miércoles, 10 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON EL GRITO: ¡ÉTALEAY!




Querida Mariana: No sé cuándo fue la primera vez que oí esta palabra: “¡Étaleay!”, así, todo junto. No sé, tampoco, de dónde viene tal acepción. Entiendo que significa algo así como: Ahí mero, justo en ese lugar. Porque se lo escuché, por ejemplo, a Rocío cuando el médico le preguntó si ahí estaba concentrado el dolor y ella dijo: Étaleay, donde el médico había colocado las dos manos sobre su abdomen. También la escuché cuando, muchachitos traviesos y buscadores del misterio infinito, Romeo colocó su mano izquierda sobre la rajadita de Emilia y ella dijo: ¡Étaleay!, a la pregunta de si ahí sentía más sabrosito.
Étaleay, entonces, significa el lugar exacto. Sirve para definir el sitio preciso de alguna compostura (en caso de que alguien busque dónde está el lugar para abrir el celular); el sitio preciso del erotismo (en caso de que alguna pareja ande en los primeros escarceos amorosos); o el sitio preciso donde se acomoda el deseo. Luis siempre contaba sus experiencias sexuales, en grupos de amigos y amigas, y siempre alentaba a que nuestras compañeras de preparatoria dijeran la palabra. Cuando alguna chica lo decía, Luis cerraba los ojos y contaba que su pareja la decía cuando él acercaba su mano en el sitio preciso.
La palabra es bonita. Dudo cómo se escribe. Tal vez el ay final no es de dolor, sino debe ser una contracción de ahí para indicar un lugar, pero luego pienso como Luis y digo que tal vez sí es ay de dolor, de un dolor tenue, casi agua, que se dice en el instante que la pareja logra tocar el punto exacto de la pasión (el punto G, dirán los entendidos). Entiendo la obsesión de Luis en este juego de lenguaje, de lengua (porque la lengua es el órgano que, como aventurero, busca el lugar preciso, el que, como decía el poeta de la cuadra, “ilumina la cicatriz de la noche”.
En ese tiempo de adolescencia, Rosaura también jugaba, decía, en mero comiteco: “Fiero mi modo, pero chula mi cara”, para decir que (como era) tenía un carácter de los mil demonios, pero (como era) tenía un rostro bellísimo, casi como si su carita fuera uno de esos rostros que los grandes pintores del renacimiento les ponían a las madonas. Rosaura lo decía siempre y cuando no estuviera Luis porque éste, la primera vez que Rosaura jugó, la remedó de la siguiente manera: “Fiero su modo, chula su cara y sabroso su culo”. Todos rieron al tiempo que la cara (chula) de Rosaura se puso tan colorada como si fuera un cielo a la hora en que el sol se oculta.
A final de cuentas, a Luis le terminamos diciendo “El étaleay”. Él se enojaba porque la palabra perdió su misterio, ya que cuando él la pronunciaba lo hacía cerrando los ojos. Rosaura decía que casi casi se erotizaba y que era un depravado. Los demás reíamos. Claro, desde entonces, pienso que todos los del grupo cuando escuchábamos la palabra, de inmediato pensábamos en una escena donde una pareja jugaba juegos de cama y cuando el muchacho acariciaba a la chica, ella, en un momento prodigioso, decía (en buen comiteco): “¡Étaleay!”, lo que significaba que el muchacho había dado en el clavo, que ahí debía seguir acariciando, bien con el dedo o con la lengua. Porque, habrá que reconocerlo, los hombres no saben el punto exacto donde las muchachas sienten bonito. Sólo los amantes expertos poseen tal conocimiento y debe ser porque, después de muchos intentos, lograron determinar el sitio preciso, el lugar donde las comitecas pueden (deberían) decir: ¡Étaleay! La palabra étaleay es como el metrónomo para el músico, como el teodolito para el ingeniero, como la brújula para el expedicionario.
Posdata: “¿Acá?” “¡Étaleay!” “¡Étale hay!” “Ahí mero, sí, sí, ahí. ¡Oh, mi Dios! Qué rico.”

lunes, 8 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN MUNDO LEJOS DE ARANA




Querida Mariana: Te cuento que en los años noventa participé en un programa de radio que coordinaban Rafael Aguilar, Rafa Araujo, David Tovilla, Débora Iturbe, entre otros entusiastas promotores culturales. El programa se trasmitía una vez a la semana, en horario nocturno, en Radio Lagarto-IMER, de Chiapa de Corzo. En ese tiempo estudiaba en la UNACH y me trasladaba de Tuxtla a Chiapa, en un vochito color crema, obsequio de mi papá, para cumplir con el compromiso radiofónico. Mi participación consistía en la lectura de textos de una serie que escribía de manera especial para el programa y que denominé “Arana”. Todos los textos comenzaban así: “Yo vivo en un mundo llamado Arana…”. Los textos bordeaban la orilla de lo erótico en un mundo fantástico. Una tarde, estaba en una cafetería con compañeros de la universidad cuando una muchacha que no conocía al enterarse que yo era yo me dijo: “Me encantan tus historias. Siempre las espero”. Eso fue muy satisfactorio. Cuando menos, pensé, a alguien le gustan mis historias radiofónicas y supe que valía la pena viajar de noche y gastar la gasolina (en tiempos que la paga era tan escasa como ahora).
El tiempo pasó. Un día (yo radicaba en Puebla), Rafa Araujo me llamó por teléfono. Dijo que Débora había sido designada como Directora del Sistema de Radio y Televisión de Chiapas y él era el Director de Radio Chiapas, era peso pesado en los medios de comunicación. Me dio gusto enterarme y lo felicité. Él me invitó a que colaborara. Acepté. Debo aclarar que en ninguno de los dos casos mencionados recibí paga, ni un solo centavo. Era el gusto de compartir con la audiencia, era una manera de apuntalar proyectos culturales a favor de la sociedad chiapaneca. Cada miércoles, un empleado del Sistema de Radio me llamaba y yo, por teléfono, leía mi colaboración para que la transmitieran en las estaciones del estado.
Hace como dos o tres años, una productora del programa “Andares”, del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía, llamó a la casa. Se presentó y dijo que ella había sido fiel escucha de los textos que leía en la radio, en tiempos de Araujo. Y me pidió si podía, ahora, colaborar con su programa. Dije que sí (sin paga de por medio, como siempre).
Ahora debía ir a la estación “Brisas de Montebello”, en La Trinitaria, para grabar mis participaciones. Ahora ya no fue en un vochito, sino en un tsurito. Una vez al mes, Lupita hacía favor de grabar mis colaboraciones, mismas que enviaba para que en Tuxtla les hicieran la producción y las emitieran en el programa “Andares”, que se transmitía en todas las estaciones de radio del estado.
Como siempre sucede, en ocasiones no trasmitían los textos. Entendía que el programa exigía la participación de otros colaboradores. No importaba. Yo, de manera responsable, gastaba mi gasolina y cumplía con mi compromiso. Pensaba: “Yo debo cumplir. Si se trasmite o no, ya no está en mis manos”. El programa significó un gran intento por acercar la cultura a la audiencia y eso, en un estado con tantas carencias, era muy relevante.
Todo esto, querida Mariana, para decir que ahora que vi, en redes sociales, el mensaje que leyó, de manera titubeante y atropellada, la nueva Directora del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía de Chiapas, tuve cierto escozor intelectual. ¿Debo seguir colaborando con la radio de Chiapas (¡radio pública!) cuando todo advierte que, a partir de este instante, en lugar de pensar en el bien de los ciudadanos, emplearán la radio para acuerpar un interés de grupo? Creo que, por dignidad, ya no debo hacerlo. ¡Ya no lo haré!
Cuando el editor de la sección de Cultura de El Heraldo de Chiapas comenzó a tijeretear mis textos decidí que era momento de retirarme. En ese momento dejé de enviar las Arenillas (que eran seguidas por dos o tres lectores de ese periódico), colaboraciones que enviaba sin recibir un solo centavo a cambio. Sabía que el periódico no necesitaba de mí, pero también, en un acto de dignidad, yo podía seguir caminando sin el periódico. Ahora pienso lo mismo. Quienes salen perdiendo son los dos o tres escuchas que, sin duda, disfrutaban las Aranas.
Continuaré compartiendo mis textos en las redes sociales y, sobre todo, en ARENILLA-Revista, la publicación bimestral, impresa, que llega a dos mil lectores y que, como siempre, tiene como objetivo apuntalar la auténtica identidad de nuestros pueblos y de aportar mi grano de arenilla para el desarrollo intelectual de los lectores.
Posdata: Es una pena que en la función pública no estén los mejores hombres y mujeres de Chiapas y, por el contrario, nombren a personas por el simple aval de la amistad y del compadrazgo. Es una pena que, en intento de hacer algo positivo por el estado, el creador Raymundo Zenteno intente, como candidato independiente, llegar a ocupar una curul en el Congreso Local (lugar que tiene un aire enrarecido que confunde y absorbe hasta al más íntegro). Y digo que es una pena porque Raymundo es un artista que ha hecho una labor importantísima para el desarrollo cultural de Chiapas, a través de la radio, con su programa “Radiombligo”. Si en Chiapas las autoridades amaran al estado ya habrían nombrado a Ray como Director del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía. Desde ahí, en un espacio que conoce y domina, seguiría sembrando espigas de aire puro.

sábado, 6 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON UNA FLOR LLAMADA LOLITA ALBORES





Querida Mariana: Hoy pronunciaré el nombre de Comitán, lo haré como si enredara un hilo de luz en la orilla de tu cabello. Hoy hablaré de doña Lolita Albores, cronista de este pueblo. Lo haré, porque ella falleció el seis de enero de dos mil seis. Hoy, entonces, se cumple el décimo segundo aniversario de su muerte. Sí, ¡doce años ya! Doce años en que Comitán se quedó sin ese río transparente que era la risa de jolote blando de doña Lolita.
En México, el seis de enero es una fecha proverbial. Todo mundo celebra a los Reyes Magos que llegaron a adorar al niño Jesús. Todo mundo se reúne y parte la tradicional rosca. Incluso, en el centro del país es costumbre regalar juguetes a los niños. En ocasiones, el regalo es más generoso que el que deja el viejo Santa Clos en el árbol, la noche del veinticuatro de diciembre. Esto se entiende, porque el Santa no tiene ningún vínculo con la tradición cristiana; en cambio, el obsequio de los Reyes Magos tiene un lazo muy fuerte con la cristiandad.
El seis de enero de dos mil seis, los amigos y familiares de doña Lolita no celebraron a los Reyes Magos, se reunieron para despedirla, porque ese día ella dejó de ser y se dejó ser. Esto no es un simple juego de palabras, lo sabés, esto es como decir que ella abrió la ventana de la eternidad y, en lugar de recibir el aire, se volvió el aire. Este aire que ahora, once años después, sigue ventilando los cuartos de nuestra casa común.
¿Cuáles eran las virtudes de doña Lolita? Una de las principales virtudes era ser una auténtica comiteca. En tiempos en que la identidad ya comenzaba a estar en proceso de extravío ella nunca abandonó ese cordón, ese mushuc esencial.
Doña Lolita fue tan comiteca como el cielo azul, como la flor de tenocté, como el árbol de chío del parque central, como un callejón empedrado, como un balcón lleno de macetas, como un corredor con helechos.
Las nuevas generaciones ya no reconocen su legado. Por eso es importante que Comitán la conmemore.
Es simpático constatar que el ser humano en vida celebra su cumpleaños. Los festejos comitecos son exquisitos. En ocasiones, todavía, hay marimba y manteado y juncia en el patio. A veces, ya en estos tiempos, la marimba se cambia por un tecladista y la juncia y el manteado se cambian por los pisos bien lisos de un salón de fiestas. Lo que siempre está presente es el traguito y la buena comida, que, en nuestro pueblo, es proverbial. No faltan los platos con frijoles refritos y chile de Simojovel; no faltan las tostadas de manteca y el chile en vinagre; no faltan las tortillas recién salidas del comal y el chicharrón de hebra o la sangre de borrego con su cebollita, hierbabuena y trocitos de chile. No faltan, no pueden faltar, los platos con chanfaina y con olla podrida; no faltan las tortillas con asiento ni el chile al pastor. Ni tampoco hacen falta los dulces, como postre: los quiebramuelas, los cuchitos, los turuletes, los chimbos y los laurelitos. Por fortuna, los antojitos se han mantenido. Los comitecos han comprendido (¡en buena hora!) que la gastronomía es uno de los elementos fundamentales de la cultura y la han preservado, contra el viento de los productos chatarra y la marea de la comida rápida que el imperialismo insiste en meternos.
Digo, querida Mariana, que en vida los amigos y familiares hacen guateque para celebrar el cumpleaños del afecto. Cuando el afecto muere, la vida agrega la conmemoración del fallecimiento. Esto significa pues que el festejo inicial se desdobla, se reproduce, se clona. Comitán conmemora dos actos: el nacimiento y el fallecimiento de doña Lolita; es una manera de decir que cuando ella murió se volvió el aire que ya mencioné. Eso sucede con todas las personas. El otro día me contaste que cuando murió tu abuela se volvió una presencia constante en tu vida. Sí, mucho más que cuando estuvo viva. Los que quedamos en la Tierra veneramos a los fallecidos, para que su ausencia no nos haga vacíos en el alma.
El Museo de la Ciudad conmemoró el doceavo aniversario del fallecimiento de doña Lolita. Las autoridades del museo me invitaron. Leí un textillo que titulé: “Una nube llamada Lolita” y que ahora comparto contigo.

Cuando murió tío Chavo, doña Rosa nos decía que allá arriba, en el cielo oscuro, el tío nos estaba mirando. Cuando una noche Arturo miró el cielo y preguntó dónde mero es que estaba el tío viéndonos, doña Rosa se limpió las manos en su mandil, señaló con el dedo índice y dijo: En aquella estrella.
Cuento esto porque a mí me resulta difícil pensar que doña Lolita Albores esté viéndonos desde una estrella. Me resulta difícil porque ya en la escuela secundaria aprendí que las estrellas son soles y hay millones y millones en el universo, pero no alcanzamos a verlas todas, apenas una fracción. Debe ser horrible estar achicharrándose en una estrella que es un sol ardiente.
Cuando pienso en doña Lolita, igual que Arturo, miro el cielo, pero juego, porque ella (así la recuerdo) fue juguetona, juguetona con el lenguaje y con las orillas y con el centro de la vida. Veo el cielo y juego a que ella es una nube. Y entonces juego el juego que todos jugamos de niños: busco una forma a la nube.
Doña Lolita, no puede ser de otra manera, es una nube galana, iría contra su personalidad pensar que es una nube tilibrís, pishcul. Así me resulta más fácil verla, porque la veo de día, a la hora que el cielo comiteco se llena de nubes que, como garzas, vienen de la Ciénega (de allá por el rumbo de Las Margaritas) y vuelan con rumbo a la presa de La Angostura.
El juego resulta entretenido porque debo hallar a doña Lolita entre tantas nubes que se desplazan como barcos en altamar. Cuando encuentro una galana sé que ahí está doña Lolita y la veo como un enorme globo transparente, y a través de esa transparencia la veo a ella, botada de la risa, porque acaba de contar un chiste. La veo destrenzada, con su cabellera generosa cayendo sobre sus hombros, porque eso fue ella: una cascada de alegría para este pueblo.
Luis Armando Suárez, en su libro “Entretejas. Artículos periodísticos”, de reciente aparición, dice que Torres Bodet fue “el más grande secretario de educación, junto con Vasconcelos”. Doña Lolita podemos decir que fue la Torres Bodet de la crónica comiteca, porque fue la más grande. Y fue la más grande porque este acto así lo corrobora. Acá hay un bonche de amigos que la recuerdan con fidelidad y con emoción, después de doce años de fallecida.
En los años ochenta, un grupo de amigos (recuerdo a Raúl Espinosa, a Paco Flores, a Jorge Pinto y a doña Anita de Baca) le organizó un reconocimiento en el Teatro de la Ciudad (todavía en una de las paredes del teatro hay una placa que es testimonio de tal acto). Cuando doña Lolita se enteró del homenaje dijo que no entendía por qué era objeto de tal reconocimiento, si ella no era una persona culta. ¡Ay, doña Lolita! ¿Quién podía explicarle que ella tenía en la mano la cultura comiteca? ¿Cómo decirle que era una auténtica hija de este pueblo y que con su memoria prodigiosa había logrado preservar el carácter picaresco y sabroso de nuestra cultura? Porque ella siempre preservó lo mejor de nuestro lenguaje.
A veces, digo, me boto en el piso y miro el cielo y busco a doña Lolita entre tanta nube. Cuando la encuentro, como Arquímedes, digo ¡Eureka!, porque sé que ella va a llover sobre mi parcela, ella va a llover sobre Comitán, su Comitán. Porque sólo ella se atrevió a quitarle el Domínguez a Comitán, ella, en lugar de decir que vivía en Comitán de Domínguez, decía que vivía en Comitán de los Tomates, tomate una, tomate dos, tomate tres…
Si alguien ya vio la película “Coco”, producción norteamericana con el tema del día de muertos, sabe que el difunto sigue viviendo mientras exista una fotografía suya en el altar que colocan los vivos. Cuando nadie coloca la fotografía del difunto, el muerto muere en el territorio de la muerte. El mensaje es que para que los muertos sigan vivos en el más allá, los vivos del más acá deben colocar fotografías de ellos en los altares; es decir, mientras los comitecos miremos el cielo y busquemos una nube galana y la encontremos y, como chiquitíos, juguemos a hallarle parecido, doña Lolita seguirá viviendo, regando con su agua limpia estas tierras benditas.
¡Que viva doña Lolita! ¡Aplauso en su memoria!

Posdata: ¡Que viva Comitán!

viernes, 5 de enero de 2018

DEFINICIÓN DE CINE




Quien dice cine dice magia. Es sensacional pensar que la magia se define por veinticuatro cuadros por segundo. Se sabe que la vida real tiene, cuando bien le va, un cuadro por segundo. Hay personas tan soberbias que viven su vida en cámara lenta; es decir, un cuadro les puede servir para ilustrar una hora o un mes o una vida completa.
No sé ustedes, pero yo conozco a un personaje que se quedó instalado en su juventud. Ahora tiene unos cincuenta y uno o cincuenta y dos años de edad y sigue comportándose como cuando tuvo dieciséis años. Principió a pensar la vida en cámara lenta y terminó congelando la imagen.
Cuando nos percatamos que en el cine pasan veinticuatro cuadros por segundo, entendemos porqué Emilio García Riera dijo que el cine era mejor que la vida. Por supuesto, en el cine pasa lo que no pasa en la vida. A pesar de que el cine, por definición, es un espejo de la vida (como el teatro o como la literatura), supera a la vida, porque siempre está en movimiento.
La belleza del cine está dada por el movimiento. En realidad, el cine no es más que una secuencia de fotografías, pero con la magia de la continuidad. ¿Qué sucede cuando un espectador, en su casa, pone pausa en el reproductor y detiene la imagen? El cine deja de ser y se convierte en una simple fotografía, plana y mediocre.
El cine, por supuesto, basa su riqueza en la imagen, pero en la imagen secuencial. La historia, después de todo, es un simple complemento, porque para historias está la literatura.
Los sabios recomiendan detenerse, de vez en vez; recomiendan la meditación. Pero esta recomendación es insustancial para la riqueza del cine. ¿Entonces? El cine ha pervivido por más de cien años, ha dado felicidad a millones y millones de espectadores en todo el mundo. Hay personas (cinéfilos les llaman) que han dedicado su vida completa al cine, no hacen otra cosa en la vida. ¿Por qué? Porque la vida es plana, es como una fotografía, no tiene la bendición de la secuencia sin paro. Esta palabra es el peor destino de los españoles, cuando los ibéricos escuchan la palabra “Paro” les provoca telele. ¡Claro! Los españoles han descubierto que detener la imagen de la vida es un problema serio. Ellos, sin mucha conciencia, descubrieron que la vida tiene que ser como el cine: secuencial, sin paros.
En México, al contrario, el paro se considera como un rasgo de nuestra personalidad. De acuerdo con las estadísticas del INEGI, ¿cuántos mexicanos son NINIS? Somos una sociedad que basa su identidad en la imagen del Chac-mool, en la contemplación permanente.
¿El cine es mejor que la vida? ¡Sí! No importan las historias, lo que importa es el movimiento, la imagen secuencial.
Lo que importaría en la vida sería tener veinticuatro cuadros por segundo. No detenerse.

jueves, 4 de enero de 2018

CASAS HECHAS CON PET




Clara Luz Conde Ramos se incorpora a la relación de amigos especiales de los lectores de Arenillas. ¡Gracias! Ya un día dije que Maricruz es primer lugar en “compartición” de Arenillas. Agradezco mucho esa complicidad, porque permite que mis textillos lleguen a más ojos, a más mentes, a más corazones.
No sé cómo le hace Clara para hallar Arenillas viejas. Hoy, por ejemplo, hallé en el muro de Clara una Arenilla que publiqué hace dos años. No sé cómo, la halló y volvió a subirla a la red. Ella, entonces, es una gran ambientalista literaria, porque recicla textillos. De manera optimista pienso que ella lo hace porque considera que no es justo que esas Arenillas permanezcan en el basurero cibernético. El acto que realiza es como lanzar una pregunta: ¿Estos textos viejos pueden todavía crear alguna emoción?
No sé si algún amigo de Clara se acerca a las Arenillas y las lee (¿cómo saberlo?). Lo que sí sé es que estas Arenillas reviven, gracias a la mano de ella. Su labor (la agradezco en el alma) es hurgar en la tierra y hallar plántulas que, por falta de agua, están escondidas, ya secándose, ya durmiendo el sueño de los justos, o de los injustos. Ella (bendita mano) les echa un poco de agua y vuelve a implantarles renuevos y ellas (plántulas nobles) sacan su carita fresca y reciben, de nuevo, los rayos del sol.
Digo que agradezco este gesto porque me demuestra algo que es importante para mi labor: la certeza de que las Arenillas ¡no caducan! Los textillos contienen algo que los hace vitales por siempre. Esto es bueno. Siempre he dicho que muchos textos periodísticos son como cerillos: dan luz por un instante y luego se apagan. Todos los escritores deseamos escribir un texto que rebase la temporalidad del periódico diario.
La importancia de un reciclado periodístico es que, por encima del polvo acumulado, aún tenga brillo. ¿Lo logran mis textillos? No lo sé.
Lo que puedo decir es que, hace pocos días, escribí acerca de una publicación reciente: “Entretejas. Artículos periodísticos”, de Luis Armando Suárez Argüello, y privilegié lo que acá expreso: La posibilidad de trascendencia. Los textos que Luis Armando escribió en el periódico (periódico que sirvió para limpiar cristales y para envolver un kilo de aguacate) dio el salto hacia la gran tribuna: El libro. Ahora, esos textos están (cuando menos en mi casa) colocados en un sitio de honor en un librero; ahora (bueno, dentro de poco) el libro estará en los estantes de bibliotecas, a disposición de cientos de lectores.
¿Cuántas Hemerotecas existen? No sé el número exacto, pero deben ser muy pocas en el país. ¿Bibliotecas? Ah, por fortuna, son muchas más en todo México. Esto tan obvio indica que los libros tienen más importancia que los periódicos. Las hemerotecas son para expertos, las bibliotecas son para todo mundo.
Lo que Clara hace al reciclar mis textillos es airearlos; amarra el hilo y vuelve a elevarlos como papalotes.
Hay días entonces, como hoy, que los amigos lectores de las redes sociales tienen dos Arenillas para leer: la que escribo para el día y la que Clara recicla. A veces caigo en la tentación y le doy una vuelta a la Arenilla reciclada. ¿Yo escribí eso? Y a veces, mortal después de todo, me siento orgulloso porque lo que ahí escribí algo bueno injertó en algún lector.
Me da gusto ver que mis Arenillas no son como manzanas podridas, echadas a perder. Me da gusto constatar que algunas (espero que muchas) resisten el paso del tiempo, que (se vale el lugar común) son como los vinos: ¡ganan en sabor!
¿Cómo le hace Clara para hallar esas antigüedades? No lo sé. Por esto, con permiso de todos mis lectores, digo que Clara Luz Conde Ramos es Primer Lugar en Reciclado de Arenillas.

miércoles, 3 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON JUEGO PARA TARDES DE LLUVIA




Querida Mariana: El juego puede jugarse una tarde lluviosa o con mucho frío. Imaginá que estás con tu novio y con dos o tres amigos más. Imaginá que están aburridos, que sólo se dedican (cada uno en su asiento del sofá) a ver el celular.
El juego es casi simple, pero es muy revelador. Acá pueden descubrir rasgos de la personalidad de los otros. Claro, al término del juego es importante señalar que fue eso: ¡un simple juego!, porque a veces se revelan filias y fobias que pueden causar rupturas imposibles de conciliar de nuevo. Es un mero juego que pretende divertir y reconocer personalidades.
¿De qué se trata el juego? De algo muy sencillo: Vos te parás a mitad de la sala, palmeás y pedís la atención. Todos te verán; es decir, despegarán por un segundo la vista del celular, segundo en que vos aprovecharás para proponerles que jueguen. Tu novio y los demás amigos te verán con cara de máquina registradora de gran almacén, pero como en su interior guardan algún recuerdo de los juegos que realizaban en familia cuando eran pequeños, esperarán lo que dirás. Este momento (como ya lo intuiste) es decisivo, deberás captar toda su atención e hincar en ellos el deseo de jugar. Así que, con voz emotiva y con grandes aspavientos, deberás sonreír (casi reír) y decir que cada uno debe cerrar los ojos por un momento y convocar un recuerdo que los haya marcado de tal manera que sea como el momento que puede sintetizar su vida. Agregarás que no es necesario que sea algo que les haya pasado a ellos, bien puede ser un instante visto en la televisión o en el cine o en un libro o que algún amigo o pariente les haya contado. Lo importante es que, entre todos los demás instantes de su vida, sea el más significativo, el que les provoca un sentimiento inolvidable, bien de terror o de satisfacción o de amor o de esperanza.
Vas a ver que para este instante ya todos dejaron su celular sobre el sofá o sobre la mesa de centro y preguntan si se vale algo que le haya pasado a la abuela, pero que fue terrible. Vos dirás que sí, que se vale todo. ¡Bueno, bueno, vamos a jugar! ¡A ver, todos cierren los ojos por unos segundos y busquen en lo más recóndito de su memoria la escena que sea la más significativa de su vida!
¿Mirás? Si el juego resulta honesto aprenderán, en pocos minutos, más de las personalidades de los otros que lo que han aprendido en toda su convivencia. ¿Qué pensás que dirá tu novio? ¿Qué los demás amigos? A ver, ¿qué dirías vos? Siendo honesta ¡qué dirías! En una novela escrita por José Damián Alfonzo, buen escritor de Costa Rica, un grupo de amigos juega el juego una noche de viernes, en el departamento de Rosaura. Apenas han tomado una copa de vino, así que todos están en sus cinco sentidos. Cuando abren los ojos y cada uno está ya con la imagen que compartirá, Rosaura les pasa una pecera que tiene papeles doblados, con números. Todos meten la mano, sacan su papelito y lo abren. Todos se ven. Emilio, quien es un muchacho estudiante de medicina en la universidad (UCR) levanta la mano y dice que a él le tocó el número dos. ¿Quién tiene el número uno? Joselino deja el papel sobre la mesa de centro y dice que a él le tocó. A pesar de que es un juego, Iliana muestra cierto nerviosismo, como si la imagen que tiene en la mente y que es la más importante para su vida fuera un secreto inviolable y no está dispuesta a compartir. Si un sicólogo estuviera presente casi casi podría asegurar que cambiará su historia. Joselino ríe y dice que la imagen que más lo ha impresionado en la vida es de una película donde vio que dos hombres, con traje oscuro, avientan a una mujer sedada en los cimientos de un gran edificio en construcción. El cuerpo queda totalmente cubierto por el cemento que vomita una revolvedora gigante. Rosaura se lleva la mano a la boca, mientras Joselino explica que ese es el crimen perfecto porque jamás hallarán el cuerpo. Todos los de la sala hacen silencio, Joselino toma su copa, la levanta y brinda: ¡Por la vida!, y luego apura a Emilio para que diga su imagen. Emilio se levanta y dice que la imagen que más le ha impactado en la vida es una escena que le contó una ex novia. Ella (Emilio explicó que se llamaba María) le contó que una tarde fue a una feria popular en compañía de su papá. Ella tenía ocho o nueve años. El papá le preguntó a cuál juego mecánico quería subir. La atracción de la feria era una especie de montaña rusa minúscula (se llamaba Ratón Loco). La estructura no era muy alta (en comparación con las montañas que hay en las grandes ferias mundiales), pero en contraposición los carritos desarrollaban grandes velocidades, lo que hacía el deleite de quienes subían, porque al principio los carros ascendían de manera lenta, lentísima, pero al llegar a la cima y desplazarse por la vía recta, ya a quince metros sobre el nivel de piso, los carritos aumentaban la velocidad y al toparse con la primera vuelta, los usuarios sentían el vértigo de la fuerza centrípeta que parecía aventarlos al precipicio. Pero los carritos continuaban desplazándose sobre la vía y diez metros después se descolgaban en un tobogán que aceleraba el movimiento y provocaba un vacío en el estómago. Los carritos llegaban al fondo y, con la inercia, avanzaban sobre una pendiente que terminaba en otra curva brutal. Su novia, dijo Emilio, vio toda la ruta mientras su papá compraba los boletos. Le dio vértigo desde el suelo, pero tomó la mano de su papá y supo que todo iría bien, le embriagaba la emoción. Subieron al carrito, se dejaron colocar los cinturones de seguridad y bajaron el gancho de protección. Ella colocó las manos sobre la barra de protección, vio a su papá y dijo que estaba nerviosa, el papá la abrazó y le dijo que todo iría bien, que lo disfrutara. La niña sonrió y sintió que la fila de carritos comenzaba a ascender, vio cómo las frondas de los árboles estaban casi frente a sus manos, vio hacia abajo y las personas parecían hacerse pequeñas. El ascenso fue lento. Los vecinos de adelante (una muchacha y un muchacho) levantaron los brazos. El carrito llegó a la cima y se enfiló por la recta, tomó velocidad, llegó a la vuelta y ella sintió cómo la fuerza centrípeta la jaló para afuera, gritó. Su papá le dijo que todo estaba bien, pero parecía no estar bien, porque los vecinos de adelante empujaron la barra de protección y soltaron el cinturón de seguridad, alzaron los brazos y, sin protección, vivieron el veloz descenso. A la hora que el carrito llegó a la sima y se dirigió hacia la subida, los vecinos se bambolearon de un lado a otro y cuando llegaron de nuevo a lo más alto y el carrito enfrentó la segunda vuelta ellos se pusieron de pie y salieron volando. ¡Se estrellaron en el piso! Ella pensó, en su mente niña, que los muchachos lo habían hecho a propósito. Las autoridades no dirían que fue un accidente sino un doble suicidio. La niña cerró los ojos, no quiso ver, sólo escuchó un ruido seco, como el de una calabaza que se abriera en mil pedazos al chocar contra el suelo. Todo mundo que estaba en la feria lanzó un alarido, luego se escuchó el sonido de una ambulancia. Ya habían llegado al término de la ruta, que no había tardado más de tres minutos. Su papá la cargó y ella alcanzó a escuchar, con los ojos cerrados, que una mujer gritaba: “¡Se mataron, se mataron!”.
Los amigos que estaban en la sala hicieron un silencio de piedra. Rosaura se cubría la mano con la boca, pero sus ojos gritaban el horror que sentía.
Joselino, en intento de oxigenar el ambiente raro que se había sembrado, levantó su copa y dijo: “¡Por la vida!”.
Rosaura metió dos dedos en la copa de agua y humedeció su frente. Dijo: “Bueno, parece que el juego no resultó divertido. Mejor lo dejamos así”, se paró y fue a servir un poco de botana en un platón.
Cuando regresó con el platón en las manos, Iliana dijo que no, que si ella, Rosaura, no quería compartir su escena, nadie la obligaría, pero ella, Illiana, pedía que le pusieran atención, así como ella había atendido las historias de Joselino y de Emilio. Dijo que no contaría la historia de otros ni de algo que hubiese visto en la televisión o en el cine, ¡no!, ella contaría una experiencia personal que la había marcado de por vida. Y contó.
En realidad, querida Mariana, la novela de JD Alfonzo se centra en el relato de Iliana para darle toda la tensión a su relato. Es sensacional.
En fin, cuando leí la novela se me hizo un juego extraño, pero maravilloso. Puede jugarse en tardes de lluvia o de mucho frío. Claro, aclarando a los jugadores que es un simple juego. Algo para pasar el rato.
Posdata: A mí me encanta la literatura y los juegos; es decir, me encantan los juegos de la literatura, los juegos que pueden jugarse a partir de la literatura.

martes, 2 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CON QUIÉN AMANECÍ




Querida Mariana: ¿Con quién amaneciste? Esta era la pregunta que Romeo hacía el primer día del año. Por supuesto que no esperaba recibir respuesta. Su objetivo era presumir, presumir que en la cena del año viejo, en la residencia de su tío Alfonso (con champaña, caviar, orquesta de cámara y más de doscientos invitados de la mejor sociedad) él había conquistado a fulana de tal y, con sus encantos (porque habrá que admitir que era seductor, de ojos azules, con gazné y manos de pianista), la había llevado a su departamento de soltero.
Por supuesto que cada uno de enero (para ir en consonancia con el año) era una nueva chica la que nos presumía. Sus amigos no se sorprendían, ya que eran los años noventa y las chicas no tenían problema con acostarse con muchachos apenas recién conocidos; lo que les sorprendía era que al contar su intimidad sacaba la punta de un calzón femenino (de seda fina) y aseguraba que esa prenda era de la susodicha. Algunas muchachas que se enteraban de las infidencias de Romeo decían que eso era una cochinada.
¿Con quién amaneciste?, preguntaba y si alguien, con la misma suerte, quería responder, él lo impedía en automático, porque apenas dicha la pregunta, él mostraba el pedazo de seda y contaba su aventura, contaba cómo la había conocido, qué le había dicho y cómo, a las dos o tres de la madrugada, habían abordado su jaguar y terminado bebiendo champaña en la sala de su departamento, con iluminación tenue y música de jazz. Se regodeaba en contar detalles, como la forma en que, bailando, la había conducido hasta la habitación y cómo, por ejemplo, con sus dientes, besando por aquí y por allá, había desabrochado el sostén de la chica.
Se volvió casi un ritual de año nuevo. Cuando se reunían los amigos en el parque central, no faltaba el amigo que, antes de saludar, preguntara: “¿Ya vino Romeo? ¿Ya les dijo quién fue la afortunada de este año?”.
Romeo murió, no sé, en 2002 o 2003.
Si yo hubiese conocido a Romeo y si éste siguiera vivo, iría a su casa, tiraría piedritas en la ventana y, cuando apareciera su rostro bellísimo en el marco, le pediría que bajara para contarle con quién amanecí este uno de enero.
Amanecí con Silvia, con Silvia Molina. Acá tengo el libro que es prueba fidedigna. Sonrío al pensar que enseño el libro como él mostraba el calzón de la chica afortunada. No creo que Silvia sea la afortunada, en realidad, siempre, los afortunados somos los lectores. No sé con quién amaneció Silvia, en realidad, en el plano físico, pero yo amanecí con ella, porque, a las cuatro de la madrugada, desperté y tomé su novela “En silencio, la lluvia” y la disfruté. Amanecí con Silvia. Me encanta este oficio de lector, en el que no debo poseer los dones de conquista que Romeo tenía. En mi oficio de lector basta extender la mano y coger a la elegida. Ellas, las chicas escritoras, jamás se niegan, siempre están dispuestas.
Amanecí con ella y me sentí bien. Hace muchos años leí su novelilla (ya considerada clásica, dicen los críticos): “La mañana debe seguir gris”, novela que disfruté mucho; más tarde leí “La familia vino del Norte”, novela que Fito me obsequió. Desde entonces le he seguido la huella a Silvia. Ahora, el libro que tengo en la mesa de noche es uno de esos que pueden llamarse de 2 por 1, ya que, además de la novelilla mencionada, trae otra que se llama “El amor que me juraste”.
Romeo, dos o tres años antes de morir, se disgregó del grupo. La mañana de un uno de enero, alguien del grupo de amigos dijo que Romeo ya se había tardado. Ellos querían saber cómo le había ido, así que subieron al Chevrolet de Arturo y llegaron a la casa de Romeo (ya había dejado el departamento y se había cambiado a una casa grande, fastuosa). Bajaron del auto y lanzaron pequeñas piedrecillas en la ventana de su cuarto. Vieron que una mano movió las cortinas y luego éstas regresaron a su lugar; escucharon que un perro ladraba adentro de la casa y luego oyeron que alguien corría la cerradura y abría la puerta. Romeo estaba en bata. Sin saludarlos, sin darles la mano, pidió a sus amigos que se fueran, casi los empujaba, dijo que luego llegaría al parque, que, por favor, sus papás habían llegado de visita y estaban desvelados, que la fiesta había sido apoteósica, ya les contaría. Sus papás descansaban, no quería que el borlote los despertara.
Sus amigos dijeron que estaba bien y caminaron hacia el auto. Arturo vio hacia la ventana y descubrió que la cortina estaba descorrida y un muchacho bellísimo los veía desde la altura. El muchacho estaba con el torso desnudo y llevaba una toalla blanca amarrada a la cintura.
Ya en el auto, todos juraron que el muchacho estaba a punto de abrir la ventana para apurar a Romeo, para que no se tardara. Romeo no llegó esa mañana al parque y, desde entonces, no volvió a reunirse con el grupo de amigos. Al poco tiempo cambió de lugar de residencia. Una mañana alguien contó que había fallecido en un accidente.
A veces recuerdo la historia de Romeo y su ritual maravilloso. Y digo que me hubiese gustado conocerlo, esperarlo en el parque y, adelantándome, preguntarle: “¿Con quién amaneciste?”, y antes de que respondiera me adelantaría para contarle que yo había amanecido con Silvia, con Silvia Molina.

Posdata: Llevo tres o cuatro años que elijo libros de autoras para leer en la noche del treinta y uno de diciembre y en la madrugada del uno de enero. Lo hago de snob, sólo para decir que amanecí con una chica, pero, tal vez, también lo hago como un homenaje en memoria de Romeo, quien era un seductor único.

lunes, 1 de enero de 2018

AL LADO DEL BUSTO DE ROSARIO




Estaba sentado en el parque central de Comitán. Al lado del bolero que tiene su changarro junto al busto de Rosario Castellanos. El bolero limpiaba un par de zapatos, yo miraba a los niños que corrían detrás de una paloma, y veía a una muchacha bonita que empujaba una silla de ruedas donde iba su abuela. Eran turistas.
Veía cómo un par de muchachos se paraban para tomarse una selfie que tuviera de fondo el busto de Rosario y el edificio del Teatro Junchavín. Ella mostró su sonrisa perfecta y él la tomó de la cintura. Veía cómo el sol del mediodía jugaba como si fuera una niña sobre un patín del diablo.
Veía esto cuando, en la banca cercana, se sentaron dos hombres, uno más joven que el otro. ¿Cuántos años tenía el mayor? No sé. ¿Sesenta y feria? La feria parecía estar ya avanzada. Tal vez ya arañaba los setenta. El hombre joven alzó la mano y saludó a dos mujeres que subían por la escalera. Las acompañaba una niña. La niña vio al hombre joven, corrió a abrazarlo y dijo: Papi, papi. Llegaron las dos mujeres, una más joven que la otra. ¿Cuántos años tenía la mujer joven? No sé. Tal vez cuarenta o un poco menos. Deduje que era la esposa del hombre joven y la madre de la niña. Ésta subió a la banca y dijo a su abuela que iría a saludar al reno y saltó la banca y subió a la jardinera y saludó al reno de plástico ya un poco desinflado. La mamá sacó su celular y le tomó una foto. La niña saltó de nuevo la banca y abrazó a su abuela. La mujer joven dijo que irían al mercado a comprar dulces y llamó a su hija y a la mujer mayor que, deduje, era su madre.
Los dos hombres se quedaron solos. El hombre joven dijo que su viaje de regreso estaba programado para el sábado. El hombre mayor dijo que sí. Se hizo una pausa, el viento fresco aleteó sobre nuestros rostros. Fue entonces que el hombre mayor, como si el viento hubiese prendido la perilla del encendido, dijo: “Acá estaba el Cine Comitán”, y señaló hacia la calle donde estaba el cine, a media cuadra. Luego dijo: “Nosotros estudiábamos en la secundaria que estaba allá” y señaló hacia el frente, hacia donde ahora está la casa de la cultura, y continuó: “Una vez vino Andrés Soler y, en el intermedio, pidió ir a jugar billar. Le dijeron que había un billar acá, frente al parque, era el billar de Lampo “manchado” y don Andrés fue a jugar, seguido de una bola de admiradores. Don Lampo lo vio entrar, lo saludó y preguntó qué deseaba, don Andrés dijo que quería jugar carambola. Acá en Comitán jugábamos de “palito”, se colocaban tres palitos de madera sobre la mesa”. El hombre viejo se paró y señaló con su mano hacia el portal donde ahora está la Farmacia del Ahorro. Y siguió con su relato: “Don lampo dijo, ¿quién de ustedes, cabrones, va a jugar contra don Andrés? Don Lampo se llevaba así con todos. Nadie dijo nada. Levanté la mano y dije: “Yo me chingo a don Andrés” y fui a tomar un taco. Yo era bueno para la carambola de tres”. Y ya no me enteré si el viejo le ganó a don Andrés o éste le dio una clase de billar, porque se acercó Javier y se sentó conmigo y me comenzó a platicar qué estaba haciendo a fin de año, un año difícil, un año en que casi no hubo chamba, pero ahora está haciendo unas bases para depósitos de gasolina. Ya no vi a qué hora se fueron los dos hombres, no vi si las mujeres habían vuelto o ellos habían ido a alcanzarlas, total, sabían que estaban en el mercado. Me quedé con la historia incompleta, pero con la certeza de que en cada casa comiteca hay un testimonio de vida, un pedazo de la historia común.
Sería muy interesante que cada uno contara sus vivencias, sus recuerdos; que cada uno aportara sus piezas para completar nuestro rompecabezas.
Quiero pensar que el hombre mayor (paisano, sin duda; tal vez suegro del hombre joven; anfitrión de los viajeros) hablaba de los tiempos en que los artistas del cine mexicano recorrían las plazas del país en aquellas famosas caravanas; caravanas que trajeron a Pedro Vargas, a nuestra paisana Irma Serrano, a un jovencísimo Juan Gabriel, a Tun tún, a Mantequilla (a los dos Mantequillas, el actor y el boxeador) y a Santo, el enmascarado de plata.
Javier se despidió y seguí sentado un rato más. Me quedé viendo otro rato cómo el bolero daba los últimos trapazos al par de zapatos. Y pensé en lo obvio, en que el Cine Comitán y el billar de don Lampo revivieron tantito en mi mente y en mi corazón gracias al recuerdo de ese hombre mayor, hombre que conserva una parte importante de la memoria colectiva de los comitecos. ¿Le habrá ganado en el billar al famosísimo don Andrés Soler? Ya nunca lo sabré.

domingo, 31 de diciembre de 2017

DEFINICIÓN DE ESCRITORIO




Según tío Lacho, el escritorio no es un objeto recomendable. Desde hace mucho oigo que dice: “Esos funcionarios son unos tontos, hacen programas desde el escritorio”. Sé porqué tío Lacho lo dice. Lo dice porque los funcionarios de gobierno, en lugar de estar sentados frente a sus escritorios, deben salir al campo, a la calle, a palpar, con la piel, cuál es la situación del país. ¿Cómo sobreviven los mexicanos de la calle? Los funcionarios, dice tío Lacho, no pueden saberlo, porque no se llenan los pies de lodo y de polvo, su conocimiento se basa en lo que llega hasta sus escritorios de lujosas oficinas.
Pero, lo que tío Lacho olvida es que el escritorio es un objeto luminoso, porque muchos de los grandes cambios de la humanidad se han hecho sobre ese chunche que, en ocasiones, no es muy lujoso, en ocasiones es como una simple mesa de madera. Es decir, el escritorio no es bueno para funcionarios de la Secretaría del Campo, pero sí es un chunche genial para los escritores, para los poetas y, en general, para todos aquellos creativos que, a ratos, deben sentarse para pasar al papel o en computadora las genialidades que se les ocurren. Creo que Einstein no pudo elaborar su Teoría de la Relatividad sin la ayuda de un escritorio; creo que Picasso no pudo elaborar el boceto inicial del Guernica sin un escritorio. ¿En dónde se han escrito las grandes novelas que son el pan nuestro de cada día?
El mundo no puede concebirse sin el escritorio. Jorge cuenta que fue concebido en un escritorio; cuenta que sus papás trabajaban en una empresa de publicidad y una tarde en que el sol se colaba por las persianas, ella (su mamá) se sentó sobre el escritorio de él (su papá) y éste se acercó, la rodeó con sus brazos y luego con sus piernas y ahí, sobre el escritorio, hicieron el amor. Jorge dice que ella (su mamá) estaba iluminada por una luz ambarina, que tenía la luz de un fogón a punto. No sé cómo Jorge lo sabe, si aún no era proyecto de vida, si aún era una simple bola de masa sin cocer.
Sí, el escritorio ha servido como lecho de apasionados amantes o como mesa para quienes sacian su hambre o como mesa de juego de barajas españolas o como atril para lectura o como improvisada mesa de ping pong o como carretera para los carros de los niños que juegan. El escritorio es uno de los objetos más utilitarios del mundo. En un cuento de Óscar Andrade, el personaje se esconde en cinco ocasiones debajo de un escritorio: una para ocultarse del jefe; otra para sorprender a la novia; una más para comer en la oficina en horas no apropiadas; la cuarta vez para esconderse antes de asestarle un golpe con bat en la cabeza de la novia; y la última para huir de la persecución policial. Recuerdo que la primera imagen del primer día de clases en la primaria fue la de Ramiro (en ese instante no sabía que así se llamaba), con sus manitas agarrando la superficie del escritorio de la maestra, no sé por qué supe que esa iba a ser la imagen permanente de la escuela: la de un náufrago que se sostiene con sus manos en la barandilla del barco.
La definición del diccionario es limitada. El diccionario de la Real dice: “Mueble cerrado, con divisiones en su parte interior para guardar papeles y, a veces, con un tablero sobre el cual se escribe”. ¡Ah, qué tontitos los académicos! Su definición de escritorio da relevancia a las divisiones para guardar papeles y relega la función principal: la del tablero sobre el cual se escribe. Esta definición no dice lo principal: Que el escritorio sirve para formular sueños y para bocetar los destinos mejores del mundo. No dice que ahí se dibuja, que ahí se come, que ahí se coge; que ahí se construye mucho de lo mejor de la vida.

sábado, 30 de diciembre de 2017

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE PONCHE




Querida Mariana: Una serie de sensaciones rodea los festejos de fin de año. Los seres humanos estamos condicionados por la historia personal y común que hemos vivido, por la humedad de la lamita del nacimiento y por el aroma del ponche que salía desde la cocina de la casa de los abuelos.
Muchos amigos regresan a sus lugares de origen. Por alguna circunstancia radican en lugares lejanos a los de su nacimiento. Algunos amigos estudian en países tan lejanos como la India (Alonso); otros viven en la Ciudad de México por cuestiones de trabajo (muchísimos comitecos); y otros (Alicia, cuando menos) radican en países insólitos porque conocieron a alguien nativo de esos lugares y se hicieron novios y se casaron y ahora allá tienen sus motivos de vida. Pero ellos se dan la oportunidad de volver en vacaciones de navidad. ¿Qué los hace regresar con una mirada llena de esperanza? Sus familiares, por supuesto, pero también los lugares que caminaron de niños. Alfonso me dijo que halló poco de lo que dejó, un poco (dijo) como si al camioncito de madera le faltara algunas ruedas y la parte superior de la cabina, halló un camioncito despintado, pero (confesó) eso fue lo más hermoso, porque él, en un ejercicio de imaginación y de nostalgia, debió completar el carro, tomarlo con sus manos (callosas y llenas ya de estrías) y llevarlo a su pecho. ¿Mirás qué maravilla? Sí, Alonso, después de muchos años de no regresar a Comitán encontró pedazos de su pasado, pasado que es parte de su ser.
¿De verdad Comitán es un carrito de madera ya despintando y sin ruedas? Algo hay de eso. El otro día, Lucy dijo que cuando leía uno de mis textos imaginaba un Comitán más digno, porque el Comitán real es sucio y con la cara chimuela. Sí, es cierto, Lucy tiene razón. El otro día caminé por el parque central, lo hice con la mirada de un turista y con la atención de un hombre viejo (en este 2017 cumplí sesenta años, por lo que, oficialmente, pasé a formar parte del ejército de integrantes de hombres y mujeres de la tercera edad. ¡Tercera edad! ¡Qué fea designación! Soy de los viejos que creen que la palabra viejo es más digna). Caminé y hallé lo que muchas veces he dicho: huecos en el parque y lajas quebradas, lo que provoca torceduras en los caminantes; hallé un registro de agua que es un riesgo permanente para los peatones (esa trampa está al lado de la escultura hecha por Luis Aguilar). Una mañana platiqué con el maestro Horacio Nucamendi, director de Atención Ciudadana, del Ayuntamiento, y en nombre del pueblo de Comitán (sobre todo de nosotros, los viejos) le pedí que arreglaran esa trampa y me ofreció hacerlo. Ya pasaron más de cuarenta días y todo sigue igual. Bueno, no sigue igual, cada vez se deteriora más el parque. Y hablo del parque central porque es el espacio que da la bienvenida a los turistas, es el corazón de nuestra ciudad. ¿Has caminado por la banqueta que está frente al portal de la Farmacia del Ahorro? ¿No? No lo hagás. La banqueta está carcomida, tiene muchos huecos que, sin duda, han ocasionado accidentes a los peatones que, en lugar de ver hacia abajo, tratan de gozar la belleza del cielo comiteco y del entorno. Ese día me senté en la banca corrida que está en el borde de las jardineras y, durante una media hora, vi qué sucedía. Miré lo que ya estás pensando: dos personas tropezaron y estuvieron a punto de caer al arroyo, donde pasan los autos. Decidí no seguir viendo, porque me da pena y asumo culpas ajenas cuando soy testigo de un accidente. Un día, el presidente municipal de Comitán lanzó una propuesta interesante: Cualquier ciudadano podía mandarle la fotografía de un bache y él se comprometía a cubrirlo. Cuando vi esa publicación pensé ir al parque central y tomar fotos de todos los huecos que hay en la plancha y de los baches que existen en las calles aledañas, sobre todo en la calle que está frente a la casa de la cultura y del templo de Santo Domingo. ¿Has pasado por esa calle? Está llena de hoyancos, decenas y decenas de piedras ausentes han creado decenas de huecos que han causado doblones, luxaciones y fracturas de pies de muchas personas. ¿Qué necesidad hay de que caminemos por espacios tan peligrosos como campos minados de una guerra mundial?
Cuando saludé a Alonso, él me dijo que esto era en todo el mundo. ¿De veras? No lo creo. Sí, dijo él, en la India también hay un gran desorden en sus ciudades. Dijo que Nueva Delhi tiene muchas zonas que parecen basureros. Nada le dije a Alonso, pero pensé en ciudades de Holanda, ciudades que no conozco físicamente, pero que he visto a través de fotografías y pensé que los comitecos debemos imitar a aquellas ciudades. Por ejemplo, cuando vi los parques miniaturas que IMPLAN ha colocado en algunos puntos de la ciudad (frente al módulo turístico del Ayuntamiento, frente a las oficinas de la Comisión Federal de Electricidad, y frente al Museo Rosario Castellanos) pensé que ese es un camino indicado para hacer de Comitán la ciudad digna que nos merecemos, una ciudad en donde se devuelva el lugar de privilegio que los peatones tuvimos años atrás.
Ahora que mencioné el Museo Rosario Castellanos sería bueno decirle a Hugo Fritz que su insistente propuesta parece que fue tomada en cuenta. Ahora pocos, muy pocos (nunca faltan los “modernos”) lo mencionan por las siglas, medio mundo lo está nombrando con el nombre completo que Hugo demandó: Museo Rosario Castellanos. El Logotipo del inmueble así lo consigna. En buena hora.
A Comitán hay que regresarle sus llantitas y los elementos que ya están oxidados y, luego, darle su pintada, una buena pintada. Lo que no se vale es el arreglo de utilería, la simple escenografía. Si sigo con el ejemplo del parque central creo que vale muy poco que, en estas épocas, se adorne con lucecitas y con bellos arreglos, si su piso está lleno de huecos que ocasionan accidentes. No puedo imaginar que en la casa de Alonso regaran juncia para tapar los huecos del patio central. ¡No! El carácter del comiteco no es así. Cuando sabemos que llegarán nuestros familiares que radican en otros lugares nos esmeramos en el arreglo de la casa, llamamos a un albañil y vemos que coloque los ladrillos que, por el uso, se han desgastado; los huecos de las paredes se resanan y luego se pintan y luego se colocan los festones. Nadie, ¡nadie!, de manera consciente y responsable, tapa los huecos con lucecitas.
Un mes después de mi atenta petición, me topé con el maestro Horacio Nucamendi, en una de las calles de Comitán, cuando me vio me dijo: “No me he olvidado de tu petición” y rio con esa risa sabrosa que tiene. Yo respondí: “Yo tampoco lo he olvidado, maestro. Abrazo”. Sé que él tiene muchas encomiendas por resolver, pero ahora vuelvo a hacerle la petición y la hago extensiva al presidente municipal: ¿No pueden mandar una cuadrilla de obreros para tapar los huecos de la plancha del parque y de las calles aledañas? ¿De verdad no se han dado cuenta de la cantidad de huecos que ahí hay y que provocan una mala impresión para los turistas y que son peligro constante para los habitantes del pueblo al que ellos están obligados a servir? ¿Qué pasó con las promesas de campaña?
Sé que esto no es flor de un día; es decir, este desarreglo no es producto de esta gestión administrativa. No. No digo esto. Todo mundo sabe que esto es consecuencia de la desatención de administraciones pasadas, pero esto no debe ser pretexto para no darle solución. ¿Quién remedia el problema? ¿Quién?
A mí, como a medio mundo, me daría gusto recibir a nuestros visitantes y a nuestros paisanos en el mejor Comitán posible. Restituirles el cariño que tienen enraizado. Recibirlos con los brazos abiertos y con las calles limpias y con las plazas iluminadas. No es así, es una pena. Cada vez más las autoridades se empecinan en quitarles más llantas a nuestro carrito.
Como dijera Alonso: Esto no es privativo de Comitán. No, no lo es. He visto fotografías en las redes sociales donde el centro de San Cristóbal de Las Casas está lleno de carpas, igual que acá en Comitán. Pero, querida mía, has de coincidir conmigo que esta comparación no es correcta; es decir, nosotros debemos marcar la diferencia.
Hace años, en el parque central me topé con un visitante y, en voz baja, me dijo: “Tu ciudad está más bonita que San Cristóbal”. Tal vez él admiró la tranquilidad del parque, en comparación con los ríos de gente que pueblan el centro de aquella admirada ciudad.

Posdata: En esta temporada regresan los nuestros y nos visitan los ajenos. Los primeros vienen porque acá está sembrado su corazón; los segundos vienen a degustar los frutos de ese corazón. ¿Es justo recibirlos con luces de utilería, en medio de huecos que provocan fracturas en sus pies y en sus espíritus? No creo que eso sea justo. ¿Quién de los gobernantes nos demuestra que ama a este pueblo y ama a sus paisanos?

viernes, 29 de diciembre de 2017

UNA NOVELA CON EL NOMBRE DE EUGENIA




Mariana me preguntó qué leía. Le dije que comenzaría a leer “Berta Isla”, de Javier Marías, autor español; le conté que el escritor Ornán sugirió, en Facebook, dicha lectura y volé a Lalilu (librería comiteca) a comprar un ejemplar. Mariana, comiendo una paleta de chimbo, dejando que el aire se regodeara con su cabellera, preguntó por qué la novela se llamaba “Berta Isla”. Dije que es el nombre de la protagonista. Me vio, dio la última mordida a la paleta, guardó el palito en una servilleta (eso de guardar el palito es sin albur, por favor) y dijo que esa era la lección. No entendí. Entonces, dándose aires de muy conocedora, dijo que Marías es un autor que aparece en la relación de nominados para obtener el Nobel de Literatura. Se paró y dijo que la acompañara hasta el basurero para que tirara la servilleta. En el camino, mientras esquivamos a un borracho que estaba tirado sobre el pasillo del parque de San Sebastián, me dijo que Marías ha vendido millones de libros en el mundo, ¡millones!, y me preguntó cuántos ejemplares había vendido de mi más reciente novelilla: “Siempre aparece un elefante llamado Doko”. De inmediato apareció la cifra de dieciocho en mi mente. Sí, a la fecha se han vendido ¡dieciocho ejemplares!, ni uno más ni uno menos. ¡Uf! Me puse ligeramente colorado. Tal colorete fue producto de una cierta vergüenza. Bueno, pensé, no soy Marías. Pocos, le dije a Mariana, dije que se han vendido pocos ejemplares de mi novelilla.
Nos sentamos en otra banca, ya en la periferia del parque. Vimos a una muchacha bonita que llevaba un perro con correa.
Mariana me pidió que la viera. Lo hice. Frente a frente me dijo: “¡Escribe una novela para mí!”. Lo dijo de manera autoritaria, con un tono de voz parecido a un quejido de Andrés Manuel revuelto con una excitativa estilo Hitler. ¿Qué?, pregunté. Sí, dijo ella, escribe una novela que se llame “Mariana”. Sonreí. Traté de hacer un chiste. Dije que ya mi tocayo Benito Pérez Galdós se había adelantado al escribir “Marianela” y canté: Mariana, Marianela. Lela, dijo Mariana, ya molesta. Y entonces comentó que Balzac había escrito “Eugenia Grandet” y que Jorge Isaac había escrito “María”. ¿Sabía yo cuántos ejemplares se han vendido de “Eugenia Grandet”? ¿Tenía idea de cuántos miles de ejemplares se han vendido de “María”, a pesar de ser una novela más bien mediocre? ¿Tenía idea? Dije que no sabía bien a bien, pero que las ventas, sin duda, eran soberbias. ¡Eso!, dijo Mariana, ¡soberbias! Y dijo que eso es lo que debía hacer y me metió un puñal, dijo que, sin duda, no había vendido más de cincuenta ejemplares de mi más reciente novelilla. ¿Verdad?, preguntó, ¿verdad que no has vendido más de cincuenta? Yo pensé que cincuenta era una cifra soberbia, comparada con la real de dieciocho. Nada dije, qué iba a decir.
Y entonces Mariana siguió y dijo que ahora Marías había agregado un nombre de mujer a la relación de novelas importantes del mundo: ¡Berta Isla! Dijo que, en estos tiempos de empoderamientos de mujer, tiempos de ideas feministas, el hecho de que una novela lleve el nombre de una mujer es un elemento a favor de la mercadotecnia. Ellos, dijo Mariana (y entendí que se refería a Balzac y a Marías) escriben novelas que se venden, que se ven – den. ¿Oíste?
Yo iba a decirle que no soy Balzac, que no soy Marías, bueno, que ni siquiera soy Isaac. Pero luego pensé que Molinari tampoco es manco ni es menos que ellos. Pero nada dije, qué iba a decir. ¿Qué iba a decir si sólo vendo dieciocho ejemplares?
Mariana se paró y dijo que ya comenzaba a hacer frío, que tenía una cita con su tía Elena, que un ponchecito con piquete lo esperaba y que también su novio lo estaba esperando.
¿Una novela con el nombre de ella? ¿De verdad? ¡No! No soy Marías. Los libros de él se traducen a muchas lenguas. Mis libros vuelan en círculos pequeños, como si fueran tzisimes y apenas salen del agujero son metidos en una cubeta de agua y ahí se ahogan y se doran en los comales. Sí, los libros de Marías son vuelo de águila.
¿Una novela que se llame Mariana? ¿Qué hable de Mariana? ¿Qué cuente todo de ella?
Sé que dos o tres amigos dirán que sí, me alentarán para que lo haga, pero cuando el libro esté a la venta ¡no lo comprarán! ¿Por qué? No lo sé. Son los misterios de la mercadotecnia.

jueves, 28 de diciembre de 2017

CALLES SILENCIOSAS




A veces camino una calle y pienso que, la mayoría de ocasiones, los peatones tomamos el acto como algo irrelevante. Cuando no hay el conocimiento de lo que esa calle significa, la caminamos como si nada.
Y digo esto, porque la otra mañana caminé por la bajada que va al mercado Primero de mayo. Cuando llegué al mercado pensé que, por esa misma calle, había pasado Rosario Castellanos, siendo niña, ya que en su novela “Balún-Canán” cuenta su experiencia. Llegué a la esquina y me topé con la tienda que ahora atienden los herederos de don Óscar L. Pinto, quien, escaso de cabello, fue motivo de muchas bromas de los muchachos preparatorianos de los años setenta. Algunos maldosos hablaban por teléfono y le preguntaban si vendía shampoo para evitar la caída de cabello, cuando respondía que sí, le decían que lo usara. Don Óscar se enojaba pero nada decía, era un hombre muy mesurado, mientras los muchachos, del otro lado de la línea, se botaban de la risa. Hoy, esos muchachos traviesos ya superan los sesenta años de vida y, muchos, ya perdieron el cabello. ¡Ah, el karma es irreductible!
Seguí caminando y pasé por la botica de don Manuelito Pinto, quien fue asistente de Belisario Domínguez, y luego atendió su propia botica que era un tesoro de la primera mitad del siglo XX, botica que contenía bellos frascos de porcelana colocados sobre un estante de madera, pintado en color azul. Enfrente está el Colegio Regina (que cumple setenta y cinco años de servir a la región) y fue edificio que, también, alojó la escuela del Maestro Mariano N. Ruiz (“La industrial”). Ahí, en ese edificio, don Mariano escribió su libro “Nueva Teoría Cósmica”, donde coloca a la ley de la gravedad como uno de los principios fundamentales del origen del universo. Si bien dicho libro no cambió la historia del mundo, el descubrimiento de la fluorina como agente inhibidor de la caries bastaría para colocar a don Mariano en la relación de científicos ilustres del mundo, al lado del descubridor de la lámpara eléctrica, al lado de Arquímedes, al lado del descubridor de la imprenta y del descubridor del cine.
Llegué a la esquina donde está una farmacia con nombre prodigioso: “Farmacia San Caralampio”. Torcí a la izquierda y caminé la cuadra que lleva directo al parque de La Pila. Pasé por la casa que habitaron mi tío Jorge Bermúdez, la tía Mechitas y mis primos, sus hijos. Ahí, en una pequeña mesa, colocada en el zaguán, la tía, con ayuda de herramientas, hacía las pequeñas imágenes de San Caralampio, en madera. Hoy, que todas las imágenes son hechas con pasta, Comitán y el mundo extraña esas imágenes que la tía hacía.
Y llegué al parque y éste me recibió con toda su carga histórica: la pila de agua y los chorros, donde los burreros cargaban los barrilitos con agua, barrilitos que luego vendían en el centro de la ciudad; y ahí estaba el recuerdo de las cantinas, billares, prostíbulos; y las pequeñas factorías donde hacían las velas de cera; y todos los recuerdos de las entradas de flores, y los caminantes tojolabales, las marimbas, los cuetes, el posh, los diablitos, la rueda de la fortuna y la de caballitos y los milagros del santo y la historia del cuerpo que hallaron colgado en la ceiba y el mito del puma tomando agua.
Fueron tres cuadras nada más y el recorrido estuvo lleno de juncia, de granadillas y de atol de granillo. Fueron tres cuadras, no más. Y eso que no hablé del archivo del templo de Santo Domingo; no hablé de la cancha Pantaleón Domínguez, donde una vez jugaron los Harlem Globetrotters; ni hablé de Javier, el líder de los acólitos de Santo Domingo, quien trepaba al campanario como si corriera en una pista de campo; ni hablé de la tienda “El baraterito”, cuyos dueños fueron los papás de quien ahora coquetea para ser candidato a la gubernatura de Chiapas, y que tenían un chucho que viajaba en lo alto de la camioneta; ni hablé de Julio, quien hoy es un exitoso comerciante que vende imágenes de Jesús niño, y que trabajó mucho tiempo en la Coca Cola; ni hablé de la familia Trujillo que, por muchos años, se ha dedicado al comercio y tiene mil historias por contar; ni hablé de las peluquerías que están diseminadas en la bajada de La Pila; ni hablé de la tienda de doña Elenita de De La Vega, donde los tojolabales pasan a comprar los listones y la manta del sesenta. No hablé de los tejados, ni de los balcones, ni de los patios centrales de las casas ni de los sitios donde crecen las matas de granada, que son como sonrisas coloradas.
A veces caminamos como autómatas, olvidando que el sentido de la vida es el viaje, cada instante en que damos un paso hacia adelante.
A veces camino una calle y me detengo, me detengo para ver el cielo, para observar el pequeño macollo de hierba que crece en la banqueta; me detengo para saber que realizo un viaje emocionante e inolvidable. Y huelo los aromas, y me sé vivo, porque respiro el aire que, como garza, viene desde la ciénega (aunque a veces domina el tufo asqueroso de los orines de la calle que se adoban en el sol de las doce del mediodía).