lunes, 2 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON ALBERCAS

Querida Mariana: nunca aprendí a nadar. No soy amigo del agua. Me baño todos los días, porque sé que no moriré ahogado. Procuro tener cuidado para no resbalar. De niño fui en muchas ocasiones a casa de mis tíos Juanita y Guillermo Bermúdez, en la mera esquina de la Calle del Resbalón. En esa casa prodigiosa había un par de albercas. Muchas personas llegaban a nadar ahí. Un poco más arriba, a mitad de la calle, había otro par de albercas. ¿Por qué tanta alberca en esa zona? Porque ahí estaba el manantial de La Pila, el que sigue alimentando los chorros. Las albercas de mis tíos fueron conocidas como Las albercas de Los Bermúdez, y las de la mitad de calle: Las Albercas de Los Morales. Una mañana de éstas pasé por la casa de mis tíos, ya difuntos, hallé a un hombre (Juan Ramón) sacando una serie de palitos que trepaba a un diablito cargador. Lo saludé. ¿Todavía existen las albercas?, fue mi pregunta. Su respuesta fue generosa, porque no sólo me enteré que ya no existen las albercas de Los Bermúdez, sino que él tiene 39 años que dejó de beber trago. Él, de chiquitío, fue bolero, cobraba diez centavos por boleada. Laboraba en el parque de La Pila y en el parque central. Con eso ayudaba a los gastos de casa, porque su papá los abandonó. Su mamá, gracias a Dios, aún vive, tiene más de ochenta años. Juan Ramón guardaba veinte centavos para entrar a nadar a las albercas. Desnuditos, dijo, así se bañaban, éramos niños sin malicia. Juan Ramón dijo: el dinero lo dábamos a dos mujeres que estaban en el corredor (pensé en mi tía Juanita y en mi tía Alicita o en mi madrina Elenita). Dijo que las albercas de Los Morales tenían trampolines de madera, juntó las manos e hizo el movimiento de aventarse de clavado. Más o menos a la edad de diecisiete años comenzó a beber trago. Su mamá, con lágrimas, le pedía que dejara de beber, pero Juan Ramón, molesto, envalentonado, tonto, le dijo: “¡déjame vivir!” y se fue de casa, viajó, trabajó como albañil en muchos lugares, dice que llegó hasta México. Las cantinas eran sus lugares consentidos. De niño se bañaban en las albercas de mis tíos; ya de grande se bañaba con trago. Un día regresó a Comitán y dice que encontró una su chaparrita, dejó de beber, comenzó a irle bien económicamente, su suegro lo llevó a ver un terreno y le dijo: es tuyo, construí acá tu casa. Juan Ramón y su chaparrita compraron varillas, cemento y ladrillos y Juan Ramón comenzó con la construcción, cuando ya estaba a punto de acabar dijo que cuando estuviera listo el colado invitarían a amigos y familiares para hacer una comida de festejo, su chaparrita dijo: si va a ser pretexto para que volvás a beber, mejor que quede sin acabar la casa. Juan Ramón, molesto, hizo su gusto y volvió a meterle al trago, hasta que un día encontró un amigo que lo invitó a ir a un grupo que estaba por las Siete Esquinas, ahí, alguien dijo: las puertas del grupo están abiertas, así como las de la cantina, vos decidís en dónde entrar y Juan Ramón dejó de beber trago. Ya cumplió treinta y nueve años de no beber, dijo que con su chaparrita tuvieron diez hijos y, con gran orgullo, me dijo: cinco son profesionistas. Posdata: sólo le pregunté si existían las albercas de Los Bermúdez y él se sintió cómodo conmigo y compartió parte de su vida, vida intensa, aleccionadora, dramática, alegre. Siempre he pensado que cada persona tiene un testimonio de vida que incluye la síntesis de la existencia. Actualmente somos más de ocho mil millones de personas en el mundo. El testimonio de Juan Ramón es una de esos millones de biografías. En estas biografías, como dicen de los tamales, hay de chile, de dulce y de manteca. Hay vidas que caminan más o menos derecho, hay otras que caminan en orillas peligrosas, muy cerca del vacío. Hay de todo en la Viña del Señor. ¡Tzatz Comitán!