Arenilla
Contacto: alejandromolinaritorres@gmail.com
martes, 3 de febrero de 2026
TARDE EN UNA POSADA
Vi al hombre, acodado en el pretil del pasillo. ¿Tercer o cuarto piso? El edificio era muy alto. Yo estaba en el patio central. En el último piso había un domo que permitía el paso de la luz. ¿Puedo decir que el edificio tenía la misma estructura de las casas comitecas antiguas? Las casas de mi pueblo, las de mitad del siglo XX, tenían un patio central rodeado por corredores. Este edificio, donde estábamos el hombre y yo, tenía la misma disposición espacial. Claro, era de varios pisos, era una casa comiteca con un chorizal de niveles. La diferencia más visible era que cuando llovía no se mojaba el patio central, porque el domo lo impedía. En las casas comitecas entraba el sol y también la lluvia, pero bastaba colocarse en uno de los corredores para refugiarse de la lluvia. En los años sesenta del siglo XX nadie se protegía del sol. El clima de Comitán era templado y el sol era afectuoso, acariciador.
Vi al hombre. Conté los niveles: uno, dos, tres. Sí, el hombre estaba acodado en el pretil del tercer piso. Seguí contando: cuatro, cinco, seis. Seis niveles tenía el edificio. No estaba pintado. Todo el terminado era martelinado, digamos que el cemento estaba en bruto. Esta textura daba una sensación agradable. En el centro del patio había una fuente rodeada con macetas de barro y buganvilias. Cada piso tenía más macetas con buganvilias, ancladas a los pilares. La vista era bella.
El hombre estaba acodado, tenía las manos unidas, vestía una playera color morado. Desde donde yo estaba vi que casi no tenía cabello, su cabeza era como un reflector, o más bien como un espejo cóncavo que reflejaba los rayos dóciles del domo.
Yo vi al hombre desde el principio, pero él no me vio para nada. Su mirada estaba dirigida hacia el horizonte, rebotaba en el pasillo de enfrente.
Busqué si había más personas en el edificio y no vi a nadie más. Podía decirse que en el amplísimo sitio sólo estábamos él y yo. Él viendo hacia el frente indefinido, con la mirada como extraviada, como si fuese un navío bogando en el mar del aire, y yo, viéndolo a él, preguntándome si él era huésped regular de esa pensión o tal vez era un visitante ocasional. Pensé que la pensión era agradable, sobria, decente. Pero, parecía casi vacía. Busqué en otros pisos y en los corredores alguna presencia humana. ¡Ninguna! Sólo estábamos el hombre del tercer piso, quien seguía en su mundo, sin ver hacia otro lado que no fuera lo de enfrente.
Pensé que sólo él y yo habíamos coincidido en ese espacio y en ese lugar, así que, contra mi carácter, decidí saludarlo, desde abajo lo vi y dije, en voz alta: “Buen día”. “Buen día”, escuché como respuesta, una chica se asomó en una puerta de una recámara del primer piso. Me sorprendió. Ella se acercó y preguntó a quién había saludado. Sin señalar, dije que había saludado al hombre del tercer piso. “Ay, padre, ¿usted también vio al fantasma del viejo asesino? Ahora no hay más gente que usted y yo”. Volvió a reír y se metió a la recámara. Un aroma de humedad pareció brotar de ese cuarto. Miré hacia arriba, el hombre seguía inmovible. Decidí, contra mi carácter, subir para saludarlo. Busqué la escalera, me ayudé con el pasamanos de hierro. Al llegar al tercer descanso lo vi de espaldas. Era un hombre con un cuerpo modelado en un gimnasio, la playera la llenaba con una espalda musculosa. Tosí tantito, él no volvió la mirada. Me acerqué y lo saludé. Él dijo: “Lo oí decir buen día, ¿a quién saludó?” Le dije que lo había saludado a él, pero que una chica había respondido allá abajo. El hombre dejó su rostro de piedra, sonrió y dijo: “Ay, padre, ¿usted también vio el fantasma de la loca? Ahora no hay más gente que usted y yo”.
lunes, 2 de febrero de 2026
CARTA A MARIANA, CON ALBERCAS
Querida Mariana: nunca aprendí a nadar. No soy amigo del agua. Me baño todos los días, porque sé que no moriré ahogado. Procuro tener cuidado para no resbalar.
De niño fui en muchas ocasiones a casa de mis tíos Juanita y Guillermo Bermúdez, en la mera esquina de la Calle del Resbalón. En esa casa prodigiosa había un par de albercas. Muchas personas llegaban a nadar ahí. Un poco más arriba, a mitad de la calle, había otro par de albercas. ¿Por qué tanta alberca en esa zona? Porque ahí estaba el manantial de La Pila, el que sigue alimentando los chorros. Las albercas de mis tíos fueron conocidas como Las albercas de Los Bermúdez, y las de la mitad de calle: Las Albercas de Los Morales.
Una mañana de éstas pasé por la casa de mis tíos, ya difuntos, hallé a un hombre (Juan Ramón) sacando una serie de palitos que trepaba a un diablito cargador. Lo saludé. ¿Todavía existen las albercas?, fue mi pregunta. Su respuesta fue generosa, porque no sólo me enteré que ya no existen las albercas de Los Bermúdez, sino que él tiene 39 años que dejó de beber trago. Él, de chiquitío, fue bolero, cobraba diez centavos por boleada. Laboraba en el parque de La Pila y en el parque central. Con eso ayudaba a los gastos de casa, porque su papá los abandonó. Su mamá, gracias a Dios, aún vive, tiene más de ochenta años. Juan Ramón guardaba veinte centavos para entrar a nadar a las albercas. Desnuditos, dijo, así se bañaban, éramos niños sin malicia. Juan Ramón dijo: el dinero lo dábamos a dos mujeres que estaban en el corredor (pensé en mi tía Juanita y en mi tía Alicita o en mi madrina Elenita). Dijo que las albercas de Los Morales tenían trampolines de madera, juntó las manos e hizo el movimiento de aventarse de clavado.
Más o menos a la edad de diecisiete años comenzó a beber trago. Su mamá, con lágrimas, le pedía que dejara de beber, pero Juan Ramón, molesto, envalentonado, tonto, le dijo: “¡déjame vivir!” y se fue de casa, viajó, trabajó como albañil en muchos lugares, dice que llegó hasta México. Las cantinas eran sus lugares consentidos. De niño se bañaban en las albercas de mis tíos; ya de grande se bañaba con trago. Un día regresó a Comitán y dice que encontró una su chaparrita, dejó de beber, comenzó a irle bien económicamente, su suegro lo llevó a ver un terreno y le dijo: es tuyo, construí acá tu casa. Juan Ramón y su chaparrita compraron varillas, cemento y ladrillos y Juan Ramón comenzó con la construcción, cuando ya estaba a punto de acabar dijo que cuando estuviera listo el colado invitarían a amigos y familiares para hacer una comida de festejo, su chaparrita dijo: si va a ser pretexto para que volvás a beber, mejor que quede sin acabar la casa. Juan Ramón, molesto, hizo su gusto y volvió a meterle al trago, hasta que un día encontró un amigo que lo invitó a ir a un grupo que estaba por las Siete Esquinas, ahí, alguien dijo: las puertas del grupo están abiertas, así como las de la cantina, vos decidís en dónde entrar y Juan Ramón dejó de beber trago. Ya cumplió treinta y nueve años de no beber, dijo que con su chaparrita tuvieron diez hijos y, con gran orgullo, me dijo: cinco son profesionistas.
Posdata: sólo le pregunté si existían las albercas de Los Bermúdez y él se sintió cómodo conmigo y compartió parte de su vida, vida intensa, aleccionadora, dramática, alegre.
Siempre he pensado que cada persona tiene un testimonio de vida que incluye la síntesis de la existencia. Actualmente somos más de ocho mil millones de personas en el mundo. El testimonio de Juan Ramón es una de esos millones de biografías. En estas biografías, como dicen de los tamales, hay de chile, de dulce y de manteca. Hay vidas que caminan más o menos derecho, hay otras que caminan en orillas peligrosas, muy cerca del vacío. Hay de todo en la Viña del Señor.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 1 de febrero de 2026
CARTA A MARIANA, CON SETENTA Y SEIS AÑOS
El tiempo siempre está en movimiento. Un poeta lo comparó con el agua y dijo que mucha agua ha corrido debajo del puente. Más agua, mucha más, ha corrido desde el momento en que el Colegio Mariano N. Ruiz inició su fértil labor. El 5 de febrero de 1950, gracias a la visión del Padre Carlos J. Mandujano, el colegio comenzó a servir a la sociedad comiteca y de la región. Estoy hablando, querida mía, de una institución educativa que cumple setenta y seis años; es decir, toda la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. ¡Cuánta vida!
Mi amado Gutmita siempre me dice que fue uno de los alumnos fundadores. Se dice muy fácil, pero en este 2026 se cumplen setenta y seis años de vida de esta maravillosa institución. Te he contado que estoy muy ligado al colegio, he sido testigo de su desarrollo. Ahí estudié la educación secundaria. Tuve compañeros que hasta la fecha siguen estando en mi vida. Cuando llego a la oficina encuentro en forma frecuente a Jovita Briones, quien tiene su casa casi enfrente de Arenilla. Ahora que el equipo editorial estuvo en Guadalajara, para presentar el número 49 de nuestra revista en la Feria Internacional del Libro 2025, dos ex compañeros estuvieron muy atentos con nosotros: Luis Molina, quien nos acompañó la mañana de presentación, y Eva Morante quien hizo favor de recibir los paquetes con revistas que distribuimos en el Pabellón Chiapas. La amistad con Luis y Eva inició en los salones del Colegio Mariano N. Ruiz. Así, muchos más. Los integrantes de mi palomilla los conocí en el patio de juegos de la Mariano, en el edificio que está frente al Niñito Fundador. Cuando había examen, muchos alumnos cruzábamos la calle, entrábamos a la capilla y pedíamos al Niñito que nos ayudara a responder la prueba.
Mariano N. Ruiz fue un gran maestro, nació en San Cristóbal de Las Casas, llegó a Comitán y acá fundó la escuela “La Industrial”. Carlos J. Mandujano fue su alumno. En 1950 el padre Carlos fundó su escuela y la bautizó con el nombre de su maestro, para honrarlo. Qué gran gesto de un alumno agradecido. Con ello, el padre reconoció el talento y sapiencia de quien es conocido como “El sabio olvidado de Chiapas”. La historia cuenta que un grupo de alumnos, para honrar la memoria del maestro Mariano, lanzó la iniciativa de erigir un faro en lo alto del cerro Nehuestik, pero la propuesta no prosperó, así que el padre Carlos dijo que fundaría un colegio con el nombre del maestro, que fuera un faro de luz espiritual y científica. Así ha sido, durante ya setenta y seis años, el Colegio Mariano N. Ruiz se ha distinguido por ser hogar de decenas de estudiantes que ahora son destacados profesionales que contribuyen al engrandecimiento de la patria: México.
Setenta y seis años de gloria. Acá comparto con vos una fotografía que robé del muro de Francisco Gordillo, donde él está en el grupo de la maestra Matilde Mandujano. Ah, cuánto chiquitío inquieto, ahí hay muchas caritas conocidas. Ellos, como ya dije, han crecido y ahora fortalecen a nuestra sociedad. Son, orgullosamente, ¡Marianitos!
El CBTis 108 cumplió en 2025 su aniversario número cincuenta. Muchas instituciones de prestigio han dado realce a la educación en Comitán. Hace días estuvo el gobernador de Chiapas en la colocación de la primera piedra de una nueva institución, el Colegio HAMPTON, colegio que se agregará pronto a la oferta educativa en Comitán.
El Colegio Mariano N. Ruiz cumple setenta y seis años, lapso donde ha cimentado un gran prestigio, basado en principios esenciales, que honran la trayectoria de grandes espíritus.
Posdata: no sólo estudié la secundaria en el colegio, al volver de la CDMX, me integré como catedrático en 1982 y, posteriormente, fui directivo. Llevo muchos años de vida ligados a esta gloriosa institución, por eso celebro y agradezco al universo por ser parte de la Mariano. Con orgullo digo: soy Marianito, como cientos y cientos de alumnos, así como los que acá están acompañando a la Maestra Mati.
Felicidades a esta noble institución. Que viva el Colegio Mariano N. Ruiz. ¡Cuánta agua bendita!
¡Tzatz Comitán!
sábado, 31 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON EXVOTOS
Querida Mariana: ¿recordás el libro que tenía Lucía? ¿El de Exvotos? Ahí, hasta donde recuerdo, nos enteramos que fue con Hernán Cortés que llegó a México la tradición del exvoto; es decir, el exvoto nos llegó junto con la Conquista Española, en la misma maleta donde los misioneros traían el crucifijo. Se entiende que los misioneros hicieron su chamba dando a conocer los milagros que Dios o las vírgenes y los santos hacían a los fieles que tenían fe, así que era de gente agradecida entregar una muestra de gratitud a través de esas pequeñas laminitas pintadas, donde el pintor recreaba una imagen del santo o de la virgen (sobre todo vírgenes) con un texto que contaba el milagro recibido. Los exvotos se llevan a los templos y se cuelgan en las paredes como testimonio de la ayuda recibida. ¿Qué es un exvoto? Es una lámina pequeña pintada, donde un creyente católico agradece a un santo o a una virgen un favor recibido. Alguien lo ha definido como “el arte de agradecer un favor recibido”. ¿Mirás? ¡Un arte!
Te he contado que cuando viví en Puebla y vendí mis cajitas pintadas en el bazar de Los Sapos tuve compañeros que se dedicaban a vender exvotos. Esos compas eran expertos en hacer pasar obras recién hechas como antigüedades. Ellos pintaban los exvotos y, mediante un proceso de envejecimiento falso, los mostraban como si fueran imágenes del siglo XVIII. Los turistas extranjeros se sorprendían ante esas laminitas simpáticas y bellas y las adquirían. Mis compas hacían buen negocio. No ofendían. Ahí estaba el talento de artistas contemporáneos. Los mexicanos sabíamos que no eran originales, pero los visitantes quedaban deslumbrados ante esa muestra de nuestra cultura. Tal vez, no lo sé, en toda América existe la costumbre de pintar exvotos que, como ya dije, son ofrendas que los fieles entregan como testimonio de agradecimiento por un favor recibido.
Claro, las ofrendas son variadas, no sólo son laminitas pintadas, pero éstas son las más reconocidas, por el arte que conllevan. Vemos en los templos que mucha gente entrega pequeños chunches de metal (corazones, llavecitas, imágenes de personas hincadas, piernitas o bracitos), relacionados con el favor recibido. En Comitán es frecuente hallar al lado de esos objetos fotografías de los beneficiados. Nada causa tanto asombro como los exvotos pintados, porque la gente se entretiene enterándose de muchas historias íntimas. La mayoría se refiere a algún milagro por cuestiones de salud, se cuenta cómo la virgen o el santo intervinieron para que sanara la persona, aunque los motivos de agradecimiento son infinitos, con lo que se reconoce que la presencia divina está en cada instante de vida, en lo laboral, estudiantil, amoroso, social. No es infrecuente hallar testimonios donde fulana da gracias a Dios porque cuando llegó el esposo, Sancho había salido dos minutos antes, se había subido a la bicicleta y escapado por detrás de la casa (porque ese día no llegó en auto para no despertar sospechas). “Gracias, virgencita, por el favor recibido. Te ofrezco que ya nunca más veré a mi querido. Ya no lo veré en casa, mejor iremos a moteles”. A partir de estas historias que contienen mensajes simpáticos pensé pintar una serie de exvotos que llamé “Exvotos de fin de milenio”, porque el siglo XX estaba por terminar. Esta serie la pinté en Puebla. Una tarde, la directora de la Galería de Arte Síntesis se enteró de mi proyecto y me dijo que, como una mera casualidad, tenía una fecha libre, en la agenda repleta de compromisos de la galería. ¿Quería exponer ahí mi obra? Por supuesto que acepté. Me puse a escribir las historias y a pintar como poseído, no por el demonio, sino por los hados de la creatividad. Era el caricaturista político del periódico Síntesis, así que muchos lectores conocían mi propuesta. Invité al secretario de cultura de esos años a que inaugurara la exposición, el secretario era el reconocido escritor Pedro Ángel Palou. Cuando Pedro Ángel vio mi propuesta aceptó de inmediato y escribió un texto generoso, donde privilegiaba el sentido lúdico del proyecto, porque cada texto era picaresco, juguetón. Hice una muestra respetuosa, pero jugando con el sentido de agradecer momentos chuscos. La foto que anexo, querida mía, es de uno de los cuadros expuestos. Este exvoto estaba dedicado a la Virgen de Guadalupe y el texto alude a un momento donde la persona que hace la ofrenda le agradece su divina intervención para solucionar un conflicto. Al final, me llamó la secretaria del secretario para decirme que Pedro Ángel no asistiría porque ese día, a esa hora, tenía reunión con el gobernador, pero que acudiría el director de determinada área en su representación; la secretaria del susodicho director me llamó para decirme que también tenía una reunión que no podía cancelar, así que iría… Llegó una funcionaria de tercer nivel, pero todo fue glorioso porque leyó el texto del famoso Palou. Hubo una buena concurrencia, ofrecí vino de honor y mi mamacita preparó butifarras y canapés que, como se estila decir, fueron del gusto de la amable concurrencia.
A esa serie de exvotos de fin de milenio le siguieron otras series, una dedicada a Santa Frida Kahlo, una más dedicada a San Julio Cortázar y una reciente (del 2025, que no ha sido expuesta) dedicada a Santa Rosario Castellanos. Las series de Frida y de Julio fueron realizadas con tinta china sobre papel y la de Rosario la hice con plumones acrílicos sobre papel. La exposición en la Galería Síntesis, en Puebla, constó de una serie de cuadros de más de un metro por lado, de óleos sobre tela.
El texto de Palou privilegiaba el juego del texto. Pienso lo mismo, las series son sencillas, pero tienen la gracia de unir textos juguetones con la idea del exvoto. El mundo debe ser agradecido por tantas bendiciones de la naturaleza que se dan día con día. En las últimas series he canonizado a artistas y escritores que han hecho objetos sublimes. El concepto ha ido más allá de lo sagrado, porque me atreví a canonizar a la comunista y atea Frida, porque sus cuadros también forman parte de un cielo eterno.
Posdata: en el Museo de la Basílica de Guadalupe existe una gran colección de exvotos originales, son pequeñas piezas que fieles han ofrendado a la morenita porque les hizo algún favor divino. Visitar esa colección es entrar a un terreno misterioso. Son pequeñas manifestaciones artísticas, realizadas por pintores anónimos, cuyo trabajo es precisamente especializarse en hacer los exvotos. ¿Mirás lo que significa cada exvoto? Cada uno está ubicado en el terreno del milagro y del agradecimiento. Con ello no se juega, es algo muy respetable. Lo que hago es algo juguetón. Le quito el rostro divino y canonizo, incluso, a la Frida Kahlo, al Julito Cortázar y a la pichita amada Rosario Castellanos, porque ellos, en su genio creativo, también fueron ángeles en la Tierra, con alas y con cola o sin cola, ángeles humanos.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 30 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON OPCIONES
Querida Mariana: te veo focus. Contenta con la profesión que elegiste. Vos no dudaste en ningún momento, tu vocación la tenías bien enraizada. ¿Por qué algunas personas tienen bien definido su vocación y otras no? A mí me costó. Es decir, no supe observarme. Me sobró soberbia. En bachillerato, cuando ya estaba a punto de terminar el tercer grado, siempre pensé: “puedo estudiar cualquier cosa, cualquier cosa puedo superarla”. Como te das cuenta, enfoqué mal mi lectura. Las preguntas correctas eran: “¿para qué sos bueno?, ¿qué te gusta hacer?” Tal vez estas dos preguntas son las que siempre evadí. Erré el camino. Puedo hacer cualquier cosa, dije. Era una soberbia ¡soberbia! No entendí que no podía hacer todo. Bastaba con que alguien me dijera: serás buzo, para desecharlo de inmediato, porque nunca aprendí a nadar, siempre he tenido temor al agua. Bueno, parece que me hizo falta hacer este análisis. Tenía que descartar, eliminar todas aquellas opciones que no estaban dentro de mis capacidades. No podía ser deportista, porque jamás me acerqué a tal actividad. Te he contado que en secundaria odiaba la clase de Educación Física. ¿Mirás? Ya he descartado dos sendas. Así que no podía estudiar cualquier cosa. Debí eliminar y luego analizar las opciones que me quedaran para analizar cuáles eran las más cercanas a mi gusto y a mi capacidad. ¿Química? No ¿Matemática? No (y en forma estúpida decidí, la palabra decidir no es la más conveniente) estudiar una ingeniería. ¿De dónde saqué esa determinación equívoca? De mi soberbia, de no destinarle tiempo a reflexionar. Era tan sencillo, pero a mis diecisiete años no lo pensé así, dejé que todo volara como un papalote sin rumbo. Y tal vez esto fue así, porque tampoco fui un niño que hiciera y volara papalotes. No era bueno para la pelota, no era bueno para la aventura, a veces iba de excursión, pero no era algo que me atrajera ni para lo que me distinguiera, como sí había compañeros que eran intrépidos y gozaban el contacto con la naturaleza. Siempre fui un príncipe cuidadito. ¿Qué me gustaba hacer, entonces? Ah, me encantaba ir al cine. Sí, eso lo disfrutaba. Igual que vos, desde temprana edad, me convertí en un cinéfilo. Bobo que soy jamás pensé que hay mil profesiones relacionadas con el cine. Bobo, mil veces bobo. ¿Qué más me gustaba hacer? Leer, leer era una de mis pasiones. Comencé a devorar las revistas de monitos, luego las secciones infantiles de periódicos y luego di el salto a la lectura de libros, de cuentos, de poesía, de teatro, novelas. Uf. El mundo era inmenso. Desde el pequeño pueblito de Comitán, gracias al cine y a los libros tenía contacto con todo el mundo visible e invisible, con el presente, el pasado y el futuro. ¿Mirás lo que digo? Iba al cine y veía películas dirigidas por Buñuel, por John Ford, por el Indio Fernández y cuando leía estaba en contacto con María Matute, con Miguel de Unamuno, con Camilo José Cela y con cientos más. Uf. Nunca me di cuenta que era un niño especial en el pueblo, mientras los demás jugaban fútbol, bajaban las pendientes en carretones, iban a nadar, reparaban radios, arreglaban bicicletas, miraban objetos a través de microscopios de juguete, jugaban a la comidita y a curar enfermos, yo disfrutaba el cine y la lectura. Muchos amigos también iban al cine y comían los sabrosísimos y únicos tacos dorados del Cine Comitán y, al salir, jugaban a las luchas en los sitios de las casas, pero (ahora lo sé) muy pocos niños de mi generación dieron el salto de las revistas de monitos a los libros de la Colección Básica Salvat. Lo mío, lo mío, era la lectura y el cine. De mudo me fui a meter a estudiar ingeniería en la UAM y en la UNAM. Por esto, en mi fuero interno no hice caso a lo que mi conciencia boba me impulsó cuando me inscribí en Ingeniería y te he contado que jamás falté a la universidad, pero en lugar de ir al aula a aprender circuitos electrónicos entraba a la Biblioteca Central Universitaria y leía, leía (viene la rima) ¡todo lo que podía! Y cuando me enteraba de ciclos de cine en auditorios de diversas facultades iba al cine. Así como en las tardes acudía a la Cineteca Nacional (en el edificio que se quemó) y me aventaba las Muestras de Cine Internacional. En la mañana cine y en la tarde cine. Era la herencia de mi pueblo, pues los domingos iba a la matiné del Cine Comitán y en las tardes me tocaba ver la doble función en el Cine Montebello.
Todo estaba cantado, debería estudiar algo relacionado con el cine o con la literatura. Hay tantas opciones. Pero, el bobo de tu amigo jamás se dio cuenta de lo evidente.
Posdata: un día un amigo se botó de la risa cuando se enteró que a su hermano le había dado la materia de “Orientación vocacional”. Pucha, dijo, vos ¿con qué preparación contás? Ah, le dije, soy el tipo que más puede hablar de ello, porque ya lo viví. Ahora quise compartir esta experiencia con vos, porque tu vocación fue elegida desde el primer momento, no dudaste. Yo di vueltitas por la orilla, pero, de igual manera, jamás dudé de mis gustos y de mis dones. El otro día, en Guadalajara, saludé al gran crítico de cine: Leonardo García Tsao, y pensé que él tampoco dudó. Si ha ido a cientos de festivales de cine en todo el mundo es porque supo que se podía vivir profesionalmente del cine, que el cine tiene mil senderos, todos maravillosos.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 29 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN TUTÍS
Querida Mariana: la palabra culo en España es de uso común. Acá, cuando menos en Comitán, es una palabra que sólo se emplea en voz baja. Así nos acostumbramos. Mucha gente piensa que culo es una mala palabra. En los años setenta una muchacha me dijo, muy molesta: “cara de mi culo”. No sé qué le había dicho yo antes que la molestó. Armando que no se quedaba callado me dijo que el dicho había sido un elogio, porque ella tenía muy buen “me presta”, así lo dijo. En efecto, la chica tenía un trasero que despertaba pasiones. Yo, la verdad, nunca he entendido bien a bien cuál es la pasión que despierta una muchacha con un trasero generoso en volumen. Cuando pasa una chica por la calle, en automático los hombres posan su mirada en la grupa, anca de potrilla desbocada.
Dora Patricia Espinosa es fanática de la música de Michael Bublé, cuando se enteró (en 2023) que estaría en la Arena México, en la CDMX, rompió su cochinito, sacó los ahorros, compró boleto para el concierto y viajó para vivir la experiencia. Cuando regresó a Comitán me contó, emocionada, que había sido un concierto maravilloso, botada de la risa me dijo que al principio el cantante habló algunas palabras en español, para decir lo que dicen todos los artistas extranjeros, que México es un gran país, luego se agachó tantito, dio la mano a una chica y dijo que el concierto permitía “tocar tu mano” y luego agregó: “tocar tu culito, también”. Sin duda que sus asesores le recomendaron que dijera eso para tener una cercanía con su público que, en efecto, disfrutó y celebró esas palabras. No dijo culo, dijo culito, en diminutivo, el diminutivo le quita su cara grotesca a la palabra, le da aire de ternura, porque todas las mamás limpian el culito de sus criaturas.
En Comitán el culo es tutís. ¿Recordás el cuento de Doña Lolita Albores? No lo recuerdo bien, pero sucede que alguien, dentro de casa, pregunta a alguien que está afuera: “¿qué querés?”, y el de afuera responde: “El tutisito de tu hija”, “Ah, es un alma tutisera”, dice el otro. Se cuenta como chiste. Pues el Bublé, sólo como mercadotecnia, habló del tutisito, así podemos decir que el gran cantante es integrante del club de tutiseros.
Digo esto, porque el otro día escuché una canción del chico famosísimo Maluma. Medio mundo escucha su música; es decir, todo lo que canta se queda en nuestra memoria, modela nuestra personalidad. La canción se llama “Bronceador”, él y ella están en la playa, él dice: “tu cuerpito es de mi talla”, ah, ya es una señal de por dónde irá la letra; él le pide a ella que se quite la toalla, oh, oh, para que él le eche bronceador. En este momento ya la letra es alburera: “quisiera echártelo, mami, echarte el bronceador”.
Todo simpático, digamos que normal, pero líneas más adelante dice: “qué chimba si te tengo en pelotica, tu culito redondito”. ¿Mirás? Hay mil partes del cuerpo, pancita, deditos, orejitas, pero el autor privilegió el culito. ¿Por qué? Porque, vos lo has oído, ahora vivimos en una sociedad donde el trasero es motivo de excitación. Millones de jóvenes cantan las canciones de Maluma y de otros compas que, dentro de las letras, mencionan al culo que, ahora se ha vuelto ya una palabra común, que se dice con el mismo desenfado con que lo pronuncian en España.
Vos sabés que yo soy amante del lenguaje, para mí no existen las malas palabras, todas tienen su encanto, todas sirven para nombrar y la palabra culo nombra una parte del cuerpo, esencial para nuestra existencia. Recordá que en un concurso de órganos del cuerpo todos nombraron sus características para ganar el primer lugar, al final el culo dijo que él era el más importante, dijo: “si yo me cierro, todos ustedes se paralizan”.
Posdata: Maluma, igual que Bublé, sabe que el diminutivo le quita su cara agria a la palabra culo, pero también he escuchado una canción de Lola Indigo que se llama “Culo” y toda la letra ronda sobre la palabra. ¡Dios mío! “Si quiere este culo, si quiere este culo, tú tienes que trabajar, darle duro”. Ah, ya entendí, el mensaje es: ¿querés este cuerpecito? Ponete a trabajar.
En los videos musicales hay muchas escenas donde el “perreo” es el foco, donde el culito centra toda la atención. Vivimos tiempos donde se glorifica esa parte del cuerpo, por eso, a veces, veo en la calle algunas mujeres que tienen unos grandes cabuses. “Son operadas”, pienso, y sigo mi camino. Ahora hay muchos culitos artificiales, con implantes de gel de silicona. ¡Uf!
¡Ay, qué tiempos los tiempos de La Sonora Dinamita! Ellos cantaban “No te metas con mi cucu”. ¡Qué niños tan modositos, tan de letra de confesionario!
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 28 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON NOTICIAS SUBLIMES
Querida Mariana: me encanta darte buenas noticias, ser como un mensajero de buenas nuevas para nuestra sociedad. El sábado estaba en la oficina y recibí una invitación que envió el químico Enrique Solís Cancino. Una invitación bien cuca, con excelente presentación. La abrí y hallé el motivo: “Jornada Académica Medicina de Laboratorio QFB Enrique Solís Cancino”. Genial. No tengo la certeza, pero debo decir que a mí me parece que es la primera vez que un laboratorio de análisis clínicos realiza una jornada académica en este pueblo, una jornada de alto relieve, digno de cualquier lugar del mundo.
Te platiqué que celebré el regreso del químico Solís Cancino a su tierra. Estuvo lejos varios años. Un buen día del año pasado lo saludé y me dio la grata noticia de su regreso al pueblo. Ahora, su experiencia profesional vuelve a estar al servicio de Comitán y de la región. Su laboratorio, ya lo dije en una carta anterior, está a media cuadra de la oficina de ARENILLA, casi enfrente del hotel “Corazón del Café”.
Celebré su regreso y acá queda de manifiesto lo importante de su presencia. Ahora invita a asistir a una jornada académica que organiza. ¿Mirás la trascendencia del acto? El químico Solís llegó, vio y compartió, porque sabe que compartir es vencer, vencer la desidia. Con esta iniciativa, generosa, activa a nuestra sociedad. Hay personas que iluminan la burbuja colectiva donde vivimos, el químico Solís es una de esas personas, él no sólo brinda sus servicios profesionales, abre un abanico donde el conocimiento llegue a más gente.
La jornada académica consistirá en dos ponencias, la primera se titula: “El laboratorio clínico. De La Artesanía a La Inteligencia Artificial”, que impartirá el Doctor Eduardo Aguirre Langle; la segunda ponencia la impartirá la Doctora Karla Santana Torres, con el tema: “La Biología Molecular en el Despegue del Diagnóstico Clínico”. Suena interesantísimo, sobre todo para los profesionales y estudiosos, pero el público en general puede acercarse a estos temas, expuestos por expertos. Las dos ponencias suenan sugestivas.
Pregunté con los organizadores y me dijeron que está abierto a todo el público interesado. La jornada académica se efectuará el sábado 7 de febrero 2026, en el Teatro de la Ciudad, a partir de las diez de la mañana. El acto está coordinado por la QFB Flor Tavernier Albores.
Puedo estar equivocado, pero digo que por primera vez un laboratorio de análisis clínico organiza una jornada académica en Comitán. Esto es como un matraz lleno de energía positiva.
Posdata: en cuanto recibí la invitación entré al Internet y busqué. Eduardo Aguirre Langle es Doctor en Microbiología y presidente de Asesores Especializados en Laboratorios; Karla Santana Torres tiene un Doctorado en Ciencias Biomédicas, especializada en Biología Molecular. ¿Mirás? Dos ponentes de lujo, en Comitán, gracias al empuje social del Laboratorio de Análisis Clínicos, del QFB Enrique Solís Cancino, comiteco por los cuatro costados.
¡Tzatz Comitán!
martes, 27 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON DESAYUNITOS
Querida Mariana: la imagen es recurrente, la encuentro en varias partes de la ciudad, en varios momentos. ¿Ya viste con atención? Es una calle comiteca, es temprano, es un sábado, el movimiento es escaso. Acá se ve a una persona que cruza la calle y luego un grupo de personas sentadas ante la góndola de una camioneta, con la tapa abierta. La tapa sirve como mesa. Ellos desayunan, tal vez unos tamales o un pollito con tortillas calientes. Sin duda que los propietarios de la camioneta no son del pueblo, o llegaron para una diligencia personal o van de paso. Tal vez lo que desayunan es un itacate preparado en casa, llegó la hora del desayuno, se estacionaron y dispusieron la mesa. Tal vez, digo, pasaron a comprar unos tamales o un pollo rostizado y unas tortillas.
La imagen es recurrente. La veo con frecuencia. Hay mucha gente en tránsito en todos los pueblos. No siempre hay paga para entrar a desayunar a una fonda o a un restaurante. No siempre hay tiempo. Acá se da el prodigio de la vida práctica. Sacar el itacate, bajar la tapa de la góndola, colocar una silla y un tambo boca abajo y prepararse a desayunar, en medio de la plática, de la convivencia. El otro día me tocó ver frente a la casa, donde hay una terminal de combis que van y vienen de San Cristóbal, a otro grupo de amigos o de familiares desayunar sobre la banqueta (desayuno banquetero). Se sentaron en el borde de la banqueta o se recargaron en la pared y comieron. Desde lejos los vi con platos y vasos desechables, con dos refrescos Jumbo y unos tamales.
Sin duda que vos también has desayunado así. Uno busca una torta, un jugo y va al parque, se sienta en una banca y desayuna. He visto muchas películas y leído historias en libros donde se repite la escena, no importa que estés en París, Nueva York, la CDMX, Comitán o Tuxtla.
A veces voy al mercado Primero de mayo, compro unos chinculguajes y un vaso de atol de granillo y me siento en una banca del parque, ahí desayuno. Nadie dice algo. No falta algún peatón que me ve, pero es algo natural. Sólo hay una mirada de costumbre, no de asombro, porque todo mundo ha hecho este ritual callejero, nómada.
Me dio gusto ver la escena que te comparto. Pensé que todo iba bien, porque en muchas ocasiones veo la misma escena cerca de hospitales, estos grupos de personas también desayunan en la calle, porque adentro, en algún cuarto, tienen a un enfermo, están pendientes de su familiar y no les queda más que desayunar en la calle, los veo reír, platicar, mientras se preparan un taco con carnitas y salsa verde, pero algo en su corazón está apachurrado.
Hace tiempo que no voy a la montaña donde, cumplido el recorrido, el grupo de amigos se sienta en piedras y saca el itacate con paquitos de frijol o de chorizo con huevo (o la gallina paseada). Con Fito íbamos de vez en vez a Tenam, hace años y en la cima él sacaba un pomo de cristal con huevos duros bañados en salsa verde, un prodigio gastronómico de Comitán. Eso fue hace años, cuando mis hijos estaban pequeños. Hoy la vida ya marcó otros senderos.
Ahora, en ocasiones, desayuno en el parque central, en el parque de La Pila o en el parque de San Sebastián. Hay un aire misterioso y bonancible en este ritual. Siempre he dicho que no me gustan los espacios cerrados, por eso no me gusta ir a ese famoso restaurante donde preparan una riquísima lengua en pebre, porque me siento como en una celda; me encanta, al contrario, ir a restaurantes donde el aire y la mirada corren libres como papalotes, como el Mahi Mahi, como en el patio de Tío Javi, como en el 1813, como en el restaurante Bonampak. Sí, la riqueza de la gastronomía comiteca debe disfrutarse en un espacio al aire libre (claro, siempre y cuando no haga mucho viento o llueva).
Posdata: mucha gente come a media calle, como esta familia. A veces, la vida exige adecuar espacios cuya vocación es otra. No siempre puede uno comer en casa (siempre lo prefiero) o en una fonda o restaurante. A veces es necesario sentarse en la banqueta para comer alguna torta.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 26 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON FESTEJO
Querida Mariana: el gran fotógrafo Carlos Gordillo celebró el sexto aniversario de su Estudio. Vos y yo hemos platicado la sensación que nos genera ver el inicio de un emprendimiento empresarial, grande o pequeño. Nos da mucho gusto cuando algo comienza a crecer, tal como fueron los deseos de sus dueños. La pequeña tortería que prepara tortas exquisitas y que su clientela se vuelve asidua y cada vez crece más. Lo mismo sucedió con el sueño de Carlos, quien posee muchos dones artísticos, uno de los cuales es la fotografía. Carlos comenzó en forma pequeña, como casi todos, mas un día puso un ladrillito para construir el deseo de un estudio profesional, un espacio donde la gente llegara a tomar sesiones de fotografías con el aval de la calidad y de la mirada artística de Carlos. Su sueño comenzó a tomar forma y hace seis años inauguró el local. Por fortuna su sueño se ha consolidado, ahora mucha gente llega a su Estudio para la toma de fotografías profesionales. Su empresa ya no tiene regreso, sólo ascenso se advierte. Esto lo celebran todos sus amigos y sus familiares. Por supuesto que quien más lo celebra es él. Emprendió un camino que no es sencillo, todas las manifestaciones artísticas se topan con el muro de la incomprensión, pero ahora ya hay mucha gente que aquilata su talento y no dudan en acercarse a él para solicitar una sesión de fotografías.
En nuestro pueblo hay muchos y muy buenos fotógrafos y fotógrafas, cada vez hay más artistas de la lente que ofrecen sus trabajos. Hay para elegir. Esto es bueno. No todos los fotógrafos invierten en sus sueños, porque construir un estudio implica una inversión económica. A veces he estado en el estudio de Carlos y he visto el equipo que posee, todo para que el resultado sea óptimo.
Su sueño ya es un papalote que vuela alto, tan alto como su talento. Ya no tiene vuelta para atrás. Por eso celebramos su dedicación y constancia.
Digo que a veces vos y yo vemos el entusiasmo que empuja a algunos para abrir un nuevo negocio. Vos y yo hemos visto a parejas que pintan los interiores, que agarran el martillo o el destornillador y fijan los canceles donde exhibirán productos para venta; hemos visto cómo abren pequeños negocios que, a la vuelta de algunos meses, se desmoronan. El entusiasmo inicial se desinfla. Eso nos da mucha pena, porque vimos la alegría con que emprendieron su sueño. ¿Qué sucedió? Algo faltó. El emprendimiento tiene muchas sendas, algunas de las cuales son inextricables.
En el caso de Carlos todo funcionó tal como lo soñó. Estoy seguro que hubo un momento de duda, de incertidumbre, porque el emprendimiento es como un volado, no se tiene la certeza de que funcionará al ciento por ciento; pero Carlos puso por encima su pasión y la convicción de su talento y la siembra ya ha dado frutos saludables. Su Estudio cumplió seis años. Ya es un pichito que camina solo, que corre, que trepa a los árboles, que juega con las nubes. Ya es un papalote que vuela alto. Esto es para celebrarlo, porque es una empresa comiteca, iniciada por un comiteco de excelencia. Es uno más de los emprendimientos que enraizó, que pegó, que ya da frutos.
Posdata: es muy triste presenciar los derrumbes de sueños; por el contrario, da mucho gusto ver los proyectos que avanzan, que dan prestigio al pueblo. El Estudio de Carlos Gordillo Alfonzo ya genera muchas imágenes que dan gusto y alegría a la sociedad. Carlos viene de la tradición familiar y de la tradición histórica del pueblo, que ha tenido muchísimos grandes fotógrafos. Carlos es uno más. Felicidades. Que haya muchas más empresas que cumplan años, muchos años.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 24 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, LOS TIEMPOS CRUZADOS
Querida Mariana: terminé de leer “El loco de Dios en el fin del mundo”, del escritor español Javier Cercas. Pensé que es una novela sensacional. Un ateo irredento platica un rato con el papa Francisco y le pregunta dos cosas que quiere contarle a su mamá: ¿hay vida eterna? ¿Vendrá la resurrección de los muertos? Estas preguntas se las hace al papa el gran ateo, porque su mamá es católica y tiene la certeza de que cuando muera se encontrará con su difunto esposo.
Hace dos días me enteré que Javier Cercas obtuvo el premio al Libro Europeo con esta novela, lo que confirma la calidad de su narrativa.
En cuanto lo dejé me decidí, entre la pila de libros pendientes, por la última novela de Mario Vargas Llosa: “Le dedico mi silencio”. Por ahí, dicen los estudiosos de la obra del Premio Nobel quedó pendiente un ensayo que escribiría acerca de Jean Paul Sartre, el filósofo que tanto influyó en sus primeros trabajos, a tal grado que los amigos molestosos le decían de apodo “El Sartrecillo Valiente”. Pero, la muerte le puso el pie, Mario (como lo hará todo mundo) tropezó y hasta ahí se acabó su genio creativo.
¿De qué trata la novela que ahora leo? Es un tema apasionante: de la música criolla del Perú, de los valses peruanos.
El tema de Mario me llevó a pensar que en Comitán no tenemos música criolla, nos han hecho falta los estudios de la música tojolabal. Ahora que se acerca la Entrada de Flores, en honor a San Caralampio, recordamos la música que acompaña a la procesión, que está sostenida en dos instrumentos: el tambor y el pito (flauta de carrizo). Entiendo que quien toca el pito, como si fuera el director de orquesta, marca el ritmo, es el pitero quien ordena el sonido de los tamboreros. Parecería muy difícil describir este sonido, por eso digo que hace falta el estudio más a profundidad de los expertos. Los comitecos, quienes son muy pícaros y hábiles para las relaciones sociales, trasladaron el sonido que hacen los tambores en la procesión con una letra muy sicalíptica, pero que sí deja ver una idea cercana al sonido que se da en las entradas de velas y de flores: “Te lo tenté, te lo tenté, tenía pelitos y me espanté”, quitando la simpática alusión sexual, el ritmo queda impreso en ese juego de palabras: “Te lo tenté, te lo tenté”, así suenan los tambores. El ritmo de los pitos es más variado, pero sigue una línea melódica que no es muy cambiante. Diríamos que la música no tiene grandes variantes. Los oídos de los comitecos siempre han escuchado este ritmo, un ritmo que es como el pan compuesto, que es un antojo muy sencillo pero rico; lo mismo sucede con la música que acompaña las procesiones, porque, de igual manera, se produce con sólo dos instrumentos muy sencillos. Por fortuna, la flauta de carrizo sigue siendo la misma desde tiempos inmemoriales, no sucede lo mismo con el tambor, porque ahora la carcaza de madera ha sido sustituida con cilindros de pvc, lo que, sin duda, hace que el sonido cambie. Se entiende que hay una gran distancia entre el sonido producido por el tronco de un árbol natural al sonido que produce un cilindro de plástico. Pero la tradición continúa. Algunos jóvenes acompañan a sus papás y reciben el legado, asimismo ahora se ve la participación de mujeres, cuando años antes esto era imposible, porque la responsabilidad recaía en varones, recordemos que nuestra sociedad ha sido tradicionalmente machista y, sin duda, que la música también refiere dicha estructura social.
Mario Vargas Llosa habla de los instrumentos utilizados en el Perú y nos dice cómo el origen del vals peruano se instaló en los famosos “callejones” de Lima, que eran vecindades donde existía un gran hacinamiento de personas en medio de ejércitos de ratas. En estos callejones nació la música criolla, grandes artistas de la guitarra y del cajón peruano salieron de ahí, a la par de grandes compositores. En Comitán, digo, no tenemos algo así. La historia nos indica, eso sí, que nuestro pueblo tiene una tradición musical de años. En las casas de antes de la mitad del siglo XX había muchos pianos y era cotidiano caminar por las banquetas y escuchar que adentro, en las salas, algún artista ejecutaba canciones de música culta; asimismo, hay registros escritos y fotográficos de la existencia de orquestas donde, bajo la conducción de un director, varios ejecutantes de violines, violas, pianos, chelos y otros instrumentos de cuerda, de viento y de percusión alegraban las tertulias que se daba en este pueblo. Como era difícil la comunicación con el centro del país, la proximidad era con el país de Guatemala, con quien, desde siempre, hemos tenido un contacto mucho más cercano.
Nuestra historia musical indica la existencia de grandes compositores y de grandes intérpretes. En el libro de oro aparecen los nombres de Fernando Soria y de su hija Isabel Soria. Dos personajes relevantes de la música en Comitán. Se cuenta que Isabel, gran cantante soprano, tuvo participaciones en grandes salas de concierto del mundo. Por esto, el arquitecto Gustavo Trujillo, en paz descanse, y el escritor e investigador Doctor Omar Ruiz, han insistido en que un recinto especial en el pueblo lleve el nombre de esta gran cantante. Cuando menos al maestro Esteban Alfonzo, director de grupos musicales, ejecutante y compositor, la historia local le hizo un mínimo reconocimiento, porque en el jardín central del Museo Arqueológico y de la Biblioteca Pública Regional existe un busto en su honor.
Mario encontró un elemento social aglutinador en el vals peruano. Todo mundo sabe que la música es un lenguaje universal. He visto en algunas reuniones donde hay una marimba cómo las patías de los presentes empiezan a moverse siguiendo el ritmo. La música es un detonante inmediato de la alegría, es un cartucho lleno de vida.
Yo, lo sabés, no he sido muy aficionado a la música, no como amigos que tengo, que son fanáticos, que en los años setenta tenían cientos de discos y adquirían aparatos de reproducción, de alta fidelidad. No, he escuchado lo que me ponen enfrente, en fiestas o en actos especiales, como el que se dio el pasado 22 de enero 2026, en Mi pueblito San Caralampio, donde el gobernador del estado de Chiapas fue testigo de honor en la entrega de Placa Conmemorativa de Indicación Geográfica Protegida del Comiteco de Comitán. Ahí, la marimba orquesta municipal amenizó el acto y toda la gente tenía pintada en su rostro una sonrisa de colibrí, porque la música estaba muy sabrosa.
Digo que no he sido gran aficionado a la música, pero llevo en mi espíritu el ritmo del tambor y del pito. Con eso crecí. Mis papás, niños lindos, me llevaban al festejo de San Caralampio y ahí escuché ese mítico sonido que, insisto, nace de la conjunción de dos simples instrumentos vernáculos: una flauta de carrizo y un tambor con cilindro de madera y baqueta de cuero.
Posdata: las serenatas que mis amigos daban a sus novias eran con marimba; los bailes de mi juventud eran con marimba, con marimba bailé, con marimba platiqué, con marimba me emborraché. El sonido de la marimba también es un bordado sublime en mi coraza, en mi corazón. Por ahora seguiré leyendo el último libro de Mario. Lo escribió y nos dedicó su silencio, un silencio lleno de valses peruanos.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 23 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON EL INSTITUTO CHIAPANECO DE CULTURA
Querida Mariana: esta foto la robé de la UNICACH. Es la efeméride de la creación del Instituto Chiapaneco de Cultura. Vi la foto y un caudal de imágenes me refrescó la memoria. Ahí conocí a muchas personas que admiro y quiero. La primera imagen, por supuesto, fue la del Doctor Andrés Fábregas Puig, director del ICHC. Ah, cuántos nombres, cuántas historias: Socorro Trejo, Marissa, José Luis Ruiz Abreu, Uberto Santos, Mario Nandayapa, Óscar Palacios, Gustavo Ruiz Pascacio, Yolanda Gómez Fuentes, Rubén de Leo, Carlos Gutiérrez, Jesús Morales Bermúdez, Gabriel Hernández, el maestro Muciño, así como Heberto Morales Constantino, Miguel Ángel Godínez.
Supe del Instituto Chiapaneco de Cultura en el pueblo. En ese tiempo (te he contado) muchas actividades culturales se realizaban en el pueblo, por mediación de esa institución, que tanto bien le hizo al estado de Chiapas. Sus directivos fueron gente comprometida que tenían un plan perfectamente diseñado para llevar cultura a todos lados. Acá conocí a Héctor Cortés Mandujano, a Pepe Falconi, a Dolores Castro, al gran Quincho Vázquez, a Eraclio Zepeda, a Blanca Margarita, a Elva Macías y a muchos más. Venían, compartían su obra y nosotros la disfrutábamos y aprendíamos.
Un día me enteré que harían una selección para becarios del Centro Chiapaneco de Escritores, sometí mi obra a concurso. No gané, pero en compensación Jesús Morales Bermúdez me dijo que me invitaba a integrarme al taller de cuento que, cada mes, impartía el famoso Rayo Macoy, Rafael Ramírez Heredia. El último viernes de mes viajaba, con mi Paty y mis hijos, a Tuxtla para asistir al taller. Nos hospedábamos en el Hotel Bonampak (donde también se hospedaba el Rayo) y el sábado, muy temprano, pasaba a dejar a los hijos y a mi Paty con la familia y yo iba directamente al Teatro de la Ciudad, donde eran las sesiones y donde Don Carlitos Trejo, director del teatro, nos recibía. No recuerdo cuánto tiempo duró estas idas y venidas, pero fueron muchas. Llevaba mi grabadora reportera y cuando leía mi texto grababa los comentarios del maestro. Al regresar al pueblo reproducía la grabación y estudiaba las recomendaciones del Rayo. Fue un ejercicio formidable, a tal grado que logré transcribir un decálogo del escritor de cuento, formulado por el maestro. Por desgracia, en medio de tanto desplazamiento perdí ese decálogo que ni el Rayo tenía.
Una vez invité a varios integrantes del Centro Chiapaneco de Escritores. En el auditorio de la UDS impartieron una cátedra acerca de la obra de Rosario Castellanos. Recuerdo que Mario Nandayapa dijo que hasta ese momento se dio cuenta de la trascendencia del Centro Chiapaneco de Escritores, muy serio dijo que deberíamos escribir los testimonios de cada uno, para completar una historia en el ámbito creativo de Chiapas. Hasta la fecha nadie ha hecho tal recuento. Hace falta. Todo está por hacerse.
El 21 de enero de 1987 se fundó el Instituto Chiapaneco de Cultura. Este edificio lo visité muchas veces, ahí platiqué con quienes luego se volvieron mis amigos de vida. Tuve la oportunidad de presentar en la galería (que estaba en la primera planta) una exposición de collages (que antes estuvo expuesta en los corredores de la Biblioteca Rosario Castellanos, de acá). El amigo poeta Armando Ramírez, del taller de Óscar Oliva, me dijo que su hermano había asistido a la exposición y que él era muy estricto en su juicio crítico y que, por primera vez, le había gustado un trabajo creativo. Me sentí bien. Fue un buen abrazo. Hablo de los años noventa del siglo XX.
Nunca participé en alguna lectura en el auditorio, pequeño, que tenía el Instituto Chiapaneco de Cultura, pero sí recuerdo haber asistido a varios recitales, uno de ellos el impartido por Alí Chumacero, una noche que se le pasaron las copas y llegó a leer un poco con la lengua de trapo.
Después del tiempo del Ateneo en Chiapas, el gran movimiento Cultural se dio bajo la dirección del Doctor Andrés Fábregas Puig y el equipo de colaboradores. Mucho está por escribirse. Es necesario contar con el testimonio de quienes fueron actores en ese periodo histórico.
Posdata: el edificio tenía líneas simétricas, recuerdo las escaleras que llevaban a las plantas superiores, en un cubículo estaba la oficina de Socorrito Trejo, con frecuencia pasaba a saludarla. Ella siempre ha sido muy generosa conmigo. Cuando organizaba los Encuentros Literarios Femeninos (mirá) ella me invitaba a moderar alguna mesa. Yo le decía que era un encuentro de mujeres. ¿Horma de qué me miraba? ¿Me hablaba al tanteo?
¡Tzatz Comitán!
jueves, 22 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON EL AGUIJÓN DEL TIEMPO
Querida Mariana: “reloj, detén tu camino…” Así lo pidió Roberto Cantoral en su famosa canción. ¡Petición imposible! Bueno, el reloj del palacio municipal en Comitán sí le ha hecho caso al compositor en varias ocasiones. A veces, los peatones pasan, alzan la vista, ven el reloj que permanece parado. El reloj del edificio del ayuntamiento comiteco ya tiene sus buenos años y ahí sigue marcando el tiempo, en ocasiones arrastrando las patas y el minutero.
En los años sesenta, antes de los tiempos de celulares donde todo mundo sabe qué hora es, el pueblo comiteco medía su tiempo con el reloj del palacio.
“¿Qué horas son?”, preguntaba el muchachito y otro decía: “Las horas de tu calzón”. Siempre pensé que era un juego bobo, que sólo apelaba a la rima fácil. El calzón nunca tuvo hora. Salvo el comiteco que, de apodo, le decían “Tono Calzón”. Salvo este calzón, ninguno otro dio la hora.
Y antes del reloj del palacio municipal, ¿cómo medía la hora el pueblo comiteco? Por ahí circula en el Facebook una fotografía donde se ve que en el lugar de los chorros de La Pila hubo un reloj de sol. ¿Mirás lo que acabo de escribir? Justo en el centro de la pared de los chorros había un círculo, coronado con un motivo artístico, que era un reloj. Los burreros que llegaban a cargar los barriles de agua para vender en el centro, sin duda que tuvieron la destreza de descifrar la hora en ese chunche arcaico, genial. Iba a escribir reloj solar, pero podía confundirse con la tecnología actual. Ahora existen lámparas solares, que guardan energía y se activan cuando llega la tarde. Son chunches geniales. El reloj de La Pila era un sencillo instrumento que daba la hora a través de la sombra que proyectaban los rayos solares. Si era un día nublado, el relojito no funcionaba, no daba la hora.
En los años cuarenta, pienso, pocas personas tenían relojes de pulso. Sólo los hacendados tenían relojes de leontina. De ahí, sin duda, quedó la costumbre (que a mí todavía me tocó) de pedir la hora a alguien que se miraba con posibilidades económicas. “¿Qué hora tiene usted?”, preguntaba alguien y la otra persona se subía la manga de la camisa y checaba la hora en su reloj de muñeca, también llamado reloj pulsera.
Cuando tuve en mis manos un celular moderno, pensé que nadie más iba a necesitar llevar reloj en la muñeca. ¿Quién se sometería a tal tormento? Me equivoqué. Ahora todo mundo tiene celular donde basta ver la pantalla para saber la hora, pero existen millones de personas que usan el reloj pulsera, porque éste, aparte del símbolo de caché que significa, posee una serie de funciones que lo hacen muy atractivo. Ahora, se llaman relojes inteligentes y, además de dar la hora, monitorean la salud. Romeo dice que él checa cuántos pasos da al día, es un podómetro, instrumento que antes sólo utilizaban los deportistas especializados.
Como todo en la vida, los relojes también se volvieron símbolo de estatus. El reloj, en sentido estricto, marcaba el tiempo. Pronto alguien tuvo un cronómetro, ah, era más fifí. En los años setenta, te he platicado, hubo una estación radiofónica que era muy escuchada, porque daba la hora cada minuto y uno de sus anunciantes favoritos era Haste, porque Haste, una marca de relojes, era “la hora de México”, así decía su promocional. Medio mundo tuvo un Haste (hasta yo).
“Sabia virtud de conocer el tiempo”, así dice el primer verso de un poema de Renato Leduc, que se popularizó gracias a que la convirtieron en canción. Este poema fue producto de una apuesta. Alguien le dijo que era imposible rimar la palabra tiempo, Don Renato no se quebró la cabeza, rimó la palabra tiempo con la palabra tiempo y se sacó la espina. Acá en Comitán, el poeta anónimo también no se quebró la choya, rimó “son” con “calzón” y popularizó un dicho.
Posdata: la gente dice que “el tiempo vuela”, que el tiempo se escurre como agua por entre los dedos. Algo de misterioso tiene el tiempo, porque sí se puede asegurar, que como lo enseñó Einstein, el tiempo es relativo. Conforme la vejez se acumula, el tiempo se hace más breve. Es icónico el ejemplo que dice que cuando niños se hacía eterna la llegada de la navidad, para recibir los regalos; en cambio, cuando alguien tiene más de sesenta años (que es mi caso) cuando venís a ver ya llegó la siguiente navidad y así cada vez más veloz, como si el tiempo, en lugar de viajar en el Tren Maya lo hiciera en el Tren Bala.
¡Tzatz Comitán!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)











