martes, 2 de mayo de 2017

LOS TROGLODITAS




Los recibos de luz, de teléfonos, de tarjetas de crédito, del cable, ¡tienen una fecha límite de pago! Si el usuario no paga ¡cortan el servicio! Por ello, caminaba apresurado por una calle cercana a la oficina de Telmex, porque era el último día para el pago del teléfono. Y me apresuraba porque (¡qué pena!) me preocupa quedarme sin el servicio del teléfono, de la luz, del cable; me preocupa que el banco me castigue por no pagar el mínimo de la tarjeta. Digamos que de los servicios mencionados, el de la energía eléctrica es el necesario. Todo mundo puede vivir sin el servicio de cable de televisión, sin el teléfono, sin la tarjeta de crédito, pero yo no, no puedo vivir sin estos servicios, así como no puedo vivir sin mi carrito modelo 2002; es decir, sí puedo vivir, pero me sentiría como un sobreviviente de la guerra. A veces, dos días antes de la quincena descubro que no tengo dinero, voy al cajero y con mi tarjeta puedo retirar doscientos o quinientos pesos, que repongo cuando me llega el pago de la empresa donde trabajo. No puedo quedarme sin el servicio de cable, porque mi mamá, que trabaja toda la mañana, en la tarde se divierte con ver programas que no son telenovelas ni programas bobos de espectáculos que transmite la televisión abierta. Mi teléfono móvil es un Nokia de esos que no reciben whatsapp, pero me permite comunicarme con el mundo. Si me quedo sin el teléfono fijo siento que mi casa se convierte en una isla y yo, en automático, me convierto en un Robinson Crusoe. Por eso, cada mes corro a pagar el servicio para que no me lo suspendan.
A veces pienso que los trogloditas fueron más libres, no necesitaron cable ni teléfono ni tarjetas ni energía eléctrica para vivir. Pero, bueno, el tiempo de los trogloditas ya pasó.
¡Mentira! Aún hay sobrevivientes de los trogloditas. Si pienso que la palabra troglodita se aplica a personas bárbaras, aún los veo a diario en la ciudad.
La mañana que fui a pagar el teléfono no lo vi, pero supe que por ahí andaba un troglodita, pariente de los que me topo casi a diario frente a la casa. Digo que caminaba apresurado, pero fijándome del lugar donde iba a dar el siguiente paso, porque las banquetas están llenas de lajas resbalosas. Había avanzado ya casi media cuadra, cuando vi que un señor, con la cochera de su casa abierta y su auto adentro, miraba hacia todos lados. El espacio había sido ocupado por un auto y no podía sacar su auto. Estaba encerrado en su propio espacio de libertad. Pedí a la divinidad que no tuviera mucha urgencia. Un troglodita había hecho caso omiso del letrero (enorme) de no estacionarse y se había estacionado tapando toda la salida. El pobre hombre estaba nervioso. ¿Qué podía hacer? Como dice un clásico personaje de Cortázar en un cuento, no le quedaba más que “esperar, esperar”. ¡Qué impotencia!
Seguí caminando y llegué a la oficina de teléfonos. ¡No había fila para pagar! Me puse en el primer lugar de una fila invisible y esperé que la señorita que estaba en caja me llamara. Igual que el señor de la cochera no me quedó más que esperar, esperar en medio de televisores prendidos, porque la señorita me vio, pero no me llamó, siguió haciendo algo que, sin duda, era urgente, porque accionaba una calculadora manual y le decía a su compañera que estaba detrás de un cristal que el aparato no le permitía hacer la suma de manera correcta. Y la señorita (es un trato honorable que le doy en este textillo) seguía intentando que la calculadora le respetara lo que ella deseaba. “¡Esperar, esperar, no queda más que esperar!”. Ya me lo había advertido Cortázar y yo trataba de aplicar la norma. Me puse a ver lo que en las pantallas exhibían. Pensé que mi mamá era feliz en las tardes, viendo los programas de cocina. Pensar en mi mamá fue como un bálsamo, pero a medida que el tiempo avanzaba y la señorita seguía ignorándome comencé a pensar en la mamá de ella.
Por fin, la señorita me atendió. Le di mi número de teléfono, dijo mi nombre, asentí y le di un billete para que se cobrara. Salí apresurado, ya no debía acudir a otra oficina más que a la mía. Cuando subí a la banqueta me acordé del hombre de la cochera, lo vi desde lejos, seguía como personaje de Cortázar. ¡Dios mío!, pensé. Pobre hombre. Se le miraba tranquilo, pero molesto. ¿Qué podía hacer? ¿Lo que mi Paty sugiere cada vez (muy seguido) que nos topamos con trogloditas que estacionaron su auto frente a nuestra cochera, a pesar de los grandes y visibles letreros de no estacionarse? Mi Paty sugiere hacer lo que don Óscar hacía: ¡ponchar las llantas del auto del troglodita! Pero yo digo que no, porque los trogloditas no entienden razones y si al subirse a su auto encuentran que las llantas están ponchadas y leen (en caso de que sepan leer) que el letrero de la cochera dice: “Se ponchan llantas gratis”, su escaso cerebro les indica que las ponchaduras las infligió el dueño de la casa y como son trogloditas tocan (casi tirando la puerta) y cuando alguien abre (no importa quién sea) los trogloditas le mientan la madre y lo golpean, porque el trogloditismo no razona. Así reaccionan, también, cuando alguien se estaciona frente a su cochera, rayan con un clavo los faldones del auto mal estacionado y quiebran los espejos laterales y cuando el automovilista despistado regresa a su auto le mientan la madre y lo golpean.
Sé que el pobre hombre de la cochera no reaccionaría así. Se veía que él era una persona decente, de esas personas que cuando se colocan en una fila para hacer un pago soportan la ineficiencia de la cobradora y aplican la fórmula mágica que Cortázar enseñó: ¡No queda más que esperar, esperar!
¿Hasta qué hora regresó el automovilista troglodita esa mañana? No lo sé. Tal vez el hombre de la casa, cansado de esperar, cerró la cochera y pidió un taxi. Esto es lo que hago cuando quiero salir de mi casa y hallo que un troglodita se estacionó frente a mi casa. Porque prefiero pensar que no tengo auto a recibir una golpiza.

lunes, 1 de mayo de 2017

PIEDRAS COMO NUBES




¡No son iguales! Creemos que todas las piedras son iguales. Pero no es así. ¿Por qué creemos que todas las piedras son iguales? Tal vez porque todos, cuando fuimos niños, levantamos piedritas. La mamá, ya servida la mesa, preguntaba: “¿Y los niños?”, y el papá, recostado en el butaque, dejaba el periódico, miraba hacia la orilla del lago y decía: “Están levantando piedritas”. Y sí, nosotros niños, arremangada la camisa y arremangado el pantalón, nos inclinábamos de vez en vez y levantábamos piedritas y creíamos que todas, por llamarse piedras, eran iguales. Pensábamos que las piedras de la orilla del lago eran como las que estaban arriba de la montaña, iguales a las que “crecían” en el bosque. Y digo “crecían”, porque cuando corríamos y despertábamos a la abuela y le preguntábamos de dónde venían las piedritas, ella, con su sonrisa de cenzontle mañanero, nos contaba el cuento de cómo las piedras nacían de las semillas más duras, las que no servían para hacer el caldo de verduras.
Pero, ahora, ya viejos, sabemos que las piedras no son iguales. Sabemos que es un acto casi indigno llamar piedras a todas las piedras, como si hubiese un intento de uniformarlas y hacerlas parte de un ejército sin personalidad.
¡No! Conforme crecimos nos fuimos enterando que las piedras eran diferentes. Unas eran las piedritas que levantábamos a la orilla del lago y otras las que son empleadas para cimiento de la casa.
La mamá decía: “¡Niños, vengan ya a comer!”. Nosotros, niños bonitos, guardábamos las piedritas en las bolsas de nuestros pantalones y corríamos a lavarnos con el agua que la tía Elena echaba sobre nuestras manos, esa agua limpia que brotaba de la jarra que ella, tía inolvidable, vertía sobre nuestras manos llenas de lodo. Y cuando nos sentábamos ante la mesa, que los adultos habían colocado a la sombra de los pinos, y la mamá servía la comida, nunca faltaba uno de nosotros que sacaba una piedrita para enseñársela a la abuela, pero en ese instante aparecía, como trueno, la voz de mamá: “¡Niño! ¡Qué no ya te lavaste!”, y, con cara de piedra (perdón), obligaba a que él lavara de nuevo sus manos y que (¡Oh, Dios!), tirara la piedra.
¡No! No son iguales. Se llaman de la misma manera, pero son diferentes. Es otro el aire de la montaña, otro el aire de la playa, otro el aire del desierto, otro el agua que acaricia a la piedra del río. Cada piedra platica con vientos diversos. ¿Qué mira la piedra de la orilla del lago? ¿Qué rumores escucha la piedra que está allá mero arriba del monte donde la cabra camina?
Yo sé que cada piedra tiene un sueño propio. No puede ser el mismo sueño el sueño de la piedra que está adentro de la cueva que el sueño de la piedra que, cada mañana, abre sus ojos en la torre del templo. No puede ser el mismo sueño el de la piedra que siente los pasos atrabancados de las palomas de la plaza, que el sueño de la piedra que tiembla cuando una serpiente se arrastra por encima de ella.
Levantábamos piedritas. La abuela nos contaba el cuento de los hombres que sembraban las semillas duras para que crecieran las piedras. El papá leía el periódico, mientras la mamá, amorosa, colocaba el mantel blanco sobre la mesa que colocaban en la sombra de los pinos; mientras nosotros, con la camisa y los pantalones arremangados, caminábamos en la orilla del lago y levantábamos piedritas, y creíamos que todas eran iguales. Tuvimos que crecer para saber que la piedra que permanece en la oscuridad del túnel es muy distinta a la piedra que, como hoja, como pájaro, crece en lo alto de los árboles, en lo alto de la montaña.

sábado, 29 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE TALCO MENNEN




Querida Mariana: Todo mundo sabe que hay un talco para bebés que se llama Talco Mennen. El Pitirijas siempre bromeaba con ello. Cuando él y sus dos hermanas salían de casa para ir a comprar el pan, al regreso siempre hacía que ellas se escondieran detrás de los pilares y cuando la mamá preguntaba por ellas, El Pitirijas, sacaba del morral un frasco de talco y le decía: “Ahí mennen”. Y las dos niñas sacaban la cabeza detrás de los pilares. En los años noventa, un abogado de apellido Menen fue presidente de la república argentina, El Pitirijas, quien siempre ha sido un enamorado de ese país, en el altar que tiene en su cuarto, que está dedicado a aquel país, agregó un frasco de Mennen. Cuando algún despistado preguntaba por qué ese frasco de talco estaba al lado de fotografías y banderines, mi amigo explicaba la relación, lo hacía botándose de la risa. Algunos de esos despistados celebraban el ingenio de El Pitirijas y otros se quedaban helados, considerándolo una bobera. Mi amigo había colocado el frasco a mitad del altar y, como si fuera una niña jugando a vestir barbies, había puesto una banda presidencial a mitad del frasco.
Y digo esto, porque el otro día alguien me contó que un Día del Niño, un grupo de alumnos (alumnas sobre todo) de la escuela preparatoria, le hicieron una broma al maestro de química. Cuando él entró al salón, todos los muchachos comenzaron a cantarle las mañanitas: “Estas son las mañanitas que…” El maestro, sorprendido, sonrió y dejó su portafolio sobre el escritorio. Dejó que el canto terminara y, antes de que pudiera preguntar el motivo del festejo, los alumnos hicieron una fila para darle el abrazo. El maestro siguió sonriendo y aceptó esa muestra de afecto, pensando que era una travesura adolescente. Una de las alumnas le pidió que se agachara tantito y le colocó un gorrito de fiesta, de esos que se amarran con un hilo elástico. Cuando todo mundo pasó a abrazarlo, el maestro pudo preguntar, por fin, el motivo de la celebración. Pepe, quien era el presidente de la sociedad de alumnos de toda la escuela, se paró, movió las manos en señal de que los demás hicieran silencio y dijo: “Querido maestro, en nombre de todos mis compañeros le preparamos este festejo con mucho cariño. ¡Feliz día del niño!”. Una salva de aplausos apareció, junto con el grito de ¡mor-di-da, mor-di-da, mor-di-da! Rosy, con un pastel entre las manos, se acercó a la mesa y ahí lo dejó a la mitad, ensartó una velita que prendió con un cerillo. El total del grupo, algunos sobre las sillas, apoyados sobre la espalda de otros, seguían aplaudiendo y diciendo: “¡Mor-di-da, mor-di-da, mor-di-da!”. El maestro se apoyó en la mesa, sopló y apagó la vela. Abrió su boca y dio una mordida al pastel. Dos, de los más malcriados, intentaron empujar su cabeza para que se manchara con betún, pero una seña de Pepe hizo que se controlaran. El maestro se pasó la lengua por los labios para limpiarse el betún blanco. Rosy le extendió un cuchillo para que procediera a cortar el pastel, mientras dos de las muchachas pasaban los platos, vasos y cubiertos desechables.
Pareciera que hasta acá todo estaba dentro de lo normal. El mensaje del presidente de la sociedad de alumnos había parecido sincero. El Pitirijas siempre decía que no hay motivo de molestia en el hecho de que un grupo de adolescentes celebre el Día de la Madre a la maestra más a toda madre. Así que el maestro festejado en el Día del Niño se relajó, se sentó y aceptó su pedazo de pastel. Él no lo vio, pero a la hora que se sentó una nubecilla blanca se levantó por los extremos de su sentadera: una nube de talco. Sí, ya te diste cuenta, los muchachos habían llenado de talco el asiento. El pantalón negro terminó con una gran mancha blanca. Pero el talco no sólo sirvió para eso, también sirvió para que Rosy lo mezclara con la harina del pastel. El interior de la torta (como dicen los cubanos) era como un achigüal pastoso, sin sabor. Cuando el maestro probó el pastel sintió el sabor acre, como si comiera un puño de arena. Nada dijo, con trabajo tragó la cucharada que ya tenía en la boca. Los muchachos, todos, con su cuchara en la mano se entretenían en cortar pedazos pequeños, pero nadie hacía el intento de llevárselos a la boca, porque sabían que, además de talco, Rosy había integrado a la mezcla diez chiles habaneros y diez chiles siete caldos toreados. El maestro sintió la lumbre de picante regodearse por su boca y su rostro se puso todo rojo. Inés, que había reprobado el primer examen de química, hacía como que le costaba trabajo abrir la botella del refresco, que solicitaba el maestro, manoteando como si estuviera a mitad del mar. Algunos muchachos, sin poder resistir la risa, se empujaban y salían al corredor para tirarse sobre el piso, revolcándose al ritmo de sonoras carcajadas.
Sí, querida mía, sé lo que estás pensando. Todo mundo lo piensa: ¿Se pasaron los muchachos en la travesura? Y es que eso no fue todo. Cuando el maestro salió al corredor en busca de un vaso con agua, para mitigar el picante, Pepe le tendió un vaso que contenía grandes cantidades de cloruro de sodio diluidas en mínima cantidad de H dos O. El maestro (el más ingenuo de los catedráticos) tomó el vaso y lo consumió en un santiamén. Acto seguido fue hacia uno de los arriates que estaba en el patio y vomitó todo lo que su estómago retenía.
El maestro terminó casi llorando de tantas arcadas. Los alumnos, mientras tanto, ya recuperados de los ataques convulsivos de risa, corrieron a desechar las evidencias. Uno de ellos sacó el pastel y lo cambió por otro (éste, de fresas con chocolate, comprado en una de las más exclusivas pastelerías de Comitán).
Al día siguiente, a la hora de la clase de redacción, mientras el maestro repetía un ejercicio para la utilización de la coma, el director de la prepa entró al salón. Los alumnos hicieron un silencio absoluto. El director, como si fuera un radar, dirigió su vista hacia todo el grupo y preguntó si había alguien que pudiera explicar lo sucedido. Pepe alzó la mano y se paró: “¿Se refiere usted a lo que le pasó ayer al químico?” El director, con los brazos cruzados, dijo que sí. “Pues no sabemos qué paso. Nosotros le preparamos un festejo adelantado del día del maestro, pero, tal vez él estaba indispuesto, porque terminó sacando todo”. Sí, dijeron todos, eso fue lo que pasó.
El maestro de redacción recibió una rebanada de pastel, de igual manera la maestra de inglés y la de ética. Con ello, los muchachos tuvieron testigos a su favor. ¡Quién sabe con qué se había enchilado el químico! Pepe dijo que cuando vio que el maestro se ponía rojo como caldera y movía las manos por la gran enchilada, él, recordando las sabias palabras del catedrático en el sentido que el cloruro de sodio servía para atenuar el picante, fue por un poco de sal para que el maestro se ayudara en su recuperación. Había diluido una pizca de sal en un poco de agua. Sí, dijeron todos, eso fue lo que pasó.
El director, molesto, ya no tanto por lo sucedido al químico, sino porque no lograba alcanzar una pista que enjuiciara a los abusivos, preguntó quién había manchado con gis el asiento del maestro. Ahí fue cuando El Pitirijas, respondiendo a un llamado natural, y haciéndose el gracioso, sacó el bote de talco de su mochila y, como si fuese una chica en comercial de televisión, dijo: “No fue gis, fue Mennen”.
Como esa declaración era, prácticamente, declararse culpable, el director le dijo a nuestro amigo que lo esperaba en la dirección y salió bufando, pero con una sonrisa que no podía disimular.
“¡Qué pendejo, sos!”, dijo Pepe, jaloneando al Pitirijas. ¿Por qué lo había hecho? No sabía qué decir, y cuando, después de un tiempo, abrió la boca, fue para decir que se le había salido, que pensó que estaba en casa, jugando al lado de sus hermanitas y de su mamá. Fue algo inconsciente. Pues sí, dijo Pepe, y ahora por tu inconsciencia estás a punto de ser expulsado y, como si fuese un escritor muy ingenioso, se aventó una frase luminosa: “Ahora, ¡a vos te van a hacer talco!”.

Posdata: El Pitirijas no fue expulsado. El químico, ya más tranquilo, perdonó la “travesura” de los muchachos. Al final él se asumió como el culpable de los sucesos, dijo que él debió ignorar el festejo y dar su clase en forma normal. Desde entonces, en el reglamento escolar se incorporó un artículo que prohíbe festejos dentro del aula.
Luego Inés bromeaba, decía que cuando nacieron los hijos de El Pitirijas (dos muchachos, Rubén y Alfonso) cuando vio que su mujer tomó el bote de talco Mennen, él se lo arrebató, lo quemó y le dio un montón de polvo de gis. En realidad, nuestro amigo odió el talco y para resguardar a sus pichitos de rozaduras siempre usó una crema protectora.
El altar a Argentina sigue en el cuarto de El Pitirijas. Lo único que ya no está es el frasco que representaba al presidente Menen. Ahí siguen las fotos de Maradona, de Messi, de Julio Cortázar, de Borges, de Carlos Gardel y de Aurora Bernárdez. En lugar de veladoras hay bombillas para tomar el mate. Cuando alguien le dice que esa raya de polvo blanco que está al lado de Maradona parece talco, él se lleva un dedo a la boca y dice que esa raya no es talco, no es talco.

viernes, 28 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE VISLUMBRA LA LUZ DEL CREDO




Querida Mariana: Mario me dijo: “Vos, mudo, que dividís el mundo en dos, ¿sabés que hay creyentes y no creyentes y punto?”.
Un día escuché Exa radio y oí el slogan que dice: “Yo creo en la radio”. Me acordé de Mario.
Yo soy creyente. Igual que Exa ¡creo en la radio! Pero no creo en cualquier radio. No creo en esa radio que, a cada rato, me avienta cubetadas de música de Arjona. No, yo creo en la radio que produce programas perspicaces. Cuando estudiaba en Tuxtla, la carrera de literatura, mi maestro Enrique García Cuéllar, me invitaba a un programa de radio que producía. Yo me sentía chento, porque ahí se hablaba de temas trascendentes. Yo aprendía. Creo en la radio inteligente, propositiva.
Soy integrante del club de los creyentes. Así como creo en la radio que difunde programas creativos, creo en la literatura que ilumina la mente y el espíritu. No creo en la poeta Elsa Cross, porque sus poemas son tan precisos y cuidadosos que nada me trasmiten. Creo, por el contrario, en la poeta Wislawa Szymborska. Cuando leo su poema “Instante” mi espíritu se ilumina. No sé cómo sonará en polaco, pero hallé una traducción que, creo, se acerca mucho a la esencia del original. ¿Qué puedo pensar cuando la palabra es como un altísimo árbol que siembra nubes? Te comparto un cachito del poema: “Todo está en su sitio en ordenada armonía. / En el valle un pequeño arroyo cual pequeño arroyo. / Un sendero en forma de sendero desde siempre hasta siempre. / Un bosque que aparenta un bosque por los siglos de los siglos, amén, / y en lo alto unos pájaros que vuelan en su papel de pájaros que vuelan.”
Creo en Dios. Por supuesto que sí. Dios es el aire infinito, la mínima piedra, el aliento indecible. Creo en el mismo Dios en el que creyó Sabines (el poeta, el poeta, no el otro).
Creo en mi credo personal. No creo en el otro. Creo en la palabra que nombra cada objeto y cada pensamiento, la palabra que es como una semilla que germina en el corazón de los niños.
Creo en el cielo que se desgaja a la hora de la lluvia, en la tierra que sueña en ser cielo y creo en el cielo que sabe que está por encima del suelo.
Creo en los creyentes y en los no creyentes. Creo en lo que el creyente cree y en lo que el no creyente cree, porque éste último se alía al grupo de los primeros a la hora que grita que no cree. Esta convicción lo hace creyente de su pensamiento.
Creo en la magia de lo natural, en el amanecer, en el pájaro que se columpia en la rama, en la rana que retoza en el estanque, en el tanque lleno de agua y no de lodo en los campos minados de la guerra. Creo en la píldora que calma el dolor y en el dolor que calma la tormenta. Creo en el viento, en la mujer que amamanta a su crío.
Creo en el gato que, sobre el tejado, no hace más que mirar la luna; creo en la mirada que se extravía en los pechos de las muchachas bonitas; creo en la muchacha bonita que se sabe flor para la abeja del deseo.
Creo en la arruga del sol y en la garra del tigre. Creo en la oreja del aire y en el labio del sueño.
Soy del club de los creyentes, de los ingenuos, de los que piensan que aún, después de todo, hay esperanza, porque hay más gente que cree, que cree en la mano que, generosa, se tiende.
Hay muchos de esos instantes que anuncia la poeta polaca; hay burbujas en que, como ella enuncia al final de su poema, “reina el instante”. Y esos “instantes terrenales” hacen que uno, simple mortal, pida a algo supremo, no se evapore, que dure.
Posdata: Creo en vos, porque en vos está sembrada mi fe. Esa fe que hace eterno el instante, “el instante terrenal”.

miércoles, 26 de abril de 2017

MICHE




¡Está de moda! Beber micheladas es lo cool. Yo no entiendo esta moda. ¿Será porque ya no bebo cerveza? Hace años que no bebo cerveza, bebo agua, sólo agua. ¡Qué aburrido!, dicen mis compas. Cuando bebía cerveza me gustaba tomar Tecate. Cuando el mesero pasaba la cerveza (helada, como nalga de muerta, decía Mario), yo tomaba una servilleta, limpiaba la tapa del bote, lo destapaba y luego le echaba unas gotas de limón y un poco de sal. ¡Ese era el ritual! El primer trago de cerveza se mezclaba con ese poco de limón y sal, que también exigía el tequila que, en mis tiempos de bebedor, se bebía solo, sin esos agregados de refrescos de cola o de toronja que hoy son moda.
No entiendo lo de las micheladas. Antes predominaba el sabor de la cerveza, que los alemanes (me cuentan algunos amigos que ya conocieron aquel país) toman a temperatura ambiente, no la meten en refrigeradores o en hieleras. Los alemanes saben cómo debe ser el verdadero disfrute de esa bebida tradicional. En Alemania nada de nalgas de muerta. ¿Qué sabor puede tener ahora la cerveza si le añaden una serie de agregados súper condimentados?
Romeo me invitó el otro día a tomar una michelada. Le dije que sólo lo acompañaría, porque… (Bueno, ya todo mundo sabe). Nos sentamos en una mesa con tablero metálico y él pidió una michelada, de camarón. ¿De camarón?
Desde donde estábamos sentados vi que un señor, con un mandil rojo, colocó sobre la barra un vaso de plástico (¡de plástico!), grande, con boca generosa. Destapó una cerveza Indio y sirvió la mitad en el vaso, luego el hombre le echó un poco de salsa picante, magui, y dos o tres líquidos oscuros más; partió un limón y exprimió el jugo de las dos mitades, agregó sal, más salsa picante. A esa hora el vaso ya era un tachilgüil de sabores. Nada dije y si ahora lo digo es porque fue lo que pensé: era un vomitivo con hielo, porque el señor (siempre con sus manos que no sé si estaban limpias) le agregó dos cubos de hielo.
Romeo me contaba de su viaje a Veracruz, yo lo escuchaba, pero sin mucha atención, ponía más al hombre que, detrás de la barra, seguía emocionado preparando la michelada de camarón. Abrió un frasco de cristal y, con una cuchara (gracias a Dios), sirvió un poco de líquido (después el mesero me explicó era jugo de ostiones. ¿Jugo de ostiones?) y luego abrió una botella de clamato y le echó un chorro generoso.
A estas alturas pensé que todo cabe en un vasote sabiéndolo acomodar, porque, en seguida, el hombre del mandil rojo y bigote de morsa, con un cucharón removió todo el contenido para que los jugos y polvos se incorporaran.
¿Quién toma esa cerveza con tantos sabores mezclados? ¿En dónde queda el sabor de la cerveza? El barman le agregó dos rodajas de naranja, chile piquín y una montaña ligera de camarones. Los camarones eran como la cereza en el pastel salado. Más chile en polvo, más magui, más salsa de soya, más limón, más sal y otro chorro generoso de salsa. Al final tres pedazos de aguacate, un poco (pensé yo) como para que no faltara el detalle patriótico: el rojo de la salsa, el blanco de los camarones y el verde del aguacate.
A la hora que a Romeo le sirvieron la michelada rebosante de camarones y de mil menjurjes, yo, como si fuera clásico comercial de televisión, pregunté: “¿Y la cerveza, apá?”.
Yo no entiendo estas modas. Creo que en mis tiempos de adolescente, de bebedor de cerveza, los amigos y yo hubiésemos pedido una cerveza Tecate y un cóctel de camarones. Hubiésemos limpiado la superficie del bote, le habríamos agregado unas gotas de limón y un poco de sal. Hubiésemos abierto la bolsa de galletas saladitas y habríamos probado una cucharada del cóctel. Lo habríamos hecho así, porque si alguien hubiese servido la cerveza en un vaso gordo y hubiera volcado el cóctel de camarones en el vaso nos habríamos molestado mucho. ¿Quién iba a tomar ese revoltijo con sabor e imagen vomitivos?
Pero, ahora, así lo comprobé, la gente disfruta esos talchilgüiles. No entiendo estas modas que van contra el más elemental sentido del buen gusto culinario.

martes, 25 de abril de 2017

REGLAMENTO PARA PARQUES PÚBLICOS




¿Cuáles son los derechos de quienes acuden a un parque público? ¿Existe un decálogo? Debiera haberlo, y exigir su cumplimiento a cabalidad. Porque, respetado lector de estas Arenillas, usted debe estar de acuerdo en que asistir a un parque público se ha convertido en un acto calamitoso. Por ello, en intento de salvar una carencia, acá va la relación de Derechos de Visitantes de Parques Públicos.
El visitante tiene derecho a:
1.- No hallar bellos durmientes en las bancas; bolos que, como si estuviesen en su casa, se tienden en la horizontalidad de su borrachera y ocupan toda la extensión de la banca.
2.-No ser abordado por suripantas que ofrecen sus miserables servicios y muestran vientres grasosos por encima de sus faldas rabonas y debajo de las camisetas que algún político obsequió en busca del voto.
3.-No tener que soportar la presencia de teporochos que piden una moneda para seguir la borrachera y que, con sus alientos fétidos, provocan arcadas.
4.- No permitir que pordioseros invoquen a Dios para ablandar corazones a fin de contribuir con una moneda para la curación de la supuesta hija que tiene un inventado cáncer.
5.- No ser cagado por los pájaros que, gozosos, disfrutan de las frondas de los árboles.
6.- Ignorar la presencia de los testigos de Jehová que insisten en llevar agua a su divino molino.
7.- Que el auxilio policiaco obligue a apagar la radio a la mujer que insiste en escuchar música de banda a todo volumen, o para que los acosadores sexuales no molesten a las mujeres que caminan tranquilamente.
8.- Que si es un parque cercano a un templo, los fieles y sus pastores eviten hacer actos religiosos al aire libre, con alabanzas incluidas.
9.- Que el parque no sea punto de inicio de desfiles, de marchas de índole diversa y de manifestaciones a favor de grupos políticos o de candidatos, y que no se tapen sus andadores con carpas gigantescas o con vallas cuando acude el gobernador, porque esas vallas asfixian a los parques y vulneran un derecho inalienable: el de caminar libremente por los espacios públicos.
10.- Que los propietarios de mascotas limpien la caca que hacen sus animales y que provocan corajes innecesarios al visitante a la hora que camina en terrenos minados.
Hasta acá. Por supuesto que la lista sería interminable, porque, cada vez más, los parques públicos son empleados para actos que molestan la tranquilidad que debiera ser derecho de todos los visitantes.
¿Por qué, cuando una pareja de enamorados, a la hora que, tomados de la mano, platican y se dan besos, aparecen los chavos que ofrecen collares hechos con alambres de pewter? ¿Por qué a la hora que un papá lee un libro a sus hijos, aparecen las beatas que, interrumpiendo la lectura, piden cooperación para la festividad de la Virgen del Rosario? ¿Por qué a la hora que los abuelos toman una paleta de chimbo, los encargados de la entrada de flores dan la orden para que quemen los cohetes? ¿Por qué cuando alguien desea descansar un rato halla bancas metálicas con listones metálicos doblados y a veces huecos que hacen imposible el acto de sentarse? ¿Por qué en algunos templos colocan altavoces en las fachadas con lo que los sonidos de la naturaleza son cancelados con los rezos del sacerdote? ¿Por qué algunas avenidas de los parques están llenas de vendedores ambulantes que inundan con olores desagradables?
Los espacios públicos han perdido su esencia. Las banquetas ya no se emplean sólo para caminar, muchas son extensiones de tiendas que sacan maniquíes y colgajos llenos de pantaletas y brasieres. Los parques públicos se han convertido en madrigueras para malandrines y hombres malos.
Los mismos pájaros se han vuelto inclementes y juegan a ser primos hermanos del que soltó la primera bomba nuclear. A la hora menos pensada abren su culito y sueltan su cagada líquida, blancuzca, hedionda, que cae sobre la camisa de los visitantes. ¿No sería posible que las aves, en ánimo de convivencia sana, delimitaran un área, encima de un arriate, para que funcionara como sanitario? Así, cada vez que quisieran cagar cagarían sobre un territorio donde su caca no mancharía a ningún mortal ni a ninguna estatua de prócer y serviría como abono para que las rosas y amariles crecieran con más intensidad.
Hace falta un decálogo, y su estricto cumplimiento, para que la decencia retorne a los parques públicos de Chiapas.

lunes, 24 de abril de 2017

DE VIDAS A TRAVÉS DE LA LUZ




¿Por qué casi no te dejás ver? Porque estoy escribiendo. ¿Y a qué hora vivís, entonces?
Cuentan que, una vez, a la escritora Josefina Vicens le preguntaron: ¿Por qué no escribes más, peque?, y ella respondió: “Porque estoy muy ocupada ¡viviendo!”.
Otro escritor dijo que mientras los demás vivían él se encargaba de consignar esas vidas; es decir, pareciera que en los diálogos anteriores hay una coincidencia: los escritores casi no tienen vida.
¿En qué momento aparecen los escritores que, como respuesta, dicen: “Mi vida es la escritura”?
En periodo de vacaciones, medio mundo va a las playas, a las montañas, a otras ciudades. Los que se quedan en casa, en sus ciudades, gimen la mala fortuna por no poder salir. En muchos de los que se quedan hay algo como un lamento, como si, en lo íntimo, dijeran: ¡Los otros sí están viviendo!
¿Es así? Josefina no escribió más, porque se empeñó en vivir. Bueno, ni mucha falta le hizo. Amiga íntima de Juan Rulfo, igual que éste, la Vicens no necesitó más que dos novelas para tener un lugar de privilegio en la literatura mexicana. Los críticos dicen que es una pena que sus libros no tengan más difusión; es una lástima que estén encaramados en estantes de bibliotecas y no haya reimpresiones para que el público masivo pueda acceder a ellos.
En la declaración de Josefina hay una certeza: Quienes están en la tertulia (como ella lo estuvo en los últimos años de su vida) no puede concentrarse en la escritura, porque la escritura exige una disciplina. ¿A qué hora se escribe una novela si esa hora se destina al jolgorio? Josefina escribió dos novelas, para poder hacerlo tuvo que disciplinarse, alejarse del “mundanal ruido” y concentrase en el acto creativo. Después de esto decidió abandonar la escritura y ponerse a vivir, según su dicho; es decir, a vivir con otro estilo, con otra pasión.
Tampoco es justo encasillar la vida a una forma de disfrutarla. La vida tiene múltiples opciones. Lo que la vida no permite es que alguien se vea forzado a vivir una vida que no desea. La vida, dicen los sabios, debe vivirse a plenitud, porque la sabiduría popular señala que la vida no retoña y es única e individual. Nadie puede vivir la vida de otro.
¿Por qué casi no te dejás ver?, me preguntó Pepe. Yo coloqué mi mano sobre su hombro izquierdo, en señal de afecto, y respondí: “Porque estoy escribiendo”. Pepe sonrió y, con malicia de gato sobre una cómoda, preguntó: “¿Y a qué hora vivís, entonces?”. Lo dijo en broma, pero en serio. Porque mucha gente cree que no puede ser una vida digna estar encerrado en una habitación escribiendo, día y noche. Pareciera que la etiqueta de vida está en aquél que sale a la calle, que va al café, que acude a bailes y a fiestas de cumpleaños; pareciera que la vida está colocada en toboganes gigantescos en albercas, en restaurantes llenos de bebidas con hielo y orquestas al aire libre. La vida, pareciera, exige el viento del exterior, el agua del mar, el aire de la montaña sobre los pinos, el fuego de las fogatas en las lunadas del bosque.
¿Qué hace el que se queda en su casa y ve la televisión o lee o escribe? ¿Acaso este individuo no vive? Si este anacoreta se queda en casa contra toda su voluntad y deseara estar en la playa o en la montaña, vive, pero de manera equivocada. Lo mismo sucede con aquél que está en un parque de juegos y deseara mejor estar en su casa. Todo mundo vive, pero hay algunos que eligen mal.
Josefina Vicens escribió dos espléndidas novelas y luego ya no escribió más porque, así lo dijo, estaba muy ocupada ¡viviendo! Viviendo no la escritura, sino lo que la vida ofrece a quien no lo destina a la disciplina de la literatura. Tal vez no escribió más, porque decidió, igual que Rulfo, que ya había dicho todo, y lo había dicho de manera espléndida, de acuerdo con lo que dicen los críticos. Yo apenas he leído fragmentos de su obra, fragmentos que me han parecido brillantes.
Así pues, cuando Pepe me preguntó: “¿Y a qué hora vivís, entonces?”, yo respondí que a toda hora, porque la escritura, así como la lectura, son la médula de mi vida. Por decisión elijo estar en mi casa ¡viviendo la escritura! Si voy al bosque, vivo el bosque, pero, también ¡leo y escribo! Si voy a otra ciudad, la camino y la bebo, pero no dejo de escribir. En un parque o en un café al aire libre saco mi moleskine y dibujo bocetos y escribo borradores de textos. Mi vida es la escritura y la lectura. Vivo mi vida a plenitud, con la misma emoción con la que lo hacen quienes van a la montaña o a la playa o al antro o al museo.
¿Por qué casi no te dejás ver? Porque estoy escribiendo, porque estoy leyendo, porque, igual que vos, le dije a Pepe, ¡estoy viviendo!

domingo, 23 de abril de 2017

ANOCHE MATARON A MI NAHUAL - NOVELA DE ORNÁN GÓMEZ



El escritor Ornán Gómez me invitó a presentar su novela “Anoche mataron a mi nahual”. Paso copia del textillo que leí la tarde del 21 de abril.
Buenas tardes.
¿Me permiten que inicie con una pregunta? Bueno, con dos, porque la primera ya la hice y asumo que sí me dan permiso. Pregunto: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Una que, ya todo mundo sabe, se llama “Anoche mataron a mi nahual” y que recibió el premio internacional de novela breve Marco Aurelio Carballo 2016. Estos son datos, digamos bibliográficos, que acompañan un libro. Una novela siempre es más que el título. Por ello, perdón, insisto en la pregunta: ¿Qué novela nos entrega Ornán? La respuesta es sencilla: Nos lega una novela que el sentido común y el saber milenario exigen a los escritores chiapanecos contemporáneos: escribir acerca de las cosas de este pueblo.
Ornán cuenta una historia que sólo él pudo contarla. Gabriel Martín, en texto introductorio, dice que nuestro autor “ha vivido en carne propia la magia que nos comparte”; es decir, Ornán, con respeto, nos entrega los saberes y los conocimientos que ha pepenado en los caminos que su profesión le imponen. ¿Recuerdan que hay un lápiz que se llama bicolor? Son lápices muy bellos, porque sirven para delinear con tinta azul y con tinta roja. ¡Ah, qué prodigio! A Ornán lo veo como un bicreador, se mueve en el mundo por caminos donde caminan los maestros de aula y por caminos donde el aula es el maestro.
Cuando conocí a Ornán me conmovió saber que había impulsado la edición de un libro llamado “En busca de la palabra”, que reunía textos escritos por estudiantes de escuelas rurales. Además de la propuesta generosa había algo que parecía confirmar el destino que ya había moldeado en su espíritu: él era, ¡es!, un buscador de palabras, un eterno pepenador de esas piedrecillas que la mayoría usa para rezar, para cantar, para invocar, para decir te quiero o para proferir amenazas o maldiciones. Sí, Ornán ha contado que, de niño, se maravillaba ante la lectura que su abuelo hacía de los textos bíblicos. Su vocación no la ha modificado: Sigue maravillándose ante el deslumbre de las palabras. Por eso es un lector apasionado, por eso, más que hablar, escucha. Como buen pepenador deja que los contenedores se colmen y rebosen. Él recoge todas las palabras que caen al suelo y las que, como polluelos, intentan levantar el vuelo.
Pregunté: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Una novela que confirma su responsabilidad histórica. Ha recibido un legado, en su trabajo, en su caminar. Lo ha recibido como un don y lo ha calentado, como brasa, en su corazón y luego ¡nos lo ha devuelto! Ya decantado, ya burilado, ya pulido, para decirnos que la palabra es el agua del pozo donde todos, sedientos, podemos calmar la sed.
Gabriel Martín sabe lo que dice: Ornán “ha vivido en carne propia lo que nos comparte”. Porque, parece, Ornán vive cada una de las palabras que llegan a su parcela, por eso, las consiente, por eso, con un cayado, abre huecos y las siembra, y las riega, y las desbroza y las abre como frutos cuando están maduras y nos las comparte. Porque Ornán, aparte de sembrador, también es un árbol que se ofrece a manos llenas.
¿Qué novela nos entrega Ornán? Una novela que habla de lo nuestro, de lo que está frente a nosotros, pero que no alcanzamos a ver. Y no vemos, porque somos incapaces o porque sabemos que él, Ornán, está ahí para ponernos ese tesoro frente a nuestra frente.
¿Qué nos lega Ornán? Nuestras propias palabras, pero limpias, decantadas, cantadas. En su trabajo, Ornán nos recuerda un principio ético: los escritores chiapanecos deben escribir de Chiapas y de las cosas que saben. No es fácil. Es complejo vencer la eterna tentación de intentar escribir de culturas que se antojan más chic. Mas debemos reconocer que venimos de la tradición. Los escritores chiapanecos deben retomar ese cántaro lleno de agua clara y deben agregarle el toque que, cualquier chef internacional, le daría a un platillo regional. Se trata, perdón, de agregarle altura al guiso, de añadirle el agregado gourmet. Ornán está en ese camino.
Termino con la insistente pregunta: ¿Qué novela nos entrega Ornán? Ahora que ustedes la lean podrán dar su propia respuesta, que es una respuesta para todo acto de vida: ¿Qué vida estamos modelando para la vida?

sábado, 22 de abril de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE ALGUIEN QUE VIVE CERCA DEL CHULUL




Querida Mariana: El otro día bajé por la calle de Elektra y me topé con una cenaduría que se llama El chulul. Ah, esto activó mi emoción. Te cuento. Yo, que en mi infancia comí muchos chulules, en mi adolescencia, cuando estudiaba en la UNAM, entré a un teatro a ver “Electra”, con la participación de la gran actriz Ofelia Guilmain. ¿Mirás que la Electra del teatro se escribe con c y la del negocio que hay en Comitán, y en muchísimas partes de la república, se escribe con k?
A ver, parece que me estoy haciendo bolas. Digo que esta carta hablará de Elektra y del chulul y, de refilón, de Electra. Digo que los dos primeros nombres son como la síntesis de lo que ha sucedido en el pueblo. En los años sesenta, en Comitán, era muy famosa doña Lupe, que le decíamos doña Lupe, del chulul, porque en el patio de su casa tenía un árbol de ese fruto riquísimo. En ese tiempo no existía Elektra. Si alguien necesitaba comprar un televisor o una plancha iba a la Casa Tovar o a la Casa Yanini. ¿Mirás?, estos negocios tenían como razón social los apellidos de sus dueños, que eran don Fernando Tovar y don Vicente Yanini. Punto. De igual manera, el negocio de doña Lupe (quien se dedicaba a vender comida) era conocido como El chulul. Actualmente son escasos las negociaciones que tengan como razón social los apellidos de sus dueños. Ahora tenemos Sam’s (franquicia estadunidense), The Italian coffee (franquicia que crearon algunos poblanos). En lugar del cine Comitán y del cine Montebello (nombres muy cercanos a nuestra identidad), tenemos a Cinépolis (empresa que creó un michoacano).
Ya te he contado en varias ocasiones que el famoso chulul servía como referencia, así como ahora Elektra sirve de referencia. Alguien puede preguntar ahora: “Oí, vos, ¿en dónde se pasó la Relojería Sánchez?” Y otro, bien tranquilo puede responder: “A la vuelta de Elektra”.
La Relojería Sánchez, igual que la Casa Tovar o la Casa Yanini, debe su razón social al apellido de su propietario, Don Guadalupe Sánchez, quien fue un exitoso comerciante y gran promotor de un deporte que era casi inexistente en Comitán cuando él llegó: ¡el tenis!
Has de comprender que, para mí, fue un deleite haber presenciado a la gran actriz Ofelia Guilmain, representando a la reina Clitemnestra, en una tragedia basada en antiguo mito griego. La obra, así de rapidito, cuenta que la mamá de Electra mata a su marido, el rey, y después entrega a su hija a un campesino para que, si tiene hijos, los hijos sean plebeyos y no nobles. Como la mayoría de cosas en la vida, se trata de la ambición de poder. Si Electra llegara a tener hijos nobles, éstos podrían reclamar el trono. Así pues, Electra es enviada al exilio del campo, borrada del campo real. El campesino, que representa la sencillez de la gente del campo, no tiene relaciones con la tal Electra, pues (dicen los críticos literarios) es un hombre honesto e impoluto. De esta manera, Electra permanece intocada. Un día aparece en casa del campesino, un hermano de Electra, que quiere vengar la muerte del padre y le pregunta a su hermana si está dispuesta a matar a su madre. Ella entra en conflicto, pero al final dice que sí y ambos hermanos matan a la madre. Tan tan. Una gran tragedia.
Vos sabés que quien padece el Complejo de Edipo es alguien que siente un amor desmedido por la madre y no la lleva muy bien con el papá. Pues el Complejo de Electra es lo contrario, se aplica a quien odia a la madre y se identifica más con el papá. ¡Pues cómo no! Viendo la historia de Electra entendemos perfectamente el complejo con su nombre; así como entendemos el complejo de Edipo si le damos una vuelta al mito griego donde, en historia semejante a la de Electra, el rey Layo se entera, por medio del oráculo, que será asesinado por su propio hijo, Edipo. Para tratar de evitar este designio, el rey ordena a un sirviente que se deshaga del pichito. Pero el sirviente desobedece al rey y entrega la criatura a un pastor, quien se hace cargo de él. La historia llega al clímax cuando Edipo mata a su padre, en un final predestinado. Bonitas historias, ¿no? ¡Tremendas!
La obra Electra me impactó. La actuación de la Guilmain era sensacional. Si podés mirá la película “El jardín de Tía Isabel”, una película que dirigió Felipe Cazals. En esa película actúa doña Ofelia Guilmain. ¿Sabés quién actúa ahí también? Ah, ya sé que sabés, porque te lo he dicho varias veces: ahí actúa Javier Esponda, actor comiteco. En ese tiempo, Javiercito era jovencísimo, un muchacho bello. Ahora, Javier Esponda es productor de esa serie televisiva que se llama “La rosa de Guadalupe”. Te lo digo, porque el otro día mencionaste que tu prima Alondra sueña con ser actriz, pues no sé, pero tal vez alguien de acá sea amigo de Javiercito o pariente y pueda ser el enlace para que Alondra conozca al destacado productor y chance un día de éstos veamos a Alondra actuando en la televisión. No sé quién me contó que Javiercito logró incursionar en el cine mexicano gracias a que doña Irma Serrano lo presentó con un productor de cine mexicano en los años setenta. No sé si esta historia sea cierta, pero puede ser. Alondra es muy bella y muy talentosa, así que por capacidades físicas e histriónicas no paramos. Lo único que le falta es que alguien lo relacione con el medio.
En el letrero que anuncia la Cenaduría El Chulul, hay un agregado que dice: “Recuperamos lo tradicional de la cocina comiteca con las recetas de doña Lupita”. ¡Ah, qué maravilla! No sé qué platillos ofrecen. Algún día de éstos me daré una vuelta. Lo que sí sé es que no sólo logran el prodigio de recuperar las recetas de doña Lupita, sino, también, ¡oh, maravilla!, rescatan la identidad. Ahora, los comitecos podemos decir: “La Lavandería El Chulul, está a la vuelta de la Cenaduría El Chulul”. Un día el chulul del patio de doña Lupita fue tumbado. Hoy, sus familiares han vuelto a sembrar gajos mentales de ese enormísimo árbol.
No sé, pero creo que esta fruta de sabor riquísimo no se encuentra en muchas partes del mundo. Parece que sólo en esta región hallamos el chulul, por ello, la importancia de treparse a las azoteas de todas las casas y gritar a todo pulmón esa palabra que, al escucharla, de inmediato nos otorga recuerdos, sabores y aromas indecibles.
Espero que esa cenaduría exista de acá en adelante, que los sabores de la cocina tradicional se recuperen, que exista una atención meramente comiteca; es decir, atenta y afectuosa. Espero que mucha gente acuda a cenar y salga satisfecha. Lo espero, de veras, para que el nombre del chulul siga subsistiendo con la misma fuerza que subsisten otros nombres tan cercanos a nuestra identidad comiteca. ¿Qué hay al lado de la Cenaduría El Chulul, ah, pues una sucursal de la famosa Panadería Las Torres? ¿En dónde hay un árbol de chulul? ¡En el patio de la tienda El Veinticinco!
¿Mirás este prodigio? Los nombres son esenciales para la preservación de nuestros valores culturales. Disfruto mucho cuando escucho que el Diario de Comitán está al lado de “La esquina blanca”, un negocio que, además de ofrecer una comida riquísima, conserva, como en un alhajero, el nombre con que desde hace muchos años es conocido ese lugar. La esquina blanca es tan famosa como Las siete esquinas. Estos nombres son nuestras referencias geoposicionales. Nuestro GPS interior así los señala en el mapa de nuestros afectos.
Cerca de la Cenaduría El Chulul hay una florería que se llama “El Paraíso”. Perdón, pero paraísos hay en todo el mundo, bueno, con decirte que Adán y Eva vivieron en un lugar que así se llamaba. Pero, pregunto: ¿En qué otro lugar del mundo hay un lugar que se llame Paraíso Chichimá? En ninguna otra parte del mundo. Sólo en Comitán, en Comitán de los tomates, como decía doña Lolita Albores, porque acá te dicen tomate una, tomate dos, tomate tres.
Me gusta que un restaurante se llame “Comitán lindo y qué rico”. ¿Dónde comiste? En Comitán lindo y qué rico. Me encanta que exista un barrio que se llama Nicalococ. ¡Ah, qué bonita suena la palabra! ¡Nicalococ! Esa terminación es muy eufónica: ¡Coc!
Disfruto cuando escucho en la radio el anuncio de la veterinaria del “Cuch grande, afuera”.
Con todo respeto digo que a mi corazón suena más alegre cuando alguien menciona que estuvo en el templo de San Caralampio que cuando otro dice que estuvo en el templo de la Virgen de Guadalupe. Y lo digo porque en pocas ciudades de México hay templos dedicados a nuestro santo consentido.

Posdata: Tuve el privilegio de ser espectador de la puesta en escena de Electra, en la que participó doña Ofelia Guilmain; tuve el privilegio de asistir, en el Cine Comitán, a la premier de la película “El jardín de Tía Isabel”. Jorge Saborío anunció, desde temprano, que en la pantalla estaría “El actor comiteco Javier Esponda”. El cine se llenó. Recuerdo con emoción el instante en que Javiercito, bonito, apareció con su tambor y, a la hora que la horda de tipos, de manera violenta, aventó a la Guilmain para tener relaciones sexuales, Javiercito, con su vocecita de niño tamborilero, dijo: “Si es de todos ¡que me toque mi parte!”. Por el amor de Dios, la escena era tierna por ilógica. La Guilmain era una mujer lobo y Javier era un muchacho ratita.
Tuve el privilegio de nacer en este pueblo, así como vos. Por esto, me encanta cuando alguien dice que bebió una macharnuda y luego fue, con su novia, a echar cotzito lindo y jacarandoso.

viernes, 21 de abril de 2017

DEFINICIÓN DE GOLFO




Arturo no entendía por qué el Golfo de México se llamaba así. Siempre que el maestro Luis, con una regla de madera, señalaba esa región en el mapa, colgado a mitad del pizarrón, Arturo se volvía, colocaba el brazo en mi pupitre, y me decía que no entendía.
Creo que Arturo tenía razón. Era una mala señal la que el mapa enviaba. La maravillosa capacidad polisémica del lenguaje, en ocasiones, hace daño. La palabra golfo es una de ellas. Lo mismo se usa para designar una extensión de mar semi encerrada, que para nombrar a un granuja, a un muchacho que, como diría la abuela Jacinta, no tiene oficio ni beneficio.
En clase de geografía, el maestro Luis también había señalado, con su regla de madera, el Bolsón de Mapimí, una zona desértica que existe en el estado de Durango.
Cuando Arturo vio la gran región que constituía el Bolsón volvió a sorprenderse. Y esto fue así porque el tío Eulogio decía que su hermano Antonio era un bolsón y esto lo aplicaba como sinónimo de flojo, de “comecuandohay”.
Las dos palabras confundían a mi compañero, porque él había aprendido que bolsón era sinónimo de huevón y golfo era sinónimo de lo mismo. Entonces, ya jugando, decía que el tío Antonio era el golfo de México, porque tenía el primer lugar en hacerse tacuatz a la hora del trabajo, y cuando alguien, en la familia, hablaba del tío, Arturo, botándose de la risa, decía que estaban hablando del bolsón de Mapimí.
Arturo y yo crecimos. Una vez viajé a Veracruz y lo encontré en un restaurante. Yo estaba sentado adentro del restaurante y él se sentó en una mesa que estaba en un andador, debajo de una sombrilla. Había pedido una cerveza. Llamé al mesero que lo atendió y le pedí que le llevara una servilleta de papel al señor de la camisa a cuadros rojos y azules. El mesero tomó la servilleta y cumplió con mi petición. Arturo recibió la servilleta, la desdobló y leyó. Desde donde estaba (detrás de una vidriera) lo vi levantar la vista y mirar hacia todos lados, buscando al autor de la nota. Cuando se dio por vencido, llamó al mesero, yo me cambié de mesa, miré que el mesero señalaba mi mesa (ya vacía). Me paré y, a la distancia, grité su nombre, él sonrió, se paró y abrió sus brazos para recibirme, como si yo fuera un buque en alta mar y entrara al Golfo de México.
Después de ponernos al día acerca de lo que habíamos hecho en los últimos veinte o veinticinco años, desde que nos dejamos de ver, Arturo rio y desdobló la servilleta. Yo había escrito: “¿Hallaste, por fin, al Golfo de México?”. Arturo dijo que sí, parecía mentira, pero el salón de la primaria le había marcado su destino. Cuando estudiaba en la UNAM se apuntó para un proyecto ecológico en la zona y, desde entonces, se había enamorado del entorno y trabajaba en una empresa dedicada a la conservación del medio ambiente. Levantó la mano y le pidió al mesero que nos sirviera dos cervezas más. Dijo que ahí había hallado a la gente más trabajadora de toda la república. Bromeó: “Creo que para contrarrestar al mayor golfo de México se necesitan miles de manos trabajadoras”.
“¿Supiste que el Bolsón de Mapimí murió hace como dos años?”. No, dije, no sabía. Tomé un trago de cerveza. El viento de Veracruz a esa hora era como un aleteo fresco de gaviota. ¿De qué murió? Arturo rio, rio con libertad, dijo: “Pues de qué otra cosa, de lo que mueren los bolsones, ¡de orquitis!”. Era un chiste, por supuesto. Orquitis es la enfermedad que ocasiona la inflamación de los testículos. “Sí -dijo- se le hincharon de tanto rascárselos”. Volvió a reír. Pidió otra ronda de cervezas. Se puso serio. Se limpió la frente con su pañuelo de seda. Me vio y dijo: “El Golfo de México es maravilloso”. Sacó su celular y me enseñó algunas fotografías del mar, de cuando iba en barcos a realizar acciones en favor del medio ambiente, porque ahí hay constantes derrames petroleros que afectan a la fauna marina. Lo vi satisfecho. Al oírlo bromear supe que había vencido su confusión.

jueves, 20 de abril de 2017

UNA TARDE CUALQUIERA




“¿Qué ves?”, preguntó Julio. Agua, pensé. Estábamos en la orilla de un lago. ¿Qué otra cosa podía ver? Si alzaba más la vista podía ver, en el horizonte, una franja de montañas, pequeñas, apenas niñas, que se alzaba para evitar la monotonía del agua que se movía lenta con el viento, porque el viento era dócil. Yo tenía las manos adentro del pantalón y miraba cómo el agua llegaba, con ligeras ondas, hasta la orilla donde estábamos.
Pensé decir agua, pero nada dije. Yo conocía bien a Julio, cuando le respondía una pregunta con una o dos palabras, él se enojaba, porque como que siempre esperaba una respuesta brillante. Era muy difícil su carácter. Así que, a veces, prefería ignorar su pregunta y quedarme callado. Él se enojaba, me regañaba, decía que yo era un tonto. ¿Cómo no se me ocurría decir algo a su pregunta? Yo seguía callado y cuando miraba que comenzaba a enfurecerse más, le decía: “Prefiero que vos me enseñés”. Así se calmaba. Era como un perro doberman que cuando le aventaba un hueso cesaba su furia.
La tarde del lago esperé su regaño de siempre, pero nada dijo. Dejé de ver el agua y lo vi a él. Su mirada estaba ausente, se había perdido, tal vez más allá del horizonte. Como zombi volvió a preguntar: “¿Qué ves?”, pero cuando lo dijo no me vio. Supe que esa pregunta no me la estaba haciendo, era como si se la hiciera a un fantasma y estuviera atento para escuchar la respuesta, o, tal vez, la pregunta se la hacía él mismo.
Esa tarde fue como un perro manso. Y no sé qué sucedió, pero Julio cambió su carácter. Como si algo supremo le hubiese arrebatado su coraje y su furia, Julio dejó tirado ese collar con chinchetas que siempre lo atosigó. A partir de entonces me volví su acompañante fiel. Tal vez a él le gustaba estar conmigo, porque yo no molestaba, como sí lo hacían sus primos Adolfo y Joselín. Éstos eran muy dados a ir al campo a matar pajaritos, con tiradora. A Julio no le gustaba eso, le gustaba ir al campo, pero le gustaba caminar, buscar piedritas o escuchar el quejido de las hojas secas debajo de sus zapatos.
“¿Qué ves?”. Esta pregunta se volvió como el amuleto, como el pan de todos los días. Julio silbaba desde la banqueta de enfrente, yo abría la ventana y con las manos le indicaba que salía pronto. Bajaba a la cocina, tomaba el licuado que mi mamá me había preparado, cogía un suéter y salía corriendo hacia donde Julio me esperaba. ¿Ahora adónde?, le preguntaba y él me decía que era una sorpresa y colocaba un brazo sobre mi hombro, mientras caminábamos sin pisar raya.
Una tarde, subimos a lo que se conocía como Mirador, en la cima de una montaña. Desde ahí se veía toda la ciudad desparramada en el valle. Yo, con las manos adentro de las bolsas del pantalón, me subí en una barda enana de treinta o cuarenta centímetros de alto que rodeaba a la plaza, abrí los brazos, sentí el viento y miré la ciudad. Esperaba la pregunta clásica de Julio, pero ella no llegó. Volví la mirada, Julio estaba sentado en una piedra que los constructores no habían eliminado de la plaza, al contrario, la habían ahogado en cemento, para que la parte visible sirviera para lo que Julio la usaba, ¡como asiento! Vi que la mirada la tenía clavada en el piso. Entonces caí en la cuenta que yo nunca le había hecho “su” pregunta. Siempre había esperado que él la hiciera y yo, como ya conté, la mayoría de veces no le respondía. Di un brinco, me acerqué a Julio y le pregunté: “¿Qué ves?”, él alzó la cara, sonrió, se paró y me abrazó. “¡Las hormigas!”, me dijo. Y me llamó para que yo viera, también, el ejército que, en tumulto, iba de un lado a otro, cargando hojitas verdes.
Entendí que Julio, antes, se molestaba conmigo no tanto porque no respondiera sino porque no preguntaba. Él, más que respuestas, ¡quería preguntas!
Desde la tarde del mirador, llevé siempre conmigo la pregunta de él. Cuando salía de casa y atravesaba la calle y me reunía con él en la banqueta de enfrente de la casa, le preguntaba adónde iríamos, él me abraza y me llevaba a lugares insospechados. En cuanto calculaba que llegábamos al lugar elegido yo preguntaba: “¿Qué ves?” y él era feliz respondiéndome. Ese era su juego.
Entendí que este es el juego perfecto para comunicarse con alguien. La simple pregunta: “¿Qué ves?”, implica un preocuparse del otro, es como decir: Me preocupo por vos.
Nunca le pregunté qué sucedió la tarde del lago, que hizo cambiar su carácter como si volteara un calcetín. Nunca supe qué había visto esa tarde. A veces, en la vida, ocurren instantes que hacen que las personas cambien, porque ven algo que jamás habían intuido y esa mirada no es superficial, es muy profunda y no está en el exterior sino en el interior del hombre.
Hoy, en memoria de mi querido amigo, a veces pregunto a alguien: “¿Qué ves?” y la mayoría me responde con emoción. A la gente le interesa lo que ve y le interesa que alguien le pregunte qué ve.

miércoles, 19 de abril de 2017

FELICIDAD SIN REMIENDOS




Era cumpleaños de X. El salón, al aire libre, estaba lleno de mesas y de conocidos. Los meseros, casi al ritmo de la música en marimba, iban de un lado para otro llevando vasos con güisqui y platones llenos de chicharrón de hebra, tostadas y frijoles molidos con chile de Simojovel. En el sector de mesa donde yo estaba sentado, R preguntó: “¿Y con qué palabra definirían ustedes a la felicidad?”. Z, con cara de no-se-la-acaban, dijo: “Ah, pues con la propia palabra felicidad”. Mientras los demás buscábamos alguna palabra que definiera a la felicidad (los demás éramos cuatro o cinco que formábamos el grupito), B dijo: “Ni le busquen. ¡Rico!, rico es la palabra”.
Y dijo que la palabra rico era la que la había hecho feliz toda su vida. Y contó. Contó que siendo niña, en casa de su abuela, al sentarse a la mesa para recibir el plato con gelatina de leche, sabor nuez, ella tomaba un pedazo con la cuchara, se lo llevaba a la boca y, mientras la gelatina se derretía en su boca, miraba a su prima, sentada frente a ella, hacer lo mismo, cerrar los ojos y decir: ¡Hmm, qué rico! Ella, B, dijo que eso la hacía feliz. Era tan lindo ver la cara de su prima, sublimada. La gelatina, que era deliciosa, no la hacía tan feliz como el escuchar esas palabras en labios de su prima.
Mientras los de más allá, levantaban los vasos, brindaban y reían a carcajada limpia, con las anécdotas que contaban, nuestro grupo casi dejó de respirar, pendiente de lo que B contaba.
Dijo que, una vez, en el cine, un noviecito se le acercó a su cuello y, con voz temblorosa, dijo: “Hueles muy rico”, y ella sintió sabroso el aliento de él cerca de su oído. El noviecito no dijo más, se quedó así, como estatua, oliéndola, aspirando su aroma. Ella se dejó oler, como si él fuese un lobo y ella no debiera moverse para no alterar su ánimo.
La palabra rico ha estado presente en los instantes más emotivos de mi vida, en los que recuerdo como más felices, dijo, mientras C rechazaba la invitación a bailar que le había hecho un señor que se había parado a su lado. C rechazó la invitación de manera atenta, pero puntual. No quería perderse la narración de B.
Otra vez, ya mayor, mientras veía una película en un cine enorme, acompañada de L, B sintió una mirada penetrante, en medio de la penumbra, dejó de ver la pantalla y volvió la mirada al lado contrario de donde estaba sentada L y vio que una mujer, abrazada a quien B dedujo era su novio o su amante, la miraba fijamente a ella, con ojos de búho, mientras decía, con voz sensual, casi para que, en lugar de que él la escuchara, la escuchara ella: “¡Qué rica la tienes!”. B sintió que su cara se ponía roja y si no se perturbó fue porque en medio de esa opacidad, nadie la miraba, salvo esa mujer. B, de inmediato, volvió a ver la pantalla, pero ya no pudo concentrarse en la película. B deseaba, en lugar de ver la pantalla, mirar hacia donde la mujer acariciaba a su hombre.
B dijo que la palabra rico siempre brincaba cuando algún sabor o algo táctil eran agradables y producían sensaciones cercanas a la felicidad. Eran instantes apenas, porque la felicidad son apenas destellos. Pero también la mirada recibía esas sensaciones. Contó que en un viaje a Italia, sentada en una plaza de Florencia, tomando un té, en un café al aire libre, en compañía de M, ésta le dijo: “Mirá” y señaló, con sus ojos, a una joven que, caminaba por el andador y se dirigía hacia donde ellas estaban. La chica era bella, con una cabellera que flotaba en el aire y vestía un suéter ajustado. M completó: “¡Qué ricas cositas!”. Se refería a los pechos de la chica italiana que, como si fuesen cabritos saltaban entusiasmados, casi dichosos, mientras la chica caminaba como venadito.
B tomó un pedazo de butifarra y se lo llevó a la boca, no lo comió, se quedó así, con el pedazo entre sus labios, apenas tocando su lengua. Dijo: “¡Rico!” y nosotros, todos, nos reacomodamos en las sillas, unos tomaron el vaso con güisqui y otras hicieron lo mismo que B, tomaron un pedazo de butifarra, pero lo comieron. Algo como una chispa nerviosa brincó sobre la mesa.
“¿Qué dicen?”, preguntó ya casi al final. Nadie dijo algo. Hace apenas dos días, dijo B, volvió a sucederme. Estaba dando mi clase y les leía a mis alumnos de la universidad el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, de García Márquez, y cuando leí la parte que dice: “…Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido…”, una alumna, quien tiene unos ojos bellos y un cuerpo de diosa, dijo en voz alta: “¡Qué rico!”. Todos sus compañeros rieron, pero ella no reía, ella tenía los ojos cerrados y pasaba su lengua por el labio superior. Supe que estaba en un momento sublime y con esas palabras había definido la felicidad del instante que vivía.
“¿Tienen una mejor palabra para definir la felicidad?”, dijo. Cuando lo dijo fue como si pinchara la burbuja en la que nos había metido. Volvimos a escuchar la marimba, las carcajadas y vimos a varias parejas bailando sobre las tarimas colocadas a mitad del patio.