sábado, 7 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN PEDAZO DE VIDRIO

Querida Mariana: temor y miedo son dos palabras que cortan. El tío Eulalio decía: “Como dijo Aristóteles: no le tengan miedo al miedo”. Pienso que Aristóteles nunca dijo eso, pero el tío lo decía tan convencido que lo creíamos y nos sentábamos formando un círculo para escuchar las historias de terror que nos contaba. A mí me gustaba sentarme al lado de mi prima Elenita, porque ella, cuando se espantaba me tomaba de la mano, yo sentía su manita sudada, temblorosa y pensaba que yo era un niño valiente, porque ella se sentía protegida por mí a la hora que se abría la puerta de la cabaña y entraba un perro con dos cabezas, el par de fauces del perro estaban llenas de baba, con colmillos brillantes, dispuestos a darle una tarascada al niño que se alejaba hasta que chocaba con el muro, cerraba los ojos, resignado a recibir las mordidas de esas dos bocas rabiosas, pero, un segundo antes, aparecía el tío Eulalio (siempre era el héroe de sus historias), disparaba la escopeta en dos ocasiones, las cabezas del brutal perro quedaban como bagazo y el niño se salvaba. Aplaudíamos, porque el bien triunfaba sobre el mal, los perros de mil cabezas no podían contra el valor del tío, que era nuestro héroe. El tío daba palmadas, decía que ya debíamos ir a nuestras casas y gritaba cuando íbamos rumbo a la salida: “recuerden lo que dijo Aristóteles: no le tengan miedo al miedo”. Corríamos a nuestras casas, no tanto por la prisa, sino porque en las calles no había mucha gente, y la luz creaba muchas sombras terroríficas. Todas las personas en el mundo tenemos miedo, unas más, otras menos, pero todos los seres humanos llevamos el temor metido en nuestros cuerpos, en nuestros espíritus. Cuentan que Adán y Eva vivían bien tranquilos, en medio del canto de las aves, caminando orondos al lado de panteras y de leones, se bañaban armoniosos en ríos donde, como submarinos, pasaban cocodrilos y anacondas, pero cuando cayeron en la tentación de comer frutos del Árbol del Bien y del Mal, escucharon la voz divina, rotunda, amenazante, y el temor apareció frente a ellos, desde entonces, todo se jodió. Tiempo después, Adán y Eva se atemorizaron ante los truenos que iluminaron los cielos embravecidos y de ahí para el real, todo mundo tiene miedo, bien sea por fenómenos meteorológicos, tormentas, ciclones o por apariciones fantasmales o por amenazas reales. Los perritos tiemblan cuando en las iglesias queman cuetes y los seres humanos temblamos cuando hay descargas de armas en la colonia. Hay gente, porque hay de todo, que busca el terror, en películas o en novelas o en cuentos o en series de televisión; hay gente que disfruta ver cómo aparece un tipo con una sierra eléctrica y amenaza con desmembrar a un par de ancianos para robarles todo lo que hay en la casa. Hay gente que es feliz si grita de terror en la penumbra de una sala cinematográfica, claro, el terror les gusta siempre y cuando sea ficticio, cuando la realidad se impone, la cosa cambia, he visto la cara de miedo en los que me rodean en el momento de un temblor que no cesa, que parece tardar horas, mientras, en realidad, tarda apenas uno o dos minutos. Los segundos, como si fueran bazucas, se intensifican y agregan toneladas de cortisol a nuestros cuerpos. ¡Ya, ya, ya, Dios!, clama la gente, pidiendo que el temblor cese. A veces, hasta los ateos mencionan la palabra Dios, en medio de la incertidumbre, del terror. Cuando fui niño, niño, nunca tuve temor ante algo. Ni siquiera cuando la boba de la sirvienta amenazaba que si no tomaba la leche llegaría “El coco”. ¿El coco? ¡Qué bobera! Ni siquiera cuando la misma mujer amenazaba que me robarían “Los enagüitas”, que eran unos tipos que se disfrazaban de mujeres y que robaban a los niños buenos, como era yo. Si yo era un niño bueno, a mí nada podrían hacerme esos tales por cuales. Nada me hicieron, porque mi mamacita, siempre rezaba por mí y mi ángel de la guarda me protegía contra todo mal. Como ya te conté, un día, ya adolescente, trepé a una canoa, con mis compas, y cruzamos el río Grijalva, de una a otra orilla, antes que hicieran la presa La Angostura. No sé nadar, Miguel se sentó a mi lado y dijo que no debía temer porque él estaba ahí para cuidarme, los hijos del licenciado De la Vega, sin duda grandes tritones, pusieron las manos en los bordes de la canoa y comenzaron a moverla, como si no fuera suficiente el movimiento provocado por el oleaje del agua. ¿Sentí miedo? No. La intensidad del momento no permitió que yo pensara en nada. Todos reían, gritaban jubilosos, por la alegría que estaban provocando. Al llegar a la otra orilla, bajé, temblaban mis piernas, saqué un cigarro de la cajetilla y un cerillo, quise prenderlo, no pude, mis manos eran una gelatina, no podía controlar ese movimiento de Parkinson provocado por el miedo del terror que había vivido sin mucha conciencia. Ya en la orilla pensé en que la barca pudo zozobrar y yo iría como un tronco a la mitad del río, llegaría hasta quién sabe qué escollera, ya todo trapo, ya ilustre ahogado. ¿En qué momento aparece el miedo? ¿En qué momento comenzamos a temblar ante las noticias del COVID, ante las noticias de que debemos armar una mochila de emergencia, porque quién sabe qué suceso terrible se avecina? Posdata: los poderosos saben que el miedo es algo con lo que controlan a las sociedades. El miedo es un factor de poder, los que tienen el mundo en sus manos amenazan con exprimirlo, con hacerlo jugo y los hombres y mujeres de a pie comienzan a dudar, las certezas se hacen globo y éste vuela, se pierde en el cielo. ¿Qué recomendaba el Aristóteles del tío? ¡Tzatz Comitán!

viernes, 6 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA GRAN CARRERA

Querida Mariana: la 2ª carrera Alianza Azul se efectuó el domingo 25 de octubre 2026. Vos sabés que desde la primera edición, la carrera está dedicada a honrar a mi tío Manuel Bermúdez Tovar, empresario comiteco que también fue un hombre altruista, de gran corazón. Mucha gente en el pueblo recuerda con emoción y cariño al tío Manuel. Toda la familia se une al homenaje, de manera preponderante, el licenciado Rodrigo Román Bermúdez, hijo de mis amigos Lety y Rogerio. El día de la carrera, domingo espectacular, lleno de sol y de aire, mi compa Roge fue el encargado de repartir las medallas a los primeros doscientos competidores que cruzaron la meta (así lo decía la convocatoria). Después de esos doscientos competidores llegaron más de quinientas personas. Esta segunda edición fue un éxito, una carrera monumental, que permitió, además de honrar la memoria de tío Manuel, incentivar la convivencia familiar. Todo mundo estaba feliz. ¿Y yo qué?, dirás. Te platico. Hay mucha gente que aprovecha el domingo para descansar en su casa, se levanta tarde, porque entre semana las obligaciones del trabajo y de la escuela, obligan a levantarse temprano y andar a las “carreras” por toda la casa. Por eso, el domingo es día sagrado para descansar. Pero, por fortuna, hay personas que se activan temprano, porque aprovechan ese día de asueto para realizar actividades físicas. Así que ese domingo cientos de personas se pararon temprano y acudieron al parque central para la gran cita, previo registro que hicieron, donde recibieron su número de participación y la playera oficial, todo gratuito, por supuesto. Sabés que soy de ese equipo, de los que se levantan temprano, todos los días, así que ese domingo me paré a las cuatro, como siempre, hice mi taichí de viejito, me bañé, desayuné y, como a las siete y media fui a la oficina. Estos domingos los he dedicado a pintar, en la oficina tengo lienzos y cajitas. Ya te conté que preparo una exposición que será presentada en el Festival Internacional de Arte y Cultura Rosario Castellanos 2026. A las ocho di una vuelta por el parque y hallé la gran emoción de quienes participaron en la carrera, que dio inicio a las siete en punto. Todo mundo ya había llegado, un grupo corrió la distancia de tres kilómetros y otro grupo se aventó los cinco kilómetros. ¡Genial! Saludé a Roge, me dijo: ya acabó la carrera, pero Rodrigo está en la Meta. Y caminé hacia la meta, casi sintiéndome corredor, rindiendo homenaje al tío. Llegué y encontré a Rodrigo tomándose fotos de recuerdo con participantes, estaba emocionado, contento. Lo saludé y nos tomamos la foto del recuerdo de ese momento de coincidencia, mi foto de privilegio. Todos estaban contentos, el acto deportivo logró sus objetivos. Dijeron que fueron más de seiscientos participantes. Posdata: hay mil maneras de honrar la memoria de personajes destacados. Rodrigo sabe que una forma fascinante es a través de una carrera donde la familia y los amigos se reúnen y conviven, porque la familia, decía el slogan antiguo, es lo más importante de la vida, antes y ahora y después. La memoria de su abuelo sigue cultivándose en el pueblo, porque sus descendientes siguen abonando las causas buenas que él emprendió. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 5 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON AMIGOS

Querida Mariana: llegan. Uno no sabe cómo, pero llegan. Vos, yo y todo mundo estamos metidos en el misterio de la muerte. Es simpático pensar que no dudamos de la vida, aunque no sepamos bien a bien cuál es el sentido de la vida, pero la muerte nos crea mucha confusión mientras vivimos. ¿Qué hay después de la muerte? ¿De verdad eso nos quita el sueño? Tal vez lo hacemos por los cercanos que ya se fueron, porque cuando muramos todo se resolverá en el vacío, en la nada. ¿Para qué queremos saber qué hay después de la muerte, si nuestro cuerpo será polvo y nada más que polvo? Llegan, uno no sabe cómo, pero llegan. Esta fotografía te la compartí hace tiempo, ahí estoy al lado de Paco Gamboa y de Rodolfo Castellanos, estamos en la avenida Cuauhtémoc, cerca de lo que fue el estadio del Seguro Social, donde vivimos y vivimos grandes partidos de béisbol entre los Diablos Rojos del México y los Tigres. ¿Mirás de qué hablo? De diablos y de tigres. Cuando la tía Elena supo que asistía a esos encuentros se santiguó y dijo en voz alta: “Ángeles, ángeles debía seguir este indizuelo” y no dejé que me regara agua bendita porque salí corriendo. Llegan, uno no sabe cómo, pero llegan. Digo que esta foto te la envié hace tiempo, bastante. Resulta que el mero Día de Muertos del 2026 fue lo primero que me apareció en mi muro de redes sociales. ¿Por qué precisamente ese día? No lo sé. Ni quiero darle vueltas. Líneas arriba dije que todos los seres humanos reflexionamos en el misterio de la muerte sin llegar a conclusión alguna, porque nada sabemos acerca de ese enigma. Llegaron el mero Día de Muertos. Paco y Rodolfo ya no están en este plano físico. Fallecieron hace tiempo. Los dos murieron en nuestro pueblo. Paco fue internado en el hospital y Rodolfo falleció en su residencia de un paro cardiaco. Mi amigo, el doctor Luis Ignacio, y gran amigo de Rodolfo llegó pronto a casa de él, pero ya nada podía hacerse. Murió en la noche. Al día siguiente entré muy temprano al Facebook y hallé la ingrata noticia. Ambos, digo yo, fallecieron jóvenes, ambos amaban la lectura, ambos fueron grandes lectores, Paco leía muchos textos históricos y textos de política, le interesaban mucho los asuntos de la vida pública; Rodolfo era un apasionado de textos históricos, amaba andar desentrañando los misterios de la historia de este país. Paco, además era un gran melómano. En el tiempo que fue tomada esta foto tenía un aparato reproductor de discos que ponía a funcionar cuando íbamos a echar trago en su departamento, un pequeño espacio, oscuro, pero que convertía en un espacio lleno de luz y de música. Le gustaba Paul Muriat y Los Ángeles Negros, canciones de estos últimos las escuchábamos una y otra vez, mientras decíamos salud, comiendo camarones gigantes que le enviaban desde Baja California, tomábamos vino blanco. Llegan, uno no sabe cómo, pero llegan. Paco y Rodolfo llegaron este año para estar un rato conmigo. La foto es de finales de los años setenta, estamos en Avenida Cuauhtémoc, mi carrito (un Renault, color azul, tipo flecha, que me compró mi papá está sobre la amplia banqueta, porque en ese momento había un intenso trabajo de excavación en la calle, porque construían una de las líneas del Metro. Para ir de una banqueta a otra debíamos cruzar por andamios improvisados, los zapatos y la ropa se llenaban de polvo y lodo. El departamento estaba en el número 521 de la avenida. Rodolfo y Paco llegaban de vez en vez, Rodolfo no estudiaba en la Ciudad de México, llegaba de vacaciones y nos reuníamos por ratos. Paco ya era vista aduanal, trabajaba en el aeropuerto de la Ciudad de México. Posdata: llegaron, aparecieron en mi ventana, los vi y quise compartir el instante con vos. En cuanto bajé la foto, la recuperada, la de la llegada, me paré del sofá, preparé una limonada sin azúcar y brindé por ellos, por su espíritu, por su amistad infinita. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 4 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL CERVANTES

Querida Mariana: las dos noticias llegaron casi al mismo tiempo a mi celular. Lamenté la primera, celebré la segunda. Tal vez te enteraste del fallecimiento de un futbolista, jugador de un equipo español; en España, también, se dio a conocer a la ganadora del Premio Cervantes, el más prestigiado de la literatura en lengua castellana. El jugador falleció en una jugada desafortunada, el portero salió y le pegó en el pecho. El pobre portero nunca supo que de ese encontronazo el rival encontraría la muerte. ¿Y ahora? Qué losa tan pesada cargará toda su vida. Dios mío. No quiero ni pensarlo. ¿Qué determina la ley en este caso? Hay una palabra muy tonta: imprudencial. No siempre se puede ser prudente, menos en un juego de contacto. La segunda noticia sí fue de celebración: el Premio Cervantes lo obtuvo Cristina Fernández Cubas, narradora española. Como buen snob (me conocés), de inmediato le di la noticia a mi amiga Dora Patricia Espinosa (nada comenté de la otra noticia). Dora Patricia preguntó: ¿de dónde es la escritora? De España, le dije. Y ella, de inmediato, dijo que teníamos un libro de ella. ¿De verdad? Dijo que yo lo tenía. Ay, Dios, dije, ya se jodió la cosa. Pensé que cuando dijo que lo teníamos, que podía estar en su librero, pero no, ella aseguraba que yo lo tenía. Uf. Me levanté del sillón e hice una búsqueda como de escáner y ¡milagro! ¡Libros en mis manos crecen! Sí, ahí estaba el ejemplar de Tusquets: “Todos los cuentos”. ¡Todos! Mirás. Tal vez en estos tiempos ya no son todos, pero ahí están reunidos los cuentos de cinco de sus libros. ¡Genial! Como buen snob comencé a releer algunos textillos. La otra mañana platicamos que hace días el escritor español Vila Matas recibió el Premio Nacional de Las Letras y dijimos que un día de estos recibiría el Cervantes (recordá que apareció entre los posibles ganadores del Nobel de Literatura). Cristina Fernández Cubas recibió el Nacional de Letras hará cosa de tres o cuatro años; es decir, en la carrera de premios aventaja a Vila Matas, aunque alguien diría que la literatura no es carrera como si fuera de caballos o de galgos. ¿Cuándo compramos el libro “Todos los cuentos”, de Cristina Fernández Cubas? No lo sé, tal vez Dora Patricia tiene el referente, pero fue antes de pandemia, segurísimo. Pero decir antes de pandemia se extiende a una franja amplia. Nos conocimos antes de pandemia; antes de pandemia iniciamos el proyecto editorial Arenilla impresa, al lado de Cielito, Roberto Carlos y Dora Patricia; antes de pandemia nació Cristina Fernández Cubas, ella nació en España en 1945, el año en que finalizó la Segunda Guerra Mundial, año que, en México, nació mi adorada hermana Esther. Dicen los que saben, andá a saber si es cierto, que en 1945 fue derruida la pila que estaba en ese barrio de Comitán y que era una maravillosa edificación. En estos tiempos hay compas que sugieren que vuelva a construirse una réplica, porque es simpático, por decir lo menos, que en el famoso barrio de La Pila no haya una pila. Me dio gusto recibir la noticia del premio concedido a Cristina, porque ella, de manera preponderante, escribe textos cortos, cuentos o relatos. La industria editorial ahora les hace el feo a los libros de cuentos, privilegia la novela. Los escritores de estos tiempos, por eso, ahora escriben novelas y pocos escriben cuentos. Sabés que mi reciente libro, el correspondiente a 2026, es un libro de relatos, porque a mí, igual que a vos, me gusta mucho leer cuentos y escribirlos. Recibí con emoción la entrega del premio a Cristina. El jurado privilegió a una escritora de cuentos, de cuentos fantásticos. Eso me alegra, porque ahora la fantasía ha cedido terreno a la realidad, los novelistas actuales escriben, sobre todo, de historias reales, cargadas de violencia. Alguien dirá que no podemos cerrar los ojos ante el mundo que vivimos, pero yo digo que no se trata de cerrar los ojos, sino de abrir una ventana donde entre aire fresco. Se vale, en un mundo lleno de mierda, que de vez en vez aparezca una mariposa que remoje con grageas de esperanza nuestro espíritu. ¿Qué da la ecuación que dice mierda más mierda? Posdata: celebro el premio concedido a Cristina. Bien snob ahora releo algunos de sus cuentos, dejé tantito el libro “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas, y el “Enviado especial”, de Pérez Reverte. Dos escritores españoles magníficos. Lamenté el fallecimiento del futbolista y más lamento al portero que se impactó contra él. Pobre hombre. Se metió en un brete que jamás imaginó. Ah, la vida, tiene de todo. ¡Tzatz Comitán!

martes, 3 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON MÚSICA

Querida Mariana: caminaba en mi parque, el parque central de Comitán, mi pueblo. La poeta Mirtha dice que ella no es de Comitán, Comitán es de ella. Caminaba por el lado donde están los boleros y escuché que uno de ellos, amigo, decía: “Voy a estar con la música hasta mi último suspiro”. Lo conozco, a veces lleva una guitarra y la toca, a veces coloca un pequeño reproductor a su lado y escucha música de los 70, tiene un USB con música de época. Uno camina por ahí y es agradable escuchar música decente, porque muchos automovilistas escuchan algo no tan decente, con el volumen a todo lo que da. Llamó mi atención la frase: “voy a estar con la música hasta mi último suspiro”. Él es un enamorado de la música, es lo que los que saben llaman melómano. Escuché lo que dijo, platicaba con un cliente o con un amigo y confesó su afición máxima en la vida. El otro día platiqué un rato con él y me dijo que tiene un grupo musical, él toca el requinto. Lo imaginé como el gran Chamín Correa, que era un virtuoso de la guitarra. No sé si la vida le dé esa oportunidad al amigo bolero, que en su oficio lleva lo musical, porque debe interpretar varios boleros famosos. ¿De dónde llegó el bolero? Me refiero al género musical que así se llama. No lo sé. Pero llegó de alguna parte de América, pienso que no es algo que hayan inventado los mexicanos. Ahora estoy a punto de preguntarle al Internet para que vos y yo tengamos la información completa. Voy. Ya está, el Internet dice que nació en Cuba, chico, cosa más grande, caballero. Por eso, digo yo, en Yucatán hay grandes intérpretes y compositores de boleros, porque viven en el mismo vecindario, con una alberca de mar de por medio. Basta nombrar a Armando Manzanero para apreciar cómo los vecinos aprendieron muy bien la lección; otro genio musical es Sergio Esquivel, a mí me gusta mucho su canción “San Juan de Letrán”, avenida que hoy es un eje en la Ciudad de México y que perdió la riqueza que Sergio narra en su canción. ¿Cumplirá su deseo mi amigo bolero? ¿De verdad llevará la música hasta su último suspiro? Quién sabe. La vida es incierta, no se sabe qué pasará en el porvenir. La experiencia demuestra que hay mucha gente que ama la música y en su último minuto de vida no soporta la música, porque, hay que decirlo, la música es un alimento espiritual maravilloso, es una caricia al corazón, pero hay ratos que se vuelve algo terrible. Tengo varias amigas que padecen la música el fin de semana. Sus residencias están al lado de salones de fiesta. Esto es un problema del municipio, que no tiene bien definido lo que debe ser el uso de suelo. En ciudades urbanas civilizadas se prohíbe que en una zona habitacional existan lugares donde se hacen festejos ruidosos. Hay un instante en que la música se vuelve algo ruidoso, algo detestable. A mí me desagrada que en restaurantes pongan música con un volumen que imposibilita la plática. Cuando uno acude a un concierto va a escuchar música, bien clásica en una sala o rock en un estadio, pero cuando uno va a comer va a convivir, no a sentirse fastidiado con música y con música de estos sagrados tiempos abusivos e indecentes. Cuando alguien está enfermo en casa, el sentido común obliga a apagar los aparatos que reproducen música, el enfermo desea descansar. Así que muchos melómanos, contra todo lo que sería su deseo, se olvidan de escuchar boleros, mambos, reguetones y demás géneros musicales. Ojalá mi amigo bolero tenga la suerte de nunca abandonar la música, de despedirse de ésta cuando llegue su último suspiro. Hay actores que han pedido morir en el escenario y han caído fulminados cuando actuaban en una obra de teatro. A veces la naturaleza cumple deseos. El tío Pancracio pidió morir en su raya y así sucedió, bolo de toda la vida, fanático de las botanas, de la convivencia y de los tragos, levantó el vaso lleno de ron en una fiesta particular, dejó el vaso vacío sobre la mesa, después de empinarse todo el contenido y, sin soltar el vaso, empinó la cabeza y murió. El destino le cumplió su deseo de morirse en la raya. Posdata: a mí me falta amar la música, he destinado más tiempo a otras artes: el dibujo, la pintura, la lectura, la escritura. No puedo concentrarme si pongo música a la hora de escribir. Escribo como si en ello se me fuera, en lugar de la vida, la muerte. Ahora pinto cajitas para una próxima exposición, voy a la oficina los domingos, abro la ventana que da al balcón y le digo a Alexa que ponga música de Alan Parsons Project y así disfruto la pintura, que, ya lo dijo Abel Quezada, es la libertad total. Soltar la mano con el pincel y mezclar colores hasta que encuentro uno que me satisface es un ejercicio de vuelo, como si fuera un pájaro dichoso. Ya le voy encontrando el gusto a la música, pongo Alan Parsons, pongo música del negro fabuloso: Barry White, pongo música de Los Beatles. Ahí la llevo, le voy hallando el gusto. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 2 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON MUERTITOS

Querida Mariana: ¿qué dijo Sabines, el poeta? Dijo: “Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos? No sé qué pensés vos, pero el verso es contundente. A mí me impacta la palabra “salvaje”. El poema termina diciendo: “Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir”. Por supuesto que esto sí es un exceso, pero lo primero lleva a la reflexión. ¿Es una salvajada lo que hacemos? En la India llevan a sus fallecidos a orillas del Ganges y ahí los incineran. He visto algunas fotografías donde están los túmulos de madera y encima los cadáveres ardiendo envueltos en una sábana. No sé qué pensés vos. ¿Cuál es el misterio de la muerte? ¿Qué sucede cuando alguien se despide, sin despedirse bien, de este plano terrenal? ¿Qué ha pasado con los miles y miles y miles, iba a escribir millones, que mueren en las guerras? Los sabios saben que la muerte es parte de la vida. Ya te conté que hasta hace poco supe que todos moriremos, vos, yo, y la Juana, ¡todos! Nunca he revisado la historia de Lázaro, el compa que resucitó gracias a la voluntad de Jesús. No vivió para siempre, digo yo; es decir, tal vez Lázaro fue uno de esos compas que falleció dos veces, que regresó a la vida, como si hubiera estado en esa casa de reposo propuesta por Sabines. Nunca le preguntamos al poeta qué pasaba con los muertos que se levantaban a vivir. ¿En qué momento regresaban a la muerte? Todos vamos para la muerte. El maestro Temo Alcázar dice que no debemos temer a la muerte. Bueno, él dice esto porque es casi sabio, porque le dijeron que era el eterno joven de Comitán, se lo creyó y ahí sigue. ¿Hasta cuándo? Tengo un amigo que dice que la temporada del año que menos le gusta es la del Día de Muertos. Por primera vez mi Paty y yo fuimos a dos panteones, en el que está enterrado mi papá y en donde dejamos las cenizas de mi mamá. Vimos lo que ve todo mundo, gente con muchas flores, limpiando las tumbas, escuchando mariachis, desayunando con la familia, acompañando a los muertitos. A mí tampoco me gusta esta temporada, bueno, yo soy muy antisocial y como he dicho vivo el día a día. El último día del año me acuesto a la misma hora de todos los días y el día primero de enero me levanto a la hora de todos los días. En navidad, mi Paty iba a Tuxtla a pasar la nochebuena con sus hermanas, mi mamá y yo cenábamos a la misma hora (yo lo hago a las cinco y media o seis de la tarde, ¡bárbaro!, ¡incivilizado!, casi ¡salvaje!). Este año, primero Dios, haré lo mismo. El primero de enero me levantaré temprano y haré mi rutina diaria. La temporada del Día de Muertos, diría Sabines, es como una rémora de esa práctica salvaje de enterrar a los muertos. Las lápidas se llenan de juncia, se colocan cruces de pétalos de flor de cempasúchil, a veces se usan como mesa, se colocan manteles y encima la tamaliza y las latas de cerveza. La gente bebe y luego rompe en llanto por la difunta. Uno entiende el sentimiento, pero no es algo agradable, bueno, ni siquiera es higiénico, ¿a quién se le ocurre desayunar en un lugar lleno de cadáveres? Tengo amigos que no comen tzisim porque, dicen, muchas de esas hormigas salen de nidos de tierras panteoneras. Andá a saber. Por primera vez mi Paty hizo un altar en casa. Vi su entusiasmo, tejió algunos amigurumis con forma de calaveras y de calabazas, compró papel picado, pidió que nuestra amiga Natalia le hiciera unas fotos enmarcadas, botó tres hileras de libros y lo diseñó amorosamente. ¿Qué iba a decir? Nada, felicitarla, agradecerle. Igual que vos, igual que todo el mundo, nosotros recordamos a todas horas, todos los días, a nuestros afectos cercanos fallecidos. Siempre se dice que están más presentes que cuando estaban presentes. La mente llena el vacío con el recuerdo. Nada tengo qué sufrir. Mi papá falleció como lo pidió: “de un chingadazo”, y mi mamacita (quien pronto cumplirá el año de su muerte) se fue yendo de poco a poquito, sin sufrimiento físico alguno. Un día me dijo que le dolía mucho su pierna, le llevé el frasco de un menjurje que le preparó Tere y al rato ya rezaba en voz baja, tranquila. No sé si es una estupidez de mi parte, pero doy gracias a Dios porque mi papá y mi mamá abandonaron este plano físico sin tragedia. Uno nunca está satisfecho con la despedida, uno quisiera que no se diera, pero la vida así es, todos vamos a morir, es satisfactorio, por decir algo, saber que los cercanos se van sin crueles padecimientos. Posdata: fuimos temprano a los dos panteones. Mi Paty compró dos macetitas de plástico con flores de cempasúchil. Le dije que, cuando menos, en el panteón comiteco nada tardaría ese detalle, diría la Paquita del Barrio, hay mucha rata de dos patas, pero mi Paty dijo que nada importaba y supe que tenía razón cuando colocó la maceta sobre la lápida donde reposan los restos de mi papacito, quien falleció en 1990. Uf, hace treinta y seis años. Cada día está a mi lado. Él y mi mamacita no son angelitos que me cuidan desde el cielo, ¡no!, sus sustancias divinas están cerca de mí, acá, casi tomándome de la mano, porque saben que sigo siendo su pichito. ¿Hasta cuándo viviré? Sepa la bola, pero cada día no es más que un lapso para honrar la memoria de ambos, de agradecer lo que agradece medio mundo: que me haya tocado un par de seres humanos excepcionales, increíbles. En el altar de mi Paty puso la fotografía de la tía Elena (hermana de mi suegra) quien tenía como sobrina consentida a mi Paty; a mi papá y a mi mamá; a mis suegros (Don Roberto y Doña Amelia); a Mary (amiga recién fallecida); a la maestra Dely (muy amiga de mi Paty y de mi mamá, ella fue mi maestra de kínder, me llevaba de la casa del centro a la escuela que estaba cerca del templo de San José); al maestro Sergio y al maestro Roberto, compañeros del colegio; a las dos últimas perritas, la Tashita y la Pigo; y al Misho, gato que trajimos de Puebla. Mi Paty hizo un bonito tachilgüil de afectos. Gracias a Dios. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 1 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON LOS AÑOS SETENTA Y OCHENTA EN COMITÁN

Querida Mariana: ¡mirá mi cara! Mirala bien. Sí, estoy feliz. ¿Ya viste la foto que anexo? Te cuento. Estaba en la oficina. Tenemos mucho trabajo. Preparamos la revista de Arenilla que llevaremos a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2026. Estamos emocionados. Seremos embajadores de Comitán y de la región. Entregaremos ejemplares a muchas personas que visitan el pabellón. Estuvimos el año pasado. En 2025 llegó casi un millón de visitantes. En el equipo editorial de Arenilla vaticinamos que ahora llegará más del millón. ¿Mirás qué digo? Más de un millón de personas convocadas por el libro impreso. Ah, la gran feria de la inteligencia y de la imaginación. La feria del libro más importante de toda Hispanoamérica. ¡Nadita! Redactaba un texto en la computadora cuando recordé que mi bolígrafo se había quedado sin tinta (ay, señor, qué tipo de asociaciones mentales). Los expertos recomiendan no estar mucho tiempo sentado. Si la actividad profesional exige estar apachurrado en un asiento es preciso darse un ligero descanso, pararse, que la mirada deje la pantalla. Así que decidí caminar dos cuadras para comprar una pluma BIC, la que no sabe fallar. Subí la pendiente, di vuelta a la derecha, pasé frente a las oficinas donde pagamos el impuesto predial (casa de la familia de Don Pepe Castellanos), luego crucé la calle y llegué a la papelería. Un bolígrafo, tinta azul, punto fino, por favor. Siete pesos. Pagué con monedas. Salí. Crucé la calle y caminé por la banqueta donde está la peluquería, los hoteles de Don Arturito, donde es un entradero y salidero de muchachas y llegué al edificio del Hotel La Alborada, que cuenta con un Italian Coffee y… ¡no, no! No puede ser, pensé. Al término de una pequeña escalinata que da a un salón en el sótano escuché música, como si, ¡exacto!, como si fueran los años setenta. Vos sos muy joven, pero gente de mi rodada y un poco más joven recuerda que en el entonces Hotel Robert’s, de la familia Cordero, había en ese mismo espacio la Disco Tzisquirrín. Ahora, en la mañana del 31 de octubre de 2026, al bajar la escalinata encontré el letrero que dice: Tzisquirrín. Ver el letrero me envió, de inmediato, más rápido que en Infinitum, a los años juveniles, cuando con amigos y amigas entrábamos a bailar la música de los Bee Gees, la que aparecía en la película de Travolta: “Fiebre de sábado por la noche”; la música de la reina Gloria Gaynor. Todos los estudiantes que regresábamos al pueblo en época de vacaciones íbamos a la Tzisquirrín, a echar traguito y a bailar, con los pantalones acampanados, con los zapatos de plataforma, con el cabello largo, con colgajos en el pecho, con camisas sicodélicas. La onda setentera estaba instalada en la disco de ese maravilloso hotel. No pude evitar la tentación, husmeé, como un delincuente y vi, ¡genial!, ¡increíble!, la pista iluminada, como se estilaba en aquellos lejanos años del siglo XX. Todo a media luz, con luz estroboscópica. ¡Dios mío! Regresé a mis tiempos juveniles, con apenas hacer labor de fisgón. Al fondo estaba el propietario del hotel, el Rector de la UDS, Maestro Víctor Manuel Albores Alcázar. Me vio y muy afectuoso caminó para saludarme, me dijo que era festejo de cumpleaños, le di un abrazo con cariño y le deseé muchos años más, con salud y prosperidad. Él no bebe trago, ni fuma, se mantiene muy sano. Lo felicité, extendí mi sonrisa de colibrí alebrestado y le dije que ese espacio era un maravilloso pasaje al pasado, me dijo que sí, en efecto, era abono en el árbol de la nostalgia. No funcionará como discoteca, ¡no!, será un salón de fiestas, para que todas las personas que disfrutaron en ese espacio puedan rememorar tiempos idos y las nuevas generaciones se acerquen a lo que fue un verdadero paraíso musical. Ya te conté que el otro día pasé a visitar SOUL, en el barrio de Guadalupe, ellos cuentan con una sala de spinning donde todo es como una disco. Los chicos y chicas hacen ejercicio, a media luz, escuchando música juvenil. Es algo maravilloso, como maravilloso será rentar el espacio de la Tzisquirrín y gozar el ambiente donde Gloria Gaynor fue la reina indiscutible, sacar los pasos prohibidos y sentirse como John Travolta, sentir que la vida también puede, por un momento, hacer una pausa en la veloz carrera del tiempo. Posdata: me despedí del Maestro Víctor Manuel, saludé a su hijo, siempre amable, muy formal. Felicité a ambos. Subí la breve escalinata y el sol maravilloso del pueblo maravilloso de Comitán acarició mi cara emocionada. Caminé, casi casi escuchando la música de los Bee Gees, casi casi bailando. Ah, fue un tiempo exquisito. En Nueva York los artistas más renombrados bailaban en el Studio 54; los artistas de acá disfrutábamos el baile en la Disco Tzisquirrín. Fue el Hotel Robert’s, ahora es el Hotel La Alborada. Los grandes empresarios locales hacen posible los sueños de tantos. Volví a la oficina, para continuar con la chamba. En mi cabeza sonaba la canción de la Gaynor: “…I will survive…” ¡Tzatz Comitán!

sábado, 31 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, CON HOMBRES CONVERSADORES Y SABIOS

Querida Mariana: Balam Rodrigo es un gran poeta. Uno de sus libros: “Marabunta” está dedicado em primer término a su papá: “conversador y soñador incansable.” Me fascina ver cómo definió la personalidad de su papá, logró con dos características mostrar mucho del carácter de su papá. Desde la distancia y cercanía del libro podemos conocer algo de Don Víctor Manuel Pérez García; asimismo, con esos rasgos, también nos acercamos al carácter del poeta, que es inmensa rama de esa majestuosa ceiba. Me platicaste, querida mía, que tu abuela, más que tu abuelo, era una gran conversadora, le encantaba el güirigüiri. Mientras ella bordaba, vos acercabas tu sillita pequeña, la de color azul, de madera, para estar cerca, para escuchar las mil historias que te contaba, las historias familiares, las de sus amigas y muchas historias que había pepenado de los muchos libros que había leído, así como de las mil películas que había visto, porque, me decís, ella tenía una gran memoria. No en todas las familias hay personas así, memoriosas, que practican el galano arte de la conversación, hay gente que prefiere el mutismo, gente que cuando hace algún trabajo prefiere escuchar música o hacer sus cosas en silencio. La conversación puede llegar a ser un arte, porque no todo mundo lo domina, hay gente que nace con el don de platicar muy galán, que le gusta acompañarse por gente a su alrededor y cuenta las historias con una gran alegría y si hay que agregar algún tinte de dramatismo, porque la historia así lo exige, lo hace con gran histrionismo. Siempre que estoy frente a una persona conversadora, recuerdo al gran escritor Gabriel García Márquez, quien aseguraba que su abuela, igual que la tuya, fue una gran conversadora, su mente estaba llena de historias y ella las contaba con una gracia, gracia que heredó Gabo, uno de los grandes contadores de historias literarias del mundo de habla española. Digo que no hay tantas, pero sí hay personas conversadoras que son como lluvia para el crecimiento del árbol social, que alimentan el espíritu. El papá de Balam, dice él, no sólo era un gran conversador, también era un soñador incansable. Sin duda que esa combinación lo hizo único, célebre e inolvidable. Los soñadores incansables, también no son mayoría, son una minoría privilegiada, son los seres humanos que transforman, los que hacen que el mundo pepene el vuelo de la imaginación. En el libro “Marabunta”, dice Aída Toledo que el autor “de manera autobiográfica e intensamente humana reflexiona sobre los límites de la deshumanización”. En tiempos de IA, donde el ser humano tiene más contacto con la pantalla que con un semejante, la reflexión del poeta Balam Rodrigo es de especial interés. He tenido la oportunidad de estar en varias ocasiones con Balam, en su plática ha deslizado algunas anécdotas que vivió con su papá. A la hora que él lo cuenta, todo mundo se da cuenta que él también es un gran conversador y, de igual manera, es un soñador incansable. Balam heredó los dones que poseyó su papá. Esto le hace bien a la humanidad, porque sus amigos, los cercanos, su amplio público lector goza del producto de esos dones. Balam ha obtenido muchos premios nacionales e internacionales de poesía, dichos reconocimientos demuestran la valía de su trabajo literario. Balam es uno de los grandes poetas de lengua española, su sensibilidad abona a que el mundo sea menos deshumanizado, es un gran ser humano, es un digno hijo de Don Víctor Manuel Pérez García. Posdata: vos también sos abusada a la hora de contar historias, por eso siempre apuesto a que serás una gran cineasta. ¿Yo? Soy escaso para contar historias en medio de un grupo de amigos, no tengo la habilidad necesaria, mi recurso para comunicarme con el mundo es a través de la palabra escrita, porque acá no veo las reacciones de la audiencia. Cuando hablo, basta una cara torcida para que mi mente se ponga en blanco y la historia se quede trunca. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 30 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL PORTAL

Querida Mariana: “nos quedaron dos portales de los tres que yo tenía”, dice Comitán. Un día derruyeron la llamada Manzana de La Discordia y ahí se perdió un portal que ya estaba todo carcomido por la llamada modernidad. El parque se amplió y sólo quedaron dos portales. En los tres portales hubo, sobre todo, muchos comercios, pero también hubo familias que las habitaron, hubo el fenómeno maravilloso de que eran locales híbridos, en el frente eran locales comerciales y en la parte posterior eran espacios habitacionales, un dos por uno sensacional. En los tres portales originales se dio tal simbiosis. Ahora se habla mucho de gentrificación, que es el fenómeno donde los centros habitacionales, que tienen porvenir como negocio, comienzan a desaparecer. Dicen los enterados que mucho de eso se da en San Cristóbal de Las Casas, ciudad maravillosa donde nació mi papá, pero que ahora es como una pequeña Disneylandia, donde todo es como una escenografía para que el visitante camine por los andadores y vea vidrieras para adquirir chunches supuestamente artesanales. Pues un día, no sabemos cómo se dio la gentrificación en el centro de Comitán, la gente que tenía locales y vivía en el mismo espacio se desplazó, todo comenzó a convertirse en locales comerciales. ¿Has dado una vueltita por el llamado Andador de San José, el portal oriente? La mayoría, si no la totalidad, está “hecho” de restaurantes y cafés, que ponen sus mesas sobre el pasillo del portal, con lo que interrumpen el paso libre de los peatones. No es agradable caminar por ahí, tenés que esquivar a decenas de chicos y chicas que, con una comanda agarrada como si fuera el más valioso material, te ofrecen desayunos, comidas, cenas. Ofrecen y si decís que no, muy amables te desean un buen día, que te vaya bien. Pues ahí andás agradeciendo y diciendo: igual, que les vaya bien. ¿Y las habitaciones, ‘apá? Nada, ahora todo es local comercial. Algunos locales conservan su vocación original, recordá que ahí estuvo el restaurante de Malena Jiménez y los taquitos, panes compuestos y huesos de Tío Jul. Pero ya no existe la Casa Aguirre, que era uno de los locales más antiguos, donde vendían hilos, estambres y ropa. En uno de los locales comerciales, en los años setenta, los compas pasábamos a comprar jocotío verde aderezado con polvojuan, en el interior del local vivían los familiares de mi primo Gil González. Digo esto, porque hace poco falleció Doña Reina Luz Guillén Alfonzo, mamá de mi querido amigo Jorge Domínguez, quien era una de las últimas habitantes del portal donde ahora está la Farmacia del Ahorro, su vivienda estaba casi al lado de un billar, entraba por una pequeña puerta, ella permitía que en la entrada del zaguán mínimo, pusieran un puesto, pero en el interior estaba su hogar. Falleció y al otro día, es una exageración, comenzaron a hacer modificaciones para que en un futuro muy próximo se convierta en un local comercial. Se fue una de las mujeres que habitaban el portal y le seguían dando guerra a la gentrificación. Ahora, en ese portal sólo queda el llamado “palomar”, que es un edificio de tres plantas, que rompe con la armonía del portal, pero que ahí sigue, la propiedad es de la familia Solís. Me cuentan que el licenciado César Solís viene de vez en vez y “visita" su local, pero ya no lo habita en forma diaria. Es como un departamento Airbnb con características especiales, “el patio de mi casa es particular”. Se fue Doña Reina Luz, mujer espigada del siglo XX, su salud comenzó a deteriorarse y seguía viviendo en su casa original, no dejaba su hogar, hasta que llegó la muerte y la arrebató de su espacio. El portal es ahora, casi casi totalmente comercial, ahí prolifera, sobre todo, la venta de ropa para dama y hay un espacio con maquinitas donde llegan a jugar los niños y niñas. Sobrevive un billar en una parte superior, que es un espacio como si perteneciera al pasado. Posdata: el proceso de gentrificación también se ha apoderado del centro de Comitán. Ya pocas familias viven en el centro. En los años sesenta, mi amigo Jorge creció en su casa del portal, le bastaba caminar media cuadra para llegar al parque central; mi amiga Malena brincaba la calle y ya estaba en el parque. Tal vez ellos tienen más derecho a decir que el parque es suyo, pero ¡no!, yo les gané, porque vivía en una gran casa a media cuadra y lo hice mío: “la piazza e mía” y no lo pongo a discusión. Nos quedamos sin hogares en los portales. Ay, llorona, llorona, tapate con tu rebozo. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 29 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA VISITA

Querida Mariana: fui a la Librería Diodati. La librería está casi enfrente de la papelería El Conejo. El espacio es muy agradable, en el patio hay mesas con sombrillas para tomarse un café. Le pregunté a Marianita si tenía algo del famoso escritor que estuvo en Comitán, David Toscana. Fijate que cuando conocí el apellido del escritor, de inmediato pensé en la región de Italia: La Toscana, cuya capital es Florencia, nada más y nada menos. Oh, Florencia, la ciudad donde el arte no sólo está en museos sino también en las calles, con la maravillosa cúpula de Brunelleschi. Marianita platicaba con el maestro Jorge Meza, uno de los grandes lectores del pueblo, a quien casi siempre le hago caso cuando me da alguna recomendación. Marianita dijo que nada tenía de Toscana. Ya iba a despedirme cuando Jorge dijo que me recomendaba un libro de crónicas de Jordi Soler. Recordé que Jordi Soler estuvo en Tuxtla, en la Feria Internacional del Libro de la UNACH 2026. A Comitán sólo llegó Toscana, Soler nos quedó a deber la visita. Toscana estuvo en la tierra de Rosario Castellanos, nuestra pichita amada. Tu tocaya me trajo el libro de Soler, lo hojeé. Jorge dijo que me gustarían las tres crónicas iniciales, porque hablan del movimiento zapatista. Como cuando vas al supermercado, entrás a comprar jitomates y también salís con una bolsa de Sabritas. Así que metí la mano al bolsillo para sacar paguita, pero Jorge siguió con otra sugerencia: leé las crónicas de Pérez Reverte. Marianita trajo el libro de crónicas de guerra del escritor español y me lo dio. Tomé el pequeño ladrillo y ya no lo pude regresar. Pucha, completé el total y salí con dos libros. A Marianita le dije que Samy, en su librería Lalilu (que ya cerró), me hacía sugerencias. Una vez le dije que no todas eran buenas sugerencias, pero a quien sí le hacía caso era a Jorge, excelente lector. Así que esa tarde salí con dos libros que no había entrado a buscar, pero que llevan la garantía de la opinión de Jorge Meza. Anoche le di vuelta a las tres crónicas iniciales del libro “Las armas de la ilusión", de Jordi. Pues sí, simpáticas, decidoras. En una, Jordi concluye que una generación de mexicanos fue marcada por el 68 y otra fue marcada por el Chavo del 8. ¡Dios mío! La televisión comercial nos dio una visión distorsionada del país. Coincidí con Jordi, cuando dice que el profesor Jirafales fue un ejemplo nefasto, el pinche maestro siempre fumaba adentro del salón, se enfurecía (¡ta ta ta tata!) y era el hazmerreír del alumnado. El salón de clases extravió su vocación de templo del saber, por eso ahora, los niños que crecieron viendo el programa del Chavo, están desubicados con respecto al valor del respeto. Dije que Jorge Meza es un gran lector, un lector sabio, reconoce de inmediato la marca de la sensibilidad y del talento. Sí, hay miles y miles de libros, pero pocos son los elegidos, los escritos por mentes brillantes. Él tiene una gran experiencia. No quise quedarme sin armas, así que le recomendé al autor que llegué a buscar en la librería: David Toscana, le sugerí a Jorge la novela que ganó la Bienal Mario Vargas Llosa: “El peso de vivir en la tierra”, novela sensacional. Ya te dije, y le dije a Toscana cuando platiqué con él, que es un maravilloso logro literario, las voces de grandes autores rusos están presentes en la novela, al lado de la voz del narrador. Ahí conviven dos culturas, la rusa y la mexicana, por obra y gracia del genio literario del regiomontano David Toscana. Posdata: como te conté hace días, cuando hablamos largo y tendido por teléfono, tengo ahora una pila de libros pendientes de lectura. No me agobia, siempre ha sido así. La capacidad de adquisición, gracias a Dios, supera a la capacidad de lectura. La vida no alcanza para leer todo lo que deberíamos, por eso, los sabios recomiendan ser selectivos, no desperdiciar el tiempo en obras menores, yo le hago caso al maestro Jorge Meza y comenzaré a hacerle caso a Toscana: leer y releer a los clásicos rusos, a Pasternak, a Dostoievski, a Gogol, a Solzhenitsyn, a Tolstoi. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 28 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN SEPARADOR QUE UNE

Querida Mariana: el que viaja no se va del todo. En la maleta va, entre las camisas dobladas, la historia del viajero. Iván estuvo recientemente en Italia, tierra de mis ancestros paternos. Paseó sabroso. Visitó El Vaticano, entre muchos otros sitios simbólicos. Cuando regresó me dijo que tenía algo especial para mí. El 27 de octubre 2026 nos invitó a su noticiario. A las nueve con quince estuvimos Dora Patricia Espinosa y yo en la cabina de NOTI-VOS. Generoso, como siempre ha sido, nos permitió hablar del festejo de nueve años de nuestra revista impresa Arenilla, de los libros que Dora Patricia y yo presentamos en la FIL de la UNACH y de nuestra próxima participación el 4 de diciembre, a las cuatro de la tarde, en la FIL de Guadalajara 2026. Dije que Iván, el maestro de la comunicación, estuvo en muchos lugares italianos. Como desde siempre ha sido un gran lector, visitó una de las librerías más famosas del mundo: la Librería Acqua Alta, que está en Venecia. Digo esto, porque al término de la plática por radio, buscó un libro que compró allá, una versión italiana de un libro que le gusta mucho: “El péndulo de Foucault”, del gran Umberto Eco, lo abrió, sacó un separador y me lo obsequió. Dijo que era un presente especial, así lo entendí, así lo agradecí, un separador de una de las librerías más famosas del mundo. Con pasión detalló la novedad de dicha librería, que, dijo, es pequeña, pero está en un lugar que, es inevitable, se inunda de vez en vez. Si ves con atención los dibujitos que acompañan al separador te darás cuenta que hay dos gatitos bonitos que tienen la parte inferior de animales marinos, así, la magia del espacio los convierte en gato caballito de mar y gato sireno. El separador dice: “Bienvenido a la más hermosa librería en el mundo”. Bueno, faltaba más, los italianos así la venden, decimos que hay otras librerías que también son singulares, hermosas, en otras ciudades. No sé cuántas ha tenido oportunidad Iván de conocer, pero ya estuvo en esta bella librería que, ya lo dije, como está en la gran Venecia corre el riesgo de inundaciones, así que, en lugar de tener libros en muebles tradicionales, los libros están colocados en góndolas reales, canoas y bañeras. Si la marea sube e inunda el espacio las barcas se levantan junto con el agua y con ellas también los libros se mueven, como si fueran la metáfora perfecta de la idea del libro, de la idea de la lectura: el viaje. En cuanto llegamos a la oficina busqué imágenes de la librería y encontré parte de lo que Iván, emocionado, contó. El viajero, gracias a la memoria, rescata imágenes del viaje reciente y las potencializa. Al compartir la emoción lleva a viajar un poco a quienes escuchan, a quienes, desde un tiempo presente y en otro espacio puede tocar tantito de esa agua, de esas góndolas, de esos libros, de esos pisos y paredes húmedas. Iván estuvo en Italia, en Venecia, se trepó a una góndola, pasó debajo del Puente de Los Suspiros, disfrutó el recorrido por los canales, caminó por la Plaza de San Marcos, comió una pizza con un buen vino, y entró a la Librería Acqua Alta “e piú de mileniun ga dito che sta librería la piú bela del mondo in veritá la sia”. Ya en nuestro país, abrió la maleta y halló algunos tesoros que adquirió allá. El martes 27 de octubre me obsequió el separador que acá te muestro. Bello, ¿no? Posdata: los gatitos de la ilustración no son gratuitos. En la página de Internet hallé que muchos gatos andan por la librería. El gato volador no tendría mayor problema a la hora que subiera el agua, pero sus primos sí deben trepar a las torres de libros para no mojarse. Se sabe que los gatos, aunque sean venecianos, odian el agua. ¡Tzatz Comitán!

martes, 27 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, DESDE RESTAURANTE SAN NICOLÁS

Querida Mariana: me encantan los restaurantes donde fluye el aire, donde los nísperos están al alcance de la mano. Esta carta la escribo desde el Restaurante San Nicolás, que está (vos lo sabés) a una cuadra de la Unidad Deportiva Víctor Manuel Aranda León. Es el restaurante del hotel. Ya te conté que el hotel es un lugar prodigioso, cuenta con diez cielos. ¿Me equivoqué? ¡No! Digo que son diez cielos, porque cada habitación tiene el nombre de cielo, en diversos idiomas del mundo. Es tan agradable escuchar que el visitante, en lugar de decir un nombre frío de habitación, dice que estuvo hospedado en Tian; es decir, en el cielo chino. Muchos huéspedes dan una vueltita por el exterior de las habitaciones, para identificar cómo se dice cielo en inglés. ¿Vos sabés cómo se dice cielo en escocés? ¿No? Se dice lift. Mirá qué espléndido juego de palabras, porque lift es elevar en inglés, algo de parentesco deben tener, porque ambas palabras aluden al ascenso. No hay cielo subterráneo, a menos que hablemos del Metro. Todos los cielos están colocados en la parte superior, por eso, quienes descansan en una de las diez habitaciones del Hotel San Nicolás, descansan en un ambiente de nubes, a la vera de Hipnos, el Dios griego del buen dormir. Estuve más de una hora, disfrutando del espacio del restaurante y del jardín, donde hay un talud con piedra bola que, presumo, fueron traídas del fondo del río de rancho familiar, en cuyos vados pasaban las carretas jaladas por bueyes, al amparo de las sombras de árboles, padres de la naturaleza que hacen reverencia al agua. La veranda del restaurante es un espacio genial, al fondo escucho las risas de un grupo que desayuna en el otro espacio, el que está al lado de la 4a. avenida poniente sur; escucho música de fondo que viene de un vídeo en la pantalla (... y hay amor desesperado…), el mesero me dice que es una canción de Carlos Rivera. En la entrada del salón principal hay un poema de Rosario Castellanos y en el muro de enfrente un vinil espléndido que juega con piezas de un rompecabezas, donde se lee “Lovely. Comitán de mis amores”, con un collage de imágenes comitecas, donde sobresale, faltaba más, la imagen de nuestro Santo consentido: Tata Lampo. Todo de muy buen gusto, especialmente diseñado para el disfrute de los comensales, para una experiencia gastronómica que alegre el estómago y el espíritu. Posdata: me encanta estar en espacios maravillosos, donde la vida fluye con la placidez de la esencia cositía, con el sabor que se disfruta, que es como un abrazo cálido. ¡Tzatz Comitán!