jueves, 2 de abril de 2026

CARTA A MARIANA, CON LIBROS

Querida Mariana: Kira Galván es poeta y narradora. Estuvo en Comitán, hace años. Dora Patricia Espinosa platicó con ella y la charla se publicó en la Gaceta “Kujchil”, de la dirección de cultura, en la administración del licenciado Luis Ignacio Avendaño Bermúdez. La querida amiga Marvey Altuzar, también poeta y narradora, está en Comitán y llamó para decirnos que nos había traído dos libros de poesía de Kira. Kira ha sido muy reconocida en los últimos tiempos, por todos lados le realizan homenajes, que responden a su bien ganado prestigio literario. Kira estuvo en Comitán, hace años. Hasta donde recuerdo vino a un encuentro literario organizado por Socorro Trejo, su esposo Fernando y su hijo Fernando Trejo. Recuerdo haberla saludado en el espacio donde ahora está el Restaurante Botanero Tío Javi, que es una hermosa casa tradicional comiteca. Tal vez porque Marvey es muy amiga de ella me aparecen muchas publicaciones del muro de Kira. Así me enteré que vendió su casa en Cuernavaca (tuvo casa en Cuernavaca, igual que nuestra Rosario Castellanos), asimismo me enteré que falleció su esposo y desde acá lamentamos esa muerte ingrata, casi boba. Uno de los libros que Marvey trajo habla precisamente de ese proceso. El libro se llama: “La vorágine, lo visceral, el vértice filoso y lo vacante fatuo”. En la contraportada viene un textillo de Ethel Krauze, otra gran escritora mexicana. Me enamoré de Ethel cuando leí, hace muchos años, su libro “Cómo acercarse a la poesía”, que es un texto muy difícil de conseguir en la actualidad. Y, como me sucedió con Kira, también tuve el gusto de saludarla en un encuentro literario en Zacatecas, cuando le entregaron el Premio Internacional de poesía al gran Óscar Oliva. Mario Nandayapa y yo viajamos desde Chiapas, en 2013, para acompañar al maestro en ese reconocimiento. En una de las actividades, el comité organizador nos invitó a Jerez, pueblo mágico, tierra del poeta Ramón López Velarde, estuvimos en su casa museo y luego en una plaza simpática donde hay un busto del poeta, ahí saludé a Ethel, sólo le extendí la mano y ella correspondió. Traigo a colación a Ethel por el texto que aparece en la contraportada del libro de Kira. Ethel no se va por las ramas, mirá como comienza: “Me he quedado temblando. El poema me ha dado un mazazo en la cabeza, cuyos fragmentos me dejan en la antesala del llanto…” Sí, cuando leí el poemario de Kira sentí lo mismo. Lo que ahí narra es un mazazo que remueve todo el ser. Kira ha buscado palabras en el basurero del mundo, las ha limpiado y nos las entrega como renuevos. En la poesía mexicana un tema recurrente es la muerte. No todo mundo logra trasmitir el dolor de la pérdida. Ahora que celebramos por lo alto el centenario del nacimiento de nuestro poeta Jaime Sabines recordamos el poema “La muerte del Mayor Sabines”, donde hace un registro pormenorizado de la dolencia física de su padre; hace varios días, la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo también nos regaló un poemario: “Lázara”, donde revive a su hija, fallecida en un acto violento. A Kira se le fue el esposo en cuarenta y ocho horas. Así fue, así lo dice en este poemario. “Sí, adiviné que tenías algo en el hígado porque esa mañana te veías amarillo, pero no estaba asustada. Reposo, alguna medicina, me convencí”. Eso pasó el día que lo internó. En la noche le avisaron que los riñones de su esposo habían dejado de trabajar. “¿Cómo? ¿Acaso no era el hígado lo que estaba mal?” En el poemario Kira lamenta no haber llevado a su esposo al hospital de avenida Universidad y Churubusco: “el gastroenterólogo atendía ahí, por eso te llevé a ese hospitalito de mierda”. Todo es una revisión a toro pasado. Lo cierto es que Kira, al día siguiente de internar a su esposo, recibió la noticia de que él había fallecido. Su pesar, su dolor, nos los entrega desollados, como res en canal. Tiene razón Ethel, el poema es como un mazazo en la cabeza, los fragmentos la dejaron en la antesala del llanto. Kira, orfebre de la palabra, ha hecho un poema con lágrimas, ha traído de nuevo a la vida a su amado esposo. Y ahí estamos sus lectores, Ethel en CDMX y nosotros en Comitán, parados en la antesala del llanto. Posdata: Marvey pensó en nosotros. Fuimos a su casa, nos sentamos en el recibidor donde corre el aire libre, cotorreamos el punto (el punto y seguido y el punto y aparte) y ella nos entregó los dos libros de Kira. El que habla de su esposo lo presentó Kira en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería 2026, en febrero. Vi fotos, en una de ellas está Marvey. La compañía es la flor del misterio, con ésta puede hacerse un té, una infusión que sirva como bálsamo al espíritu. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 1 de abril de 2026

CARTA A MARIANA, CON DOMINGOS

Querida Mariana: vos, que sos apasionada del cine, ya escuchaste esta pregunta: “¿Qué vas a hacer el resto de los domingos de tu vida?” La pregunta aparece en el cartel de la película española “Los domingos”, cinta de 2025, que ha obtenido varios premios de la crítica. No me referiré a la película (ni la he visto), porque eso es tema para expertos, como vos. Diré, querida mía, que la pregunta me cimbró: ¿qué hacer el resto de los domingos de la vida? Vos, ¿qué hacés los domingos? Recordé lo que hacía los domingos de mi infancia. Ahora pienso que mis domingos han estado relacionados con el cine. ¡Sí, desde siempre! En mi infancia iba a misa temprano, con mis papás; buscaba al señor que repartía la programación de los Cines Comitán y Montebello; regresábamos a casa (a media cuadra del parque central), desayunábamos los tamales de azafrán (¡riquísimos!), que habíamos comprado una noche antes con tío Jul; recibía mi “domingo”; es decir, la paga que me destinaban y corría hacia la matiné del Cine Comitán. Ah, qué delicia, por una mínima cantidad disfrutaba tres películas (Tarzán; Santo, el enmascarado de plata; o alguna estilo “Allá en el rancho grande”, con balaceras, cantinas, paisajes desérticos y polvaredas). A las dos de la tarde salíamos de la sala todos “lampareados”, nuestros ojos, acostumbrados a la penumbra, eran golpeados por los rayos del sol. Caminaba a mi casa, comía (me encantaban los baldados de cueza con queso, acompañados con frijol de olla y tortillas recién salidas del comal) y regresaba al cine, ahora al “Montebello”, donde exhibían las películas extranjeras, con subtítulos en español. Antes del Intermedio iba a la dulcería para comprar dos tortas con un vaso de refresco, o una bolsa de cacahuates japoneses con un vaso de refresco, o una orden de tacos dorados (también riquísimos) con un vaso de refresco, regresaba a mi asiento y cuando la luz se prendía y todo mundo se arremolinaba en la dulcería, ya tenía lo que consumiría en cuanto iniciara la segunda película. Esos eran mis domingos de infancia; en la adolescencia seguí con la costumbre, sólo que ya iba con los amigos de la palomilla (en prepa, comíamos en el Restaurante Lupita, que estaba al lado del Cine Montebello, pedíamos milanesas, acompañadas con frijolitos refritos, rebanadas de jitomate y picles, que los bajábamos con cerveza o, a veces, con unas cubas. Por esto, Saborío luego dio la orden de prohibirnos la entrada, porque ya bolitos hacíamos bulla, como entrar de trenecito haciendo el sonido característico). En la Ciudad de México, en los años setenta, se modificó la rutina dominguera, con los compas del departamento íbamos a comprar carnitas y veíamos los partidos de fútbol en la televisión (en ocasiones fuimos al Estadio Azteca o al de los Pumas a ver los partidos en vivo, gran experiencia). Rodolfo se quejaba que todo el día veíamos fútbol en la tele, incluso en la noche: el mejor partido de la semana. Al volver a Comitán retomé la costumbre: los domingos iba al cine o a beber trago. Un buen día dejé de beber trago, pero jamás la asistencia religiosa a las salas. Antes de pandemia, los domingos íbamos con mi Paty a alguna sala de Cinépolis. Cedía a los gustos de ella y entraba a ver unos bodrios Hollywoodenses de antología. Llegó la pandemia y ello obligó a quedarnos en casa. Desde entonces no hemos vuelto al cine. Ahora, a través de Streaming, veo cine casi todas las tardes, incluidas las del domingo. ¿Qué vas a hacer el resto de los domingos de tu vida? Entiendo que los seres humanos formamos dos grandes bloques: los que disfrutan su casa en domingo y los que salen de sus casas. Ahora soy del primer grupo: me encanta quedarme en casa, leo, dibujo, pinto, escribo, veo películas (estoy suscrito a la plataforma MUBI donde encuentro una oferta atractiva de cintas inteligentes, de varias partes del mundo). Los del otro grupo tienen el mundo a su disposición: van a encuentros deportivos, a templos, a plazas, a cafés, hacen fila para entrar a museos o a estadios o a salas de cine; van a sus ranchos (acá es costumbre ir a Uninajab) o se echan una resbaladita a San Cristóbal para caminar en Los andadores, repletos de gente. Posdata: la pregunta no es irrelevante, al contrario, demuestra nuestros gustos, nos define en nuestra personalidad. Claro, hay mucha gente que no tiene opción, que sigue en la rutina del trabajo. Mencioné a Saborío, que era el proyeccionista en los cines de Comitán, él debía presentarse en la sala, incluso los domingos. Te platiqué que cuando estaba de novio con Nelly, Saborío bajaba a platicar un rato con ella y luego se trepaba a la cabina de proyección, para cumplir con su chamba. Corrijo entonces, los seres humanos elegimos los domingos entre quedarnos en casa, salir al campo o ir al trabajo. ¿Quiénes son los más afortunados? Pienso en el trabajo de Saborío y pienso en el proyeccionista de la película “Cinema Paradiso” y me doy cuenta que él iba al cine todos los días, aparte de su trabajo era su pasión. ¡Tzatz Comitán!

martes, 31 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL NÚMERO MÁS RECIENTE DE ARENILLA IMPRESA

Querida Mariana: ya distribuimos el número 51 de nuestra revista ARENILLA. Como siempre, ¡estamos satisfechos! En cada número llevamos a nuestros lectores un cachito de la grandeza de nuestro pueblo y de la región. En portada tenemos al chef Walter Aguilar Rovelo, joven talentoso, mero comiteco. En 2025 obtuvo una de las becas que promueve el maestro Ricardo Muñoz Zurita, uno de los más relevantes chefs del país. Fruto de la investigación que realizó, el chef Walter presentó el libro: “Comitán y su herencia panadera: sistematización y preservación”, donde honra el trabajo de su abuela, la famosa Doña Cuca, del barrio de La Cruz Grande. No te cuento más acerca de esta maravillosa historia, mejor conseguí tu ejemplar y leé completo el reportaje. En este número celebramos el cumpleaños número cien de personajes relevantes de Chiapas: Armando Alfonzo Alfonzo, comiteco que amó esta tierra y, con sus libros, dibujos y pinturas, preservó nuestra identidad en forma inteligente y simpática; Límbano Vidal Mazariegos, quien llegó a Comitán, proveniente de Socoltenango, y acá formó la gran marimba internacional Águilas de Chiapas; y Jaime Sabines, el gran poeta que, Iván Ibáñez ha definido como el Rockstar de la poesía mexicana, porque sus poemas son de los más leídos en el país. Leé la crónica del maestro Benito Vera, cronista municipal de La Trinitaria. En esta ocasión cuenta la historia de dos personajes: Arturo y tía Nati, donde se demuestra que “nadie escapa de su propio destino”. En el Anaquel de Paty Cajcam hallarás una recomendación literaria. Dora Patricia Espinosa sugiere que todo mundo lea la novela “Raíz que no desaparece”, de la gran escritora mexicana Alma Delia Murillo. Ya tuve oportunidad de leer la novela de la Murillo y, en efecto, es una gran novela, que trata un tema difícil, que deseáramos no existiera, pero la vida es la vida. En las páginas de este número nos enteramos de los avances de los ayuntamientos de La Trinitaria y de La Independencia, municipio éste último donde el artista plástico Antún Kojtom pinta un mural en el edificio municipal. Enterate: el gran escritor mexicano, reconocido en muchos países, platicó con nosotros. En la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, caminamos con él del hotel “Sombra del agua” hasta el edificio que hoy es el Museo de la Ciudad. Ahí nos contó que conoció a Rosario Castellanos, cuando él era adolescente. ¿Qué nos dijo de ella? Ya dije, querida mía, conseguí tu ejemplar y caminá con nosotros al lado del enormísimo Juan Villoro. También te contamos que nuestra revista se puede conseguir en Casa Chiapas, un pedacito de Chiapas en la Ciudad de México. Te enterarás cómo desde Casa Chiapas se vive la cultura chiapaneca en la gran CDMX. Te he contado que en los años setenta llegaron el padre Mejía y el padre Joel al templo de Santo Domingo. En este número platicamos del emotivo acto donde el padre Joel cumplió los sesenta años de su vida sacerdotal y se recordó las maravillosas Misas de la Juventud que se celebraban los domingos en el templo de El Calvario. ¡Gran época! Gracias a la generosidad del químico Enrique Solís Cancino verás una fotografía, lograda con óptica Plan Apocromática, donde apreciarás tres células del organismo humano. Gracias a la tecnología podemos observar la maravilla de nuestro cuerpo. Muy chentos, compartimos un testimonio del viaje que realizamos a la ciudad de Guadalajara, para estar presentes en la Feria Internacional del Libro, donde presentamos un ejemplar de nuestra revista y fuimos embajadores de Comitán, lo hicimos con gran dignidad y con un enorme gusto. Hablamos de las maravillas de nuestra región con grandes personajes que acudieron a la gran fiesta del libro. Hablamos del libro “Cronología de Chimusinique”, de William Florencio Ramírez Recinos, autor guatemalteco, que se presentó en Huehuetenango; asimismo publicamos un breve texto de Octavio Galindo Albores, quien comparte sus recuerdos de las tradiciones comitecas. Posdata: y para los chiquitíos el cuentito infantil que publicamos es uno escrito por Rosario Castellanos, nuestra pichita amada, quien lo escribió especialmente para su hijo Gabriel, pero que ahora está dedicado a toda la niñez del mundo. ¡Hacemos patria! Lo hacemos con el apoyo de nuestros amigos patrocinadores, quienes le apuestan a Comitán. ¡Que la cultura nos una, nos haga un pueblo con la grandeza que se merece! Salud. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 30 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL MERO MODO COMITECO

Querida Mariana: los viejos reconocemos que nuestro dialecto comiteco es único, es un elemento fundamental de nuestra identidad. En la medida que lo olvidan los chicos y chicas de estos tiempos perdemos nuestra forma de ser, lo que nos da personalidad. Una mañana que saludé a Olivia Bonifaz, en una de las calles de Dios, le dije que apreciaba lo que hace por dar a conocer las investigaciones de su papá Óscar. Los dos grandes aportes del maestro son la preservación de dos elementos de identidad de nuestro pueblo: nuestras palabras y la anécdota. Olivia va a escuelas y comparte con los estudiantes palabras que su papá se encargó de preservar en un libro. Lo que hizo Bonifaz fue poner en un frasquito esas mariposas y Olivia, cada vez que difunde la obra de su papá, abre el pomo y las echa a volar. Es tarea de nuestra sociedad seguir abonando ese terreno lingüístico, porque nos hace únicos. Si un día Comitán perdiera esas piedritas dejaríamos de ser nosotros, nuestro rostro se igualaría a los demás rostros del mundo. Rosario Castellanos, nuestra amada pichita, siempre se asumió comiteca y esta identidad la respaldó con sus palabras. Según los expertos, Rosario tuvo también dos líneas fundamentales en su creación: el mundo indígena chiapaneco y el tema de los derechos de la mujer. A esto, los comitecos debemos agregar, su compromiso con el lenguaje de esta tierra. Rosario es, hasta hoy, la comiteca que más ha aportado al conocimiento de nuestra tierra en el mundo. Lo hemos dicho, más que otras presencias destacadas nacidas en Comitán, Rosario puso en el cielo las nueve estrellas para que todo mundo las admire. Ningún otro personaje puso en boca de miles de personas el nombre de Comitán, a través de “Balún Canán”. Nuestro pueblo es conocido en muchas partes del mundo gracias a su talento narrativo. A veces es bueno hacer un ejercicio de comparación. Perdón. ¿Quién conoce a Belisario Domínguez en Japón? Sólo en esferas oficiales, tal vez; en cambio Rosario Castellanos es mencionada por cientos de lectores japoneses, gracias a la traducción de su novela “Balún Canán”. Ya que mencioné a Olivia, ella tiene en la biblioteca de su casa un ejemplar de la novela de Rosario traducida al japonés. Digo esto, porque el otro día leí una carta poco conocida que Rosario le envió a su papá, Don César Castellanos. Ella le escribió desde su casa en la Ciudad de México, Don César andaba en Comitán, tal vez revisando lo de sus haciendas. En la carta, Rosario le pide a Lolita Albores, nuestra amada cronista, que vea si es conveniente que la carta llegue a manos de su papá, porque ahí, Rosario le cuenta al papá la condición de salud de su mamá, le dice que la mancha que había aparecido en una radiografía anterior se ha hecho más grande, que el cáncer de pulmón que padece la mamá es irreversible. Y Rosario dice que sabe que la noticia puede ser dañina a la salud del papá, porque éste padece del corazón, pero se atreve a darla porque no considera honesto que Don César ignore el estado de salud de Doña Adriana. La carta está llena de estas intimidades, unidas a las cosas cotidianas, las pedestres. Llamó mi atención que Rosario le cuenta a su papá lo siguiente: “La calle sigue en un ser. No han hecho nada y como ya te contaba en cartas anteriores es un polvo muy molesto”. La carta está fechada el 10 de diciembre de 1947. Nos enteramos que la calle de la casa está sin arreglo, lo que hace que sea una polvareda de Dios padre. Pero, ¿ya viste cómo lo dijo Rosario? Dijo: “la calle sigue en un ser”, nadie que no fuera de esta tierra hubiese utilizado dicha frase. Los comitecos de entonces la usaban con asiduidad y todo mundo lo reconocía. Por ejemplo, si alguien estaba enfermo y no manifestaba mejoría se decía de él: “está en un ser”. La palabra ser se emplea como sinónimo de inerte, de que nada ha cambiado. “En su ser”; es decir, sin cambio alguno. Acá Rosario lo utilizó para decir que las autoridades nada le habían hecho a la calle y seguía sin arreglo, lo que causaba una gran polvareda. Vemos que la palabra se emplea para objetos y para personas. Según el diccionario, “ser” es cualquier criatura viviente, por eso hablamos de los seres humanos; y también se aplica al estado de existir, de ser. El gran William Shakespeare dijo pues: “ser o no ser” y es tan famosa la frase que la sabemos en inglés aunque no sepamos inglés: “to be or not to be”. Resulta que en Comitán la usamos para decir que nada ha cambiado, que todo sigue “en su ser”. Rosario la empleó en la carta que dirigió a su papá, sabiendo que ambos hablaban el mismo dialecto. Posdata: la mamá estaba enferma en diciembre del 47, falleció el uno de enero del 48 y el papá murió, precisamente de un paro cardiaco, veinte días después. Uf. ¿Tremendo impacto para Rosario? Pues sí, pero también ello le permitió hacer su vida en forma independiente, le permitió ser. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 29 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON PRESENTACIÓN DE LIBRO

Querida Mariana: el sábado 28 de marzo 2026, Dora Patricia Espinosa y yo fuimos presentadores del libro “Mi deuda con Franco”, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. La directora del recinto, licenciada Margarita Cancino Crocker, dio la bienvenida y luego hice el papel de moderador, cedí el uso de la palabra a Dora Patricia, dio su mensaje; luego leí el textito que escribí para el acto; y el autor, Javier Trujillo López, muy en confianza, platicó acerca del origen del texto. Al final hubo preguntas y comentarios. Así se llevó a cabo un acto histórico más en este pueblo. Te paso copia del textillo que leí: Tomen el libro de Javier, ábranlo en cualquier lugar, a manera de juego, busquen el inicio de un capítulo y léanlo. Estoy seguro que no quedarán indemnes, algo habrá sucedido. El juego les permitirá lo que todo buen juego propicia: alegría; nostalgia; lágrimas gozosas y llenas del misterio universal. La lectura les dirá algo al oído del corazón. Esto es lo que logra el libro de Javier, toca al lector. Toca al lector porque el autor cubre una deuda pendiente. Todos aquellos que tienen alguna deuda saben que cuando se paga aparece una nube tranquila, una que llueve armonía. Después del juego, así como sugería el gran escritor Julio Cortázar, con su novela “Rayuela”, lean el libro de Javier siguiendo el orden numérico, de la página cinco a la ciento noventa y seis, donde, sin decirlo aparece la palabra Fin, que es como decir: ¡deuda cubierta!, cubierta con creces, con intereses generosos. Javier ha escrito un libro amoroso, lleno de vida, de sustancias con las que está hecho el día a día. Pienso que no existe un escritor comiteco que haya abierto el árbol de su intimidad con tal largueza, con tal honestidad. Javier ha hecho un gran homenaje a su padre, acá entrega la flor con que el hijo agradecido habla de un padre difunto. Franco no debió morir tan joven, había regresado a su pueblo: Comitán, acá jugaba el deporte de su preferencia: el básquetbol, había vuelto a reunirse con sus amigos de siempre, estaba al lado de su familia, tenía trabajos que le compensaban con monedas y con emociones. De pronto algo comenzó a cambiar en su organismo y la vida agarró otro rumbo. Su esposa y amigos se preocuparon, el hijo, Javier, lo tomó de la mano y, sin saberlo bien a bien, ese contacto fue el inicio de una historia plena de vida, en medio del sufrimiento. Esta historia es lo que hoy entrega a todos los lectores. En un país donde el Día de la Madre es glorificado y el Día del Padre es apenas un curita en un dedo torcido, Javier ha escrito una obra dedicada a la figura del padre, donde él demuestra que la presencia del padre es fundamental, porque un cristal está completo cuando la esencia (la madre) se alía con los reflejos (el padre). Cuando un hijo ve que el río del padre se seca, se pregunta cómo regará las orillas del espíritu. ¿Cómo hacerle? En el libro “Mi deuda con Franco”, Javier brinda una respuesta, nos cuenta qué hizo, cómo acompañó a su padre. Los críticos literarios han dicho que este país, sin gritarlo, es un país donde Pedro Páramo está presente. Todos, de una o de otra manera, llegamos a Comala, porque nos dijeron que ahí vivía un tal Pedro Páramo, el padre ausente. Muchas familias se quedan sin padre, porque éstos huyen, abandonan a sus familias, por mil causas. Javier se quedó sin padre, porque éste enfermó y falleció. Javier rescata al padre que se despidió del mundo sin quererlo. En este libro Javier comprueba el milagro que Jesús hizo con Lázaro. Gracias a su talento narrativo nos regresa a su padre, lo vuelve humano, le rinde el mejor homenaje que hijo alguno pudo hacer. Ya Dora Patricia habló de creadores que han abordado en la literatura mexicana la imagen del padre. El gran escritor mexicano Juan Villoro escribió el libro: “La figura del mundo”, donde, igual que nuestro autor comiteco, plantea un acercamiento con su padre, también ya fallecido. Franco trabajó en la Facultad de Ciencias Administrativas de la hoy Benemérita UNACH y su universidad le rinde un homenaje permanente al bautizar con su nombre el auditorio anexo al patio central. Eso fue muy emotivo; hoy, el papá de Javier recibe el mayor homenaje que jamás tuvo: su hijo le dice al mundo que él lo amó, con tal intensidad que su cariño lo ha volcado en un libro. Las palabras le han servido a Javier para entonar un canto de gratitud, lleno de hojas de vida. Acá está el renuevo, la planta que brota con hojas verdes, emocionadas. Y nosotros, los lectores, agradecemos a Javier su entrega, ha escrito un libro lleno de destellos luminosos. Lo que un día fue sombra ahora es como un paraguas donde la vida se resguarda. El hijo le ha cumplido al padre. La deuda ya no existe, se ha cubierto en forma maravillosa. El lector o lectora que lea “Mi deuda con Franco” sentirá el aire fresco de un viento grácil, reirá, soñará, reflexionará, llorará, sentirá cómo su alma recibe una cubetada de vida, vida que creó el talento narrativo de Javier. Nuestro autor, con su primera novela, se coloca en el sitio más alto de los creadores literarios de Comitán y de Chiapas. Estoy seguro que su libro tendrá una gran recepción, que el libro hallará lectores inteligentes y sensibles que lo recomendarán con medio mundo. Mi deseo es que el libro de Javier llegue a muchas manos y a muchas mentes. Lo merece el autor y lo merece el mundo. Javier ha escrito una bella obra. Aplausos para el autor: Javier Trujillo López. Posdata: postrecito y café acompañaron a la audiencia que se reunió en un corredor de la casa museo para la convivencia después del acto protocolario. La casa es bella, a pesar de la remodelación que le restó la identidad al patio central. Siempre estoy pendiente de la llegada de los colibríes, vuelan con gran amplitud en el generoso patio. En la foto aparecemos: la directora, Dora Patricia, Javier y yo. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 28 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON BARRIOS

Querida Mariana: no podemos negar de qué estamos hechos. En Comitán, hasta el más agnóstico, el más ateo, vive o camina por barrios que tienen nombres de santos católicos. Te cuento, yo crecí (lo sabés) a media cuadra del parque central (mi parque). Todo mundo dice que es el centro, pero, al ladito, apenas a cuadra y media, comienza el barrio de El Calvario. Llama la atención que siendo Santo Domingo el santo patrono del pueblo no exista un barrio que así se llame. Digo que viví en el centro, muy cerca de El Calvario; luego me tocó ir a vivir a una casa en el barrio de Guadalupe, que todo mundo reconoce se llama así porque por ahí está el templo dedicado a la virgen de Guadalupe. Por circunstancias de la vida he vivido, temporalmente, en otras casas, una que rentaban mis suegros y que está en el barrio de San José; también, cuando mandé a hacer una ligera remodelación a la casa donde ahora vivimos mi Paty y yo, el maestro Huguito me prestó una casa que está al lado de las instalaciones de la primaria del Colegio Mariano N. Ruiz, en el barrio de San Sebastián. Tengo varios amigos que son cristianos y varios que son agnósticos, y sin embargo mencionan los barrios con nombres de vírgenes o santos. Ni los evangélicos ni los ateos creen en la existencia de santos o vírgenes, pero ¿qué le pueden hacer si Comitán tiene herencia española? La cultura española nos injertó, además del precioso lenguaje castellano, la religión católica, religión que profesan millones de personas en este país, cada vez tiene menos adeptos, pero ahí sigue. Hemos comentado en ocasiones anteriores que el Estado (en su chamba) ha procurado limitar la influencia de la iglesia católica, pero no lo ha logrado, porque, sólo como un ejemplo, el parque Libertad, nadie lo conoce con tal nombre oficial, todo mundo le dice parque de Guadalupe, ya que está al lado del templo dedicado a la virgen. El Estado, también, en estos últimos tiempos ha procurado descolonizar nuestra cultura. ¡Dios mío! ¿Cómo borrás tu pasado? No hemos comprendido (bueno, muchos sí, afortunadamente) que el México de hoy es producto de un mestizaje. Basta decir que la mayoría de mexicanos hablamos el castellano y ninguna de las lenguas originarias. Ya te conté que Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, mencionó que el castellano es el idioma que le dio unidad a América, con razón dijo que cuando estás en Europa más vale quedarte mudo a menos que seás políglota, porque pasás de un país a otro donde hay un idioma diferente, en cambio, en América viajás de México hasta Argentina y entendés perfectamente lo que hablan en otros países, porque hablan español (salvo en Brasil, donde hablan la lengua de Saramago, el portugués). Debe ser que a mis compas agnósticos no les produce mayor escozor pronunciar esos nombres, pero debe ser una mala jugada de la vida que alguien de ellos tenga que decir que vive en el barrio de Guadalupe, tal vez a la hora de pronunciarlo piensan en otra Guadalupe, la tía Lupe, la de las tortas. Asimismo, pienso ahora, que las ateas no piensan mucho en que sus nombres están sacados del santoral, que mi amiga Rosa, la gran agnóstica, no sabe que su nombre corresponde al de Santa Rosa de Lima y que cuando bebe su traguito al celebrar su santo, lo está haciendo el día que se celebra a la santa. ¡Qué cosas!, ¿no? Millones y millones de mexicanos llevan nombres de santos católicos. Cuando los mexicas llegaron a estas tierras le llamaron Comitlán; cuando los españoles llegaron le cambiaron tantito el nombre, ¡faltaba más!, y le llamaron Santa María de Comitán. Hoy, nuestro pueblo se llama Comitán de Domínguez, porque el gobierno quiso eliminar toda rémora de la evangelización y poner en el altar de la patria a los políticos. Decenas de comunidades les cambiaron el nombre. Recuerdo una comunidad a la que iba de niño: San Francisco, que ahora se llama Abelardo L. Rodríguez. Posdata: los agnósticos nombran a sus hijos con nombres que no se relacionen con el santoral católico. Hace poco estuvo en las noticias el nombre de un funcionario de la Secretaría de Educación, a nivel federal, que se llama Marx. Sin duda que su papá fue amante del socialismo. Tengo un amigo que bautizó a su hijo con el nombre de Lenin. Nombres que vienen de la Rusia comunista. Ahora vivo en el barrio de Guadalupe. Para ir al barrio de El Calvario camino por el parque de Guadalupe, paso frente al templo de Guadalupe, que, en la temporada de diciembre, se llena de antorcheros que vienen de diferentes lugares del estado de Chiapas. Son legiones de seguidores de la virgen. En un país donde se idolatra a Benito Juárez, quien hizo la Reforma que separó al Estado de la Iglesia, cientos de manifestaciones religiosas se realizan fuera de los templos. Es imposible que no convivamos con herencias recibidas. Vivimos en una sociedad donde conviven los agnósticos con los creyentes religiosos. ¿Y luego? Debemos ejercer la tolerancia, respetar el pensamiento y la ideología del otro. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 27 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL MAESTRO BETO

Querida Mariana: acá está el maestro Alberto Gómez con su familia. El arquitecto José Alberto Gómez Conde, su nieto, me envió esta fotografía maravillosa. El maestro Beto fue mi maestro en tercer grado de primaria, en la Escuela Fray Matías de Córdova. Fue hijo del famoso boticario, Don Conrado Gómez. El maestro Beto, además, fue amigo de mi papá. Ya te conté que en ocasiones llegaba a casa o mi papá iba a la suya y echaban sus tragos. El maestro fue un gran bohemio, fino ejecutante de piano. Tal vez por esto, mi papá decidió que yo recibiera clases de piano con él. Así que una tarde me envió con un lápiz y un cuaderno pautado, que era el material que el maestro había solicitado. Llegué a su casa, toqué la puerta y me recibió. Entré a la sala donde había un piano vertical, maravilloso. Me senté en el piso ante la mesa de centro y el maestro me puso una plana con símbolos, corcheas, fusas y demás arañas. ¡Ah, me decepcioné! Sobre todo cuando entró Lupita, su hija menor, y con ambas manos levantó la tapa, dejó visibles las teclas blancas y negras y se puso a hacer una serie de ejercicios musicales. ¡Yo quería eso! ¡Tocar el piano! ¿Qué no eso era lo que mi papá me había dicho? Llevarás clases de piano. ¿Por qué entonces, mi maestro me ponía a pintar puntitos y rayitas en un cuaderno? Bastaron dos sesiones para que hiciera mi berrinche y le dijera a mi papá que no quería aprender piano. Mi papá, quien quería que su hijo tocara algún instrumento musical, compró una marimbita, muy bella, y contrató al maestro Cruz, marimbista excelente, para que me enseñara a tocar la marimba. Como ya tenía el instrumento en casa, entonces el maestro llegaba en las tardes a darme clases. Pucha, me sentía como un príncipe en su castillo, esperando a que llegara el tutor a enseñarme. Mi papá usaba una frase que Doña Lolita Albores popularizó: “Puro fracaso ‘tamos mirando”. Así que yo seguí fiel a mi berrinche y dos o tres clases después le dije a mi papá que no me gustaba tocar marimba. Mi papá nada dijo, me quedó viendo y yo interpreté su silencio: “piano no, porque hacías planas de símbolos, y ahora ¿qué? Acá sí estás tocando el instrumento”. Pues sí, pero no, no quiero, no quiero. Y se truncó el deseo de mi papá de que yo fuera como Roberto Martínez, como el maestro Beto o como el maestro Límbano Vidal. A edad temprana me despedí de las grandes salas del mundo, donde, tal vez, mi papá soñaba con verme. ¿Y yo? ¿Yo qué soñaba? La verdad, ¡nada! Nunca me vi en un escenario tocando piano, marimba o campanitas. Nunca soñé con ser seleccionado de México en fútbol, básquetbol o clavados (nunca aprendí a nadar). Mi gusto, lo sabés, era leer, tal vez por eso un día, el director de mi primaria, el maestro Víctor Manuel Aranda León, me honró al nombrarme el lector oficial en algún acto cívico en el parque central del pueblo. El 21 de marzo 2026 acudí al acto donde se recordó el nacimiento de Benito Juárez y un alumno de la escuela que lleva el nombre del héroe leyó una reseña biográfica y lo leyó muy bien, recordé cuando yo, casi a la misma edad representé a mi escuela Matías de Córdova. En prepa, sólo por el argüende me inscribí en el coro de la rondalla de la escuela y ahí volví a toparme con mi maestro Beto, porque él era el director de la rondalla. No tuve mucha relación con él, pero cuando me saludaba lo hacía con el afecto de siempre. Yo había crecido, mi sentimiento de gratitud y cariño hacia él seguía incólume (como hasta hoy), pero ya guardaba distancia ante los mayores, como muchos adolescentes desorientados me había vuelto un “mamila”. La fotografía que te comparto me la envió el arquitecto José Alberto, agradezco la gentileza de compartir una fotografía familiar que, entiendo, debe ser de los años sesenta, acá mi maestro está con su esposa, Doña Lucita Abarca, y sus tres hijos, dos niñas y un varón. El varón luego estudió Educación Física y se casó con la maestra Geny Conde. ¿Mirás? El árbol familiar siempre ha estado enredado en vainas educativas. Ahora, el arquitecto José Alberto imparte conferencias, acerca de su especialidad, en varios países del mundo. Posdata: ¿puedo seguir con la relación del arte? Sólo diré que Marianita, hija del arquitecto José Alberto, es escritora de ensayos y practicante de la acuarela. Ella es rama renovada de la ceiba que fue su bisabuelo, mi querido maestro de tercero de primaria. Honra y gloria por siempre para él. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 26 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE ESTUDIÉ EL QUINTO GRADO DE PRIMARIA EN LA MATÍAS DE CÓRDOVA

Querida Mariana: ahora comparto la foto del quinto grado. Ayer compartí la foto del tercero de primaria. Según Cristóbal Albores, esta fotografía corresponde al año 1967. Cristóbal ya tenía trece años de edad, yo tenía diez años. He contado que en ese tiempo era costumbre que algunos chicos entraran mayores. Yo estaba en la edad correcta, había entrado a estudiar la primaria a la edad de seis años. Muchos tenían mi edad, pero había algunos viejazos, la edad los hacía tener mañas que nosotros no poseíamos, pero que luego aprendíamos. Bien decía la tía Arminda: las cosas buenas no las aprenden, pero las malas parece que las mamaran. Esta fotografía nos la tomaron ya en el patio del edificio de la “nueva” escuela, donde actualmente está la Escuela Primaria Fray Matías de Córdova, la que, en el año 1968 llegó a inaugurar Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de la república. Cristóbal conserva las dos fotos. Están viejas, me dijo, luego reímos, también nosotros ya estamos viejos. Echale pluma, querida mía, esta foto nos la tomaron hace cincuenta y ocho años. ¡Ja, bestia! Dos o tres de los compas que acá están ya no viven, la mayoría (gracias a Dios) ahí la llevamos y, por fortuna bien, con algunos dolores por acá y otros por allá, pero acá seguimos. El maestro es Juanito Pérez, a quien queríamos mucho. El maestro Juanito es el papá de la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo, entiendo que llegaron a Comitán provenientes de Comalapa. Le pregunté a Cristóbal en dónde vivía y me dijo que vivía a la vuelta de la escuela, de la casa que estaba en Jesusito, así que cuando estrenamos edificio tuvo que caminar más cuadras. A mí me sucedió lo contrario, porque el nuevo edificio estaba a cuadra y media de mi casa. El papá de Cristóbal era dueño del rancho “Solferín”, me contó que se encargaba de criar muletos que vendía en la zona de Tzimol. El rancho lo vendió a Don Arnulfo Cordero Mora. Cristóbal fue hijo único de mamá, tuvo otros hermanos, pero éstos tuvieron otras mamás. ¿Y en dónde estás en las fotos?, le pregunté. Se puso los lentes, señaló al racimo de la derecha y dijo que por ahí. No se identificó bien. Dora Patricia y yo confirmamos que sí, que tenía horma del chico que está en la última fila, el tercero de derecha a izquierda. En esta fotografía los chicos de las dos últimas filas treparon sobre algunas bancas. Los chicos de las tres últimas filas estamos de pie, los de la segunda fila, hincados, y los de la primera fila sentados. Digo que he hecho un ejercicio de identificación. Labor imposible. Mi memoria no identifica a todos, ni a la mitad, ni un mínimo porcentaje. Claro, hay algunos que sí identifico, aunque sea de cara, aunque ya no de nombre. Me impuse la tarea de identificar, cuando menos, a uno de cada fila, parece que lo logré. En la primera fila, antes del compa que sostiene el letrero del grupo está Beto Becerril. Siguiendo la fila está en penúltimo lugar Jorge Domínguez (“el casquitos”) y en último lugar Amín Guillén Flores. En la segunda fila, el chico sonriente que tiene suéter es Víctor Domínguez, nada menos que hijo de Belisario Domínguez, no el héroe sino alguien a quien le decían “Güito”; tres lugares después está Lalo Flores (que le decíamos Lalo “el hermoso”, porque era bonitío), y al final está el fallecido Marco Antonio Constantino Kanter (hermano del Quirino, quien fue presidente municipal de Comitán y ahora tiene un puesto relevante en gobierno del estado). En la tercera fila detecté, en el tercer lugar, de izquierda a derecha, a Fernando Avendaño y más adelante estoy yo. ¿Sí me identificás? En la cuarta fila, en primer lugar está Pepe Poo Ramírez y en tercer lugar un compañero que tenía un gran lunar que le circundaba todo el ojo izquierdo, de apellido Villegas. ¿Quién más? En sexto lugar mi primo Gil González Córdova. ¿Quién en la última fila? Dios mío, me cuesta mucho identificar a alguien. Cristóbal me salvó, porque parece que es el octavo chico. Posdata: este recuerdo me hizo caer en un pecado que me consume, porque no soy dado a decir apodos, pero que confirma algo que le sucede a medio mundo cuando ve una foto de generación. Es difícil recordar las caras y luego los nombres, pero, de pronto, un destello aparece: el apodo. ¿Qué querés? Vivimos en Comitán, pueblo donde los apodos sí hacen honor al nombre, porque son sobrenombres; es decir, están por encima del nombre. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 25 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE ESTUDIÉ EL TERCER GRADO DE PRIMARIA EN LA MATÍAS DE CÓRDOVA

Querida Mariana: nací en 1957, en 1965 estudié el tercer grado de primaria. Acá estoy en la fotografía de grupo. Estamos en el patio trasero de la Escuela Primaria del Estado “Fray Matías de Córdova”, que funcionaba en una casona a media cuadra del templo de Jesusito. En este patio jugábamos partidos de básquetbol y en las laterales: canicas, un juego al que le entraba era a la “timbirimba”, un compa hacía un montoncito con cuatro canicas, lo coronaba con una quinta canica y el juego consistía en tirar desde una línea que marcaba. Si se le atinaba las cinco canicas pasaban a la bolsa del tirador, si fallaba la canica lanzada era ya propiedad del organizador timbirimbero. Siempre pensé que era más ventaja para el tirador, porque perdía una, en cambio ganaba cinco, pero como en este juego las leyes de probabilidad no correspondían a la lógica, el timbirimbero, casi siempre, terminaba con las canicas de los demás. Era muy difícil atinarle, porque la distancia era considerable. El otro día saludé a Cristóbal Albores, que también está en medio de este grupo, y dijo que tenía dos fotografías que quería compartir. Una resultó ésta, la otra es el grupo de quinto año. Acá estamos con el maestro Alberto Gómez (abuelo del arquitecto José Alberto Gómez Conde), quien era el titular del tercer grado. Nuestro salón tenía dos puertas, una lateral en el patio central y una trasera que daba a este patio, donde también se celebraba el acto cívico los días lunes, rendíamos honores a la bandera, interpretábamos el Himno Nacional (no se cantaba el Himno a Chiapas) y se realizaba alguna otra actividad relevante. Cuando era un día solemne que exigía izar la bandera, nuestro director, profesor Víctor Manuel Aranda León, citaba a algunos alumnos a las seis de la mañana para el izamiento y a las seis de la tarde para bajar la bandera. Había un asta bandera en la parte superior de la fachada, en el centro del portón donde entrábamos y salíamos. Agradecí a Cristóbal que me compartiera las fotos, porque no las conocía. Vine a conocerlas sesenta años después. Le dije que eran un tesoro, un verdadero alimento para el espíritu, un misterio enredado. Digo esto porque desde el momento que tuve las fotos ante mi mirada le he dedicado buen tiempo a observarlas. Conté cincuenta y un muchachitos y el maestro. He ampliado las imágenes en intento de descubrir las caritas de mis compañeros y me ha costado mucho reconocerlos, apenas he reconocido a dos o tres o cuatro. Mi mente me ha dicho que estos cincuenta niños fueron parte de mi vida en ese instante, convivimos en el aula y a la hora del recreo y tal vez en alguna actividad especial, pero todo es como si lo viera a través de un cristal, un cristal empolvado. Todos estamos viendo hacia la cámara (bueno, yo veo hacia otra parte. No sé el porqué. Me da pena decirlo, pero estoy en una posición como si fuera uno de los integrantes de una selección de fútbol, ¡yo!, que nunca fui practicante de ese deporte). Si te das cuenta, en esos años no llevábamos uniforme. Cada uno se ponía la ropa que tenía en casa, la que preparaba la mamá. Tal vez el maestro no nos dijo que al día siguiente tendríamos una sesión para la foto del recuerdo. Llegamos y el maestro dijo: cierren los cuadernos y salgan al patio para la foto. Cerramos cuadernos y salimos por la puerta trasera y esperamos que nos colocaran en estas tres filas. Los de atrás, parados, los de en medio un poco en cuclillas y los del frente con una rodilla al piso. El maestro se colocó casi al centro y abrazó a los dos niños que están a su izquierda y a su derecha. Eso habla de la cercanía que el maestro Beto tenía con sus alumnos. Todos son varones. Te he contado que así era la enseñanza. En la escuela primaria estudiábamos niños y niñas, pero todo era como en la canción de Chico Che: “los niños con los niños y las niñas con las niñas”. Las niñas tenían maestras y nosotros maestros. Convivíamos con las niñas a la hora del recreo, ahí comenzaban esos famosos “quemones”, que eran miradas donde había la señal de: “me gustás”, tanto de ellas como de nosotros. La otra posibilidad de convivencia era cuando las maestras ensayaban los bailables donde participábamos en los actos del Día de la Madre o en la ceremonia del fin del curso (que se efectuaba en el Cine Comitán, escenario prodigioso). En ese tiempo no había celebración del Día del Padre. Recuerdo haber participado en dos bailables, uno donde tuve como compañera a una chica que estaba enamoradita de mí y que desplazó a la que de origen la maestra me había asignado, la enamoradita retiró a la otra, se paró frente a mí y nos hicimos pareja, cuando menos de bailable. Yo acepté lo que el destino enviaba, me sentí bien al ser el elegido de la niña bonita que “quería” conmigo. Agradezco a la vida y al cuidado de Cristóbal por conservar estas dos fotografías llenas de recuerdos para los que ahí estamos. Posdata: seguiré viendo la fotografía, en intento de rescatar los nombres de las caritas que acá están. Identifico a algunos compañeros, procuraré recordar algún instante donde ellos y yo, en efecto, fuimos compañeros que convivíamos día a día. Sé que no todos éramos compas, en los grupos de estudiantes se forman subgrupos. ¿Hay alguno de estos niños que siga siendo mi compa frecuente? ¿Ya me identificaste? Estoy en la primera fila, con una rodilla al piso. A ver, a ver si me encontrás. ¡Tzatz Comitán!

martes, 24 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON FESTEJO

Querida Mariana: mi mamá, la princesa huixtleca de Comitán, nació el 24 de marzo de 1930, en Huixtla, Chiapas. Hoy cumple noventa y seis años. Ya no los cumplió con vida, falleció en noviembre de 2025, en su pueblo adoptado y que la adoptó: Comitán. La gente dice que el mundo sigue igual cuando alguien muere, tal vez sólo los familiares recuerdan a una persona fallecida, pero eso sucede cuando el suceso está reciente, conforme pasen los siglos ya nadie recordará a esa persona, ya ni los familiares, porque éstos también habrán muerto, ya te dije, a mis sesenta y ocho años de edad supe lo que todo mundo sabe: todos moriremos. Los que saben dicen que es ley de vida, uf, ¡la vida! ¿Te cuento algo que me resultó como un bálsamo? El domingo pasado (el 22 de marzo de 2026) fui a la oficina. No soy tan obsesivo; es decir, los domingos no voy a la oficina, los domingos me quedo en casa, leyendo, pintando, dibujando, lavando ropa, pero el domingo 22 me comprometí a ir a la oficina para saludar a mi amigo licenciado Walter Aguilar para que le entregara ejemplares de la revista impresa Arenilla, donde, en portada y páginas interiores, aparece su hijo, el chef con el mismo nombre del padre. A las nueve y media sonó un recordatorio en el celular y caminé hacia la oficina. A las diez en punto llegó el licenciado Walter, pasó a la oficina un rato, platicamos y luego le ayudé a subir ejemplares de la revista a su automóvil. Nos despedimos. Cuando se retiró en su auto, tomé un morral, lo llené con revistas y decidí repartir algunos ejemplares por el centro. Pasé por el Italian Coffee, que está donde estuvo el Hotel Robert’s, dejé algunas revistas en un revistero generoso que ahí existe; luego dejé un ejemplar en la peluquería que está contra esquina de Elektra y me dirigí, por la calle del Teatro de la Ciudad, al Hotel Delina. Apenas llegué al hotel, decidí no entrar por la recepción (donde debía abrir la puerta con cristal) sino que entré por la puerta donde salen y entran los automovilistas. Ahora trato de explicar mi razonamiento, pero en realidad, sé que esto no fue tan simple, hubo en este acto algo misterioso, algo que el destino me tenía reservado, como un abrazo de luz. Entré y al llegar al pasillo, vi el jardín hermoso del hotel y cuando di tantito la vuelta hallé algo que me deslumbró, que fue un impacto (te envío fotografía como testimonio). En una mesa estaban sentadas las amigas de mi mamá, las mujeres que, cada quince días, desayunaban a su lado, en diversos restaurantes. Siempre llevaba a mi mamá al restaurante donde se habían citado, a las nueve en punto y al dejarla en la mesa de las amigas le preguntaba a qué hora debía pasar por ella: a las doce, decía. A las doce en punto iba por ella. Cuando teníamos el ejemplar más reciente de Arenilla, yo le daba a mi mamá unas diez revistas para que las repartiera entre sus amigas. Dos días antes de su cumpleaños noventa y seis encontré a sus amigas en el desayuno. Pude pensar, si mi mamá viviera estaría con ellas, pero no lo pensé, lo que hice fue dar gracias a Dios por esa coincidencia (jamás había decidido entrar al hotel como lo hice el domingo 22). Digo que si hubiese entrado por la recepción no habría visto esta mesa del corredor, no habría saludado a sus amigas, no hubiese dado una revista a cada una de ellas, no habría recibido las frases donde ellas dijeron que la recuerdan con cariño. Mi mamá ya no está presente en este plano físico, pero vi en rostros de sus amigas y en sus palabras que la siguen recordando. El recuerdo se diluye con el tiempo y llega el momento en que ya es una veladora apagada, pero mientras tanto, mientras el cariño sigue siendo un camino la presencia sigue presente. Mi mamá ya es pasado, ahora pienso en ella como la mujer que estuvo a mi lado y ya no está, pero cuando su nombre aparece, como aparece el sol o una nube, el cielo vuelve a iluminarse, como si el universo recordara que un día fue, que por el momento sigue siendo. Posdata: salí por la recepción, abrí la puerta y salí a la banqueta. Dejé a las amigas de mi mamá en la mesa donde desayunaban, caminé hacia la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y luego al Hotel Internacional, donde saludé a la querida Laurita Villatoro, quien mandó a construir una veranda al lado del restaurante, hizo un espacio generoso para disfrute de los comensales. Lo que fue entrada hoy es un espacio cerrado donde está una mesa. Tal vez el domingo 22 fue eso: una mesa del Hotel Delina se convirtió en una veranda con la presencia de las amigas de mi mamá. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 23 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN DIÁLOGO INTERESTELAR

Querida Mariana: ¿qué significa la palabra interestelar? No sé bien, pero alude a algo espacial, algo que está más allá de lo cercano, que pertenece al terreno de los planetas. ¿De verdad es así? Una vez, no recuerdo el porqué, David me invitó a tomar un café para “sostener un diálogo interestelar”. El David siempre habla así, un poco en forma rebuscada. A mí me dio risa ese término. Fuimos al café, nos sentamos en una mesa al aire libre y platicamos. Mientras él me contaba anécdotas simpáticas yo ponía atención, pero no dejaba de pensar que estábamos realizando un “diálogo interestelar”, estábamos muy cerca, con los pies bien puestos en la tierra, pero él y yo viajábamos como si fuéramos astronautas. Hubo un instante en que lo vi con su escafandra, no de buzo, sino de viajante en el espacio. Casi al final de la plática estuve ya seguro que, en efecto, habíamos sostenido un diálogo interestelar, porque él estaba frente a mí, pero distante a la vez, tan distante como pueden estar dos seres humanos. El doctor Hernán León Velasco me lee desde Tuxtla, una galaxia chiapaneca cercana a Comitán, pero a la vez, distante, tan distante como descubrir que nosotros estamos de un lado de la orilla del Cañón del Sumidero y ellos en la otra orilla. Basta hacer un viaje en balsa por el río Grijalva, basta levantar la vista ante los enormísimos taludes del cañón para descubrir que lo interestelar está más cerca de lo que creemos. El doctor Hernán, de vez en vez, lee mis textillos y, como es escritor, se ve casi obligado a sostener un diálogo conmigo, un diálogo interestelar, como lo hicimos con David. Yo, buen escucha, oigo la palabra del doctor Hernán, palabra que cruza el cañón, trepa sobre los taludes, camina por los Altos de Chiapas y desciende hasta mi valle, el valle del pueblo de las nueve estrellas. Hace días, el doctor me envió por WhatsApp una reflexión motivada por una carta donde te conté de un ejercicio que hice, busqué una canción famosa cuando cumplí diez años, luego una al cumplir los veinte, así hasta llegar a los sesenta años de vida y realicé un sencillo razonamiento para hablar acerca de la volatilidad del tiempo. ¿Qué reflexión hizo el doctor Hernán ante este ejercicio? Te paso copia de lo que él escribió: “Amigo Alejandro: “Hay en tu Carta a Mariana con Decenios, una conciencia que no se impone, sino que respira: el tiempo no como cifra, sino como una lenta revelación que nos alcanza sin pedir permiso. Lo dices y nos arrastras contigo: la vida no pasa, se desliza entre los dedos como arena tibia, como esa “arenilla” que no hiere pero tampoco se detiene. En tus recuerdos —la canción que vuelve como un eco, la calle de la infancia, el rostro de un amigo que es también un espejo— el tiempo no es una línea, es una herida suave que se abre en cada memoria. Y entonces comprendemos, contigo, que no envejecemos de golpe: nos vamos dejando atrás, instante por instante, como quien abandona habitaciones encendidas sin saber que ya no volverá a ellas. “Pero hay algo más hondo: no es sólo el paso del tiempo, es su misterio. En ese ejercicio —que en realidad es profundamente humano— reconstruyes una vida a través de canciones que no elegiste del todo, como si la existencia también fuera eso: una música que nos sucede. En ese tránsito, entre el hijo que escucha “Adoro” y el hombre que duda frente a “Ni Freud ni tu mamá”, aparece la pregunta esencial, la que Paz habría llamado “la otra orilla”: ¿qué hicimos con el tiempo que nos fue dado? Tu carta no responde, pero ilumina. Porque en cada duda, en cada insatisfacción, en cada amor y en cada pérdida, hay una fidelidad secreta a la vida misma. Quizás eso sea lo único que nos salva: no haber comprendido del todo, pero haber sentido intensamente el vértigo de estar vivos mientras el tiempo —ese animal invisible— nos atraviesa sin detenerse”. Posdata: ¿mirás qué dice el doctor Hernán? “No envejecemos de golpe, nos vamos dejando atrás”. Pucha, es como para ir al bosque, sentarse en el suelo, recargarse en un enorme pino y darle vuelta al molino de la mente. Nos vamos dejando atrás. Uf. Sí, lo que se da entre el doctor Hernán y yo es un diálogo interestelar. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 22 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON NOTICIA

Querida Mariana: sí, fotografía de privilegio, pero merece comentario. Estoy con Javier Trujillo López. ¿Ya viste qué tengo en la mano? ¡Es un libro! Es la primera novela de la autoría de Javier. La novela se llama “Mi deuda con Franco”. ¡No! Nada qué ver con el dictador de España. Javier llamó así al personaje de su novela, personaje que es su papá, que fue contador público, que se llama Francisco y ya falleció. Te cuento un poco la historia. Impartí un taller en la Universidad Mariano N. Ruiz y Javier fue uno de los asistentes. En el taller vimos elementos que sustentan algo que pienso: las grandes obras literarias son aquellas que tienen como esencia ¡el viaje! En la tercera o cuarta sesión, Javier se acercó y me dijo que había escrito una novela, ¿podía yo leerla y darle mi opinión? Claro, Javier, le dije, es un honor. Días más tarde recibí un engargolado con el título “Mi deuda con Franco”. Metí el engargolado en la mochila con otros papeles y al llegar a casa lo coloqué en el buró, sería mi lectura antes de dormir. Vos sabés que, casi siempre, me acuesto a las siete y media, tomo un libro, leo un rato y antes de las ocho ya me dispongo a dormir. Esa noche me metí a la cama, tomé el engargolado y comencé a leer. A las ocho me llegó el primer bostezo, pero como estaba muy interesado en lo que leía continué en la lectura. Segundo bostezo, tercero, mi cuerpo se olvidó de avisarme que debía dormir y yo me olvidé de hacerlo, continué con la lectura hasta casi las diez de la noche, no quería detenerme en el acto de leer, pero ya mis ojos cerraron la posibilidad de continuar. Dejé el engargolado, puse el reloj despertador a las tres de la mañana y apagué la luz. A las tres, el despertador me sacudió con sus manos, desperté, fui al baño, regresé a la cama y tomé el engargolado, tres, cuatro, cinco de la mañana. Ya, ya, dije, me paré, un baño y a comenzar con el trabajo, subir en redes sociales y compartir con amigos la Arenilla, luego cortar la frutita, prepararme el desayuno y disponerme a ir a la oficina. Metí el engargolado en la mochila, al llegar al trabajo, saqué la computadora, la prendí y seguí con la lectura del libro de Javier hasta que terminé. El libro me fascinó. Pensé que era una de las mejores novelas escritas por un escritor comiteco, por fortuna hay varias, pero no muchas. Muchas novelas de los grandes nunca me proporcionaron el goce que el libro de Javier me prodigó. Su novela es sencilla, sin pretensiones, está narrada a través del corazón, pero con malicia literaria. Cuando tuve oportunidad le hice saber a Javier mi opinión. Él siguió trabajándola, como un buen sastre le cortó las partes donde las mangas estaban largas y la planchó como un experto modista. ¡Listo! La mandó a imprimir, con el editor consentido de Tuxtla y puntos intermedios: Juventino, de Editorial Tifón. ¿Estás en tu oficina?, me llamó una mañana, de hace días, le dije que tenía un compromiso para ir a la UNACH, porque la directora, la Maestra Fanny Abarca Argüello daría su primer informe, pero si quería lo pasaba a ver, porque su trabajo está de pasada para la UNACH. La razón del deseo de llegar a la oficina era la entrega de un ejemplar de su novela, su ópera prima. Me emocioné, porque fui como un testigo de parte del proceso. No dudo en recomendarte la novela en forma amplia, amplísima. Es una novela que, como dijo su tocayo Javier Cercas, excelso escritor español, contiene muchos géneros. La novela de Javier Trujillo López es un testimonio, es una crónica, es una especie de diario. Inicia con el temblor brutal ocurrido en la Ciudad de México, ciudad donde vivía Javier con su familia. El temblor provocó que el papá de Javier (Franco) decidiera volver a su tierra natal: Comitán. Javier llegó a estudiar al Colegio Mariano N. Ruiz (ahí nos conocimos), hizo nuevos amigos y comenzó a entender los vericuetos del pueblo, sus picardías, sus defectos y virtudes. Todo transcurría bien, hasta que un día, un malhadado día, su papá tuvo un deterioro en su salud y… Posdata: Javier cuenta la relación de un hijo con su padre. Lo hace con generosidad. No es fácil hablar con inteligencia, sentido del humor, y con destellos de espejo brutal, sobre los días en que sucede un deterioro en la salud del padre. La novela me hizo reír, llorar, sufrir, gozar, reflexionar. La novela está llena de vida. La novela de Javier tiene un costo de doscientos pesos, es nada, para todo lo que uno recibe. La novela de Javier es buena, porque es, como sostengo, un viaje, un maravilloso viaje, del cual el lector no sale indemne, uno recibe la lluvia y a veces no hay paraguas o impermeable que impida mojarse. El agua de este libro hace bien al espíritu. Conseguilo, querida mía. Es un libro afectuoso. ¡Tzatz Comitán!