Arenilla
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domingo, 5 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍAS INTERVENIDAS
Querida Mariana: ¡todo es digital! El mundo toma millones de fotografías todos los días. Los profesionales tienen cámaras digitales y los legos celulares de alta gama, o de media gama o de baja gama (te soy honesto, no sé qué significa esto de las gamas, pero lo he oído y lo repito. Lo único que sé es que los de baja gama cuestan unos cuatro mil billullos y los de alta gama pueden costar hasta cien mil pesos. ¡Dios de los mercadólogos, auxílianos!)
Todo es digital. ¿De verdad todo es digital? ¡No! Por fortuna, dos grandes artistas comitecas, Julia Guillén y Libertad Guillén (las dos chicas de Libster), recientemente presentaron una exposición en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, donde la palabra artesanal está más presente que nunca. La muestra se llama “Azul nostalgia” y exhibe una serie de fotos intervenidas y reveladas con el proceso artesanal de cianotipia.
En el texto de presentación, Julia y Libertad explican cuál es el proceso de cianotipia. Mirá: “La cianotipia es un proceso fotográfico en el que se usan químicos fotosensibles que al estar en contacto con luz ultravioleta nos revelan la imagen que queramos, utilizando negativos de fotos, flores o básicamente cualquier objeto que produzca una sombra”.
Maravilloso, ¿no? Tenía tiempo que no escuchaba la palabra negativo, refiriéndose a procesos fotográficos.
Cuando entré a la Casa Museo y comencé a ver la exposición de estas fotografías intervenidas me llené de gozo, de asombro. Estaba frente un azul nostalgia que me remitía a épocas pasadas, donde el color sepia abarcaba todos los registros de luz. Acá (entiendo que es la característica de este proceso) todo tiene, en efecto, una tonalidad azul (tomé una foto de la foto para compartir con vos. La fotografía que tomé no me tomó ni un segundo, fue instantánea. Pensé de inmediato en el tiempo que Julia y Libertad destinaron para realizar este sueño compartido. Pensé, asimismo, que en tiempos donde todo es inmediato y existe un ansia de velocidad, ellas elongaron su tiempo y crearon una obra que está muy lejos, lejísimos, años luz, del Photoshop y de la IA. En pleno siglo XXI dos jóvenes comitecas, muy jóvenes, nos entregaron un cuaderno actual con imágenes que parecerían sacadas del pasado, ellas han demostrado en forma artística que Einstein tenía razón con respecto a su teoría de la relatividad del tiempo.
Conozco a Julia y a Libertad, de vez en vez las he visitado en Libster, sé que son grandes bordadoras, excelsas trenzadoras de urdimbres, por esto, las fotografías reveladas con el proceso artesanal de cianotipia las han enriquecido con bordados sugerentes, es la nota de color, la mariposa que vuela sobre su cielo azul cianotipia.
Pero eso no es todo. ¿Hay más? ¡Claro que hay más! Las imágenes están acompañadas con textos, textos de una factura sensacional. Digo que tomé una foto de un cuadro que se llama Los anturios de Mamá, donde está el corredor de la casa materna, con techumbre de madera, piso de ladrillo, puertas y ventanas de madera y macetas de barro, macetas que desbordan en flores. Mirá qué texto acompaña a la fotografía:
“LOS ANTURIOS DE MAMÁ.
En casa, mamá colecciona flores, siempre cabe una más.
Las riega y cuida religiosamente. Sé que, aunque me vaya muchas veces, siempre volveré a buscar el aroma a tierra mojada y pan casero de medio día.
Un día veré mi reflejo y hallaré sus ojos, pondré música un sábado y será la suya, tomaré café y será en el jardín, rodeada de las flores que ella plantó”.
Posdata: el texto está en primera persona, alguien de las dos lo escribió, no sé quién, no importa, el texto es bellísimo, puedo decir que las dos chicas son grandes artistas, como si fueran flores ellas también desbordan su talento en las macetas de barro de este pueblo maravilloso.
Con estas obras, sencillas, discretas, bellísimas, Julia y Libertad nos han devuelto lo valioso de la vida, lo que se está perdiendo en este tiempo donde el mundo insiste en decirnos que lo de hoy es lo digital. ¡Falso! ¡La riqueza del espíritu está por encima de los chunches tecnológicos! ¡Felicidades a Julia y a Libertad!
¡Tzatz Comitán!
sábado, 4 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, CON GUATEMALA
Querida Mariana: la tía Elena vio la foto, ¿sabés qué dijo? Ah, cuánto sotanudo. Pues sí, todos son estudiantes del Seminario de Guatemala. La fotografía es de 1936 y están, precisamente, en un patio del Seminario Tridentino de Guatemala. ¿Mirás la similitud del patio con los patios de las casas comitecas?, se alcanza a ver el piso del corredor: mosaicos, como los que hacía don Paquito García o don Enrique Cancino.
Quiero pensar (no me hagás caso) que el personaje que está de lentes, sentado en el centro es algún prelado y los demás son seminaristas, futuros sacerdotes.
En el centro, detrás de ese personaje con lentes está un comiteco, que luego sería sacerdote y se encargaría del templo de Santo Domingo, al principio, y luego del templo de San Sebastián: el padre Carlos J. Mandujano García, quien también fue el fundador del Colegio Mariano N. Ruiz.
Ya te he platicado que el padre fue alumno de la escuela primaria que dirigió el maestro Mariano N. Ruiz. Cuando terminó su educación primaria, dice doña Lety Román de Becerril que el joven Carlos fue a estudiar al Seminario Conciliar de San Cristóbal de Las Casas, “estuvo en el Seminario de San Cristóbal durante casi cuatro años, en los cuales, dada su capacidad intelectual, se desempeñó brillantemente hasta el año 1935 en que, debido a la persecución religiosa, cierran la institución y parte a Guatemala, según fecha asentada en su pasaporte, el nueve de marzo de ese año”.
Ah, qué buena labor de doña Lety en la recopilación de datos importantes para la historia de nuestro pueblo. Y doña Lety da más datos: “El viaje lo hizo en compañía de don Héctor Trujillo González quien había crecido al cuidado del padre Natividad Gordillo, un santo y audaz sacerdote nacido en Comitán que sufrió enormemente en esos duros años de represión y nunca dejó de ejercer su ministerio aún a costa de su seguridad personal”.
¿Ya detectaste el nombre del sacerdote que cuidó de Héctor Trujillo? ¡Claro!, es el famoso padre Naty, el que luego fue párroco de la iglesia de La Trinitaria. Sus restos mortales reposan en el templo de aquella maravillosa población. Acá (lo celebro) doña Lety da a conocer rasgos muy valiosos del padre Naty: primero vemos que cuidó a niños en su crianza y segundo vemos que fue un sacerdote que no cejó en su chamba. Vos, yo y medio mundo de acá sólo parecemos recordar al padre Naty en la faceta que doña Lety menciona como audaz, por su carácter severo. Recordá que el pueblo comiteco lo recuerda con una anécdota donde el padre Naty recomendaba a la feligresía que no comiera carne en Semana Santa y un indígena preguntó: “Ni jígado, tata padre” ¡Ni mierda, indio pendejo!, fue la respuesta. Y la otra anécdota es donde como respuesta a la pregunta de si habría misa, él respondió: “¡A huevo, hijita!” Por eso, en Comitán todavía se sigue usando la frase: “Como dijo el padre Naty” y ya no se dice más, porque todo mundo sabe que significa: ¡A huevo!
Tengo un amigo y varios conocidos que estudiaron en el seminario. Hablo del Seminario de San Cristóbal. La mayoría de ellos desertaron por alguna razón, mi amigo dice que, ya a punto de “graduarse” como sacerdote se dio cuenta que las muchachas le gustaban más que cualquier cosa en el mundo, abandonó el seminario y se dedicó a perseguir muchachas bonitas para cumplir con la misión divina de amarlas.
Busqué información en Internet y hallé datos muy interesantes, el primero fue que el Seminario Conciliar de Guatemala, también llamado Seminario Tridentino, fue fundado el 24 de agosto de 1527; y el segundo es que eso de Tridentino es porque nació a raíz de acuerdos llegados en el Concilio de Trento.
Posdata: los conocidos y mi amigo que estudiaron en el seminario son gente con una gran capacidad intelectual, ni duda cabe que en esas instituciones recibían un cúmulo de conocimientos y se volvían muy disciplinados. Mi amigo es mi sapientísimo amado Gutmita, el uyuyuy, generoso amante de mil mujeres y las que se agreguen en la presente semana. Dios bendiga su espíritu.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 3 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE SABINES NOS TIENE EN LAS MANOS
Querida Mariana: Sabines llegó a Comitán. Es un decir. Llegó a través de obras artísticas. Un grupo de artistas participa en la Exposición Colectiva de Artes Visuales. Dicha exposición está montada en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. Si lo mirás bien es interesante el ejercicio: la palabra alimenta las artes plásticas y viceversa, maravilloso ejercicio. La exposición recibió el siguiente título: “Me tienes en tus manos”, es un homenaje a Jaime Sabines en el centenario de su nacimiento, organizado por Coneculta-Chiapas.
El título de la exposición, por supuesto, viene de un poema de Jaime que así comienza: “Me tienes en tus manos y me lees lo mismo que un libro”. Y luego sigue: “Sabes lo que yo ignoro y me dices las cosas que no me digo”.
Sabines llegó a Comitán. Llega de vez en vez. Cuando vivía en Yuria, su rancho, que está camino a Los Lagos de Montebello, la gente lo veía en forma frecuente. Ahora, ya muerto, viene de vez en vez o, tal vez, sería mejor decir que acá está en forma permanente, porque todavía hay paredes que tienen fragmentos de sus poemas, fragmentos que han soportado el paso del tiempo. Se sabe, la palabra del poeta, del buen poeta, no tiene fecha de caducidad.
El poema de donde sacaron el título de la exposición es muy leído. Muchos chicos, enamorados, lo dicen a sus amadas, para confesarles que ellas son el centro de sus vidas. Claro, como en muchas relaciones, acá hay una gran dependencia: “Me tienes en tus manos”, acá en Comitán se dice que la muchacha trae al chavo “cacheteando las banquetas”. No es bueno que alguien te tenga en sus manos, porque puede hacer tantita presión y el ahogo aparece, la asfixia se vuelve algo insostenible, pero, lo sabemos, el pueblo donde habita el amor tiene esas avenidas, algunas tienen baches, otras son polvosas, unas más oscuras y, gracias a la vida, hay unas que son como bulevares de primer mundo, donde todo fluye sin riesgo.
Sabines llegó al museo. Johana Fritz hizo favor de enviarme el cartel en inbox (ella estuvo la noche de corte de listón de la muestra. Johana presentó cuatro telas, en su estilo abstracto, pleno de color. Al lado de Johana, más de cincuenta artistas presentan sus obras, todas tienen el feliz pretexto de la vida y obra del poeta mayor de Chiapas. Hay muchos cuadros que presentan retratos de Jaime y otros que son sugerencias dictadas por los versos del poeta.
Basta entrar a la sala del museo para hallar a Jaime por todos lados, en los muros, en los lienzos, en el aire. Hay una serie de piezas de cerámica, parece que son factura de Tania Mandujano, donde a la hora del té o del café, las tazas son un recordatorio permanente a través de palabras de Sabines: “Vive, vive, vive”.
A mí me gusta el poema de donde tomaron el título de la exposición: “Me tienes en tus manos y me lees igual que un libro”, ya mirás por qué me gusta. ¡Sí!, por la comparación con el acto de leer un libro, porque un libro sí es un objeto para tener en las manos y llevárselo al corazón, al espíritu, a la mente. Dejando de lado la cosificación del amor, sería bello que una pareja tomara al otro como un libro, lo palpara, subrayara lo más interesante de la relación, lo leyera una y otra vez, lo abriera con cuidado y se bebiera cada palabra como se bebe el agua en el desierto.
Los lectores sabemos, querida mía, que leer es uno de los actos más bellos, más tiernos, más sublimes. Lo mismo sucede cuando alguien siente pasión por lo que hace. Lo mismo, digo yo, sienten los artistas que ahora exponen su obra en el museo. He visto la pasión de Johana, la de Robbie, la de mi amiguísima María Auxilio, la de Aurora, la de Zamorano, la de Alegría, la de Martha y Rafael. A ellos los conozco, he visto cómo toman el soporte de su obra entre las manos y lo leen igual que se lee un libro, porque con ello leen la vida y nos la transmiten.
Posdata: me contaron que llegó muy poca gente al acto inaugural, poquísima gente. Es una pena. En Comitán tenemos un museo de arte y es poco visitado. Llegó Sabines al museo y pocos compas estuvieron para recibirlo. ¿Quién se lo pierde? Dora Patricia y yo fuimos al día siguiente de la inauguración y disfrutamos mucho la variada propuesta. La plástica chiapaneca está presente en un museo donde hay mucha obra plástica oaxaqueña. Chiapas llegó junto con Sabines y el pueblo comiteco lo ignoró. ¿Servirá de algo decir que la muestra está visible más días, para que la gente acuda? La entrada es libre. La muestra celebra el centenario del poeta, el que nos regaló ese maravilloso poema de “¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán?”
¡Tzatz Comitán!
jueves, 2 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, CON RAMAS
Querida Mariana: Juan “todos ponen” me invitó a conocer el Árbol de la Noche Triste. En ese momento vivía en la Ciudad de México. Dije que no, lo agradecí. No me motivaba trepar a dos camiones para conocer un árbol con tal nombre. ¿No conoces el significado histórico?, preguntó. Dije que sí. En algún momento en clase de Historia había aparecido el árbol, la anécdota contaba que Hernán Cortés había llorado frente a ese árbol, porque los mexicas habían triunfado en una batalla. Esto es como lo de la Batalla de Puebla donde se habla que el ejército mexicano se vistió de gloria al derrotar al ejército francés, uno de los más importantes del mundo. Parece que estos dos símbolos no son dignos de orgullo. Al final, el llorón de Hernán Cortés le puso en su mandarina a los mexicas, gracias al apoyo de los tlaxcaltecas y lo mismo sucedió con el ejército francés que, al final, regresó para vencer a los mexicanos e instaurar a Maximiliano como emperador de México.
Ahora me entero que al Árbol de la Noche Triste ya no lo llaman así, ahora lo denominan el Árbol de la Noche Victoriosa, ¡Dios mío!, como si este cambio de nombre pudiera modificar la realidad que no puede ocultarse, acá sí puede aplicarse eso de “ganó una batalla, pero perdió la guerra”, a final de cuentas el resultado final es el que cuenta.
Cuando Juan “todos ponen” me invitó dijo que iríamos a un barrio tradicional de la Ciudad de México. ¡Ay, señor! A mí no me interesaba conocer barrios, a mí me gustaba ir a Plaza Universidad, recién inaugurada, así como estar en la Biblioteca Central de la UNAM o en los auditorios donde presentaban ciclos de cine de arte.
¿Ir al Ajusco? ¿Para qué? Juan “todos ponen” dijo que había bosques muy bonitos. No, él no sabía, o sí, que yo llegaba de Chiapas, pero quería presumirme su ciudad. ¿Bosques? Los de Montebello no tenían comparación y, además, tenían el agregado de los Lagos de Colores, que, en esos tiempos, eran bellísimos, no el agua de caca que ahora tiene un lago en específico.
Total que, pese a su insistencia y buena disposición, yo no aceptaba las invitaciones de Juan “todos ponen”, prefería ir a los museos. Me encantaba ir a los museos, iba a Chapultepec, pero para ir al Museo de Arte Moderno, porque ahí había encontrado un cuadro de Dalí y otros de Remedios Varo, la gran Remedios. En mi pueblito no había arte semejante. No existía el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos, así que nada de obra de Rodolfo Morales y la pléyade de oaxaqueños que lo acompaña.
¿Vamos a La Villa, a Xochimilco?, insistió Juan “todos ponen”. No, compa, dije, no. Acá estoy bien, estábamos bebiendo una cerveza con Tío Cuco y una torta. Al rato iríamos a ver fútbol en la televisión, era domingo. Bueno, con decir que ni ir al Estadio Azteca o al Universitario me motivaba. No, yo era feliz con mi rutina de encierro. Desde Comitán metí en la maleta un tonto instrumento diseñado para medir los espacios peligrosos de la ciudad capital, así que no me metía en entornos que podían afectar mi integridad física o mental. Decidí que sólo viajaba por rutas seguras, que eran las de la universidad y el retorno a casa, donde había gente conocida. ¿Qué iba ir a hacer al Árbol de la Noche Victoriosa?, si ahí los mexicas le habían dado en la madre al español Hernán Cortés, capaz que los herederos de aquellos mexicas revisaban mi credencial y descubrían que mi apellido materno era Torres, mero español, y, en ansias victoriosas me ponían a cocer a fuego lento en un gran cazo o, Dios no lo permitiera, me treparan a una pirámide, me colocaran en la piedra de sacrificios y ofrecieran mi corazón al Dios de la Ignominia.
Posdata: nunca acepté invitación alguna a Juan “todos ponen”, quien estudiaba en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa y vivía cerca de ahí, por el Cerro de La Estrella, donde cada año realizan la representación de la pasión de Cristo. ¿Mirás? Cada año azotan a un compa por las calles y luego lo trepan a la cruz donde esperan verlo morir. En ese momento el medidor de peligros subía al máximo, como cuando el termómetro marca una temperatura altísima. Yo decía ¡salud! y bebía mi cerveza, mientras pedía otras tortas cubanas, una para mí y otra para Juan “todos ponen”.
Sé que ahora estarás pensando por qué me juntaba con él, ah, porque era muy simpático, era un buena gente, un muchacho sin prejuicios y me quería mucho, era como un niñote que quería verme contento, él, en buena onda (como se dice ahora), quería ser mi guía en la gran ciudad, pero sus intereses eran otros, cuando yo lo invitaba al Museo de Arte Moderno él se desquitaba y de inmediato decía ¡no, no voy, no me gusta ir a lugares aburridos!
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 1 de julio de 2026
CARTA A MARIANA, CON ROLLOS VELADOS
Querida Mariana: el otro día estuve en “Luminosa. Escuela de Arte Fotográfico”. Luminosa es un espacio que crearon Jose Welbers y Alejandro Akler. El día que fui había mucha gente, convocada por Olivia Bonifaz, ella estaba feliz por el éxito de su convocatoria. Todos acudimos a saludarla y a observar la exposición fotográfica “Reveladas, las horas invisibles”, muestra que fue posible gracias a la colaboración de la Asociación Consuelo Berges, de Santander, España. Recordá, querida mía, que Olivia vivió en España muchos años y allá desarrolló una amplia labor.
Como siempre sucede en este tipo de actos, la sala de exposición se llenó después del corte inaugural. Como siempre, pensé esperar que se despejara un poco para entrar a disfrutar la exposición, mientras tanto, lo sabés, plática acá, plática allá, saludo acá, saludo allá, todo bonito, todo comiteco, nunca falta el: “qué bien te ves” o el “qué jodido estás”, todo en uno, todo en el mismo paquete.
Después de unos diez o quince minutos, tal vez más, la sala quedó con pocos admiradores de la obra, entré, en una esquina estaba Olivia, ella me acompañó a ver cada fotografía. En todas las imágenes hubo dos constantes: mujeres y relojes. Mujeres de diversas edades, relojes de diversas edades, el tiempo aliado con la vida, conceptos ambos que jamás se detienen. Tal vez uno de los objetivos de esta muestra fotográfica es detenerse, para robarle minutos al tiempo, para tener la sensación de que es posible, como dijo Rosario Castellanos, tener “otra forma de ser”, porque, así me lo explicó Olivia, la intención de estas imágenes es hacer conciencia de “las horas invisibles”, ese tiempo, implacable, feroz, donde las mujeres trabajan con denuedo en labores de la casa, en horas que jamás son remuneradas y mucho menos reconocidas. El tiempo pasa implacable y les arrebata la vida, en pedazos, en labores que se diluyen al final de la jornada. Olivia dijo: “a veces necesitamos también el aplauso”. Sé que lo dijo como un reclamo, como un grito, para decir ¡acá estamos, somos!
Mencioné a Rosario líneas arriba, cuando regresé a casa, después de la exposición, tomé el libro: “Rosario Castellanos. En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros” (libro que me obsequió Chusy Coutiño) y, ¡oh, prodigio!, encontré estas líneas: “se me atribuyen las responsabilidades y tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana. No puedo cambiar de amo”. ¿Mirás qué coincidencia? El grito visual al que nos convocó Olivia en 2026, ya en el siglo XX lo había expresado Rosario con palabras. La lucha continúa.
¿Viste el título de esta carta? Dije que hay rollos velados. En estos tiempos la fotografía ha evolucionado con pasos gigantescos. En los años setenta me encantaba tomar fotografías. Quique hizo favor de comprarme una monumental Yashica, en un viaje que hizo a Canadá. Andaba por todos lados con mi camarita profesional. En 1982 me casé con mi Paty y en el viaje de luna de miel llevé la Yashica y con ella tomé muchos rollos, porque en ese tiempo las fotografías aparecían cuando los rollos se revelaban, pero sucede que en más de una ocasión los rollos no se revelaron, sino que se rebelaron y las fotografías salían veladas; es decir, ¡nada aparecía! En las fotos del viaje con mi Paty muchos rollos se velaron, así que perdimos imágenes que jamás volvieron a repetirse. ¡Chingada madre!, dijimos. Hoy, los tiempos son diferentes. Cuando estuve en la exposición en Luminosa y vi las imágenes pensé que el juego propuesto era ese: fotos reveladas de mujeres rebeladas, porque siempre han estado como fotografías veladas, la historia del patriarcado ha puesto a las mujeres detrás de un velo. Por fortuna, digo, estos tiempos son diferentes. Hoy, las mujeres ocupan espacios donde antes sólo había hombres. Basta colocar acá el ejemplo manido de que en este año tenemos a una mujer como presidenta de la república, ¡una mujer!
Posdata: las mujeres han prendido la vela, para que no haya veladuras, para que no haya rollos velados, para que exista la luz; sus barcos llevan ya las velas izadas.
¡Tzatz Comitán!
martes, 30 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON PANTALLAS
Querida Mariana: a veces no sabemos, pero se dan cambios que modifican la vida. Un día, cuentan los cronistas, llegó el primer auto a Comitán. Podemos imaginar lo que eso significó para la vida tranquila del pueblo, de burros y caballos se pasó de golpe a un auto con tantos caballos de fuerza. Hoy, el pueblo es dominado por autos, se ven muy pocos caballos y pocos burros (bueno, bueno).
A mí me sorprendió la llegada de la máquina eléctrica de escribir. Crecí viendo máquinas mecánicas, en secundaria (en el Colegio Mariano N. Ruiz) aprendí mecanografía con el maestro Jorge, con el uso de una máquina mecánica portátil. Un día, muchos años después, no sé cómo, tuve frente a mí una máquina eléctrica, recuerdo que si tenía un error de dedo podía eliminar el yerro (con las máquinas mecánicas había que usar un corrector, de papelito o líquido). Y así como te lo cuento, con esta velocidad de gacela, un día estuve frente a una computadora de escritorio (los errores de dedo se corregían de inmediato, echando reversa con una tecla).
Ahora que vemos el Mundial en pantallas gigantes recordé que en el del 70 vi un partido (te he platicado) en casa del maestro Paquito García, en una televisión, en blanco y negro. Pocos años después mi mamacita compró una televisión en Casa Tovar, en pagos, también en blanco y negro, en franca oposición de mi papá que se negaba a comprar un aparato de esos (luego terminó amando los programas de la televisión, veía con emoción los partidos de béisbol y las telenovelas). Hubo una televisión en casa, aunque la programación era escasa, porque no había más que algo llamado TRM (Televisión Rural Mexicana) que era una señal enviada por la Secretaría de Gobernación con un criterio de país socialista. Mi mamá decía: “volverán a dar la película del sapo”, que era algo como terrorífico donde un sapo crecía de tamaño y hacía desmanes en los pueblos. Cientos de personas quejosas enviaban cartas a los directivos y esto hizo posible que la TRM programara partidos de fútbol de liga nacional y todo mundo quedó contento, hasta que llegó la televisión comercial (la tía Chena decía que hasta los comerciales eran bien bonitos).
Lo mismo sucedió con los teléfonos, de los fijos pasamos a los móviles. A mí nunca me ha seducido el cambio, me gusta lo rutinario, pero un día, en Puebla, debí comprar un móvil, en los años noventa, un pequeño ladrillo, porque Jesús Ramos, destacado columnista de la prensa poblana, me invitó a acompañarlo a las entrevistas que tenía con políticos destacados y me llamaba con urgencia, así que necesité un chunche de esos, por si estaba fuera de casa. No recuerdo cómo poco a poco los teléfonos se hicieron más pequeños y llegaron a ser lo que son hoy. Durante muchos años estuve contento con un “cacahuatito”, pero Mario me dijo que debía cambiar porque los tiempos así lo exigían, ahora tengo un celular con camarita que recibe WhatsApp (ya lo registré, tal como lo exige el gobierno, a final de cuentas todos mis datos ya los tiene el Sistema).
Pasamos de la gran pantalla del cine a las pantallas micro del celular, porque todas las tardes veo cine y lo hago en el celular; el otro día quise ver un partido de fútbol de esta serie del Mundial y en la tele se congelaba la imagen y no permitía el disfrute de las acciones, Fer hizo favor de bajar la aplicación de TvAzteca en el celular y ahí lo vi muy bien. Como todo mundo ahora me he acostumbrado a deslizar mi índice derecho sobre la pantalla para subir o bajar las páginas que aparecen en el Facebook. Ahora todo es vertiginoso, sé que cuando Gutenberg tuvo la gran idea de crear los tipos para los libros impresos el mundo tardó en recibir la noticia; en estos tiempos los avances tecnológicos llegan de manera inmediata a todas partes del orbe. Formamos pues una aldea global, sin darnos cuenta somos parte de un Todo, un Todo manipulable. Los grandes expertos han explicado cómo cuando hay una gran concentración de personas cada una pierde su individualidad y pasa a formar parte de una masa que olvida, momentáneamente, sus principios. Hemos visto cómo en grupo la gente actúa en forma irracional, basta recordar el linchamiento que se dio en la celebración de la victoria de un equipo, la gente comenzó a mover el auto de una persona sin pensar en las consecuencias. No lo pensamos, no lo advertimos, pero ahora, en el instante de prender el celular y entrar a las redes sociales pasamos a formar parte de ese inmenso grupo de personas que está siendo bombardeada ideológicamente por intereses superiores.
Posdata: pasamos de la pantalla grande a la pantalla pequeña, hablo del tamaño, porque si hablamos de influencias mediáticas, la pantalla chica del celular es poderosísima, tan poderosa como el más desalmado monstruo que jamás tuvo la humanidad.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 29 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON PRESENCIAS FEMENINAS
Querida Mariana: saludé a la querida Maestra Queta Burelo. A Queta la reconocen en Chiapas como una gran activista, actualmente es directora del Museo Café de Chiapas, un espacio maravilloso que existe en el centro de la ciudad capital chiapaneca. La saludé en el pueblo, en el Museo Rosario Castellanos. Ella viajó de Tuxtla a Comitán para estar presente en el foro titulado: “El papel de las mujeres en la educación superior: liderazgo, retos y transformación social”, donde la invitada de honor fue la doctora Mary Carmen Vázquez Velasco, secretaria general de la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas.
Saludé a la maestra Queta en cuanto entré al patio principal donde ya había una gran concurrencia. Fue muy apreciada la invitación del grupo organizador 50 más 1, cuyo lema es: “Mujeres líderes en el mundo”, porque convocó la presencia de más de cien personas. Dora Patricia y yo jalamos dos sillas y las colocamos en los corredores, muy cerca de la pared, porque como dijo Mario Escobar a la hora que lo saludé, el patio central es “un invernadero” (yo pensé en un hervidero). El domo capta todo el sol y lo reparte en forma generosa, tan generosa que medio mundo siente asfixiarse (hubo un momento que se acercó una señora para invitarnos a pasar más adelante, agradecimos la atención, pensé: esperaré llegar al infierno para sentir este tormento).
En el corredor estuvimos a gusto, con calorcito, pero no tan apabullante como el del patio, donde las personas estuvieron estoicas y atendieron el mensaje de bienvenida que dio la maestra Queta y la presentación de la doctora Mary Carmen. En parte de su mensaje, la maestra Queta dijo que el interés de esos foros es “hacer visible el trabajo actual de las mujeres”. Todos aplaudimos dicha frase, porque reconocimos la importancia de poner de relieve lo que ellas hacen por el bien de la patria; lo han hecho desde siempre, pero hubo un tiempo en que se ignoró, en que se cubrió con un manto de niebla y sólo el trabajo de los varones resaltaba. Esto se comprobó cuando la doctora Mary Carmen -en un momento de su exposición franca, sencilla, inteligente, llana- dijo que un grupo de mujeres le solicitó al rector de la Benemérita UNACH que se retiraran los retratos de la galería de rectores que existe en la Librería José Emilio Pacheco, que está en el campus de Tuxtla. ¿Por qué la solicitud? Porque en dicha galería sólo hay hombres; es decir, en la existencia de la UNACH ninguna mujer ha ocupado el puesto de rectora. Por supuesto que la petición es inadmisible, porque es parte de la historia, esto confirma el poco reconocimiento que ha tenido la mujer en este campo de la academia. Pero decimos que poco a poco se avanza en este tema. Lo mismo sucede, niña mía, si entrás a la Sala de Cabildo de Comitán, ¡puro hombre! No se puede negar, así ha sido la historia. Lo mismo puede decirse a nivel nacional, por primera vez hay una mujer en la presidencia de la república, si entramos a la galería sólo hallaremos hombres, pero no podemos quitar las imágenes de Benito Juárez ni de Lázaro Cárdenas, bueno, ni la de Enrique Peña Nieto. Todo es parte de la historia, es la confirmación de cómo en este país se ha relegado a la mujer. ¿Quién será la primera mujer que dirija los destinos del pueblo de Comitán? San Cristóbal tiene presidenta; en Comalapa, presidenta; en Tuxtla ha habido presidentas. ¿En Comitán? Hasta el momento ¡puro varón!
Posdata: escuchamos con interés las palabras de la doctora Mary Carmen, quien se mostró satisfecha por la presencia de la maestra Queta. Ésta comentó que siempre se siente muy bien cuando visita Comitán y manifestó que en esta ocasión lo hacía con gran entusiasmo por acompañar a la doctora Mary Carmen, mujer comiteca talentosa.
El grupo 50 más 1 fue fundado por María Elena Orantes, quien ahora es cónsul general de México en Houston. Dicho grupo busca impulsar la equidad, la paridad y el empoderamiento femenino en espacios de decisión.
Claro, no puede llegar cualquier mujer sólo por serlo, se necesita talento, dedicación, compromiso. Ese día estuve frente a dos mujeres líderes: Queta Burelo y Mary Carmen Vázquez Velasco.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 28 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON CAMINOS POR IZTAPALAPA
Querida Mariana: Juan Villoro estudió en la UAM, yo también. Villoro nació en 1956 y yo en 1957. Él nació en la Ciudad de México, yo, en Comitán. ¿Ya miraste que juego?
Juan Villoro entró a la UAM en 1976; es decir, cuando tenía veinte años. Yo entré a la UAM en 1974; es decir, cuando tenía 17 años. Recuerdo que un compañero me dijo: ¿De verdad tienes diecisiete años? Hacíamos fila para recibir la credencial. Estábamos en el edificio de rectoría de la unidad Iztapalapa. Este compañero no creía que yo tenía esa edad, era muy joven. No existe registro de ello, pero pienso que fui uno de los alumnos fundadores más jóvenes. ¿Por qué Villoro entró a estudiar Sociología a la edad de veinte años? Recordá que Villoro estudió primaria y secundaria en el Colegio Alemán y la preparatoria en el Colegio Madrid. ¿Yo? Ya lo sabés, primaria en la Matías de Córdova, secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz y el bachillerato (tres años) en la Preparatoria del Estado.
Villoro tuvo un periodo de vacaciones forzadas, porque el ciclo del Alemán era diferente al del Madrid, así que tuvo que esperar varios meses para inicio de curso. Su biografía dice que este periodo fue esencial para su vocación de escritor, porque en ese periodo de descanso leyó la novela “De perfil”, de José Agustín, libro que detonó su deseo de ser escritor. ¡Bendito cambio de escuela!
¿Ves que juego? Juego porque el recuerdo de Villoro detona el mío. Él recuerda que la unidad Iztapalapa de la UAM estaba en un erial de la Ciudad de México cercano al Cerro de la Estrella; dice que cerca había un convento de monjas vicentinas, una cárcel de mujeres y un tiradero de basura. ¡Dios mío! Sí, recuerdo que debía tomar dos camiones para llegar. Vivía en la colonia Roma, llegaba hasta la Calzada Ermita Iztapalapa y ahí tomaba el segundo camión. No recuerdo a qué hora salía de casa, pero debió ser antes de las seis para llegar al campus antes de las siete; lo que sí recuerdo es lo que Villoro define como erial. El primer día comencé a temblar, el camión avanzaba, pero no se veían casas, la civilización había quedado atrás. Vi los pocos pasajeros que seguían arriba del camión y vi que todos eran jóvenes, llevaban libretas igual que yo, así que me atreví (yo, que siempre he sido muy tímido) a sentarme al lado de uno de ellos y preguntar adónde iba. Su respuesta me confortó: a la Universidad Autónoma Metropolitana. Uf. Bendito Dios. Sé que ahora hay una estación del Metro que está muy cerca de la unidad Iztapalapa. Yo tenía que tomar dos camiones. Villoro vivió en la colonia Del Valle. Su colonia con la mía (es un decir) son vecinas, así que Villoro viajaba casi la misma distancia. ¿Él tenía carro? No lo sé, no creo. Tal vez hacía lo mismo que yo, viajaba en autobús y leía en el trayecto (siempre y cuando hubiera disponible un asiento). Recuerdo que el primer día que fui a la universidad llevé una libreta (donde la cantante María Medina me dio su autógrafo, porque ese día ella cantó el himno de la universidad) y un libro para leer, lo que no recuerdo es qué libro llevé. En mi maleta comiteca llevé un libro: “Sólo para comitecos”, de Armando Alfonzo Alfonzo. Pienso ahora que lo llevé para remojar la nostalgia.
Juan se desplazaba con eficiencia en su ciudad, yo lo hacía en forma titubeante, subía al camión, entraba al salón, bajaba del Metro, caminaba por la Alameda, todo con pasos titubeantes. No tenía mucha conciencia de estar en la ¡gran ciudad!; sin embargo, algo me hacía extrañar mi pueblito.
¿Ves que juego? Juego con algunos recuerdos de Villoro. Uno los míos con los de él, porque, aunque nunca coincidimos en el campus, él estudió ahí. El único detalle que nunca superó fue que yo fui de la primera generación, de la generación que inauguró el campus. Claro, Juan se tituló de sociólogo. ¿Yo? Sólo estuve un cuatrimestre, porque me inscribí en Ingeniería y reprobé todas las materias, ¡todas! Lo único que me da orgullo decir es que estuve en clase con el doctor Carlos Graef Fernández, uno de los grandes científicos de este país; es decir, un sabio me reprobó.
Posdata: de cuatro ¡dos! Cuatro de la palomilla nos inscribimos en la UAM. A mí me tocó Iztapalapa, Miguel estudió en Xochimilco y a Quique y Jorge les tocó en Azcapotzalco. Quique y Miguel se titularon, Quique como abogado y Miguel como ingeniero agrícola. Jorge y yo nos quedamos en la orilla, sólo metimos los pies en el agua de la Metropolitana, nos secamos las patas y nos fuimos a otras universidades: Jorge a La Salle y yo a la UNAM. Tampoco en estas universidades logramos el sueño de nuestros padres, tal vez porque nosotros, ilusos, soñábamos otros sueños. Jugueteamos la vida universitaria. Por eso ahora, juego, ¿ves que juego?
¿Qué más queda?
¡Tzatz Comitán!
sábado, 27 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON MANOS LLENAS DE BARRO
Querida Mariana: ya se acerca la Feria del Barro. Es un hermoso reconocimiento a nuestro pueblo, un homenaje a la identidad. Recordá que nuestro pueblo, después de llamarse Balún Canán se llamó Comitlán, voz náhuatl que significa Tierra de alfareros. De ahí que ahora nuestro pueblo se llama Comitán. Cuando llegaron los mexicas a estas tierras vieron que muchas personas se dedicaban al noble y maravilloso oficio de la alfarería.
Los días 17, 18 y 19 de julio se celebrará la Feria del Barro 2026. El comité organizador formado por Manuel de Jesús Aguilar, Ramón Folch González, Jose Welbers y Lenin Milian pone su entusiasmo y talento al servicio de esta genial iniciativa. Como todas las grandes obras, la Feria del Barro comenzó con pasos titubeantes, ahora ya es una muestra exitosísima. Cada año llega más gente a disfrutar las actividades culturales que ahí se desarrollan y a gozar las obras expuestas y a adquirir piezas para llevar a las oficinas o a las salas de las residencias.
En el más reciente número de Arenilla, revista impresa, se publica un artículo de Ramón Folch, quien es arqueólogo, doctorante en la Universidad Estatal de Orizaba. Dicho artículo lo tituló: “La alquimia del barro. Tradición, memoria y fuego en la región comiteca tojolabal”. Es un artículo muy interesante y aleccionador. Mirá cómo unió tres conceptos señeros: tradición, memoria y fuego, porque el barro mezcla estas esencias, que se ven reflejados en cada pieza que trabajan las manos de las artesanas y artesanos comitecos. Acá está presente la tradición, en las obras se advierten las manos y los espíritus de todas las personas que han trabajado el barro durante siglos, ¡siglos! De ahí la importancia de esta feria, que, sin duda, es una de las más importantes de la región en el sentido cultural. ¿Y la memoria? ¿Y el fuego? Cada persona tiene su particular interpretación acerca de estos conceptos, porque la memoria habla, igualmente, de una tradición que ha pasado de mano a mano. Una vez que el barro ha sido modelado por manos hábiles y amorosas, debe pasar por el fuego, que es símil de la pasión para el amor entre parejas. Los expertos saben que la obra debe estar expuesta al fuego durante un tiempo preciso, que no se pase, porque se quema, que no le haga falta porque se quiebra. El tiempo justo lo otorga la experiencia; es decir, la memoria de la tradición.
Ramón Folch dice que: “los ingredientes del barro son la arcilla, el bax y la arena. Al igual que en el cemento el secreto está en las proporciones entre la arena y la arcilla, el bax está formado por cristales molidos que dan al barro la cualidad refractaria; es decir la capacidad para aguantar el fuego sin romperse”.
Los lectores y lectoras que deseen leer completo el artículo del Maestro Folch pueden encontrarlo en el número 53 de Arenilla que ya está disponible en forma gratuita. Deseamos que la mirada del público lector se pasee por esa historia que lleva siglos gestándose en nuestro territorio. Comitán es tierra de alfareros, Manuelito, Folch, Jose y Lenin honran a nuestra tierra con esta iniciativa, ellos convocan a decenas de artesanas y a cientos de espectadores.
Posdata: los días 17, 18 y 19 de julio, todo mundo debe visitar San José Obrero, la visita es un reencuentro con nuestra identidad, con nuestra historia, con lo que somos.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 26 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON CAMINATAS
Querida Mariana: camino. Sabines dice que fue un peatón. Cuando camino soy un peatón. Camino mi pueblo. Los visitantes caminan otros pueblos. No todo mundo es turista en su pueblo. Yo sí. Camino, soy un peatón. Antes caminaba más. Ahora, a mis sesenta y nueve años de edad, me topo con amigos en la banqueta, nos saludamos y más de dos me dicen: “acá seguimos caminando”. Jamás hubiésemos dicho o pensado eso a los dieciocho. Cuando uno tiene dieciocho, la caminata es cosa natural. A los sesenta y nueve comienza a entrar al terreno de lo sobre natural. Medio mundo dice que la edad es algo mental. Las piernas desmienten tal aseveración. Es necesario, dicen los expertos, que el cuerpo humano esté en movimiento.
Caminaba, caminaba mucho a los dieciocho. Los amigos y conocidos también caminaban mucho. En ese tiempo no teníamos carros, caminábamos, sin que el maestro Víctor nos dijera, con el megáfono: “uno dos, uno dos, uno dos”, nosotros caminábamos. Ahora entiendo la diferencia entre amigos y conocidos. Tenemos muchos conocidos, basta caminar por la banqueta para hallar a muchos conocidos, nos saludamos. Que estés bien, igualmente. Hasta luego. Adiós. Cuando uno se topa con un amigo el afecto obliga a detenerse tantito, aparece el saludo de mano o el abrazo y un ligero intercambio de palabras. A veces, se hacen citas para un día después, para ir a desayunar o a tomar la copa.
A los dieciocho caminábamos sin pensarlo, casi casi como maneja un automovilista que lo hace, con cuidado, pero ya de manera automática; casi casi como escribo en el teclado de la computadora. Caminábamos con pericia. De pronto, un día vimos a alguien que caminaba delante de nosotros y lo hacía titubeante, era un hombre mayor. Supimos que caminar no era un acto tan sencillo y natural.
Camino y veo un pueblo sucio. Siempre ha sido así. Desde que tenía dieciocho años, cuando tenía quince, seis. Pueblo sucio. En los años sesenta en la parte posterior del mercado Primero de Mayo había un enorme basurero, los mercaderes botaban ahí su basura, era frecuente hallar cabezas de reses, los esqueletos con residuos cárnicos; era frecuente ver decenas de zopilotes desayunando. Caminaba y lo veía. A dos cuadras del parque central. Pueblo cochino. Ahora, a mis sesenta y nueve, camino y encuentro basura por todos lados. En las paredes hay pintas, grafitis, la palabra puto aparece en muchos lugares, de vez en vez un ocasional cotz. En las calles encuentro muchas bolsas de plástico, condones usados, bolsas de Sabritas, envases de yogurth, caca de chucho, papeles diversos.
Un amigo me dijo, hace tiempo, que le había sorprendido Comitán en una visita, por la limpieza de sus calles. No sé en qué tiempo fue, no en los míos. He caminado mi pueblo y he constatado que es un pueblo sucio. Me explican que es un tema cultural, no aprendimos a ser limpios, siempre hemos sido cochinones. Tuvieron que venir los fanáticos japoneses para dar una lección de limpieza, al término del partido levantaron toda la basura, dejaron los espacios como los hallaron. Muchos mexicanos aplaudieron tal actitud. Lástima que fue lección no aprendida. Culturalmente, México es un pueblo cochino, todo lo convertimos en un chiquero, todo lo hacemos un achigual.
Camino. Cuando camino por el centro, por las pendientes, tengo mucho cuidado para no resbalar por las lajas. Cuando camino por la periferia disfruto la caminata, sólo debo cuidar de no pisar excremento y vigilar que no haya perros cerca, les temo, ellos saben que les temo y genero una sustancia que es atractiva para ellos, dicen: “ahí viene un temeroso, ¡ataquémoslo!”.
Posdata: camino. Me gusta caminar. Camino con precaución. Ya no lo hago con la pericia y la naturaleza de mis dieciocho. A veces le digo a mi mente que todo es mental, que la vejez es una actitud, pero mis piernas contradicen mi pensamiento y se mueven más lento, más lerdas. A la lentitud debo agregar los esquivos de las jaurías y de la basura. Pido a Dios que no aparezcan chuchos, no podría eludirlos. ¿Correr? Ni que tuviera la condición física del maestro Temo Alcázar, hombre de más de ochenta años que él sí parece de dieciocho. No todo mundo.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 25 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE: NO ME LO ESPERABA
Querida Mariana: cuando se dice “No me lo esperaba”, se abre una ventana donde lo incierto aparece. Hay cosas inesperadas que producen dolor, en cambio, hay otras que sólo disfrute proveen.
Hay momentos de la vida en que suceden cosas inesperadas y son amables, como en este caso, afectuosas al ciento por ciento. Digo como en este caso, porque ayer encontré esta fotografía en un cuaderno viejo. No esperaba encontrar la foto que es testimonio de un instante sublime para mí, donde tampoco esperaba pararme frente a la mesa de honor.
Estoy en un escenario donde se efectuó una ceremonia de fin de cursos. No sé qué año sea el de la fotografía, tal vez Paty Cancino, quien está en primer plano, pueda decirme qué año fue porque acá espera criaturita, aunque puedo arriesgarme a decir que fue ya en los años noventa, porque el padre Carlos, quien siempre presidía las ceremonias del Colegio Mariano N. Ruiz, está ausente, en su lugar de honor está el padre Raúl Mandujano García, quien me da la mano y con la otra sostiene un reconocimiento que recibí, reconocimiento que llenó mi espíritu, porque cuando estudié la secundaria en el colegio no obtuve ninguna medalla de aprovechamiento que sí obtuvieron algunos de mis compañeros y compañeras, los más aplicados, los más inteligentes, los más dedicados, los más responsables y respetuosos. ¿Yo? Ah, pues, estamos chupando tranquilos, ni fui aplicado ni inteligente ni dedicado ni responsable y sí fui un poco irrespetuoso. Así que este reconocimiento que me dieron, sin yo esperarlo, significó un momento de satisfacción. Miro que todos sonríen, en sus caritas muestran afecto por el reconocimiento que recibí. Todos sonríen: Vicky, el maestro Jorge Gordillo, la maestra Durán Flores, mi compadre Luis Campos, Doña Lili Pulido, la madrecita Sara y Paty. No me lo esperaba. Si te das cuenta tengo colgada una cámara de video, mi chamba en esa ocasión fue grabar los actos más relevantes de la clausura. Estaba sobre el escenario porque grababa con la cámara frente al ojo. Este fue el momento de entrega de reconocimientos para los alumnos más aplicados y al final escuché que el maestro de ceremonias hizo un silencio prolongado y dijo: “hay un reconocimiento especial para…” y escuché mi nombre. Con la clásica actitud del que nada espera, mi rostro se puso colorado al oír mi nombre, la gente que estaba en el teatro aplaudió y a mí no me quedó más que adelantar mis pasos, seguirlos, como si fuera una sombra, una sola sombra larga, larga y me paré frente al padre Raúl, quien me vio detrás de sus lentes, extendió la mano, algo dijo y yo nada dije, porque no sabía qué decir y recibí el reconocimiento. ¿Qué hacer? ¿Lo mismo que habían hecho los alumnos, quienes dieron la mano a cada uno de los personajes de la mesa de honor? No lo hice, mi espasmo lo impidió, no hice más que volver la vista al frente y agradecer la ovación. Para ese momento la chiveada ya había cedido, había dado paso a una emoción que era el aura del cariño recibido. ¿Por qué me dieron ese reconocimiento? Andá a saber. Me lo dieron y punto, lo recibí turulato de gozo, porque no me lo esperaba. Autoridades de mi colegio, donde estudié mi educación secundaria, me daban un diploma, nada por ser chipocludo en las materias, nada por ser el más disciplinado, no, por nada de eso, tal vez era como ese canto que dice: por ser un buen compañero, por ser un buen compañero. Pero, como no lo esperaba, lo disfruté mucho, cuando volví a mi lugar, en un extremo del escenario y quise recuperar mi tranquilidad de minutos antes no lo logré. Subí la cámara frente a mi ojo y mi mano temblaba, como si el aparato de video tuviera un efecto especial de sensurround.
Posdata: cuando llegué a casa lo primero que hice fue mostrar el diploma. Mi mamá preguntó: por qué te lo dieron. No sé, dije. Mi mamá rio y dijo: son los mejores diplomas. Sí, las cosas inesperadas son lo mejor, siempre y cuando sean como en esta ocasión, una cubetada de nubes con confeti.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 24 de junio de 2026
CARTA A MARIANA, CON NUEVE ESTRELLAS
Querida Mariana: Mario Escobar me invitó a conducir un programa en Radio Imer Comitán, La voz de Balún Canán. Pienso que fue en 2010. Yo dirigía el Centro Comiteco de Creación Literaria, que fue una iniciativa apoyada por la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar y el Honorable Ayuntamiento de Comitán, cuyo presidente era el contador público José Antonio Aguilar Meza. Hablo del Centro Comiteco de Creación Literaria porque ahí conocí a Dora Patricia Espinosa, quien en ese momento conducía un programa en la Radio Cristiana. Cuando la escuché hablar supe que era una chica con gran talento, con una manera especial de expresarse, luego supe que la habían reconocido con el Premio Estatal de la Juventud, en el área de oratoria. La invité a acompañarme como conductora del programa (autoridades de IMER, de la Ciudad de México, opinaron en 2017 que el programa era tan exitoso que sugerían tardara una hora más -tenía una hora de duración- y que el conductor dejara que la coconductora participara más. ¡Ups!)
Desde 2011 hasta 2017 Dora Patricia y yo acudimos puntualmente a la cita radiofónica. El programa se llamó: “Crónicas de adobe”, un título genial que creó Mario Escobar, quien ahora es el mero chipocludo del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía de Chiapas. El programa inicio con la presencia de cronistas de Comitán y de la región, pero cuando sugerí mi estilo para que el programa fuera más ágil, ellos se retiraron, fue cuando llegó Dora Patricia. La principal diferencia se suscitó cuando, con todo respeto, planteé a los cronistas que, si iban a hablar del proceso de hechura del pan, por ejemplo, sería más interesante invitar a una panadera para que diera su testimonio. Al final, la aceptación de la audiencia me dio la razón y tuvimos un programa que fue escuchado por mucha gente del pueblo y de la región, hasta donde llegan las ondas de la emisora.
Todo iba muy bien, hasta que apareció un detalle. Un amigo de Tuxtla, hombre talentosísimo de Chiapas, me llamó y dijo que estaba empecinado en crear una escuela diferente en la ciudad de Tuxtla, ¿podía tener un espacio en la radio comiteca para que comentara su proyecto? Lo comenté con las autoridades de la radio local. Me dijeron que podían darle un espacio en el noticiario que se transmitía en las mañanas. Has de comprender que la intención del maestro era muy noble, sin afán de lucro (al final no logró concretar el proyecto). Perfecto. Pero (ah, la vida), la tarde del 27 de junio de 2017 al llegar con Dora Patricia para la transmisión del programa apareció el recién nombrado subdirector de la radio, me llamó y dijo que el noticiario se abriría para mi amigo siempre y cuando yo pagara una cierta cantidad. ¡Qué! Traté de explicar que llevaba años y años llegando puntualmente al programa, comiendo antes de la hora y gastando mi gasolina, sin recibir un pinche quinto a cambio. ¿Ese era el trato que merecía? El señor, desde su posición de mínimo poder, me dijo que así eran las disposiciones y que pagaba o no había espacio para la entrevista. Ya nada dije. Fui a la dirección y le comenté al director que estaba en ese momento (ya no estaba Mario) el trato que me estaban dando, por lo que decidí cumplir con el último programa y no volver. La radio no me necesitaba ni yo necesitaba a la radio. Nosotros habíamos cumplido con responsabilidad y gusto para dar espacio a mucha gente que dio testimonios valiosos de vida. Lo hicimos al estilo que nos identifica, sin solemnidades, con humor, con respeto para los oficios, profesiones, servicios y vocaciones de nuestra gente. Tuvimos grandes invitados, ¡todos!, desde el modesto talabartero hasta el encumbrado científico.
Así, el 27 de junio de 2017 hicimos el último “Crónicas de Adobe”, llegó el doctor Hugo Humberto Morales Zúñiga, quien compartió sus experiencias profesionales en Cuba. Todo el mes de junio lo dedicamos a reconocer al escritor comiteco Javier Omar Ruiz Gordillo, así que antes de platicar con el entrevistado, leíamos y comentábamos algo acerca de la obra del talentoso narrador e investigador. Todo iba bien, hasta que apareció la clásica batuta del que se cree director de orquesta y echa a perder los acordes armoniosos de los ejecutantes. Fue un trato indigno. No se valía. Cómo no, ya sabemos que la vida así es. Dora Patricia y yo seguimos con los proyectos para servir a la patria desde nuestra modesta trinchera. Ahora estamos a punto de cumplir los nueve años de la revista impresa Arenilla. Hace nueve años dejamos la radio, tiempo que ha servido para seguir usando la palabra en beneficio de la sociedad. Tuve razón: la radio no nos necesitaba ni nosotros necesitábamos a la radio. Polo Borrás era sabio, decía: que con su pan se lo coman.
¡Tzatz Comitán!
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