jueves, 3 de septiembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON PAPELES EXTRAVIADOS

Querida Mariana: el otro día Roberta halló un papel extraviado y una fotografía en sepia. La foto muestra una familia de tres integrantes: el papá, la mamá y la hija. Esto lo supimos porque en la parte posterior está escrito el siguiente mensaje: “para ti, mamacita, con todo cariño, de tu hija, tu yerno y tu nieta” y luego estaba escrita la fecha en que se escribió la dedicatoria, pero el año estaba borrado, como si alguien, a propósito, hubiese rascado el papel hasta dejar una mancha blanca. Por la vestimenta de los personajes y por la forma de la letra, clara, elegante, escrita con tinta, dedujimos que la foto era de mediados del siglo XX. Roberta me dijo que le había dado gusto hallar esta fotografía en una cajita que la abuela había dejado en la parte alta de su ropero y fue esa mañana que Roberta trepó sobre una silla para limpiar el mueble de cedro (porque piensan venderlo) cuando su mano se topó con una cajita que, al abrirla, dejó visible su contenido: un papel y una fotografía. La abuela de Roberta falleció hace dos años, en 2024. Hasta el último día de su vida tuvo una gran lucidez, dejó todo en regla, sus propiedades fueron repartidas según su última voluntad, que fue ratificada ante un notario. Sus hijos (cuatro varones) estuvieron de acuerdo, no hubo un solo momento de disputa. El día que Roberta me enseñó el contenido de la caja, que abrazó como si fuera una niña con muñeca nueva, me dijo que esa cajita había sido como la herencia que le dejó la abuela, “ella supo que yo limpiaría el ropero”, dijo, y yo pensé en la canción de Gabilondo Soler. ¿Quiénes son los personajes de la fotografía?, pregunté a Roberta. No supo decirme. Es un enigma, alcanzó a balbucear. Hay tantas fotografías en el mundo con personajes que jamás son descubiertos, un día estuvieron, se evaporaron y luego ya nadie más sabe sus nombres ni sus vidas. Roberta dijo que esa fotografía en manos de un escritor podría tomar vida al inventarles una historia. Roberta me extendió la foto y me dijo que me quedara con ella, ¿podía escribir algo? Recordé que hubo un tiempo que escribía algo que llamé “Lectura de una fotografía”, como mero juego, pero no acepté la foto que me extendía Roberta. No, le dije, la perderé, en mis manos todo se evapora. Mejor que te quede, le dije, tomé el papel y lo leí en voz alta: “La vida cobra. En la resta del día acumula grietas, tan pesadas como la inmóvil nube del primer día. Caminamos, ¿los pasos avanzan hacia la cumbre del agua incorrupta o se desbocan como caudal recién lavado? El tiempo de la plegaria es apenas un recuerdo de huesos abandonados. El corazón vacío lame el moho de las piedras, de los muros, del lamento. La vida cobra. Lejos el tiempo donde los niños jugaban a pescar estrellas, a domar clavos de cristal, a saltar sobre las ventanas para llegar al patio. Lejos ¡la vida! La vida donde el Atlántico era el charco entre losetas, donde el sol nadaba sobre agua charca, ay, qué tiempos, los de la infancia, los de las entradas sin salida, los del desorden trepado sobre la cruz donde también los cristos veían desde su distancia. La vida cobra, es una usurera con manos de fuego”. Posdata: suena como un poema me dijo Roberta. Sí, dije yo. Escribimos una línea en el Internet, para ver si era algún texto de un poeta conocido. Nada. El texto está escrito en un papel bond, común y corriente, con letra de máquina mecánica, con una palabra borrada con corrector y encima la corrección: “losetas”. El texto, dijo Roberta, no suena muy viejo. No, le dije, le comenté que en la mañana habíamos platicado con una amiga acerca de ese tema, del cual habla la gente en todas partes: la vida pasa factura, mi amiga sostenía que un mal comportamiento necesariamente llevaría a un final infeliz. No estuve de acuerdo, porque la vida demuestra que hay gente cabrona que se la pasa muy bien y que nunca padece el malestar que, a veces, sí le toca a una buena persona. Todo es un misterio. El texto no tiene firma ni fecha, algo en él me recordó un texto leído hace mucho en una antología, pero no, buscamos en el Internet y nada hallamos. Le pregunté a Roberta si, como afirmaba, su abuela sabía que la nieta encontraría la cajita, la abuela había dejado el texto como un mensaje para ella. No sé, me dijo Roberta, pero agregó: de ahora en adelante lo leeré todas las mañanas como si fuera una oración. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 2 de septiembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON RECONOCIMIENTO

Querida Mariana: sí, es foto de privilegio. Estoy con Jesús Ramón Jiménez Fuentes. La imagen es de la tarde del día 28 de agosto de 2026, cuando el Museo Arqueológico de Comitán celebró su cumpleaños número 33. Hubo un guateque feliz, un festejo, diría Octavio Paz, con arco y lira. En el protocolo inicial hubo una remembranza de los orígenes del museo, entrega de reconocimientos y luego el mar de la pintura hizo presencia con los oleajes de la obra plástica de Juan Chawuk. Una tarde similar a esta de 2026, la del 28 de agosto de 1993, estuvo Jesús Ramón en el acto inaugural del recinto, él, jovencísimo, con entusiasmo de agua transparente, se presentó a laborar, lo que digo es que en el cumpleaños 33 del museo también hubo velitas y un pastel para Jesús Ramón porque ese día cumplió treinta y tres años de laborar en la institución. Como él lo mencionó: es orgullo de toda una vida. Hice una cuenta rapidísima y concluí: Jesús Ramón ha vivido tantos años y más de la mitad ha estado encima de ese árbol enormísimo que es parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Llegó hace treinta y tres años, no sé cuántos tenía cuando entró a laborar al museo, pero era jovencísimo, tenía mucho menos de los treinta y tres que ha acumulado ahí. Su vida, entonces, ha estado imbricada en el museo, ha crecido junto con él. Ha tenido oportunidad de conocer mucha vida, a través de las obras prehispánicas que ahí se exhiben y de las obras de exposiciones variadas que ha montado, porque él, junto con otros compañeros, es un museógrafo especializado, el tiempo le ha otorgado la experiencia suficiente para hacer montajes de excelencia. Querida mía: vos sos amante de ir a museos, has tenido la oportunidad, en tus viajes, de visitar muchos, de variadas temáticas, sabés que una buena exposición tiene como eje principal una adecuada museografía. En el Museo Arqueológico de Comitán, se nota la mano de Jesús Ramón y sus compañeros, porque las exposiciones proponen un recorrido limpio, donde cada obra, como si fuese un platillo, hace maridaje con la que continúa. Me encanta escuchar a Jesús Ramón, habla de su profesión con ese orgullo que da alcanzar el fin deseado. Él, con una frase excepcional, dice: “Desde la nada logramos un diseño total”, las obras están ahí, pero necesitan de una mano que las guíe, para que el camino del visitante sea pleno y satisfactorio. Jesús Ramón inició como custodio, velador y, gracias a sus estudios de licenciatura y maestría, logró ascender a museógrafo especializado. Una trayectoria relevante, ejemplar. El día del cumpleaños 33, Jesús Ramón recibió un reconocimiento con la siguiente leyenda: “Reconocimiento a Jesús Ramón Jiménez Fuentes, por más de 30 años de trayectoria, entrega y compromiso con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, dejando con su labor una huella en la historia de nuestra institución. Con gratitud y reconocimiento a su invaluable dedicación. 33º Aniversario – 2026. Museo Arqueológico de Comitán. INAH”. Una placa sencilla, pero que resume toda una vida dedicada al servicio de las mejores causas de la patria. Cuando me enteré de ello llegó a mi memoria un recuerdo: Rufino Tamayo, el gran artista plástico, de trascendencia mundial, laboró varios años en el Museo de Antropología, de la Ciudad de México, el contacto con las piezas prehispánicas le permitió una mirada especial, que luego se reflejó en su pintura. Jesús Ramón tiene, asimismo, una mirada aliada a la memoria, del pasado y del presente, del pasado prehispánico de esta zona, una región heroica, con grandes florecimientos. Se ve a leguas que Jesús Ramón disfruta su trabajo, le imprime pasión, porque sabe que en sus manos está la oportunidad de presentar una exposición que dignifique la obra y que, a la vez, permita que los visitantes la disfruten en todo su esplendor. La sala de exposiciones se abre como una flor, como si estuviera encerrada en un invernadero, para que sea agua limpia, para que los visitantes la beban en forma invisible, pero tangible, para que el espíritu se fortalezca. El trabajo de Jesús Ramón continúa alimentando la savia de nuestras ceibas milenarias. En las salas del museo está la sabiduría de nuestros antiguos y en la sala de exposición temporal está el fruto de ese conocimiento, las nuevas propuestas, las novísimas. Posdata: vamos a museos y no siempre pensamos en el trabajo previo. Hay todo un proceso de montaje y de curaduría. Jesús Ramón, con sus compañeros, logran el prodigio de entregar una mirada profesional a las demás miradas del mundo. El pueblo de Comitán puede sentirse orgulloso de la labor que realizan en el museo arqueológico, porque es palpable y visible el esmero y la mano profesional. Es un museo digno, más que bello. Jesús Ramón ata cintas de luz en su diario caminar y en su labor. Como Jesús Ramón dice: el museo lo hacemos todos. Todos construyen el Todo. ¡Tzatz Comitán!

martes, 1 de septiembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO DEL CRONISTA DE LA TRINITARIA

Querida Mariana: el otro día pasamos a saludar al maestro Benito Vera Guerrero. Desde la puerta nos anunciamos: “¡Maestro Benito!”, él respondió desde su sala, desde su lugar de trabajo: “Pasen”. Movimos el pasador de la puerta, caminamos varios pasos en el pasillo y vimos que él salió a recibirnos en el vano de la puerta, sabía que éramos nosotros, de inmediato abrió los brazos, puso una sonrisa en su rostro abrazó a Dora Patricia, con cariño, con emoción. Nos invitó a pasar, nos sentamos y platicamos. Ese día la plática nos llevó por caminos editoriales, se levantó y nos dio a conocer una primicia, un libro de textos poéticos que lleva el título de “Hoja seca”, edición de Editorial Chiapaneros, que pronto estará a la venta. La edición es bella, los cuarenta y tres poemas son acompañados por ilustraciones. Medio mundo de acá conoce y reconoce los textos del maestro Benito. En Arenilla impresa tenemos el honor de publicar en cada número una crónica, recordemos que él es el cronista municipal de La Trinitaria (nombramiento que se dio en buena hora durante la gestión del contador Ervin y que fue ratificado por el actual presidente, el profe Denis). De vez en vez, el maestro Benito sube a redes sociales un texto poético. Ahora ha hecho una reunión de ellos y lo presenta en forma de libro. Le entregó el libro a Dora Patricia, quien le dio una vueltita; luego ella me pasó el texto e hice lo propio. De inmediato mis ojos, como pájaros, se posaron en un texto: “La abuela”. Mientras el maestro y Paty platicaban hice una lectura en silencio. Luego (ya me conocés) como si hubiera estado solo, acompañado por el libro, comencé a leer en voz alta, mi lectura interrumpió la charla, ambos hicieron silencio. “Abuela, cuéntame de tus madrugadas, hincada frente al metate preparando las tortillas pellizcadas para el bastimento del abuelo. Cuéntame de tortillas gordas de tus tristezas y desconsuelos, de tus largas horas de desvelos, contando los centavos y tus suspiros. Muéstrame tu dedal y la aguja remendando tus ilusiones, planchando las arrugas del abuelo uniendo con puntadas tus pocas bendiciones. Quiero verte otra vez trenzando tus recuerdos, mezclando suspiros con lágrimas por tus muertos pidiendo al cielo por tus desvelos. Platícame de las inútiles esperas, de las madrugadas de helados amaneceres, de tus desnudos pies heridos por los deshielos. Vuélveme a contar de la niña que cortaba estrellas y del cielo que te trajo cosas bellas…” Y seguí leyendo, como si estuviera solo, como si no hubiese sido un descortés, un cabrón, al interrumpir una plática. Dora Patricia y el maestro sí fueron corteses, ellos, hijos de noble cuna, hicieron silencio y dejaron que yo, casi alucinado, leyera en voz alta el texto de la abuela. Al terminar, el maestro, como si fuera un niño, en forma disimulada, se secó una gota de agua en uno de sus ojos. Posdata: me sorprendió gratamente la lectura del texto del maestro Benito. En tiempos donde muchos chicos y chicas se creen poetas y garrapatean cosas sin sentido, encontré un texto sencillo, como sencillo es el autor; encontré un texto de factura limpia, con un gran sentimiento. Cuando terminé de leer pensé en Sabines, poeta que tomó las palabras cotidianas y que sin mayor protocolo las colocó en forma armoniosa. El texto del maestro Benito tiene imágenes nítidas, bellas. ¿Qué decir ante esto? “…vuélveme a contar de la niña / que cortaba estrellas”. Dios mío, qué imagen tan bella, tan de inmenso crisol. En algún momento, el nieto se extasió ante las narraciones de la abuela y la que quedó impregnada en su mente fue la de la niña que cortaba estrellas. Sin duda que en las noches claras del cielo de La Trinitaria, el maestro Benito sale al patio, mira el cielo y se vuelve el niño que quiere cortar estrellas. Qué bonito texto, qué tan sin pretensiones absurdas. El maestro Benito es un hombre sabio, sencillo, ilustre, es un orgullo de La Trinitaria. Para Dora Patricia y para mí es un privilegio contar con su amistad, sabe que lo admiramos y lo queremos. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 31 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN RATO EN MI PARQUE

Querida Mariana: esta carta la iba a titular: “Una mañana en mi parque”, pero renuncié, porque jamás he estado una mañana ahí, voy por ratos, quienes sí permanecen toda la mañana son los boleros. Ya todo mundo se dio cuenta que en estos días es imposible caminar por el pasillo exterior, hay muchas carpas que impiden el paso, tanto de los pies como de la vista. Decidí que caminaría por el pasillo interior y así lo hice. Una vuelta que le doy significa ciento cincuenta pasos, así que si camino diez vueltas acumulo mil quinientos pasos. Me divertí. Me topé con gente que estaba sentada en ese circuito, los primeros eran una pareja sentada al lado de un basurero, pensé decirles que no era el lugar más adecuado, sobre todo porque ella comía papas de un cucurucho, de esa empresa que tiene como logotipo un mono; más adelante me topé con una pareja de jóvenes, novios, sin duda, él acariciaba el cabello de ella, que se dejaba hacer; en la siguiente banca una señora fumaba, pensé que había decidido usar su tiempo libre en ese vicio malévolo; en la siguiente banca (todos ellos en la sombra de árboles, de las nueve de la mañana) estaba un muchacho que veía su celular y mordía un vaso de unicel, tal vez el vaso contuvo atol de granillo o jocoatol, no lo sé, su costumbre se me hizo rara, mordisquear el vaso, luego recordé que ahora hay vasos que se comen, sirven el café en vasos comestibles, casi casi como cuando una niña pide una nieve en un barquillo, es un acto maravilloso, comer un pedazo de barquillo mientras se disfruta el helado; más adelante un señor, con una cachucha roja, no hacía más que ver hacia el frente, cada vez que me acercaba su vista me escaneaba. Esas eran todas las personas que vieron mi caminata de mil quinientos pasos, a la mitad del recorrido llegaron tres niños, dos varones y una niña, se sentaron en una banca y ahí estuvieron muy formalitos, sin moverse, sin platicar, uno de los niños jugaba con una bolsa de plástico, le abría un agujero, pero no más. Cuando estaba a punto de terminar mi recorrido escuché una canción que, indefectiblemente, me lanzó al recuerdo de los años setenta, cuando era estudiante de la preparatoria. La canción de “philosopher” apareció y fue muy famosa. Nunca aprendí inglés, pero la primera frase sí la recordé: “All of the children in the park…” (todos los niños en el parque). Es una canción muy bella. Terminó la rola y comenzó una de Los Beatles. Comencé a ver el origen de la música y me di cuenta que provenía de un lugar donde estaba Jesús, el bolero. Me acerqué y vi que, en efecto, tenía un pequeño aparatejo con un USB. Me contó que un guatemalteco le vendió la memoria con música, como tenía música de los setenta y de los ochenta, la compró. Esa mañana de domingo había decidido escuchar un poco de música, de sus tiempos jóvenes, Jesús nació dos años después que yo, en 1959, en el Distrito Federal, muy joven se echó a rodar por muchas ciudades del país y desde hace veinticinco años radica en nuestro pueblo. Me dijo que es requinto, que fue rockero en su juventud y que ahora tiene un cuarteto. Llegó a Comitán hace veinticinco años y acá se quedó, me dijo que se terminó su espíritu aventurero, vive solo, nunca tuvo familia. Le pregunté si le gustaba Comitán, alzó los hombros y dijo que no le queda de otra. Le dije que yo sí disfrutaba mi pueblo, mi parque, me vio y sonrió. Posdata: me despedí y me encaminé al mercado primero de mayo, pero hice el recorrido de mi ruta inicial, todas las personas seguían ahí, sólo los niños ya estaban acompañados por una mujer. El compa del vaso de unicel ya le había hecho algunos agujeros en la base, se divertía jugando con ese material, la mujer del cigarro ya había prendido otro (¿alguna impaciencia quería mitigar? Pensé que también el compa del vaso deslizaba su impaciencia en esa actividad). ¿Cuántas piedras se topa uno al caminar en el desierto? ¿Cuántas en un bosque? ¿Cuántas si pudiéramos caminar en la superficie lunar? Me gusta caminar un rato, hacerlo en mi parque. Mi parque lo presto para que Estrellita le ponga figuritas, pero ahora, diría Flash Informativo, ¡ya ta mucho! Decenas de carpas que no permiten caminar, son como piedras al paso, en un lugar donde el tránsito para peatones debería ser fluido, tranquilo, armonioso, es pues el corazón del pueblo. En fin, dicen los expertos, que peores cosas se verán. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 30 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON RECUERDOS

Querida Mariana: todos tenemos retazos de memoria. Decime que sí, que no sólo yo. Todos armamos nuestro pasado con pedazos, con rémoras. Según entiendo, nadie recuerda todo al ciento por ciento. Pero, ayer me alarmé. Recordé a un maestro que tuve en la secundaria, vi su presencia casi majestuosa, impecable, pero de lo único que me acordé de él fueron tres ventanas de las múltiples que abrió: una fue lo que me dijo un día respecto a mi nombre: “Alejandro significa: el que dirige”, la segunda fue un comentario que hizo en aula: “me reclaman porque no los saludo en la calle, cuando camino (siempre lo hacía) voy pendiente en la banqueta de no pisar caca de chucho”, y la tercera fue algo que me comentó una amiga: “se subía al estrado y decía: vean mis calcetines y se subía el pantalón y dejaba ver sus partes nobles”. No más, por más que intenté recordarlo, no logré pepenar alguna ventana más. De una maestra, en la universidad, a quien considero la persona que más influyó en mi proceso intelectual no recuerdo más que estas palabras: “no hagan las maquetas de papel porque se harán caca”. ¿Eso es todo? ¿Cómo es posible que mi memoria no haya retenido algo más sustancioso? Sé que la memoria es selectiva, pero no puede ser que la mía sólo seleccione pasajes intrascendentes. Dios mío, si hubiera conocido a Octavio Paz, tigre para frases célebres, ¿qué hubiera recordado de todo el caudal de palabras que hubiese pronunciado? Él se desgarraba en cada frase, siempre lanzaba palabras que fueran joyas, algo que jamás se hubiera pronunciado. ¿Qué habría retenido mi memoria? ¿Algo como “ahora vuelvo, voy al baño”, cuando se levantara de la mesa donde tomábamos un café? Ayer me preocupó de más mi memoria, siempre he sido consciente de que tengo una memoria pichancha, admiro a los memoriosos, a los que son como Carlos Monsiváis, a las que son como Lolita Albores, a los que son del equipo de mi amado Gutmita. ¡Ah, qué memorias tan soberbias! Mi Gutmita es prodigioso, recuerda con precisión un hecho sucedido hace más de sesenta años, cuenta que sacó a bailar a fulanita, en la casa de sutano, él vestía de tal forma y la chica tenía un peinado de tal consistencia; recuerda el nombre de la marimba y la canción que bailó con ella. Todo está imbricado, todo como si estuviera sucediendo. No hay detalle que se le escape. He conocido a mucha gente con tal capacidad, Temo Alcázar también tiene una memoria sorprendente, de igual manera Chuy, el gran cronista deportivo, y muchos más en el pueblo. Son gente que tiene una retentiva bárbara. A mí todo se me diluye, nada queda en este océano inquieto que es mi memoria, como si fuera un árbol que siempre está seco, que, de vez en vez, se posa un pájaro sobre una rama, pía y levanta el vuelo y no regresa jamás. Sólo me queda ese trino, que también, con el tiempo se vuelve opaco, con lo cual no puedo determinar si era un cenzontle o un simple pájaro petacón que se echó un pedo. No recordé algo más de mi maestro de secundaria, que era un hombre brillante, debió decir muchas frases estilo Octavio Paz, porque era un hombre ilustrado, bilingüe (que en ese tiempo había pocos). Nada, por más que lo intento. ¿Qué hacía durante el tiempo que estuve en aula frente a él? ¿Jugaba futbolito en el mesabanco, con pelotitas hechas de plastilina? He estado frente a personas de gran conocimiento, te he contado que fui alumno del ilustre maestro Carlos Graef Hernández, bueno decir que fui su alumno significa que estuve sentado frente a él, pero no recuerdo nada más, sólo su nombre se medio grabó en mi memoria. Posdata: a veces recuerdo al maestro Rey Avendaño, fundador de la escuela secundaria y preparatoria de Comitán, un maestro sublime, recuerdo su imagen, más o menos, siempre vestido de traje, muy pulcro, de él sólo recuerdo lo que los compañeros repiten una y otra vez, que era algo que decía cuando reprobaba a alguien: “totón, totón”, que significa que la calificación era cincuenta, reprobado, porque el tostón era la moneda de cincuenta centavos. ¿De verdad nada más se quedó en nuestra memoria? Bueno, por fortuna, recuerdo un ejemplo que nos ponía: “¿Cómo como? Como, como como”. ¿Es todo? También el chiste sobado que le aplican, que cuenta que una vez estaba con una chica de la servidumbre, haciéndole algunos galanteos y entró al cuarto la mujer del maestro: “Reynaldo, me sorprendes”, y él dijo: “No, el sorprendido soy yo”. Tan tan. ¿De verdad no hay más? ¿Todo tan sin rigor? Una ex alumna recordó que yo decía: “vayan al baño, pero concéntrense”. Eso fue todo. Otra me dijo que no recordaba qué materia le había impartido, pero “que todo era muy chistoso”. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 29 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON PRIVILEGIOS JARDINADOS

Querida Mariana: lo que ves es una fotografía de privilegio. Pero merece un ligerísimo comentario. Estoy con la Maestra Luz Tovar, quien es la directora de la Escuela Preparatoria de Comitán, turno matutino. Pasé a saludarla, porque el otro día conocí a su hermano, el ingeniero Carlos, quien labora en la empresa CONDUMEX, desde hace más de treinta años. Platicamos bien galán y en la plática salió que ellos son comitecos y Carlos habló linduras de su hermana Luz, privilegió su capacidad de organización, su entusiasmo por aportar buenos cimientos a la juventud de nuestro pueblo, de nuestra región, desde esa emblemática institución educativa. Eso me motivó a que fuera a saludarla. Sin cita previa me recibió en la dirección y platicamos en forma breve, porque ella tiene mucha chamba por delante. En septiembre habrá una Expo Ciencia y el próximo año (más o menos en el mes de marzo) celebrarán los noventa años de fundación de la Escuela Preparatoria. Pucha, cuando me lo dijo brincó en mi mente una serie de nombres de ilustres catedráticos de la amada prepa, en los años setenta. Vos sabés que fui alumno de esa institución de 1971 a 1974. Fijate que busqué datos sobre la historia de la prepa y hallé una vasta información en una página de la escuela. Encontré que los primeros intentos de fundación ocurrieron en el año 1935, apareció el nombre de mi amado maestro de español, con sus ejercicios lexicológicos: el maestro Rey Avendaño. Asimismo, hallé que la Escuela Secundaria y Preparatoria inició en 1937 (por eso el próximo año harán el guateque de los noventa años). En la página vienen los nombres de los propietarios de las casas donde estuvo la escuela, primero fue en una casa de Don Arturo Paniagua, luego se pasó a la casa de Doña Soledad Albores (la mamá de nuestra cronista Lolita), más tarde en una casa propiedad de Don Enrique Carreri, posteriormente en una casa de Don Martín Gordillo y, al final en el edificio donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos, ahí permaneció la escuela hasta el año 1974, porque -eso lo platicamos con la directora- los compañeros de mi generación realizaron una huelga para exigir la construcción de instalaciones dignas, el movimiento fue tan perfectamente calculado que el secretario de educación de ese tiempo, mi amigo al día de hoy, Javier Espinosa Mandujano, se comprometió a cumplir la petición, cosa que así sucedió. Los estudiantes de estos tiempos reciben clases en aulas dignas, con laboratorios, auditorios, en espacios arbolados, con canchas deportivas, gracias a ese movimiento estudiantil. Como explica la parábola, los mayores sembraron los árboles para que las nuevas generaciones se beneficien con los frutos y con las espléndidas sombras aportadas por los follajes. En la misma página encontré una relación de los directores y directoras que han pasado por la prepa, desde el año 1974; es decir, desde que la escuela tuvo una nueva instalación. No hay que olvidar los nombres de quienes dirigieron la institución antes, por ahí asoma el nombre del admirado doctor Elías Macal, quien fue director durante muchos años. A partir de 1974 aparecen los nombres de Roberto Zúñiga, Jorge Gordillo Mandujano, Hermilo Vives, Granados Colín, mi primo Pepe Luis González Córdova, Juan Manuel González Tovar, Enrique Sosa, Víctor Fidel Guillén, Martha Elena Rincón, Luis Antonio Aguilar y Luz Tovar. Ah, cuánta historia, cuántos mañanas convertidos en futuro, cuántos mapamundis sin fronteras. Posdata: platiqué brevemente con la directora, luego Dora Patricia hizo favor de tomarnos la fotografía en el patio central, donde aparece el logotipo de la institución, donde está escrito el lema de la escuela: “Cuanto crezca en mí, lucharé por ti”, que fue una frase que creó Marcos Constantino Kanter (en paz descanse), quien fue un líder en ese movimiento de 1974, donde muchos de mis compañeros y compañeras realizaron una incansable labor social y política para conseguir lo que hoy es una realidad: nuevas instalaciones, más dignas. Como en la UNAM cuando se creó Ciudad Universitaria, los alumnos perdieron la oportunidad de estar cerca del parque, pero consiguieron espacios libres, donde el corazón brinca contento, donde la garganta navega por líneas inmanentes. Cuando me despedí de la directora saludé al maestro Pepe López, espléndido director de la marimba orquesta de La Trinitaria, me comentó que da clases en la prepa, dijo que lo hace porque él estudió en esa institución y ahí recibió la simiente de lo que ahora es su profesión, quiere y respeta a su escuela. Muchos de los que ahí pasamos tenemos el mismo sentimiento. El director Luis Antonio Aguilar un día me dijo que ahí también estudió quien ahora es el gobernador de Chiapas. Sí, son miles de buenos ciudadanos y ciudadanas que ahí abrevaron conocimientos y ahora aportan al desarrollo de este país y de más allá. Basta decir que en la Escuela Secundaria y Preparatoria, en el año 1940 estudió el segundo grado de secundaria nuestra pichita amada: Rosario Castellanos. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 28 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON TRIPLAY

Querida Mariana: mi primer acercamiento con el triplay fue en el cuarto grado de primaria. Fui a una carpintería y pedí un pedazo de 3mm, luego, en la ferretería de Don Carlitos Siliceo, que estaba en el portal donde ahora está Farmacia del Ahorro, compré una segueta, un arco y una lija, con estos elementos realicé el trabajo escolar que nos puso el maestro Javier Flores Torres. Copié un dibujo, luego con el arco recorté la figura, la lijé y, al final, la pinté con pinturas acrílicas, de colores subidos. ¡Quedó lindo!, como lindos quedaron los trabajos de los demás compañeros. En ese momento nunca imaginé que tendría contacto, ya no sólo con pedazos de triplay, sino con hojas completas y de muchos grosores. Ayer caminé un rato por el parque central, mi parque, mientras daba vueltas en la sección interna, porque ahora el corredor principal está inundado con carpas donde hay ofertas de artículos escolares, por la temporada. Escuché la plática de dos compas, ya de edad. Uno de ellos, luego supe que se llama Caralampio y tiene 85 años de edad (está muy bien, física y mentalmente), comentaba que había trabajado en la fábrica de triplay del ingeniero Valadez. Me detuve, los saludé y pregunté si podía sentarme con ellos, dijeron que sí. De esta manera me enteré que Don Caralampio laboró en la fábrica de triplay durante muchos años, tantos que se volvió persona de confianza, lo que le permitió entrar a la casa que cerca de la fábrica tenía la familia del ingeniero Valadez, dijo que la casa tenía una alberca (cierto, la conocí). Habló con emoción de su trabajo y de la fábrica, mencionó que la fábrica tenía dos enormes secadoras a las que les llamaban “tiburones”, por la forma. Todo, dijo, se controlaba con botones, las pulidoras, cepilladoras, canteadoras. La madera les llegaba de los aserraderos de la zona de Las Margaritas, era madera de pinabeto. La fábrica tenía dos calderas, peladora de trozas y tornos. Apretaban un botón y ¡taz, taz, taz! Tres turnos tenía la fábrica (lo que da idea de la importante fuente de trabajo que significó). Un turno era de 7 de la mañana a 4 de la tarde, luego venía el de 4 a 12 y el tercero: de 12 a 7 de la mañana. En muchas partes de la ciudad se escuchaba un silbato potente que indicaba el fin de un turno y principio del otro. Decenas de trabajadores y trabajadoras salían de la fábrica y entraban los del nuevo turno. Don Caralampio lamentó lo que hizo el general Absalón Castellanos, ya siendo gobernador, pues con el pretexto de la explotación irracional de bosques expropió la fábrica y provocó su cierre posterior. Don Caralampio dijo que sólo acabó con trabajos, porque la tala inmoderada sigue y seguirá. Mi papá laboró con el ingeniero Valadez, era su amigo. Cuando mi papá se quedó sin trabajo, buscó. Fue a ver al ingeniero y le propuso que no le pagara, que le permitiera trabajar, el ingeniero aceptó y quince días después mi papá fue contratado, porque era un hombre muy listo, responsable, honesto y chambeador. Igual que Don Caralampio mi papá fue hombre de confianza y terminó siendo el distribuidor al menudeo del triplay, de tres, de seis, de nueve milímetros y de tableros. Cuando regresé de la ciudad de México, le ayudé en el negocio, que era muy floreciente. Cada mes viajaba a Tuxtla Gutiérrez, iba a comprar triplay de cedro que acá no hacían y en la casa (a media cuadra de la Escuela Fray Matías de Córdova) llenamos la bodega con hojas de triplay, donde llegaba la mayoría de carpinteros y ebanistas. Mi papá amplió el negocio con venta de molduras y jaladores para gavetas. Cuando el gobernador de Chiapas expropió la fábrica, los nuevos encargados vendieron producto a muchos paisanos, quienes comenzaron con la venta del producto, por lo que nosotros nos quedamos ya sin esa distinción, por lo que mi papá cerró el negocio y buscamos una nueva forma de subsistencia, yo puse una papelería con mi Paty y mi papá se dedicó en cuerpo y alma al auxilio del negocio de mi mamá. La venta de estambres siempre fue un salvavidas económico en la casa, gracias a la disciplina y al tesón de mi mamacita, quien también poseyó los mismos dones de mi papá: responsable, honesta, trabajadora indeclinable. Posdata: aún está por escribirse la historia de los aserraderos de la región, con todas sus luces y sombras. Un hijo del ingeniero Valadez estudió algo relacionado con lo forestal, me obsequió su tesis profesional, que consistía en el aprovechamiento racional de los recursos maderables, con el ejemplo de Canadá, donde (así decía el estudio) cortan un árbol y siembran diez. Canadá, como muchos otros países del mundo, aplican esas técnicas, lo que garantiza que siempre haya bosques y que los recursos maderables se utilicen para servicio de los seres humanos. Con la expropiación se cerró una importantísima fuente de empleo en la ciudad. Don Caralampio sigue lamentando esa decisión que lo dejó sin empleo y sin una compensación económica por tantos años trabajados. Escuché la historia, supe que era un gran testimonio. Ya no platicamos más, porque noté cierto recelo. ¿Para qué anotaba tanto dato? Ay, Don Caralampio, para honrar su trabajo, para decir que esa fábrica fue una importante fuente de empleo, pero que sin el trabajo de esos laboriosos trabajadores, en tres turnos, nada hubiese ocurrido. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 27 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON JUEVES DE CHISME SABROSO

Querida Mariana: para que no pensés que soy como algunos que conocemos, que andan en el puro chisme sin sustancia, comenzaré la carta con un poema de Octavio Paz: LA RAMA Canta en la punta del pino un pájaro detenido, trémulo, sobre su trino. Se yergue, flecha, en la rama, se desvanece entre alas y en música se derrama. El pájaro es una astilla que canta y se quema viva en una nota amarilla. Alzo los ojos: no hay nada. Silencio sobre la rama, sobre la rama quebrada. Ah, qué belleza. Y ahora sí, vamos a lo prometido, que para eso somos comitecos y seres humanos que caemos en el vértigo del morbo. ¿Por qué Octavio Paz jamás escribió algo acerca de la obra plástica de Francisco Toledo, a pesar de haber escrito ensayos sublimes acerca de la plástica mexicana? Muy sencillo, porque Panchito Toledo le bajó a una de sus chicas. No sé qué pensés vos, pero veo que Paz era fino, en cambio, el otro era un poco como hebra de costal. Hay mujeres que caen rendidas ante la fuerza y el aroma de cobre. Pues eso sucedió con Octavio y Francisco. Acá va el chisme: mi paisana, Bona Tibertelli, pintora surrealista, estuvo muchos años al lado de Octavio. Ella era muy bella. Habrá que decir que Don Octavio no pudo llamarse engañado, porque cuando Bona lo conoció ella estaba casada con otro compa; es decir, Bona que come huevo, aunque le quemen la huevera. Bona dejó a su marido y se fue a vivir con Octavio, varios años vivieron juntos, pero un buen día, lo que Bona le hizo a su esposo, luego se lo hizo también al poeta mexicano. ¿Con quién? ¿Con quién más? Con Toledo, el pintor oaxaqueño. Francisco sí jodió a Octavio, porque éste lo recibió en su casa, pero cuando Toledo vio a Bona pensó: sí, está bona, bien bene. Paz, de igual manera, ya había dejado a la madre de su hija: Elena Garro. Octavio ya se iba a casar con Bona, se llevaban bien, pero resulta que Bona ya había conocido a Toledo y, bueno. Resulta que Toledo llegó a París al lado de Rufino Tamayo, Toledo era un chavo de veinte años, vigoroso, ¿se puede decir ardiente, porque era como camarón de la costa oaxaqueña? En ese momento, Bona tenía treinta y cinco años. Cualquiera diría que agarró pichito. No, al final, Toledo resulta un verdadero macho mexicano y golpeaba a Bona. Tamayo pidió al gran poeta Paz que ayudara a Toledo, el poeta lo hizo y el pago que Toledo le dio fue acostarse con la que pronto sería su esposa. Así que un buen día, Bona y Toledo dicen adiós y Paz se queda en santa ídem, ni tanto, debió encanijarse, por eso, Paz jamás hizo alguna reseña de la obra de Toledo, ahora sí que no podía verlo ni en pintura. ¿Cómo terminó la historia? Bona regresó con su anterior esposo, Paz se topó con Marie José, quien, a la postre se convirtió en la mujer que vivió con él hasta su muerte. ¿Y Toledo? Ay, Panchito. Eso, como diría nana Goya ¡es otra historia! Estuvo bueno el chisme de jueves, ¿verdad? Posdata: por ahí hay un cuadro que Toledo pintó de Bona y los críticos dicen que Paz escribió una obra de teatro inspirado en ella. Es que dicen que era bellísima, casi inolvidable. ¡Bendito Dios! ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 26 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON NUESTRO DÍA

Querida Mariana: también en México. Argentina decretó que el 24 de agosto se celebra el DÍA DE LA LECTORA Y DEL LECTOR. En México también. Recibí tu mensaje donde me dijiste que dedicarías dos o tres horas del día a celebrar nuestro día, con una buena lectura. Fijate que un día después (parece título de película) recibí un presente enviado por mi amigo Israel, dos libros maravillosos: “Stories from Bucharest” y “A signorelli anthology”, honraré la amistad y el amor a la lectura dándole a los dos libros. Como no parlo inglés ni italiano, ahora me auxilio de la IA, tomo una foto de la página y me la traduce, así tengo un acercamiento a lo que los autores redactaron. Vos y yo hemos coincidido en decir que todo mundo es lector, porque no sólo se leen libros, también se lee lo que la vida nos presenta frente a la mirada. Cuando estamos ante el mar, cada persona tiene una mirada diferente, lo mismo sucede cuando estamos frente a una obra de arte; es decir, somos lectores únicos. Así, cuando abrimos un libro leemos en forma especial. Nadie lee lo mismo que el otro. Vos y yo celebramos el 24 de agosto, porque desde muy temprana edad nos convertimos en lectores de libros, sólo impresos en ese momento, ahora también leemos libros electrónicos. El mundo lo tenemos más cerca. Los que saben dicen que Argentina decretó como día del lector y día de la lectora el 24 de agosto, porque ese día nació el escritor Jorge Luis Borges, gran lector. Como sabés, Borges se quedó completamente ciego en un momento de su vida. ¿Qué leía? ¿Se puede decir que leía a través del sentido del oído? Porque él, al conversar, seguía siendo un gran lector del mundo. Además, pienso, su amada le leía libros y él, sentado en un taburete, con las manos sobre la empuñadura del bastón, escuchaba atentamente. Ah, qué ironía de la vida, ¿cómo un gran lector perdió la vista? Tal vez por eso, Mario Vargas Llosa dijo en una entrevista que su mayor temor era quedarse ciego. ¡Dios libre! Vos y yo fuimos lectores desde niños, lo seguimos siendo, porque nuestras pasiones lectoras confirman lo que Borges dijo una vez: la lectura es una de las formas de la felicidad. Me encanta la frase, porque no se abroga el derecho de que sea la única forma de la felicidad, ¡no!, cada persona encuentra su propio placer, hay gente que es feliz en la tertulia, otras personas son felices en el juego de básquetbol o fútbol, los hay quienes dedican su vida a escalar montañas, hay otros que son felices en los gabinetes universitarios de investigación. Conozco a varios amigos que encuentran la felicidad en la comida, ah, cómo disfrutan la tragadera, para ellos, exquisitos gourmets, la comida es la forma más completa de la felicidad. Y hay gente, como nosotros, que celebran el más generoso alimento espiritual: la lectura de libros. Nosotros hemos sido felices por siempre. Tengo cara de piedra, pero en mi interior siempre estoy con el rostro espiritual sonriente, porque los libros me acompañan en forma permanente. Hubo un tiempo en que despertaba y prendía un cigarro y al acostarme fumaba el último del día. Una buena mañana mandé a la chingada ese vicio estúpido. Hoy despierto y leo y leo al acostarme. Claro, igual que vos, en el transcurso del día busco la forma de robarle algunos minutos a lo urgente, me siento en la silla que a mi mamita le gustaba usar y leo, leo. Ah, si pudieras ver mi alma, rebosa de alegría. Sé que lo mismo te sucede a vos. A veces, alguien se pregunta: ¿cómo es posible que haya gente que no lee? Ah, pucha. Ya dije que cada persona encuentra la forma de su felicidad. Hay personas que son felices viendo series en las pantallas, yendo a las salas cinematográficas, asistiendo a encuentros deportivos, surfeando, echando cerveza y botana, visitando lupanares, esquiando en montañas nevadas, sacando a pasear a sus perritos, botándose en una hamaca. Nosotros somos felices leyendo, somos lectores felices, por eso, siempre que podemos invitamos a la juventud para que se acerquen a la lectura, ¿qué tal que también encuentran un camino de la felicidad, como nosotros lo hemos encontrado? Una vez un amigo me dijo que no tenía paga para comprar libros. ¡No comprés!, le dije, para eso hay bibliotecas públicas, acá en la biblioteca del pueblo ofrecen credenciales que permiten sacar ejemplares y llevarlos a casa, para leerlos. Ah, es una gran facilidad. La biblioteca del pueblo tiene un muy buen acervo de literatura. Con un libro que atrape el interés se logra el milagro de hacer un gran lector o lectora. Posdata: me encanta que haya un día en especial para celebrar esta pasión, qué bueno que los argentinos decidieron conmemorar un día para festejar al lector y a la lectora. Es bueno que el mundo reconozca que hay seres maravillosos que se llaman lectores, que toman un libro y caminan por sendas donde lo cotidiano no tiene cabida. Tantos mundos ante la mirada, los libros son el pan para la mesa, el conjuro contra las tinieblas, el equilibrio ante el vacío. Feliz día del lector y de la lectora, porque nosotros lo celebramos cada día, a cada hora, a la hora que ladra el chucho de la cuadra y relincha el caballo en la hacienda. ¡Tzatz Comitán!

martes, 25 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON LA PRESENCIA DE ALEXA

Querida Mariana: cada época tiene sus palabras favoritas. Algunas se convierten en moda y pasado un tiempo caen en el olvido. Otras son permanentes. En algún momento apareció la palabra “chido”, término que alude a algo bueno, algo “lek”. La palabra sigue vigente, pero los jóvenes de hoy no la adoptaron, los chicos de hoy dicen que algo está “cool” o “épico”. Quién sabe qué palabra se usará en el futuro. Muchos aseguran que el futuro ya nos alcanzó. Los avances tecnológicos nos aportan nuevas palabras, términos que se incorporan a nuestro diccionario de todos los días. Ahora tenemos un personaje que tiene nombre, pero es un robot, que está en muchos lugares, todos los días. Tiene un nombre femenino, sabe casi todo. Se llama Alexa, al menos en esta parte del mundo. En casa (igual que en la tuya, igual que en la oficina de Arenilla) una mañana apareció Alexa. Mi Paty la adquirió especialmente para mi mamá, para que escuchara “Radio Felicidad”, en el refrigerador anotamos, con letra grande, qué debía decir mi mamá: “Alexa, Radio Felicidad”, “Alexa, apágate”, y mi mamá, mientras preparaba los alimentos diarios escuchaba música y era feliz, a veces yo llegaba y me ponía a bailar frente a ella y ella sonreía. Cuando mi mamacita falleció, acabó Radio Felicidad, mi Paty tomó el aparato y desde entonces escucho: “Alexa, pon música de Keshi”, la Alexa habla, lanza su rollo invitando a suscribirse por una módica mensualidad. Mi Paty siempre grita: ¡no!, y solicita que la Alexa cumpla la orden, porque esto es: orden. Alexa pone música de Keshi y canciones similares y mi Paty sosiega. A veces pregunta: “Alexa, ¿qué hora es?”, Alexa responde. Paty insiste: “Alexa, pon alarma para mañana a las siete” y Alexa dice que la alarma está puesta para las siete de la mañana. Alexa es parte ya de nuestro diario vivir. Mucha gente ya posee Alexa con IA, lo que es mucho más ventajoso que la que tenemos en casa. Sólo que el agregado de IA tiene un costo. Una amiga me cuenta que la Alexa con IA permite aprender inglés, porque se puede conversar con ella en tiempo real, como si la chica estuviera ahí, tomándose un café en la sala. Y digo esto, porque la tal Alexa se ha vuelto algo que tiene una presencia que, al menos a mí, me da cierto repeluzno. Hay gente que ya habla con un personaje de IA, que lo bautiza y que se ha convertido en algo más presente que cualquier familiar, que cualquier amistad. Los seres humanos de este tiempo conversan y confían más en una máquina parlante que en una mente humana. No nos hemos dado cuenta de lo que eso significa. Un día los televisores llegaron a las casas, fueron recibidos con honores, no sabíamos el poder que esos aparatos tendrían en nuestro diario comportamiento. La tele se volvió parte integral del hogar, la gente, en la sobremesa, platicaba de lo que la televisión transmitía. Años después llegaron los teléfonos celulares y todo mundo los deseó, los obtuvo y ahora los disfruta. Los celulares nos acercan al mundo y éste lo tenemos en la palma de la mano, ¿quién nos tiene en la palma de su mano? ¿Quién es el gran poderoso? Alexa llegó a la casa y le dimos la bienvenida, mi Paty lo adquirió para mi mamá (Dios siempre bendiga a ambas) y ahora se pelea con Alexa, le dicta órdenes, la máquina de pronto entra en un laberinto, porque la orden es confusa y Paty se enoja, dice que Alexa es tonta. Nada digo. A veces, mi Paty ya no diferencia entre Alexa y Álex, a veces me habla como si fuera yo esa máquina: “Álex, tal cosa”, con el tono imperativo que emplea con la máquina, no sé si a algún mortal casado le sucede lo mismo con su esposa, que le hablen en el tono con que le hablan a la Alexa. Mi Paty espera que yo responda como la máquina, olvida que soy un pobre mortal, un pichito que no tiene la capacidad de actuar al instante. Mis tiempos son los del escritor que si la palabra no aparece sabe que pasará tiempo pero llegará. Esos son mis tiempos, muy diferentes a los de respuestas instantáneas y sabihondas de Alexa. Posdata: Alexa llegó y sé que pronto habrá otro chunche que lo superará y mi Paty lo comprará. Yo no hablo con Alexa, me resisto. Si quiero saber la hora veo el celular, si necesito una alarma acciono el reloj del celular, si tengo alguna duda pregunto con la IA del celular. Todo lo hago con el celular. Pero me resisto a hablar con la IA, todo lo hago por escrito. En el celular veo películas y también ahí leo los libros digitales. Dios mío, qué dependencia de ese chunche mínimo, pero me resisto a hablar, todo lo hago con palabras escritas, pienso que no debo modificar mi vocación de escritor, aún en estos tiempos. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 24 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN QUERIDO AMIGO

Querida Mariana: te presento a un amigo de toda la vida: Javier Espinosa López. Javier y yo somos amigos desde hace más de sesenta años. Con ninguno de mis amigos de la palomilla llevo tanto tiempo. Muchos compas hicieron amigos en la infancia, en el barrio, en la escuela, en campos deportivos, en fin, en muchos espacios de convivencia. Conocí a Javier en un lugar donde jamás imaginé trabar amistad con alguien: en el templo de Santo Domingo. Él vivía a la vuelta del templo, estaba más cerca que yo, porque yo vivía a media cuadra del parque central y debía caminar otra cuadra para llegar al templo. Puede decirse que éramos vecinos de Santo Domingo. Cuando conocí a Javier ya era el líder de los acólitos del templo, todos los chiquitíos (no habían chiquitías) obedecían sus órdenes, él llevaba la mayor responsabilidad y el sacristán sabía que él controlaba a la catazumba de acólitos. Yo, te he contado, fui acólito en una temporada. Me gustaba estar presente. En realidad, si lo comparara con un equipo de fútbol o de básquetbol, casi siempre estaba en la banca, porque, por ejemplo, en los bautizos, los niños se peleaban por estar en el protocolo, ya que los padrinos acostumbraban dar “bolo” (unas monedas) a los participantes, así que todos los acólitos recibían su paga. Yo, niño tutuldioso, me quedaba en la orilla, pero veía con emoción el acto donde el sacerdote regaba agua sobre la cabecita de los bautizados, pensaba que era para que luego los niños tuvieran cabello como los jóvenes que veía a mi alrededor, luego, ni modos, ley de vida, los ancianos volvían a perder el cabello y se volvían como niños, bien pelones. Javier, el mero mero líder, siempre me tuvo afecto, así que cuando él decía que yo iba a acompañarlo en un bautizo, los demás se replegaban y yo, muy formal, hacía mi trabajo, al final recibía unas monedas, dinerito que siempre, siempre, se lo di a Javier, porque yo tenía un papá que me daba mis domingos. Javier y yo nos volvimos amigos, yo disfrutaba su compañía, porque, ya lo dije, era un amigo que había conocido en un lugar diferente; es decir, pocos compas tenían un amigo que conocieran en un templo. Por él subí hasta el campanario. Yo, el niño tutuldioso, se aventuró a subir la torre del templo y ver, como pájaro, los techos de la manzana de enfrente (la que hoy llamamos manzana de la discordia y que desapareció). Subimos por una escalera de caracol, con peldaños de piedra, en un pasillo ascendente que era asfixiante; subimos hasta un rellano de tierra, amplio, donde elevé mi vista y vi los arcos que sostenían las campanas. No puedo ahora calcular la altura, pero debió rebasar fácilmente la altura de tres metros, para llegar hasta arriba había que subir por una escalera de madera que, como si no corriera riesgo, estaba colocada en forma improvisada. Javier subió unos peldaños y me dijo que lo siguiera, puse mis manos en los laterales de la escalera y sentí cómo vibraba, cómo latía lentamente, cada vez que Javier colocaba un pie sobre otro escalón. Cerré mis ojos y me encomendé a Dios y luego volví a abrirlos, para que me ayudaran a subir, subí lentamente, mis manos sudaban, al fin, escuché que Javier me dijo que colocara las manos en tal tablón y me impulsara. ¿Yo? Pero si no era Tarzán, él me ayudó y subí a la tarima de madera donde ya pude pararme y ver las campanas, Javier me dijo que tocara la más pequeña y yo, como si hubiera conquistado el Everest comencé a somatar una campana con una cuerda amarrada al badajo, escuché el sonido que escuchaba en mi casa todos los días y supe que Javier y yo éramos unos tipos especiales, porque nosotros éramos los encargados de hacer sonar esas campanas gloriosas. Sudaba, por los nervios y por el esfuerzo físico, porque, bueno, ya no volveré a decir que era un niño cuidadito. Disfruté tantito la vista desde ahí, la tarde comenzaba a caer y vi un cielo prodigioso, el vuelo de algunas aves. Cuando vi a Javier de nuevo en la escalera, el telele volvió a mí. ¿No podía quedarme ahí para siempre? ¿No podían mandar un helicóptero para que volviera a tierra? No, nada de eso era posible, debía tomar valor de no sé qué vaso y arriesgarme a la bajada, cualquiera pensaría que la bajada es más fácil que la subida, pero yo comprobé que el vértigo se da en la bajada más que en la subida. Lo padecí, pero si cuento ahora la aventura, significa que logré bajar por la escalera que, como en la canción de Cornelio Reyna, tenía como mil metros de altura. Posdata: mi querido amigo Javier es un tipazo, él sigue muy cerca de ese espacio donde nos conocimos: el templo de Santo Domingo. La mañana del domingo fui al mercado y escuché su voz, no dudé, era él, tenía un micrófono en mano y anunciaba antojitos, lo hacía con gran simpatía: “ricas quesadillas de puerco, de res, de cabeza…si no le dieron de desayunar en su casa…acá están los ricos panquecitos…sólo quedan dos vasos de café, pídalos…hay atole de cacahuate, hecho por la hermana Belly”. Javier me dijo que él y sus hermanos en religión estaban ahí desde las siete de la mañana (ya eran las diez y media), casi todo había acabado, me dijo que no había dejado de circular gente, por eso. Le pregunté por el famoso padre Manuelito, me dijo que ese domingo oficiaría las dos últimas misas, en el barrio de Chichimá, Javier me dijo: será un dos por uno, y rio. Ahora ya está el padre Miguelito a cargo del templo de Santo Domingo, pronto, muy pronto, el padre Manuelito irá al Vaticano y por allá andará un buen tiempo. Mucha gente lo extrañará. Por fortuna yo no extraño a mi gran amigo Javier, lo encuentro con frecuencia y nos saludamos con gran afecto. Cuando me acerqué a saludarlo le pregunté: ¿cómo estás?, de inmediato respondió: “para servir a Dios y después a vos”. Me encantó su respuesta. Lo dejé en su chamba con el micrófono, invitaba a medio mundo a asistir el día 5 de noviembre a dos conferencias dictadas por Lupita Venegas (que vendrá desde Guadalajara). Las conferencias serán en el Auditorio Belisario Domínguez, en el campus de la Benemérita UNACH. Organiza la Radio Católica. La primera conferencia “Amor en familia”, será a las cinco de la tarde; y la segunda conferencia: “Sanando heridas del matrimonio”, será a las siete y media de la noche. El costo por conferencia es de trescientos pesitos. Me dio mucho gusto platicar dos minutos con Javier, mi gran amigo, mi líder de la época en que fui acólito, gran época. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 23 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON ALA DE VUELO

Querida Mariana: estuve en La Trinitaria; estuve en un acto denominado: “Asamblea informativa. En defensa de la transformación y la soberanía nacional”. Me invitó mi amiga Liliana Altuzar López, con quien me une una amistad de más de treinta años. El acto fue en el lugar llamado Los ocotes, hubo una enormísima carpa al lado de los carriles donde en feria se desarrollan las tradicionales carreras de caballos. Cuando llegué a la cita, un poco antes de las once de la mañana, la carpa estaba llena, muchísimas mujeres y algunos hombres ocupaban las sillas, el licenciado Mario Hugo dijo que más del ochenta por ciento de la audiencia estaba conformado por mujeres, un pájaro hermoso abría sus alas en espera de la llegada de mi amiga Liliana, quien estaba en las inmediaciones del panteón municipal con un gran contingente, con el cual se dirigió al lugar donde se realizó el acto. Ya podés imaginar el ambiente de fiesta, con batucada, cohetes, gritos de entusiasmo, porras. Cuando estuve cerca del panteón recordé el famoso letrero (andá a saber si fue cierto) que decía: “acá se entierran los muertos que viven en Zapaluta”. Más de tres drones surcaban el cielo haciendo tomas de video y fotografías. Cerca de la ruta había puestos con venta de tortas, chicharrines, aguas. La gente ondeaba banderas de Morena, porque Liliana es consejera estatal de dicho partido político. Antes que Liliana y su comitiva llegaran, hizo su arribo un grupo de mil personas que llegaron desde el barrio de San Sebastián. Así, un recuento a vuelo de pájaro dio como resultado un acto con más de tres mil asistentes, era un gran festejo, un libro pleno de voces vivas. El licenciado Mario Hugo, mientras motivaba a la audiencia a apoyar a la presidenta de la república con el coro de: “no estás sola”, dijo una frase que confirma una realidad en el presente: “Trinitaria dejó de ser la sombra de Comitán, ahora es un municipio autónomo, consciente de sus riquezas naturales”. A las once y media del día comenzó el acto, Liliana caminó en medio de vítores, al lado de Juan Salvador Camacho y de Selene Josefina Sánchez, diputados locales, quienes la acompañaron en este acto majestuoso. Cuando Liliana hizo uso de la palabra me sentí muy contento, mi amiga, con una gran personalidad, con voz segura abrió puertas en el aire, refrescó el poder de la palabra, saludó a todos los asistentes, envió un abrazo especial a su familia y, con emoción, invocó la presencia de su papá, hombre que le enseñó los valores que hoy ostenta. Como si bordara una tela llena de colores, mencionó que la presencia de todos los asistentes la fortalecían y sentenció que “nuestras comunidades tienen voz”, y su voz sonó clara, como un renuevo que crece en medio de un paisaje esperanzador. El júbilo fue presencia preclara, evocación de cauces de agua limpia. Fue un acto de río desbordado en alegría y en esperanza. Cuando Liliana terminó su participación, los fotógrafos se amontonaron para tomar la fotografía del recuerdo, la histórica, la que da cuenta del acto de mariposa espléndida. Posdata: al saludar a su familia dijo que era cumpleaños de su hermano Alfonso, así que si lo ven por ahí ¡abrácenlo!, dijo, así que al final del acto busqué a Alfonso, quien es mi amigo también y siempre me trata con mucho afecto, le deseé lo mejor del mundo y fui en busca de mi tsurito para volver a Comitán. Vi a una persona que cargaba una caja de cartón, estaba pesada, un compa que iba a su lado dijo: “esta está pesa”, así lo dijo, pesa y entendí que, en efecto, estaba pesada. Me hice a un lado para que pasaran. Asistí a la siembra de un gran árbol, fue abonado con la presencia de más de tres mil personas, personas desbordadas en júbilo. Estuve contento, saludé a muchos amigos periodistas. Me sentí contento, orgulloso, por el desempeño brillante que demostró mi amiga Liliana Altuzar López, distinguida ex alumna del Colegio Mariano N. Ruiz. ¡Tzatz Comitán!