Arenilla
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miércoles, 20 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA AMIGA DE ROSARIO
Querida Mariana: en Comitán, cuando decimos Rosario la mayoría sabe que hablamos de la pichita consentida: Rosario Castellanos.
Anexo la fotografía de una amiga cercana de Rosario, mi tía Betty Córdova, de rostro bello. Acá está con un peinado especial, con caireles; con aretes que enmarcan su rostro; y con una blusa que tiene un peto en la parte superior.
Ella fue amiga cercana de Rosario, estuvo casada con mi tío Gil, que laboraba en Telégrafos de México. Te conté que de niño iba seguido a la casa de ella, jugaba con Gil, el hijo mayor. Cuando era cumpleaños de Gil, la tía nos invitaba a varios chiquitíos y hacía juegos, repartía premios a quienes ganaban, siempre me pedía que cantara una canción que le gustaba, era una canción que cantaba uno de los cantantes de la época de los años sesenta: “…por qué se fue, por qué murió…” Creo que el cantante era Enrique Guzmán o César Costa, cuenta la historia de un compa que sufre un accidente automovilístico.
Dicen algunas personas que la tía Bety contaba anécdotas que vivió en la convivencia de Rosario y que otros compas se apropiaban de las anécdotas y las contaban como si ellos hubieran sido los protagonistas. La tía Betty vivió de niña en una casa que está contra esquina del templo de El Calvario, así que para ir a casa de Rosario le bastaba caminar media cuadra, porque Rosario, de niña, habitó la casa que está frente al módulo turístico en el edificio donde está la presidencia municipal. He platicado que Gustavo Armendáriz hizo favor de enviarme el árbol genealógico de Fray Matías de Córdova y en una de las ramas apareció el nombre de mi abuela materna, Esperanza Córdova. Cuando mi abuela Esperanza venía al pueblo a estar en casa unos tres o cuatro meses iba con frecuencia a casa de mi tía Betty donde la recibían con mucho cariño, el afecto dictado por el apellido Córdova.
Mi tía ya falleció hace años. Ella sufrió mucho la ausencia física de Pepe, uno de los hijos, que fue un comiteco de hueso colorado, que escribió libros que aportan a la identidad comiteca, libros de cuentos con el lenguaje de la región y un libro esencial que da cuenta de modismos de Comitán. Mi tía Betty iba todos los domingos a casa de la tía Maty Bermúdez, ahí comía en compañía de Doña Maty Trujillo y de mi mamacita. Cuando terminaban de comer, mi mamá y mi tía iban al parque central, compraban una nieve, se sentaban en una banca y escuchaban la marimba. La tía Betty fue una ferviente admiradora del sonido de la marimba. Tenía una bolita en la parte superior del pecho, así estuvo durante mucho tiempo, cuando un médico se lo jugueteó, ella comenzó a sentirse mal hasta que falleció. Así partió una de las grandes amigas de Rosario, que compartió muchos momentos en la infancia. Es lógico de entender que Rosario, niña de familia de hacendados, sólo tenía permitido que la visitaran niñas, sus amigas y entre éstas, mi tía Betty era una de sus más cercanas.
Rosario se volvió famosa y el año pasado todo México celebró el cumpleaños número cien. Pensé que era buena manera de seguir honrándola mostrándote la fotografía de una de sus amigas, ahora que se presenta en Comitán el libro: “Rosario Castellanos. Nací de mi sueño. Iconografía”, libro de gran belleza, editado por Coneculta; libro donde viene una serie de fotografías de Rosario en diferentes etapas de su vida, en esas fotografías aparece al lado de sus afectos y de gente importante con la que se rodeó. Acá está la foto de una amiga entrañable, con quien compartió juegos en el patio de la céntrica casa comiteca.
Posdata: ya recordé, la canción que mi tía me solicitaba la cantaba el grupo “Los Apson”.
¡Tzatz Comitán!
martes, 19 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍA DE RAYMUNDO ZENTENO
Querida Mariana: el Colegio Mariano N. Ruiz invitó a Raymundo Zenteno. El prodigioso escritor y cuenta cuentos estuvo en el pueblo el día 14 de mayo de 2026. Estuvo con estudiantes de la primaria del colegio y, a las doce y media del día, se reunió con el magisterio. ¡Un maestro frente a maestros! En la primaria estuvo en el patio central, rodeado por decenas y decenas de niñas y niños. La mayoría de niños y niñas disfrutaron la presencia de Raymundo, quien, con habilidad innata contó cuentos y mostró barquitos de papel y voló aviones, también de papel. Antes del final de su actuación se acercó un niño y le pidió que le regalara el avioncito amarillo, de factura impecable y vuelo afortunado. Sabés que luego hay avioncitos pochorocos, que no vuelan bien, que apenas se sueltan de la mano del niño caen en picada. El avioncito de Raymundo era una nave casi interplanetaria, de esos avioncitos que son amigos del aire y vuelan y vuelan y dan vueltas y más vueltas, regodeándose en la burbuja del aire. Raymundo, por supuesto, le obsequió el avioncito al niño, quien regresó feliz a sentarse en el piso para continuar disfrutando la actuación del cuenta cuentos prodigioso. ¿De dónde agarró valor el niño para levantarse y caminar hacia Raymundo a solicitarle el avioncito? Pienso que no lo reflexionó mucho, lo hizo porque deseaba tener ese avioncito, supo que era una oportunidad única y lo hizo también porque percibió que Raymundo, escritor noble y bueno, no iba a negarle la petición. Raymundo le obsequió un objeto que vuela y el niño tuvo en sus manos la capacidad de vuelo. Miles y miles de niños y niñas en todo Chiapas recuerdan los programas radiofónicos que transmitió Raymundo en la radio chiapaneca, “Radio ombligo” fue un programa exitosísimo, todos esos niños fueron tocados por el vuelo de la imaginación (es una pena que las autoridades le hayan quitado el presupuesto. Le hacía mucho bien a la sociedad. Es una pena, porque Raymundo, como pasa seguido en este país, es un talento desperdiciado. Es una pena, porque las autoridades gastan en basura en las ferias de pueblo y botan el dinero contratando a cantantes y bandas insulsas, que son apología de la violencia y siembran ignorancia. Raymundo es un sembrador de sueños, de árboles inteligentes, de nubes imaginativas. Qué pena que siga ignorado).
Raymundo, al lado de su hija Victoria, llegó a Comitán la tarde del 13 de mayo. El Maestro Huguito, director del colegio, solicitó que se apartara una habitación doble en el Hotel Internacional, que está a una cuadra del parque central del pueblo. Cuando Raymundo preguntó en dónde estaba el hotel, le dije que a pocos pasos de la Casa Museo del doctor Belisario Domínguez. ¡Ya sé dónde está!, dijo. Ambos viajaron en el ADO, tomaron un taxi y llegaron al hotel, con maletas cargadas de libros (libros para la presentación y libros escritos por él, para la venta, el libro que te platiqué estaba a la venta en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en el módulo de Chiapas, que es un libro sensacional y se llama “Cuentos jerigonzos y otras hormigas”).
Como lo hace la escritora española Rosa Montero, gran viajera, Raymundo Zenteno se paró frente a la ventana del cuarto (les correspondió el 211) y tomó una fotografía. El testimonio es: ¿qué se ve desde el lugar donde estoy? Esto deberíamos hacer cada día, cada instante. Tomó la foto y, de inmediato, me la envió por WhatsApp. Ah, la disfruté. Supe que el gran Raymundo ya estaba en Comitán, era un día de fiesta, lo fue todo el siguiente. Parte de la comunidad del Colegio Mariano N. Ruiz disfrutó de ese guateque juguetón, brillante.
Posdata: cuando el niño se acercó a pedirle el avión a Raymundo y éste se lo dio, dijo que podía enseñarle a hacer el avión a alguna maestra para que luego se hiciera la réplica. Al término de su actuación un panal de niños lo rodeó, le preguntaron cosas, pidieron las fotos del recuerdo. Salimos apresurados, porque ya debíamos ir, del plantel San Sebastián, al plantel Los Sabinos. Llegamos, de nuevo bajó las grandes maletas y dispuso los libros en una tarima (la actuación de Raymundo Zenteno y de Ovidio Vázquez fue en el bosquecito que está a la entrada. Ah, fue un escenario perfecto para que apareciera la magia de la imaginación). Todo fue excepcional, la palabra sobrevoló las cabezas de la audiencia y aterrizó en el espíritu. La palabra fue un avioncito de papel, amarillo. Al término nos despedimos de todos y Dora Patricia Espinosa y yo llevamos a los invitados al Restaurante 1813. Pedimos la comida y antes que llegara, Raymundo y Dora Patricia fueron al tsurito, sacaron papeles y el escritor, sobre la mesa, le enseñó cómo hacer el avioncito. Dora Patricia imitó los dobleces que Raymundo hizo (también Victoria se unió al grupo de creadores. ¿Yo? Ya me conocés, siempre me pierdo la aventura, lo que sí no perdí fue la oportunidad de verlos, de ver cómo doblaban la hoja y construían un maravilloso objeto que superaba al gato volador). Comimos. Cuando el mesero preguntó si podía levantar el plato, Raymundo dijo ¡no!, estoy comiendo, ya había terminado las enchiladas que pidió, pero, con el dedo seguía levantando el mole sobrante, que estaba riquísimo, imperdible.
La foto muestra la tarde del 13 de mayo de 2026, día en que Raymundo llegó a Comitán. La torre del templo de Santo Domingo emerge como un submarino sobre el techo de lo que fue el Cine Comitán, ahí se ven las claraboyas canceladas, que eran las ventilas que, al caer la tarde, los empleados abrían para que entrara un poco de aire, en la sala repleta de cinéfilos divertidos al ver las delicias que Chaplin hacía en la pantalla, en un prodigioso blanco y negro, en cine mudo.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 18 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON TONELADAS
Querida Mariana: este mundo es maravilloso, incomprensible, ajeno y lleno de alambre de púas. El otro día, mi amado Gutmita me dijo que es sobrino de Doña Carmen, mejor conocida como Carmen Reata. ¡Dios mío! En mi juventud escuché que el tío Eugenio llegaba “bien reata”, algunas sobrinas, más de pueblo, decían: “bien riata”, porque en el pueblo se dice reata o riata y nos referimos a lo mismo. Es simpático e incomprensible nuestro lenguaje, la e tiene el mismo valor de la i, así que si decimos pini, ya sabemos que cambiamos la e por la i, tal vez porque en los años sesenta, escuchábamos la única estación radiofónica de Comitán, la UI, y como la terminación era la i, una letra que, a decir de Gabilondo Soler, es delgada y simple. ¿Mirás? Sí, delgada sí, pero ¿simple? Parece que sí, porque es una letra sin complicaciones, de las letras es la más sencilla, basta dibujar un palito parado; en cambio, las otras vocales tienen sus complicaciones y sus recovecos. La vocal más sencilla es la i, tal vez por esto la gente, para evitarse complicaciones dice riata, en lugar de reata. Pero si le preguntamos a la abuela achacosa de la Real Academia nos dirá que lo prestigioso es decir reata y no riata, pero acá, en el pueblo la gente le manda mil toneladas de riata a la Real. ¿No mirás que en Villaflores realizaron un agravio mayor? Ellos son fregones, porque a la Real la rebautizaron como Rial. Ah, qué genialidad. Allá la i se impuso sobre la e.
Y digo toneladas de reata, porque en mi infancia, en la primaria, había un malcriado que se agarraba su penecito, del tamaño de su dedo meñique y, como si fuera un trailero decía: “pélenme diez toneladas de reata”. ¡Por el amor de Dios! Sin duda que esa frase la escuchó en el barrio, porque era del barrio de La Pila, donde ya he dicho que siempre ha sido un barrio bravo, basta recordar que en una calle paralela al templo de San Caralampio hubo el famoso señorío de Tía Maty, una de las dos mujeres que regenteaban chicas malas, ahí se lucían las reatas de los comitecos.
Porque en el pueblo, perdón, más que referirse a lo que dice el diccionario, la palabra reata se emplea más para referirse al pene. Busqué en el Internet y hallé lo obvio, en nuestras regiones se usa la palabra reata para definir a una persona que es valiente o que es muy hábil en una actividad. “Este compa es bien reata”, quiere decir que es bueno para hacer lo que hace, si sigo con las malcriadezas puede extenderse al plano sexual, “un buena reata” es un amante excelso. Quien tiene un pene pequeño nunca escuchará que alguien le diga el término reata, en cambio, al que calza grande sí dirán de él: tiene una gran reata. No sé si el Gutmita me contó el chiste de aquel compa que era temido en los burdeles, porque tenía tatuado el pene, en reposo las chicas leían “Villada”, pero ya erecto mostraba toda la frase escrita: “Vila Villa, hijos de la jijada”.
En Comitán cuentan pues que en un consultorio médico, el doctor le decía al paciente: “No es nada de la consulta, compadrito” y le daba la receta que surtía la esposa en un local anexo, ahí el médico anotaba “MTR” que significaba: Metele toda la reata.
Posdata: ya no sé por qué te platico todas estas cosas extrañas. Ah, ya lo recordé, porque mi amado Gutmita es sobrino de Doña Carmen Reata, que andá a saber por qué le decían así. No es un apodo común, no es tan ofensivo, digo yo. Por ejemplo, el apodo de Doña María Sabrosa, es un apodo sin ofensa, le decían así porque era una gran cocinera. Pero hay apodos que sí son ofensivos. Otra mujer a la que le agregaron un objeto fue Toña Machetes. En el pueblo tuvimos a una Carmen Pijuy, ella sí se molestaba mucho cuando le decían su apodo, los estudiantes pasaban a su tienda, donde vendía dulces, al salir, no faltaba el malcriado que preguntaba: ¿no vendes’té pijuyes? Ah, hacía el coraje del día, la señora. No le pregunté al Gutmita el origen del apodo de su tía, él lo cuenta orgulloso, pues cómo no, si él es bien reata. ¡Ya no digo más!
¡Tzatz Comitán!
domingo, 17 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON RETAZOS
Querida Mariana: fue en los años setenta, tal vez en la Ciudad de México, Armando me dijo: “te lo perdés”, Armando, igual que yo, es comiteco y estudiaba en la gran ciudad. Él me llevaba dos años; es decir, estaba ya en cuarto semestre de la licenciatura en Derecho. Su papá, connotado profesional, vivía en Tuxtla, abandonó a su familia comiteca cuando se juntó con otra mujer, pero seguía enviando dinero al pueblo y pagaba la manutención del hijo que, igual que él, sería abogado.
“Te lo perdés”, me dijo Armando, tal vez un mediodía que bebíamos cerveza y tacos de carnitas con “Tío Cuco”, mientras, en la mesa de al lado un grupo de señores bebía güisqui y jugaba dados, reían, mientras nosotros, serios, platicábamos del porvenir que nos esperaba. Tal vez yo estaba recién desempacado de Comitán, todo me deslumbraba de la gran ciudad. Si es cierto lo que cuento, ya estaba en primer semestre de ingeniería, en la UNAM, ya había conocido la enormísima Biblioteca Central Universitaria, y había comenzado a disfrutar decenas de novelas, libros de cuentos y de poesía (algo de teatro, también). Y Armando insistía en decirme que, mientras estaba sentado en la sala o recargado en el tronco de un árbol, me perdía lo bueno de la vida. ¡Sí! No era bobo, sabía lo que a veces la gente no entiende, que cuando decidís hacer algo dejás de hacer otra cosa, así que yo (como hasta la fecha) había decidido dedicar mi vida a la lectura de libros (pucha, sonó como si hubiese estado en un monasterio dedicando mi futuro al servicio de Dios). Pero así fue, no había poder humano, ni divino, que me quitase la idea de que el mundo estaba en las novelas y en los cuentos (siempre me ha encantado la narrativa, me encanta leer cuentos, ahora que te escribo, en 2026, mil años después de lo que cuento, leo cuentos de José Agustín, el autor de La Onda, que motivó a ser escritor a Juan Villoro, con su novela “De perfil”, novela que leí en esos tiempos de la UNAM, de los años setenta).
“Te lo perdés”, repetía Armando, mientras bebíamos el líquido de los vasos llenos de espuma y comíamos una magra botana, consistente en cacahuates (ah, qué diferencia de la botana de nuestro pueblo, riquísima en sabores y en cantidades, bueno, menos la que servía Tío Tavo, que era rica en sabores, pero no en cantidades. La verdad es que todos los estudiantes comitecos extrañábamos la botana comiteca, por eso nuestras mamás enviaban cajas de cartón, con los amigos, llenas de tostadas, butifarras, chorizos, pedazos de chicharrón de hebra y botecitos de chile en vinagre). Sí, estaba consciente que “me lo perdía”, me perdía todas las aventuras que Armando disfrutaba. Era así, porque Armando, buen estudiante de Derecho, iba los fines de semana a Cuernavaca a nadar en la alberca de la casa que tenía su tío Alberto (con el que vivía en la colonia Roma, en la Ciudad de México, porque el tío era hermano de su mamá, digo, de la mamá de Armando, ni pagaba mensualidad, ni nada, en cambio yo, en casa de mi tía Josefa, sí debía pagar la mensualidad, que, puntualmente enviaba mi amado papá, porque éste, mi papá, tenía la ilusión de que concluyera una carrera universitaria, mi papá no sabía que yo me perdía de entrar a clases en las aulas de la facultad, porque mis pasos, todos los días, me conducían a la biblioteca).
Me lo perdía, me lo perdía, porque ni nadar sabía (nunca aprendí), así que yo me perdía la invitación permanente de Armando. Vonós, decía. No, decía yo, gracias. No. Te lo perdés, repetía Armando. Sí, me lo perdía. Me lo perdía, porque muchos domingos, salvo cuando iba al Estadio Azteca con Quique y Miguel, me quedaba leyendo, en casa, tomando un refresco y un “gansito”, que me gustaba mucho (luego aprendimos que podíamos comer “gansitos” helados y los poníamos en el congelador del refri. Ah, qué delicia comer pastel helado, esto no lo habían descubierto en Comitán, estábamos seguros).
Por no saber nadar me perdí nadar en la poza del rancho El Salvador, del papá de mi amigo Jorge (en paz descanse); por no saber nadar nunca me aventé del trampolín más alto de la alberca universitaria, ni salté sobre las olas del mar. Nunca me atreví a surfear, ¡cómo!, jamás me trepé en un parapente, no, ni Dios lo permita, capaz que se reventaban las correas mientras yo volaba sobre el mar y caía en el agua, aparte de ahogarme de inmediato, corría el peligro de caer cerca de un grupo de tiburones hambrientos. Por no saber nadar me perdí la oportunidad de bañarme en el río que cruzaba el rancho “Quitacalzón”, propiedad del papá de Roge y de Miguel (en paz descanse). Cuando cruzábamos a la otra orilla, para llegar a la casa, caminaba con mucho cuidado sobre el puente de madera que siempre, siempre, estaba húmedo y resbaladizo, pedía a todos los santos y vírgenes que iluminaran mis pasos para que no resbalara, Dios mío, siempre pensaba que resbalaba y, como podía, me agarraba de las maderas, sostenido con mis manos y con el cuerpo, como péndulo, balanceándose sobre el vacío, pataleando, y pensaba que algún cocodrilo (como lo había visto en el cine, en las películas de Tarzán) abría su boca enorme y con sus colmillos atrapaba una de mis piernitas, pero luego pensaba que ahí no había cocodrilos y me tranquilizaba, porque, Dios que es bueno, me protegía y lograba llegar a la otra orilla sin resbalar.
Posdata: Armando tenía razón: me lo perdía. Así es la vida, cuando hacés algo te perdés lo otro. Yo me he perdido vivir muchas experiencias; pero, a la vez, pienso que también Armando se pierde de vivir lo que yo vivo. Los lectores vivimos muchas experiencias que los no lectores se pierden. Así es la vida, todos nos perdemos.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 16 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO HISTÓRICA
Querida Mariana: esta foto me la compartió Socorro Trejo, poeta chiapaneca, Premio Chiapas, amiga de muchísimos años.
Me dijo que está modificada con IA. Están modificadas las caritas, porque la IA todo lo transforma. Por ahí está la foto original, pero quise conservar esta fotografía porque habla de estos tiempos. En 1992 no preveíamos lo que iba a transformar nuestras vidas los chunches tecnológicos. Y digo 1992 porque la foto es precisamente de ese año. ¿Mirás? Tiene más de treinta años. La foto fue tomada en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Las escritoras que aparecen acá participaron en el II Encuentro Nacional de Escritoras Rosario Castellanos, donde se brindó homenaje a la poeta Enriqueta Ochoa. La organizadora de estos encuentros fue, precisamente, Socorrito Trejo.
Cuando Socorrito me la compartió dijo que en esta fotografía aparecen varias escritoras comitecas. ¡Es cierto! Socorrito era muy inclusiva, invitaba a creadoras de todo el estado. Digo esto, porque a veces los tuxtlecos son muy centralistas, se creen moneditas de oro. Socorrito siempre ha reconocido que en todo Chiapas se cuecen habas, granos de oro, que en todos lados existe la creación. Y no me quiero meter en broncas que no me corresponden, pero hay varios casos del “interior” del estado de Chiapas donde superan con creces la creación literaria que se realiza en la capital chiapaneca.
Vi la foto y hallé muchas caritas conocidas. Conviví con varias de ellas. Pensá que la foto tiene más de treinta años, hemos cambiado.
Fijate que estos encuentros hablan bien de Socorrito. Recordá que en fotos de los años cincuenta, la Rosario aparecía como única mujer, en medio de un hombrerío. Socorrito honró a Rosario en estos encuentros con la participación de pura mujer creadora (ya te conté que ella me invitaba a moderar mesas de estos encuentros, sólo moderarlas. ¿Por qué me invitaba? Yo aceptaba, pero me daba ganas de decir, como famoso comediante mexicano: no soy niña, ¡no soy niña!)
Cuando vi la foto me dio ganas de hablar de todas mis conocidas, pero son muchas, la carta sería interminable. Sólo diré, porque no puedo quedarme con el nombre trabado en la garganta, que la segunda mujer de la fila de atrás (donde están paradas) es Ethel Beutelpeacher, narradora que vivió en Chiapa de Corzo. Una vez estuve en su casa, nos invitó a tomar un pozol de cacao, vi que había un librero al lado de una hamaca. Ella participó para ser becaria del Centro Chiapaneco, pero no obtuvo la beca, como ya tenía un trabajo consolidado, las autoridades del Instituto Chiapaneco de Cultura decidieron publicar un libro de cuentos, un libro simpático, delicioso. La que sigue de Doña Ethel es Socorrito Trejo, al lado de nuestra querida poeta Dolores Castro, la gran amiga de Rosario, quien estuvo en Comitán varias veces, con Rosario y luego ya ella sola, porque Rosario ya había fallecido. Y al lado de Lolita, la poeta homenajeada, Enriqueta Ochoa, que era de Coahuila. ¿Sabés quién es hija de Enriqueta? La Marianne Toussaint Ochoa, quien, igual que su madre, es poeta.
Recuerdo a todas las asistentes, a unas más, a otras menos. Escribo en el mes de mayo de 2026, en este tiempo veo que ya hay varias escritoras fallecidas. De hecho, de las cuatro escritoras mencionadas sólo Socorrito sigue viva, gracias a Dios. Ethel, Lolita y Enriqueta ya fallecieron, hace tiempo, en diferentes tiempos.
Pasaré entonces a enumerar a las creadoras comitecas que participaron en este II encuentro literario, dedicado a nuestra pichita amada, Rosario Castellanos. Precisamente después de Enriqueta está la gran Lupita Alfonzo, poeta y narradora, además de actriz y directora de teatro. Ella escribió cuentos breves, ingeniosos, donde la palabra fue como pajarito travieso y vivaz. A continuación, está nuestra querida cronista vitalicia, Lolita Albores, con su par de muletas. Ella escribió crónicas y anécdotas que tenían la picardía que la caracterizó, no por algo, algunos comitecos le decían Lola Albures. En seguida está otra comiteca valiosa, Lety Román de Becerril, quien escribió novela histórica, biografía (una del padre Carlos), anécdotas y libros de ensayos, ella fue una gran pianista, siempre se sintió orgullosa (así me lo contó) que el prólogo de su primera novela fue escrito, nada más y nada menos, que por Jaime Sabines, poeta que en este año es celebrado con motivo del centenario de su nacimiento.
Al final de la segunda fila, sentadita, muy modosita, está la admirada Marirrós Bonifaz (María del Rosario Bonifaz Alfonzo), poeta que mereció el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines, en 1990. En el momento de la fotografía ya era una poeta con reconocimiento nacional. Ella es arquitecta de profesión, egresada de la gloriosa UNAM, la máxima casa de estudios profesionales del país.
¿Quién más de Comitán? Pues en primera fila, muy coqueta, con vestido negro y cabello güero, está Clarita del Carmen Guillén, poeta, dibujante, narradora e investigadora, gran promotora del reconocimiento a una escritora comiteca que fue pionera en literatura infantil: Blanca Lydia Trejo.
Al final de esta primera fila está la tuxtleca Marisa Trejo, hermana de Socorrito. Marisa también es mi gran amiga, ella y yo cursamos literatura en la Benemérita UNACH, durante la carrera ella fue mi maestra de francés, por dos semestres, muy poco aprendí de ese maravilloso idioma, porque yo llegaba al salón de pisa y corre, porque trabajaba en una chamba que demandaba que siempre anduviera fuera del estado de Chiapas, ganaba buena paga, con viáticos generosos, me trepaba a aviones y viajaba, por ejemplo, a Oaxaca y a la península yucateca. Buenos tiempos.
Posdata: ya dije que las caritas están un poco cambiadas, pero son los tiempos, tal vez la IA sabe que las chicas desean tener cutis planchaditos, como de quinceañeras. Dije que hay varias fallecidas, una que recuerdo mucho es la poeta Blanca Margarita, quien siempre fue muy generosa conmigo, cuando ella fue directora del Centro Cultural Jaime Sabines me dio un espacio privilegiado para firma de mi novela “Yo también me llamo Vincent”. Buenos tiempos.
No puedo dejar de mencionar a Malú Morales, quien ya no vive en Chiapas, pero fue mi compañera en el taller de cuento del gran Rafael Ramírez Heredia, el famoso “Rayo Macoy”
¡Tzatz Comitán!
viernes, 15 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON RAMAS
Querida Mariana: los fotógrafos expertos toman fotografías con un primer plano, que es lo más cercano a la cámara. ¿Has visto que en fotografías de paisajes o de retratos hechos al aire libre aparecen ramas con hojas? En interiores; es decir, en salones, en templos, los primeros planos son otros, pero no faltan los floreros que se aprovechan para que den una sensación de perspectiva a la toma.
Cuando alguien dijo que “no se andaba por las ramas” no tomó en cuenta que muchos fotógrafos las aprovechan para que sus imágenes tengan esos elementos para dar la sensación, en el plano, de una tercera dimensión visual.
Muchas veces es bueno andarse por las ramas. El personaje principal de la novela “El barón rampante”, de Ítalo Calvino, se anduvo por las ramas durante toda la historia. Recordá que el protagonista, por berrinche infantil, se trepa a un árbol y a partir de esa decisión ya no baja más, va de un árbol a otro y desde ahí (mirador privilegiado) ve lo que sucede en el mundo cercano. Cuando leí dicha novela pensé que la historia se iba a caer. ¿Cómo estar mucho tiempo leyendo algo que no “baja a la tierra”? Pues no sucedió lo que pensé al inicio, Ítalo es tan grande como narrador que teje una historia apasionante.
Rama, ramita, ramona. Es clásica la anécdota, un grupo de gente iba de pie en un camioncito de redilas y alguien gritó: ¡cuidado con la ramona!, alguien buscó a la Ramona, pero más temprano que tarde supo que se refería a una rama grande que le rasguñó la cara, todos los demás sabían de qué se trataba, por eso se acuclillaron de inmediato. Otra anécdota, más agresiva cuenta que una señora de nombre Ramona Cabrera, la gente le decía cabrona ramera. ¡Ay, la gente!
¿Qué significa andarse por las ramas? ¿Puede decirse que es “hacerse tacuatz”; es decir, hacer como si la virgen le hablara; hacerse pato? Los que saben dicen que se aplica cuando alguien, al hablar, no va directamente al grano, sino que le da vuelta al tema.
¿Recordás la tradición navideña en Yucatán? Allá, los niños salen con una rama y piden paga, lo hacen en forma festiva, con cantos especiales. Alguien me dijo que también en Veracruz tienen esta costumbre tradicional. Los jarochos son muy buenos para las versificaciones. Copié un cuarteto, mirá: “Salgan para afuera / miren qué bonito, / verán a la rama / con sus farolitos”.
Que los muy exquisitos del lenguaje (los mamoncitos) critican cómo hablamos los comitecos: subí para arriba. Los jarochos no se inmutan, van en la calle y cantan: “Salgan para afuera”.
He visto muchas fotografías donde los artistas aprovechan las ramas, con hojas o con flores, la naturaleza participa en el acto creativo. ¿Mirás lo que he dicho? El primer plano aparece con ramas, esto lo saben también los ciclistas que hacen rutas por sendas rurales, a veces, muchas veces, se topan con ramas en el trayecto, por eso el líder avisa: ¡rama, rama!, y los que le siguen repiten el aviso. ¿Mirás lo que he dicho? Los líderes siempre se topan primero con las ramas, los de hasta atrás son quienes reciben el aviso, son los que tienen más oportunidades de no salir afectados con un ramazo. Es una bobera lo que diré, pero un buen líder es una persona que tiene la habilidad de observar las ramas que pueden molestar el trayecto y lograr avisar a sus seguidores.
Posdata: los líderes son los que están en primer plano, los que son parte esencial para la toma de los artistas. Las ramas son las extensiones del tronco, hay troncos de diversos grosores y de diversas texturas. No es lo mismo ser tronco de un árbol de papaya (endeble, pero grácil), que ser tronco de una ceiba.
Hay ramas que dan frutos, igual que los líderes. Hay frutos que se secan, que muestran arrugas; hay otros que son frutos espléndidos, jugosos.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 14 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON TIEMPO REVERTIDO
Querida Mariana: “Hermilo Vives y Sucesores” cierra sus puertas. Así lo dijo el contador Moya, en redes sociales. La noticia impactó a muchas personas mayores del pueblo. Los jóvenes no saben la trascendencia que tuvo ese negocio, iniciado por el papá del maestro Hermilo, hace más de noventa años. El fundador marcó el destino de la tienda que vendió productos fotográficos, cámaras, rollos, focos, lámparas diversas, baterías y muchos más chunches del ramo. Digo que marcó el destino, porque su sucesor fue quien continuó en la atención de clientes. El maestro Hermilo Vives Werner, hijo del fundador, se casó, pero no tuvo descendencia, así, la picardía comiteca, de inmediato bautizó al negocio como “Hermilo Vives sin Sucesores”. Ahora, en mayo de 2026, el contador Moya dijo que la negociación cerrará sus puertas. ¿Para siempre? ¿Y ahora qué se viene para el porvenir?
Por ahí ya lo dijeron, se cierran las puertas de un negocio tradicional y con ello también se clausura una época. Lo mismo sucedió cuando cerró sus puertas la Zapatería Nueva, de mis tíos César y Maty.
Digo que la noticia del cierre de “Hermilo Vives y Sucesores” impactó a personas mayores, porque de inmediato afloraron a sus mentes anécdotas vividas en esa tienda.
Hace años, el maestro Hermilo le dio una remozada al negocio, instaló una isla en el vestíbulo, diseñó exhibidores en las laterales y colocó su escritorio en el fondo. La isla fue la antesala para quienes deseaban saludarlo; quienes sólo llegaban a comprar no pasaban de ahí, si había necesidad de alguna atención especial, el maestro dejaba su búnker y acudía al vestíbulo. Un grupo de muchachas se encargaba de la atención a clientes, una de ellas trabajó en la empresa más de treinta años.
Casi al final de los años sesenta y principios de los setenta yo acudía con frecuencia al negocio para comprar rollos fotográficos o a dejarle rollos a color para que fueran revelados. El maestro, con la pulcritud y tranquilidad con que siempre ha hecho sus cosas, llenaba un formato de Kodak, que era el comprobante de lo solicitado. ¿Sabés cuántos días pasaban para que las fotografías llegaran a las manos del cliente? Varios días, muchos, porque en la ciudad no había un laboratorio que revelara las fotografías en color, así que el trámite era tardado, porque el maestro Hermilo enviaba los rollos a la Ciudad de México, donde los laboratorios Kodak se encargaban del proceso (que era rápido), pero la tardanza estaba en los días que tardaba el rollo en llegar a México y en el regreso. Ahí aprendimos una lección de paciencia, la que siempre ha sido galardón de la personalidad del maestro. Una vez, mi amigo Fernando me dijo que vio a mi papá en mangas de camisa y pensó: “la vida no debe ser tan difícil”, lo mismo podemos decir todos aquellos que fuimos alumnos del maestro Hermilo en relación con la paciencia: “la vida puede ser metódica, sencilla, sin apresuramientos”, porque, ya lo dije, él siempre toma las cosas con tranquilidad, a tal grado que en estos tiempos camina con un sosiego que es ejemplar, ya se ayuda con un bastón, pero cuando sube a su auto, marca Topaz, nadie puede pensar que él camina con lentitud Matusalénica.
El maestro Hermilo dio clases de matemáticas en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz y en la Escuela Secundaria y Preparatoria del Estado, un día dejó de hacerlo; se dedicó en cuerpo y alma a su negocio “Hermilo Vives y Sucesores”. Hace días, el contador Moya dijo que ya cerrará su negocio. ¿Cuántos años dedicado a ese oficio? No lo sé, pero muchos, muchos. El negocio viene del siglo pasado, es uno de los más antiguos del pueblo y uno de los de más trascendencia.
El negocio cierra sus puertas y con ello cierra una época, a la vez abre una ventana para la nostalgia, para el recuerdo y para el reconocimiento, reconocimiento a un hombre maravilloso.
Posdata: el maestro Hermilo, como muchos comerciantes, llegaba a cumplir con su responsabilidad todos los días. A la hora del cierre, cerraba con llave, colocaba candados y luego hacía la señal de la cruz ante cada una de las puertas, las encomendaba a Dios, para que les echara un ojo y evitara a los delincuentes.
Pienso que la rutina del maestro Hermilo se modificará ahora en adelante en forma rotunda, en los últimos tiempos lo veía salir de su negocio, caminar con pasos lentos hacia el templo de Santo Domingo para orar y luego regresar al negocio para adentrarse en el fondo, donde siempre estuvo su escritorio. “Hermilo Vives y Sucesores” cierra sus puertas. Pucha, qué noticia tan de mariposa posada en una flor, sin posibilidad de vuelo.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 13 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON MADRES
Querida Mariana: el 10 de mayo se celebra el Día de la Madre. En algún momento del siglo XX, al periódico Excélsior se le ocurrió crear tal celebración y desde entonces el mundo se divide en dos: los que celebran a sus mamacitas tal día y los que son creyentes de celebrar y honrar a la madre durante todos los días de la vida. Las leyes de la mercadotecnia han ganado, siempre son triunfadoras, así vemos que el día 10 de mayo todo mundo compra algún regalito para obsequiar a la mamá (viva o difunta), si la madre vive la llevan a un restaurante o se reúnen en casa para la comida y entregarle un presente; si la madre ya es difunta se impone una visita al cementerio para llevarle flores, tal vez unas dos o tres canciones con mariachi y ramos de flores. Los hijos huérfanos tienen un sabor agridulce, lamentan la ausencia; los hijos que gozan de la presencia física de la mamá la reconocen y la honran (no todos, no todos, hay unos compas que son hijos de su pinche madre, no por ella, sino por ellos).
Hay mil palabras que pueden emplear los buenos hijos para sus buenas madres. Una certeza es que todos los seres humanos nacieron de una madre, algunos se vuelven poca madre, otros, en cambio, son a toda madre.
Una de las palabras que pueden definir a las madres buenas es la palabra ¡aire! El aire, igual que el agua, es esencia vital. Las madres son aire, ayudan a que los hijos vuelen papalotes, a que los cielos se llenen de aire, a que el entorno se purifique, a que el espanto no aparezca o se diluya. La madre es aire, porque el aire acaricia el silencio, pero, a la vez, oxigena el verbo, lo mantiene en un nicho donde es como una veladora que alumbra el cuarto oscuro.
Puente es otra palabra que define a la madre, que explica a los profanos, la belleza de su mano, de su intención. La madre es puente, porque ayuda a pasar de una a otra orilla. Ningún ser humano puede, o debe, quedarse en el mismo sitio, todas las personas se exigen ser nómadas, porque el mundo es ancho y profundo y los seres humanos deben conocer la profundidad del abismo y la anchura de miras. Hay madres que leen cuentos a sus hijos cuando son pequeños, en ese acto mínimo y prodigioso les están mostrando la anchura de miras, les están diciendo lo grande que es el mundo que los espera, porque nadie puede quedarse en el nido. Ah, sería tan bello permanecer en los brazos de la madre para siempre, pero es imposible. Dicen que es ley de la naturaleza echarse al vuelo. La madre alimenta las alas, las pule, les otorga fuerza.
Tiempo es otra palabra que define a la madre, porque sabemos que no hay tesoro más amable en el mundo que el tiempo. El tiempo es la esencia más valiosa, después de la salud. La madre es el reloj de la vida, el minutero que acompaña al hijo.
Vos y yo hemos hablado de la huachafería peruana; es decir, la cursilería, que llega a extremos indecibles. La celebración de la madre roza esas lianas, porque el amor siempre está en la orilla y cae al vacío de lo cursi. Pero, lo sabemos, el amor a una chica es la que genera la mayor cursilería. ¿Qué puede decirse del chico que, en el Día del Amor, le compra un gigantesco peluche a su chica? He visto la reacción de la chica, se siente abrumada, al recibir un oso inmenso. Si el acto fuera en privado nadie se agobiaría, pero cuando la entrega del peluche se hace en público, la chica se sonroja y ese colorado de las mejillas hablan de genuina emoción y de inalterable vergüenza, que es prima del “trágame tierra”.
Me caigo mal, porque debo decir que no todas las madres corresponden a esa imagen de abnegación, cariño sin límite. Hay madres que huelen a eso: ¡a madres!, que son poca madre, que son como brujas maléficas. Vos y yo hemos leído muchos cuentos y muchas novelas donde aparecen madres que tiran a sus hijos recién nacidos en basureros, expuestos a las mordeduras de cientos de ratas; hemos leído cómo, sólo porque Dios es grande, algunas de esas criaturas son salvadas por un espíritu caritativo y son atendidas por mujeres que, sin ser sus pinches madres biológicas se convierten en madres sustitutas, hermosas mujeres que cuidan y atienden a esos capullos que llegan a florecer en este campo de miserias.
Posdata: todos los seres humanos provenimos de una madre, es ley física indiscutible, ley divina. Salvo Adán y Eva, ellos no tuvieron madre. Tal vez por eso la civilización está como está porque faltó el hálito divino al principio de los tiempos. Venimos de una pareja original que no tuvo madre. Uf.
¡Tzatz Comitán!
martes, 12 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON MUESTRA DE APOYO PARA EL ACTUAL RECTOR DE LA BENEMÉRITA UNACH
Querida Mariana: apoyo la reelección del rector Oswaldo Chacón. Hace días lanzaron la convocatoria para el rectorado 2026-2030 de la Benemérita UNACH y yo doy mi voto para que continúe.
¿Y vos, qué?, podrá decir alguien. Caso sos de la Junta de Gobierno de la universidad, órgano máximo. No, soy un pobre venadito que habita, no en la serranía, sino en el barrio de Guadalupe, de Comitán, pero, y mirá que este ¡pero! lo escribo como si fuera una nube del más alto cielo: soy hijo de la universidad, orgulloso ex alumno de literatura. Por ello tengo el derecho de expresar mi opinión, digo que apoyo al rector Oswaldo, para que continúe al frente de nuestra ilustre institución.
Soy hijo de la universidad chiapaneca, uno de los miles y miles de alumnos que ahí se han nutrido, la Benemérita UNACH ha sido nuestra madre nutricia, por eso decimos, muy chentos que la UNACH es nuestra Alma Mater. ¿Mirás cómo lo decimos? Con un latinajo perfecto. Alma Mater significa Madre Nutricia, de ahí mamamos lo que somos con nuestras profesiones; de ahí nos nutrimos para engrandecer a Chiapas, cada uno desde su trinchera. A mí me perdonás, pero me siento muy orgulloso de mi escuela, que hace poco cumplió los cincuenta años de su fundación.
Sí, tenés razón, también me enorgullezco de la UNAM, la universidad donde estuve de 1975 a 1979, donde leí mil libros en la Biblioteca Central Universitaria y asistí a decenas de ciclos de cine de arte, en diversos auditorios de facultades.
¿Por qué hablo de la UNAM? Porque ahí cimenté mi vocación de gran lector, ya en la Benemérita UNACH logré afianzar ese gusto cuando estudié en la Facultad de Humanidades, en el campus de Tuxtla.
Soy hijo de la UNACH, de ahí es mi título, por eso me abrogo el derecho de manifestarme y de dar mi voto a favor del rector Oswaldo, porque he sido testigo presencial del avance de la universidad durante el periodo en que ha estado como rector interino.
Digo pues que cimenté mi vocación de lector en la UNAM y la consolidé en la UNACH. Soy un gran lector, así que si bastara una acción del rector Oswaldo diría que él es un gran lector también y demuestra su valía con las acciones que fortalecen la universidad. ¿Imaginás un rector universitario que no fuera un gran lector? Gracias a que es un hombre culto, sabe que la universidad es recinto donde el conocimiento universal debe estar presente y con preferencia en un rubro que luego es ignorado por los académicos cuadrados: ¡la cultura y el arte!, y dentro de ello ¡la literatura!
Pondré un mínimo ejemplo que habla de su apertura intelectual, en el poco tiempo que lleva como rector, el doctor Oswaldo trajo a Comitán al gran escritor Leonardo Padura. Jamás ninguna institución cultural o educativa había traído a un escritor de la talla del cubano a este pueblo. Ah, qué lujo. Y hace poco estuvo Juan Villoro en San Cristóbal de Las Casas. Estoy dando dos diamantes de muestra, sólo para que mirés por dónde anda la mira de alturas de Oswaldo.
Cuando alguien es sensible al arte, cuando alguien está muy cerca de los universitarios, cuando alguien entrega su corazón y talento al servicio de los demás debe reconocérsele. Reconozco en el doctor Oswaldo su capacidad al dirigir esta institución que está posicionada como la mejor universidad pública de Chiapas.
Posdata: el lunes 11 de mayo vino la secretaria general, la Doctora Mary Carmen Vázquez Velasco, a dar inicio a la convocatoria de la licenciatura en arquitectura, que inicia clases durante el próximo ciclo escolar. Esto es un gran logro para Comitán, en el acto protocolario, cuando las autoridades hicieron uso de la palabra hubo una que siempre apareció: histórico. Sí, el acto fue histórico para nuestro pueblo. Antes que el rector Oswaldo entrara a la universidad nuestro campus ofrecía dos carreras: administración y contaduría; ahora ya ofrece tres carreras más: agronegocios, gestión turística y arquitectura. Y esto es por la iniciativa del rector y de nuestra admirada Doctora Mary Carmen, comiteca talentosísima.
Así que yo voto por el doctor Oswaldo, para que nuestra universidad siga cosechando triunfos, para que la cultura y las artes sigan estando en la agenda universitaria, para que los estudiantes se nutran con la luz más brillante, para que Chiapas tenga un mejor porvenir, el futuro que se merece. Tenés razón, soy un pobre venadito, pero tengo suficiente capacidad intelectual para ver dónde hay capacidad de liderazgo. Mi voto es un voto virtual, sin validez a la hora de la toma de las grandes decisiones, pero pensé que era importante compartir con vos mi emoción y mi deseo.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 11 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON COLORES
Querida Mariana: llená tu vista de colores maravillosos, llená tu espíritu, bebé la belleza en grado supremo.
Llená la hamaca de tu ánimo con la flor de mayo, que en Comitán llaman Juchuch. Ah, qué nombre tan bello, igual que las flores que se abren en el quinto mes del año. Por algo se llama flor de mayo.
No resistí la tentación, entré al Internet en busca de más información y hallé que el árbol es nativo de México y de Centroamérica, su nombre científico es “plumeria rubra”, ¿será porque los ramos son como plumeros inflamados de rojo?, porque el chunche genial me dijo que rubra es un adjetivo en latín que significa encarnado, colorado.
Con mi Paty fuimos al mercado Primero de Mayo a hacer fila para comprar el atol de granillo o el jocoatol. Ah, cuánta gente se forma y espera pacientemente su turno, porque el domingo que fuimos era diez de mayo y muchas personas compraban toneladas de atol, sí, es una exageración, lo que quiero decir es que llevaban recipientes para que la señora del atole les sirviera cien o doscientos pesos, porque lo servirían en el desayuno con las mamás. Ah, qué costumbre tan bella, tan de nosotros. Mi amigo Luis Aguilar Castañeda, el gran escultor, siempre que llega al pueblo va al mercado, compra un vaso de atol y lo toma en el parque central, mi parque, donde le he dado permiso para que coloque sus piezas escultóricas, porque ese acto ha llenado de luz el entorno.
Ya te platiqué que el Marcos Puig me quiso tomar el pelo, mientras él tomaba un vaso de jocoatol, acercó su boca a mi oído, y en voz bajísima, dijo: “está malo, está agrio”. ¡Mudo! Él es un comiteco de hueso colorado, casi hijo de Doña Lola Albores, la cronista vitalicia, por supuesto que sabía que ese atole tiene como gracia, precisamente, que es un atol agrio, con un sabor exquisito.
El Internet me siguió dando datos, me dijo que el jocoatol es una bebida ancestral, de origen prehispánico. ¿Mirás? Ahora que Comitán celebrará en el 2028 los quinientos años de fundación castellana es motivo de reflexión cómo seguimos disfrutando una bebida que estuvo antes que llegaran los españoles a esta tierra. Ya me habían contado el chiste del jocoatol en su preparación, dejan remojando el maíz hasta que fermenta. No sé en qué comunidad rural continúan con la tradición en los festejos, se ve una serie de ollas panzonas donde ofrecen jocoatol.
En este chunche vi que la palabra que usamos tiene su origen en el vocablo náhuatl “xoco” que significa agrio, así que el nombre comiteco no tiene pierde: joco-atol, atole agrio.
Toda la gente que llega al mercado sabe que va por el atol, así, sin la e. En pocas regiones de México al atole le llaman atol, acá nos ahorramos la e final. Dicen que en el mundo náhuatl le llamaban “atolli” (aguado), del vocablo “atl” que significa agua.
Pucha, esta carta parece un breviario cultural, como si estuvieras cursando un posgrado de atoles. En realidad, la prueba máxima es ir al mercado, hacer fila, ver cómo la señora que despacha usa con destreza el cucharón al servir y disfrutar un vaso de exquisito atol. ¿De qué querés? ¿Atol agrio o atol de granillo? Ambos son riquísimos, ambos son la savia que alimenta el espíritu de los comitecos y de los visitantes.
Posdata: yo pido en un vaso y me siento en el parque a disfrutarlo, mi Paty lo pide en bolsa y al llegar a la casa lo sirve en una taza y lo disfruta con un pedazo de pan o de pastel. ¡Manjar de los dioses!, dice. Uf, la tradición continúa. En Comitán, cuyo nombre viene del náhuatl Comitlán, seguimos bebiendo atol agrio, seguimos consumiendo las mismas bebidas que bebieron los mayores que habitaron esta tierra antes de que llegara Portocarrero y demás runfla de gachupines. El Comitán de estos tiempos del siglo XXI es la mezcla perfecta de ambos mundos, esto somos. Hay algunos compas que se rasgan las vestiduras por la conquista que sucedió hace quinientos años. No sé, yo no había nacido, yo nací en 1957 y desde pichito me acostumbré a tomar el atol que llevaba una mujer a la casa. Mi mamá me contaba que hacía berrinche el día que no llegaba la mujer a vender el atol, me acostumbré a disfrutar esa bebida, mi paladar de príncipe tojolabal, español e italiano (como dice mi amado Gutmita) se formó con ese sabor exquisito. A mí me gusta el atol agrio, se me hace la perfecta combinación entre algo ácido y dulce. ¿Conocerán esta exquisitez en París? No sé si algún chef comiteco se ha arriesgado a proponer tal bebida. Estoy seguro que los franceses amarían esta delicia, así como nosotros amamos el pan que se llama francés y que no hacen en Francia.
Me cuentan que el juchuch tiene otro color, un amarillo, que, por momentos, se acerca al color que tiene el atol agrio. Pucha, qué caminos tan fantásticos a través de dos palabras: juchuch y jocoatol. La jota que debería llevar x.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 10 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN PISO COMO DE NUBES
Querida Mariana: en casa había una tarima. Las tablas estaban colocadas en forma precisa. Ahí jugábamos los niños. Los carritos, acostumbrados a trepar en montañas de arena, se deslizaban gráciles. Nunca supe para qué era la tarima. Cuando crecí ya estaba en el sitio. No tenía una utilidad práctica. La habían construido en algún momento y ahí quedó, expuesta a las inclemencias del tiempo. Los amiguitos y yo casi estuvimos seguros que la habían construido para que jugáramos carritos. ¿Cuánta distancia del piso? No más de treinta centímetros. Los niños subíamos con rapidez y absoluta seguridad. Mi mamá jamás dudo de la dureza de esa estructura. Eso fue hasta el día que nosotros sentimos que la tarima se inclinó hacia un lado, hacia el lado que estaba cerca de la barda divisoria. Una pata se enterró. Alguien de los amigos dijo que la pata había encontrado un hueco y se había enterrado; alguien más dijo que ahí estaba el tesoro; mi mamá corrió ante el grito que dimos unánime, vio la tarima un tanto inclinada y nos dijo que bajáramos. Lo hicimos. Jugamos en el piso de tierra. Los carritos dejaron de deslizarse uniformes, la arena y las piedritas eran obstáculos para el libre tránsito. El juego cambió su vocación, en la tarima jugábamos carreras, como si estuviéramos en uno de esos circuitos donde la velocidad imprime emoción a los cuerpos; en la tierra regresamos a los juegos de salto de montañas.
Ayer, como a las siete de la mañana, entré al Facebook y leí una desagradable noticia: falleció la presidenta del DIF de La Trinitaria. Lamenté enterarme de ello. Conocí a distancia a la presidenta del DIF de aquel hermoso municipio, era una mujer sencilla, agradable, muy cariñosa; era una mujer linda. Tres días antes había saludado a la directora de esa institución y pregunté por la salud de la presidenta, la directora me dijo que estaba delicada, que estaba cansadita, por eso no había acudido a la reunión de directoras de la región que se realizó en La Independencia. Sabía de la enfermedad de la presidenta del DIF de La Trinitaria, pero pensé que podía superarla. No fue así. Me dio tristeza. Le pedí a Dora Patricia Espinosa, editora ejecutiva de Arenilla, que, por favor, hiciera una etiqueta donde el equipo editorial manifestara su pesar. Así lo hizo. Subimos la etiqueta de condolencia a las redes sociales.
Mi mamá nos advirtió que ya no subiéramos a la tarima, que si queríamos jugar lo hiciéramos en el lado opuesto del sitio, nos advirtió que la tarima podía caerse por completo, nos podía lastimar en su caída. Nosotros, niños obedientes, obedecimos sus indicaciones. La tarde siguiente fuimos al extremo del sitio y desde ahí vimos la tarima, algo nos estrujaba el ánimo, había sido tan placentero jugar ahí, ver cómo se deslizaban los carritos con facilidad sobre los planchones de madera. ¿Qué había pasado? ¿Cómo la pata se había sumido? Nosotros éramos cuatro o cinco niños, no pesábamos tanto. Habíamos jugado muchas tardes sobre la tarima, pero una mañana la tarima se dobló y se inclinó. Ya no podíamos jugar ahí. Había la incertidumbre, podía asentarse. Alguien de nosotros dijo que nada pasaría, porque si la tarima se asentaba, no pasaría del piso de tierra, bajaría no más de cinco centímetros, pero alguien más dijo que si una de las patas había encontrado un hueco, podía ser que el hueco fuera enorme, un hueco enorme y profundo, profundísimo. Mi mamá escuchó ese posible desenlace. Días después mandó a quitar la tarima. Los niños suspendimos el juego, dejamos los carritos olvidados sobre la montaña de arena, nos sentamos sobre ésta y vimos cómo tres empleados de la casa desmontaban la tarima de madera. Los lienzos los fueron apilando en diferentes mazos. Al final, se los llevaron, los subieron a un camión y los pedazos de la tarima fueron a dar a una carpintería, lugar donde mi papá había hecho trato. Cuando dos empleados cargaban el último lienzo de madera, corrí con mi mamá y le dije: “que nos quede este, que nos quede”. Mi mamá me vio con sus ojos de colibrí iluminado que siempre tenía y ordenó que colocaran la tabla en el lugar donde estaban nuestros carritos. Los niños bajaron de la montaña de arena y vieron, con satisfacción, que un pedazo de madera volvía a ser una pista para que los carritos se deslizaran en forma veloz, como si estuvieran en el gran circuito de Le Mans. Eso fue todo lo que nos quedó de la tarima.
Posdata: el sábado, Dora Patricia y yo fuimos a dar el pésame, a acompañar a la familia del profe Denis y de la maestra Rocío. Ahí estaban sus hijos: el chico de veintitantos años de edad y la niña de dieciséis años, ahí estaba la mamá de la maestra. Recordé la tarima y cómo, sin advertirlo, una tarde una pata se inclinó hacia un lado porque se había sumido. En el velorio, mientras escuchábamos los murmullos en voz baja y entraban personas con ramos de flores, con coronas, una amiga dijo: además de la ausencia para siempre, tienen el dolor de enterrarla el diez de mayo, los hijos enterrarán a su mamá y la mamá enterrará a su hija.
El recuerdo es la única tabla. Pedí, con todas mis fuerzas: ¡que nos quede este, que nos quede este!
¡Tzatz Comitán!
sábado, 9 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON RAMAS DE UN GRAN ÁRBOL
Querida Mariana: el otro día fui a la estación radiofónica Extremo 99.1 F.M. Dicha radio está actualmente en el Pasaje Morales. Anteriormente fue la famosa XEUI, que transmitía en A.M. Fue la primera estación radiofónica que hubo en Comitán.
En el vestíbulo encontré una galería de personajes de la radio. Quienes vivimos en el pueblo en los años sesenta tenemos los nombres de estos personajes en la memoria y en el espíritu; asimismo tenemos recuerdo de las voces más recientes. Como ya me conocés, al principio no me di cuenta que todos ya fallecieron, el famoso Charal (actual locutor de Extremo 99.1), Darinel López Hernández, me dijo que es como un altar, donde se les brinda un homenaje permanente, esto es así, porque todos los que llegan a la radio ven dicho mural.
Vos sos muy joven, tal vez tu abuelita reconoce algunos de los acá mencionados. Llama la atención que todos son varones. El que está hasta arriba en la izquierda es “El Pikingles”; al centro está la fotografía de José Luis Cancino, quien fue gerente de la emisora; luego, con lentes, Romeo Torres Ventura, a quien el Colegio Mariano N. Ruiz honró con un librito donde contó gran parte de su vida y la aderezó con anécdotas de su paso por la radio, él tuvo un programa infantil, donde se llamó El tío Romeín; en la cuarta fotografía aparece don Panchito Suasnávar, uno de los famosos compadres, grupo de locutores que comenzó a hacer las posadas en el parque central; en la quinta fotografía, la central, aparece la fotografía de Amín Zimán, el mero mero del grupo radiofónico, poderoso empresario; en la sexta fotografía, Jorge Ricardo Saborío, quien, además de ser locutor de la XEUI, fue el proyeccionista del Cine Comitán, él, todas las mañanas, trepaba a un carrito con altavoces y distribuía volantes con la programación de los cines, el Comitán y el Montebello; abajo del dueño de la radio está Ramón Irecta, quien viste una camisa roja; a continuación, con reflejo en el cristal el famoso Puma, Juan Manuel González Tovar, quien también fue catedrático en la Escuela Preparatoria de Comitán; en la fila de abajo está José Antonio Domínguez Monzón, quien junto con Ramón y Panchito, formaron el grupo de los tres compadres. Panchito, me cuentan, fue el campanero en el concurso de canto, el que se encargaba de tocar la campana cuando el concursante cantaba muy mal, debía ponerse una máscara para que no lo reconocieran, porque, cuentan, en una ocasión alguien que fue eliminado del concurso supo que el juez de la campana era Panchito y luego lo andaba buscando para madrearlo; luego, con pantalón de mezclilla, está Arturo Aguilar Lira, quien fue gerente de la radio; y por último, Rafael Escandón Solís. Once personajes de la radio. Si aprovecháramos estos tiempos, donde México será mini sede del Mundial de Fútbol, diríamos que acá, en esta pared, está una selección de personajes relacionados con la radio.
¿Se sigue escuchando la radio? Digo que sí. Claro, los jóvenes ya no son asiduos radioescuchas, ahora le entran al Spotify. Los jóvenes de los años sesenta y setenta sí escuchábamos la estación del pueblo, conocimos algunas de las voces que he mencionado. Ahora, parece, la audiencia de las estaciones radiofónicas está concentrada en las comunidades rurales y acá en el pueblo con adultos mayores.
Posdata: la gente vaticinó la desaparición del correo, sin embargo, sigue vivito y coleando; la gente vaticinó la desaparición del libro impreso, no obstante, sigue orondo; la gente vaticinó la desaparición de la radio y sigue sonando, sigue informando, programando música. El otro día me sorprendió la famosa Alexa, dijo que si yo contrataba tal servicio tendría a mi disposición más de cien millones de canciones. Leíste bien, escuché bien: más de ¡cien millones de canciones! Padre eterno revuelto con María Callas y Pedro Infante. ¿Imaginás tan alto número de canciones? Pobres de nosotros, porque en los años setenta, mis compas llevaban serenata a sus novias y les dedicaban doce canciones, “despierta, dulce amor de mi vida…” Doce cancioncitas, qué codos, qué miserables. Nunca supimos que había más de cien millones de canciones en el mundo. Y acá, la XEUI no pasaba de una de Julio Iglesias: “tiré tu pañuelo al río, para mirar…”, o una de Leo Dan: “Mary es mi amor, sólo con ella…” Con estas canciones crecimos la mayoría de escuchas de la radio comiteca.
¡Tzatz Comitán!
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