jueves, 13 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON RASGOS HUMANOS

Querida Mariana: en la televisión vi y escuché una declaración del famoso cantante Juanes, dijo que odia las redes sociales, pero reconoció que su pareja las ama. Las Redes Sociales son el puente de comunicación de estos tiempos. Ya te conté que el día que me suscribí al Facebook me espanté, igual que Juanes dije: ¡ahí se ven!, pero alguien comentó: no te vayás, habrá marimba. ¡Y me quedé! Porque en ese momento supe que las redes sociales eran un importante medio para comunicarse con el mundo, y para cruzar el pantano sin mancharse el plumaje no debía ceder a la tentación de curiosear en vidas ajenas. Vos sabés que las redes sociales permiten ir de un muro a otro y comenzar a hurgar en vidas que no son las de tu entorno, sino de personas que viven en otros lugares y que jamás has visto en toda tu vida. Esto es aterrador, pero, de igual manera, es un atractivo apasionante, sobre todo para quienes somos escritores. Y a esto voy, los usuarios de las redes no debemos olvidar que ahí, en esas ventanitas hay seres humanos que comparten su mundo. ¿Alguien comparte algo más interesante que otro? No lo sé. Es difícil decirlo. Alguien podrá decir que no le interesa saber qué comió fulano de tal. Pero, pienso, a los expertos en nutrición les puede resultar de gran ayuda este tipo de información. El experto puede buscar qué comieron cien personas y tener datos interesantes para la elaboración de un ensayo científico. Las redes sociales nos permiten hallar mucha información sin tener que salir de casa o ir a molestar a los posibles informantes. No a todo mundo le gusta responder cuestionarios, pero sí todo mundo disfruta compartir lo que le gusta. Siempre estoy pendiente en una plática, llega el instante donde la persona que comparte conmigo el instante arrebata la palabra y no la suelta. Eso me encanta, porque a mí me gusta escuchar historias, me gusta ver lo que hacen los demás en el mundo. La gente disfruta hablar de sí, y esto lo comprobamos en las redes sociales, donde los usuarios comparten de todo en sus muros, ¡de todo!, qué comen, dónde descansan, qué piensan, a qué aspiran. Digo que los escritores tenemos, como nunca en la historia de la vida en la tierra, la oportunidad de estar en una pasarela donde el mundo camina frente a nosotros, con todos sus deseos, frustraciones, penas, alegrías, deseos, logros, corajes, disgustos. En el Facebook hallamos historias fascinantes, ¡todas! En el Comitán de los años sesenta hubo la costumbre de hurgar lo que sucedía en la calle a través de un ventanillo (¿aún existe la costumbre de andar chismeando así?) Era un entretenimiento maravilloso, respondía a una de las primeras motivaciones de los seres humanos: chismear en vidas ajenas. Pero era una visión limitada, porque se hurgaba en la vida de los que por ahí pasaban o los vecinos y no más (ahora, las cámaras que se colocan en la calle cumplen esta función). Pero, lo que tenemos en la pantalla, gracias a ser integrantes de esta comunidad, nos entrega una visión muy amplia. Entramos a las casas de amigos que radican en otras comunidades de México o de otros países y con ello miramos comportamientos diversos y nuestra vida se enriquece con las otras vidas, porque en esas ventanitas están sintetizados los sentimientos de los hombres y mujeres de estos tiempos, ahí están resumidas las motivaciones de estos tiempos de pandemia. Mientras te escribo esta carta abro mi Facebook y encuentro una serie de publicaciones que son como un muestreo del acontecer de este momento. Ahí hay personas, todas son mis amigas en esta red, algunas las conozco desde hace mucho y he convivido con ellas, pero con otras jamás he tenido un trato personal, nos conocemos e identificamos a través de este puente virtual. A menudo lo cruzamos y nos saludamos. Las orillas ya no son tan distantes. Como vos y como millones en el mundo, abro el ventanillo y miro lo que pasa en la calle, en esta inmensa avenida. Posdata: no olvido que ahí hay personas, hay vidas. Tengo abierto mi Facebook y leo lo que aparece en diez ventanitas, así como si estuviera frente a un edificio y viera de abajo hacia arriba lo que viven mis vecinos: José Ramón dice “Nuestro barrio” (en una foto tomada en dron, donde aparece el templo de Guadalupe); Edgar comparte un texto de Elena Poniatowska titulado: “El amor de la editora Cristina Urrutia a los libros infantiles”; Maricruz compartió una Arenilla en el muro de “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán”; Maricruz desea feliz cumpleaños a su hermana Yoli; Ari hace una recomendación dominguera: Caso 63, una historia en Spotify original; Rosaura pide compartir la información de un perrito perdido; Fernando desea un feliz cumpleaños a su papá; Sofía comparte una crónica escrita por Luis, acerca de un mural pintado en Yajalón y que fue destruido; Ricardo compartió un recuerdo: la presentación del desfile de la Colección Raíces y Colores Chiapanecos; y Gaby da gracias a todos por preocuparse por su salud: “aún me duele el porrazo, pero estoy bien, gracias, gracias”. Posdata: ¿mirás cuánta vida en apenas diez ventanas? El edificio que tengo enfrente tiene muchas ventanas, muchísimas; y en la red hay millones de edificios, millones de ventanas. No debemos olvidar que en el Facebook hay historias de vida de personas. De las diez publicaciones que copié nadie puede decir cuál es la más importante y cuál la intrascendente. Todas y cada una muestra una figura que completa el álbum alucinante que ahora conformamos con nuestras publicaciones diarias. Si nos detenemos tantito y reflexionamos observamos que ahí hay manos que se extienden para saludar, para abofetear, para tirar cosas, para acomodarlas, para pedir auxilio. Acá está la vida. La saludo con emoción cada vez que entro a mi muro y encuentro manifestaciones de vida. No tengo que salir de casa, basta abrir mi ventanillo y mirar el grandioso espectáculo de la pasarela de la vida. Juanes odia las redes, muchos con él; su pareja ama las redes, muchos con ella. Algún día dividiré el mundo en dos: entre los que aman el Face y los que lo aborrecen. Todo es manifestación de vida.

miércoles, 12 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON CARA SERIA, PERO CON MUCHA CHENTERÍA

Querida Mariana: acá estoy chento, muy chento. Estoy en la Sala de Arte Carlos J. Mandujano, del glorioso Colegio Mariano N. Ruiz. Estoy rodeado de grandes personajes: en el fondo, Mariano N. Ruiz y Julio Cortázar; al frente: Emilio Carballido. Y digo que estoy chento porque porto el Sombrero de La Ocurrencia, que, generosamente, me fue otorgado en el Centro Cultural de la “Rial”, en Villaflores. Fue (sigue siendo) mi privilegio. ¿Por qué tengo una imagen de Carballido entre las manos? ¿Por qué tengo puesto el sombrero? Porque en diciembre de 2019 (cuando aún no vivíamos el horror de la pandemia) un grupo de catedráticos del Colegio Mariano N. Ruiz, montó una obra de teatro de Carballido. Honramos su memoria con el divertidísimo “Cuento de navidad”. ¿Lo recordás? Es una obra donde aparecen dos personajes que representan a Santa Clos, que al final se pelean por conseguir niños para las tradicionales fotos, uno es plebe y el otro es más fifí, el plebe tiene un lenguaje altisonante que no corresponde al ambiente inocente donde los niños se mueven. La obra es genial y los catedráticos del colegio lo disfrutaron y actuaron, de igual forma, ¡genial! La puesta en escena fue dedicada a padres de familia y alumnos de la institución. Fue una noche sensacional. ¡No! No actué. Me tocó hacer la presentación de la obra, después de la bienvenida del rector. Como era un momento especial me puse el sombrero con que me honraron los amigos de la Rial Academia de la Lengua Fraylescana, en 2014, al lado de Javier Espinosa Mandujano, destacado intelectual chiapaneco. Celebro una noticia: el 15 de enero de 2022 se realizará la tradicional comida anual de la Rial Academia de la Lengua Fraylescana, un movimiento cultural de excepción en Chiapas. La invitación dice: “Vamos a platicar, comer y reír, rete harto”, será, como ha sido desde hace varios años, una manifestación plena de vida. La noche de la presentación de la obra de Carballido, un compa profesor me preguntó dónde había conseguido el sombrero, le llamó la atención, quiso comprar uno. ¡No, compa, no están a la venta!, y le platiqué cómo el sombrero tiene un significado especial, especialísimo, y rematé diciendo que recibir el sombrero fue uno de mis grandes privilegios. El sombrero lo uso en ocasiones especiales, me gusta que me pregunten y cuento la historia, porque honro al grupo de los amigos de la Fraylesca quienes realizan una labor cultural exquisita. La noche de la presentación teatral en el Colegio Mariano N. Ruiz casi casi hicimos lo mismo que los compas de Villaflores: platicamos y reímos muchísimo, nos divertimos todos, quienes estuvieron en escena, después de horas y horas de ensayos, y quienes estuvimos como espectadores y gozamos el texto simpático, bien escrito, del gran Emilio Carballido. Llegó la pandemia y suspendimos los actos culturales presenciales. Ahora, los amigos Villaflorenses vuelven al guateque, con las debidas medidas sanitarias, la vida sigue el rumbo. El 15 platicarán, comerán y reirán rete harto. El día de la fotografía estuve al lado de tres grandes; la tarde que recibí el Sombrero de la Ocurrencia estuve al lado de grandes de Chiapas (aparte de los integrantes de la Rial y de los espectadores, recuerdo con emoción al gran Laco Zepeda, quien falleció un año y medio después); y en la noche de la presentación estuve al lado de grandes compañeros maestros que se revelaron como grandes actores. La vida es la gran aventura y la más minúscula hormiga realiza una labor prodigiosa. Posdata: Julio, Mariano y Emilio, nombres elegantes que adquieren relevancia al acompañar apellidos que son esencia del mundo. Hay muchos hombres con el nombre de Julio, de Mariano y de Emilio. ¿Cuántos se llaman Eraclio? No hay muchos. Hay muchos Zepeda, pero sólo un Laco Zepeda, y el día de la entrega del Sombrero de la Ocurrencia, él estuvo platicando y riendo rete harto en la mesa de honor. En enero del veinte veintidós se reúnen los integrantes de la Rial y muchos amigos. No estará Laco, pero en su lugar estarán muchos grandes de allá y de acullá. ¡Ah, la belleza de la vida!

martes, 11 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON EL ROSARIO DE JAIME (segunda y última parte)

Querida Mariana: el poema “Recado a Rosario Castellanos”, de Jaime Sabines, es un testimonial de la vida ante la muerte. En la primera parte del poema, Jaime nos entrega un vitral luminoso de la personalidad de su amiga. Ya, más sosegado, después de llamarla tonta, ¡retonta!, Jaime deja en segundo plano la imagen desnuda de Rosario y comienza a desnudarse él, da imágenes de lo que siente; en primer lugar le manifiesta que la quiere y que le duele “pensar que traen tu cuerpo” y, ya, poeta después de todo, grandísimo poeta se pregunta: “¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible rasparla de la lámpara, recogerla del piso con una escoba?” Los lectores sabemos que Jaime escribe este poema en Sinaloa, en algún lugar donde hay una alberca, desde ahí, lejos del Chiapas de ambos, insiste en su dolor y describe el protocolo a que fue sometido el cadáver de su amiga: “¡Cómo duele, te digo, que te traigan, te pongan, te coloquen, te manejen, te lleven de honra en honra funerarias!” Jaime, en tres versos, nos regala la imagen del vaivén que provocó ese “ratoncito”, falleció el 7 de agosto en Tel Aviv, el día 8 de agosto llegó su cuerpo a México (en un avión de belgian world Airlines), el nueve de agosto hubo un homenaje en el Palacio de Bellas Artes y ese mismo día fue enterrada en lo que se llamaba Rotonda de los Hombres Ilustres (hoy se llama Rotonda de las Personas Ilustres). En medio de una tarde lluviosa, de la multitud bajo paraguas o sacos cubriendo las cabezas, su ataúd fue conducido por seis cadetes del Heroico Colegio Militar. La entrada a la Rotonda está en Avenida Constituyentes, la misma donde ella tuvo su residencia. Jaime pide que no le hagan a él “esa cosa de los Hombres Ilustres, con una chingada”. A Rosario sí se lo hicieron, sus restos mortales reposan en la Rotonda. Jaime fue enterrado en el Panteón Jardín, de la Ciudad de México, sus biógrafos dicen que él pidió ser enterrado al lado de sus padres, el Mayor Sabines y doña Luz. Ningún lector interesado en la vida de Rosario buscaría datos de ella en un libro de poesía de Jaime; sin embargo, en la primera parte de este poema, Jaime la retrató de cuerpo entero. Rosario, dice Jaime, dedicó su vida a la soledad y al amor, por eso fue una tonta; y fue retonta por desvalida, por inerme, “por estar ofreciendo tu canasta de frutas a los árboles, tu calor al desierto, tu agua al manantial, tus alas a los pájaros” Y sin embargo, los lectores del mundo sabemos que los árboles recibieron sus frutos, el desierto se ennobleció con su calor, el agua de Rosario se incorporó al manantial de agua limpia y los pájaros volaron más alto. El “ratoncito”, que presumía de tigre, se abrió paso en medio de la jungla y se volvió árbol y manantial. Posdata: Jaime la conoció a cabalidad, fue uno de sus íntimos amigos. Su poema tiene el trato coloquial que se dispensa al cercano. Jaime padeció la muerte de Rosario Castellanos. Al final poeta, Jaime retrató a Rosario con un trazo bordado con palabras. Le habla a la amiga muerta, como si estuvieran sentados frente a frente, ante una mesa, bebiendo una cerveza y comiendo botanitas chiapanecas.

lunes, 10 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON EL ROSARIO DE JAIME (primera parte)

Querida Mariana: Jaime fue amigo íntimo de Rosario. Cuando Rosario murió, Jaime escribió un poema. Quienes buscan biografías de Rosario Castellanos no piensan en Jaime como biógrafo de ella. Pero, ahora te pregunto, ¿no pensás que en el poema que le escribió, Jaime nos dijo mucho de la personalidad de su amiga? Al principio le dice tonta, se lo repite. ¡Pucha! ¿Quién se atreve a decirle tonta a una de las mejores escritoras mexicanas del siglo XX? ¡Jaime! ¡Su amigo Jaime! Y lo hace porque, eso lo consigna al final, lo escribe en un estado donde el enojo le hace vomitar palabras que en otras condiciones resultaría ofensivo. ¿A quién le gusta que lo llamen tonto? Al final del poema, Jaime dice: “Ya no estoy enojado. Hace mucho calor en Sinaloa. Voy a irme a la alberca a echar un trago”. Ahí está Jaime de cuerpo completo. Vomitó su dolor, su coraje, ante la muerte de la amiga y luego, más sosegado, va a tomar su santo trago, el gran mitigador de las penas indecibles, otro gran amigo del poeta bohemio. En el segundo verso, Jaime dice que “sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara”. Su enojo le hace reclamarle a su amiga haberse muerto en un accidente tan casero, tan ínfimo; pero, en el primer verso nos da una opinión personal acerca de la vida de Rosario. En el primer verso, de entrada, la trata de tonta, pero explica el porqué: “sólo una tonta podía dedicar su vida a la soledad y al amor”. ¿Mirás? Ahí hay un rasgo biográfico contundente. Jaime le dice a su amiga que él siempre la vio hipotecar su vida en el recorrido de dos senderos donde la luz está ausente: la soledad y el amor. Rosario, después de todo, fue hija única desde el fallecimiento prematuro de su hermanito y quedó huérfana a edad temprana. Su soledad fue acompañada con el amor que le destinó a Ricardo, que fue como decir ¡nada!, porque Ricardo fue ojito alegre y no tuvo mayor atención para su compañera. Acá pues, en apenas un verso (privilegio de ojo poético) Jaime define a su amiga Rosario y la llama tonta por dedicar su vida a ese río seco. Y va más allá. Le dice: “…desperdiciada lámpara de día eras tú”. Es una imagen contundente. ¿De qué sirve una lámpara prendida cuando hay luz de sol? ¡De nada! Al contrario, es gasto de energía eléctrica. Acá, Jaime le dice que gastaba su energía personal en el recorrido de esos senderos. ¿Mirás? Apenas llevamos tres versos del poema de Jaime Sabines y ya nos descubrió parte importante de la personalidad de Rosario. En el siguiente verso, Jaime ya es un caballo desbocado, ya no se detiene ante el muro de dolor, lo salta y no sólo tonta le dice a Rosario, sino que, como Cornelio Reyna, se trepa a la nube más alta y le dice: ¡retonta!, “…rechayito, remadre de tu hijo y de ti misma”. ¿Es sólo el dolor lo que motiva a Jaime? Sí, la verdad es que sí, pero él tiene a Rosario como un espejo, la ve frente a frente y le habla a través de la grieta del enojo: “Huérfana y sola como en las novelas, presumiendo de tigre, ratoncito, no dejándote ver por tu sonrisa, poniéndote corazas transparentes, colchas de terciopelo y de palabras sobre tu desnudez estremecida” Jaime la conoce bien, le dice ratoncito y advierte que se escudó a través de su sonrisa, de corazas, de colchas bordadas en palabras, pero que, al final, no era más que una mujer con “desnudez estremecida”. Posdata: los amigos nos conocen más allá de corazas, de los estatus. Con los amigos nos quebramos cuando nuestros cristales están fracturados y con ellos recogemos los pedazos para tratar de unirlos.

domingo, 9 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON DIVERSAS COSTUMBRES

Querida Mariana: ¿qué es un maquinista? Sí, ¡eso!, pero en Turquía, además, es otra cosa. Parece que en todos los idiomas del mundo, las palabras no sólo nombran una acción u objeto, las palabras del mundo tienen la capacidad de nombrar dos o más esencias. Y digo esto, porque me sorprendió encontrar en la novela “La vida nueva”, de Pamuk, Premio Nobel de Literatura, escritor turco, la información de que la palabra maquinista la empleaban para nombrar al proyeccionista de una sala de cine. Lo que acá es Cácaro, allá es ¡Maquinista! ¿Por qué? Quién sabe, pero así es. Si la proyección se detenía, los espectadores gritaban: ¡maquinista, maquinista!, en México, gritaban: “¡Cácaro, cácaro!”, y en el pueblo gritábamos “¡Saborío, Saborío!”, apellido de don Ricardo, el proyeccionista del Cine Comitán. Vos sos una niña bien decentita y no usás palabras altisonantes, pero tal vez en alguna ocasión has escuchado que alguien dice: “Hijo de su turca madre”. ¡Pucha! Pamuk sí fue hijo de su turca madre. ¿Por qué acá alguien emplea lo de hijo de su turca madre, en forma ofensiva? ¡Misterio! Cuando leí la novela de Pamuk imaginé el relajo en la sala, los espectadores viendo hacia donde estaba el hueco del proyector, parados, con las manos en alto, gritando: ¡maquinista, maquinista!, y no se calmaban hasta que el proyeccionista arreglaba el desperfecto y la cinta continuaba. Los creadores de mitos dicen que la palabra cácaro nació porque un proyeccionista en la Ciudad de México era cacarizo, cácaro era su apodo. La única certeza es que el término se difundió y en toda la república mexicana se le decía cácaro a quien en las salas cinematográficas de Turquía (según Pamuk) le decían ¡maquinista! Ahora, ¿de dónde sacaron los turcos decir maquinista al cácaro? ¿Porque era el conductor de ese tren maravilloso que se llama cine? El cine, al lado de la literatura, es el gran transporte para llevarnos a viajar, viajamos en burro (como Sancho Panza), en caballos (como el Cid Campeador o el Quijote), en submarino (como el personaje de Julio Verne), en globo aerostático (como el personaje, también de Verne, en la novela “La vuelta al mundo en ochenta días”), o en cohete espacial (¡bárbaro el tal Julio Verne!, como su personaje “De la tierra a la luna”), o en alfombra voladora (como el personaje de “Las mil y una noches”), o en tren o sobre un enormísimo chucho volador o sobre un avión o sobre nubes o al lado de un compa que se da los tres toques de marihuana. El cine, al lado de la literatura, nos muestra todas las esquinas de la vida. Las esquinas del mundo tienen diversos tonos, diversas modalidades. Antes de la pandemia acudía todos los domingos al cine y extrañaba los gritos y el ambiente que se daba en el Cine Comitán en los años sesenta. Los cinéfilos de estos tiempos no saben que antes los rollos se trababan en los proyectores, incluso se incendiaban (recordá la película “Cinema Paradiso”, donde se incendia el cuarto de proyección y Alfredo, el maquinista-cácaro, queda ciego). Cuando la proyección se detenía, en los cines mexicanos aparecía el grito ¡cácaro!, y en Turquía el grito ¡maquinista! (makinist). Digo que extrañaba los gritos de los cinéfilos comitecos, porque (todo mundo lo ha dicho), cuando en la sala se presentaba una película de Santo, el enmascarado de plata, el grito de ¡Santo, Santo, Santo!, era intensísimo, como una ola de esas que hacen en los estadios de fútbol. Imagino que en todas las salas del país se repetía la historia. La imagen de ese luchador fue el santo que nos unió a todos, creyentes y no creyentes. Hay religiones donde los santos están prohibidos, pero la religión del cine agrupaba a todos. Ahora las cintas ya no se traban en los proyectores, ni mucho menos se queman. Lo más relevante que me sucedió un domingo fue que el sonido estaba altísimo, como para sordos, salí de la sala y le pedí a un ejecutivo de Cinépolis que lo regularan. El ejecutivo me preguntó en qué sala estaba, le dije, cuando volví a mi asiento, el desperfecto estaba solucionado. La sala casi estaba vacía, porque era función de matiné. Ah, extrañé mis años de infancia, cuando en la matiné se llenaba de muchachitos que, emocionados, gritaban ¡Santo, Santo!, o ¡Cácaro! Posdata: el lenguaje es maravilloso. Nos hace travesuras cada vez que un término sirve para designar dos o más actos u objetos. Muchas veces hemos platicado el clásico ejemplo de la palabra armonía en Comitán, en todo el mundo se aplica como un estado de paz, acá significa inquietud, “resmolición”. El lenguaje es travieso.

sábado, 8 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON AROMAS

Querida Mariana: el mundo huele. Sí, los terrícolas aún no tenemos un registro de los olores de Marte o de Mercurio, pero sí sabemos que los pueblos de nuestro mundo ¡huelen! Algunos huelen bien, y otros no tanto, como las personas. No sé si tu novio te lo ha dicho, pero vos tenés un aroma exquisito. ¿Huelen los ángeles? En los cuentos vemos que los demonios sí huelen, huelen feo, a azufre, dicen. ¿Huele el cielo? Si los demonios huelen, el infierno debe apestar como mercado de pescado podrido. El otro día, en una llamada por celular, platiqué con Irene y salió el tema de los aromas. Ella dice que en su patio tiene un arbolito de limones que, de manera permanente, da florecitas y eso le permite aspirar el aroma del azahar, que es su favorito. No sé si hay arbolitos de limones que den flores todo el año, pero Irene dice que sí. Y digo esto porque hace rato hojeé el libro “Comitán, mi libreta de apuntes”, del maestro Gustavo Alfredo Álvarez Figueroa, en él tiene una sección donde habla de comerciantes comitecos. Quedé sorprendido ante la relación de diversos negocios del Comitán de mediados del siglo XX. En cada uno de los locales mencionados pude sentir el olor característico. Una vez, un grupo de alumnos de la Universidad Mariano N. Ruiz realizó una presentación de hierbas locales que se emplean en la medicina tradicional y una chica dijo: “Huele al cuarto de mi abuelita”. Me encantó esa comparación. Entendí que la abuelita tenía pomitos donde conservaba hojitas de albahaca, ruda, romero, árnica y, tal vez, unas poquitas de mariguana que, dicen, es buenísima para mitigar ciertas dolencias. La chica recordó el aroma del cuarto de su abuelita. Estamos de acuerdo que en las casas las recámaras también tienen aromas especiales; es decir, no huele igual el cuarto del niño de dos meses, que el cuarto de la chica de diecisiete años o el cuarto donde duerme el tío que es medio bolo o el cuarto del abuelo de noventa y dos años. Cada espacio tiene su aroma especial. Mirá qué dice el maestro Gustavo Alfredo Álvarez Figueroa, quien fue maestro de primaria en el glorioso Colegio Mariano N. Ruiz y ahora radica en el estado de México: “…Siempre funcionaron para autoconsumo panaderías, zapaterías, talabarterías, platerías, sastrerías y talleres de costureras para la ropa de mujeres y niños, herrerías, curtidurías, hojalaterías, coheterías, talleres de hilados para manteles, servilletas y rebozos, fábricas de aguardiente, la fábrica de gaseosas “La brisa chiapaneca”, una fábrica de jabón de bola que dio origen al Cenicero…” Ve qué bonito repaso hizo el maestro Alfredo. Comenzó con las panaderías, ah, el aroma y calorcito que salen de los hornos es esencia que se pega en el espíritu de los seres humanos para siempre. Las zapaterías y talabarterías son como primas hermanas, porque al entrar a esos locales uno siente de inmediato el olor a cuero y a tinturas, que son olores penetrantes. Si acá hacemos una pausa todo mundo estará de acuerdo en que el aroma del pan es el predilecto, porque los alimentos nos inspiran más sensaciones corporales y espirituales. Hemos platicado en muchas ocasiones cómo los aromas de algún guiso que probamos siendo niños nos renueva emociones. Pero, de igual forma, si estamos atentos a los aromas que brotan de pronto podemos tener experiencias sensoriales únicas. Por ejemplo, cada vez que abro una lata de grasa para calzado recuerdo con emoción a un tío que era zapatero remendón y se quedaba en la casa los dos o tres días que permanecía en Comitán hasta que partía para otra ciudad, ofreciendo su trabajo. El maestro Alfredo mencionó las platerías. Acá aparece otro tipo de aroma, muy diferente a los anteriores. Está presente el fuego, como en la panadería, pero el fuego que emplean los plateros no proviene de la quema de leños. En las platerías asoma un olor cercano al que aparecía en el laboratorio de química de secundaria, porque por ahí hay algunas sustancias químicas. Hermilo dijo que a la relación del maestro Alfredo hay que agregar la de la fabricación de velas y candelas, porque dice que él recuerda mucho el aroma de la cera derretida. Cuenta que en casa de su abuela Rita tenían la costumbre de rezar el rosario todas las tardes. A él lo mandaban a prender las velas y veladoras, era una encomienda que le gustaba, porque, para que el altar estuviera limpio, antes de prender las candelas raspaba la superficie y reunía toda la cera derretida, ya seca; formaba una bolita que llevaba a su nariz para aspirar el aroma de la cera, sus dedos quedaban lustrosos. ¿Y las sastrerías y los talleres de costura? Esos espacios no son de olores fuertes, como los descritos, o como los de curtidurías o coheterías (la pólvora, Dios mío), pero las telas sueltan aromas sutiles. Tengo una prima que, de niña, se sentaba a mi lado a la hora que jugábamos damas chinas y tomaba un pedazo de su falda, lo frotaba como si lo lavara y luego lo llevaba a su nariz. Yo veía cómo su carita se iluminaba. Cuando Irene me contó lo del azahar pensé en mi prima (era Rosy, si llega a leer esto no se molestará, porque nada malo hacía). Ahí descubrí que el frotamiento permite despertar esencias. Cuando veo que alguien toma un fruto, un durazno, una manzana o una pera y veo que lo frota sé que esa persona sabe que cada sustancia en el mundo tiene un aroma especial que debemos disfrutar. Una de las experiencias sensoriales más plenas fue una vez que caminé por un sendero rodeado de árboles de chicozapote. Muchos frutos, ya maduros, habían caído y sido pisados. El aroma que me llegó como una mano gigantesca fue impresionante. Jamás había vivido algo semejante, el aroma brotaba como planta recién germinada. Pensé que quienes pisan y muelen las uvas en una cuba deben tener una sensación similar, todo el efluvio asciende a la nariz y abraza a todo el cuerpo. Fábricas de aguardiente mencionó el maestro Alfredo. En esos años hubo muchos lugares en Comitán donde preparaban el famosísimo comiteco. Si algo caracteriza a los catadores de una bebida espirituosa es el movimiento que hacen al acercarse el vaso a la nariz, la mano hace un círculo para que el líquido se mueva. Imagino que es como lo que hacía mi prima Rosy: provocar el choque de las células para que brinquen los aromas seductores y exploten en un haz de luz. Hay aromas sublimes y aromas groseros, incluso asquerosos. En cada estación del año el mundo cambia sus aromas. Hay días de aromas inolvidables, la noche del fin de año tiene olores que no se dan en otras noches. Las ciudades tienen también aromas exclusivos. En Comitán celebramos cumpleaños con un platillo que encanta a muchas personas: chanfaina, hecha de vísceras de animalitos (¿borregos?). Conozco a dos o tres personas en el pueblo que la aborrecen, no soportan el olor, menos el sabor. Los aromas remueven recuerdos, abren la ventana donde corre un aire fresco y aires tenebrosos. Muchos aromas nos remiten a la infancia y a la adolescencia, al chocolate que nos servía la abuela, la galleta que preparaba la tía, el puro que fumaba el tío, las chamarras de la cama del abuelo, los jocotes en el árbol del sitio de la casa, la plastilina a la hora de modelarla, el aserrín a la hora de preparar el nacimiento, el árbol de ciprés, el vómito a la hora que la mamá nos obligaba a comer lo que no nos gustaba, el perfume de las prostitutas, los urinarios de las cantinas, el callejón oscuro donde caminábamos para ir a casa de la novia. Los cuerpos tienen distintos aromas dependiendo de la zona. En salones de clase todos vivimos la experiencia del compañero que le apestaban los pies o del maestro que le apestaba la boca a cigarro o a caca por dentadura con caries. Posdata: en la casa de infancia, mi papá vendía refrescos embotellados, era distribuidor de la Coca Cola, recuerdo a una niña (siete u ocho años) que llegaba con una bolsa a comprar diez o doce refrescos, siempre olía a pipí, su vestido tenía manchas. A mí, al principio me desagradaba atenderla, cuando su olor me abofeteaba, pero un minuto después la contrariedad cambiaba, me sentía atrapado en ese aroma. Yo tenía su misma edad, más o menos. El mundo huele. El olor de Comitán se ha modificado con el tiempo. Los olores del Comitán de los años cincuenta de los que habla el maestro Alfredo se han modificado. Por fortuna muchos aún subsisten. Si caminás por la bajada a San Sebastián, donde está el Súper San Luis, todavía existen los olores de las pieles, cueros y tinturas de las talabarterías. A mí me encanta tu aroma. ¿A qué huelen los ángeles?

viernes, 7 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE YO SÍ CONOCÍ A LOLITA ALBORES (Parte 15)

Querida Mariana: en esta serie de cartas comento con vos una crónica que doña Lolita escribió en agosto de 2002, dentro de ocho meses hará veinte años. En esa crónica escribe sus impresiones del tiempo que vivió con Rosario Castellanos, es una crónica de primera mano con rasgos biográficos de una de las más grandes escritoras de México del siglo XX. Todo mundo sabe que en Comitán, Rosario tuvo una “cargadora” (que en realidad no ejerció tal encomienda, porque la cargadora era casi de la misma edad de la futura escritora). Esa niña llegó a la casa de la familia de Rosario a la edad de seis años. Don Trinidad Abarca, papá de la niña María, quien se dedicaba a construir capillas en el panteón municipal de Comitán, “regaló” a su hija con la familia Castellanos Figueroa y la niña creció al amparo de los papás de Rosario. ¿Querés mirar qué dice doña Lolita de María Abarca, más conocida como María Escandón? Acá va copia de un párrafo: “María Escandón fue la mujer que cuidó a Rosario cuando grande y hasta que la dejó casada regresó a Chiapas. Vivió en la Posada Na-Bolom, en donde murió en el año de 1994; cuidó de Rosario, la acompañó en sus enfermedades y en los mejores momentos. Quiso mucho a doña Adriana a quien también cuidó y a don César; a ambos los vio morir y después quedó con Chayito. De ella guardo una gran gratitud y cariño pues conmigo también fue muy buena cuando viví en casa de Rosario. Ya viviendo en San Cristóbal siempre me visitó”. Doña Lolita sintetiza la vida de María, quien estuvo al lado de Rosario desde el año treinta y tantos hasta el cincuenta y tantos. Cuando doña Lolita llega a vivir a casa de los papás de Rosario, doña Lolita también convive con María Escandón, dice: “…de ella guardo una gran gratitud y cariño, pues conmigo también fue muy buena…” María, de acuerdo con los datos biográficos, fue una mujer entregada a la familia. Cuidó a Rosario (cuentan que cuando llovía ella la acompañaba a tomar el autobús para la universidad y estaba pendiente del regreso de Rosario universitaria, con un paraguas, para que Chayito no se mojara) y cuidó a los papás. Cuando don César tuvo una enfermedad, María fue una fiel sirviente, lo mismo sucedió con la enfermedad de doña Adriana. Doña Lolita comenta que María Abarca (Escandón) falleció en 1994. Lo que no consignó es el día. La biografía de doña María Abarca dice que murió el 6 de enero. ¿Sabés cuándo murió doña Lolita? Sí, qué coincidencia, también falleció un 6 de enero, el 6 de enero de 2006, doce años después de María. Biógrafos de Rosario tuvieron oportunidad de platicar con doña María Abarca (ya viviendo en Na-Bolom), porque, igual que doña Lolita, ella tenía datos de primera mano, su testimonio fue fundamental, porque, como ya se dijo, ella vivió más de treinta años con Rosario, la vio crecer, supo de sus juegos de niña, de sus motivaciones de adolescente, de sus inquietudes universitarias y del instante en que, como Moisés, abrió los brazos, para caminar en medio del mar de la gran ciudad, ya sin la presencia de sus padres y con la cuerda del enamoramiento desenfrenado por Ricardo Guerra. Los biógrafos dicen que una de las peticiones que doña Adriana le hizo a María fue que no descuidara a Rosario, que siguiera siendo “la cargadora” de los agobios de la siempre niña. Y María cumplió, porque no dejó la casa hasta que Rosario se casó con Ricardo. Ahí terminó su misión, que comenzó en el Comitán de los años treinta. Posdata: puede parecer una declaración fuerte cuando se dice que María fue “regalada” por su papá a la familia Castellanos, pero en ese tiempo se daban esos casos. Alguien dejaba a uno de sus hijos al cuidado de una familia pudiente, porque eso significaba deshacerse de una boca para mantener. María tuvo alimentos y un techo.

jueves, 6 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON GAJOS DE HISTORIA

Querida Mariana: la historia cuenta que los conquistadores españoles llegaron e hicieron destrozos. Como dominadores eliminaron elementos esenciales de la cultura prehispánica a fin de insertar su cultura. Por ahí hay el nombre de un fraile (Diego de Landa) quien quemó códices mayas. ¡So bestia! La historia no debe alterarse, porque de lo contrario tenemos una visión parcial de la vida. La vida está conformada por blancos, negros y grises. Eso debe respetarse. Sé que el simpatizante de un partido político de izquierda no comulga con los personajes de la derecha y viceversa, pero en los países “democráticos” la historia no recomienda el olvido, como hacen los países autoritarios, quienes (igual que los conquistadores españoles) queman los “códices” anteriores para cambiar el ritmo de la historia. El otro día, tomalo con las reservas del caso, escuché de voz del intelectual Benito Taibo que una tarde llegó su tocayo Benito Juárez al Castillo de Chapultepec, tiempo después de que ejecutaran a Maximiliano de Habsburgo y uno de los asistentes (nunca faltan) dijo que había que eliminar todo lo que oliera a don Maximiliano y Benito Juárez lo paró en seco y, más o menos, dijo que eso era parte de la historia. ¡Ah, don Benito era un tipo listo, genial! Ahora, quienes asisten al Museo Nacional de Historia, del Castillo de Chapultepec, tienen una visión general de la historia de ese espacio, fundamental para la historia del país que está formada por rasgos de don Max y de don Beni. Los visitantes pueden, incluso, ver la vajilla de Maximiliano. Los relieves que tiene esa vajilla son elementos culturales, son huellas que sirven a los historiadores para darnos luces acerca de ese periodo histórico. Los investigadores saben que cada elemento, por mínimo que sea, ayuda a conformar el rompecabezas de la identidad. Necesitamos más personas que tengan la sensibilidad e inteligencia de don Benito Juárez. Digo esto, querida mía, porque el otro día sugería que un Consejo Ciudadano se encargue de velar por los nombramientos de espacios públicos. La historia es integral, holística. Si algo se elimina se vuelve un órgano incompleto. A mí me encantan las autobiografías de personajes célebres, donde cuentan sus luces y sus sombras. En la vida de cada ser humano todos los instantes cuentan. Hay historias de santos que cuentan momentos dramáticos, donde su camino no era la luz que luego los llevó a la santidad, cuentan sus bajadas al infierno. La biografía es más intensa en la medida que el personaje muestra todas sus facetas humanas. La biografía de la humanidad necesita de todos los elementos, nada debe eliminarse. La costumbre de nombrar espacios públicos debe preservarse, debe procurarse para reconocer las actividades de personajes célebres y relevantes en todas las disciplinas del quehacer humano. En Comitán, como en cualquier lugar del mundo, hay muchas personas que, con su oficio, han dignificado nuestra sociedad, la han hecho especial, única. A ellos hay que reconocerlos, pero sin alterar la historia. Digo que una persona con ideología izquierdista coloca en su altar un santo socialista; y una persona con ideología conservadora a un santo de derecha. Pero, la historia nacional no tiene más color que los de la bandera. El muro que contiene los retratos de todos los presidentes de la república no permite espacios vacíos. Cada uno ha llenado un momento importante de la historia, los claroscuros sólo indican los altibajos de la vida. Ya dije que en las dictaduras procuran eliminar las historias anteriores, a fin de que sólo exista la historia del supuesto salvador del mundo, esto pasó en la china de Mao. Posdata: mencioné en una carta anterior que debe existir en este pueblo un Consejo Ciudadano que esté pendiente de los nuevos “bautizos” y que sea el que sancione los nombres para los nuevos espacios públicos. Recordemos que el pueblo le pertenece ¡al pueblo! Benito Juárez puso el ejemplo, la historia no debe borrarse, al contrario, debe fortalecerse el tono de los claros, pero también de los oscuros. Que de acá en adelante no exista la tentación de modificar nombres de espacios que forman ya parte de nuestra historia; que, de acá en adelante, los nombres de espacios públicos sean orgullo de todos.

miércoles, 5 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, DESDE LA OFICINA (segunda y última parte)

Querida Mariana: en casa no tengo estudio ni biblioteca, improviso oficinita, así como cuando niño improvisaba casas de campaña colocando sábanas y cobijas en una mesa grande y ponía un petate en el piso interior y muchas almohadas. Pero, en compensación, tengo la dicha de estar acompañado por las mascotas. Acá me acompaña el Misha (gatito que ya falleció). Esta fotografía es del 2011, con mesita y silla cantineras. Después de ser director del Colegio, se creó el nivel de bachillerato y fui nombrado subdirector, ahí tuve una oficina de dimensiones regulares, con un gran ventanal que daba a la calle y que tenía una división de madera de pino, barnizada. De igual manera, nadie me acompañó en ese espacio, al lado estaba una antesala donde compañeras secretarias me avisaban si alguien tenía urgencia de hablar conmigo. Viajé a Puebla y estuve nueve años allá. Cuando construyeron la casa (frente a Ciudad Universitaria, de la Benemérita) adecué un estudio con un restirador y ahí trabajé las cajitas y cuadros que vendíamos en el bazar de Los Sapos. Regresé a Comitán en 2008 y me incorporé a mi Colegio como coordinador de la Universidad Mariano N. Ruiz y la oficina que tuve fue la que viste ayer en la fotografía, luego hubo necesidad de que ese espacio que era muy generoso sirviera para el Rector y me pasé a una oficina breve con dos escritorios, un librero y un ventanal maravilloso que daba al patio central; desde ahí observaba el movimiento genial que se da en las escuelas. Como el Campus de Los Sabinos atiende niveles de secundaria, bachillerato y universidad, ya podés imaginar la riqueza de movimiento que se da. A veces imaginaba estar en la proa de un barco bellísimo viendo un mar donde brincaban y nadaban delfines, peces de colores, peces espada, mantarrayas, una orca, dos ballenas y, en una ocasión, un Jesús caminando sobre el agua. Los patios escolares son la manifestación más plena de la vida, ahí se concentra en plenitud la alegría y, también, la cuerda de lo dramático; hay risas y llanto. La representación de la vida está en el teatro de esos espacios comunes. En 2012 el presidente municipal, Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, me invitó a integrarme a su equipo como director de cultura, ocupé una oficina en un edificio donde compartíamos espacio con el IMPLAN, las losetas del piso se levantaban y alguien comentaba que si sucedía un temblor, así se hundirían y con ellas ¡nosotros!, pero nada sucedió y al poco tiempo nos trasladamos al remodelado Pabellón Municipal y estrené oficina, con cristales que daban al espacio donde estaban mis compañeros de la dirección. Ahí se instalaron otras direcciones del ayuntamiento. Dos días después del estreno, todos los directores firmamos una atenta solicitud al presidente municipal donde pedíamos, casi casi en forma urgente, ventiladores para cada uno de los espacios. No sé si alguien ya comentó que el diseño de los techos paraboloides del arquitecto Candelas son de sublime estética, pero en el interior (cuando menos en el pabellón que originalmente fue mercado) concentra un calor de los cuatrocientos ochenta y dos demonios ¡endemoniados! Cuando regresé a mi glorioso Colegio Mariano N. Ruiz en mi anterior oficina ya estaba la nueva coordinadora de la Universidad. El rector me nombró Director de Difusión y Extensión Universitaria (cargo que me honra hasta la fecha) y acondicionaron un salón para que ahí estuviera mi oficina. El mayor espacio de ese espacio se destinó a una sala de exposiciones que se llama Sala de Arte Carlos J. Mandujano, en honor a nuestro fundador, y detrás de una división se colocaron dos mesitas con sus correspondientes sillas para que trabajáramos Paty, mi asistente, y yo. Sólo había dos sillas frente a mi mesita para atención de visitantes, por eso, cuando llegaba un grupo mayor de alumnos, cinco o seis, la mayoría asomaba su cabecita como pajarito, desde el acceso. Posdata: llegó la pandemia y en casa improvisé mi oficina, tengo pocos libros en un estante, dos mesitas de plástico duro y patas metálicas en la sala, me siento en un sofá de madera de cedro. Mi oficinita está al lado de un ventanal que da al patio que sirve de cochera. Desde marzo de 2022 no he tenido ningún visitante de afuera. Desarrollo una intensa labor, porque tengo de aliada la ansiada soledad que busca el creador, pero (como medio mundo) extraño el contacto con los otros. Tengo bien afianzada, querida mía, la esperanza de que en este 2020 la pandemia irá cediendo en su agresividad, por el momento se advierte un tiempo de contagios severos, pero algunos científicos advierten que luego puede comenzar una meseta donde el mundo deje de patalear y regrese la posibilidad de una vida menos incierta.

martes, 4 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, DESDE LA OFICINA (primera parte)

Querida Mariana: esta fotografía es de 2010. Estoy en mi oficina del Colegio Mariano N. Ruiz. Un espacio amplio, rodeado de libros y de chunches electrónicos para hacer el trabajo. Ahora, te escribo desde casa, acá he improvisado una oficina para realizar trabajo virtual, desde la pandemia. Vos también estás en casa, pero antes de la pandemia estuviste en la oficina haciendo tu trabajo del día a día, con tus tres compañeros de trabajo. No sé en cuántas oficinas has laborado durante toda tu vida, yo he pasado por varias. En algunas he tenido compañeros con quienes he compartido espacio laboral, en otras he permanecido solo. No me preguntés cuál ha sido el espacio ideal, porque sabés que cada uno tiene sus ventajas y desventajas. La compañía es buena, pero (me conocés), la soledad tiene su encanto. Por experiencia propia reconozco que trabajo mejor cuando estoy solo, porque no hay interrupciones ni la tentación de ponerse a tijeretear honras ajenas. Cuando he estado solo en alguna oficina si de pronto aparece la asfixia que causa la separación, he abandonado la oficina y, sentado en alguna banca, he vivido la experiencia del contacto humano, viendo la gente caminando, trepando a los camiones urbanos, riendo, empujándose afectuosamente, corriendo, llevando globos en sus manos, comiendo nieve, cubriéndose con paraguas, brincando charcos, cubriéndose los ojos ante la avalancha de humo que suelta un autobús asmático. ¿Cuál fue la primera oficina en la que laboré? Fue el cuarto de una casa en la colonia Nápoles, a una cuadra de Insurgentes Sur, en la Ciudad de México, era finales de los años setenta. Como era una casa, la habían acondicionado para que funcionara como oficina, recuerdo que tenía un gran ventanal y un closet empotrado en la pared. En el closet guardábamos los trabajos que realizábamos tres dibujantes. Mis compañeros de trabajo eran arquitectos, yo era estudiante de arquitectura en la UVM. Cada uno de nosotros tenía un restirador, el espacio donde nos movíamos era reducido, debíamos tener mucho cuidado al caminar para no topetearnos con un restirador y perjudicar el trabajo delicado que hacíamos. La oficina nos servía también como restaurante, porque cuando teníamos encargos urgentes y nos quedábamos a trabajar toda la noche y parte de la madrugada me mandaban a comprar refrescos, papas fritas y hamburguesas para cenar. Retirábamos las láminas de uno de los restiradores y parados cenábamos. La convivencia (lo mirás) era estrecha, estrechísima, a veces agobiante, cuando me asfixiaba, tomaba un libro, decía que iba al sanitario, pero lo que hacía era bajar al jardín de la parte trasera y leer dos o tres páginas, recargado en un árbol que no sé de qué familia era pero daba unas flores color naranja bien bonitas. Luego, ya en los años ochenta regresé a Comitán y trabajé con mi papá en la casa, por así decirlo heredé su oficina, que era un espacio de tres por cuatro, con una ventana grande que daba a la calle. Ahí dejé el restirador y tuve un escritorio metálico con una silla de madera con coderas. Me dedicaba a la venta de triplay, Romeo era un muchacho que me ayudaba a cargar las piezas en la camioneta de reparto o en los vehículos de los clientes, él permanecía en la bodega, por lo que la oficina era sólo para mí. Fue un espacio que disfruté mucho. Año y medio más tarde entré a laborar al glorioso Colegio Mariano N. Ruiz y después de un tiempo de impartir cátedra en secundaria, el padre Carlos, fundador de la institución, me nombró director de los tres niveles que en ese tiempo se impartían: preescolar, primaria y secundaria. Mi oficina fue la dirección general, un mítico espacio, que anteriormente fue ocupado por el padre Carlos y por el maestro Jorge Gordillo, de impecable y sobria belleza, con un amplio escritorio metálico, sillón acojinado y dos libreros metálicos con cristales. Ahí la dinámica se modificó, porque, por su esencia, la dirección siempre es visitada por padres de familia, personal académico o administrativo y alumnos, pero cuando llegaba a trabajar por las tardes no había nadie más. Ahí comprendí que las oficinas tienen una dinámica especial y sonidos únicos. Por contraste, la oficina de la dirección del Colegio Mariano me aportó el sonido más armonioso en las tardes, ya que en las mañanas era un rebumbio, en las tardes el silencio parecía multiplicarse y creaba una atmósfera mágica. Esto lo han vivido los actores en los teatros al término de la función o los trabajadores de salas cinematográficas cuando ya los cinéfilos las han abandonado. Posdata: ¿sigo contando mis ofiaventuras mañana? Gracias.

lunes, 3 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON DOS PREGUNTAS

Querida Mariana: vos y yo jugamos, jugamos con imágenes, con palabras, con recuerdos. A veces jugamos a brincar la cuerda o saltar sobre una rayuela (avioncito); a veces nos vendamos los ojos y jugamos a descubrir texturas (a veces metemos las manos en vasijas con arroz, con agua tibia, con frijol, con arena, con hormigas –de esas que no muerden). Hoy, sólo por jugar, te planteo dos preguntas. La primera es: ¿conocés a José Antonio Albores Pascacio?, y la segunda es: ¿qué ves en la imagen? Ambas preguntas tienen relación. José Antonio y yo coincidimos en aula del Colegio Mariano N. Ruiz, él era estudiante y yo maestro. De eso hace ya años. No obstante el tiempo, él (siempre generoso) me prodiga su afecto, que es bien correspondido. Si ponés atención, su apellido materno está relacionado con un apellido ilustre que tiene un lugar especial en la historia de las salas del cine de nuestro pueblo. Y digo esto, porque vos siempre estás interesada en el tema de las salas, de los directores, actores, actrices, y de las producciones cinematográficas. José Antonio es nieto de don Rafa Pascacio, el propietario de los cines Comitán, Montebello y Galaxia 2000. Don Rafa es el cimiento básico de la historia del cine en Comitán. Dije que ambas preguntas tienen un hilo que las une y el hilo es precisamente ¡el cine! Pregunté qué mirás en la imagen. ¿Qué dijiste? Cuando se la enseñé a Efraín dijo: ¡panes compuestos! ¡No, lo siento mucho, pero no son panes compuestos! Esta imagen es una imagen genial, porque es fotografía de seis tortas, pero son tortas especiales, porque están hechas con la receta sensacional, única, exclusiva, riquísima, con la que en los años sesenta y setenta y parte de los ochenta: ¡las tortas que vendían en el Cine Comitán, en el Cine Montebello y en los Cinemas Galaxia 2000! Te he contado que los taquitos y las tortas que vendían en las llamadas dulcerías de los cines eran una delicia. Todos los cinéfilos los disfrutaban y había personas que pedían permiso al boletero para entrar, “sólo a comprar tacos o tortas”. ¡Eran una delicia! Pues hace días, José Antonio Albores Pascacio me sorprendió diciendo: “Te traigo estas tortas, son hechas con la receta auténtica”. ¡Dios mío, qué bendición! Ahora, cuando vas al cine comprás palomitas, nachos, helados, gomitas y otras botanitas. Comés lo mismo si entrás a una sala en la Ciudad de México o en una sala en Monterrey o en Comitán. Los que asistimos al Cine Comitán, experimentamos la gloria gastronómica de productos únicos, exquisitos, originales. Cuando vi estas tortas supe que eran “las tortitas del Cine Comitán”, la mente envió mensaje a mi boca, ésta salivó y regresó el impulso eléctrico a mi mente para decirle a mi espíritu que ahí estaba una esencia sublime, amada, siempre estimulante. Muchos cinéfilos y degustadores de ese tiempo creímos que doña Lola (la que atendía la dulcería) era quien hacía los taquitos y las tortitas. Vivimos engañados. En noviembre de 2013, don Rafa Pascacio reveló la verdad en una entrevista que concedió y fue publicada en la gaceta Kujchil: “la gente pedía permiso para comprar tacos dorados, autoría de mi esposa. Mi esposa, que en paz descanse, los preparaba en la casa y se iban al cine semidorados, en ollas, para que allá se acabaran de dorar conforme el cliente los iba pidiendo. Por eso eran rápidos. Las tortas también se preparaban en casa”. ¿Mirás? Don Rafa dijo que las tortas también se preparaban en su casa. José Antonio, el nieto que honra la memoria de su abuela, al rescatar la receta original de las tortitas, dijo que en casa de sus abuelos había una cocina especial para preparar estas delicias que gozamos los asistentes al cine, en los años sesenta, setenta y parte de los ochenta. Posdata: un personaje de la novela “En busca del tiempo perdido”, de Proust, activa su memoria con el sabor de una galleta. Proust sabía que muchos recuerdos permanecen dormidos y brincan en automático con un aroma, con un sabor, con una cinta de luz. En las salas de hoy, todos los cinéfilos de México disfrutan los mismos sabores. En el Comitán de parte de la segunda mitad del siglo XX, los que acá vivimos disfrutamos recetas únicas que hicieron la diferencia en nuestro gusto, en nuestra vida. José Antonio le dio una torcedura al reloj y regresó el tiempo feliz, exquisito, sublime.

domingo, 2 de enero de 2022

CARTA A MARIANA, CON MUESTRAS DE VIDA

Querida Mariana: el tío Andrés no se rajaba. Durante el día dos o tres veces decía: “No nos rajamos”, ese dicho lo aprendimos sus sobrinos y sus hijos. Ahora, cuando me topo con alguno de mis primos sonreímos y dos segundos después decimos: “No nos rajamos”. El tío Andrés, por ejemplo, barría el patio y a punto de terminar decía: “No nos rajamos” y seguía barriendo hasta dejar relucientes los ladrillos. Y así, en cualquier actividad, cuando ya había avanzado repetía el dicho. Cuando ya había casi terminado la botella de tequila, la levantaba, quedaba viendo el poquito y decía: “No nos rajamos” y servía el resto en un vaso. Ahora en tiempo de pandemia he recordado en muchas ocasiones al tío Andrés. Cada vez que veo (en mi ventana virtual) actos de los paisanos digo que los comitecos seguimos al pie de la letra el dicho del tío, porque la vida, después de todo, es un reto al que hay que darle la mejor cara. Una vez que Rubencito estaba enfermo lo escuché decir: “Ay, reata, no te revientes, que es el último jalón”, él no se rajó y se curó, gracias a Dios sigue dando brincos en su patio particular. ¿Has pensado en cuántas personas, por convicción, no se rajan? El otro día escuché la voz siempre agradable del nevero: ¡nieve, nieve, nieve! Su voz se filtraba a través de la tela negra de su cubreboca; lo vi conduciendo su carrito, con los dos tambitos, uno con la nieve (¿de vainilla, de melón, de coco?) y el otro con los vasitos o los conos. Recordé las nieves que comía de niño. Las de mi niñez siempre fueron en barquillo. ¡Genial! La nieve era degustada a lengüetazos, lentos, sublimes, para que el goce dilatara más. Cuando mi mamá compraba un litro lo servía en un tazón y una cuchara. Era un disfrute delicioso, pero extrañaba el barquillo que se comía y hacía un maridaje estupendo con la nieve. El tazón de cerámica no podía comerse. Los dos contenedores del carrito del nevero son esencia perfecta. La nieve que es lo más importante no puede llegar a nuestras manos sin la ayuda de los chunches que se conservan en el bote chaparrito. El nevero pasó por la casa como a las once de la mañana. Imaginé que ya llevaba algún tiempo desde el momento que salió de su casa a ofrecer el producto que hizo desde más temprano. Los neveros se levantan muy temprano para preparar la nieve y luego salen de casa para recorrer muchísimas calles. Siempre los he visto con sombreros que los protegen del sol. Ellos no pueden renegar de los rayos del sol, porque éste les permite que tengan más venta, cuando el día es soleado más personas compran sus nieves. ¿Cuántos comitecos, al estilo del tío Andrés, dicen: “No nos rajamos”? Miles y miles. ¡No nos rajamos! Como dicen los colaboradores de CNN: ¡Acá estamos! A pesar de las piedritas, de los aludes, de las tormentas, de los tiempos difíciles, el mundo responsable sigue trabajando, colocando el ladrillito del día a día, para construir un porvenir con menos grietas, con menos vacíos. Comenzamos el año 2022 sembrando de nuevo ese gajito que da la esperanza, es un renuevo. Volvemos a pedir el milagro científico para que aparezca el parche que extinga esta pandemia. ¡No nos rajamos! Seguimos sembrando esperanza en medio de la incertidumbre, sabemos que las epidemias y pandemias que han asolado al mundo durante la historia de la humanidad se han diluido en algún momento. Las pandemias llegan, hacen el tiradero en casa y luego se pierden en las alcantarillas. ¿En qué momento se da el cese casi completo de la pesadilla? ¿En qué momento la vida retoma un rostro completo, sin cubreboca? Hay imágenes de una epidemia de peste del siglo XIX donde los niños llevan cubrebocas, tal como sucede en la actualidad. En algún momento, esos niños dejaron de cubrir sus caritas y mostraron sus sonrisas a plenitud. Esperamos que la ciencia encuentre la forma de mitigar este virus que ha torcido la vida durante los dos últimos años. Mientras tanto, ¡seguimos! ¡No nos rajamos! Seguimos barriendo el patio de la casa, dejando lustrosos los ladrillos, invitando a la gente a comprar la nieve, levantándonos temprano para preparar el contenido de los dos botecitos, bebiendo el rescoldo del tequila. Posdata: una tarde, el tío Andrés se enfermó y su reata se rompió en el último jalón. Ahí ya no hubo qué hacer, pero él nos enseñó que mientras la vida sigue recorriendo las calles ¡no nos rajamos!