martes, 3 de febrero de 2026
TARDE EN UNA POSADA
Vi al hombre, acodado en el pretil del pasillo. ¿Tercer o cuarto piso? El edificio era muy alto. Yo estaba en el patio central. En el último piso había un domo que permitía el paso de la luz. ¿Puedo decir que el edificio tenía la misma estructura de las casas comitecas antiguas? Las casas de mi pueblo, las de mitad del siglo XX, tenían un patio central rodeado por corredores. Este edificio, donde estábamos el hombre y yo, tenía la misma disposición espacial. Claro, era de varios pisos, era una casa comiteca con un chorizal de niveles. La diferencia más visible era que cuando llovía no se mojaba el patio central, porque el domo lo impedía. En las casas comitecas entraba el sol y también la lluvia, pero bastaba colocarse en uno de los corredores para refugiarse de la lluvia. En los años sesenta del siglo XX nadie se protegía del sol. El clima de Comitán era templado y el sol era afectuoso, acariciador.
Vi al hombre. Conté los niveles: uno, dos, tres. Sí, el hombre estaba acodado en el pretil del tercer piso. Seguí contando: cuatro, cinco, seis. Seis niveles tenía el edificio. No estaba pintado. Todo el terminado era martelinado, digamos que el cemento estaba en bruto. Esta textura daba una sensación agradable. En el centro del patio había una fuente rodeada con macetas de barro y buganvilias. Cada piso tenía más macetas con buganvilias, ancladas a los pilares. La vista era bella.
El hombre estaba acodado, tenía las manos unidas, vestía una playera color morado. Desde donde yo estaba vi que casi no tenía cabello, su cabeza era como un reflector, o más bien como un espejo cóncavo que reflejaba los rayos dóciles del domo.
Yo vi al hombre desde el principio, pero él no me vio para nada. Su mirada estaba dirigida hacia el horizonte, rebotaba en el pasillo de enfrente.
Busqué si había más personas en el edificio y no vi a nadie más. Podía decirse que en el amplísimo sitio sólo estábamos él y yo. Él viendo hacia el frente indefinido, con la mirada como extraviada, como si fuese un navío bogando en el mar del aire, y yo, viéndolo a él, preguntándome si él era huésped regular de esa pensión o tal vez era un visitante ocasional. Pensé que la pensión era agradable, sobria, decente. Pero, parecía casi vacía. Busqué en otros pisos y en los corredores alguna presencia humana. ¡Ninguna! Sólo estábamos el hombre del tercer piso, quien seguía en su mundo, sin ver hacia otro lado que no fuera lo de enfrente.
Pensé que sólo él y yo habíamos coincidido en ese espacio y en ese lugar, así que, contra mi carácter, decidí saludarlo, desde abajo lo vi y dije, en voz alta: “Buen día”. “Buen día”, escuché como respuesta, una chica se asomó en una puerta de una recámara del primer piso. Me sorprendió. Ella se acercó y preguntó a quién había saludado. Sin señalar, dije que había saludado al hombre del tercer piso. “Ay, padre, ¿usted también vio al fantasma del viejo asesino? Ahora no hay más gente que usted y yo”. Volvió a reír y se metió a la recámara. Un aroma de humedad pareció brotar de ese cuarto. Miré hacia arriba, el hombre seguía inmovible. Decidí, contra mi carácter, subir para saludarlo. Busqué la escalera, me ayudé con el pasamanos de hierro. Al llegar al tercer descanso lo vi de espaldas. Era un hombre con un cuerpo modelado en un gimnasio, la playera la llenaba con una espalda musculosa. Tosí tantito, él no volvió la mirada. Me acerqué y lo saludé. Él dijo: “Lo oí decir buen día, ¿a quién saludó?” Le dije que lo había saludado a él, pero que una chica había respondido allá abajo. El hombre dejó su rostro de piedra, sonrió y dijo: “Ay, padre, ¿usted también vio el fantasma de la loca? Ahora no hay más gente que usted y yo”.
