lunes, 23 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN DIÁLOGO INTERESTELAR

Querida Mariana: ¿qué significa la palabra interestelar? No sé bien, pero alude a algo espacial, algo que está más allá de lo cercano, que pertenece al terreno de los planetas. ¿De verdad es así? Una vez, no recuerdo el porqué, David me invitó a tomar un café para “sostener un diálogo interestelar”. El David siempre habla así, un poco en forma rebuscada. A mí me dio risa ese término. Fuimos al café, nos sentamos en una mesa al aire libre y platicamos. Mientras él me contaba anécdotas simpáticas yo ponía atención, pero no dejaba de pensar que estábamos realizando un “diálogo interestelar”, estábamos muy cerca, con los pies bien puestos en la tierra, pero él y yo viajábamos como si fuéramos astronautas. Hubo un instante en que lo vi con su escafandra, no de buzo, sino de viajante en el espacio. Casi al final de la plática estuve ya seguro que, en efecto, habíamos sostenido un diálogo interestelar, porque él estaba frente a mí, pero distante a la vez, tan distante como pueden estar dos seres humanos. El doctor Hernán León Velasco me lee desde Tuxtla, una galaxia chiapaneca cercana a Comitán, pero a la vez, distante, tan distante como descubrir que nosotros estamos de un lado de la orilla del Cañón del Sumidero y ellos en la otra orilla. Basta hacer un viaje en balsa por el río Grijalva, basta levantar la vista ante los enormísimos taludes del cañón para descubrir que lo interestelar está más cerca de lo que creemos. El doctor Hernán, de vez en vez, lee mis textillos y, como es escritor, se ve casi obligado a sostener un diálogo conmigo, un diálogo interestelar, como lo hicimos con David. Yo, buen escucha, oigo la palabra del doctor Hernán, palabra que cruza el cañón, trepa sobre los taludes, camina por los Altos de Chiapas y desciende hasta mi valle, el valle del pueblo de las nueve estrellas. Hace días, el doctor me envió por WhatsApp una reflexión motivada por una carta donde te conté de un ejercicio que hice, busqué una canción famosa cuando cumplí diez años, luego una al cumplir los veinte, así hasta llegar a los sesenta años de vida y realicé un sencillo razonamiento para hablar acerca de la volatilidad del tiempo. ¿Qué reflexión hizo el doctor Hernán ante este ejercicio? Te paso copia de lo que él escribió: “Amigo Alejandro: “Hay en tu Carta a Mariana con Decenios, una conciencia que no se impone, sino que respira: el tiempo no como cifra, sino como una lenta revelación que nos alcanza sin pedir permiso. Lo dices y nos arrastras contigo: la vida no pasa, se desliza entre los dedos como arena tibia, como esa “arenilla” que no hiere pero tampoco se detiene. En tus recuerdos —la canción que vuelve como un eco, la calle de la infancia, el rostro de un amigo que es también un espejo— el tiempo no es una línea, es una herida suave que se abre en cada memoria. Y entonces comprendemos, contigo, que no envejecemos de golpe: nos vamos dejando atrás, instante por instante, como quien abandona habitaciones encendidas sin saber que ya no volverá a ellas. “Pero hay algo más hondo: no es sólo el paso del tiempo, es su misterio. En ese ejercicio —que en realidad es profundamente humano— reconstruyes una vida a través de canciones que no elegiste del todo, como si la existencia también fuera eso: una música que nos sucede. En ese tránsito, entre el hijo que escucha “Adoro” y el hombre que duda frente a “Ni Freud ni tu mamá”, aparece la pregunta esencial, la que Paz habría llamado “la otra orilla”: ¿qué hicimos con el tiempo que nos fue dado? Tu carta no responde, pero ilumina. Porque en cada duda, en cada insatisfacción, en cada amor y en cada pérdida, hay una fidelidad secreta a la vida misma. Quizás eso sea lo único que nos salva: no haber comprendido del todo, pero haber sentido intensamente el vértigo de estar vivos mientras el tiempo —ese animal invisible— nos atraviesa sin detenerse”. Posdata: ¿mirás qué dice el doctor Hernán? “No envejecemos de golpe, nos vamos dejando atrás”. Pucha, es como para ir al bosque, sentarse en el suelo, recargarse en un enorme pino y darle vuelta al molino de la mente. Nos vamos dejando atrás. Uf. Sí, lo que se da entre el doctor Hernán y yo es un diálogo interestelar. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 22 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON NOTICIA

Querida Mariana: sí, fotografía de privilegio, pero merece comentario. Estoy con Javier Trujillo López. ¿Ya viste qué tengo en la mano? ¡Es un libro! Es la primera novela de la autoría de Javier. La novela se llama “Mi deuda con Franco”. ¡No! Nada qué ver con el dictador de España. Javier llamó así al personaje de su novela, personaje que es su papá, que fue contador público, que se llama Francisco y ya falleció. Te cuento un poco la historia. Impartí un taller en la Universidad Mariano N. Ruiz y Javier fue uno de los asistentes. En el taller vimos elementos que sustentan algo que pienso: las grandes obras literarias son aquellas que tienen como esencia ¡el viaje! En la tercera o cuarta sesión, Javier se acercó y me dijo que había escrito una novela, ¿podía yo leerla y darle mi opinión? Claro, Javier, le dije, es un honor. Días más tarde recibí un engargolado con el título “Mi deuda con Franco”. Metí el engargolado en la mochila con otros papeles y al llegar a casa lo coloqué en el buró, sería mi lectura antes de dormir. Vos sabés que, casi siempre, me acuesto a las siete y media, tomo un libro, leo un rato y antes de las ocho ya me dispongo a dormir. Esa noche me metí a la cama, tomé el engargolado y comencé a leer. A las ocho me llegó el primer bostezo, pero como estaba muy interesado en lo que leía continué en la lectura. Segundo bostezo, tercero, mi cuerpo se olvidó de avisarme que debía dormir y yo me olvidé de hacerlo, continué con la lectura hasta casi las diez de la noche, no quería detenerme en el acto de leer, pero ya mis ojos cerraron la posibilidad de continuar. Dejé el engargolado, puse el reloj despertador a las tres de la mañana y apagué la luz. A las tres, el despertador me sacudió con sus manos, desperté, fui al baño, regresé a la cama y tomé el engargolado, tres, cuatro, cinco de la mañana. Ya, ya, dije, me paré, un baño y a comenzar con el trabajo, subir en redes sociales y compartir con amigos la Arenilla, luego cortar la frutita, prepararme el desayuno y disponerme a ir a la oficina. Metí el engargolado en la mochila, al llegar al trabajo, saqué la computadora, la prendí y seguí con la lectura del libro de Javier hasta que terminé. El libro me fascinó. Pensé que era una de las mejores novelas escritas por un escritor comiteco, por fortuna hay varias, pero no muchas. Muchas novelas de los grandes nunca me proporcionaron el goce que el libro de Javier me prodigó. Su novela es sencilla, sin pretensiones, está narrada a través del corazón, pero con malicia literaria. Cuando tuve oportunidad le hice saber a Javier mi opinión. Él siguió trabajándola, como un buen sastre le cortó las partes donde las mangas estaban largas y la planchó como un experto modista. ¡Listo! La mandó a imprimir, con el editor consentido de Tuxtla y puntos intermedios: Juventino, de Editorial Tifón. ¿Estás en tu oficina?, me llamó una mañana, de hace días, le dije que tenía un compromiso para ir a la UNACH, porque la directora, la Maestra Fanny Abarca Argüello daría su primer informe, pero si quería lo pasaba a ver, porque su trabajo está de pasada para la UNACH. La razón del deseo de llegar a la oficina era la entrega de un ejemplar de su novela, su ópera prima. Me emocioné, porque fui como un testigo de parte del proceso. No dudo en recomendarte la novela en forma amplia, amplísima. Es una novela que, como dijo su tocayo Javier Cercas, excelso escritor español, contiene muchos géneros. La novela de Javier Trujillo López es un testimonio, es una crónica, es una especie de diario. Inicia con el temblor brutal ocurrido en la Ciudad de México, ciudad donde vivía Javier con su familia. El temblor provocó que el papá de Javier (Franco) decidiera volver a su tierra natal: Comitán. Javier llegó a estudiar al Colegio Mariano N. Ruiz (ahí nos conocimos), hizo nuevos amigos y comenzó a entender los vericuetos del pueblo, sus picardías, sus defectos y virtudes. Todo transcurría bien, hasta que un día, un malhadado día, su papá tuvo un deterioro en su salud y… Posdata: Javier cuenta la relación de un hijo con su padre. Lo hace con generosidad. No es fácil hablar con inteligencia, sentido del humor, y con destellos de espejo brutal, sobre los días en que sucede un deterioro en la salud del padre. La novela me hizo reír, llorar, sufrir, gozar, reflexionar. La novela está llena de vida. La novela de Javier tiene un costo de doscientos pesos, es nada, para todo lo que uno recibe. La novela de Javier es buena, porque es, como sostengo, un viaje, un maravilloso viaje, del cual el lector no sale indemne, uno recibe la lluvia y a veces no hay paraguas o impermeable que impida mojarse. El agua de este libro hace bien al espíritu. Conseguilo, querida mía. Es un libro afectuoso. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 21 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON SEBO Y CEBO

Querida Mariana: ¿cómo se llaman estas palabras? ¿Las palabras que con el cambio de una letra cambian su sentido? Hay la palabra cebo y la palabra sebo, así como hay la palabra cima y la palabra sima. Sima (con ese) es la parte profunda de un sitio y cima (con ce), al contrario, es la parte más alta. Si un compa dice: “Llegué a la cima”, el escucha no sabe bien a bien si está en lo más alto o en lo más bajo, porque, a diferencia de los españoles, los mexicanos no hacemos diferencia en la pronunciación, porque en España, como cecean, pues no hay problema para entenderlos en forma oral. Pero, digo, ¿cómo se llama esta característica lingüística? A ver, para no andar con la permanente interrogante, ahora entro al Internet y pregunto a la IA (qué maravillosa asistente). Y mirá qué encontré: “Palabras Homófonas: Son aquellas que tienen el mismo sonido, pero diferente ortografía y significado”. Pues en término estricto no es tan cierto, porque ya dije que en España no tienen el mismo significado, pero, bueno, digamos que ya quedó resuelto el enigma. Palabras homófonas, sí, bien. Sebo y cebo, suenan igual, pero tienen significados diferentes. A ver, cebo (con ce) se usa como sinónimo de carnada. Una vez, mi tío Gilberto Bermúdez y mis primos me llevaron a Los Lagos de Montebello, antes fuimos a la casa de su madrina a buscar lombrices en el jardín para que fueran el cebo para los peces. A mí me llamó la atención la palabrita, entendí su uso cuando llegamos a uno de los lagos y mis primos me enseñaron a enredar una lombriz en el anzuelo unido a un lazo. Era la carnada, el cebo para que los pobres pececitos picaran y los sacáramos ya coleteando. No tuvo más chiste el experimento que darles un sufrimiento. La emoción era a la hora de sacar el anzuelo con el pececito retorciéndose, porque al rato los tiramos en el campo, porque dijo el tío que se pudrirían y apestarían la camioneta. Yo quería llevar uno para enseñarlo a mi mamá y mi papá, como si fuera el testimonio de la aventura del domingo. ¿Y qué es sebo con ese? El Internet dice que es “grasa sólida o sustancia cutánea”. La tía Hermila se molestaba mucho con un empleado que tenía que, parece, no era muy aficionado al baño diario. “¡Estás todo seboso!”, le decía y, con un dedo, le señalaba la parte del cuello donde, en efecto, se veía algo como una costra transparente, pero sucia. Y te cuento lo anterior, porque ayer encontré este pequeño candelabro. Lo usaba mi mamá para colocar una vela de sebo cada primer día de mes. Esta tradición la pepenó de mi abuela Esperanza, quien, a su vez, sin duda, la copió de su mamá Casimira, la famosa Mamá mía (la canción del grupo Abba: Mamma mía, se popularizó en los años setenta, en todo el mundo. A mi bisabuela le decían Mama mía, en los albores del siglo XX, allá en Huixtla). Hallé el candelabro y pensé que con la muerte de mi mamacita se acabó la tradición. A mí me da temor prender velas, por lo de los incendios. Mi abuelita Esperanza y mi mamá Hilda Cecilia prendían la vela en la mañana y estaban pendientes hasta que se consumía. No sé quién me contó que las velas de sebo son las preferidas para uso de altares porque casi no hacen humo. Andá a saber si es cierto. Te he contado, asimismo, que a mí me encantaba hurgar en el veliz de mi abuelita Esperanza cada vez que llegaba a casa, buscaba cuántas velas traía, el número me decía cuántos meses iba a tardar, casi siempre le hice trampa porque iba a comprar una vela o dos y las unía a las otras para que ella se quedara más tiempo. Mi abuelita no era tonta, pero era muy amorosa, sabía que yo hacía esa trampita y la toleraba, sonreía y se quedaba dos o tres meses más. Era una viejecita amorosa. Ya te conté que en una ocasión me trajo un álbum de figuritas, ¡lleno! Se iba, allá en la Ciudad de México, a echar volados con los chamacos, en la entrada del mercado, para conseguir las figuritas que le hacían falta para llenar el álbum. Ella se pasaba temporadas con los hijos, así estaba una temporada con nosotros. En Comitán hizo varias amistades. Cuando estaba en el pueblo iba de visita, antes de salir de casa iba a la cocina, tomaba la cajetilla de cigarros y la cajita de cerillos, porque, eso sí, fumaba como chacuaco, e iba a visitar a sus amistades, quienes la recibían como si hubiera sido comiteca. Cuando se iba quedaba un hueco en casa, hueco que se hizo más grande cuando falleció. Ella estaba en nuestra casa, cuando comenzó a sentirse muy mal, mi mamá la llevó al aeropuerto de Tuxtla y, llorando, pidió que le vendieran dos boletos de urgencia. No sé cómo lo logró, la cosa es que treparon al avión, llegaron a México, donde ya las esperaba mi tía Sonia, quien las llevó de inmediato al hospital. Todo fue inútil, dos días después falleció mi amada abuelita Esperanza, quien llevó el apellido Córdova con honor, ya que era pariente directa del héroe Fray Matías de Córdova. Hallé el candelabro. Mi mamá falleció en noviembre de 2025, falleció en casa, tranquila, tenía 95 años de edad. Este 24 de marzo hubiésemos celebrado sus noventa y seis. Sus 95 los celebramos en el restaurante Bonampak, por el rumbo de Chacaljocom: ella, Fer, mi Paty y yo. Pienso que la última vez que usó el candelabro para prender la vela de sebo fue el primer día de octubre de 2025. El primer día de noviembre ya estaba cansadita, no recordó el ritual y nosotros ¡menos! Y desde entonces, el candelabro ha estado sin uso (con decir que ni cuando se va la energía eléctrica lo usamos, porque no prendemos velas, ahora mi Paty ha comprado unas lamparitas recargables que usamos cuando la CFE hace travesuras y corta la energía eléctrica). No sé en cuántas casas continúan con la tradición de prender velas por algún motivo. Mi mamá prendía la vela cada inicio de mes, el ritual lo completaba con regar agua bendita por toda la casa (hasta el tsurito le tocaba unas gotas). En Pandemia no salimos de casa, así que ya no hubo oportunidad de ir al Niñito Fundador para comprar agua bendita. Mi mamá ponía la botella con agua frente al televisor y cuando el sacerdote católico, desde un templo en Colombia, ofrecía bendecir agua e imágenes, mi mamá oraba y, con milagro virtual, el agua quedaba bendita. Una vez se le acabó y ella se inquietó, porque no aparecía el padre colombiano, me senté frente a ella, la miré a los ojos y le dije: mamacita, vos sos una buena mujer, hacé favor de bendecirme el agua de esta botella. Sonrió, algo rezó en voz baja y luego con su mano, con dedos torcidos por la artritis que la aquejó en los años sesenta y que, gracias a Dios, superó, como si fuera una papisa, hizo el signo de la cruz. ¡Listo!, dije. Ya está bendita el agua y la usó para regar la casa el primer día de mes. Tal vez dudó y al otro día me mandó a que consiguiera un litro de agua bendita. Posdata: dicen los que saben que una vela prendida purifica el ambiente. Mi mamá era muy devota de la Santísima Trinidad, la llevaba a La Trinitaria, cada día primero del año. Recuerdo que en ese templo existe un espacio especial para que coloquen veladoras. La luz que de ahí emana tiene una energía especial, la cera derretida se extiende con amplitud sobre una charola y hace figuras que invitan a hacer lecturas, como si uno fuese uno de esos quirománticos que leen la mano. Ya me quedé sin mi mamá, ella me leía la mirada, el corazón. Ahora, el candelabro está sin ocupación alguna. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 20 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ACTO INAUGURAL

Querida Mariana: comparto foto histórica. El 4 de enero de 1988 se inauguró el edificio que hoy ocupa el Preescolar del Colegio Mariano N. Ruiz. Debo decir que el terreno perteneció a la familia de Armando Alfonzo Alfonzo, el triple A. En el pueblo estamos en el 2026 celebrando el centenario del nacimiento del ilustre comiteco. Este edificio tiene mucha historia, albergó a los estudiantes de la secundaria y de la preparatoria. La supervisión arquitectónica estuvo a cargo del arquitecto César Alfredo Guillén Cota y el maestro Jorge Gordillo y mi papá viajaron a la ciudad de Puebla para adquirir los bloques de cemento que se emplearon para el techo. No recuerdo el nombre de ese sistema constructivo, sin duda que el arquitecto César debe recordarlo. ¡Paren máquinas! ¡Oh, mente prodigiosa! Ahora me llegó el nombre: bovedilla. La bovedilla es un elemento prefabricado, hueco en su interior, lo que permite aligerar el peso del techo. Cuando el maestro Jorge y mi papá regresaron de Puebla, días después llegaron camiones con las bovedillas. Ya el arquitecto se encargó de diseñar el tendido. Al ser el Colegio Mariano N. Ruiz una institución educativa fundada por un sacerdote, el padre Carlos J. Mandujano (un intelectual comiteco brillante. De mi parte, sólo admiración tengo hacia él), el acto inaugural fue precedido por la bendición que hizo el padre Raúl (hermano del padre Carlos), quien también fue un hombre docto (llegó a ser rector del Seminario Diocesano, en San Cristóbal de Las Casas). Acá está el momento en que fue el corte de listón, de color azul; el maestro Jorge (director general emérito) hace uso del micrófono, mientras las demás personalidades acompañan al sacerdote cuando esparce el agua bendita. Como nuestra sociedad es tolerante, afectuosa, el acto reunió a personajes de ideologías diferentes. Quien está de lentes, trajeado, es Don Polito Leal Melgar, quien era el presidente municipal de Comitán en ese momento; entre el padre Raúl y la pared se ve el perfil de Don Víctor Trujillo, quien era el secretario municipal; a su lado, apenas se ve parte del rostro de Don Mariano Penagos, periodista y escritor, Premio Chiapas; detrás del padre Raúl, el maestro Cicerón Argüello, quien era supervisor de la zona; entre el maestro Cicerón y el presidente, mi papá, bien trajeado, pichito lindo, lleva un libro que utilizaría el padre Raúl para el acto religioso; detrás está Martha Araceli Guillén de León y el chico que está apoyado en un pilar metálico es Jaime Torres Gil, quien era alumno de la institución en el glorioso año de 1988. Toda la comitiva realizó el recorrido, donde el padre Raúl bendijo cada pasillo, cada aula, cada patio. El edificio es de dos plantas (tiene un espacio donde hay un tercer piso). Muchos estudiantes tienen gratos recuerdos de este edificio. A la hora del receso, los chicos jugaban básquetbol en el patio delantero y partidos de fútbol cuya garra no se ha visto nunca en el Estadio Azteca, en la parte posterior había un pequeño jardín (al lado de la cafetería) donde las chicas y chicos disfrutaban su lonch y platicaban. El terreno es tan generoso que tenía entrada y salida por ambas avenidas, una avenida era subida (la que venía de San Sebastián) y la otra era bajada (la que venía de San José). Tal vez mi memoria me hace una jugada, pero yo diría que para esa época, el director de la secundaria y preparatoria era Manolo Nucamendi Pulido; el maestro José Hugo Campos Guillén era el director de la primaria. Había dos cafeterías, una la atendía Doña Cata y Don Quique, y la otra era atendida por Doña Cholita. Yo estaba amarchantado con Doña Cata y Don Quique, subía al local donde atendían y ya estaba dispuesto lo que desayunaba, dos gringas, con salsa verde, picosita y de bebida una coca cola, de seiscientos. ¿Qué querés? También era del club de los que han caído. El padre Raúl (esto lo sabe mi amado Gutmita) era una persona con un gran conocimiento de literatura. Los chicos que tuvieron clases con él tuvieron ese gran honor, así como yo lo tuve al tener como maestro de literatura a su hermano, el fundador del colegio, el padre Carlos. Repito lo que dijo la Paty Armendáriz, actual diputada federal: el padre Carlos narraba los hechos literarios como si hubiera estado presente. Es cierto, jamás olvidaré las clases donde nos contaba los sucesos que narra la obra El Cid. ¡Genial! Posdata: después del acto inaugural, tarde fría, los compañeros del colegio ofrecieron ponche caliente, con pedacitos de marquesote (que dicen que en otros lugares le llaman pan esponja, va pues). ¿Llevó piquete el ponche? Pienso que sí, pienso que los adultos recibieron un pitz de traguito, para calentar el espíritu en un acto tan importante para el pueblo. ¡Salud! ¡Tzatz Comitán!

jueves, 19 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON DECENIOS

Querida Mariana: cada vez lo escucho con más frecuencia: la vida es apenas un instante. Ningún niño piensa en ello. Conforme crecemos ese rostro asoma su cara detrás de una barda. Es un rostro que ya no nos abandona jamás, donde vamos aparece y nos recuerda que la vida es apenas un instante. Ya tengo sesenta y ocho años de edad. Sesenta y ocho. ¡Dios mío, a qué hora llegué a esta edad, una edad donde las estadísticas oficiales señalan que ya es de la tercera edad! ¿A qué hora pasé de la primera a la segunda edad y de ésta a la actual? Parece que la gente, ¡qué mierda!, tiene razón: la vida es apenas un instante, un instante acumulado por millones de instantes, que se consumen con la velocidad de un bólido. Los viejos nos movemos con lentitud, ah, pero ¡qué tal el tiempo! Cada vez avanza con más prisa, qué contradicción. En intento de hacer un recuento del tiempo acumulado (o mejor dicho: agotado), el otro día hice un ejercicio bobo, pensé que me ayudaría a ver cambios, a determinar en dónde está el albañal que recoge el agua de la vida, porque el agua de la vida no es como el agua de la lluvia, ¡no!, no moja la tierra y regresa al cielo, ¡no!, el agua de la vida se va en el drenaje del tiempo, donde hay rostros igual de monstruosos, con risas irónicas, fastidiosas, como las de los niños maldosos que nos exigían las monedas que nos habían dado los papás para el recreo. ¿Cuál fue el ejercicio bobo? Escuchar una canción que fue famosa cuando tuve diez años, luego una de mis veinte… Cuando tuve diez años estaba de moda la canción “Adoro” de Armando Manzanero. ¿La has escuchado? “Adoro, la calle en que nos vimos…” Mis papás y yo vivíamos en la casa que mandaron a construir, a cuadra y media de la Matías de Córdova, escuela a donde iba de lunes a viernes. El otro día saludé a Rodulfo Guillén, compañero de escuela. Fue inevitable, en un momento de la plática dijo que tiene setenta años, pero se conserva bien. Lo vi, en efecto, bien de salud, caminando, contento, satisfecho, pero fue como si me viera en un espejo: los niños de entonces ya se fueron y, como dijo el poeta, ya no somos los mismos. Cuando llegué a la edad de veinte años, la vida me cachó en la ciudad de México, donde estudiaba en la UNAM. En 1977, una de las canciones de moda era: “Gavilán o paloma”, cantada por José José. Un exitazo. “…algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola…” Uf. Qué letra tan boba, qué rima tan de primaria. La escuché completa, no me gustó saber que en ese tiempo estaba con la misma indefinición vocacional de ser gavilán lector o paloma ingenieril. Otra vez apareció en mí un bostezo de insatisfacción. Vivía en la gran ciudad de México, pero soñaba con mi pueblo, con mi familia, con mi gente. Llegó el año 1987, de nuevo estaba en mi pueblo, sin haber conseguido el título universitario. Ya me había casado con mi Paty y habían nacido los dos hijos: Alejandro y Fernando. Ya tenía treinta años. Seguía insatisfecho, sin saber bien a bien cuál era el camino correcto. Una de las canciones famosas de ese año fue “Ay, amor”, de Ana Gabriel. Cantante que no elegiría jamás, pero que debí escuchar para completar el ejercicio. Esta canción volvió a ser como un castigo, porque mi vida en ese momento también oscilaba entre la tarde y el amanecer. Ya trabajaba en el Colegio Mariano N. Ruiz y vivíamos en casa de mis papás. En ese momento no sabía que tres años después moriría mi papá de un infarto fulminante, me quedaría sin él. Qué jodido. “Ay, amor, no sé qué tiene tu mirar…” En 1997 la canción famosa fue: “Por debajo de la mesa”, de Luis Miguel, un éxito de su disco, igual de exitoso: “Romances”. Con la idea boba de que mi vida debía consagrarla a la literatura descuidé a los hijos, que, como es normal, habían crecido, sin que nos diéramos cuenta bien a bien, Fernando estudiaba en la Mariano y Alejandro en la ETI. Alejandro, en lugar de llevar libretas en su mochila, llevaba cajas de dulces que vendía entre los compañeros, esto valió que mi Paty fuera requerida (yo no figuraba como tutor) para que le avisara al hijo que eso estaba prohibido. “Por debajo de la mesa, acaricio tu rodilla…” Y llegó el cambio de siglo. En 2007 cumplí cincuenta años, medio siglo de vida. Con música intrascendente mi vida se había ido con ritmos planitos. Nada de rock, todo había sido como una balada. Me bastó hacer un recuento de los intérpretes y ver que mis cincuenta años de vida se habían pasado con canciones, dijera el escritor Villoro, de “vértigo horizontal”. ¿Cuál fue una de las canciones de moda cuando cumplí cincuenta años? “Ni Freud ni tu mamá”, con Belinda. Dios mío. ¿Esto escuché a mis cincuenta años? ¿Habíamos crecido con todo esto? La música mexicana parecía haberse metido en un hueco y yo con ella. “no puedo respirar, somos diferentes, necesito un brake…” Pucha, Freud ya no estaba, ya no podía explicarme. ¿Un brake? ¿Una pausa para qué? ¿Un detenerse en el camino, otra vez? Y llegó la edad de sesenta años, insisto, niña mía, casi sin darme cuenta, como si nunca hubiese tenido conciencia del paso del tiempo, como si al nacer me hubiesen puesto sobre una banda de esas que hay en los aeropuertos para las maletas. En 2017, ya con sesenta años encima y a los lados, la canción de moda fue: “Tú sí sabes quererme”, de Natalia Lafourcade. “Ha pasado tanto tiempo…” Natalia, como si descubriera el hilo negro ¡lo dijo! Ha pasado tanto tiempo. La pregunta es: ¿dónde quedó? ¿Qué hice con ese tiempo? ¿Llegaré a escuchar el éxito del 2027, el del 2037? Posdata: sí, querida mía, el tiempo se agota sin darnos cuenta. Despertamos y continúa el paso del tiempo que no cesa. Al acostarnos decimos: un día más, un día menos. La vida es un instante. Se va como si llevara prisa, ¿de qué? ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 18 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON RIMAS DE LA NATURALEZA

Querida Mariana: como de primaria, asomó la rima: chayote, elote. La vendedora pregunta si el chayote irá pelado (para eso usa la pinza). La vendedora está en una banqueta ancha, no interfiere con el paso de los peatones. Está cerca del edificio que ocupó el Banamex, en el centro, donde antes estuvo La Popular, del señor Pulido, que, cuentan los mayores, vendía de todo y era el lugar donde llegaba El Frisón, el mayor pone apodos del pueblo. El Frisón se ponía a ver el paso de la gente y, con alevosía y ventaja, encontraba algún rasgo en el peatón y ¡le trababa un apodo que se popularizaba! En el pueblo hay personas que tienen el apodo de chayote y otras que tienen el apodo de pelo de elote. Son apodos gráciles. Un compa me dijo que todos los apodos son tolerables, menos el de Diarrea, que le trabaron a un muchacho. En el pueblo sigue pendiente el libro que dé cuenta precisa del tema del apodo, que es todo un caso en Comitán. Se dice que en el pueblo se conoce más la gente por el apodo que por el nombre. Te he contado el caso del Ventarrón y del Avión que, un día en un programa de radio que conducíamos con Dora Patricia Espinosa, exigieron que dijéramos sus apodos, porque si no nadie los reconocería. Los pone apodos son personas cabroncillas, porque se apropian de un derecho que, por esencia, no les corresponde, pero debemos aceptar que hay algunos que son muy ingeniosos y precisos porque, digo yo, ponerle a alguien el apodo de Cagaleche no tiene gracia alguna. Me contaron que en una escuela, de cuyo nombre no quiero acordarme, hubo un maestro que no tenía una oreja y le decían Tacita. En el pueblo (que en cuestión de apodos siempre ha contemplado la equidad de género) también hubo una Chayotona. La señora que vende los chayotes, para cautivar al cliente, asegura que “están bien secos”. Dicen los expertos come chayotes que, en efecto, no es agradable comer un chayote lleno de agua. La señora continúa con la tradición. Los elotes hervidos que vende (parte uno en tres o cuatro pedazos y lo mete en una bolsa de plástico) no llevan más que sal, limón y polvo juan (en cambio, los que ofrecen por las tardes, en la banqueta del Centro Cultural Rosario Castellanos ya tienen muchos agregados: mayonesa, queso y salsa rojísima). De igual manera, el chayote puede pedirse con sal, limón y polvo juan. A propósito, tuve un compañero en la primaria que le decíamos El chile, cuentan que se casó con una chica que le decían La Tostada, así que cuando nació el primer hijo, a la criatura le trabaron el apodo de Polvo Juan (vos sabés que el polvo juan está hecho de polvo fino de tostada con chile). A mi compadre Miguel, que en paz descanse, no le gustaba comer chayote, porque, decía: es hacer caca de balde. Su razonamiento era falso. Busco en el Internet y encuentro que el chayote tiene muchas propiedades, vitamina C y fibra. Y ahora en el Internet encontré mil apodos, como digo, unos ingeniosos otros crueles. En realidad no hay un apodo que no sea ofensivo, todos, en diferentes grados, agreden al otro. Vos sabés que el número de La Bestia es el seis, seis, seis, bueno, dicen que a un compa le decían el tres, tres, tres, porque era medio bestia. Agresivo, pero ingenioso es el apodo de El Machacas, porque sólo era pura carne seca con huevos. Me da pena escribir esto. Por lo regular, no me gusta hacer uso de apodos. Ni siquiera a mis cercanos, que por la confianza podría llamarlos por el sobrenombre, con cariño (esto de “con cariño” no cabe acá). Posdata: a mí, a diferencia de mi compa Miguel, me gusta comer chayotes hervidos, secos. Le pido a la señora que lo haga en pedazos con el cuchillo y le ponga tantita sal. Me encanta caminar con mi bolsa de plástico, llegar al parque (mi parque, el central), sentarme en una banca y comer el chayote, mientras miro cómo la vida pasa frente a mí. Es una de las formas de felicidad. La gente come Sabritas, nieves (el nevero que está en el parque, frente a La esquina de Belisario, prepara unas exquisitas nieves artesanales, las de mamey son deliciosas). Roberto me dijo que a un compa del gimnasio le pusieron de apodo el Mamey y él muy orgulloso porque así les dicen a los que tienen grandes músculos, lo que no supo es que a él le decían así porque estaba mamado y era muy buey. ¡Tzatz Comitán!

martes, 17 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON MEMORIAS DELGADAS

Querida Mariana: no sé si sea condición general, pero pienso que a falta de memoria ahí está la imaginación. Todo mundo ha conocido a un tío que cuenta historias casi increíbles, como sacadas de Las Mil y una Noches, o tardes. Una vez, tendría dieciséis años, un amigo de apellido Figueroa nos invitó a su casa (muy cerca del mercado primero de mayo). Eran las cuatro de la tarde, así que yo no tuve problema para ir con ellos, como tres o cuatro chavos, mayores que yo. Entramos por una puerta metálica estrecha a un patio enladrillado, sin una sola maceta o planta. ¡Nada! El callejón era largo, al fondo estaba la casa, cuando llegamos al final subimos unas escaleras, también de ladrillo y nos recibió lo que era el comedor, con una mesa y cuatro sillas. El compa de apellido Figueroa entró a otro cuarto y sacó dos sillas más, nos invitó a sentarnos, abrió un gabinete y sacó vasos y una botella de ron (en ese tiempo yo no bebía), sirvió el trago en vasos y comenzó la tertulia. Me conocés, yo no soy buen conversador, pero sí soy buen escucha, así que comencé a disfrutar la plática y más, mucho más, cuando la conversación dio una vuelta y se metió en el terreno de la cacería. A mí me habían dicho que los cazadores son los más mentirosos del mundo, esa tarde lo comprobé, porque uno de ellos, joven, igual que los demás, era aficionado a la cacería y comenzó a platicar hazañas que comenzaron a acercarse a los maravillosos terrenos pantanosos producto de la imaginación, pero él lo contaba como si en efecto hubiese ocurrido así. Todos reíamos, algunos aplaudían, decían ¡salud!, casi como si brindaran por él. Llegó el momento en que todos guardaron silencio, como que supimos que estábamos ante el rey del cuento y no debíamos querer imitarlo, apenas alguien se atrevía a comentar algo de lo que él platicaba. La tarde se fue y llegó la noche, vi el reloj de uno de ellos, Dios mío, ya iban a dar las siete, me despedí en medio de pullas, pero nadie se opuso a que me retirara, bajé y corrí por el corredor en penumbra, el resplandor luminoso llegaba de la calle, como si fuera un delincuente afectuoso saltando por encima de la barda. Llegué a la puerta, quise abrir y me di cuenta que tenía llave. Sentí la serpiente del frío recorrer mi cuerpo, volví la mirada y respiré tranquilo, vi que se acercaba el anfitrión: siempre cerramos con llave, dijo, tal vez por el miedo que me había invadido y que seguía enredado en mi cuerpo escuché su voz como la de esos habitantes de palacios de Transilvania, metió la llave y abrió la puerta. Salí apresurado y corrí, corrí por la subida del mercado, llegué acezando hasta la escuela Fray Matías y comencé a sosegar mi paso para llegar sin aflicción a casa. Mi papá y mi mamá también estaban llegando, pensé en hacerme el gracioso: sin ponernos de acuerdo, llegamos al mismo tiempo, dije. Metí la llave y abrí, cedí el paso a mi mamá y luego a mi papá, dejé que éste cerrara. Mi papá se quedó conmigo, iba a comenzar a interrogarme, cuando tocaron la puerta, yo tenía urgencia de ir al baño, le dije a mi papá y él abrió. Oí las voces, fui a hacer pis, hasta el baño me alcanzó mi papá. Te busca tu tío Javier, dijo. Uf. Sí, mi primo Enrique era uno de los de la tertulia, lo habían estado buscando (eran otros tiempos) y alguien le comentó al tío que habían visto al hijo conmigo. Sí, dije, estuvimos juntos, él se quedó en casa de Figueroa. Gracias. Se subió a su carro, un auto grande, de lujo y arrancó. Le dije a mi papá que tal vez se haría grande la cosa, porque Enrique había estado echándose sus tragos y ya estaba un poco bolito cuando yo me despedí. Qué bueno que yo no tomaba, bueno, tiempo después comencé a entrarle y, bobo, traté de recuperar el tiempo “perdido”. Posdata: lo que te cuento es algo que pasó realmente. Así es mi recuerdo. Recuerdo las anécdotas que contó el cazador, que eran brillantes, hilarantes, con una gran malicia literaria. ¿Qué es la literatura? ¿Una mezcla de vivencias aderezadas con cosas inventadas? En Comitán he conocido grandes contadores de anécdotas, poseen un talento para seducir a las audiencias con lo que cuentan, nunca falta el compa que les sugiere: ¡deberías escribir un libro! No, no todos los cuenta anécdotas tienen la gracia que sí tiene un escritor, asimismo no todos los escritores tienen la gracia para contar anécdotas; es decir, no todo mundo es Eraclio Zepeda, gran escritor que poseía un talento especial a la hora de seducir a la audiencia con su palabra hablada, él escribía como hablaba, pero, como su palabra era literaria volaba con la delicadeza de una diosa. El compa que contó esa tarde las anécdotas de cacería las contaba con la misma gracia de Laco. Nunca supimos qué sucedería en caso de que intentara escribir un libro de cuentos o una novela. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 16 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON RECUERDOS ALTERADOS

Querida Mariana: todos tenemos recuerdos falsos. El otro día te envié una carta y cometí un dislate. No me asombró, a cada rato me equivoco, porque, vos sabés, tengo memoria pichancha. Un querido amigo escritor me hizo ver que había cometido un error. Según yo cité a Sabines y había citado a Rosario Castellanos. ¿Mirás? Mi mente me hizo la travesura de poner en labios de Sabines algo que había dicho la Chayo. Mi amigo, hábil, genial, no se fue por el camino que yo había señalado. Hace días recibí un mensaje de mi primo Manolo Díaz Molinari, me dijo que no recordaba algo que yo sostengo vivimos él y yo en los ya lejanos años setenta, en San Cristóbal y, por el contrario, me dijo que tiempo después nos habíamos saludado en la facultad de ingeniería, de la UNAM, donde ambos estudiábamos, bueno, estudiaba él, porque yo, ya te dije, me la pasaba en la Biblioteca Central Universitaria. Él sí se tituló como ingeniero. Justifiqué el olvido diciendo que tal vez en algún momento desvié mi ruta cotidiana y fui a dar a los corredores de la facultad de ingeniería y ahí nos vimos. Esa mañana equivoqué mi vocación, fui a ingeniería en lugar de ir a la biblioteca ¿Mirás? Él recuerda algo que yo no y viceversa. ¿Cómo se arma la vida personal? Con trazos de qué líneas, con qué desechos de los naufragios. Digo que me gustan los libros, porque ahí no hay error. Lo que ahí escribió Cervantes de El Quijote ha permanecido inalterable durante siglos. Si alguien duda tantito existe la posibilidad de abrir el libro y corroborar lo dicho. Algo así sucedió con lo que mi amigo me dijo, bastó que yo fuera al librero, a sacar un libro de poemas de Rosario para constatar que el verso era de ella y no de Jaime como yo había sostenido. ¡Mentiroso!, podés decirme y no te equivocarás. Pero, en mi descargo, miento sin dolo, miento porque soy de memoria pichancha. En las cartas que te envío cometo errores de fechas, nombres y lugares en forma frecuente. No me preocupa demasiado, porque estas cartas son sólo para vos, me daría pena si llegaran a otros ojos. ¡Qué vergüenza! Por ahí, los críticos severos de El Quijote dicen que Cervantes cometió un gazapo tremendo, en alguna parte del relato desaparece el burro de Sancho y luego, sin decir ¡agua va!, aparece de nuevo. Muchos sostienen que ya había matado al burro y luego le dijo: “levantate y andá”. Esto quiere decir que Cervantes olvidó qué había hecho con el burro. ¡Ah, qué burro!, dicen los críticos severos. Yo agradezco las anotaciones que algunos lectores hacen a mis textillos, cuando puedo enmendar lo hago, a veces ya no es posible por la premura. Me hago la promesa de ser más cuidadoso para la otra. ¡Mentira! Cuando vengo a ver ya resbalé de nuevo. Así como Sabines dijo: “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”, yo, sin maldecir digo: “que nadie crea que lo escrito es cierto y preciso”. Como justificación boba de mi parte digo que mis escritos son un simple reflejo de mi mente desordenada. Lo que acabo de citar de Sabines sí es correcto, acabo de revisar el libro. La mente tiene muchos vericuetos, nos hace muchas travesuras. Nadie puede tirar la famosa piedra bíblica, porque nadie está libre de tener recuerdos equivocados. Quién sabe cómo funciona la mente, porque, incluso los sabios que han dedicado su vida a investigar esos meandros, se quedan en la orilla, porque no podemos saber con precisión los senderos por donde camina el recuerdo. Posdata: recuerdo que en 1971, en San Cristóbal de Las Casas, Manolo y yo fuimos a una cueva que existe cerca del templo de San Felipe, por la salida hacia Tuxtla. Manolo me llevó, él conocía la cueva, yo era un simple advenedizo, él era intrépido, mi recuerdo me obliga a pensar que Manolo llevó cuerdas y una lámpara, porque fuimos en la tarde, ¡en la tarde, Dios mío!, llegamos a la entrada y bajamos un poco. ¿De dónde saqué valor para seguirlo adentrándonos en aquella penumbra, en aquella boca húmeda, solitaria? Seguro que no lo pensé, porque un instante de reflexión me hubiese inyectado el temor que, como ángel de la guarda, me acompaña desde siempre. Manolo me dijo que no recuerda tal acto. Yo lo aseguro. ¡Cómo no! Llegamos ya noche a su casa, que era una casona monumental que mi tía Lolita destinaba como casa de huéspedes. Ya te conté que ahí se hospedó durante algún tiempo el gran artista plástico guatemalteco Carlos Mérida. ¿A poco también esto lo he inventado? Uf, ya no sé qué es un recuerdo cierto y un recuerdo falso, la línea es tan vaporosa. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 15 de marzo de 2026

DIÁLOGOS SIN SALIDA

─Estamos jodidos, Alejandro, porque no pensamos en grande. ─Demos gracias a Dios que, cuando menos, ¡pensamos! ─Pensamos tilibriz. Decime, ¿quién piensa en ganarse el Óscar? ¿Quién en ganar el Nobel de Literatura? Decime, ¿quién? ─No sé, decime vos. ─Te estoy diciendo que nadie, en Comitán todo mundo piensa nuégado, o muégano, ¿cómo se dice? ─No sé. ─Hmm, vos, nada sabés. Bueno, sé que vos decís que no pasás de Chacaljocom, así no se puede. La gente debería soñar con llegar a los grandes teatros, a los grandes museos. Decime, ¿qué artista plástico piensa exponer en el Guggenheim, en Nueva York? Decime. No, mejor no me digás, vas a decir: no sé. ─Pues es que no sé. Tal vez tenés razón y… ─¡Claro que tengo razón! Por eso estamos jodidos. Ahora dicen que estamos en la globalización. ¡Mentira! En Comitán seguimos encerrados en nuestra burbuja. Algunos se atreven a salir, pero ¿qué pasa cuando están en otra parte? A ver, ¿qué dicen los estudiantes cuando se titulan? Decime y no me digás no sé, chingado. ─Pues no sé, este, tal vez piensan en regresar. ─¡Eso! Vaya, hasta que atinaste, anotate un punto a tu favor. ¿Se te hace pensar en grande volver a la tierra? A mí me da no sé qué, ahí los veo en otros lugares, abriéndose camino en espacios canijos, pero siguen añorando su tierra, ay, mis panitos compuestos, ay, mi atol de granillo. Así no se pinches puede. Esa nostalgia impide el crecimiento, porque es como un grillete que los tiene atados de las patas. ¡Alas, alas!, joder, alas para volar, para llegar a lugares donde nadie ha llegado. ¡No! Vos, ya lo sé, estás jodido, además ya estás viejo. Ah, pediste regresar a Comitán y acá estás feliz. Te faltó pensar en grande, cuando fuiste chavo. Fuiste a la Ciudad de México, ¿a qué? ─Pues ya lo he platicado en varias ocasiones, me encantaba ir a la Biblioteca Central Universitaria de la UNAM, a leer. ─¿Te la pasabas leyendo? ─Bueno, iba al cine, a veces, con los compas íbamos a comer carnitas y echar la cerveza. Eso, los fines de semana echábamos trago en el departamento. ─Sí, ya los estoy viendo, ya medio bolos están poniendo casetes de marimba y están llorando por su pueblito amado. ─Pues sí, tenés algo de razón. ─¿Algo? Mudenco, tengo toda la razón, porque lo que vos hacías es lo que hace medio mundo de Comitán, estar amarrado con la cuerda de la nostalgia. ¡Ay, mi pueblito, mi familia, mi noviecita santa, mi comidita! ¿Nunca viste la película “Cinema Paradiso”? ─Sí, cómo no, es una película muy buena, ganó un Óscar como mejor película extranjera, es italiana. ─Italiana, de la misma tierra que tus ascendientes. Si la viste recordarás que el viejo proyeccionista, Alfredo, le dice a Totó, cuando éste va trepar al tren para ir a Roma: “Vete, no vuelvas, no nos llames”. Con esto, Alfredo le estaba diciendo: pensá en grande, amarrate las alas, volá, volá, el mundo es tuyo. ─Pero Totó vuelve. ─Regresa, pero sólo para estar en el entierro del viejo Alfredo, sólo para encontrarse con el fantasma de la nostalgia que lo quiere amarrar de nuevo. ─¿Y lo amarra? ─Ahora te voy a imitar: no lo sé. No lo sé, porque hay incluso dos finales en la película. Pero la película juega con nuestras emociones. La vida exige no dejarse llevar por emociones. Quienes lo hacen son los que no piensan en grande. Por eso, estamos jodidos, porque acá nadie piensa en grande, todo mundo ignora lo que dijo Alfredo: Andate, no volvás, no nos llamés, olvídate de Comitán, regresá cuando hayás triunfado en grande, cuando seás presidente de la república, cuando ganés el Nobel de Literatura, el de medicina, cuando ganés un Óscar. Y ya me voy, porque vos ni caso me hacés, ahí te dejo con tu nostalgia de viejo romántico. ¡Cotz!

sábado, 14 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON ESPACIOS PÚBLICOS

Querida Mariana: ¡orden! El licenciado Héctor dice que en la vida debemos tener orden. Orden en la vida personal y en la vida comunitaria. Tiene razón. Las vidas de muchos son desordenadas, asimismo muchos pueblos son desordenados. Los que vivimos el Comitán de los años sesenta (nostálgicos irremediables) sostenemos que nuestro amadísimo pueblo fue más ordenado, en todos los aspectos. Vos mirás una fotografía de los años sesenta y hallás una ciudad más afectuosa; es decir, más ordenada. Casi como por contagio, la gente de ese tiempo era también más ordenada. Mario Vargas Llosa, en su novela “Conversación en la catedral”, hace que un protagonista se pregunte: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Los que vivimos el Comitán de los años sesenta y, gracias a Dios, seguimos en el pueblo nos preguntamos lo mismo: ¿en qué momento se jodió nuestro amado Comitán? Comitán sigue siendo un pueblo afectuoso, no ha extraviado su árbol genealógico, pero ahora su árbol está con cierta plaga, tiene algunas ramas cortadas, ya su fronda no es la de antes, tiene pajaritos todavía, pero a veces cantan con una cierta tristeza contenida y esto hace que en el aire flote una niebla llena de polvo. Y como siempre sucede, el entorno hace que la gente se contagie, por lo que ahora la población también se ha vuelto desordenada, esto significa que hemos perdido un poco el sentido de identidad y el sentido de fraternidad. Se dice en forma nostálgica (ah, qué pinche palabrita) que en el Comitán de los años sesenta todos nos conocíamos, conocíamos nuestras virtudes y defectos. Con el natural crecimiento de las ciudades, las sociedades se transforman, abandonan su vocación esencial. Diré una obviedad: Comitán ya no es el mismo. Digo esta perogrullada para reafirmar que el pueblo ya no tiene el orden que una vez tuvo, que aún se percibía en el aire de los años sesenta. ¿En qué momento dejamos de ser lo que éramos: un pueblo afectuoso? No sé si lo mismo podría decirse de toda la patria, tal vez sí. México fue un país amigable, ya no lo es. La violencia siempre ha existido, la gente cabroncita siempre ha jodido el mundo, pero, todo mundo lo reconoce, nuestra patria nunca tuvo estos índices de violencia y este tema no sólo se refiere a grupos delincuenciales, ¡no!, el ciudadano de a pie, el que tiene un trabajo honesto también ha cambiado su comportamiento, se ha vuelto más individualista y con ello ha hecho que la casa común se desordene. Así como tenemos el ejemplo de la respuesta que la gente tuvo ante la iniciativa de Lázaro Cárdenas en el momento que decretó la nacionalización de la industria petrolera, así también tenemos en nuestro pueblo el ejemplo del momento en que decidieron construir el templo de San José. Las crónicas cuentan que la gente colaboró con tejas. En una fotografía se ve el momento en que decenas de personas llegan ante una mesa y entregan desde joyas hasta gallinas para cubrir los gastos de la expropiación petrolera; en Comitán también hubo filas con personas que cargaban tejas para ayudar a la construcción del templo. ¿En qué momento perdimos el sentido del orden? Ayer me senté un rato en la placita que está al lado del templo de El Calvario. Se trataba de poner orden en mi vida personal, con un poco de sosiego, con el abrazo del chal del aire comiteco. Había otras personas, sentadas, recibiendo la bendición del pueblo; desde ahí veíamos a la gente caminar por las banquetas; vi a un nevero que ya iba con rumbo a su casa (siempre relaciono el barrio de La Cruz Grande, con el hogar de varios neveros y boleros), todavía llevaba nieve en los botes porque mucha gente le pidió conos. Era hora que pasaría el camión de la basura, los vecinos comenzaron a llevar las bolsas y cajas con desechos, bajo la mirada de una empleada del ayuntamiento, que estaba pendiente de que nadie colocara basura antes de la llegada del campanero. El montón de basura se fue haciendo más grande, más ancho. Pensé que algo de la tranquilidad de la placita se interrumpió con esa montaña de basura. ¿No hay otra manera más digna de hacer la ruta? Ah, ni me quedés viendo, yo no soy el encargado del departamento de limpieza. ¿De verdad no hay otra forma? Orden es lo que quiere la vida. Y nadie pone orden. Comitán se ha vuelto una ciudad desordenada. Conforme comenzó a llenarse de basura la placita comencé a sentirme mal. Decidí seguir mi camino, abandonar la placita de El Calvario e ir a un espacio más amplio: mi parque, el parque central, el parque que se llama Benito Juárez, pero que es propiedad de Alejandro Molinari. Me paré y revisé qué había en esas cuatro bases de hierro que están en la placita de El Calvario (bases hermosas, fabricadas en la Fundidora San Rafael, de Puebla). Dicen los que saben que el desorden inicia al cambiar la vocación de los objetos, cuando una bicicleta fija, para hacer ejercicio, se vuelve un tendedero de ropa sucia; cuando un automóvil, para hacer un traslado, se convierte en un lugar para echar cotz; cuando una maceta, para sembrar flores, se vuelve un cenicero donde los fumadores apagan sus cigarros. Pensé que esas bases ya dejaron de ser para lo que fueron creadas y ahora (¡lo juro por Dios!) son pequeños basureros, revisé (como si fuera el inspector) las cuatro bases y los huecos que tienen en la parte superior son recipientes llenos de basura. La gente pasa y deja su basura ahí y los de limpieza municipal son incapaces de limpiarlas, así se crea el desorden. Hablo de un pequeño espacio, ya ni quise ir a ver la jardinera que está en una lateral, porque supe que es otro basurero, con una pequeña valla metálica toda torcida, toda desordenada. ¡Orden hace falta en el pueblo! ¿En qué momento Comitán se volvió un pueblo desordenado? ¿Qué rima con desordenado? Posdata: en algún momento, una autoridad quiso poner orden en esta plaza, pagó el costo de las bases bellas (¿eran bases para lámparas?) y todo relució. Más tarde, otra autoridad se llevó las lámparas (así como se llevaron bancas de hierro, se ve cómo las cortaron) y nos quedó esto, que sólo sirve para que el peatón (ciudadano contaminado con el desorden) lo use como basurero. ¡Dios mío! ¿En qué momento se jodió Comitán? ¿En qué momento se volvió un pueblo sin orden habitado por ciudadanos desordenados? ¡Tzatz Comitán!

viernes, 13 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON CANTO DE AMOR

Querida Mariana: siempre he estado a la moda. En los años setenta usé el cabello largo y pantalones acampanados. Compré un par de zapatos bostonianos, con plataforma gruesa (sólo una vez los calzé, porque, la verdad, estaban muy jodidos, regresé a mis zapatos de ante, que me encantaban, con plataforma delgada). He escuchado la música que ha ido creciendo conmigo. Sí, escuché a Pedro Infante, a nuestra paisana Irma Serrano (“Qué estás haciendo Martina, que no estás en tu color”), a Pedro Vargas, a Julio Iglesias (“Tiré tu pañuelo al río, para mirar cómo se hundía”), a Napoleón (“no he oído otra cosa más triste que el canto de un grillo”), al enormísimo negro Barry White, a Joan Manuel Serrat, hasta llegar a Maluma y al Camilo (“¿Cómo te sientes? Cómo voy a sentirme, ¡del culo!”). Tuve un radio de esos que se compraban en La Línea (la frontera con Guatemala), que tenían una cubierta de piel, color café; luego un pequeñísimo radio pero potente (que aún conservo, como con diez bandas), ahora escucho música que transmite Alexa (mi mamacita pedía Radio Felicidad -no sólo la música sino también el nombre decía mucho de su carácter- y ahora con mi Paty que pide “Alexa, música de Keiichi”. Pucha, Corea me invade). Escribí con lápiz (sin goma en la parte superior) y en cuadernos modestos, engrapados; luego ya usé bolígrafos y libretas con argollas (hubo un tiempo que usé pluma fuente, mi madrina Cari me obsequió una pluma chapada en oro que usaba tinta china, pucha, me sentía todo un dandy de la escritura), luego comencé a usar máquina mecánica (aprendí bien con el maestro Jorge y sigo siendo muy ducho con el teclado, casi tanto como dice Gabriel que era su mamá, Rosario Castellanos); luego pasé a la máquina eléctrica y de ahí, el gran salto, al procesador de textos (que es donde ahora te escribo esta carta). Dibujé en cuadernos de dibujo y hubo un momento que pasé a la Tablet, donde hay aplicaciones que permiten hacer dibujos con pinceles y colores digitales (toda una revolución). Donde sí me estacioné fue en los relojes, usé un modesto Haste (que en su tiempo no eran tan modestos), luego uno que me regaló mi papá (sin marca visible), que compró en un viaje que hizo a la Península de Yucatán, que tenía como carátula un paisaje marino. Como el reloj es algo estorboso un día decidí que preguntaría la hora con amigos (porque en ese tiempo los relojes sólo daban la hora), así que no tuve más algo que ciñera mi muñeca. Ahora no uso, no tengo esos relojes apantallantes que miden la cantidad de pasos que uno da, que avisan los mensajes que llegan a los celulares o al Inbox. Pero digo que he estado a la moda, porque un día se puso de moda el Twitter y comencé a hacer lo que Dora Patricia Espinosa y yo llamamos “Tuitazos” (hoy el Twitter es Equis, para estar a la moda, ahora esas pildoritas las llamamos “ExTuitazos”. ¿Qué son estas grageas que tienen pocas palabras? Hay gente que ha comprendido que son un canto de amor a Comitán, porque cada “ExTuitazo” tiene relación con nuestro pueblo, es como un mantra, como una ablución para lavarse la cara en la mañana, para activar el espíritu, para tener conciencia que vivimos en un pueblo único. Voy a compartir los tres más recientes, uno dice: “Comitán no tiene caparazón, ¡tiene alas!”; va un segundo: “Si oís los pasos de la calma, estás en Comitán”; y uno más: “Comitán, ¡sos prodigiosa!”. ¿Eso es todo? ¡Claro! Acá está dicho todo, en grageas, como diría el poeta Sabines: “en pequeñas dosis”. Cada “ExTuitazo” es como la cuenta de un rosario, ahora la colección de Extuitazos ya perdió la cuenta, son un titipuchal de piedritas. Como siempre, algunas son hallazgos, otras son pequeñas chaquetas mentales, pero reunidas son ya un bello canto de amor. Bueno, así lo considero yo, cada persona tiene su forma de decir: te quiero. Así amo a mi pueblo, con dulcecitos para el hoyito de la muela. Sigo estando a la moda. Uso X para expresarme. Pucha, en mis tiempos de preparatoriano padecí el encargo de encontrar el valor de la X en una ecuación malsana. Posdata: una amiga poeta, muy querida, me dijo un día que debía hacerse un libro con esas semillitas para que luego crecieran hasta llegar a las nubes, me dijo que debía solicitar apoyo para la impresión de tales grageas. Ah, vos -le dije- querés que llegue a las puertas, que toque, para que me las avienten encima. Así estoy contento. Los “ExTuitazos” los comparto en redes sociales todos los días. Pasan desapercibidos por la mayoría de lectores, pero a mí me tiene esto sin cuidado, porque soy yo quien reza todas las mañanas, soy yo quien bajo las lianas del afecto de mi pueblo y me enredo en ellas, soy yo quien agradece la bendición de vivir en Comitán, soy yo quien -como tiuca desbordada- canto sus glorias, su aire, su parpadeo de mariposa. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 12 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN EDIFICIO

Querida Mariana: hace días colocaron este letrero: se vende o renta. Dependiendo de la época, los comitecos tienen sus propios recuerdos de este edificio, el cual fue diseñado por el arquitecto Rafael Pascacio para que funcionaran dos salas de cine, en los años ochenta. Cuando su papá cerró los cines en el centro de Comitán, el Cine Montebello y el Cine Comitán, comenzaron a funcionar los Cinemas Galaxia 2000. Alguien dice que en 2008 dejaron de funcionar las salas cinematográficas y el edificio tomó otras vocaciones: algunos inversionistas pusieron antros y bares. Ahora, una vez más, el edificio está en renta o en venta. Ya nunca recuperará su vocación original. Fue el edificio que albergó sueños, porque el cine (dicen los que saben) es la fábrica de sueños. A mí me tocó hacer fila en los Cines Montebello y Comitán, para entrar a ver una película. En domingo, todos los cinéfilos se agolpaban en las taquillas para conseguir un boleto. Por primera vez en mi vida fui testigo de una reventa. Los boletos se habían agotado. Doña Adrianita, que había hecho fila para comprar cuatro boletos, el de ella y los de la familia Molinari Torres, regresó con las manos vacías. Era una tarde de Semana Santa. Saborío y Don Rafa Pascacio exhibían películas alusivas a la temporada y, tal vez, estaba programada una película donde Cristo era crucificado. Ni modos, dijo mi papá, y comentó que debíamos regresar a casa, que pasáramos a sentarnos al parque un rato y cada quien a su cantón. Pero una señora se acercó con Doña Adrianita y, en voz baja, le ofreció un boleto. Doña Adrianita dudó, ¿era auténtico el boleto rojo que le había puesto en la mano? Era auténtico. La señora le dijo que se lo vendía y le subió de precio (en ese tiempo no era caro el boleto). Doña Adrianita nos quedó viendo, nosotros éramos tres, ella estaba sola. Mi papá le dijo que si quería entrar no había problema, con una sonrisa abrió su bolso y pagó lo solicitado, se despidió y fue a hacer fila para entrar. Mi mamá comentó que no estaba bien lo que había hecho, pero estaba bien. Salomónica decisión. Nosotros caminamos hacia el parque (media cuadra), nos sentamos en una banca y mi papá fue a comprar unos helados. La tarde fue maravillosa. A mí (lo sabés), desde siempre me ha encantado el cine, pero esas películas donde está el sufrimiento de Cristo me daban escozor, iba por acompañar a mis papás, así que celebré que las entradas se hubieran agotado. También fui a los Cinemas Galaxia 2000. Mi recuerdo es diferente al de muchos cinéfilos, yo sostengo que la película de estreno de una de las salas, fue mexicana, fue “Cascabel”, película donde (me dijo mi amigo Baltasar) participó Pancho Álvarez Quiñones, escritor y promotor cultural que vive en San Cristóbal de Las Casas. Muchas de las escenas fueron grabadas en Chiapas, en los Altos de Chiapas. Digo pues que cada cinéfilo tiene sus particulares recuerdos, de películas favoritas y de los antojitos que compraba a la hora del intermedio, que era una costumbre en las proyecciones de ese tiempo. Hoy, los cinéfilos, antes de entrar a la sala (en Cinépolis) pasan a comprar las palomitas y los refrescos en la dulcería, entran con el gran tambache de comestibles y buscan asiento (en cómodas butacas, hay que reconocerlo, porque las de los Cines Comitán y Montebello no eran muy cómodas. Los Cinemas 2000 mejoraron en presentación, pero dos días después del estreno (me contaron) los vándalos de siempre ya habían hecho cortes en la tela). No sé bien, pero parece que vos me contaste que un día fuiste a una exhibición en este edificio, al lado del bulevar. En tiempo de estas salas ya había gran demanda de películas en video. Los videoclubs ya tenían gran demanda en Comitán. Por esto, el arquitecto Rafa puso un video club en el vestíbulo de las salas, se trataba de captar a los cinéfilos en dos modalidades. Una vez fui a buscar la película “La misión” y Rafa me dijo que no la tenía, que en su catálogo había películas como “Lola, la trailera”, que eran las que más demanda tenían. Sí, entendí. No había cabida para cine más selecto, ni pensar hallar alguna copia de cine de arte. Posdata: hace tiempo que este edificio perdió su vocación original. Casi se puede asegurar que jamás volverá a servir como sala de cine. ¿Para qué servirá en un futuro cercano? En cuanto sepa su destino te cuento, mientras tanto, como siempre, enviamos un Gloria para los edificios que alimentaron nuestros sueños, a través de imágenes en pantallas. ¡Tzatz Comitán!