lunes, 9 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON TEATRO

Querida Mariana: fue 8 de marzo. Todo mundo sabe que en esa fecha se conmemora el Día Internacional de la Mujer. De un tiempo para acá hay muchos actos en todo el mundo que rememoran dicha fecha. En este 2026 acudimos mi Paty, Fer, Dora Patricia Espinosa y yo, al parque recreativo de La Independencia, Chiapas, donde hubo una obra de teatro. ¿Teatro? Sí, digo que siempre hay actos que conmemoran el Día Internacional de la Mujer y a las autoridades de La Independencia (¡en buena hora!) se les ocurrió invitar al Grupo Teatral Rebelión para conmemorar tal día. La puesta en escena fue la obra de teatro: “La rebelión de las niñas”, de Óscar Bonifaz, bajo la dirección de la talentosa Leticia Ogando Utrilla. La fotografía que te comparto la tomé al final de la representación, en este momento la responsable de la Dirección de la Mujer, del municipio, lee el reconocimiento que las autoridades de La Independencia le entregaron a la directora de la obra como muestra de agradecimiento al grupo de niñas actrices por su desempeño en escena. Ocho niñas fueron actrices, ellas fueron dirigidas por una gran directora. ¿Mirás lo que digo? En el Día Internacional de la Mujer 2026, un grupo de niñas representó la obra. Digo que ese día hubo muchos actos conmemorativos: marchas, conversatorios y mil ajos más (todos muy válidos y valiosos), pero en La Independencia hubo una obra de teatro representada por ¡niñas! y dirigidas por ¡una mujer! La obra fue un éxito total, porque las niñas actrices demostraron muchas “tablas” escénicas. Donde yo estaba sentado, al final, una espectadora dijo: “no se trabaron para nada”. En efecto, no se trabaron, todo fluyó con una gran calidad escénica, las niñas, talentosas todas, actuaron con gran profesionalismo. Otra persona, cercana a mí, dijo: “la que más me gustó fue la niña que repetía las cosas”. La niña que acá en la foto aparece en el quinto lugar (de izquierda a derecha) fue esa actriz, parte importante de su papel fue repetir las frases que decía otra compañera, eso le dio a la obra un aire fresco, porque la audiencia ya estaba en espera de que ella se pusiera al frente y repitiera lo que otra compañera había dicho. Ese ejercicio de repetición es práctica común en ensayos teatrales; en literatura hay un elemento que se llama aliteración, donde se produce una repetición de sonidos, esto hace que una frase tenga más presencia. Estas niñas alzaron la voz, encontraron la suya propia. Ya supieron que ellas valen por ser mujeres, por ser personas; ya estuvieron en un escenario, jamás dejarán de estar en lugares de privilegio. En el Día Internacional de la Mujer encontraron la senda del arte, territorio que despeja la niebla de la estupidez. En general, todas las niñas actrices tuvieron gran desempeño, gracias a la conducción de Lety, quien trae el teatro en sus venas, porque (un pajarito me dijo) su papá subió a escena en obras teatrales montadas hace mucho tiempo. Lety, el otro día, compartió en redes sociales una fotografía donde estaba más joven y se ve que está en un escenario de alguna comunidad rural; es decir, Lety ha estado en el ajo teatral, desde hace algún tiempo, esta experiencia le permitió dar el salto de actriz a directora, que no es un salto sencillo. De hecho, en el pueblo, son pocas las mujeres que se dedican a ello. Por esto fue muy significativo que el 8 de marzo de 2026 se conmemorara el Día Internacional de la Mujer con una obra de teatro actuada por niñas y dirigida por una mujer. Estoy segurísimo que estas niñas ya tienen una concepción diferente acerca del papel fundamental de la mujer en el mundo. Hay muchas maneras de hacerse presente, el arte es una gran ventana y el teatro (representación del mundo) es una de las mejores propuestas artísticas. La gente que estuvo presente disfrutó la obra, siguió con palmas el ritmo de la música y se botó de la risa cuando aparecieron diálogos dichos con ingenio y se conmovió con el mensaje de la obra. Posdata: la obra ya se ha presentado con anterioridad en escenarios de Comitán (en el auditorio Francisco Trujillo, de la UNACH, y en el auditorio del Centro Cultural Rosario Castellanos, entre otros). Las niñas actrices adquieren más experiencia en cada actuación; cada actuación les exige dar el mojol; este mojol es el agregado que inyecta ánimo en su espíritu. Hay mil maneras de conmemorar el 8 de marzo. Una de las mejores formas es hacerlo a través del arte, y en la forma que lo hicieron ellas: niñas actrices y mujer directora. Así es como se siembra la conciencia, pintando grafitis hermosos en el aire. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 8 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN MUNDIAL

Querida Mariana: esta fotografía es de privilegio, ¡por supuesto!, pero merece un breve comentario. Esta fotografía nos la tomaron el 19 de febrero de 2026, estoy al lado del doctor Jorge Alfonzo Martínez, ginecólogo y obstreta. Jorge es nieto de mi tía Mechitas Molinari, hermana de mi papá, por lo tanto, Jorge es mi sobrino. Te cuento, Dora Patricia, Roberto Carlos y yo, después de la presentación del libro de Juan Villoro: “No soy un robot”, en San Cristóbal de Las Casas, fuimos a comprar panes integrales en la avenida General Utrilla, a media cuadra del parque central. La panadería está al lado del consultorio de Jorge. Les platiqué a ellos que, en 1971, estuve una tarde en la casa de mi familia, viendo un partido de fútbol, en televisión en blanco y negro. Lo comenté en el zaguán, Jorge me escuchó y preguntó quién era yo, me presenté y nos identificamos. Él tenía como seis años en 1971, yo tenía catorce años de edad y, por una historia que un día te contaré, en lugar de inscribirme en la prepa de Comitán, como lo hizo la mayoría de compas, me inscribí en la prepa de San Cristóbal de Las Casas, en la nocturna. Eso fue una gran experiencia vital, porque mis compañeros ya eran mayores, muchos trabajaban en la mañana. En San Cristóbal, en ese tiempo, me junté con Manolo Díaz Molinari, hijo de mi tía Lolita Molinari, hermana también de tía Mechitas, así que una tarde me dijo que fuéramos a casa del primo, porque ahí podríamos ver el partido de fútbol. La mañana que saludé a Jorge me invitó a entrar a su consultorio y me dijo que en 1971 ahí era la sala de la casa, ahí vimos el partido. ¿Qué partido vimos? Tal vez lo que te cuente te sorprenda tantito, como a mí me sorprende en el recuerdo. ¿Sabés que vimos? Un partido de fútbol femenil. ¿Femenil? ¿En 1971? En efecto. Del 15 de agosto al 5 de septiembre de 1971 se realizó en México el Segundo Campeonato Mundial de Fútbol Femenil. Esto, que deben desconocer muchas feministas actuales, fue un acto cultural y deportivo de gran interés a nivel internacional. No sé en realidad por qué México fue la sede, quiero pensar que fue como una seguidoña porque en 1970 se celebró en el país el mundial de fútbol de varones. A fin de que llegara más gente a los estadios, los partidos se programaron para jugarse en las tardes. Esto permitió que nosotros los viéramos. Jorge tiene en su memoria dicho Mundial, porque en cuanto le dije que en su casa habíamos visto el partido donde México le ganó a Italia, dos a uno, él recordó el nombre de una destacada jugadora mexicana: María Eugenia Rubio, “La peque”. Sí, ya sé qué estás pensando, que esa tarde me fui de pinta. En efecto, nunca fui aficionado al fútbol soccer ni al otro, pero cómo iba a perder la oportunidad de ver un partido mundialista. En Comitán iba al estadio a ver partidos donde jugaba el equipo Maderas de Comitán, todos los partidos que jugaban en el pueblo eran de hombres, en esos lejanos años setenta nunca vi un partido de mujeres. Cuando supe que habría un partido de fútbol femenil y que en México se celebraba el Mundial de Fútbol de chicas le hice caso a Manolo, quien fue el que me llevó a muchos lugares en San Cristóbal de Las Casas, desde la sala donde vimos el partido hasta una cueva que está a la salida hacia Tuxtla, en la carretera antigua. Jorge era muy chico en 1971, pero su hermano tenía la misma edad que Manolo y yo, y su hermana dos o tres años más pequeña. Ellos fueron los que nos acercaron una silla para que disfrutáramos el partido. Todos, sin excepción, le íbamos a la selección de nuestro país, por supuesto. Y gozamos los instantes donde La Peque y sus compañeras hacían jugadas sensacionales. A mí me causaba una emoción especial estar en esa casa ajena, con los que llamábamos primos, aunque Manolo y yo fuéramos sus tíos. ¿En dónde se ha visto que existan tíos tan jóvenes? Por lo regular los tíos son viejos, huelen a puro y a trago. Nosotros, Manolo y yo no fumábamos ni bebíamos alcohol, éramos chicos a quienes les encantaba caminar por la fría San Cristóbal de Las Casas, subir con frecuencia al cerro donde está la iglesia del santo (hace como cinco años, Dora Patricia y yo subimos y, ya cansadísimo, a mitad de la escalinata, pensé que en 1971 subíamos como si fuera una simple escalinata de un tobogán infantil). Posdata: el doctor Jorge fue muy amable, bastó que yo dijera mi nombre con mis apellidos para que él, de inmediato, franqueara el paso y me dijera que sí, que en su hoy consultorio habíamos visto ese partido en una mítica televisión en blanco y negro. Estuve con mis sobrinos, primos de corazón por ser de la misma generación. En ese 1971, la selección femenil de México quedó como subcampeona del mundo. Los expertos aseguran que jamás los varones lograrán tal prodigio. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 7 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ARTISTA

Querida Mariana: fue un día cualquiera en Comitán, una mañana luminosa, espléndida. Me senté frente a mi amigo bolero, el que está frente al Centro Cultural Rosario Castellanos, en la parte superior del parque central y le pedí que le diera un trapazo a mis zapatos viejitos. Antes que llegara con mi amigo pasé por donde está esa especie de mercadillo, donde hay muchas sombrillas y la gente llega a comprar algo de comer: tamales de bola, patzitos, órdenes de salpicón, arroz con leche, chalupas, tortas, tacos de cabeza, todo al aire libre, impidiendo el paso libre a peatones, con el piso sucio. Arriba de una jardinera estaba parado un hombre, con voz potente, dando a conocer algunos versículos de la Biblia, amenazando que si la gente no se porta bien le esperan las saetas ardientes del infierno. ¡Qué miedo, mira cómo estoy temblando! Vi a los que comían sus panes y tomaban pozol y me di cuenta que esa bola de pecadores los tenía sin cuidado las advertencias que el hombre lanzaba. Pero no todo fue amenaza. A la hora que me senté con el bolero me dijo: ¿ya oíste? Todas sus canciones hablan de amor. Hablaba de un chico que estaba sentado en el otro lado (acá te paso copia de la fotografía que tomé. ¿Ya miraste que la foto es de lujo? Sintetiza el instante agradable que viví en el pueblo, hasta el árbol se inclinaba, reverencial, ante la magia del momento. El chico, igual que el bíblico, con voz potente, cantaba canciones que se acompañaban con el rasgueo de su guitarra. Puse atención a su canto, agradable, y a la escenografía que preparó. Sobre el piso de laja colocó la funda de la guitarra y encima una gorra donde (luego vi) algunas personas le habían dejado unas monedas (ni un billetito). Sí, todas hablan de amor, confirmé con el bolero, pagué la boleada y caminé hacia donde estaba el chico. Ni un billetito, así que, para no romper el equilibrio del universo, saqué una moneda de diez pesos, me acuclillé y la dejé en la cachucha. Él seguía cantando, apenas hizo una ligera pausa y dijo: gracias. Me senté a su lado, gocé la interpretación. Cuando terminó de cantar, comencé a platicar con el joven cantante. Él, muy amable, me platicó que es estudiante de medicina, en la Universidad Benito Juárez, en Amatenango del Valle; viaja todos los días, de Comitán al plantel universitario. Esa mañana estaba cantando en el parque, porque no tenía clase, así que sacó su guitarra y se puso a cantar en ese espacio público. Todos los días, en todas las plazas del mundo, se repite la escena, donde artistas trashumantes cantan o tocan algún instrumento. Como es comprensible hay más intérpretes de flautas, flautines, cornetas o guitarras que intérpretes de tubas, arpas o pianos (¡ay, qué mamila me vi!). ¿Por qué hacés lo que hacés?, le pregunté a Víctor Leonardo Roblero Becerra, quien tiene dieciocho años de edad. Su respuesta fue inmediata: “por mero gusto”. Él nació en Comalapa. Como estaba yo motivado por lo que el bolero me dijo, le pregunté si todas sus canciones eran de amor. Acá sí titubeó, pero yo, como si le pasara un acordeón para examen, le repetí la frase de la última canción que había cantado: “a diario le estoy pidiendo a Dios que vuelvas”. Y acá me contó una historia casi trágica, que no te puedo compartir, porque es como secreto de confesionario. Lo que diré es que comprendí que el motivo de su inspiración, como el de muchos artistas, es la vida misma. A su corta edad ha vivido intensamente y todo lo ha volcado en las canciones que compone, porque también es compositor y de lo que canta un buen porcentaje es de canciones suyas. Talentoso el chavo. Cursa ya el segundo semestre de la licenciatura en medicina humana. Todo pinta para que dentro de algunos años tengamos un nuevo médico. Lo que sí puedo contarte, porque pienso que no es una infidencia es que la medicina no es su prioridad, me dijo que es su plan B, porque su sueño es ¡la música! Dios de mi vida, qué pasión por el arte. Ojalá llegue a cumplir su sueño, que llegue a ser famoso. Total, el gran Juan Gabriel también tuvo un comienzo modesto. Bueno, así ha sido con la mayoría de cantantes. El mundo del arte no es sencillo. Conozco muchos casos de compas que terminaron medio frustrados, porque la realidad les lanzó un balde de agua fría, tuvieron que ceder en sus pretensiones y dedicarse a algo que no era lo más importante. Pero los que triunfaron son los que insistieron, que nunca dudaron, que a pesar de las tormentas y de los muros, avanzaron, en medio del lodo, en medio de la ventisca y lograron subir a la cima. Yo tenía cita para una entrevista, así que me despedí de Víctor Leonardo (se me hizo buen nombre para que sea su nombre artístico) y dejé que siguiera cantando en esa banca del parque central. Cuando bajé por las gradas frente a la fuente pensé que, si Víctor Leonardo llega a ser un gran artista conocido en todo el mundo, quedará esta fotografía como constancia de la mañana que cantó en Comitán, cuando apenas tenía dieciocho años. Llegué a la fuente y vi que el hombre bíblico seguía con su perorata incendiaria. Posdata: en todas las plazas del mundo aparecen actos inéditos cada día. Basta sentarse un poquito en alguna banca para que el deslumbre aparezca. El mundo es mundo porque cada día abre senderos en el aire, algunas de estas sendas son luminosas, otras son comunes y otras son oscuras, casi como con púas, como si se cumplieran las amenazas del compa que mandaba a todos a achicharrarse en las llamas del infierno. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 6 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA CANTANTE FRANCESA

Querida Mariana: no sé cómo se enteró Coquis, pero ayer supo que te platiqué de música y de la chica que baila en la película que me sugeriste. Sigo sin tener la certeza de que fuera una película sueca o francesa. Coquis me envió un video con la cantante francesa Alizée y dijo: “disfrutá con la vista y los oídos”. Fue como un buen colofón de la carta, como una coda para la posdata. Sí, ahora tenemos la posibilidad de ver videos con música. ¿Recordás al joven paisano que estudia cine y desea especializarse en la producción de videos musicales? Ahora es toda una industria. El video que Coquis me envió fue grabado en algún estudio televisivo en Francia. Tal vez vos has visto ese video, con la canción “J’en ai marre” (el traductor me dijo que significa: “estar harto”, pucha, no pensé en eso cuando leí el título en francés, me sonó a algo más afectuoso, debe ser porque el francés es un idioma tan bello que hasta para decir “estoy cansado” suena como un vaso de vino en un café al aire libre, en París). En la carta te dije que me fascinó lo que la música genera, es el despertador del mundo, el colibrí que aletea frente al espíritu humano. Agradecí a Coquis el envío y me dispuse a disfrutarlo, ¡a escuchar y ver! Pensé en cuántos sentidos se activan cuando el sonido de la música aparece; recordé que en una ocasión, hace años, estuve en el atrio del templo de Guadalupe y disfruté el sonido de la marimba y el movimiento de los artistas, la destreza de manos de los marimbistas y el pasito de los saxofonistas a la hora de soplar el instrumento (un saxofonista era panzudito y su abdomen se movía como si fuera un tambor africano). Iván pone un video en la pantalla, abre una cerveza y disfruta un concierto de rock. ¡Ah, qué agasajo! Como dice Coquis, ahí coquetea el sentido de la vista con el sentido de la audición y activa todo el cuerpo y el espíritu. En ocasiones he visto fragmentos de conciertos en estadios o en grandes salas y he disfrutado como niño con helado de fresa. Me sorprende ver cómo miles de espectadores se “prenden” ante una actuación musical, todo el encanto lo produce la música. El mismo Iván, ahora que celebramos el centenario del nacimiento del poeta Jaime Sabines, ha dicho que Sabines fue un rockstar de la poesía, porque convocaba multitudes. Fue uno de los pocos casos que en este país se ha dado, sabemos que cuando hay un acto de lectura de poesía la asistencia es poca, escasa. ¿Qué sucede con la música? ¡La apoteosis! Sólo en la Unión Soviética, en los años sesenta, algunos poetas llenaban estadios con sus recitales. Ah, qué lejos estamos ahora de esos tiempos, con decir que la URSS ya no existe. La cantante Alizée seduce a miles y miles de espectadores, porque canta muy bien y baila mejor, además (es el mojol de lujo) tiene un cuerpo de gacela y se mueve con la gracia de un colibrí alucinado, un ave que remoja sus alas en un lago de agua limpia. ¡Y su carita! Bella, cabello corto (como de Príncipe Valiente), ojos cafés. Me cuentan, querida mía, que la Alizée fue el “crush” de muchísimos chicos en el inicio del siglo XXI. En este 2026, Coquis me mandó el video para que disfrutara esta chica, talentosa y bella, con su manera exquisita de moverse al ritmo de la música, porque cuando Alizée salió al “plató” la audiencia la recibió con muchos aplausos y ella, vestida con un body estilo marinero que dejaba ver sus muslos, y con un par de botas altísimas que estilizaban sus piernas comenzó a moverse al ritmo de la música, con una gracia inigualable. La vi y, en automático, dije: ¡oh la la!, ¡vive la France! Hay gente que sostiene que lo máximo de Francia fue Víctor Hugo o Balzac; en un tiempo Vargas Llosa sostuvo que era Jean Paul Sartre, parece que sí, pero no, esta mañana, al lado de la bellísima Brigitte Bardot apareció Alizée, que colocó sus manos como si las apoyara en un cinturón y comenzó a mover su cuerpo al ritmo de la música. Con ese sugerente movimiento de manos, el horizonte pareció dejar su horizontal y nacieron montañitas llenas de gracia. ¡Ah, qué delicia! Cuánta razón tiene Coquis, la música debe escucharse y verse, claro, cuando la intérprete es como Alizée o Ximena Sariñana, porque cuando la cantante es como Paquita la del barrio, todo toma un aroma como de rata en alcantarilla. Posdata: el envío de Coquis sólo confirmó la idea que sostengo: me he perdido de algo bueno en la vida, debo escuchar más música, debo ver más videoclips, con bandas espectaculares y con intérpretes que sean tan simpáticas y bellas como Alizée. ¡Tzatz Comitán! ¡Que viva la Francia!

jueves, 5 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN POCO DE MÚSICA

Querida Mariana: no recuerdo de qué va la película que me recomendaste. La vi. Me gustó, pero no recuerdo mucho de la cinta, salvo que era francesa (¿o suiza?), lo que sí recuerdo es la escena donde la chica baila, casi casi la tengo completita en mi memoria, en mi alma. ¡Inolvidable! Vos sabés que nunca he sido un gran amante de la música, como muchos amigos que tengo. Te conté que David destina un tiempo especial para escuchar música, en su estudio, donde tiene un aparato reproductor musical de lujo, con grandes bocinas. Cierra la puerta con seguro, para que nadie lo interrumpa, coloca un disco (sigue escuchando discos de acetato, de esos grandes, tortillas negras maravillosas), se sienta en una poltrona especial que tiene (se enojaría si supiera que le digo poltrona al sofá ergonómico que posee) y escucha un lado del disco y luego el otro, para eso destina más de una hora, más, pero cuando sale del estudio es como si saliera de una sesión en el gimnasio, o saliera del templo o de una caminata en el bosque o terminara de hacer el amor con una chica hermosa. De algo me he perdido en la vida, debería escuchar más música, así, concentrado totalmente. Digo pues que de la película recuerdo a la chica que baila y la música que la acompaña. Y llama mi atención porque casi puedo asegurar que todavía escucho la música. ¿Mirás lo que digo? Yo, que soy un despistado y que nunca he disfrutado mucho lo de música. A ver, a ver, no quiero confundirte, me gusta la música (no toda, no soporto algunos bodrios que escuchan algunos chicos en sus carros, con vidrios polarizados y con bocinas que parecería servirán para ambientar un espectáculo en un estadio). No, me gusta (ya te lo dije) la música de los años setenta, sí, la música gringa, ¿qué querés?, eso nos mandaba tío Sam para consumo desmedido en las famosas discotecas donde bailábamos chicas y chicos, nosotros con cabello largo, pantalones acampanados y camisas psicodélicas; ellas con maravillosas minifaldas, con cintas en la frente, aretes circulares. ¡Todo era chido! Me gusta escuchar música clásica, no siempre, pero cuando pinto o dibujo ayuda a deslizar el pincel o el lápiz en el papel o en el lienzo. Recuerdo la escena de la chica que baila en la película, ahora mismo la veo (¡linda, jovial, con sonrisa permanente! ¡Ah, qué vitalidad, qué movimientos tan armoniosos, tan llenos de vida!). Pienso que recuerdo la escena por eso, porque, tal vez por primera vez, supe lo que la música genera, la cinta dorada que amarra, no sólo a la cadera, no sólo a la cintura, no sólo a los brazos y las piernas, sino también al espíritu, al alma. Y esto fue porque en la película se ve a la chica sentada en el balcón del departamento, viendo, desde la altura del sexto piso, la ciudad derramada a sus pies, con sus edificios altísimos (¿era Nueva York?), la escena es tranquila, casi de mar sin olas; la chica entra (viste un vestido de color negro, casi minifalda, con cortes a los lados, que permiten ver parte de sus muslos, unas sandalias doradas y un saquito color azul, con las mangas dobladas, es una chaquetilla que deja ver parte de su pectoral, la chaquetilla hace una curvatura sensual sobre sus pechos, porque la chaquetilla está abierta. La chica (la recuerdo bien) tiene el cabello dorado y parece detenido en su parte superior por un par de lentes oscuros. Ah, parecería que ahora la veo, que ahora escucho la música, un coro de violines, el cantante que dice “Lady sex”, con una voz muy agradable. Qué agradable el sonido de la batería (mi instrumento favorito) y la chica llevando un pie hacia adelante y con él todo su cuerpo, y luego el otro pie, siguiendo un ritmo frenético, como de aire trepando sobre árboles, en busca de papalotes. Ahora, el cantante dice: “Lady sex” (¿así se llama la canción?). La música tiene el ritmo de los años setenta, suena como si fuera una instrumentación de mi amado Barry White, hay un instrumento que nunca he descubierto qué es, pero que da un sonido maravilloso. La chica mueve los brazos, está en una posición de tres cuartos y sube los brazos, uno hacia adelante y otro hacia atrás. Ah, qué movimiento de oleaje, de viento que se regodea en el medio día, el cabello de la chica también es como un armonioso cuerpo de cuerdas de violín, de piano, que se resisten a quedar fijas en el instrumento y, como si fueran mariposas, se echan a volar. Sí, querida mía, ahora pienso que fue eso, saber que la música hacía la diferencia en un instante, la chica estaba acodada en el barandal, tranquila, entró a la estancia, puso la música y todo se transformó, como si alguien hubiese dicho: ¡tercera llamada, comenzamos! Y la música sonó y todo tuvo un maravilloso impulso vital. La música hizo que la chica se moviera con una gracia contenida, con un desparpajo de diosa, todo su cuerpo se movió al ritmo de la música que sonaba como a música setentera, como si fuera prima hermana de lo que inventó el gran Barry. Sí, así decía el cantante: “lady sex”, no sé si era el nombre de la canción, pero definía muy bien a la chica que bailaba en esa escena. Yo pedía que no se acabara la escena, era como si la historia hubiese quedado muy atrás, que no tuviera importancia. Tal vez por eso no recuerdo más de la película, pero esa escena es inolvidable, por la lección de vida que me dio: la música cambia todo, de esto saben mucho Luis Ignacio Avendaño y Stefany Moguel y lo saben todos quienes reconocen que la esencia de la vida se esconde en un bongó o en una trompeta o en la boca del que canta. Posdata: no todo mundo lee, no todo mundo ve cine, pero no hay ser humano que no disfrute la música, todo mundo mueve las patías al escuchar música; este simple movimiento despierta al mundo, despierta la vida. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 4 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ABRAZO PARA FRANCISCO ÁLVAREZ QUIÑONES

Querida Mariana: Pancho cumple años en mayo. En mayo 2026 cumplirá no sé cuántos. Ah, cuántos años llenos de juncia, de aire de montaña, de andar con los pies llenos de lodo, sembrando arbolitos en el bosque de la cultura. Querida mía, vos no conocés a Pancho, pero prometo que cuando venga al pueblo te avisaré y a ver si vos estás disponible, a ver si estás en el pueblo, para que tomemos un café o tomemos una copa de Comiteco, que es como una frazada para el espíritu. Sé que cuando conozcás a Pancho coincidirás conmigo que es como un personaje de película rusa, de esos actores que caminan por las estepas con gorros. No recuerdo hace cuántos años coincidí con Pancho en dos actos culturales, una vez en San Cristóbal de Las Casas, en la presentación de un libro de Miguel Ángel Godínez, uno de sus cuadernos de doble raya; y otra vez acá en Comitán, en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos, en un encuentro de poesía, de esos maravillosos actos que inventa Fer Trejo. En San Cristóbal, ¡qué genial!, no había comenzado la presentación del libro en una cafetería, cuando ya teníamos sobre la mesa unos vasos discretos llenos de posh. ¡Salud! De eso se trataba la vida en ese instante, de “tomarla” por los cuernos llenos de gracia, con aroma desmedido sin medida. A Pancho siempre lo he visto como un gran territorio, con los pies bien enraizados sobre el mar, aunque sé que no es hombre de agua, sino de tierra. ¿Por qué menciono entonces al mar? Porque siempre que lo veo está con el cabello al aire, como si fuera un barco gigantesco, lleno de dulzura, con las velas insufladas. Siempre que veo a Pancho no olvido que él no olvida, no olvida que la vida, apenas brizna de hierba, sirve para que los seres humanos seamos linterna en medio de la oscuridad. Él vive con Celia en medio del bosque, en una casa que tiene semejanza con las que aparecen en los cuentos infantiles, donde los pájaros crean el milagro del vuelo y las plantas son como la sonrisa de las ramas cafés o verdes que dialogan con el silencio, con el viento. Ahí, en ese territorio, él es una lámpara pródiga, cuando baja al pueblo de San Cristóbal de Las Casas, lleva en su pecho un abanico de haces que riegan luz por donde pasa, lleva en su pecho una catarata de juncia fresca, un atado de papalotes que suelta como si soltara nubes. ¿Por qué le mando este abrazo a Pancho? Porque ayer, no me preguntés cómo fue, hallé esta fotografía que comparto con vos, es una fotografía de su muro en el Facebook. ¿Mirás qué prodigio? ¿A poco no parece un fotograma de película de tu admirado Del Toro? Ahí está el gran Pancho con un poncho y un sombrero, recargado en un árbol de bosque milenario. ¿Ya viste la figura retorcida que le habla al oído? ¿Verdad que es un dragón? Sí, querida mía, Pancho se habla de tú (o de vos) con los animales fantásticos, con los prehistóricos, con las antiguas culturas, con los afanes extraviados en el tiempo. Pancho dialoga con la madre tierra, con las raíces, con las frondas, con los cielos, es hombre de este tiempo y de todos los pasados y los que están por venir. Por eso, en esta fotografía que robé de su muro (él es hombre que no levanta muros) está tranquilo, como si fuera un Buda, un Siddhartha, un Alma Grande. Nada le preocupa en este momento, está casi a punto de beber el aire, el agua limpia, el espíritu de los dioses y diosas de los Altos de Chiapas. Posdata: vi la foto y dije: le mandaré un abrazo a Pancho, un abrazo como si fuera un libro con solapas, como si fuera un libro con esas cintas que sirven para señalar la página donde se quedó la lectura. Sí, un abrazo con cinta que recuerde el afecto, el cariño, el reconocimiento. Va pues hasta su casa de la montaña este abrazo, abrazo que extiendo para su compañera Celia que, estoy seguro, ahora riega una orquídea y da de comer a un colibrí. ¡Tzatz Comitán!

martes, 3 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO

Querida Mariana: no sé cuántos años tiene de esta visita. Fue antes de Pandemia. Dora Patricia Espinosa y yo estuvimos en casa del licenciado Jorge De La Vega, acá en Comitán. Pasamos al patio central de la casa de dos plantas, casa hermosa del pueblo, llena de flores y de luz. Él estaba en el comedor, salió a saludarnos al corredor y nos invitó a pasar. ¿Un café? ¿Un vaso de agua? Agua, está bien. Nos sentamos. Dijimos que sólo era gana de saludarlo, de platicar un ratito con él, nos presentamos, dijimos que éramos de la revista Arenilla. Sí, platicamos, dijo muy cordial, pero no graben, me quedó viendo y dijo: si quieres tomar nota puedes hacerlo. Yo saqué una libretita verde y, como taquimecanógrafo, anoté lo que nos iba platicando. Pensé que era una oportunidad única, debía tratar de preservar la mayor cantidad de palabras. Estuvimos más de una hora, poco a poco se fue soltando y nos contó desde momentos de su infancia hasta llegar a los instantes donde estuvo en lo más alto de la política nacional. Acá en Comitán siempre decimos que él estuvo así de cerquita de ser candidato de la presidencia de la república. ¿Imaginás que un paisano hubiese ocupado la silla presidencial? ¡Uf! Hubiese sido un gran privilegio, para Chiapas y, por supuesto, para nuestro pueblo. Pero no se dio. Estuvo así de lograrlo. No obstante, su ficha biográfica consigna altos puestos en la política nacional. Ocupó varias secretarías federales, fue gobernador de Chiapas y, como Rosario Castellanos, estuvo en la diplomacia, ya que fue embajador en Canadá. Esto sí lo podemos gritar a los cuatro vientos: dos comitecos han sido embajadores de México en otros países, gran distinción: Rosario en Israel y De La Vega en Canadá. El licenciado Jorge se sintió a gusto con nosotros, al final de la plática pasamos al estudio, donde hay muchos retratos, fotografías, libros y obras de arte en las paredes y en muebles especiales de madera. Ya te conté que ahí está la caricatura que le hizo Carreño y fue portada de la revista Siempre, cuando Siempre era dirigida por Pagés Llergo y era una revista de calidad. Yo la adquiría en la Ciudad de México, en los años setenta, porque tenía un suplemento cultural de gran calidad. Nos platicó muchas cosas, se sintió en confianza porque nada estaba siendo grabado. Ahora, en mi libretita verde tengo una serie de jeroglifos que poco a poco voy traduciendo, son oro molido, porque, estamos seguros, muchas cosas no las ha contado en otra ocasión, salvo con sus cercanos, así que esa mañana nos dio un trato afectuoso, como de amigos de muchos años. Desde entonces él siempre es muy atento y con frecuencia recibo una llamada telefónica para recibir su abrazo. Él, por fortuna, se mantiene muy bien física y mentalmente, nació en 1931; es decir, tiene 94 años, cumplirá 95 el 14 de marzo de 2026. En dicho apunte hallé que el licenciado Jorge estuvo de niño en una hacienda de su papá, Don Jaime, que tenía una extensión de mil quinientas hectáreas. Sí, leíste bien, era enorme. Su papá era un buen lector, nos dio gusto saberlo, recordó que, en las tardes, después de la faena, le leía “El Conde de Montecristo”, mientras el sol se ocultaba detrás de las montañas. El niño Jorge tuvo entre los campesinos a sus primeros amigos, había un manantial donde agarraban agua para hacer el pozol (al contarlo, el licenciado Jorge movió las manos como si batiera la bola de pozol en el recipiente, lo hizo en el aire, vimos que se emocionó con el recuerdo); ya que estaba bien batido le agregaban piloncillo. Recordó que en la hacienda cultivaban caña de azúcar y maíz, le encantaba beber el jugo de caña. Contó que Don Jaime vendía la panela a Don Rubén Morales y a Don Elías Cordero, quienes se dedicaban a hacer la famosa bebida alcohólica Comiteco. Posdata: sólo te cuento un poquito de muchos temas que abordó el licenciado Jorge. En alguna otra carta te contaré más; te contaré sus recuerdos del proceso de fabricación del Comiteco. Vos sabés que hace poco el gobernador de Chiapas, Dr. Eduardo Ramírez Aguilar, estuvo en Mi pueblito San Caralampio, muy cerca de Comitán para hacer entrega de la placa de la Indicación Geográfica del Comiteco, en un acto muy emocionante e histórico. Sí, luego te comparto lo que el licenciado Jorge nos contó. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 2 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON DIARIOS

Querida Mariana: los periódicos impresos se llamaron diarios en algún momento, porque se publicaban todos los días (con excepción de algunos días especiales, como Nochebuena y Año Nuevo). Hoy son pocos los periódicos que se publican en forma impresa, la mayoría de editoriales importantes (aún las hay) publican todo en formato digital y siguen con la tradición de hacerlo en forma diaria, pero ahora, por la ventaja de los chunches tecnológicos también encontramos noticias inmediatas en días de guardar. La tecnología ha hecho el milagro de que los lectores nos enteramos de noticias todos los días. En Tuxtla Gutiérrez los domingos no trabajaba ninguna editorial, así que ese día todo mundo estaba ayuno de noticias. Era una costumbre simpática, alguien decía que era incomprensible. A mí me llamaron la atención los diarios desde siempre. Tuxtla no lo supo, pero en la CDMX los diarios dominicales publicaban suplementos con tiras cómicas. Era una delicia leer al Príncipe Valiente, por ejemplo. Esto lo descubrí cuando iba de vacaciones a la gran ciudad; es decir, los capitalinos leían los diarios los domingos y, además, tenían la oportunidad de leer monitos. Era una genialidad. En Chiapas, los domingos llegaba la solemnidad y los diarios no se publicaban. ¿Tenés hambre? ¡Chupá tu dedo grande! Cuando tuve oportunidad, con un grupo de amigos hicimos un periódico en Comitán. ¡No! No se podía publicar todos los días, pero lo que sí hicimos fue un semanario que aparecía, ¿qué día pensás?, claro, los domingos, para que vieran los tuxtlecos que en nuestro pueblo sí concedíamos la oportunidad de leer prensa. Y, por aquello de las tiras cómicas dominicales, de la CDMX, publicamos un inserto que se llamó “El Cositía”, donde no había monitos, pero sí publicábamos notitas agradables, simpáticas, cotorronas, picarescas. Hablo de esto, porque ayer pensé en la importancia de escribir diarios, diarios personales, que en esencia deberían responder a su nombre; es decir, escribir a diario, volcando los sucesos del día. Los grandes escritores aseguran que escribir notas en un diario ayuda a los seres humanos. Tal actividad reúne una serie de características ventajosas, escribir un diario ayuda a la memoria y a eliminar el polvo a los actos cotidianos; ayuda a comprender la fragilidad de la vida, la instantaneidad. Te conté que en el bachillerato comencé a escribir un diario, me gustaba practicar el diario ejercicio intelectual, al llegar a casa sacaba la libreta del escritorio y volcaba los sucesos del día. ¿Mirás lo que digo? El pasado inmediato volvía al presente, también inmediato, pero este acto lograba el milagro de que, como si tomara una fotografía, el instante quedara fijo. Esto fortalecía la idea que repetían los maestros: el mínimo pedazo de papel supera a la más excelsa memoria. Diría que mi vocación de escritor comenzó a fortalecerse con la escritura de mi diario. Hoy lamento el extravío de esas dos o tres libretas que llené con mis actos diarios, con mis diarias reflexiones, con mis constantes dudas y aparentes certezas. Hablaba de lo que sucedía en el aula, lo que platicaba con mi papá y mamá, lo que había sentido al haber estado al lado de la chica que me gustaba, de las cervezas que tomaba con los amigos, de las tardes deshilvanadas en el parque, de las frustaciones (muchas) y de los pequeños logros (contadísimos). Anotaba, y esto era relevante, la relación de películas que veía en el Cine Comitán y en el Cine Montebello, porque pensaba que una buena opción de vida era dedicarse a la crítica cinematográfica, y anotaba los libros que iba leyendo. Lamento el extravío de esas libretas, porque eran la extensión de mi memoria pichancha. Con esto quiero decir que me quedé sin ese registro de vida. Posdata: grandes escritores de todos los tiempos y de todas las lenguas han escrito diarios, Coquis diría que sueltan el lápiz y en este soltar de lápiz hay un acto prodigioso. Ayer encontré en una columna de libros pendientes una novela del gran Roberto Bolaño, la novela es “El tercer Reich” y comencé a darle una vueltita. Está escrita a manera de diario. Comprendí que hay diarios que se convierten en propuestas literarias. En el caso de este ejercicio de Bolaño es una propuesta inteligente, atractiva. Bolaño fue un gran narrador. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 1 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN CONCEPTO NOVEDOSO

Querida Mariana: ¿vos sabés qué significa la palabra procrastinar? De entrada la palabra es extraña, de difícil pronunciación. ¡Dónde como la palabra amor o espiritifláutico!, palabritas sencillas, fáciles de pronunciar. Hasta hace poco tiempo ignoraba el concepto procrastinar. Nunca lo había escuchado, ahora la oigo con más frecuencia. ¿Qué dice el diccionario? “Procrastinar: hábito de posponer voluntariamente actividades o situaciones importantes, sustituyéndolas por otras más irrelevantes o placenteras, a pesar de conocer las consecuencias negativas a largo plazo”. Todo mundo procrastina y el que procrastine ¡buen procrastinador será! No conocía la palabra, pero he sido procrastinador desde siempre, porque todos somos procrastinadores. Claro que sí. Juan Villoro, con uno de sus libros recientes, diría: “No soy un robot”, sólo los robots no procrastinan, ellos están programados para cumplir con funciones prioritarias; los seres humanos tenemos en nuestra esencia el botoncito de la procrastinación. Los mexicanos, por naturaleza, tenemos el gen del “dejá para mañana lo que no querés hacer hoy”. Vos sos responsable, seriecita, pero sé que, de vez en vez, también te botás en una hamaca o te ponés a hacer algo que no es lo más importante. ¿Por qué somos así? Debe ser herencia cultural, la traemos arrastrando. Hablo de herencias sociales, no personales, porque en casa mi papá no procrastinaba, al contrario, siempre fue ejemplo de cumplir con los compromisos importantes. No sé si vos has conocido a gente que comienza a hacer las tareas más sencillas y deja al último las más complejas. Mi papá hacía lo contrario, primero lo complicado para que luego todo fuera más fácil, pero, ya lo dijimos, la mayoría de personas procrastina. Si lo mirás con atención es ilógico tal comportamiento. Sabemos que debemos hacer los trabajos, así que mientras más pronto ¡mejor!, pero los mexicanos no somos así. Los psicólogos podrán dar luces acerca de este comportamiento humano. Digo que siempre he procrastinado, sin saber que este comportamiento así se llamaba. “Hacé la tarea”, decía mi mamá. No la hacía, no la hacía porque andaba metido en el juego de carritos o leyendo al Memín Pinguín. ¿Qué era más importante en la vida? ¿La tarea o la lectura? Cuando fui a estudiar a la UNAM, en la facultad de ingeniería, en lugar de ir al salón de clases iba a la Biblioteca Central Universitaria. ¿No había crecido? Digo esto, porque ya a mis dieciocho años seguía ignorando la recomendación materna: “Hacé la tarea”, no hacía la tarea de la facultad y continuaba en mi diversión favorita: la lectura de cuentos, novelas, poemas, obras teatrales, ensayos y divertimentos. En mis años de infancia y adolescencia nadie hablaba de procrastinar, aunque todo mundo era procrastinador. Que tire la primera piedra quien no haya sido procrastinador. En la definición que te compartí aparece la palabra “placentera”; es decir, dejamos lo importante por aquellas cosas que nos dan placer. Sé que en las empresas nadie quiere personas procrastinadoras, pero quien tiene su propia empresa bien puede darse el lujo de privilegiar el placer de la vida. Con esto no quiero decir que todo mundo deba ser anarquista y ser procrastinador, ¡no!, pero en mi vida personal siempre he aplicado la ley del placer por encima de la del deber. Además, la palabra deber tiene una carga simbólica bien jodida, porque significa que es algo que debés, sin contraer deuda alguna. Posdata: el término procrastinar se ha puesto de moda. Parece que el mundo se dio cuenta que en el país somos “dejados”, que si tenemos una chamba urgente, pero el compadre nos llama por teléfono, nos invita a tomar una caguama, cerramos la computadora y vamos a la cita. Dicen que ya está próximo el evento más importante de todo el año: el Mundial de Fútbol. ¿Ya pensaste en el universo de empleados que dejarán sus pendientes para no perderse el partido inaugural? Ahí se demuestra que medio mundo prefiere el placer al deber. ¿Es esto malo? Ay, jefe, mañana se lo tengo, ahora juega nuestra selección y necesita nuestro apoyo, el número doce debe estar a favor de México, México, México, ra ra ra. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 28 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON NOVELA DE MARIO ESCOBAR

Querida Mariana: Mario me dijo que escribía una novela. Me lo dijo en tiempo de pandemia. Estuve pendiente del proceso. Una mañana me enteré que ya la había publicado en Editorial Entretejas. De inmediato me puse en contacto con Luis Armando Suárez, director de la empresa editorial. Luis Armando me trajo un ejemplar en un viajecito relámpago que hizo al pueblo. Al llegar a la casa comencé a leer la novela de Mario que intituló: “Espejo de los días”. Quedé muy satisfecho con la lectura, contento con lo que en el terreno literario logró Mario. No dejé que mi emoción se desinflara. Vos sabés que todo en la vida es como globo, así que de inmediato te escribí una carta para contarte el suceso. De esto hace ya varios meses. Leí la novela recién salida del horno de publicaciones y mi comentario también te lo envié bien calientito. Hace días, no sé cuántos, Chusy Coutiño me llamó por teléfono. Dijo que Mario vendría a Comitán a presentar su novela. Sí, pensé, los autores comitecos tenemos el compromiso moral de compartir las creaciones con la paisanada. Lo celebré. Chusy dijo que me invitaba a ser uno de los comentaristas la tarde de presentación. Acepté el honor, aunque vos sabés que a mí me gusta más estar sentado entre el público. Cuando el presidente Emmanuel Cordero tuvo a bien honrarme con el nombramiento de cronista municipal le pedí que, si debía asistir a algún acto, que no me trepara en la mesa de honor, que me dejara sentarme entre la audiencia para hacer mejor la chamba. La crónica tiene los pies hundidos en la misma tierra que pisa el pueblo. Acepté la invitación de Chusy, porque ya no soy cronista municipal y no tengo el compromiso de hacer crónicas, así que la tarde del 27 de febrero del 2026 acudí a la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y trepé a la mesa de honor, al lado de la otra comentarista, Olivia Bonifaz, del autor de la novela, Mario Escobar Gálvez y de la moderadora Doctora Mary Carmen Vázquez. La cita fue a las cinco y media de la tarde. Cuando me tocó participar, saqué mi bonche de hojas, con letra grande para no usar lentes y leí el textillo que preparé, algo que ya no aludiera al contenido, porque eso ya lo había compartido contigo en la carta aludida, sino con un comentario que rozara más a la emoción de lo leído, del asombro que me causó la creación de Mario. Comparto con vos dicho textillo. Acá va: “Buena tarde. Podríamos hacer un recuento de las novelas escritas por autores Comitecos. Estoy seguro que ahora brincaría la mayoría de títulos. Estoy seguro que ahora tienen en sus mentes nombres de creadores comitecos. El ejercicio sería muy interesante. Dejémoslo así. Ya vi sus rostros y casi puedo leer el resultado de lo que propongo. Ya tienen en sus mentes conocidos títulos de novelas y reconocidos nombres de autores. Los lectores comitecos, y de otras regiones del mundo, tienen dicha relación en sus mentes y en sus corazones. Una relación prodigiosa, porque esos autores, ellos y ellas, han escrito la hoja literaria de nuestra historia. Digo esto porque, en casa, hice el ejercicio nemotécnico que ahora comparto con ustedes. Lo hice, porque cuando recibí la invitación para esta noche debía sustentar lo que me atreveré a decir. ¿Ven, escuchan, que ahora usé el término atrever? Lo usé porque es lo que quiero decir. Acá voy. De la relación completa de novelas comitecas, la novela de Mario es la que más se ha atrevido en el terreno de la ficción. Jamás en la literatura de esta región un autor fue tan revolucionario como Mario. Todos se quedaron en la Vía Láctea, Mario se atrevió a ir más allá, como si fuera la nave Voyager. En la relación de nuestros autores locales tenemos novelas históricas, realistas y costumbristas. En esa lista están incluidos los nombres de los reconocidos, los nombres de quienes tienen fama local y regional, así como los que han llegado al plano internacional. Ninguno de ellos se atrevió en los terrenos donde caminó Mario. Tal vez quien más se atrevió fue nuestra pichita amada, quien el año pasado, el 2025, cumplió cien años de nacida. Ella, retomó un acto real donde crucifican a un cristo indígena, historia bárbara de origen, que se sale de los actos comunes. Pero, Mario ha ido mucho más allá. Ningún creador comiteco se ha atrevido a tanto y con tan buen resultado. Por ello, como si fuera un notario literario, esta noche doy constancia que la novela presentada es el mayor atrevimiento que ha realizado el genio creativo en Comitán. Con ello digo que Mario dio un salto cuantitativo en el acto de creación literaria. Mario demuestra que, con osadía y talento, puede lograrse escribir una obra que abandone el camino trillado; demuestra que la identidad de un pueblo tiene múltiples senderos. Ahora usaré un lugar común y diré: Mario supo que se hace camino al andar, por territorios nunca caminados. Mario ya abrió un camino novedoso, inédito. Mario ha escrito, insisto, con talento narrativo, la novela más atrevida, la más vanguardista. Por eso esta noche es histórica, porque se presenta en el pueblo la novela más revolucionaria en el terreno de ficción de Comitán. En buena hora para todos. Si los creadores dejan que el aire revolucionario entre en sus ventanas buenos tiempos nos esperan; y si los lectores también respiran aires novedosos el mundo augura nuevos vientos en la región. Aplauso a nuestro autor”. Posdata: sé que quien lea la novela de Mario también se asombrará por la buena factura de esta obra que deja en alto el numen creativo de la gente de este pueblo. ¿Viste qué palabrita me aventé? Numen, pucha. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 27 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTOGRAFÍA RESCATADA DEL FUEGO

Querida Mariana: esta foto iba para la hoguera. Se salvó. No sé cómo, pero se salvó. Esta foto estaba en la casi única libreta que se salvó del fuego. Tampoco sé cómo no terminó en el infierno. La libreta número dos, que (según etiqueta) inició el 23 de diciembre de 1989 y terminó en marzo de 1990, no se fue al tambo donde quemé todas las libretas. Ni me preguntés de dónde saqué la fecha de la foto: 6 de febrero de 1978. Tal vez quien me la regaló tenía anotada la fecha al reverso. Me encanta saber que la mañana del 6 de febrero de 1978 el amigo que tomó la foto tuvo la delicadeza de anotar la fecha. Ahora ya es un documento histórico. La foto se salvó, tal vez para que en el 2026 la compartiera con vos. En estos tiempos mucha gente todavía se pregunta cómo fue la llamada Manzana de La Discordia, que en un momento de fines de los años setenta la derruyeron; es decir, casi casi un año después de que esta foto fue tomada. Los políticos ya habían decidido que la tirarían, los simples mortales caminábamos sin saber que esa decisión nos quitaría parte de nuestra historia personal y comunitaria. Entiendo que la decisión fue tomada porque la manzana ya había perdido la armonía arquitectónica que había tenido a principios de siglo, además querían que (como está ahora) se viera el templo de Santo Domingo y la Casa de la Cultura. El parque ampliado, el actual, ganó en estética, pero perdió la intimidad que tuvo en los años setenta, cuando todo mundo caminaba los domingos, formando dos aros, uno conformado por varones y el otro por mujeres, lo que permitía que se dieran lo que Doña Tony Carboney llama “quemones”, era un pueblo afectuoso. Todo terminó con la picota que derribó esta manzana, que, como se ve, en tiempos antes de la gentrificación, era comercial en gran parte, aunque, como en el caso de “Novedades Cecilia”, por ejemplo, en la parte posterior servía como habitación de la familia Gordillo Domínguez. ¿De verdad es una imagen capturada el 6 de febrero de 1978? Quienes vivieron esa época podrán corroborarla, además, pienso, los amantes de autos podrán identificar los que están estacionados y decir si, en realidad corresponden al final de los años setenta. Yo, lo sabés, soy experto en nada, pero pienso que el logotipo que tiene el carrito que está al lado del señor con sombrero es de un Opel. En febrero de 1978 yo no estaba en el pueblo, en ese momento andaba en la CDMX (Distrito Federal), así que mi recuerdo es volátil (como siempre). Identifico algunos negocios por sus letreros, pero donde no alcanza mi vista no logro identificar qué negociación había. En la esquina más próxima, donde inicia el portal, está el consultorio del dentista Armando Gordillo, luego está Novedades Cecilia (negocio que aún está vigente, por la calle que sube al templo de Guadalupe. La picardía comiteca ahora le dice Antigüedades Cecilia. Ah, el pueblo es cabroncillo). Luego está la Dulcería Italiana. ¿Qué negocio seguía? Luego está la Casa Tovar, que era el negocio que más anuncios de bandera tenía: Philips, Emerson y Olivetti. Luego hay otro negocio o dos. Lo que sí recuerdo es que en la mera esquina estaba la tienda de Don Hernán León, que era mi vecino, porque su casa también estaba en la esquina donde estaba la casa que mandaron a construir mis papás, a una cuadra de la Escuela Fray Matías de Córdova. La casa de Don Hernán, de dos plantas, aún sigue en la tercera poniente, mi casa ya pasó a mejor vida, ahora es un moderno hotel, propiedad de la familia Bermúdez Albores. Posdata: tampoco fui testigo del derrumbe de la manzana, un día viajé al pueblo desde la Ciudad de México, en plan de vacaciones y ya encontré que había desaparecido y que comenzaban a enlajar la plaza para la ampliación y dejarlo como está ahora. Ah, qué vista tan soberbia, pero fue como si un día alguien botara el faro para que no estorbara la visión del mar. ¡Bobos! No sabían que el faro era importante para que los barcos desorientados hallaran la ruta correcta. Nos quedamos sin manzana. ¡Dios mío! Qué habría sido de Newton sin manzana, qué de la bruja de Blanca Nieves, que de Eva, ¡de Eva y Adán! El principio de la vida habría sido otro, uno más pedestre, menos lleno de vida. Te comparto la foto con su fecha, aunque dudo que ésta sea precisa, pero así lo hallé y así lo comparto. Ese espacio fue parte de nuestro espíritu, quienes lo vivimos aún lo añoramos, algo importante nos quitaron. A veces, bobo que soy, hago la cuenta y saco la conclusión que perdimos, porque esta manzana se convirtió en una simple fuente, carente de historia, de identidad, porque la podemos hallar en cualquier parte de México. Sólo las palomas son felices, pero ni éstas lo gozan siempre, porque a veces la fuente no tiene agua. ¿En dónde se ha visto una fuente que pierda su vocación? Pienso que Comitán perdió algo de su vocación cuando tiraron las construcciones que tanta vida provocaron. No hubo otro espacio más lleno de vida frente al parque central. Jamás volverá a ser lo que fue. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 26 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN CORAZÓN

Querida Mariana: una amiga se molestó cuando una comadre le dijo que su hija estaba “cacheteando el pavimento” por fulanito. Mi amiga sabía que su hija estaba muy enamorada del fulanito, eso era una certeza, lo que le molestó fue la expresión, la manera tan vulgar de decirlo. ¿Cacheteando el pavimento? Pues sí, en México era una frase común, no sé si ahora se siga empleando. Mi amiga, enfermera de profesión, muy responsable, se enojó con su comadre, se enojó de por vida, por esas “simples palabras” echaron por la borda una amistad de muchos años. Yo entendí que mi amiga había salido en defensa de su hija. ¿De verdad? En realidad, la hija, profundamente enamorada, ni se enteró de este desaguisado. Si tomamos la frase en forma literal, que es como lo tomó mi amiga, aparece la pregunta: ¿cómo es posible que alguien esté cacheteando el pavimento? La única respuesta es que ese alguien anda tirado, su cachete está pegado al piso. Si lo vemos así, entonces mi amiga tuvo razón de molestarse, porque la comadre dijo que la muchacha andaba tirada en el piso, casi arrastrándose por el otro. Y acá ya estoy dándole una connotación muy fuerte, porque arrastrarse por otro es algo denigrante. Así lo interpretó mi amiga y terminó furibunda. Invité a mi amiga a tomar una limonada y poco a poco fuimos desmenuzando el tema, ella, poco a poco, aceptó que la frase de la comadre la dijo en forma irreflexiva, sin ánimo de dañar; es decir, lo hizo sin tomar en cuenta el sentido completo, sin pensar en el sentido literal. Son de esos dichos que en el país se expresan en forma cotidiana, sin que reflejen un verdadero sentir. ¡Ah, cuántas frases se dicen en el día sin que se analice bien el sentido preciso! Por ejemplo, todo mundo dice frases como: “estar en la luna” o “está haciéndose pato”. Si lo analizamos en sentido literal vemos que ambas frases no están “con los pies en la tierra”. ¿Estar en la luna? Nadie ha estado en la luna, bueno, incluso los incrédulos juran que eso de que la NASA puso a astronautas en el planeta fue falso, una mera fantochada. ¿Quién se hace pato? Tampoco. En la historia de la humanidad no ha existido ningún caso donde un ser humano trasmute en un palmípedo. En Comitán decimos de un compa desobligado que “se hace tacuatz”, porque el tlacuache se hace el muerto cuando se ve en peligro. Bueno, nadie se encabrita al máximo por esto, porque lo usamos de manera coloquial. Nunca, tampoco, en la historia del pueblo alguien se ha vuelto un tlacuache. Ahora, dicen, hay gente que se cree chucho o gato (la gente emplea el término therian), es puro cotorreo. ¿Por qué se dice cotorreo? ¿Porque es algo cotorro? A propósito decimos. “el que es loro donde quiera es verde”, nadie quiere decirle al otro que es un loro, es una mera expresión, una forma expresiva de nuestro lenguaje. Todo mundo sabe que hay formas y formas de expresión. Mucha gente dice que fulanito está enamorado, pero los amigos, en forma coloquial, dicen que fulano está “enculado”. Posdata: mi amiga, al final, después de dos limonadas entendió esta extraña forma de expresarse, pero, antes de levantarnos sentenció: “sí, tenés razón, pero no perdonaré a mi comadre, pendeja, qué se está creyendo”. Reímos. Cuando ya solo caminé por el parque, pensé en la frase: ¿qué se está creyendo?, que también es muy socorrida y que es una frase inocente en apariencia, porque sobaja a la otra persona. ¿Qué se está creyendo?; es decir, no es lo que piensa que es, y este pensamiento va desde considerarse una persona muy importante, casi casi rozando con la Nobleza, hasta alturas celestiales. ¿Qué se estaba creyendo la comadre? Boba, ¿acaso reina?, ¡ja!, plebeya era. ¡Tzatz Comitán!