jueves, 2 de julio de 2026

CARTA A MARIANA, CON RAMAS

Querida Mariana: Juan “todos ponen” me invitó a conocer el Árbol de la Noche Triste. En ese momento vivía en la Ciudad de México. Dije que no, lo agradecí. No me motivaba trepar a dos camiones para conocer un árbol con tal nombre. ¿No conoces el significado histórico?, preguntó. Dije que sí. En algún momento en clase de Historia había aparecido el árbol, la anécdota contaba que Hernán Cortés había llorado frente a ese árbol, porque los mexicas habían triunfado en una batalla. Esto es como lo de la Batalla de Puebla donde se habla que el ejército mexicano se vistió de gloria al derrotar al ejército francés, uno de los más importantes del mundo. Parece que estos dos símbolos no son dignos de orgullo. Al final, el llorón de Hernán Cortés le puso en su mandarina a los mexicas, gracias al apoyo de los tlaxcaltecas y lo mismo sucedió con el ejército francés que, al final, regresó para vencer a los mexicanos e instaurar a Maximiliano como emperador de México. Ahora me entero que al Árbol de la Noche Triste ya no lo llaman así, ahora lo denominan el Árbol de la Noche Victoriosa, ¡Dios mío!, como si este cambio de nombre pudiera modificar la realidad que no puede ocultarse, acá sí puede aplicarse eso de “ganó una batalla, pero perdió la guerra”, a final de cuentas el resultado final es el que cuenta. Cuando Juan “todos ponen” me invitó dijo que iríamos a un barrio tradicional de la Ciudad de México. ¡Ay, señor! A mí no me interesaba conocer barrios, a mí me gustaba ir a Plaza Universidad, recién inaugurada, así como estar en la Biblioteca Central de la UNAM o en los auditorios donde presentaban ciclos de cine de arte. ¿Ir al Ajusco? ¿Para qué? Juan “todos ponen” dijo que había bosques muy bonitos. No, él no sabía, o sí, que yo llegaba de Chiapas, pero quería presumirme su ciudad. ¿Bosques? Los de Montebello no tenían comparación y, además, tenían el agregado de los Lagos de Colores, que, en esos tiempos, eran bellísimos, no el agua de caca que ahora tiene un lago en específico. Total que, pese a su insistencia y buena disposición, yo no aceptaba las invitaciones de Juan “todos ponen”, prefería ir a los museos. Me encantaba ir a los museos, iba a Chapultepec, pero para ir al Museo de Arte Moderno, porque ahí había encontrado un cuadro de Dalí y otros de Remedios Varo, la gran Remedios. En mi pueblito no había arte semejante. No existía el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos, así que nada de obra de Rodolfo Morales y la pléyade de oaxaqueños que lo acompaña. ¿Vamos a La Villa, a Xochimilco?, insistió Juan “todos ponen”. No, compa, dije, no. Acá estoy bien, estábamos bebiendo una cerveza con Tío Cuco y una torta. Al rato iríamos a ver fútbol en la televisión, era domingo. Bueno, con decir que ni ir al Estadio Azteca o al Universitario me motivaba. No, yo era feliz con mi rutina de encierro. Desde Comitán metí en la maleta un tonto instrumento diseñado para medir los espacios peligrosos de la ciudad capital, así que no me metía en entornos que podían afectar mi integridad física o mental. Decidí que sólo viajaba por rutas seguras, que eran las de la universidad y el retorno a casa, donde había gente conocida. ¿Qué iba ir a hacer al Árbol de la Noche Victoriosa?, si ahí los mexicas le habían dado en la madre al español Hernán Cortés, capaz que los herederos de aquellos mexicas revisaban mi credencial y descubrían que mi apellido materno era Torres, mero español, y, en ansias victoriosas me ponían a cocer a fuego lento en un gran cazo o, Dios no lo permitiera, me treparan a una pirámide, me colocaran en la piedra de sacrificios y ofrecieran mi corazón al Dios de la Ignominia. Posdata: nunca acepté invitación alguna a Juan “todos ponen”, quien estudiaba en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa y vivía cerca de ahí, por el Cerro de La Estrella, donde cada año realizan la representación de la pasión de Cristo. ¿Mirás? Cada año azotan a un compa por las calles y luego lo trepan a la cruz donde esperan verlo morir. En ese momento el medidor de peligros subía al máximo, como cuando el termómetro marca una temperatura altísima. Yo decía ¡salud! y bebía mi cerveza, mientras pedía otras tortas cubanas, una para mí y otra para Juan “todos ponen”. Sé que ahora estarás pensando por qué me juntaba con él, ah, porque era muy simpático, era un buena gente, un muchacho sin prejuicios y me quería mucho, era como un niñote que quería verme contento, él, en buena onda (como se dice ahora), quería ser mi guía en la gran ciudad, pero sus intereses eran otros, cuando yo lo invitaba al Museo de Arte Moderno él se desquitaba y de inmediato decía ¡no, no voy, no me gusta ir a lugares aburridos! ¡Tzatz Comitán!