domingo, 3 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON EL MES DE MAYO
Querida Mariana: hay gente que divide el año en trimestres, otros en cuatrimestres y unos más en semestres. En el bachillerato estudié semestres, cuando, en 1974, estudié en la UAM (Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa) me topé con una modalidad diferente: ¡trimestres! Ahora te escribo al principio del mes de mayo de 2026, es decir, ya terminó el primer cuatrimestre del año e inicia el segundo.
Mayo del veinte veintiséis es un año con harto calorcito. No sé bien, pero ya la temperatura a medio día debe andar volando por los treinta grados Celsius. ¡Es una temperatura excesiva para nuestro pueblo que siempre proclamó que tenía un clima templado! Ahora, el clima está viendo nuestro temple y nos avienta temperaturas calurosas para ver si las resistimos. Los comitecos buscamos el amparo de una sombra de árbol y veo en el parque a muchas personas, muchas, tomando un helado, una nieve, un raspado (ah, se extrañan los raspados del genial Nuca).
Cuando llego a la oficina, temprano, lo primero que hago es abrir una de las ventanas, asomarme al balcón (estamos en la planta alta del edificio), respirar, ver las tejas de las casas, los copetes de unas palmeras coquetas, el cablerío que ya es la undécima plaga, la gente que camina por las banquetas de laja, que cruza las calles, los motociclistas y choferes de autos que pasan con rumbos diversos. Después de llenar la mirada con el aire del pueblo maravilloso, me siento ante el escritorio, prendo la computadora y comienzo a trabajar.
Hoy, comencé a redactar un texto que tenía pendiente y tuve que suspender, callarme, porque escuché dos sonidos que eran como una bendición para Comitán: un pájaro cantor insistía en dejar atrás las voces de Pavarotti y de La Callas; y una chicharra (un tzizquirín) andaba con todo pidiendo agua, el sonido era tan insistente como un silbato de barco llegando a puerto (cuentan, no sé, que las chicharras son pedidoras de agua y explotan al agotarse, cuentan, yo no sé).
Fue como una burbuja, porque el ruido de los autos quedó por debajo. El canto del pájaro y el canto de la chicharra se unieron en una sinfonía fastuosa. Ambos cantaban como si estuvieran en una gran sala de concierto al aire libre. Pensé que la bendición de las palmeras que sobreviven en algún patio de la casa cercana logró el prodigio, porque el pájaro y la chicharra hallaron ahí el escenario ideal. La naturaleza colocó su mano por encima de la columna vertebral encementada. Aunque luego pensé que cuando la naturaleza escasea, aparece el genio de las aves. No sé si has ido recientemente a hacer compras a Chedraui. El otro día fui a comprar arena para el gato, dejé el tsurito en el estacionamiento techado. Al volver con el carrito me detuve, igual que me detuve hoy al escuchar a la chicharra, un racimo de sonidos saltarines apareció en esa enorme bodega de carros estacionados, me di cuenta que muchos pajaritos (chinitas, probablemente) han hecho de ese lugar su hogar, no los vi, pero pensé que ahí hay muchos nidos hechos con ramitas, donde se da el milagro de la vida, en medio de la tormenta aparece el rayo de luz.
Suspendí el trabajo que hacía en la computadora y regresé al balcón, al principio traté de ubicar el lugar exacto donde estaban los animalitos que alegraban mi jornada, luego vi que era una estupidez, el prodigio se da sin saber en dónde aparece la ardilla en el árbol, así que cerré los ojos y disfruté con emoción sin contener el instante, estaba en la oficina, en mi pueblo, en la calle donde está la que fue mi casa de infancia, en la bajada de Guadalupe, que ahora es mi barrio. Cuando estaba en Puebla, donde viví a plenitud, pedía regresar a Comitán, me fue concedido y ahora disfruto el pueblo, lo disfruto en sus detalles nimios o en los más excelsos, como el vivido esta mañana del gran concierto donde una chicharra estuvo a la altura de la Callas y un pajarito fue tan sublime como Plácido Domingo.
Posdata: encarrerado el gato mandé al descanso al ratón de la computadora y fui al mercado primero de mayo, caminé con soltura, con un regusto por el concierto escuchado y recordé que días atrás, en la cabecera municipal de La Independencia, la gente disfrutó a cantantes de ópera interpretando algunas arias de La Traviata. Qué bueno que existen promotores culturales y autoridades sensibles y comienzan a sembrar gajos de música culta.
Se fue el primer cuatrimestre del 2026. En el primer cuatrimestre de la UAM ¡reprobé! Uf. Qué bueno que el examen de este tiempo fue sólo recibir la esencia de la vida.
¡Tzatz Comitán!
