver, a ver, dame cualquier nombre de personaje literario! ¿Cuál? ¡Sí, sí, Pedro Páramo, de la novela de Juan Rulfo es buen ejemplo! Ah, bueno, imagina entonces que en algún lugar de Jalisco abrieran un museo dedicado a él. Sería alucinante, ¿a poco no? Es alucinante pensar que los personajes literarios, en muchas ocasiones, tienen más presencia que los personajes reales. Una alumna se acercó un día a la banca en donde yo leía y me hizo una pregunta: “¿Existió El Quijote?”. ¿Qué responder? Yo dejé el libro que leía sobre la banca y, mientras veía a mi alumna para responder, tenía la mano sobre la portada del libro. Esto era así, porque pensaba que los personajes de esa novela que leía no eran reales, sin embargo, tenían un peso en mi memoria y en mi espíritu, que parecían muy reales, tan reales que habían estimulado mi imaginación, de tal forma que pocos de los que estaban en el parque lo lograban. Mi alumna estaba parada a un lado, pasé la novela al otro lado, y le dije que se sentara. Ella se sentó a mi lado, colocó sus manos sobre una de sus rodillas desnudas (llevaba una falda corta) y me sonrió. Sí, le dije, El Quijote, a pesar de ser un personaje inventado, existió, ¡existe! Y le dije que su pregunta era la prueba de ello, le dije que cuando alguien, en algún lugar del mundo, en cualquier momento, pregunta si existe Dios, ya se está respondiendo. Todo aquello que se nombra ¡existe! Antes de que Cervantes escribiera “El Quijote”, don Alonso Quijano ¡no existía!, pero un día después que un lector tomó el libro y leyó esa novela excepcional, El Quijote tuvo vida y una vida tan plena, tan rotunda, que siglos después ¡todo mundo habla de él! ¡Sí!, dije, El Quijote existió, ¡existe!, y existirá mientras exista la memoria humana. Vi iluminarse la carita de mi alumna. Supe que reconocía la existencia “real” de ese personaje inventado.
La memoria de los seres humanos es infiel. Olvidamos con regularidad. Tal vez por esto, los ciudadanos del mundo construyen museos, para preservar la memoria. Por eso, los comitecos odiaron a los encargados de transformar el patio y el traspatio de la Casa Museo del doctor Domínguez, porque ellos, en lugar de restaurar, remodelaron a su antojo, imprimieron su huella bruta en un lugar donde estaba impresa una huella colectiva e histórica. Los tipos inútiles dijeron que el patio central no correspondía a la época. ¡Por supuesto que no! El jardín lo adecuaron cuando fue inaugurada la casa (¿1985?) y fue cuidado por don Jaimito (el jardinero) durante buen tiempo, hasta que fue transformado. Es decir, querida mía, estamos hablando de casi treinta años, treinta años que se echaron a la basura.
Cuando entro a un museo entro porque ahí encuentro el tiempo detenido. Si en alguna vitrina hallo una fotografía de los años setenta, reconozco a las chicas que vi de adolescente y vuelvo a sentir una emoción indescriptible al verlas con minifalda. En Comitán hubo (¡que Dios las bendiga siempre!) chicas que usaban mini minifalda, con orgullo subían las escaleras del parque central y yo, desde una banca, con la emoción contenida, veía sus muslos y cuando pasaban frente a mí, yo, de reojo, veía su trasero, veía que la mini llegaba al límite donde sus nalgas dibujaban dos hermosas líneas cóncavas, casi casi como si fueran dos sonrisas en medio de sus culitos. Entro a los museos para hallar las huellas del pasado, porque, afuera, todo se ha modificado. Muchas fachadas de casas comitecas se perdieron. Un buen día llegó un arquitecto recién salido de la universidad y quiso implantar su huella y tiró fachadas antiguas (llenas de historia, comunitaria y personales) y levantó construcciones “novedosas”. El museo que era el pueblo se volvió un tachilgüil.
Por supuesto que El Quijote existió, ¡existe! En Guanajuato, México, existe un museo dedicado a él. Rocío me contó que se sorprendió al visitar las tres primeras salas, porque halló “anécdotas” del personaje. ¿Podés creerlo? Ahí se cuentan algunas de las aventuras que vivió el personaje, en forma real. ¿Por qué en Guanajuato? Ah, porque ahí, cada año, se celebra el Festival Cervantino, que es un señor festival que, durante el tiempo que dura, reúne una serie de actos culturales de gran relevancia de todo el mundo. ¡El Quijote sigue existiendo! Tan es así que tiene museos.
Pamuk, que es un escritor premiado con el Nobel de Literatura, hizo un prodigio: construyó un museo dedicado a los personajes por él creados. Ahora, todos los lectores que llegan a Estambul (lugar donde se desarrolla la novela) entran al museo y encuentran objetos que “usó” Füsun.
Estoy casi seguro que no existe una foto de Füsun. Creo que eso sí sería un error, porque cada lector tiene a “su” Füsun en la mente. Cada lector, con su imaginación, le otorga rasgos físicos.
Con El Quijote resulta lo contrario. Los grabados que hizo Doré son tan bellos y tan significativos que la imagen que él hizo de El Quijote para la edición ilustrada ha vencido el tiempo y ahora todo mundo reconoce la imagen de él como si don Alonso hubiese posado para el gran artista.

Posdata: ¿Cuántos personajes sueñan con tener un museo? ¡Muchos! Tengo amigos escritores que serían medianamente felices por tener un museo con su nombre, y digo medianamente, porque su ego no tiene llenadero, después desearían más. Pamuk no aspiró a tener un museo con su nombre, hizo un acto generoso: creó un museo para sus personajes y con ello inmortalizó a Füsun y al hacerlo también se inmortalizó él.
A veces alguien se me acerca, niña mía, y me pregunta: ¿Quién es Mariana? ¿Qué puedo decirle? Mariana sos vos, mi niña adorada. Un día, un muchacho se acercó y me preguntó: “¿Existe Mariana?”. ¿Qué decirle? ¡Nada, nada dije!, pero pensé: “Ah, bobito, si no existiera no la nombraras”.
¿Ya la leíste? “El museo de la inocencia”, de Pamuk, es ¡una gran novela!

viernes, 7 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE SALIR




Alba, en la materia de español, pedía a todos los santos que en el examen vinieran preguntas fáciles. Cuando Rocío (la Chío) preguntaba cuáles, según ella, eran preguntas fáciles, Alba decía que fueran preguntas del tipo: ¿Cuál es el antónimo de entrar? ¿Cuál es el antónimo de blanco? Por eso, todo el grupo recuerda que ella, a la pregunta de: ¿Cómo definirías al verbo entrar?, Alba dijo que era lo contrario de salir.
Pareciera que la definición de salir no tiene mayor problema, todo mundo sabe qué es salir (Alba dijera que es lo contrario de entrar).
Y sin embargo, Eliseo decía que definir el verbo salir tiene su complejidad. Eliseo decía que, el diccionario más elemental, traía una definición que, más o menos, decía: “Pasar de dentro hacia afuera”. Todo mundo sabe que eso es. Sale alguien que está adentro. Pero, Eliseo siempre usaba un ejemplo, un poco raro, decía que el hombre de la edad de piedra salió de la cueva para “entrar” al mundo de la modernidad. ¿Cómo? Sí, explicaba Eliseo, si ese hombre no hubiese salido de la cueva no habría entrado a la edad moderna. Todo mundo que escuchaba a Eliseo estaba de acuerdo con su dicho. Es comprensible entender que fue necesario que ese hombre abandonara su cueva para construir su hogar de madera, de cemento, de hormigón, de metal, de cristal. Pero, ¿qué tenía qué ver una cosa con otra? Eliseo decía que la definición clásica no explicaba este paso asombroso, paso que, según nuestro amigo, era más trascendente que aquel famoso “Un paso pequeño para el hombre, pero un gran salto para la humanidad” que dijo el primer hombre que caminó en la luna. De acá, Eliseo concluía que el hombre que sale, siempre “entra”.
De acuerdo con lo dicho por Eliseo, el hombre de la Edad de Piedra salió para entrar a la Edad de Bronce y Neil Armstrong salió de la cápsula lunar para entrar de lleno a la conquista del espacio.
Cuando Eliseo decía lo que decía yo “entraba” en una cápsula de confusión, de la cual me era muy difícil “salir”, porque mientras él no lo dijera yo tenía muy claro (como todo mundo) qué era salir y qué era entrar. Salía de mi casa, echaba llave y caminaba por la calle; cuando, en la noche, después de ir al cine y a cenar una torta de butifarra en la cenaduría Yuli, metía la llave, abría la puerta, ¡entraba a mi casa! Como si fuese un programa de Plaza Sésamo entendía perfectamente lo que era Salir y Entrar. Si iba a la calle ¡salía!, si abandonaba la calle ¡entraba! Todo muy sencillo. Sin embargo, cuando Eliseo explicaba su casi teoría, yo abandonaba mi certeza y no salía de mi confusión y entraba en un gran desasosiego, porque, entonces, pensaba que el salir de un espacio implicaba entrar a otro y viceversa y que lo único que hacía la diferencia entre entrar y salir era que un espacio estaba techado y el otro no, pero si leía la novela “Atlas descrito por el cielo”, de Goran Petrovic, donde los habitantes de la casa quitan el techo para hacer que el cielo de la casa sea azul, el azul del cielo, dejaba mis convicciones y retomaba la teoría Eliseana, porque la casa que habitan los personajes de Goran no tiene cubierta, es tan espaciosa como espaciosa la calle.
Ahora, en muchas ocasiones, salgo de casa y digo que entro al territorio del caos y cuando entro a mi casa digo que salgo de lo incierto. Y esto hace que ya no tenga tan claro qué es entrar y qué es salir.
Yo, igual que Alba, hubiese reprobado el examen. Si el maestro hubiera preguntado qué es salir, no habría sabido bien a bien qué contestar. Cuando entro al mundo de ficción de una novela, ¿de dónde salgo?

jueves, 6 de abril de 2017

CIGÜEÑAL




Pamuk dice que en Estambul, cada dos años pasan bandadas de cigüeñas. Ah, si esto lo hubiese sabido la tía Eugenia (quien murió hará cosa de veinte años o más) le habría dado gusto y pena, a la vez.
La tía Eugenia, todas las noches, sin falta, abría la ventana de su recámara y miraba el cielo, con la intención de ver alguna cigüeña. No era una idea romántica, al estilo de los que suben la vista para mirar la luna o una lluvia de estrellas, ¡no!, la tía atisbaba el cielo para descubrir, a mitad de la noche, una cigüeña, porque quería espantarla. La tía Eugenia se acodaba en el marco de madera de la ventana y ahí colocaba la escopeta que había sido de su esposo y con la cual éste había matado muchos venados y conejos y armadillos y palomas en las márgenes del río Grijalva, mucho antes de que a este río lo encajonaran y lo convirtieran en una presa hidroeléctrica.
La tía coincidía con el pensamiento de Dedo Torcido, personaje de la película “Memorias de Antonia”, quien siempre consideró que era un acto inhumano traer una criatura a la tierra. Con las condiciones de la sociedad actual, a Dedo Torcido se le hacía un crimen cada nuevo nacimiento. Esas criaturas recién nacidas, decía la tía, vendrían a sufrir penas, hambres, violencia y demás miserias humanas.
Como la tía pensaba que, en efecto, era la cigüeña quien traía todos los pichitos que nacían en Comitán, ella estaba segura que si, una noche, la cigüeña aparecía por el rumbo de Los Sabinos, que era el barrio donde estaba su casa, y ella soltaba un fogonazo con su escopeta, la cigüeña jamás volvería a aparecerse por este pueblo y con ello bajaría el índice de nacimientos. El ave, espantada, movería sus alas como si fuesen aspas de molino de viento y, en lugar de posarse en un framboyán de Los Sabinos, iría a refugiarse en un pino de La Trinitaria o en algún espino de por el rumbo de Chamic.
Ah, si la tía hubiese vivido en Estambul, se habría ido para atrás cada vez que viera una bandada de cigüeñas (más de cien, más de doscientas) volando por en medio de los minaretes. Seguro que ella, tartamudeando, con el brazo derecho indicando la línea blanca del vuelo, habría llamado a su hija Nelidé y, casi a gritos, habría dicho: “¡Mirá, mirá, un cigüeñal!”, porque ella no habría sabido bien a bien cómo llamar a una bandada de cigüeñas. Habría usado esa palabra que más bien pertenece al terreno de la mecánica, al terreno de su esposo que, durante más de cuarenta y dos años, se dedicó a componer los autos desvencijados de los habitantes del barrio.
Rocío, una vez, me dijo que uno de sus deseos era viajar a un país (africano) donde pudiera pararse en la orilla de un lago y ver cómo alzaban el vuelo cientos, ¡miles!, de flamencos. Decía que imaginaba la belleza de una nube naranja volando como un papalote gigante.
La tía Eugenia también se hubiera impactado al ver una nube blanquísima, con manchas negras, conformada por cientos de cigüeñas.
¿Por qué cada dos años, las cigüeñas (en parvada) sobrevuelan la ciudad de Estambul? No lo sé, pero esa migración debe ocurrir por las mismas causas que los patos canadienses sobrevuelan, en algún momento, las ciudades del norte de México.
Los fenómenos migratorios son frecuentes y cíclicos. En Michoacán (se sabe) hay épocas en que llegan millones de mariposas monarca.
La tía se murió y jamás logró ver una cigüeña sobre el cielo de Comitán. Sólo murciélagos pasaban a cagar las paredes de su casa. El tío, en vida, le reclamaba por qué no espantaba a los murciélagos y, en lugar de estar buscando las cigüeñas que nunca llegarían, debía soltarles un plomazo a esos ratones voladores.
Cada vez que alguna vecina llegaba con el chisme de que fulanita estaba embarazada, la tía se enojaba y lo lamentaba. Hacía sus cuentas y justo en la semana en que la criatura debía “llegar” al mundo, se colgaba un par de catalejos, abría su ventana y se pasaba noches enteras buscando por los cielos de Comitán. Cuando (indefectiblemente) la misma chismosa llegaba a advertirle que el hijito de la fulana había nacido y que era un niño sano, que había pesado tres kilos con seiscientos gramos al nacer, la tía aventaba la escopeta y decía: “¡Esos animales tienen un pico de tijera muy fuerte! Y son muy vivos, buscan rutas desconocidas, pero un día…”.
Pamuk (todo mundo lo sabe) es un escritor turco que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Escribe acerca del país que conoce. Los escritores comitecos no podrían escribir de bandadas de cigüeñas, los pájaros que por acá vuelan son zanates. Tal vez los escritores de aquí podrían escribir sobre nubes negras conformadas por miles de tsitzimes.

miércoles, 5 de abril de 2017

MUROS




Cuando Pau miró estas huellas se asombró. Alabó el ingenio, dijo que era una genialidad colocar estas suelas en el piso para indicar la entrada al negocio. Al ver la pluma dijo que era de un pato que calzaba tenis y sonrió, dijo que era un pato futbolista, un pato tenista.
Pero, luego, se puso triste. Mi Paty le preguntó qué le ocurría. El pato no pudo entrar, dijo. La cortina estaba cerrada. Siguiendo con el juego, dijo que había sido un recorrido infructuoso, venir de tan lejos, dijo, y hallar que la cortina está cerrada, que no hay entrada franca. Y dijo que, muchas veces, en la vida ocurren cosas similares. Ah, pensé, ya comenzará con sus rollos filosóficos y, como si fuera un personaje de Derbez, dije: ¿Por qué no será una niña normal?
¿De qué sirven unas huellas que te llevan a lugares con cortinas cerradas, con bardas altísimas, con cercas electrificadas, con muros?
Pau dijo que, si imaginábamos tantito, lo mismo debió ocurrir cuando construyeron el Muro de Berlín. Los expulsados dejaron sus huellas, los de Oriente sabían que siguiendo los pasos de sus familiares, que eran sus hijos o padres o abuelos, podían llegar hasta donde estaban ellos, pero no podían verse, tocarse, abrazarse, porque cuando llegaban al lugar donde faltaba tan poco, el muro les impedía cruzar.
Mi Paty preguntó entonces: ¿Y el vuelo? Claro, si eran patos podían volar. Bueno, la historia cuenta de algunos casos donde los berlineses lograron su intento y pasaron del otro lado. Pero, en el caso de la fotografía, al pato (imaginario, por supuesto, porque tal vez la pluma que acá se ve fue de una paloma que andaba revoloteando por ahí como lo hace cada mañana) de nada le valió llegar hasta el límite, porque en este caso de nada sirve el vuelo. Cuando los cielos están abiertos los que vuelan logran llegar hasta donde quieren, pero cuando los cielos están techados, el vuelo es una mera utopía. La reflexión de Pau tenía pilón: Los que vuelan deben romper los techos.
Pau dijo entonces que los propios hombres (todos) se imponen trabas. En los cielos abiertos todo mundo puede llegar hasta el límite y más allá.
Pau colocó su pie izquierdo (que llevaba calzado con unos zapatos de tela, de color verde y rosado fluorescentes) sobre la primera huella, levantó el pie derecho y lo colocó al lado de la huella que tenía la pluma. Dijo que esa “ingeniosidad” no era tan ingenua. El propietario del local trató de llamar la atención del caminante (lo logra, porque nosotros tres andábamos fascinados jugando con las suelas de esos zapatos viejos pegadas a la banqueta), pero si esto lo trasladábamos al plano de la situación política encontramos que muchas estrategias tienen el mismo truco: Los políticos nos marcan el camino que, al final, va a dar contra un gran muro. Todas las esperanzas de un país mejor chocan contra pared.
La ingeniosidad de este local de servicios es que lo que ofrecen tiene relación directa con las suelas. Pau dice que ahí venden productos para calzado. Luego dijo que no todas las profesiones permiten este tipo de “ingeniosidad”. ¿Qué ponés al frente de una carnicería? ¿Un montón de huesos pegados al piso? Los carniceros, si quieren una buena estrategia publicitaria, deben ser aún más ingeniosos. En el caso de las vinaterías sí es más sencillo. Pueden hacer uso de la misma estrategia y colocar algo relacionado con botellas en la entrada o en la propia banqueta. ¿Qué estrategia utilizan los políticos para llamar nuestra atención? ¿Qué pegan en la banqueta de nuestro camino?
Hay muchas estrategias que nos despluman, que nos impiden volar, que hacen que nuestro espíritu pato choque contra los muros.
Muchas veces seguimos estas huellas pegadas en el suelo. Los sabios recomiendan que, de preferencia, para ser libres, para ser auténticos, somos nosotros quienes debemos sembrar nuestras propias huellas, como decía el poeta: “Hacer camino al andar”.

martes, 4 de abril de 2017

EN LA CUERDA DEL VIENTO




Rosder es, ahora, un escritor muy leído, muy buscado, muy elogiado. Rosder fue un niño normal. Como todos los niños de cinco años iba al kínder. Le gustaba comer chocolates y, los domingos, después de misa, se sentaba con sus papás en el parque de San Sebastián a comer una paleta de chimbo. La única diferencia que Rosder tenía con respecto a los demás niños del pueblo era que él tenía un nombre no común. Los demás niños se llamaban José, Ramón, Alejandro, Israel o Alfonso; es decir, los demás tenían nombres comunes y corrientes. En el pueblo había muchos Alejandro y muchos Ramón, pero no había otro Rosder.
Bueno, Rosder también se distinguía por otra manía peculiar, creer que, en efecto, a las palabras se las llevaba el viento. Lo creyó desde una vez que escuchó decirlo a su tía, sentada en la poltrona de la sala, sopeando una rosquilla chuja en una taza de café chiapaneco. “Ah, no -había dicho la tía, con la boca llena y escupiendo pedazos mojados del pan-, que te firme un papel, acordate que las palabras se las lleva el viento”. A Rosder no le importaba cuál era el motivo de la charla, lo que sí le importó fue el dicho de que a las palabras se las lleva el viento. En cuanto lo oyó pensó hacia dónde iban las palabras, los miles y miles de palabras que la gente decía, porque él, en la casa, oía que la gente entraba y salía y platicaba mil cosas en la cocina, en la sala, en los lavaderos, en el patio; las personas aventaban cientos de palabras cada día. Entonces dejó de jugar con el carrito de madera y puso atención a lo que la tía decía, se concentró en los labios gruesos, como de sardina hinchada, y trató de captar el cuerpo de una palabra. Estuvo así, como si fuera un pescador, tratando de ver la colita de alguna para ver hacia dónde iba; estuvo como un astrónomo tratando de descubrir qué dirección tomaba la lluvia de estrellas, que formaban las palabras. Se desesperó al ver que no lograba identificar el vuelo de las palabras, se desesperó al grado de que se paró, se acercó a la tía, le jaló el suéter rojo y le pidió que hablara más despacio, más des – pa – cio. La tía rio, le acarició la cabeza y continuó con su plática en la misma intensidad. Rosder insistió, le jaló el brazo y le pidió que no hablara tan rápido, le dijo que sus palabras salían como aviones, él necesitaba que las palabras salieran como trenes cansados, como tortugas viejas. La tía volvió a reír, pero la mamá de Rosder sí perdió la sonrisa inicial y, al ritmo de jet supersónico, soltó una andanada de palabras que decían que dejara de molestar y que, ¡de inmediato!, saliera de la sala y fuera para su cuarto. Rosder tuvo que cumplir la orden, levantó su juguete y fue a su recámara. Cuando, en la noche, la mamá entró para avisarle que ya estaba lista la cena, Rosder se le acercó y preguntó, con cara de tiuca desorientada: “¿Adónde van a dar las palabras?”. ¿Las qué?, preguntó la mamá, desorientada. ¡Las palabras!, repitió Rosder, ¿adónde van? ¡Ay, qué pregunta, niño!, dijo la mamá y lo apuró a que fuera al comedor, porque el chocolate se estaba enfriando.
Nadie sabe bien a bien (salvo los nutriólogos) adónde va la grasa corporal cuando alguien pierde peso. Nadie sabe bien a bien adónde va el agua cuando un pozo se seca. De igual manera, Rosder comenzó a preguntarse a dónde iban las palabras una vez que eran emitidas. Si llegaban al oído del escucha ¿se perdían en esos laberintos? Y si esto era así, entonces, ¿en qué parte del cuerpo se instalaban? ¿Las palabras engordaban? ¡No ellas! La pregunta es si engordaban al ser que las escuchaba. Pensó entonces, a la hora que comía una rosquilla chuja, sopeada en una taza de chocolate, que las personas por eso hablaban mucho, porque como oían muchas palabras tenían que devolverlas. ¡Eso era! Las palabras se las llevaba el viento, las llevaba hasta el oído del escucha, que era como helipuerto donde aterrizaban todos los helicópteros verbales. Entonces, el día lunes, a la hora que entró al salón de clases y la maestra, con mandil de cuadros amarillos y rojos, dio a todos los niños una marqueta de plastilina azul y les dio indicaciones para que hicieran una flor y un tallo, Rosder se fijó en el movimiento de labios de ella y vio que las palabras que pronunciaba se repartían como en un abanico increíble, se extendían en el aire como si fueran pétalos y algunas iban a dar al oído de Dominica (una niña morena, con chapitas y trenzas que le llegaban hasta la mitad de la espalda), otras se posaban en las orejas de Damián (el niño descalzo y pantalones siempre limpios, pero zurcidos), y así, de la catarata de palabras emitidas, todas (¿quién sabe por qué designio?) elegían diversos helipuertos. Vio, ¡sintió!, que muchas de esas palabras llegaban hasta sus oídos y ahí, como si fuesen pajaritos, buscaban su nido.
Pero Rosder debía, por decirlo de alguna manera, reciclar esas palabras que habían empollado en sus oídos, así que, de inmediato, cuando la sirvienta pasó por él al kínder, a la hora de salida, comenzó a platicarle todo lo que había sucedido en el día, le contó del niño que hizo de la caca en la silla, de la niña que cayó en el corredor y se raspó las rodillas, de la maestra que no dejó de comer una torta todo el día y luego salía al patio para pedorrearse. La sirvienta estuvo contenta, porque Rosder, por lo regular era un niño callado. Al llegar a la casa, Rosder corrió a buscar a su mamá y cuando ella lo abrazó, el niño, como si fuera un disco volvió a contar todos los sucesos del día y luego fue al cuarto de la abuela, se sentó en el borde de la cama y contó todo de nuevo, a pesar de que la abuela estaba durmiendo. Y cuando, en la tarde, llegó el papá, Rosder se sentó a su lado y contó, contó. Luego, cuando la sirvienta sirvió el café, el niño se levantó, fue a su cuarto, sacó de la mochila un cuaderno y, de nuevo en la mesa del comedor, se puso a rayotear en los renglones. ¿Qué hacés?, preguntó la mamá, y cuando el niño dijo que escribía, ella sonrió y dijo que no, que él no sabía…, pero el papá colocó su mano sobre la de ella para que no terminara de decir lo que pensaba decir, que Rosder no sabía escribir. Y, desde entonces, Rosder no paró de contar lo que oía y veía, porque creía que las palabras llegaban a sus oídos y ahí empollaban y si no les daba vuelo terminarían por hacer ahí su hogar miles y miles y miles de palabras y el condominio iba a ser tan enorme que, en algún momento, rebasaría la capacidad de su cuerpo. Cuando aprendió a escribir siguió llenando cuadernos y luego escribió en máquinas mecánicas y luego en computadoras y luego publicó sus escritos en periódicos y revistas y luego los convirtió en libros.
Rosder es, ahora, un escritor muy buscado, muy leído, muy elogiado.
Rosder fue un niño como todos, pero tenía una singularidad: creía que, como había dicho la tía, a las palabras se las llevaba el viento.

lunes, 3 de abril de 2017

CONGRUENCIA




Mi Paty y yo nos paramos a ver el remate de un edificio, pero Pau no veía lo que nosotros, ella miraba al otro lado de la calle. “¡Miren, miren!”, dijo. Volvimos la mirada y vimos el letrero: “Las gorditas del gordo”. Pau sonrió. Dijo que, a la hora de la comida, debíamos comer en ese negocio, dijo que, sin duda, el lugar era sensacional. ¿Por qué lo decía? Cuando nos sentamos en la banca del parque, y mientras comía un helado de pistache con fresa, dijo que la gordura del gordo era el mejor anuncio para las gordas que preparaba. Sí, dijo mi Paty, yo conozco un médico que es nutriólogo y que pesa más de ciento treinta kilos. ¿Quién puede confiar en sus métodos de adelgazamiento si él no lo aplica? Pau dijo que su amiga Hermila le contó que una vez llevó a su abuelo al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y en cuanto le dijeron que el doctor que buscaban era el médico que estaba en el jardín al lado de la buganvilia y vio que el famoso doctor estaba fumando pensó que no era el médico ideal para el caso de su abuelo.
Por eso dijo Pau que el gordo es el mejor promotor de sus gordas. Sería un contrasentido que el dueño de una carnicería fuera vegetariano o viceversa. No se vale que un amante de los animales tenga al salpicón de venado como su platillo favorito. La vida, para que sea honesta, exige congruencia. Lo ideal sería que el nutriólogo sea un hombre con peso adecuado; que la doctora que vende productos para eliminar el paño no tenga el cutis manchado; que el cantinero beba y sepa qué apapachos quiere el bolo; que al sacerdote católico no le brillen los ojos cuando aparezca una muchacha bonita con escote sugerente. La vida exige que el deportista no fume y que quien vende gorditas no sea flaco.
Mi Paty le preguntó a Pau cómo estaba su helado y ella, relamiéndose los labios, dijo que estaba “De relamido”. ¿De relamido? Sí, aseveró, y volvió a lamer el helado. En Comitán me encanta oír que algunas personas dicen “lambido”, en lugar de lamido. En Comitán no es extraño escuchar que alguien diga que “El gato está “lambiendo” el plato”, porque le encanta la lechita.
Así como muchos dicen que algún platillo está “De rechupete”, Pau dice que está “De relamido”. Lo cual (en ambos casos) significa que está exquisito.
Yo, una vez, escuché que una amiga, refiriéndose a un muchacho, dijo que estaba “De rechupete”, como si el chico fuese un postre. Mi amiga entornó los ojos, se relamió los labios, y dijo que se lo comería poco a poco, para que le durara mucho tiempo.
Cuando llegó la hora de comida, Pau casi nos obligó a ir a “Las gorditas del gordo”. Entramos y Pau pidió dos gordas para llevar. Ella, muy tolerante, no me obligó a sentarme ahí, porque sabe que soy vegetariano. Yo busqué y busqué al gordo, pero no lo hallé. Pau pagó y recibió la bolsa con las dos gordas. En cuanto salimos, lo primero que dijo es que, tal vez, el gordo tuvo algo que hacer y salió, porque quien la atendió fue una señorita que si bien no era delgada tampoco era una muchacha pasadita en kilos.
Nunca vimos al gordo, pero Pau dijo que las gordas estaban “de relamido”. Lo mismo pensé yo cuando probé la sopa de lentejas con piña, en el restaurante vegetariano. Pero también pensé en “Las gordas de Cirito”, que eran las gorditas que compraba a la hora del recreo, cuando estudié la secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz. Las madres de El Niñito Fundador (que habían llegado de Puebla) comenzaron a preparar las gordas, rellenas con papa y aderezadas con tiritas de lechuga y salsa verde. Los alumnos le decíamos “Las gordas de Cirito”, porque el sacristán del templo de San Sebastián era quien las servía. Ahora pienso que debimos nombrarlas como “Las gordas de las madres”, porque eran ellas quienes tenían “la receta secreta” y ellas, al contrario de Cirito, sí eran rollizas, como cantaritos de talavera.
Sí, recuerdo que las gordas de Cirito eran de rechupete, de relamido, de relambido.
Al terminar de comer, mi Paty preguntó qué haríamos y Pau sugirió que entráramos al cine a ver a los Power Rangers, dijimos que sí. Al salir, Pau dijo que había estado dos dos y yo pensé que hay películas que son como las gordas, que podrán estar de rechupete, pero engordan y provocan colesterol mental.

sábado, 1 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN SEGUNDO NUNCA SERÁ TERCERO




Querida Mariana: Un comentarista de fútbol soccer dice que el último minuto del partido también tiene ¡sesenta segundos! Con lo cual da a entender que, como dice otro comentarista: El partido se acaba ¡hasta que se acaba!, lo que significa que el gol de empate o de gane puede “caer” un segundo antes de que el árbitro pite el final.
Esto que pareciera intrascendente es de gran relevancia, nos explica que en nuestra medición de tiempo, no hay instante más definitorio que ¡el segundo!
Los seres humanos estamos condicionados, desde la escuela, a procurar ser los primeros. En una película mexicana alguien pregunta quién fue el primer terrícola que caminó en la luna. Un alumno levanta la mano y dice: “Neil Armstrong”; luego el maestro pregunta quién fue el segundo hombre que pisó la luna. Nadie dice algo. El maestro, entonces, dice lo que dice todo mundo: Sólo nos acordamos de los primeros y no de los segundos.
No siempre es así. Hay ocasiones relevantes en que no solo los primeros son los importantes sino los últimos. En la olimpiada del 68, que se efectuó en nuestro país, sucedió algo maravilloso. Los aficionados recuerdan que, en la prueba de maratón, Mamo Wolde ganó el primer lugar. Pero, asimismo, todo mundo recuerda al último lugar de la competencia, el maratonista de Tanzania, Akhwari. Sí, niña, el último lugar, porque su historia es una historia que hizo llorar a la tercera parte de los aficionados que esperaron la llegada de este corredor. El tal Akhawari se lesionó en algún momento de la competencia, pero jamás se rindió, rengueando, arrastrando un pie, continuó. A pesar de que sabía que todos ya habían llegado a la meta, él no se rindió. Esta historia me gusta, porque deja de lado la batalla cruel del primer lugar a la que nos aleccionan desde la educación primaria. Los compas que siempre sacan 7 u 8 jamás aparecen en el cuadro de honor. La escuela es una competencia feroz, donde los aplicaditos, los que siempre obtienen diez, son los que se llevan los reconocimientos, los que (se supone) terminarán siendo los mejores hombres y mujeres en las industrias. Pero la vida es maravillosa y no respeta tales medidas. La naturaleza (sabia por excelencia) no hace distingo alguno. La naturaleza reconoce todas las diferencias. Tan bella la más apantallante orquídea como la más modesta margarita. La naturaleza nos enseña que cada elemento del universo tiene características únicas.
El padre Carlos siempre dijo que cada ser humano es único. ¿Podés imaginar ese prodigio? En toda la historia del universo (digo del universo, no sólo del mundo) no ha habido una muchacha bonita como vos, ni la habrá. La única Mariana, hilo de agua fresca, ¡sos vos! Y ahora sí, como dijera el cantautor cubano Silvio Rodríguez, bendigo que en medio de “tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio” vos y yo hemos coincidido. Y hemos coincidido en la más modesta línea donde nadie busca ser número uno.
Mi papá siempre me decía que no importaba que yo fuera bolero, pero que debía ser el mejor bolero. Esto que, en principio, parecía alentar la competencia, lo que hacía es recordarme que la esencia de la vida es el Ser.
Akhawari fue el último en llegar al estadio, el último en cruzar la meta, pero miles de aficionados lo esperaron para ovacionarlo, porque él no se traicionó. Durante muchos años se preparó para ese día, se preparó para cruzar la meta. ¡Lo logró!
Todo esto sale porque a veces pienso en nuestro pueblo. A veces escucho (sí, todavía sigo oyendo la monserga) que San Cristóbal nos gana en tal o cual situación. Acá (¿lo ves?) hay una carga simbólica de competencia. Hay comitecos que, en lugar de privilegiar las bondades de nuestro pueblo, coloca a Comitán en una competencia que, se sabe de antemano, perderá. Perderá porque las fortalezas de San Cristóbal son otras. ¿Qué necesidad de andar comparando ambos pueblos, cuando ambos pueblos tienen riquezas únicas y auténticas que no admiten comparación?
En mercadotecnia se emplea el término de posicionamiento; es decir, el lugar que ocupa una determinada marca comercial en la mente del consumidor. La venta de nuestro pueblo tendría que ponderar sus virtudes (que son muchas y de gran valor). He visto que muchos paisanos ponderan el templo de San José, dicen que es un templo neogótico (quién sabe qué significa esto). Si a alguien se le ocurriera comparar a San José, de Comitán, con el templo de Santo Domingo, en San Cristóbal, nuestro templo quedaría en segundo plano. Pero, de igual manera, si el templo de Santo Domingo se compara con el templo de Santa María, en Tonantzintla, la mera verdad es que el chiapaneco queda en segundo plano. Pero, asimismo, si el de Tonantzintla se compara con la Capilla Sixtina. ¡Ah! Sé que estás pensando que ya es mucha bobera lo que digo. ¿Verdad que sí? Pues esto es lo que ocurre con la competencia. La carrera por obtener el primer lugar es desgastante e inútil.
Pareciera que lo importante en la vida es reconocer las capacidades únicas que poseemos e incrementarlas en beneficio personal y de la sociedad. Si esto lo llevamos a los pueblos vemos que cada pueblo del mundo tiene sus propias características que debe preservar. El fomento de las tradiciones no puede ser una moneda para vender al turista, el fomento debe ser para el enriquecimiento cultural del pueblo. La cultura no se hace para atraer turismo, se realiza como un acto cotidiano que enriquece el espíritu de quienes viven en un determinado espacio. Y acá es donde las competencias se resquebrajan por sí mismas. ¿Qué es más sabroso: el agua de temperante, de Comitán, o la cervecita dulce, de San Cristóbal? Es una bobera tratar de asignar valores a esencias diversas y únicas. La vida no puede ser una competencia deportiva permanente.
Hay muchos hombres y mujeres que fueron niños de diez en el colegio que, en la vida, el diez se les ha escapado y, por el contrario, compas que fueron de media tabla, que presentaron exámenes extraordinarios son, ahora, exitosos en sus actividades. Es decir, en la vida real, la calificación de diez del colegio no tiene gran relevancia. De ahí pues que la competencia escolar suena como una irreverente tontería. Los expertos en educación sostienen que el cometido de la educación debe ser que el educando potencialice sus capacidades; es decir, ¡que sea! Que sea sin necesidad de compararse con otros, porque en la comparación está la desventaja.
Comitán es un pueblo único (único en el mundo, único en el universo). Igual que vos, jamás ha existido un pueblo similar, ni existe, ni existirá. ¿Entonces qué debemos hacer para que nuestra ciudad no pierda esa riqueza? Preservar lo nuestro, sentirnos orgullosos de nuestro modo de ser. Comitán es fruto de la siembra buena que han hecho miles y miles de comitecos que nos han precedido.
¿Quién se acuerda del segundo? Parece que nadie. Todo mundo se acuerda del primero. Esto es así porque vivimos en una sociedad que nos impulsa a la competencia permanente. Esta competencia nos despoja de nuestro ser, nos resta nuestro potencial. El que compite (ya lo dijeron los sabios) siempre está comparándose con otro.
En Comitán debemos cambiar paradigmas, debemos valorar el segundo; es decir, esa partícula mínima del tiempo que es la que otorga la medida de nuestro paso por la vida. Comitán (decimos) es una ciudad hecha a través de los siglos. Esta medida todo lo vuelve magno, lo engrandece. En realidad, los pueblos están formados por millones de segundos, porque un segundo es lo que define la vida. ¿Has pensado cómo los cambios más relevantes de la vida se dan de un segundo a otro? Un segundo (no más) fue el conecte del espermatozoide de tu papá con el óvulo de tu mamá; un segundo fue el momento en que vos saliste del vientre de tu madre; un segundo es la vida; un segundo es la muerte. No más. Todo está hecho por segundos.

Posdata: En mercadotecnia, cuando alguien ya se posicionó del primer lugar, es desgastante competir contra él. En la mente de millones y millones de consumidores aparece la imagen de Coca Cola, primerísimo lugar en ventas de refrescos. ¿Quién compite contra este monstruo comercial? ¡Nadie! Quien lo intenta, intenta una hazaña inalcanzable. ¿Qué hacer entonces? Publicitar los productos privilegiando las bondades que no contiene aquél. La Coca (todo mundo lo sabe) es un refresco que daña el organismo. Si alguien vende un producto cuyo consumo sea sano, todas las personas que deseen consumir productos naturales que beneficien su organismo (cada vez son más, gracias a Dios) lo colocarán, sin mayor problema, en el primer lugar en sus mentes.
¿Quién es la muchacha comiteca más bonita? ¡Todas! Cada comiteca debe valorarse así y cada pareja debe apreciarlo de esa manera. Si no es así, el ser no es. ¿Quién es el mejor músico? Todos los músicos deben considerarse así y, segundo a segundo, abonar para que tal hazaña siga siendo.
Antes se empleaba mucho el término asegundar. Este término significaba que era el último llamado para misa. Asegundar es repetir un acto. En Comitán debemos asegundar, hacer que cada segundo sea una reiteración del primero. Nuestro sueño es que Comitán sea, solamente eso, que siga siendo lo que fue y debe ser: El pueblo más hermoso del universo.

viernes, 31 de marzo de 2017

DEFINICIÓN DE RECORRIDO




Tienen razón las mujeres. Hay muchos hombres que emplean el lenguaje para herir. Recuerdo que, en una ocasión, nos escapamos de la escuela preparatoria para ir a tomar unas cervezas en una cantina comiteca, ya inexistente. En la tercera ronda de cervezas ¡el estilete apareció! Como en cualquier plática de cantina, donde todos los de la mesa son hombres, no tardó en aparecer el tema favorito: ¡Mujeres! Aparecieron algunos nombres de chicas que en ese tiempo nos gustaban, pero cuando asomó el nombre de Equis (y brilló sobre la mesa y en nuestros rostros, porque era una chica muy bella), uno de la mesa dijo: “Pues será todo lo que ustedes dicen, pero Equis ya es lancha muy recorrida. Yo no la tendría de novia.”
Equis, en esa ocasión (ahora lo advierto) fue comparada con un mero objeto: Una lancha. De entonces a la fecha (siempre en relación a mujeres) he escuchado el término “recorrido”, aplicado con una gran carga negativa.
Todo mundo entiende que una chica que ya lleva un buen “recorrido” es una chica que se ha acostado con más de dos chicos.
Jamás he escuchado el término aplicado a hombres y eso que conozco a varios que se han acostado con muchísimas mujeres y que andan en mesas de cantinas o de café pavoneándose porque su odómetro personal marca decenas de kilometrajes, bien recorridos.
Es una bobera. Es una bobera desde la aplicación grosera y machista que se hace del término, pero lo es más, porque pareciera que el término se confunde. Las chicas que han tenido actividad sexual frecuente (muy sus gustos, muy sus cuerpos, muy sus ganas) no tienen relación alguna con lo que hacen los aviones o carros o trenes o lanchas (como decía el amigo de la cantina en nuestra época adolescente).
Una vez comenté con Alondra lo que “uno de la mesa” dijo. Ella lo lamentó. Como estábamos en el jardín de su casa, tomó una flor del tallo, lo detuvo varios instantes, mientras veía la flor, que derramaba algunas gotas del agua con que la había regado. Me dijo que mi amigo era un pendejo y que yo también era un pendejo por andar repitiendo tal estupidez. Dejó la flor y me dijo que las mujeres, todas, eran como esa flor y que todas, ¡todas!, eran lanchas muy recorridas. Y entonces me llevó al corredor, nos sentamos y, desde esa sombra, viendo los árboles de durazno y de jocote, dijo que todas las mujeres eran botes, cayucos, trasatlánticos; que todas, ¡todas!, llevaban miles de millas náuticas, porque cada una recorre mil cielos, mil corredores con helechos, mil campos llenos de árboles. Dijo que cada mujer es una lancha con mucho recorrido, porque cada deseo es un viaje. Por eso, me dijo, mientras se quitaba las chanclas y movía sus pies como si fueran pececitos, cada mujer tiene en la mirada una luz infinita, una luz que ha pepenado en los miles de kilómetros que ha recorrido con sus manos, con sus pies, con sus ojos, con sus labios, con sus pechos, con lo más íntimo de su intimidad. Sí, concluyó, tu amigo es un pendejo y más pendejo sos vos por seguir repitiendo la brutalidad que vomitó.
Por eso, comencé esta Arenilla diciendo que las mujeres tienen razón: Hay muchos hombres que emplean el lenguaje para herir.
Si admito lo que Alondra me dijo aquella tarde prodigiosa en el patio de su casa, debo admitir que soy un pendejo, pero en mi descargo digo que la repito en afán de que el lector llegue al párrafo donde Alondra da la mejor definición de recorrido que jamás escuché. Si las mujeres tienen razón, Alondra también la tiene. Recorrido es la cuenta que alguien hace mientras avanza en medio de nubes, de cielos, de bosques, de miradas, de deseos, de sueños, de bollos de vida.

jueves, 30 de marzo de 2017

UN CERILLO





La tarde que Juan murió, la tía Engracia dijo que había sido castigo de Dios, por ser un mal hijo. Ese día, como siempre, Juan estaba en la sala, recostado sobre el sofá, viendo la repetición de un partido de fútbol. Sobre la mesa de centro tenía varios botes de cerveza vacíos. Leía una revista deportiva, que daba cuenta de las estadísticas del fútbol nacional y noticias de la vida de Chicharito, de Dos Santos y demás jugadores famosos.
A las tres con veinticinco minutos, la mamá de Juan entró a la sala, dejó sobre la mesa de centro una cerveza que Juan había pedido a gritos. La mamá acarició la cabeza de su hijo, mientras éste decía: Ah, no estés jodiendo. La mamá desvió la mirada y preguntó si podía pedir un favor, iría a la casa de su hermana Alfonsina, porque seguía malita, ¿podía apagar la lumbre de la estufa? Que la apagara en diez minutos más, los frijoles ya casi habían hervido. Sí, sí, dijo Juan, mientras estiraba el brazo en señal de que la mamá abriera el bote. La mamá abrió la cerveza, la dejó sobre la mesa, se puso el chal y le recordó al hijo que en diez minutos apagara la hornilla. Sí, sí, dijo Juan, con un movimiento de brazo, como si espantara una mosca.
La mamá salió, jaló la puerta y detuvo un taxi. No volvería a ver vivo a su hijo. Nunca sabría que su hijo aplicaría un conocimiento inútil, pero práctico, que ella le había dado de pequeño. Cuando Juan entraba al baño después que la abuela Dulce había defecado y se tapaba la nariz con los dedos índice y pulgar, la mamá llegaba con una caja de cerillos, prendía uno y lo apagaba de inmediato. El humo del cerillo quita el mal olor de la caca, decía la mamá y acariciaba a su hijo.
Juan no olvidó la petición. Veinte minutos después tomó el último trago de la cerveza, eructó, dejó la revista sobre la mesa de centro y se paró, más que para cumplir con el encargo, para ir por otra cerveza. Abrió la puerta de la cocina, abrió la puerta del refrigerador, sacó otra cerveza y, con ésta en la mano, se acercó a la estufa. Ahí estaba la olla de barro con los frijoles. Había dejado de borbotear. Vio que la flama estaba apagada. Sintió un olor fuerte recorrer los laberintos de su nariz. Pensó que era el aroma de los frijoles. Jamás imaginó que el agua de los frijoles había desbordado y la flama se había apagado. El gas seguía saliendo.
Juan regresó a la sala. El partido Chivas-Pumas estaba a punto de iniciar. El comentarista daba la alineación del equipo universitario, el equipo del que era fan desde los cuatro años de edad, edad en que, de la mano de su papá, fue al estadio de CU una vez que viajaron a la Ciudad de México. Su papá le había dicho que un día él llegaría a jugar ahí, su mamá había dicho que sí, porque él estudiaría ahí, y con el brazo hizo un movimiento circular que alcanzó el edificio de rectoría y de las facultades de arquitectura y derecho. Juan, con un movimiento de cabeza, dijo que sí, pero urgió con sus palabras a entrar al estadio, porque ya la multitud se aglutinaba en los túneles.
Los deseos de sus papás no alcanzaron a cumplirse. Juan, apenas tres meses después de la muerte de su papá comenzó a fumar y a beber, abandonó el deporte, para el que parecía predestinado, porque era un jugador muy hábil. En el segundo grado de bachillerato abandonó la escuela y, con ello, cercenó los sueños de la mamá de que tendría un profesionista en casa.
El día que Juan murió tenía treinta y dos años de edad. Los últimos quince los había dedicado a leer revistas de deportes, a ver cientos de partidos de fútbol, en vivo y en repeticiones, y en beber cantidades bárbaras de cerveza, que era comprada por la mamá alcahueta, para evitar que Juan cumpliera la amenaza de abandonar la casa si no le compraba su diaria dotación. Juan sólo eso hacía. Su vientre había crecido de forma enorme. No tenía amigos, ni amigas. Su vida era solitaria. Se centraba en ver el fútbol en la tele, leer el Esto y beber y beber.
El partido seguía cero a cero. En dos ocasiones, Juan había estado a punto de pararse para ir por otra cerveza, pero, justo en esos instantes, había jugadas en el área de tiro a gol y parecía que era la jugada que daría el primer gol a los pumas. En las dos ocasiones los delanteros habían cometido errores. Juan apretaba el bote de cerveza y lo estrellaba contra el tablero de madera de la mesa de centro.
Llegó el medio tiempo. Cuando iba a pararse para ir por otra cerveza, sonó el timbre. Juan pensó que era alguna comadre de su mamá, más le valía no moverse. El timbre volvió a sonar. Juan, con cuidado, se acomodó sobre el sofá y procuró que su respiración fuese lenta, que no se oyera que había alguien en casa.
Después se supo que quien tocaba el timbre era una vecina, que deseaba avisarle a la mamá de Juan que parecía se escapaba el gas de su casa. Juan no abrió. Como se había acomodado bien en el sofá le ganó el sueño. Despertó en el minuto treinta y dos de la segunda parte del partido. Se paró de inmediato. Sintió el olor que ya invadía toda la casa. “¡Mierda! ¡Pinches frijoles!”, dijo. Mientras buscaba la caja de cerillos pensó que con razón apestaban tanto los pedos de los indios que comían puros frijoles. Sintió una somnolencia que le entumecían los brazos, lo atribuyó a la cantidad de cervezas ingeridas. Abrió la gaveta, tentaleó la base, halló la caja de cerillos, la abrió, sacó un cerillo y lo frotó contra el raspador. Todavía escuchó el sonido de una sirena. Era el carro de bomberos que había acudido al llamado de la vecina, porque en la casa de al lado parecía haber una fuga de gas.

miércoles, 29 de marzo de 2017

EL PREMIO CHIAPAS Y EL NOBEL DE LITERATURA




Pareciera un juego: ¿En qué se parece Chiapas a Suecia? Posible respuesta: En que en Suecia hay suecos y en Chiapas ¡chafas! Porque, los suecos (hablo de los zapatos) están acostumbrados a ir de un lado a otro, por el suelo.
Un día, alguien dijo que el Premio Chiapas 2016 se había declarado desierto. No hallé versión oficial que así lo confirmara, pero parece que el olvido de la presea confirma lo afirmado. Ya estamos a marzo del 2017 y nadie dice algo.
Fue una noticia preocupante. ¿Cuándo un premio se declara desierto? Cuando el honorable jurado determina que los postulados no tuvieron los méritos suficientes. Y esto sí es preocupante. ¿De verdad el jurado del Premio Chiapas halló un páramo donde brilla tanta luz? En una ocasión, Luis Aguilar, relevante escultor comiteco, me dijo que, en el plano cultural, México es un país primermundista. ¡Por supuesto que sí! Y, de igual manera, si algún estado de la república es rico en manifestaciones culturales es Chiapas. Si en realidad es cierto que el Premio Chiapas se declaró desierto es preocupante. Preocupa que, desde la ínsula de poder, digan que la ciencia, la intelectualidad y el arte chiapanecos en su conjunto ¡no existen! O si existen son como organismos moribundos que no dan flores ni frutos. Eso es una aberración. En Chiapas ¡sobra talento! Talento comparable al más excelso del primer mundo. Sería ofender al lector hacer la relación interminable de nombres que, en la actualidad, dan brillo a este estado que las políticas malsanas pretenden enterrarlo en la oscuridad de los siglos.
Sería ofender al lector escribir una relación que dé cuenta de los nombres de los grandes hombres y mujeres que (ya fallecidos) ayudaron a construir la grandeza de Chiapas. Ahora, estoy seguro, el lector comienza a hacer su relación personal de pintores, músicos, escritores, poetas, artesanos y demás planetas, que imprimieron de dignidad las páginas de nuestra historia.
¿No es una ofensa que el gobierno deslice la idea de que el Premio Chiapas no lo merece nadie? Es cierto, muchas voces ya han manifestado su desacuerdo porque en algunos años la presea fue concedida no a quienes eran merecedores por su talento, sino que fue concedida a personas sin más talento que el de prender incienso al poderoso. Es cierto, en los últimos tiempos hay casos registrados de postulantes que, de manera indigna, piden el premio como si éste fuese simple moneda de cambio. Es decir, el honorable jurado debió (debe) enaltecer su responsabilidad concediendo el premio al que tenga los méritos indiscutibles de una obra limpia que exalta la inteligencia de este pueblo.
Algunas personas han dicho que la decisión de declarar desierto al Premio Chiapas fue para no otorgar el monto en efectivo que conlleva la distinción y para no agregar otros nombres a la relación de chiapanecos valiosos que, mes a mes, reciben una pensión. Se comenta (a voces) que los actuales Premios Chiapa no reciben su pago en forma adecuada y respetuosa. Hay ocasiones en que pasan tres y más meses y el pago no se realiza.
¿En qué se parece Chiapas a Suecia? En que en Suecia hay suecos y en Chiapas hay chafas. ¿Cómo es posible que ahora, la Academia que entrega el Nobel de Literatura, ande preocupada por si Bob Dylan, Nobel del año pasado, dará su discurso de recepción para poder cobrar el dinero con que el premio está dotado?
Si acá en Chiapas algún nominado ha caído en el terreno de lo indigno al estar con la palma de la mano abierta pidiendo, por el amor de Dios, el premio; allá en Estocolmo, pareciera, también han caído en la indignidad al preocuparse por míster Dylan. ¿Qué no hay alguien que les diga que el tal Bob ya les hizo el feo desde el principio, y ha ignorado a la Academia? ¿Qué no se han dado cuenta que Dylan, soberbio, ha menospreciado el premio?
La Academia Sueca camina en suecos y ya no levanta los pies. Ahora pareciera una anciana que arrastra los pies. Preocupa. Preocupa lo de allá y lo de acá. Allá un intelectual se atreve a ignorar a la Academia; acá, el poder se atreve a ignorar a sus intelectuales. ¡Preocupa!

martes, 28 de marzo de 2017



CARTA A MARIANA, DONDE SE VE UNA FOTOGRAFÍA CON CIELO LLENO DE HOJAS VERDES

Querida Mariana: ¿Qué significa una reunión de diez o más arquitectos? ¿Un congreso? ¿Una conferencia acerca de la obra de Niemeyer? ¿Una visita a la Torre Mayor?
La foto que te anexo, como indica la inscripción, corresponde a un grupo de arquitectos, de la generación 78-82, de la Universidad del Valle de México, Campus San Rafael. Todos ellos se reunieron, 35 años después de egresar de la escuela de arquitectura.
¿Por qué comparto esta foto contigo? Porque ellos son parte de mi vida. ¿Mirás lo que digo? ¡Parte de mi vida! Yo pertenecí a esa generación, todos ellos fueron mis compañeros de aula. Yo (inconstante en ese tiempo) no concluí la carrera. Estuve apenas dos años, la mitad de la carrera. Algún demonio de juventud sentenció: “¡Serás arquitecto, pero de tu propio destino!”, y así abandoné la universidad y regresé a Comitán. Ahora que escribí: “Abandoné la universidad”, titubeé, creo que debí escribir: “Me abandoné”. Porque me quedé sin los salones con asientos de metal, donde, alguno de nosotros (de los que están en la foto o yo) colocaba papel debajo y lo quemaba para que cuando se sentara equis o ye pegara el brinco, porque el asiento estaba caliente, casi hirviendo; me quedé sin las empanadas de cazón que la tía de un compañero de Tabasco nos preparaba a la hora que íbamos a su departamento y, mientras cortábamos el papel ilustración, para hacer una maqueta, tomábamos una caguama; me quedé sin la compañía de uno de ellos y los discos de Roberto Carlos que ponía una y otra vez en el departamento de Xola. Me quedé sin ir al taller donde uno de ellos nos llevaba para que viéramos los planos que su tío, el famoso arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, había hecho para la construcción de la Basílica de Guadalupe; me quedé sin esos guisos soberbios con plátano verde que preparaba una de ellas (colombiana), quien siempre que estábamos cerca me decía que yo olía muy rico, era porque siempre comía pastillas de menta. Me quedé sin las escapadas que a veces hacíamos para ir al cine a ver a Marcello Mastroiamni y a la hermosísima Nastassia Kinski, donde él interpreta a un arquitecto ya madurón y ella (casi interpretándose a sí misma) a una bellísima joven que se enamora de él, sin saber que, según parece, él puede ser su padre biológico, por lo que si se acuestan cometerán un acto incestuoso. Me quedé sin las madrugadas en que, en el departamento del pachuqueño, nos quedábamos dormidos, porque la jornada había sido intensa y, a duras penas, lográbamos llegar a la universidad cargando la maqueta que habíamos trabajado durante noches y noches infinitas. Me quedé sin la presencia de los maestros chilenos que salieron de su país después del golpe militar y que fueron recibidos en México y que aportaron su conocimiento en nuestra universidad. Me quedé sin mi placa de judicial que, de mentiritas, me había dado uno de ellos, para que, cuando entráramos a las fiestas en zonas deprimidas de la Ciudad de México, yo me pavoneara y me presentara como judicial. Yo, interpretando el papel de judicial, ¿podés creerlo?
Sí, ahora que vi la foto de esos hombres y mujeres que fueron parte de mi vida, supe que me había abandonado. Porque ahí, en el auditorio de la universidad, en ese viejo edificio de la colonia San Rafael, recibí una doble lección, que vuelvo a contarte. La primera fue que dos compañeros que, por normativa de seriación, no tenían derecho de entrar a la clase de Dibujo al Desnudo, sobornaron al encargado del auditorio para que, desde la cabina de proyección, como topos husmeando por la ventana, vieran a la modelo que, en el proscenio, se desnudaba y posaba para que hiciéramos bocetos con carboncillo sobre papel manila. La segunda fue que uno de los que sí tenían derecho no entró, cuando supimos la causa fuimos en grupo a hablar con la maestra para que se pusiera la mano en su corazón y permitiera que nuestro compañero no asistiera. La maestra dijo que era tolerante con todas las religiones, pero que si nuestro compañero no entraba a la clase ¡no acreditaría la materia! ¿Cuál era el problema? Algo muy sencillo, pero de gran trascendencia: la religión de él no le permitía ver mujeres desnudas. Él no sabía qué hacer. Uno de los compañeros le sugirió que hablara con su pastor, para que le diera alguna solución. Cuando nos tocó la siguiente clase, lo vimos con una sonrisa tan grande como su fe. Dijo que su pastor había solucionado su problema. Todos (o la mayoría) pensamos que el pastor le había dado permiso para que viera desnuda a la modelo, pero no fue así. Él se sentó al lado de quien dibujaba mejor, colocó su tablero frente a su cara y jamás, de veras ¡jamás!, vio a la modelo. Su dibujo lo hizo viendo el dibujo del compañero. Pensé que ese pastor sí era un verdadero guía, un verdadero sabio.
Abandoné la Universidad del Valle de México (me abandoné) en 1980. No volví a ver a mis compañeros, ni a mis maestros.
Una mañana de 2001, hallé un mensaje en inbox. Era Sergio Rafael García Ochoa, ¡uno de ellos! Decía que buscando en este chunche me había hallado.
¿Podés imaginarlo? Después de más de treinta años, alguien recordaba que habíamos compartido un tiempo y un espacio, un tiempo generoso, un espacio bendito. Me dijo que, de igual manera, estaba en comunicación con Jesús Estrada Arnica. Sergio Rafael vive en Querétaro y Jesús vive en Tabasco.
En esta fotografía hay más compañeros, son parte de aquella generación.
Si me topara en la calle con alguno de ellos ¡no lo reconocería! Me consuela saber que lo mismo pasaría con ellos, si me vieran en la calle ¡no me reconocerían! Sin embargo, ahora que vi esta foto, treinta y siete años después, me emocionó saber que ellos fueron parte de mi vida, son parte de mi vida.
Los veo satisfechos. ¿Cuántas historias han reunido?
Una tarde de 1980 abandoné el edificio personal que construía. Lo dejé a la mitad. Ahora, casi como prodigio, veo que es un edificio que tuvo buen cimiento, pero que se quedó con las varillas desnudas. Sin embargo (¿cómo es esto?) veo que tiene cielo. ¿Cómo se soporta ese cielo que es bello y resistente? La techumbre es como un cielo que levita. Debe ser que se apoya en el afecto, en el recuerdo, en la nostalgia.
Después de treinta y cinco años de egresar se reunieron en la Ciudad de México. En la foto veo, como fondo, un cielo verde lleno de hojas, un cielo de hojas verdes, una hoja verde llena de cielos. Cada uno de ellos ha formado su cielo.
Cuando vi la foto sentí una descarga de afecto y sonreí y pensé que, los ausentes, deben andar por ahí, en algún lugar de la república o del mundo, sin abandonar nada. Jesús me dijo: “Parece que “El padrecito” ya murió. Así le decíamos, “El padrecito”, porque era el más sencillo, el más recatado. Nunca falta (¡es una pena!) que en las fotos de generación alguien identifica a un compañero ya fallecido. Así es la vida.
Si me topara con ellos no los reconocería, pero ellos tampoco me reconocerían. Es preciso que aparezca un Sergio Rafael, un Jesús, para que el cordón de vida vuelva a extenderse.
Este grupo no acudió a congreso alguno o a visita de obra, ¡no! Este grupo se reunió para regar el árbol de la vida.
Ayer platiqué con Quique y me dijo que está alarmado, porque ya cumplió los sesenta años. Me preguntó, con mirada de paloma torcaza: “¿Qué vamos a hacer?”. Nada, ¡qué vamos a hacer! Vivir y, tal vez, buscar pretextos, como estos alumnos de mi generación, para reconocer que una vez fuimos jóvenes.

Posdata: Te he contado que en la UVM conocí a la maestra que me tomó de la mano, me llevó a la orilla del abismo y, con su dedo índice, señaló el horizonte, esa línea genial donde se unen las cadenas montañosas con el cielo. Entendí que la lección era: “Cada quien debe trazar su línea”.
Todos los que pasamos por una escuela tenemos una cercanía con los compañeros. Con algunos nos llevamos más que con otros, pero cuando volvemos la mirada y vemos que la esquina de adelante está más cercana que la de atrás, porque el tiempo ya nos quitó la juventud, entonces pepenamos los hilos sueltos, porque sabemos que el bordado, necesariamente, necesita de todos los hilos para hacer una obra perfecta.
Vi la foto y supe que así ha sido. Después de treinta y cinco años veo a cada uno de ellos satisfecho con la historia que han formado. Ellos han trazado la línea de su horizonte. Ellos saben mucho de trazado de líneas. No fueron gratuitas las noches de desvelo. ¡Salud por ellos!

lunes, 27 de marzo de 2017

MUNDOS AGRESIVOS




Nadie podrá negar que hay palabras agresivas. Algunas tienen sonidos que son provocadores. Alguien pensó, un día, que la palabra viejo era una de esas palabras. Por lo tanto, buscó una más suave. No la halló, por eso inventó el término de “Tercera Edad” y, ahora, ya en el colmo de la melcocha, algunos se refieren a los viejos como “Adultos en plenitud”.
No sé qué le cause a ustedes, pero a mí la palabra viejo no me resulta agresiva. ¿Saben cuál palabra sí me resulta cruel? La palabra Padrastro, que por un lado nombra a esos pellejitos que molestan en la comisura de las uñas, pero que, en principio, designa al hombre que se casó con la madre de alguien. Los hijos que tuvieron un padre biológico diferente dicen: “Ese hombre es mi padrastro”. Y la palabra no se conformó con ser padre impuesto, sino que (¡faltaba más!) engendró engendros: hijastro, hijastra. Así entonces, el padrastro se refiere a los hijos de su esposa como ¡hijastros!
La connotación es severa, agresiva.
De igual manera aparece la palabra bastardo, que designa al hijo nacido fuera de matrimonio.
Creo que en este caso sí debería proscribirse el uso de esos términos que, por fuertes, resultan un tanto agresivos para la persona que no se lo merece. Pensemos que el “padrastro” es un mal hombre y que acosa sexualmente a su “hijastra”; pero pensemos en el otro extremo, el caso del “padrastro” que cuida, protege y ama honesta y sinceramente a la hija de la esposa. ¿Merece este último hombre que alguien diga que es padrastro de la niña? No sé qué piensen ustedes, no sé qué sientan. Yo pienso que esa palabra es injusta; pienso que nuestra lengua española debería tener la capacidad de buscar otro término que pueda aplicarse en el segundo caso. Está bien que los abusivos reciban el trato de padrastros, pero ¿cómo nombrar a los que reciben a hijos ajenos como propios? ¿Cómo nombrar a esos hombres que asumen un rol que encarama nubes en los sueños de los hijos de la mujer amada?
Algún día, así como hacen concursos de la palabra más bella del idioma castellano, habrá que hacer uno de la palabra más grotesca, tanto en su sonoridad como en su conceptualización. Y que el “premio”, en este último caso, sea la erradicación del diccionario y la inmediata suplantación por una con más eufonía, con más aire, con más espíritu positivo.
Hay personas que cometen acciones negativas y tienen parte del castigo en la palabra que los nombra. Así, los delincuentes se tienen bien ganada la palabra que los señala, que los tacha, que los marca de por vida en la sociedad. Los pederastas tienen bien ganado el infierno de su nombre. Pero, insisto, cuando alguien, por el simple hecho de unirse con una mujer con hijos, que no tiene esposo, se convierte en padrastro de ellos, el hecho parece inmerecido. La palabra debería proscribirse y ser sustituida por una que no parezca una cadena.
Es un castigo no sólo para el “inculpado” sino para los hijos que no tienen culpa alguna. ¿Por qué una niña debe cargar con el fardo de tener un “padrastro”?
Hay palabras agresivas y éstas son parte importante de la vida, porque la vida no sólo tiene luz y brillo, también está hecha de oscuridades. La puta no tiene nada de qué avergonzarse o sentirse ofendida cuando alguien la nombra así, ya que fue su decisión convertirse en tal. Además, a mí la palabra puta me resulta menos agresiva que la palabra madrastra.
En los cuentos infantiles existe un cliché que identifica a la madrastra como una mujer ponzoñosa. En la vida real ¡no siempre es así! De igual manera que en el caso de los padrastros, hay madrastras que cuidan y protegen a los hijos del hombre con el que se unen. Asimismo, la idea de que los hijos de un hombre que trata de recomponer su vida, dándose una segunda oportunidad, tengan que soportar la nube negra de ser hijastros suena a castigo inmerecido.
Nadie soy para modificar el lenguaje, pero si en manos estuviera borraría las palabras padrastro y madrastra y las supliría por palabras menos agresivas, porque pienso que la vida no tiene terceras edades, pero sí puede ser una vida vivida en plenitud.