Arenilla
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martes, 26 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON TRIUNFO NACIONAL
Querida Mariana: Juan Carlos López Pinto vivió el triunfo. El cronista deportivo logró patrocinios y acompañó al seleccionado de Chiapas de Fútbol Veterano. Gracias a él nos enteramos del camino que siguieron los jugadores hasta llegar a la final y vencer al seleccionado de Baja California. Vimos que el partido terminó empatado y se decidió en penales, con una soberbia actuación del portero chiapaneco, quien detuvo dos tiros. Fue una actuación sensacional. En cuanto me enteré del triunfo le llamé a mi amigo Jorge Gómez Solís, el famoso “Negro”, de la Pilita Seca. ¿Fuiste?, le pregunté. ¡No!, me dijo. Me contó que se lesionó durante los partidos que celebraron en el estatal, donde el seleccionado obtuvo el derecho de ir al nacional que, entiendo, se celebró en Lázaro Cárdenas, Michoacán. ¿Así fue o invento? Jorge no fue al nacional, no participó, en cambio se fue a Tuxtla, donde, orgulloso, chento, vio la actuación en la escaramuza de la pequeña Ximena, su nieta, niña linda. ¿Mirás? La familia de Jorge está metida en el ajo de la cultura y del deporte. Su esposa, descanse en paz, la maestra Trini, fue una gran declamadora, don que heredaron sus hijas y ya la descendencia; por su parte, Jorge siempre ha sido un entusiasta jugador de fútbol soccer y sigue en activo; bueno, salvo cuando se lesiona por una patada de más. Sus hijas también le heredaron el gusto del deporte y practican carrera y ahora su nietecita anda trepada sobre caballos, caballos de pura sangre, no como los pochorocos que montan los que participan en la entrada de flores en honor a San Caralampio. Bueno, pochorocos algunos, porque el caballo que monta el presidente Fox es un caballo finísimo. Por cierto, Jorge me platicó que Fox ayudó con paga para que fuera el seleccionado a su encuentro con el destino maravilloso, pero quien más paga soltó fue el gobernador de Chiapas, cuando se enteró que irían a jugar a Michoacán, con la representación de Chiapas, soltó buena paga. Eso me da mucho gusto. El apoyo económico es fundamental y es bueno que la autoridad destine dinerito para ayudar a conseguir sueños, como sucedió en esta ocasión memorable. Así me gustaría que también existiera apoyo para actos culturales.
Jorge me contó que el seleccionado estuvo integrado por jugadores, de más de sesenta años, de diversas partes del estado, de Comitán hubo cuatro; de San Cristóbal, tres; tres, de Tuxtla; dos de Trinitaria y de otros lugares. Me platicó que el portero “El tufos” es buenísimo, pero se quedó en la banca, porque el otro portero, un compa de Tuxtla, es experto en parar penaltis y se demostró que el entrenador no se equivocó porque el portero tuxtleco hizo la hazaña de detener dos penaltis, ¡dos! Esto permitió que los jugadores chiapanecos alzaran la copa. Los veteranos ganaron a las selecciones de Guerrero, de Puebla, de Michoacán y de Baja California. Ah, qué maravilla. Jorge, contento, me dijo que los aficionados de Comitán ya no están preocupados si México llegará al quinto partido, en el Mundial, ¡ya tenemos el Nacional de Veteranos!, me dijo, y colgamos. Él y yo ya teníamos que ir a la chamba.
Mi memoria pichancha retuvo apenas dos nombres de jugadores comitecos: Pepe el toro y El avión. Además, ya mencioné a “El tufos”, el gran portero, que cedió su lugar al portero tuxtleco, buenísimo para atajar penales. Jorge no lo mencionó, pero sé que en el seleccionado triunfador estuvo mi amigo Toni Guillén, quien fue mi compañero en la primaria Matías de Córdova y en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz, y es un gran apasionado por el deporte de las patadas. Así como la descendencia de Jorge heredó el gusto por el deporte, uno de los nietos de Toni heredó la pasión por el fútbol soccer y, como resultó muy bueno, ya juega en equipos de ligas mayores, ya dio el brinco de jugar en nuestros campos comitecos a jugar en grandes estadios. ¿Mirás qué bendición? Así como Jorge está orgulloso de su nietecita, montadora de caballos, así el Toni está chento por la actuación de su nieto futbolista. Así es como se hace patria.
Posdata: el seleccionado de Chiapas ya volvió a la tierra, acá los recibieron como lo que son, grandes héroes de la cancha. Jorge me contó que en Comitán, el doctor Cuéllar les ofrecerá (o les ofreció) una comida celebratoria, con mixiotes, olla podrida, cerveza, con tequila Fox, amenizada por un tecladista. Eso se merecen, por supuesto. Fernando, el famoso Pina, hermano de Jorge, me dijo que también develarán una placa donde se consigne tal logro deportivo, con los nombres de todos los integrantes. Felicidades a todos los ejemplares futbolistas, que, como se dice, siguen botando la polilla en las canchas, a una edad en que muchas otras personas ya no practican más deporte que estar botados en el sillón. Asimismo, agradezco a Juan Carlos López el acompañamiento a la selección, porque su cobertura permitió que nos enteráramos de las hazañas deportivas en la pantalla de las redes sociales. ¡Bien!
Robo la foto que Toni compartió en redes sociales. No sé quién la tomó. Asumo que fue Juan Carlos.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 25 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON LIBRERÍAS
Querida Mariana: vos y yo amamos las librerías y las bibliotecas. La semana pasada cerró la librería Porrúa, en Tuxtla. En redes sociales hubo voces tuxtlecas que lamentaron el cierre. ¡Cómo no!
A la hora que cerraba Porrúa, de Tuxtla, en Comitán abrían una librería, frente al parque de San Sebastián. Una librería pequeña, pero que habla bien de este pueblo.
¿Recordás que en el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, edición del Gobierno del estado de Chiapas, a través de Coneculta, aparece una carta donde Rosario le dice a Efrén Hernández que le escribe desde “Comitán de Domínguez, Comitán de Las Flores, Comitán de los pianos”? Esto confirma que en el Comitán de los años cuarenta había pianos en muchas casas del pueblo; esto reafirma la vocación cultural de esta tierra, tierra santa, como le llama Gabriel Guerra Castellanos, hijo de Rosario.
Igual que Rosario crecí entre bibliotecas y librerías. En los años sesenta iba cada semana a la Proveedora Cultural, de Don Rami Ruiz, a comprar el ejemplar correspondiente de la Biblioteca Básica Salvat, una serie que creó Dámaso Alonso y que fue una de las grandes iniciativas para fomento de la lectura en todo México, porque eran ediciones a precios muy accesibles (al final las hojas se desprendían, porque eran libros modestos, pero cumplían con su misión cultural). En esos años sólo había una biblioteca popular pochoroca en los corredores del palacio municipal; pero, ¡ah, qué desquite!, en los años setenta disfruté a diario el enorme acervo de la gran Biblioteca Central Universitaria de la UNAM, que en ese tiempo era de estantería cerrada. Ya no me tocó la nueva biblioteca, de estantería abierta, la que construyeron durante el periodo presidencial de Vicente Fox, la Biblioteca Vasconcelos, que es un prodigio arquitectónico y resguarda miles y miles de libros. Ah, la hubiera disfrutado, como sé que la disfrutan cientos y cientos de lectores.
Sigo creciendo entre bibliotecas y librerías. Sé que ambos espacios dan vida a la gente, tal vez más que cualquier otro espacio. En las bibliotecas y librerías siempre está su majestad ¡el libro!
Cerraron la Librería Porrúa en Tuxtla. Acá en Comitán tenemos una Porrúa. Hubo un tiempo que corrió el rumor de que la cerrarían, por fortuna no sucedió así. Claro, si la gente no se acerca a comprar libros corre el riesgo de que también cierren y entonces, como los tuxtlecos, lamentaremos la ausencia.
He crecido entre librerías y bibliotecas. Reconozco los dones de ambos espacios. En Comitán contamos con la Biblioteca Pública Rosario Castellanos, que está a media cuadra del parque central, un espacio que, por desgracia, siempre que llego lo encuentro casi ausente de lectores. No reconocemos la virtud de contar con ese espacio prodigioso.
Cuando viví en Puebla iba frecuentemente a librería de allá, que las hay muy buenas, o si no me daba un brinquito a la Ciudad de México y ahí mi espíritu se fortalecía.
He crecido entre librerías y bibliotecas. Cuando volví a Comitán, después de mi estancia de cinco años en México, tuve incluso el privilegio de ser el primer director de la Biblioteca Pública Rosario Castellanos.
Ahora, Comitán cuenta con cinco librerías, la tradicional Proveedora Cultural; Porrúa, que está en el Centro Cultural Rosario Castellanos (a veces me da la impresión que ha bajado en su oferta, llego a solicitar un libro y no lo tienen a la venta, por esto, a veces, los lectores acudimos a Amazon que nunca falla); la librería La rueda del hambriento, a una cuadra del parque de San Sebastián; la librería Diodati, que abrió sus puertas en los primeros días de mayo de 2026 y está a cuadra y media del edificio donde está la Biblioteca Rosario Castellanos, bajando con rumbo a la Pilita Seca, y que es un sueño de tu tocaya, catedrática del Cobach 10; y ahora el nuevo espacio que está frente al parque de San Sebastián, al lado de la chocolatería de Juan Cancino.
Posdata: en tiempos difíciles, por una economía bamboleante y por el número decreciente de lectores de libros impresos en todo el mundo, Comitán levanta orgulloso su espíritu y cuenta con una oferta decente de venta del objeto cultural más relevante: el libro.
Siempre recuerdo lo que contó mi amigo Héctor Cortés Mandujano, gran escritor: cuando llega a un pueblo busca una librería y adquiere uno o dos ejemplares, como un acto de solidaridad, para decirle al librero que no renuncie; que siga sembrando hatos de luz, porque el mundo tiene esperanza de ser mejor; porque hay gente que sigue disfrutando la sensación de tener un libro impreso en las manos.
Es bueno que en la tierra de Rosario Castellanos, nuestra pichita amada, haya librerías, espacios donde los lectores se reúnen, manosean libros, los adquieren y hablan de literatura.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 24 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN TROZO DE VIDA
Querida Mariana: tomé el libro “El olvido que seremos”, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Lo tomé de nuevo porque su portada es muy bella, aparece una niña que sostiene un violín en la mano izquierda, el arco en la derecha; la niña está en un sembradío, se ve una flor sobre un fondo blanco. Es un fotomontaje, sin duda. El blanco del fondo lo colocó el diseñador para que resaltara la figura de la niña. Pero la historia no cuenta la vida de una niña, sino la de un niño con relación a su padre. Así como todo mundo nació del vientre de una madre, el padre intervino para que el milagro de la vida apareciera; es decir, todos tenemos una madre y todos tenemos un padre. El padre del niño de la novela es un padre lindo, muy bueno con él, casi casi le hace todos sus gustos, por eso el niño pide algo imposible: que su padre nunca muera.
Tomé el libro para darle una relectura. Tal vez fue en tiempo de pandemia que lo compré en libro digital y lo leí en el Kindle. Pero ahora que estuvimos en la FIL de Guadalajara asomó su carita entre lo que el maestro Pepe Martínez definió como “hectáreas de libros” y Dora Patricia Espinosa y yo lo compramos.
Tomé el libro. Como siempre hago, como siempre hace la mayoría de lectores, busqué la página inicial, ahí me topé con la siguiente frase, que es como título del primer capítulo “Un niño de la mano de su padre”. No pude avanzar en la lectura. Ahí me detuve, la frase fue como un foco rojo en semáforo y suspendí la marcha.
Sé que a mucha gente le sucede lo mismo. Aparece una frase, un aroma o un detalle que sirve como advertencia para detenerse en el tráfago de la vida y para, un segundo después, ir tras el recuerdo de la madre o del padre ausentes. Ya te dije que aprendí la lección de vida: todos vamos a morir, ¡todos! No hay manera de darle la vuelta a esa certeza. A veces, como me sucedió a mí, se va el padre y luego la madre, mi papá murió en 1990 y mi mamá en 2025, se me fueron en el transcurso de dos siglos. Llegué al siglo XXI sin padre y en el mismo siglo mi mamá se despidió.
Cuando leí la frase: “Un niño de la mano de su padre”, pensé en el niño que fui, en mi padre y en la mano (la de él y la mía, porque cuando leí la frase supe que mi mano estaba en la suya, es una posición frecuente, la mano del padre da sostén a la del niño, quien se desplaza sin temor. ¿Qué temor puede existir si el niño está al lado de su héroe, de su súper héroe, del que todo lo puede, del que elimina toda incertidumbre?) Todos los niños que tuvieron papás buenos, como lo tuve yo, recuerdan, sin duda, momentos donde caminaron al lado de sus papás, de las manos de sus padres.
No pude avanzar en la lectura. Esto me sucede pocas veces, por lo regular cuando algo me atrae no paro de leer. Este libro es muy bueno, es de los que no se sueltan. Yo no lo solté, pero no pude avanzar, porque la frase me envió de inmediato a la figura de mi papá, a la imagen donde yo, niño, caminaba al lado de mi papá. No avancé, porque la imagen que me provocó la frase me jaló a buscar en mi memoria el momento en que caminé de la mano de mi papá. No lo hallé. Tengo tan mala memoria que los recuerdos se me escapan, incluso los más afectuosos.
Recordé una película donde la cámara está detrás de un padre que camina al lado de su hijo, se alejan de la cámara, el papá lleva a su hijo de la mano, se les ve contentos, ya dije que no se les ve los rostros, pero en la forma que el niño camina se nota que va feliz, tomado de la mano del papá, éste va orgulloso con su hijo. Cuando llegan al borde de la banqueta y van a cruzar una avenida donde pasan muchos autos, el papá lo carga, la cara del niño queda frente a la cámara, se le ve pleno, sin temor alguno.
Recordé este pasaje, porque el recuerdo que tengo con mi papá, el más entrañable, es el de una tarde que fuimos mi papá, mi mamá y yo al Cine Comitán. Cuando la función terminó, la noche ya había asomado su carita en el pueblo, al salir a la calle, mi papá, como si fuera el personaje de la película, me cargó, yo vestía (mi mamá me lo había puesto) un abriguito, color gris, que siempre lo he visto como la capa que lleva El Principito. Mi papá me cargó, sentí su abrazo, si la cámara de la película hubiese grabado ese instante me mostraría feliz, pleno, seguro, como jamás algo más pudo brindarme esa sensación de que todo estaba bien. Desde entonces, cuando necesito sostenerme en algo para evitar la caída, pienso en ese momento con mi papá y sé que todo estará bien, que lo peor ya está pasando, porque todo es como el agua, como el tiempo, como la vida, todo se diluye. Es una pena, pero es así. Qué bueno que es así, uno quisiera que lo bueno se quedara para siempre, pero todo se escurre; lo mismo sucede con lo malo, ¡se va!
Posdata: recomiendo la lectura de la novela de Héctor Abad, es muy buena, tanto, que el famoso escritor Mario Vargas Llosa dijo: “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”. ¡Pucha!
¡Tzatz Comitán!
sábado, 23 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON IA
Querida Mariana: nunca imaginé vivir este tiempo; es decir, con tanta innovación tecnológica. Vengo del siglo XX, un siglo donde no existían tantos avances. Viví el tiempo donde el teléfono era fijo, donde, todavía, se solicitaba a la telefonista que comunicara con tal número; en la Ciudad de México, en los años setenta, hacía fila para hablar desde un teléfono público que funcionaba con monedas. Ahora tenemos los celulares, los llevamos a todos lados, hablamos a todas horas, sólo necesitamos inscribirnos a un plan o comprar “tiempo aire”. Jamás pensé que iba a comprar “tiempo aire”. Claro, todavía no llegamos al instante donde podamos comprar tiempo o comprar aire. Tal vez algún día (ya no lo veré).
Crecí en la segunda mitad del siglo XX, un siglo donde, en mi infancia, para ver películas tenías que ir a una sala cinematográfica, comprar un boleto de entrada en la taquilla, entregar el ticket con un boletero, que lo metía en una caja de madera que iba del piso a la panza del boletero y que en la parte superior tenía una rendija. Luego compré una videocasetera, porque, ¡oh, prodigio!, vendían películas en casete. Sí, lo que antes llegaba en unos grandes rollos desde lejos, ahora se podía conseguir en tiendas en el tamaño de un videocasete, que era de este tamaño. ¿Ya miraste el hueco que tengo entre las manos? Bueno, de ese tamaño, más o menos, eran los casetes VHS, luego llegaron los Beta, que eran más pequeños y que obligó a comprar otro chunche para reproducirlos. Nunca imaginé tener cine en casa, todo se veía en la pantalla de una televisión. Algunos de mis amigos con harta paga compraron pantallas grandes, además de bocinas espectaculares, así que disfrutaban el cine casi casi como si estuvieran en una sala, sin la incomodidad de que alguien trepara las patas sobre el respaldo de la butaca y con la posibilidad de hacer pausa si te llegaba la gana de hacer pis (esto en la sala cinematográfica era imposible, si llegaba la gana de hacer pis te parabas, ibas al sanitario y todo lo que transcurría en la pantalla durante este tiempo ¡te lo perdías!) Un día desaparecieron los negocios que rentaban y vendían películas en casete. El siglo XXI llegó y con él las empresas con plataformas, tipo Netflix, que, por una módica mensualidad, te da la oportunidad de ver películas y series desde el teléfono celular o pasarlas en una mega pantalla.
En estos tiempos pienso en Rosario Castellanos, la gran escritora que fue una gran cinéfila, a tal grado que viajaba de una ciudad a otra sólo para ver una determinada película. Nuestra amada pichita ya no llegó al siglo XXI, lo hubiera disfrutado como lo hacemos los cinéfilos de estos tiempos. Un amigo (me confió su esposa) está inscrito en todas las plataformas que están a disposición, así cuenta con un enormísimo catálogo para ver.
Y ahora, la gran innovación es la IA (la Inteligencia Artificial). Miles y miles de personas (me incluyo) no tenemos mucha idea de por dónde va este tema complejísimo. En redes sociales, mucha gente se alarma ante noticias catastrofistas, acerca de la sustitución de personas por esta herramienta tecnológica. Por ejemplo, yo no sé qué onda, pero cuando necesito algún dibujito para ilustrar las cartas que te envío, le pido a la IA que, por favor, haga su mejor intento y así sucede, en cuestión de segundos me manda una ilustración bien chida, bien hecha. Hace años esta labor se le encargaba a un dibujante, a un ilustrador, a un diseñador, ahora no hay necesidad imperiosa de que un diseñador esté de planta en la empresa.
¿Cómo ha influido la aparición de la IA en el proceso educativo? El magisterio comprometido está pendiente de la carretera que ahora debe recorrer el estudiantado para no quedarse a la zaga de lo que en el mundo se gesta. Una de las ideas principales de quienes no muestran temor ante la aparición de la IA es la de que es un asistente que puede ayudar a grandes logros en todos los campos; es decir, la IA jamás podrá superar a la Inteligencia Natural, la que ha hecho posible la gestación de la IA. Lo artificial jamás ha superado a lo natural, al genio creativo del ser humano. En medicina, por ejemplo, todos los avances tecnológicos coadyuvan a los profesionales a brindar mejores tratamientos. Un amigo que, hace cuatro o cinco meses, necesitó que le practicaran una operación delicada, me contó que cuando estuvo en el quirófano, uno de los médicos responsables le dijo: “le presento al robot que hará la operación”. Esto era inconcebible en los años sesenta del siglo XX. Gracias a los chunches tecnológicos ahora realizan operaciones donde la anterior carnicería queda desechada, los procesos de cicatrización son más leves, porque los cortes son minúsculos. No sabemos hasta dónde llegarán los avances, pero los científicos dicen que en los últimos tiempos el desarrollo tecnológico ha tenido un soberbio adelanto.
Estudié en salones donde todos los alumnos de primaria escribíamos en cuadernos y libretas, algunos, los más limitados de recursos económicos, escribían con lápices sin borrador en un extremo. Todavía me tocó escribir con la llamada letra manuscrita, donde, para escribir una palabra, se hacía con una línea continua. Había compañeros que tenían letras exquisitas, otros escribían como hemos visto lo hacía la gran escritora Rosario Castellanos, en forma casi ilegible, tanto que ni ella misma reconocía sus garabatos.
En el año 2026 Comitán, igual que los demás pueblos del mundo, goza de muchos avances. La IA no es una materia ajena. Tengo como ejemplo al admirado maestro Xavier González, quien, siempre pendiente de los avances, está muy pendiente de la IA, desde el espacio prodigioso que tiene en Tzimol.
Posdata: todo mundo habla de la IA, pero son pocos los que tienen idea completa de tema tan abstruso. Lo profundo ronda nuestra burbuja diaria. No advertimos bien a bien por dónde aparecerá la cola de esta serpiente que, como boa constrictora, nos mantiene en la expectativa del futuro cada vez más cercano.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 22 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN MUNDO IDEAL
Querida Mariana: Juventino es simpático. El otro día lo saludé en el parque, mi parque, el central de Comitán. Ah, galana su vida, estaba sentado en una banca, con las piernas hacia adelante, un zapato sobre el otro, tomando una nieve, de esas sabrosas, de las que vende el nevero (nievero) que se pone debajo de un árbol, frente a La Esquina de Belisario. “¿Y qué pue, vos, Alejandro? No te dejás ver”. ¿Qué decir ante eso? “Salí a asolearme, así me dejo ver”. “¿Querés una tu nieve?”, preguntó. “Va”, le dije. Con emoción se paró y dijo: “Pero vos la pagás y si querés me invitás otra, porque a esta ya le di su extremaunción”. Llegamos con el nevero y mientras nos servía (combinado, de mango y de nuez), vimos un taxista que se paró para bajar pasaje. El nevero está al lado de la calle que va hacia el Teatro de la Ciudad.
Vimos al taxista y Juventino dijo: “el mundo ideal será sin taxis ni taxistas. Mirá la cara de ese”. Le vi la cara al taxista, como la de cualquier ser humano, dos ojos (saltones como de sapo constipado), dos cejas (como tzucumos en una pradera oscura, porque el taxista tenía la piel un tantito quemada, del color del tronco del árbol de La Noche Triste) y una barba descuidada, que era como un bosque talado, con puro tronquito irregular.
Recibimos los helados, Juventino esperó que sacara un billete de la bolsa, pagué y volvimos a la banca. De inmediato, Juventino volvió con el tema y dijo lo siguiente (no son sus palabras al ciento por ciento, es lo que pepené de su discurso):
No hay peor cosa que vayás en tu carro y te toque atrás un taxista, parate tantito en una esquina y verás cómo el taxista toca el claxon y acelera, con esto te da a entender que lleva prisa, que no está de paseo como vos, como dicen los taxistas, ellos están tras la chuleta. Pero eso no es lo peor, lo peor, lo peor, es que toque ir detrás de un taxista, porque debés ir bien pilas, ya que él, por sus huevos lisos, se para en donde alguien lo llama, baja de su unidad, te ve y con su mano muestra los dedos gordo e índice y te hace la seña de que sólo un ratito, abre la cajuela y sube las maletas de su pasajero, vos no debés decir nada, porque ante la mínima muestra de fastidio, el taxista cambia su cara de ángel salvador con la de demonio de las siete cuerdas y puede hasta llegar donde estás, encararte y aventar todo el repertorio de majaderías.
Pero me quedo corto, Juventino dijo que eso no es lo peor, lo peor de lo peor, es que toque un taxista adelante y un taxista atrás (aclaró que era sin albur, que era la posición de los autos). Si el primer taxista se detiene el de atrás se deshace en claxonazos, lo que te deja en una posición peligrosa porque el de adelante piensa que vos sos el que está somatando la bocina y puede acercarse a vos, como un troglodita, con una llave de cruz en la mano, dispuesto a majar la carrocería o, en caso extremo, quebrar el cristal, porque vos, pacifista de siempre, subiste el vidrio de la ventana; y lo mismo sucede cuando el taxista de atrás se desespera en su búsqueda de la chuleta. No se te vaya ocurrir detenerte tantito para dar paso a una señora que camina apoyándose en una andadera, porque el taxista de atrás lleva prisa, no está para brindar atenciones a los peatones.
En este momento, Juventino detuvo su ametralladora verbal y disfrutó la nieve, que, la verdad, estaba riquísima. Me vio y dijo que en el mundo ideal no habrá taxis ni taxistas y agregó: ¡ni motocicletas ni motociclistas! Estos son una lacra para la sociedad. En el mundo ideal todas las calles serán peatonales, con cintas especiales para que transiten los ciclistas civilizados.
Posdata: lo que Juventino dice es una utopía. El mundo es como es y nuestro mundo cercano es caótico. Los taxis y taxistas son necesarios en esta ciudad que crece día a día (además, hay excepciones, todavía quedan algunos empáticos). Ahora que te escribo (lo hago en la oficina) pasan carretadas de taxis por la calle, con pasajeros que necesitan llegar a algún lado.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 21 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, POR LOS CUATRO COSTADOS
Querida Mariana: Liz Sáenz remarcó una frase que dijo José Martínez Torres: “Rosario es comiteca por los cuatro costados”.
El 25 de mayo de 2026, la pichita consentida de Comitán, Rosario Castellanos, cumplirá ciento un años de vida. El 20 de mayo se presentó en Comitán el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, un bello libro que editó el Gobierno del estado de Chiapas, a través del Coneculta, que dirige la paisana Angélica Altuzar Constantino.
Liz es directora de publicaciones del Coneculta y mi maestro Pepe Martínez, al lado de Rafael Vargas, fue el encargado de la edición del libro.
“Comiteca por los cuatro costados”, insiste en decir el gran escritor José Martínez Torres. Un poco como para reafirmar lo que la misma Rosario dijo siempre: que era comiteca, siempre se asumió. El hijo de Rosario, Gabriel Guerra Castellanos, cuando se refiere a Comitán dice: “tierra santa”. Por supuesto, Martínez Torres sabe que Rosario lo fue porque creció en nuestro pueblo. Hemos dicho que los expertos dicen que los seres humanos definimos nuestra existencia en los primeros años de vida. Rosario creció en este pueblo, acá pepenó las esencias de lo que en el porvenir sería su proceso creativo, proceso genial.
Si las biografías establecen que nació en la Ciudad de México, hecho verídico, dejan sin dar el renombre de que ella creció en Comitán. Basta tomar un poco en cuenta lo que he escrito para observar la relevancia del pueblo en su proceso de vida: ¡creció!, se dice, se debe decir con toda la voz en alto. El maestro Pepe lo grita con conocimiento de causa; es necesario que se remarque: Rosario creció en Comitán, acá se hizo, de acá es.
Por esto, la maestra Angélica Altuzar Constantino dijo que la presentación de este libro, la primera, debía ser en Comitán, como fue, en un acto celebrado el 20 de mayo de 2026, pasadas las cinco de la tarde, en el auditorio del Centro Cultural que lleva el nombre de nuestra amada escritora. Para tal acto llegaron la maestra Liz y el doctor José para hablar acerca de la génesis de este libro genial, un libro que es como un álbum personal de fotografías, que da cuenta del proceso de vida de Rosario. En el libro hallamos fotografías de Rosario en su Comitán de infancia y de adolescencia, ahí está la familia comiteca, los Castellanos y los Figueroa, nuestra gente, la de acá, la que constituye la esencia del árbol genealógico de la inimitable Rosario. Hemos comentado en ocasiones anteriores que Doña Lolita Albores, nuestra querida cronista, amiga de Rosario, comentó que una de las principales características literarias de Rosario, la ironía, la heredó de su madre, Doña Adriana, mera comiteca.
A partir de hoy debemos honrar a Rosario con la frase de Pepe Martínez: “Rosario fue comiteca por los cuatro costados”, es decir, por los cuatro puntos cardinales del espíritu. Nació en la ciudad de México, pero ¡creció! en Comitán, ciudad que la acogió, que le brindó su carácter provinciano, con sus defectos y la multiplicidad de dones, esencias que quedaron registradas en sus textos prodigiosos.
Dos presentadores de lujo tuvo el libro. La presencia de dos destacados intelectuales chiapanecos fue un mojol de lujo. El auditorio recibió a muchas personas que acudieron y que, al final del acto, tuvieron la fortuna de llevarse un ejemplar del libro, en forma gratuita. Cuando la directora del Coneculta avisó que todos los asistentes tendrían un libro la ovación no se dejó esperar. Cuando todo mundo tuvo su libro apareció la fotografía del recuerdo, fotografía maravillosa, porque cada persona tiene el libro en sus manos, como si tuvieran un cachito del espíritu de la gran comiteca en su tierra, tierra santa, tierra bendita de Dios y del contrario.
Fue una tarde prodigiosa. Rosario convocó a todos los asistentes, quienes escucharon de la voz de José Martínez Torres y de Liz Sáenz la frase que es como un broche de oro para la vida de la escritora: ella fue comiteca por los cuatro costados. ¿Quedó claro? ¿Hay que agregar algo más? Nada más. Todo está dicho, todo se dijo.
Lo dijo el maestro José Martínez Torres, quien nació en la Ciudad de México y es chiapaneco por los cuatro caminos del aire.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 20 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA AMIGA DE ROSARIO
Querida Mariana: en Comitán, cuando decimos Rosario la mayoría sabe que hablamos de la pichita consentida: Rosario Castellanos.
Anexo la fotografía de una amiga cercana de Rosario, mi tía Betty Córdova, de rostro bello. Acá está con un peinado especial, con caireles; con aretes que enmarcan su rostro; y con una blusa que tiene un peto en la parte superior.
Ella fue amiga cercana de Rosario, estuvo casada con mi tío Gil, que laboraba en Telégrafos de México. Te conté que de niño iba seguido a la casa de ella, jugaba con Gil, el hijo mayor. Cuando era cumpleaños de Gil, la tía nos invitaba a varios chiquitíos y hacía juegos, repartía premios a quienes ganaban, siempre me pedía que cantara una canción que le gustaba, era una canción que cantaba uno de los cantantes de la época de los años sesenta: “…por qué se fue, por qué murió…” Creo que el cantante era Enrique Guzmán o César Costa, cuenta la historia de un compa que sufre un accidente automovilístico.
Dicen algunas personas que la tía Bety contaba anécdotas que vivió en la convivencia de Rosario y que otros compas se apropiaban de las anécdotas y las contaban como si ellos hubieran sido los protagonistas. La tía Betty vivió de niña en una casa que está contra esquina del templo de El Calvario, así que para ir a casa de Rosario le bastaba caminar media cuadra, porque Rosario, de niña, habitó la casa que está frente al módulo turístico en el edificio donde está la presidencia municipal. He platicado que Gustavo Armendáriz hizo favor de enviarme el árbol genealógico de Fray Matías de Córdova y en una de las ramas apareció el nombre de mi abuela materna, Esperanza Córdova. Cuando mi abuela Esperanza venía al pueblo a estar en casa unos tres o cuatro meses iba con frecuencia a casa de mi tía Betty donde la recibían con mucho cariño, el afecto dictado por el apellido Córdova.
Mi tía ya falleció hace años. Ella sufrió mucho la ausencia física de Pepe, uno de los hijos, que fue un comiteco de hueso colorado, que escribió libros que aportan a la identidad comiteca, libros de cuentos con el lenguaje de la región y un libro esencial que da cuenta de modismos de Comitán. Mi tía Betty iba todos los domingos a casa de la tía Maty Bermúdez, ahí comía en compañía de Doña Maty Trujillo y de mi mamacita. Cuando terminaban de comer, mi mamá y mi tía iban al parque central, compraban una nieve, se sentaban en una banca y escuchaban la marimba. La tía Betty fue una ferviente admiradora del sonido de la marimba. Tenía una bolita en la parte superior del pecho, así estuvo durante mucho tiempo, cuando un médico se lo jugueteó, ella comenzó a sentirse mal hasta que falleció. Así partió una de las grandes amigas de Rosario, que compartió muchos momentos en la infancia. Es lógico de entender que Rosario, niña de familia de hacendados, sólo tenía permitido que la visitaran niñas, sus amigas y entre éstas, mi tía Betty era una de sus más cercanas.
Rosario se volvió famosa y el año pasado todo México celebró el cumpleaños número cien. Pensé que era buena manera de seguir honrándola mostrándote la fotografía de una de sus amigas, ahora que se presenta en Comitán el libro: “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, libro de gran belleza, editado por Coneculta; libro donde viene una serie de fotografías de Rosario en diferentes etapas de su vida, en esas fotografías aparece al lado de sus afectos y de gente importante con la que se rodeó. Acá está la foto de una amiga entrañable, con quien compartió juegos en el patio de la céntrica casa comiteca.
Posdata: ya recordé, la canción que mi tía me solicitaba la cantaba el grupo “Los Apson”.
¡Tzatz Comitán!
martes, 19 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍA DE RAYMUNDO ZENTENO
Querida Mariana: el Colegio Mariano N. Ruiz invitó a Raymundo Zenteno. El prodigioso escritor y cuenta cuentos estuvo en el pueblo el día 14 de mayo de 2026. Estuvo con estudiantes de la primaria del colegio y, a las doce y media del día, se reunió con el magisterio. ¡Un maestro frente a maestros! En la primaria estuvo en el patio central, rodeado por decenas y decenas de niñas y niños. La mayoría de niños y niñas disfrutaron la presencia de Raymundo, quien, con habilidad innata contó cuentos y mostró barquitos de papel y voló aviones, también de papel. Antes del final de su actuación se acercó un niño y le pidió que le regalara el avioncito amarillo, de factura impecable y vuelo afortunado. Sabés que luego hay avioncitos pochorocos, que no vuelan bien, que apenas se sueltan de la mano del niño caen en picada. El avioncito de Raymundo era una nave casi interplanetaria, de esos avioncitos que son amigos del aire y vuelan y vuelan y dan vueltas y más vueltas, regodeándose en la burbuja del aire. Raymundo, por supuesto, le obsequió el avioncito al niño, quien regresó feliz a sentarse en el piso para continuar disfrutando la actuación del cuenta cuentos prodigioso. ¿De dónde agarró valor el niño para levantarse y caminar hacia Raymundo a solicitarle el avioncito? Pienso que no lo reflexionó mucho, lo hizo porque deseaba tener ese avioncito, supo que era una oportunidad única y lo hizo también porque percibió que Raymundo, escritor noble y bueno, no iba a negarle la petición. Raymundo le obsequió un objeto que vuela y el niño tuvo en sus manos la capacidad de vuelo. Miles y miles de niños y niñas en todo Chiapas recuerdan los programas radiofónicos que transmitió Raymundo en la radio chiapaneca, “Radio ombligo” fue un programa exitosísimo, todos esos niños fueron tocados por el vuelo de la imaginación (es una pena que las autoridades le hayan quitado el presupuesto. Le hacía mucho bien a la sociedad. Es una pena, porque Raymundo, como pasa seguido en este país, es un talento desperdiciado. Es una pena, porque las autoridades gastan en basura en las ferias de pueblo y botan el dinero contratando a cantantes y bandas insulsas, que son apología de la violencia y siembran ignorancia. Raymundo es un sembrador de sueños, de árboles inteligentes, de nubes imaginativas. Qué pena que siga ignorado).
Raymundo, al lado de su hija Victoria, llegó a Comitán la tarde del 13 de mayo. El Maestro Huguito, director del colegio, solicitó que se apartara una habitación doble en el Hotel Internacional, que está a una cuadra del parque central del pueblo. Cuando Raymundo preguntó en dónde estaba el hotel, le dije que a pocos pasos de la Casa Museo del doctor Belisario Domínguez. ¡Ya sé dónde está!, dijo. Ambos viajaron en el ADO, tomaron un taxi y llegaron al hotel, con maletas cargadas de libros (libros para la presentación y libros escritos por él, para la venta, el libro que te platiqué estaba a la venta en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en el módulo de Chiapas, que es un libro sensacional y se llama “Cuentos jerigonzos y otras hormigas”).
Como lo hace la escritora española Rosa Montero, gran viajera, Raymundo Zenteno se paró frente a la ventana del cuarto (les correspondió el 211) y tomó una fotografía. El testimonio es: ¿qué se ve desde el lugar donde estoy? Esto deberíamos hacer cada día, cada instante. Tomó la foto y, de inmediato, me la envió por WhatsApp. Ah, la disfruté. Supe que el gran Raymundo ya estaba en Comitán, era un día de fiesta, lo fue todo el siguiente. Parte de la comunidad del Colegio Mariano N. Ruiz disfrutó de ese guateque juguetón, brillante.
Posdata: cuando el niño se acercó a pedirle el avión a Raymundo y éste se lo dio, dijo que podía enseñarle a hacer el avión a alguna maestra para que luego se hiciera la réplica. Al término de su actuación un panal de niños lo rodeó, le preguntaron cosas, pidieron las fotos del recuerdo. Salimos apresurados, porque ya debíamos ir, del plantel San Sebastián, al plantel Los Sabinos. Llegamos, de nuevo bajó las grandes maletas y dispuso los libros en una tarima (la actuación de Raymundo Zenteno y de Ovidio Vázquez fue en el bosquecito que está a la entrada. Ah, fue un escenario perfecto para que apareciera la magia de la imaginación). Todo fue excepcional, la palabra sobrevoló las cabezas de la audiencia y aterrizó en el espíritu. La palabra fue un avioncito de papel, amarillo. Al término nos despedimos de todos y Dora Patricia Espinosa y yo llevamos a los invitados al Restaurante 1813. Pedimos la comida y antes que llegara, Raymundo y Dora Patricia fueron al tsurito, sacaron papeles y el escritor, sobre la mesa, le enseñó cómo hacer el avioncito. Dora Patricia imitó los dobleces que Raymundo hizo (también Victoria se unió al grupo de creadores. ¿Yo? Ya me conocés, siempre me pierdo la aventura, lo que sí no perdí fue la oportunidad de verlos, de ver cómo doblaban la hoja y construían un maravilloso objeto que superaba al gato volador). Comimos. Cuando el mesero preguntó si podía levantar el plato, Raymundo dijo ¡no!, estoy comiendo, ya había terminado las enchiladas que pidió, pero, con el dedo seguía levantando el mole sobrante, que estaba riquísimo, imperdible.
La foto muestra la tarde del 13 de mayo de 2026, día en que Raymundo llegó a Comitán. La torre del templo de Santo Domingo emerge como un submarino sobre el techo de lo que fue el Cine Comitán, ahí se ven las claraboyas canceladas, que eran las ventilas que, al caer la tarde, los empleados abrían para que entrara un poco de aire, en la sala repleta de cinéfilos divertidos al ver las delicias que Chaplin hacía en la pantalla, en un prodigioso blanco y negro, en cine mudo.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 18 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON TONELADAS
Querida Mariana: este mundo es maravilloso, incomprensible, ajeno y lleno de alambre de púas. El otro día, mi amado Gutmita me dijo que es sobrino de Doña Carmen, mejor conocida como Carmen Reata. ¡Dios mío! En mi juventud escuché que el tío Eugenio llegaba “bien reata”, algunas sobrinas, más de pueblo, decían: “bien riata”, porque en el pueblo se dice reata o riata y nos referimos a lo mismo. Es simpático e incomprensible nuestro lenguaje, la e tiene el mismo valor de la i, así que si decimos pini, ya sabemos que cambiamos la e por la i, tal vez porque en los años sesenta, escuchábamos la única estación radiofónica de Comitán, la UI, y como la terminación era la i, una letra que, a decir de Gabilondo Soler, es delgada y simple. ¿Mirás? Sí, delgada sí, pero ¿simple? Parece que sí, porque es una letra sin complicaciones, de las letras es la más sencilla, basta dibujar un palito parado; en cambio, las otras vocales tienen sus complicaciones y sus recovecos. La vocal más sencilla es la i, tal vez por esto la gente, para evitarse complicaciones dice riata, en lugar de reata. Pero si le preguntamos a la abuela achacosa de la Real Academia nos dirá que lo prestigioso es decir reata y no riata, pero acá, en el pueblo la gente le manda mil toneladas de riata a la Real. ¿No mirás que en Villaflores realizaron un agravio mayor? Ellos son fregones, porque a la Real la rebautizaron como Rial. Ah, qué genialidad. Allá la i se impuso sobre la e.
Y digo toneladas de reata, porque en mi infancia, en la primaria, había un malcriado que se agarraba su penecito, del tamaño de su dedo meñique y, como si fuera un trailero decía: “pélenme diez toneladas de reata”. ¡Por el amor de Dios! Sin duda que esa frase la escuchó en el barrio, porque era del barrio de La Pila, donde ya he dicho que siempre ha sido un barrio bravo, basta recordar que en una calle paralela al templo de San Caralampio hubo el famoso señorío de Tía Maty, una de las dos mujeres que regenteaban chicas malas, ahí se lucían las reatas de los comitecos.
Porque en el pueblo, perdón, más que referirse a lo que dice el diccionario, la palabra reata se emplea más para referirse al pene. Busqué en el Internet y hallé lo obvio, en nuestras regiones se usa la palabra reata para definir a una persona que es valiente o que es muy hábil en una actividad. “Este compa es bien reata”, quiere decir que es bueno para hacer lo que hace, si sigo con las malcriadezas puede extenderse al plano sexual, “un buena reata” es un amante excelso. Quien tiene un pene pequeño nunca escuchará que alguien le diga el término reata, en cambio, al que calza grande sí dirán de él: tiene una gran reata. No sé si el Gutmita me contó el chiste de aquel compa que era temido en los burdeles, porque tenía tatuado el pene, en reposo las chicas leían “Villada”, pero ya erecto mostraba toda la frase escrita: “Vila Villa, hijos de la jijada”.
En Comitán cuentan pues que en un consultorio médico, el doctor le decía al paciente: “No es nada de la consulta, compadrito” y le daba la receta que surtía la esposa en un local anexo, ahí el médico anotaba “MTR” que significaba: Metele toda la reata.
Posdata: ya no sé por qué te platico todas estas cosas extrañas. Ah, ya lo recordé, porque mi amado Gutmita es sobrino de Doña Carmen Reata, que andá a saber por qué le decían así. No es un apodo común, no es tan ofensivo, digo yo. Por ejemplo, el apodo de Doña María Sabrosa, es un apodo sin ofensa, le decían así porque era una gran cocinera. Pero hay apodos que sí son ofensivos. Otra mujer a la que le agregaron un objeto fue Toña Machetes. En el pueblo tuvimos a una Carmen Pijuy, ella sí se molestaba mucho cuando le decían su apodo, los estudiantes pasaban a su tienda, donde vendía dulces, al salir, no faltaba el malcriado que preguntaba: ¿no vendes’té pijuyes? Ah, hacía el coraje del día, la señora. No le pregunté al Gutmita el origen del apodo de su tía, él lo cuenta orgulloso, pues cómo no, si él es bien reata. ¡Ya no digo más!
¡Tzatz Comitán!
domingo, 17 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON RETAZOS
Querida Mariana: fue en los años setenta, tal vez en la Ciudad de México, Armando me dijo: “te lo perdés”, Armando, igual que yo, es comiteco y estudiaba en la gran ciudad. Él me llevaba dos años; es decir, estaba ya en cuarto semestre de la licenciatura en Derecho. Su papá, connotado profesional, vivía en Tuxtla, abandonó a su familia comiteca cuando se juntó con otra mujer, pero seguía enviando dinero al pueblo y pagaba la manutención del hijo que, igual que él, sería abogado.
“Te lo perdés”, me dijo Armando, tal vez un mediodía que bebíamos cerveza y tacos de carnitas con “Tío Cuco”, mientras, en la mesa de al lado un grupo de señores bebía güisqui y jugaba dados, reían, mientras nosotros, serios, platicábamos del porvenir que nos esperaba. Tal vez yo estaba recién desempacado de Comitán, todo me deslumbraba de la gran ciudad. Si es cierto lo que cuento, ya estaba en primer semestre de ingeniería, en la UNAM, ya había conocido la enormísima Biblioteca Central Universitaria, y había comenzado a disfrutar decenas de novelas, libros de cuentos y de poesía (algo de teatro, también). Y Armando insistía en decirme que, mientras estaba sentado en la sala o recargado en el tronco de un árbol, me perdía lo bueno de la vida. ¡Sí! No era bobo, sabía lo que a veces la gente no entiende, que cuando decidís hacer algo dejás de hacer otra cosa, así que yo (como hasta la fecha) había decidido dedicar mi vida a la lectura de libros (pucha, sonó como si hubiese estado en un monasterio dedicando mi futuro al servicio de Dios). Pero así fue, no había poder humano, ni divino, que me quitase la idea de que el mundo estaba en las novelas y en los cuentos (siempre me ha encantado la narrativa, me encanta leer cuentos, ahora que te escribo, en 2026, mil años después de lo que cuento, leo cuentos de José Agustín, el autor de La Onda, que motivó a ser escritor a Juan Villoro, con su novela “De perfil”, novela que leí en esos tiempos de la UNAM, de los años setenta).
“Te lo perdés”, repetía Armando, mientras bebíamos el líquido de los vasos llenos de espuma y comíamos una magra botana, consistente en cacahuates (ah, qué diferencia de la botana de nuestro pueblo, riquísima en sabores y en cantidades, bueno, menos la que servía Tío Tavo, que era rica en sabores, pero no en cantidades. La verdad es que todos los estudiantes comitecos extrañábamos la botana comiteca, por eso nuestras mamás enviaban cajas de cartón, con los amigos, llenas de tostadas, butifarras, chorizos, pedazos de chicharrón de hebra y botecitos de chile en vinagre). Sí, estaba consciente que “me lo perdía”, me perdía todas las aventuras que Armando disfrutaba. Era así, porque Armando, buen estudiante de Derecho, iba los fines de semana a Cuernavaca a nadar en la alberca de la casa que tenía su tío Alberto (con el que vivía en la colonia Roma, en la Ciudad de México, porque el tío era hermano de su mamá, digo, de la mamá de Armando, ni pagaba mensualidad, ni nada, en cambio yo, en casa de mi tía Josefa, sí debía pagar la mensualidad, que, puntualmente enviaba mi amado papá, porque éste, mi papá, tenía la ilusión de que concluyera una carrera universitaria, mi papá no sabía que yo me perdía de entrar a clases en las aulas de la facultad, porque mis pasos, todos los días, me conducían a la biblioteca).
Me lo perdía, me lo perdía, porque ni nadar sabía (nunca aprendí), así que yo me perdía la invitación permanente de Armando. Vonós, decía. No, decía yo, gracias. No. Te lo perdés, repetía Armando. Sí, me lo perdía. Me lo perdía, porque muchos domingos, salvo cuando iba al Estadio Azteca con Quique y Miguel, me quedaba leyendo, en casa, tomando un refresco y un “gansito”, que me gustaba mucho (luego aprendimos que podíamos comer “gansitos” helados y los poníamos en el congelador del refri. Ah, qué delicia comer pastel helado, esto no lo habían descubierto en Comitán, estábamos seguros).
Por no saber nadar me perdí nadar en la poza del rancho El Salvador, del papá de mi amigo Jorge (en paz descanse); por no saber nadar nunca me aventé del trampolín más alto de la alberca universitaria, ni salté sobre las olas del mar. Nunca me atreví a surfear, ¡cómo!, jamás me trepé en un parapente, no, ni Dios lo permita, capaz que se reventaban las correas mientras yo volaba sobre el mar y caía en el agua, aparte de ahogarme de inmediato, corría el peligro de caer cerca de un grupo de tiburones hambrientos. Por no saber nadar me perdí la oportunidad de bañarme en el río que cruzaba el rancho “Quitacalzón”, propiedad del papá de Roge y de Miguel (en paz descanse). Cuando cruzábamos a la otra orilla, para llegar a la casa, caminaba con mucho cuidado sobre el puente de madera que siempre, siempre, estaba húmedo y resbaladizo, pedía a todos los santos y vírgenes que iluminaran mis pasos para que no resbalara, Dios mío, siempre pensaba que resbalaba y, como podía, me agarraba de las maderas, sostenido con mis manos y con el cuerpo, como péndulo, balanceándose sobre el vacío, pataleando, y pensaba que algún cocodrilo (como lo había visto en el cine, en las películas de Tarzán) abría su boca enorme y con sus colmillos atrapaba una de mis piernitas, pero luego pensaba que ahí no había cocodrilos y me tranquilizaba, porque, Dios que es bueno, me protegía y lograba llegar a la otra orilla sin resbalar.
Posdata: Armando tenía razón: me lo perdía. Así es la vida, cuando hacés algo te perdés lo otro. Yo me he perdido vivir muchas experiencias; pero, a la vez, pienso que también Armando se pierde de vivir lo que yo vivo. Los lectores vivimos muchas experiencias que los no lectores se pierden. Así es la vida, todos nos perdemos.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 16 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO HISTÓRICA
Querida Mariana: esta foto me la compartió Socorro Trejo, poeta chiapaneca, Premio Chiapas, amiga de muchísimos años.
Me dijo que está modificada con IA. Están modificadas las caritas, porque la IA todo lo transforma. Por ahí está la foto original, pero quise conservar esta fotografía porque habla de estos tiempos. En 1992 no preveíamos lo que iba a transformar nuestras vidas los chunches tecnológicos. Y digo 1992 porque la foto es precisamente de ese año. ¿Mirás? Tiene más de treinta años. La foto fue tomada en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Las escritoras que aparecen acá participaron en el II Encuentro Nacional de Escritoras Rosario Castellanos, donde se brindó homenaje a la poeta Enriqueta Ochoa. La organizadora de estos encuentros fue, precisamente, Socorrito Trejo.
Cuando Socorrito me la compartió dijo que en esta fotografía aparecen varias escritoras comitecas. ¡Es cierto! Socorrito era muy inclusiva, invitaba a creadoras de todo el estado. Digo esto, porque a veces los tuxtlecos son muy centralistas, se creen moneditas de oro. Socorrito siempre ha reconocido que en todo Chiapas se cuecen habas, granos de oro, que en todos lados existe la creación. Y no me quiero meter en broncas que no me corresponden, pero hay varios casos del “interior” del estado de Chiapas donde superan con creces la creación literaria que se realiza en la capital chiapaneca.
Vi la foto y hallé muchas caritas conocidas. Conviví con varias de ellas. Pensá que la foto tiene más de treinta años, hemos cambiado.
Fijate que estos encuentros hablan bien de Socorrito. Recordá que en fotos de los años cincuenta, la Rosario aparecía como única mujer, en medio de un hombrerío. Socorrito honró a Rosario en estos encuentros con la participación de pura mujer creadora (ya te conté que ella me invitaba a moderar mesas de estos encuentros, sólo moderarlas. ¿Por qué me invitaba? Yo aceptaba, pero me daba ganas de decir, como famoso comediante mexicano: no soy niña, ¡no soy niña!)
Cuando vi la foto me dio ganas de hablar de todas mis conocidas, pero son muchas, la carta sería interminable. Sólo diré, porque no puedo quedarme con el nombre trabado en la garganta, que la segunda mujer de la fila de atrás (donde están paradas) es Ethel Beutelpeacher, narradora que vivió en Chiapa de Corzo. Una vez estuve en su casa, nos invitó a tomar un pozol de cacao, vi que había un librero al lado de una hamaca. Ella participó para ser becaria del Centro Chiapaneco, pero no obtuvo la beca, como ya tenía un trabajo consolidado, las autoridades del Instituto Chiapaneco de Cultura decidieron publicar un libro de cuentos, un libro simpático, delicioso. La que sigue de Doña Ethel es Socorrito Trejo, al lado de nuestra querida poeta Dolores Castro, la gran amiga de Rosario, quien estuvo en Comitán varias veces, con Rosario y luego ya ella sola, porque Rosario ya había fallecido. Y al lado de Lolita, la poeta homenajeada, Enriqueta Ochoa, que era de Coahuila. ¿Sabés quién es hija de Enriqueta? La Marianne Toussaint Ochoa, quien, igual que su madre, es poeta.
Recuerdo a todas las asistentes, a unas más, a otras menos. Escribo en el mes de mayo de 2026, en este tiempo veo que ya hay varias escritoras fallecidas. De hecho, de las cuatro escritoras mencionadas sólo Socorrito sigue viva, gracias a Dios. Ethel, Lolita y Enriqueta ya fallecieron, hace tiempo, en diferentes tiempos.
Pasaré entonces a enumerar a las creadoras comitecas que participaron en este II encuentro literario, dedicado a nuestra pichita amada, Rosario Castellanos. Precisamente después de Enriqueta está la gran Lupita Alfonzo, poeta y narradora, además de actriz y directora de teatro. Ella escribió cuentos breves, ingeniosos, donde la palabra fue como pajarito travieso y vivaz. A continuación, está nuestra querida cronista vitalicia, Lolita Albores, con su par de muletas. Ella escribió crónicas y anécdotas que tenían la picardía que la caracterizó, no por algo, algunos comitecos le decían Lola Albures. En seguida está otra comiteca valiosa, Lety Román de Becerril, quien escribió novela histórica, biografía (una del padre Carlos), anécdotas y libros de ensayos, ella fue una gran pianista, siempre se sintió orgullosa (así me lo contó) que el prólogo de su primera novela fue escrito, nada más y nada menos, que por Jaime Sabines, poeta que en este año es celebrado con motivo del centenario de su nacimiento.
Al final de la segunda fila, sentadita, muy modosita, está la admirada Marirrós Bonifaz (María del Rosario Bonifaz Alfonzo), poeta que mereció el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines, en 1990. En el momento de la fotografía ya era una poeta con reconocimiento nacional. Ella es arquitecta de profesión, egresada de la gloriosa UNAM, la máxima casa de estudios profesionales del país.
¿Quién más de Comitán? Pues en primera fila, muy coqueta, con vestido negro y cabello güero, está Clarita del Carmen Guillén, poeta, dibujante, narradora e investigadora, gran promotora del reconocimiento a una escritora comiteca que fue pionera en literatura infantil: Blanca Lydia Trejo.
Al final de esta primera fila está la tuxtleca Marisa Trejo, hermana de Socorrito. Marisa también es mi gran amiga, ella y yo cursamos literatura en la Benemérita UNACH, durante la carrera ella fue mi maestra de francés, por dos semestres, muy poco aprendí de ese maravilloso idioma, porque yo llegaba al salón de pisa y corre, porque trabajaba en una chamba que demandaba que siempre anduviera fuera del estado de Chiapas, ganaba buena paga, con viáticos generosos, me trepaba a aviones y viajaba, por ejemplo, a Oaxaca y a la península yucateca. Buenos tiempos.
Posdata: ya dije que las caritas están un poco cambiadas, pero son los tiempos, tal vez la IA sabe que las chicas desean tener cutis planchaditos, como de quinceañeras. Dije que hay varias fallecidas, una que recuerdo mucho es la poeta Blanca Margarita, quien siempre fue muy generosa conmigo, cuando ella fue directora del Centro Cultural Jaime Sabines me dio un espacio privilegiado para firma de mi novela “Yo también me llamo Vincent”. Buenos tiempos.
No puedo dejar de mencionar a Malú Morales, quien ya no vive en Chiapas, pero fue mi compañera en el taller de cuento del gran Rafael Ramírez Heredia, el famoso “Rayo Macoy”
¡Tzatz Comitán!
viernes, 15 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON RAMAS
Querida Mariana: los fotógrafos expertos toman fotografías con un primer plano, que es lo más cercano a la cámara. ¿Has visto que en fotografías de paisajes o de retratos hechos al aire libre aparecen ramas con hojas? En interiores; es decir, en salones, en templos, los primeros planos son otros, pero no faltan los floreros que se aprovechan para que den una sensación de perspectiva a la toma.
Cuando alguien dijo que “no se andaba por las ramas” no tomó en cuenta que muchos fotógrafos las aprovechan para que sus imágenes tengan esos elementos para dar la sensación, en el plano, de una tercera dimensión visual.
Muchas veces es bueno andarse por las ramas. El personaje principal de la novela “El barón rampante”, de Ítalo Calvino, se anduvo por las ramas durante toda la historia. Recordá que el protagonista, por berrinche infantil, se trepa a un árbol y a partir de esa decisión ya no baja más, va de un árbol a otro y desde ahí (mirador privilegiado) ve lo que sucede en el mundo cercano. Cuando leí dicha novela pensé que la historia se iba a caer. ¿Cómo estar mucho tiempo leyendo algo que no “baja a la tierra”? Pues no sucedió lo que pensé al inicio, Ítalo es tan grande como narrador que teje una historia apasionante.
Rama, ramita, ramona. Es clásica la anécdota, un grupo de gente iba de pie en un camioncito de redilas y alguien gritó: ¡cuidado con la ramona!, alguien buscó a la Ramona, pero más temprano que tarde supo que se refería a una rama grande que le rasguñó la cara, todos los demás sabían de qué se trataba, por eso se acuclillaron de inmediato. Otra anécdota, más agresiva cuenta que una señora de nombre Ramona Cabrera, la gente le decía cabrona ramera. ¡Ay, la gente!
¿Qué significa andarse por las ramas? ¿Puede decirse que es “hacerse tacuatz”; es decir, hacer como si la virgen le hablara; hacerse pato? Los que saben dicen que se aplica cuando alguien, al hablar, no va directamente al grano, sino que le da vuelta al tema.
¿Recordás la tradición navideña en Yucatán? Allá, los niños salen con una rama y piden paga, lo hacen en forma festiva, con cantos especiales. Alguien me dijo que también en Veracruz tienen esta costumbre tradicional. Los jarochos son muy buenos para las versificaciones. Copié un cuarteto, mirá: “Salgan para afuera / miren qué bonito, / verán a la rama / con sus farolitos”.
Que los muy exquisitos del lenguaje (los mamoncitos) critican cómo hablamos los comitecos: subí para arriba. Los jarochos no se inmutan, van en la calle y cantan: “Salgan para afuera”.
He visto muchas fotografías donde los artistas aprovechan las ramas, con hojas o con flores, la naturaleza participa en el acto creativo. ¿Mirás lo que he dicho? El primer plano aparece con ramas, esto lo saben también los ciclistas que hacen rutas por sendas rurales, a veces, muchas veces, se topan con ramas en el trayecto, por eso el líder avisa: ¡rama, rama!, y los que le siguen repiten el aviso. ¿Mirás lo que he dicho? Los líderes siempre se topan primero con las ramas, los de hasta atrás son quienes reciben el aviso, son los que tienen más oportunidades de no salir afectados con un ramazo. Es una bobera lo que diré, pero un buen líder es una persona que tiene la habilidad de observar las ramas que pueden molestar el trayecto y lograr avisar a sus seguidores.
Posdata: los líderes son los que están en primer plano, los que son parte esencial para la toma de los artistas. Las ramas son las extensiones del tronco, hay troncos de diversos grosores y de diversas texturas. No es lo mismo ser tronco de un árbol de papaya (endeble, pero grácil), que ser tronco de una ceiba.
Hay ramas que dan frutos, igual que los líderes. Hay frutos que se secan, que muestran arrugas; hay otros que son frutos espléndidos, jugosos.
¡Tzatz Comitán!
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