domingo, 22 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UTOPÍA

Querida Mariana: en el concurso de las palabras bonitas siempre aparece la palabra utopía. Debe ser porque suena bonito: utopía, u-to-pía. También, digo yo, debería aparecer en el concurso de las palabras crueles. A ver: ¿qué es utopía? Recuerdo que en clase con el padre Carlos, él mencionaba la palabra al hablar de un libro de San Agustín, el gran pensador de la iglesia católica. Ahora entré al Internet y busqué la definición de utopía y hallé dos acepciones, la primera: “proyecto que parece de difícil realización” y la segunda: “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”. En ambas definiciones uno advierte que es algo casi casi irrealizable. Es un concepto cruel, digamos, porque alienta vanas esperanzas. Así lo comprende la mayoría de las personas. Tal vez has escuchado que alguien te avienta la palabra cuando vos le platicás algún proyecto. “No, Mariana, eso es una utopía”; es decir, la palabra se emplea para decir que es imposible de llevarse a cabo. Uf. Los optimistas (nunca faltan, gracias al universo) aseguran que lo imposible es realizable, que lo utópico es alcanzable. Es una posición genial, como la de aquellos que aseguran que apuntan a una estrella para atinarle a la luna. ¿Posición genial? ¡No! No, desgraciadamente, porque fijate qué jodido que alguien diga que le apunta al diez para pegarle al ocho, ya desde inicio está aceptando que no le atinará al diez. Claro, dicen los optimistas, es preferible esta actitud a la del compa que apunta al seis, al que pasa de panzazo. ¿Por qué digo esto? Porque soy amante de las palabras y siempre digo que no hay malas palabras, como los adultos insistían en asegurar cuando yo era niño. ¡No! No hay malas palabras, todas tienen su carita limpia. Margot insiste en decir que son las mentes de los oyentes quienes tienen la pizca de perversión, porque son sus mentes las que llenan de lodo a palabras que les suenan asquerosas, por decir lo menos. A veces pensé que viviríamos en un mundo menos estúpido si todos los seres humanos les quitáramos la careta de malas a las palabras consideradas así. Pero alguien me dijo que eso es imposible, que es una utopía. Uf. Otra vez la famosa palabrita. Así pues llegué a pensar que la palabra utopía es una palabra que produce heridas, porque eso sí, las palabras, igual que las piedras o los cuchillos pueden causar lesiones, porque hay gente que no habla sino que agrede, que usa las palabras como proyectiles. Vos y todo mundo conoce a esa gente, yo tengo un amigo que usa las palabras para provocar enconos, en alguna ocasión un compañero que estaba en la mesa donde convivían se le fue encima porque mi amigo lo ofendió en grado extremo, la palabra fue la que detonó toda la violencia. ¡Qué cosas! Dos minutos antes, los compañeros que convivían lo estaban haciendo en forma amena, alegre, divertida y de pronto, una palabra provocó un alud que terminó en comportamientos violentos. Por supuesto que esos compañeros ahora no se hablan. Todo lo provocó una palabra que comenzó a hervir en una caldera inexplicable. No hay malas palabras, la maldad del hombre es la que le otorga tintes sangrientos. Porque, vos también has sido testigo de ello, la palabra sana, la palabra logra que alguien se sienta amado. A veces te topás con alguien que camina por la banqueta, lo saludás con afecto y él como respuesta te lanza un: ¿qué te pasó?, así, a lo bobo. Vos (ser humano normal) pensás que no te ha pasado nada, salvo cosas buenas, pero como él lo dijo con una cara de Titanic a punto de chocar con un iceberg, vos recibís una dosis de agua fría, helada. Tu instante se modifica. Respirás con tranquilidad, le decís a tu mente que todo está bien y el sosiego regresa a tu cuerpo. ¡Nada!, le decís, soy espejo y me reflejo, y seguís tranquila tu camino, porque esa clase de gente, que le encanta jugar al “Pégale al negro”, no merece la mínima atención. Son provocadores profesionales. Como diría el buen Polo Borrás: que con su pan se lo coman. Posdata: me gusta la palabra Esperanza, además de ser el nombre de mi abuelita materna es una palabra que alude al porvenir luminoso; en cambio, con todo y ser de sonido agradable, la palabra utopía alude a algo que nunca se alcanzará. ¿La ciudad de Dios? Es decir, la ciudad terrenal y la ciudad celestial. Todo inalcanzable. San Agustín advirtió que había una gran diferencia entre ambas ciudades y que, simples mortales, vivimos en ciudades terrenales, donde mucha gente aplica las palabras como campos minados. No hay posibilidad de cambio, de modificación, los hombres somos como somos, estamos contaminados con el mal. Qué pena. Por fortuna, existe la palabra que era nombre de mi abuela, si bien nunca habrá una ciudad de Dios en la tierra, bien podemos tener espacios mínimos donde la decencia sea un lugar apacible, pequeños territorios donde la convivencia sea agradable, por ejemplo, el lugar que habitamos puede ser un lugar con sonidos agradables, con palabras que fluyan como peces en ríos de agua limpia. ¿Es una utopía pensar que la palabra retome su vocación original de comunicar, acercar? ¡Tzatz Comitán!

sábado, 21 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON AMIGAS DE LIBROS

Querida Mariana: Tía Lencha dijo que su hija Tania era amiga de las especias. Me gustó esa definición. Pensé que cada ser humano es amigo de algo especial en la vida. No sólo somos amigos de personas, también nos volvemos amigos de las esencias vocacionales, nos hacemos amigos de aquellos chunches que son parte de nuestra historia. Los gustos definen nuestros amigos. ¿Cómo es aquella definición que se hace acerca de la amistad? Dice más o menos que los amigos son seres que elegimos, porque los familiares llegan en el paquete. La elección habla, entonces, de ciertas semejanzas. El agua jamás se une con el aceite; asimismo, nunca hallaremos amigos que sean totalmente contrarios. La amistad no es coincidencia total, pero sí exige semejanzas. Tengo amigos que son aficionados al fútbol en grado extremo, yo no soy tan futbolero, pero de vez en vez me aviento un partidito en la televisión o veo un partido (jugada, le llaman) en los campos de comunidades rurales. Ah, lo disfruto mucho, pero nunca como el goce que me da el libro. Los amigos que digo son aficionados al fútbol pero no son lectores, eso no significa que no tengamos coincidencias que nos unan en ese misterio llamado amistad. Digo todo esto porque ahora que hallé esta foto pensé en tía Lencha y dije que acá estoy al lado de tres amigas de libros. ¿Mirás qué buena definición? Ellas, por encima de otras sustancias de la vida, aman el libro. Villoro y muchos más escritores dicen que es muy difícil que un escritor no sea antes un buen lector. Estas tres mujeres son poetas, pero también, por supuesto, son lectoras; es decir, son amigas de los libros. Con ellas tengo esa coincidencia, también amo a los libros, también soy amigo de ellos. A veces hago el ejercicio mental de poner sobre una mesa imaginaria una serie de chunches: un tablero de ajedrez, un trenecito de juguete, un balón, un bonche de billetes (unos cinco mil pesos), un libro, una botella de güisqui, un carrito de control remoto, una pluma fuente, un juego de plumones, un paquete de cigarros, un par de lentes Ray Ban (de esos que vende mi amigo Jorge en Visión 59 Óptica), un juego de pinceles, un plato con panes compuestos, un vaso de atol de granillo, un celular de última generación. El juego me exige elegir uno de los chunches presentados. ¡No dudo! ¿El libro? No, por supuesto que no. Elijo los cinco mil pesos, porque los emplearé en comprar libros, a wiwi. Así como Tania es amiga de especias, soy amigo de libros. En igual forma estas tres amigas poetas también son amigas de libros. Perdón, no tengo la fecha exacta del acto efectuado en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, la única certeza es que corresponde a los dos últimos decenios del siglo XX. Pucha, cada vez hago más extenso el margen temporal. Acá estamos Gabriela Balderas, Lolita Castro, Socorrito Trejo y yo. Lolita Castro, la gran amiga de Rosario Castellanos y gran amiga de Comitán ya falleció. En varias ocasiones estuvo en el pueblo, acá está el testimonio de una de sus visitas. Acá está, sin duda, porque Socorrito Trejo, quien en ese momento laboraba en el Instituto Chiapaneco de Cultura, la invitó para estar en Comitán, la tierra de su gran amiga. ¿Viste que escribí que Lolita Castro fue amiga de Comitán? También se puede ser amigo de ciudades, de lugares simbólicos. Como el mundo es diverso, hay amigos para todo. Hay amigos del trago, sin duda que vos conocés a alguien que es aficionado al trago, así como vos sos aficionada al cine y yo aficionado al libro. Los amigos del trago no lo dejan, lo llevan a todas partes y a todas horas, se mueren en la raya, con la botella en la mano. Muchos escritores, ya de cierta edad, manifiestan que les gustaría morir escribiendo. Muchos actores de teatro, asimismo, revelan que les encantaría morir sobre el escenario. Algunos lo consiguen. Cada uno es amigo de sus obsesiones. Cuando le pregunté a mi amigo Julián, médico, si era amigo del bisturí, me vio con cara de sol a punto de ocultarse, pero después que razonó la pregunta y la comentamos dijo que sí, porque es un médico de excelencia que se anota un diez en cada cirugía que realiza. Digo pues que somos amigos de variadas temáticas. Hay amigos de videojuegos, amigos de la televisión, de la natación, de los clavados, de la equitación, de la pintura, de la comida. Sí, hay mucha gente que ama la comida y es amiga de ella, de por vida, hay amigos de la gastronomía. En fin, hay amigos para todo. Nunca había oído algo semejante, hasta que la tía dijo que Tania era amiga de las especias. Ahora sé que también hay amigos de las especies, por ejemplo, hay amigos de gatos, amigos de perros, amigos de elefantes, amigos de nubes, amigos de árboles, amigos de amigas, amigas de amigas, amigas de migas, amigos de micrófonos, de mesas, de vasos, de tazas, de platos, de platillos voladores, de lentes, de vestidos, de zapatos. Soy amigo de mis amigas que están acá en la mesa de honor. Imagino que Socorrito, la gran Socorrito Trejo, me invitó a moderar la mesa o hacer algún comentario del libro que se presentó. La autora, al final, leyó algunos poemas de su libro. Tal vez fue así. En varias ocasiones tuve la fortuna de coincidir con Lolita, la gran amiga de Rosario. Lolita era de voz pausada, gran poeta, mujer cariñosa. En una ocasión coincidí con ella en la presentación de un libro de poesía de mi amigo Adolfo Gómez Vives, en la Ciudad de México. Ya te conté que en esa ocasión estaba lleno el salón del hotel donde se presentó el libro de Fito. En voz baja, Lolita Castro me dijo que más valía tener amigos, porque ella había estado días antes en una presentación en un salón de Bellas Artes y la asistencia no había sido tan nutrida como en la presentación del libro de Fito. No tengo la fecha precisa del acto de esta fotografía, ni siquiera tengo una fecha cercana, pero como ahí al lado del libro tengo una de mis libretas puedo atreverme a decir que fue a finales de los años ochenta o principios de los noventa. Posdata: Gabriela Balderas y Socorrito Trejo, gracias a Dios, siguen en el ajo creativo y yo también. Somos amigos de libros, somos amigos de la creatividad, de la literatura, del arte, de la convivencia sana, del cultivo del espíritu. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 20 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON HUMANOS

Querida Mariana: ¡ah, la mágica San Cristóbal de Las Casas! El equipo de Arenilla (Robertito, Dora Patricia y yo) estuvimos el 19 de febrero 2026 en la prodigiosa ciudad. Esa mañana estuvo también el escritor Juan Villoro para presentar su libro “No soy un robot”. Pero no estuvo sólo él. En el hotel “Sombra del agua”, encontramos al rector de la Benemérita UNACH, Doctor Oswaldo Chacón Rojas (quien invitó a Villoro para estar en Chiapas); la Maestra Ana Elisa García Aguilera, coordinadora de comunicación de la Benemérita UNACH; Marissa Trejo, poeta, coordinadora de encuentros internacionales de escritores; José Luis Ruiz Abreu (el gran Oso, dijo el rector), quien es director de la librería José Emilio Pacheco, que está en terrenos de la universidad, en Tuxtla Gutiérrez; el Doctor Carlos Coello Coello, ingeniero egresado de la UNACH, experto en computación, único mexicano que es uno de los cuarenta integrantes del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la Organización de las Naciones Unidas. ¡Nadita! Orgullo chiapaneco, nacido en la tierra de Óscar Wong: Tonalá; asimismo, saludamos a Juan José Cruz Solís, director de la Facultad de Ingeniería de la Benemérita UNACH y a Pablo Salazar López, uno de los grandes escritores de cuento de nuestro estado. Villoro estuvo en San Cristóbal de Las Casas. Se presentó en el auditorio de la Facultad de Derecho, estuvo acompañado por el Doctor Coello Coello. Ambos hablaron acerca de la sociedad digital que hoy impera en el mundo. Por esto el título “No soy un robot”, que alude a esa casilla de seguridad que hallamos en varios instantes de nuestra vida actual en los sistemas inteligentes, donde los aparatos nos someten a la prueba para que identifiquemos las imágenes donde hay objetos con ruedas y otros sin ellas, al identificar esas imágenes cada persona demuestra que “no es un robot”, que es un ser humano. ¡Dios digital, hasta dónde hemos llegado! Bueno, pues de esto y de mucho más, Juan Villoro y Carlos Coello Coello hablaron ante una audiencia de más de doscientas personas, que abarrotó el auditorio. Con decir que hubo gente parada en los pasillos. A la hora de las intervenciones de Juan y de Carlos hubo casi un silencio absoluto, una concentración total, donde no pensés que sólo adultos hubo, ¡no!, muchos niños tenían entre sus manitas libros infantiles de Villoro, esperando el final del acto para hacer cola y presentarse ante Villoro para la firma. Cosa que, con gran amabilidad, hizo el escritor, quien, a pesar de su fama, de su lúcida inteligencia, de su admirable conocimiento, es una persona accesible, agradable, ¡enorme!, como es su talla física (mide, tranquilamente, más de uno noventa, más, más. ¿Se acerca a los dos metros? No lo sé. Gran estatura física y gran estatura intelectual). San Cristóbal recibió a los invitados de honor con una mañana soleada, armoniosa, alegre, con batucadas en el parque. Villoro, contó, quiere a Chiapas (su papá, el gran filósofo Luis Villoro está enterrado en Oventic). El rector Oswaldo lo invitó a estar presente en la Feria Internacional del Libro 2025 de la UNACH, pero Villoro declinó la invitación porque en esa época estaba en Suiza, pero dijo que en cualquier rato podría hacerse un huequito en su apretada agenda, y esa ocasión sucedió en estos días, 19 y 20 de febrero 2026. Estuvo en San Cristóbal el 19 y estará en Tuxtla hoy donde hablará de fútbol, al lado de Andrés Fábregas Puig, ex director del Instituto Chiapaneco de Cultura; Pablo Salazar López, escritor que obtuvo el premio nacional de cuento Juan José Arreola; y Roger Mandujano, secretario de educación de Chiapas; ellos, en la cancha del Centro de Convenciones Dr. Manuel Velasco Suárez, harán dribles con la palabra para meter goles prodigiosos en la portería del equipo contrario: los seleccionados del aburrimiento y de la solemnidad. ¡Será un encuentro sensacional, histórico! Posdata: al final del acto, se rompió la taza y cada uno a sus deberes. El rector platicó que regresarían a Tuxtla, irían al Congreso del Estado; nosotros nos dirigimos al restaurante El Punto para comer unas pizzas (Dora Patricia y yo, veganas, sin queso; Robertito una “normal”). Abandonamos el hotel “Sombra del agua”, que nos recibió con un patio generoso, lleno de luz, y que en el vestíbulo tiene escrito un poema de Jaime Sabines. En el centenario del nacimiento del gran poeta tuve el atrevimiento de leer el poema en voz alta y ahí entendí el nombre del hotel. Te comparto un cachito para que, de igual manera, lo leás en voz alta: Es la sombra del agua y el eco de un suspiro, rastro de una mirada, memoria de una ausencia, desnudo de mujer detrás de un vidrio. Está encerrada, muerta -dedo del corazón, ella es tu anillo-, distante del misterio, fácil como un niño. Gotas de luz llenaron ojos vacíos, y un cuerpo de hojas y alas se fue al rocío. Villoro estuvo en San Cristóbal, en un acto de gran altura. Todo este deleite espiritual lo propicia mi universidad, gracias a la iniciativa de Oswaldo Chacón, quien físicamente no es tan alto como Villoro, pero posee altísimas miras intelectuales. “Por la conciencia de la necesidad de servir”. Olvidaba decir que en el andador frente a la Facultad de Derecho tuvimos la suerte de toparnos con el poeta Carlos Gutiérrez y saludarlo; así como en el interior del auditorio saludamos al secretario académico, Florentino Pérez, quien en días próximos recibirá la medalla Ángel Albino Corzo; también saludamos a la siempre admirada y querida Marvin Arriaga; y a Quique Robles, quien recordó que en los años setenta estuvimos en ese mismo auditorio como asistentes a un Congreso de Derecho. ¿Qué estaba yo haciendo en un congreso de Derecho? Un día te contaré, porque, como dijo Nana Goya, es otra historia. En la foto: Villoro y Robertito. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 19 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON DÍA DE GUARDAR

Querida Mariana: siempre llamó mi atención eso de “día de guardar”. El personaje de Derbez diría: “¿en dónde debe guardarse? ¿En un calendario viejo? ¿En una cajita?”. Hay de días a días. Debe ser que como hay días de guardar, así hay días de gastar, días que deben echarse a volar, como si fueran papalotes (Armando Alfonzo Alfonzo los llamaba “papelotes”, tal vez porque eran papeles grandes volando). En Comitán conozco a un grupo de amigos que se reúne el día jueves de cada semana, para convivir, para echarse unos tragos. De igual manera, siempre llamó mi atención que sea el jueves y no, como dictaría el sentido común, el fin de semana. ¡No! Ellos no aceptan esos condicionamientos sociales. Recuerdo que, en los años ochenta, mi compa Javier llegaba a mi lugar de trabajo en día lunes y me invitaba a tomar unas cervezas. ¿Lunes? ¿Cómo? Sí, decía, nosotros no somos albañiles para tomar sólo el sábado. Lo decía en forma graciosa, pero aludía a una práctica común. Es cierto. El sábado parecería ser el día que los albañiles, después de una semana de jornada agotadora, ya con “su raya” en la mano se ponen de acuerdo y van a echarse unos tragos. No sé cuáles sean los días que más gente llega a los restaurantes y a los botaneros, pero si aplico, de nuevo el lugar común, diré que es el viernes, el sábado y el domingo (el domingo familiar). Yo, siempre bobo, creí que los domingos eran días de mucha actividad en los moteles, hasta que alguien me dijo que no, que estaba equivocado, porque los domingos son días de familia, así que las parejas que no son oficiales se quedan sin el ahora llamado “delicioso”. Pensaba que las jóvenes parejas aprovechaban los domingos, puede ser que así sea, pero, mi amigo explicó, la mayor afluencia en moteles es de señores con amigas, con queridas, pues. Pero, así como no hay día específico para echar trago, lo mismo sucede con echar cotzito lindo y jacarandoso. Aunque, de igual manera, llama mi atención que el llamado Día del Amor y de la Amistad (el 14 de febrero) los moteles se llenan. Un chistorete reciente dijo que los moteles el 14 de febrero se parecían a los hospitales del Seguro, porque no tenían camas disponibles. ¿Por qué tal costumbre? Debe ser feo, sobre todo pienso en las chicas, que uno deba hacer el amor por compromiso, por costumbre. Qué jodido que sea 14 de febrero y una de “las obligaciones” sea ir a un motel, un motel, con sábanas que no están bien lavadas, con alfombras con fluidos que no alcanzaron a limpiar de manera conveniente. Uf. Los que saben de la vida dicen que todos los días son días para agradecer, para decir te quiero a la persona indicada, para comenzar un nuevo estilo de vida. Eso dicen los que saben, pero la mayoría tiene fechas especiales, por ejemplo, se sabe que cada inicio de año medio mundo hace lista de buenos propósitos y dentro de éstos está el ir al gimnasio o aprender inglés. Los que saben dicen que en el mes de marzo la mayoría ya desistió. El ser humano es procrastinador por naturaleza, es huevoncito, le gusta lo fácil, desecha todo aquello que significa un cierto sentido de disciplina. En mi infancia, las vacaciones escolares eran al final de año, ahora, no sé el porqué, las vacaciones son en el verano, bueno, sí sé, es porque así la gente puede ir a descansar en un periodo donde la playa se antoja y así los restaurantes y los hoteles se llenan de visitantes que dejan su paguita. Posdata: tienen razón los expertos. Mucha gente en Comitán, en los años sesenta, iba al cine los fines de semana, era la costumbre (muchos decían que porque era el único entretenimiento), pero hubo gente que no respetaba tal rutina, por ejemplo, yo iba al cine todos los días, el domingo iba a la matiné y en la tarde al Cine Montebello, donde exhibían las películas en otro idioma (inglés, sobre todo). ¿Fui un vicioso? Tal vez, pero me encantaba. Era como un alcohólico que no respeta día y le mete en cualquier lugar a cualquier hora. Claro, hay una diferencia entre un vicioso y otro, cada uno sus dependencias. Digamos que las mías eran intelectuales: el cine y la lectura. Quiero pensar que a nadie jodía, que mis aficiones sólo (hasta la fecha) llenaban mi vida con luz, como si cada día fuera una hoja de un libro para colorear y a mí me tocara iluminarla. No tenía (ni tengo) día de guardar para ver una película o para leer un libro. Cada día inicio leyendo y lo termino haciendo lo mismo. El libro es mi ángel de la guarda, mi dulce compañía. Cada día es día de echar a volar los papalotes (sin albur). Ilustro esta carta con la portada del libro de Villoro, porque hoy jueves 19 de febrero 2026, Juan estará en San Cristóbal para hablar del libro “No soy un robot”, donde el gran intelectual reflexiona sobre el futuro de la humanidad con respecto al tema de la lectura y la sociedad digital. Viene por una invitación que le hizo el rector de la Benemérita UNACH. ¡Imperdible! Dichosos los coletos. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 18 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON LAS DOS VIEJECITAS

Querida Mariana: se nos fueron las dos viejecitas de la casa: mi mamá y la perrita; es decir, la princesa huixtleca de Comitán, Hilda Cecilia Torres Córdova, y la Pigosa (Pigo, entre los cuadernos). Mi mamacita vivió más de noventa y cinco años, ella nació el 24 de marzo de 1930, en la costa chiapaneca; nunca supimos el día del cumpleaños de la Pigo, pero ella vivió con nosotros más de dieciséis años. Puedo decir que, al final, ambas estaban cansaditas, se murieron de cansancio. Es bendición morirse después de ver tantos amaneceres al lado de los afectos. Mi mamá fue una mujer siempre dinámica, incluso en sus últimos tiempos, lo mismo puedo decir de la perrita, ¡ah, bárbara!, qué energía, llegaba mi Paty a la casa y ella, como casi todos los perritos, le hacía fiesta, pero la fiesta que le hacía era todo un guateque sensacional, iba a la cochera, corría, como si fuese una de esas nadadoras que se impulsan en el extremo de la alberca, la Pigo se impulsaba en la pared, daba media vuelta y seguía corriendo por todo el patio, hasta que se cansaba y comenzaba a toser, cómo no, era una viejecita. Mi Paty hacía cuentas y aseguraba que los expertos chuchólogos mencionan que un año perruno corresponde a seis años humanos. ¿Mirás? Esto quiere decir que la Pigo tenía noventa y seis años. Por esto digo que se nos fueron las dos viejecitas de la casa. Se fueron y, todos los que han padecido el fallecimiento de seres queridos, saben cómo pesa la ausencia. La ausencia es vacío y, sin embargo, borra las leyes físicas y pesa más que la presencia. Primero se fue mi mamacita y los de casa nos quedamos como sin chamarra para cubrirnos en medio de una tormenta. Ese día se quedó sin techo la casa, nos quedamos sin resguardo, sometidos a las inclemencias del tiempo físico y espiritual, acá seguimos, soportando la lluvia, el sol abrasador, las culebras de viento, las heladas. Mi Paty, la Pigo, el Félix (el gatito) y yo quedamos huérfanos. Comenzamos a vivir sin esa mano que, además de sembrar flores y regarlas, además de tejer chalecos, además de regar agua bendita en toda la casa cada principio de mes, nos acariciaba. La Pigo y el Félix sintieron que algo había sucedido y mostraron una natural turbación. Ellos estaban acompañados todo el día por mi mamá. Y un día la Pigo comenzó a mostrar signos de agotamiento y murió. Murió la otra viejecita. Como lo habíamos hecho con las cenizas de mi mamá, cumplimos el ritual con el cuerpecito de la Pigo. Ambas quedaron en tierra buena. Como es comprensible, mi Paty y yo supimos qué sucedió, tanto con mi mamacita como con la Piguito, pero ¿el gato? El gato, desde que murió mi mamá advirtió la ausencia, pero no pudo darle una explicación racional; y luego, la otra ausencia, la de la perrita que se encargaba de joder, porque le saltaba por encima y cuando pasaba a su lado le tiraba un zarpazo, todo como un juego. El gato, desde entonces, anda como desorientado, solo. Solo, porque nosotros salimos toda la mañana al trabajo y él se queda solo, solo. Ah, qué experiencia tan jodida. Vos y yo leemos con frecuencia el poema de la Szymborska, que se llama “Un gato en un piso vacío” y que habla, precisamente del fallecimiento de su ama y el gatito no sabe qué sucedió. "Morir, eso no se le hace a un gato. Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío. Trepar por las paredes. Restregarse entre los muebles. Parece que nada ha cambiado y, sin embargo, ha cambiado. Que nada se ha movido, pero está descolocado. Y por la noche la lámpara ya no se enciende…” Es sólo un fragmento. Descolocado, todo está descolocado. Posdata: soy un ser humano, pero ahora, en ocasiones tengo la sensación de ser un gato, un gato abandonado. Uf, ahora que está de moda lo de los therian. Te dije que a mis sesenta y ocho años de edad comprendí lo que todo mundo sabe: que todos los seres vivientes vamos a morir. Las dos viejecitas de la casa murieron. Doy gracias a Dios por la bendición de su compañía. Mi mamá vivió feliz a nuestro lado, ella vivió para sus hijos y nietos. Sus hijos fuimos mi Paty y yo. Le tocó morir, como le tocará a todo mundo. Ella se fue tranquila. Todas las mañanas pienso que su deseo siempre fue que yo sonriera, que viviera más o menos sereno. La manera de honrar su vida es abonar todas las mañanas el árbol de su cariño. Lo hago. No queda más. Soy un pobre gato abandonado. ¡Qué se le va a hacer! ¡Así lo dicta la pinche vida! ¡Tzatz Comitán!

martes, 17 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, EN CASA MUSEO

Querida Mariana: estamos en Casa Museo Dr. Belisario Domínguez (a finales de los años ochenta o principios de los noventa); estamos Jesús Durán, Romeo Guillén, José Antonio Melgar, Juan Manuel González y yo; estamos en la mesa de honor, con un mantel rojo, cenicero y un micrófono. En ese tiempo no todos los espacios estaban libres de humo, se podía fumar. Por fortuna, acá el cenicero está vacío. Fue una tarde (tarde noche que le dicen) donde se presentó una revista que ellos impulsaron (no recuerdo el nombre). Acá, mi amigo Romeo parecería que se está aventando una de José Alfredo, pero ¡no! Sí, parecería que cantara: “pero sigo siendo el rey”. No. Está dando sus impresiones acerca de ese intento editorial. Es la presentación del primer número (como mirás, la sala de la Casa Museo era la original, antes de la malograda remodelación, donde echaron a perder el patio central, que tenía un jardincito maravilloso y permanecía respetando su diseño original, casi casi como era en tiempo en que vivió tío Belis. ¡Ay, en qué manos tan destructoras cayó!). En el atril y sobre la mesa se ven ejemplares de la revista, que al final del acto fueron repartidos. ¿Qué estoy haciendo ahí? Entiendo que fui invitado a hacer algún comentario, porque no formé parte del comité editorial. Cada uno de nosotros tiene un ejemplar enfrente, casi intocado. Si te fijás ahí tengo una de mis libretas (que luego se volvieron famosas, porque mucha gente me entregaba fotos y documentos que tenían que ver con el pueblo, como si esas libretas fueran el archivo de Comitán. Durante muchos años las fui armando; en realidad, eran “mis” libretas, muy personales, donde escribía cuentitos, hacía apuntes, bocetos y coleccionaba una bola de boberas. Ahora me da pena confesar -vos lo sabés- que un día metí en un tambo todas las libretas -ya eran un buen bonche- y les prendí fuego. Ah, me sentí como Nerón. ¡Bobo!). Tal vez mi participación la había escrito en una de esas libretas, si éstas existieran podría acudir a ellas y consultar la fecha precisa de este acto cultural, lo que dije y el nombre de la revista. Hasta donde recuerdo el director de la revista fue José Antonio Melgar Downing, quien, en ese tiempo, vivía en una bellísima casa en el barrio de San Sebastián. Ahora, entiendo, vive en una casa que mandó a construir en San José Obrero, que está frente al campo de fútbol. No sé si sea aficionado al deporte de la patada, lo que sí sé es que adora a las chicas (puchunguitas, les dice en forma cariñosa). Siempre ha sido un gran promotor cultural, posee una colección de carteles de las ferias de agosto y en ocasiones los ha expuesto. La revista no tuvo mucha vida. Fue un intento glorioso que, sobre todo por los escasos recursos económicos, zozobró. Una pena, porque esas revistas siempre han significado una bocanada de aire fresco en una sociedad apática. No logramos entender (incluso en estos tiempos de globalización) que la cultura es un elemento fundamental para la preservación de nuestra identidad. Nada somos sin los asideros culturales, las estafetas que nos legaron nuestros mayores, quienes contribuyeron a hacer grandes nuestros pueblos. Como es costumbre, al final del acto hubo vino de honor y bocadillos (en Comitán es muy agradable saborear mini antojitos: panitos compuestos y canapés). En ese tiempo era yo “un niño normal”, no me acostaba a las ocho de la noche, así que, asumo, debí quedar un rato en el cotorreo que se da al final de presentaciones, para escuchar comentarios acerca de la revista y derivar en chismes más pedestres, porque Comitán se distingue por el gusto que comienza así: “¿Ya se enteraron de…?”, y de ahí la cuerda se hace extensa. Posdata: como mirás nada tengo en claro, pero quise compartir con vos esta foto porque es testimonio de un momento brillante en la historia del pueblo: la presentación del primer número de una revista (que era con interiores en blanco y negro, por aquello de la paga). Romeo (el cantante vernáculo) y Juan Manuel ya fallecieron. A Jesús Durán lo saludo de vez en vez, muy temprano, porque él atiende una serie de tortillerías que posee; a José Antonio, también lo saludo en ocasiones, hace tiempo trabajó en el Museo de La Ciudad, cuando llegó el final de un trienio le pregunté si tocaría puertas para conseguir trabajo y él, en forma genial, me dijo que no, que tocaría corazones. Ah, qué bonito. Y yo acá sigo también, gracias a Dios, ahora con la revista Arenilla, que ya cumplió ocho años, gracias a la complicidad de nuestros patrocinadores y de nuestro público lector. ¡Y vamos por más años, porque sabemos que le hacemos bien a nuestra sociedad! ¡Va en nombre de todos los que han hecho intentos de cultivar la cultura en buena tierra! ¡Tzatz Comitán!

lunes, 16 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON JUEGO DE PALABRAS

Querida Mariana: hay muchos juegos de mesa. Dentro de los juegos de mesa hay muchos juegos de palabras o con palabras. A mí me encanta el juego de palabras. El albur en México es mal visto por algunos formalitos, pero, en realidad, es un juego prodigioso, porque permite hallar los múltiples sentidos que tiene el lenguaje. No sé si lo sigan haciendo, pero en la tierra de mi querido amigo Jaime Gutiérrez: Pachuca, organizaban, año con año, el Concurso de Albures. ¿Sabés cuál era una regla? No usar palabras altisonantes; es decir, el albur debía ser ingenioso, con palabras que no hirieran la moral. ¿Mirás qué bonito? Porque acá en el pueblo, muchas personas creen que el albur debe llevar palabras calificadas de tres equis. El otro día me contaron que un hermano retó a otro a que dijera un chiste sin aludir al sexo ni molestar honras ajenas: ¡perdió! Su humor lo basaba, precisamente, en ofender y en cuestiones de cama. Me ha gustado tanto la palabra que cuando fui estudiante de preparatoria una de las clases donde ponía mucha atención era la del maestro Rey: Ejercicios Lexicológicos, que era como un apasionante juego de palabras. Recuerdo mucho el ejercicio que dictaba: ¿Cómo como? Como como como. El ejercicio consistía en colocar los signos para que se leyera tal como él lo había dictado. Es una sencillez maravillosa, ¿verdad? Hace unos pocos años escribí una columna en la página electrónica “Chiapas paralelo”. La temática era precisamente jugar con el lenguaje. Cada colaboración tenía una palabra conocida y yo, como si fuera integrante de la Real Academia, daba una definición personal. Siempre he dicho que el diccionario se queda corto, no alcanza a explicar el sentido total de una palabra. Mis artículos eran juguetones, quien lo hubiese leído en serio se llevaría un chasco. Los poetas son maravillosos jugadores de la palabra, encuentran nuevos caminos por donde, como si fuesen corredores de montaña, desbrozan las sendas del lenguaje. Ahora celebramos el centenario del nacimiento de Jaime Sabines, el gran poeta. A veces he jugado con algunos de sus versos, porque la estructura lo permite. Por ejemplo, acá está uno que te gusta mucho, que es un verso del famoso poema “Los amorosos” y que he recomendado leer en el Día del Amor y de La Amistad. “Los amorosos juegan a coger el agua”, dice el verso original. Quitale las dos últimas palabras. ¿Qué te queda? Ah, ¿verdad? Es un jueguito inocente, que las mentes perversas llevan al cadalso donde habitan las alimañas. También cambié unos versos de un poema de Óscar Oliva (mero jueguito en tarde donde no hay qué hacer). Oliva dice: “Un ligero soplo de aire”, se convirtió en “Un soplo es un ligero aire”. Soy un bobo, es cierto, pero me divierto y sólo porque estamos acá en confianza te lo comparto. Otro que se parece al de Sabines, pero que es de Oliva dice: “El monstruo de los ríos detrás del himno que no se agota”. Acá hay que eliminar las seis últimas palabras. Puro jueguito bobo. Por eso me deslumbra la capacidad de quienes son expertos en albures. El clásico es el que repite una y otra vez el tal Ruperto, que se lo dice a chicas en medio de una sonrisa con cara de cilantro: “No se apene, señorita”. Como ya te diste cuenta, él lo dice así: “no sea pene, señorita”, es un travieso. A propósito, el compa en la CDMX decía: “camino por el anillo periférico, atravieso…”. El albur queda expresado. ¿Otra versión? Alguien dice: “Me gusta dibujar circulitos” y el otro de inmediato responde: “¡Ah, travieso!” Posdata: recordá que la capacidad del lenguaje de tener varios significados se llama “polisemia”. El admirado maestro Jorge diría: Poli: muchos; sema: significado. A mí me encanta jugar con todos los significados y, si se puede, hallar novedosos. Confirmarás que soy un bobo a la hora que diga que me gusta el juego que hace el tal Derbez con su Diccionario de Armando Hoyos y ya no le rasco más. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 15 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON SILLA

Querida Mariana: Fernando Avendaño dice que cargamos nuestra silla. No recuerdo. Dice que cada estudiante cargó su silla en el cambio de edificio, pasamos del edificio viejo de Jesusito al nuevo plantel de la tercera calle norte oriente. No recuerdo. Lo que sí recuerdo es que en sexto grado de primaria me sentaba al lado de un compañero, porque los pupitres eran dobles, con asiento y con un tablero al frente, un tablero que tenía incorporado una gaveta donde colocábamos los cuadernos y los libros de texto gratuitos. En ese tiempo nadie peleaba por el contenido de dichos libros. Comenzamos a aprender con líneas en cursiva que decían: “Mi mamá me ama”, “Ese oso se asea”, eran líneas sencillas. Debajo de cada frase había un espacio donde nosotros, niños aprendices, repetíamos la oración con nuestras letras titubeantes, jamás parecidas a las que hacían los doctores. Los niños de entonces copiábamos las frases con idéntico trazo, así lográbamos tener una letra bien bonita. Fernando dice que sí, que cargamos las sillas. Entiendo que la jornada evitaba el pago de camiones de mudanza y, de paso, nos daba una lección de humildad. Pero yo dudo haber participado en esta emocionante experiencia, porque nunca he sido un tipo que cargue cosas pesadas. Una silla escolar tiene su dificultad. Si mi recuerdo del pupitre es certero, veo que era imposible que yo cargara un armatoste de tal calibre. Aunque, tal vez, sí se pudiera cargar entre los dos que empleábamos el asiento, un niño en la parte delantera y otro en la parte posterior, el de adelante cargando el chunche con las manos hacia atrás y el otro con las manos hacia adelante. Tal vez así sí. Incluso, ahora que lo escribí vi la imagen como algo divertido. “Ya me cansé”, decía y bajábamos el objeto y descansábamos tantito, y otra vez a la aventura. De Jesusito al lugar donde está ahora la escuela hay una distancia como de nueve cuadras, pero de allá para acá todo es subidita, no muy prolongada, pero subida en fin y las subidas, se sabe, provocan más dificultades. No recuerdo bien a bien cómo eran las sillas donde estudié de niño, aunque ahora, en este momento, el pupitre mencionado es el que más aparece en mi mente; es decir, en el aula siempre estuvo sentado al lado de otro niño. Como tengo memoria pichancha no logro recordar quién fue uno de los niños que se sentó a mi lado. Esto ahora me da tristeza, porque quiere decir que pudo ser cualquiera, como si me subiera a un autobús y me sentara al lado de un desconocido. ¿Vos recordás el pupitre de tu infancia? Tal vez en tus tiempos ya tuviste una silla de paleta, individual. Lo que sí recuerdo es el pupitre que usé en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz, ah, era robusto, pintado de color gris claro, individual, tenía una superficie generosa y algo que me encantaba: un rectángulo delimitado por maderitas, que servía para depositar los lápices y plumas. Dije que era un pupitre individual, pero cada uno estaba pegado a otro, con lo que se formaban varios pasillos para caminar. Acá sí recuerdo que quien estaba sentado en su pupitre a mi lado era Ramiro, con él platicaba, con él compartía las tortas y con él hacía travesuras. Pero esto ya fue en secundaria. En prepa sí hubo sillas de paleta individuales, uno llegaba al salón y se sentaba en cualquier asiento. En primaria y en secundaria cada alumno tenía reservado su propio pupitre. No sé si esta aparente libertad en prepa fue uno de los detonantes del cambio de personalidad, de pronto, el orden aprendido se diluyó. Uno podía sentarse donde podía, donde quisiera. Sólo había dos asientos especiales, reservados para una parejita de enamorados, los asientos de la esquina eran de su exclusividad, porque ahí podían tomarse de la mano y, de vez en vez, darse besitos furtivos. Posdata: a veces pensaba que sería maravilloso tener salones ultra modernos, donde los alumnos tuviéramos sofás reclinables, con aditamentos en los descansa brazos para colocar los vasos de refresco y las bolsas de palomitas, como si estuviéramos en una sala de cine. Los asientos de la prepa eran como uno de esos sistemas de tortura de la Santa Inquisición, ni sus respaldos ni sus asientos eran lo que hoy se conoce con el nombre de ergonómicos. ¿Vos tenés alguna silla consentida en tu casa? Conozco mucha gente que tiene sus asientos consentidos, que son casi casi exclusivos. El tío Epaminondas tenía una su poltrona con cuero de venado donde bebía su cerveza de todos los días y más tarde rezaba el rosario. ¡Tzatz Comitán!

sábado, 14 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON FESTEJO

Querida Mariana: ya se acerca la fiesta. Que Comitán ponga el manteado, que pegue los ramos de palma en las paredes, que riegue juncia fresca en el patio de ladrillo, que le diga a los ejecutantes de la marimba que toquen Las Mañanitas, que Doña Lampa reparta los pitutazos de Comiteco, que pongan la reja de papel de china para que el homenajeado la rompa y que, en medio de una lluvia de confeti, sonría por el centenario de su cumpleaños. ¡Cien años! Un siglo, querida mía. El 24 de febrero de 1926 nació el gran Armando Alfonzo Alfonzo, el triple A, en el barrio de San Sebastián. En la subida que lleva al parque central, casi casi frente a Águeda está la casa donde nació, casa con patio central, corredores, pilares de madera y macetas con colas de quetzal. La casa, entiendo, sigue siendo de la familia. En la fachada hay una placa que colocó el Grupo de amigos de Armando Alfonzo Alfonzo y dice lo siguiente: “1926 – 2001. En esta casa nació el día 24 de febrero de 1926 ARMANDO ALFONZO ALFONZO, ingeniero, científico, maestro investigador, políglota, escritor, poeta, dibujante técnico, diseñador, pintor, músico, profesionista, economista, humanista y destacado caballero universal. 24 febrero 2007”. ¿Mirás? Acá brinca algo inusual. Un grupo de amigos reconoce al triple A. La placa no fue colocada ahí por alguna autoridad, en nombre de la comunidad. ¡No! El grupo de amigos tomó la iniciativa y la mañana del 24 de febrero de 2007, seis años después del fallecimiento de Armando Alfonzo Alfonzo, hizo una bullita frente a la casa donde nació y develó esta placa, placa que recuerda para la posteridad el cariño de ellos hacia el talentoso comiteco. Comitán sabe que el grupo de amigos fue más allá, lanzaron la iniciativa de que una calle (ahora es el eje que pasa frente al ITAES) llevara su nombre y los compas sacaron paguita de sus bolsas y cooperaron para el pago de las placas que colocaron en cada esquina. ¡Qué acto tan generoso, tan solidario! Los amigos del triple A reconocieron su talento, y ¡en qué forma! ¿Ya viste cuántos dones dijeron que tuvo? Armando Alfonzo Alfonzo estudió ingeniería, fue un destacado profesional, sus biógrafos dicen que estudió ingeniería aeronáutica, ello lo llevó a trabajar en Aeroméxico, donde hizo el logotipo de la empresa, porque, como dice la placa que está en la fachada de su casa en Comitán, fue un dibujante técnico y un diseñador, en tiempos donde la IA no soñaba con nacer y todo lo hacían los genios con inteligencia natural. El triple A fue un hombre inteligente, sensible. Por ahí ronda un libro que no es muy mencionado y que publicó Armando Alfonzo Alfonzo: “Dibujo técnico básico: ejercicios para el alumno. Primera parte”. Hasta donde se sabe, ya no hubo la segunda parte. En 1969 publicó el libro “Sólo para comitecos”, en edición de autor; es decir, que quebró su cochinito y él pagó la edición. Siempre he dicho (espero que alguien demuestre lo contrario) que fue el primer best seller del pueblo, porque don Armando vendió la edición completa en menos que canta un gallo devorado por un tacuatz. Su libro causó grata impresión y mucha simpatía, porque (todo mundo lo sabe) es un libro que reúne muchas de las particularidades de nuestra gente, narradas con alegría, desparpajo y con la reconocida picardía comiteca. Ahí estamos retratados, sin afeites, sin arreglos de Photoshop. La edición se agotó. Mucha gente pidió que saliera una siguiente perolada y don Armando, generoso como siempre fue, volvió a publicarlo en 1981. Y la historia se repitió, al poco tiempo ya no hubo libros disponibles. Más tarde, estoy hablando ya de este siglo, hubo una tercera edición de “Sólo para comitecos”, en el libro “Por amor a Comitán”, que fue una publicación que realizó su familia y, entiendo, dicho libro aún está a la venta. Esto último significa que ya no generó el mismo interés que antaño. Acá tenemos una señal: nuestro pueblo olvida a sus hijas e hijos destacados, el tiempo los llena del polvo de la indiferencia. En estos tiempos, el pueblo de Comitán ha dejado de lado mucho de su identidad. Por eso, da gusto que pronto las autoridades de Comitán, en unión con amigos del triple A, celebrarán su centenario. Es importante que no dejemos que el sarro cubra las imágenes de quienes procuraron que nuestro Comitán fuera el pueblo mágico que es. En muchos de sus libros, Armando hizo las ilustraciones. Quien toma un libro de él puede apreciar la belleza de su trazo en tinta china. No fue muy buen retratista, pero en dibujo de detalles cotidianos fue excelente. A través del tiempo consiguió dominar un estilo inconfundible. Lo mismo puede decirse en sus cuadros de caballete, pintados al óleo. En el libro “Por amor a Comitán”, los editores (en buena hora) decidieron que la portada fuera a todo color e incluyeron el cuadro que muestra una imagen del Comitán de los años treinta, el costado poniente del parque central, Jardín Benito Juárez. La imagen es bella, casi idílica, con colores delicados. Así él recordaba a su pueblo, así lo pintó, así lo llevó en su espíritu y así nos lo entregó. En este 2026 celebramos el centenario de su nacimiento. Posdata: en la relación de sus dones, la placa termina diciendo: “…humanista y destacado caballero universal”. Sus amigos cercanos, los que convivieron con él remarcan que fue un hombre muy creativo, que a veces rayaba en la genialidad y que, a pesar de esa grandeza intelectual, era muy sencillo en el trato con los demás. Parece que sí, fue un ¡destacado caballero universal! ¡Tzatz Comitán!

viernes, 13 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN CHEF EXCEPCIONAL

Querida Mariana: sí, esta fotografía es de privilegio, pero merece unas palabras. Estoy con el chef Walter Daniel Aguilar Rovelo. Tiene en sus manos la obra concluida de la investigación que realizó dentro de las becas Ricardo Muñoz Zurita. Muñoz Zurita es uno de los chefs más reconocidos del país y cuya línea de vida indica que cocina para preservar. Preservar la cultura culinaria es también lo que realiza nuestro chef comiteco con su labor de investigación, al retomar elementos tradicionales, porque esta obra es un reconocimiento a su abuela, Doña Cuca, panadera de la Cruz Grande, que conocen todos los vecinos. El logotipo de la panadería de Doña Cuca menciona dos datos esenciales: “Desde 1970” y “Experiencia de sabor”. ¿Mirás cuánta vida? Doña Cuca empezó a hacer pan a la edad de 16 años. La panadería Cuca, así lo dice el logotipo, está desde 1970; es decir, tiene más de cincuenta y cinco años dedicándose a la factura de pan tradicional comiteco, el panito sabroso, el que todo mundo busca a la hora de tomar el café. Walter Daniel pepenó la tradición panadera de su abuela y la resumió en el concepto experiencia, que habla de la tradición. Siempre hemos dicho, querida mía, que toda creación actual viene de la tradición. Walter Daniel así lo confirma. Él creció con el aroma del pan que preparaba su abuelita; creció casi jugando con la masa y la manteca, haciendo bolitas para luego darles forma; creció en medio del sabor que todo mundo reconoce. Hoy, es un orgullo comiteco. Los papás de Walter Daniel son Maricela Rovelo Vives y Walter Aguilar Castañeda. Ambos se sienten profundamente orgullosos de sus hijos: Walter y su hermana, Ana Lucía. Walter es el único de la familia que se dedica a la gastronomía, que heredó la estafeta de la abuela materna, porque su hermana se dedica a dar clases de inglés. Pero, ahora resulta que el chef también hace lo mismo que su hermana, actualmente imparte clases de gastronomía en dos universidades particulares en la capital chiapaneca. ¿Sabés quién es el abuelo materno de nuestro chef? El gran boxeador “Gallito del ring”. Cuando el boxeador comiteco falleció, la abuela Cuca se quedó con dos hijas a cargo, entonces comenzó a hacer el pan que sabía para mantener a la familia y así escribió la historia. Ella nunca tuvo un local fijo, a pesar de que hacía cinco mil panes a diario. Sí, leíste bien: ¡cinco mil panes cada día! Pucha. Muchas personas llegaban a su casa, se sentaban con sus canastos y esperaban la salida del pan, compraban y estas personas revendían el pan en las tienditas. Ese fue el negocio de Doña Cuca durante muchos años y de muchas más personas que dejan el pan en los tendejones. ¡Ah, el Comitán de antes! Ahora, Doña Cuca ya no hace pan y las tienditas de entonces ya cedieron su espacio a los Oxxos. Pero, por fortuna, el nieto de Doña Cuca se encargó de ser el continuador de la tradición, él ya conforma la tercera generación de esta rica herencia. Ahora, el chef ya estandarizó la fabricación del pan, con esto garantiza la continuidad de la tradición. El día que platiqué con el chef recordamos que otros dos grandes comitecos hicieron lo mismo que él. Armando Alfonzo Alfonzo (a quien ahora celebramos su centenario de nacimiento) hizo un método basado en la matemática para la construcción de la marimba, y Mariano N. Ruiz, de igual manera, hizo un método para la afinación del piano por el método de las pulsaciones. Ahora, Walter también lega un método para que nunca se olvide la receta original del pan comiteco. Porque es lógico de entender que Doña Cuca, como muchas cocineras tradicionales, realiza su pan con pizcas de sal, con puños de azúcar. Mi Paty me contó que una amiga tiene un recetario donde anota en la relación de ingredientes esto: “veinte centavos de canela, de la tienda de Doña Lupe”. Ahora, el estudio de estandarización de Walter ya resguarda la tradición, garantiza el sabor tradicional. Al inicio, Doña Cuca hacía el pan en un horno de piedra, luego tuvo que mudar a horno de gaveta, porque una disposición gubernamental prohibió que se hiciera pan con leña. Posdata: en fecha reciente, el chef comiteco estuvo en una gala en la ciudad de Puebla, lugar donde presentó el libro fruto de su investigación. Puso en alto el nombre de nuestro pueblo. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 12 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE NO TODO SE CHISPOTEA

Querida Mariana: ¿ya viste la foto? Pensé que eran maquetas. David Emmanuel López me explicó que son coleccionadores. A ver, a ver, ¿de qué se trata? Te cuento. El domingo fui al mercado Primero de Mayo, luego vi que estaba abierto el templo de Santo Domingo, ya había misa. Todavía no está arreglado el interior, pero esto significa que la techumbre ya está arreglada. Bien. Luego caminé por la calle que sube al parque de Guadalupe, no donde está el templo, sino donde está el restaurante Doña Chelo y el local de María Siliceo, con sus exquisitos postres. Estaba a punto de subir las escaleras cuando vi que de un auto bajaron unos chicos, llevaban en las manos algo que a mí me pareció eran maquetas. Los seguí, porque era muy atractivos los chunches, con figuritas pequeñas. Es lo que mirás ahora en la foto. No son maquetas, me dijo David, son coleccionadores y me explicó. Tal vez vos te enteraste que hace como tres meses la empresa Vualá, que vende panitos rellenos, presentó una serie de figuritas con temática del Chavo del 8. Medio mundo le entró a la promoción y comenzó a coleccionar a los personajes, figuritas de La Chilindra, de Don Ramón, del profesor Jirafales, Doña Florinda, El chavo (por supuesto), el Señor Barriga y los demás integrantes de la vecindad. Fue un trancazo de mercadotecnia, la gente se peleaba la posesión de un personaje. Cuando David me contó esto pensé en mi infancia, cuando los niños coleccionábamos figuritas de papel y llenábamos el álbum. El domingo 8 de febrero 2026 muchos coleccionistas de estos muñequitos de Vualá se dieron cita en el parque de Guadalupe para intercambiar o vender y comprar. Los chicos de las “maquetas” pusieron tres de ellas sobre una mesa y de inmediato un señor se acercó y compró una. David me explicó que la empresa Vualá vende un coleccionador de cartón, a él y a sus amigos se les ocurrió hacer escenografías de la vecindad para que la gente coloque ahí los muñequitos, los coleccionadores los hacen en 3D. Fue una idea genial, porque resulta mucho más atractivo que el coleccionador original. No sé si vos estás en esta onda, pero si alguno de tus amigos colecciona estos personajes pueden hacerle una llamada a David, al 9631714105, y ponerse de acuerdo para que ellos le hagan un coleccionador en 3D, que la verdad están bien chidos. David me dijo que la colección del Chavo del 8 consiste en 26 personajes. Ellos sólo venden los coleccionadores en 3D. Pero saludé a otro amigo que sí vende las figuritas. Él tiene su negocio un poco arriba de la Escuela Primaria Dr. Belisario Domínguez, en la Cruz Grande. Él también vende figuritas de Multiversus. ¡Oh! Le pregunté a David qué pensó al ver que la empresa Vualá había lanzado una serie de personajes de un programa mexicano, porque, vos sabés, los muñequitos que siempre han dominado la escena son personajes de Disney o de Marvel. Me dijo que le encantó la idea, porque él creció viendo El Chavo, se le hizo una propuesta tierna, bonita. Vi que alrededor de las mesas había papás e hijos curioseando. Los coleccionadores en 3D, de inmediato llamaron la atención de la mayoría. Yo también vi El Chavo, me sé de memoria un par de frases: “se me chispoteó”, “es que no me tienes paciencia”; pero los niños del 2026 no ven al Chavo, ¿o sí? Aunque me explicaron que las figuritas son figuritas del Chavo animado. Los niños estaban contentos al coleccionar estos personajes, que nos guste o no nos guste configuran una parte importante de la cultura popular mexicana. Recordá que los personajes de carne y hueso de la famosa vecindad hicieron giras artísticas por Sudamérica y allá movían multitudes de admiradores. La fama de El Chavo traspasó fronteras. Posdata: una señora andaba en busca del personaje “Chaparrón”, Chaparrón Bonaparte, que aparece con su sombrero, lentes, bigotito de Hitler (¡oh, Señor!) y tiene los bracitos en la pose característica cuando le da su chiripiolca. Todo mundo recuerda las escenas donde el “licenciado” le dice a Chaparrón: “¿sabías que la gente sigue diciendo que tú y yo estamos locos?” Hay de todo en la Viña del Señor. Gracias a Dios. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 11 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON LA PREPA ANTIGUA

Querida Mariana: la foto que comparto con vos es un testimonio gráfico de excelencia. La robé del muro de Álex Flores Cancino, nieto del maestro Javier Flores que acá aparece al lado de sus alumnos de la clase de Modelado, en 1970. El maestro Javier fue mi maestro en cuarto de primaria en la Escuela Fray Matías de Córdova y luego volví a ser su alumno en la clase de Historia de México, ya en bachillerato, precisamente en este edificio, en 1974. Era muy ordenado, un talentoso dibujante, siempre nos estimulaba para que estudiáramos, se emocionaba a tal grado que las lágrimas aparecían en sus ojos. Era un buen hombre, un catedrático comprometido. Acá lo mirás muy formal, con su corbata y las manos unidas, que era una posición corporal que demostraba su carácter tranquilo. Jamás de los jamases lo escuché alzar la voz, no como otros que eran explosivos. Puedo decir que, incluso en tiempos donde los maestros hacían uso de la regla no para trazar líneas en el pizarrón sino para golpear las manos de los niños, nunca vi que él haya tratado de corregir a algún alumno haciendo uso de la violencia. Él no estaba de acuerdo con ese dicho de “la letra con sangre entra”, él siempre fue un maestro que pregonaba que la letra entraba con cariño, con paciencia, fue todo un caballero. Esto recordé cuando vi la fotografía que compartió Álex. Además, recordé lo que acá se ve. La puerta de la dirección y el cancel de tablas donde estaba la secretaría. ¿Ya identificaste el lugar? Este edificio alberga ahora el Centro Cultural Rosario Castellanos. Donde se ve el cancel de tablas es el vestíbulo, si das unos pasos hallarás la entrada. Como ahora caminan por ahí todos los que asisten al Centro Cultural, en los años setenta, cientos de alumnos entrábamos para ir a los salones que estaban diseminados al lado de los corredores. Las fotografías de los grupos estudiantiles en estos tiempos muestran otro rostro. Acá sorprende que sólo hay una chica, que está al fondo. Digo que el maestro Javier era muy puntual para todos sus actos, así que esta fotografía tiene la relación exacta de los nombres de todos los alumnos. Por esa relación sabemos que la chica es Carmen Morales Serrano, hija de Don Rafael Morales y de Doña Yoli Serrano, hermana de la famosa actriz y cantante Irma Serrano, hija del poeta chiapaneco Chanti Serrano. La fotografía es especial, sorprende, por bella y porque permite ver muchos aspectos de aquellos tiempos. Si ponés atención mirarás que el trabajo creativo de los estudiantes era también de gran relevancia, porque la mayoría de trabajos muestra figuras humanas, que son de difícil realización. A mí me tocó como director el doctor Elías Macal (él fue quien me recibió cuando regresé a medio año de la prepa de San Cristóbal de Las Casas) y el arquitecto Roberto Zúñiga, quien dio clases al grupo de físico matemáticos (no éramos muchos, recuerdo a Daladier Anzueto, a Marirrós Bonifaz, a Javier Aguilar, a Miguel Román, a Rafa Pinto, a Jorge Pérez). Los compañeros de mi generación fueron los que impulsaron el movimiento de huelga que llevó a comprometer a la autoridad a construir edificios nuevos para la secundaria y para la preparatoria. Acá podemos ver que el espacio no era el más idóneo para que funcionara como institución educativa, basta que mirés el “entablado” que servía para dividir la entrada de la secretaría. Y esto no fue todo. Como ya los salones eran insuficientes, las autoridades hicieron otro cancel de madera para improvisar talleres en un corredor exterior. No me lo creás, pero una amiga me dijo que si tenía necesidad de hacer pis salía de la escuela e iba a casa de una compañera para hacer sus necesidades, porque los baños de la escuela no eran muy higiénicos. Esta fotografía refrescó mi memoria. Volví a recordar el interior de la dirección y cómo, con la güerita, solicitaba mis calificaciones en la ventanilla de la pared de tablas. En esta fotografía se alcanza a ver la ventana que abría para atención de alumnos. Recordé al secretario que era el maestro Reynaldo Avendaño, fundador de la escuela y quien era experto en cuestiones de lenguaje, él impartía la clase “Ejercicios lexicológicos”. El maestro Rey siempre llegaba de traje, era un viejecillo lindo, muy formal, casi sabio. Yo lo quise mucho y siempre, siempre, puse atención en su clase, cuando la mayoría de compañeros hacía desmadre. Por eso, ya te conté que cuando llegué a presentar mi examen final en estado inconveniente (bolo, qué vergüenza), él me perdonó la estupidez, ignoró el examen que nunca respondí, porque todo lo veía borroso y el maestro me puso diez de calificación, sin duda valoró todo mi desempeño durante el año. ¡Ah, qué maestro tan humanista, de la misma estirpe del maestro Javier Flores Torres! ¡Tzatz Comitán!