lunes, 16 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON RECUERDOS ALTERADOS

Querida Mariana: todos tenemos recuerdos falsos. El otro día te envié una carta y cometí un dislate. No me asombró, a cada rato me equivoco, porque, vos sabés, tengo memoria pichancha. Un querido amigo escritor me hizo ver que había cometido un error. Según yo cité a Sabines y había citado a Rosario Castellanos. ¿Mirás? Mi mente me hizo la travesura de poner en labios de Sabines algo que había dicho la Chayo. Mi amigo, hábil, genial, no se fue por el camino que yo había señalado. Hace días recibí un mensaje de mi primo Manolo Díaz Molinari, me dijo que no recordaba algo que yo sostengo vivimos él y yo en los ya lejanos años setenta, en San Cristóbal y, por el contrario, me dijo que tiempo después nos habíamos saludado en la facultad de ingeniería, de la UNAM, donde ambos estudiábamos, bueno, estudiaba él, porque yo, ya te dije, me la pasaba en la Biblioteca Central Universitaria. Él sí se tituló como ingeniero. Justifiqué el olvido diciendo que tal vez en algún momento desvié mi ruta cotidiana y fui a dar a los corredores de la facultad de ingeniería y ahí nos vimos. Esa mañana equivoqué mi vocación, fui a ingeniería en lugar de ir a la biblioteca ¿Mirás? Él recuerda algo que yo no y viceversa. ¿Cómo se arma la vida personal? Con trazos de qué líneas, con qué desechos de los naufragios. Digo que me gustan los libros, porque ahí no hay error. Lo que ahí escribió Cervantes de El Quijote ha permanecido inalterable durante siglos. Si alguien duda tantito existe la posibilidad de abrir el libro y corroborar lo dicho. Algo así sucedió con lo que mi amigo me dijo, bastó que yo fuera al librero, a sacar un libro de poemas de Rosario para constatar que el verso era de ella y no de Jaime como yo había sostenido. ¡Mentiroso!, podés decirme y no te equivocarás. Pero, en mi descargo, miento sin dolo, miento porque soy de memoria pichancha. En las cartas que te envío cometo errores de fechas, nombres y lugares en forma frecuente. No me preocupa demasiado, porque estas cartas son sólo para vos, me daría pena si llegaran a otros ojos. ¡Qué vergüenza! Por ahí, los críticos severos de El Quijote dicen que Cervantes cometió un gazapo tremendo, en alguna parte del relato desaparece el burro de Sancho y luego, sin decir ¡agua va!, aparece de nuevo. Muchos sostienen que ya había matado al burro y luego le dijo: “levantate y andá”. Esto quiere decir que Cervantes olvidó qué había hecho con el burro. ¡Ah, qué burro!, dicen los críticos severos. Yo agradezco las anotaciones que algunos lectores hacen a mis textillos, cuando puedo enmendar lo hago, a veces ya no es posible por la premura. Me hago la promesa de ser más cuidadoso para la otra. ¡Mentira! Cuando vengo a ver ya resbalé de nuevo. Así como Sabines dijo: “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”, yo, sin maldecir digo: “que nadie crea que lo escrito es cierto y preciso”. Como justificación boba de mi parte digo que mis escritos son un simple reflejo de mi mente desordenada. Lo que acabo de citar de Sabines sí es correcto, acabo de revisar el libro. La mente tiene muchos vericuetos, nos hace muchas travesuras. Nadie puede tirar la famosa piedra bíblica, porque nadie está libre de tener recuerdos equivocados. Quién sabe cómo funciona la mente, porque, incluso los sabios que han dedicado su vida a investigar esos meandros, se quedan en la orilla, porque no podemos saber con precisión los senderos por donde camina el recuerdo. Posdata: recuerdo que en 1971, en San Cristóbal de Las Casas, Manolo y yo fuimos a una cueva que existe cerca del templo de San Felipe, por la salida hacia Tuxtla. Manolo me llevó, él conocía la cueva, yo era un simple advenedizo, él era intrépido, mi recuerdo me obliga a pensar que Manolo llevó cuerdas y una lámpara, porque fuimos en la tarde, ¡en la tarde, Dios mío!, llegamos a la entrada y bajamos un poco. ¿De dónde saqué valor para seguirlo adentrándonos en aquella penumbra, en aquella boca húmeda, solitaria? Seguro que no lo pensé, porque un instante de reflexión me hubiese inyectado el temor que, como ángel de la guarda, me acompaña desde siempre. Manolo me dijo que no recuerda tal acto. Yo lo aseguro. ¡Cómo no! Llegamos ya noche a su casa, que era una casona monumental que mi tía Lolita destinaba como casa de huéspedes. Ya te conté que ahí se hospedó durante algún tiempo el gran artista plástico guatemalteco Carlos Mérida. ¿A poco también esto lo he inventado? Uf, ya no sé qué es un recuerdo cierto y un recuerdo falso, la línea es tan vaporosa. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 15 de marzo de 2026

DIÁLOGOS SIN SALIDA

─Estamos jodidos, Alejandro, porque no pensamos en grande. ─Demos gracias a Dios que, cuando menos, ¡pensamos! ─Pensamos tilibriz. Decime, ¿quién piensa en ganarse el Óscar? ¿Quién en ganar el Nobel de Literatura? Decime, ¿quién? ─No sé, decime vos. ─Te estoy diciendo que nadie, en Comitán todo mundo piensa nuégado, o muégano, ¿cómo se dice? ─No sé. ─Hmm, vos, nada sabés. Bueno, sé que vos decís que no pasás de Chacaljocom, así no se puede. La gente debería soñar con llegar a los grandes teatros, a los grandes museos. Decime, ¿qué artista plástico piensa exponer en el Guggenheim, en Nueva York? Decime. No, mejor no me digás, vas a decir: no sé. ─Pues es que no sé. Tal vez tenés razón y… ─¡Claro que tengo razón! Por eso estamos jodidos. Ahora dicen que estamos en la globalización. ¡Mentira! En Comitán seguimos encerrados en nuestra burbuja. Algunos se atreven a salir, pero ¿qué pasa cuando están en otra parte? A ver, ¿qué dicen los estudiantes cuando se titulan? Decime y no me digás no sé, chingado. ─Pues no sé, este, tal vez piensan en regresar. ─¡Eso! Vaya, hasta que atinaste, anotate un punto a tu favor. ¿Se te hace pensar en grande volver a la tierra? A mí me da no sé qué, ahí los veo en otros lugares, abriéndose camino en espacios canijos, pero siguen añorando su tierra, ay, mis panitos compuestos, ay, mi atol de granillo. Así no se pinches puede. Esa nostalgia impide el crecimiento, porque es como un grillete que los tiene atados de las patas. ¡Alas, alas!, joder, alas para volar, para llegar a lugares donde nadie ha llegado. ¡No! Vos, ya lo sé, estás jodido, además ya estás viejo. Ah, pediste regresar a Comitán y acá estás feliz. Te faltó pensar en grande, cuando fuiste chavo. Fuiste a la Ciudad de México, ¿a qué? ─Pues ya lo he platicado en varias ocasiones, me encantaba ir a la Biblioteca Central Universitaria de la UNAM, a leer. ─¿Te la pasabas leyendo? ─Bueno, iba al cine, a veces, con los compas íbamos a comer carnitas y echar la cerveza. Eso, los fines de semana echábamos trago en el departamento. ─Sí, ya los estoy viendo, ya medio bolos están poniendo casetes de marimba y están llorando por su pueblito amado. ─Pues sí, tenés algo de razón. ─¿Algo? Mudenco, tengo toda la razón, porque lo que vos hacías es lo que hace medio mundo de Comitán, estar amarrado con la cuerda de la nostalgia. ¡Ay, mi pueblito, mi familia, mi noviecita santa, mi comidita! ¿Nunca viste la película “Cinema Paradiso”? ─Sí, cómo no, es una película muy buena, ganó un Óscar como mejor película extranjera, es italiana. ─Italiana, de la misma tierra que tus ascendientes. Si la viste recordarás que el viejo proyeccionista, Alfredo, le dice a Totó, cuando éste va trepar al tren para ir a Roma: “Vete, no vuelvas, no nos llames”. Con esto, Alfredo le estaba diciendo: pensá en grande, amarrate las alas, volá, volá, el mundo es tuyo. ─Pero Totó vuelve. ─Regresa, pero sólo para estar en el entierro del viejo Alfredo, sólo para encontrarse con el fantasma de la nostalgia que lo quiere amarrar de nuevo. ─¿Y lo amarra? ─Ahora te voy a imitar: no lo sé. No lo sé, porque hay incluso dos finales en la película. Pero la película juega con nuestras emociones. La vida exige no dejarse llevar por emociones. Quienes lo hacen son los que no piensan en grande. Por eso, estamos jodidos, porque acá nadie piensa en grande, todo mundo ignora lo que dijo Alfredo: Andate, no volvás, no nos llamés, olvídate de Comitán, regresá cuando hayás triunfado en grande, cuando seás presidente de la república, cuando ganés el Nobel de Literatura, el de medicina, cuando ganés un Óscar. Y ya me voy, porque vos ni caso me hacés, ahí te dejo con tu nostalgia de viejo romántico. ¡Cotz!

sábado, 14 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON ESPACIOS PÚBLICOS

Querida Mariana: ¡orden! El licenciado Héctor dice que en la vida debemos tener orden. Orden en la vida personal y en la vida comunitaria. Tiene razón. Las vidas de muchos son desordenadas, asimismo muchos pueblos son desordenados. Los que vivimos el Comitán de los años sesenta (nostálgicos irremediables) sostenemos que nuestro amadísimo pueblo fue más ordenado, en todos los aspectos. Vos mirás una fotografía de los años sesenta y hallás una ciudad más afectuosa; es decir, más ordenada. Casi como por contagio, la gente de ese tiempo era también más ordenada. Mario Vargas Llosa, en su novela “Conversación en la catedral”, hace que un protagonista se pregunte: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Los que vivimos el Comitán de los años sesenta y, gracias a Dios, seguimos en el pueblo nos preguntamos lo mismo: ¿en qué momento se jodió nuestro amado Comitán? Comitán sigue siendo un pueblo afectuoso, no ha extraviado su árbol genealógico, pero ahora su árbol está con cierta plaga, tiene algunas ramas cortadas, ya su fronda no es la de antes, tiene pajaritos todavía, pero a veces cantan con una cierta tristeza contenida y esto hace que en el aire flote una niebla llena de polvo. Y como siempre sucede, el entorno hace que la gente se contagie, por lo que ahora la población también se ha vuelto desordenada, esto significa que hemos perdido un poco el sentido de identidad y el sentido de fraternidad. Se dice en forma nostálgica (ah, qué pinche palabrita) que en el Comitán de los años sesenta todos nos conocíamos, conocíamos nuestras virtudes y defectos. Con el natural crecimiento de las ciudades, las sociedades se transforman, abandonan su vocación esencial. Diré una obviedad: Comitán ya no es el mismo. Digo esta perogrullada para reafirmar que el pueblo ya no tiene el orden que una vez tuvo, que aún se percibía en el aire de los años sesenta. ¿En qué momento dejamos de ser lo que éramos: un pueblo afectuoso? No sé si lo mismo podría decirse de toda la patria, tal vez sí. México fue un país amigable, ya no lo es. La violencia siempre ha existido, la gente cabroncita siempre ha jodido el mundo, pero, todo mundo lo reconoce, nuestra patria nunca tuvo estos índices de violencia y este tema no sólo se refiere a grupos delincuenciales, ¡no!, el ciudadano de a pie, el que tiene un trabajo honesto también ha cambiado su comportamiento, se ha vuelto más individualista y con ello ha hecho que la casa común se desordene. Así como tenemos el ejemplo de la respuesta que la gente tuvo ante la iniciativa de Lázaro Cárdenas en el momento que decretó la nacionalización de la industria petrolera, así también tenemos en nuestro pueblo el ejemplo del momento en que decidieron construir el templo de San José. Las crónicas cuentan que la gente colaboró con tejas. En una fotografía se ve el momento en que decenas de personas llegan ante una mesa y entregan desde joyas hasta gallinas para cubrir los gastos de la expropiación petrolera; en Comitán también hubo filas con personas que cargaban tejas para ayudar a la construcción del templo. ¿En qué momento perdimos el sentido del orden? Ayer me senté un rato en la placita que está al lado del templo de El Calvario. Se trataba de poner orden en mi vida personal, con un poco de sosiego, con el abrazo del chal del aire comiteco. Había otras personas, sentadas, recibiendo la bendición del pueblo; desde ahí veíamos a la gente caminar por las banquetas; vi a un nevero que ya iba con rumbo a su casa (siempre relaciono el barrio de La Cruz Grande, con el hogar de varios neveros y boleros), todavía llevaba nieve en los botes porque mucha gente le pidió conos. Era hora que pasaría el camión de la basura, los vecinos comenzaron a llevar las bolsas y cajas con desechos, bajo la mirada de una empleada del ayuntamiento, que estaba pendiente de que nadie colocara basura antes de la llegada del campanero. El montón de basura se fue haciendo más grande, más ancho. Pensé que algo de la tranquilidad de la placita se interrumpió con esa montaña de basura. ¿No hay otra manera más digna de hacer la ruta? Ah, ni me quedés viendo, yo no soy el encargado del departamento de limpieza. ¿De verdad no hay otra forma? Orden es lo que quiere la vida. Y nadie pone orden. Comitán se ha vuelto una ciudad desordenada. Conforme comenzó a llenarse de basura la placita comencé a sentirme mal. Decidí seguir mi camino, abandonar la placita de El Calvario e ir a un espacio más amplio: mi parque, el parque central, el parque que se llama Benito Juárez, pero que es propiedad de Alejandro Molinari. Me paré y revisé qué había en esas cuatro bases de hierro que están en la placita de El Calvario (bases hermosas, fabricadas en la Fundidora San Rafael, de Puebla). Dicen los que saben que el desorden inicia al cambiar la vocación de los objetos, cuando una bicicleta fija, para hacer ejercicio, se vuelve un tendedero de ropa sucia; cuando un automóvil, para hacer un traslado, se convierte en un lugar para echar cotz; cuando una maceta, para sembrar flores, se vuelve un cenicero donde los fumadores apagan sus cigarros. Pensé que esas bases ya dejaron de ser para lo que fueron creadas y ahora (¡lo juro por Dios!) son pequeños basureros, revisé (como si fuera el inspector) las cuatro bases y los huecos que tienen en la parte superior son recipientes llenos de basura. La gente pasa y deja su basura ahí y los de limpieza municipal son incapaces de limpiarlas, así se crea el desorden. Hablo de un pequeño espacio, ya ni quise ir a ver la jardinera que está en una lateral, porque supe que es otro basurero, con una pequeña valla metálica toda torcida, toda desordenada. ¡Orden hace falta en el pueblo! ¿En qué momento Comitán se volvió un pueblo desordenado? ¿Qué rima con desordenado? Posdata: en algún momento, una autoridad quiso poner orden en esta plaza, pagó el costo de las bases bellas (¿eran bases para lámparas?) y todo relució. Más tarde, otra autoridad se llevó las lámparas (así como se llevaron bancas de hierro, se ve cómo las cortaron) y nos quedó esto, que sólo sirve para que el peatón (ciudadano contaminado con el desorden) lo use como basurero. ¡Dios mío! ¿En qué momento se jodió Comitán? ¿En qué momento se volvió un pueblo sin orden habitado por ciudadanos desordenados? ¡Tzatz Comitán!

viernes, 13 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON CANTO DE AMOR

Querida Mariana: siempre he estado a la moda. En los años setenta usé el cabello largo y pantalones acampanados. Compré un par de zapatos bostonianos, con plataforma gruesa (sólo una vez los calzé, porque, la verdad, estaban muy jodidos, regresé a mis zapatos de ante, que me encantaban, con plataforma delgada). He escuchado la música que ha ido creciendo conmigo. Sí, escuché a Pedro Infante, a nuestra paisana Irma Serrano (“Qué estás haciendo Martina, que no estás en tu color”), a Pedro Vargas, a Julio Iglesias (“Tiré tu pañuelo al río, para mirar cómo se hundía”), a Napoleón (“no he oído otra cosa más triste que el canto de un grillo”), al enormísimo negro Barry White, a Joan Manuel Serrat, hasta llegar a Maluma y al Camilo (“¿Cómo te sientes? Cómo voy a sentirme, ¡del culo!”). Tuve un radio de esos que se compraban en La Línea (la frontera con Guatemala), que tenían una cubierta de piel, color café; luego un pequeñísimo radio pero potente (que aún conservo, como con diez bandas), ahora escucho música que transmite Alexa (mi mamacita pedía Radio Felicidad -no sólo la música sino también el nombre decía mucho de su carácter- y ahora con mi Paty que pide “Alexa, música de Keiichi”. Pucha, Corea me invade). Escribí con lápiz (sin goma en la parte superior) y en cuadernos modestos, engrapados; luego ya usé bolígrafos y libretas con argollas (hubo un tiempo que usé pluma fuente, mi madrina Cari me obsequió una pluma chapada en oro que usaba tinta china, pucha, me sentía todo un dandy de la escritura), luego comencé a usar máquina mecánica (aprendí bien con el maestro Jorge y sigo siendo muy ducho con el teclado, casi tanto como dice Gabriel que era su mamá, Rosario Castellanos); luego pasé a la máquina eléctrica y de ahí, el gran salto, al procesador de textos (que es donde ahora te escribo esta carta). Dibujé en cuadernos de dibujo y hubo un momento que pasé a la Tablet, donde hay aplicaciones que permiten hacer dibujos con pinceles y colores digitales (toda una revolución). Donde sí me estacioné fue en los relojes, usé un modesto Haste (que en su tiempo no eran tan modestos), luego uno que me regaló mi papá (sin marca visible), que compró en un viaje que hizo a la Península de Yucatán, que tenía como carátula un paisaje marino. Como el reloj es algo estorboso un día decidí que preguntaría la hora con amigos (porque en ese tiempo los relojes sólo daban la hora), así que no tuve más algo que ciñera mi muñeca. Ahora no uso, no tengo esos relojes apantallantes que miden la cantidad de pasos que uno da, que avisan los mensajes que llegan a los celulares o al Inbox. Pero digo que he estado a la moda, porque un día se puso de moda el Twitter y comencé a hacer lo que Dora Patricia Espinosa y yo llamamos “Tuitazos” (hoy el Twitter es Equis, para estar a la moda, ahora esas pildoritas las llamamos “ExTuitazos”. ¿Qué son estas grageas que tienen pocas palabras? Hay gente que ha comprendido que son un canto de amor a Comitán, porque cada “ExTuitazo” tiene relación con nuestro pueblo, es como un mantra, como una ablución para lavarse la cara en la mañana, para activar el espíritu, para tener conciencia que vivimos en un pueblo único. Voy a compartir los tres más recientes, uno dice: “Comitán no tiene caparazón, ¡tiene alas!”; va un segundo: “Si oís los pasos de la calma, estás en Comitán”; y uno más: “Comitán, ¡sos prodigiosa!”. ¿Eso es todo? ¡Claro! Acá está dicho todo, en grageas, como diría el poeta Sabines: “en pequeñas dosis”. Cada “ExTuitazo” es como la cuenta de un rosario, ahora la colección de Extuitazos ya perdió la cuenta, son un titipuchal de piedritas. Como siempre, algunas son hallazgos, otras son pequeñas chaquetas mentales, pero reunidas son ya un bello canto de amor. Bueno, así lo considero yo, cada persona tiene su forma de decir: te quiero. Así amo a mi pueblo, con dulcecitos para el hoyito de la muela. Sigo estando a la moda. Uso X para expresarme. Pucha, en mis tiempos de preparatoriano padecí el encargo de encontrar el valor de la X en una ecuación malsana. Posdata: una amiga poeta, muy querida, me dijo un día que debía hacerse un libro con esas semillitas para que luego crecieran hasta llegar a las nubes, me dijo que debía solicitar apoyo para la impresión de tales grageas. Ah, vos -le dije- querés que llegue a las puertas, que toque, para que me las avienten encima. Así estoy contento. Los “ExTuitazos” los comparto en redes sociales todos los días. Pasan desapercibidos por la mayoría de lectores, pero a mí me tiene esto sin cuidado, porque soy yo quien reza todas las mañanas, soy yo quien bajo las lianas del afecto de mi pueblo y me enredo en ellas, soy yo quien agradece la bendición de vivir en Comitán, soy yo quien -como tiuca desbordada- canto sus glorias, su aire, su parpadeo de mariposa. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 12 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN EDIFICIO

Querida Mariana: hace días colocaron este letrero: se vende o renta. Dependiendo de la época, los comitecos tienen sus propios recuerdos de este edificio, el cual fue diseñado por el arquitecto Rafael Pascacio para que funcionaran dos salas de cine, en los años ochenta. Cuando su papá cerró los cines en el centro de Comitán, el Cine Montebello y el Cine Comitán, comenzaron a funcionar los Cinemas Galaxia 2000. Alguien dice que en 2008 dejaron de funcionar las salas cinematográficas y el edificio tomó otras vocaciones: algunos inversionistas pusieron antros y bares. Ahora, una vez más, el edificio está en renta o en venta. Ya nunca recuperará su vocación original. Fue el edificio que albergó sueños, porque el cine (dicen los que saben) es la fábrica de sueños. A mí me tocó hacer fila en los Cines Montebello y Comitán, para entrar a ver una película. En domingo, todos los cinéfilos se agolpaban en las taquillas para conseguir un boleto. Por primera vez en mi vida fui testigo de una reventa. Los boletos se habían agotado. Doña Adrianita, que había hecho fila para comprar cuatro boletos, el de ella y los de la familia Molinari Torres, regresó con las manos vacías. Era una tarde de Semana Santa. Saborío y Don Rafa Pascacio exhibían películas alusivas a la temporada y, tal vez, estaba programada una película donde Cristo era crucificado. Ni modos, dijo mi papá, y comentó que debíamos regresar a casa, que pasáramos a sentarnos al parque un rato y cada quien a su cantón. Pero una señora se acercó con Doña Adrianita y, en voz baja, le ofreció un boleto. Doña Adrianita dudó, ¿era auténtico el boleto rojo que le había puesto en la mano? Era auténtico. La señora le dijo que se lo vendía y le subió de precio (en ese tiempo no era caro el boleto). Doña Adrianita nos quedó viendo, nosotros éramos tres, ella estaba sola. Mi papá le dijo que si quería entrar no había problema, con una sonrisa abrió su bolso y pagó lo solicitado, se despidió y fue a hacer fila para entrar. Mi mamá comentó que no estaba bien lo que había hecho, pero estaba bien. Salomónica decisión. Nosotros caminamos hacia el parque (media cuadra), nos sentamos en una banca y mi papá fue a comprar unos helados. La tarde fue maravillosa. A mí (lo sabés), desde siempre me ha encantado el cine, pero esas películas donde está el sufrimiento de Cristo me daban escozor, iba por acompañar a mis papás, así que celebré que las entradas se hubieran agotado. También fui a los Cinemas Galaxia 2000. Mi recuerdo es diferente al de muchos cinéfilos, yo sostengo que la película de estreno de una de las salas, fue mexicana, fue “Cascabel”, película donde (me dijo mi amigo Baltasar) participó Pancho Álvarez Quiñones, escritor y promotor cultural que vive en San Cristóbal de Las Casas. Muchas de las escenas fueron grabadas en Chiapas, en los Altos de Chiapas. Digo pues que cada cinéfilo tiene sus particulares recuerdos, de películas favoritas y de los antojitos que compraba a la hora del intermedio, que era una costumbre en las proyecciones de ese tiempo. Hoy, los cinéfilos, antes de entrar a la sala (en Cinépolis) pasan a comprar las palomitas y los refrescos en la dulcería, entran con el gran tambache de comestibles y buscan asiento (en cómodas butacas, hay que reconocerlo, porque las de los Cines Comitán y Montebello no eran muy cómodas. Los Cinemas 2000 mejoraron en presentación, pero dos días después del estreno (me contaron) los vándalos de siempre ya habían hecho cortes en la tela). No sé bien, pero parece que vos me contaste que un día fuiste a una exhibición en este edificio, al lado del bulevar. En tiempo de estas salas ya había gran demanda de películas en video. Los videoclubs ya tenían gran demanda en Comitán. Por esto, el arquitecto Rafa puso un video club en el vestíbulo de las salas, se trataba de captar a los cinéfilos en dos modalidades. Una vez fui a buscar la película “La misión” y Rafa me dijo que no la tenía, que en su catálogo había películas como “Lola, la trailera”, que eran las que más demanda tenían. Sí, entendí. No había cabida para cine más selecto, ni pensar hallar alguna copia de cine de arte. Posdata: hace tiempo que este edificio perdió su vocación original. Casi se puede asegurar que jamás volverá a servir como sala de cine. ¿Para qué servirá en un futuro cercano? En cuanto sepa su destino te cuento, mientras tanto, como siempre, enviamos un Gloria para los edificios que alimentaron nuestros sueños, a través de imágenes en pantallas. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 11 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON LIBROS DE SABINES

Querida Mariana: la noticia es: reimpresión de “Crónicas del volcán” y nuevo libro de poemas de Jaime Sabines. Hace años tuve en mis manos un pequeño libro que contenía las crónicas que Jaime escribió acerca de la explosión del volcán Chichonal, también conocido como Chichón. Será muy agradable conseguir la nueva edición y releer el libro. El 28 de marzo de 1982 hizo erupción el volcán. Como a las diez de la noche se escucharon las explosiones en Comitán. Mis papás y yo estábamos en casa, durmiendo. Me levanté, fui al cuarto de mis papás, mi mamá ya se había levantado, se puso un chal. ¿Qué pasaría?, fue la pregunta que mi mamá y yo teníamos en mente. Escuchamos bulla, fuimos a la sala, descorrimos parte de la cortina de un ventanal que daba a la calle, todos los vecinos estaban en la calle, salimos. La pregunta halló respuesta en la elucubración de los vecinos: los guatemaltecos están invadiendo Chiapas y lanzando bombas. ¿Por qué los chapines nos invadían? ¡Quién sabe! Mi mamá y yo entramos a la casa, pusimos la tranca en la puerta (para evitar que el enemigo entrara en forma fácil) y fuimos a la recámara donde mi papá seguía acostado. Mi mamá dijo lo que los vecinos habían dicho y mi papá, con su parsimonia de siempre, dijo: “Nos durmamos, ya el ejército se encargará del enemigo”, mi mamá se quitó el chal y se recostó con un rosario en la mano y yo fui a mi recámara, prendí el radio que tenía, pequeño, pero poderoso, y comencé a buscar alguna noticia. ¡La hallé! Un volcán en Chiapas había hecho erupción. Fui a dar la noticia, sólo mi mamá la escuchó, porque mi papá ya había regresado a su sueño. Al día siguiente nadie recordaba la idea “fumada” del ataque guatemalteco, todo mundo estaba interesado en los desastres que había ocasionado el volcán en la zona Norte del estado de Chiapas. Conforme llegaban noticias nos enterábamos de la tragedia sucedida. El 3 y 4 de abril llegó la ceniza a Comitán, las calles, techos, patios se llenaron del polvo que, indicaron las autoridades, no se debían eliminar con agua, porque eso haría que el problema se agravara. ¿Por qué Jaime escribió las crónicas, basadas, sobre todo, en testimonios de sobrevivientes? Porque su hermano Juan era el gobernador de Chiapas, así que le tocó treparse a un helicóptero y ser testigo en primera fila. Siendo escritor, hombre sensible, supo que él tenía una oportunidad que nadie más tenía, pudo observar el desastre desde las alturas, luego bajar a tierra y caminar por donde la ceniza había enterrado ilusiones y esperanzas; y supo desentrañar el misterio de la vida, enfrentado a la muerte. Dejó un testimonio valioso, la mirada del poeta sorprendido ante la magnitud de la naturaleza. El libro es breve, pero el contenido es como un árbol, porque es obra de Sabines. “El volcán hizo erupción a las diez de la noche. Empezó́ arrojando piedras y arena, vapores, gases, ruidos tremendos. Los habitantes de Francisco León no estaban durmiendo: les había llegado el espanto desde antes, por los temblores, las fumarolas, el escándalo que había debajo de la tierra”. Este es un fragmento del texto que escribió Jaime. El lector puede apreciar el apunte preciso del momento de la erupción, el contexto en que se dio y la advertencia del escándalo que había debajo de la tierra. El lector aprecia, de entrada, la mano que sale desde el fondo de la tierra y se abre como una granada. El libro es valioso por la mirada del poeta, porque él entendió que estaba en posición privilegiada, como si el destino le hubiese reservado un lugar especial para ser testigo del pavor. Sabía que su deber era escribirlo, narrarlo, compartirlo. Mientras su hermano, el político mayor, hacía el recuento de los daños para tratar de paliar la herida, para ponerle curitas por encima, él apuntaba el horror, platicaba con las personas y descifraba las palabras balbuceantes. Posdata: ahora, en el centenario de su nacimiento, habrá una reedición de ese libro y, como mojol, la edición de un libro con poemas inéditos. Es buena manera de celebrar su cumpleaños, que se dará el 26 de marzo de 2026. En este año, así lo deseamos, sólo habrá volcanes de confeti en su honor. Que así sea. Si no querés esperar (que ya falta poco), podés leer un PDF que hay en el Internet. Vale la pena. ¡Tzatz Comitán!

martes, 10 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON LA GALERÍA MARIJÓ

Querida Mariana: mirá, caminaba con rumbo a la oficina cuando me topé con estas chicas, en Calle Central No. 41, un domicilio para recordar, porque ahí estará muy pronto la Galería Marijó. Estas chicas son las emprendedoras de esta iniciativa cultural: una galería de arte donde venderán cuadros, artesanías, diversos chunches y darán talleres de dibujo y de pintura para todos los niños y niñas del pueblo. Me encantó platicar un ratito con Nancy Pérez López y con Marijó Gómez Avendaño, ambas originarias de Comitán y amantes del arte. Marijó es licenciada en artes visuales, egresada de la UNICACH. El día de la inauguración espero estar presente, porque me encanta saber de este tipo de iniciativas en el pueblo, un pueblo donde abundan los OXXOS, hartos botaneros bien ricos, templos de diversas religiones, un gran abanico de restaurantes y cafeterías y parques, calles, banquetas. ¿Cuántos espacios especializados en artes? En el pueblo hay carencia de espacios donde alguien diga que ahí pueden llegar los niños y las niñas para aprender principios de dibujo y de pintura. Digo que cuando estuve con Nancy y Marijó, de inmediato pensé en la galería que tuve en los años ochenta en casa de mi papá y de mi mamá, en la tercera calle norte poniente, a cuadra y media de la Matías de Córdova. Ahí también tuvimos un espacio para venta de cuadros y un taller para enseñanza de dibujo y de pintura. En aquellos tiempos, mi Paty y yo no tuvimos la visión de crear el taller especial para niños y niñas, convocamos a adultos y estos no acudieron en el número que deseábamos, para sostén de la galería. Por fortuna hoy la ciudad vive otra época. Entiendo que ahora hay muchos papás y mamás preocupados por el desarrollo armónico del carácter de sus criaturas. Si en la educación formal no existe un tiempo para el cultivo de las artes plásticas, ahora Marijó y Nancy lo proveerán. Las vi entusiasmadas pintando un mural en la pared: una paleta con pinturas que se abre en un abanico de flores llenas de aromas gratos. Pegaron el modelo sobre la pared y de ahí sacaron el boceto. Las encontré en el momento que ya habían comenzado a darle color al boceto, en medio de un calorcito sabroso. Nancy se protegía del sol mediante una pañoleta amarrada a la cabeza y Marijó llevaba un sombrero. El color es como la música, transforma los espacios, les da vida. Estas chicas entusiastas le imprimirán un dulce sol a esta pared y llenarán de luz el interior del local 41. Abrirán la galería en una casa tradicional de Comitán, al lado del hotel Mesón de Los Ángeles, del buen amigo Coquis. ¿Ya viste el remate de la barda, ahí donde está el par de medidores de energía eléctrica? A mí me seducen esos remates piramidales, porque en el Comitán que crecí, en los años sesenta, caminaba al lado de muchos sitios y casas que tenían ese tipo de bardas. En esos años la delincuencia era casi inexistente, pero muchos propietarios quebraban botellas de cristal y pedían a los albañiles que los pedazos los colocaran en lo alto de la barda, para evitar tentaciones de que los delincuentes saltaran a propiedades privadas. Por fortuna, acá no hay tales vidrios rotos, con la punta hacia arriba. Acá, la barda está limpia, como limpia la iniciativa de estas chicas. Los emprendimientos de jóvenes talentosos se inclinan por otras rutas, por esto me da gusto que Marijó y Nancy inicien un emprendimiento dirigido al cultivo del espíritu. Si yo pudiera repartiría papelitos en toda la ciudad, los pondría en manos de papás y de mamás para que inscriban a sus criaturas en los talleres que ellas impartirán. Así como el fútbol y demás deportes son actividades divertidas, de igual manera es delicioso pasar parte de la tarde dibujando y pintando. El gran caricaturista y pintor Abel Quezada dijo en una ocasión que la pintura es la libertad total, no hay reglas estrictas, se trata de jugar, de pasársela bien, de mezclar colores y hallar novedosos tonos, tonos que alegren el espíritu del ser humano. Ahora que está de moda lo de la Inteligencia Artificial, donde vemos que las máquinas logran prodigios que advierten pueden desplazar trabajos de los humanos, sabemos (¡más que nunca!) que existen esencias que son insustituibles. Jamás un chunche tecnológico, por más perfecto que sea, desplazará la emoción de un niño al tomar un pincel y manchar una hoja de papel. Posdata: Malena Jiménez ha sostenido la Galería Nanishaw durante muchos años, es un espacio lleno de aire noble. Ojalá que la Galería Marijó también abra camino en el espíritu de Comitán y tenga la recepción que se merece. ¡Éxitos! ¡Tzatz Comitán!

lunes, 9 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON TEATRO

Querida Mariana: fue 8 de marzo. Todo mundo sabe que en esa fecha se conmemora el Día Internacional de la Mujer. De un tiempo para acá hay muchos actos en todo el mundo que rememoran dicha fecha. En este 2026 acudimos mi Paty, Fer, Dora Patricia Espinosa y yo, al parque recreativo de La Independencia, Chiapas, donde hubo una obra de teatro. ¿Teatro? Sí, digo que siempre hay actos que conmemoran el Día Internacional de la Mujer y a las autoridades de La Independencia (¡en buena hora!) se les ocurrió invitar al Grupo Teatral Rebelión para conmemorar tal día. La puesta en escena fue la obra de teatro: “La rebelión de las niñas”, de Óscar Bonifaz, bajo la dirección de la talentosa Leticia Ogando Utrilla. La fotografía que te comparto la tomé al final de la representación, en este momento la responsable de la Dirección de la Mujer, del municipio, lee el reconocimiento que las autoridades de La Independencia le entregaron a la directora de la obra como muestra de agradecimiento al grupo de niñas actrices por su desempeño en escena. Ocho niñas fueron actrices, ellas fueron dirigidas por una gran directora. ¿Mirás lo que digo? En el Día Internacional de la Mujer 2026, un grupo de niñas representó la obra. Digo que ese día hubo muchos actos conmemorativos: marchas, conversatorios y mil ajos más (todos muy válidos y valiosos), pero en La Independencia hubo una obra de teatro representada por ¡niñas! y dirigidas por ¡una mujer! La obra fue un éxito total, porque las niñas actrices demostraron muchas “tablas” escénicas. Donde yo estaba sentado, al final, una espectadora dijo: “no se trabaron para nada”. En efecto, no se trabaron, todo fluyó con una gran calidad escénica, las niñas, talentosas todas, actuaron con gran profesionalismo. Otra persona, cercana a mí, dijo: “la que más me gustó fue la niña que repetía las cosas”. La niña que acá en la foto aparece en el quinto lugar (de izquierda a derecha) fue esa actriz, parte importante de su papel fue repetir las frases que decía otra compañera, eso le dio a la obra un aire fresco, porque la audiencia ya estaba en espera de que ella se pusiera al frente y repitiera lo que otra compañera había dicho. Ese ejercicio de repetición es práctica común en ensayos teatrales; en literatura hay un elemento que se llama aliteración, donde se produce una repetición de sonidos, esto hace que una frase tenga más presencia. Estas niñas alzaron la voz, encontraron la suya propia. Ya supieron que ellas valen por ser mujeres, por ser personas; ya estuvieron en un escenario, jamás dejarán de estar en lugares de privilegio. En el Día Internacional de la Mujer encontraron la senda del arte, territorio que despeja la niebla de la estupidez. En general, todas las niñas actrices tuvieron gran desempeño, gracias a la conducción de Lety, quien trae el teatro en sus venas, porque (un pajarito me dijo) su papá subió a escena en obras teatrales montadas hace mucho tiempo. Lety, el otro día, compartió en redes sociales una fotografía donde estaba más joven y se ve que está en un escenario de alguna comunidad rural; es decir, Lety ha estado en el ajo teatral, desde hace algún tiempo, esta experiencia le permitió dar el salto de actriz a directora, que no es un salto sencillo. De hecho, en el pueblo, son pocas las mujeres que se dedican a ello. Por esto fue muy significativo que el 8 de marzo de 2026 se conmemorara el Día Internacional de la Mujer con una obra de teatro actuada por niñas y dirigida por una mujer. Estoy segurísimo que estas niñas ya tienen una concepción diferente acerca del papel fundamental de la mujer en el mundo. Hay muchas maneras de hacerse presente, el arte es una gran ventana y el teatro (representación del mundo) es una de las mejores propuestas artísticas. La gente que estuvo presente disfrutó la obra, siguió con palmas el ritmo de la música y se botó de la risa cuando aparecieron diálogos dichos con ingenio y se conmovió con el mensaje de la obra. Posdata: la obra ya se ha presentado con anterioridad en escenarios de Comitán (en el auditorio Francisco Trujillo, de la UNACH, y en el auditorio del Centro Cultural Rosario Castellanos, entre otros). Las niñas actrices adquieren más experiencia en cada actuación; cada actuación les exige dar el mojol; este mojol es el agregado que inyecta ánimo en su espíritu. Hay mil maneras de conmemorar el 8 de marzo. Una de las mejores formas es hacerlo a través del arte, y en la forma que lo hicieron ellas: niñas actrices y mujer directora. Así es como se siembra la conciencia, pintando grafitis hermosos en el aire. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 8 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN MUNDIAL

Querida Mariana: esta fotografía es de privilegio, ¡por supuesto!, pero merece un breve comentario. Esta fotografía nos la tomaron el 19 de febrero de 2026, estoy al lado del doctor Jorge Alfonzo Martínez, ginecólogo y obstreta. Jorge es nieto de mi tía Mechitas Molinari, hermana de mi papá, por lo tanto, Jorge es mi sobrino. Te cuento, Dora Patricia, Roberto Carlos y yo, después de la presentación del libro de Juan Villoro: “No soy un robot”, en San Cristóbal de Las Casas, fuimos a comprar panes integrales en la avenida General Utrilla, a media cuadra del parque central. La panadería está al lado del consultorio de Jorge. Les platiqué a ellos que, en 1971, estuve una tarde en la casa de mi familia, viendo un partido de fútbol, en televisión en blanco y negro. Lo comenté en el zaguán, Jorge me escuchó y preguntó quién era yo, me presenté y nos identificamos. Él tenía como seis años en 1971, yo tenía catorce años de edad y, por una historia que un día te contaré, en lugar de inscribirme en la prepa de Comitán, como lo hizo la mayoría de compas, me inscribí en la prepa de San Cristóbal de Las Casas, en la nocturna. Eso fue una gran experiencia vital, porque mis compañeros ya eran mayores, muchos trabajaban en la mañana. En San Cristóbal, en ese tiempo, me junté con Manolo Díaz Molinari, hijo de mi tía Lolita Molinari, hermana también de tía Mechitas, así que una tarde me dijo que fuéramos a casa del primo, porque ahí podríamos ver el partido de fútbol. La mañana que saludé a Jorge me invitó a entrar a su consultorio y me dijo que en 1971 ahí era la sala de la casa, ahí vimos el partido. ¿Qué partido vimos? Tal vez lo que te cuente te sorprenda tantito, como a mí me sorprende en el recuerdo. ¿Sabés que vimos? Un partido de fútbol femenil. ¿Femenil? ¿En 1971? En efecto. Del 15 de agosto al 5 de septiembre de 1971 se realizó en México el Segundo Campeonato Mundial de Fútbol Femenil. Esto, que deben desconocer muchas feministas actuales, fue un acto cultural y deportivo de gran interés a nivel internacional. No sé en realidad por qué México fue la sede, quiero pensar que fue como una seguidoña porque en 1970 se celebró en el país el mundial de fútbol de varones. A fin de que llegara más gente a los estadios, los partidos se programaron para jugarse en las tardes. Esto permitió que nosotros los viéramos. Jorge tiene en su memoria dicho Mundial, porque en cuanto le dije que en su casa habíamos visto el partido donde México le ganó a Italia, dos a uno, él recordó el nombre de una destacada jugadora mexicana: María Eugenia Rubio, “La peque”. Sí, ya sé qué estás pensando, que esa tarde me fui de pinta. En efecto, nunca fui aficionado al fútbol soccer ni al otro, pero cómo iba a perder la oportunidad de ver un partido mundialista. En Comitán iba al estadio a ver partidos donde jugaba el equipo Maderas de Comitán, todos los partidos que jugaban en el pueblo eran de hombres, en esos lejanos años setenta nunca vi un partido de mujeres. Cuando supe que habría un partido de fútbol femenil y que en México se celebraba el Mundial de Fútbol de chicas le hice caso a Manolo, quien fue el que me llevó a muchos lugares en San Cristóbal de Las Casas, desde la sala donde vimos el partido hasta una cueva que está a la salida hacia Tuxtla, en la carretera antigua. Jorge era muy chico en 1971, pero su hermano tenía la misma edad que Manolo y yo, y su hermana dos o tres años más pequeña. Ellos fueron los que nos acercaron una silla para que disfrutáramos el partido. Todos, sin excepción, le íbamos a la selección de nuestro país, por supuesto. Y gozamos los instantes donde La Peque y sus compañeras hacían jugadas sensacionales. A mí me causaba una emoción especial estar en esa casa ajena, con los que llamábamos primos, aunque Manolo y yo fuéramos sus tíos. ¿En dónde se ha visto que existan tíos tan jóvenes? Por lo regular los tíos son viejos, huelen a puro y a trago. Nosotros, Manolo y yo no fumábamos ni bebíamos alcohol, éramos chicos a quienes les encantaba caminar por la fría San Cristóbal de Las Casas, subir con frecuencia al cerro donde está la iglesia del santo (hace como cinco años, Dora Patricia y yo subimos y, ya cansadísimo, a mitad de la escalinata, pensé que en 1971 subíamos como si fuera una simple escalinata de un tobogán infantil). Posdata: el doctor Jorge fue muy amable, bastó que yo dijera mi nombre con mis apellidos para que él, de inmediato, franqueara el paso y me dijera que sí, que en su hoy consultorio habíamos visto ese partido en una mítica televisión en blanco y negro. Estuve con mis sobrinos, primos de corazón por ser de la misma generación. En ese 1971, la selección femenil de México quedó como subcampeona del mundo. Los expertos aseguran que jamás los varones lograrán tal prodigio. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 7 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ARTISTA

Querida Mariana: fue un día cualquiera en Comitán, una mañana luminosa, espléndida. Me senté frente a mi amigo bolero, el que está frente al Centro Cultural Rosario Castellanos, en la parte superior del parque central y le pedí que le diera un trapazo a mis zapatos viejitos. Antes que llegara con mi amigo pasé por donde está esa especie de mercadillo, donde hay muchas sombrillas y la gente llega a comprar algo de comer: tamales de bola, patzitos, órdenes de salpicón, arroz con leche, chalupas, tortas, tacos de cabeza, todo al aire libre, impidiendo el paso libre a peatones, con el piso sucio. Arriba de una jardinera estaba parado un hombre, con voz potente, dando a conocer algunos versículos de la Biblia, amenazando que si la gente no se porta bien le esperan las saetas ardientes del infierno. ¡Qué miedo, mira cómo estoy temblando! Vi a los que comían sus panes y tomaban pozol y me di cuenta que esa bola de pecadores los tenía sin cuidado las advertencias que el hombre lanzaba. Pero no todo fue amenaza. A la hora que me senté con el bolero me dijo: ¿ya oíste? Todas sus canciones hablan de amor. Hablaba de un chico que estaba sentado en el otro lado (acá te paso copia de la fotografía que tomé. ¿Ya miraste que la foto es de lujo? Sintetiza el instante agradable que viví en el pueblo, hasta el árbol se inclinaba, reverencial, ante la magia del momento. El chico, igual que el bíblico, con voz potente, cantaba canciones que se acompañaban con el rasgueo de su guitarra. Puse atención a su canto, agradable, y a la escenografía que preparó. Sobre el piso de laja colocó la funda de la guitarra y encima una gorra donde (luego vi) algunas personas le habían dejado unas monedas (ni un billetito). Sí, todas hablan de amor, confirmé con el bolero, pagué la boleada y caminé hacia donde estaba el chico. Ni un billetito, así que, para no romper el equilibrio del universo, saqué una moneda de diez pesos, me acuclillé y la dejé en la cachucha. Él seguía cantando, apenas hizo una ligera pausa y dijo: gracias. Me senté a su lado, gocé la interpretación. Cuando terminó de cantar, comencé a platicar con el joven cantante. Él, muy amable, me platicó que es estudiante de medicina, en la Universidad Benito Juárez, en Amatenango del Valle; viaja todos los días, de Comitán al plantel universitario. Esa mañana estaba cantando en el parque, porque no tenía clase, así que sacó su guitarra y se puso a cantar en ese espacio público. Todos los días, en todas las plazas del mundo, se repite la escena, donde artistas trashumantes cantan o tocan algún instrumento. Como es comprensible hay más intérpretes de flautas, flautines, cornetas o guitarras que intérpretes de tubas, arpas o pianos (¡ay, qué mamila me vi!). ¿Por qué hacés lo que hacés?, le pregunté a Víctor Leonardo Roblero Becerra, quien tiene dieciocho años de edad. Su respuesta fue inmediata: “por mero gusto”. Él nació en Comalapa. Como estaba yo motivado por lo que el bolero me dijo, le pregunté si todas sus canciones eran de amor. Acá sí titubeó, pero yo, como si le pasara un acordeón para examen, le repetí la frase de la última canción que había cantado: “a diario le estoy pidiendo a Dios que vuelvas”. Y acá me contó una historia casi trágica, que no te puedo compartir, porque es como secreto de confesionario. Lo que diré es que comprendí que el motivo de su inspiración, como el de muchos artistas, es la vida misma. A su corta edad ha vivido intensamente y todo lo ha volcado en las canciones que compone, porque también es compositor y de lo que canta un buen porcentaje es de canciones suyas. Talentoso el chavo. Cursa ya el segundo semestre de la licenciatura en medicina humana. Todo pinta para que dentro de algunos años tengamos un nuevo médico. Lo que sí puedo contarte, porque pienso que no es una infidencia es que la medicina no es su prioridad, me dijo que es su plan B, porque su sueño es ¡la música! Dios de mi vida, qué pasión por el arte. Ojalá llegue a cumplir su sueño, que llegue a ser famoso. Total, el gran Juan Gabriel también tuvo un comienzo modesto. Bueno, así ha sido con la mayoría de cantantes. El mundo del arte no es sencillo. Conozco muchos casos de compas que terminaron medio frustrados, porque la realidad les lanzó un balde de agua fría, tuvieron que ceder en sus pretensiones y dedicarse a algo que no era lo más importante. Pero los que triunfaron son los que insistieron, que nunca dudaron, que a pesar de las tormentas y de los muros, avanzaron, en medio del lodo, en medio de la ventisca y lograron subir a la cima. Yo tenía cita para una entrevista, así que me despedí de Víctor Leonardo (se me hizo buen nombre para que sea su nombre artístico) y dejé que siguiera cantando en esa banca del parque central. Cuando bajé por las gradas frente a la fuente pensé que, si Víctor Leonardo llega a ser un gran artista conocido en todo el mundo, quedará esta fotografía como constancia de la mañana que cantó en Comitán, cuando apenas tenía dieciocho años. Llegué a la fuente y vi que el hombre bíblico seguía con su perorata incendiaria. Posdata: en todas las plazas del mundo aparecen actos inéditos cada día. Basta sentarse un poquito en alguna banca para que el deslumbre aparezca. El mundo es mundo porque cada día abre senderos en el aire, algunas de estas sendas son luminosas, otras son comunes y otras son oscuras, casi como con púas, como si se cumplieran las amenazas del compa que mandaba a todos a achicharrarse en las llamas del infierno. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 6 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA CANTANTE FRANCESA

Querida Mariana: no sé cómo se enteró Coquis, pero ayer supo que te platiqué de música y de la chica que baila en la película que me sugeriste. Sigo sin tener la certeza de que fuera una película sueca o francesa. Coquis me envió un video con la cantante francesa Alizée y dijo: “disfrutá con la vista y los oídos”. Fue como un buen colofón de la carta, como una coda para la posdata. Sí, ahora tenemos la posibilidad de ver videos con música. ¿Recordás al joven paisano que estudia cine y desea especializarse en la producción de videos musicales? Ahora es toda una industria. El video que Coquis me envió fue grabado en algún estudio televisivo en Francia. Tal vez vos has visto ese video, con la canción “J’en ai marre” (el traductor me dijo que significa: “estar harto”, pucha, no pensé en eso cuando leí el título en francés, me sonó a algo más afectuoso, debe ser porque el francés es un idioma tan bello que hasta para decir “estoy cansado” suena como un vaso de vino en un café al aire libre, en París). En la carta te dije que me fascinó lo que la música genera, es el despertador del mundo, el colibrí que aletea frente al espíritu humano. Agradecí a Coquis el envío y me dispuse a disfrutarlo, ¡a escuchar y ver! Pensé en cuántos sentidos se activan cuando el sonido de la música aparece; recordé que en una ocasión, hace años, estuve en el atrio del templo de Guadalupe y disfruté el sonido de la marimba y el movimiento de los artistas, la destreza de manos de los marimbistas y el pasito de los saxofonistas a la hora de soplar el instrumento (un saxofonista era panzudito y su abdomen se movía como si fuera un tambor africano). Iván pone un video en la pantalla, abre una cerveza y disfruta un concierto de rock. ¡Ah, qué agasajo! Como dice Coquis, ahí coquetea el sentido de la vista con el sentido de la audición y activa todo el cuerpo y el espíritu. En ocasiones he visto fragmentos de conciertos en estadios o en grandes salas y he disfrutado como niño con helado de fresa. Me sorprende ver cómo miles de espectadores se “prenden” ante una actuación musical, todo el encanto lo produce la música. El mismo Iván, ahora que celebramos el centenario del nacimiento del poeta Jaime Sabines, ha dicho que Sabines fue un rockstar de la poesía, porque convocaba multitudes. Fue uno de los pocos casos que en este país se ha dado, sabemos que cuando hay un acto de lectura de poesía la asistencia es poca, escasa. ¿Qué sucede con la música? ¡La apoteosis! Sólo en la Unión Soviética, en los años sesenta, algunos poetas llenaban estadios con sus recitales. Ah, qué lejos estamos ahora de esos tiempos, con decir que la URSS ya no existe. La cantante Alizée seduce a miles y miles de espectadores, porque canta muy bien y baila mejor, además (es el mojol de lujo) tiene un cuerpo de gacela y se mueve con la gracia de un colibrí alucinado, un ave que remoja sus alas en un lago de agua limpia. ¡Y su carita! Bella, cabello corto (como de Príncipe Valiente), ojos cafés. Me cuentan, querida mía, que la Alizée fue el “crush” de muchísimos chicos en el inicio del siglo XXI. En este 2026, Coquis me mandó el video para que disfrutara esta chica, talentosa y bella, con su manera exquisita de moverse al ritmo de la música, porque cuando Alizée salió al “plató” la audiencia la recibió con muchos aplausos y ella, vestida con un body estilo marinero que dejaba ver sus muslos, y con un par de botas altísimas que estilizaban sus piernas comenzó a moverse al ritmo de la música, con una gracia inigualable. La vi y, en automático, dije: ¡oh la la!, ¡vive la France! Hay gente que sostiene que lo máximo de Francia fue Víctor Hugo o Balzac; en un tiempo Vargas Llosa sostuvo que era Jean Paul Sartre, parece que sí, pero no, esta mañana, al lado de la bellísima Brigitte Bardot apareció Alizée, que colocó sus manos como si las apoyara en un cinturón y comenzó a mover su cuerpo al ritmo de la música. Con ese sugerente movimiento de manos, el horizonte pareció dejar su horizontal y nacieron montañitas llenas de gracia. ¡Ah, qué delicia! Cuánta razón tiene Coquis, la música debe escucharse y verse, claro, cuando la intérprete es como Alizée o Ximena Sariñana, porque cuando la cantante es como Paquita la del barrio, todo toma un aroma como de rata en alcantarilla. Posdata: el envío de Coquis sólo confirmó la idea que sostengo: me he perdido de algo bueno en la vida, debo escuchar más música, debo ver más videoclips, con bandas espectaculares y con intérpretes que sean tan simpáticas y bellas como Alizée. ¡Tzatz Comitán! ¡Que viva la Francia!

jueves, 5 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN POCO DE MÚSICA

Querida Mariana: no recuerdo de qué va la película que me recomendaste. La vi. Me gustó, pero no recuerdo mucho de la cinta, salvo que era francesa (¿o suiza?), lo que sí recuerdo es la escena donde la chica baila, casi casi la tengo completita en mi memoria, en mi alma. ¡Inolvidable! Vos sabés que nunca he sido un gran amante de la música, como muchos amigos que tengo. Te conté que David destina un tiempo especial para escuchar música, en su estudio, donde tiene un aparato reproductor musical de lujo, con grandes bocinas. Cierra la puerta con seguro, para que nadie lo interrumpa, coloca un disco (sigue escuchando discos de acetato, de esos grandes, tortillas negras maravillosas), se sienta en una poltrona especial que tiene (se enojaría si supiera que le digo poltrona al sofá ergonómico que posee) y escucha un lado del disco y luego el otro, para eso destina más de una hora, más, pero cuando sale del estudio es como si saliera de una sesión en el gimnasio, o saliera del templo o de una caminata en el bosque o terminara de hacer el amor con una chica hermosa. De algo me he perdido en la vida, debería escuchar más música, así, concentrado totalmente. Digo pues que de la película recuerdo a la chica que baila y la música que la acompaña. Y llama mi atención porque casi puedo asegurar que todavía escucho la música. ¿Mirás lo que digo? Yo, que soy un despistado y que nunca he disfrutado mucho lo de música. A ver, a ver, no quiero confundirte, me gusta la música (no toda, no soporto algunos bodrios que escuchan algunos chicos en sus carros, con vidrios polarizados y con bocinas que parecería servirán para ambientar un espectáculo en un estadio). No, me gusta (ya te lo dije) la música de los años setenta, sí, la música gringa, ¿qué querés?, eso nos mandaba tío Sam para consumo desmedido en las famosas discotecas donde bailábamos chicas y chicos, nosotros con cabello largo, pantalones acampanados y camisas psicodélicas; ellas con maravillosas minifaldas, con cintas en la frente, aretes circulares. ¡Todo era chido! Me gusta escuchar música clásica, no siempre, pero cuando pinto o dibujo ayuda a deslizar el pincel o el lápiz en el papel o en el lienzo. Recuerdo la escena de la chica que baila en la película, ahora mismo la veo (¡linda, jovial, con sonrisa permanente! ¡Ah, qué vitalidad, qué movimientos tan armoniosos, tan llenos de vida!). Pienso que recuerdo la escena por eso, porque, tal vez por primera vez, supe lo que la música genera, la cinta dorada que amarra, no sólo a la cadera, no sólo a la cintura, no sólo a los brazos y las piernas, sino también al espíritu, al alma. Y esto fue porque en la película se ve a la chica sentada en el balcón del departamento, viendo, desde la altura del sexto piso, la ciudad derramada a sus pies, con sus edificios altísimos (¿era Nueva York?), la escena es tranquila, casi de mar sin olas; la chica entra (viste un vestido de color negro, casi minifalda, con cortes a los lados, que permiten ver parte de sus muslos, unas sandalias doradas y un saquito color azul, con las mangas dobladas, es una chaquetilla que deja ver parte de su pectoral, la chaquetilla hace una curvatura sensual sobre sus pechos, porque la chaquetilla está abierta. La chica (la recuerdo bien) tiene el cabello dorado y parece detenido en su parte superior por un par de lentes oscuros. Ah, parecería que ahora la veo, que ahora escucho la música, un coro de violines, el cantante que dice “Lady sex”, con una voz muy agradable. Qué agradable el sonido de la batería (mi instrumento favorito) y la chica llevando un pie hacia adelante y con él todo su cuerpo, y luego el otro pie, siguiendo un ritmo frenético, como de aire trepando sobre árboles, en busca de papalotes. Ahora, el cantante dice: “Lady sex” (¿así se llama la canción?). La música tiene el ritmo de los años setenta, suena como si fuera una instrumentación de mi amado Barry White, hay un instrumento que nunca he descubierto qué es, pero que da un sonido maravilloso. La chica mueve los brazos, está en una posición de tres cuartos y sube los brazos, uno hacia adelante y otro hacia atrás. Ah, qué movimiento de oleaje, de viento que se regodea en el medio día, el cabello de la chica también es como un armonioso cuerpo de cuerdas de violín, de piano, que se resisten a quedar fijas en el instrumento y, como si fueran mariposas, se echan a volar. Sí, querida mía, ahora pienso que fue eso, saber que la música hacía la diferencia en un instante, la chica estaba acodada en el barandal, tranquila, entró a la estancia, puso la música y todo se transformó, como si alguien hubiese dicho: ¡tercera llamada, comenzamos! Y la música sonó y todo tuvo un maravilloso impulso vital. La música hizo que la chica se moviera con una gracia contenida, con un desparpajo de diosa, todo su cuerpo se movió al ritmo de la música que sonaba como a música setentera, como si fuera prima hermana de lo que inventó el gran Barry. Sí, así decía el cantante: “lady sex”, no sé si era el nombre de la canción, pero definía muy bien a la chica que bailaba en esa escena. Yo pedía que no se acabara la escena, era como si la historia hubiese quedado muy atrás, que no tuviera importancia. Tal vez por eso no recuerdo más de la película, pero esa escena es inolvidable, por la lección de vida que me dio: la música cambia todo, de esto saben mucho Luis Ignacio Avendaño y Stefany Moguel y lo saben todos quienes reconocen que la esencia de la vida se esconde en un bongó o en una trompeta o en la boca del que canta. Posdata: no todo mundo lee, no todo mundo ve cine, pero no hay ser humano que no disfrute la música, todo mundo mueve las patías al escuchar música; este simple movimiento despierta al mundo, despierta la vida. ¡Tzatz Comitán!