viernes, 12 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON NUBES QUE NUNCA VOLARÁN POR ESTE CIELO

Querida Mariana: ¿cuáles serán las palabras que más usamos los comitecos? El otro día pensé que los habitantes de París tienen cercanía con el río Sena. ¿Quién sabe cuántos franceses mencionan al Sena cada día, a todas horas? Muchos comitecos mencionamos, aún, al río Grande. Lo que quiero decir es que la palabra río la mencionamos aquí y allá. Los franceses mencionan a la Torre Eiffel. ¿Nosotros? No tenemos torre, nos damos ¡en la torre!, esto sí. Pero, nadita somos, sí tenemos la panadería de Las Torres, donde venden un riquísimo pan comiteco. Usamos la palabra desierto, pero no la empleamos con la frecuencia que la usan los egipcios, quienes también usan frecuentemente la palabra pirámide. ¿Nosotros? De vez en cuando escucho que alguien menciona la palabra pirámide para designar alguna estructura maya, pero como las pirámides acá están truncas usamos la palabra ruina. Pucha, no es el término más adecuado, pero ahí se va. Asimismo, la palabra tren no la usamos con frecuencia, como sí la usan los habitantes de la Costa. Mi mamá (huixtleca de nacimiento) me cuenta historias del tren y de la estación que había en su pueblo. Dice que uno de esos trenes se llamaba “El mixto”. Acá sólo los niños de los años sesenta soñábamos con un trenecito eléctrico. Hoy, entiendo, los niños sueñan con otro tipo de juegos. ¿Y qué me decís acerca de la palabra nieve? La empleamos con frecuencia para designar a los helados, porque en Suiza la emplean para nombrar los cristales de hielo que caen del cielo y alfombran de blanco todos los campos. Acá no nieva. ¿Y qué sucede con la palabra mar? Es algo tan distante. La mencionamos cuando vamos a los restaurantes a comer algún producto del mar o cuando, chismosos (mero comitecos que somos), hablamos de vida y milagros inventados de alguna chica que se llama Mar, porque el nombre sí es empleado para nombrar a chicas. De las palabras mencionadas ninguna se emplea como nombres propios, salvo el de Mar. ¿Cuándo has escuchado que alguien se llame Desierto o Río o Torre o Nieve? Aunque fíjate que acá te daré un tip lexicológico, me preguntan cómo se dice: “en Nueva York ¿neva o nieva?” Ah, yo no fallo, porque siempre recuerdo a mi amigo que tiene el apellido Nieva y respondo de inmediato: ¡nieva!; es decir, en Comitán no nieva, pero sí hay familia de apellido Nieva. El Metro de la Ciudad de México y de las grandes ciudades es muy diferente con nuestro modesto metro, el nuestro sólo se usa en los mostradores de los sastres o en las jarcierías o lugares donde venden telas. Nuestro metro es cabal; digo esto, porque el Metro de la Ciudad de México mide más de un metro. ¿Por qué se llama Metro a lo que en USA se llama Subway, que parece un término más correcto para designar a ese maravilloso gusano que transporta millones de usuarios todos los días de todo el año? Busco en el Internet y encuentro la respuesta a mi pregunta: “Ah, mirá, Alejandro, se llama Metro porque es contracción de la palabra Metropolitano”. Oh, quedo turulato y satisfecho con la explicación. En Londres, el Metro se llamaba Metropolitan Railway. ¡Genial! Es decir, el Metro no tiene nada que ver con el sencillo metro. Y ya que mencioné a Londres también es bueno decir que la palabra niebla tampoco la usamos mucho en el pueblo, como sí lo usan los londinenses, porque allá es cosa de todos los días. Acá, cuando amanece con niebla la gente toma fotografías y se sorprende con las imágenes que nos remontan a películas de misterio o de terror. En las películas de El Santo aventaban una neblina falsa para hacer más dramático el momento en que aparecería el vampiro. Posdata: hay palabras que usamos todos los días, hay otras que, a pesar de ser parte de nuestro idioma no las empleamos frecuentemente, porque los entornos no lo permiten. No falta el compa simpático que dice: “Este fin fui a las playas de Uninajab”, sabemos que es una exageración, porque en ese lugar no hay playas, pero el deseo nos hace pensar que esa tierra tiene cierta semejanza con la arena fina, blanca, de Cancún. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 11 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON PAUSA

Querida Mariana: llamó mi atención la pausa. Supe que estas pausas se dan en todos los lugares del mundo. La vida debería tener la placidez de este momento. Pensé en las ciudades que están en guerra. ¿Hay estas pausas? Sí, en medio del horror, el ser humano procura instantes para untar un poco de armonía en sus espíritus, es una manera de hacer frente al espanto, a lo incomprensible. La vida manda aluviones de lodo. Siempre ha sido así. Imaginá el dolor de los amigos de Ucrania cuando vieron que el ejército ruso comenzó a invadir su nación. Ya habían recibido noticias, millones de ellos debieron evacuar su patria, dejar su hogar, el jardín de la abuela, los caminitos de tierra donde los niños jugaban carritos. Vivieron el dolor que viven millones de personas cada día al subirse al tren de la migración. Por eso, cuando pasé una de estas mañanas por el parque central de nuestro pueblo, en esta esquina soberbia, llamó mi atención la ola de tranquilidad que llegó a mi playa. Transitaba en mi tsurito, entregaba la edición impresa más reciente de Arenilla Revista. Me detuve tantito, como lo hago cuando me topo con amigos para entregarles la revista; me detuve para tomar la instantánea. Un quinteto de personas estaba resguardado bajo la sombra, sobre la plancha de cemento donde están escritos poemas de Rosario Castellanos, porque el busto está dedicado a la gloria de la famosa escritora. La mañana estaba dispuesta para esta pausa, de la cual me contagié tantito, porque, digo, detuve el tsurito para tomar la fotografía, para llenarme de la misma caricia que los bendecía a ellos. Sé que las nubes se desplazaban como globos, pero acá parece que también, el prodigio de la fotografía, las detuvo y las invitó a unirse a esta pausa maravillosa. Todo se detuvo por un instante, fue como el juego que jugábamos de niños: ¡encantados!, cuando quedábamos sin movernos, como si la orden hubiese tenido la magia para suspender todo movimiento, para que todo lo que volaba en el cielo quedara en suspenso. Cuando me detuve detrás de mí venía un taxista, al ver que me había detenido para tomar una fotografía no tocó el claxon, ¿mirás?, pucha, un taxista también hizo una pausa. Sé que los taxistas están tras la chuleta, no están acostumbrados a hacer pausas innecesarias, ellos se trepan al tren de la velocidad y casi del vértigo para pepenar la paga que les permitirá la sobrevivencia, pero esa mañana la burbuja de sosiego fue tan inmensa que el taxista esperó pacientemente el tiempo mínimo que me tomé para retratar este momento intenso. ¿Ya viste que ellos toman un helado, una nieve artesanal? Casi estoy seguro que ellos se acercaron al nevero que se pone ahí en la escalinata y pidieron la tradicional de vainilla y el nevero colocó el barquillo en una servilleta y sirvió la nieve. Me encantó esta imagen sencilla, plena, maravillosa. Supe que quienes estábamos en esa burbuja éramos privilegiados. Supe, qué pena, que también los hombres y mujeres que viven en medio de la guerra, buscan momentos para untar esperanza en sus espíritus. He visto fotografías donde un pianista toca una melodía de Mozart a mitad de una calle donde hay desechos y edificios en ruinas; he visto fotografías donde la abuela abraza a sus nietos; donde los papás leen a sus hijos con las caritas iluminadas. He visto fotografías donde hay hombres y mujeres sentados, bordando una pausa en el trayecto miserable de la migración. Posdata: vi a este grupo hermoso, al lado del busto de Rosario, cobijados por una sombra fresca, y pensé que la vida, siempre confusa, a veces abre sus brazos generosos y nos recibe como mamá afectuosa. En todo el mundo la gente de bien aprecia estos momentos, los busca, los procura. Los visitantes llegan a Comitán y estiman estas pausas generosas. Comitán es una ciudad donde la pausa se encarama en el minutero del reloj y le hace trampa. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 10 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CERCA DEL QUINTO ANIVERSARIO

Querida Mariana: ya está en circulación el número 30 de ARENILLA-Revista; preparamos el número 31, correspondiente al bimestre octubre-noviembre 2022, que será el número de celebración del quinto aniversario. ¡Sí, mi niña querida, cumpliremos cinco años! Vengan las velitas para soplar, nos sobra resuello. Somos una revista niña, pichita de cinco, pero hemos crecido tanto que nuestros fieles lectores ya nos han colocado en un sitio importante de sus corazones y mentes. ¡Somos una niña hermosa! Nuestros amigos lectores de esta región de Chiapas y de Huehuetenango, Guatemala, reconocen el trabajo limpio y generoso que hemos realizado; saben que todo lo hacemos para que la gloria de Comitán siga brillando. Nadie puede ignorar este esfuerzo. Los padres de familia leen los artículos y comparten con sus hijos el cuentito que ofrecemos en cada número, gracias al patrocinio de la Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos. Cada vez que las mentes infantiles se iluminan con el brillo de la imaginación, honramos la memoria de la querida Ale. Todo mundo reconoce la altitud de miras de los empresarios que patrocinan este proyecto cultural, porque saben que ellos apuestan por la misma región donde viven y crecen sus hijos. ¿Qué tipo de sociedad queremos? ARENILLA-Revista contribuye a abonar el intelecto y la esperanza. Sí, lo bulbuluqueamos con satisfacción. En cada número entregamos, en forma gratuita, un producto cultural que honra la dignidad de nuestro pueblo. Como si fuésemos aquellos hermosos arrieros que iban de un lugar a otro llevando los productos que se generaban en sus pueblos. Nosotros llevamos un producto hecho en Comitán, hecho a la comiteca; es decir ¡bien hecho!; llevamos a muchos manos una revista que contiene algo de lo mejor de nuestros pueblos. Reafirmamos nuestra identidad, abrimos una ventana que da al pasado prodigioso y otra que muestra nuestro presente lleno de fe y una más que deja entrar el aire del futuro. Ya preparamos el número 31, con el que celebraremos, primero Dios, nuestro quinto aniversario. No es poca cosa. En tiempos difíciles, nosotros hemos seguido trabajando por nuestra sociedad, no hemos parado ni un solo día. No exageramos, no prometemos trabajar “más de veinticuatro horas en beneficio de nuestro pueblo”; no, cumplimos nuestra jornada laboral, pero sí, es de justicia mencionarlo, laboramos incluso los domingos, lo hacemos con gran emoción, porque sabemos que nos debemos a nuestros lectores y a nuestros patrocinadores. Sembramos espigas de luz en nuestras parcelas comunes. ¿Ya leíste el número de agosto-septiembre? Como siempre, está ¡de lujo! En portada tenemos una foto estupenda de Carlos Gordillo, con el equipo profesional de Médica San Miguel, un espacio para la salud en Comitán. Ya en interiores podrás enterarte de todas las bondades de este espacio. En tu carta te cuento una historia bien bonita, la de tu tocaya Mariana Castillo Arce, quien es ex alumna del Colegio Mariano N. Ruiz y que nos compartió su gozo porque fue aceptada en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), una de las universidades más prestigiosas del mundo. ¡Qué privilegio, qué honor! Una crónica fantástica del maravilloso cronista de La Trinitaria: el maestro Benito Vera Guerrero; una invitación para aprovechar la campaña Septiembre, Mes del Testamento 2022, con descuentos atractivos. Quien tiene bienes materiales sabe la importancia de hacer testamento, porque los bienes intestados son herencias problemáticas. Giovanna Gómez y Luz Elena Gómez nos compartieron un texto cuyo título sintetiza el riquísimo contenido: “¿De dónde viene el café?”. ¿Vos sabés? Además, una pildorita simpática acerca del uso que en Comitán le damos a la palabra Atarantado. “El festejo” es un texto que también disfrutarás mucho, es una narración que escribió nuestra querida amiga Martha Aurora Avendaño Román, comiteca por los cuatro costados. Y tenemos presencia de Guatemala: un texto de Carlos Manuel Maldonado: “Nunca me fui de Huehuetenango”, y un artículo histórico escrito por Carlos Rivas, nuestro Director Comercial en aquel país: “Don Chepito, primer farmacéutico de la Villa de Chiantla, Huehuetenango. Foto ganadora de la dinámica: “Navegantes, felicidades, arribaron a buen puerto: ¡Comitán!”, y, por supuesto, el cuentito para que los papás compartan con sus hijos. En esta ocasión es un cuentito maravilloso escrito por Abelardo Espinosa e ilustrado por su nieto Carlitos, nuestro dibujante consentido. Posdata: nos sentimos orgullosos, entregamos un producto cultural de calidad. Con ello reafirmamos que merecemos a Comitán y, de igual manera, Comitán nos merece. La grandeza de esta tierra no merece menos.

martes, 9 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON PALOMITAS

Querida Mariana: vi el grupo de palomas en la escalinata del templo de San Caralampio. Pensé si ellas, como nosotros, los humanos, juegan. Te lo pregunto a vos, porque sé que vos sos una niña bonita, juiciosa. Si esto le preguntara a Romeo, sé que la risa le ganaría, su panza se movería como gelatina, y haría algún comentario soez. ¿A qué juegan las palomas? Ah, ya estoy viendo por dónde se iría su mente cochambrosa, su mente de sartén que recibió carne de cuch y no lo lavaron durante una semana. Nosotros, los humanos, poseemos la maravillosa capacidad de realizar juegos grupales, desde la reunión de dos hasta el infinito. Jugamos tenis, boxeo, ajedrez, lucha romana y, de juegos de dos integrantes pasamos a mayor número de jugadores: béisbol, naipes, ruleta, billar, fútbol soccer y mil juegos más. ¿Cuál es el juego que congrega a mayor número de integrantes? ¿Has visto esas maravillosas fotografías que muestran miles y miles de integrantes para lograr un récord Guinness? Nunca hemos hecho en Comitán el intento de aparecer en el libro de récords con la hechura del pan compuesto más grande del mundo. ¿Imaginás a cientos y cientos de personas untando frijolitos molidos en una enormísima tapa de un pan francés? En España hicieron la paella más grande del mundo. ¿Por qué no hemos incentivado la reunión de la mayor cantidad de bebedores de comiteco? Imaginá a cientos y cientos de personas reunidas en el estadio, cada persona con su copita de comiteco, y a la cuenta de ¡uno, dos, tres!, bebiera el pitutazo de esa famosa bebida alcohólica. Ya, ya, sé que el estadio no es el mejor espacio para llenarlo con una enormísima bola de bolos, pero, sé que el estadio, lugar donde se practica el deporte, también es espacio para practicar el famoso levantamiento de bote cervecero. ¿A qué juegan las palomas? La mañana que estuve frente a la escalinata vi el grupo y pensé que jugaban algo que mi mente disminuida no podía tocar; estaban como si estuvieran juntas, pero no revueltas, no había un orden en sus posiciones. Vi la que tenía más cerca y advertí que ella tenía uniforme blanco con motas negras, pero había otras que, al contrario, tenían un uniforme negro con ligeras franjas blancas. Había una que se distinguía del grupo, ¿ya la viste? Es la que está al lado de la pared, de la pared maestra, en hermosísimo color ámbar. Esa paloma se distinguía por su uniforme, la vi como si fuera la árbitra de un juego de fútbol, ya mirás que los árbitros portan colores diferenciadores. Me encanta ver las fotografías del maravilloso Spencer Tunick. Un día invitó al juego: ¡vengan al zócalo de la Ciudad de México, vengan, nos tomaremos una foto! ¡Vengan sin uniforme, porque todos somos integrantes del mismo equipo! ¡Vengan desnudos! Y en ese juego no hubo vencedores ni vencidos, todos jugaron por el gusto de divertirse, de compartir, de volverse grupo. Y ahí está la fotografía que da testimonio de ese maravilloso grupo que, como palomas, se unieron sin más pretensión que el juego mismo. Ahí está la fotografía con mujeres y hombres delgados, gordos, güeros, morenos, bien dotados, disminuidos, con tetas caídas, con huevos tutimes, calvos, altos, chaparros, panzones. Miles de personas desnudas llegaron una mañana fresca y el aire del centro del país los unió, el frío se desvaneció con el calor del grupo. ¿A qué juegan las palomas? ¡A nada! ¿De verdad? No lo sé. Deben divertirse en conjunto. Esa mañana, cuando más interesado estaba en verlas, alguna de ellas dio alguna orden indescifrable para la conciencia humana y las vi volar en grupo. Todas, como si fueran niños con papalotes, brincaron, dieron vueltas y vueltas, como si fueran avionetas, como esas que estuvieron sobrevolando el cielo comiteco en días de feria. Ah, qué prodigio, su aleteo escribió algo sobre el aire, algo tan etéreo y sutil que de inmediato desaparecía, era como un juego sencillo, casi bobo, donde lo que escribían con el ala derecha lo borraban con la izquierda. Todos los juegos deben tomarse con la simplicidad con que el viento mueve las hojas de los árboles, con la placidez con que vuela una mariposa, con el suspenso que logra el halconcillo que aletea y no se mueve de un punto en el aire. Posdata: en el mundo hay muchas preguntas sin respuestas, puertas cerradas para la pretensión humana; hay ventanas que dan a universos paralelos. ¿Qué diferencias hay entre estas palomas pileñas y las palomas del centro? ¿Se creen más finas las de Santo Domingo? ¿Las pileñas están más cerca del prodigio por ser consentidas del santo más consentido? En Nueva York hicieron el hot dog más grande del mundo. ¿Cuándo en Comitán el hueso estilo tío Jul más grande del mundo? Ah, ya miro la chamorriza sobre las mesas. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 8 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN DATSUN EN OCRES

Querida Mariana: esta fotografía la robé del Facebook; la compartió el maestro Sanchírico, quien aparece vestido con tonos azules. Te mando copia porque es una manera de celebrar un trigésimo aniversario, este instante fue capturado en 1992. Han pasado treinta años de ese momento supremo, donde quedaron inmortalizados dos grandes artistas plásticos de esta tierra, a pesar de que el maestro Mario Luis Jaimes Sanchírico nació en Puebla (en Comitán la mayoría le dice maestro Sanchírico, porque el apellido materno es más sonoro que el apellido paterno). Mario sí es originario de esta maravillosa tierra. Si le echás pluma mirás que el maestro Mario Luis lleva más de treinta años viviendo en nuestro pueblo, ya es comiteco. Un día llegó a Comitán y acá se quedó. Geniales artistas plásticos. Mario, hace poco, a invitación del Senado de la República, presentó algunas de sus maravillosas acuarelas en el vestíbulo de ese recinto. Conocí al maestro Sanchírico en los años ochenta. Una vez organizamos una exposición en la galería que abrimos mi Paty y yo: Galería Bonampak. Ambos artistas participaron con su obra en esa ocasión. El maestro participó con un bellísimo retrato al óleo de Coya Bermúdez. Reconocí que Sanchírico era un excelso retratista, con mano diestra y excelso colorido. Entiendo, sin asegurarlo, que el datsun que acá se ve era del maestro, con esos tonos ocres gritaba ¡acá va un artista plástico! Mario, en ese tiempo, pintaba unos cuadros maravillosos con influencia surrealista y con apliques de cáscara de huevo, que le permitía ofrecer unos rostros craquelados maravillosos. Los dos cuadros impactaron a los espectadores. Como era una expo – venta, una persona se acercó para preguntar el precio del retrato de Coya (vestida con traje de charra, con un hermosísimo sombrero). No, perdón, le dijimos, esta obra ya está vendida (sólo estaba en calidad de préstamo). A la hora que salió la persona le colocamos una tarjeta que aclaraba que era una obra en préstamo, que pertenecía a una colección privada (sin duda que Coya debe conservar esa obra maravillosa). Pero una de las obras de Mario sí la vendimos. Una mañana llegó don Héctor González Carrillo, maravilloso personaje de nuestra ciudad, se detuvo durante mucho tiempo frente al cuadro. Al final me dijo que le había gustado y preguntó por el precio, dijo que regresaría al siguiente día y ¡cumplió! Tal vez alguno de los hijos aún conserva ese cuadro del genial Mario. A la hora de la fotografía ellos se recargaron en el carrito que estaba estacionado a mitad de la calle (cómo no, es una de las amplísimas calles de la colonia Miguel Alemán). No sé si Sanchírico vivía ahí en la colonia, ¡Mario sí! La casa del papá de Mario estaba en la colonia Miguel Alemán, ahora él vive en otra casa, pero en la misma colonia. ¿En la colonia Miguel Alemán vive Sanchírico? No me hagás mucho caso, pero tengo la impresión que sí, que ahí vive. La única certeza es que en 1992, hace treinta años, ambos artistas posaron para esta maravillosa fotografía. El sol les pegaba de frente, era tan intenso que Mario se sostuvo de ambas puertas y cerró los ojos tantito, el maestro Sanchírico, con más experiencia, se puso los lentes y dejó que el sol buscara por dónde meterse. ¿Ya viste el árbol del fondo? ¡Qué árbol tan bello! ¿Ya viste las tradicionales celosías comitecas que rematan en la barda del fondo? ¡Qué belleza! Vi la fotografía y mi rostro se alegró, mi mente me llevó a momentos vividos años antes, en 1989, cuando se hizo la exposición en la galería. En esa galería honramos a dos excelentes artistas de Comitán. Tuvimos dos salas amplias, iluminadas, y colocamos dos placas para celebrar la vida y obra del maestro Paquito García y del maestro Javier Mandujano Solórzano. Cuando levantamos la galería, porque no dio los resultados esperados, pedimos permiso para colocar esas placas en la Biblioteca Pública, pero ya no las he visto, por ahí se extraviaron, lo mismo sucedió con los retratos de los homenajeados. El retrato del maestro Güero lo realizaron los hermanos Alfonzo Meza y el retrato del maestro Paquito, su alumno Valdemar Castañeda. Posdata: durante el paso del tiempo se extravían muchos objetos, muchos instantes. ¿Aún “vive” el carrito datsun del maestro Sanchírico? No lo creo. Ellos, los tocayos Mario, aún viven, gracias a la divinidad. Son vidas estimulantes, sus manos prodigiosas pintaron la esperanza en los cielos de esta tierra. No sé si el maestro Sanchírico sigue pintando, Mario Pinto ¡sí! Por eso, cuando vi esta fotografía, me sentí pleno, hacé de cuenta que rescataba algo extraviado, un tiempo ya ido, un hermoso árbol y una fantástica celosía con ladrillos acostados e inclinados. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 7 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON UNA VUELTITA POR SAN SEBAS

Querida Mariana: No, no, no es la obra original de Miguel Ángel, llamado “El Divino”, ni el mural está en la Capilla Sixtina. ¡No! Este mural, copia del fresco “La creación de Adán”, está en un cuarto del portal de San Sebastián, este local funciona como oficina del Grupo Nápoles, Bienes Raíces; y está al lado de la cafetería San Sebas. ¿Mirás? Esto que te platico es parte de la maravilla que ocurre en todos los pueblos del mundo. Enfrente del parque del barrio de San Sebastián (Parque La Corregidora) hay una réplica de una obra de arte famosísima que está en El Vaticano; y aparece una cafetería que se llama San Sebas, porque, vos lo sabés, en Comitán somos muy afectuosos en el trato de nuestros héroes civiles y de los santos, faltaba más. San Sebas. Todo mundo dice San Sebas, parque de San Sebas; nosotros sabemos que nos referimos a San Sebastián. ¿Cómo tratamos al doctor Belisario Domínguez, héroe nacional? Tío Belis, así, con esa confianza. Belis, con afecto, y encima tío; cualquier extraño podría decir que nosotros, los comitecos, somos sobrinos del héroe. El otro día caminé por el parque y luego, para alimentar la nostalgia, crucé la calle para hacer un paseíto por ese prodigioso portal y me maravillé con esto que digo. Me encantó ver el letrero de la cafetería, casi escuché a los amigos diciendo el nombre afectuoso del barrio: San Sebas. Bueno, bueno, vos sabés, los comitecos somos cariñosos, pero igual somos jodoncitos. Cuando fui niño escuché que muchos compas, en lugar de decir San Sebas, decían San Sobas y ya se volvía otra cosa, reían, satisfechos con su picardía alburera. Nadie te dará razón del instante en que alguien comenzó a decir San Sebas a San Sebastián o tío Belis a Belisario Domínguez, pero eso ha ido pasando de mano en mano, es parte de la tradición picaresca, del carácter simpático del pueblo comiteco. Ahora que al artista plástico Antún Kojtom le otorgaron la Medalla Rosario Castellanos, que entrega el Congreso del estado de Chiapas, recordé dos de los murales existentes en el pueblo, donde él intervino, al lado de Arbey Rivera, director del Centro Cultural Rosario Castellanos: un mural que está en las instalaciones de Radio IMER, allá por el rumbo de Chichimá; y un mural que está en el zaguán del Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. El otro día hablamos de los murales existentes en Comitán, sin agotar el tema mencionamos el que está en el Hotel Los Lagos, el que está en la escalinata del palacio municipal y los que están en el Centro Cultural Rosario Castellanos. En el Museo de la Ciudad, en el patio cubierto, hay un mural realizado con paneles digitales, inicialmente el pintor Valdemar Castañeda (autor del mural del hotel Los Lagos), pero luego lo dejó inconcluso y la idea original la realizaron con imágenes digitales. Hay más murales, sin duda, y ahora, en el registro de mi memoria agregaré este que ahora te comparto y que tal vez muchos paisanos ignoran. Pregunté por el autor del mural a una chica muy amable que estaba en la oficina y no supo decirme. Yo, que veía el mural desde la puerta, procuré buscar el nombre del pintor en las esquinitas donde es costumbre colocar la firma, pero nada hallé. ¿Vos sabés quién lo pintó? Ya dije que Antún participó en los murales de IMER y del museo; los murales del Centro Cultural fueron pintados por el maestro Rafael Muñoz López, otro de Mario Pinto Pérez y uno más de Manuel Cunjamá. Ya dije que el del hotel fue pintado por Valdemar Castañeda, y el del palacio es obra de Manuel Suasnávar, Premio Chiapas. Ahora hay que agregar este mural en la Capilla de San Sebas, “La sebastiana” o, más bien dicho, “La sebastina”. A la hora que vi el mural de inmediato pensé en conocer el nombre del autor de esta copia, pero no sólo eso, también me habría gustado saber qué motivó al autor de la idea a pedirle a un pintor para que hiciera este trabajo. Puedo hacer mil suposiciones, pero no lo haré, porque si a preguntas vamos, pues le habría preguntado a Miguel Ángel por qué colocó en esa posición tan cómoda, displicente, a Adán. Pucha. El tipo está recostado y espera que Dios, el creador, le insufle la energía vital. Posdata: Comitán, como todos los pueblos del mundo, es un pueblo lleno de misterios, apenas das la vuelta a la esquina y te ofrece sorpresas. En una pared de un local hay una copia simpática de la obra genial del pintor italiano Miguel Ángel Buonarroti.

sábado, 6 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON UNA FERIA MARAVILLOSA

Querida Mariana: se anuncia la 2ª. Feria del Barro, en San José Obrero. ¡Ah, qué guateque tan sensacional! Somos tierra de barro, lo hemos sido desde hace siglos. Ahora, gracias a la iniciativa de Jose Welbers, María Antonieta Moreno Méndez (doña Tony), Ramón Folch González y Jesús Aguilar, la tradición del barro vuelve a Comitán, para decirnos que somos polvo de aire, de meteorito. Vi una fotografía muy hermosa donde están los integrantes del comité organizador de esta maravillosa feria; están sentados, bien chentos, en una rotonda que abraza un árbol en el atrio del templo de San José Obrero. Vi la foto y fue inevitable, volví a mi infancia, a los años donde iba a esa hermosa comunidad para dar doctrina. Ah, ya miré tu cara bonita iluminarse con tu carcajada. ¿Doctrina? Sí, en mi infancia me sentaba al lado del templo, recibiendo la bendición del aire, para dar doctrina con un grupo de niños que llegaba puntual. ¿De qué años hablo? Mirá, nací en 1957, tal vez tenía nueve o diez años de edad, entonces hablo de los últimos años de la década del sesenta, del siglo pasado. Los niños que acudían a recibir la doctrina, diez o doce, niñas y niños, tendrían seis o siete. Fui un adoctrinador jovencito. Una vez a la quincena asistía a la casa de las madres violetas, en el barrio de San Sebastián, ahí, las madres nos aleccionaban para lo que impartiríamos después. No sé si algún niño de aquel tiempo recuerda esta experiencia. La recuerdo porque practicaba una de mis pasiones: el dibujo. Al preparar la clase hacía dos o tres dibujos en cartulinas, monitos que ilustraban el pasaje bíblico. Los niños asistentes ponían atención cuando señalaba la figura de Dios que había dibujado con la imagen clásica del viejo barbón, con rayos luminosos saliendo de su cabeza. Cuando la madre Sara, queridísima maestra del glorioso Colegio Mariano N. Ruiz, me contó que ella había dado clases a la sombra de un árbol, en el estado de Puebla, de donde era oriunda, le dije que yo, niño, había dado doctrina al lado de una de las paredes exteriores del templo de San José Obrero, tierra generosa, tierra donde han continuado, con amor, la tradición de los artesanos del barro de todos los tiempos. Lo que ellos hacen es digno de elogio. Por esto, aplaudimos la iniciativa del comité organizador. En el pie de foto que vi decía que Jose Welbers (así estaba escrito, sin tilde) es historiadora de arte y antropóloga especializada en fotografía y arte etnográfica; doña Tony es artesana del barro, de San José Obrero; Ramón Folch es arqueólogo especializado en estudios cerámicos y etnohistóricos (Ramón ha compartido fotografías maravillosas del Comitán antiguo, en redes sociales) y Jesús Aguilar es ceramista impulsor del uso de arcillas nativas y pigmentos locales de la región comiteca. ¡Qué grupo tan majestuoso! Sólo a ellos pudo ocurrírseles dar primacía a la belleza de la artesanía del barro. Su mirada ha hecho que todos volvamos la mirada hacia San José Obrero y a las riquezas de las artesanías que ellas realizan. Jesús Aguilar es habitante de la hermosa Yalumá, ahí, ya te conté en una carta anterior, ha construido un horno profesional, ahí trabaja las obras que han merecido reconocimiento nacional, él es egresado de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, ha expuesto en la UNAM, en el Centro de las Artes de San Agustín (creación del enormísimo oaxaqueño Toledo), en el Centro Cultural Rosario Castellanos y en otros espacios de renombre. Ha impartido talleres acerca del oficio maravilloso. Jesús ya tiene un horno profesional, pero, ya te conté que la gente de San José Obrero hornea sus piezas al aire libre, en hornos improvisados. Un día iba hacia Cajcam, ranchería que está entre San José Obrero y la cabecera municipal de La Independencia, y detuve mi tsurito para presenciar la maravilla que sucedía ante mis ojos. Bajé y vi a doña Marina Aguilar “quemando” unas ollitas que hace, verdaderas obras de arte. A la orilla de la carretera, en una bajadita, colocó sus piezas de barro, hizo una casita con palma y maderas y alimentó el fuego con algo que me dejó turulato: unas plastas secas de excremento de vaca (o de toro, andá a saber) ¿Mirás qué prodigio? Un combustible totalmente natural. Las ollas que doña Marina realiza son muy bellas. ¿Cómo los mayas “quemaban” las piezas que hoy asombran a todo el mundo y que están en museos o en polémicas subastas internacionales? En esta región somos hijos del barro, venimos de la tradición. Recuerdo, como muchos de mi generación, que en el patio de la casa había unas ollas enormes, panzudas, que recibían el agua que vendían los burreros de La Pila. Ahí, ¡ah, que bendición!, el agua se mantenía fresca, limpia, y como en ese tiempo no éramos tan cuidadosos en la higiene, metíamos un vaso y con esa agua saciábamos la sed. Los compas dicen que jamás nos enfermamos por consumir esa agua sin potabilizar. Acá en casa tengo, ahora lo estoy viendo, una obra de Jesús y dos ollitas de doña Marina, de San José Obrero. La obra de Jesús es una taza, de la exposición “Tierra”, realizada en Comitán en el año 2019, fue un obsequio que le hicieron a mi Paty; las dos ollitas las encargó mi Paty, pidió que le dejaran una ranurita para que pasara el hilo de los bollos para tejer, doña Marina le hizo unos detalles bellísimos para completar el diseño. ¡Una genialidad! Digo esto, porque la obra del artista ceramista salió de un horno profesional y la de la genial artesana de un horno improvisado a la vera de una carretera. Ambos trabajos son geniales, fortalecen lo que los asistentes podrán comprobar en esta 2ª. Feria. ¡Ah, qué guateque tan nuestro, tan hijo de nuestra identidad! ¡Felicidades a los organizadores, a los expositores, a los maravillosos artesanos! ¡Felicidades a todos los visitantes, a quienes se den el privilegio de estar cerca de la maravilla de las artesanías de barro! ¡Felicidades a todos los habitantes de esa comunidad sorprendente que se llama San José Obrero! ¡Felicidades a los participantes invitados, originarios de otros sorprendentes lugares donde trabajan el barro: Ojo de Agua-Yalmutz, Francisco Sarabia y la prodigiosa ¡Canalum! Ah, el espíritu brinca de gozo al mencionar estos nombres. ¡Qué bendición! Una feria que habla de nosotros. La sala de exposición estará en el Salón de Eventos, de San José Obrero, Yocnajab. Trepás a tu carrito con rumbo a Las Margaritas, pasando Cash, torcés a la derecha, con rumbo a La Independencia y un cachito más adelante volvés a darle a la derecha para entrar al pueblo de San José y al llegar al entronque con otra carretera hallarás el guateque más sensacional: la 2ª. Feria del Barro, San José Obrero. Habrá dos días de feria, sábado 6 de agosto, a partir de las doce del día; y domingo 7 de agosto. ¿Qué hallarás? Ah, el comité ha organizado un programa maravilloso. Por supuesto, todo el día estará la Expo-venta. Llegá con tu paguita, no te arrepentirás, podrás conseguir obras maravillosas, para obsequiar a amigos o para tener un motivo artístico en la sala de tu casa. Acá va el programa: sábado 6 de agosto, a las doce del día: inauguración y a partir de ese momento habrá demostraciones en vivo (cada hora), talleres (“pinta tu pieza”, “experimentar el barro” y “rascando diseños). ¡Genial! Qué experiencia tan maravillosa. ¿Y para el domingo 7? Ah, pues salieron con su domingo siete y acá está el programa sensacional: a las doce y media se realizará la ceremonia de premiación a la creación alfarera 2022, el Nobel del Barro; y durante todo el día, la expo-venta y los talleres, desde las diez hasta las cinco de la tarde. ¿Ves lo mismo que yo? ¿Ves que esta feria se convertirá en una de las ferias más importantes de la región? Ahí está nuestra esencia cultural, ahí continúa la tradición. Mirá qué dice nuestro amigo Juan Carlos Gómez Aranda, en su libro “Comitán, su apasionante historia”: “El nombre de Comitán ha cambiado en varias ocasiones (…) Comitlán que en náhuatl quiere decir Lugar de alfareros, la nombraron los mexicas por el año de 1482…” Basta echar a andar tantito la imaginación para ver a los mexicas llegando a este territorio, antes de la conquista española, y observar que la identidad de estas tierras era la factura de obras hechas con barro. Ah, dijeron, esta tierra es lugar de alfareros, le llamaremos Comitlán. Este nombre sigue siendo el nombre de nuestro pueblo. Esta feria, ¡asombrosa!, honra al espíritu de los comitecos, a la savia, a la raíz original. Posdata: esta feria reconoce el genio humano, la habilidad de nuestra gente para modelar el barro, acá están los cuatro elementos presentes: el agua, el fuego, el aire y ¡la tierra! Acá está el quinto elemento: la creación divina. No lo pensés más, ponete tu cubreboca y andá a vivir esta feria del espíritu de Comitlán; andá a reconocer la esencia del tronco del que, orgullosamente, formamos parte.

viernes, 5 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON PRODIGIOS

Querida Mariana: les digo a los grandes fotógrafos de Comitán que no se alarmen, que estén tranquilos, que sigan creando las obras geniales de todos los días. Por favor, Carlos Gordillo, Roberto Chávez, Gabriel Penagos, Hugo Nandayapa, Fab Tovar, Ricardo Castro, sigan brillando en el escenario de las imágenes. Lo que acá ven es apenas un mero divertimento de mi Paty. Pero no sólo le hablo a los grandes fotógrafos, también mando mensajes tranquilizadores a Mirtha Luz Pérez Robledo, a Marvey Altuzar. Por favor, ustedes sigan creando la obra literaria que es característica de ustedes. Lo que hizo mi Paty fue apenas un vislumbre, como el de quien abre la ventana, ve el cielo, aspira y dice algo que le nace del corazón. Pucha, a quien sí le digo que se calme es al compa que tengo frente al espejo. A ver, tranquilo Alejandro bonito, tranquilo, lo que hizo tu Paty sólo te lo envió a vos y vos sos un embelequero chismoso, porque ahí vas a compartir con tu Mariana, con tu niña. No pude resistir la tentación, sabés que la carne es débil y el espíritu más. Mi Paty me mandó la foto de la hoja, una mañana y lo hizo con el siguiente título: “Una gota en el olvido”. Pucha, de cuándo a acá. Si mi Paty odia leer, jamás ha leído a Sabines, nunca. Tal vez de pasadita ha escuchado algún verso de Mirtha, no lo sé. Pero, no le bastó enviar una foto maravillosa, sino que le puso el pie de página que, un poquito cursi, refleja lo que ella captó: una gota en el olvido. La gran flauta. Mirtha, Marvey, tranquilas, fue un mero divertimento de ella. Fotógrafos geniales, tranquilos, fue un mero divertimento. Pero, claro, al día siguiente alimenté mi asombro, porque envió la otra fotografía, la de la mariposa, pero antes, ah, como si fuera una gran narradora y mantuviera el suspense, me envió primero un mensajito: “Te mando un avión”. Pucha, mil veces me han dado el avión, pero nunca me habían mandado un avión. Ahí me tenés, como mudo, esperando, bueno, así me tuvo mi Paty, hasta que después de varios minutos envió ¡el avión! Sí, qué maravilla, qué diseño tan de avión moderno. ¿Has visto el bombardero Northrop Grumman B-2 Spirit? Pues, ¡Dios mío!, los diseñadores tomaron el espíritu de esta maravillosa creación de la naturaleza. Y Paty, así, bien tranquila, como si caminara por el Aeropuerto Felipe Ángeles, vio el prodigio y con su celular modesto tomó la fotito que me compartió. Y las dos fotografías son sensacionales. Cada una de ellas abre puertas a la grandeza del universo. Vi la fotografía de la hoja con la gota encima y pensé en lo que mi Paty escribió: “una gota en el olvido”, e imaginé que me acercaba a la gota y entraba para ver lo que ella contenía. ¡Ah, cuántas imágenes! La gota, esencia del reflejo, nos habla de lo prodigioso en lo sencillo. Pero no sólo era la gota, era la gota encima de la hoja, era la hoja con la gota, encima de esa textura de cemento, era ese fondo con el dibujo de los gusanitos basurita. Era el Todo en una breve parcela de la tierra, de un minúsculo planeta del universo. ¿Y qué decir ante el diseño de esa mariposa? Checá una foto del avión mencionado, avión que es uno de los “inventos” más geniales del ser humano, y terminarás pensando lo que los sabios repiten a cada instante: nada hay nuevo bajo el sol. Cada fotografía es sensacional. El fondo parecería hecho especialmente para resaltar el prodigio. Vi el avión y vi que frente a él había un alambre (enormísima torre), supe que comenzaría a dar vuelta para emprender el vuelo de reconocimiento. ¿La pista era la del aeropuerto Benito Juárez con baches? ¡No importaba! Porque este maravilloso avión despega en forma vertical y luego asume su condición de vuelo. Posdata: duerman tranquilos, maravillosos fotógrafos y poetas de Comitán, mi Paty sólo se divirtió un rato, caminó con atención a lo sencillo, tomó fotitos y les puso un pie, un pie que sonó como si Sabines apareciera y con su voz grave, de bolo fabuloso, dijera: ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? A veces basta tener una mirada atenta, un espíritu dispuesto, para sorprender el misterio en la más minúscula manifestación de vida.

jueves, 4 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, DE CUANDO LA FERIA ERA EN EL CENTRO

Querida Mariana: el comunicólogo Iván Ibáñez me invitó a comentar algo acerca de la feria de Santo Domingo, en Comitán, en los años sesenta. Uno de estos días, en el noticiario Noti-vos, dije lo siguiente: “Si leemos la novela “Balún – Canán”, de Rosario Castellanos, encontramos una escena que se desarrolla en la feria de San Caralampio, en el mismo sitio donde sigue efectuándose la feria: el parque de La Pila. “¿Ya se dieron cuenta que todas las ferias de vírgenes y santos católicos en Comitán se desarrollan en los atrios de sus templos? Jesusito; la Cruz Grande; el Calvario; Santa Cecilia; San Agustín; la Virgen de la Asunción, en la colonia Miguel Alemán; la Virgen del Rosario, en Yalchivol; San José… “¿Todas las ferias, dije? No, todas ¡menos una!, la feria dedicada a nuestro santo patrono: Santo Domingo de Guzmán. “Pero, en los años sesenta sí se celebraba la feria de Santo Domingo en el centro, alrededor del parque central colocaban la rueda de la fortuna, la de los caballitos, carritos chocones, las zacatecas, chingolingo, renta de revistas de monitos, restaurantes, taquerías, cenadurías (con su riquísimo chocomilk) y cantinas. “Muchos de estos negocios eran atendidos por fuereños, que por venir cada año se volvían personas conocidas. Pero no todos eran fuereños, había un local maravilloso que era de un comiteco: don Enrique Constantino, quien, con la ayuda de su familia, ofrecía el juego de la lotería mexicana. “Don Enrique levantaba una estructura con techo, del cual colgaban los premios que obtenían quienes llenaban las llamadas “tablas”; es decir, las tarjetas con dieciséis figuritas de las cincuenta y cuatro cartas. “Muchos focos iluminaban las largas mesas y las bancas de madera. Cada participante se sentaba, recibía una tabla, granitos de maíz y atendía la voz de don Enrique que cantaba la carta que sacaba del mazo: cachetotes de pozol: el sol; el que cantó tres veces: el gallo… hasta que alguien se levantaba, movía las manos y gritaba ¡lotería! “No he dicho que el puesto de la lotería de don Enrique estaba frente al templo de Santo Domingo. “Un día, a Comitán le llegó un aire cosmopolita y dijo que no era una ciudad bicicletera, no era posible tener una feria de pueblo en pleno centro, construyó instalaciones especiales para la feria mayor y abandonó la cercanía con la casa del festejado. “En los años sesenta, el templo del festejado tenía visitantes frecuentes, muchos visitantes, porque la feria estaba muy cerca de su casa. La gente acudía a la misa vespertina, al salir caminaba veinte pasos y se sentaba a jugar lotería, viendo los premios colgados en lo alto de la estructura: ollas, sartenes, cubetas, platos y floreros hechos con cristal de Murano. “Juan Carlos Gómez Aranda contó que en un viaje a Venecia, subió a un vaporeto para visitar Murano, la isla donde existen talleres que fabrican ese cristal de fama mundial y que los comitecos conocimos gracias a la lotería de don Enrique. “La gente acudía a misa y al terminar caminaba una cuadra en medio de zacatecas, con aromas de enchiladas comitecas, curtidos y mistela y subía a sus hijos a la rueda de caballitos y luego daba vueltas por el parque llenísimo de personas, mientras comían un algodón de París. “La feria de Santo Domingo, nuestro santo patrono, se celebraba cerca de su templo. Por eso, su casa siempre estaba llena de flores y de fieles. “Un día, años después, fuimos a celebrar su festejo en un terreno muy distante. Hasta el nombre de la feria cambió, ahora ya pocos dicen que es la feria de Santo Domingo. “Como siempre que ocurre un cambio, hubo ganancias y pérdidas. Ganamos al imitar; perdimos en identidad. Perdimos, y no fue poca cosa, el juego de la lotería mexicana, que convocaba a la unión familiar, en un ambiente sencillo y maravilloso”. Posdata: ahora es casi imposible imaginar cómo era el festejo de feria en pleno centro. Bueno, en los años sesenta, Comitán era menos complicado, era más afectuoso, un pueblo tranquilo.

miércoles, 3 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON MONITOS

Querida Mariana: la novela “La tía Julia y el escribidor”, de Mario Vargas Llosa, fue publicada en 1977. Los expertos dicen que la trama se desarrolla en los años cincuenta, en el natal Perú de Mario. Mirá qué encontré en el capítulo IV de la novela: “…al joven y apuesto teniente Jaime Concha no se le cayó el Pato Donald de las manos –era el cuarto que llevaba leído en la noche, aparte de tres Supermanes y dos Mandrakes…” A pesar de que vos sos muy joven identificás lo que el teniente leía en los años cincuenta: revistas de monitos, lo que ahora se llama cómic. Esa noche, en la Cuarta Comisaría del Callao, mientras pasaban las horas de guardia de la policía, el teniente Concha leía al Pato Donald, a Supermán y a Mandrake. Ah, los comitecos de mi generación también leyeron estas tres revistas. Recuerdo estas revistas que, de igual manera, alegraron mis tardes. Jamás pensé lo que ahora pienso: el Pato Donald formaba parte de la vida de millones de lectores en toda América, en los Estados Unidos de Norteamérica y Canadá, en sus versiones originales en inglés, y de México hasta Argentina, en sus traducciones en español y los brasileños en portugués. En México no sólo leíamos estas revistas gringas, también consumíamos productos nacionales. Empresarios inteligentes vieron que el mercado de las revistas de monitos era una mina de oro y crearon productos culturales autóctonos en los años cincuenta y sesenta: Memín Pinguín, Tawa, Chanoc, Lágrimas y Risas, Los Súper Sabios, Hermelinda Linda y muchos más personajes. Los tirajes de dichas revistas fueron millonarios, lo que, por consecuencia lógica, hizo millonarios a los impresores. Busqué en el Internet y hallé que, en el mismo año que apareció la novela del Nobel de Literatura, Juan Acevedo creó “El Cuy”, un personaje de revistas de monitos, en el Perú. El cuy es un animalito que en México llamamos cuyo. ¿Mirás qué genialidad? Acevedo dice que creó esta revista ilustrada porque los lectores de monitos leían sólo revistas norteamericanas. Hubo un intento de equilibrar la balanza. ¿Qué pasa hoy? No hay presencia nacional. El cómic norteamericano domina la escena. Fui lector apasionado de las revistas de monitos. Siempre he sostenido que este escalón me permitió que diera el siguiente paso y me convirtiera en un gran lector de libros. Leí Superman, el Pato Donald y, por supuesto, el genial Mandrake. Si ahora me preguntás cuál de los tres fue mi favorito, digo que ¡Mandrake! ¿Alguna vez ha caído una revista de Mandrake en tus manos? El Pato Donald contaba las aventuras del patito, eran un poco sosas, pero divertidas. Más que la revista recuerdo, con especial emoción, la película que vi en el Cine Montebello: “Donald en el país de las matemáticas”. ¿Has visto que en la mesa de billar existen unos puntos simétricos colocados en las bandas? Esos puntos se llaman diamantes. En esa película, el pato nos enseña cómo jugar billar teniendo en cuenta esos diamantes. Ese descubrimiento me fascinó. Esos puntitos no eran simples adornos, como había pensado. Ah, en esa película, el Pato Donald nos acercó en forma amena al conocimiento de las matemáticas. Imaginativo como era pensé que debían hacer una serie de películas donde el famoso pato explicara la física y la química. Superman, como bien suponés, contaba las fantásticas aventuras de este súper héroe, donde siempre ganaba a enemigos poderosos que, por más kriptonita que le aventaban, nunca lo vencían (tuvo que pasar mucho tiempo para que viera en un puesto de revistas una portada que decía, en letra grande: “La muerte de Superman”). Este héroe nunca me satisfizo del todo, porque sus poderes eran muy por encima de las fortalezas de los humanos; su presencia era tan vigorosa que los lectores sabíamos que al final él triunfaría. No había posibilidad de fracaso. El Pato Donald no era infalible, Superman sí. ¿Y Mandrake? Ah, él era un humano como cualquiera de nosotros, su fortaleza residía en la magia. Sí, Mandrake era un mago, un mago de gran distinción, siempre vestía de traje, chistera y una hermosísima capa que era roja en su parte interna y que, al correr, se abría como alas de petirrojo. Gracias a los actos mágicos lograba vencer a los enemigos de la sociedad. Muchos de mis amigos jugaban a ser Superman. Si a mí me hubiesen forzado a elegir un papel no habría dudado, me decidiría por ser mago. Posdata: la novela “La tía Julia y el escribidor” cuenta la historia de la relación de Mario, sobrino de dieciocho años, con la tía viuda, mucho mayor; pero, cuenta también algunos fragmentos de la historia de los radioteatros que escuchaban las mujeres peruanas. En mi niñez escuché una radionovela, por sugerencia del maestro de primaria. Una tarde, el maestro dijo que en la XEUI, radio local, transmitían la historia de Yanga, un esclavo negro que liberó a todo un pueblo, en Veracruz. Actualmente ese pueblo se llama Yanga, en su honor. En Comitán había miles de radioescuchas que oían los capítulos de Kalimán y también algunos niños de la Matías de Córdova, que escuchaban una radionovela.

martes, 2 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN JUEGO DE MANOS

Querida Mariana: el otro día, frente al templo de San Caralampio recordé a la tía Rome. Ah, la tía Rome, ¡inolvidable! Dos cosas me disgustaban de ella: el fino bigote que tenía sobre el labio superior, que era como una línea de tizne desagradable, no sólo para la belleza de su cara, sino a la hora que se inclinaba para besarme en la mejilla; y que siempre me hacía elegir entre la mano izquierda o la derecha. Yo cerraba los ojos cuando la veía acercar su bigote a mi cara; y los abría mucho cuando la veía poner sus dos manos detrás de su cuerpo tzapito y me preguntaba: ¿izquierda o derecha? Lorena decía que yo siempre perdía, porque ella era tramposa. ¿No te has dado cuenta que si vos pedís izquierda, ella cambia la moneda de un peso para la otra mano? No, nunca me di cuenta, sólo sabía que, al elegir, ella me mostraba las dos manos y, siempre, en la mano no elegida estaba el peso y en la otra la moneda de veinte centavos. Mi papá reía y luego, sentencioso, con afecto desmedido, me sentaba en sus piernas, y decía que la tía siempre me regalaba una moneda de a veinte centavos, que ningún otro familiar lo hacía. Pero, entonces, ¿por qué no me llamaba y me daba la moneda de a veinte o sólo mostraba la mano elegida? ¿Por qué me sometía a esa especie de juego perverso, donde siempre yo elegía la mano equivocada? Mi papá, entonces, metía la mano en la bolsa de su pantalón, luego colocaba sus dos manos en la espalda y me preguntaba: ¿izquierda o derecha? Con él siempre atinaba a la moneda de más alto valor: un peso. Lorena decía que yo siempre ganaba, porque mi papá era tramposo. Él cambiaba la moneda más alta para la mano que había elegido, porque era muy consentidor. ¿Mirás? No sé, querida mía, si el razonamiento de Lorena era el correcto. No lo sé, porque parece que todo en la vida es una elección. Se trata de elegir entre la mano izquierda o la mano derecha, entre el camino del oriente o el del occidente; entre él o ella; entre mar o montaña; entre luz u oscuridad; entre creer en Dios o creer en nada. Estuve frente al templo de San Caralampio y como miles de fieles sentí el milagro del portento frente a mí, la belleza de lo sencillo, porque los constructores de este templo eligieron un altito para erigirlo, para darle forma a su fe. En pocos lugares se siente la plenitud del ascenso, a pesar de que es una escalinata sin la rotundez de la escalinata del templo de San Cristóbal en aquella ciudad; pero, tal vez por esto, porque se alcanza la cima en poco tiempo, la bendición es manifiesta: el aire brinca como caballo majestuoso en la parte superior, el viento llega desde la Ciénega y llega sin traba alguna, llega plena para envolver el cuerpo de quien llega hasta la puerta del templo. Recordé a la tía mientras estaba al lado de la rotonda de la ceiba, vi el templo y casi casi la imaginé en los escalones superiores, pequeñita, con su bigote, camino de hormigas, preguntando qué mano elegía: la izquierda o la derecha; se trataba de elegir entre el color amarillo chimbo o el rojo tierra apelmazada. ¡No!, por primera vez me rebelé, por primera vez subí hasta donde estaba la tía y no puse mi mejilla, al contrario, me incliné y la besé en su frente y tomé sus dos manos y repetí el ritual, besé su mano izquierda y su mano derecha. Sonreí, mis ojos se entrecerraron como rendijas, porque supe que hay momentos donde la elección es intrascendente. La fachada de este maravilloso templo está bien así, hace juego con los colores de los mosaicos comitecos. Es una combinación alegre de amarillo y colorado. Pero hubo un tiempo (los tiempos de Basauri) donde el templo sólo tenía un color, el único que no necesita mezclas para verse imponente, el color que ahora tienen los barrotes que acá se ven en el primer plano: el blanco, el blanco que se “percude” con la humedad, con el tiempo. A veces, el juego es inocente, sencillo, en cada mano hay un dulce, la misma cocada de color blanco y no la cocada amarilla o roja. Posdata: estuve frente al templo de Tata Lampo, miré cómo el aire pasaba como veloz caballo, saltaba por encima de los tejados, bendecía la fronda de la ceiba, alegraba la transparencia del día.

lunes, 1 de agosto de 2022

CARTA A MARIANA, CON NOSTALGIA DE VUELO

Querida Mariana: “pies, para qué os quiero, si tengo alas para volar”, dijo la famosa Frida Kahlo. Es una frase bonita. Sabemos que Frida, por un accidente, tuvo problemas de movilidad. Nosotros, quienes gozamos de movilidad, no podemos repetir la frase; nosotros necesitamos de los pies para ir de un lado a otro, agradecemos la bendición de los pies. Pero, tampoco podemos irnos al otro extremo y decir: “alas, para qué os quiero, si tengo pies para desplazarme”. ¡No! Las alas son importantes para el vuelo. El otro día anduve por el parque de La Pila, en el pueblo, y hallé estas hermosísimas alas pegadas en la pared. No resistí la tentación, pensé: “alas, venid a mí, dadme la posibilidad del vuelo”. Estas alas están en la pared exterior del restaurante Tatalampo. Vos sabés que los humanos no tenemos alas, pero, desde siempre, tenemos una nostalgia por el vuelo. Tengo muchos amigos que aman a los caballos. ¿Yo? No, pero sí disfruto enormidades cuando veo una ilustración donde un Pegaso mira a sus primos hermanos desde arriba. El escultor comiteco, Luis Aguilar, cuenta que practicó la equitación. Ah, esta disciplina es hermosa, de elegancia suprema. En una ocasión presencié una práctica y gocé al infinito el instante cuando el caballo superaba un obstáculo, ahí levitaba, realizando un brevísimo homenaje al Pegaso, primo mayor. Mi sobrina Pau disfruta el brincolín, siempre que va a casa del tío Eugenio, de inmediato se descalza y trepa al brincolín que está en el centro del jardín y se impulsa y brinca, abre los brazos a la hora que está en el aire, como si fuera un pajarito, como si tuviera alas. Una vez fui al hotel Posada del Ángel, propiedad de mi amiga, la licenciada Lupita Nájera, comiteca excepcional, quien promueve con afán las bondades de nuestro pueblo. En un espacio hallé un par de alas, también caí en la tentación: me tomé una fotografía. Hay personas maravillosas que piensan en nosotros y nos permiten realizar el sueño del vuelo. A mí me encanta la posibilidad de tener alas, bien sean de bronce o de paja, todas invitan al vuelo, a cancelar la imposibilidad de ser ángel. El tío Epigmenio se paró en un par de alas, en un andador de San Cristóbal de Las Casas, y pidió una fotografía. Rocío, su hija, cumplió su deseo, pero no resistió decir: “Ángel, ángel, vos, papá, podés ser todo ¡menos ángel!”, y el tío, muy serio dijo, en forma sentenciosa, con las cejas enmarcando sus ojos: “Lucifer también tuvo alas”, y pidió ver la foto en el celular de su hija, dijo que estaba bien y siguió su camino. Confieso que desde niño me han seducido los personajes alados. Desde pequeño supe que los seres humanos estábamos incapacitados para el vuelo, por carecer de alas, por eso, Verne enviaba a los hombres a la luna en una nave; y en las Mil y una noches, Aladino trepaba a una alfombra para volar sobre Bagdad. Aprendí que las personas ¡podemos volar! Por esto celebro la frase de Frida. Tenía problemas para desplazarse físicamente, pero supo que si sus pies habían quedado torpes ¡tenía alas para el vuelo! ¿Mirás la belleza de las alas que están en Tatalampo? El peatón camina tranquilo por el barrio, mira los chorros de la Pila; el león que diseñó Luis, que está trepado en una piedra pintada de un horrible colorado; y, de pronto, la mirada “vuela” hacia las alas. Los pies, ¡qué bendición!, lo llevan hasta ese lugar donde pide la fotografía del recuerdo. Es apenas un instante donde el hombre se vuelve abeja, mariposa, curguatón, Pegaso, ángel. La alfombra de Aladino se conoce como la alfombra mágica. Estas alas también tienen algo de magia, porque quien se para delante de ellas para la foto del recuerdo siente una vibración especial, algo del aire se interna en el espíritu, los brazos reciben el abrazo de esas extensiones que permiten el vuelo. Cuando la fotógrafa dice que ya quedó, el peatón tiene cierta resistencia en bajar los brazos y moverlos en forma vertical al caminar; hay una maravillosa inercia que parece indicar que si los brazos se mueven hacia arriba y hacia abajo es posible el vuelo. Posdata: me fascinan estas alas. No las vemos, pero todos los días nos persiguen alas hechas de aire, de viento, de agua. No las vemos, pero ahí están, incitándonos al vuelo.