viernes, 11 de septiembre de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXVIII)

Sí, rescato retazos de la vida de mi papá. Lo hago en intento de armar mi rompecabezas personal, para no romperme en mil cachitos. Digo que tengo aprehendidos actitudes y algunas frases que él repetía a la menor provocación. Si ocurría algo malo, se llevaba la palma de la mano a la frente y decía: “Ya nos llevó la tía de las muchachas”. ¿De dónde había pepenado esta frase? La tía de las muchachas, entonces, no era una mujer muy agradable. ¿Tenía que ver esto con la tía que regenteaba los burdeles? No lo sé. Era una expresión, como cualquier otra, pero algo decía del carácter de mi papá. Tal vez aprendió la frase cuando fue niño. Cuando uno es niño, la tía de las muchachas es una mujer fea, malvada, prohibida. Ya luego, cuando el niño crece y se convierte en adolescente, la tía de las muchachas se vuelve una mujer cercana, porque en su casa hay chicas que permiten el juego de cama que los muchachos desean. Mi papá, ya de grande, no fue de los hombres que acudían a los burdeles, como sí hay muchos adultos que lo hacen. No, mi papá siempre se detuvo ante las tentaciones. Cuando ya vivíamos en la casa que construyó, una chica de no malos bigotes llegaba a la oficina, se sentaba sobre el escritorio y subía las piernas, en una evidente seducción, mi papá se sonrojaba tantito, se levantaba y, con cualquier pretexto, abandonaba la oficina. La chica se bajaba del escritorio y se iba. No fue un santo, por supuesto que no, fue un ser mortal como cualquiera, con defectos y virtudes, pero procuró moderar los defectos, casi diluirlos, en esa acción, sus virtudes florecieron como orquídeas sobre el árbol. Otra de las frases de mi papá era: “Dejar de comer por haber comido”. Había ocasiones donde mi mamá llamaba a comer y mi papá, como pajarito, pispeaba la comida. Ya había comido antes algún antojo, ya estaba saciada su hambre. Y si de hambre hablamos, a mi papá no le molestaba que la sirvienta o mi mamá dejaran quemar tantito el arroz. ¡No! Él pedía que con un cucharón, como si fuera pala, barrieran el fondo de la sartén (según la RAE, sartén es de género femenino) y le sirvieran los arrocitos quemados. La mezcla de éstos con los blancos impolutos le generaban gran placer. Así, entonces, mi mamá dejaba quemar el arroz a propósito, para satisfacer el gusto de mi papá. Tal vez, insisto de nuevo, ese sabor lo traía desde la infancia. Puedo ahora hacer mil conjeturas, pero ninguna sería válida. Nunca le pregunté a mi papá este comportamiento inusual. Jamás he vuelto a ver alguna persona que coma arroz esponjadito, blanco, revuelto con algunos quemados. Al contrario, una vez fui testigo, en casa de un amigo, de una muestra iracunda cuando él recibió un plato con arrocitos un poco quemados. Mi papá silbaba. Cuando hacía alguna actividad, con las mangas de la camisa arremangadas, silbaba. No silbaba alguna canción. ¡No! Él silbaba una tonada que era como si un canario se diera una vueltita por la plaza y regresara a la jaula. Luego quedaba en silencio, pero en el momento menos esperado volvía a silbar. Sí, a mi mamá y a mí, nos llamaba en casa a través de un silbido, uno especial para ella y uno especial para mí. A veces estaba en el sitio y escuchaba el silbido. Como perrito de Pavlov corría a ver qué deseaba mi papá. En Comitán, en esos tiempos (años sesenta) los amigos también se silbaban (no se chiflaban). A la hora del amigo, por ejemplo, algún compadre, desde el zaguán, que siempre tenía la puerta abierta, silbaba un clásico silbido de cuatro notas y el compadre respondía ¡Ya voy! Ahora ya no es común, los silbidos fueron sustituidos por claxonazos o por mensajes de WhatsApp. Ya en casa no tengo el silbido de mi padre que me llame a su lado. Ya todo está enterrado. Si algo caracterizó a mi papá fue la camisa arremangada y el uso del chaleco. Sé que esto último lo pepenó en la ciudad de su nacimiento. San Cristóbal de Las Casas es una ciudad con clima frío, por eso, muchos coletos usan saco o, en días más benignos, chaleco. ¿Y la camisa arremangada? Desde niño se acostumbró al trabajo. Lució con elegancia el traje, pero el traje de todos los días de su vida fue ese traje liviano: la camisa en mangas. Siempre que releo la obra de uno de mis escritores favoritos: Julio Cortázar, recuerdo que siempre escribió “en mangas de camisa”. Era integrante del mismo club de mi papá. Tal vez por eso, la obra de Cortázar es una obra genial, como genial es la figura imprecisa, tijereteada, pero fiel, que tengo de mi padre. Una de sus nietas lo define como “su caballero de los ojos hermosos”, porque mi papá no sólo tenía los ojos verdes, tenía la calma de los bosques llenos de árboles con juncia y orquídeas. Sí, mirada limpia, honesta, tranquila, vuelo de colibrí.

jueves, 10 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON CUBREBOCAS Y SANA DISTANCIA

Querida Mariana: Sí, acá estoy con cubrebocas y con guantes desechables. Hoy, esta imagen es una imagen común, por la pandemia. Pero, ¿ya viste la fecha de la fotografía? 28 de agosto de 2018. Estoy en el Corredor Cultural de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, mi casa laboral. Ayer encontré la foto y me fui para atrás. Fue como si hubiese sido una imagen que advirtiera cómo iba a ser el futuro del mundo. Y digo esto, porque no soy médico o enfermero para que estos chunches fueran parte de mi mundo cotidiano. Vi la imagen y me espanté, porque el corredor y el patio están vacíos. Entiendo que la fotografía fue tomada a la hora que los estudiantes y maestros estaban en clases dentro de las aulas. Me hubiese dado sosiego ver a una estudiante que caminara con rumbo a los sanitarios o a un compañero de trabajo cruzando el patio para ir a la Rectoría o a la biblioteca o a las oficinas o a comprar una torta o una orden de tacos a las cafeterías. Pero no. El destino quiso que la imagen fuera pre apocalíptica. La imagen me provocó tristeza. Medio mundo lo ha dicho y yo, escaso de neuronas, repito la frase: “Éramos felices y no nos dimos cuenta.” Era tan común la bendición que no la advertimos y, lo peor, no la valoramos. No me causa pesar admitir que siempre he sido un cultivador de la sana distancia, del no apapacho gratuito. Siempre he sido un ishh, no dejo que cualquiera me abrace, ni permito el saludo de beso. Son los complejos que arrastro desde niño. Pero, ahora, en estos tiempos de pandemia debo reconocer que extraño lo que los otros hacían, la cordialidad de sus abrazos, de sus encuentros, de sus saludos. Nunca imaginamos que el futuro (nuestro presente) iba a ser una escena similar a la que viví el 28 de agosto de 2018. Todo mundo con cubrebocas, todo mundo sin abrazarse. Tal vez exagero, porque hay mucha gente que ni usa cubrebocas ni respeta la sana distancia. ¿Qué hacen los muchachos que van a los antros y toman cervezas y algunos chupirules? Imagino que cuando están ya tomados olvidan todas las recomendaciones sanitarias. No sé. Estos tiempos deben ser como en los inicios del Sida. Los muchachos hacían travesuras en las camas y luego se enteraban que habían sido contagiados. Tal vez estos tiempos apocalípticos son semejantes. Tienen relaciones sexuales y luego se enteran que fueron contagiados de covid-19. La imagen me impactó. En 2018 andaba con cubrebocas y guantes desechables. ¿Por qué? Ya recordé, me habían prestado un archivo con documentos viejos. Vos sabés que los documentos viejos acumulan hongos, hongos que no son como los que comía la mítica María Sabina para conectarse con el universo interior. No. Los hongos de libros viejos provocan daños a la salud. Por ello, porque tenía que manipular esos papeles de archivo para digitalizarlos, fui a la farmacia y compré cubrebocas y guantes. Pero, una vez que cumplí con mi labor, el cubrebocas y los guantes los envié al basurero y volví a tener las manos y el rostro descubiertos y yo, que soy tan escaso para mostrar la dentadura postiza, sonreí como simio y no tuve que respirar a través de una reja de tela. Y ahora, en tiempos de pandemia, todo mundo anda como anduve en agosto de 2018, y ahora el peligro de contagio aumentó al ciento por ciento. No es un simple hongo, ¡no!, ahora el riesgo de contagio es potencialmente más intenso. Cuando terminé de revisar el legajo de papeles viejos lo regresé y volvió a su nicho y ya no fue motivo de peligro. El virus del 2020, ¡Dios mío!, ha causado a la fecha más de ochocientas mil muertes en el mundo. ¡Más de ochocientas mil! ¡Uf! ¡Tremendo! ¡Apocalíptico! Posdata: ¡Éramos felices y no lo valoramos! Era tan cotidiana la felicidad que la ignoramos. Ahora (pienso mucho en los otros) las personas extrañan la convivencia diaria tan elemental, pero tan llena de vida. Cuando digo que soy escaso para abrazos y para saludos de beso, no digo que soy una piedra insensible. ¡No! Dios me libre. Como cualquier ser humano siento bonito cuando mis afectos, a través de un abrazo, me dicen que me quieren. Me resisto a ser abrazado por medio mundo, como es la costumbre, por ejemplo, de algunas personas que reparten abrazos con la misma facilidad con que se reparten volantes. Sería un bobo si no aceptara el saludo de beso de una muchacha bonita que me tiene aprecio; sería un bobo si no aceptara tu abrazo; sería un estúpido si no aceptara la caricia de los afectos verdaderos. Pero, bueno, sería un tonto si ahora aceptara una manifestación de cariño físico. ¡Paso! Por el momento saludo a medio mundo desde acá, desde mi ventana virtual. Gabriel García Márquez, genio literario, nos habló de “Cien años de soledad” y de un “Amor en tiempos del Cólera”; es decir, la epidemia envuelta en la soledad. Ahora, muchos amigos míos (y tal vez medio mundo) siente cólera ante esta pandemia, ante la soledad, buscan con denuedo el amor, el amor no sólo de pareja, el amor de familia, el amor a la humanidad, el amor a la vida.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON LA HISTORIA FRENTE AL ESPEJO

Querida Mariana: Todos los habitantes de un pueblo tenemos la memoria colectiva. La única manera de armar el rompecabezas de nuestra identidad es con la reunión de todos los retazos históricos. Digo esto, porque hace dos o tres o cuatro días hallé esta fotografía en las redes sociales, la subió el licenciado Juan Roberto Becerril Macal, quien es uno de los cronistas de Comitán. Él ha sido, en algunas administraciones municipales, integrante del Consejo de la Crónica Municipal. Aportaciones suyas aparecen en los libros que coordinó el cronista José Gustavo Trujillo Tovar: “Diez ramas de un árbol” y “De ayer y hoy”, y es uno de los comitecos que destina su tiempo en el acopio de documentos recientes de la historia de Comitán. No sé cuántos papeles tenga reunidos en su casa, pero deben ser muchos. Acá está un ejemplo. ¿Ya miraste el título de este trabajo? “Presentaciones Teatro de la Ciudad – 1988”. ¿Querés saber qué actos y espectáculos hubo en ese año en ese recinto? Bueno, Roberto Becerril (el Güero, Toto) tiene el archivo completo. Y así, tiene muchos más legajos. Estoy casi seguro que Toto posee el archivo más completo de las ferias de agosto, celebradas en Comitán. Con una pasión que rebasa el mero entretenimiento, el licenciado Becerril se ha dado a la tarea de recopilar documentos, programas, carteles, invitaciones y demás chunches, que son testimonio de lo que Comitán vive en estos tiempos. La leyenda urbana dice que Toto tenía la afición documental desde niño. Cuenta la leyenda que él era aficionadísimo a ver por televisión los partidos de fútbol de la primera división. Su equipo era el Cruz Azul. Su pasión lo llevó a llenar cuadernos con las estadísticas de cada partido, consignaba los cambios de jugadores, las alineaciones, los goles, las faltas… todo lo que hacen ahora los comentaristas profesionales, lo hacía y lo conservaba en cuadernos. Cuenta la leyenda que en su cuarto tenía documentada la historia de ese equipo. Pero, la misma leyenda urbana cuenta que un día su papá se enteró del bajo rendimiento escolar de su hijo y lo sancionó. El castigo fue que entregara todos esos cuadernos que le absorbían el seso. Y la misma leyenda cuenta que el papá desapareció esos archivos que ahora serían oro molido para los aficionados de ese equipo. Puede ser un mero rumor infundado, pero lo que rescato es la pasión que Toto le imprime a esa labor incansable. Él conserva testimonios de hechos importantes. Parte de la historia de Comitán está en sus manos. En dos o tres ocasiones saludé a Toto por la calle (antes de la pandemia), y él me comentó que tiene preparados no sé cuántos libros. Me comentó que ya algunas autoridades le habían prometido que los publicarán. ¿Quién le dice a Toto que eso está en la cola de un venado? ¿Quién le dice a Toto que debería, en estos tiempos benditos de Dios, escanear todo ese material y convertirlo en archivos digitales? Su labor es meritoria. Su labor debe reconocerla el pueblo de Comitán, así como Comitán debe reconocer lo que hacen muchos más comitecos para salvaguardar los testimonios de la historia cotidiana, la cultura popular. Daré solo tres ejemplos del valor de compartir la información en chunches virtuales. Francisco Domínguez, en las redes sociales, desde San Luis Potosí, creó la página “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán”, que ahora es un excelente reservorio de fotografías antiguas de este pueblo. Octavio Galindo, hijo del barrio de Yalchivol, redacta en redes sociales sus recuerdos infantiles. Con memoria sorprendente nos platica de los campos de fútbol, de las idas al mercado, de los chunches que hallaba en las tienditas donde su mamá lo mandaba a comprar, de las fiestas, de las escuelas, de los juegos. Su ojo atento ayuda a comprender los cambios de nuestra sociedad y apuntala la nostalgia, la memoria y el recuerdo. También en las redes sociales hallamos la página Memorias colectivas de barrios, que administran jóvenes entusiastas y talentosos. Ellos hacen una labor de rescate documental y suben contenidos de la vida cotidiana actual. Posdata: Todos hacemos la crónica. Estos tiempos tienen un registro preciso a través de tantas fotografías que los muchachos y mayores toman. La foto amistosa de un grupo muestra, al fondo, la arquitectura actual. Toto tiene un archivo impresionante del Comitán impresionante de ayer. ¿Alguna institución le publicará esos libros? ¡Uf! Tal vez lo más conveniente sea que digitalice esos archivos y los comparta a través de los medios virtuales. No vaya a pasar lo mismo que sucedió con los cuadernos donde estaba su testimonio de las tardes donde vio los partidos de fútbol en la televisión.

martes, 8 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA LÍNEA INFINITA

Querida Mariana: Seguimos con el juego de ARENILLA-Video, el juego que se llama “Imaginá que te llamás”, donde invitamos a amigos de nuestra propuesta cultural. Todos han aceptado, todos juegan desde la parte de cancha que les corresponde, algunos (¡qué bueno!) brincan sobre la malla y pasan a la otra parte. Todo se vale en este juego. El participante es quien determina los límites, que están dados hasta el límite de su imaginación; es decir ¡no hay límites! Por eso, este juego es sensacional, abre mil ventanas, cuelga mil nubes, echa a volar mil papalotes. En el “Imaginá que te llamás” más reciente tuvimos la participación del comiteco Raúl Espinosa Mijangos, quien es un espléndido caricaturista y se ha constituido en el cronista gráfico de nuestro pueblo, porque ha inmortalizado en sus cartones a muchas personas que son parte fundamental del desarrollo de Comitán. En sus trabajos hallamos a políticos, a intelectuales, a empresarios, a comerciantes, a deportistas, a artistas, a los llamados Pitos Pérez, a músicos, a bailarines… ¡uf!, la lista es infinita, como infinita su línea. Por ello, ahora que lo invitamos a jugar le pedimos que imaginara que se llamaba línea y le preguntamos qué prefería ser: ¿línea recta o línea torcida? Raúl respondió lo siguiente: “Las líneas rectas son así como perfectas, y yo estoy muy lejos de la perfección. Las líneas torcidas son los errores, el caerse, el volverse a levantar, creo que son más divertidas, creo que la perversión está también en las líneas torcidas. ¡Sí!, definitivamente, me gustan más las líneas torcidas.” ¿Qué hubieras respondido, vos, mi niña? La respuesta de Raúl se acerca a lo que el gran escritor Fabio Morábito comentó en alguna ocasión. Fabio dijo (palabras más, palabras menos) que quien crece muy enhiesto no puede contar historias. ¡Es cierto! Es difícil, así como lo comenta Raúl, que haya una persona perfecta, impoluta (pucha, qué palabra). Todos, en mayor o menor medida, somos líneas torcidas. ¿A poco no? Si no es así, el que esté libre de culpa que trace la primera línea derechita. La segunda pregunta para Raúl fue lo siguiente: Imaginá que te llamás línea, ¿te gustaría ser la línea del horizonte o la raya del destino? Y Raúl, quien vestía una playera en color negro, con letras blancas, donde se leía Monero Raúl; Raúl, quien tenía como fondo una serie de cuadros con caricaturas suyas con personajes de la vecindad del Chavo del Ocho, contestó lo siguiente: “Una consecución de puntos forman una línea, la línea se transforma en trazo, y el trazo nos da excelentes resultados, sobre todo para el caricaturista o monero, haciendo rayitas logras grandes cosas. Está interesante ser la línea del horizonte, porque es infinita, es inalcanzable, aunque me gustaría mucho más ¡ser la raya del destino! Dicen que el destino no existe, que uno va haciendo su propio destino. Empiezo haciendo una línea, y después otra, y después otra, y después otra y ¡me sorprendo con el resultado!” Posdata: y con esta respuesta, Raúl nos indicó que él es monero de su propio destino. Seguirá trazando miles de líneas mientras da forma a su universo.

lunes, 7 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA NIEVE SABOR MELÓN

Querida Mariana: ¿En dónde fue que probaste esas nieves de sabores inolvidables? ¿Fue en Tepoztlán? Entiendo que sí, en un viaje que hiciste de niña en compañía de tus papás. Sí, hay lugares que son simbólicos, porque han hecho de las nieves una gran industria. En nuestro pueblo todo es más modesto, pero es igual de grandioso, porque el nevero tradicional es una figura esencial de nuestro paisaje cotidiano, de nuestra cultura gastronómica. Esta fotografía la robé del muro de Tebys López, quien es músico y orgulloso hijo de don Esteban López, un nevero grandioso de este pueblo mágico. ¿Recordás que hemos platicado que cuando vino la secretaria de turismo, a nivel federal, a entregar el reconocimiento de Pueblo Mágico, dijo que esa distinción era para la gente, para los comitecos que, con amor, han preservado las tradiciones de este pueblo? Pues sí, don Esteban y demás compañeros han hecho el prodigio. No tengo registro de alguna mujer nevera, los neveros que caminan por las calles ofreciendo sus nieves han sido hombres, y dentro de ellos muchas personas recuerdan a don Esteban. Tebys compartió esta fotografía de su álbum personal en las redes sociales, el 2 de septiembre de 2020. Ese día escribió: “Hoy es cumpleaños de mi hermoso padre. 100 años, si estuviera en vida. Te extraño mucho, papá.” ¿Mirás? El pasado 2 de septiembre, Comitán celebró el centenario de un personaje importante para el pueblo. El reconocimiento provino de su orgulloso hijo que no dudó en recordarlo como un hermoso padre. Muchos comitecos, sin duda, al ver la fotografía recordaron momentos importantes de sus vidas, cuando pasaba don Esteban y salían de sus casas para pedirle una nieve insuperable de melón. El recuerdo debe alimentarse con esta imagen, donde se le ve con su sombrero (para evitar el sol del mediodía), el reloj en la mano izquierda y el mandil de mezclilla, con tres bolsas. El hombre se ve fuerte, apenas se detuvo tantito para la foto. Ahí está, a media cuadra del templo de El Calvario. Quiero pensar que apenas está llegando al centro, que ya vendió muchas nieves en el recorrido que ha hecho desde su casa, porque alguien, en redes sociales, dio la pista del punto de origen: Orgullosamente del barrio de La Cruz Grande. Quienes conocen Comitán saben que esta calle nace en el barrio de don Esteban. Al fondo está el templo de la Medalla Milagrosa. Por ahí, vivía don Esteban, ahí, muy temprano, preparaba la nieve que más tarde ofrecía a todos los privilegiados que probaron sus nieves, porque, así como vos recordás las nieves que probaste en Tepoztlán, alguien escribió lo siguiente: “Eran las mejores nieves. Hasta hoy no he probado otras iguales.” ¿Mirás? Don Esteban, con sus manos, logró el portento de que muchos comitecos tengan el recuerdo de esas nieves inolvidables. Alguien más comentó: “De niño compraba nieves con él.” La imagen de don Esteban reanima muchos sentimientos, todos sentimientos nobles, todos recuerdos gratos. Y hubo más, porque una mujer dijo “El de mis antojos de nieve en mis embarazos”, pucha, qué maravilla. Uno puede pensar que la mujer se embarazaba aparte del gusto por tener pichitos, por comer las nieves de don Esteban. Muchos lo recuerdan, por el sabor de la nieve y por el grito que don Esteban derramaba en las calles comitecas: “¡Nieveeeee!” Así se escuchaba, con la e que se extendía hasta entrar a los zaguanes comitecos a despertar el gusanito de las panzas de los niños y de los adultos. ¡Ah!, las nieves de don Esteban. ¡Tan ricas, tan sabrosas, tan comitecas! En redes sociales comentaron que el grito fue variando conforme don Esteban se hizo mayor. El nieveeee inicial se convirtió en un neveeeee hasta derivar, al final, en un ¡Neeeeee! Qué genialidad. Lo que nunca varió fue el sabor exquisito de sus nieves, que, digo yo, nada tenían que pedirles a las nieves que probaste en Tepoztlán. Y quienes convivieron más de cerca con él lo recuerdan no sólo con admiración, sino también con cariño. Sus hijos están orgullosos de su padre. Tebys lo definió como un hermoso padre y Blanca, otra hija de don Esteban, escribió que lo recuerda con mucho amor. Ah, la vida noble y generosa de los hombres honestos y trabajadores, los que a diario salen a la calle a ganarse la vida, a compartir la vida, a sembrar la vida con gajos luminosos. Don Esteban fue de esos hombres. Hoy celebramos el centenario de un hombre singular. Posdata: Fijate que Blanca, además de expresar su amor dijo que extraña muchos las pachangas. Sí, esa palabra utilizó. Imaginé el guateque en la casa, me dio gusto imaginar un momento de alegría y sosiego en ese hombre tan chambeador. El oficio de don Esteban no fue un oficio sencillo. Los neveros se levantan de madrugada a preparar la nieve y luego, ya con el sol un poco levantadito, salen a recorrer las calles, a ofrecer su producto: ¡Nieveeeee! ¿Si llueve? ¿Si el día no es caluroso? Las ventas bajan. La paga escasea. No es un oficio fácil. Pero don Esteban lo llevó con gran dignidad. ¡Cien años de gloria para este nevero comiteco de excepción! ¡Que descanse en paz!

sábado, 5 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO

Querida Mariana: ¿Te mandaron alguna vez a la dirección? Hoy te comparto una foto que muestra la dirección del Colegio Mariano N. Ruiz, la escuela del padre. Ese escritorio fue el escritorio, por supuesto, del padre Carlos J. Mandujano; por un tiempito fue el escritorio del maestro Javier Mandujano Solórzano, el maestro güero (el primer director oficial del colegio); luego, frente a él, se sentó el maestro Jorge Gordillo Mandujano y luego (¡qué orgullo!) me tocó a mí. Ahora (entiendo) este escritorio ha sido sustituido por otro, más moderno, uno que ya ocupó el maestro José Hugo Campos Guillén (mi jefe actual), el maestro Roberto Guillén Abarca; luego la maestra Martita Culebro (mi comadre); y ahora lo ocupa la maestra Sara Eugenia Gordillo Avendaño. Y digo esto, porque la foto es de la dirección donde ahora funciona el nivel de primaria, el primer edificio del colegio. ¿Te mandaron alguna vez a la dirección? Cuando el maestro entraba al salón y decía: Fulano de tal, a la dirección, uno debía estar atento al tono. Si el tono era severo significaba que uno debía presentarse ante el director para recibir una amonestación; si el tono era llano, significaba que el director te comisionaría para algo especial. Yo entré a esta dirección cuando estudié la secundaria en el Colegio. Me tocó estar frente al padre Carlos en ambas situaciones. Una vez, porque acompañé a mi papá para recibir una amonestación. Ya te conté, con un grupo de compañeros echaba relajo en el patio, porque el maestro que nos correspondía no asistió. Corríamos y gritábamos. El padre estaba en otro grupo dando su clase. Salió y pidió que nos comportáramos, nos envió a sentarnos en una banca corrida de cemento. Le hicimos caso, pero, vos sabés que los muchachos no tienen sosiego, así que minutos después comenzamos de nuevo a sacar las uñas, las sacamos de tal forma que llegó el momento que eran como garras de tigres rugientes. El padre ya no soportó. Salió de su salón y, con el brazo extendido, nos expulsó. Nos llamó de uno en uno, nos dio un zape y nos corrió, con una advertencia: “Y no regresen si no vienen acompañados de sus papás”. Así pues, al día siguiente mi papá y yo entramos a la dirección. Mi papá era el secretario del Colegio, lo que hizo fue pasar de la secretaría a la dirección para escuchar el motivo de la expulsión y la sentencia de que si volvía a ser irrespetuoso con el director me expulsarían en forma definitiva. La siguiente vez entré a la dirección para platicar un rato con el padre, para pedirle que me prestara un libro que nos había enseñado, acerca de las carreras profesionales que impartían en el Politécnico Nacional. Y luego, ya lo dije, entraba a diario para cumplir con mi encargo de director. Ahí me tocó atender a alumnos que caminaban por las dos sendas: sancionar a los incumplidos y groseros; y felicitar a los alumnos destacados. También, cuando estudié la primaria en la Fray Matías de Córdova, en una ocasión recibí un regaño de parte de mi director, el profesor Víctor Manuel Aranda León, y en otra ocasión entré porque recibí la comisión de representar a la escuela en un acto cívico. Me tocó leer la reseña de algún héroe, en el parque central de Comitán, al lado de la estatua gigantesca de Belisario Domínguez, estatua que, desde su altura, cuidaba que todo estuviera bien en derredor (es la estatua que ahora está en la entrada norte del Bulevar de La Federación.) Y mirá, resulta que en la preparatoria entré a la dirección sólo por cuestiones académicas o porque conversaba un rato con el segundo director que me tocó, el arquitecto Roberto Zúñiga (el primer director fue el doctor Elías Macal, pero cuando se dio el movimiento de huelga fue retirado del cargo y quedó el arquitecto Zúñiga al frente). Nunca (¡uf!) entré a la dirección de la prepa por alguna sanción. Y esto fue así, porque Dios es generoso con sus hijos que no se bañan. ¿A poco no merecía ir a la dirección para recibir una reprimenda por acudir bien bolo a presentar un examen final? ¿Alguien me ha quitado el primer lugar en ese acto que ahora me parece bochornoso? No, nadie de los maestros involucrados dijo algo. Pasó de noche. Ya en las universidades que estuve, jamás entré a las direcciones o rectorías. ¡No! Esos espacios estuvieron reservados para los muchachos líderes o para los que obtenían reconocimientos nacionales. Como nunca estuve incluido en ninguna de esas categorías caminé por las orillas de las direcciones de las facultades de ingeniería de la UAM, de la UNAM, de la UVM o de la UNACH. Nunca supe cómo eran esos espacios que, imagino, son soberbios, como soberbia la dirección del Colegio Mariano N. Ruiz que acá ves. ¿A poco no te impacta ver la pulcritud del lugar? Así lo mantenía el padre Carlos. El cuadro que se ve en la pared es un retrato de Mariano N. Ruiz, pintado al óleo por el maestro Güero. Sobre el estante, lleno de libros, hay un ave trabajada por un destacado taxidermista comiteco, un florero y dos bases para colocar velas. ¿Mirás los dos sillones que están en una lateral? Ahí nos sentamos el día que el padre Carlos me reprendió. Ahora es costumbre colocar las sillas frente al escritorio, el director platica de frente con los padres de familia o con los alumnos. En la dirección del padre Carlos todo tenía su “sana distancia”. Él se sentaba frente a su escritorio y desde ahí hablaba con los padres de familia y alumnos, quienes estaban sentados en las sillas laterales. Esa distancia daba la medida exacta del protocolo. Entrar a ese espacio significaba cambiar de burbuja. Afuera estaba el bullicio, la chanza, la grosería; adentro caminaba el silencio que es habitual en el interior de templos y lugares de meditación. Cuando fui director del Colegio platiqué con el padre en muchas ocasiones, siempre que lo hice terminaba con una mirada de asombro. Desde que fui su alumno (lo he dicho en varias ocasiones) me sorprendió su erudición y la forma de compartir su conocimiento. De él recibí clases de Civismo, de Moral, de Música (nos platicaba las biografías de los grandes músicos, como Mozart, Debussy, Beethoven, Chopin y demás genios; y mandaba a traer un tocadiscos de su casa –que estaba al lado- para que escucháramos las grandes obras) y de literatura universal. ¡Ah, sus clases de literatura eran sensacionales! Que me perdonen los otros maestros que me dieron clases de literatura, nadie superó al padre Carlos. Su formación era tan vasta que abarcaba muchos senderos y un simple callejón lo convertía en una gran campiña donde el Cid o el Quijote cabalgaban con una libertad que jamás volví a admirar. En clases de Civismo o de Moral me ponía a jugar con Ramiro, mi compañero de banca, pero en clase de Literatura ambos estábamos pendientes. Cuando entrábamos al salón éramos chivitos, saltando libres de un lado a otro, balando sin consideración, pero cuando éramos solicitados para ir a la dirección, nuestro carácter de chivas tomaba la personalidad de los tacuatzes, queríamos desaparecer. La figura del maestro era una figura más accesible, la del director siempre era huidiza. El estatus era diferente. La lógica infantil decía que en la escuela sólo había un director y muchos maestros; los maestros respetaban las indicaciones del director. En más de dos ocasiones escuchamos la frase: “Veré qué dice el director”, cuando hacíamos una petición especial al maestro. El director era la figura principal en la escuela, era, como se dice, el capitán del barco, un barco bamboleante, alegre, entretenido y fatal. Sólo el supervisor estaba por encima del director. El supervisor era alguien ajeno, llegaba de vez en vez, pero cuando llegaba veíamos que maestros y director se cuadraban ante su presencia. De pronto veíamos que el maestro entraba corriendo al salón y advertía que minutos después llegaría a visitarnos el supervisor: arreglen las bancas, levanten esos papeles del piso, hagan silencio, por favor ¡pórtense bien! El supervisor supervisaba y si en la supervisión hallaba malos comportamientos no le iría bien a nuestro maestro, ni a nuestro director. El supervisor entraba y todos nos poníamos de pie, como autómatas y decíamos buenos días, el supervisor sonreía y con una mano nos indicaba que podíamos sentarnos. Ni las moscas se atrevían a volar, se posaban en las ventanas y se dedicaban a pasarse las patas por sus cuerpos alados. El silencio era una losa más pesada que la que cargó El Pípila. No sabíamos por qué, pero nuestras manos sudaban y las secábamos en los pantalones. Sí, sí sabíamos, su presencia podía significar que caminara por el frente, mirara un cuadro del héroe y preguntara al primero que encontraba su mirada: ¿Quién es el que está en el retrato? ¡Dios mío! El condenado se ponía de pie, tragaba saliva y, con timidez, decía, no en tono afirmativo sino en tono interrogativo: ¿Benito Juárez? Nuestro maestro sacaba su pañuelo y se secaba la frente. En efecto, decía el supervisor, acá está el Benemérito de Las Américas. ¿Bene qué? A ver, decía el supervisor, mientras con la mano sobre el hombre del primer condenado lo sentaba en forma amable, a ver, quién me dice en dónde nació Benito Juárez. ¡Silencio! De pronto, Beto, el más estudioso, levantaba la mano. Nuestro maestro volvía a secarse la frente y sonreía, con la misma sonrisa que pone el que se entera del lamentable fallecimiento de la abuela, pero un segundo después le notifican que es heredero universal. Beto se paraba y decía que en San Pablo Guelatao, en Oaxaca. Posdata: Me gustan los espacios que se llaman direcciones. Las direcciones son soberbias. Las direcciones de las grandes empresas mundiales tienen cuadros originales de Picasso o de Modigliani, huelen lindo, a sofás de cuero, a libreros de cedro. La dirección del Colegio Mariano N. Ruiz que acá ves tenía una soberbia presentación, olía a nube que se desplaza lento en el profundo cielo.

viernes, 4 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA DECLARACIÓN DE AMOR

Querida Mariana: Hoy, 4 de septiembre de 2020, Óscar Bonifaz cumple 95 años. Faltan sólo cinco para celebrar el centenario de maestróscar, como le dice Juan Carlos Gómez Aranda, Oscarito, como le dicen otros afectos. No sé cuántos obsequios recibirá hoy, no sé si le llegarán ramos de flores o si recibirá algún pastel con ¡noventa y cinco velitas! Pucha, se acabarán las velitas en todo Comitán. Cumple noventa y cinco y los cumple con salud, física y mental. En un texto de la literatura sagrada del Indostán, las plegarias piden “que el cielo conceda vacas fecundas y gordas, ricos pastos y una vejez feliz”. Tal vez Bonifaz ha tenidos tiempos de vacas flacas (todo mundo los tiene), pero los dioses le están concediendo una vejez feliz, porque él ha procurado una existencia feliz y ha compartido su felicidad con todos sus amigos y cercanos. Ya hemos platicado en muchas ocasiones cómo cuando estás cerca de maestróscar recibís una andanada de anécdotas comitecas que hacen botarte de la risa. Óscar Bonifaz ha abonado a la preservación de la anécdota, al resguardo de los modismos y a la celebración de la vida. A sus noventa y cinco años, antes de que reciba presentes, él da un presente a su pueblo: ¡un libro! Si libros ha entregado durante toda su vida, libros de poesía, de cuentos, novelas, testimonios y de rescate fotográfico, no podía celebrar sus noventa y cinco de otra manera. Ahora entrega un libro con un título que es como una ventana abierta: “Declaración de amor a Comitán”. En este título está concentrada toda la esencia de la existencia de Bonifaz, una existencia fecunda, polémica, dicharachera, tímida y audaz, con oscuros y claros. En sus noventa y cinco años, Bonifaz ha logrado vivir una vida en la periferia de lo que la sociedad y su familia le mandaban, siempre caminó por la orilla, corrió el riesgo de que un mal paso lo enviara al fondo del abismo. El riesgo valió la pena. ¡Triunfó! Ha vivido con emoción cada instante. En el pueblo, ¡su pueblo!, hay muchas personas que lo quieren, que lo respetan, que le agradecen ese amor declarado por Comitán. Este libro sólo reafirma lo que él ha pensado siempre, lo que ha hecho siempre. Óscar Bonifaz creó la casa de la cultura, para que los hijos de este pueblo cultivaran su gusto por el arte (ahora, en Chiapas hay muchas casas de cultura, pero la primera casa de cultura chiapaneca la fundó él). Bonifaz montó decenas de obras de teatro que, como se dice ahora, fueron con causa. El total de las entradas las destinaba a obras sociales. Todo era un aro prodigioso, a la par de sembrar el gusto por el teatro y formar actores y actrices, ayudaba a que sectores desprotegidos tuvieran un techito donde cubrirse a la hora de los aguaceros del espíritu. Y hoy celebra su cumpleaños ¡dando! Sin ambages declara públicamente su amor a Comitán, lo hace con una serie de poemas que tiene como destinatario principal el pueblo donde nació. Es un libro impreso en Editorial Chiapaneros, que tiene su taller en Calle Abasolo 12, en la colonia Miguel Alemán de esta ciudad. Tuvo un tiraje de mil ejemplares y la portada fue diseñada por Raquel P. Bonifaz, con una fotografía de su hija Olivia Bonifaz. Bonifaz no hace más que abrir sus manos y regar luz al jardín de su Comitán, del Comitán de las flores, el Comitán que le ha dado y le ha arrebatado. Con las manos abiertas invitó a varios amigos para que lo acompañaran en esta serenata para el pueblo. Por eso, cuando el lector abre la puerta del balcón no sólo halla los textos de Bonifaz, sino también textos breves de Daniel Saborío, Mirtha Luz Pérez Robledo, Emmanuel Guillén, Zenaida Solís de Aguilar y del Arenillero. Como desde hace años, Bonifaz sigue la tradición de declarar el amor con un papelito, como lo hacían los adolescentes en las escuelas, como lo hicieron los grandes amantes en todo el mundo. En tiempos de pandemia, en tiempos de manifestación digital, Bonifaz manda un papelito, lo hace avioncito y lo echa a volar por los cielos de su Comitán. El libro tiene una dedicatoria especial: “Mi cariño total para el presidente municipal Emmanuel Cordero.” Todo es una cuerda de luz. El destinatario es todo el pueblo, está dirigido a cada una de las personas que aman a Comitán, que ponen su grano de cielo para abonar las nubes del pueblo donde nació Bonifaz. Posdata: A sus noventa y cinco, Óscar Bonifaz recibe la bendición del cielo y éste le concede vacas fecundas y gordas, ricos pastos y una vejez feliz. ¡Felicidades, Oscarito, felicidades!

jueves, 3 de septiembre de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXVII)

Me quedé con frases y con actitudes de mi padre. Lamento tener memoria endeble. No pude quedarme con más de su personalidad. Olvidé los diálogos que se daban cuando él y yo viajábamos en su carro Volkswagen, con rumbo a San Cristóbal de Las Casas. Hago el esfuerzo de recordar alguna historia que él contó, pero lo único que rescato es el paisaje lleno de pinos, de chozas a lo lejos, de los maizales y de los campitos donde estaban los hatos de borregos negros. Sí tengo aprehendido y no lo suelto, porque es el hilo que me mantiene unido al recuerdo de mi padre, la sensación de placidez y de alegría que me provocaba ir con mi padre al lugar de su nacimiento. ¡Ah!, eso sí lo tengo bien amarrado, la alegría en su rostro al caminar por esas calles y el jolgorio de sus ojos al tocar en casa de sus compadres o de sus hermanas; el despliegue de su sonrisa al abrazar a sus cariños y afectos. Una frase que él decía con cierta regularidad era: “Jodidos por mil, jodidos por mil quinientos”; es decir, si ya hemos gastado para esta obra le pongamos el resto; es lo mismo deber una cantidad que otra con su mojol. ¡Le echemos el resto! Ya Dios proveerá. Otra de sus frases consentidas era la de: “Ande yo caliente ¡ríase la gente!” Tal vez mi papá, hombre hermoso, no sabía que esta frase la había dicho el poeta Luis de Góngora. Él no lo supo y yo no supe de dónde la pepenó. Tal vez, pienso ahora, la escuchó en la tienda del tío donde trabajaba, porque en esa tienda vendían productos ultramarinos. Tal vez, en medio de una caja de sardinas llegó trepado este verso Gongorino. La frase pinta en forma cabal un rasgo de mi padre: No me importa que la gente critique mi chamarra, mientras yo no pase frío. Lo importante era estar bien uno, mientras no se ofendiera al dos. Cuando acometía algún proyecto y no me funcionaba él me decía: “¡Puro fracaso ‘tamos mirando!” Esto sí sé de dónde lo sacó. Juntos habíamos escuchado uno de los discos picarescos de Lolita Albores, la cronista de Comitán, y esto era lo que un personaje decía como remate del chiste. Pero mi papá lo decía de igual forma, lo decía riéndose, como restándole importancia a lo sucedido, como concediendo que el fracaso también era una forma de crecimiento. Porque otra de sus certezas era que uno debía llevar a cabo el proyecto soñado, si no ¿cómo podía saberse que no era factible? ¿No resultaba lo esperado? ¡Nada se había perdido!, tal vez un poco de dinero, pero (y ésta era otra de sus frases) “Más se perdió en la guerra.” Lo importante, según él (y ahora también según yo) es intentarlo. Los seres humanos no somos más que la suma de nuestros sueños, nuestros anhelos. Una vez le planteé mi deseo de abrir una galería de arte. ¿Una galería de arte en el Comitán de los años ochenta? ¿Ya lo pensaste bien? Pues sí, dije. ¡Que se haga! Y él me ayudó a acondicionar la sala de exposiciones, lo que era la sala de su casa, un espacio amplio y luminoso, la convertimos en una galería. Siempre que construíamos algo él lo disfrutaba, así que, ahora pienso, mis proyectos fallidos le dieron la oportunidad de construir mis sueños y eso, a pesar de que puro fracaso vimos, lo hizo feliz. Él sabía que mis proyectos estaban destinados al fracaso, pero nunca los truncó, al contrario, siempre me alentó y fue quien puso el andamio para que levantáramos la pared y tendiéramos el techo. Sí, la galería se cerró meses después, porque fue un fracaso económico.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO DE LECTOR




Querida Mariana: he dicho que comencé leyendo revistas de monitos. Estoy seguro que muchos lectores actuales también iniciaron con lo que, en los años sesenta, llamábamos cuentos, cuentitos.
Las grandes editoriales de estos tiempos nunca reconocerán que deben mucho a las editoriales de revistas de monitos. Las editoriales de estos tiempos (Planeta, Sexto Piso, Alfaguara y demás) ya encontraron la mesa puesta. Ellas no apostaron a la creación de formar lectores, ellas ya encontraron los ejércitos de lectores que tiran los muros de la realidad absurda, aburrida.
¿Podés imaginar que en los años sesenta los niños pagaban por leer? En el siglo XXI esto no se da ya más.
Te cuento. En los años sesenta había personas que atendían negocios de renta de revistas de monitos. ¡Sí, como lo estás oyendo! (bueno, leyendo). En una banqueta montaban un chunche de madera que sostenía cuatro o cinco hileras de lazo donde colocaban revistas usadas. ¡Ah, esa imagen era lo más atractivo de la calle! Los niños caminábamos por ahí y de pronto veíamos ese murete lleno de portadas de las revistas con monitos. Las portadas eran llenas de color, ilustradas con dibujos sensacionales.
Todos los niños nos deteníamos ante ese estante improvisado. Nunca volví a ver esa emoción. Una vez vi a un grupo de niños, en un negocio de videojuegos, que veía con atención al niño que accionaba un par de palancas para destruir a los enemigos que aparecían en la pantalla. Miraban con atención, pero no reflejaban la emoción de los niños de los sesenta ante ese tendedero de revistas. A pesar de que las imágenes eran estáticas, la secuencia que formaban nos presentaba algo como una película inédita. En ese tiempo había un aparatito que tenía una serie de imágenes para formar una historia. El tendedero de revistas contaba historias a través de sus portadas y luego, cuando elegías una revista, encontrabas otra historia. Las primeras eran un prodigio, porque cada niño las elaboraba en su mente. Eran historias ¡únicas!
Mis papás me daban dinero para comprar revistas en la Proveedora Cultural. No sólo eso, mi papá también pasaba con don Rami Ruiz y compraba cada semana el Memín Pinguín; pero, en la feria de agosto que se celebraba en el parque central siempre ponían un puesto con revistas usadas. Yo pedía a mi mamá cincuenta centavos y corría para ver ese muestrario fantástico, elegía una, daba la moneda y me sentaba en la bardita del portal y me unía a dos o tres niños que formaban parte de ese club, hijo de la nube y del aire.
Imaginá el tendedero donde en la fila de arriba están expuestas cinco revistas para renta. Porque el negocio era ese precisamente: los niños pagaban cincuenta centavos por la lectura de una revista. Elegían una, pagaban y se sentaban en el filo de la banqueta. ¡Ah, jamás he vuelto a ver esa imagen de pueblo culto, de pueblo lector! Eran historias sencillas, algunas casi simples o bobas, pero estimulaban la imaginación. Tuve amigos que luego de esos viajes llegaban a sus casas y dibujaban sus propias historietas. En una hoja dibujaban cuadros secuenciales y les ponían los globos para los diálogos.
Imaginá el tendedero donde en la fila de arriba están expuestas cinco revistas: una donde está Chanoc con su camiseta roja y con un colmillo de tiburón que cuelga de su cuello; otra donde aparece Kalimán, con sus ojos azules (pucha) y su turbante blanquísimo que tiene algo como un camafeo en el centro, con la k inicial de su nombre; otra donde aparece el jugador de fútbol, el Diamante Negro, con un antifaz negro y un trapo, también de color negro, que cubre su cabeza; la siguiente es de Lorenzo y Pepita (pareja gringa) que contaba la historia cotidiana de Lorenzo que renunció a la herencia a fin de tener a su Pepita (sin albur). Lorenzo pudo vivir una vida de millonario, pero eligió una vida modesta al lado de la chica que quería y deseaba. Ya no se ven muchas historias de éstas; y, por último, una portada donde está un simpático niño negro que se llama Memín, hijo de Eufrosina, mujer que se dedica a lavar ajeno y ama profundamente a su niño.
¿Mirás? La simple exposición de estas portadas en la banqueta despertaba el interés de todos los niños que por ahí pasaban. Los niños de esos tiempos pedían a sus mamás una moneda de cincuenta centavos, moneda que utilizarían ¡para leer!
¿A poco no es una historia extraña? México es un país cuyos índices de lectura son raquíticos. Pero, en los años sesenta, millones de niños alquilaban revistas ¡para leerlas! Destinaban su paga para alimentar su imaginación. Lo hacían con historias sencillas, algunas simples, otras bobas, pero, aunque fuera alpiste, daban de comer al árbol de las neuronas.
Posdata: Estoy seguro que miles de esos niños dieron el siguiente paso y se convirtieron en grandes lectores, de obras inteligentes, complejas, maravillosas. Esos niños de ayer son el día de hoy los que compran los libros de las grandes editoriales. Se acostumbraron a invertir su paga en el divino ocio de la lectura.
Las grandes editoriales ya encontraron todo un ejército de lectores bien formado. Hallaron la mesa puesta. No formaron lectores, simplemente los conservaron.

martes, 1 de septiembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON MUCHAS FLORES




Querida Mariana: la maestra Lucy Flores, coordinadora académica de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, participó en el juego de la palabra de ARENILLA-Revista: “Imaginá que te llamás”. Como mirás, ella es Flores, por apellido paterno; es decir, su vida está enredada en el jardín, en el campo, desde niña, desde antes de nacer.
Son bien bonitos esos apellidos que tienen relación directa con la naturaleza. Un apellido bonito es Flores. Tengo una amiga que se apellida Olivares. ¡Ah, qué prodigio! Es como un extenso campo lleno de olivos. De su esencia se obtiene el aceite de oliva que es de gran beneficio para el cuerpo. Mi papá (que descansa en la paz de su Dios) tomaba un caballito de aceite de oliva todas las mañanas, le echaba dos o tres gotitas de limón y una pizca de sal, y como si fuese tequila, decía ¡Va güitz!, y lo tomaba. Digo que eso le ayudó a nunca pisar hospital alguno. Claro, cuando su Dios le dijo ¡hasta acá!, pues no hubo aceite de oliva que descontaminara la aorta que llevaba sangre a su corazón.
Esto sale, porque a Lucy teníamos que preguntarle algo relacionado con su apellido, con su forma de ser, así que le dijimos que imaginara que se llamaba maceta, y la primera pregunta fue: Imaginá que te llamás maceta, que sos maceta, ¿qué planta te gustaría recibir?
Lucy, en el video, nos llevó a su casa y, mientras nos enseñaba un bonche de macetas y plantas y flores que tiene en los corredores y en el patio central, respondió lo siguiente:
“Si fuera maceta, tendría un dilema: ¿Cómo me gustaría ser, qué forma, qué tamaño? Pero, bueno, eso pasa a segundo término, siempre y cuando cumpla con mi función. Quiero decirles que dentro de mi casa tengo muchos tipos de macetas, tengo grandes, pequeñas, de colores neutros, muy coloridas, y todas ellas albergan diferentes plantas y diferentes flores, sobre todo adornan mi casa. ¿Qué planta me gustaría tener dentro de mí para que me adornara? Todas las plantas son bellas, tienen diferentes olores, diferentes formas, diferentes tamaños y diferentes colores. Lo principal es que todas ellas dan vida, dan alegría, pero a mí me gustaría tener mi planta favorita: ¡la suculenta! ¿Por qué? Porque hay de diferentes tipos, porque son hermosas, porque necesitan poca agua, poca tierra, ¡muy nutrida, eso sí!, pero poca. Viven en todas las épocas del año y me adornarían por mucho tiempo.”
¡Qué bonito nombre! ¡Suculenta! Lo suculento es sabroso, dice el diccionario. Lucy no está mal encaminada, si se llamara maceta, si fuera maceta, le gustaría acoger a una suculenta, una planta sabrosa.
Continuando con el juego, y en la misma cuerda, a Lucy le hicimos la segunda pregunta: Imaginá que te llamás maceta, si te rompen, ¿qué le dirías al que te hizo pedazos?
Porque, lo sabemos, las macetas se rompen, como piñatas. De niño, en casa, algunos amigos y yo jugábamos a la pelota, la pateábamos, de pronto… Ya sabés, ha sucedido miles de veces. Los amigos corrieron a sus casas y yo tuve que afrontar las consecuencias. ¿Qué dijo Lucy cuando se vio hecha pedazos? Esto fue lo que contestó:
“Le diría que dejaba un rincón triste, pues ya no lo adornaría; que dejaría sin alojamiento a esa planta bella, que sus raíces ya no se cubrirían dentro de mí, y, principalmente, ya no haría efectivo ese dicho que dice: El que nace para maceta no sale del corredor, porque tendrían que sacarme, ya no existiría.”
Posdata: Fijate, es cierto, el dicho que enuncia: el que nace para maceta no pasa del corredor, se emplea de manera peyorativa, para decir que algunas personas están condenadas a no salir de un espacio donde el destino los colocó; pero este refrán también, como todas las cosas en el mundo, se les puede dar la vuelta, porque hay muchos que aceptan con gusto su destino, porque es el espacio donde se sienten a gusto, donde viven sin mayores agobios. Hay personas que son como esas macetas que no pasan del corredor y son útiles a la patria y honran a sus mayores.

lunes, 31 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON JUEGO DE SOMBRAS




Querida Mariana: por la posición del fotógrafo que tomó este momento, la sombra del maestro muestra el perfil de su rostro; en cambio, la sombra de Beto y mi sombra sólo muestran la parte trasera de nuestras cabezas, la parte donde está el cerebelo. El cerebelo, todo el mundo lo sabe, ayuda a coordinar los movimientos del cuerpo humano. Esa parte del cerebro nos auxilió (minutos antes de esta fotografía) a coordinar los movimientos que hicimos al bailar “La danza de los viejitos”.
Estas sombras son nuestras sombras comunes y corrientes, pero, en esta ocasión se llenaron de luz, primero porque están reflejadas en un espacio cuya misión era proyectar luces y no sombras; y segundo porque recibimos de parte del querido director de nuestra escuela, el maestro Víctor Manuel Aranda León, un reconocimiento. Mirá cómo el maestro ve la reacción de Beto Becerril Román, mientras Beto mira la mano del maestro, como reafirmando el pacto de honor. ¿Qué hace el Molinari, mientras tanto? Se lleva la mano a la barbilla, cerca de los labios, ve al maestro y espera el instante donde Beto se retirará, bien chento con su diploma (Beto se llevaba todos los reconocimientos, era un alumno destacadísimo). El Molinari casi casi se muerde las uñas, en espera del instante glorioso de dar dos pasos al frente y estar en el lugar de Beto y recibir el diploma y el apretón de manos. Si ves mi mirada pensarías lo que dicen los chavos de estos tiempos: quedate con alguien que te mire como el Molinari mira al maestro Víctor. Mi mirada refleja nervios, incertidumbre, pero también admiración. Estoy a punto de darle la mano al director de mi escuela, ¿lo mirás?, ¡al director de la escuela! ¡Nadita!
Esta fotografía me la envió hace días el doctor Segundo Guillén, fue una cortesía de él y de su esposa.
Digo que el espacio donde se proyectan las sombras es un espacio que estaba destinado para recibir la luz, porque es la pantalla del Cine Comitán (si mirás con atención, verás, al lado de la cabeza de nuestro director, el bordado de la cinta que unía la pantalla a un poste para que quedara bien restirada.) En esa pantalla, donde están proyectadas nuestras sombras, se proyectaban las cintas que hacían las delicias de los cinéfilos de esos años (la foto es de los años sesenta).
Beto y yo todavía tenemos los trajes con los que bailamos, ya abandonamos los bordones con los que los viejitos se apoyaban para mover los pies al ritmo de la música de ese baile tradicional michoacano, ya nos quitamos las pelucas pintadas de blanco y las máscaras de plástico o de cartón, con cejas blancas y rostros llenos de arrugas, casi estrías, casi surcos. ¿Mirás lo que digo? Ya no tenemos las máscaras que nos hacían viejitos, ya recuperamos nuestras caritas limpias, todavía con cintas de inocencia.
¿En qué momento los niños pierden la inocencia? ¿A qué hora el destino cruel comienza a alimentar los monstruos interiores? Acá, Beto y yo tenemos rostros iluminados aún; nuestro maestro también muestra un camino limpio. Hay seres, ¡bendito Dios!, que preservan la inocencia infantil.
El momento que registra esta fotografía fue un momento sublime. Como todos los niños comitecos que tuvimos el honor de actuar en el escenario del Cine Comitán, Beto y yo también gozamos ese momento. No sabíamos bien a bien que era un instante irrepetible, pero sí teníamos conciencia de la gloria, porque a la hora que el maestro Víctor le dio su diploma a Beto, toda la audiencia aplaudió, como había aplaudido a la hora que los viejitos nos pusimos en fila y la música terminó y nosotros agradecimos con una ligera inclinación de cabeza, todo auxiliado por ese maravilloso chunche llamado cerebelo.
Nuestras sombras están en la pantalla donde, cuando se hacía la luz del proyector, aparecía El Santo o Tarzán o Hopalong Cassidy o Chanoc o Kalimán o El Fantasma (en ese tiempo, sí, tienen razón las feministas, había más héroes hombres que mujeres. Ya luego aparecieron La Mujer Maravilla, Gatúbela y demás heroínas.)
Nunca más nuestras sombras se proyectaron en una pantalla tan espectacular. Años después, el Cine Comitán desapareció y con él desapareció esa gigantesca pantalla, y con esa pérdida, también se extinguieron nuestras sombras inocentes. Nunca más volví a tener esa mirada limpia, nunca más.
Posdata: Agradecí mucho a Segundo el obsequio. Le pedí que, en mi nombre, le agradeciera a su esposa, hija de Beto. Agradecí a la vida la posibilidad de reconocer la sombra de mi cerebelo, órgano encargado, también, de conservar el equilibrio. Me refiero al equilibrio físico. ¿Cómo se consigue el equilibrio espiritual? ¿Cómo se mantiene en forma permanente la armonía que teníamos en esos años, años regados con agua limpia? ¿Cómo los seres humanos pueden conservar la inocencia de los años inocentes?

sábado, 29 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN ABRAZO INFINITO




Querida Mariana: el lenguaje se transforma. Es un ente vivo. El otro día recibí un mensaje de mi amigo, el poeta Gustavo Ruiz Pascacio, Voz Mayor de Chiapas, y en su despedida me envió un “Abrazoom”. Palabra simpática que debe ser creación de él. Es un neologismo, una palabra compuesta, que une al abrazo con el zoom. Esta nueva palabra es signo de estos tiempos, donde la aplicación zoom se ha convertido en cosa de todos los días. Muchos maestros, en este ciclo escolar, hacen uso de esta aplicación para impartir sus clases a distancia. Ah, es simpático ver las fotografías con cincuenta cuadritos, donde todos los alumnos están atentos a las indicaciones del maestro. Cuando la clase termina, ¿cómo se despiden? Tal vez se envían un abrazo virtual; es decir, un abrazoom.
Los mexicanos somos querendones, nos encanta andar abrazando a los otros y ahora, con esta pandemia, debemos evitar esas muestras físicas de cariño. Una de las canciones de Chico Che dice: “En dónde te agarró el temblor”. Ahora, la pregunta es: “En dónde te agarró la pandemia”, porque muchas parejas viven juntas la cuarentena, pero a otros, la pandemia los cogió separados, han tenido que hacer uso de los chunches tecnológicos para estar en comunicación. Benditos los primeros, porque, al estar juntos, resguardados, casi garantizan estar libres de contagio del virus y se dan abrazos físicos y se besan y se dicen que se aman; pero ¿los otros? ¿Qué pasa con los que están distantes? ¡Ay!, a ellos no les queda más que enviarse un abrazoom, y, si tienen limpia la conciencia, se mandan fotos íntimas.
Cuando leí la nueva palabra de Gustavo supe que muchos otros compas también se están enviando abrazos virtuales que entran en diversas categorías. Vos y yo y medio mundo sabemos que no todos los abrazos son sinceros. Muchos abrazos están vestidos con piel de oveja, pero vienen de lobos y lobeznos. Por eso, yo nunca he sido muy abrazador ni dejo que me abracen, porque hay abrazos que duelen, no físicamente, sino en lo moral. Tené cuidado. No todo abrazo es un abrazoom en buena onda, ¡no! Hay nuevas modalidades de abrazos que no hacen bien al alma. ¿Te cuento?
Bueno, pues hay una categoría que se llama “abrazona”, que es el abrazo que envían todos aquellos que extrañan las noches cuando, en compañía de los amigos, ya un poco bolos hacían una visita a lo que acá en Comitán llamamos Zona Rosa. ¡Pucha! El abrazona es exclusivo para las muchachas que venden su cuerpo, así que si algún maldoso te quiere enviar un abrazona ¡mandalo a volar!
¿Quién manda un “abrazopilote”? Ah, pues el compa que siempre ha sido un carroñero, el que te abraza, pero, como Judas, no es sincero; es el clásico que se alimenta de materias putrefactas, el que, cuando estás en un aprieto, está presente, pero no para tenderte la mano, sino en espera de tu desfallecimiento.
¿Y el “abrazombie”? Ah, pues su nombre lo dice, es el abrazo que te da aquel compa que, como dicen ustedes los chavos, es un amigo tóxico, el que siempre es pesimista, que no le encuentra motivos de alegría a esto que llamamos vida. Sí, el muerto viviente da un abrazombie, es un abrazo que no es cálido, al contrario, trasmite el frío de la cámara donde conservan los cadáveres que no son reclamados. ¡Qué miedo! Escapá como cachinflín de este tipo de abrazo helado.
El “abrazodiaco”, como su nombre lo indica, tiene diversas connotaciones y depende del signo zodiacal que tiene quien te lo envía. Según Daría, quien es una mujer que lee cartas, que sabe leer los designios divinos en las palmas de las manos, si el abrazodiaco te lo da un Aries te está diciendo que pronto tendrás nuevos retos; pero si el abrazodiaco te lo manda un Géminis, tené cuidado, porque el Géminis es manipulador y puede llevarte al baile sin que vos lo querás. Recibí con todo gusto un abrazodiaco de quien es Leo, porque los leo son líderes naturales y gozan de la vida, son sinceros. ¿Qué signo zodiacal es tu novio? ¡No! No me lo digás. Buscá cuáles son sus características y pensá si te conviene que te envíe un abrazodiaco (bueno, vos no necesitás abrazos virtuales, porque gracias a Dios, la pandemia los encontró juntos y han estado juntos en casa, salvaguardando su salud y dándose besos y abrazos físicos, bien sabrosos. ¡Ya, ya! ¡Basta! No contés dinero frente a los pobres.)
También debes tener cuidado con el “abrazoo”, porque incluye a todos los animales que andan en el zoo (zoológico le llamamos en español). Un abrazo de gatito no es lo mismo que un abrazo de su primo mayor ¡el tigre! Un abrazo de un monito no es lo mismo que un abrazo de su primo mayor ¡el chimpancé! Tené cuidado con el abrazo del oso. Yo tengo un amigo que pesa más de cien kilos y tiene unos brazos como bates gordos de aluminio. Cuando me encontraba con él en la calle yo le huía, desde lejos lo saludaba, porque él tiene la costumbre ingrata de dar lo que llamamos abrazo del oso, con sus dos brazos te aprisiona del cuerpo y te levanta. Lo hace para demostrar su cariño, pero uno termina como gallina deshuesada.
El abrazo bonito es el “abrazompopo”. ¿Recordás que zompopo es uno de los nombres que tiene lo que nosotros llamamos tzisim? Ese sí es un abrazo bonito. Claro, te lo tiene que dar alguien que sea tu afecto. ¿Cómo es el abrazompopo? Te pregunto: ¿Cuál es la parte más sabrosa del tzisim? ¡Ah!, ya diste, ¿verdad? Sí, el abrazompopo es lo que los perversos (como el Molinari) llaman de “cajoncito de cerveza”. Bueno, acá, insisto, debe ser dado por alguien que no sea morboso y lo haga sólo para disfrute de la vida.
¿Mirás cuántas nuevas categorías de abrazo? Esto es porque ahora no podemos darnos el abrazo común y corriente, el abrazo que ahora anhelamos tanto.
Hay amigas que, instaladas en la nostalgia, escriben en las redes sociales que serían felices si pudieran volver a abrazar a sus abuelas ya fallecidas. Extrañan esos abrazos físicos que les daban a sus abuelas al regresar de la escuela y hallarlas sentadas en un butaque bordando alguna tela. Ahora entendemos esa cuerda de nostalgia, porque, sin que estén muertos, muchos viejos no pueden abrazar a sus nietos, no es conveniente, no es prudente. Por ahora (y quién sabe por cuánto tiempo más), los abrazos físicos deben detenerse. Dichosa vos que estás en casita con tu novio, dichosos ustedes que tiquitiqui tiquitiqui. Dios les conceda mucha salud, Dios les siga enviando la bendición de la cercanía física y espiritual, por siempre. Dios permita que se sigan apapachando sin restricciones.
Mientras tanto, insisto, tené cuidado con los abrazos virtuales que te envían. No todos son bien intencionados.
Por supuesto que, como es virtual, no crean mayor incomodidad, pero recordá que siempre es bueno estar rodeado de gente positiva, de gente que te manda buenas vibras y no sentimientos negativos.
No le hagás caso a un “abrazopenco”, eliminalo en cuanto lo recibás y si es posible eliminá también de tu lista de contactos a ese tipo ingrato. Lo mismo debés hacer, por favor, con el “abrazonzo”.
En cambio, si al abrir tu Facebook hallás un “abrazócalo” recibilo con los brazos abiertos y con la sonrisa de hamaca colgada en tu carita. Sí, el abrazócalo está lleno de historia, de aire, de globos azules y de palomas que picotean los granos de arroz que les avienta el viejo con bufanda.
El “abrazozobra”, puede confundirte, porque parece ser el abrazo que sobra, ¡no!, es el abrazo que zozobra, el que puede enviar a pique el espíritu, pero también es un recordatorio de la fragilidad del ser humano. Un abrazozobra, si es enviado por un espíritu fuerte, sólo te está diciendo que debés conservar la calma en medio de la tormenta, que debés, como Odiseo, amarrarte al palo para evitar caer bajo el influjo del canto de las sirenas. Ahí sí tenés que usar toda tu inteligencia para analizar si lo recibís o mandás su barco a pique.
Sé que vos también sos selectiva para el abrazo: ni dejás que te abrace cualquier individuo ni andás abrazando al primer tipo que se para frente a vos. El abrazo es necesario para el ser humano, pero, por lo mismo, hay que tener cuidado al darlo y al recibirlo. Es un intercambio de energías, es un puente de luz que tiene sus cimientos en cada orilla, en cada apapachador.
Posdata: Mi amigo Gustavo me envió un abrazoom y pensé que era una palabra simpática, una nueva palabra, acorde con estos tiempos donde la virtualidad ha sustituido, en mucho, a la realidad real. Estamos inmersos en un mundo donde la virtualidad nos permite comunicarnos y abrazarnos.
Que Dios siga permitiendo que los abrazos que le das a tu novio sean presenciales, enjundiosos, con aroma a durazno.