lunes, 9 de julio de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




No sé, pero a mí me parece que el chayote es una de las verduras más atrevidas. Por si alguien duda, en esta fotografía hay un chayote travieso. Los lectores deberán creer lo que digo: Este chayote está del lado de la calle, del lado de la banqueta. Es un chayote atrevido, rebelde. Si yo fuera un escritor de guiones de programas estilo “La rosa de Guadalupe” (cuyo productor es el actor comiteco Javiercito Esponda), escribiría: “¡Ay, pobre mamá Chayota! Ella siempre recomendando al hijo que se porte bien y éste, malcriado, se descuelga de la barda y abandona la casa.” Pero como no soy escritor de dramas televisivos, mejor hago una pregunta que siempre ronda en mi cabeza y que, con toda seriedad, expongo a los estudiosos del Derecho: ¿A quién corresponde este chayote? ¿Al dueño del predio o al peatón que lo ve primero? Es decir, si yo camino frente a esta barda y veo el chayote que está afuera ¿puedo tomarlo porque está en un espacio público? ¿O debo respetar, porque la mata está sembrada en el interior? A ver, ¿qué doctor en Derecho puede responder a esta cuestión que tiene tintes de legalidad y de ilegalidad? Porque, de la respuesta dependerá otro tipo de cuestionamientos, uno de éstos puede ser: ¿Es legal que un comerciante coloque sus productos en la vía pública? El tío Eusebio comentaba que todo lo que estaba en la vía pública era de todos y ponía el ejemplo del anillo perdido. Imaginemos que una mujer camina por uno de los pasillos del mercado Primero de Mayo y, frente al puesto donde venden quesos de Ocosingo, mira algo que brilla en el suelo, se agacha y ve que es un anillo de oro. Ella lo levanta. ¿Qué debe hacer con el anillo? El anillo, decía el tío Eusebio, está en la vía pública, por lo tanto, la señora, perfectamente, puede guardar el anillo en su bolso y, a partir de ese momento, considerarlo suyo. ¡Ah!, decía Gabino, ¿entonces, puedo tomar el auto que está en la vía pública? No, decía el tío, porque el auto no está tirado en el suelo; además, para entrar al auto se necesita una llave que sólo posee el propietario. Cuando un delincuente abre un auto con una ganzúa, está cometiendo un hurto y debe ser llevado a la cárcel, pero la mujer del anillo no podrá ser acusada de hurto.
¿Y qué sucede en caso de un celular que, igual que el anillo, está tirado en el pasillo del mercado? ¿Qué sucede con una cartera en el piso? El tío Eusebio decía que ahí entraba en juego el orden legal y el orden moral y explicaba que de acuerdo a su leal entender estos casos eran iguales que el del anillo. La señora puede levantar el celular y la cartera y quedarse con ellos. Pero, como el celular y la cartera tienen forma de ubicar a los propietarios entonces interviene el orden moral. La señora que levantó tales objetos puede esperar a que el propietario del celular llame desde otro y entregarlo; puede revisar la cartera y ver la dirección del propietario a través de la credencial de elector y regresarla.
¿Sucede lo mismo en el caso del chayote que acá se ve? Un peatón puede cortar el chayote y, de acuerdo con el dicho del tío, no cometerá ningún ilícito, porque el chayote ya no está en el terreno del dueño de la planta; pero si aparece el código moral, el peatón puede pensar que no le corresponde porque él no es quien sembró la mata de chayote. ¿Qué pasa si el chayote cae a la banqueta? ¿Qué pasa si tomo una escoba y, como no queriendo, le doy un garrotazo al chayote para que caiga y pueda yo justificar que estaba en el piso?
Muchos frutos y verduras son obedientes. Las piñas crecen en un solo lugar, lo mismo sucede con las naranjas, con las tunas. ¿Qué decir de las verdolagas o de los jitomates? En cambio, los chayotes son traviesos, se descuelgan de tapescos, caminan sobre los capiteles de las bardas o, como éste, se descuelgan de la barda y juguetean en la calle. ¡Ay! Si yo fuera escritor de dramas televisivos diría: ¡Pobre mamá chayota, siempre está preocupada porque no sabe en dónde están sus hijos!

sábado, 7 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN RECUERDO




Querida Mariana: Por favor, dejá que hoy te cuente algo íntimo. La otra tarde bajé a La Pila. Me encanta hacerlo, de vez en vez, para escuchar el sonido de los chorros. Me siento en una grada, cierro los ojos y escucho el murmullo del agua en su caída. Un sonido aparece en la caída y otro en el choque del piso. El agua sale de un hueco y desaparece en otro. No sé de dónde llega esta agua (Amín Guillén y los de COAPAM deben saberlo, tal vez Amín lo sabe mejor que los funcionarios del Sistema de Agua); no sé adónde se oculta.
Bajé a La Pila y, cuando abrí los ojos, vi esta figura. ¡Es mi primo!, dije. Ramiro nació en Comitán, pero ahora radica en Guadalajara. De vez en vez regresa al pueblo y recorre las calles que recorrió de niño. Ver a Ramiro me causó gran gusto. Algo como un aleteo con alas de agua apareció frente a mi cara y frente a mi corazón; la presencia de Ramiro colocó una sonrisa de mariposa en mi rostro. Lo vi así como lo estás viendo vos, con el pie izquierdo posado sobre el cemento y con el pie derecho a punto de dar el paso. Si mirás bien, ya no camina en el tramo empedrado, ¡no!, ya está en el piso de cemento agrietado. Algún símbolo hay en ello.
Si veo la sombra advierto que la tarde aún es tierna, pero ya no niña. Tal vez eran las cuatro o cuatro y media de la tarde. Él caminaba con precaución, con paso lento. Mi primo ya no es un jovencito, debe tener más de setenta años. Es el mayor de los hijos de mi tía Rosita y de mi tío Ramiro. Esa tarde vestía un pantalón de mezclilla (siempre lo he visto así), una camisa de manga corta y una boina.
No sé qué pensaba mi primo a la hora que comenzó a bajar por la mítica Calle del Resbalón. Ya te conté (en alguna carta anterior) que la calle que baja del parque con rumbo a la Ciénega se llamaba del Resbalón (en una casa estaba anotado tal nombre. En una ocasión, Mario Escobar sugirió que se volviera a pintar dicho nombre y una funcionaria del Ayuntamiento actual se comprometió a hacerlo, pero un año después sigue sin cumplir). ¿Por qué se llamaba del Resbalón esta calle? Ah, porque como siempre estaba mojada, por el agua que rebosaba de los chorros, muchas de las personas que por ahí bajaban ¡resbalaban! Es, como mirás, un nombre simpático, casi tan simpático como el Callejón del Beso, que existe en la ciudad de Guanajuato. ¡Claro, es más simpático que una pareja se bese en el callejón a que termine con las nalgas sobre el suelo! En Guanajuato está el letrero que ostenta Callejón del Beso y muchos turistas llegan y se toman las fotografías del recuerdo. En Comitán (por desgracia) no tenemos conciencia de lo mínimo, pero que nos da identidad. Juan propuso el otro día que si el gobierno no lo hace deberíamos hacerlo nosotros, el pueblo, pero luego alguien dijo que es preciso solicitar permisos ante las autoridades, y éstas son como los que “ni pichan, ni cachan, ni dejan batear”. Ya en una ocasión un grupo de jóvenes quiso rehabilitar la ciclo vía de la Séptima. Apenas habían sacado brochas y pintura, cuando llegaron policías y dijeron que los muchachos no tenían autorización para hacer tal acto. Las autoridades luego dijeron que ellas se encargarían de la remodelación. Como en el caso del letrero, la ciclo pista nunca recibió atención. ¡Ni pichan ni dejan cachar! ¡Ah, qué indolencia!
No sé qué sentimientos se amontonaban como tsizimes en el bolcojosh del corazón de mi primo. Porque, querida Mariana, mi primo creció en este barrio. Vivió en una casa que existe en la calle lateral a la del Resbalón. Pero el revoloteo de su espíritu, sin duda, se dio, porque en la esquina inferior de la calle del Resbalón, estuvo la casa de la abuela Juanita y del abuelo Guillermo. Esa casa que recuerda mucha gente del Comitán de los años sesenta. Sin duda que mi primo bajó cientos de veces esta calle para ir a casa de la abuelita Juanita; sin duda que en una de esas bajadas, mi primo resbaló y se dio un sentón de padre nuestro. Llegó con el trasero del pantalón todo húmedo y le dio un beso a la abuela Juanita (quien siempre estaba sentada en el corredor de la casa, esperando a los niños que llegaban a bañarse en “los tanques”. Ella esperaba ahí, extendía la mano y recibía la moneda que le daba derecho al niño a echarse clavados). Ramiro, por supuesto, no pagaba. No lo hacía, porque era de casa, de la familia, era uno más de los muchísimos nietos que tuvo (mi tía Juanita tuvo más de diez hijos. Una vez le confió a mi mamá: “Ay, Hildita, me da pena con el agente viajero, siempre que llega me encuentra con la gran panza”). Así que Ramiro se quitaba la ropa, colgaba el pantalón mojado y corría hacia donde varios niños retozaban en las albercas. Los “tanques” de los Bermúdez fueron famosos, igual de famosos que la alberca que había en “La Primavera”, en el barrio de Yalchivol; igual de famosos que el canal de “La Castalia”, en el mismo barrio; tan famosos como “La Poza del Soldado” del Río Grande, o “La Tapadera”, que eran los lugares de recreo en los que los niños de aquel tiempo llegaban a bañarse. En algunos casos pagaban una moneda (de mínima denominación) y en otros, por ser lugares públicos, nada pagaban. Quienes vivieron ese tiempo recuerdan momentos hermosos. ¿Cuántos recuerdos gratos tiene mi primo, cuántos ingratos?
Lo vi en su barrio y me dio mucho gusto. No corrí a saludarlo, porque supe que él, en ese instante, estaba pepenando una serie de vivencias con el atrapa sueños de su memoria. Bajaba sólo para recordar, para recuperar las huellas que sembró de niño. Esas huellas sembradas en los años cincuenta han crecido, han crecido tan altas como si fueran ceibas. Los seres humanos, a medida que envejecemos, tenemos necesidad de trepar a lo más alto de esos árboles, para recuperar los sonidos y aromas de nuestra niñez. ¿Qué jugaban todos los primos y hermanos en aquel patio célebre de la casa del tío Guillermo? ¿Cómo sonaba el agua a la hora que chocaba contra las paredes de las albercas, a la hora que los niños tomaban carrera y se aventaban al tanque? ¿Cómo sonaba la risa de los niños a la hora de jugar de caballito, a la hora de aventarse agua, a la hora de echarse bucitos? ¿Cómo sonaba el viento que se enredaba en las ramas de los árboles donde cantaban las tiucas?
Esa tarde, los chorros estaban secos. Tal vez alcanzás a ver el saliente del tubo y mirás que está seco. ¡Qué indolencia de las autoridades!
Esa tarde jugué a imaginar los chorros de agua. Cuando abrí los ojos y vi a mi primo ¡escuché sus pasos! Pasos lentos, cuidadosos. Ya sin la vitalidad del paso que tuvo cuando fue niño y corrió por toda la bajada para llegar a la casa de los abuelos, de cuando trepaba a los árboles a cortar jocotes; de cuando se despatarraba sobre un carretón y se deslizaba en la bajada; de cuando jugaba chinchinagua; o de cuando jugaba escondidas y se ocultaba debajo de la cama, detrás de un árbol o adentro de un ropero.
Esa tarde volví a cerrar los ojos, quise retener en mi memoria los pasos de mi primo, ya con más de setenta años. Esa tarde, ya no niña, ya un poco llegando al ocaso, porque el sol estaba a punto de ocultarse, tuve los sonidos de un Comitán eterno: el viento de la Ciénega y el rumor de las hojas de la Ceiba que se movían, ellas sí, con la vitalidad de la eternidad.
Vi a mi primo y me sentí contento. Sentí su espíritu dándome la mano. Había llegado desde Guadalajara para pepenar las semillas que acá dejó sembradas.
Su hermano Pepe (que en paz descanse) era fiel creyente de San Caralampio. Cuando Pepe llegaba a Comitán, desde la ciudad de Puebla, iba al templo, oraba, y luego se sentaba en una banca del parque y, como si los gajos del aire fueran pétalos, bordaba coronas de flores limpias. Cuando se sintió ya muy mal físicamente pidió a sus hijos que pusieran la imagen de San Caralampio, pequeña, de madera, en el cajón. Así se fue, de mano del santo consentido de este pueblo.
Me dio gusto ver a mi primo Ramiro, el mayor de los hermanos.
Esa tarde, los chorros de La Pila estaban ausentes. Tal vez se hicieron a un lado para que lo único que resonaran fueran los pasos de ese querido hijo del barrio. Mi primo caminó por la calle del Resbalón. La sabiduría que conceden los años le permitió el sosiego y la calma. En tiempos por venir regresará a Comitán y entonces volverá a cortar los frutos que colgó esa tarde en el cielo de Comitán, en el maravilloso espacio donde Tata Lampo es el mero mero.
Posdata: Gracias, querida Mariana, por dejar que hoy abriera esta ventana y te contara de mi emoción al ver a mi primo. La fotografía que anexo es una imagen que guardo para siempre en mi corazón. La casa de la familia Avendaño perdió el copete, pero, por fortuna, mi primo lo conserva y lo corona con una boina y con una mente que funciona como bicicleta en el Tour de Francia.

viernes, 6 de julio de 2018

DEFINICIÓN DE DIFÍCIL




¡Ah, es una labor difícil! ¿Cómo definir lo difícil? Lo que es fácil para uno puede ser difícil para otro. Piensen en cualquier actividad deportiva y concluyan. Para mí, con sesenta y un años encima, resulta difícil ejercer la simple actividad de caminar por senderos ligeramente inclinados. En Comitán es costumbre decir que “sacamos el bofe” cuando nos cuesta trabajo llegar al último escalón de una calle empinada. Bueno, “saco el bofe” muy seguido.
Lo mismo sucede con las actividades laborales. Algunas personas realizan ciertas actividades con gran facilidad, mientras a otras les resulta muy difícil.
Unos tienen ciertos dones y no encuentran dificultad alguna para cantar, para bailar o para actuar. Otros en cambio (que poseen dones diferentes) cantan como si rebuznaran, bailan como si saltaran sobre un brasero y actúan como si el único papel artístico que les quedara es el del tímido que, con trabajo, saca la cabeza de detrás del telón.
Me resisto un poco a buscar la definición del diccionario, porque casi estoy seguro que dirá lo contrario; es decir, dirá que lo difícil es lo que no es fácil, pero me arriesgo y busco en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y encuentro lo siguiente: “Difícil: Que presenta obstáculos.” ¿De veras? ¡Sí, es lo que dice!
Romeo me contó una vez (no le creí y sigo sin creerlo) que un vecino suyo bautizó a su hija como Difícil. ¡No es cierto!, le dije. Romeo, con sonrisa de flan, dijo que sí, que era difícil creerlo, pero que era real, y sacó su cartera y de ésta un viejo recorte periodístico que daba cuenta que una niña había sido inscrita en el Registro Civil con el nombre de Difícil. Cuando los amigos le dijeron que eso era una estupidez y lo alentaron a cambiarle el nombre a la hija, el hombre sólo se concretó a decir que era difícil. Todos asintieron, sí, era Difícil, pero el viejo no se refería ya al nombre de la niña, sino al hecho de dar vueltas de nuevo en el Registro. Los amigos le hicieron ver que sería difícil para la niña sobrellevar una vida normal y el viejo, de nuevo, dijo que sí, que era Difícil y en esta ocasión pensaba en el nombre de su hija.
Antes que Romeo continuara pedí otra cerveza para él y un agua para mí, y le supliqué que me dijera cuál había sido el fin de la historia. No tiene fin, me dijo, es difícil decirlo. Comentó que en casa comenzaron a decirle Di y que cuando Lady Diana se hizo famosa en todo el mundo, ella también se hizo famosa y en la escuela dejaron de molestarla. Los maestros, cuando a la hora del pase de lista, decían su apócope se sentían parte de la nobleza y la niña se paraba muy digna, como si fuese una princesa, y decía “¡Aquí!”.
El problema estaba cuando debía realizar una encomienda oficial. La secretaria preguntaba: ¿Nombre? Difícil, respondía ella. La secretaria le pasaba una hoja, un lápiz y decía: No importa, escríbalo, y ella cumplía. La secretaria recibía la hoja, la revisaba y ponía cara de mono aullador. Sí, insistía, ya me dijo que es difícil, pero deletréelo. Y ella, muy seria, silabeaba: Di-fí-cil. La secretaria, ya a punto de desborde y levantando la voz, decía: ¿No entiende español? Sí, decía ella. Entonces, ¿por qué carajo no escribe su nombre? Difícil, advirtiendo ya el tono molesto, explicaba: Difícil es mi nombre, me llamo Difícil y sacaba la copia de su acta de nacimiento donde quedó asentado que su nombre era Difícil.
Después de todo, dijo Romeo, no resultó tan difícil. Conforme transcurrió el tiempo, ella comenzó a disfrutar la confusión que creaba su nombre y luego pensó que el nombre no era feo, además era un nombre casi único en el mundo, mucho peor llamarse Gregoria o Primitiva. Al final, según lo que Romeo me contó, la historia terminó bien: Difícil se casó con ¡Fácil!
¡Ah, no!, protesté. Esto sí ya es un absurdo. Romeo, muy tranquilo, sacó otro recorte periodístico de su cartera y me lo enseñó: “Difícil se casa con Fácil”. Dice que fue casi emotivo en el instante que, ante el sacerdote, la novia dijo: “Yo, Difícil, te acepto a ti, Fácil,…”
Dijo que era como una metáfora para la vida, porque ésta siempre es difícil, pero, después de todo es posible eliminar los obstáculos y convertirla en algo que coquetea con lo posible.
En fin.

jueves, 5 de julio de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Puede parecer una fotografía común. Pero para llegar a esta imagen fue necesario un camino largo.
En los años sesenta, los niños veían fotografías a través de un aparato (por lo regular de color rojo) que se llamaba “View Master”. En Comitán, en las ferias de agosto y de febrero, siempre había un puesto donde un señor colgaba los aparatitos en un lazo y los niños los alquilaban. Los niños de ese tiempo hacían lo mismo que hace el niño de esta fotografía. El View Master de aquellos tiempos tenía una palanca en el lado derecho que daba vueltas al disco de cartón con las imágenes, que eran pequeñísimos cuadros con filminas. Las imágenes contaban una historia o permitían hacer un viaje a través de países lejanos. El niño elegía el disco que deseaba ver, el que motivaba su interés. Antes de insertarlo en el disco, el niño miraba las filminas a trasluz, con el pretexto de elegir (En realidad, esto era una ligera trampa, porque sin pagar miraba otras imágenes). Cuando el niño elegía el disco, lo insertaba y, de igual manera que lo hace el niño de la fotografía, colocaba el aparato frente a su mirada y, bajando la palanca, disfrutaba una a una las imágenes de las filminas. Mientras estaba la luz del día, ésta se aprovechaba; cuando la noche llegaba, el dueño del local (pequeño, improvisado con una estructura de madera y techo con lámina de zinc), prendía un foco de sesenta watts, y el niño debía colocar el aparato frente al foco.
Mientras la feria, frente al parque central o frente al parque de La Pila, transcurría, el niño frente al View Master entraba a otra dimensión, a otro tiempo. Las demás personas daban vueltas por los puestos, olían el aroma de los encurtidos, de los mazapanes; admiraban los juguetes hechos de madera, carritos, trepatemicos, boxeadores o soldados, muñecas y pistolas de plástico; las demás personas subían a la rueda de la fortuna o a la rueda de caballitos, comían algodones de azúcar o bebían botellitas de mistela; se aventaban puños de confeti o se quebraban, sobre la cabeza, huevos llenos de harina. A lo lejos se escuchaba la marimba y el ruido de los cohetes restallando en el cielo. Mientras la feria sucedía, el niño frente al View Master miraba animales que en Comitán no existían: leones de melena, elefantes, cocodrilos y águilas; o veía paisajes imposibles: montañas y ríos helados, montañas con altura de miles de metros sobre el nivel del mar o grietas submarinas.
El niño comiteco de los años sesenta vivió un mundo maravilloso, pero jamás imaginó que la maravilla que estaba por llegar, en el siglo XXI, iba a superar todos los sueños. Lo que ve el niño de la fotografía es una realidad virtual, un mundo donde él se introduce y vive las imágenes, casi casi como si estuviera ahí. Los pies de este niño seguían en San Cristóbal, pero él veía que sus pasos lo llevaban por senderos llenos de árboles enormes, donde de pronto aparecían changos trepados en las ramas, changos que bajaban y “lo amenazaban”. Yo, desde un rincón, veía cómo el niño movía su cabeza para uno y otro lado y veía cómo hacía una mueca de espanto, se hacía para atrás, como si se detuviera y con ese movimiento evitara una dificultad real. El niño de los años sesenta vivía una ficción con imágenes congeladas; el niño de este siglo vive una realidad virtual con imágenes con movimientos alucinantes. El niño de antes miraba la montaña congelada, el niño de hoy, desde la cima de la montaña, se coloca un par de esquíes y desciende y salta saltos enormes y siente el vértigo de la avalancha que se precipita detrás de él y tiene que apresurar su descenso y ve sobre el hombro cómo la nieve viene tras de sí, amenazándolo con sepultarlo en una montaña de Suiza. Todo esto sucede desde una plaza de San Cristóbal de Las Casas.
El niño de la fotografía hizo una pausa en su realidad real, dejó en el piso el cajón de lustrar y pidió la oportunidad de entrar a una realidad virtual. Mientras los habitantes de la ciudad y los turistas gozaban un domingo espectacular, él dejó su realidad miserable en el piso y se colgó de una nube, de una nube de realidad virtual y, por un instante, cuando menos, abandonó su destino de estar frente a zapatos sucios y “vivió” la posibilidad de ser un turista en Suiza y se sintió niño afortunado, con chamarra gruesa y guantes, y se colocó un par de esquíes y descendió sintiendo el aire helado en su rostro, sintiendo que era como un águila volando sobre un mar de hielo.
En el Comitán de los años sesenta todo estaba como congelado. Nadie imaginó que un día el mundo tomaría movimiento, un movimiento vertiginoso que, ahora sí, se prepara para próximos mundos jamás imaginados. El niño de la fotografía no ha cambiado, es el mismo bolero de los años sesenta; lo que ha cambiado es lo que está al frente; es decir, el modo de evadir, por instante, la miseria de la vida.

miércoles, 4 de julio de 2018

MUJER INFRECUENTE, PERO CON DONES DE DIOSA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que huelen a cordel de luz y mujeres que huelen a farmacia antigua.
La mujer aroma de farmacia antigua tiene el mentol untado en su barbilla y la esencia de formol en su pecho. Los despistados dirán que el olor del formol es agresivo, sí, pero olvidan que tal sustancia evita la descomposición de los cadáveres y, en muchas ocasiones, los amantes son como ramas secas. La caricia de la mujer ayuda a darles vida, a inyectarles agua a sus cauces secos.
Su compañía es una bendición, es como una lluvia esperada. Cuando el amante tiene una dolencia, basta que ella acaricie su mano, para que el bálsamo haga el prodigio de la sanación.
La mujer aroma de farmacia antigua es como un milagro que hace milagros, es como un puente en el que la otra orilla es la ventana que da al misterio.
Cualquiera podría pensar que es mujer en proceso de extinción. ¡No es así! Es cierto, no es una mujer que, como las que huelen a pescado, esté en mercados y plazas. ¡No! La mujer aroma de farmacia antigua es una mujer especial, por lo tanto escasa, pero aún hay millones en todas las ciudades y en todos los mundos.
Si alguien me pidiera compararla con un suceso histórico, diría que ella es como el día en que Fleming descubrió la penicilina.
Si alguien me exigiera compararla con un objeto, diría que ella es como una latita con ungüento de eucalipto.
Ella es como el ala de colibrí, como una taza de café caliente, como un almohadón relleno de plumas de ganso, como una escalera que conduce a la ventana donde las palomas hacen sus nidos.
La mujer con aroma de farmacia antigua es como los ojos de una niña árabe, como un puente de piedra en un jardín, como un par de niños brincando en charcos, como una catarina sobre una hoja, como un atardecer en la montaña, como un escenario donde una orquesta toca una pavana.
Como el lector ya se dio cuenta, la magia de esta mujer radica en su aroma, en la sustancia que guardan los pomos de su porcelana. Viste con olores de cedro, con aroma de madera húmeda que conforma el esqueleto de sus estantes y de sus mostradores.
Ella es como el libro que cuenta cuentos, como el barquito que avientan los niños en las tardes de lluvia; es como un trombón, como una cascada de confeti, como un sofá, como las olas, como el viento, como un gato o un perro, a mitad del patio.
Ella sana, por eso es colita de rana. Toma helados de bendición, maneja bicicletas de bongó.
Ella cura, cura como si fuera un techo de dos aguas, como si el baile fuera una simple tormenta del espíritu.
La mujer aroma de farmacia antigua hace el amor como si macerara hojas de menta en el mortero de su cuerpo.
Hace el amor como si bastara una pizca de bicarbonato en el agua de la pasión.
¿Cómo estar seguro que la chica que toma la malteada en ese café al aire libre es, en verdad, una mujer aroma de farmacia antigua? Es preciso que el amante confíe en las señales que aparecen en el cielo, pero, sobre todo, es necesario que se entregue, sin reservas, a la huella del olfato. Debe cerrar los ojos y, como si fuera un lobo azul ¡olfatear! Si algo como un hilo de hierbabuena le hace cosquillas en su nariz, no debe dudar, esa chica es ¡una mujer con aroma de farmacia antigua! En ese instante debe ser un hombre agradecido, con los dioses y con la vida.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como cera de veladora de templo católico, y mujeres que son como cera de vela de hechizo.

martes, 3 de julio de 2018

SI TE SOBRA




Esta fotografía la tomé en una calle de San Cristóbal de Las Casas. Alguna persona piadosa lanzó la iniciativa. Todo mundo sabe de qué se trata. Es un juego bondadoso. A quienes les sobra ¡dejan!, y a quienes les hace falta ¡toman!
En un perchero dejan suéteres y abrigos, y, la persona caritativa, organizadora del juego misericordioso, los pasa al otro perchero, de donde los menesterosos los toman.
Es un juego en el que la mano izquierda no se entera de lo que hace la derecha; es un juego en el que nadie sabe si en realidad los que toman son necesitados, porque una vez Rosario me contó que el dueño de una tienda de ropa usada, desde su auto vigilaba que nadie se diera cuenta y se bajaba y tomaba los suéteres que luego vendía en su negocio.
La mañana que tomé la fotografía, el juego estaba como en suspenso, porque nadie había dejado prenda alguna. Se entiende, entonces, que para que el juego se dé, es preciso que los donantes actúen. Se sabe que en este país, son millones a quienes les hace falta. Más escasos son los que dejan, porque les sobra.
Cuando regresé a Comitán y le enseñé la fotografía a Mariana, ella me dijo que este juego era más común de lo que yo creía, y que, a veces, no era tan caritativo, tan de buenas intenciones.
No entendí.
Mariana me explicó. Me explicó que en este país se juega el juego “Si te sobra ¡deja!” y se juega el juego “Si te falta ¡toma!”. Al final entendí por qué Rosario me contó lo que contó.
Mariana dice que el juego “Si te sobra ¡deja!” es muy común. Lo juegan, por ejemplo, quienes tienen basura de sobra en su casa o quienes tienen exceso de fiaca. Por esto, vemos en las esquinas montañas de basura y en los escritorios de las oficinas gubernamentales montañas de papeles con resoluciones pendientes. Hay muchos sobrantes. “Si te sobra flojera ¡deja!, deja tu trabajo pendiente”.
El juego “Si te falta ¡toma!”, también es frecuente. Lo juegan, por ejemplo, quienes son políticos o quienes no cumplen con su deber de estudiantes. Por esto, vemos que los políticos toman, de manera deshonesta, los recursos del erario, y vemos a muchos estudiantes que toman las copias de los exámenes que serán aplicados al día siguiente. “Si te falta ética ¡toma!, toma la deshonestidad como tu forma de vida”.
El juego es muy común en este país, y se juega de manera indecente. Los jugadores creen que pueden dejar lo que les sobra en cualquier lugar, y que pueden tomar, sin impudicia, lo que les falta. El primer juego es jugado por gente estúpida y el segundo por delincuentes.
Quienes lo juegan en este país son millones y no necesitan percheros. Lo juegan de manera desenfadada, a la vista de todos y sin dejo de culpa.
Si te sobra irresponsabilidad, ¡deja todo pendiente! ¡No hay problema! Si te falta recurso económico ¡toma lo ajeno! En este país todo resbala.
Mariana quitó la imagen de caridad que rescaté en San Cristóbal. Traté de dejarla fuera de mi mente. Pensé que la iniciativa caritativa funciona, pensé que en temporada de frío hay muchos ciudadanos que dejan los suéteres que les sobra, y otros que, necesitados, toman los suéteres y se cubren y dan gracias a los anónimos donantes.

lunes, 2 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO DE LA CHINA QUE RECUERDA A LA CHAYO





Querida Mariana: Murió la escritora China Mendoza. Ella contaba que el mote de China se lo puso su papá desde niña. José Camposeco dijo que era La China porque su verborrea era tan extensa como aquel país. Camposeco no se equivocó: La China, al hablar, era como una selva llena de lianas, chachalacas, monos aulladores y estampida de elefantes. ¡Ah, cómo hablaba! Ahora que me enteré de su muerte recordé el fragmento de un documental que realizó el canal 11, de la televisión. Dicho documental fue parte de la serie “Letras de la Diplomacia”. En el programa dedicado a Rosario Castellanos, La China Mendoza habla de su relación con Rosario. La China siempre muy gentil con sus amigos y demoledora con sus enemigos, dice que Rosario no tenía una gracia absoluta, pero estar con ella era un “enorme placer humano”. Pienso que ahora, los amigos de La China podrían decir lo mismo de ella, no así sus enemigos, que vaya que los tuvo. Tuvo mucha gente que no la quiso, porque, como ya se anotó, era demoledora en sus juicios. Ella siempre sostuvo que su obra literaria fue “ninguneada” porque su carácter era muy impulsivo y no tenía la costumbre de hacer caravanas al poder (Eso decía). Yo leí, hace muchos años, su novela “De Ausencia”, que, hasta donde mi memoria logra rescatar, es la historia de una mujer que así se llama: Ausencia. La novela (hasta donde recuerdo) también muestra un desborde en el discurso, como si las palabras fueran agua y no hubiera dique para detenerlas. En la literatura mexicana he hallado este mismo desborde en las obras de Fernando Del Paso. Debo decir acá que en “De Ausencia” estaba ausente del deslumbre de “Noticias del Imperio”. No ninguneo a La China, sólo digo que mi gusto literario reconoce más brillo en la obra de Del Paso.
Y ya puesto en comparaciones (ah, qué odioso), reconozco que, en materia periodística, me gusta más el estilo de nuestra Chayo que el de La Mendoza.
Pero, ya puestos a hacer comparaciones, digo que si me hubiese tocado estar, en una reunión, en alguna casa de la Ciudad de México, frente a Rosario, Fernando y María Luisa, no habría dudado al elegir estar sentado al lado de ésta. ¡Claro! María Luisa era el desborde, era la de la plática sabrosa, de la declaración lapidaria e imaginativa. Porque, de aquel documental del canal 11, lo que más recuerdo es cuando la China Mendoza rememora el momento en que fallece el papá de Rosario. Cuenta el instante del fallecimiento de don César con una gran emotividad, casi casi como si lo estuviera viendo en ese momento, casi casi como si ella hubiese estado presente (doña Lolita Albores decía que era falsa la versión que la China contaba). La China dice que cuando conoció a Rosario en la facultad de Filosofía y Letras, Rosario le contó que el día de la muerte de su papá, ella y él fueron al centro, su papá manejaba el coche, cuando, sin más, le dio un ataque al corazón, entonces Rosario hizo a un lado al papá, tomó el volante y manejó hasta su casa. La China cuenta que Rosario le dijo que no sabía manejar, pero se había fijado muy bien qué hacía el papá con los pies y las manos y se puso a manejar, en la Ciudad de México, por primera vez. La China dice que Rosario era una muchacha muy temeraria y valiente. Doña Lolita decía que no, que Chayito era tímida y que jamás hubiese hecho tal cosa. Doña Lolita contaba que Rosario alcanzó a pedir ayuda, porque se paralizó a la hora que su papá se paralizó de manera definitiva. ¿A quién creerle? Tal vez La China Mendoza le hizo agregados a lo que Rosario contó o ésta le contó tal historia para hacer crecer el mito. Yo le creo más a doña Lolita.
En fin, esto recordé ahora que me enteré de la muerte de La China Mendoza, la (según ella) ninguneada en la literatura mexicana. “De Ausencia” fue el título de la novela que leí. Ahora “de su ausencia” se hablará de acá en adelante. ¿Qué tanto? ¿También será ninguneada en su muerte?

sábado, 30 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, CON MÁQUINA DE IMPRENTA INCLUIDA




Querida Mariana: Esta máquina no es pieza de museo, pero como si lo fuera. La otra tarde pasé frente a la imprenta de don Chinto Naciff y, en un cuarto que da a la calle, miré esta máquina y le tomé una fotografía.
¿Quién, de los jóvenes, tiene una radiola o una consola en su casa? ¡Nadie! Ahora, todo mundo escucha música a través de un reproductor de mp3. Las consolas ya son piezas de museo. El otro día entré al museo de La Trinitaria y miré una consola. Yo crecí escuchando música en la consola que había en casa de mis papás, con aquellos discos enormes de treinta y ocho revoluciones. Ese día recibí un impacto. La consola era objeto de museo. Sentí como si, yo también, fuera pieza de museo.
El día que tomé la fotografía de la máquina de imprenta tuve la misma sensación. Los jóvenes no saben lo que significaba hacer un volante impreso, en los años setenta. ¿Impresoras? No, por favor, ¡ni en sueños! ¿Impresoras en 3D? ¿Qué es esto?
Cuando en el colegio Mariano N. Ruiz (institución donde laboro) veo a un alumno hacer un letrero sobre una cartulina ¡me da mucho gusto! Imagino que el tiempo sigue inalterable, sigue como siempre. Pero cuando me doy la vuelta y veo que un muchacho pega una lona hecha en una impresora sé que el tiempo ha cambiado. Es cuando reconozco que los jóvenes escuchan música en mp3 y que las consolas y las máquinas antiguas de imprenta ya son parte de museo y que yo, pese a vivir en este tramo del siglo XXI, vengo del otro siglo, de un siglo en el que los periódicos se hacían en máquinas como las de la imprenta de don Chinto.
La nostalgia es parte del maletín de los viejos. Los jóvenes no tienen esa carga. Cuando yo fui joven caminé tranquilo. Mis amigos caminaban también con mucha tranquilidad. Esto era así, porque no teníamos objetos antiguos caducos, vencidos. ¡No! Los jóvenes veíamos la hora en un reloj de pulsera que llevábamos en la muñeca (¡ah, qué bonito nombre para una parte de nuestro cuerpo!) y también lo hacíamos en el reloj de péndulo que estaba colgado en la pared de la sala. También, en instantes, sabíamos la hora por las campanadas del templo de Santo Domingo, si era el segundo repique sabíamos que faltaba un cuarto para las siete de la noche, hora de misa; y, de igual manera, si, desde la cama, con la ventana cerrada, escuchábamos los cantos del gallo sabíamos que ya pronto darían las seis de la mañana. Ahora, los relojes de péndulo son casi inexistentes en las casas modernas, ahora están expuestos en los museos. Ahora, muchos jóvenes no usan reloj de pulsera, la mayoría de jóvenes ve la hora en los celulares.
Hay muchos objetos, querida Mariana, que se han incorporado en la vida cotidiana de estos tiempos. Como lo exige la mercadotecnia actual, los objetos se han vuelto desechables. Antes, las consolas duraban para casi toda la vida. En los años ochenta, más o menos, aparecieron los Walkman y los casetes. ¡Fue sensacional! Todo mundo anduvo con audífonos y con esos aparatos portátiles. Celebramos la aparición de esos objetos. No sabíamos que, con ello, estábamos matando a los anteriores y condenándolos a sobrevivir en museos o en bodegas oscuras; no sabíamos que comenzábamos a llenar nuestro costal de vida con piedras llenas de nostalgia; no sabíamos que nosotros también empezábamos a ser como piezas de museo. Y digo esto, porque el otro día mi sobrina Pau me preguntó si me pesaban los años, me lo dijo con seriedad (su mamá luego dijo que la tía Emilia había comentado días antes, a la hora de levantarse del asiento, que “los años le pesaban”). Yo dije que no, que los años no pesan, que los años son ingrávidos, por eso es que la vida es tolerable. Pero lo que no le dije a Pau es que la nostalgia sí pesa, los recuerdos, conforme pasa la vida, se van haciendo de plomo. Los discos, que en un principio fueron de acetato, comienzan a pesar como si fueran yunques. Por esto, cuando, el otro día hallé (en Youtube) la canción “Don’t let me down”, de los Beatles, y quise bailarla, a mitad de la sala, no pude levantar los pies. La canción (lo sabés) tiene un ritmo lento, no tiene la prisa de una rola de rock pesado; no obstante, en los últimos años de los sesenta, los jóvenes movíamos los brazos y el tronco con armonía, cerrando los ojos, imaginando mundos sicodélicos. Me vi en el espejo y me vi ridículo, mis brazos carecían de gracia, eran como ramas de viejo árbol, como brazos artríticos de un dinosaurio. Sí, eso parecía yo, un dinosaurio, y, querida Mariana, todo mundo lo sabe, los dinosaurios son piezas de museo. Y no era que los años me pesaran, ¡no! Los años no pesan. Lo que me pesaba era el disco que, en lugar de acetato, se había convertido en un disco de plomo, como esos discos que usan los molinos de nixtamal.
Ramiro dijo que la máquina de esta fotografía era una Chandler. Lo dijo porque él trabajó en una imprenta, durante una temporada. Según él, Chandler fue el inventor de esta máquina que, durante muchos años, sirvió para hacer volantes. En la imprenta de don Chinto se hacían los programas que, en los años setenta, repartían los empleados del cine. Todos los días repartían volantes, de papel muy delgado, casi tan delgado como el papel de china, con la programación de los cines Comitán y Montebello. Cuando tomé la fotografía, el peso de esa máquina me encorvó la espalda, pensé que, tal vez, esta máquina había servido para hacer esos programas. Yo nunca fui aprendiz en una imprenta, pero imaginé a Ramiro formando las palabras con los tipos móviles. Ramiro me explicó que él debía formar las palabras colocando las letras al revés, para que a la hora de la impresión el texto apareciera legible, al derecho, pues.
De pronto pensé que esta máquina estaba como están muchos viejos y ancianos en sus casas: ¡tirados! ¿Tiene que ser así la ley de la vida? En casa de Ramón había un viejo que caminaba con dificultad (Romeo contó que no sabía qué relación familiar tenía, pero ahí lo cuidaron hasta que murió). El viejo despertaba temprano todas las mañanas, antes de las seis, caminaba hasta la cocina, con paso lento, se sentaba frente a la mesa y tomaba el café y comía el pan que una sirvienta le servía. Ahí se estaba hasta las diez de la mañana. ¿Qué hacía tanto tiempo sentado frente a la mesa? Romeo decía que nada hacía, salvo ver a las cocineras ir de un lado a otro, acodarse en la mesa y ver hacia el techo como si buscara algo. Nadie le hablaba, porque sabían que no él no respondería. Sólo de vez en vez, un joven de barba cuidada y con ropa de diseñador exclusivo llegaba a verlo, lo acompañaba con una taza de té y, al despedirse, le dejaba un paquete de hojas.
El viejo no variaba su rutina. A las diez se levantaba de la mesa y salía al corredor y se sentaba en una mecedora, y ahí, en el patio, se dedicaba al mismo oficio: ver el techo y, ocasionalmente, el cielo. No hacía más que eso. A las dos de la tarde se paraba y regresaba a la cocina, comía y, después de dos o tres horas, entraba a su cuarto y ya no salía hasta la otra mañana. Romeo dice que una mañana el viejo no salió de su cuarto. Cuando la mamá de Romeo vio el café y el pan intocados dijo: “Nuestro viejo ya murió”. En efecto ya había muerto. Cuando entraron al cuarto descubrieron qué hacía todas las tardes. Hallaron decenas de hojas con dibujos, dibujos excelsos. Sobre una mesa de madera hallaron cientos de hojas de dibujo con bocetos increíbles. Romeo dijo que cuando su mamá vio los dibujos preguntó cómo el viejo conseguía el material para sus dibujos, pero luego recordó al joven de barba y concluyeron que él era quien le llevaba las hojas. Dos días después de la muerte, el joven llegó y pidió ver los dibujos. En cuanto los tuvo en sus manos le dijo a la mamá de Romeo que deseaba comprar la colección completa. La mamá titubeó, pero cuando el joven ofreció miles de pesos por el trabajo del viejo, aceptó la propuesta. El otro día, Romeo me enseñó una página de Internet, una página del museo de arte moderno de Estambul. Me enseñó un dibujo realizado con sanguina, dijo que ese dibujo era de la colección realizada por el viejo.
Hay historias de viejos que siguen productivos, que son creativos, a pesar de la edad. Viejos que se resisten a ser como objetos de museo. No todos lo logran. Es difícil adecuarse a estos tiempos vertiginosos en los que todo tiene fecha de caducidad.

Posdata: Los años no pesan. Lo que pesa es el recuerdo. La nostalgia crece conforme pasan los años. Al principio, el recuerdo es como un sembradío de nubes, pero al paso del tiempo, esas nubes se llenan de agua y provocan lluvias tormentosas. Esto es lo que pesa en el ánimo de los viejos, no la edad, sino el sembradío de nubes grises.

miércoles, 27 de junio de 2018

ILIMITADO, INFINITO




En un libro leí que el diccionario es limitado, tiene un número finito de palabras, pero el proceso creativo; es decir, la posibilidad de escribir textos con ese número finito de palabras es ¡infinito! Por eso, la escritura es prodigiosa. Más prodigiosa que cualquier otra posibilidad de vida. Si pensamos en el sexo vemos que es, sí, qué pena, limitado. Nunca he leído el Kama Sutra, pero los que lo han leído cuentan que es maravilloso, porque enseña muchas posiciones para hacer el acto sexual. ¿Cuántas posiciones? ¿Decenas, centenas? Por más posibilidades que muestre, siempre serán limitadas y no sólo por la imaginación sino por las capacidades físicas. Siempre que alguien menciona el Kama Sutra pienso en mi primo Andrés, pienso en sus ciento y tantos kilos y en su redondísimo vientre que es como una de esas ollas de barro inmensas que antes colocaban en el patio de las casas para recibir agua de lluvia. Mi primo camina con dificultad. Tiene cincuenta y tantos años de edad y siempre presume que sigue siendo muy arrecho; es decir, que aún tiene potencia sexual. Pero (lo imagino) ¿qué puede hacer el pobre hombre sobre la cama con compañía femenina? ¿Puede hacer algún numerito de esos que vienen en el Kama Sutra? ¡No, por el amor de Dios! Entiendo que las ballenas (perdón) sólo se aparean de una manera. Mi primo (perdón), en la actualidad, no tiene más que una opción: Recostarse en la cama y ponerse boca arriba. No puede hacer el acto sexual en la posición de misionero, porque si la mujer en cuestión se coloca debajo de él terminará aplastada como almohada bajo una moto conformadora. A Andrés de nada le sirve saber que, según el Kama Sutra, hay cientos de posiciones. Bueno, en realidad, pocos mortales pueden realizar ese tipo de acrobacias que más bien parecen destinadas a personas expertas en trapecios circenses. Mi amigo Guayo me confesó el otro día que se echó una canita al aire y llevó a una chica al departamento de un amigo. Subió a la chica a la mesa del comedor (como había visto en no sé qué película) y él quedó parado frente a ella. Con ambas manos la tomó de las sentaderas y la jaló para sí. Él, para lograr el acto, debió ponerse un poco en puntillas. ¡Ah, no lo hubiera hecho! En el esfuerzo sintió que ambas piernas comenzaban a paralizarse (cuando lo que debía estar paralizado era otro miembro). En ambas piernas le dio calambres, tan fuertes, que no pudo sostenerse en pie y terminó en el suelo, suplicando que su compañera (como lo había visto en la televisión) le tomara de ambas piernas y, como si fuese un futbolista a mitad de la cancha, lo masajeara. En medio de carcajadas me contó que eso le había sucedido en un simple levantarse de puntillas y juró que nunca intentaría hacer lo que tanto había soñado y que es abrazar a la mujer en cuestión, estando él de pie y ella con las piernas cruzadas sobre su cuerpo, sin que ella toque el piso. ¡No, no!, me dijo, eso debí hacerlo de joven.
Pero, los jóvenes también saben que el catálogo de posiciones es limitado. Ellos también prefieren posiciones menos equilibristas. Un sesenta y nueve no significa mayor peligro ni mucho esfuerzo, pero el famoso y mítico “Salto del tigre” conlleva mucho riesgo. ¿A quién se le ocurre subirse al ropero y lanzarse con la intención de introducir el miembro en la vulva, de un solo intento? Esto es una bobera que sirve para chistes, pero no falta el que, en serio, lo intenta y termina con el miembro fracturado, porque en lugar de introducirlo en el huequito se da contra la rodilla de la dama que, en último momento, cierra los ojos y, en movimiento automático, cierra las piernas.
Por eso digo que es espectacular la posibilidad del acto creativo; es ilimitado y no conlleva riesgos. En un cuento de Daniel de la Rosa, una pareja se mete en un barril de madera lleno de miel. Ambos están desnudos. Primero se mete la mujer, en esa sustancia viscosa, con un aroma exquisito. Su pubis no está rasurado, cuando la miel llega a su vientre, ella no puede resistir la tentación de tocarse el Monte de Venus, porque sus dedos se enredan en su vulva como si ésta fuera una telaraña en un pomo de jalea. Luego se introduce el hombre. Una aureola de abejas los acompaña, El zumbido de las abejas es como un recibimiento amoroso. Ambos amantes tienen la miel hasta el cuello, están ligeramente acuclillados, sus manos tratan de alcanzar el cuerpo del otro pero es difícil. La sensación es inenarrable, él le dice que no tiene erección, ella le dice que no se preocupe, la cercanía de su cuerpo es muy satisfactoria, se besan, mientras ella juega con su pubis y él, también, juega con su miembro que está en su mínima expresión. Después de muchos minutos, ambos deciden que ha sido una experiencia increíble, deciden salir, colocan sus manos en el borde del tambo para salir, pero les resulta difícil, la sustancia tan pegajosa pareciera convertirse en algo como pegamento que les impide salir. Comienzan a pedir auxilio, gritan. Están solos en el granero y éste está lejísimos de las casas de la finca. El esfuerzo físico los agota. En medio de la somnolencia, ella siente un dolor agudo, pero soportable, en su espalda, logra llevar una mano hacia la zona y distingue unos brotes como pequeñas alas, sabe que se está convirtiendo en una abeja reina.
El cuento deja la sensación de quedarnos a deber en su final, pero la lección es que en la creación las posibilidades de juego son infinitas. Los amantes que juegan con la palabra tienen más posibilidades de acceder al erotismo que aquéllos que insisten en agotar las posiciones del Kama Sutra.

martes, 26 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, DESDE COMITÁN




Querida Mariana: Veo en la televisión una entrevista que le hicieron al poeta Hugo Gutiérrez Vega. Él murió hace dos o tres años, pero lo veo como una montaña viva en la pantalla. Él, de pronto, ¡oh!, recuerda que nació en Guadalajara. No pensaba en vos, pero en cuanto Gutiérrez Vega pronunció “esa región con nombre”, tu nombre creció en mi memoria.
¿Cómo te va? Estas últimas cartas van de Comitán a Guadalajara. Las demás (cientos de cartas) han sido enviadas desde Comitán “hasta” Comitán, casi casi como si tocara en tu ventana y te las diera mano a mano. Ahora es preciso que la paloma mensajera del Internet de este siglo te las entregue hasta allá en donde ahora tu mirada se desprende de tus ojos, como se desprenden las hojas de los árboles en otoño. Sí, te extraño. Extraño tu sonrisa a mitad del parque central o en una banca del parque de San Sebastián. Pero me fortalece que ya pronto volverás. Sólo falta un mes.
Para camuflar tu ausencia me he dedicado a ver cine (en YouTube), a pintar, a escribir y a leer. Dirás que es lo que hago cuando estás aquí. Sí, pero el aire de este tiempo tiene como cuerdas de alambres de púas a la hora que respiro. No te digo: ¡Vení ya!, porque sé que tu estancia allá es esencial para tu desarrollo intelectual y espiritual, pero le pido al tiempo que se apure, que le meta julepe, que deje de hacerse tacuatz y corra, corra como si el destino tuviera un límite antes de que acabe el mundo. Vení ya. Los viejos resentimos más las ausencias, el tiempo se convierte en una hamaca que no se mueve, que está ahí, colgada en medio de dos pilares sin hacer más que dejar pasar el viento. Los viejos quisiéramos ser como el viento, pero no somos más que los huecos que construyen el misterio de las hamacas.
Ahora, cuando me acerco a la ventana de la sala y miro las plantas que sembró mi mamá y que ahora están bellas porque la lluvia les ha puesto collares que enriquecen sus cuellos de damas exquisitas, pienso en los viejos que tienen lejos a sus hijos, los que, por cualquier motivo, no viven cerca de donde nacieron. Mi madrina Elena murió sola en su casa. Su esposo Mario no fue mi padrino, no fue, porque él murió cuando sus hijos tenían pocos años de vida y yo tenía dos. En el pueblo contaban que murió en otra ciudad, murió de un balazo, en una cantina de piso de tierra.
Sus hijos (tres), desde jóvenes dejaron Comitán y fueron a estudiar a la Ciudad de México y allá se quedaron. Los hijos venían de vez en vez, muy de vez en vez, llegaban a casa, saludaban a mi madrina y, de inmediato, iban a casa de los amigos para reunirse con ellos, para ir a Uninajab, para ir a ranchos, para ir a Los Lagos. Llegaban a casa en la noche, se levantaban tarde, desayunaban, platicaban un rato con mi madrina y luego volvían a salir para reunirse con los amigos. Mi madrina murió sola. Una madrugada (el certificado de defunción dijo que sufrió un infarto fulminante, entre las dos y las cuatro de la mañana) la madrina murió. Murió sola.
Pero si digo o escribo: “Mi madrina murió sola” no digo algo sorprendente. Todo mundo muere solo. Debo escribir: “Mi madrina vivió sola”. Esto sí tiene el hielo de la ausencia. Vivir solo es como vivir en cadena perpetua, en una cárcel asfixiante.
A veces imagino las horas anteriores a su muerte, cuando aún estaba viva, sola, muy sola, imagino que puso a calentar un poco de café en la hornilla, partió un pedazo de cazueleja, se sentó en la mesa de seis sillas que siempre hubo en el comedor de la casa, y, viendo hacia la pared, donde estaba el cuadro de la Última Cena, comenzó, como canario, a pispiar pedazos de pan. En la otra habitación, la pantalla de la televisión mostraba imágenes para nadie. El sonido llegaba sordo y opaco hasta los oídos de mi madrina, quien, sin duda, dedicaba su pensamiento a otras imágenes. ¿Qué pensaba? Imagino que se sentó en la orilla de la cama, sacó su libro de oraciones y, con el auxilio de la luz de la lámpara del buró, pidió a su Dios que bendijera a sus hijos, hijos que desde que tuvieron dieciocho años estuvieron ausentes. ¿Cómo sobrevivió mi madrina esa ausencia casi infinita? Sus hijos llegaban a Comitán, de vez en vez, abrazaban a su mamá, dejaban las maletas en los cuartos y luego se despedían porque iban a reunirse con los amigos, quienes los recibían con emoción y alegría.
Hugo Gutiérrez Vega, en la pantalla de la televisión, habla de su infancia en Guadalajara (pienso que algunas de las calles que él caminó vos ahora las caminás). En varios momentos de la entrevista recuerda algunos de sus poemas; en uno de ellos dice: “Era el tiempo en que se nos abría el paraíso / en todos los minutos del día. / Días de minutos largos, / de palabras recién conocidas”. Pienso, entonces, que cuando estás acá, al lado de tu novio y de tus papás; acá, en tu pueblo, a todos se nos “abre el paraíso, en todos los minutos del día”.
Posdata: Te envío una postal que encontré en San Cristóbal. El otro día fui y, ¡fue inevitable!, pensé en la vez que fuimos a comprar cervecitas dulces.
Vení ya. ¿Qué tiene Guadalajara que no tenga Comitán? No lo digás, porque si comenzás a mencionar las ventajas de aquella gran ciudad, pensaré que decidirás quedarte allá un tiempo más. Tardá el tiempo que querás, pero ojalá que ese tiempo no quiera tardarse más.

lunes, 25 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL EXCESO EN EL FESTEJO




Querida Mariana: Rodrigo dice que los mexicanos no estamos acostumbrados a ganar. Por esto, cuando ganamos algo caemos en el desborde. Quienes, de manera frecuente, gozan el triunfo lo toman con la misma tranquilidad con que la niña mira el milagro del colibrí frente a la flor. Lo que Rodrigo dice no es algo novedoso, ya Octavio Paz, nuestro Nobel de Literatura, en el “Laberinto de la soledad”, acerca de los festejos religiosos o cívicos, apuntó: “… el país entero reza, grita, come, se emborracha y mata en honor de la Virgen de Guadalupe o del general Zaragoza…”. Así somos, diría Mateo.
En las redes sociales medio mundo ha exhibido los excesos en que han incurrido muchos mexicanos al celebrar las dos victorias de México en el Mundial de Rusia.
No sé si eso justifica mi deseo de que no gane la selección de nuestro país. Muchos pensarán que soy un malinchista, que soy un hijo de mala patria. No es así. He disfrutado, como muchos, los partidos de fútbol. Lo seguiré haciendo. Confieso que no soy el clásico espectador apasionado. ¡No! En realidad veo mientras leo o al contrario: leo mientras veo; es decir, siempre estoy con un libro y pongo mi atención en lo que leo, pero, cuando el Perro Bermúdez dice que era suya o que la quería colocar donde las arañas tejen sus redes dejo el libro y veo la acción. Me seducen las multitudes. Disfruto mucho el disfrute de todos los aficionados que están en los estadios y gritan y se llevan las manos a la cara cuando el jugador de su selección falla el gol frente a la portería o cuando se levantan en automático, levantan los brazos y abrazan a su prójimo porque el balón entró en la portería. ¡Es tan escaso el gol que el festejo sí merece la explosión de los sentidos! Esto lo disfruto. Me seduce ver cómo las multitudes abandonan, como suéter, su individualidad y se mezclan en un todo homogéneo que es como un mar de aficionados embriagados por la pasión. Las multitudes llaman mi atención. Quedo anonadado por las multitudes en conciertos y en partidos de fútbol.
Disfruto que los aficionados se diviertan y celebren las victorias y, también, sufran las derrotas. Esa hora y media del partido es la grieta que permite tirar lo cotidiano al albañal y es la ventana que da acceso a lo novedoso, a lo inusual.
Me encantaría que ir al estadio de fútbol fuese como ir al cine o como ir al templo o al parque de diversiones. Las personas que van al cine disfrutan la hora y media de la cinta con intensidad, gritan y agarran los descansabrazos con furia a la hora que el dinosaurio brinca la cerca electrificada y camina detrás del jeep de los científicos y el chofer no logra que el motor encienda y le da una y otra vez al llavín, mientras el gigantesco animal se acerca más y más. Cuando la cinta termina, los cinéfilos salen de la sala, comentan la cinta y van felices por ese cambio de rutina. Lo mismo sucede con los creyentes, cantan y oran en grupo y al final salen del templo como si hubiesen recibido un baño de luz. ¿Imaginan que los católicos salieran del templo y treparan sobre los carros y bailaran sobre los techos y quebraran cristales y se manifestaran en las plazas de todas las ciudades y se subieran a sus autos y, con el acelerador a fondo, dieran vueltas y vueltas en círculos y se emborracharan y pelearan y se golpearan y se burlaran de todos los ateos y cuando alguien preguntara por qué lo hacen, todos dijeran que es porque “Estuvieron con Cristo”?
El fútbol, qué pena, provoca los más oscuros sentimientos, hace que afloren los complejos y se desborden los ánimos. Tal vez Rodrigo tiene razón: los mexicanos no estamos acostumbrados a ganar, por eso cuando ganamos algo nos excedemos, porque sabemos que difícilmente se volverá a dar la oportunidad de coronar nuestras cabezas con la aureola de laurel, soberbio símbolo de la victoria.
Si México obtiene su pase a la siguiente fase significa que habrá un día más para el exceso y para la tragedia; si México logra el ansiado quinto juego la patria se estremecerá y habrá borracheras y desbordes sangrientos. ¿Cuántos accidentes ocurren en estas inundaciones?
Si la selección de México pierde y regresa a casa, los aficionados vivirán el Mundial sin excesos, buscarán un equipo cercano a sus afectos y alzarán los brazos cuando el gol aparezca. ¿Al término del partido volverán a sus habituales actividades, con el gusto de haberse divertido durante noventa minutos?
Posdata: Me da pena decirlo, pero no le voy a México, porque amo a México. Me duele el exceso, lo lamento. El miércoles no gozaré una posible victoria de México, porque desde ahora advierto el desborde que se hará, la tragedia que estará envuelta en la bandera del triunfo. Me da pena decirlo, me gustaría que Suecia gane y que Alemania gane y que sus aficionados celebren las victorias. En aquellos países están acostumbrados a celebrar el triunfo sin excesos (imagino).
Acá es una pena, un gol no sólo lo celebramos en el instante. Tal flama se extiende en la línea del tiempo y es tan desbordada que, en muchas ocasiones, provoca incendios lamentables.
No sabemos ganar, no estamos acostumbrados. Las lecciones que recibimos son defectuosas. Mirá cómo se comportan muchos paisanos ante dos victorias que nada garantizan. Uf, no puedo imaginar lo que sucederá si México pasa a la siguiente ronda. No puedo imaginarlo. Medio mundo de México quiere que la selección gane. Si el festejo fuera civilizado todo sería hermoso, pero la celebración siempre es exagerada, dañina, muy de sociedad no acostumbrada a la victoria. El exceso aparece y provoca desgracias. El festejo se convierte en desdicha en muchos hogares. Ya lo dijeron los sabios: Todo en exceso ¡es malo!, y los mexicanos brincamos el límite del festejo y llegamos al exceso, nos embriagamos de pasión y la resaca nos tarda años.

sábado, 23 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE ÁRBOLES




Querida Mariana: López Obrador estuvo en Comitán. Pau y yo fuimos al parque a argüendear. De lejos vi a mis amigos Roberto Álvarez y Daladier Anzueto, quienes, si les preguntan, dirán que estuvieron frente al próximo presidente de México. Bueno, en realidad, el noventa y feria por ciento de los asistentes diría lo mismo, porque asistieron los simpatizantes de El Peje; el mínimo porcentaje restante estuvo conformado por argüenderos, mitoteros, chismosos y simpatizantes de otros candidatos (estos últimos fueron para medir la fuerza del tabasqueño y pasar reportes a sus jefes inmediatos). Yo, como digo, fui a argüendear y miré algo que he visto con frecuencia: varios árboles del parque llenos de personas. Sí, tal vez vos también has visto esos árboles que, en lugar de frutos, están llenos de personas que se encaraman sobre ellos para ver desde arriba. He presenciado tal fenómeno durante los desfiles, durante los mítines políticos o durante el Festival Rosario Castellanos y en el escenario está, por ejemplo, Lila Downs, cantante oaxaqueña que canta bien bonito. La gente que se encarama en árboles tiene algo de chango. No lo piensan dos veces. Necesitan un espacio en alto para ver el escenario y trepan sobre las ramas y alcanzan la máxima altura en la copa de los árboles.
No dudo que algo similar sucedió cuando vino Fernando Castellanos o cuando vino Albores Gleason. Los simpatizantes y acarreados (lo mismo en el caso de López Obrador) llenan el espacio del parque y, por ende, los de las últimas filas buscan un lugar alto para poder ver lo que sucede en el templete principal. No hay de otra que treparse sobre postes o sobre árboles. Como trepar a postes no es cosa sencilla (recordá el palo ensebado), la gente prefiere trepar a los árboles, porque éstos son muy generosos en su forma. Abren sus ramas como brazos, que los trepadores usan como escalones. Los postes no sirven más que para lo que sirven; es decir, para sostener cables; en cambio, los árboles son muy dadivosos, porque prestan sus ramas para que los papás cuelguen columpios donde juegan sus hijos.
Pau, niña lista, que no sólo ve lo que sucede en los escenarios, sino que también está pendiente de lo que sucede alrededor, de inmediato vio el árbol lleno de personas, me jaló del pantalón, señaló y dijo: “Mirá, tío, un árbol de hombres y mujeres”, lo dijo como si los hombres y las mujeres fueran parte intrínseca del árbol, como si éste pariera seres humanos, en lugar de frutos. La imagen era muy simpática y alucinante: los hombres y mujeres se movían por en medio de las hojas, tratando de ver a los que, en el templete, daban discursos. Era como si regresáramos cientos de años en la evolución y presenciáramos cómo los abuelos del ser humano aún vivían en medio de los árboles.
Nosotros escuchamos (porque estábamos a ras de piso y sólo imaginábamos lo que sucedía) que junto al candidato a presidente municipal, al candidato a senador, a la candidata a la diputación federal y López Obrador estaba, nada más y nada menos, ¡Irma Serrano! Cuando el nombre de Irma se escuchó en los altoparlantes, vi que una mujer que estaba trepada en el árbol se hizo a su derecha, para esquivar una rama que tenía enfrente, quería ver a la actriz comiteca, a pesar de que estaba como a treinta metros o un poco más del templete. “Se va a caer”, dijo Pau, quien también había visto el movimiento atrevido de la mujer. Por fortuna nada pasó. La mujer estiró su brazo derecho y logró detenerse en otra rama y ahí se quedó, estirando el pescuezo como si su cuello fuese un periscopio con fuelle.
En Comitán (como en muchos otros pueblos del mundo), cuando hay multitudes, muchas personas (no sólo niños) suben a los árboles y convierten a éstos en sus plateas selectas. Mientras los que están a ras de suelo se paran en puntillas y alzan los pescuezos o las muchachas bonitas se encaraman sobre los hombros de sus muchachos, los que están en los árboles ven todo casi casi como si estuvieran en primera fila.
Los árboles (¡ay, qué pena!) no sólo sirven como plateas, también los usan para amarrar lazos que detienen manteados o lonas inmensas. En el parque central de Comitán sirven como postes para atar cuerdas que, por supuesto, hieren sus troncos. La gente es insensible, sobre todo los inconscientes trabajadores que levantan carpas para que el gobernador en turno entregue despensas. He visto a trabajadores colocar las plantas de sus pies sobre los troncos como apoyo a la hora que, con sus brazos musculosos, hacen fuerza para que las cuerdas queden bien apretadas.
Los árboles debían servir sólo para sostener columpios y para abrazar a nidos de pájaros. Los árboles son generosísimos, nos dan sombra cuando el sol avienta sus rayos de manera inclemente y nos proveen oxígeno para que podamos vivir. Pero, encima de ello, muchas personas despiadadas los usan como postes para pegar publicidad o para sostener carpas gigantescas.
Pero el colmo (cuando menos en mi pueblo) es lo que Pau y yo presenciamos hace dos días. Fuimos al parque a comer esquites y cuando estábamos a punto de llevarnos la cuchara a la boca, con ricos granos de maíz, con su correspondiente limoncito, sal y polvojuan, Pau señaló y dijo: “Mirá, tío, un árbol de basureros”. Así lo dijo, como si el árbol, en lugar de dar frutos diera basureros. Lo vi y no podía creerlo. ¿Cómo era posible que en pleno parque central de Comitán estuviera un basurero encaramado en un árbol? Pau dijo que nuestro parque era único en el mundo, porque sus árboles “daban” personas y basureros. Sí, pensé, es un parque insólito, por desgracia.
Al principio pensé que el basurero estaba sobre el árbol como resultado de una travesura juvenil. Algunos muchachos traviesos (nunca faltan, basta ver las estupideces que algunos aficionados mexicanos hacen ahora en Rusia) encontraron un basurero y lo colocaron ahí arriba. Pero luego pensé que no era tan sencillo, pensé que algunos empleados municipales, encargados de la limpieza, hallaron el basurero fuera de su base y no encontraron “mejor lugar” para tirarlo que encaramarlo en el árbol. Los dos casos son graves, pero si lo segundo es lo correcto (¡incorrecto!) es de dar pena ajena.
Medio mundo ha dicho, en reiteradas ocasiones, que la autoridad municipal ha descuidado el parque central. El parque está lleno de huecos en el piso. Lo que en un principio fue una gran idea (las letras tridimensionales con el nombre de Comitán) se ha vuelto ya una vergüenza. Las letras fueron hechas con madera, ésta ya se pudrió, por lo que las personas se toman fotografías con el nombre de Comitán a punto de desvencijarse. ¡Qué pena! De igual manera, el desagüe que está colocado al lado de la escultura de Luis Aguilar está todo deteriorado, convertido en una trampa para los peatones; además de que en temporada de lluvias provoca un gran encharcamiento. En varias ocasiones he insistido con mi amigo, el maestro Lacho Nucamendi, Director de Atención Ciudadana, en la necesidad de arreglar esa alcantarilla y él, siempre muy atento, me asegura que ya lo resolverán. La vez más reciente le recordé su promesa. Él platicaba en los pasillos de la presidencia con la síndica. Minutos más tarde nos encontramos frente al teatro de la ciudad y me dijo que después de despedirnos, la síndica había platicado con el director de obras públicas para que se encargara de solucionar tal problema. Yo le agradecí al maestro Lachito, lo hice en nombre de Comitán. Pero, ya pasó más de un mes de la plática y el problema persiste y se agudiza. Sí, sí, lo sé. Este hundimiento no fue causado por esta administración. Claro que no. Es un problema que heredaron. Pero (yo digo) si me entregan una casa con defectos, lo primero que hago es solucionarlos, dignificar la casa, la casa común. No creo que sea la gran ciencia (ni que cueste mucho) arreglar esa alcantarilla que está en el mero corazón de nuestro pueblo, al lado de donde atiende el presidente municipal.
Necesitamos vivir en una ciudad digna, porque los comitecos, desde siempre, hemos sido un pueblo digno y bastión fundamental para la historia de Chiapas y de México. Comitán siempre se ha distinguido por ser un pueblo de gran cultura. No lo decimos nosotros, lo reconoce medio mundo. ¿Por qué entonces la autoridad descuida nuestras plazas?

Posdata: Qué pena que las autoridades no caminen en la misma dirección que camina la mayoría de comitecos. La mayoría cuida este pueblo como se cuidan los árboles, está pendiente de que siempre dé sombra, de que sea sólo espacio para nidos de pájaros.
Gracias a Dios, en este proceso electoral no hubo los odiosos y contaminantes pendones plásticos con los rostros de los candidatos. ¡Dios es grande!