martes, 23 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UNA LUZ LLAMADA POLONIA




Querida Mariana: No recuerdo haber conocido a un polaco. Tengo amigos alemanes, argentinos, gringos, chapines y españoles, pero no tengo amigos polacos. La única referencia que tengo en mi juventud de Polonia son dos hechos: uno trágico y el otro banal. Lo trágico fue lo que estudié en el libro de Historia, en la preparatoria, que refería el momento en que las tropas alemanas invadieron aquel país. No sé por qué pienso que la invasión es la peor afrenta que puede recibir un ser humano: Me provoca coraje saber que un fulano invadió la privacidad de otro o enterarme, por ejemplo, que tropas de los Estados Unidos de Norteamérica invadieron Panamá. La invasión de Alemania a Polonia fue el polvorín que provocó la Segunda Guerra Mundial, conflicto que arrojó millones de muertos.
El otro hecho que registra mi memoria es uno banal. En la misma época que estudié lo de la invasión alemana, Rosalino tenía la costumbre de decir que fulano de tal (estudiante de la secundaria) era polaco. ¿Polaco?, preguntaba uno y él respondía: “Sí, ¡polaco! Le gusta que le den po-la-co-la.” Eso era tonto, el chiste era bobo, pero todo mundo lo festejaba.
Pasaría mucho tiempo para que conociera a una gran poeta polaca: Szymborska. Un crítico literario dice que su poesía “revela lo insólito en aquello que parece ordinario y rechaza la altisonancia retórica”, lo que dicho en cristiano es que leer su obra es como tomar un vaso de agua cristalina.
Resulta que el otro día hallé en la librería “Lalilu” un libro de la poeta polaca que se llama “Prosas reunidas” y que es la reunión de reseñas que Szymborska escribió en distintos medios. Compré el libro y hallé que es inspirador.
Lo que el lector concluye, a primera vista, es que la poeta leía de todo. Recuerdo que, el también excelso poeta, Óscar Oliva, recomienda a los jóvenes que acuden a sus talleres de creación a que se interesen por todo, que lean de todo. En este libro, la Szymborska apoya esa idea. El creador debe estar atento a todo lo que acontece frente a sus ojos.
La poeta polaca hace breves reseñas de libros leídos, con una gran inteligencia. Se aleja de la reseña clásica porque su pasión es abrir más ventanas. En ocasiones, el libro leído sólo le sirve de pretexto para introducir más aire.
En uno de los textos, con el título de “Nerviosismo”, habla de cómo conoció a otro gran poeta: Milosz. Dice la Szymborska que, en 1945, acudió a un recital de poesía y escuchó a Milosz leer su poesía. Cuenta que se dijo a sí misma: “Ahí tienes a la auténtica poesía y a un poeta de verdad.”
La poeta polaca conoció a su paisano en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial. Yo, gracias a ella, conocí al poeta polaco en 2018, en la antesala de tiempos violentos para el mundo. Y digo que lo conocí porque en cuanto terminé de leer la reseña entré al Internet y busqué poemas de Milosz y hallé lo que ella me puso frente a los ojos: una luz que deslumbra pero no ciega.
Si nunca has leído algo de Milosz te invito a hacerlo. Sé que vos, igual que yo, igual que millones de lectores, admirás la obra poética de la Szymborska. Si te acercás a la obra de su paisano, sé que también la amarás. Sólo los “poetas de verdad” son capaces de decir lo siguiente (copio los cuatro versos finales del poema que se llama “Dedicatoria”): “Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas, / para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros. / Aquí os dejo este libro, a vosotros quienes alguna vez vivisteis, / para que nunca más volváis.”
Para tener el sentido completo del poema debés leerlo íntegro, saciar tu sed con esa agua limpia. A veces es bueno subirse al Everest y desde ahí mirar las nubes. La lectura de estos grandes poetas polacos es como subir a esa cima.
Posdata: No tengo amigos de Alaska, pero sí tengo amigos polacos, y ¡qué amigos!