martes, 12 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON LISTADO DE NOMBRES INCORREGIBLES




Querida Mariana: Me preguntan por qué no uso el Benito. Mis nombres son Alejandro Benito. En las portadas de los libros que escribo uso sólo el nombre de Alejandro y mi apellido paterno. Por esto, alguien me preguntó, en pregunta clásica, si no tenía madre. Sí, tengo dos nombres y dos apellidos y, por supuesto, en respuesta clásica, tengo mucha madre.
¿Por qué sólo Alejandro Molinari? ¿No suena muy snob decir que es mi nombre artístico? Porque (perdón por la comparación) así lo usan escritores y artistas famosos: Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, José José y más ejemplos. Ya se ha dicho que García Márquez tuvo que emplear los dos apellidos porque el García es muy común en Latinoamérica. Yo (perdón) puedo usar sólo el Molinari porque no es un apellido tan común como sí lo es en Italia o en Argentina. En México no hay muchas personas que tengan el apellido Molinari.
Conocí a un señor que siempre firmaba como César C. y es que la C era de Caralampio y tal nombre no le gustaba. Lo mismo pasó con mi amigo Jorge M. porque la M era de Maximiliano y todos sus amigos bromeaban diciéndole que su nombre significaba “El máximo culo”. Yo no tengo problema con el Benito.
Al principio no sé quién de la familia dijo que me bautizaron con el nombre de Benito porque mi papá era descendiente de italianos y admiraba la figura del Duce Benito Mussolini (todo mundo sabe que Mussolini llevó el nombre de Benito porque su papá admiraba la figura del mexicano Benito Juárez). Así que durante mucho tiempo conté tal versión. Yo era Benito por Mussolini. Un día mi mamá escuchó mi versión (mi papá ya había fallecido) y me dijo que era una versión falsa, mi papá admiraba la figura de San Benito (el maravilloso santo cuyo ideario de vida era “Ora et labora”, reza y chambea). Y entonces me sentí más orgulloso y trato de llevar a la práctica dicho ideario: Oro y laboro. Oro como un canto de agradecimiento por la bendición de la vida y laboro como un canto de agradecimiento por la bendición de la vida. Sí, una cosa es parte de lo otro y viceversa.
No me molesta el nombre. Cuando alguien me dice “Benito” me siento bien. Pero, como ya dije, empleo mi primer nombre y mi apellido paterno como una forma de reducir el esfuerzo de pronunciación de la otra persona. Entiendo que los mexicanos hacemos lo mismo cuando mencionamos a Benito Juárez, pocos (sólo los pedantes) lo señalan con sus nombres y apellidos completos: Benito Pablo Juárez García. Lo mismo sucede con Maximiliano de Habsburgo, ¿quién menciona sus tres nombres: Ferdinand Maximilian Joseph?
Rebeca me dijo un día que Vargas Llosa no tuvo empacho en usar sus dos apellidos, y agregó “Él sí tuvo madre y lo reconoció”. Le dije que sus dos apellidos sonaban eufónicos, pero él tuvo que elegir uno de sus tres nombres. Vargas Llosa se llama Jorge Mario Pedro. Le dije a Rebeca que si me hubiese llamado así mi “nombre artístico” hubiera sido: Jotaemepe Vargas.
Edgar Allan Poe no sufrió para elegir su nombre de batalla. Lo que ya no supo es que, en la actualidad, los millones de lectores que lo mencionan sólo dicen Poe y con eso es suficiente.
Sucede un poco lo mismo con los nombres de las ciudades. Si un compa dice que vive en Tuxtla nadie pregunta si es Tuxtla Gutiérrez o Tuxtla Chico. Se sobreentiende que vive en la capital chiapaneca. Lo mismo sucede con el compa que dice que es de San Cristóbal, o el más chavo in que dice que vive en San Cris. Pocos comitecos decimos que vivimos en Comitán de Domínguez. La mera verdad es que, orgullosos, decimos que somos de Comitán y con eso está dicho todo. No se trata de que a Comitán no le guste el Domínguez. Es algo más sencillo: se trata de un ahorro de palabras, de colocar una sola nube en el cielo, para hacerlo más diáfano, más hermoso.
Posdata: Vos sos una privilegiada, porque tus papás tuvieron el tino de ponerte un solo nombre, uno de los nombres más hermosos del mundo: Mariana (Claro, si hubieras sido varón, no faltarían los maldosos que dijeran que eras una contracción de agua y desechos). Aunque, si lo mirás bien, tu nombre son dos nombres: Mar y Ana. ¡Pucha, sos dos en una y valés por mil!

lunes, 11 de septiembre de 2017

EL ASOMBRO DE TÍO HERMILO




Marina, nieta de tío Hermilo, lo llamó y le enseñó una página en Internet que permite escuchar, en vivo, estaciones de radio de todo el mundo. Muchos conocen la página (radio.garden). El tío vio el mundo en la pantalla y se asombró al ver que Marina colocaba el puntero en un punto verde de Estados Unidos y se escuchaba una estación (con buena fidelidad) y luego Marina señalaba una estación de Madrid, España, y se escuchaba; y luego una de las islas Azores; y luego una de Rusia; y luego una de Rumania y así ¡hasta el infinito! El tío tuvo que sentarse, pedir un té de limón, para recuperarse de la impresión. ¿Era posible eso? Marina le dijo que sí, ¿a poco no lo estaba viendo, oyendo? El tío pidió escuchar una estación de Japón y, de inmediato, Marina buscó Japón en el mundo de la pantalla y sintonizó una estación de Osaka. El tío estaba fascinado. Dijo que, en su niñez, le gustaba jugar a sintonizar estaciones en onda corta, en el viejo radio de su padre, que era un aparato de dos bandas. Y ahora, ¿qué era esto? ¿Se podía escuchar estaciones de todo el mundo, en vivo? Sí, dijo Marina, y sintonizó una estación de la India.
El asombro de tío Hermilo era compartido por Elena. Marina puso una estación de Missoula, Montana, Estados Unidos. Era una estación de música clásica, pero el locutor estaba leyendo un poema de William Blake. ¡Era increíble! A Elena le gusta la poesía de Blake. Había sido una hermosa coincidencia.
Tío Hermilo le pidió a Marina que sintonizara una estación de Brasil. Y cuando la locutora presentó una samba en portugués, todo mundo vio que el tío Hermilo se emocionaba de más. Elena se acercó y le preguntó si se sentía bien. El tío levantó la mano y la movió como si quisiera alejar una mosca molestosa, dijo que todo estaba bien, pero su cuerpo tenía un temblor como si una corriente de aire hubiera entrado al cuarto con la misma fuerza con que entran los toros a las plazas. Sí, el tío Hermilo estaba emocionado. Algún recuerdo había atenazado su garganta. Marina se acercó a Elena y le dijo, en voz baja, que el tío había tenido una novia que sabía hablar portugués. Tal vez eso le había originado la conmoción.
Elena salió al corredor, prendió un cigarro, se recargó en un pilar de madera y fumó. Marina también salió. Dijo que el tío le había pedido quedarse solo. Pero, ¿está bien?, preguntó Elena. Marina dijo que sí, dijo que le había dejado Radio Garden en una estación de Salvador Bahía y el tío había convertido su emoción contenida en una emoción de niño ante una resbaladilla.
Marina preguntó a Elena si ya anteriormente había conocido la página de Radio Garden y Elena, fumando y deslizándose sobre el pilar hasta el piso, dijo que no. También estaba asombrada. Dijo que era una maravilla poder tener todo el mundo al alcance de la mano, a través de la radio. Sí, dijo Marina y dijo que ella esperaba que algún día sucediera lo mismo con el cine. Elena no entendió. Sí, dijo Marina, que así como podemos escuchar lo que las radios del mundo transmiten, podamos ver lo que las salas cinematográficas del mundo proyectan. Pero ¡eso es imposible!, dijo Elena. ¡No!, contradijo, Marina, yo pienso que es posible, todo es posible ahora. Pero ¿cómo?, insistió Elena, reafirmando su negativa ante la posibilidad.
¡Es imposible! No, todo es posible ya. Sería fantástico que en la pantalla de la computadora apareciera el mundo, con cientos de puntos verdes y cada punto verde fuera una sala cinematográfica y que el usuario colocara el puntero en una sala de París y, ¡oh, maravilla!, en la pantalla de la computadora apareciera la pantalla cinematográfica y se pudiera ver la cinta que estuviera exhibiéndose en ese instante.
¡No, no! ¡Es imposible! No, todo es posible ya. Y algún día, así como ahora podemos escuchar, en vivo, qué transmite una estación de Boston, en Estados Unidos, o una estación en Praga, en la República Checa, los usuarios podrán ver qué se exhibe en una sala cinematográfica de Lecce, en Italia o en una sala de Ras Al Khaima, en los Emiratos Árabes.
¡No, no!, eso sí no será posible nunca. ¿Cómo crees? No, no, todo tiene un límite.
Todo es posible ahora. Algún día. Y ese día será un día maravilloso. Ojalá el tío Hermilo pueda verlo todavía. ¡Ah!, será extraordinario ver qué cara pone cuando entre a una sala de Brasilia y mire una cinta donde una chica se sienta en un café al aire libre y saluda, en portugués, a un amigo que baja de un taxi que salió del aeropuerto Presidente Juscelino.
¡No, eso es una locura! No. Ahora todo es posible.
¡No! Diría que sí si dijeras que esto sucederá con las imágenes de la televisión. Un día habrá un mundo con puntos verdes y se colocará el puntero en alguno de ellos y podremos ver la programación televisiva de muchos canales del mundo, pero lo de las salas cinematográficas es una locura.
No. Ahora todo es posible. Algún día.

domingo, 10 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA INCLUIDA: ¿EN DÓNDE TE AGARRÓ EL TEMBLOR?




Querida Mariana: Por primera vez no es un chiste. Vos sabés que en México la pregunta “¿Dónde te agarró el temblor?” se hace en forma chusca. El 7 de septiembre no fue así. Por primera vez fue una pregunta sensata. El 7 se lanzó la pregunta en intento de que la respuesta sirviera para reafirmar la idea de que habíamos vivido, y sobrevivido, el temblor de mayor intensidad en el país, en el lapso de cien años. Por primera vez tuvo sentido la pregunta. Todo mundo de acá debe conservar en su mente el instante vivido, porque no fue cosa simple. En las redes sociales aparecieron los memes con bromas al estilo del que decía que Chabelo no se había espantado tanto con el temblor como sí se espantó cuando, hace sesenta y cinco millones de años, el gigantesco meteorito impactó la tierra y extinguió los dinosaurios. Pero por encima de esos chistoretes estuvo presente la emoción de haber presenciado un fenómeno supremo que, como siempre, mueve a la reflexión de la fragilidad humana.
La abuela Vicenta contaba dónde estaba la tarde en que cayó ceniza en Comitán a inicios del siglo XX, con la erupción del volcán Santa María, en Guatemala. Todos los nietos la rodeaban y oían el emocionado testimonio de la abuela. Ella levantaba las manos y la mirada y decía que el cielo, como si alguien tendiera una sábana oscura, había sido cubierto por un velo de ceniza. Ella recordaba con precisión exacta el momento en que su mamá la jaló hacia dentro de la casa y le cubrió la boca y nariz con un paliacate, le dio una cacerola y la mandó a recoger ceniza en el patio. Vicenta obedeció, pero nunca entendió la orden. ¿Por qué su mamá la había mandado al patio a recoger ceniza, cuando los demás de la casa se protegían y rezaban y prendían veladoras, sorprendidos y temerosos, ante ese fenómeno natural? ¿Para qué usaría la ceniza su mamá? La abuela contaba que salió al patio y se sorprendió al ver que sus pies se hundían en la capa de ceniza y ahí quedaban impregnadas sus huellas. No avanzó más. En la orilla del patio se acuclilló y comenzó a llenar el trasto. Cuando el recipiente estaba lleno, Vicenta se paró y regresó a la casa, pero la mamá, que la veía desde una ventana que daba al corredor, le dijo que no entrara, que antes se limpiara la ceniza del cuerpo. Y Vicenta, como si sus manos fueran plumeros, comenzó a retirarse la ceniza que tenía en sus brazos, cabeza y sobre su vestido rosa, que ya se había vuelto gris. Pero por más intentos que hizo, no logró eliminar el polvo. Su mamá, quien seguía viéndola a través del ventanillo, le dijo que no podía entrar así, que iba a manchar todo el piso y los muebles. Le pasó una batea y le dijo que la llenara de agua, que se desnudara y que se limpiara. Vicenta cumplió la orden, quedó desnuda y se metió al agua que estaba helada. Su mamá le pasó una toalla y le dijo que entrara, que ya le tenía preparada su ropa. La abuela lo contaba con risas, en intento de restarle dramatismo a la historia, porque no lograba asimilar el comportamiento de su mamá el día que cayó ceniza en Comitán. La niña entró a la casa y le entregó la vasija con ceniza a su mamá, ésta la tomó, la llevó al oratorio y la colocó al lado de una imagen de San Jenaro, quien, según la tradición cristiana, es protector de los destrozos que causan los volcanes. Hamaqueándose de la risa, la abuela contaba que su mamá colocó la vasija, se persignó ante la imagen y dijo: “Acá está tu ceniza. Aplacá tu furia”. Se hamaqueaba de la risa, porque en ese momento entró el papá de Vicenta y le dijo a su mujer: “¿Para eso mandaste a la niña a encenizarse? De haberlo sabido te traigo ceniza del horno de la tía Lampa”.
Así como la abuela Vicenta, medio mundo de aquel tiempo tenía alguna anécdota ocurrida en el momento de la caída de ceniza. Así ahora. Medio mundo tiene testimonio del instante que vivió la noche del temblor de ocho punto dos. En el plano superior, medio mundo habla de la fragilidad del ser humano. El papá de una amiga estaba en medio de un campo cuando ocurrió el fenómeno y, por encima del temor natural, le subyugó el sonido que hacía la tierra, sonido que era una respiración alebrestada, porque la tierra avisaba que está viva; pero en el plano inferior, aparece la anécdota graciosa.
Hay personas que no soportan el humor ante sucesos trágicos. Pero hay otros, muchos, que no pueden evitar la mirada tangencial. En afán de recoger algunos testimonios de este temblor pregunté a varios conocidos: ¿En dónde te agarró el temblor? Uno de mis alumnos universitarios contó que dormía en casa de una familia. A él le gusta dormir completamente desnudo. A la hora que comenzó a tronar la casa se paró, prendió la luz y comenzó a buscar su ropa. No la hallaba. Me dijo: “Me dio pena salir encuerado”, así que se quedó en el cuarto, apoyándose en una pared. Con lo que no contaba es que el papá del amigo, preocupado, entró al cuarto para ver por qué no salía y lo halló en pelotas.
A mi prima fulana de tal (si pongo su nombre me mata) el temblor la agarró en la cama de un motel. Botándose de la risa (igual que la abuela Vicenta) me contó que en el momento del temblor ella estaba sobre su amado y se movía con cadencia (movimiento sensual de cadera, movimiento oscilatorio). Como el amante estaba en la cama boca arriba vio que la lámpara del cuarto comenzó a hamaquearse de uno a otro lado, de manera violenta. Gritó: “Tiembla, tiembla”. Mi prima creyó que su amado le pedía que intensificara el movimiento, dejó de moverse en forma circular e inició un movimiento penetrante hacia arriba y hacia abajo (movimiento trepidatorio), como si cabalgara en medio de un bosque. El amado seguía gritando: “¡Tiembla, tiembla!”, y ella le imprimía más fuerza a su movimiento, echaba hacia atrás su cabeza, con los ojos cerrados y, motivada por el entusiasmo de su pareja, comenzó a gritar: “Sí, sí, tiembla, ¡tiembla!”. Cuando me lo contó lo hacía botándose de la risa, dijo que, de puro milagro, el amante no la había tirado, porque lo que ella creyó era una cara de éxtasis a punto de orgasmo era un rostro de terror, porque su miedo se intensificó con la misma fuerza que se intensificó el movimiento telúrico. Me dijo que luego ambos estuvieron de acuerdo en que había sido el encuentro sexual más espectacular.
Posdata: No sé si mi prima se atreverá a contar la verdad, cuando, dentro de varios años, alguna de sus futuras hijas le pregunte: “¿En dónde te agarró el temblor?”.
Cada uno de los sobrevivientes tiene un testimonio. Algunos contarán la experiencia llevándola al plano de lo superior, otros lo aterrizarán y se botarán de la risa contando alguna anécdota chusca, pero todos, en lo íntimo se reconocerán como sobrevivientes de un movimiento telúrico sorprendente y sabrán que hubo un instante en que, debajo del marco de una puerta o al lado de un castillo o a mitad de un patio, cargando a su hijo o a su perrita, pidieron: “Ya, por favor, Dios, que ya pare”.

sábado, 9 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE EL NÚMERO DIECISIETE PUEDE SER UN PÁJARO




Querida Mariana: Me gusta la palabra “bandada”. ¿Te confieso algo? Cuando era niño pensaba que significaba “Grupo de bandidos”, tal vez porque en esa época jugaba en el sitio de la casa el juego de “Policías y bandidos”. En quinto de primaria, el maestro Juanito (papá de la poeta Mirtha Luz) nos citó en el parque central a las cinco y media de la tarde. La bola de muchachitos estuvimos ahí desde las cinco, jugamos a escondernos detrás de los árboles y luego, los más atrevidos, jugaron chinchinagua, que era un juego muy divertido, pero al que no todo mundo se atrevía, porque era para osados. Yo jugué escondidas, pero no chinchinagua. El maestro llegó y nos dijo que nos sentáramos debajo de un árbol; dijo que viéramos, que oyéramos. Y vimos y oímos, ¡vimos una parvada de zanates que hacía una bulla de cien mil tambores, de cien mil trompetas! El maestro, cuando el sosiego llegó, dijo que eso era una bandada. Ahí entendí el sentido de la palabra. Desde entonces me gusta mucho escucharla. La otra tarde, Pau la mencionó: Señaló el cielo y dijo: “Tío, mira la bandada”. En el cielo, a lo lejos, apareció un grupo de aves. “¡Las contemos, las contemos!”, dijo Pau y, con su dedito señaló y comenzó a decir: “Una, dos, tres…”. Me emocioné. ¿Alcanzaría Pau a contar los pájaros antes de que desaparecieran? “…nueve, diez…”, siguió contando, mientras ya los pájaros (eran garzas que volaban hacia la Ciénega) pasaban sobre nuestra cabeza. “…doce, trece, ¡trece!, tío”, dijo Pau, satisfecha de haber cumplido su misión. “¡Trece! ¿Las miraste?” Sí, dije.
En la clase del día siguiente, el maestro Juanito nos dijo que la palabra “bandada” se empleaba para nombrar un conjunto de aves, tal como lo habíamos vivido la tarde anterior y dijo que sacáramos nuestro cuaderno de dibujo y dibujáramos una bandada. Todos dibujamos a los zanates encima de los árboles del parque central de Comitán. ¡Ah! Las dos experiencias fueron magníficas.
Ayer busqué la palabra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y hallé que, en su primera acepción, bandada significa lo que el maestro nos explicó: “Grupo numeroso de aves u otros animales alados que vuelan juntos”; es decir, tan es bandada el grupo de garzas como el de zancudos o el de tsizimes. En una tercera acepción, la Real Academia dice que puede aplicarse la palabra bandada a “Tropel o grupo bullicioso de personas”. ¿Mirás? No sólo se aplica a aves, sino también a grupos de personas argüenderas, aunque no vuelen. No andaba yo tan mal. Un grupo de bandidos trepados en caballos, entrando en tropel a un pueblo de madera, puede llamarse bandada, y de igual manera se puede llamar bandada a un grupo de cirqueros que llegan a los pueblos y marchan por las calles, con tambores y tarolas, anunciando su presentación en la tarde.
Vos sabés que me encanta el cine. Con mi Paty acudo frecuentemente a las salas de Cinépolis. Me encantan tres espectáculos: el cine, el teatro y el circo. El cine, por fortuna, está de manera permanente en Comitán; el teatro, de vez en vez; y el circo casi es inexistente. ¿Recordás el párrafo de la novela “Balún-Canán”, donde la niña protagonista cuenta su experiencia de la llegada del circo a Comitán? ¡Ah, es sensacional! Copio algunas líneas para que las recordemos juntos. Acá va: “Hoy recorrieron Comitán con música y programas. Una marimba pequeña y destartalada, sonando como un esqueleto, y tras la que iba un enjambre de muchachitos descalzos, de indios atónitos y de criadas que escondían la canasta de compras bajo el rebozo. En cada esquina se paraban y un hombre subido sobre un cajón y haciendo magnavoz con las manos decía: Hoy grandiosa función de circo. El mundialmente famoso contorsionista, don Pepe. La soga irlandesa, dificilísima suerte ejecutada por las hermanas Cordero. Perros amaestrados, payasos, serpentinas. Todo a precios populares, para solaz del culto público comiteco”.
Dicen que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones. Un partido político creó una iniciativa para evitar el maltrato de animales en los circos. Cuando la iniciativa se convirtió en ley, los circos comenzaron a desaparecer por falta de audiencia, y los animales, que se suponían ya no serían maltratados, terminaron abandonados y muchos de ellos murieron, debido a que la “genial idea” no contempló qué pasaría con esos animales que ya no estarían en los circos. Por eso, ahora es muy difícil que en Comitán tengamos la maravilla del circo que, en mis épocas de niño, en una ocasión se instaló en terrenos cercanos donde actualmente están las instalaciones de Telcel, al lado del bulevar.
Por fortuna, el teatro aún respira en Comitán. La tradición de las obras escenificadas que, en los años sesenta y setenta, montaban doña Leonor Pulido y Óscar Bonifaz, y en los años ochenta, Lupita Alfonzo, sigue viva. Sigue viva gracias a los esfuerzos de Joel Sánchez, de Elvira Hernández, de Ángel Medina y, sobre todo, de Rosa Hortensia Aguilar, quien, por estos días, celebra diecisiete años de su compañía “Escudo Jaguar Teatro”. Rosa Hortensia comenzó con el siglo. Tiene diecisiete años de sostenerse, contra viento, marea y huracanes. Porque la empresa no ha sido fácil. Dedicarse al arte en este país no es labor sencilla. Muchos menos sencilla en Chiapas y no se diga en Comitán. Rosa Hortensia ha mantenido a su compañía a pesar de los obstáculos naturales con que se ha topado, además de vencer los obstáculos artificiales y artificiosos que le han colocado.
Rosa Hortensia hace propuestas interesantes, como una adaptación teatral que hizo a un cuento de Rosario Castellanos, “Lección de cocina”, donde ella se muestra prodigiosa en escena. Pienso que uno de sus mayores logros son los monólogos. En la adaptación del cuento de la Castellanos, Rosa Hortensia logra momentos prodigiosos. Esta obra, con una mejor producción, podría perfectamente presentarse en los mejores teatros de Hispanoamérica. Pero, además, Rosa Hortensia abona al teatro de comedia. Son muy disfrutables sus puestas en escena donde realiza representaciones de anécdotas comitecas. Tiene dos o tres adaptaciones de anécdotas de Armando Alfonzo que son muy simpáticas y que abonan para conservar nuestra identidad a través de nuestros modismos.
Comitán no tiene una propuesta de teatro de vanguardia. Nos quedamos inmersos en un teatro costumbrista. No sabemos (no podemos saberlo) qué tipo de propuestas se hace, por ejemplo, en Londres o en Barcelona. Pero, cuando menos, tenemos un teatro que continúa con la tradición y esto no es malo.
Hace algunos años le hice una entrevista a Rosa Hortensia, ahí, entre otros conceptos, le pregunté: “¿Cuál es la palabra que más te excita?”, y ella respondió: “¡Vida!”. Vida es lo que Rosa Hortensia le ha dado a Comitán a través del teatro, porque, vos lo sabés muy bien, el teatro condensa la vida y es un arte que provoca al ser humano a verse en un espejo. Ahí, en escena está representada la vida. De esto, Rosa Hortensia sabe bastante.
Diecisiete años, se dice fácil. ¡Es toda una vida! Rosa Hortensia lleva mucho más tiempo en el teatro. Comenzó cuando era estudiante de bachillerato. Desde entonces nunca lo abandonó, siempre ha estado presente el teatro en su mente y en su corazón. En el año 2000 decidió iniciar el siglo con su compañía “Escudo Jaguar Teatro”. Ya llevamos diecisiete años de este siglo y ella continúa sembrando. Digo que no ha sido fácil. He sido testigo de los escollos que ella debe eludir. Pero ahí sigue, necia, terca (¡bendito Dios!). Si no fuera por ella, y por los mencionados, Comitán estaría en un campo yermo respecto a la actividad teatral. Comitán tendría que ser agradecido con ella, porque sin su “Escudo Jaguar Teatro” la actividad teatral sería un fantasma, un mero recuerdo de lo que hizo Ernesto Carboney, Óscar Bonifaz, Leonor Pulido, Lupita Alfonzo y demás apasionados del teatro en Comitán.
Por fortuna, el circo no ha muerto del todo. Existe ahora un movimiento de renovación. Hoy, los circos realizan propuestas donde lo tradicional queda atrás, porque ya no hay domadores de leones y de tigres, porque ya no hay focas que jueguen con la pelota o perritos que hagan piruetas o elefantes que, como niños en escuela, entren formaditos tomados de la trompa y de la cola. Ya no hay osos que bailen al ritmo de un pandero que toca el húngaro, con barba y saco de color rojo. Lo mismo debe suceder con el teatro en Comitán para que no perezca.

Posdata: Comitán tendría que estar agradecido con “Escudo Jaguar Teatro”. Contra todas las adversidades cumple diecisiete años. No es cosa simple cumplir tantos años en un país como México, en un estado como Chiapas, en una ciudad como Comitán.
Digo que me gusta la palabra bandada. Se aplica a grupo de aves o a grupo bullicioso de personas. Me gusta lo que hizo Pau, al contar las garzas en vuelo: “…trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete”. ¡Diecisiete años de esta ave que se llama “Escudo Jaguar Teatro”! ¡Felicidades!

viernes, 8 de septiembre de 2017

DEFINICIÓN DE OLVIDO




Comienzo escribiendo esta Arenilla con duda. ¿No ya escribí la definición de Olvido? No puedo asegurarlo. Podría recurrir a mi archivo de Arenillas especiales para Chiapas Paralelo, pero ello me colocaría en el territorio de la certeza y la certeza es el territorio más resbaloso. Tendría la seguridad, pero sé qué algo perdería. Si todo mundo tuviera certezas, el mundo sería muy aburrido. Quienes no dudan, quienes no están permanentemente en el territorio de la confusión, son los que aseguran que el reino de los cielos será de ellos. ¡Pobres!
El olvido es la mayor virtud de los mortales. Los dioses no olvidan, pero los mortales deben olvidar muchos instantes vividos para poder sobrevivir con dignidad. Si un mortal no olvidara se convertiría en dios y eso le restaría emoción a su vida. ¿Puede alguien imaginar convertirse en dios de la noche a la mañana? ¿Para qué? La vida es asombrosa por su capacidad de ser humano, por su capacidad de olvido.
La tía Esperanza dice que nunca ha podido olvidar a su hijo muerto hace treinta y dos años. Lo dice con certeza rotunda. ¿Es así? No, no es así. Por instantes veo que ella olvida a Rodolfo, lo deja al lado de su silla y soy yo quien recuerda a Rodolfo al ver que su mamá lo olvida. Vi a la tía reír como río cuando su nieta Elena cumplió sus quince años. Elena es hija de Aurora, hermana de Rodolfo. Esa tarde de guateque la tía bailó y bebió dos o tres copas de tequila. La vi quitarse los zapatos y con los pies desnudos macerar los ladrillos del patio, como si fuera de esas benditas mujeres que maceran las uvas en tiempo de vendimia. La vi brincar de a poquito, como si el aire fuera la cuerda para saltarla. Claro, cuando la fiesta terminó la vi nostálgica. ¡En ese momento recogió el recuerdo de su hijo! Tal vez recordó algún momento de la vida de Rodolfo en una fiesta y suspiró como si necesitara llenar con piedritas sus pulmones. Pero, a mí no me engañan, hay instantes en que la tía olvida a su hijo. Si no fuera así, estoy seguro que la tía ya habría muerto también. Ante las ausencias ¡la vida compensa con píldoras de olvido!
Si revisamos un diccionario elemental hallamos que olvido es: “No recordar algo concreto”. De acá colegimos que el olvido tiene que ver con el recuerdo. Recordamos algunas cosas y otras no; de igual manera, olvidamos algunas cosas y otras no. Los científicos han explicado el mecanismo por el cual recordamos algunos hechos y otros los mandamos al basurero, un basurero que sigue estando en nuestra mente. Cortázar, el escritor, estimulaba su mente para tratar de recordar hechos olvidados, hechos que seguían trepados en su memoria, pero estaban en lo más alto de su árbol nemotécnico y por lo tanto le era muy difícil acceder.
No olvidamos aquello que nos toca en forma más directa. El amante no olvida el nombre de su amor imposible, siempre lo lleva en su mente (dice que también en su corazón, aunque está demostrado científicamente que el corazón nada tiene que ver con el amor que es un proceso netamente mental). Por esto, cuando algún amante dice que lleva a su amada en el corazón, casi casi le está diciendo que no la recuerda, porque si así fuera la llevaría día y noche en su mente.
La tía Esperanza recuerda a su hijo fallecido. Pero su organismo le hace la travesura de aislarlo por instantes. La mente de la tía ayuda a que ella sobreviva. Si todo el día estuviera anclada en el recuerdo ya se habría muerto. Ningún mortal puede respirar adentro de la burbuja del olvido, porque esta burbuja es como una cámara vacía, donde el oxígeno está ausente. Tío Ausencio decía que moríamos en el instante que nos olvidábamos de respirar. Siempre el olvido está presente en la vida del ser humano, pero no siempre, a veces recordamos que la vida está compuesta de presencias y no de ausencias.

jueves, 7 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE HIJOS PUTATIVOS




Querida Mariana: El oficio de escritor es un oficio ingrato. Así lo dicen los escritores. Los lectores creen lo contrario, sobre todo si son amigos del escritor. El fenómeno se recrudece más en provincia. Cuando el lector se entera del nuevo libro escrito por el amigo avienta la pregunta: “¿A ver cuándo me regalás tu libro para que yo lo lea?”. ¡El oficio de escritor es un oficio ingrato!
Y digo que es ingrato, porque aparte de lo anotado líneas arriba sucede que ningún colega ha pensado en escribir un libro que se llame: “El gran libro de los nombres para tu bebé”, como sí existe para padres. Así como las personas bautizan a sus mascotas, a sus autos y demás chunches, muchos escritores tienen la costumbre de bautizar los objetos que emplean en su oficio.
Una de las encrucijadas más dramáticas aparece cuando mamá y papá se enteran que tendrán una criaturita. La mamá se hizo la prueba y cuando le dio la noticia al papá, ambos corrieron con el médico especialista para que le hiciera el ultrasonido a la mamá y determinara si sería niño o niña. A partir de ese instante, los papás comenzaron a pensar en el nombre de la criatura. “¡No, no! -grita la esposa-. No permitiré que nuestro hijo siga la tradición del abuelo y de tu papá. ¡No! Nuestro hijo no se llamará Agapito”. Salvado el primer escollo buscan, entonces, el libro: “55,000 nombres para bebés”. A veces terminan eligiendo un nombre de moda y, en lugar de llamarse Roberto, el niño termina llamándose Braian.
Los escritores no cuentan con ese soporte. Ya lo dije: ¡No hay libros que sugieran nombres para bautizar cuadernos, plumas o computadoras personales!
Cuando cumplí dieciocho años, mi madrina Cari me obsequió una pluma fuente, marca Sheaffer. ¡Ah, fue mi lujo! En ese tiempo escribía una especie de diario, donde dejaba consignados los actos más relevantes ocurridos en el día (dos años después lo quemé. ¡Qué tonto! Lo quemé, porque pensé que el diario podía llegar a manos ajenas me comprometieran, porque los escritos, en su mayoría, hablaban de la chica de la cual estaba profundamente enamorado). Decidí que el diario tenía que ser escrito sólo con esa pluma especial, por lo tanto, si al cuaderno ya lo había bautizado con un nombre, debía hacer lo mismo con la pluma. ¿Qué nombre ponerle? Juro que me pasé una tarde completa buscando un nombre apropiado. Y, por fortuna, en ese momento mi mente recibió la visita del Espíritu Santo, me iluminó y me sopló el nombre: Sí, se llamaría “Celestina”, porque era la aliada de mis amores platónicos. (Lástima que sólo cumplió con su oficio de pluma y no, como yo deseaba, que funcionara como maga a fin de hacer conjuro que lograra que mi amor platónico se enterara de la pasión que me consumía, que me tenía como rata después de un proceso de fumigación). ¿Cómo se llamaba mi cuaderno? ¡Ah, su nombre lo había plagiado de un poema de Neruda! Lo bauticé con el nombre de “Juntos nosotros”. Está de más aclarar que en mi mente y en mi corazón el nosotros se reducía a ella y a mí. Ah, me parecía el más espectacular nosotros del mundo. Lo real (lo sabe el lector, lo intuye) el nosotros se reducía, por mi parte, a un mí solitario, y por su parte a un amplio abanico de amigos y pretendientes, más su novio oficial. ¡Oh, Dios mío!
Una tarde de fines del siglo pasado, como casi medio mundo en Comitán, comencé a escribir en una ¡computadora de escritorio! Las novelillas, los cuentos y las Arenillas abandonaron los cuadernos. Lejos estaban los tiempos del “Juntos nosotros” y de mi inútil “Celestina”, digo inútil por lo que ya saben, porque debo reconocer que su oficio de redactora lo cumplía con creces.
En los primeros años de este siglo cambié a una laptop. El día que la estrené pensé, románticamente, en que antes necesitaba de dos chunches (la Celestina y el Juntos nosotros) y ahora me bastaba un solo objeto. Lamenté el extravío de aquellos chunches amados, pero luego pensé que mi relación no necesitaba intermediarios (de Celestinas ingratas); ahora mi relación era directa, de mí para ella (la compu). Así comencé a pensar en qué nombre le pondría, matarile rile ro. Comenzó un periodo de angustia. Hubiese agradecido un libro que se llamara “Nombres para las computadoras favoritas de los escritores”. Pensé que debía, como en aquellos tiempos juveniles, piratearme algún título de poema, de escritor consagrado. Podría servir como buen augurio y como un mantra para invocar buenas vibras. Al pensar en mantra, el Espíritu Santo volvió a aparecerse y me sopló el siguiente mantra: “Om”; pero luego, como estudié algunos semestres de ingeniería electrónica, pensé que al pronunciarla sonaría como ohm, que es una unidad de resistencia eléctrica, así que me resistí.
Fui al librero, abrí un libro de Sabines (el poeta) y busqué. Hallé el título de “Tía Chofi”. ¡No, no, era buen nombre para mi compañera! “Tarumba”, tampoco sonaba bien. “¿Qué putas puedo?”. No, no, era una invocación muy pobre. Capaz terminaba diciendo la misma medianía de políticos panistas: “De que puedo, ¡puedo!”. Cuando hallé el poema “Tú tienes lo que busco”, dudé, pero un segundo después lo deseché. Mi compañera no tiene lo que busco, porque no busco teclas, busco iluminación, busco el don de la creación. Después de darle mil vueltas al asunto, llegué a la conclusión de volver a los tiempos cálidos. Sí, mi compu se llama “Juntos nosotros”.

Posdata: Te anexo foto de mi “Juntos nosotros”. Como mirás, en el extremo derecho ya tiene una cicatriz. El oficio de escritor es un oficio ingrato. Mi compu lo sabe. Ha resistido mil batallas, a todas horas.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

DE LIBROS DE AUTOAYUDA Y OTROS TEMAS




“Harto libro ha’sté de vender. ¡Harta paga ha’sté de ganar!”, eso me dijo Sebastián. No, dije. Vendo muy pocos. Entonces me pidió ver algunos libros míos. Y entré a mi casa y bajé varios ejemplares del librero y salí para enseñárselos. Estábamos sentados en la banqueta. Las personas pasaban casi sin vernos. Nosotros sí los veíamos, porque éramos como espectadores.
“¿De qué trata este su libro?”, preguntó Sebastián y yo le conté. “¡Ah!”, dijo. Luego preguntó por la trama del otro y del otro y del último. “¡Ah!”, dijo cada vez que yo ponía punto final a la síntesis.
“Por eso no vende’sté sus libros. Son muy complicados”, dijo y rio y mostró sus dos dientes de oro, en la parte superior de su boca.
Sebastián se paró, dijo que ya se le había hecho tarde, que todavía tenía que tomar un colectivo para llegar a su trabajo (es velador). Me dio la mano y se fue. Yo estuve a punto de ofrecerle los libros y decirle que se los regalaba, pero Sebastián no sabe leer y, por lo que había dicho, entendí que no le gustarían, había dicho que eran muy complicados.
Cuando entré a la casa pensé que debía dejar de escribir novelas breves y escribir libros de autoayuda, de esos cuyos autores venden millones de libros. El otro día fui al cine y vi una película cristiana basada en un libro del cual se han vendido más de catorce millones de ejemplares.
Una vez en Puebla, una señora me compró un libro porque conocía las Arenillas que publicaba en una página electrónica. Ella dijo que a su hija le gustaban dos autores: Paulo Coelho y yo. En ese momento no me sentí halagado. Me sentí más halagado cuando alguien dijo que mi obra estaba emparentada con la literatura de Vila-Matas. Pero luego pensé que si yo fuera un Paulo Coelhito vendería miles y miles de libros, así como él vende millones de ejemplares en todo el mundo.
¿Y si escribiera libros de autoayuda, del estilo de “¿Quién se ha llevado mi queso?”? Sin duda sería un éxito mi libro “¿Quién se ha llevado mi chinculgüaj?”.
Hay un libro que se llama “Sopa de pollo para el alma”. Yo podría escribir “Sopa de gallina de rancho para el chulel”. ¿Y si escribiera libros como los que escribe Carlos Cuauhtémoc Sánchez?, quien, según el google, es un destacado escritor, conferenciante y empresario mexicano; es decir, ¿por qué no escribo libros con mentalidad de empresario y escribo best sellers, cuya fórmula es escribir temas sencillos?
Don Cuauhtémoc escribió el libro “Un grito desesperado”, que pronto se convirtió en un éxito de ventas. Ya me veo escribiendo el libro “¡Cotz!, un grito emocionado” y ofreciendo conferencias en Argentina y en Costa Rica, a multitudes de padres de familia y adolescentes.
¿Hay un libro que se llama “El monje que vendió su Ferrari”? Por supuesto que sí. Los maestros de secundaria y bachillerato (universidad, incluso) lo dejan como tarea para sus alumnos. ¿Y si escribo “El cositía que vendió su mula”? Porque, la mera verdad, acá nunca he visto un Ferrari circulando por las calles de Comitán. Y qué bueno, porque un Ferrari quedaría como vocho sesentero después de circular por las calles llenas de baches.
Los autores de libros de autoayuda tienen la fórmula en las manos. Es una fórmula muy sencilla, casi más simple que la receta de las quesadillas que no lleva más que queso y tortilla. Los autores de esos libros reputados no hacen más que escribir párrafos donde motivan a darle importancia al ser más que al tener. Circula un libro muy vendido que se llama: “¡Cómo hacerse millonario en un dos por tres!”. El libro se ha vendido por millones; es decir, el autor sí logró ser millonario. Los pobres lectores no han logrado ser millonarios; al contrario, más pobres se hicieron al gastar su paga en comprar libros utópicos.
Ya me vi escribiendo el libro “¡Cómo convertirse en candidato en tres fáciles lecciones!”, con prólogo del político que, en Chiapas, tiene un millón de amigos.

martes, 5 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DANDO UNA VUELTITA POR JAPÓN, POR ESPAÑA Y POR ARGENTINA




Querida Mariana: Quique se vio en una disyuntiva el otro día: Veía, por televisión, un partido de fútbol o un partido de tenis. Optó, ¡por supuesto!, por el tenis, deporte de príncipes. Me dio gusto su elección, porque eligió el caviar por encima del frijol. Fue un poco como si a mí me dieran a elegir entre ver un partido de tenis o leer una novela de Vila Matas. Claro, elegiría a Vila, aunque en la cancha estuviera Vilas, el famoso tenista argentino. (Vilas ya no debe jugar, no sé cuántos años tiene, pero ya anda más allá de los sesenta.) Siempre elegiré a los Vila del mundo literario por encima de los Vilas del mundo deportivo. Cada uno elige lo que le gusta. Los millones de fanáticos que prefieren ver el fútbol antes que la lectura tienen todo el derecho de hacerlo. Quique usó su derecho de elección. Los millones de lectores en el mundo hacemos lo mismo: elegimos las nubes que nos hacen volar, ser felices.
Uno de los dones de la lectura (lo sabe todo mundo) es su capacidad de ubicuidad. A mí me sigue sorprendiendo esa gracia divina: mientras estoy en Comitán (o en cualquier lugar) estoy en otro, al mismo tiempo. La historia literaria estimula mi imaginación y la lleva al territorio donde aquella sucede.
Como mi memoria es muy endeble, este año llevo una puntual relación de libros que he leído. Ayer en la tarde, mientras llovía, me paré frente a la ventana y leí la relación. Comprobé que este año (sin salir de Comitán) he estado en muchos países, gracias a la lectura.
Los lectores sabemos que no hay mayor deleite que viajar, desde casa, a muchos lugares estimulando nuestra imaginación. Esto hace que cada país tenga una parte importante de nosotros, que cada país sea un poco un país creado por nosotros, con la guía del autor.
El año lo comencé en Japón, porque en los primeros días de enero leí una novelilla de Kitamura, y como siempre me ha gustado este país le seguí con cuentos de Dazai. De ahí, como andaba en cuentos y siempre me han gustado los cuentos seguí en este país y leí cuentos del mexicano Rafael Pérez Gay.
Ahí fue cuando me topé con el ya citado Vila Matas, con un relato autobiográfico que se titula: “París no se acaba nunca”, que tiene cierta semejanza con la famosa “París era una fiesta”, del no menos famoso Ernest Hemingway. De París (sin escalas) volé hasta Argentina al leer cuentos de Mariana Enríquez (quien es amiga de Samy, el dueño de la librería Lalilu).
¿Mirás qué maravilla? ¡Ah!, el prodigio: Un pie en el parque central de Comitán y el otro pie en alguna calle de Buenos Aires o en un bulevar de París.
Andaba en esas cuando recibí un envío de parte de mi admirado amigo David Tovilla, era su libro más reciente: Bragadicto, que, como su título advierte, cuenta historias de hombres que, como dijera el vulgar encantador de Mario, “les encanta el olor a pantaleta”.
Luego le entré a un libro que reúne la mayoría de cuentos escritos por Roald Dahl, escritor que llevó a la práctica la teoría en la que yo también creo: “Los escritores deben escribir textos que no sean aburridos”. Este libro lo disfruté mucho, así como disfruté el de Vila Matas. ¿Recordás que en la contraportada de mi novelilla “Yo también me llamo Vincent”, el comentario editorial fue que estaba escrita al más puro estilo Vila Matas y ni vos ni yo habíamos leído jamás al tal Vila? Bueno, si me acerco a tal estilo lo entiendo como un elogio.
Seguí con los cuentos. Ahora fueron los de una chilena que Bolaño alabó: Alejandra Costamagna.
Y seguí caminando por la misma senda. Leí cuentos de la mexicana Cristina Rivera Garza, quien se me hace una autora medio inflada por la crítica. Sus cuentos no me inspiraron como sí lo hicieron los cuentos de Dahl, por ejemplo.
Y luego llegó a mis manos una novela sensacional: “El museo de la inocencia”, de Orhan Pamuk, Premio Nobel. ¡Ah!, un deleite la novela.
Y, para que se entienda que no sólo en Estambul hace viento, llegó a mis manos el libro de un autor chiapaneco, mi amigo Héctor Cortés Mandujano: “Mapaches. Campos de maíz, campos de guerra”. Ya sugerí su lectura en los videos que subo semana a semana en este chunche, porque es un libro que da cuenta puntual de este movimiento chiapaneco histórico. Y ya encarrilado leí la novela: “Piedras, polvo: la película”, del mismo Héctor.
Luego le entré a la novela “Los años sabandijas”, de Xavier Velasco. De Xavier más que la novela que obtuvo el Alfaguara (“Diablo Guardián”) me gustó la novela “La edad de la punzada”, donde hace un recuento de su vida adolescente, con gran desenfado y con humor.
Y en este camino apareció Murakami, el tal Haruki, que considero no tiene la categoría para ser considerado constante aspirante a recibir el Nobel. Tal vez algún día se lo concedan, pero en tal concesión prevalecerá más el sentido de mercadotecnia que el sentido estético. Pero, como mi goce literario también es mi oficio leí “De qué hablo cuando hablo de escribir”, así como leí “De qué hablo cuando hablo de correr”. Así como en el de correr habla de su gusto por la carrera, en el otro habla de sus obsesiones por la escritura.
Cayó en mis manos una novela de Carson McCullers, la autora de la gran novela breve “La balada del café triste”. Cuando “La balada” llegó a mis manos (hace muchos años, de manos de mi maestro Pepe Martínez) supe que estaba frente a una obra maestra. ¡Ay, padre mío! La novela que leí este año, “Reflejos en un ojo dorado”, es malísima. No podía creer que una autora genial pudiera escribir tal bodrio.
Para tratar de quitar el mal sabor, leí “Carthage”, novela de mi admirada Joyce Carol Oates. “Carthage” no alcanza las dimensiones de “La hija del sepulturero” que sí me deslumbró, pero, cuando menos, no estuvo tan mal como la de la McCullers. Por favor, querida mía, no vayás a leer nunca, ¡nunca!, “Reflejos en un ojo dorado”. La McCullers nunca supo que Dahl sugería que los libros fueran atractivos, entretenidos, inteligentes, seductores.
Luego, Carlos Silva Camacho pasó por Comitán y me obsequió su novela “Laguna verde” y anduve por Veracruz, en la región donde está aquella nucleoeléctrica.
Continué con un libro de otra Premio Nobel, Doris Lessing: “El quinto hijo”. Novela intensa, abrumadora.
La novela de la Lessing fue como el preámbulo para que leyera otra novela espléndida de Pamuk: “Me llamo Rojo”. Este ejemplar me lo obsequió Malena Jiménez. Lo tenía entre los pendientes y apareció y fue un deslumbre su lectura.
Luego Óscar Palacios me envió su novela “El factor Karamazov”. La leí y fui uno de los comentaristas la noche en que la presentó en Comitán, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
De ahí me brinqué a leer el más reciente (y parece que último) libro de Rius: “Los presidentes dan pena”. Un libro flojo. Libro que quedó muy lejos de otros que son lectura obligada de los seguidores de este fantástico caricaturista que falleció recientemente.
¿Qué más? ¡Ah, sí! Una novelilla infantil: “El libro salvaje”, de Juan Villoro. Autor que no termina de convencerme; autor que también pienso está colocado un peldaño arriba del lugar que le corresponde. Pero, bueno, querida Mariana, es cosa de gustos. Conozco amigos que admiran todo lo que Villoro escribe. Yo creo que es como el Carlos Fuentes de estos tiempos y, sin duda, María Félix estaría de acuerdo conmigo.
Luego leí una novela de un autor español que desconocía: Juan Gómez Bárcena. La novela “Kanada” no me desagradó. Trata un tema interesante: ¿Qué pasó con los sobrevivientes de la gran guerra?
Luego me trasladé a la tierra de mis ancestros: Italia. Leí “La banda de los Sacco”, de Andrea Camilleri. Una ficción basada en un dramático hecho real: La historia de los Sacco, una familia honesta y trabajadora que, de pronto, se ve inmersa en una situación desastrosa cuando la mafia irrumpe en su vida armoniosa y la transforma de manera brutal.
Luego compré la novela “Fuego 20”, de Ana García Bergua. Escritora que tiene toda mi admiración por los escritos que publica, cada quince días, en el suplemento cultural de La Jornada, pero cuyas novelas y libros de cuentos siempre me dejan con un sabor medio amargo. Ésta no fue la excepción, comencé emocionado, pensando que ahora sí había logrado una buena novela, pero al final me decepcioné. No supo cómo amarrar un elemento que introdujo y quedé lamentando su genio creativo.
Para tratar de compensar la decepción compré dos de Pamuk: “La casa del silencio” y “La vida nueva”. ¡No! No tuvieron la grandeza de “El museo de la Inocencia” y de “Me llamo Rojo”, pero hubo párrafos que sí lograron iluminar el instante. Soy un convencido de que el grande cuando no logra superar la medianía es más grande que el mediocre cuando tiene algún atisbo de grandeza.
Quique eligió el tenis ese día. En muchas ocasiones elige leer. Él es un gran lector. Elige el tenis o la lectura porque, así lo intuyo, es feliz mientras el tenis o la lectura duran. Creo, entonces, que la felicidad mayor es la lectura porque el partido de tenis tiene una duración finita y la lectura es goce infinito.

Posdata: Y ahí la llevo. Enamorado de este oficio, de este disfrute, de este gozo, de este destino maravilloso que la vida me concedió. Cada libro es una hermosa expectativa. A veces encuentro libros de siete punto seis que suben a ocho; en ocasiones, ¡maravilla!, libros sensacionales, de esos que los lectores llaman ¡inolvidables! Como yo tengo memoria muy endeble, sé que los olvidaré, pero lo que siempre me llevaré es el instante glorioso que sentí a la hora de leerlos.
Un día elegí ser lector y desde ese día mi vida ha sido un deslumbre. Los libros han sido mi elección. Tío Licho escribió dos libros de cuentos que nunca se publicaron, por ahí se perdieron sus originales. Él decía: “Escribo, porque mis manos abiertas tienen forma de libro”.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON HISTORIAS DE COINCIDENCIAS




Querida Mariana: El libro “El cuaderno rojo”, de Paul Auster, estaba en mi mesa de trabajo cuando escuché la noticia que Paul recibirá la medalla Carlos Fuentes de la FIL-Guadalajara. Se me hizo una coincidencia, porque el libro (lo saben quienes ya lo leyeron) narra anécdotas, precisamente, de coincidencias.
Paul no descubre el hilo negro. Todo mundo sabe que la vida está llena de coincidencias y de experiencias azarosas. Algunas son coincidencias divertidas, otras son misteriosas y algunas más son tremendas. Hay coincidencias, lo sabemos, que modifican vidas, de manera brutal.
El hecho que un libro de Paul estuviera sobre la mesa cuando dieron la noticia del galardón fue una coincidencia de arcoíris, de cuando llueve tierno y vemos en el horizonte esa parábola luminosa. Fue una coincidencia feliz, tal vez irrelevante para muchos, sin importancia. En mi caso me llenó de gozo algo tan simple, fue como el instante en que, en una noche cerrada, vemos una raya en el cielo y sabemos que fue una de las llamadas estrellas fugaces, instante que difícilmente volverá a repetirse.
Romeo no esperaba las coincidencias, él ¡las provocaba! Martha, muchacha bonita a la que amaba en secreto, siempre se topaba con él a la salida de su casa. Ella, por supuesto, durante las primeras ocasiones se sorprendió, luego comenzó a creer que Romeo la vigilaba, la perseguía. Romeo no se inmutaba, siempre que se topaba con Martha le decía: “Ve, ¡qué coincidencia!”, y le ofrecía una paleta de dulce o una galleta o un helado, que llevaba en un bolso que cargaba por todas partes, y sin preguntar la acompañaba dos o tres cuadras y se despedía. Martha, al principio, aceptaba el obsequio, pero luego comenzó a rechazarlo. Pensó que si aceptaba siempre era como abrir la puerta para que Romeo fuera tomando confianza y, con ello, abrogándose derechos que no le correspondían. Si Martha salía para ir a hacer tarea en casa de Rosy ¡ahí estaba Romeo! Y lo mismo cuando salía para comprar el pan, para ir a la papelería o para ir al ensayo de la estudiantina, en el auditorio de la escuela (donde ahora está el auditorio de la Casa de la Cultura). Siempre Romeo.
Claro, hay coincidencias que no son provocadas, sino que las otorga la vida. La tía Bety fue amiga de Rosario Castellanos. Una tarde, Pepe, hijo de la tía, llegó con la noticia de que el maestro de español (no sé si Pepe estudiaba la secundaria o la preparatoria en ese momento) les había dejado de tarea leer la novela “Balún-Canán”. La tía fue al librero donde tenía un ejemplar de la novela que había escrito su amiga de la infancia y se lo dio al hijo con la advertencia: “Me lo cuidás mucho”. Pepe leyó la novela, hizo una síntesis y regresó el libro. La tía colocó la novela en el librero. Diez o doce días después, mientras trapeaba la sala, la tía halló tirada la novela. Ella se sorprendió. Levantó el libro, recargó el trapeador en la pared, se sentó en un sofá y leyó algunas páginas de la novela. En la tarde llegó doña Estelita y, en medio de la plática, dijo que en la radio habían dicho que Rosario Castellanos había muerto un día antes en Israel.
Hay coincidencias misteriosas, pero hay otras que son dramáticas. Paul Auster cuenta algunas simpáticas, otras llenas de misterio y algunas que son trágicas.
En el libro “Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro”, del periodista Rafael Cabrera, éste dice que Elena, en un texto escribió una fecha, fecha que al paso de los años coincidió con una fecha fatídica en su vida personal. En la ficción también aparecen historias que coinciden con la vida real.
Las coincidencias que provocaba Romeo eran tan constantes que, una tarde, Martha salió de su casa para ir al ensayo de la estudiantina, llevaba una guitarra. Abrió la puerta, la tarde era bella, fresca. Martha cerró con llave y comenzó a caminar sobre la banqueta, llegó hasta la esquina donde una señora vendía elotes que asaba sobre un anafre. Martha vio hacia la derecha y luego a la izquierda, comprobó que Romeo no aparecía. ¡Lo extrañó!
Cuando Romeo me lo contó dijo: “Cuando vi que ella me buscaba, que me esperaba, pensé que ya había chingado. Ya extrañaba mi presencia”. Esa tarde, Romeo se había escondido detrás de un carro y desde ahí vio el comportamiento de su muchacha bonita. Al día siguiente, Romeo salió de su casa para ir a la de Martha y cuando abrió la puerta halló a Martha en la puerta de la tienda de enfrente. Martha sonrió y cuando Romeo se acercó, ella dijo: “Ve, ¡qué coincidencia!”.
Posdata: Sí. Martha y Romeo se hicieron novios.

sábado, 2 de septiembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UNA SUBIDA TAMBIÉN ES BAJADA




Querida Mariana: Cuando iba a la secundaria subía “la bajada” de San Sebastián o bajaba “la subida”. Era un poco como el juego del vaso medio lleno o vacío.
Subir o bajar depende del lugar en que uno está parado. Un poco como dice Juan Rulfo en la novela “Pedro Páramo”: “El camino subía o bajaba. Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube, para el que viene, baja”. Lo mismo me sucedía en el plano de la realidad. Si estaba cerca de la casa del maestro Paquito García la calle era bajada, pero si estaba cerca de la casa de la Coco Arredondo, la calle era subida. Pero yo jugaba y cambiaba el orden: cuando estaba parado en la parte de arriba y debía bajar decía: “Voy a bajar la subida” y viceversa.
Jugaba porque eso hacía que no me cansara a la hora de subir, o, bueno, no me cansaba tanto como los demás. Cuando salíamos de la escuela (ya cerca de las dos de la tarde), los alumnos debíamos cargar la máquina mecánica que usábamos en la clase de Mecanografía, que nos impartía el maestro Jorge. Ahora escribo muy rápido en el teclado de la computadora, lo hago con todos los dedos. Esto lo debo a las clases de mecanografía. El maestro era juguetón y, cuando uno estaba haciendo el ejercicio mecanográfico, pasaba y daba un “coshquete” en el huesito del codo (te explico, mi niña, el coshquete es el coscorrón). Los “coshquetes” eran práctica común de los maestros de ese tiempo. Pero, como la palabra lo indica, el coshquete era un golpe sobre la cabeza del alumno, sobre el coco. Era una manera de reprender. Si algún alumno hacía algo indebido, el maestro se acercaba al pupitre y, con la mano derecha, le daba un coshquete, esto hacía que el alumno corrigiera su comportamiento. Dolía. Sí, dolía. La primera vez que el maestro se acercó a mi pupitre y me “coshqueteó” el huesito de mi codo ¡me sorprendí! ¿Estaba haciendo mal mi trabajo? ¿Por qué me reprendía el maestro? ¡No! Luego entendí que era su juego. Le encantaba buscar el huesito del codo. Ya luego, cuando veía que el maestro se acercaba, yo pegaba mi brazo al cuerpo para no darle chance a que me “coshqueteara”.
Todo era un juego, pero luego me di cuenta que no todo mundo jugaba. Yo subía “la bajada” de San Sebastián, mientras mis compañeros subían “la subida” y esto hacía que subieran resoplando, sobre todo un querido amigo que, cuando estábamos en tercero de secundaria, comenzó a pretender a una compañera del segundo grado. La muchacha bonita dejaba que mi amigo, muy caballeroso, cargara su máquina mecánica en la subida. Él se acercaba y le preguntaba si podía acompañarla, ella aceptaba, entonces, como segundo paso, él decía que cargaría su máquina, ella se lo daba. Mi amigo se enredaba en la espalda y los hombros la correa de la mochila y cargaba ¡dos máquinas!, en la mano izquierda sostenía la de la muchacha bonita y en la derecha ¡la suya! Cuando yo llegaba al final de la “bajada” de San Sebastián (es decir, la cima) volvía la mirada y veía a mi compa sacando la lengua. Caminaba detrás de la susodicha, porque ella, en el instante en que mi amigo tomaba la máquina, se unía al grupo de amigas y, en medio de bromas y chanzas, se hamaqueaba de la risa mientras ignoraba a mi amigo que resoplaba como toro jalando la carreta.
Todo era como un juego, pero eso hacía la diferencia. Los comitecos, desde siempre, hemos sabido que nacimos en un pueblo maravilloso, en un pueblo juguetón. Los pueblos que son planos no son tan divertidos como los pueblos que, como Comitán, están llenos de subidas y bajadas. He visto en algunas películas, escenas donde un niño juega a jalar un carro donde va sentado otro niño. Uno se coloca el lazo sobre el hombro y avanza jalando el carretón donde va sentado su hermano menor. Se divierten, pero el ritmo de diversión es lento, casi aburrido, porque el piso es plano. En cambio, en Comitán, los niños de mi tiempo se daban la gran divertida cuando, desde arriba de la calle dejaban que la inercia soltara al carretón como bólido. Apenas le daban un ligero empujón en la cima. El carretón se deslizaba como piedra en alud y las risas del niño que iba trepado se agigantaban conforme la adrenalina excitaba los sentidos, porque la fuerza de gravedad imprimía velocidad al carretón cada segundo. A veces, el deslizamiento era tan fuerte y provocaba que el niño sobre el carretón se volteara y el niño caía y se raspaba y sangraba tantito. ¡Ah! Era maravilloso ver cómo la simple bajada provocaba tal emoción, tal disfrute de la vida. Había (como en cualquier pueblo del mundo) la certeza de que la bajada era más emocionante que la subida. Esta certeza aparecía en el momento que el niño debía jalar el carretón para subirlo a lo más alto de la calle e iniciar de nuevo la gran aventura del deslizamiento.
Yo, querida niña, nunca me subí a un carretón. Era un niño temeroso; era un niño cuidado en casa. Pero sí vi a niños que lo jugaban. Una vez fui a casa de Fernando (por el rumbo de La Pila) para hacer una tarea en equipo y vi a un grupo de niños que jugaba carretón en una de las bajadas. ¡Ah!, cómo lo disfruté. ¡Supe que ahí estaba concentrada la vida en su más cara esencia! La naturaleza proporcionaba el juego perfecto, el que, incluso, se podía jugar solo. Y como yo soy hijo único pensé que ese era un juego que podía jugar a la perfección, porque estaba acostumbrado a jugar juegos solitarios (hasta la fecha). El juego del columpio también podía jugarse solo. Había visto a un niño empujando a una niña que estaba sobre un columpio, pero cuando el niño se cansó, la niña se impulsó ella sola, caminó hacia atrás con las manos sobre las cuerdas y cuando estuvo parada casi de puntillas subió las piernas y el columpio hizo su prodigioso movimiento de péndulo.
Cuando vi al niño deslizarse sobre su carretón en la bajada, pensé que podía jugarlo en casa, sin necesidad de más participantes. Al día siguiente le pedí a Carmelino, quien trabajaba en casa, que, con arena y tablas, me hiciera un tobogán en el sitio. Carmelino cumplió la encomienda con dignidad. Cuando regresé a casa, después de estar en la escuela, corrí al sitio y hallé un tobogán en medio del árbol de durazno y el tapesco de chayote. Sobre un montón enorme de arena, Carmelino había tendido dos tablones. Mi mamá apareció con una cubeta llena de granos de maíz para alimentar a dos patos que teníamos en la casa. Preguntó para qué quería ese tobogán y cuando le expliqué dejó la cubeta sobre el piso, se acercó a inspeccionar el armatoste y dijo ¡no!, por supuesto que yo no me deslizaría en esas tablas, ¿había visto cómo la tabla estaba llena de astillas? ¿Había visto cómo estaban todos húmedos esos tablones? Quién sabe cuántos hongos tenían. Total que el tobogán hechizo sólo sirvió para que por ahí bajara mi estado de ánimo hasta chocar contra el suelo.
En la vida, la enseñanza de Rulfo es puntual. Se puede decir que la vida, ¡la vida!, “sube o baja según se va o se viene” (sin albur, por favor).
A veces he escuchado que alguien, con mucha experiencia, dice: “Yo vengo de regreso”; es decir, ya pasó por todo en la vida, ya nada puede sorprenderlo. Para estas personas todo es como en bajada. Ya hizo el esfuerzo de subir por los caminos, llegó a la cumbre y desde ahí presenció el majestuoso valle, a sus pies. Como se sabe, nadie (mortal) puede permanecer en la cúspide por siempre, llega el instante de la bajada. A esos viejos con experiencia los veo como a los niños de La Pila, cerca de la casa de Fernando, bajan con alegría y se divierten como si fueran abejas en medio de un campo lleno de flores.
No creo en ese dicho que dice que la vida es como “una rueda de la fortuna, porque a veces estás arriba y en otras ocasiones estás abajo”. No creo en ese dicho, porque, en su verdadera esencia, la vida es una simple subida y luego una bajada. Si vas ¡es subida!, si venís ¡es bajada! No hay más. Así lo demuestra el crecimiento de cualquier ser humano: el niño (quien va) es una planta con vocación de cielo; cuando llega a la madurez (ya viene) es un árbol con vocación de suelo. Todo es una simple línea que dibuja una parábola y no un círculo como nos han hecho creer los que pregonan eso de la rueda de la fortuna.
Sigo jugando el juego. Cuando estoy en el parque central y debo subir a Guadalupe, para llegar a la casa, imagino que subo “la bajada”. Paso por el negocio donde hacen duplicados de llaves y miro cómo el aprendiz coloca la llave original y el duplicado en una máquina que va recortando los bordes de la nueva llave; luego paso por una tienda donde ofrecen comidas para llevar; más adelante está el patio de maniobras de los transportes de La Trinitaria, las personas suben a la combi, se sientan y revisan sus celulares mientras llega la hora de la salida; luego aparece el aroma de las quesadillas del Café Gloria. Todo esto lo hago mientras subo la “bajada” de Guadalupe. Paso por debajo de una jacaranda que suelta sus pétalos secos y forma una alfombra morada en la banqueta. Camino con precaución porque el piso se torna más resbaladizo aún. Vuelvo la mirada y veo que ya subí tres cuartas partes de la bajada. Todo fue muy sencillo. Fue así porque no subo subidas ni bajo bajadas. Yo hago lo contrario: Bajo subidas y subo bajadas.

Posdata: Nunca entendí bien a bien un piropo grosero que un albañil le hizo a una muchacha bonita que pasaba por la construcción: “Hey, mamita, ¡subí! Te voy a hacer venir”. Nunca le entendí porque parecía contravenir las leyes físicas.

viernes, 1 de septiembre de 2017

DEFINICIÓN DE E




Cualquier diccionario dice que es la quinta letra del abecedario. A be ce de ¡e! A mí me encanta escribir lo anterior, sólo para constatar que la b (segunda letra del abecedario) contiene a la e. Lo mismo sucede con la c (tercera letra del abecedario) y con la d (cuarta letra del abecedario). Es decir, la e es la quinta letra del abecedario, pero está contenida en la segunda letra. Es tan simpática la letra e que está contenida en muchas otras letras del abecedario. ¿Lo checamos? Ya dijimos la be, la ce, la de y la e. Ahora vamos con las siguientes: efe, ge, hache, ele, eme, ene, eñe, erre, ese, te, ve y zeta. ¡Ah, bárbara! La e es casi imprescindible. Sin la e no hubiera abecedario.
Pero, además, tiene una gran capacidad de transformación porque logra el prodigio que ninguna otra letra posee: toma el lugar de la “y” cuando la palabra que sigue comienza con i o con hi. Hay chistes incluso que abordan esto que no es cosa de risa sino cosa de reflexión. El chiste cuenta que el alumno dijo: Aguja y hilo. El maestro, con la cara severa de sabelotodo, lo corrigió: “No, niño, no se dice aguja y hilo, se dice aguja e hilo. ¿Cómo se dice?”. Y el alumno dijo: “Hilo e aguja”.
Cuando alguien cuenta este sobado chiste no falta el que lo celebra. Pero, este celebrante ¿ya cayó en la cuenta de la maravillosa capacidad de transformación de la e? Cuando alguien dice mestizos y indios, el maestro advierte que, para evitar el hiato, debe decirse mestizos e indios.
¡Ah, qué increíble capacidad de la letra e! De simple vocal pasa a ser conjunción copulativa. Todo mundo sabe que cópula es la unión sexual de dos individuos. Así, la e, en graciosa sustitución de la y, une a dos palabras. Ya Cri-crí había advertido el sentido sexual de la dichosa letra e cuando, en la famosa canción de la marcha de las letras, dijo: “…ahí viene la e, alzando los pies, el palo de en medio es más chico como ves”. Los expertos en albur mexicano han detectado que hay dos palabras esenciales en estas líneas: palo y chico; es decir, acá, Cri-crí coloca los dos elementos necesarios para completar una cópula: el palo y el chico te mido (perdón, me ganó el espíritu alburero del fantástico Chava Flores). Cri-crí lo hace para señalar la virtud de la e. No hay otra letra que posea esta capacidad camaleónica.
Todo mundo emplea el famoso éjele, que es una interjección irónica. Sólo al pueblo mexicano se le pudo ocurrir inventar tal palabra que conlleva la ironía en sí misma y esto es así porque contiene a la e, cuyo sonido es el preferido de la lengua española. ¿Alguien podría soportar que la eñe se llamara aña o uñu o iñi? ¡Nadie! La eñe es simpática porque contiene a la e. Lo mismo sucede con el éjele. ¿Quién soportaría un ájala o un újulu? En cambio el éjele es gracioso de nacimiento. Los niños bromean: “Éjele, se le cayó el calzón”. La burla es simpática, sin ofensa. Bueno, se sabe que las palabras van tornándose duras a medida que el escucha crece. Si al niño le dicen: “Éjele, se le cayó su helado” no lo convierte en tragedia, como sí sucede cuando un adulto escucha la siguiente burla: “Éjele, perdió la candidatura”.
La e es la quinta letra del abecedario y se sabe que no hay quinto malo. Cuando menos eso era lo que decía hace treinta años el tío Chava. Hoy dice que ya no se sabe, porque en estos tiempos los quintos son escasos. ¡Vayan ustedes a saber!

jueves, 31 de agosto de 2017

CARTA A MARIANA, ¿CON MÚSICA CELESTIAL?




Querida Mariana: Pau preguntó: “¿Son partituras?”. Señaló los alambres y “las corcheas, fusas y semifusas” que habían dejado los pájaros. Vos y yo hemos hablado antes de ello, pero nunca habíamos pensado que fueran partituras. ¡Son cagadas de pájaros! Cuando los pajaritos se paran sobre los alambres ¡cagan! De ahí brotan esos macollos que son como sueños de orquídeas equilibristas.
Mi prima le explicó a Pau qué eran esos puntos. Yo pensé que crecer es triste. Conforme mi prima explicaba yo veía cómo se desinflaban nuestros globos: el de Pau y el mío, porque a mí me había encantado saber que eso que estaba ahí era una partitura. Y pensé si no era posible que algún músico tratara de interpretar lo que ahí había. ¿No es posible que un pianista toque lo que ahí se muestra? ¡Sólo como juego, por supuesto!
Recordé que de niño, mi papá quiso que yo aprendiera a tocar piano. Si en ese tiempo hubiese habido Casa de Cultura hubiera ido ahí. ¡No! No había casa de cultura. Entonces, mi papá le pidió a su amigo, el maestro Beto Gómez (que era mi maestro en tercero de primaria), que me enseñara. Así, una tarde llegué a la casa del maestro Beto y entré a la sala. En un extremo, cerca de un balcón estaba un piano. Una de sus hijas tocaba el piano (ella también recibía clases). Me maravillé. Sí, pensé, esto es sensacional, era prodigioso que con el simple juego de dedos pudiera crearse música. Me senté y escuché las escalas que su hija realizaba. El maestro Beto entró y me dio un lápiz y un cuaderno (después supe que se llamaba pautado). ¡La gran pauta! Me dijo que me sentara en el piso y que, usando como soporte la mesa de centro, escribiera una serie de dibujos que me enseñó: “Esta es una corchea y esta es una clave de sol y esta es…”. La hija se paró, bajó la tapa del teclado y yo me quedé solo, a mitad de la sala fría, en un profundo silencio, haciendo una plana de corcheas. ¡Eso no era lo que yo deseaba! Pero pensé que eso era como la novatada que siempre hacen a los principiantes. Estuve casi seguro que cuando terminara la plana, el maestro me llevaría hasta el piano y yo, con una leve inclinación hacia la audiencia, me sentaría, levantaría la tapa y comenzaría a practicar. Pero acabé dos planas y nada sucedió. Me hice para atrás y apoyé mi espalda sobre el sofá, en espera de que el maestro regresara. Así me halló el maestro cuando me despertó y dijo que me esperaba el próximo miércoles (las clases serían los lunes, miércoles y viernes). Me paré y ya salía de la sala cuando me llamó. ¡Ah!, pensé, por fin, ahora me dirá que me siente ante el piano. “Llévate el cuaderno para que hagas otras planas”, dijo y me dio el pautado. ¡Ah, la gran pauta!
¡No volví! No recuerdo qué dijo mi papá cuando le comenté que no volvería a la clase de piano, cuando le dije que eso de querer ser Mozart era muy aburrido.
Cuando Pau preguntó si eso era una partitura pensé que, tal vez, un amigo pianista, un gran pianista, como Luis Felipe Martínez, por ejemplo, podía llevar un piano a esa calle e interpretar esa música celeste. Estoy seguro que el genio del pianista podía interpretar esa serie de símbolos que son como corcheas y fusas colgadas en la partitura del cielo. Entonces, yo llevaría a Pau y le diría que escuchara y diría que sí, que era una partitura, una partitura escrita por sencillas chinitas que soñaban con ser cenzontles, con ser tiucas.
Posdata: Ahora que está tan de moda lo del Nuevo Modelo Educativo; ahora que un muchachito en un spot televisivo dice, frente al Presidente de la República, que a él le gusta aprender a aprender y no a memorizar, pienso que el maestro Beto debió unir la teoría con la práctica, debió llamarme frente al piano, poner uno de mis dedos en el teclado, hacerme apretar una tecla y decirme que eso equivalía a uno de los símbolos que yo había escrito en el cuaderno; debió hacerme escuchar la nota, porque yo creía que la música era el sonido que salía de la radiola que mi papá tenía en la sala. La música no era una serie de símbolos sobre un cuaderno pautado. La música era la serie de escalas que la hija del maestro tocaba esa tarde en que yo me puse a dibujar círculos blancos y puntos negros sobre un cuaderno.