sábado, 30 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE PREGUNTA ¿SI VEINTE ES NADA, QUÉ ES CUARENTA?

Querida Mariana: ¿recordás la letra de la canción que dice: “que veinte años no es nada”? La letra tiene un jueguito encerrado. Recordé esa frase cuando leí el texto que me envió Carlos Román, que tituló: “40 años, 40”, donde dice que el 31 de mayo de 2026 cumple cuarenta años de haber llegado a Chiapas. ¡Cuarenta! ¿Cuarenta años no es nada o es nada? Digo esto, porque la trampita está en la negación, si la canción dice que veinte años no es nada, quiere decir que veinte años es algo. ¿Qué son los cuarenta de Carlos en Chiapas? ¡Es mucho y poco! Mucho tiempo en su vida personal y poco en lo que el estado de Chiapas ha recibido de su talento. Recuerdo que el gran poeta Quincho Vázquez decía, elogiosamente, que Carlos era tan talentoso como Borges. Sí, Carlos escribe en forma inteligente y cuidada. Su prosa es limpia, posee un gran talento narrativo. Te recomiendo, mi niña, que le des una vueltita al texto de Carlos, para que mirés cómo sintetizó su vida chiapaneca. Él le tiene un gran aprecio a Comitán, disfruta cuando viene al pueblo, se expresa elogiosamente de nuestra tierra, además, dice, debe tener cierta cercanía con todos los Román del pueblo, ¡con todos! Esto es un elogio para la familia de ese apellido, porque no cualquier familia puede decir que cuenta entre sus integrantes con un destacado intelectual. Entre los muchos dones que posee, Carlos puede presumir de una memoria, casi cercana a la que poseyó su tocayo Monsiváis o la que tuvo Doña Lola Albores, quien podía estar pendiente de cinco cosas a la vez, no cualquiera. Doña Lola, además de su memoria sorprendente tenía la capacidad de atender a una mujer que estaba embarazada, de ver la telenovela, de escuchar la radio, de platicar con la persona que le acompañaba y de responder a la mujer que, desde la calle, le ofrecía tsolitos, todo a la vez, ¡todo a la vez! Qué capacidad tan brillante. No sé si Carlos tenga esa capacidad, pero lo de memorioso sí es una cualidad que posee y la aprovecha en forma generosa en su conversación y en su escritura. Admiro los textos que escribe y que comparte. Digo pues que los cuarenta de Carlos en Chiapas han sido muchos pero pocos, porque es un cántaro que rebosa talento y riega muchas orillas, pero, como el día no tiene más que veinticuatro horas, no puede sembrar más ceibas en el territorio común. No, porque él debe convivir con sus cercanos, así que quienes se ven favorecidos con su talento, con su charla formidable, son los que echan la botana y la cerveza con él. Su halo se ve reducido, no tiene la gran ventana de la radio o de la televisión. Cuando aparece en programas culturales, en presentaciones de libros, en conferencias, en charlas en público, su horizonte se extiende más, se expande, entonces, medio mundo tiene la posibilidad de recibir las carretadas de luz de su talento. Carlos es un hombre con un gran talento literario, un hombre de gran cultura. Parecería que no hay tema que le resulte ajeno. No lo sé, pero advierto que de niño fue tan curioso como lo es de grande. En su texto “40 años, 40” confiesa que su novela favorita de las escritas en Chiapas es “Los arrieros del agua”, de Carlitos Navarrete, otro Carlos que ha dado mucho lustre al estado con su presencia. Estos arrieros intelectuales llegaron a Chiapas un día, se asentaron acá (en buena hora) y han sembrado haces de luz en las orillas de nuestros caminos y de nuestros ríos. Ah, bárbaros, cómo han caminado, cuánto han pepenado. Todas las piedritas y gajos que han recogido en sus andares, como grandes demiurgos, las han transformado en conocimiento de nuestra historia. Carlos Román dice que en el libro de quinto grado de primaria vio una imagen del Cañón del Sumidero y no lo explica, porque todo misterio está rodeado de cañones y de sumideros, pero supo que algún día viviría en una ladera de esa gran orilla (se cumplió, porque su residencia anda por el rumbo). En el texto donde hace la síntesis de los cuarenta años de su vida chiapaneca confiesa sus pecados y sus virtudes, como si el papel fuese un espejo, no donde se pregunta ¿quién es el más bonito? sino ¿quién es el que está libre de culpas? Así, en el confesionario público, donde no hay sacerdote sancionador, dice que le coquetean la lujuria, la gula y la pereza. Ah, cuánta fuerza de voluntad para superar esos vicios. Desde la distancia, así como veo, sé que Carlos ha vencido a la pereza por marcador amplio, porque un hombre perezoso al cien por cien no realiza toda la creación que él ha logrado, así que la pereza queda fuera; ¿la gula?, pues no sé si puede llamarse así al gusto por la buena comida, porque, eso sí, sus amigos y familiares saben que Carlos es un gourmet de los buenos, aprecia la buena mesa, porque ésta permite la convivencia genial. Vaya pues, Carlos sí cede a la gula. ¿Qué onda con la lujuria? Ay, Carlos, todos tus deseos se cumplen, porque sos un hombre que no pone diques a la vida, al goce. Sos amante de la vida y ante esa pasión no dejás árbol por trepar, río por nadar, montaña por escalar, pasión por descubrir. Tus cuarenta en Chiapas han sido un permanente gozo por lo que este estado te ha puesto enfrente. Pero, ¡ah, bendita balanza! ante esas debilidades, contraponés tus virtudes, que son muchas, que son las que disfrutamos y celebramos. Tus virtudes son la gran coraza que pulveriza a la ira, a la avaricia, a la envidia y a la soberbia. Estos pecados no van con vos, no son parte de tu vida. Tus amigos reconocen eso, de inmediato, sos de carácter afable (tal vez por ratos brinca el enojo, pero como gran domador lo contenés), sos un hombre mesurado, nada envidiás porque reconocés tus talentos y no pedís peras al olmo, porque tu árbol está hecho de otra sustancia. Carlos advierte que con la soberbia pelea seguido. Enrique García Cuéllar, talentoso amigo común, dice que Carlos posee la humildad de los grandes. ¿Cuántos son cuarenta? El tiempo, la mera verdad, no puede medirse, es moldeable. Si es plastilina se derrite, si es barro cocido permanece y si es bronce puede ser eterno. Carlos tiene su propia visión de sus cuarenta años en Chiapas, sus amigos tienen otra visión. Yo digo que agradezco su afecto, agradezco su talento, agradezco que quiera a nuestro pueblo. Cuando Carlos viene a Comitán algo en su mirada se ilumina, porque luminosa es esta ciudad. Posdata: dice la letra de la canción: “que veinte años no es nada”. Carlos cuenta que cuando lo expulsaron de una escuela un compa le dijo: “nunca serás nada”. Le atinó el compa, porque Carlos nunca fue nada, siempre ha sido todo. Que vengan muchos años chiapanecos más, para que Carlos viva contento y para que Chiapas se beneficie de su talento. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 29 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON COMITECOS DESTACADOS

Querida Mariana: conocí a José y a Julieta Andrade en el Colegio Mariano N. Ruiz, hace algunos años. Ellos cursaron ahí su educación secundaria, luego los perdí de vista. Un día supe que radicaban en Puebla. José me envió un correo ayer. Me dio mucho gusto, más cuando me enteré del motivo. Me compartió la fotografía que te envío. En la foto aparece su sobrino Roberto Andrade Figueroa, José dice que Roberto es mero comitecazo y agregó que, en el momento que José escribía, Roberto se estaba graduando de una maestría en Harvard. Vos y yo sabemos que Harvard es una de las universidades más prestigiosas del mundo. Por esto, José me compartió la información con mucho orgullo. Un comitecazo brillante realizó una maestría en la universidad que siempre aparece en los cinco primeros lugares del ranking de universidades de todo el mundo. Ah, cuando recibí el mensaje de José también me alegré. Ahora, con igual emoción comparto con vos esta gran noticia. Hace días nos alegramos en el pueblo cuando supimos del triunfo de la selección de fútbol de Chiapas, con jugadores de setenta y más, que obtuvo el primer lugar nacional. Nos alegró la noticia, porque varios integrantes del seleccionado son comitecos. Ahora, en el plano académico nos enteramos que otro hijo de nuestro maravilloso pueblo triunfa en el extranjero, en Harvard, nada más y nada menos. Deseo en este momento unir el nombre del sobrino de José Andrade al de Octavio Paz y al de Carlos Fuentes, porque los dos eminentes escritores mexicanos recibieron el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Harvard; ahora nuestro destacado paisano Roberto Andrade Figueroa obtuvo su maestría en esa destacada universidad. Y como me encanta hacer entrecruzamientos te cuento que en la casa de Marie José y Octavio Paz, en la CDMX se presenta el 30 de mayo 2026 el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”. Mirás cuánto nombre ilustre, personas relevantes e instituciones brillantes. Me uno al júbilo de José y sé que vos también te sentirás orgullosa. Ah, qué prodigio de mentes se dan en este pueblo. José me dijo lo siguiente, transcribo textual para no fallar con sus palabras y su sentimiento: “No sé cuántos de nuestro pueblo lo hayan hecho antes, no importa, pero uno más siempre suma”. ¿Mirás? La última frase es lapidaria, rotunda, exacta, precisa, genial: uno más siempre suma; es decir, si ya algunos paisanos han merecido la gloria de titularse en Harvard ¡lo aplaudimos!, pero ahora disfrutamos el triunfo del sobrino de mi admirado José Andrade. Cuando recibí el mensaje de José, junto con la imagen pensé que como yo nunca estuve en Harvard ¡no sé inglés!, así que de inmediato le pedí a una amiga que hiciera una traducción y me envió lo siguiente, que es como una ficha del graduado. Te paso copia: Lugar de origen: Comitán, Chiapas, México. Roberto, originario de Comitán, Chiapas, México, está impulsado por una pasión por utilizar datos y evidencia para fortalecer a los gobiernos locales. Durante su tiempo en HKS (Harvard Kennedy School), se enfocó en innovación del sector público, análisis de datos y política urbana, mientras construía comunidad a través de amistades con personas de distintas partes del mundo. Antes de HKS, trabajó para el Gobierno de la Ciudad de México en proyectos relacionados con desempeño policial, prevención del crimen y análisis de datos sobre COVID-19. Deja Cambridge con una apreciación aún más profunda por el servicio público y está entusiasmado por continuar ayudando a los gobiernos locales a resolver problemas mediante evidencia, tecnología y mejores sistemas. Frase o recuerdo favorito de HKS: “¡Implementación, implementación, implementación!” Posdata: hasta acá la breve ficha. Sólo para que reflexionés repito la frase: ¡implementación, implementación, implementación!, que suena como un ideario, un modo de atreverse a vivir estos tiempos. ¿Qué es implementación? Pues es, nada más y nada menos, que el acto de poner un plan en acción. Ahí te dejo la frase, para reflexión. Sin duda que el gran comitecazo Roberto Andrade Figueroa, de esto sabe mucho. Agradezco a José Andrade que haya pensado en mí para compartir esta gran noticia. Nosotros celebramos los triunfos de los paisanos, ellos ponen en alto el nombre de nuestro bendito pueblo. Felicito a José y a su hermana Julieta, ellos también son chicos brillantes. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 28 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON GENIALIDADES

Querida Mariana: somos producto del lenguaje, el lenguaje nos nombra, el lenguaje nos define. Usamos las palabras para comunicarnos, para pedir café, para decir gracias o para expresar vituperios; pero, ¡oh, bendición!, usamos las palabras no sólo para lo cotidiano, para lo del día a día, sino para convertirlo en literatura. Los poetas, los verdaderos, emplean las mismas palabras que usa la gente común, las que están contenidas en los diccionarios, pero hacen el acomodo de tal manera que suenan prodigiosas, como si fueran renuevos, como mariposas libando flores. Por eso, mi amado Gutmita, dice que después de los santos ¡los poetas! Probablemente la santidad aparece cuando asoma la poesía, cuando el acomodo de palabras se convierte en una oración infinita. Me encanta tomar libros y ver el acomodo de las palabras, no están puestas al “ahí se va”, están colocadas al “ahí se ve”, se ve digno, maravilloso. Hoy tomaré un sencillo ejemplo de lo que digo, de lo que es obvio, de lo que la humanidad ha reconocido desde que el mundo literario hizo su aparición. El escritor Élmer Mendoza escribió un recuerdo, dijo que una tarde el otro enormísimo escritor Fernando Del Paso le dijo que “hay que tomar el toro por los croissants”. ¿Mirás? Un ligero cambio de palabra hace el prodigio de iluminar una frase común. Un croissant es lo que en México llamamos cuerno. Así que acá hay un mestizaje lingüístico, una mezcla que deslumbra, que hace más brillante el horizonte. Si en este país hubiera más lectores, el mundo sería diferente, porque los miles y miles de esposos a quienes sus mujeres les ponen el cuerno, no se sentirían tan ofendidos al saber que no les ponen el cuerno sino que les ponen el croissant. Les daría hambre, en lugar de coraje. Y ya que hablo de Fernando Del Paso, copiaré, al azar, una línea de su excepcional novela “Noticias del Imperio”. Del Paso escribió lo siguiente: “Yo que recuerdo al coronel López Bello como un ángel de la luz que cabalgaba a mi lado en el camino a Córdoba y me ofrecía ramos de orquídeas”. Del Paso fue un narrador sensacional que siempre lindó en el terreno poético, porque su literatura es maravillosa. ¿Viste cómo comparó al coronel López Bello? Lo comparó con un ángel de luz. Todo mundo sabe que en narrativa la comparación es un recurso muy empleado. Los críticos literarios llaman Símil a la comparación. Los escritores, los buenos, hallan comparaciones brillantes, alejadas del lugar común. Esto es lo que hace que el lenguaje literario sea diferente al de todos los días. Pero debo recular en lo dicho, porque en las comunidades indígenas hay gente que habla en forma literaria. Acá, muy cerca del pueblo, he escuchado algunas expresiones que son bellísimas, que hablan de un conocimiento ancestral. ¿Cómo una persona indígena, hablante de tzeltal o de tojolabal habla en castellano y dice expresiones tan bellas? Puede decirse que son grandes traductores de su propio pensamiento. ¿Recordás la oración que dice la nana de la niña en la novela “Balún Canán”, de Rosario Castellanos? La mujer indígena lleva a la niña ante el altar y se la encarga a Dios, porque la niña, su niña, viajará con su papá y su mamá a la hacienda familiar. La oración es bella, muy literaria. La autora logra transmitir la emoción de la nana. Mirá está línea: “Apiádate de su lengua. Que no suelte amenazas como suelta chispas el cuchillo cuando su filo choca contra otro filo”. Acá habla de la capacidad del lenguaje y advierte que éste sirve para lo que siempre ha servido: como ungüento y como baba de rabia. Acá le pide a Dios que retenga la carrera de la palabra, que no se desboque en amenazas y utiliza un símil con las chispas que suelta el cuchillo cuando su filo choca contra otro filo. Y sabemos que la gente molesta, la que usa la palabra como elemento para infundir miedo “saca chispas”, a la hora que grita. En el poema “Yo no lo sé de cierto”, de Sabines (a quien festejamos el centenario de su nacimiento en este año), leemos lo siguiente: “Todo se hace en silencio. Como / se hace la luz dentro del ojo”. ¿Mirás qué perfección, qué hondura de reflexión? No hay una sola palabra que no empleemos en forma común los que no somos poetas. Jaime logró una imagen maravillosa, con pocas palabras, con palabras de todos los días. “Todo se hace en silencio”, dice, pero suelta la comparación que engrandece el verso: “Como se hace la luz dentro del ojo”. Mi amado Gutmita dice un dicho fregón: “Prometer hasta meter; una vez metido retirar lo prometido”. Posdata: es fascinante la capacidad de la palabra en boca de un poeta, en boca de un escritor que, como si escogiera granos de maíz, elige las más luminosas, las más frescas, las que producen la misma sensación que alcanza el sediento al beber un vaso de agua. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 27 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON CUENTOS

Querida Mariana: había una vez. En la escuela escuchábamos la frase. Desde nuestro pupitre nos alegrábamos, poníamos atención. El maestro leería un cuento. A todo mundo le encantaban los cuentos. En lugar de resolver fastidiosos problemas matemáticos o aprenderse de memoria los nombres de las capitales del mundo (estábamos seguros que de nada nos serviría), disfrutábamos los cuentos que nos leía el maestro, porque eso incentivaba la imaginación y vos sabés, querida mía, que la imaginación es la que ha movido el mundo desde su origen. ¿Qué otra cosa, sino la imaginación, fue la que creó la historia del origen del universo? ¿Qué otra cosa, sino la imaginación, fue la que creó a los primeros habitantes de la Tierra: Adán y Eva? La imaginación permite cultivar la inteligencia, así, los creadores del mito usaron nombres cortos, fáciles de aprender. Imaginá que los imaginativos creadores hubieran llamado Godofredo al primer hombre y Gumersinda a la primera mujer. Ellos supieron que todo mundo, al final, habría dicho Godo y Gumer. Por eso, eligieron nombres cortos: Adán y Eva, ya sería un exceso decir que los primeros habitantes fueron A y E. Había una vez, decía el maestro y nosotros, sentados en los viejos pupitres de madera, pintados de verde, poníamos atención, si alguien (nunca falta) hablaba, todos los demás decíamos ¡Sht!, exigiéndole respeto. No faltaba el que decía: ¡que salga! Cuando el orden volvía, el maestro regresaba a la narración. Ah, qué momento tan sublime. Hubo niños y niñas que tuvieron el privilegio de que ese instante se prolongara, porque las mamás o los papás les contaban cuentos a la hora de dormir. ¿A poco no es hermoso pensar en un tiempo donde en la escuela se escuchaba la frase: había una vez; y luego en la noche se repetía? Era como un mantra de vida, como una oración sublime. Había una vez quería decir que hubo un tiempo donde sucedía tal cosa, y tal cosa podía ser desde el gatito extraviado que al final encontró el camino a casa, hasta el monstruo que se aparecía en la casa del tío hasta que un elefante noble lo despanzurraba con sólo bajar su pie. El había una vez se escuchaba en muchos lugares, ¿qué tanto se escucha ahora? ¿Qué tanto la niñez de estos tiempos del siglo XXI sigue escuchando cuentos? ¿Los papás y mamás siguen abonando a la imaginación o dejan todo al cultivo de las pantallas? Acá estoy con la pequeña Nat. Le di la foto original a la IA y me regaló esta imagen ¡maravillosa! Digo maravillosa, porque la IA es generosa, al viejito ya casi pelón le puso una blonda cabellera, de viejito agradable. Nat es una niña de un año cuatro meses de edad, es hijita de mis amigos Iván y Cielito. Es una niña adorable, ha crecido en medio de libros, nada de pantallas. Me pongo de pie, como decía el gran cronista deportivo Ángel Fernández. Me pongo de pie, porque sus papás, en estos tiempos donde la pantalla impera, donde los papás les dan celulares a sus hijos para que se entretengan con esos chunches tecnológicos, han hecho que su criatura crezca en medio de un bosque de libros, le compran muchos. Nat sabe que sus amigos son los libros, ya tiene un espacio en el librero de su tía y ahí los acomoda y hace el tiradero para ver las imágenes, para disfrutar esos maravillosos objetos culturales. Su papá y su mamá leen las historias en voz alta, historias mínimas, adecuadas para su edad. Cuando su papá llega del trabajo lee y la pequeña Nat sigue las imágenes. Ahí ella escucha: “Había una vez”. La frase que conmovió la mente de los niños de antaño sigue vigente, sigue alimentando la imaginación, poniendo estrellas en los cielos infantiles. Vos me contaste que, también, de niña, tus papás te leían y vos te fuiste aficionando a la lectura. Somos amigos porque vos y yo hemos sido lectores. Recuerdo que así nos conocimos, me viste con un libro en el parque, vos te sentaste en la banca de enfrente y sacaste un libro de tu mochila. Como no queriendo levanté tantito la vista para descubrir qué leías. ¿Qué leías? El mismo libro que yo tenía en las manos. Vos, como no queriendo, también husmeaste el título y cuando viste que leíamos lo mismo, levantaste tu ejemplar, como si fuera una bandera y ahí nos reconocimos integrantes de una misma cofradía y ahora doy gracias a Dios que tu juventud te dio la libertad de acercarte a mí y decirme: Soy Mariana, tú ¿cómo te llamas? ¿Cuántos años de eso? No lo sé, todavía tenía cabello, casi casi como estoy en la imagen bendita donde estoy al lado de la maravillosa Nat. Y ya luego platicaste que tus papás, igual que los papás de Nat, todas las noches, antes de dormir, te leían libros de cuentos. Había una vez, una vez infinita. Posdata: la vez que me senté al lado de Nat y ella me mostró su libro me sentí feliz, el niño más feliz del mundo. ¡Tzatz Comitán!

martes, 26 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON TRIUNFO NACIONAL

Querida Mariana: Juan Carlos López Pinto vivió el triunfo. El cronista deportivo logró patrocinios y acompañó al seleccionado de Chiapas de Fútbol Veterano. Gracias a él nos enteramos del camino que siguieron los jugadores hasta llegar a la final y vencer al seleccionado de Baja California. Vimos que el partido terminó empatado y se decidió en penales, con una soberbia actuación del portero chiapaneco, quien detuvo dos tiros. Fue una actuación sensacional. En cuanto me enteré del triunfo le llamé a mi amigo Jorge Gómez Solís, el famoso “Negro”, de la Pilita Seca. ¿Fuiste?, le pregunté. ¡No!, me dijo. Me contó que se lesionó durante los partidos que celebraron en el estatal, donde el seleccionado obtuvo el derecho de ir al nacional que, entiendo, se celebró en Lázaro Cárdenas, Michoacán. ¿Así fue o invento? Jorge no fue al nacional, no participó, en cambio se fue a Tuxtla, donde, orgulloso, chento, vio la actuación en la escaramuza de la pequeña Ximena, su nieta, niña linda. ¿Mirás? La familia de Jorge está metida en el ajo de la cultura y del deporte. Su esposa, descanse en paz, la maestra Trini, fue una gran declamadora, don que heredaron sus hijas y ya la descendencia; por su parte, Jorge siempre ha sido un entusiasta jugador de fútbol soccer y sigue en activo; bueno, salvo cuando se lesiona por una patada de más. Sus hijas también le heredaron el gusto del deporte y practican carrera y ahora su nietecita anda trepada sobre caballos, caballos de pura sangre, no como los pochorocos que montan los que participan en la entrada de flores en honor a San Caralampio. Bueno, pochorocos algunos, porque el caballo que monta el presidente Fox es un caballo finísimo. Por cierto, Jorge me platicó que Fox ayudó con paga para que fuera el seleccionado a su encuentro con el destino maravilloso, pero quien más paga soltó fue el gobernador de Chiapas, cuando se enteró que irían a jugar a Michoacán, con la representación de Chiapas, soltó buena paga. Eso me da mucho gusto. El apoyo económico es fundamental y es bueno que la autoridad destine dinerito para ayudar a conseguir sueños, como sucedió en esta ocasión memorable. Así me gustaría que también existiera apoyo para actos culturales. Jorge me contó que el seleccionado estuvo integrado por jugadores, de más de sesenta años, de diversas partes del estado, de Comitán hubo cuatro; de San Cristóbal, tres; tres, de Tuxtla; dos de Trinitaria y de otros lugares. Me platicó que el portero “El tufos” es buenísimo, pero se quedó en la banca, porque el otro portero, un compa de Tuxtla, es experto en parar penaltis y se demostró que el entrenador no se equivocó porque el portero tuxtleco hizo la hazaña de detener dos penaltis, ¡dos! Esto permitió que los jugadores chiapanecos alzaran la copa. Los veteranos ganaron a las selecciones de Guerrero, de Puebla, de Michoacán y de Baja California. Ah, qué maravilla. Jorge, contento, me dijo que los aficionados de Comitán ya no están preocupados si México llegará al quinto partido, en el Mundial, ¡ya tenemos el Nacional de Veteranos!, me dijo, y colgamos. Él y yo ya teníamos que ir a la chamba. Mi memoria pichancha retuvo apenas dos nombres de jugadores comitecos: Pepe el toro y El avión. Además, ya mencioné a “El tufos”, el gran portero, que cedió su lugar al portero tuxtleco, buenísimo para atajar penales. Jorge no lo mencionó, pero sé que en el seleccionado triunfador estuvo mi amigo Toni Guillén, quien fue mi compañero en la primaria Matías de Córdova y en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz, y es un gran apasionado por el deporte de las patadas. Así como la descendencia de Jorge heredó el gusto por el deporte, uno de los nietos de Toni heredó la pasión por el fútbol soccer y, como resultó muy bueno, ya juega en equipos de ligas mayores, ya dio el brinco de jugar en nuestros campos comitecos a jugar en grandes estadios. ¿Mirás qué bendición? Así como Jorge está orgulloso de su nietecita, montadora de caballos, así el Toni está chento por la actuación de su nieto futbolista. Así es como se hace patria. Posdata: el seleccionado de Chiapas ya volvió a la tierra, acá los recibieron como lo que son, grandes héroes de la cancha. Jorge me contó que en Comitán, el doctor Cuéllar les ofrecerá (o les ofreció) una comida celebratoria, con mixiotes, olla podrida, cerveza, con tequila Fox, amenizada por un tecladista. Eso se merecen, por supuesto. Fernando, el famoso Pina, hermano de Jorge, me dijo que también develarán una placa donde se consigne tal logro deportivo, con los nombres de todos los integrantes. Felicidades a todos los ejemplares futbolistas, que, como se dice, siguen botando la polilla en las canchas, a una edad en que muchas otras personas ya no practican más deporte que estar botados en el sillón. Asimismo, agradezco a Juan Carlos López el acompañamiento a la selección, porque su cobertura permitió que nos enteráramos de las hazañas deportivas en la pantalla de las redes sociales. ¡Bien! Robo la foto que Toni compartió en redes sociales. No sé quién la tomó. Asumo que fue Juan Carlos. Coda. No, ya me dijeron que el fotógrafo fue Omar Suasnávar Castañeda, periodista comiteco. Abrazo para él, también. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 25 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON LIBRERÍAS

Querida Mariana: vos y yo amamos las librerías y las bibliotecas. La semana pasada cerró la librería Porrúa, en Tuxtla. En redes sociales hubo voces tuxtlecas que lamentaron el cierre. ¡Cómo no! A la hora que cerraba Porrúa, de Tuxtla, en Comitán abrían una librería, frente al parque de San Sebastián. Una librería pequeña, pero que habla bien de este pueblo. ¿Recordás que en el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, edición del Gobierno del estado de Chiapas, a través de Coneculta, aparece una carta donde Rosario le dice a Efrén Hernández que le escribe desde “Comitán de Domínguez, Comitán de Las Flores, Comitán de los pianos”? Esto confirma que en el Comitán de los años cuarenta había pianos en muchas casas del pueblo; esto reafirma la vocación cultural de esta tierra, tierra santa, como le llama Gabriel Guerra Castellanos, hijo de Rosario. Igual que Rosario crecí entre bibliotecas y librerías. En los años sesenta iba cada semana a la Proveedora Cultural, de Don Rami Ruiz, a comprar el ejemplar correspondiente de la Biblioteca Básica Salvat, una serie que creó Dámaso Alonso y que fue una de las grandes iniciativas para fomento de la lectura en todo México, porque eran ediciones a precios muy accesibles (al final las hojas se desprendían, porque eran libros modestos, pero cumplían con su misión cultural). En esos años sólo había una biblioteca popular pochoroca en los corredores del palacio municipal; pero, ¡ah, qué desquite!, en los años setenta disfruté a diario el enorme acervo de la gran Biblioteca Central Universitaria de la UNAM, que en ese tiempo era de estantería cerrada. Ya no me tocó la nueva biblioteca, de estantería abierta, la que construyeron durante el periodo presidencial de Vicente Fox, la Biblioteca Vasconcelos, que es un prodigio arquitectónico y resguarda miles y miles de libros. Ah, la hubiera disfrutado, como sé que la disfrutan cientos y cientos de lectores. Sigo creciendo entre bibliotecas y librerías. Sé que ambos espacios dan vida a la gente, tal vez más que cualquier otro espacio. En las bibliotecas y librerías siempre está su majestad ¡el libro! Cerraron la Librería Porrúa en Tuxtla. Acá en Comitán tenemos una Porrúa. Hubo un tiempo que corrió el rumor de que la cerrarían, por fortuna no sucedió así. Claro, si la gente no se acerca a comprar libros corre el riesgo de que también cierren y entonces, como los tuxtlecos, lamentaremos la ausencia. He crecido entre librerías y bibliotecas. Reconozco los dones de ambos espacios. En Comitán contamos con la Biblioteca Pública Rosario Castellanos, que está a media cuadra del parque central, un espacio que, por desgracia, siempre que llego lo encuentro casi ausente de lectores. No reconocemos la virtud de contar con ese espacio prodigioso. Cuando viví en Puebla iba frecuentemente a librería de allá, que las hay muy buenas, o si no me daba un brinquito a la Ciudad de México y ahí mi espíritu se fortalecía. He crecido entre librerías y bibliotecas. Cuando volví a Comitán, después de mi estancia de cinco años en México, tuve incluso el privilegio de ser el primer director de la Biblioteca Pública Rosario Castellanos. Ahora, Comitán cuenta con cinco librerías, la tradicional Proveedora Cultural; Porrúa, que está en el Centro Cultural Rosario Castellanos (a veces me da la impresión que ha bajado en su oferta, llego a solicitar un libro y no lo tienen a la venta, por esto, a veces, los lectores acudimos a Amazon que nunca falla); la librería La rueda del hambriento, a una cuadra del parque de San Sebastián; la librería Diodati, que abrió sus puertas en los primeros días de mayo de 2026 y está a cuadra y media del edificio donde está la Biblioteca Rosario Castellanos, bajando con rumbo a la Pilita Seca, y que es un sueño de tu tocaya, catedrática del Cobach 10; y ahora el nuevo espacio que está frente al parque de San Sebastián, al lado de la chocolatería de Juan Cancino. Posdata: en tiempos difíciles, por una economía bamboleante y por el número decreciente de lectores de libros impresos en todo el mundo, Comitán levanta orgulloso su espíritu y cuenta con una oferta decente de venta del objeto cultural más relevante: el libro. Siempre recuerdo lo que contó mi amigo Héctor Cortés Mandujano, gran escritor: cuando llega a un pueblo busca una librería y adquiere uno o dos ejemplares, como un acto de solidaridad, para decirle al librero que no renuncie; que siga sembrando hatos de luz, porque el mundo tiene esperanza de ser mejor; porque hay gente que sigue disfrutando la sensación de tener un libro impreso en las manos. Es bueno que en la tierra de Rosario Castellanos, nuestra pichita amada, haya librerías, espacios donde los lectores se reúnen, manosean libros, los adquieren y hablan de literatura. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 24 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN TROZO DE VIDA

Querida Mariana: tomé el libro “El olvido que seremos”, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Lo tomé de nuevo porque su portada es muy bella, aparece una niña que sostiene un violín en la mano izquierda, el arco en la derecha; la niña está en un sembradío, se ve una flor sobre un fondo blanco. Es un fotomontaje, sin duda. El blanco del fondo lo colocó el diseñador para que resaltara la figura de la niña. Pero la historia no cuenta la vida de una niña, sino la de un niño con relación a su padre. Así como todo mundo nació del vientre de una madre, el padre intervino para que el milagro de la vida apareciera; es decir, todos tenemos una madre y todos tenemos un padre. El padre del niño de la novela es un padre lindo, muy bueno con él, casi casi le hace todos sus gustos, por eso el niño pide algo imposible: que su padre nunca muera. Tomé el libro para darle una relectura. Tal vez fue en tiempo de pandemia que lo compré en libro digital y lo leí en el Kindle. Pero ahora que estuvimos en la FIL de Guadalajara asomó su carita entre lo que el maestro Pepe Martínez definió como “hectáreas de libros” y Dora Patricia Espinosa y yo lo compramos. Tomé el libro. Como siempre hago, como siempre hace la mayoría de lectores, busqué la página inicial, ahí me topé con la siguiente frase, que es como título del primer capítulo “Un niño de la mano de su padre”. No pude avanzar en la lectura. Ahí me detuve, la frase fue como un foco rojo en semáforo y suspendí la marcha. Sé que a mucha gente le sucede lo mismo. Aparece una frase, un aroma o un detalle que sirve como advertencia para detenerse en el tráfago de la vida y para, un segundo después, ir tras el recuerdo de la madre o del padre ausentes. Ya te dije que aprendí la lección de vida: todos vamos a morir, ¡todos! No hay manera de darle la vuelta a esa certeza. A veces, como me sucedió a mí, se va el padre y luego la madre, mi papá murió en 1990 y mi mamá en 2025, se me fueron en el transcurso de dos siglos. Llegué al siglo XXI sin padre y en el mismo siglo mi mamá se despidió. Cuando leí la frase: “Un niño de la mano de su padre”, pensé en el niño que fui, en mi padre y en la mano (la de él y la mía, porque cuando leí la frase supe que mi mano estaba en la suya, es una posición frecuente, la mano del padre da sostén a la del niño, quien se desplaza sin temor. ¿Qué temor puede existir si el niño está al lado de su héroe, de su súper héroe, del que todo lo puede, del que elimina toda incertidumbre?) Todos los niños que tuvieron papás buenos, como lo tuve yo, recuerdan, sin duda, momentos donde caminaron al lado de sus papás, de las manos de sus padres. No pude avanzar en la lectura. Esto me sucede pocas veces, por lo regular cuando algo me atrae no paro de leer. Este libro es muy bueno, es de los que no se sueltan. Yo no lo solté, pero no pude avanzar, porque la frase me envió de inmediato a la figura de mi papá, a la imagen donde yo, niño, caminaba al lado de mi papá. No avancé, porque la imagen que me provocó la frase me jaló a buscar en mi memoria el momento en que caminé de la mano de mi papá. No lo hallé. Tengo tan mala memoria que los recuerdos se me escapan, incluso los más afectuosos. Recordé una película donde la cámara está detrás de un padre que camina al lado de su hijo, se alejan de la cámara, el papá lleva a su hijo de la mano, se les ve contentos, ya dije que no se les ve los rostros, pero en la forma que el niño camina se nota que va feliz, tomado de la mano del papá, éste va orgulloso con su hijo. Cuando llegan al borde de la banqueta y van a cruzar una avenida donde pasan muchos autos, el papá lo carga, la cara del niño queda frente a la cámara, se le ve pleno, sin temor alguno. Recordé este pasaje, porque el recuerdo que tengo con mi papá, el más entrañable, es el de una tarde que fuimos mi papá, mi mamá y yo al Cine Comitán. Cuando la función terminó, la noche ya había asomado su carita en el pueblo, al salir a la calle, mi papá, como si fuera el personaje de la película, me cargó, yo vestía (mi mamá me lo había puesto) un abriguito, color gris, que siempre lo he visto como la capa que lleva El Principito. Mi papá me cargó, sentí su abrazo, si la cámara de la película hubiese grabado ese instante me mostraría feliz, pleno, seguro, como jamás algo más pudo brindarme esa sensación de que todo estaba bien. Desde entonces, cuando necesito sostenerme en algo para evitar la caída, pienso en ese momento con mi papá y sé que todo estará bien, que lo peor ya está pasando, porque todo es como el agua, como el tiempo, como la vida, todo se diluye. Es una pena, pero es así. Qué bueno que es así, uno quisiera que lo bueno se quedara para siempre, pero todo se escurre; lo mismo sucede con lo malo, ¡se va! Posdata: recomiendo la lectura de la novela de Héctor Abad, es muy buena, tanto, que el famoso escritor Mario Vargas Llosa dijo: “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”. ¡Pucha! ¡Tzatz Comitán!

sábado, 23 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON IA

Querida Mariana: nunca imaginé vivir este tiempo; es decir, con tanta innovación tecnológica. Vengo del siglo XX, un siglo donde no existían tantos avances. Viví el tiempo donde el teléfono era fijo, donde, todavía, se solicitaba a la telefonista que comunicara con tal número; en la Ciudad de México, en los años setenta, hacía fila para hablar desde un teléfono público que funcionaba con monedas. Ahora tenemos los celulares, los llevamos a todos lados, hablamos a todas horas, sólo necesitamos inscribirnos a un plan o comprar “tiempo aire”. Jamás pensé que iba a comprar “tiempo aire”. Claro, todavía no llegamos al instante donde podamos comprar tiempo o comprar aire. Tal vez algún día (ya no lo veré). Crecí en la segunda mitad del siglo XX, un siglo donde, en mi infancia, para ver películas tenías que ir a una sala cinematográfica, comprar un boleto de entrada en la taquilla, entregar el ticket con un boletero, que lo metía en una caja de madera que iba del piso a la panza del boletero y que en la parte superior tenía una rendija. Luego compré una videocasetera, porque, ¡oh, prodigio!, vendían películas en casete. Sí, lo que antes llegaba en unos grandes rollos desde lejos, ahora se podía conseguir en tiendas en el tamaño de un videocasete, que era de este tamaño. ¿Ya miraste el hueco que tengo entre las manos? Bueno, de ese tamaño, más o menos, eran los casetes VHS, luego llegaron los Beta, que eran más pequeños y que obligó a comprar otro chunche para reproducirlos. Nunca imaginé tener cine en casa, todo se veía en la pantalla de una televisión. Algunos de mis amigos con harta paga compraron pantallas grandes, además de bocinas espectaculares, así que disfrutaban el cine casi casi como si estuvieran en una sala, sin la incomodidad de que alguien trepara las patas sobre el respaldo de la butaca y con la posibilidad de hacer pausa si te llegaba la gana de hacer pis (esto en la sala cinematográfica era imposible, si llegaba la gana de hacer pis te parabas, ibas al sanitario y todo lo que transcurría en la pantalla durante este tiempo ¡te lo perdías!) Un día desaparecieron los negocios que rentaban y vendían películas en casete. El siglo XXI llegó y con él las empresas con plataformas, tipo Netflix, que, por una módica mensualidad, te da la oportunidad de ver películas y series desde el teléfono celular o pasarlas en una mega pantalla. En estos tiempos pienso en Rosario Castellanos, la gran escritora que fue una gran cinéfila, a tal grado que viajaba de una ciudad a otra sólo para ver una determinada película. Nuestra amada pichita ya no llegó al siglo XXI, lo hubiera disfrutado como lo hacemos los cinéfilos de estos tiempos. Un amigo (me confió su esposa) está inscrito en todas las plataformas que están a disposición, así cuenta con un enormísimo catálogo para ver. Y ahora, la gran innovación es la IA (la Inteligencia Artificial). Miles y miles de personas (me incluyo) no tenemos mucha idea de por dónde va este tema complejísimo. En redes sociales, mucha gente se alarma ante noticias catastrofistas, acerca de la sustitución de personas por esta herramienta tecnológica. Por ejemplo, yo no sé qué onda, pero cuando necesito algún dibujito para ilustrar las cartas que te envío, le pido a la IA que, por favor, haga su mejor intento y así sucede, en cuestión de segundos me manda una ilustración bien chida, bien hecha. Hace años esta labor se le encargaba a un dibujante, a un ilustrador, a un diseñador, ahora no hay necesidad imperiosa de que un diseñador esté de planta en la empresa. ¿Cómo ha influido la aparición de la IA en el proceso educativo? El magisterio comprometido está pendiente de la carretera que ahora debe recorrer el estudiantado para no quedarse a la zaga de lo que en el mundo se gesta. Una de las ideas principales de quienes no muestran temor ante la aparición de la IA es la de que es un asistente que puede ayudar a grandes logros en todos los campos; es decir, la IA jamás podrá superar a la Inteligencia Natural, la que ha hecho posible la gestación de la IA. Lo artificial jamás ha superado a lo natural, al genio creativo del ser humano. En medicina, por ejemplo, todos los avances tecnológicos coadyuvan a los profesionales a brindar mejores tratamientos. Un amigo que, hace cuatro o cinco meses, necesitó que le practicaran una operación delicada, me contó que cuando estuvo en el quirófano, uno de los médicos responsables le dijo: “le presento al robot que hará la operación”. Esto era inconcebible en los años sesenta del siglo XX. Gracias a los chunches tecnológicos ahora realizan operaciones donde la anterior carnicería queda desechada, los procesos de cicatrización son más leves, porque los cortes son minúsculos. No sabemos hasta dónde llegarán los avances, pero los científicos dicen que en los últimos tiempos el desarrollo tecnológico ha tenido un soberbio adelanto. Estudié en salones donde todos los alumnos de primaria escribíamos en cuadernos y libretas, algunos, los más limitados de recursos económicos, escribían con lápices sin borrador en un extremo. Todavía me tocó escribir con la llamada letra manuscrita, donde, para escribir una palabra, se hacía con una línea continua. Había compañeros que tenían letras exquisitas, otros escribían como hemos visto lo hacía la gran escritora Rosario Castellanos, en forma casi ilegible, tanto que ni ella misma reconocía sus garabatos. En el año 2026 Comitán, igual que los demás pueblos del mundo, goza de muchos avances. La IA no es una materia ajena. Tengo como ejemplo al admirado maestro Xavier González, quien, siempre pendiente de los avances, está muy pendiente de la IA, desde el espacio prodigioso que tiene en Tzimol. Posdata: todo mundo habla de la IA, pero son pocos los que tienen idea completa de tema tan abstruso. Lo profundo ronda nuestra burbuja diaria. No advertimos bien a bien por dónde aparecerá la cola de esta serpiente que, como boa constrictora, nos mantiene en la expectativa del futuro cada vez más cercano. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 22 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN MUNDO IDEAL

Querida Mariana: Juventino es simpático. El otro día lo saludé en el parque, mi parque, el central de Comitán. Ah, galana su vida, estaba sentado en una banca, con las piernas hacia adelante, un zapato sobre el otro, tomando una nieve, de esas sabrosas, de las que vende el nevero (nievero) que se pone debajo de un árbol, frente a La Esquina de Belisario. “¿Y qué pue, vos, Alejandro? No te dejás ver”. ¿Qué decir ante eso? “Salí a asolearme, así me dejo ver”. “¿Querés una tu nieve?”, preguntó. “Va”, le dije. Con emoción se paró y dijo: “Pero vos la pagás y si querés me invitás otra, porque a esta ya le di su extremaunción”. Llegamos con el nevero y mientras nos servía (combinado, de mango y de nuez), vimos un taxista que se paró para bajar pasaje. El nevero está al lado de la calle que va hacia el Teatro de la Ciudad. Vimos al taxista y Juventino dijo: “el mundo ideal será sin taxis ni taxistas. Mirá la cara de ese”. Le vi la cara al taxista, como la de cualquier ser humano, dos ojos (saltones como de sapo constipado), dos cejas (como tzucumos en una pradera oscura, porque el taxista tenía la piel un tantito quemada, del color del tronco del árbol de La Noche Triste) y una barba descuidada, que era como un bosque talado, con puro tronquito irregular. Recibimos los helados, Juventino esperó que sacara un billete de la bolsa, pagué y volvimos a la banca. De inmediato, Juventino volvió con el tema y dijo lo siguiente (no son sus palabras al ciento por ciento, es lo que pepené de su discurso): No hay peor cosa que vayás en tu carro y te toque atrás un taxista, parate tantito en una esquina y verás cómo el taxista toca el claxon y acelera, con esto te da a entender que lleva prisa, que no está de paseo como vos, como dicen los taxistas, ellos están tras la chuleta. Pero eso no es lo peor, lo peor, lo peor, es que toque ir detrás de un taxista, porque debés ir bien pilas, ya que él, por sus huevos lisos, se para en donde alguien lo llama, baja de su unidad, te ve y con su mano muestra los dedos gordo e índice y te hace la seña de que sólo un ratito, abre la cajuela y sube las maletas de su pasajero, vos no debés decir nada, porque ante la mínima muestra de fastidio, el taxista cambia su cara de ángel salvador con la de demonio de las siete cuerdas y puede hasta llegar donde estás, encararte y aventar todo el repertorio de majaderías. Pero me quedo corto, Juventino dijo que eso no es lo peor, lo peor de lo peor, es que toque un taxista adelante y un taxista atrás (aclaró que era sin albur, que era la posición de los autos). Si el primer taxista se detiene el de atrás se deshace en claxonazos, lo que te deja en una posición peligrosa porque el de adelante piensa que vos sos el que está somatando la bocina y puede acercarse a vos, como un troglodita, con una llave de cruz en la mano, dispuesto a majar la carrocería o, en caso extremo, quebrar el cristal, porque vos, pacifista de siempre, subiste el vidrio de la ventana; y lo mismo sucede cuando el taxista de atrás se desespera en su búsqueda de la chuleta. No se te vaya ocurrir detenerte tantito para dar paso a una señora que camina apoyándose en una andadera, porque el taxista de atrás lleva prisa, no está para brindar atenciones a los peatones. En este momento, Juventino detuvo su ametralladora verbal y disfrutó la nieve, que, la verdad, estaba riquísima. Me vio y dijo que en el mundo ideal no habrá taxis ni taxistas y agregó: ¡ni motocicletas ni motociclistas! Estos son una lacra para la sociedad. En el mundo ideal todas las calles serán peatonales, con cintas especiales para que transiten los ciclistas civilizados. Posdata: lo que Juventino dice es una utopía. El mundo es como es y nuestro mundo cercano es caótico. Los taxis y taxistas son necesarios en esta ciudad que crece día a día (además, hay excepciones, todavía quedan algunos empáticos). Ahora que te escribo (lo hago en la oficina) pasan carretadas de taxis por la calle, con pasajeros que necesitan llegar a algún lado. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 21 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, POR LOS CUATRO COSTADOS

Querida Mariana: Liz Sáenz remarcó una frase que dijo José Martínez Torres: “Rosario es comiteca por los cuatro costados”. El 25 de mayo de 2026, la pichita consentida de Comitán, Rosario Castellanos, cumplirá ciento un años de vida. El 20 de mayo se presentó en Comitán el libro “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, un bello libro que editó el Gobierno del estado de Chiapas, a través del Coneculta, que dirige la paisana Angélica Altuzar Constantino. Liz es directora de publicaciones del Coneculta y mi maestro Pepe Martínez, al lado de Rafael Vargas, fue el encargado de la edición del libro. “Comiteca por los cuatro costados”, insiste en decir el gran escritor José Martínez Torres. Un poco como para reafirmar lo que la misma Rosario dijo siempre: que era comiteca, siempre se asumió. El hijo de Rosario, Gabriel Guerra Castellanos, cuando se refiere a Comitán dice: “tierra santa”. Por supuesto, Martínez Torres sabe que Rosario lo fue porque creció en nuestro pueblo. Hemos dicho que los expertos dicen que los seres humanos definimos nuestra existencia en los primeros años de vida. Rosario creció en este pueblo, acá pepenó las esencias de lo que en el porvenir sería su proceso creativo, proceso genial. Si las biografías establecen que nació en la Ciudad de México, hecho verídico, dejan sin dar el renombre de que ella creció en Comitán. Basta tomar un poco en cuenta lo que he escrito para observar la relevancia del pueblo en su proceso de vida: ¡creció!, se dice, se debe decir con toda la voz en alto. El maestro Pepe lo grita con conocimiento de causa; es necesario que se remarque: Rosario creció en Comitán, acá se hizo, de acá es. Por esto, la maestra Angélica Altuzar Constantino dijo que la presentación de este libro, la primera, debía ser en Comitán, como fue, en un acto celebrado el 20 de mayo de 2026, pasadas las cinco de la tarde, en el auditorio del Centro Cultural que lleva el nombre de nuestra amada escritora. Para tal acto llegaron la maestra Liz y el doctor José para hablar acerca de la génesis de este libro genial, un libro que es como un álbum personal de fotografías, que da cuenta del proceso de vida de Rosario. En el libro hallamos fotografías de Rosario en su Comitán de infancia y de adolescencia, ahí está la familia comiteca, los Castellanos y los Figueroa, nuestra gente, la de acá, la que constituye la esencia del árbol genealógico de la inimitable Rosario. Hemos comentado en ocasiones anteriores que Doña Lolita Albores, nuestra querida cronista, amiga de Rosario, comentó que una de las principales características literarias de Rosario, la ironía, la heredó de su madre, Doña Adriana, mera comiteca. A partir de hoy debemos honrar a Rosario con la frase de Pepe Martínez: “Rosario fue comiteca por los cuatro costados”, es decir, por los cuatro puntos cardinales del espíritu. Nació en la ciudad de México, pero ¡creció! en Comitán, ciudad que la acogió, que le brindó su carácter provinciano, con sus defectos y la multiplicidad de dones, esencias que quedaron registradas en sus textos prodigiosos. Dos presentadores de lujo tuvo el libro. La presencia de dos destacados intelectuales chiapanecos fue un mojol de lujo. El auditorio recibió a muchas personas que acudieron y que, al final del acto, tuvieron la fortuna de llevarse un ejemplar del libro, en forma gratuita. Cuando la directora del Coneculta avisó que todos los asistentes tendrían un libro la ovación no se dejó esperar. Cuando todo mundo tuvo su libro apareció la fotografía del recuerdo, fotografía maravillosa, porque cada persona tiene el libro en sus manos, como si tuvieran un cachito del espíritu de la gran comiteca en su tierra, tierra santa, tierra bendita de Dios y del contrario. Fue una tarde prodigiosa. Rosario convocó a todos los asistentes, quienes escucharon de la voz de José Martínez Torres y de Liz Sáenz la frase que es como un broche de oro para la vida de la escritora: ella fue comiteca por los cuatro costados. ¿Quedó claro? ¿Hay que agregar algo más? Nada más. Todo está dicho, todo se dijo. Lo dijo el maestro José Martínez Torres, quien nació en la Ciudad de México y es chiapaneco por los cuatro caminos del aire. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 20 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA AMIGA DE ROSARIO

Querida Mariana: en Comitán, cuando decimos Rosario la mayoría sabe que hablamos de la pichita consentida: Rosario Castellanos. Anexo la fotografía de una amiga cercana de Rosario, mi tía Betty Córdova, de rostro bello. Acá está con un peinado especial, con caireles; con aretes que enmarcan su rostro; y con una blusa que tiene un peto en la parte superior. Ella fue amiga cercana de Rosario, estuvo casada con mi tío Gil, que laboraba en Telégrafos de México. Te conté que de niño iba seguido a la casa de ella, jugaba con Gil, el hijo mayor. Cuando era cumpleaños de Gil, la tía nos invitaba a varios chiquitíos y hacía juegos, repartía premios a quienes ganaban, siempre me pedía que cantara una canción que le gustaba, era una canción que cantaba uno de los cantantes de la época de los años sesenta: “…por qué se fue, por qué murió…” Creo que el cantante era Enrique Guzmán o César Costa, cuenta la historia de un compa que sufre un accidente automovilístico. Dicen algunas personas que la tía Bety contaba anécdotas que vivió en la convivencia de Rosario y que otros compas se apropiaban de las anécdotas y las contaban como si ellos hubieran sido los protagonistas. La tía Betty vivió de niña en una casa que está contra esquina del templo de El Calvario, así que para ir a casa de Rosario le bastaba caminar media cuadra, porque Rosario, de niña, habitó la casa que está frente al módulo turístico en el edificio donde está la presidencia municipal. He platicado que Gustavo Armendáriz hizo favor de enviarme el árbol genealógico de Fray Matías de Córdova y en una de las ramas apareció el nombre de mi abuela materna, Esperanza Córdova. Cuando mi abuela Esperanza venía al pueblo a estar en casa unos tres o cuatro meses iba con frecuencia a casa de mi tía Betty donde la recibían con mucho cariño, el afecto dictado por el apellido Córdova. Mi tía ya falleció hace años. Ella sufrió mucho la ausencia física de Pepe, uno de los hijos, que fue un comiteco de hueso colorado, que escribió libros que aportan a la identidad comiteca, libros de cuentos con el lenguaje de la región y un libro esencial que da cuenta de modismos de Comitán. Mi tía Betty iba todos los domingos a casa de la tía Maty Bermúdez, ahí comía en compañía de Doña Maty Trujillo y de mi mamacita. Cuando terminaban de comer, mi mamá y mi tía iban al parque central, compraban una nieve, se sentaban en una banca y escuchaban la marimba. La tía Betty fue una ferviente admiradora del sonido de la marimba. Tenía una bolita en la parte superior del pecho, así estuvo durante mucho tiempo, cuando un médico se lo jugueteó, ella comenzó a sentirse mal hasta que falleció. Así partió una de las grandes amigas de Rosario, que compartió muchos momentos en la infancia. Es lógico de entender que Rosario, niña de familia de hacendados, sólo tenía permitido que la visitaran niñas, sus amigas y entre éstas, mi tía Betty era una de sus más cercanas. Rosario se volvió famosa y el año pasado todo México celebró el cumpleaños número cien. Pensé que era buena manera de seguir honrándola mostrándote la fotografía de una de sus amigas, ahora que se presenta en Comitán el libro: “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, libro de gran belleza, editado por Coneculta; libro donde viene una serie de fotografías de Rosario en diferentes etapas de su vida, en esas fotografías aparece al lado de sus afectos y de gente importante con la que se rodeó. Acá está la foto de una amiga entrañable, con quien compartió juegos en el patio de la céntrica casa comiteca. Posdata: ya recordé, la canción que mi tía me solicitaba la cantaba el grupo “Los Apson”. ¡Tzatz Comitán!

martes, 19 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍA DE RAYMUNDO ZENTENO

Querida Mariana: el Colegio Mariano N. Ruiz invitó a Raymundo Zenteno. El prodigioso escritor y cuenta cuentos estuvo en el pueblo el día 14 de mayo de 2026. Estuvo con estudiantes de la primaria del colegio y, a las doce y media del día, se reunió con el magisterio. ¡Un maestro frente a maestros! En la primaria estuvo en el patio central, rodeado por decenas y decenas de niñas y niños. La mayoría de niños y niñas disfrutaron la presencia de Raymundo, quien, con habilidad innata contó cuentos y mostró barquitos de papel y voló aviones, también de papel. Antes del final de su actuación se acercó un niño y le pidió que le regalara el avioncito amarillo, de factura impecable y vuelo afortunado. Sabés que luego hay avioncitos pochorocos, que no vuelan bien, que apenas se sueltan de la mano del niño caen en picada. El avioncito de Raymundo era una nave casi interplanetaria, de esos avioncitos que son amigos del aire y vuelan y vuelan y dan vueltas y más vueltas, regodeándose en la burbuja del aire. Raymundo, por supuesto, le obsequió el avioncito al niño, quien regresó feliz a sentarse en el piso para continuar disfrutando la actuación del cuenta cuentos prodigioso. ¿De dónde agarró valor el niño para levantarse y caminar hacia Raymundo a solicitarle el avioncito? Pienso que no lo reflexionó mucho, lo hizo porque deseaba tener ese avioncito, supo que era una oportunidad única y lo hizo también porque percibió que Raymundo, escritor noble y bueno, no iba a negarle la petición. Raymundo le obsequió un objeto que vuela y el niño tuvo en sus manos la capacidad de vuelo. Miles y miles de niños y niñas en todo Chiapas recuerdan los programas radiofónicos que transmitió Raymundo en la radio chiapaneca, “Radio ombligo” fue un programa exitosísimo, todos esos niños fueron tocados por el vuelo de la imaginación (es una pena que las autoridades le hayan quitado el presupuesto. Le hacía mucho bien a la sociedad. Es una pena, porque Raymundo, como pasa seguido en este país, es un talento desperdiciado. Es una pena, porque las autoridades gastan en basura en las ferias de pueblo y botan el dinero contratando a cantantes y bandas insulsas, que son apología de la violencia y siembran ignorancia. Raymundo es un sembrador de sueños, de árboles inteligentes, de nubes imaginativas. Qué pena que siga ignorado). Raymundo, al lado de su hija Victoria, llegó a Comitán la tarde del 13 de mayo. El Maestro Huguito, director del colegio, solicitó que se apartara una habitación doble en el Hotel Internacional, que está a una cuadra del parque central del pueblo. Cuando Raymundo preguntó en dónde estaba el hotel, le dije que a pocos pasos de la Casa Museo del doctor Belisario Domínguez. ¡Ya sé dónde está!, dijo. Ambos viajaron en el ADO, tomaron un taxi y llegaron al hotel, con maletas cargadas de libros (libros para la presentación y libros escritos por él, para la venta, el libro que te platiqué estaba a la venta en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en el módulo de Chiapas, que es un libro sensacional y se llama “Cuentos jerigonzos y otras hormigas”). Como lo hace la escritora española Rosa Montero, gran viajera, Raymundo Zenteno se paró frente a la ventana del cuarto (les correspondió el 211) y tomó una fotografía. El testimonio es: ¿qué se ve desde el lugar donde estoy? Esto deberíamos hacer cada día, cada instante. Tomó la foto y, de inmediato, me la envió por WhatsApp. Ah, la disfruté. Supe que el gran Raymundo ya estaba en Comitán, era un día de fiesta, lo fue todo el siguiente. Parte de la comunidad del Colegio Mariano N. Ruiz disfrutó de ese guateque juguetón, brillante. Posdata: cuando el niño se acercó a pedirle el avión a Raymundo y éste se lo dio, dijo que podía enseñarle a hacer el avión a alguna maestra para que luego se hiciera la réplica. Al término de su actuación un panal de niños lo rodeó, le preguntaron cosas, pidieron las fotos del recuerdo. Salimos apresurados, porque ya debíamos ir, del plantel San Sebastián, al plantel Los Sabinos. Llegamos, de nuevo bajó las grandes maletas y dispuso los libros en una tarima (la actuación de Raymundo Zenteno y de Ovidio Vázquez fue en el bosquecito que está a la entrada. Ah, fue un escenario perfecto para que apareciera la magia de la imaginación). Todo fue excepcional, la palabra sobrevoló las cabezas de la audiencia y aterrizó en el espíritu. La palabra fue un avioncito de papel, amarillo. Al término nos despedimos de todos y Dora Patricia Espinosa y yo llevamos a los invitados al Restaurante 1813. Pedimos la comida y antes que llegara, Raymundo y Dora Patricia fueron al tsurito, sacaron papeles y el escritor, sobre la mesa, le enseñó cómo hacer el avioncito. Dora Patricia imitó los dobleces que Raymundo hizo (también Victoria se unió al grupo de creadores. ¿Yo? Ya me conocés, siempre me pierdo la aventura, lo que sí no perdí fue la oportunidad de verlos, de ver cómo doblaban la hoja y construían un maravilloso objeto que superaba al gato volador). Comimos. Cuando el mesero preguntó si podía levantar el plato, Raymundo dijo ¡no!, estoy comiendo, ya había terminado las enchiladas que pidió, pero, con el dedo seguía levantando el mole sobrante, que estaba riquísimo, imperdible. La foto muestra la tarde del 13 de mayo de 2026, día en que Raymundo llegó a Comitán. La torre del templo de Santo Domingo emerge como un submarino sobre el techo de lo que fue el Cine Comitán, ahí se ven las claraboyas canceladas, que eran las ventilas que, al caer la tarde, los empleados abrían para que entrara un poco de aire, en la sala repleta de cinéfilos divertidos al ver las delicias que Chaplin hacía en la pantalla, en un prodigioso blanco y negro, en cine mudo. ¡Tzatz Comitán!