lunes, 5 de noviembre de 2018

¿TÍO BELIS?




Veíamos esta fotografía cuando alguien (no sé si Romeo o Alfonso) dijo que el árbol enorme del primer plano ya no existe. No, ya no, dijo Romelia. Cuando hicieron la ampliación del parque central, ese árbol fue derribado. Pero luego Romelia dudó. Dijo que tal vez se había salvado. Nos pasamos un buen rato buscando alguna huella, pero olvidamos el asunto del árbol, cuando Romeo señaló la foto con su índice y dijo que el Junchavín sí sigue enterito. Se refería al cerro que sirve de fondo a la portada del templo de El Calvario. También el templo sigue enterito, dijo Alfonso. ¡No!, dijo Romelia, la parte alta de una torre está deteriorada.
Alfonso mencionó que la casa de dos pisos que se ve al lado del Hotel Central sigue casi intacta, cuando menos en su fachada.
Fue cuando Armando, quien andaba sentado muy calladito, dijo que viéramos la columna del primer plano y dijéramos a quién representa el busto. Romelia fue a su cuarto a sacar una lupa y con ésta hurgó hasta que sentenció: Es tío Belis (Belisario Domínguez).
Romeo dijo que sí, que parecía un busto de tío Belis. Entonces fue cuando Alfonso preguntó si ese busto aún existe en algún lugar. Romeo dijo que sí, que debe existir en algún lugar, y cuando pronunció algún lugar lo hizo en forma silabeada: “al-gún lu-gar”, para que sonara con la ironía con que sonó.
Pedro preguntó si no es el busto que está en la Casa Museo Doctor Belisario Domínguez. ¡No!, dijo Romeo, el busto de tío Belis que está en su casa es otro. Pero, igual que en el caso del árbol, todo mundo dudó.
¿Entonces?, preguntó Romelia. Entonces ¡nada!, dijo Alfonso, la historia de este busto puede ser un capítulo más de los objetos perdidos y no hallados en el templo.
Romelia pareció no comprender. Alfonso dijo que, de vez en vez, desaparecen bienes públicos. Platicó que antes había un león de melena, en el barrio de La Pila. Una escultura de piedra que adquirió la Junta de Festejos. Como a alguien se le ocurrió decir que el león de la leyenda no podía ser un león africano, porque en Comitán no hay más africanos que los dulces así llamados, un buen día fue sustituido por el puma que hoy existe en una esquina del parque y que es una escultura realizada por el escultor comiteco Luis Aguilar. ¿Qué pasó con el león de melena? Desapareció del parque. ¿Lo rescató la Junta de Festejos? Parece que no.
Armando dijo que también habían desaparecido las placas que el grupo de amigos de Armando Alfonzo Alfonzo colocó en la avenida que lleva su nombre. Un día antes de la inauguración del busto de Jorge De la Vega Domínguez, personal del ayuntamiento de entonces se encargó de quitar las placas. ¿En dónde están esas placas?
No sólo hay afrentas, también hay travesuras. En una pared lateral del Gimnasio Roberto Bonifaz Caballero hay una placa que dice lo siguiente: “Asociación de Estudiantes Comitecos Radicados en el D.F. – Educadores comitecos – Homenaje a los hombres que han dedicado su vida a la enseñanza”, y luego viene la relación de tres nombres: Ernesto Suárez A. Presidente – Jorge Domínguez G. Oficial Mayor – y Roberto Gutiérrez D. Secretario de Organización.
La placa de la Asociación de Estudiantes Comitecos Radicados en el D.F. es de bronce. Si uno se acerca advierte que en una esquina superior hay algo como un vacío, como un hueco. ¡Cómo no! Alguien quitó el escudo de la Asociación. El escudo se agrega a los objetos históricos que han desaparecido. Puede ser que algún travieso lo haya quitado para venderlo (venden tubería de cobre, ¡que no vendan objetos de bronce!), pero puede ser que alguien lo tenga de adorno en su casa.
De esto se deduce que muchos hilos de nuestro tejido común se han perdido. Por esto, tenemos muchos huecos en la historia de nuestra comunidad.
¿Es un busto de tío Belis lo que aparece sobre la columna en esta fotografía? Quienes vivieron el parque de los años cincuenta y sesenta deben saber. Y si es así, entonces puede ser un objeto más de los que dice Alfonso: objetos perdidos y no hallados en el templo.
Como la plática no iba a llevarnos a lugar alguno, Romelia propuso que no perdiéramos la tradición, sacó una botella de tequila y sirvió generosamente. Levantó la copa y dijo: “Desaparezcamos este sagrado tormento”. Todos dijimos ¡salud!

domingo, 4 de noviembre de 2018

PREGUNTA COMÚN, DE DOMINGO COMÚN




Fui a casa de Pau. Ella jugaba en la sala. Mientras su mamá me preparaba una limonada (sin azúcar), mi sobrina dejó de jugar la muñeca y, desde el piso, me preguntó: “Tío, si fueras joven ¿de quién te enamorarías?”.
La mamá de Pau me sirvió la limonada, dejó un platito con semillas de calabaza en la mesa de centro, y volvió a meterse a la cocina.
Pau levantó la muñeca hasta el horizonte de su mirada y le dijo: “Mi tío ya está grande”. Volvió su mirada hacia mí y dijo: “Entonces, tío, si fueras joven ¿de quién te enamorarías?”. Pensé en decir que no se valía ese juego porque implicaba entrar al terreno de lo imposible. Nadie puede regrear a la juventud. Pensé decirle que la pregunta no debía incluir ese condicional, pero un segundo después entendí que Pau me invitaba a imaginar, a jugar desde mi edad de sesenta y uno.
Como la mamá de Pau escuchaba una canción de la Sariñana en la computadora me levanté y fui a detener la imagen. Como si hubiésemos estado en una sala cinematográfica en la que se suspende la función, mi prima protestó desde la cocina, silbó y demandó que Ximena siguiera cantando.
“Sariñana -dije- me enamoraría de alguien como la Sariñana”, y oprimí el botón para que ella siguiera cantando la canción de Juan Gabriel. Pau se levantó y fue a ver la imagen proyectada. “¿Te enamorarías de alguien como Ximena?”, preguntó. Dije que sí. Me gusta la Sariñana. Admiro su capacidad para envolver los años. Parece (así la veo) una chica de dieciocho y sin embargo tiene más de treinta. ¿En qué pliegue esconde el tiempo inclemente?
Hubo un tiempo (ahora lo confieso) que me enamoré de Susan Dey, quien era una actriz que aparecía en el programa de televisión “La familia Partridge”. La niña me encantaba. Tal vez ella tenía la misma edad que ahora aparenta Ximena o tal vez era más chica. Una vez la vi en la Proveedora Cultural. ¡Claro!, en una revista. Compré la revista y recorté el poster central donde aparecía ella. Tenía los ojos verdes y el labio superior siempre estaba levantado, como pajarito parado sobre una rama, como si invitara a darle un beso. El cartel lo pegué en una de las paredes de mi cuarto y en la noche, antes de apagar la luz y antes de rezar mis oraciones, la veía y la deseaba.
Como yo era muy tímido y las chicas de Comitán me ignoraban (por lo mismo, tal vez, porque no me acercaba a ellas), se me hizo fácil tener un amor platónico que estuviera en mis manos. Porque en ese tiempo (escribo de los años setenta) era muy difícil tener la fotografía de una chica comiteca real (dichosos estos tiempos en que cualquiera toma una foto con celular o baja la foto de perfil del Facebook de la chica que le gusta. Dichosos estos tiempos en que las chicas no son tan mojigatas y algunas mandan “The pack” a sus amados). En aquel tiempo fui feliz siendo uno más de los millones de fans que Susan tenía, fui uno más de la cofradía de chavos que la amaban. La tenía a la vuelta de la esquina, bastaba prender el televisor en el canal 5 para verla en un glorioso blanco y negro, en la Ciudad de México.
Sí, si fuera joven otra vez, me enamoraría de Ximena Sariñana. Entraría al Youtube y, antes de apagar la luz y rezar mis oraciones, la vería y la escucharía y la desearía. Sin importar que cante canciones de Juan Gabriel. La amaría por encima de todas las demás mujeres, así como amé a Susan Dey.
Hoy, me da pena decirlo (las comitecas de mi generación dirán que hablo de ardor), pero lo cierto es que en el Comitán de mis tiempos de adolescente no había una niña tan linda como Susan Dey. Bueno, la verdad es que en todo México nadie la superaba. Las niñas de acá tenían los labios más gruesos, más de cuch joceador; sus pieles eran más betún de chocolate; sus ojos eran de color tazón de café con roya. Ella, por el contrario, era perfecta, virgen del Renacimiento.
Como los tiempos son otros, las chicas de estos tiempos ya son más bellas. Las chicas comitecas son tan lindas como muñequitas hechas en talleres artesanales. Son casi perfectas, pero siempre por debajo de la Sariñana.
La mamá de Pau salió de la cocina y dijo: “¿Así que Ximena, eh?” Sí, dije, Ximena. Ella (la mamá de Pau) se acercó y me tomó de la barbilla y dijo: “Menos mal que juegan a imaginar, porque la verdad, así como estás, ya con prótesis dental y con el cabello en retirada, no tendrías más oportunidad que andar con Paquita, la del barrio, o con Lucía Méndez” y rio, como si hubiera hecho el chiste del año. Pau también sonrió. Yo nada dije. Le pedí a Pau que pusiera otra canción de Ximena y puso “Aire soy”, que canta al lado de Bosé (cantante maravilloso) y fui a sentarme y tomé la limonada y disfruté a Ximena, porque la mamá de Pau conectó la computadora a la pantalla gigante de televisión y vi a la Sariñana alzar los hombros mientras seducía a Bosé y yo cerré tantito los ojos cuando ella dijo: “…sin ti, soy nadie, sin ti, yo no” y lo repitió una y otra vez.
Sí, si fuera joven me enamoraría de alguien como Ximena, Ximenita ojos de mandarina, sonrisa de colibrí en vuelo, pechitos de durazno. Sí, Ximena, aunque cante con Los ángeles azules.

sábado, 3 de noviembre de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




¿Y si dividimos la escena en luces y sombras? Sé que es una división maniquea; sé que la vida es más, mucho más, pero acá veo eso: luces y sombras. En los techos aparecen tales contrarios, y en el piso ocurre lo mismo: hay luz y hay sombra. La luz de la chica que posa, y la sombra de quien toma la fotografía. No lo notamos con precisión, pero la vida es eso: Hay personas que brillan y aparecen en las pasarelas y hay otras que son las que consignan los hechos. Los fotógrafos y los escritores pasan como sombras, salvo aquéllos que logran, por algún conjuro mágico, cruzar la línea de la sombra y se convierten en personajes expuestos al reflector. Acá, la chica que posa es la luz, una luz de ámbar por la hora del día en que fue tomada la fotografía. ¿Qué hora es? Cualquier comiteco haría una deducción por la longitud de la sombra, diría que el sol ya está declinando, por lo tanto… ¡A ver, perdón! Esta deducción puede ser falsa, porque, si el lector observa con atención, esas casas no corresponden a la arquitectura de la región comiteca, ¡no! La chica de la fotografía está en Francia, en alguna región de Francia. No me pregunten cuál. No lo sé. Pero ese método constructivo es característico de aquellas regiones y no de éstas. ¿Ya vieron los techos? ¿De qué están hechos? Parecen forrados con piel de ante, se ven tan suavecitos. Dan ganas de colocar una escalera, trepar y, como en juego de niños, deslizarse hacia abajo. ¡Ah, debe sentirse tan sabroso pasar la mano por esa textura!
Entiendo que el lector de estas regiones del mundo advierte una cierta similitud con los techos de las chozas que construyen los mayas de la zona de Yucatán. Hay algo como una mano que, a través del mar, se extiende y saluda a la otra. Hay tantas similitudes entre los pueblos del mundo. Tal vez los sociólogos y antropólogos dirían que más que diferencias hay coincidencias. Ya nos platicó doña Antonieta de Utrilla, en un libro memorable, cómo en un viaje al Oriente halló muchas semejanzas en la gastronomía. ¿Cómo es posible que en lugares tan distantes (geográficamente) existan tantas coincidencias? No queda más que concluir con una obviedad: En todos los países del mundo hay seres humanos.
¿Ya vieron cómo, a la mitad del techo, hay una comba que es como un túnel, como un pasadizo a la región oscura? La comba de la primera casa es discreta, pero la comba de la segunda casa es amplia, rotunda. Un arquitecto podría explicar en qué consiste tal procedimiento constructivo, que le da una nota coqueta al techo. El techo deja la rutina y se comba para volverse estéticamente bella, pero no creo que la coquetería sea la explicación, ¡no!, esa comba debe tener su explicación racional. Si veo la primera casa observo que la comba está sobre el espacio donde hay una ventana, pero, la comba de la segunda casa ¿sobre qué espacio está?
Sí, se ve tan suave el techo, tan delicado. Si digo que la fotografía corresponde a una región francesa deduzco que la inclinación del techo es para evitar que la nieve se acumule, para que los copos de nieve pueda cumplir el sueño de bajar con las piernas abiertas como si estuviera sobre un tobogán.
Cualquier comiteco, al ver esta foto, preguntaría: ¿Hijita de quién es pue’?, refiriéndose a la chica que posa. Ella es Ana Lucía Ruiz Bermúdez. Ella no lo sabe, pero yo conocí muy bien a sus abuelos, los paternos y los maternos, ya fallecidos. Tuve el privilegio de platicar con ellos, en las calles comitecas. Su abuelita paterna leía las Arenillas. Una vez me dijo que le gustaban muchos los textillos que escribo. Su abuelito paterno también fue un gran lector, un gran lector de libros y de periódicos. Cuando mi Paty y yo tuvimos una tienda de libros, revistas y periódicos, en el Pasaje Morales, su abuelito paterno llegaba todas las tardes por su ejemplar del Excélsior. Él pagaba una suscripción mensual para garantizar su ejemplar diario. A veces se molestaba tantito cuando le decíamos que ese día no había llegado el periódico, porque el camión de la Cristóbal Colón estaba demorado.
A su abuelita materna la conocí en su casa de la bajada de La Pila. Ahí, en el zaguán (lleno de luz), ella tallaba imágenes de San Caralampio, en madera. Tal vez, digo que tal vez, las imágenes más bellas de esos tiempos salieron de sus manos. Ahora (perdón) veo las tallas que hacen y las encuentro muy burdas, las manos de tata Lampo son como manos de transformer. La abuelita de Ana Lucía hacía las tallas con mucha delicadeza. No sé si en su casa comiteca, la chica de la foto tenga una imagen hecha por las manos de su abuelita. No sé si ella recuerda cuando su abuelito materno la tomaba de la mano y la llevaba por la bajada de El resbalón y cuando llegaba a la esquina le hablaba de la casa de sus bisabuelos, la casa donde estaban los tanques de los Bermúdez.
Todas las casas de acá tenían el techo de tejas, tejas hechas de barro. También tenían una inclinación para permitir que el agua de lluvia se deslizara, pero los techos de acá no son tan inclinados como los techos de estas casas de la región francesa donde Ana Lucía está.
Ella, Ana Lucía, también (igual que sus abuelos) es gran lectora, ella es escritora. Tal vez algún día escriba un libro. Ese día, su abuelita materna, que disfrutaba mucho las Arenillas, tomará el libro de su nieta y sonreirá y llenará de luz los patios de todas las casas, las que tienen techos de teja de barro y las que tienen techos forrados con esa delicada capa que parece hecha con piel de ante, techos como de hojaldre.

viernes, 2 de noviembre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE VE QUE NO HAY QUE REGRESAR A LUGARES DONDE UNO FUE FELIZ




Querida Mariana: Leí a Chanoc en mi infancia y adolescencia. Cada semana compraba un ejemplar en la Proveedora Cultural, con don Rami, personaje real que llenó mi vida con el mismo afecto que el personaje de ficción que fue Tsekub, padrino de Chanoc. Mi biografía sentimental conserva en un lugar especial a don Rami y al viejo Tsekub.
Chanoc me tocó de tal manera que en mi novelita breve “Historia triste de un cuentahistorias” le hago un homenaje cuando uno de mis personajes lo imita al grado que se convierte en una especie de clon de Chanoc.
Por eso, cuando escuché en la televisión que habían lanzado un libro con historias recicladas de Chanoc me puse contento.
Desayunaba fruta. En la sala estaba prendida la televisión. Era la hora del noticiario matutino de Canal 11. Javier Solórzano acostumbra dar a conocer las portadas de los diarios más importantes de México. A la hora que, con el cubierto, tomaba un pedazo de papaya y me lo llevaba a la boca escuché que Javier Solórzano daba la noticia: Editorial Porrúa había lanzado un libro con historias de Chanoc.
Hace muchos años hubo un intento similar. Una editorial lanzó una revista con historias recicladas de Chanoc y prólogo de Carlos Monsiváis (quien fue lector empedernido de esas historietas). Recuerdo que corrí al expendio de revistas y compré la revista. Con portada a todo color y papel de calidad llevé un ejemplar a mi casa y lo disfruté mucho. Por desgracia, el intento de revivir a Chanoc no fructificó y el ejemplar fue único. ¿Qué sucedió? No sé. Algún detalle en el proceso de mercadotecnia les falló. No fue el éxito que esperaban y, digo yo, en lugar de perder dinero, decidieron cancelar el proyecto.
Ahora, Porrúa inicia de nuevo el intento de regresar a millones de lectores de aquellos años a este personaje entrañable.
Porrúa ya casi lo tiene amarrado. Hace años (yo radicaba en Puebla) lanzaron un libro con historias de la Familia Burrón, esos entrañables personajes de historieta creados por don Gabriel Vargas. Como la revista, en sus mejores épocas, tuvo tirajes de miles y miles de ejemplares semanales, el éxito halló un camino natural. Cuando esos miles y miles de lectores de los años sesenta y setenta (quienes ahora ya tienen la edad de sesenta y más) se enteraron de que podían hallar las historias de don Regino y de doña Borola fueron a las librerías Porrúa y agotaron las ediciones. Ahora ya están por el tomo XV.
Con tal éxito decidieron honrar a los personajes creados por don Ángel Mora y han lanzado el primer volumen de Chanoc, aventuras de mar y selva.
El mismo día que escuché la noticia corrí, después del trabajo, al Centro Cultural Rosario Castellanos para ver si ya estaba el libro en Comitán. ¡Porrúa no me falló! Sí, ya estaba a la venta. ¡Ah, qué prodigio! Bendije el instante en que Porrúa abrió la sucursal en mi pueblo. Pagué y, con el mismo entusiasmo de niño, me senté en una banca del parque central y quité el nailon que cubría el ejemplar. ¡Ah, qué emoción, tenía a Chanoc en mis manos de nuevo! Pero al hojear el libro un pie de la desilusión aplastó mi entusiasmo: Estaba en blanco y negro. ¿Cómo? En mi adolescencia yo corría a comprar la revista y al abrirla la encontraba a todo color. ¿Cómo es posible que en los años setenta la revista tenía color y en una edición del siglo XXI las páginas estén en blanco y negro? Si ahora alguien reedita a Kalimán y me presenta una revista en tonos sepia estaré feliz, porque la revista tenía páginas de esa tonalidad en mi infancia. Pero me sentí frustrado al ver en blanco y negro a Chanoc. Que Chanoc estuviera en blanco y negro puso una nube gris en mi emoción. Bueno, ni modos, como decía tío Pilo, “De nada a algo, mejor media nada”.
Pero mi mayor decepción ocurrió cuando comencé a leer una de las aventuras. Sucede que Tsekub lleva a dos extranjeros a una isla, pero el acceso a dicha isla está cerrado, por lo que su ahijado, el gran Chanoc, dinamita una parte del cerco formado por corales a fin de hacer una entrada. ¡Cómo! Jamás imaginé presenciar dicho momento. ¿Cómo Chanoc destroza una zona de corales? ¡No! Y sin embargo, ¡sí! Ya dije que esta historieta recicla las historias de antes; es decir, Chanoc en la historia original hizo lo que acababa de leer: dinamitó una zona de corales. ¿Qué no Chanoc era un respetuoso de la naturaleza? No. Ahora lo entiendo. Cuando yo de niño leía la revista estas ondas ambientalistas no estaban en boga. A don Ángel Mora se le ocurrió que, para que Tsekub lograra su objetivo de llegar a la isla, su querido ahijado debía dinamitar una franja de corales. Tal vez de niño disfruté que Chanoc hiciera lo que hizo con tal de que Tsekub lograra pasar con su barco. De niño no juzgué. Acepté lo que me contaban con la misma emoción que recibía el día, sin que importara que fuera soleado o estuviera lleno de niebla.
De inmediato pensé qué sucedería en la actualidad. Millones de ambientalistas hubiesen protestado y no faltaría el fanático que aventara un cohetón en la casa de Chanoc.
Algún poeta recomendó no volver al lugar donde uno fue feliz. No le hice caso y regresé a Ixtac, el poblado de Chanoc y Tsekub y me sentí frustrado. Cuando yo tenía un recuerdo a todo color, Porrúa me restregó un recuerdo en blanco y negro. No lo acepté.
Posdata: Chanoc no tiene la culpa. Yo soy el culpable, por intentar volver al lugar en que de niño fui feliz. Las telarañas no están en las casas de Ixtac, las telarañas están en mi mirada. Ya soy un viejo y las cucarachas han llenado mi casa. No pude soportar esos dos estacazos.
Esa tarde abandoné la lectura y miré la fuente del parque central. Recordé que ahí, en ese lugar, había una manzana. En esa manzana derruida estaba el negocio de don Rami, la Proveedora Cultural. Un lazo de nostalgia apretó mi garganta. Sentí ahogarme. Me paré y fui a comprar unos esquites en la escalinata del Centro Cultural, edificio donde estudié la preparatoria. ¡Joder! Ya me hice viejo.

jueves, 1 de noviembre de 2018

GENTE EXTRATERRESTRE




Nos divertimos. Al subir a la combi, Pau y yo vimos el letrero y sonreímos. Los dos estuvimos de acuerdo que no era un error ortográfico, sino una travesura; es decir, el letrero estaba bien escrito, pero como el mensaje está hecho con letras adheribles, alguien hizo la diablura de eliminar el palito de la eñe y, como siempre sucede con palitos de más o de menos, cambió el sentido. Algo formal y serio tomó una cara de changuito. “Niños mayores de cinco anos pagan pasaje.”
Pau sacó su celular, buscó en el álbum de fotos y me enseñó una en la que estaba la figura de un supuesto extraterrestre que portaba la banda de Miss Universo. Volvimos a reír. Pau tiene razón (lo mismo que quien elaboró esa fotografía). En realidad, la fotografía hace una crítica precisa. ¿Por qué se llama Miss Universo si sólo participan mujeres terrícolas? Un concurso Señorita Universo debería convocar a mujeres de todos los planetas habidos y por haber.
Cuando Pau me enseñó la fotografía de la Miss Universo, la combi se detuvo en la parada de Aurrerá. Dos mujeres bajaron y subieron tres mujeres (una de ellas, una muchacha bonita de no más de veinte años), con bolsas y morraletas. Mientras las veía comprobaba que las terrícolas tienen dos mamas, dos nalgas, dos brazos, dos piernas y una sola… nariz, ¡claro!, la nariz con dos agujeros.
La muchacha bonita tenía el pelo corto engominado y una blusa ceñida con un mensaje que decía: I love N.Y. La N sobresalía en un pecho y la Y en el otro. Así son las terrícolas, tienen dos mamas. Las de esta muchacha que se sentó a mi izquierda estaban muy bien puestas. No sé si por el calor de estos días, sus pezones mostraban dos sonrisas tiernas.
Fue cuando pensé en cómo serán los seres de otros mundos. ¿Las del planeta XCTR84 tienen cinco tetas? ¿Hay alguna galaxia en la que los seres tengan tres penes? ¿En dónde los tienen? ¿Cómo son las mujeres que reciben esos tres miembros? ¿Las mujeres logran orgasmos simultáneos en sus tres vulvas?
Fue cuando pensé en niños con cinco anos. Pensé en el gasto de los padres con hijos cagones. ¿Cuánto del presupuesto mensual deben destinarlo para comprar pañuelos húmedos? Pensé en el suplicio de oler las evacuaciones de cinco anos a la vez.
Pero luego pensé que en aquellos mundos tal vez la ciencia y la tecnología están tan avanzadas que tienen métodos efectivos para remediar esas situaciones.
Cuando el chofer cerró la puerta y avanzó sobre el bulevar debió frenar de improviso, porque un camión urbano se le atravesó, la chica que iba a mi lado colocó una mano en mi muslo derecho para sostenerse. Ofreció disculpas, pero no retiró su mano. Yo dije que estaba bien. Sentí el calor de su cuerpo. Pedí a todos los santos que no retirara su mano y pedí que otro camión se atravesara. Si eso sucedía yo podía hacer lo mismo: Colocar mi mano sobre su muslo. Ofrecer disculpas.
Pensé que en alguna galaxia del universo debe haber algunos seres con cinco manos.
Llegamos a los arbolitos y Pau me dijo: “Tío, haz la parada”. Me sonrojé. Un segundo después entendí, le dije al chofer que se detuviera en la parada de los arbolitos. La chica había dejado olvidada su mano en mi muslo. Cuando me paré, ella retiró su mano y se apoyó en el asiento.
Al bajar volví mi mirada hacia la chica, ella miraba hacia el frente, escuchaba música a través de sus audífonos. Yo no la olvidaré jamás. Ella me ignoró olímpicamente. Cuestión de edades.
Pau y yo habíamos coincidido en que lo del letrero había sido una travesura. Pero, cuando comenzamos a caminar por la banqueta rumbo a la casa me preguntó si habrá algún planeta en el que los seres tengan seis dedos en cada mano, como los tiene Consolación Interrogación, quien es un hada en el cuento “El secreto de Lena”, de Michael Ende.

miércoles, 31 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, ENVIADA DESDE EL MONTE OLIMPO





Querida Mariana: Sé que a veces te caigo mal, a veces por lo que digo, a veces por lo que hago o por lo que no hago. Pero como vos me querés perdonás mis exabruptos y múltiples defectos. Yo agradezco tu tolerancia. Lo agradezco porque sos de mis pocos afectos. A mí me cuesta mucho relacionarme con las personas. Soy tímido, soy escaso, soy ish y como soy así pocos se acercan a mí.
Por lo anterior, digo que esta carta no será de tu agrado, porque sonará como muy soberbia. Casi casi estoy a punto de decirte que no la leás. En realidad estuve a punto de no escribirla, pero luego pensé que era una bobera reprimirme. Los grandes periodistas del mundo han sostenido que no hay peor censura que la autocensura. Preguntan: ¿Querés decir algo? Recomiendan: ¡Decilo! Así que decidí escribirla, pero advierto que te caeré mal. Te caeré mal, porque desde el título ya miraste por dónde va el textillo. Sí, esta carta te la envío desde el Monte Olimpo, lugar griego en donde habitan los dioses.
A ver, a ver, tampoco quiero que se malinterprete. ¡No me creo Dios! ¡No, no! Si yo digo que Comitán es un lugar bendito y digo que soy comiteco no significa que yo sea un bendito. No, lo que significa es que nací, igual que vos, en un lugar tocado por la mano de Dios, y si soy agradecido sabré aquilatar ese don. De igual manera, el hecho de que mande esta carta desde el Olimpo no significa que yo esté sentado a la diestra del Señor. ¡No!
¿Por qué desde el Olimpo? Te cuento. El otro día, Maricela me dijo que no le gustaban las Arenillas, dijo que eran muy repetitivas, que siempre empleaba la misma fórmula. ¿En dónde estaba mi creatividad? Me defendí. Por lo regular no lo hago. Por lo regular escribo, subo las Arenillas a las redes o envío a periódicos impresos o digitales y me olvido. Sé que hay muchas personas (lo sé) que siguen mis escritos y sé que hay muchas otras (lo sé) que simple y sencillamente aborrecen mis textillos y los ignoran. Hasta ahí todo bien. Lo que me sorprende es que alguien como Maricela odie mis textos y los lea todos, ¡todos! ¿Quién está mal? ¿Ella o yo? Yo no leo textos de autores que vomito. ¡No! Cuando no me gusta la obra de algún creador no vuelvo a seguirla. He dicho que disfrutaba mucho los textos periodísticos que escribía Ana García Bergua, pero no me han gustado sus novelas. Sus novelitas y cuentos están por debajo de sus posibilidades creativas. En el caso de Ana cada vez que publica un libro de cuentos o una novela corro a la librería, espero que su numen creativo dé lo que puede dar y me sorprenda gratamente. Pero, por ejemplo, en el caso de Patrick Modiano, Premio Nobel, leí una de sus novelas y no me gustó, así que no volví a leer algo de él. A mí no me gustó y punto. ¿Por qué Maricela se empeña en leer todo lo que escribo si ya comprobó que no le gusta lo que escribo? ¿Qué necesidad tiene de sufrir de tal manera?
Por esto fue que le contesté. Le dije que, como ella sabía, yo redactaba una Arenilla cada día, desde hace muchos años. Mi blog (que funciona como archivo) tiene registradas más de tres mil cien Arenillas, ¡tres mil cien Arenillas! Pucha, es un mundo de textos. He sido un escritor muy disciplinado y pródigo.
Cuando dije lo último agregué: “Soy de la misma estirpe de Rosario Castellanos, de Gabriel García Márquez y de José Emilio Pacheco”. ¡Ah, cómo lo fui a decir! Maricela dijo que estaba yo pendejo, bien pendejo (así lo dijo). Con cara de guajolote en medio del horno, gritó que no era posible que me estuviera comparando con ellos. Ellos (lo recalcó) eran grandes escritores, yo era un simple pendejo.
Y, como ahora lo digo, si esta carta la envío desde el Olimpo no significa que yo sea un Dios. No, simplemente significa que la mando desde el lugar donde los creadores jugamos todos los días. Nadie puede hablar de creación si no entiende que tal proceso está enredado en la luz divina.
De igual manera, al decir que soy de la misma estirpe de Rosario, de Gabo y de Pacheco no significa que yo me compare con ellos, digo que, así como un apasionado jugador del fútbol soccer es de la estirpe de Pelé y de Messi, soy un apasionado escritor que hace lo mismo que hicieron ellos. En mi librero tengo libros que recogen la obra periodística de Rosario y de Gabo y, espero, en diciembre me regalaré la obra periodística reunida de José Emilio Pacheco.
Tres tomos reúnen más de quinientas colaboraciones que Rosario publicó en Excélsior; cinco volúmenes recogen la obra periodística de Gabriel García Márquez; y tres volúmenes contienen los textos periodísticos de José Emilio Pacheco.
Ah, cómo se enojó Maricela cuando dije que, si de cantidad hablábamos, no bastarían cinco libros para recoger todas las Arenillas. Ella rio como guajolote y fue cuando dijo lo que dijo: “Estás pendejo, bien pendejo”.
Pues seré lo que Maricela dice, pero soy de la estirpe de esos grandes escritores que han ejercido el periodismo, con pasión, con denuedo. Soy un escritor terco. Me complace saber que hay dos o tres lectores que son fieles a las Arenillas y disfrutan mis textillos; me complace saber que hay lectores que me ignoran, lectores que una vez leyeron alguna Arenilla y la vomitaron y jamás volvieron a leer algo mío. Lo que me intriga mucho es el comportamiento de Maricela. Odia mis escritos y ahí está, cada mañana, buscando la Arenilla y leyéndola de pe a pa.
Posdata: Te lo advertí. Esta Arenilla iba a ser medio mamila, peca de soberbia, suena a vituperio. La envié desde el Olimpo, lugar que habito. Por supuesto que no estoy en el Pent-house donde habitan los dioses, ni siquiera vivo en el fraccionamiento exclusivo donde están las residencias de Rosario, Gabo y Pacheco. ¡No! Yo habito en una casa sencilla de la periferia, pero vivo en ese lugar donde están los elegidos. Perdón. Te lo advertí. Dije que te iba a caer mal. Ni modos. Ya lo escribí.

martes, 30 de octubre de 2018

BELIS Y CHAYO




Belisario Domínguez es el gran héroe comiteco; Rosario Castellanos es la gran escritora comiteca. Ambos nombres siempre son mencionados como ejemplos de personas relevantes de este pueblo; ambos nombres aparecen en los discursos más elevados. Al político se le llena la boca cuando menciona alguna de las frases célebres emitidas por don Belisario (a quien, en confianza, los comitecos le decimos Tío Beli). Con frecuencia, los políticos de toda la nación repiten la siguiente frase del doctor Domínguez: “Si cada uno de los mexicanos hiciera lo que le corresponde, la patria estaría salvada”, y lo reafirman con un ademán enérgico del brazo derecho y con el índice levantado. De igual manera, los intelectuales acostumbran adornar sus mensajes con citas de la famosa escritora. En una ocasión escuché a una oradora, en una competencia nacional, iniciar su perorata con un fragmento poético de la Castellanos (a quien, en confianza, los comitecos le decimos Chayo o Chayito): “No me toques el brazo izquierdo, duele de tanta cicatriz”. En los discursos de las feministas es normal, casi obligatorio, que aparezca mencionado el nombre de Rosario.
Habrá que reconocer que ambos personajes son brillantes. Algunos pensamos que la Chayo es más conocida en el mundo que tío Belis. Esto debe ser porque siempre, en la historia de la humanidad, el genio creativo supera, apenitas, al genio político. Siempre se ha mencionado como ejemplo el siguiente: Todo mundo recuerda el nombre del pintor de la Capilla Sixtina (Miguel Ángel) y sólo medio mundo recuerda el nombre del papa que ordenó tal proeza pictórica (Sixto IV), a pesar de que se llama Sixtina, por don Sixto. Como el poder es el poder, don Sixto mandó nombrar a la capilla con su nombre, en realidad, dicha capilla debería llamarse Angelina, que iría más acorde con el contexto religioso y con el nombre del genial creador, pero ¡el poder es el poder! Por eso, muchos políticos poderosos mandan a poner su nombre en las obras que construyen en su “reinado”. Acá en Comitán, cuando mucho, el comiteco ilustre sólo alcanza que una calle lleve su nombre, ahí está el ejemplo de Armando Alfonzo, de Lolita Albores, de Víctor Manuel Aranda León. Por Cash hay una colonia que lleva nombres de doctores comitecos. Las colonias ya llevan nombres de los poderosos: Miguel Alemán, Luis Donaldo Colosio, Belisario Domínguez (bueno, hay que reconocer que el intelectual don Mariano N. Ruiz logró colarse y, por supuesto, la mencionada Rosario Castellanos).
En la administración anterior, las autoridades municipales de Comitán decidieron incluir la imagen de Belisario Domínguez en el logotipo. Nadie dijo algo en contra. Emplear la imagen de tío Belis le dio prestigio a ese ayuntamiento. Al final, todos los comitecos sabemos cómo terminó la administración. Es una pena decirlo, pero la imagen de tío Belis la pasaron a enlodar.
Ahora, esta nueva administración incluyó a Rosario Castellanos en su logotipo. Nadie ha dicho algo en contra. ¡Nada podemos decir, porque la escritora comiteca es un orgullo de nuestra tierra, así como lo es Belisario Domínguez! Con la experiencia de la administración anterior, ahora, los comitecos pedimos que, ya que las autoridades incluyeron a la Chayo en su imagen, deben honrarla. Sería muy lamentable que al final terminaran como la administración anterior.
López Obrador eligió las imágenes de Madero, Juárez y Cárdenas. Ellos, según su ideario político, fueron los tres presidentes que lograron las transformaciones más sentidas a favor del pueblo de México. López Obrador debe honrar la memoria de los tres personajes. Lo contrario sería una traición a la patria.
El lema de este ayuntamiento es: “Comitán de Domínguez eres tú”, que juega (en el sentido lúdico y respetuoso) con el libro de Rosario intitulado: “Poesía no eres tú” (aunque hay que decir que muchos ayuntamientos de México han empleado la misma frase. En 2010, el Ayuntamiento de Saltillo usó el lema: “Saltillo eres tú”; es decir, tampoco son muy creativos). Cuando se cumplieron los noventa años de Rosario, se editó un libro que llevó por título: “Poesía fuiste tú”.
Nadie ha dicho algo en contra del lema del ayuntamiento, porque todo mundo de acá se identifica con la ciudad. Nosotros somos Comitán (bueno, tal vez alguien ya jugó con el lema y lamentó que no se hubiera dicho Comitán sos vos. Pero, aún falta educación sentimental para hacer que el voseo se vuelva prestigioso y desplace al tuteo).
Todo mundo está de acuerdo con la inclusión de la imagen de Rosario en el logotipo del nuevo ayuntamiento, así como todo mundo estuvo de acuerdo con la inclusión de Belisario en el logotipo del anterior. Emmanuel Cordero, al elegir como imagen del logotipo de su ayuntamiento, debe honrar a Rosario Castellanos. Acá debe privilegiarse la palabra, herramienta fundamental de la obra creativa de la autora; acá debe privilegiarse el trabajo de la mujer, tal como Rosario lo procuró; y debe, sobre todo, enaltecerse a la inteligencia, divisa fundamental del proceso creativo de la gran Rosario Castellanos. Si el anterior ayuntamiento trató de privilegiar el pensamiento político, ahora se trata de enaltecer a la inteligencia. ¡Que así sea!

lunes, 29 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON LAMENTO GASTRONÓMICO




Querida Mariana: No sé cuántos años llevo sin comer carne roja. Mi dieta “exige” carne de pescado. Una o dos veces al mes como filete de pescado a la parrilla o empapelado (con hoja de momón). El pescado debe ser fresco. Me cuentan que en Mújica llega el comensal y señala la mojarra que desea comer. El pescador la saca del estanque y la lleva directito a la cocina, en donde la preparan frita, que es como más la disfrutan los compas de estas tierras. ¡Claro!, acompañada de una Tecate bien fría, debajo de la sombra de un árbol.
El otro día encontré un libro de comida de la Costa de Chiapas y hallé la receta de “Los casquitos”, que son unas tortugas pequeñas, que están en proceso de extinción, precisamente por la desaforada caza para prepararlas en caldo. A mi primo Cuauhtémoc le encantaba la sopa de casquitos. Cuando fue presidente municipal de Huixtla, muchas gentes que deseaban quedar bien con él lo invitaban a comer a casa y le preparaban su platillo favorito.
Ya no recordaba el proceso de preparación. La receta indicaba que las tortuguitas las dejan sin comer dos o tres días y luego, ya listas para el caldo, ponen a hervir agua en una olla y cuando el agua está hirviendo meten a las tortuguitas en el agua. Las meten vivas. Las tortuguitas se queman antes de morir. No sé bien, pero parece que un proceso semejante ocurre cuando preparan las langostas y los langostinos.
Ay, Mariana, mi cuerpo se cimbró como si recibiera un latigazo con una cuerda mojada. Pensé que tal preparación es de una crueldad extrema. Recordé que una vez una mujer japonesa, que radicaba en Japón, y compró una de las cajitas que pinto y que vendía en el Bazar Los Sapos, en Puebla, me dijo que la tortuga es un animal muy respetado en Japón. No creo que allá coman tortuguitas en caldo.
Poco a poco le di una vuelta al recetario y constaté que era como un muestrario de tormentos de la Santa Inquisición.
Ya te conté que cuando era niño, en un cumpleaños de mi papá, llegó mi tío Ernesto, quien era experto en preparar barbacoas y demás chiverías. Mi papá dijo que el tío prepararía “la sangrita” de un borrego. A mí me encantaba la sangrita, con cebolla, chilito y hoja de hierbabuena. Colocaba una porción generosa en una tostada frita y la disfrutaba como creo que los rusos disfrutan el caviar. No sé qué me llevó a ir a la bodega. Lo que ahí presencié fue aterrador. El animalito estaba colgado de una viga, con la cabeza hacia abajo. El tío le había hecho una cortada en el cuello y por esa herida manaba la sangre que caía sobre una bandeja honda. Salí corriendo. ¡Jamás volví a comer sangrita!
Ay, Mariana, esta carta es como un repertorio de congojas. Ya te conté que en el sitio de la casa había conejitos, conejitos que hacían averías en todas las paredes, incluso las de los vecinos. Abrían huecos. Yo los veía correr, pararse, mover las colas, blanquitos, como bolas de algodón. Eran lindos. Una tarde me senté a comer y cuando iba a darle una mordida al guisado me enteré que esa carne había pertenecido a un conejito, cuando estaba vivo. Deseché el plato y le exigí a la sirvienta que me preparara dos quesadillas. En mi vida volví a comer conejo (ahora ya ni queso como, ni como queso ni tomo leche).
Amigos me han contado que el sacrificio de los cuches y de los toros es brutal. El chillido de los cuches a la hora que les ensartan la cuchilla es un lamento cruel. El pinchazo ocurre y todo el patio se llena de sangre. No sólo el patio, he visto las batas de los matanceros, sucias de tanta sangre seca. El olor es desagradable.
A mí no me gusta caminar por los pasillos del mercado donde están las carnicerías. Es una bobera lo que diré, pero pienso que por ahí huele a muerto, a cadáver. No resulta una experiencia agradable. Las cabezas de los cerdos están suspendidas de ganchos oxidados.
Bueno, con decirte que esa riqueza gastronómica que es el tsizim no tiene una forma muy cristiana de morir. En cuanto atrapan al tsizim lo meten en una cubeta en la que muere ahogado. Apenas está saliendo del agujero, ya no alcanza a ver la luz del sol.
¿Algún animal muere de manera decente? No creo. Pero lo que se me hace de crueldad mayor es lo que le hacen al animalito sagrado de Japón. ¿Cómo es posible que un animalito que no se mete con nadie lo sometan a morir quemado en agua hirviendo?
El otro día fui a comer un filete de pescado a la plancha y cuando el mesero puso el plato frente a mí, pensé en la forma en que murió ese pescado, murió asfixiado en medio del aire.
Posdata: Mi dieta “exige” el pescadito. Cuando vivía en Puebla, viajaba a la Ciudad de México y, en un criadero de truchas, elegía cuál deseaba para que me prepararan en la parrilla. El chef metía una red y sacaba el pez “elegido” y lo llevaba a la cocina. Me consuela (así lo pienso) saber que al pez no le dan macanazos para que muera ni le ensartan ganchos para que sangren. Los peces mueren al ser expuestos al aire, se asfixian con tanto oxígeno y dejan de vivir, de dar coletazos. Me duele pensar que para sobrevivir tengamos que matar a los animalitos.
Los venados son de los animales más bellos de la creación, pero recuerdo que cuando íbamos al rancho de Jorge y preparábamos una redada y Quique, con su puntería exacta, mataba un venado, la carne de este animal era un goce para mi paladar. Cortábamos la carne ya asada con un cuchillo, la colocábamos en una tortilla, le agregábamos una salsa picante y, acompañados de una Tecate, brindábamos por tal exquisitez. ¡Dios mío! Ya no como venado.

sábado, 27 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA INCLUIDA




Querida Mariana: ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Sí? Gracias. ¿A quién le pertenece el parque central de Comitán?
Si le pregunto a un experto en Derecho, me dirá que el “dueño” es el municipio. ¿Es así? Las ciudades (hablo sin ser experto, sólo por lo que alcanzo a ver desde mi ventana) tienen espacios públicos y privados. Si caminamos por las calles de Comitán vemos que la mayoría de residencias son propiedad de particulares.
A ver, si caminamos por el Pasaje Morales advertimos que ahí hay un ejemplo de propiedad pública y privada, ya que una pared lateral de la presidencia municipal (que es como un frontón aburrido) colinda con el pasaje, compuesto en su mayoría por locales, propiedad de iniciativa privada. El lugar en donde está San Marcos es propiedad privada. ¿De quién es el pasaje; es decir el corredor donde caminan Pedro, María, Pablo y Eugenia sin problema alguno? El local donde está la radio “Extremo grupero” tiene un seguro automático en la puerta, uno toca el timbre, la recepcionista ve quién es y si le parece conveniente activa un dispositivo electrónico que abre la puerta. Si la recepcionista ve que quien toca es un borrachito puede decidir no abrir. Ese espacio es particular. No cualquiera puede entrar. En cambio, en el corredor camina todo mundo sin restricción alguna, incluso el borrachito. Esto que escribo lo hago para explicarme cómo funciona el espacio público y el privado. De este último no tengo duda: pertenece a particulares y sólo es de ellos, de nadie más; en cambio la calle, la plaza, los parques, son espacios públicos. ¿Tiene dueño el parque? Sí, el “dueño”, insisto, es el municipio. Por eso, cuando alguien desea hacer uso de ese espacio (una presentación de títeres, por ejemplo) debe solicitar permiso para disponer de tal lugar. El permiso, entonces, es otorgado por el Síndico. Este funcionario (se entiende y él debe entenderlo) tiene la obligación de velar por el espacio público y de mantenerlo limpio y ordenado. Si yo llego y, mediante un oficio, solicito permiso para presentar en la explanada del parque central un “Espectáculo sólo para mujeres”, en el que aparecerán hombres bellísimos, en tanga. El funcionario debe apegarse al bando de buen gobierno y negar la autorización, porque, como en el parque llegan niños y niñas a jugar, tal espectáculo empolvaría la moral (pucha, releo lo que he escrito y me sorprendo. Parece que fuera yo un experto en este tipo de cuestiones). En el caso de la presentación de títeres debe autorizarse porque no afecta la moral, al contrario lleva arte al pueblo. Una función de títeres la gozan los niños y los adultos.
Pregunto lo que pregunto, porque el otro día, mientras estaba sentado en una banca del parque central, hojeando el reciente libro, editado por Porrúa, que contiene ocho historias de Chanoc, vi lo que todos hemos visto: Personas caminando en total libertad, niños jugando, parejas platicando, hombres y mujeres ofreciendo chicharrines y yo, leyendo; es decir, el parque es un espacio público. Perdón por mi insistencia, pero debo reafirmar mi experiencia para comprobar lo que digo. Cuando voy a una casa particular, debo tocar el timbre y si la persona me quiere recibir lo hace, si no ¡no! Yo mismo lo hago en casa. Vos sabés que soy escaso, casi no recibo visitas. No les abro. Me apena ser tan ish, pero así soy. Escribo, pinto o leo, así que a la hora que escucho el timbre, me molesta dejar de hacer lo que me gusta, así que me hago tacuatz, dejo que el timbre suene. Digo que cuando voy a una casa particular debo esperar a que abran o no la puerta. En cambio, cuando empleo los espacios públicos de Comitán y de las demás ciudades del mundo (en caso de que fuera viajero) camino con total libertad. Salgo de casa, cierro la puerta y comienzo a caminar como si fuera “el dueño”, corro, me detengo ante aparadores (por ejemplo, los aparadores tan bonitos que ahora tiene el local de Manualidades Águeda), miro a las muchachas bonitas que pasan a mi lado, veo que la licenciada Lupita ya abrió un negocio especializado en fiestas infantiles, que se llama Funidu, bajo por las gradas del parque y entro a la tienda San Marcos y busco alguna camisa que me guste; camino por el corredor de la Casa de la Cultura, entro al patio, me siento en una banca, escucho a los ejecutantes de la marimba, veo a niñas cargando sus trajes regionales que vestirán en la presentación de la danza regional. ¡Uf, hago mil cosas! ¡Aprovecho el espacio público! Como a mí no me gusta que me interrumpan, procuro hacer lo mismo, procuro ser muy respetuoso del espacio y tiempo de los demás. Cuando camino por el corredor del Centro Cultural saludo a su director desde la ventana, cuando él me dice que pase a saludarlo, doy la vuelta, entro, me siento y platico con Luis Armando no más de cinco minutos, sé que tiene muchas cosas por hacer.
Perdón si me extendí, pero se trataba, querida Mariana, de decirme que cuando voy al mercado Primero de Mayo a comprar fruta o unos chinculguajes o un vaso de atol de granillo o de jocoatol nadie me lo impide, porque el mercado es un espacio público que pertenece a todos. Los demócratas insisten en decir que México es de los mexicanos. Yo soy mexicano, vos sos mexicana, millones de mexicanos son mexicanos (perdón, digo boberas, pero reafirmo, reafirmo, porque hay algunos que no entienden este concepto tan sencillo, tan elemental).
Regreso entonces a mi pregunta inicial: ¿De quién es el parque central de Comitán? ¿Quién es el dueño de parque de La Pila, del de San Sebastián? El jurista insistirá: Del municipio. ¿Quiénes conforman el municipio? El cabildo. ¿Quién encabeza el cabildo? El presidente Municipal. ¿Quiere esto decir que Emmanuel Cordero Sánchez es el dueño? ¡No! Ya dije que el representante legal del ayuntamiento es el síndico (¡Dios mío! Me estoy metiendo en un pantano. Cualquier experto en jurisprudencia puede rebatirme en este momento. Bueno, me gustaría que lo hiciera, porque así podría despejar mi duda). Pero, ¿el síndico (síndica en el caso actual) es el propietario? ¡No! Yo aprendí que al presidente municipal lo eligió el pueblo. El pueblo eligió a la síndica y a los regidores. ¡Fue el pueblo! El pueblo es ¡la máxima autoridad! El pueblo nombra a sus representantes, ¡representantes! El cabildo, con todo respeto, no es más que la representación del poder supremo: ¡el pueblo! El pueblo es el mandante. ¿Estamos? ¡Pucha, me sorprende la contundencia con que te escribo hoy mis dudas!
¿Qué debe hacer, entonces, el presidente municipal, la síndica y los regidores? Responder con responsabilidad a la confianza que el pueblo les ha otorgado. La síndica debe cuidar y preservar los espacios públicos. No puede conceder permisos que alteren el orden público, que interrumpa la armonía de los habitantes que gozan de los espacios públicos. Las autoridades municipales (según mandata la Constitución, Carta Magna) estarán tres años en funciones. No más (Bueno, ahora los presidentes municipales pueden buscar la reelección. Pero ya quedó demostrado en Comitán que si al pueblo no le parece ¡los desaparece! El señor Fox intentó reelegirse, el día de la votación la mayoría decidió que no, que no debía seguir y, la mayoría, siempre la mayoría, les dio la oportunidad a Emmanuel Cordero y a los integrantes de su planilla. El pueblo los eligió, se deben al pueblo. El pueblo es el poder supremo.
Uf, parece que ahora me metí en terrenos que no me corresponden y de los cuales nada sé. Pero creo que el sentido común y la ley están de mi lado. ¿Qué deben hacer las autoridades con el parque central? Bueno, el pueblo (¡la mayoría!) dice que no puede convertirse en un simple mercado. Hay que poner orden. Hay que recordar que Comitán es un Pueblo Mágico y que los lineamientos de la Secretaría de Turismo (a nivel federal, institución que distinguió a Comitán con tal título) establecen que los parques públicos deben ser un espejo de rasgos distintivos de la cultura local.
Si las autoridades no cumplen con el mandato del pueblo lo están traicionando. Es preciso que las autoridades tengan sentido común, tengan un conocimiento profundo de la aplicación de las leyes y, de manera especial, tengan un profundo amor por Comitán. Las autoridades deben honrar a sus familias y al pueblo al que están obligados (por decisión propia) a servir.
Posdata: Pucha, qué rollo me aventé hoy. Yo pido, en nombre de la comunidad, que las autoridades arreglen el parque Benito Juárez. Las banquetas y toda la plaza tienen grandes huecos que provocan torceduras en los pies de los comitecos y de los visitantes. ¿Cómo es posible que el centro de nuestro corazón esté tan averiado?
Querida Mariana, vos tenés amigos que son abogados, que son conocedores de la ley. Por favor, preguntales si estoy en lo correcto, preguntales si es cierto todo lo que mencioné, y si estoy equivocado que me lo digan. No soy experto en estos argüendes (bueno, vos lo sabés, en nada soy experto), pero sí tengo claro que ¡el pueblo es quien manda y los servidores obedecen! ¿O qué decís vos?

jueves, 25 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SUCEDEN COSAS




Querida Mariana: Muchas cosas suceden en las esquinas. Hay una ley física (no escrita) que indica que la mayoría de cosas que suceden en el mundo ocurren en las esquinas y no, por ejemplo, a mitad de la calle. Tal vez por esto, la mayoría de puertas están a lo largo de la calle y no en las esquinas, porque si así fuera, una puerta esquineada podría ser el acceso a otra dimensión.
Siempre que salgo a la calle pongo mi atención en las esquinas. Ahí he tenido encuentros sorpresivos y sorprendentes. A veces camino en la banqueta y en una esquina me topo, de manera intempestiva, con un amigo que tenía años de no ver. El encuentro es prodigioso, es como si, de pronto, uno viera en el cielo una lluvia de estrellas, en un día soleado. El otro día, al llegar a una esquina me detuve como si estuviera frente a un enorme muro porque las garras de un perro doberman se asomaron. Me detuve, generé adrenalina al mil, y sólo regresó la armonía cuando vi que el perro tenía un bozal en la trompa y era guiado por una muchacha bonita a través de una correa resistente. Una vez vi una película donde un delincuente corría y corría, llevando en la mano el collar que había arrebatado de una chica que estaba en la puerta de una librería. Al dar la vuelta a la esquina, el delincuente chocó contra un hombre que resultó ser un policía. Hasta ahí llegó su carrera delincuencial. Supe que eso sólo podía haber ocurrido en una esquina.
Cuando a Alfonsina le dije que muchas cosas suceden en las esquinas, ella me dijo que yo era un viejo perverso, que siempre estaba pensando en puterías, así lo dijo. Comprendí. Hay mujeres que, por las noches, se adueñan de las esquinas, se paran debajo de un farol. Pero yo voy más allá, no me quedo, diría Alfonsina, en la simple putería, ¡no! La esquina, por su forma y por el misterio que encierra, posee un sentido especial.
Por eso, el otro día presencié algo único. Iba en mi auto y paré en la esquina para ver si venía auto en la calle perpendicular, de pronto vi a Fer, el indigente que le apodan Aluxe. Estaba parado en la esquina y movía los brazos como si fuera un pájaro suspendido en el aire. Fer tiene una sonrisa fácil, sus ojitos siempre son como de alcancía, así que cuando ríe, sus ojos son apenas una rendija de papel de china. Movía sus brazos en forma frenética y reía. ¡Fer!, le grité y él, sin dejar de mover sus brazos, dijo: “¡Estoy volando, estoy volando!”. El automovilista de atrás tocó el claxon de manera amenazante y yo tuve que avanzar. Lamenté hacerlo. Lamenté que no hubiera un espacio para estacionar el auto, para bajarme y presenciar ese prodigio, ese encanto. “¡Estoy volando, estoy volando!”, dijo Fer, mientras, gozoso, movía los brazos como si fuera un colibrí. Sus pies estaban en el suelo, pero su emoción estaba encaramada en el cielo, en alguna otra dimensión. Cualquiera hubiese dicho que estaba drogado. No sé si él se droga, no lo sé. Sé que toma su poquito de alcohol, eso sí. Pero yo nunca había visto a alguien tan cuerdo iniciar un vuelo. No, perdón, nunca había visto volar a alguien con tal conmoción.
Por eso digo que es difícil hallar puertas en las casas de las esquinas. La esquina posee un misterio. Fer no habría volado a lo largo de la calle. No. Tal vez la calle le sirvió como pista para el despegue. La esquina fue como su Cabo Cañaveral, el espacio ideal para hacer el vuelo.
Me hubiese gustado que presenciaras ese instante, que te llenaras con ese hilo de oro. Fer, uno de los hombres más sencillos del mundo, chaparrito, con ojitos de rendija, ¡estaba volando! Era un delicioso chupamirto en una esquina de Comitán. Pensé que en ese momento, en ninguna calle del mundo estaba ocurriendo un fenómeno semejante.
Posdata: A mí no me sorprende la aparición de un cometa o de un arco iris. Estos son fenómenos naturales. ¿Mirás? Naturales; es decir, deben verse con naturalidad. Siempre voy pendiente de las esquinas de mi pueblo. Ahí encuentro el prodigio, ahí está el azar, lo sorprendente. A veces, como me sucedió hace poco, aparece don Carlos Navarrete, quien, después del homenaje que le brindaron en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, caminaba por Comitán. A veces, me topo con hombres maravillosos, como Fer, que vuelan por lo bajito, pero que se emocionan en su vuelo, porque saben que no hay vuelo sencillo, no hay simple vuelo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE A VECES ME DEJO IR, COMO EL AIRE




Querida Mariana: A veces veo la vida como cuando iba al Cine Comitán. Iba muy seguido al cine, sin importar qué película exhibirían. Compraba el boleto, se lo daba al señor que lo depositaba en una urna de madera y luego compraba una orden de tacos, un refresco de cola en vaso encerado y entraba a la sala, dispuesto a divertirme. ¿Qué película exhibían esa tarde? ¿Una obra maestra? ¿Un soberano churro? No me importaba, yo, como gato, me enredaba en la butaca y, mientras comía los tacos, disfrutaba ese genial invento del género humano.
Ayer fui al Museo Rosario Castellanos, con el mismo ánimo. Fui sin espíritu criticón. Fui a divertirme, a dejar que los muchachos (dos) que ahí realizan su servicio social me explicaran lo que han aprendido del acervo de las diferentes salas.
Entré y disfruté la casa desde la entrada, que es un zaguán de esos que antes era distintivo de los hogares comitecos. La casa es una casa tradicional, de gente de paga (fue residencia de don Jaime De la Vega, papá de Jorge De la Vega), tiene tres corredores con arcos y pilares.
En la entrada, cuatro muchachos de servicio (estudiantes de la Escuela Rosario Castellanos) me atendieron, uno de ellos anotó mi nombre y me pidió mi número de teléfono. A todo lo que me pidió (yo, que soy medio cascarrabias) accedí con agrado. Estaba disfrutando mi estancia, paladeando la casa donde ahora está el museo dedicado a Rosario Castellanos. No siempre tiene oportunidad de entrar a una de esas casas de gente paguda.
Al terminar el registro de datos, dos muchachos, del CBtis 108, me dijeron que ellos serían los guías de mi visita. Ella, muchacha bonita que nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas, y él, muchacho simpático que nació en Comitán, Chiapas, me dieron la bienvenida y me invitaron a pasar a la primera sala, en la cual hay una serie de fotografías que dan muestra de la evolución física del rostro de la escritora. En la primera foto se ve casi niña, puberta, con la carita limpia, y en la última hallé un rostro seco, con las cejas pintadas, repintadas como alas de cuervo. Si alguien me hubiese dicho que era el rostro de una actriz de Kabuki, esa forma teatral tradicional japonesa, lo habría creído, porque es como una estatua que tiene apenas delineados los labios que son una línea de horizonte, incapaz de tomar la forma sencilla y dúctil de la sonrisa. Es como un rostro labrado en piedra, con cien arrugas invisibles, pero intactas, eternas.
Los muchachos, Paola Mora González y Brian López Álvarez, me condujeron a la siguiente sala, donde me explicaron el árbol genealógico de Rosario. Ahí está señalado el nombre de la madre (Adriana, quien murió -según la línea del tiempo que ahí se encuentra- el uno de enero de 1949. ¡El uno de enero! Bah, qué día para morirse. Pero ahí también aparece otra Adriana, la hija de Rosario que nació el 12 de noviembre de 1959 y murió el 15 de noviembre de 1959. ¡Vivió tres días! Bah, qué manera de vivir. En esa sala hay vitrinas con libros de la escritora y hasta una máquina mecánica de escribir (réplica casi exacta de la que ella usó para redactar sus novelas, poemas, cuentos, obras de teatro y colaboraciones en el Excélsior).
Luego pasé a la siguiente sala en la que hay unos árboles sintéticos que aparentan ser verdes, pero que dan la sensación de estar secos. Ahí hay juegos interactivos y se pueden escuchar grabaciones de poemas con la voz de la poeta y, también, traducidos a lenguas indígenas. Un mensaje advierte que los museógrafos agradecen a Puertarbor la posibilidad de compartir sus grabaciones. Entiendo que dicha empresa fonográfica es iniciativa de una hija del poeta Óscar Oliva, amigo de Rosario.
En la siguiente sala hay una imagen de bulto (insisten en decir que tiene la misma altura que la escritora, a pesar de que, físicamente, no se parece a Rosario). En esta sala me divertí porque los dos guías me invitaron a llevarme un recuerdo del museo, me dijeron que me parara frente a una mesa, que colocara una hoja de papel blanco sobre un grabado realzado del rostro de Rosario y que, con un crayón negro rayara la hoja para que el rostro apareciera. Recordé que en la primaria hacíamos un ejercicio semejante: Tomábamos una moneda de veinte centavos y le colocábamos una hoja encima y, con un lápiz, hacíamos el prodigio de aparecer la imagen de la moneda. Todo era como magia. Bueno, hice lo que los muchachos me indicaron e hice aparecer el rostro de nuestra escritora, un rostro mucho más amable que el rostro Kabuki de la primera sala.
Posdata: A veces me va bien dejarme ir por la vida con la misma ingenuidad y emoción con las que iba al Cine Comitán. A veces me siento en la butaca y disfruto el espectáculo de la vida. Todo me parece bien, pienso que todo es como el vuelo de un colibrí y siento el aleteo suave, casi tierno.
Al final agradecí la compañía de Paola y Brian. Pensé que era bueno que ellos hicieran su servicio en ese espacio. Están conociendo la vida y la obra de Rosario. Esto es ganancia para el país y, por supuesto, para ellos. Les pedí su autógrafo en el grabado que recién había impreso. Acá te lo comparto, para que yo nunca lo pierda, para que siempre lo lleve en la memoria. Disfruté la visita. Tal vez algún día regrese. Tal vez ese día el criticón aparezca y opine sobre lo que al museo le falta. Por ahora gocé la posibilidad de ser un turista sorprendido, en mi propia tierra.
Agradecí y celebré la reapertura del museo Rosario Castellanos. Vos sabés que la administración municipal anterior cerró el museo durante diez o quince días del mes de septiembre. Ojalá que los comitecos no volvamos a permitir que las autoridades cometan desatinos semejantes. Fue una falta de respeto para la memoria de Rosario Castellanos, fue una bofetada infame a la inteligencia, una afrenta para las mujeres del mundo.

martes, 23 de octubre de 2018

CARTA A MARIANA, CON ALAS DE MIGRANTE




Querida Mariana: mi papá rentaba una casa, a media cuadra del parque central de Comitán. Por necesidad de su trabajo era una casa grande, con cuatro corredores y muchos cuartos. Era tan grande que, en muchas ocasiones, funcionaba como una posada, así que los familiares que llegaban hallaban asilo. Yo, desde mi recámara, veía a tíos y primos en sus habitaciones y los veía contentos e independientes. Mi papá era feliz prodigando su corazón y los cuartos de la casa en forma gratuita. Siempre fue muy generoso.
Tal vez de ahí me nació la idea de aceptar migrantes en mi casa. Pero, como las casas en que he vivido, después de aquellas enormes casas de mi papá, son pequeñas, no acepto ni a primos ni a tíos ni a amigos ni a advenedizos. Mis huéspedes están hechos, como aquel personaje cinematográfico interpretado por López Tarso, ¡de papel!
Mi emoción es grande, pero el territorio es mínimo, así que, como decía el chiste: “Si va a llevar tostadas, llévelas en polvo juan”, yo recibo a muchos migrantes en versión condensada (Pienso que debo explicarte lo del supuesto chiste: En la terminal de los transportes Cristóbal Colón había un letrero con el mensaje: “Si va a llevar tostadas, llévelas en polvo juan”; sucede que un titipuchal de tostadas hace mucho bulto, por lo que si muelen la tostada y lo vuelven polvo juan el montón de tostadas cabe en un pomito).
Sé que mi comentario puede caer en el terreno de lo banal, porque el problema de la migración es una cosa seria en el mundo, pero debo decir que hay millones de casas en el mundo que son como la mía: Reciben decenas de inmigrantes, a pesar de que son espacios minúsculos. Y esto es una demostración que, a pesar de las fronteras y de las distintas culturas, todos somos como una gran familia, la utópica familia humana, en la que tanto daño nos hacemos los unos a los otros, desde el principio de los tiempos.
Yo sé que tu familia es comiteca por varias generaciones. No es mi caso. Mis abuelos maternos sí fueron chiapanecos, así como mi abuela materna, pero mi abuelo paterno llegó de Italia, en un barco. Soy nieto de un migrante italiano. Mis papás no nacieron en Comitán, mi papá nació en San Cristóbal de Las Casas y mi mamá en Huixtla. ¿Por qué miles y miles de personas van de un territorio a otro? Por muchas razones. Los que van de uno a otro lado lo hacen por motivos de estudio, o de trabajo, o por alguna pasión o por que huyen. Los que huyen también lo hacen por múltiples razones: porque son delincuentes, porque son perseguidos políticos o porque un alambre de púas les circunda el espíritu.
A mi casa, desde adolescente dejé que entraran muchos inmigrantes. No te enojés si digo que siempre he sido como el presidente Cárdenas, porque he dado asilo a la inteligencia trashumante. Desde que tuve once años más o menos he recibido gente inteligente de todo el mundo. Ellos, ya lo supusiste, vienen envueltos en libros.
Ayer, en una Arenilla, mencioné al poeta español Machado. Sí, él, junto con Unamuno y el francés Julio Verne, fueron de los primeros inmigrantes que llegaron a mi casa. Yo, emocionado, los atendí; los atendí con el mismo desprendimiento con que mi papá recibía a los viajeros en casa. Algunos amigos y parientes llegaban a la casa y se quedaban dos o tres días, porque iban de paso; pero algunos se quedaron por más de un año. Mi papá los dejó ser. Ahí hallaron un cuarto y comida para pasar la mala racha o el desasosiego de la penumbra.
Perdoná mi imprudencia. Yo he recibido sólo a grandes mentes. Ninguno de ellos pide algo, no molestan, sólo me hacen compañía. Ellos son inmigrantes que dan, son como muchos que han llegado de otros países y han dejado sólo un camino de luz. Los inmigrantes españoles que acogió Cárdenas vinieron a sembrar enormísimos árboles que prodigaron sombra. En Chiapas recordamos al maestro Fábregas, papá del doctor Fábregas Puig, y Luis Alaminos (a quien tuve el privilegio de conocer y tratar, aunque hay sido en no más de dos ocasiones). Alaminos y Fábregas fueron inmigrantes que, como si fueran Moisés, abrieron los mares de muchos mares chiapanecos.
A mi casa han llegado inmigrantes de Francia, de Turquía, de Chile (poetas enormísimos: Rojas y Neruda), de España, de Argentina, de Estados Unidos, de Canadá, de Guatemala, de Cuba (ah, de la bella isla. Ahora recuerdo a dos de ellos, bueno, a tres, a la poeta Carilda y a los narradores Senel Paz y Leonardo Padura, de quien ahora leo la novela “La transparencia del tiempo”, por sugerencia de Samy, el librero de Lalilu. A mi casa han llegado muchos inmigrantes de Japón, de Alemania, de Bélgica, de Chile, de Colombia (¡ah!, el gran narrador Juan Gabriel Vázquez llegó a casa y ahí se quedó y esto es para agradecer. Puede quedarse todo el tiempo que desee.)
Mi casa se ha llenado de inteligencia inmigrante. Éstos han llenado mi casa de luz. A mí me han hecho feliz a lo largo de más de cincuenta años. Ha sido tan grata su compañía que, cuando he tenido necesidad de emigrar de un lugar a otro (también he sido inmigrante), los he envuelto en cajas de cartón y los he llevado o he recomendado que amigos míos los reciban y les den alojamiento.
Posdata: Mi abuelo vino de Italia. En reciprocidad yo he admitido inmigrantes italianos en mi casa. Acá duermen Baricco (que leo porque el maestro Sarelly lo mencionó en algún texto), Calvino, Tabucchi, Pasolini y Moravia.
Los que llegan a mi casa llegan de muy lejos, de más allá del mar. Han llegado con los pies húmedos, llenos de arena, de estrellas de mar y de cielos. Pero me hablan de manera tan cercana que parece que llegaran de la esquina, donde se toma café con pan de Las Torres. Mi vida se ha llenado de la inteligencia de inmigrantes. Perdón. Sé que la migración es un problema y no es el aire tan suave que rodea mi jardín. Perdón. Pero mi experiencia ha sido ésta.