jueves, 7 de febrero de 2019

MEDIDAS




Hay chunches electrónicos que miden los pasos de un caminante. Tengo amigos que poseen estos chunches, que los usan. Ellos se han fijado una meta. Lo hacen para mantenerse en buena forma física. A veces los veo, a la hora de la comida, antes de comer un buen filete, checar cuántos pasos han dado durante la mañana, desde que salieron de casa. A veces los escucho decir que les hace falta tal número de pasos para alcanzar el objetivo diario.
En los años setenta nunca imaginé que viviría esta experiencia. La ciencia ha avanzado mucho. No me extrañaría que hubiese un chunche electrónico que mida el número de palabras que emitimos en el día. No sé si exista, pero no me sorprendería enterarme de su existencia. No me sorprendería enterarme de la existencia de un chunche que contabilice, perdón, el número de cuescos que emitimos durante el día. Cualquier persona podrá pensar que es una bobera un chunche que contabilice los pedos, pero en medicina puede ser útil. Cuando un médico opera de la vesícula a un paciente, le recomienda que esté pendiente de que el organismo funcione de manera correcta, que vea que su cuerpo expele cuescos sin problema.
En mi juventud recuerdo que los pasos no se contabilizaban, caminábamos y ¡ya! Ernesto me dijo el otro día que estos chunches de medición se llaman podómetros, palabra que viene del griego podós que significa pie. Tal vez el otro chunche se llama Pedómetro.
En el Comitán de los años setenta, quienes visitábamos con frecuencia la cantina de tío Tavo contabilizamos las cuadras, porque el cantinero nos exigía decirle de cuántas cuadras queríamos la macharnuda, bebida alcohólica que, cuenta la leyenda, agotaba al bebedor en el número de cuadras solicitado. La cantidad del menjurje era proporcional al número de cuadras; es decir, mientras menos cuadras se pedía, la concentración de alcohol era mayor. Quien pedía una macharnuda de una cuadra era considerado un bebedor vikingo, porque significaba que a cien metros iba a caer profundamente borracho. Pedir una macharnuda de veinte cuadras era para bebedores pichitos. Contabilizábamos cuadras ¡no pasos!
Nuestra experiencia en pasos se resumía en la recomendación permanente de la madre quien nos encargaba que no anduviéramos en malos pasos. Los malos pasos eran aquéllos que nos llevaban por caminos torcidos. No creo que los actuales podómetros establezcan la diferencia y contabilicen por un lado los pasos buenos y por otro ¡los malos! ¡Ya sería el colmo de la ciencia!
Ahora tengo amigos que, desde temprano, se colocan podómetros en sus brazos y contabilizan sus pasos. Me resulta simpático pensar que algo que mide el movimiento de un pie se coloque en un brazo. ¿El chunche que mide el movimiento de brazos se coloca en la pantorrilla? Digo esto, porque imagino que, por ejemplo, a los boxeadores debe interesarles cumplir una meta de golpes sobre una pera. ¿En dónde se colocan el pedómetro?
Los chunches electrónicos que sirven para medir son de gran ayuda en el mundo contemporáneo. La computadora tiene un dispositivo que permite saber cuántas palabras contiene un texto. Por esto, ahora, en las redacciones de periódicos, los jefes solicitan textos con determinada cantidad de palabras. Antes, los editores nos pedían un número determinado de cuartillas, ahora es un número preciso de palabras.
El otro día hice la prueba en el blog donde están archivadas todas las Arenillas que he escrito durante doce años (de 2007 a 2019) y casi me caigo de la silla. ¡Pucha, pensé, si me pagaran veinte centavos por palabra ya fuera dueño de un auto de lujo! Pero como no me pagan ni un centavo partido por la mitad, pues sigo con mi tsurito del 2002. Hace un año le hicimos su fiesta de quince años y lo celebramos con un ajuste de motor. Al carro le gustó su festejo, porque un día después corrió con gran alegría cuando fuimos a La Trinitaria.
En el blog apareció una cantidad brutal de palabras. La palabra brutal la empleo como sinónimo de enorme. El chunche medidor de palabras me dijo que he escrito, de 2007 a 2019, ¡tres millones seiscientas mil palabras! Uf, es una montaña de palabras, es como diez mil elefantes encaramados uno sobre otro.
Sí, estos chunches de medición son maravillosos. Ahora se puede medir casi todo. Romelia preguntó el otro día si hay chunches que midan el grado de calentura de los hombres. Todos nos reímos. Raymundo, el grosero del grupo, dijo que los hombres tenemos integrado un chunche que mide la calentura de las chicas y, groserísimo, mostró su dedo índice.
Luego alguien, no recuerdo quién, le preguntó a Romelia por qué se interesaba por ese instrumento y ella, cubriéndose los ojos, casi con fastidio, dijo que su pareja actual parecía uno de esos radiadores de carro viejo que se calientan en la primera subidita. Todos reímos. Dijimos que, entonces, no necesitaba tal aparato, ya que su novio es una permanente olla de vapor.

miércoles, 6 de febrero de 2019

CARTA A MARIANA: DONDE SE CUENTA DE LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO DE POESÍA




Querida Mariana: El pasado uno de febrero, a las cinco de la tarde, se presentó el libro “TEXAS, I LOVE YOU”, de René Morales. El acto se realizó en un corredor de la Biblioteca Pública Rosario Castellanos y fue emotivo, porque acudieron muchísimas personas. El poeta Balam Rodrigo dice que diez personas en un acto poético forman una multitud. Pues, entonces, este fue un acto multitudinario, porque acudieron más de cien personas.
Asistí como presentador, gracias a la invitación que me hizo el escritor Ornán Gómez, quien es el actual Director de Educación del Ayuntamiento Comiteco.
Compartí la mesa de honor con Ornán y el poeta René.
Te paso copia del textillo que leí esa tarde:
Buenas tardes.
Cuentan que Mario Vargas Llosa una mañana hizo lo que no acostumbraba hacer: responder un llamado telefónico.
Yo, ahora debo confesarlo, cuando recibí el libro del poeta René Morales, que hoy se presenta “Texas, I love you” hice lo que hace mucho tiempo no hacía: Leí la especie de prólogo que viene, por supuesto, al principio.
No leo prólogos ni introducciones de libros. Me encanta pasar de largo por esas puertas y entrar de lleno al patio del libro, ahí donde puedo hallar luz y sombras, que éstas son las materias esenciales de los libros y, sobre todo, de los libros de poesía.
Cometí el error de entrar por esa puerta que, seductora, como mujer sapientísima, movía su dedo y me llamaba. Ahí encontré que el señor Machado, editor del libro, califica la obra poética de René Morales, como “una poesía inquietante, difícil de clasificar”.
Si me permiten, hago una digresión y digo que a René Morales lo conocí una mañana que leyó algunos de sus poemas en el auditorio de la UNACH, acá en Comitán. Esa mañana me sorprendí gratamente con su trabajo creativo, pensé que ahí, en la misma mesa que estaba yo ¡había un poeta!
Hace días, el narrador Ornán Gómez me llamó y me invitó a hacer un comentario al libro que hoy se presenta “Texas, I love you”, agradecí la invitación y dije que sí, que me gustaría hacer breves comentarios a la obra creativa de René. Abrí el libro electrónico, porque no lo tuve en físico, y comprobé lo que pensé aquella mañana en la UNACH: ¡René es un poeta!
Por ello, ahora digo que coincido con la opinión del señor Machado, en el sentido de que la palabra poética de René inquieta, porque abre caminos donde sólo hay trilla, porque rasga el aire y abre ventanas en el cielo o en las cloacas o en los corazones de los vivos y de los muertos. No coincido, por supuesto, en lo de que es difícil de clasificar, y no coincido porque la poesía no tiene porqué clasificarse. La poesía está hecha de palabras y éstas bastan para explicar su origen y su destino. Se clasifican las nubes, en cirrus y nimbus, por ejemplo; se clasifican los cigarros, con filtro y sin filtro, por ejemplo; se clasifican las ciudades, en grandes o medianas, por ejemplo; incluso, se clasifican las mujeres, en generosas o esquivas, por ejemplo, pero la palabra no acepta clasificaciones. La poesía no acepta, asimismo, absurdos como el que etiqueta algunas palabras como malas palabras. Porque si esto fuera así, René sería el primer poeta iconoclasta del mundo, porque él, en su trabajo, emplea las palabras con la misma feracidad con que el viento hace su nido en lo más alto de los árboles o se resguarda en lo profundo de la cloaca más profunda. René no clasifica a la vida, la toma como le llega, a veces tierna, a veces descarnada, desnuda, brutal, trágica.
Hablar de este libro es sencillo. Todos los lectores pueden, desde el principio, advertir lo que es evidente: Son textos que hablan de ejecuciones de latinoamericanos en Texas. Cada título de poema es el nombre de un nombre ejecutado. Cada texto contiene una breve, brevísima ficha del hecho que culpa al hombre del nombre del poema para justificar su ejecución por inyección letal. Para que tengan una idea más cercana de lo que digo veamos el poema que abre el libro. El título del poema es Jesse de la Rosa, que a su vez es el nombre de quien, dice la ficha: “Asesinó de dos disparos en la cabeza a un capitán de la Fuerza Aérea durante un robo a una tienda de autoservicio, en San Antonio, Texas. Intentó abrir la caja registradora, al no poder, después de varios intentos, tomó un six de cervezas y salió a la calle, donde fue detenido.”
Hasta acá el hecho histórico, la nota roja, perdida en un periódico con más notas violentas. Hasta acá la visión de los otros respecto a un acto que coincide mucho con lo que las series policiales nos muestran noche tras noche en la televisión.
Hasta acá, hasta en tanto René hace acto de presencia, porque René hace el prodigio de dar voz al ejecutado. La palabra de René es la palabra del hombre que murió al recibir la inyección letal en un estado norteamericano en el que está aceptada la pena de muerte, y es en ese instante, en el instante en que el lector se acerca al poema, cuando entendemos la ironía del título: “Texas, I love you”; es cuando entendemos que René ha rascado, como perro, en la tierra donde están enterrados estos muertos y los ha tomado de la mano huesuda y los ha llevado de nuevo a la superficie y, como en juego divino, ha jugado a ser el que resucita y los ha insuflado con su aliento poético y los ha regresado a la tierra que dejaron hace mucho. Acá están de nuevo y hablan desde la muerte, desde la tierra que no fue de ellos, una tierra a la que llegaron para hacer realidad un sueño, pero, como en el caso de Jesse de la rosa, en lugar de la rosa hallaron cardos envueltos en cardos, asfixiados en cintas de púas.
Y, perdón, sólo para terminar mi comentario, leo lo que Jesse de la Rosa dice, gracias al prodigio de la poesía de René, un poeta cuya obra no necesita clasificación alguna.
Esto dice el poema:
“Desde que llegas a este país hasta que te mueres
todos los días te repiten
esa mierda de fuckin’ mexican
no eres bienvenido aquí
el sueño americano existía pero tú lo jodiste
te falta un sello en el pasaporte
y la migra te está observando.
Pero yo ya me cansé
y le voy a hacer una pequeña cicatriz en el alma a esta patria
le voy a poner un tiro en la frente
al próximo hijo de puta que me diga algo.”
La mañana que Mario Vargas Llosa, contra su costumbre, levantó el auricular y respondió, un periodista le dijo que Julio Cortázar había muerto y que le pedía su comentario. Mario dio su comentario y luego fue a su biblioteca y se puso a leer algunos textos de Julio.
La tarde que, contra mi costumbre, leí el texto a manera de presentación del libro de René, encontré una línea que me causó cierta irritación, pero luego pasé a leer los poemas y hallé una luz brutal, cegadora, demencial, pero refulgente en la palabra del poeta.
Gracias.

Posdata: René felicitó a la directora de la Biblioteca Rosario Castellanos, la licenciada Mónica Baca, le dijo que tiene una biblioteca muy bonita. Ojalá que más muchachos se acerquen a leer cuentos, novelas y, faltaba más, ¡poesía!

martes, 5 de febrero de 2019

ESTRATEGIAS PARA ACERCAR EL LIBRO




Y dijeron que la caravana de migrantes pretende visibilizar el problema de la migración, porque, en realidad, el número de los integrantes (mil, dos mil) es irrelevante ya que cada año pasan por México millones de migrantes provenientes de Centroamérica.
Algo así sucede de vez en vez con el libro en México. Cuando asoma algún proyecto nacional de lectura se visibiliza el tema. En un país de más de cien millones de habitantes poco se habla del libro, se habla del fútbol soccer.
Hace tiempo, el ex presidente Vicente Fox lanzó una campaña que haría de México “Un país de lectores”. Ahora, el presidente Andrés Manuel recién acaba de dar a conocer la “Estrategia Nacional de Lectura”. En tal acto, el malcriado de Paco Ignacio Taibo Dos dijo lo que ya había dicho con anterioridad, que hará de México “Una República de Lectores”.
¿En dónde habíamos escuchado esto? ¡Sí, claro! Como ya dije, Fox quiso hacer de este país un país de lectores. Taibo sólo convirtió en República lo que Fox mencionó como país.
Iván Ibáñez, en su noticiario radiofónico, me preguntó mi opinión acerca de la estrategia. Respondí que coincidía con la opinión de Óscar Wong, Premio Chiapas. Wong (desde su Wongnasterio) dijo que bajar el costo de los libros no es garantía de formación de lectores y que una buena estrategia debe incluir la presencia de cuentacuentos en las escuelas, que lectores profesionales, expertos en motivación, contagien el gusto por la lectura.
La experiencia demuestra que en las diversas ferias de libros que se realizan en el país ofertan libros de diez o veinte pesos y la gente no hace filas interminables por adquirirlos. Las personas que no tienen el gusto por la lectura pasan de largo. Pondré un ejemplo muy pedestre, pero que puede ser ilustrativo: Imaginemos a una familia que acostumbra tomar la Coca Cola de tres litros todos los días a la hora de la comida, ¿aceptará cambiar su bebida gaseosa por una limonada gratuita?
Quienes no son lectores pasan de largo ante las mesas que ofrecen libros a diez pesos; quienes no son lectores aceptan el libro que les regala alguien en una dependencia cultural pero luego lo dejan olvidado en una repisa llena de muñecos de peluche.
El éxito de una estrategia de lectura está en relación directa con la formación de lectores y éstos no se forman regalándoles libros o vendiéndoselos a bajo costo. ¡No! Los lectores se forman, se hacen. La pregunta es: ¿Cómo un gran lector se volvió lector? Un gran lector se forma en la niñez, escuchando los cuentos que la mamá le lee antes de dormir, viendo cómo sus papás toman los libros, se sientan en el sofá y disfrutan la lectura. Los grandes lectores se forman tomando libros porque éstos están cerca de sus manos y estos libros tienen figuritas, muchas figuritas, dibujos maravillosos que despiertan su imaginación y que los hace querer saber qué dicen esas palabras. Los lectores se hacen escuchando cuentos. ¿Y quiénes son los trasmisores de estas historias? Los mismos que, desde siempre, tienen la capacidad de contar historias. En todo el país hay excelentes cuentacuentos que despiertan la emoción de los niños y que contagian el entusiasmo por acercarse a los libros. El problema es que el Sistema olvida crear una brigada de cuentacuentos que, de manera permanente, ¡permanente!, acuda a las escuelas y motive a los niños a acercarse a la lectura. La mayoría de niños está en contacto con maestros que no tienen la capacidad de contagiar el entusiasmo por la lectura, ya que ellos no son grandes lectores. Se da el caso de maestros que castigan a sus alumnos obligándolos a leer. ¡Tremendo absurdo!
A mí me entusiasma la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura, porque, cuando menos, visibiliza el tema del libro. Las caravanas de migrantes visibilizaron el tema.
En la Casa de la Cultura de Comitán se dio un acto coincidente. Hace una semana, el maestro Jorge Octavio Muñoz Florio, genial cuentacuentos, por invitación del poeta Arbey Rivera, director del Centro Cultural Rosario Castellanos, abrió un taller que acerca a los niños al fantástico mundo de los cuentos, de la lectura.
Si esta estrategia se multiplicara por mil más cien mil en todo el país, los niños mexicanos comenzarían a acercarse de manera natural y juguetona, en serio, al libro y se volverían grandes lectores.
¿Libros de a diez pesos? Los lectores (aunque no lo crean los analfabetos) aman los libros, les encanta tomar un libro bien hecho, con bellas ilustraciones, con buen papel, con portadas atractivas. La Secretaría de Educación ha impreso libros baratos, con papel revolución, a una tinta, con portadas oscuras. ¿Quién puede enamorarse de un libro oscuro cuando el mundo nos envía videojuegos con imágenes maravillosas? México debe enamorar a sus niños con libros bellos. ¿Qué clase de libro resulta con diez pesos?
¡Qué bueno que el gobierno federal se preocupa por la lectura, por querer hacer una república de lectores! Ojalá que la estrategia sea la correcta. No hay necesidad de descubrir el hilo negro. Los grandes países lectores del mundo ya lo hicieron. En ninguno de ellos regalan libros ni hacen libros oscuros. Al contrario, en esos países se consolida la industria editorial, porque esto es lo que hace que el círculo vicioso se convierta en un círculo virtuoso y se fomenta la apreciación de la literatura.

lunes, 4 de febrero de 2019

ASÍ ESTÁ BIEN




Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera carnicero tendría paga, así como la tiene Isaías, pero no le gustaría estar con el mandil ensangrentado, oliendo la carne, viendo al cuch con ojos de borrego muerto y al borrego con ojos de cuch triste; no le gustaría encontrar granos en la panza de un cuch ni sentir el aroma de carne putrefacta. No le gustaría pasar sus manos encima de una carne que está muerta, que no reacciona como sí reacciona la piel suave de su muchacha.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera político tendría paga, así como la tiene el licenciado Alfaro, pero no le gustaría andar de un lado para otro escuchando demandas de hace mil años con mil años sin solución; no le gustaría dejar a su familia por atender lo urgente de la patria, sin que esta urgencia tenga una justificación real. No le gustaría andar recibiendo abrazos de esos llamados Abrazos de Judas o andar detrás del jefe que es seguido como un santo católico o un tlatoani.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera líder sindical tendría paga, así como la tiene su tocayo Romeo, pero no le gustaría tener que andar haciendo bloqueos en las carreteras; no le gustaría mandar al grueso de los agremiados, con palos y rostros embozados, a estar horas y horas bajo el sol o lluvia recibiendo miles de ofensas de los automovilistas ofendidos.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Está bien, dijo, que yo no sea médico, porque me despertarían a las tres de la madrugada por una urgencia, y tendría que conducir por calles oscuras en medio de una nata violenta, viendo cómo brotan delincuentes desde la sombra del callejón.
Así está bien. Que yo no sea ingeniero, porque en lugar de construir sueños, se le cae el puente ante un temblor o se le va el prestigio adentro de un socavón.
Así está bien. Como estoy yo, dijo el primo Romeo. Está bien que yo no sea millonario, porque no me gustaría ser de esos que están todo el día achicharrándose los muslos y el pecho en los yates, mientras chicas tetonas y culonas beben su dinero en forma de champaña; está bien así, porque los millonarios son asediados por chicas boludas que sólo buscan la forma de arañar el lingote de oro. Mi muchacha está a mi lado, en el lado donde, en lugar de una moneda de oro, lo que brilla es el sol de madrugada.
Así está bien. No me gustaría ser piloto, porque las alturas marean a cualquiera. El territorio natural de las personas es la tierra, la tierra plana, segura, la que tiembla, la que se agrieta. Todo aquel que vuela se piensa Dios o ángel o Luzbel.
Así está bien. Si fuera un intelectual caminaría como ganso y echaría el pecho por delante y el culo hacia arriba. Así como estoy está mejor, porque camino con la certeza de que puedo meter el pie en un charco o puedo resbalarme en cualquier entrada de cochera o puedo tropezar con los pies de un hombre acostado, que bien puede ser un cadáver o un hombre que mira el cielo.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Así como estoy ¡está bien! Me gusta ser lo que nadie más desea. Porque todo mundo quiere ser lo que yo no deseo. No deseo ser enfermero, porque me caga limpiar las cagadas de los viejos; no deseo ser bonito, porque la belleza es como la piel de la manzana, apenas cortada del árbol se oxida como si fuese un fierro viejo.
Así está bien, insistió el primo. Mientras lo dijo pasaron frente a nosotros varios chicos en bicicleta y dos chicas que iban de la mano y reían y se hacían cariñitos en el cuello. Mientras lo dijo vimos un avión en la lejanía del cielo y escuchamos la bulla de dos pajaritos que peleaban un gusano hallado en la tierra. Estábamos sentados frente al lago, ahí donde un viejo y su nieto echaban barquitos de papel al agua, al lado del vendedor de algodones, de la vendedora de helados, del viejo que vendía globos, rojos, azules, amarillos.
Romeo y yo comíamos un sándwich de pavo, con unas rodajas de jitomate y aceite de oliva.
Así está bien, dijo Romeo. Me gusta ser lo que soy, un ser sin más ambiciones que las que la vida me injerta.
Mirábamos cómo los patos acuatizaban, mientras dos muchachos, con camisetas rojas, remaban como si estuviesen entrenándose para las olimpiadas. El agua se quebraba como un espejo, pero un segundo después volvía a tener la consistencia infinita que posee el hueco.
Sí, le dije a Romeo, así está bien. Yo también así estoy bien, dije, y me eché para atrás, sobre la hierba y vi el cielo, sin una nube, un cristal absoluto, armonioso. Sí, ¡así está bien!

sábado, 2 de febrero de 2019

CARTA A MARIANA, CON CUMPLIDO HOMENAJE




Querida Mariana: La placa es puntual: Es un homenaje a maestros de la Escuela Urbana del Estado “Fray Matías de Córdova”, de Comitán.
Ahí está la relación de maestros homenajeados: Víctor Manuel Aranda León (quien fue director de la escuela y un gran deportista, por esto último la Unidad Deportiva lleva su nombre), Óscar De León E. (quien impartía el primero y segundo grados de primaria y era tuxtleco), Javier Flores Torres (quien también impartió la cátedra de Historia de México en la escuela preparatoria y, por fortuna, con más de noventa años de edad aún vive en nuestra ciudad), el maestro Alberto Gómez Villatoro (quien es recordado como un gran pianista y por dirigir un grupo musical en la escuela preparatoria), Víctor Manuel Guillén (conocido como el Maestro Chaparrito, y cuya memoria es muy apreciada en la comunidad), Juventina Medina Vázquez (esposa del maestro Javier Flores Torres y quien, igual que su esposo, vive en nuestra ciudad), María Utrilla Tovar (la recordada Maestra Maruca), Cristina León Cancino (maestra de gratísima memoria), y Consuelo Téllez de Vera (recordada maestra, quien, además, hincó el cariño de la docencia en su familia, porque su hija Mirna también fue docente.)
La placa es puntual. Dice que los ex alumnos de las generaciones 1955 – 1967 rinden un cumplido homenaje a dichos maestros, como reconocimiento a su ejemplar labor en pro de la educación.
La placa fue develada el 15 de mayo de 1992 y está en una pared exterior del edificio de la dirección de la escuela.
No sé si opinés lo mismo que yo: Esta placa no sólo honra a los maestros de la Matías de Córdova, ¡no!, esta placa honra también a los ex alumnos que se unieron y dedicaron este mensaje a sus maestros. Porque estos ex alumnos son personas agradecidas y, lo sabés, el ser agradecido es uno de los dones benditos de la humanidad. El mundo está lleno de ingratos, a cada rato vemos ejemplos. Da pena decirlo, pero la ingratitud es el pan de todos los días, en todo el mundo.
Los seres humanos, con gran frecuencia, creen que se lo merecen todo, que el mundo debe estar a sus pies. No agradecen los dones recibidos, porque piensan que todo es poco.
¿Ejemplos? ¡Ay, sobran, sobran! Voy a poner uno que hemos padecido todos. Se dice con frecuencia que el mundo es como una rueda de la fortuna, a veces estamos arriba y a veces estamos abajo. Cuando estamos arriba nos hablamos de tú (o de vos) con las nubes, todo lo vemos desde la fronda, nos volvemos pedantes; cuando estamos abajo nos sentimos en el fondo del pozo (a veces lo estamos). El que está arriba se olvida, muchas veces, incluso de Dios. El que está abajo lo busca con urgencia, recuerda que hay templos que son la casa de Dios, entonces compran velas, entran al templo, se hincan (¿mirás qué hacen? ¡Se hincan!) y rezan, piden que Dios no los abandone, que les “eche una manita”. A veces, Dios en su generosidad vuelve su mirada y hace su movimiento mágico para ayudar a los necesitados. Ha sucedido que al salir del templo, a la hora de bajar por la escalinata se topan con un amigo y se abrazan y platican. El que está en el pozo cuenta su problema, perdió su trabajo y necesita con urgencia un préstamo, mientras vuelve a tener trabajo, porque su familia, y ya se sabe este tipo de historias, porque todos las hemos padecido cuando la rueda de la fortuna de la vida nos manda a la parte de abajo.
¡Milagro! Resulta que el amigo fue como un enviado divino. Dice que él puede “echarle la mano”, mientras encuentra trabajo, y sin mediar contrato alguno mete la mano a la bolsa, saca la cartera y pone en manos del necesitado diez mil pesos, ¡diez mil pesos! Toda una fortuna para quien está en el pozo. Aparecen unas lágrimas en los ojos del amigo que está en situación penosa. No son lágrimas falsas, son sinceras, porque están llenas de un sentimiento ambiguo al darse cuenta que, como dice el dicho: “Dios aprieta, pero no ahorca”. Sí, dice el necesitado, te juro que en cuanto tenga trabajo te regreso tu dinero. ¡Gracias, muchas gracias!
Y el tiempo maravilloso hace el prodigio. El viento de la vida hace que la rueda de la fortuna gire y, poco a poco, el necesitado abandona su chamarra de pobre, porque ¡encuentra un trabajo! Una tarde (meses después del encuentro) la esposa del necesitado le recuerda la deuda y recomienda que guarde algo de la quincena para abonar al amigo que le tendió la mano.
Y acá, querida Mariana, aparece la historia que se repite por miles y miles en todo el mundo cada día. El amigo necesitado olvida su obligación moral, olvida el instante en que veía todo oscuro, porque todo estaba oscuro. Olvida que en ese momento apareció un amigo y le tendió la mano. El amigo generoso nada ha reclamado, ha dejado que el tiempo haga su trabajo.
La esposa recomienda abonar algo a la deuda, para irla pagando poco a poco. Le recuerda que ya estaban a punto de caer en manos de agiotista o de banco, que ellos cobrarían las perlas de la virgen en intereses. El amigo nada les ha reclamado, nada de intereses hubo en el acto amistoso. El único interés fue tender la mano para que el amigo saliera del pozo, porque él, también, en algún momento de la vida estuvo en la parte baja de la rueda de la fortuna.
Vos, querida Mariana, los conocés. Los desagradecidos se esconden del amigo y si, por sentido estricto de la justicia, el amigo generoso, con buenos modos, le recuerda la deuda al otro, éste se molesta.
Puse un ejemplo muy pedestre, un ejemplo en donde lo material aparece en primer lugar, pero lo escribí porque, pienso yo, ilustra muy bien cómo somos desagradecidos los seres humanos. El amigo prendió un cerillo cuando el otro estaba en la oscuridad. Esa ligera chispa fue como el hilo de Ariadna para que saliera del laberinto. ¿Y luego qué sucede? Pues nada, lo de siempre, la ingratitud asoma: ¿Agradecido yo por un simple cerillo? Pucha, ni que hubiera sido un faro.
¿Mirás? El ser humano cree que merece todo y en este absurdo pensamiento se olvida de agradecer, de agradecer a Dios y de agradecer a los enviados.
Estos ex alumnos se muestran agradecidos. Se pusieron de acuerdo e hicieron una coperacha para mandar a hacer una placa de bronce donde quedaran grabados los nombres de los maestros que realizaron “una ejemplar labor en pro de la educación”. Hay un reconocimiento sincero, porque son los nombres de los maestros los que perduran. Esos nombres hubiesen quedado en el muro del aire si no hubieran estado grabados en bronce. Quienes ahora entran a la escuela Matías de Córdova leen esos nombres y en la mención vuelven a darles vida, vuelven a colocarlos en el estrado donde, con una vara o con una regla de madera, obligaban a los niños a aprender las capitales del mundo o a restar ocho de un total de quince manzanas.
Esta placa bien puede estar en cualquier escuela del mundo, porque en todo el mundo hay una serie de maestros que, con apostolado cristiano (sin ser necesariamente católicos), han cumplido con su misión de maestros.
No sé vos, pero yo (entiendo que todas las personas tienen historias semejantes) viví experiencias diversas en las escuelas. Tuve maestros amables, afectuosos y tuve maestros desagradecidos con la vida, que sólo llegaban a pasar el tiempo sin aportar nada a nuestro desarrollo. También hay muchos maestros ingratos, que sólo acuden al aula para justificar un trabajo que les aporta dinero, son los llamados mercenarios de la educación; pero he tenido maestros luminosos, maestros que me ayudaron a encontrar mi verdadera vocación, que colocaron ladrillos en mi camino, que prendieron ese prodigioso cerillo a la hora que mi vida estaba en la oscuridad total. Esos hombres y mujeres tienen una placa de bronce en la pared de mi corazón, ahí estarán por siempre. Cuando estoy al frente de un grupo procuro honrar la memoria de ellos, procuro no desalentar a los muchachos, procuro sembrar una espiga de luz en su corazón. ¡Ah, qué difícil!
Los estudiantes prefieren a los maestros barcos, a los que, por cualquier pretexto, permiten las llamadas “horas sociales”.
Posdata: Pero cuando el tiempo pasa, los ex alumnos reconocen que no fueron los barcos los que los formaron, no fueron los que hacían horas sociales quienes colocaron luces en sus vidas. Los que cumplieron más allá del deber, son los que cometieron el acto más noble de la vida: Enseñar.
Me gusta entrar a la escuela Fray Matías de Córdova, porque soy ex alumno de ella. Me gusta leer esta placa en bronce. Al hacerlo hago un homenaje a los ex alumnos agradecidos. El agradecimiento es uno de los más altos valores de la humanidad. No están los nombres de ellos, son ramas de un árbol enorme que se llama generación de ex alumnos agradecidos.

miércoles, 30 de enero de 2019

TAMBORERAS




El instrumento es el tambor tradicional tojolabal, el que tocan en las Entradas de Flores. Los tamboreros se reúnen y con el sonido acompasado convocan a los fieles a reunirse, es como la campana del templo, es como el silbato del maestro de gimnasia, es como el grito de la madre cuando llama a los niños a lavarse las manos porque la cena está servida.
El tambor, todo mundo lo sabe, es uno de los instrumentos musicales más antiguos, ha acompañado a las personas en este mundo desde el principio de los tiempos. Los tambores sirvieron para llamar a la guerra, cuando los indios cherokees danzaban y tocaban los tambores despertaban al dios de la barbarie. Los tambores de estas tierras son más afectuosos, convocan a la paz, a la oración, al rezo de la buena siembra y de la mejor cosecha.
Tengo varias amigas que tocan el tambor en la Entrada de Flores que el 10 de febrero ofrecen a San Caralampio. Rosa María y Rosa Hortensia visten trajes tradicionales y se mezclan con los grupos de tamboreros tojolabales y, con dos varitas, siguen el ritmo que indica el hombre que toca el pito, la flauta de carrizo.
En esta fotografía, Lucy se prepara para tocar el tambor en la entrada de flores en honor a la Virgen de Guadalupe. Ella sigue con la mirada el ritmo que indica el líder y acompaña al grupo que presidirá la caminata de los peregrinos.
Los festejos a la Guadalupana se dan en toda la república mexicana y en otros países. La Virgen de Guadalupe es una de las imágenes más simbólicas de la patria. En cada lugar hay variantes en las ceremonias. En Comitán, al lado de los cantos que se entonan en todo México, como el clásico de “La Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac…” y de las tradicionales porras que lanzan los antorchistas: “A la bio, a la bao, a la bin bon ba, Lupita, Lupita, ra, ra, ra”, aparece el tambor y el pito.
El tambor tojolabal convoca a la celebración. Los niños lo tocan como diversión, pero también puede tocarse como un canto de fe, no necesariamente dirigido a una entidad divina. El tambor sirve para cantar la vida, porque basta que un par de manos somate los palitos sobre el cuero tensado para que los pies del cuerpo y del espíritu comiencen a moverse, como impulsados por un fuego interior, movidos por una cuerda invisible, pero poderosa, sublime. Se toca el tambor cuando un pichito nace, cuando la siembra crece tan alta como la luz, cuando los abuelos son buenos, cuando en el pueblo asoma un arcoíris, cuando la vida da cuerda a la arrechura.
El tambor es como una nube que llueve sonidos, sonidos que provienen de lo más hondo del espíritu humano. El texto bíblico dice que en el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios; es decir, el sonido era en el principio y el sonido era con Dios, porque Dios se extravía en el silencio infinito. Por esto Dios, que es decir el Verbo, pensó que era bueno que el silencio eterno dejara de dormir y tomó un par de palitos y los somató en el cuero tensado del extremo de un tambor. Bastó que diera un par de golpes ligeros, tenues, sugerentes, para que el silencio eterno se abriera como una flor y restallara en lo que los científicos bautizaron como Big Bang. Y, se sabe, desde entonces, el eco de aquel inicial toque de tambor (de paz, no de guerra) se extiende como fuelle de acordeón por todo el universo y no cesará (así lo dicen los científicos) hasta que su paso sea como el de una tortuga y vuelva la mirada y decida regresar al origen. Ese día, la Biblia sostiene, se escucharán muchas trompetas (chirimías) y el universo se contraerá.
Mientras llega ese instante (dentro de miles y miles de años) la vida en la tierra es una eterna plegaria, una absoluta manifestación.
Los tambores sirven como conjuro contra el silencio, contra la nefasta plaga de la inmovilidad; los tambores tienen el mismo efecto que tiene la primera copa de tequila o de ron. Hacen que el cuerpo y el espíritu se vuelvan uno con el universo en su expansión.
En el principio de los tiempos el Verbo era con Dios y Dios era la pizca infinita de luz. Y Dios dijo “¡Hágase la luz!” y la luz se hizo y las primeras personas abrieron los ojos y hallaron un instrumento y, antes que hablaran, tocaron el tambor, y así convocaron a la guerra y así convocaron a la paz, y a la alegría y a la sonrisa de Dios.

martes, 29 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN BAR DIFERENTE EN COMITÁN




Querida Mariana: Mi ahijado Javier inauguró un bar en Comitán. Hace apenas varios días también fue inaugurada la cantina Don Julio. Y digo esto, porque con el papá de Javier recorrí decenas de bares y cantinas en mi juventud. Hace apenas dos días subí una fotografía de perfil en la que estamos mi compadre Javier y yo, estamos en el parque central, abrazados, como abrazados caminamos muchas veces por las calles de Comitán cuando salíamos de los bares o cantinas y “nos pegaba” el aire; en realidad lo que nos pegaba era el manotazo brutal de la cerveza consumida en cantidades más que generosas.
Ahora, el hijo de Javier inauguró un bar. ¿Quién iba a pensar en nuestra juventud que su hijo, mi ahijado, se dedicaría a atender un bar?
Vos sabés que ya no bebo alcohol. Como dice un famoso texto y que se declama en fiestas de fin de cursos escolares, “Ya no tomo trago aunque me lleven los pingos”. Bueno, no lo sé, en cualquier momento uno derrapa, pero cuando menos por hoy, sólo por hoy, como dicen los alcohólicos anónimos, no le entraré al chupirul. Ya son más de quince años en los que sólo bebo agua, sólo jugos, sólo té; quince años en que opté por una vida más sana. Bueno, esto pienso yo.
Por eso, ayer que pasé por el local que inauguró mi ahijado, me sorprendí cuando me llamó y me dijo: “Este bar es para vos, padrino”. Estaba a punto de decirle que no, que no era para mí, cuando él agregó: “Es un bar de jugos”. ¡A ver, a ver, a ver! ¡Ah, pues, estamos chupando tranquilos! Sí, de eso se trata, me dijo: de beber tranquilos, en un lugar tranquilo y agradable. ¡Un bar de jugos! Sí, jugos sí puedo beber. Hubo un tiempo en que me preparaba un jugo con betabel, apio, piña y naranja. Era una revoltura muy sana y muy sabrosa.
¿Y por qué un bar de jugos?, le pregunté a Javier y su respuesta hubiese dejado muy orgulloso a su papá. En su respuesta entendí que Comitán es una ciudad de más de cien mil habitantes (Uf, cuando su papá y yo bebíamos cervezas en La Jungla o en el Camechín, cantinas de moda, Comitán tenía menos habitantes, muchos menos), por lo tanto, Comitán merece opciones diversas. Como siempre he dicho, no está mal que los comitecos, ahora, coman hamburguesas, no, no está mal, pero jamás, jamás, debemos dejar de comer los panes compuestos. Ahora, gracias a mi ahijado Javier, puedo decir que no está mal que exista la novedosa cantina don Julio, lugar en el que los jóvenes y no tan jóvenes acuden a beber bebidas alcohólicas. ¡No, no está mal! Pero lo que nunca debe faltar es la opción de servicio que Javier acaba de inaugurar y que ofrece a esta comunidad: Un bar de jugos, un lugar en el que se puede comer y beber y convivir ¡de manera sana! Una ciudad como la nuestra merece diversas opciones, para que la gente pueda optar por un bar de cervezas o por un bar de jugos.
No está mal que los comitecos sigan comiendo tacos de carnitas, ¡ah, tan sabrosos que son los taquitos de la taquería Zinapecuaro! ¡Qué sabrosos los tacos de taquería Carmelita, que está en la esquina de la Matías de Córdova! Pero, no todo mundo anda detrás de los gorditos y de las grasitas. ¡No! En una ciudad de más de cien mil habitantes, ¡cien mil!, hay muchas personas que cuidan su alimentación. Para éstos, para quienes buscan opciones saludables, mi ahijado Javier abrió su ¡bar de jugos! Sí, Javier tiene razón, su local está hecho para mí y para cientos de personas, miles, que beben jugos en lugar de cervecitas. El local es más que agradable, más que cercano al centro de Comitán, está justo en la cúspide de la subida de San Sebastián, en la calle que va con rumbo al templo de Santo Domingo, nuestro santo patrón. Es un espacio para convivir, para charlar, para disfrutar la vida, sin necesidad de agregar alcohol a la bebida.
Mi compadre Javier aún bebe sus tragos. Tal vez lo sorprenda un día de éstos invitándolo a beber un Mojito, como si estuviésemos en la vieja Habana lo llevaré al bar de jugos de su hijo y lo invitaré a probar un Mojito, que es un jugo hecho con yerbabuena, naranja, limón y miel. ¿Mirás qué maravilla? ¡Ah, se antoja! Sí, mi ahijado Javier tiene razón, este bar está hecho para mí y para miles de comitecos que han optado por una alimentación más sana, menos artificial, más cercana a los orígenes de la sabiduría ancestral. La carta dice que todos los platillos son preparados al momento “con ingredientes frescos y naturales”. ¿Mirás qué bendición?
Posdata: Comitán, así lo pensó Javier al inaugurar su local, es una ciudad de más de cien mil habitantes que merece tener un bar de jugos. Está bien que existan los demás bares, está bien. Hay cientos de bares en donde se consume la grasita y el traguito. En su empresa, ALMA VERDE, ofrece jugos, ensaladas, baguettes, bowls (que saber qué será) y muchas delicias saludables más. Cuando tengás antojo de comer sano, date una vueltita por el local de Javier. Cuando escuché el nombre de ALMA VERDE pensé en Gandhi (en el personaje hindú y en la librería), pensé que Gandhi, ALMA GRANDE, le hace bien a nuestra historia mundial, pensé que ALMA VERDE le hace bien a Comitán y a cientos de comitecos que acudirán a comer y a beber en un nuevo concepto de bar. ¡Brindo con mi compadre, con un mojito, por el éxito de la empresa de su hijo Javier! ¡Salud, por siempre, para siempre!

sábado, 26 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE LA TARDE QUE EL POETA BALAM RODRIGO ESTUVO EN COMITÁN




Querida Mariana: Sé que lo lamentarás, porque me has dicho que admirás el trabajo poético de Balam Rodrigo; sé que lamentarás haber estado en San Cristóbal de Las Casas, la tarde del 23 de enero, tarde en que el poeta estuvo en la Casa de la Cultura, de Comitán, para la presentación de sus libros: “Marabunta” y “Libro centroamericano de los muertos”.
Pero sé que te dará gusto saber que hubo buena audiencia para escuchar y para saludar a Balam, quien, como siempre, se mostró grande porque es humilde, porque, a pesar de que es uno de los poetas que más premios literarios ha obtenido en este país, sigue siendo un hombre de a pie, un hombre de gran sensibilidad y de trato afectuoso.
Fui invitado a hacer comentarios a uno de los libros de Balam, por lo que tuve el privilegio de compartir la mesa de honor con el maestro René Landaverde Hernández, cónsul de El Salvador, en Comitán; con el poeta Arbey Rivera, director del Centro Cultural Rosario Castellanos y, por supuesto, con el poeta Balam Rodrigo.
El acto de presentación (así lo dijo el director del Centro Cultural) fue el inicio de una serie de actos para honrar la memoria de Rosario Castellanos. No pudo ser mejor inicio. La presencia de Balam fue un lujo. Así lo consideró la audiencia que, en buen número, asistió esa tarde. Es bien bonito ver la presencia de muchas personas en actos culturales. A final de cuentas, los actos culturales se programan para que las personas puedan recibir algo de la luz del arte. Se trata de compartir.
El cónsul de El Salvador hizo comentarios al poemario “Libro centroamericano de los muertos” y el director del Centro Cultural comentó el libro “Marabunta”. Ambos comentaristas fueron muy puntuales en sus participaciones; el comentario del maestro Landaverde tuvo la importancia de señalar aspectos importantes de su país y, como amplio conocedor del fenómeno migratorio, dijo que Balam no pudo escribir el libro sin tener una cercanía con el fenómeno de la migración y de los países centroamericanos. Y así es, Balam, de niño, convivió con migrantes en su natal Villa de Comaltitlán. El poeta Arbey (quien moderó la mesa) comentó el primer libro de la trilogía centroamericana que Balam escribe. Lo hizo con palabras bajadas del árbol del sol. Comentó que está en preparación el tercer libro, que es un libro de ensayos. Los dos primeros son de poesía.
Después de los comentarios, se presentó un video con la voz de Balam y música de Cicerón Aguilar, y a continuación, Balam hizo una exposición certera acerca del problema del migrante y finalizó con la lectura de varios poemas de ambos libros.
Como yo estaba trepado en el escenario logré advertir la buena recepción de todas las participaciones, sobre todo la del escritor invitado. Todo mundo reconoce la calidad de su poesía, la calidez de su trato, la rotundez de su conocimiento.
Arbey Rivera comenzó con el pie derecho en sus actividades como director del Centro Cultural Rosario Castellanos. Comitán desea que siga así, que siempre sea así.
Yo hice un breve comentario al “Libro centroamericano de los muertos”. Te paso copia de lo que dije. A ver cómo lo mirás.

Buenas tardes.
Hablamos de poesía, de la palabra que sugiere; hablamos de la luz y de la sombra. ¿Por qué entonces ahora pregunto si ustedes han escuchado la expresión ¡es un cuento redondo!, en referencia a un texto casi perfecto?
¿Han escuchado tal expresión? ¡Cuento redondo! Tal vez proviene de lo que Julio Cortázar, espléndido narrador, dijo en una ocasión. Cortázar hablaba de la esfericidad del cuento, como una imagen de la totalidad, de la precisión y de la cercanía a la perfección.
Ahora hago otra pregunta: ¿Hay libros redondos? La forma de la mayoría de libros es rectangular, pero, una tarde, cuando era niño, una tía se acercó y me obsequió un libro que, en su forma, era circular. El libro tenía la forma de un balón. Era un libro con bellas ilustraciones con una historia que contaba la pasión de un niño por el fútbol soccer. La redondez del libro era casi perfecta, apenas tenía una ligera comba en la que, el editor, había realizado la costura de las hojas. De ahí colegí que es muy difícil hallar un libro redondo.
Pero, digo que hoy nos convoca la poesía, nos convoca el libro cuyo título es: “Libro centroamericano de los muertos”, del poeta Balam Rodrigo, y este es un libro redondo, casi perfecto. Durante 2018 y el ratito que llevamos de este 2019 leí varios libros de poesía, muchos de ellos propuestas inteligentes, pero, sin duda alguna, el mejor libro de todos es éste.
Cuando el poeta Arbey, director del Centro Cultural Rosario Castellanos, me invitó a hacer comentarios al libro de Balam, me dio gusto, lo consideré un placer. Es un honor. Cuando llegué a casa, abrí el libro y comencé a leerlo, supe que el placer estaba en la lectura, en meter el pie del corazón en este río vertiginoso que Balam escribió y que le valió recibir la gloria del premio de poesía más prestigioso de este país.
Balam alcanza, en este libro, la casi perfección; es decir, la cima creativa, porque, se sabe, la perfección jamás se alcanza. Acá hallamos la voz de un profeta, el eco multiplicado de un corazón, un corazón cuya vena aorta está llena de la sangre de migrantes. Es tan amplia esta vena que se extiende desde el río Suchiate hasta el río Bravo. En este flujo interminable de vida está la presencia constante de la muerte.
Nosotros, los chiapanecos, habitantes de la frontera sur, creemos conocer y reconocer el fenómeno de la migración, nos parece cosa de todos los días y de todas las horas. Pero Balam nos acerca a los meandros más oscuros, a los más tiernos, a los más intrincados, nos dice que la voz no dicha es el grito callado.
Si digo que acá está una aorta, también digo que la columna vertebral de este cuerpo literario es el tren, un tren que, lo sabemos, es llamado La Bestia, porque su baba se extiende con la misma brutalidad con que se extiende la peste, la sombra y la miseria de nuestros países.
¿Por qué el libro de Balam es un libro redondo? Porque su genio, sólo su genio, le permitió ver que un libro de Fray Bartolomé de Las Casas era un río que seguía ahogándose en el mar de todos los días; es decir, las condiciones de agravio de hace siglos siguen trillando las mismas huellas de los hombres y mujeres que habitan esta región del mundo. Sólo el genio de Balam reconoció que estos tiempos son un espejo del inframundo maya. Acá hallamos un tzompantli contemporáneo, un muro lleno de calaveras. Balam da nombre a cada uno de esos esqueletos, nos dice que un día esos muertos tuvieron vida y tuvieron sueños. Dejaron su cordón umbilical, lo ataron al árbol de la nostalgia y de la miseria y, como millones de seres humanos desde el principio de los tiempos, tomaron un ato de ropa, dos tortillas y un poco de agua, y emprendieron la marcha hacia la consecución de un sueño.
Lo hicieron sólo para descubrir que su sueño estaba hecho de cristales y que éstos se quiebran y que el filo de los cristales rotos provoca heridas en el cuerpo y en el espíritu, quiebran los sueños y los matan, los matan.
Balam ha logrado un prodigio literario, ha hecho con nubes negras un camposanto en el cielo.
Balam trepó costales de palabras al tren llamado La Bestia e hizo que la palabra sea la vía principal donde corre ese río en que la vida es una simple letanía. En estas vías que ha sembrado Balam, aparece una voz llena de vida desde la muerte; una muerte viva que llena todas las voces.
Balam logró un libro redondo, casi perfecto. Cuando terminé de leerlo me di cuenta que el niño que fui ha crecido. Me dio pánico. Hubiese querido que el mundo siguiera siendo lo que fue en mi niñez, cuando tuve entre mis manos un libro redondo que me contaba la historia feliz de un niño que amaba el fútbol. Pero, de igual manera comprendí que este libro es necesario para mi tiempo, porque no se puede vivir en una burbuja artificial en donde nada sucede, porque acá, sucede todo y esta totalidad es la que Balam alcanza en un libro brutal, feroz, bello, absoluto, casi genial.
Gracias.
Posdata: El poeta Arbey anunció que para la primera quincena de febrero habrá otra presentación de un libro de poesía. El título del libro es: “La muerte no es todavía una fiesta”, escrito por la querida poeta Mirtha Luz Pérez Robledo. Habrá que estar pendiente, será otro acto prodigioso.

viernes, 25 de enero de 2019

CONFUSIÓN




Como si fuera respuesta de clásico chiste, el hombre que barría el patio me dijo: “Al fondo a la derecha”, a la hora que pregunté por los sanitarios. Colocó ambas manos sobre el extremo superior de la escoba y agregó: “No se vaya usted a confundir”.
A mí me ganaban las ganas, así que caminé apresurado, llegué al fondo del pasillo y torcí a la derecha (no había manera de hacerlo a la izquierda, porque había una barda alta) y me topé con los sanitarios. Vi los letreros, en letras negras, pintados de manera vertical: “Caballeros”, “Damas”. Decidí entrar al primero y así lo hice.
Al salir me fijé bien en los letreros y advertí porqué el barrendero había dicho lo que dijo. En la parte superior había unos letreros ya borrosos, que, en algún momento, habían tenido todo el esplendor de la pintura negra. Los letreros estaban cambiados; es decir, lo que era el sanitario de caballeros, en la actualidad, había sido el sanitario de damas; y lo que había sido el sanitario de caballeros ahora era el de damas.
Los letreros anteriores no estaban bien cubiertos, aún se podían leer. Pensé que la pintura verde (porque la pared estaba pintada de un verde triste) se les había acabado, que había sido rebajada con agua y por esto no alcanzaron a borrar los letreros. Esto, deduje, provocaba la posible confusión en los apurados y por esto el hombre había dicho: “No se vaya usted a confundir”.
Pensé que salvo ocasiones memorables, estos sanitarios eran pocos usados, por lo que la confusión tampoco era para espantar a alguien. Si un hombre urgido leía el letrero superior y entraba al baño que ahora es de damas era casi improbable que, en ese preciso momento, una dama llegara y ella sí leyera bien el letrero actual, porque el otro, el superior, aparece semi borrado, lo que significa que ya no tiene vigencia. Era casi improbable que el hombre y la mujer se encontraran adentro del mismo baño, por una confusión.
Pensé, de todos modos, que un poco de pintura verde, más oscura, más pastosa, podría borrar de forma total los letreros superiores, para evitar esas posibles confusiones.
Recordé entonces un cuento de Arnoldo Diéguez, cuyo título no recuerdo, pero que cuenta una historia boba, casi simple: Dos niños, como de ocho o nueve años, que están en un restaurante con sus papás, van al baño, ven que los letreros de madera penden de dos argollas, lo que permite que cualquiera pueda cambiarlos. Entonces deciden hacer una travesura, se esconden detrás de un murete y cuando una señora entra al sanitario de damas, ellos cambian los letreros, esperan detrás del murete, esperan con ansia, desean que un señor aparezca y entre al sanitario equivocado, pero pasan unos minutos y la señora sale muy campante, con el bolso colgado en su brazo. En eso, escuchan pasos, un muchacho, con camisa azul celeste y jeans, y una muchacha, con blusa amarilla y rayas rojas y una falda gris, caminan por el pasillo que tiene rosales sembrados en ambos lados del camino de laja, se dan un beso en los labios y entran a los correspondientes sanitarios. Los niños corren y cambian de nuevo los letreros, lo hacen de manera apresurada, porque escuchan voces y pasos. Se esconden detrás del murete, el corazón les late como motor de locomotora. Escuchan dos voces que intercambian impresiones, desde el otro lado, con las espaldas pegadas al murete, identifican dos voces: son de un hombre y de una mujer, las dos voces tienen timbres de campana de bronce, corresponden a dos jóvenes, sí, son de dos muchachos, él y ella. Escuchan que las voces se apagan, los pasos se pierden. ¡Ya entraron! Los dos niños salen del murete y suben por una escalera, se asoman por un barandal donde, desde arriba, observan las dos puertas. Esperan que los gritos comiencen, que la muchacha de blusa amarilla grite como chachalaca, que insulte al muchacho que entró al sanitario equivocado, pero nada sucede. Las dos puertas permanecen cerradas, durante varios minutos. Los dos chicos no se explican qué sucedió, hasta que, después de muchos minutos, escuchan otros pasos, ven a sus mamás; oyen sus gritos: “Manuel, Armando”. Los dos niños bajan, escuchan un leve rumor de telas adentro de los baños; las mamás los toman de las orejas, con la velocidad con que un jugador de primera base toma la pelota en un campo de béisbol, y los reprenden. Lo menos que les dicen es: “¡Muchachitos babosos!”. Los niños van con la cabeza inclinada, porque las manos de las mamás los guían por el camino y los elevan de las orejas. Ambos niños ven hacia atrás, quieren descubrir qué sucedió en el interior de los sanitarios. ¿Por qué los muchachos no salen? Antes que las mamás los suban por la escalera que conduce al salón principal del restaurante, ambos niños ven que el muchacho de jeans y camisa celeste sale y, con ambas manos, se acomoda el cabello, la chica (la que no habían visto) con blusa café y jeans desgastados lo toma de la mano y lo queda viendo como ven las muchachas iluminadas, ella comienza a gritar: “Eugenio, Eugenio”. El chico de jeans la toma de la barbilla y le da un beso fugaz. Ambos sonríen. Ella sigue gritando: “Eugenio, Eugenio”, camina con rumbo al salón principal. Los niños ya no ven qué sucedió con el tal Eugenio y con la chica de la blusa amarilla y rayas rojas.

jueves, 24 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LO QUE NO DEBE CONTARSE




Querida Mariana: No me gusta hablar de los muertos. No me gusta recibir noticias de muertos. Dirás que todo mundo actúa igual. A mí me gusta hablar de la vida, de la tía de Miguel que tiene ochenta y tantos años y vino de visita a Comitán y fue al Chiflón y fue a Los Lagos y anda de un lado para otro, como si fuera una pichita traviesa.
Sin embargo, a veces, como sucedió antier, alguien se acerca y me pregunta, como si fuera examen: ¿Sabés quién murió? No, no sé quién murió, pero, de igual manera me gustaría no saber. Sin embargo, cuando digo que no, el otro se siente impulsado a dar la infausta noticia y espera ver mi cara. ¿Qué cara puedo poner ante la noticia de una muerte?
Siempre sé que cuando el otro se acerca y me pregunta lo que pregunta, lo hace porque asume que yo conocí al muerto cuando estaba vivo. Siempre es así. A veces el muerto es un artista popular, a veces es un destacado escritor, a veces es un paisano conocido, pero, a veces, es alguien cercano, cercano a pesar de la distancia. Y hace dos días, la noticia fue de estas últimas, las que son como gotas de limón en herida reciente. Se murió Paty Díaz, me dijo el otro. Yo, en ese instante, no registré el nombre, porque no lo tenía registrado así, pero dos segundos después el mazazo fue directo, a la mente y al corazón. La muerta no era Paty Díaz, sino Paty Noches, porque así le decía yo. La noche, pensé, acabó con su día, día que siempre iluminó mil parcelas.
Hacía rato que no la veía, el rato significa meses. Ella murió joven. Cualquiera pensaría que no le tocaba, pero le tocó. Sí, querida Mariana, la muerte nos toca a todos, nos tocará. Esta muerte me toca, porque Paty Noches, en su vida, tocó mi vida. Fue como un pájaro rebelde, se trepaba a todas las ramas de todos los árboles. Cuando alguien pensaba que una rama era muy alta, ella decía que esa rama es a la que debía trepar y trepaba. Y su corazón era una yunta que jalaba el sol para arar la tarde, la noche y el día.
Una vez escribí una Arenilla, donde mencionaba a Paty Noches. En ese textillo dije que, mientras muchos comitecos hipotecaban su vida en hacerse dueños de mil casas en el pueblo, ella, sin hipotecar algo, era dueña de Comitán, porque compró un terrenito en lo alto del cerro San Miguel, ahí por donde está la piedra de la ametralladora y ahí construyó una casa, pequeña pero llena de luz, diseño del arquitecto Luis David.
Sí, su casa la hizo en lo más alto del cerro, en las alturas de Comitán, ahí donde se divisa todo el valle. Ella salía al patio y miraba a Comitán, rendido a sus pies. Ella se acostumbró a recibir a la lluvia antes que cayera en Comitán, se acostumbró a saltar la cuerda de las nubes, porque bastaba que estirara su mano para sentir el aire intocado por los demás. Ella era un pajarito incansable.
A veces se enojaba con el mundo, le molestaba que el mundo tuviera telarañas. Sí, se enojaba, y cuando se enojaba, como ella siempre andaba en lo más alto, su coraje se convertía en un alud, como un desgajadero de esos que se dan en el Everest, en el que la nieve pasa a botar todo lo que encuentra a su paso. Y era así, porque estaba llena de vida, desbordaba vida y su agua, limpia, fresca, mojaba los sembradíos de los otros. En ese círculo de los otros yo fui uno de los beneficiados, uno de los cercanos. A veces le decía Nochez, así, con zeta, porque en ella los días eran Díaz, así, con cimiento de piedra castellana, con resabio de conquista, de huella.
Cuando recibí la noticia pensé en lo que una señora dijo cuando se enteró que mi papá había muerto: “¿Por qué se mueren los buenos y los malos no?”. Ella era buena, sembraba luz en medio de muchas nubes.
Posdata: No me gusta hablar de los muertos. Me encanta hablar de la vida. Pero a veces, la vida se pinta de negro, de muerte. Yo recibí la bendición de la amistad de la Paty Noches, y ahora su recuerdo lo cuelgo en la pared de mi memoria, de esa memoria que está viva, siempre viva, porque a mí, me encanta hablar de la vida, siempre la vida.
Un día Paty Noches dejó Comitán, se bajó de la más alta rama. Niña pájaro abandonó el valle y caminó por otros cielos, cielos que, bestias roñosas, la fueron despojando de sus alas, le impidieron el vuelo.
Para todo mundo ella fue Patricia Díaz Morales, para mí fue Paty Noches. Deseo que sus cielos sigan abonando luz, mucha luz en las noches infinitas del universo.

martes, 22 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON LIGEROS TOQUES ELÉCTRICOS




Querida Mariana: Don Fernando Gutiérrez ejerce un oficio que está en extinción. Una vez, en una cantina de la Ciudad de México, los de la palomilla conocimos a un hombre que vendía toques. Recuerdo muy bien que Jorge preguntó qué clase de toques. En los años setenta, no sé ahora, si un chavo fumaba marihuana se decía que se daba “un toque”. Vimos que el hombre, con una cajita similar a la de don Fernando (comiteco que vive en Los Laureles), se acercaba a las mesas y ofrecía toques. En una de las mesas, cercana a la nuestra, tres muchachos, quienes, igual que nosotros bebían cervezas acompañadas de caldos de camarón, preguntaron cuánta costaba el toque y aceptaron. Se pusieron de pie y formaron un círculo, uno de ellos tomó una de las terminales del aparato y otro la siguiente terminal, se tomaron de las manos y el hombre de los toques accionó el aparato, poco a poco movió la perilla intensificando la corriente. Los jugadores tenían tensos los rostros, cerraban los ojos y apretaban los labios, se retorcían como si estuvieran en el potro de sacrificios. Todos los que estábamos en la cantina dejamos de platicar lo que platicábamos y vimos la escena. Los comentarios giraron en torno a lo que veíamos, lo que presenciábamos, que era un juego de resistencia. No sabíamos que estábamos en presencia de un oficio en vías de extinción.
Ahora, los hombres que venden toques son escasos. Ya casi no se ven. Pero, en Comitán, don Fernando, sin que sea su oficio principal, todavía lo ejerce en algunas tardes. Dice que algo de dinero obtiene.
A veces llega al parque central y todo el mundo lo ve cargando la cajita de los toques, ofreciendo la diversión por veinte pesos. Dice que lleva como quince años ejerciendo esta actividad. La cajita la compró en la Ciudad de México. Un día, un amigo se la ofreció y él, por no dejar, la compró. Dice que le llamaba mucho la atención el juego.
Le pregunté qué voltaje alcanza el aparatito y cuando él dijo que 200 voltios me asombré y pensé que Rosario Castellanos falleció al recibir una descarga de 220 voltios. Fue necesario que un ingeniero electricista me explicara (días después) que la corriente alterna es muy diferente a la corriente directa. Estos aparatitos funcionan con corriente directa, la energía que desprenden se queda a mitad de los brazos. La corriente alterna, por el contrario, produce un latigazo que recorre todo el cuerpo, incluido el corazón. El chicotazo que recibió Rosario se paseó por todo su cuerpo. Esto es un juego, lo de Rosario no lo fue. Don Fernando, poco a poco, intensifica la corriente y cuando el jugador ya no soporta, él acciona el switch para cortar el flujo de corriente, porque dice que a veces el jugador no puede desprenderse de los mangos.
Ya se sabe que estos juegos son para cuando estamos en plebe. Es difícil, dice don Fernando, que alguien que está solo compre toques. Cuando hay un grupo numeroso de amigos, don Fernando intuye que ahí está el negocio. Se acerca, ofrece los toques y cuando ve que alguien le hace eco, él intensifica su mercadotecnia. El juego, por lo regular, se vuelve competencia: A ver quién resiste más. Este juego competitivo le da dinero.
Como ya dije, don Fernando se dedica a otras actividades, pero para complementar el gasto sale algunas tardes de su casa, sube al parque y ahí ofrece toques.
Aquella tarde, en la Ciudad de México, Jorge bromeó con el hombre que ofrecía toques. Cuando el grupo de tres amigos terminó soltándose por la intensidad de la corriente, vimos que sus rostros contenidos se distendieron en carcajadas. ¡Habían jugado a los toques eléctricos! Jorge llamó al hombre de los toques y, poniendo los dedos índice y pulgar al lado de su boca semiabierta, y moviéndola como si imitara el movimiento de una serpentina, le dijo que quería un toque. El hombre jaló una silla, se sentó y dijo que sí, que también tenía de esos toques. Vimos que Jorge se puso todo colorado, sin saber qué hacer. No esperaba esa respuesta. El hombre dijo que cuánto quería. Jorge sonrió en forma boba, dijo que no, que bromeaba. El hombre se puso serio, su cara parecía el de una iguana molesta. Entonces rio, dijo que él también bromeaba. Todos respiramos aliviados. Jorge, entonces, para desagraviar el entuerto lo invitó a tomarse una cerveza con nosotros y el hombre de los toques eléctricos nos contó una historia similar a la de don Fernando.
Posdata: Aquellos tiempos eran otros tiempos. Don Fernando no lo sabe bien a bien, pero ejerce en Comitán un oficio que ya no es muy común en nuestra patria.
Los tiempos cambian. El tiempo no vuelve la mirada, siempre ve hacia el frente.

lunes, 21 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE ROSARIO




Querida Mariana: La actual administración municipal de Comitán incluye la imagen de Rosario Castellanos en su logotipo. Se trata de honrar la memoria de la famosa escritora que vivió su infancia y parte de su adolescencia en nuestro pueblo. Se trata de que el nombre siga resonando en todos los confines. Porque (hay que decirlo), como pasa de manera frecuente con grandes escritores, su obra es más leída y estudiada en otros lugares.
En Colombia existe un programa que lleva la obra de García Márquez a todas las escuelas. En algunos otros lugares del mundo debe haber programas similares para honrar a sus escritores.
Una mañana del mes de diciembre, recibí una llamada del maestro Ornán Gómez (escritor y Director de Educación, del Ayuntamiento de Comitán) y me sugirió que hiciéramos una jornada de visitas a escuelas del municipio, en la que yo compartiera un granito de arena dando a conocer la obra de nuestra escritora, porque el presidente municipal estaba muy interesado en que se difundiera. No lo pensé dos veces, dije que sí. Por supuesto que sí.
Hasta el momento, apenas dos meses después de la propuesta, el programa de acercamiento a la obra de Rosario Castellanos ha llegado a más de diez espacios educativos: escuelas primarias, secundarias, telesecundarias, bachilleratos y bibliotecas, de la ciudad y de comunidades rurales, y puedo decirte que ha sido una gratísima experiencia.
Las audiencias han variado. En la biblioteca de la comunidad Abelardo L. Rodríguez sucedió un fenómeno especial. A las cinco de la tarde comenzaron a llegar grupos de niños, hasta completar una audiencia de veinte o veinticinco personas. Ya era un número más que aceptable. Comencé la charla, todo iba bien, los niños se divertían y, estoy seguro, algo pepenaban de la vida y obra de Rosario. Pero cinco o seis minutos después, la cabecita de un niño apareció en la ventana de la pared de madera, hizo una seña y casi todos los niños (más de quince) se levantaron y sin decir con permiso salieron del salón. ¿Qué había pasado? ¡Ah!, pues resulta que la catequista había llegado al templo y esa hora (las cinco de la tarde) es la hora del catecismo. Bueno, esta experiencia ya lo había vivido también el grupo de teatro que, en el Festival Rosario Castellanos 2018, se presentó en la comunidad de San José Obrero. Cuando la autoridad de la comunidad rural agradeció la presencia de los actores dijo que en el salón no había tantos niños, porque muchos estaban en el templo recibiendo la doctrina. ¡Va pues! Todavía hay niveles. En las comunidades rurales Dios está primero.
Digo que las audiencias han variado, han ido, desde veinte personas hasta grupos de más de cien muchachos, como sucedió en la comunidad de Efraín A. Gutiérrez. Todos los alumnos de la telesecundaria Rosario Castellanos salieron de su escuela y fueron al domo que está al lado del parque. Fue maravilloso verlos cargar su silla y acomodarse en la explanada; fue muy emotivo ver que recibieron el mensaje que llevábamos.
Vos y yo sabemos que estar sentados, escuchando a alguien por más de media hora, es pesado. Es más bonito estar viendo el Facebook o jugando al fútbol o platicando en el parque. Por esto, procuro que la charla sea dinámica, procuro involucrarlos a fin de que, en medio de la risa y del relajito, algo de la obra de Rosario resuene.
Hago la pantomima de una transformación, paso de hombre a mujer, para leerles el poema “Autorretrato”, escrito por Rosario. Cuando les digo que ni soy tan hombre, y que la transformación no me cuesta mucho, ellos ríen, lo disfrutan, pero (¡oh, maravilla!) cuando leo el poema, ellos hacen silencio y miro que en sus caritas algo de la esencia de Rosario aparece frente a ellos.
¿Qué más hago? Les cuento algo de Comitán y ellos reconocen algunos elementos de identidad y luego leo un cachito, mínimo, del capítulo dos de “Balún-Canán”, esa parte donde la niña narradora cuenta que camina de la mano de su nana por las banquetas de laja y se topa con tejedoras de pichulej, y escucha los sonidos del mercado y mira los balcones y piensa que debe ser tan bonito estar como los balcones, sólo mirando, hasta llegar al instante en que, por la primera lluvia, aparece esa hormiga con alas que se llama tsizim.
Y los niños reconocen el pueblo y reconocen que Rosario Castellanos pepenó esas imágenes de este y no de otro pueblo. Y así pasa media hora (o un poquito más) y los niños y muchachos de todos los niveles educativos se acercan tantito a la obra. Porque se trata de que conozcan lo que Rosario escribió. El otro día estuve en el Instituto que lleva el nombre, estuve con muchachos estudiantes de bachillerato y me topé con dos muchachas bonitas que son grandes lectoras. Me dio mucho gusto.
Posdata: Yo estoy feliz de vivir esta experiencia. Me he topado con chicos que nada conocían de Rosario, pero, asimismo, me he topado con muchachos que sí tienen un conocimiento de la vida y obra de nuestra paisana. Todo es como un cordel de luz que nos alumbra. Se trata, como desea el presidente municipal, de que en Comitán honremos a Rosario, porque Rosario nos ha honrado desde siempre. Lo hacemos por nuestros niños, por nuestros muchachos; lo hacemos por nosotros, porque nosotros ¡somos Comitán!