viernes, 13 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON COSTUMBRES
Querida Mariana: así es nuestro modo. Si alguien, en cualquier parte de México, pregunta: ¿A qué hora llegó Mariana? Las posibles respuestas de alguien que ignora a qué hora llegaste son: “No sé”, “Quién sabe”, “Lo ignoro” o “Sólo Dios lo sabe”. Pero, ¿sabés qué respondemos en Comitán? “¡Saber!”
¿Qué tipo de respuesta es esa? ¿Saber? Sí, eso respondemos. Usamos la palabra para expresar desconocimiento, ignorancia.
¿Ya miraste qué contrasentido? Usamos la palabra saber como si fuera su propio antónimo. Bueno, bueno, ya dijimos que acá usamos la palabra armonía no para expresar un estado de quietud (como debería ser) sino como un estado de inquietud. Si un comiteco dice que tiene armonía, no significa que esté en estado de plenitud; al contrario, tiene un sentimiento que le provoca intranquilidad.
Ah, pucha, ya miro al maestro de música pidiendo a sus alumnos que busquen la armonía melódica. Uf.
¿Por qué usamos la palabra “saber” para expresar que no sabemos? Ahora, a mi pregunta, casi estuve a punto de responder: ¡saber!
En ocasiones he pensado que debo escribir un manual para que un visitante conozca estos vericuetos de nuestro dialecto.
Dos de las palabras que más me sorprenden son las anotadas. Somos rebeldes ante las definiciones de la RAE (Real Academia de la Lengua Española). Los comitecos nos entendemos a la perfección.
“Fijate que hoy amanecí con cierta armonía”, dice tía Elena, y sabemos que la tía tiene cierta inquietud. “¿Por qué no terminó Andrés de hacer su tarea?”, pregunta la mamá y el hermano mayor responde: “¡Saber!”, y sabemos que el hermano mayor dice que ignora por qué Andrés no cumplió con su deber.
Pucha. Qué ganas de joder a la RAE, de pitorrearnos en su cara, de decirle que nosotros, los comitecos, amamos la lengua castellana, pero le hemos dado una ligera vueltita de 180 grados y hemos colocado los significados en las antípodas.
Para aclarar un poco las ideas, voy al diccionario y busco “Armonía: Equilibrio, proporción y correspondencia adecuada entre las diferentes cosas de un conjunto”, y en su segunda acepción: “Relación de paz, concordia y entendimiento entre dos o más personas”. Si tía Elena dice: “fijate que hoy amanecí con cierta armonía”, ¿qué expresa, según el diccionario? ¡Pues sí! ¡Pues no! Es todo lo contrario, no está en paz, sino que está con un conflicto mental, del que no sabe su procedencia. Porque si le pedimos que explique el motivo de su inquietud, responderá: “Saber”. La gran flauta.
Voy al diccionario y busco “Saber: Conocimiento profundo en una ciencia o arte”, y en su segunda acepción: “Conjunto de conocimientos amplios y profundos que se adquieren mediante el estudio o la experiencia”. ¿Por qué los comitecos dicen ¡saber! cuando quieren decir que ignoran la respuesta? ¡Saber! Misterio de los mil porrazos de la calle Del Resbalón.
Poseemos otras bellezas lingüísticas, pero estas dos son las más intrigantes. Ya comenté lo de manía: tenemos la manía de llamar así al cacahuate. ¿Por qué? ¡Saber! Misterio de los mil leones de La Pila, de los mil equinos del Tanque de Los Caballos.
Posdata: así es nuestro modo. Rebelde, extraño. Acostumbramos a torcer y retorcer el lenguaje. Te invito a que ahorita vayamos a Madrid, España, entremos a la casa de la tía Elpidia y digamos que Carlitos está zurrado. ¿Qué entenderá la tía? Que a Carlitos le han dado una zurra; es decir, una serie de nalgadas. Regresemos a Comitán, entremos a la casa de tía Lampa y digamos que Carlitos está zurrado. ¿Qué entenderá la tía? Que Carlitos está cagado. ¿Se cagó de la golpiza? No necesariamente, en Comitán, zurrado es sinónimo de cagado.
jueves, 12 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON CLASES DE REDACCIÓN
Querida Mariana: acá está la prueba fidedigna de que impartí la clase de redacción a alumnos universitarios. Una mañana de 2016 entré al salón y hallé un mensaje de bienvenida. Fue un privilegio, una bendición. No a todos los maestros los reciben con mensajes llenos de afecto. Fue como cuando te ponen una reja de papel de china el día de tu cumpleaños. Claro, el día de cumpleaños se considera una ocasión especial. Esto, entonces, fue más que una reja de papel de china, porque, sin ser un día especial, entré y me sorprendí ante lo que hallé frente a mis ojos.
Porque el mensaje fue muy puntual, no estaba escrito en forma general, sino personalizado. Ahí está mi apellido. Soy el único Molinari en la gloriosa Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, de Comitán. En los años sesenta, en el Colegio hubo dos Molinari, mi papá (que era el secretario) y yo, que era estudiante de secundaria. Pero ahora, muchos años después de fallecer mi padre, el único Molinari de la Mariano, ¡soy yo!
¿Mirás cómo, con letra roja, está escrito mi apellido, después de la palabra donde me dieron la bienvenida? Y, si lo pensás bien, fue una bienvenida soberbia, porque está entre signos de admiración, para que la bienvenida sonara como diana de marimba, como carretada de aplausos, como atronadora cohetería.
Sí, sí, tiene algún error de dedo, pero quién se fija en esas minucias. Bueno, sí, el maestro titular de la materia de redacción debería hacerlo. Sí, perdón, mi niña. El entusiasmo y la alegría provocaron que no me fijara en ese detalle. ¿Qué reparo pondría a que mi apellido, en lugar de estar escrito con i latina adoptara la y griega? La verdad, ¡ninguno! Ambas culturas son de prestigio universal. Claro, la y griega no permite el chiste bobo de la i latina y la o latona.
¿Cómo? ¿Que me fije en los errores ortográficos de la palabra bienvenido? Sí, debería haberlo hecho, pero esa mañana estaba feliz. Entré al salón, di los buenos días, los muchachos respondieron y al acercarme al escritorio leí ¡Bienvenido, Molinari! Eso leí. Porque, si no nos ponemos muy estrictos con el uso de la v de vaca y de la b de burro, se lee bien clarito que ahí dice ¡bienvenido! ¿La eme en lugar de la ene? Ah, qué exigente. Recordá que en Comitán no decimos lamido, acá decimos “lambido”. ¿Por qué? No sé.
La emotiva bienvenida fue realizada por Las Princesas Hermosas. Como esto es un nombre propio se vale, de acuerdo con las reglas de la RAE, escribirlo como se le antoje al grupo. Leí “Las Princesas Hermosas” donde dice: “Laz Princexxazz Ermoxxazz”, con la erre invertida y con x y z repetidas, para que tenga mayor sonoridad.
Recordé que estábamos en el año 2016, el año donde Comitán ya estaba inundado de Oxxos y estamos a punto de cumplir quinientos años de identidad comiteca, que inició con la llegada de los frailes españoles (¡ezpañolez!).
Pensé que estas princesas también honraban al país al usar la gloriosa equis de México. Como estaba feliz por el recibimiento, cuando leí lo de hermosas, la última sílaba la leí con sonido de sax, sí, así me sonó ¡sax!, y casi casi escuché al gran jazzista Charlie Parker.
Posdata: digo que fue una mañana de 2016. Los estudiantes universitarios de entonces ya se graduaron y son destacados profesionales del Trabajo Social. Por ahí andan Las Princesas Hermosas, convertidas en flamantes licenciadas. En aquel momento se preparaban para la vida. La hoy licenciada Adriana Cardona escribió en las redes sociales: “Creo que hemos mejorado bastante. Han sido de mucha ayuda nuestras clases de redacción”, y remató con un ja ja. La hoy licenciada Belén Guillén escribió: “Sólo faltó un acento. Mira la cara de felicidad de nuestro orgulloso profesor”, y de igual manera, remató con un sonoro ja ja.
¿Y el Ate del mensaje, ‘apá? Pues me latió que era, como se dice, la cereza en el pastel, el ate de membrillo para endulzar la vida.
miércoles, 11 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN PEDAZO DE PAN
Querida Mariana: el dicho expresa: “No sólo de pan vive el hombre”. El tío Marcos decía que era una realidad, también necesitamos choricitos y una botella de tequila, decía; la tía Emerenciana, quien de vez en vez también se hacía la simpática, decía, al estilo comiteco: “También hace falta una buena taza de café”.
Bromas aparte, los simples mortales reconocemos que no sólo de pan vive el hombre. ¡No! Hace falta mucho más para vivir, para vivir con dignidad. Bueno, con decir que hasta en los presidios más mugrosos, el pan se sirve con un vaso de agua.
Sabemos, querida mía, que esta frase va más allá de lo material. Cuando decimos que no sólo de pan vive el hombre, manifestamos que los seres humanos necesitamos alimento espiritual. Un animal irracional no necesita más que alimento para satisfacer su necesidad física, digamos que le basta el pan para vivir; pero los seres humanos, para justificar nuestra condición de racionales, necesitamos alimentar el espíritu. ¿Cuáles son los alimentos para el espíritu? Muchos, muchos. Los creyentes se alimentan de su fe. Ahí los mirás yendo a misa todos los domingos, caminando por el pasillo central para recibir la hostia, santiguándose, poniendo su día a día en manos de su Dios; los iniciados, van más allá, se comunican con Dios, no a través de la oración, sino de la meditación. Los expertos dicen que en la oración el ser humano se comunica con Dios; en la meditación quien habla es Dios. Parece que esta última práctica nutre más; en lugar de hablarle a Dios es más placentero callar y oír la voz divina. Pero, aparte de la religión y de sus menjunjes, uno de los alimentos espirituales más sanos y productivos es el arte, en sus muy diversas manifestaciones.
Algunos analistas comentan que la pérdida de valores en la sociedad está en relación directa con la carencia de alimentos espirituales. Ahora, la sociedad está inmersa en consumir productos culturales chatarra. Cuando leí esto pensé en una juventud consumidora de Coca Cola y Sabritas, en cuanto a las manifestaciones artísticas. Los jóvenes de estos tiempos, querida mía, vos lo sabés, consumen cultura, por supuesto que sí, pero consumen algo que podría compararse con la comida rápida. Por eso, ahora, ¡qué pena!, tenemos muchos obesos intelectuales. ¿Qué creación puede emerger de un cerebro lleno de grasa?
Como no sólo de pan vive el hombre, el ser humano de este siglo XXI consume otros productos para alimentar su espíritu, pero, en lugar de consumir proteínas (ópera, música clásica, jazz, blues) consume grasas (rap, banda, reguetón).
¿Viste el Platicatorio donde Marco Polo platicó que, de niño, leía una revista que se llamó “Clásicos ilustrados”? A ver, anoto algunos ejemplos que obtengo de imágenes del Internet: “El príncipe y el mendigo”, de Mark Twain; “Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe; “Ivanhoe”, de Walter Scott; “Los miserables”, de Víctor Hugo; “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll…
¿Mirás? Cuando fue niño, Marco Polo se alimentó con estos productos culturales. Revistas de monitos (los llamados cuentos, los que ahora se llaman cómics, los famosos tebeos de los españoles). Se divertía y, a la vez, nutría su espíritu con productos sanos. Tuvo en sus manos (y en su cerebro) historias de los grandes escritores.
¿Qué leen ahora nuestros niños? En el supuesto caso que lean libros. Comen puras frituras, hamburguesas y refrescos embotellados. No es raro, entonces, detectar comportamientos que indican casos severos de hipertensión mental y de diabetes intelectual. Ya nada digo de los millones de niños y jóvenes desnutridos, quienes sólo se atiborran de pan material.
En varias ocasiones te he contado que, por fortuna, en secundaria, en las clases que nos impartía el padre Carlos J. Mandujano, fundador del glorioso Colegio Mariano N. Ruiz, no sólo nos compartía pasajes del Cid, también llevaba un tocadiscos y nos hacía escuchar música clásica, mientras él, con los ojos cerrados, con una batuta imaginaria, marcaba el ritmo de cuatro por cuatro. Sin duda que siguen existiendo maestros de esa calidad, pero pienso que son los menos. El padre, a semejanza de su Maestro, partía el pan y lo convidaba con nosotros. Sin decirlo nos enseñó que ahí estaba el cuerpo de Cristo. Desde entonces, todos los días alimento mi espíritu, a través de música selecta o de cine de arte o de una novela clásica o de una antología de los mejores cuentos. Ocasionalmente escucho un pedacito de ópera. Me gustaría tener el hábito que tienen otros amigos de mi generación, a quienes admiro, porque se mantienen en forma, siguiendo aquella oración latina que el citado padre mandó a rotular en la cancha de San Sebastián: “Mens sana in corpore sano”.
Posdata: somos animales, pero racionales, mi niña. No sólo vivimos de pan material, también necesitamos alimento espiritual, buen alimento, no chatarra.
martes, 10 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN PEDAZO DE CIELO
Querida Mariana: ¿de qué color pintabas el cielo en tus dibujos de niña? ¿Verdad que sí? Acá, en genial composición plástica, dos mujeres permanecen con los pies bien puestos en la tierra, pero sus espíritus levitan en un maravilloso cielo.
Ellas, la doctora María del Carmen Vázquez Velasco y la licenciada Chusy Coutiño, al lado de mi querida maestra María Elena Vázquez, son unas ciudadanas ejemplares.
En ocasiones anteriores hemos comentado las acciones que realizan. Siguen la sabia prédica: sembrar luz en la pequeña parcela donde se vive. El mundo es amplio y basto, pero la transformación positiva inicia en el entorno. Ellas transforman el mundo, lo llenan de luz: colocan macetas con flores en las banquetas, basureros, bancas para descanso y frases o versos en las paredes, bien pintadas. La mirada del peatón de este rinconcito se ilumina. Imaginá caminar por estas calles y recibir los colores y aromas de las flores, de los arbolitos, de las calles limpias (hasta donde los cochinos lo permiten), de las fachadas pulcras, iluminadas, con frases que fortalecen la identidad de nuestro pueblo.
Esta zona es un cachito del mundo, pero hace diferencia. En las redes sociales siempre existe un reconocimiento unánime por los actos que ellas realizan, porque es visible el bienestar que producen; y más voces insisten en que esto debería hacerse en todo Comitán. Pero, claro, una cosa es hablar y otra actuar. Ellas, sin mucha bulla, hacen, caminan, siembran estrellas en el cielo cercano. Estas estrellas iluminan el entorno, hacen diferencia.
Esto debería hacerse en todo Comitán, en todas las ciudades de Chiapas, en todo México, pero no se hace. ¡No! Porque, ¡qué pena!, no todo mundo, como ellas, entiende el sentido pleno de la convivencia. Ellas siembran luz en su parcela y esta luz ilumina a quienes por ahí caminan. Se podría hacer un ejercicio y preguntar a los peatones qué piensan de estas acciones. Ya conocemos la respuesta mayoritaria, todos coincidirán que eso crea ambientes más nobles, más dignos, más vitales. Pero…
Por eso, por ese pero, porque no todo mundo lo hace, la acción de ellas es digna de elogio y de reconocimiento. Ellas son sembradoras de estrellas en la tierra, lo hacen con los pies bien puestos, pero con el espíritu colocado en lo más alto; lo hacen con humildad, con sencillez, con pasión; siembran esperanza en los espíritus, alzan la voz y gritan que nuestro pueblo es grande y merecería ese destino, pero…
Por eso, por ese pero que siempre aparece en el mundo, sus actos tienen más repercusión. Ah, lo que más asoma en el mundo es la desidia, el pensamiento egoísta, el sentimiento negativo, el espíritu destructor; por eso, cuando en el mundo asoman mujeres como Mary Carmen, como Chusy, como María Elena, el mundo se llena de aromas selectos, de líneas afables, de aguas limpias.
Ah, si todo mundo fuera como ellas, pero no es así. Hay espíritus selectos, espíritus elegidos por el don del bien, por flores bondadosas. Sus espíritus son de esta estirpe.
Sus actos reafirman lo que dice el mensaje en la pared: “Navegantes, felicidades, arribaron a buen puerto: ¡Comitán!”
¿Mirás lo que dice este mensaje de bienvenida? Comitán es un buen puerto. Siempre lo ha sido, y esto es así porque hay gente como ellas, que dan, que aportan, que siembran gajitos de hierbabuena en cada cachito. ¡Benditas sean!
Y lo hacen con la humildad que acá se ve, banqueteando, orgullosas, sin poses falsas, con sencillez, como es característica esencial de los actos más luminosos.
Ellas siguen dibujando como lo hacían de niñas en el salón de clases, todo lo dibujan con inocencia infantil, los cielos, ¡por supuesto!, los iluminan de azul, azul alegre, ejemplar.
Posdata: agradezco lo que la doctora Mary Carmen Vázquez Velasco escribió en redes sociales al compartir esta fotografía: “En la calle que lo ve soñar cada mañana, todas las tardes y tal vez una que otra noche. Maestro Alejandro Molinari Torres, en su honor”.
Es mi privilegio. ¿Ya viste? Ellas mandaron a rotular un mensaje que escribí en Twitter hace unos días. Estas frases las llamo “Tuitazos”. Nunca imaginé que iba a ver un tuitazo escrito en una pared, que es más que el cielo. Sí, debo reconocerlo, querida mía, me sentí chento. Doble privilegio porque, si mirás bien, mi nombre está en la pared donde aparece la placa con la nomenclatura y nombre de la vía: 5ª. avenida poniente sur, Martha Dolores Albores Albores, nombre de la amada cronista de Comitán. ¡Ah, qué alegría tan sublime! Como dicen los clásicos, sólo se permite una palabra en esta inmensa extensión: ¡gracias!
lunes, 9 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN RICO CAFÉ
Querida Mariana: ya hay Café Molinari. Lo produce una empresa en Huixtla, Chiapas; es una empresa del licenciado Donald Molinari. Ah, genial. Vos sabés que el apellido Molinari no es común en México, hay muchos más López y Martínez, por ejemplo. El apellido Molinari es italiano. Donde sí hay muchos Molinari es en Argentina y en Uruguay. En esos países sudamericanos llegaron muchos inmigrantes italianos y, entre muchos otros apellidos italianos, el apellido Molinari fue semilla en tierra pródiga.
Ahora, en Chiapas, ya hay Café Molinari, café ciento por ciento de altura, de la zona del Soconusco. ¿Ya miraste el lema? Dice: ¡el auténtico sabor puro de las delicias del Soconusco!
El café de Chiapas es exquisito y ahora, ¡qué maravilla!, cuando alguien pregunte “¿qué estás tomando?” la otra persona, con una sonrisa de satisfacción dirá: ¡un café Molinari! ¡Qué bendición!
Algunos amigos, cuando viajan al extranjero, me envían fotografías de una cafetería que se llama Molinari o el famoso sambuca con ese apellido, porque, insisto, el apellido no es muy común. En Comitán, ¡faltaba más!, tenemos la revista Arenilla, de Molinari. Así está registrada la marca. Originalmente era sólo Arenilla, pero al hacer el registro la autoridad sugirió que fuera más personalizada, porque Arenillas hay muchas, bueno, con decir que hay miles en algunos riñones.
Un día, una amiga, generosa, me envió un mensaje en el celular: “¿Sabés con quién me acosté anoche? Con Molinari”, y luego me envió una foto donde mi libro “La tarde que conocí el cine”, estaba al lado de la lámpara de su buró. ¡Qué espléndida!
Cuando vi la etiqueta del licenciado Donald Molinari pensé que mucha gente dirá frases similares.
Lo menos que una chica huixtleca podrá decir es lo siguiente: “¡Molinari está delicioso!” “¡Me gusta bien calientito!” “Lo primero que hago al despertar es calentarme con Molinari”. “¿Ya probaste a Molinari? Su aroma es excitante”. “Molinari es intenso”. “Yo digo que Molinari es el mejor del Soconusco”. “Me encanta Molinari. No lo cambio por nada”.
Y muchas más frases serán aplicadas al Café Molinari, es una de las delicias del Soconusco, y vaya que en aquellas tierras tienen muchas. Aparte del apellido (mi primo hermano Cuauhtémoc Molinari Becerra fue presidente municipal de Huixla) me une un lazo luminoso con Huixtla: mi mamá nació en aquella ciudad en 1930. Ella tiene gratos recuerdos de su pueblo natal, de los momentos que vivió en la finca donde mi abuelo trabajaba; de las idas al río; de los viajes en carreta; del instante en que fue reina; del calorcito rico y de la hora en que mi abuela, en el corredor de la casa, se servía café en un pocillo, auténtico café chiapaneco, y rezaba sus oraciones.
Sólo en una ocasión estuve en Huixtla, en los años ochenta me trepé en mi vochito y estuve ahí una o dos horas, no más. Busqué un libro que hablara del Huixtla de la infancia y adolescencia de mi mamá, no lo hallé. Fue un viaje de paso, porque acudí a Tapachula, para notificar cambio de domicilio en la zona militar. Hice mi servicio militar en la Ciudad de México y, como buen ciudadano, avisé que radicaba en mi pueblo natal. Cuando entré a Huixtla me bajé del carro, vi el cielo e invoqué los espíritus de mis antepasados que vivieron bajo esos cielos.
Y ahora me entero que en Huixtla ya hay Café Molinari. Casi casi diría que el complemento ideal para una buena lectura de Arenilla de Molinari es una taza de Café Molinari. La chica bonita bien podría decir: “¡Estoy plena! Molinari satisface mi cuerpo y mi espíritu”.
Posdata: sí, debo confesar que me sentí bien cuando mi amiga me dijo que yo estaba con ella. Una vez, mi amiga Rocío me envió una foto que le tomaron en la Feria del Libro de Guadalajara, en sus manos tenía una de mis novelitas, dijo: “acá estás”. Sí, en esa ocasión estuve en la FIL sin estar presencialmente, jamás he estado allá, pero en esa edición, uno de mis librincillos estuvo a la venta en el stand de Coneculta.
Para no causar conflictos, jamás te regalaré una bolsa de Café Molinari, porque sé que tu novio se molestaría si vos dijeras: “Hoy en la mañana me eché un riquísimo Molinari”.
domingo, 8 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN MAESTRO
Querida Mariana: todo mundo de acá sabe que el de la foto es el maestro Ovidio. Tal vez algunos le dicen Porfirio, pero a mí me encanta oír que muchas otras personas le dicen maestro Ovidio, que es su segundo nombre. Y digo que me encanta, porque en la prepa, el maestro Óscar, una mañana luminosa nos leyó algo del poeta romano llamado Ovidio y recuerdo (yo que soy de memoria tan enclenque) que dijo que Ovidio había escrito temas relativos al amor. Pucha, imaginá lo que eso significó en la entrada de la adolescencia. El ejemplo que leyó el maestro fue apenas un fragmento de un texto donde el gran Ovidio hace una comparación entre el soldado y el amante, por ahí dice: “¿Quién, a no ser un soldado o un amante soportará los fríos de la noche y las nieves mezcladas con la tupida lluvia?” ¡Ah, genial! Sí, ya te conté en que esos años tuve amigos enamorados que se paraban en la banqueta enfrente de la casa de la amada, esperando ver aunque fuera la sombra de su amor platónico. Años después viví ese verso de Ovidio en la pantalla cinematográfica: en la película “Cinema Paradiso”, el joven enamorado Totó se para frente a la casa de su amada, durante cien noches, no le importa la lluvia ni el frío. ¿Por qué hace esto? Porque su viejo amigo, Alfredo, el proyeccionista, le cuenta una leyenda que tiene como base, sin decirlo, el verso de Ovidio: sólo un soldado o un amante soporta los fríos y las nieves mezcladas con la tupida lluvia por un ideal, en el primer caso (se supone) por el amor a la patria, en el segundo caso por el amor a una chica. Ovidio me encantó desde mi adolescencia. Ovidio fue un pícaro. ¿Sabés cuántas mujeres tuvo? ¡Tres! Sus biógrafos dicen que no se conformó con las tres esposas, tuvo varios voladitos por fuera. Fue un gran conocedor de los misterios del amor y de la pasión.
Una tarde conocí al maestro Porfirio Ovidio. En ese instante lo llamé maestro Ovidio y pensé que él había sido bautizado con el nombre del poeta romano (de la gran Italia, mi niña), del poeta que escribió acerca del amor. Sentí un hilo de cercanía con el maestro, por llevar el nombre del paisano de mis ancestros. El Ovidio romano nació en una pequeña ciudad de Italia que se llama Sulmona, en el año 43 A. C. (estos datos los estoy tomando del Internet, no vayás a pensar que me sé de memoria su biografía).
Bueno, pero hablo del Ovidio que está en la fotografía. Nuestro Ovidio nació en Juncaná, municipio de La Trinitaria, un hermosísimo lugar. Lo conocí en algún acto de promoción de la lectura. Nuestro Ovidio es docente y un excelente promotor de la lectura. Un día, nuestra gloriosa Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar convocó a escritores no profesionales para la publicación de una Antología de Cuentos. El maestro Ovidio envió un simpático texto que fue elegido: “El pata bola”, que cuenta una anécdota del burro de ese nombre, que era “muy enamorado”.
El otro día vi un video de promoción donde él lee un álbum ilustrado y me sorprendí gratamente por su capacidad lectora, por su capacidad para transmitir las palabras. Pienso que la fotografía que te mando (y que me robé de su muro del Facebook) da idea de lo que digo: la capacidad de transmitir emociones, que es el ideal de un escritor y de un lector de cuentos en voz alta. ¿Mirás el gesto de su rostro? ¿La forma cómo su mirada es una daga en el aire? ¿Ya viste la fuerza contenida en el puño? Y en la mano izquierda, como garra de águila, el motivo detonante: el libro.
Conocí a Ovidio y me dio gusto. Es un hombre respetuoso, respetuoso del concepto de amistad, por lo tanto de la vida. Desde Juncaná para el mundo: Ovidio, gran promotor de la lectura. Por ahí mirás el letrero de la playera: “Cuctic, juntos en la lectura”. ¿Qué significa Cuctic? No sé. Imagino que es palabra de algún idioma indígena. Lo leo separado en dos sílabas sonoras: cuc – tic. La terminación es la misma de Chin – kul – tic. Por ahí debe andar.
Posdata: la fuerza que captó esta fotografía demuestra la pasión que nuestro Ovidio pone a esta noble tarea de transmitir la cultura, el gusto por la lectura. Él, desde su nacimiento estuvo marcado por el amor, porque fue bautizado con el nombre de Ovidio, igual que el gran poeta romano. En este caso, nuestro Ovidio comparte con los niños su amor por la lectura. ¡En buena hora!
Un amigo me dice que Cuctic significa juntos, de ahí el lema de “Juntos en la lectura”. ¡Genial!
sábado, 7 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL COMITÁN QUE CONTÓ DOÑA LOLITA (cuarta parte)
Querida Mariana: doña Lolita Albores, amada cronista de Comitán, escribió cómo era Comitán en 1948. ¿Mirás cuántos años han pasado desde entonces? Comitán se ha transformado. ¿Cuál fue el inicio de la transformación? Mirá qué dice doña Lolita:
“En ese año llegaron las compañías constructoras de caminos El Águila y La Azteca. El cambio fue notorio. Llegó el progreso y llegaron con él nuevas costumbres. Se hizo ya fácil el traslado de materiales de construcción y muebles de baño como excusados de tipo inglés, lavabos, supliendo al excusado de madera con hoyos y el aguamanil de fierro o madera con su vasija y jarra de peltre o porcelana; después estufas, refrigeradores, dejaron atrás a los fogones de leña o de hornillas; materiales de construcción como la varilla, cemento, mosaicos y azulejos sustituyeron a los adobes, ladrillos y tejas de barro; poco a poco el tipo de construcción fue cambiando, las puertas de madera se cambiaron por rejas de fierro, soleras por cornisas. Posteriormente casas de dos pisos y muebles modernos. Se cambiaron las camas de latón o de madera por box spring, el confidente y mecedoras de junco por pullmans, los roperos de luna por closets”.
Lo que cuenta doña Lolita es preciso. Es un tesoro contar con su testimonio de vida. Doña Lolita nació en 1918; es decir, en 1948 tenía la edad de treinta años. ¿Por qué saco esta cuenta? Porque permite darnos una idea de que doña Lolita ya tenía una edad suficiente para advertir los cambios que se dieron a partir de la llegada de dos compañías constructoras: El Águila y la Azteca fueron las dos empresas encargadas de realizar la carretera que hoy llamamos Carretera Panamericana. En el Internet hallé que esta carretera une todo el continente americano, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Uf. Miles y miles de kilómetros. Claro, esta carretera tiene diferencias, no es lo mismo conducir por una carretera de Estados Unidos de Norteamérica o Canadá, que en una carretera de México o de Centroamérica; ni es lo mismo conducir en una carretera del norte del país que por nuestra zona. Hay diferencias, notables diferencias.
Doña Lolita dice que dos compañías llegaron en 1948 a Comitán e iniciaron los trabajos para unir Comitán con San Cristóbal y con Guatemala. Antes de ese año, Comitán permanecía prácticamente incomunicado. El trazo carretero se hizo y, en los años cincuenta, gente del pueblo pudo viajar y gente de fuera pudo llegar. El Comitán cerrado se abrió y el intercambio cultural se dio, a partir de ese tiempo hasta la fecha. En el censo de 1950 se advierte que Comitán tenía una población de 25 mil habitantes, más o menos. En setenta años, la población ha pasado de esa cifra a más de 120 mil.
Doña Lolita dice que con el trazo de la carretera llegó “el progreso y nuevas costumbres”. Siempre es así el proceso de aculturación. El Comitán tranquilo, afectuoso, donde todo mundo se conocía, se vio inmerso en un movimiento nunca imaginado. En estos tiempos sí podemos imaginar la avalancha humana que se dio, porque los ingenieros y otras personas de la industria de la construcción llegaron al pueblo y comenzaron a tener conocidos y amigos. No faltaron los constructores que vieron con buenos ojos a las comitecas y éstas se codearon, se dieron señales con los ojos, para que las amigas vieran a los visitantes. Estas personas traían otro tipo de costumbres. Comitán recibió los primeros intercambios culturales y mirá lo que ahora somos. En el pueblo radican muchas personas de otras partes de Chiapas, de otros estados de la república y de otras naciones. Hoy, Comitán es un tachilgüil cultural riquísimo. Gracias a Dios una mayoría aporta luz al pueblo.
Las costumbres y tradiciones comenzaron a modificarse. En el texto de doña Lolita leemos que ella puntualiza la modificación de muebles de baño. Ya comentamos que antes no existía el sistema de drenaje, los sanitarios se colocaban en el sitio de las casas, “excusados de madera con hoyos”, con fosas sépticas; pero en otros casos los desechos quedaban expuestos al aire libre, eran alimento de un cuch que ahí rondaba.
El progreso llegó, dice nuestra amada cronista, y los comitecos ya usaron excusados tipo inglés. ¡Oh! La tía Petra, siempre ingeniosa y pícara, decía que desde entonces su tutís se echaba soplados con la erre arrastrada. En la Casa Museo Belisario Domínguez estaba en exhibición un aguamanil de madera con vasija y jarra. El aguamanil estaba en uno de los corredores y era el chunche que usaban para lavarse por las mañanas. Tal vez has visto alguna fotografía donde está un abuelo rasurándose, tiene un espejito colgado en la pared y en la vasija está el agua jabonosa. Ahora medio mundo masculino se rasura frente al espejo del sanitario y lo hace con rastrillos desechables. El llamado “progreso” posee esa característica: lo desechable es parte de su naturaleza. En el año 1948, del que habla doña Lolita, los pañales de las criaturitas eran de tela, cada vez que la bendición hacía caquita, la mamá lavaba el pañal, lo ponía a secar y quedaba listo para la siguiente evacuación. ¿Ahora? Pañales desechables, montañas de pañales sucios. Es penoso, pero muchas mamás cambian el pañal a sus pichitos y lo tiran en cualquier esquina. ¿Y las toallas sanitarias que usan las chicas? Antes, las mujeres también usaban pañitos que eran reutilizables. Las chicas actuales reconocen la bendición del progreso, ya no lavan trapitos, ahora “se sienten seguras, con Kótex nocturna con alas”.
“Las puertas de madera se cambiaron por rejas de fierro”. Una palabra que aparece en forma reiterada en el fragmento del texto de doña Lolita es ¡cambio! A raíz de la apertura de la Carretera Panamericana, las modificaciones comenzaron a darse. Una parte importante fue el cambio que se dio en los procesos constructivos de las casas, los nuevos materiales reemplazaron a los tradicionales: “la varilla, cemento, mosaicos y azulejos sustituyeron a los adobes, ladrillos y tejas de barro”. Como en cualquier trueque hubo ganancias y pérdidas. ¿Qué ganó Comitán con la llegada del progreso? ¿Qué perdió al abandonar su tradición? Vos vivís en una casa moderna, hecha con varilla, cemento, mosaicos y azulejos, pero la casa de tu abuela, con sus maravillosos corredores de ladrillo, aún tiene teja en su techumbre, todavía conserva el maravilloso sitio (traspatio) donde crecen árboles frutales. Perdimos mucho, ganamos mucho. Hoy, no sólo estamos comunicados con las demás ciudades de América a través de la carretera, también tenemos el mundo en nuestras manos, gracias a los chunches tecnológicos. La globalización ha eliminado fronteras. Vos trepás a tu auto y, a velocidad moderada, en una hora estás en la maravillosa San Cristóbal de Las Casas, o en veinte minutos en la prodigiosa La Trinitaria; a través de un solo clic podés viajar a cualquier lugar del mundo en Google Maps. Ah, estos avances jamás los soñaron los comitecos de los años cuarenta; pero, en estos tiempos la placidez y tranquilidad de aquellos años han desaparecido, sólo son un referente de nostalgia para quienes vivieron esas épocas o para quienes leemos las crónicas de doña Lolita y demás textos que escribieron talentosos intelectuales de nuestro pueblo.
Pero el cambio no sólo fue material, ¡no!, también se modificó nuestro carácter. Por fortuna, aún conservamos elementos de la personalidad del pueblo, pero otros pilares esenciales se extraviaron en el tiempo. Cada cambio material propició un cambio de costumbre. Con eso, nuestros rasgos culturales se modificaron. Pensá en el lenguaje, extraviamos palabras, mientras nos apropiamos de otras. ¿Quién de los muchachos de hoy menciona la palabra aguamanil? Nadie. Es una palabra que nos quedó a los mayores, pero, así como desapareció el aguamanil que estaba en los corredores de la casa, así desaparecerá un día la palabra, sólo será una palabra empolvada en los libros y en esta carta.
Un día le pregunté a la tía Alicia cuál era uno de sus mejores recuerdos de niña. No dudó, de inmediato me dijo que las pláticas que tenía con su abuelita. Ah, qué bonita imagen se formó en mi mente. La niña sentada al lado de la abuelita, en el corredor de la casa… No, no, dos segundos después la imagen explotó y apareció la que tía Alicia me describía: ella, sentada en una esquina en el baño de madera de hoyo, mientras su abuelita, sentada en el otro extremo, donde había huecos más grandes, hacía necesidades fisiológicas y le contaba anécdotas del pueblo. ¡Dios mío!
Posdata: hoy entiendo a la tía Alicia. Ella, muchachita, disfrutaba ese instante donde compartía el “común” con su abuelita, ahí estaban en un espacio de intimidad. ¿Antihigiénico? No sé. A veces me produce escozor mental entrar a un sanitario público, donde están ocupados diez gabinetes.
Perdón, querida mía, no quiero terminar esta carta metido en un baño. Salgo a la calle, a la plaza, veo el cielo de Comitán y agradezco las crónicas de doña Lolita. Ellas nos permiten acercarnos a un Comitán que ya sólo está en la memoria, que es fruto del árbol de la nostalgia.
viernes, 6 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON ESPACIOS COMUNES
Querida Mariana: me seducen los espacios que me permiten intimidad, pero me encantan los espacios de convivencia. No tengo estudio, pero en la sala de casa he creado un espacio mínimo donde leo, escribo, dibujo y pinto.
Desde siempre he entendido que el mundo se divide en dos grandes espacios: los comunes y los privados. Ah, las plazas, los parques, los andadores, los teatros, las salas cinematográficas, los estadios, las canchas, los patios escolares, las calles, las banquetas, los billares, los cafés, las albercas, las playas, las montañas, los bosques.
¿Mirás cuántos espacios para convivencia? Tu novio pasa por vos y van al cine o al café o al parque. Y ahí mirás a más parejas, a más gente, conviviendo en familia o con amigos. Ah, qué hermosa la imagen donde los papás están con sus hijos tomando un helado, platicando no de negocios sino de la ranita que saltó en los pies de la hermanita y cómo ella saltó más que la ranita y gritó como si fuera un mono aullador. Las risas se abren como mariposas y vuelan. Claro, estos espacios también sirven para hacer negocios, los adultos se reúnen en cafés o en bares para hablar de millones y millones. Cada uno busca su felicidad, unos la encuentran en la posibilidad de tener un avión particular y otros la encuentran a la hora que vuelan papalotes con sus hijos.
Sí, soy un hombre que no se da mucho. Amo mi casa, mis espacios íntimos, los espacios donde creo, ahora que lo escribo, pienso que son espacios donde no sólo creo, sino que creo en ellos, son como mi oratorio, espacio donde encuentro la luz divina.
Pero esta luz, llena de vida, también está en el estadio, a la hora que un delantero patea y el portero se lanza en el aire para atajar el balón.
Ah, qué manifestación de vida en los espacios públicos, en los desfiles y marchas, en el vuelo de las niñas en los columpios, en la chica bonita que se tira un clavado en la alberca, la que se lanza en parapente desde lo alto de una montaña o, con un traje de buzo, nada en profundidades del mar.
¿Y qué decís de la reunión en los templos? ¿En los conciertos de marimba? ¿En las obras de teatro? ¿En los encuentros de contadores de anécdotas?
Ah, la plática sabrosa en una mesa de cantina, con cervezas y chicharrón de hebra, con tortillas recién salidas del comal; una salsa molcajeteada o esa delicia que se llama chile al pastor.
Hay espacios que convocan: una mesa para jugar ajedrez, la alberca donde nadan niños y chicas bonitas (con sus hermosos trajes de baño que son caricia para la mirada); la cancha de voleibol, el campo para golf y la mesa de billar.
En mi adolescencia me encantaba entrar al billar de Nevelandia, era un espacio cerrado, iluminado con lámparas, lleno de humo de cigarro. ¿Por qué me gustaba ese espacio tan sórdido? Porque ahí estaba un grupo de gente maravillosa, amantes del pul o de la carambola, diestros jugadores; porque los jugadores, mientras le daban vuelta a la mesa de billar, medían el golpe a la bola con el taco, contaban anécdotas, platicaban, soltaban chistes, derramaban picardía y un cordel de palabras altisonantes que eran el empujón para la carcajada plena, abierta, de todos. Me sentaba en una silla de madera, al lado de un soporte fijo a la pared donde estaban acomodados los palos de billar (los expertos llevaban un maletín con el taco particular). Como siempre lo he sido, era un espectador de la manifestación maravillosa de la vida. Reconocía la magia de esa mesa que, forrada con un paño verde, era el chunche que servía para alegrar instantes de los paisanos.
Pensá en el tenis, en la cancha de arcilla, donde dos o cuatro jugadores crean un genial entretenimiento. Los seres humanos han creado clubes para la reunión de muchas personas. Los expertos dicen que los seres humanos somos entes sociales; es decir, nos encanta la convivencia.
Posdata: Soy un poco ish, no me reúno con facilidad con otras personas, pero sí me encanta andar de incógnito en espacios públicos: sentarme en una silla de madera y, solo, mirar el movimiento de la vida, cómo (la vida alegre) se recuesta en una tumbona de alberca, debajo de una sombrilla; cómo se avienta desde un trampolín, cómo nada de un extremo a otro de la alberca; cómo descansa en una hamaca, cómo toma una limonada, se pone las sandalias y corre hacia la regadera, donde ella (la vida) se quita el traje de dos piezas y recibe la bendición del agua.
jueves, 5 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UNA BUENA HISTORIA
Querida Mariana: ¡ah, qué fotografía! ¿Sabés qué espacio es? ¡Es la Biblioteca Central de la UNAM! La vi y mi cara se iluminó, porque este espacio fue mi espacio favorito durante cuatro años, de 1975 a 1979. Ahí donde está la licenciada Faby estuve yo.
Perdón, no he dicho que quien está en primer plano es la licenciada Fabiola Aguilar, quien estuvo como directora del Museo Rosario Castellanos y ahora se reincorporó al trabajo que tiene desde hace dos años en la UNAM. La destacada paisana es la encargada del Archivo Histórico de la Facultad de Arquitectura, de la máxima casa de estudios del país. Nombramiento muy merecido. Nuestra sociedad reconoce el trabajo que Faby realizó en el archivo de La Trinitaria, en el de Comitán y en el archivo personal de la historiadora María Trinidad Pulido Solís. Sí, cuando Faby se hizo cargo del Archivo Municipal de Comitán, la catalogación logró grandes avances, porque ella es una mujer preparada profesionalmente para ese encargo.
Faby fue integrante del Consejo Municipal de la Crónica de Comitán y ahora está como pez en el agua en el archivo de Arquitectura, de la UNAM.
Vi la fotografía y mi cara se iluminó al reconocer a Faby y, como ya dije, al reconocer el espacio que fue mi cobijo especial. En ese espacio fui feliz, como una perdiz, porque me “perdía” de las aulas de la Facultad de Ingeniería, donde debía estar.
Ahora, por la pandemia, las mesas de lectura tienen acrílicos para mantener la sana distancia. Las mesas están diseñadas para que las ocupen cuatro usuarios y, así se ve, el uso de cubrebocas es obligatorio. Faby tiene su cubrebocas y también la persona que camina por uno de los pasillos entre mesas.
Otro cambio visible es el plafón. En mis tiempos el techo no tenía esta cubierta. Otro cambio, que acá no se ve, es que ahora, la biblioteca es de estantería abierta, como la que existe en Comitán: el lector llega a los estantes y busca el libro de su preferencia.
Faby, intelectual comiteca destacada, lee con atención. La Biblioteca Central Universitaria está enfrente de la Facultad de Arquitectura. Faby camina un espacio prodigioso de la explanada y entra directamente a esta sala de lectura, siempre iluminada.
Desde que estuve en la UNAM reconocí la grandeza del espacio; supe que esa biblioteca sería uno de mis lugares favoritos, la satisfacción de mis deseos. Como está sentada Faby así estuve yo muchísimas mañanas, apartando por momentos la vista del libro, para ver la fiesta discreta que ahí se daba, con muchachos caminando, leyendo, hablando en voz baja, con cuadernos y maletines en las manos (no recuerdo que lleváramos mochilas como ahora lo hacen los estudiantes). Por supuesto, no había celulares ni computadoras (en la Facultad de Ingeniería había una, enormísima, pero computadoras personales, ni en sueños).
La burbuja armoniosa y seductora que acá se advierte era la misma de mis años de estudiante de la UNAM. Las bibliotecas tienen un espíritu luminoso, llevan en sus venas la luz de la genial Biblioteca de Alejandría, que data del tercer siglo A. C. ¿Mirás cuánta historia? Historia de siglos.
Estuve en ese maravilloso espacio en los años setenta, del siglo XX; ahora está Faby en los años veinte del siglo XXI. La burbuja de luz es la misma, el espíritu es el mismo. Las bibliotecas son reservorios de libros, de conocimiento, encuentran su mejor vocación en el momento que un Molinari o una Faby toman el libro, se sientan ante una mesa y reciben la luz que siempre emana de un libro abierto.
Cuando iba a la biblioteca suspendía tantito la lectura (de cuentos y de novelas, nada relativo a la ingeniería) y veía a los muchachos que pasaban frente a mí y veía ese vitral maravilloso con verdes y ocres que recrea el escenario, que transforma la luz de afuera.
Siempre tuve la certeza de la magnificencia del espacio. Antes de entrar levantaba la vista y me extasiaba con el mural de piedritas hecho por el genial Juan O’Gorman. Muchos años después me enteraría que está considerado como el mural más grande del mundo. ¡Nadita! Obra genial.
Posdata: vi la fotografía que Faby compartió y mi rostro sintió el mismo aleteo de armonía que ella refleja en el instante que se la tomaron. Ella, muy formalita, con sus tenis blancos y su vestimenta de color azul, uno más fuerte y el otro delicado, con su cubrebocas oscuro, realiza el mismo acto que, en el siglo III A. C. hicieron los lectores en la grandiosa Biblioteca de Alejandría, que si bien, dicen los historiadores, fue majestuosa, jamás tuvo un mural como el que tiene la Biblioteca Central de la UNAM.
miércoles, 4 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN RECONOCIMIENTO
Querida Mariana: ¡mirá esta fotografía! ¡Genial! Dos reconocidos paisanos: el maestro Temo Alcázar y el senador Óscar Eduardo Ramírez. ¿En dónde están? ¡En el Senado de la República! El Senado, por iniciativa del senador Eduardo, reconoció a quince destacados deportistas de Chiapas, en el acto que se llamó “Entrega de Reconocimientos a Deportistas Chiapanecos”. El maestro Temo, el Eterno Joven de Comitán, fue uno de los quince deportistas reconocidos. Pucha, ¡nadita! Él estuvo chento y sus amigos compartieron su emoción y su alegría.
El acto se efectuó el dos de mayo de 2022, e inició un poquito después del mediodía. Vi la ceremonia a través del Canal del Congreso. Ya sabés cómo somos los comitecos, estuve pendiente de todos los movimientos, pero mi atención se centró en los instantes que la cámara hizo paneos y apareció el maestro Temo, sentado en una curul, de la segunda fila.
A la hora que recibió su reconocimiento, el maestro estuvo al lado de los cinco senadores que presidieron el acto: Alejandra Lagunes, Óscar Eduardo Ramírez, Ricardo Monreal, Olga Sánchez Cordero y Rafael Espino de la Peña, pero en esta fotografía está con quien, así lo reconoció la senadora Olga Sánchez Cordero, fue el anfitrión. La presidente del Senado de la República dijo que el senador Óscar Eduardo Ramírez Aguilar fue “el organizador de este evento”.
Una palabra que estuvo presente en la ceremonia fue ¡sueño! Blanca Solís, quien dio el mensaje en nombre de los premiados, expresó que sus compañeros, con su ejemplo de disciplina, impulsan “a muchos niños y niñas que también tienen este sueño”. Monreal reafirmó eso a la hora de su mensaje: “Hay que tener sueños, ¡todo lo puedes lograr!”
Un día, en un Platicatorio, le pregunté al maestro Temo: ¿Qué soñabas de niño que serías de grande? Él respondió: “Siempre soñé con ser un campeón de boxeo, nunca lo logré, porque no tenía yo el valor para rematar a mi contrincante”. En esta respuesta dejó implícita la grandeza de su carácter: es un hombre que aporta, que no arrebata. Comitán se ha beneficiado con sus enseñanzas y prácticas deportivas. El maestro ha iluminado vidas en el patio escolar siendo maestro de educación física de estudiantes de primaria y de secundaria, o en el gimnasio, o en las crónicas donde, siempre, estimula a hacer deporte, a tener pensamientos positivos, o en sus diarias caminatas. Él enseña con el ejemplo.
El Eterno Joven de Comitán fue reconocido en el Senado de la República. Nunca soñó con llegar al Senado de la República y el 2 de mayo estuvo en la máxima tribuna recibiendo un reconocimiento a su entrega y a su pasión por el deporte. Chiapas estuvo presente una vez más en la casa de todos los mexicanos, y Comitán estuvo, en este acto, representado con mucho orgullo por el maestro Cuauhtémoc Alcázar Cancino, quien se presentó, como se dice, vestido de pipa y guante (aunque ni llevaba pipa ni guante, sí llevaba corbata, saco sport, camisa y pantalón en tonos azules. Ah, pasarela histórica).
Cuando la maestra de ceremonias mencionó su nombre y el maestro Temo bajó de la curul para subir al máximo estrado, recordé las películas de Santo, el enmascarado de plata, el mítico luchador mexicano; recordé cómo en el Cine Comitán, todos los espectadores coreaban “¡Santo, Santo, Santo, Santo, Santo!”; y pensé que los espectadores comitecos bien podíamos corear: “Temo, Temo, Temo, Temo”. Ahí estaba nuestro Eterno Joven de Comitán, a sus ochenta y dos años de edad, subiendo en forma dinámica los peldaños, para recibir el reconocimiento por su entrega leal a la práctica deportiva.
El acto duró una hora. La palabra sueño anduvo volando ese mediodía en el Senado. Los cinco senadores tienen sueños, asimismo los deportistas premiados.
El senador Ramírez Aguilar expresó que tuvo esta iniciativa para reconocer el talento en vida, “lo hacemos con mucho cariño, mucho entusiasmo”. Su iniciativa hizo que, de nuevo, Chiapas estuviera en los principales titulares de los medios de comunicación de todo México.
Posdata: querida mía, vi el acto, no podía perderlo. Nuestro amigo Temo había dicho días antes que iba por la grande. De niño nunca soñó llegar al Senado de la República; él, como lo dijo en el Platicatorio, soñó con ser campeón de boxeo, llegar a ser, por ejemplo, como el Lacandón Anaya, quien fue mencionado por Rafael Espino de la Peña, al ser un boxeador chiapaneco que logró triunfos a nivel internacional. ¡No! El maestro es campeón en la vida diaria, en su pueblo (nuestro pueblo) ha brindado encuentros excelsos, donde, en lugar de aniquilar al rival, ha tendido la mano para recomendar a las personas: ¡hagan deporte, sus vidas tendrán grandes recompensas! Nunca soñó con llegar al Senado y, gracias al deporte, llegó, vio y triunfó. ¡Salud! Salud, por siempre, querido maestro Temo. Merecido reconocimiento. Excelente iniciativa.
martes, 3 de mayo de 2022
ARENILLA, CON REFRESCO Y HUESO
Querida Mariana: esta fotografía está en el muro de Carlos Rojas Irecta. ¿Es él quien baila con esta niña bonita? No lo sé. Hay dos elementos que llamaron mi atención y me permiten casi casi asegurar (pucha, siempre tengo dudas) que esta fotografía corresponde a los años setenta. Donde no hay duda es el lugar donde fue tomada la imagen: el portal poniente, frente al parque central de Comitán. Sé que debo darte referencias, porque vos, en esos años, no eras ni siquiera anteproyecto de vida. Donde está la pareja de danzarines ahora están los cafés al aire libre (el Italian Coffe, la Esquina de Belisario). ¿Sí?
Ahora, un elemento me permite casi casi asegurar que esta foto no fue tomada en 1971 o 1972, sino de 1973 en adelante (si el que baila es Carlitos, él debe tener la fecha precisa y saber el nombre de su pareja). ¿Por qué digo que fue tomada en 73 o en años posteriores? Porque ahí está el anuncio de la Pepsi, chequé en el Internet que en 1973 hubo modificación de su logotipo y comenzaron a usar éste. Antes, la Pepsi incluía la Cola en su nombre (sin albur). Pero, en algún momento la Pepsi perdió la Cola y quedó como actualmente está: ¡Pepsi!
No me hagás caso, pero hace tiempo alguien me platicó que hubo un sorteo entre las dos famosas empresas de refresco de cola, quien perdiera eliminaría la palabra cola de su marca y perdió la Pepsi. No sé si sea cierta la anécdota, pero coincide con la realidad, la Pepsi Cola dejó de usar la Cola y se quedó sólo como Pepsi. La Coca Cola ha modificado su logotipo, pero siempre conservando las dos palabras.
¿Cuál es el otro elemento que permite asegurar que es una imagen de los años setenta? La vestimenta, la de los danzantes es una vestimenta tradicional que no permitiría ubicar la época, salvo, tal vez, los zapatos de la chica, porque el chico usa huaraches, y los huaraches son intemporales. Pero, el compa que se ve en el lado izquierdo, al lado del chico danzante usa una camisa con estampados y tiene una cabellera larga, ah, la moda de los años setenta. ¿El danzante también tiene la cabellera larga? Parece que sí.
Los organizadores del acto cultural improvisaron un templete de madera para que ahí danzara esta pareja. ¿Cuál fue el motivo? ¿Qué danzan? Quién sabe, pero se ve que fue un acto muy concurrido. ¡Cuánta gente reunida para ver a la pareja! Sin duda que no sólo ellos participaron, este baile fue un número más de un programa. La chica faldea y el chico coloca sus manos detrás, en una clásica posición de zapateado. Si ponés atención escucharás el disco de marimba que los hace bailar. El chico, como es costumbre, galantea con la chica, que, naturalmente, se hace del rogar.
Pero ya, metido en el argüende, te invito a que mirés con atención el anuncio luminoso de la Pepsi (que esa noche no estuvo encendido) y veás las letras superiores. ¿Alcanzás a ver qué dice? Dice Martínez. ¿Mirás? Sin duda que anunciaba el famosísimo restaurante de don Julián y de doña Caritina. ¿Don Julián? Sí, el famoso tío Jul, el de los Huesos de Tío Jul, el de los taquitos estilo Tío Jul. Ah, genial.
Sí, te he platicado que recuerdo que, en mi infancia, íbamos con mi mamá a comprar tamales de azafrán, en el negocio de Tío Jul, ahí, en el portal. Ah, jamás volví a probar tamales de azafrán tan exquisitos. El otro día, alguien comentó que la mami de mi amiga Maricruz Aguilar Gordillo hace unos muy ricos. Ahora ya no como tamales y no tengo manera de comprobar el dicho, que no lo dudo. Me quedo con el recuerdo maravilloso de los tamales que tío Jul vendía en aquellos años.
La empresa Pepsi había hecho trato con don Rafa Pascacio y en sus salas cinematográficas (Cine Comitán y Cine Montebello) era el refresco que vendían. Mi papá era distribuidor de la Coca Cola y había hecho trato en la escuela primaria Fray Matías de Córdova. Fui un niño consumidor de Coca Cola, en las mañanas, y de Pepsi, en las tardes. A la hora del recreo escolar compraba una Coca Cola y galletas saladas (las hoy llamadas crackets). Ah, era la combinación ideal. En la tarde, cuando iba al cine, compraba una Pepsi (servida en un vaso encerado) y una orden de tacos dorados. Ah, mezcla genial, insuperable.
Posdata: esta fotografía es de los años setenta. Donde los chicos bailan era la calle, acá (como ya lo dije) colocaron un templete de madera como escenario para el acto cultural). Muchos años después, la autoridad municipal hizo “un templete” corrido, ya permanente. Ahora, los comitecos y visitantes acudimos a tomar un café, una limonada, un té, una cerveza o una Coca Cola en los cafés al aire libre, debajo de las sombrillas.
lunes, 2 de mayo de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN EXCESO
Querida Mariana: comparto una foto genial, testimonio de un momento compartido con los compañeros de trabajo del glorioso Colegio Mariano N. Ruiz. ¡No, no, por favor! No preguntés de qué año es, sólo puedo decir que es del tiempo A. P. (antes de la pandemia).
¿Por qué la comparto? Porque me dio gusto hallarla en los recuerdos del Facebook y porque tiene un elemento que dividió opiniones entre mi sobrina Pau, quien dijo: “ah, tío, sos de lo que no hay”, y su mamá, que dijo: “burro, te pasás”.
¿De qué hablaban? Del libro que tengo frente a mí, sobre la mesa. En la comida, todos los maestros tienen platos y vasos frente a ellos, y yo tengo ¡un libro!
En la pasada conmemoración del Día del Libro, dije que el libro es mi alimento espiritual y que no salgo a la calle sin llevar un libro debajo del brazo. En esta foto, en forma simbólica, por supuesto, está la prueba de mi dicho: el libro es mi alimento y nunca salgo a la calle sin un libro. El día de esta convivencia, me senté ante la mesa. Debido a que no como los ricos taquitos que disfrutaron mis compañeros, no tuve un plato frente a mí. Donde debió estar un plato dejé mi libro. Así quedó consignado el instante, un instante soberbio.
¿Un exceso? Puede ser. La mamá de Pau dijo que me paso, Pau dice que soy de lo que no hay. Mi sobrina lo dijo como un halago a mi personalidad y su mamá como un reclamo. Me paso.
¿Un exceso? Puede ser que sí, mi mamá, cuando yo era niño, me regañaba si veía que llevaba un libro a la mesa. No podía cometer tal afrenta, la mesa era un espacio sagrado, destinado para comer y beber (mi papá a veces tomaba el agua de limón y a veces la cerveza o la cuba). En la mesa nos reuníamos los familiares y los amigos, era el espacio para la convivencia. ¡Nada de libros, era una falta de respeto!
Dicen que Rosario Castellanos y su papá leían el periódico en la sobremesa. Mi mamá nunca se los hubiera permitido, les habría dicho: ¡vayan a leer a otra parte! Mi mamá siempre ha considerado que cada espacio tiene su vocación.
Lo que mi mamá no sabe bien a bien es que el libro es un objeto genial que se puede llevar a todos lados, perdón, hasta en el baño puede llevarse. Acá, vuelvo a pedir perdón, lo puse sobre la mesa de convivencia. Claro, no cometí el desacato de ponerme a leer, porque la plática, la verdad, estaba sabrosa y ameritaba suspender la historia del libro para enterarme de otras historias, más locales, igual de interesantes.
¿Para qué usás la cama? Para dormir, para descansar, para hacer jueguitos de pareja y para ¡leer! Sí, millones de lectores en el mundo leen en la cama o en la hamaca, ah, qué sabroso. Pensá en el espacio más insólito y ahí podés hallar a un lector leyendo. Romeo, de niño, se metía debajo de la cama y ahí, con una lámpara de mano, leía “La isla del tesoro”. Cuando su mamá descubrió ese escondite, obligó a Romeo a barrer todos los días ese espacio. Cuando me enteré de eso me dio mucho gusto. ¿Mirás? La mamá sólo procuró que Romeo no fuera picado por una araña o se le subieran cucarachas en los brazos. Sé que ahora estás pensando que no es el mejor lugar para leer, por supuesto que no. La lectura exige, por salud, una buena luz, mejor si es la luz natural, pero a Romeo le encantaba esa “cuevita”, ahí disfrutaba la lectura.
Dije que podés pensar en un lugar insólito y ahí hallarás a una persona ejerciendo el maravilloso arte de la lectura. ¿Qué otro pasatiempo posee esa posibilidad?
Crecí y mi mamá tuvo que ceder. Un día hizo favor de servirme la comida calientita y vio que, mientras comía, daba vuelta a las páginas del libro. Iván Ibáñez dice que somos viciosos, nuestro vicio es la lectura, bendito vicio, maravilloso. Este vicio me lleva a cometer actos que algunos consideran extravagancias, excesos. Mi vicio pudo más que las recomendaciones sensatas de mi mamá. Ahora, varios libros de mi biblioteca tienen manchas de frijol o de salsa o ramitas de cilantro seco. Son las huellas del camino andado.
¿Exceso? No lo sé. El pecado de la gula provoca obesidad, con todas sus implicaciones; el vicio de las hierbitas o de los pinchazos provoca desvaríos mentales; el vicio del alcohol lleva a la demencia y a enfermedades corporales peligrosas. ¿Qué problemas conlleva escuchar las voces más lúcidas del mundo? ¿Qué riesgo corre un lector al conocer historias escritas por las mentes más brillantes? Llevo más de cincuenta y cinco años de ser un lector comprometido, más de cincuenta y cinco años de ser vicioso, y durante ese lapso, tan ancho como un río infinito, sólo he obtenido felicidad.
Posdata: y si en lugar de mi comida, mi mamá me pusiera sobre la mesa un libro y me dijera: ¡ahora te lo comes!, ¿qué haría? Me haría falta, por supuesto, el alimento para el cuerpo, pero jamás tendría agruras o dolor de la panza cerebral. No. Ningún lector ha muerto por cirrosis intelectual.
¿De qué tiempo fue esta foto? No lo sé. Sólo sé que fue en el tiempo A. P., y que el buen maestro Sergio aún andaba con nosotros y no se había despedido para siempre. Acá se ve cómo el sol del fondo lo ilumina, lo consiente; ese sol nos acompañaba, como pájaro estaba suspendido sobre nuestras frondas.
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