lunes, 5 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON MONAGUILLOS Y MONAGUILLAS

Querida Mariana: le robé esta foto al padre Manuelito, el sacerdote del templo de Santo Domingo. El padre Manuelito es como de película, un padre bien movido, que está en su chamba. Su presencia en Comitán ha logrado imbuir de buen ánimo a la grey católica. Me encanta usar la palabra “grey”, porque es un término que casi casi sólo se emplea en cuestiones religiosas. Grey se refiere a rebaño, como rebaño es visto el grupo de personas que se acercan a la iglesia. En política también hay rebaños, pero jamás emplearían la palabra grey, los críticos usan la palabra manada. Acá, entonces, se ve una parte de esa grey, una parte que es como el kínder de la iglesia, porque los monaguillos y monaguillas son un primer eslabón. No es remoto que uno de estos compas llegue a ser en el futuro un sacerdote, como el padre Manuelito, quien es comiteco y sirve a la “grey” católica de su pueblo natal. Es una foto reciente, del año 2025 (o ¿ya fue del 2026?), no sé con precisión, pero es una fotografía de estos tiempos. Hay un dicho que dice: “no puede ocultar la cruz de su parroquia”, se emplea para decir que algo es muy obvio. Acá, estos chicos y chicas no pueden ocultar la cruz de su parroquia. Cuando vi la fotografía recordé que en mis tiempos de infancia (hablo de los años sesenta) también fui monaguillo, de este templo. Muchos amigos también lo fueron. La verdad es que yo no me acerqué, un día mi papá, que era católico, me llevó, me puso el traje de monaguillo (que no era negro y blanco, sino rojo con blanco) y ayudé al sacerdote a detener un platillo dorado que coloqué debajo de la barbilla de las personas que pasaban a comulgar, para que si caía la hostia no cayera al suelo. ¡Hostia!, diría un español. Fui parte de la grey católica, fui monaguillo. Fue una buena experiencia. Ya te conté que en algunas tardes trepaba al campanario para llamar a misa de seis. Ahora, camino por el parque, veo la torre y no creo que haya estado trepado en una escalera altísima, que se palanqueaba en el aire cada vez que subía un escalón, era como un puente colgante, pero en vertical, el vértigo completo. Tal vez Santo Domingo me infundía valor para trepar. No, la verdad es que era el grupo de acólitos que me impelía a subir y yo subía para que no me dijeran cobarde, para que no se burlaran de mí. El sudor de mis manos humedecía mi espíritu. En mis tiempos de monaguillo no había niñas. Ahora sí hay niñas. Qué bueno. Dije que nadie sabe si algún compa de los que acá están llegará a ser sacerdote en el futuro. Dije niño. No sé por dónde caminará la iglesia en los próximos años. ¿Qué tal que una niña de estas llega a ser la dirigente de la iglesia como ahora lo es el padre Manuelito? Si a los curas varones les decimos padre ¿le diremos madre a las curas femeninas? Puede ser que las monjas suban de rango, porque hasta ahora no han pasado de ser lo que son: parte de la grey, pero sin poder oficiar. Ah, sería un trancazo que un papa decidiera la paridad de género. ¿Imaginás a una mujer siendo papisa? Por ahí circula la leyenda de la papisa Juana. Andá a saber si es cierto. Detrás de este retablo existe un espacio donde estaban colocados los trajes de los monaguillos, en los años sesenta. Muchos niños formamos parte de ese grupo que tenía su encanto, porque vos sabés que la iglesia católica tiene una serie de protocolos muy interesantes. Recuerdo que en una ocasión me dieron un chunche maravilloso que llevaba en la parte inferior una canastilla donde iba el incienso, yo tomé el objeto de la parte superior y lo fui moviendo para que el humo blanco (¡habemus papa!) limpiara el aire con ese aroma que remite a la juncia, a los festones, a los cristos en templos silenciosos. Posdata: muchos de los monaguillos de ese tiempo íbamos por el argüende, no muy convencidos de la misión divina. Pienso que, incluso, muchos compas que ahora son agnósticos fueron acólitos en sus tiempos niños, porque la mayoría de la sociedad comiteca era católica y había una transmisión de fe de padres a hijos. Los niños son limpios de espíritu, no se cuestionan ideas filosóficas que corresponde a la edad adulta, cuando ya los muchachos creen más en el Che Guevara que en los ángeles. La foto es bellísima. Es testimonio de fe. Las bancas que están amontonadas en la parte derecha es testimonio también de este tiempo, cuando el techo del templo está siendo reparado. Las pinturas del retablo fueron retiradas para que no se mancharan. Ojalá vuelvan. Son obras del gran artista comiteco Javier Mandujano Solórzano, el famoso maestro Güero. ¡Tzatz Comitán!