sábado, 2 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO PARA LACO

Querida Mariana: el otro día apareció una foto de hace tiempo. Fui invitado por los amigos de la “Rial” Academia de La Lengua Frailescana para recibir el Sombrero de la Ocurrencia. Enormísimo honor. Yo, que soy muy escaso para salir del pueblo, viajé con gusto a Villaflores y me presenté en el auditorio del complejo cultural de aquella ciudad. Ese día también fue homenajeado el intelectual Javier Espinosa Mandujano. La audiencia llenó el auditorio y fue un acto muy emotivo. Te comparto la fotografía del recuerdo, que se llevó al final del acto protocolario, un protocolo al estilo de los de la “Rial”, inteligente, sabrosón, pleno de humor. Todos los de la “Rial” tienen playera oscura, salvo el compa de la derecha, que viste una llamativa camisa color rosa. Los que vestimos con camisa clara somos Laco Zepeda, Javier Espinosa y yo (que en la foto estoy muy orgulloso trepado sobre una silla, casi casi como guardaespaldas de Laco, el gran cuentero y cuentista. Soy el último de la fila). Hay varios que portan el sombrero, lo que indica que en algún momento de la historia recibieron el mismo homenaje que le correspondió a Javier Espinosa y a mí. Fue un momento muy emotivo. Javier, como siempre, se aventó un discurso conceptual, muy extenso, porque a él le gusta hacer uso del micrófono, cuando a mí me pasaron el micrófono dije: “tengo la costumbre de callar cuando habla la inteligencia, así que ahora agradezco el honor concedido, pero hago silencio” y entregué el micrófono. Vi la fotografía y recordé a Laco, con quien estuve cerca en pocas ocasiones. La primera vez fue en San Cristóbal, estaba con Marco Antonio Puig, Paco Flores y Manolo Nucamendi. Esa tarde viajábamos especialmente para un acto cultural en el Centro Cultural del Carmen, cuando tuvimos oportunidad; es decir, cuando la gente abandonó tantito a Laco nos acercamos a él, le dijimos que éramos de Comitán y él de inmediato, con su característico humor, dijo que tenía parientes en el pueblo, que él también era “jolote”, que es el apodo que tienen en el pueblo los de apellido Zepeda. Me quedé con la pregunta de por qué les dicen así a los Zepeda, porque alguien jaló a Laco y ya nos quedamos a pie sin el tren donde nos habíamos trepado. La segunda ocasión fue en Xalapa, Veracruz, llegó a dar una conferencia y yo estaba ahí, en casa de mi tía Eloína. Cuando me enteré de su presencia corrí a verlo. Ese día no lo saludé, porque fue acaparado por sus múltiples amigos y admiradores de su literatura y de su maravillosa capacidad de comunicar sus ideas. Tampoco lo saludé en Puebla, cuando llegó a dictar una conferencia en el auditorio que hay en el edificio de la Presidencia Municipal, frente al zócalo. En esa ocasión tuve el privilegio de ser acompañado por mi mamacita y por mi Paty. Nos sentimos orgullosos de ver la simpatía que generaba entre la audiencia el gran paisano. Luego, en 2013, vino Laco a Comitán, se presentó en el auditorio del Centro Cultural Rosario Castellanos, mientras subía al escenario, Luis Armando Suárez, Jorge Aguilar, el popular Coquis, y yo nos acercamos al asiento donde estaba, lo saludamos y nos tomamos la foto del recuerdo, por ahí ya te la he compartido. Y la última vez que lo vi fue en 2014, en la ceremonia de entrega del Sombrero de la Ocurrencia, en Villaflores. Ese día sólo lo vi de lejitos, bueno, de cerca, pero no intercambié palabra con él. Lo vi sonreír cuando a Javier y a mí nos entregaron el sombrero. Me sentí bien. Ahora recuerdo que en mi registro hizo falta la ocasión de un Festival Literario, que organizaba la dirección de extensión universitaria de la UNACH, dirigida por el maestro Luis Alaminos. Los participantes viajamos a alguna sede cerca de Tuxtla, yo trepé en una combi donde Óscar Wong me jaló: “Molinari, acá”. A mí no me tocó participar en esa ocasión en la mesa de lectura, pero Laco sí tuvo participación y compartió un texto infantil que estrenó ahí. En esa ocasión tuvimos ese privilegio, ser los primeros escuchas de un texto escritor por él. Como gran cuentero y cuentista nos sedujo a todos, estudiantes y escritores participantes en el festival. Ahora entré al Internet y busqué la fecha de fallecimiento de Laco: el 17 de septiembre de 2015; es decir, un año después del acto realizado en Villaflores. Ahora que lo escribo me doy cuenta de lo que la gente dice cuando un escritor fallece, el mundo no volverá a tener más creación literaria. Pensé que en toda vida creativa se pierde la posibilidad de más producción. No sabemos qué pudo deparar el destino, porque éste decidió cancelar toda oportunidad. No queda más que el consuelo de atesorar lo producido. Posdata: por fortuna, en el caso de los creativos, sus obras siempre nos acompañan a los que quedamos vivos. La última vez que vi a Laco fue en Villaflores, en el auditorio majestuoso del Centro Cultural. ¡Tzatz Comitán!