martes, 13 de marzo de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Sí, es el árbol emblemático de Comitán: El tenocté. Los que saben dicen que la palabra quiere decir: “Árbol de algodón”. Debe ser, pero también puede ser árbol nube, árbol sueño, árbol milagro.
La semana pasada, como hace mucho tiempo no sucedía, los tenoctés comitecos se pusieron de acuerdo y florearon al mismo tiempo, como si algún director de orquesta hubiese levantado las manos y, con la batuta, hubiese marcado el inicio de una sinfonía de color puro, de puro color, en donde el árbol tuba lanzó su gorjeo infinito.
Arminda dice que, del árbol, le llama la atención que no tiene hojas, que su vestido es puro racimo de pequeñas flores blancas que, reunidas en un mazo, ofrecen macollos que son pura bendición para la vista y para el corazón.
Los comitecos vivimos, la semana pasada, la más hermosa postal. Como nuestro pueblo posee la peculiaridad de tener empinadas cuestas, el subir o bajar por las calles es como un baño de luz, al apreciar los tenoctés florecientes.
Todo mundo recuerda la anécdota que se repite cada año, ya sin mucha credibilidad. Cuentan los mayores que antes, cuando floreaba el tenocté, las muchachas preparaban su “maletía” para huir con el novio. La leyenda ha perdido credibilidad porque ahora las muchachas se escapan en cualquier época del año y los tenoctés, de igual manera, florean en cualquier estación. Por eso digo, que este año (¡Bendito Dios!), la naturaleza comiteca recordó cómo eran los viejos tiempos y los árboles de tenocté, como si fuesen los viejos más jóvenes del mundo, se llenaron de mechones blancos.
La fotografía que acá presento la tomé desde la entrada del estacionamiento que está a media cuadra de Banamex. Es una casa tradicional comiteca, con dos magnos corredores, que ahora funciona como estacionamiento para autos. Cuando entré con el auto, tuve que detenerme, porque al fondo vi lo que acá se ve. Era como una aparición, como cuando la Virgen de Lourdes se le apareció a Bernardita, porque esta aparición, como aquella, era manifestación de Dios. Pau, mi sobrina, me dijo que no tuviera miedo, que buscara un cajón para estacionar el auto. Yo seguía arrobado. Pensé que Dios extendía su mano y nos recibía con su mejor bienvenida. No tengas miedo, tío, volvió a decir Pau. Me dijo que era un gatito, que no era un tigre. Fue cuando reaccioné y le dije a Pau que no tenía miedo, que me había detenido porque era algo maravilloso, que era el mojol de vivir en esta tierra. Sí, dijo Pau, es maravilloso. Luego, cuando me detuve y bajamos del auto, nos paramos a mitad del patio y vimos hacia la pared. ¿Viste que no es un tigre?, dijo Pau. Y entonces, hasta entonces, vi lo que ella miraba: Al lado de la cabellera de espuma de mar, había una modesta copa de un arbolito que tenía la forma de un felino. Sí, le dije a Pau, ¡es maravilloso! Sí, dijo ella, con las manos en la cintura, casi imitándome: Es el mojol de vivir en esta tierra.
El tenocté también podía llamarse el árbol mojol. César Robles (no sé si en compañía de vecinos) sembró una serie de árboles de tenocté en la sexta avenida (en el par vial) y, me contaron, la calle se llenó de flores. Cuando esos árboles crezcan será visita obligada. Será un espectáculo tan fascinante como cuando los cerezos florean en Japón.
En la Universidad Mariano N. Ruiz también sembraron un modesto árbol de tenocté. Este año llenó de luz el espacio, en un diálogo infinito con el árbol que el químico Raúl Leonel tiene en su quinta. Comitán, este año, se llenó de blanco. En algunos espacios se dio el contraste (el enamoramiento) con los árboles de jacaranda. El morado con el blanco matizando el cielo azulísimo de Comitán fue una mezcla sensacional.
Ernesto Núñez, en su canción “Comiteca”, dijo que las muchachas comitecas tienen un bello símbolo “en la flor del tenocté” y terminó bien bonita la rima: “Se nota que eres mimada, yo también te mimaré”; es decir, la naturaleza, de por sí pródiga en Chiapas, en Comitán se sublimó y le regaló a las mujeres cositías el mejor símbolo en la flor del tenocté. Núñez fue un compositor generoso y las comitecas así deben entenderlo porque el blanco, lo sabemos, es el color de la esperanza y de la pureza y de la virtud.
Que ahora, como en cualquier lugar del mundo, las muchachas huyan con el novio a la hora que se les calienta el horno no resta que sean chicas con virtudes señaladas, y si bien no son puras al ciento por ciento poseen un misterio que las hace florecer con la misma dignidad y belleza con que lo hacen los tenoctés. ¿Quién es puro al ciento por ciento?
¡Ah!, qué bonita flor corona estos árboles, con qué deleite sobamos esas imágenes en nuestro corazón. ¡Qué hermoso mojol para Comitán!
Diez días después, las flores blancas se lanzan al vacío, caen al piso (sin paracaídas) y toman un color amarillo cirrótico. Ahí mueren. Doña Lulú, con escoba en mano, rezonga: “¡Qué símbolo ni qué ocho cuartos! Fábrica de basura es este árbol.”

lunes, 12 de marzo de 2018

HACIENDO EQUILIBRIO SOBRE LA LÍNEA DEL RECUERDO





Ella lo dijo sin un temblor. Lo dijo con la tranquilidad de cualquier persona que dice su nombre. Tomábamos un café en el corredor de la Casa de la Cultura, bueno, ellos tomaban café, yo tomaba un té de limón. “Olvido”, dijo, cuando Olivia nos presentó. Yo dije Alejandro. Y con eso sellamos, por así decirlo, la presentación: Ella es Olvido y yo soy Alejandro. Lo dijo con la misma cotidianidad con que yo digo Alejandro, con la tranquilidad que lo digo desde que aprendí a hablar y aprendí que mi nombre era ese. Supe que cuando ella escuchó mi nombre siguió sin alterarse, siguió moviendo la cuchara adentro de la taza para endulzar el café. Pero yo no seguí igual. Fue como cuando estás tranquilo y alguien llega y te tapa los ojos y te dice: ¿Quién soy?, y uno comienza a tocar las manos del otro para ver si por ahí, a través de las huellas digitales o quién sabe, logra descubrir quién es y se atreve a dar nombres en medio de la niebla, como cuando trataban, en el juego de la catafixia de Chabelo, descubrir en dónde estaba el premio. Quedé casi mudo, eché para el centro de la mesa la taza de té y coloqué mis brazos sobre la mesa, como para sostenerme de algo por si la silla se deshacía como se estaba deshaciendo el azúcar en la taza de Olvido. ¿Olvido? Jamás había escuchado que una mujer, en Comitán (bella, además, con el cabello corto y las cejas bien delineadas y una bufanda a cuadros enmarcando su rostro, bello), se llamara Olvido. Debe haber muchas mujeres que así se llaman, como hay mujeres que se llaman Esperanza o Destino (una vez, en Xalapa, en la universidad conocí a una muchacha bonita que se llamaba Destino y quien era objeto del comentario bobo y predecible: ¡Estás hecha para mí!)
Olvido fue la primera Olvido que conocí. Mientras los demás (Olivia, Mario y Olvido) platicaban acerca de la proximidad de las elecciones y de la conveniencia de elegir el cambio, yo pensé en el nombre de la chica (joven, universitaria, con lentes), quien había dejado sobre la mesa del café “4 3 2 1”, de Paul Auster. Pensé que podía platicar un poco del libro, pero pensé que no era conveniente, porque el destino (el de siempre, no la chica de Xalapa) me había colocado frente a ella; es decir, si se hubiera sentado a mi lado (el izquierdo o el derecho), esta cercanía hubiese permitido que me acercara a ella y comentara algo acerca de la más reciente obra de Auster, quien fue galardonado en la Feria Internacional del Libro, de Guadalajara, el año pasado. Decirle que la novela de Auster es el edificio de un gran narrador, pero que no me satisfizo su propuesta, ya que, en términos reales son cuatro historias diferentes de un mismo personaje y estas historias están intercaladas; es decir, son cuatro caminos interrumpidos a cada tramo. No le hallé la magia a su propuesta, por lo que decidí leerla como lo que es: cuatro historias diferentes. Me subí al primer tren y no me bajé en ninguna estación para subirme al otro tren. Busqué la continuación lógica de la historia hasta tener las cuatro historias presentadas. Quise decirle que el olvido me es muy cercano, por eso busco las rutas sencillas y fáciles. En mi vida procuro caminar por lugares que sean fáciles de identificar, porque el olvido ha sido uno de mis más fieles aliados, y casi estuve a punto de decirle que el destino, el nombre de aquella chica xalapeña, la había mandado aquella tarde, para decirme que el olvido siempre ha estado cerca de mí, pero nada de esto dije, porque ella estaba del otro lado de la mesa, estaba muy lejos. Y fue cuando pensé que, tal vez, no hay en el mundo una chica que se llame Lejos, nombre que no está muy lejos del Olvido.
Podía preguntarle qué tipo de bromas le hacían los tontos. Preguntarle si algún tonto la bromeaba con: “¿Cómo dijiste que te llamabas? ¿Olvido? Ah, perdón, es que lo olvidé”. Para ella, ¿qué significaba el olvido? Pero pensé que sería muy bobo preguntar eso. ¿Acaso ella preguntaba algo acerca de mi nombre? Pensé que debe ser difícil para una muchacha bonita llamarse Olvido, porque como no es un nombre común (al menos en estas tierras, porque un día yo leí un poema de una poeta española que se llama así) se presta a juegos bobos que, sin duda, deben fastidiar a quien así se llama.
La vi y ella me vio, sonrió. Me puse colorado. Olivia se inclinó hacia mí y preguntó si me ocurría algo, dijo que me veía como si yo estuviera incómodo. No, dije. Luego agregué que se me había hecho tarde, que debía pasar al Diario de Comitán a dejar mi colaboración para la publicación del sábado (¡Mentira! Siempre le envío mi colaboración a Caralampio por correo electrónico). Me levanté. Mario, quien casi me había ignorado todo el tiempo, tomó el libro de Olvido y comenzó a hojearlo, mientras yo daba la vuelta a la mesa y me despedía, de beso, de Olvido. Ella (sí, muy linda) me preguntó por qué me iba tan pronto y yo, pendejo, mil veces, dije que porque había olvidado… y no seguí, porque advertí que había dicho algo tonto. Me puse colorado. Al darme vuelta, mi pie se enredó en la pata de una silla y estuve a punto de tropezar y caer sobre la mesa. Mario rio. Olivia me acompañó hasta el borde del corredor. Volvió a preguntarme si me sentía bien. Dije que sí.
El olvido es una enfermedad horrible. Mi madrina Clarita, antes de morir, comenzó a olvidar las cosas. A veces llegaba su hermana a visitarla y preguntaba quién era, qué quería.
Yo he sido un hombre olvidadizo. Mi memoria es muy endeble. ¡Ah!, memorias sublimes la de Carlos Monsiváis y la de doña Lolita Albores, quien fue la cronista de mi pueblo.
Tal vez ahora, a punto de cumplir sesenta y un años de edad, mi memoria comienza a tener renuevos, porque, estoy seguro, jamás olvidaré a Olvido.

sábado, 10 de marzo de 2018

CARTA A MARIANA, CON VENTANITAS



Querida Mariana: Debo confesarlo: ¡Me gustan las ventanas! Me gustan más que cualquier otro elemento arquitectónico. En una novela (ya no recuerdo el título) leí que Alfred Smith estaba en la cárcel. No lamentaba su condición de presidiario (había sido condenado a muchos años de prisión porque había cometido el asalto a un banco. Lo había hecho como juego, pero esta justificación no había servido a la hora del juicio). Lo que lamentaba mucho, mucho, era que su celda no tuviera un ventanillo, un pequeño hueco por donde pudiera ver el cielo. Me sedujo el personaje, se me hizo un muchacho muy tierno. Había cometido el asalto como un mero juego, como si jugara a los policías y ladrones en el patio de la casa. No supo que su error fue haber estado en el bando equivocado, no supo que (en la vida real) es preciso estar del lado de los policías; es decir, de quienes tienen autorización oficial para robar. Alfred olvidó que ya no estaba en el patio de su casa, olvidó (qué pena) que, a sus veintiocho años de edad, ya no podía seguir jugando el juego que jugaba a los once años; olvidó que el mundo exige que el adulto dejé olvidado a su niño, los adultos exigen que el niño quedé abandonado como un saco sucio o como un perro callejero.
Me identifiqué con Alfred Smith porque, como ya confesé, querida mía, me encantan las ventanas. Creo que los fisgones (los voyeurs) son adoradores de las ventanas. Yo también me confieso fisgón (voyeur).
La ventana es el elemento arquitectónico que permite fisgonear. Mi amigo, el poeta Gustavo Ruiz Pascacio (Voz Mayor de Chiapas), se botó de la risa cuando dije que viajaría en busca de “La gran ventana”. Regresé del viaje con el mismo equipaje que había salido (una Biblia, los cuentos completos de Cortázar y un micro radio de ocho bandas). No hallé más, ni siquiera una piedrita que fuera como recuerdo o como prueba del viaje realizado. La gran ventana se me escabulló como arena entre los dedos. Ahora sé que la gran ventana, como en aquel cuentito infantil de “El pájaro azul de la felicidad” (que luego hicieron película), está en casa. El ser humano busca afuera lo que no está afuera, busca afuera lo que está en casa, en el interior. ¿Mi gran ventana en dónde estaba, en dónde está? ¡En Comitán! Cada uno tiene su ventana para husmear, para fisgonear, para tratar de apoderarse del mundo, para vivir.
Quien, ahora, se para frente al templo de Santo Domingo y ve la torre del campanario, advierte una serie de arcos tallados en la piedra y unos ventanillos, por donde, el que camina en las gradas, puede ver hacia el exterior. No siempre fue así. En los años setenta, esa torre estaba completamente tapiada. ¿Por qué? No sé. Cuando fui niño subí por esa escalera de piedra para ir a tocar las campanas. Como ya dije, los ventanillos estaban clausurados, por lo que al subir debíamos apoyarnos en la pared para no caer. Yo hacía el experimento de cerrar los ojos, total, era tal la oscuridad que era casi lo mismo ir con los ojos abiertos que subir con los ojos cerrados. Nunca hice el experimento en la bajada, porque bajar implica un riesgo mil veces mayor. Si uno tropieza al subir, no pasa de raspones en las rodillas y en las manos, pero en la bajada, el accidentado puede rodar, quebrarse las costillas, fracturarse brazos y piernas o sufrir un golpe en la cabeza y, vos lo sabés, un mal golpe en la cabeza; por eso nunca cerré los ojos en la bajada. Esperaba que bajaran todos los compañeros acólitos (más atrevidos, más audaces) y yo bajaba al último. Javier (el líder) siempre estaba pendiente de que no me quedara hasta atrás, porque, decía, en las escaleras se aparecía el fantasma de un hombre que había muerto colgado en el campanario hacía muchos años. Yo sudaba sólo de oír tal historia, pero bajaba con precaución, en la total oscuridad. Ahora, quienes suben, ya tienen la luz del exterior de la calle y pueden asomarse para ver el parque y los que ahí caminan.
A mí me gustaría pasar unas dos o tres tardes ahí, fisgoneando. Digo ahí y me refiero a lo más alto del torreón, desde donde se alcanza a “cubrir” todo el parque y más allá. Me enchamarraría muy bien, me agacharía lo más que pudiera y buscaría un par de binoculares para observar desde esa atalaya todo lo que sucediera abajo.
Quienes fisgonean saben que poseen un poder, aunque sea mínimo y temporal. Quien, desde una ventana, husmea lo que pasa en otras casas o en la calle se adueña de instantes que son de otros. El que camina en el parque o se sienta en una banca sabe que se expone a ser visto, a que (en estos tiempos) alguien le tome una fotografía con un celular; pero quien está en su casa es objeto de irrupción en su intimidad, por quien, desde una ventana de un departamento en un quinto piso, lo observa a través de unos binoculares o, ¡bendito Dios!, a través de un telescopio. Porque eso de que los poseedores de un telescopio son amantes de ver la luna y la Vía Láctea es apenas parte de la verdad. Quienes fisgonean el universo en noches estrelladas, también, de vez en vez, desvían tantito el telescopio y lo dirigen hacia el departamento en donde una muchacha bonita, con short y una camiseta menuda, hace ejercicio en la sala.
Lo de la gran ventana me brincó un día (cuando tenía catorce o quince años) y, como lo hacía todas las tardes, fui al cine, al Cine Comitán. De pronto tuve conciencia de que la pantalla (enormísima) era como el balcón de la casa de infancia. Mi casa de infancia (casa rentada, que estaba a media cuadra del parque central) tenía dos balcones, bellísimos. En las tardes o en las mañanas de los sábados o de los domingos (antes de ir a la matiné), me sentaba en el piso y veía a través de los barrotes, todo lo que sucedía en la calle.
Una vez, Rocío me preguntó qué veía como canarito y dije que veía a los burros cargando barriles llenos de agua, o a los burros cargando los bastidores que sostenían los refrescos de la fábrica de don Jorge Soto (refrescos que tenían el nombre de “gaseositas” o de “Sotíos”), o a los burros que cargaban leña que servía para los fogones y para los hornos donde hacían pan. “¡Ah, bestia, puro animal mirabas!”, dijo Rocío. No es cierto, miraba mucho más: Miraba personas, miraba autos, camiones y muchas mujeres que, con sus canastos, pasaban ofreciendo verduras, tortillas, chicharrón y pan.
Pero, decía, aquella tarde en el cine pensé que la pantalla era como el balcón de la casa, pero era mucho más intenso, mucho más llenador, porque no sólo burritos presentaba sino también los leones con los que luchaba Tarzán; los búhos que, a medianoche en el bosque, espantaban a los niños que estaban desaparecidos y caminaban en círculos sin saber cómo salir de ese intrincado y áspero lugar. En el cine aparecían todos los animales y más, mucho más. Desde el balcón de mi casa no veía más que las fachadas de las casas de enfrente. En la gran ventana que era el cine veía el mar, el desierto, el polvo que levantaban los caballos que corrían por el lejano Oeste. Ahí, frente a mí (voyeur de primera) aparecían las cataratas del Iguazú o las del Niágara o las lianas de la selva o la grieta enorme del Cañón del Colorado o el aeropuerto de la Ciudad de México o el interior de la casa del Indio Fernández o el castillo donde aparecían las Momias de Guanajuato. Ahí, al lado de caballos blancos, hermosos, estaba el auto descapotable que manejaba Santo, el Enmascarado de Plata. Esa ventana era suprema, sublime.
Cuando supe que la pantalla era una ventana más intensa que el modesto balcón de mi casa de infancia, pensé en qué otro chunche tenía tal facultad (en ese tiempo, la televisión aún no llegaba a Comitán). Pensé y pensé y pensé, hasta que la luz se hizo, fue una luz breve, como de culito de luciérnaga, como de cerillo, pero fue una luz. ¡Claro! La otra gran ventana eran las revistas de monitos. ¡Por supuesto! En los ahora llamados cómics también había un balcón por donde asomarse a conocer otros mundos. A partir de entonces me volví un gran lector de revistas de monitos: Kalimán, Los súper-sabios, Memín Pinguín, Chanoc, Tarzán, Fantomas, Rolando el Rabioso y (era inevitable) revistas gringas como La Pequeña Lulú, Archie, el Pato Donald y demás comida rápida visual.
Posdata: Y ahora resulta que desde mi modesta ventana comiteca vislumbro el mundo. Desde acá, a la hora que voy al parque y leo y siento el aire que llega desde la Ciénega y como esquites y miro a las muchachas bonitas que, orgullosas, al caminar mueven sus culitos como si fueran sirenas sobre asfalto, sobre mares de lajas, imagino lo que sé que está a la vuelta de la esquina, que es todo el mundo.
Después de hallar la ventana de las revistas ilustradas, bastó un ligero empujoncito para dar el siguiente paso: ¡los libros! Las novelas y los cuentos y los ensayos escritos por los grandes escritores del mundo que, cuando abren sus manos y sus corazones, abren también los postigos de una hermosísima ventana. Todos esos ventanillos conforman ¡la gran ventana! La que salí a buscar sin saber que la tenía al lado, a la vuelta de mi esquina más cercana. Soy el espíritu libre del personaje llamado Alfred Smith: Desde mi jaula tengo un pequeño ventanillo desde donde veo todo el universo.

viernes, 9 de marzo de 2018

DÍAS EN LOS QUE AL OTRO DÍA TODO SIGUE IGUAL




Cuentan, no lo sabía, que un día del año lo dedican a conmemorar a la mujer. Muchos hombres dicen que hay un sesgo discriminatorio en ello, porque no hay un día para el hombre. Las mujeres refutan tal idea y dicen que, como en el libro de “Alicia en el País de Las Maravillas”, los hombres celebran todos los días “Su no día del hombre”, y lo hacen con esa supremacía que otorga el sistema patriarcal.
Comencé diciendo “Cuentan”. ¿Puedo recular? Ahora sé que el primer párrafo es inexacto, porque Rosaura me contó ayer que sí hay un Día Internacional de la Mujer y, también, un Día Internacional del Hombre.
Rosaura dice que es bueno que exista un día dedicado a la mujer, para que el mundo de los machos reflexione acerca del valor de lo femenino. Apenas lo dice hace lo mismo que recién hice yo: recula. Dice que a los hombres les da lo mismo, que si algún avance han tenido las mujeres en el proceso de empoderamiento no es por la conmemoración del día sino por la brega diaria. Sí, igual que ustedes, pregunté qué había dicho. Cuando dijo que había dicho brega respiré más tranquilo. Había escuchado otra palabra.
Yo, igual que Julio Cortázar, me llevo más bien con las mujeres que con los hombres. Cuando bebía trago me llevaba bien con los hombres, con la caterva de amigos íbamos a las cantinas, a los prostíbulos, a los cafés, a los billares, al estadio, a los ranchos y a las carreras de autos o de caballos. Cuando dejé de beber (consecuencia lógica) los amigos me abandonaron y yo los abandoné. Ya no iba a las cantinas, ni a los prostíbulos, ni a los billares, ni a los ranchos. Comencé a frecuentar con más asiduidad los lugares que eran mis lugares favoritos desde siempre (desde los catorce años), pero adonde mis amigos no iban: las librerías y las bibliotecas. Nunca hice la prueba (no era necesario) de dar a elegir a mis amigos entre ir a la biblioteca a leer poesía o ir a la cantina a tomar una cerveza. Y no lo hice, porque, como si ese fuera el único camino, yo aceptaba la invitación para la cantina. En muchas ocasiones yo fui quien lanzó la invitación. Los sitios que frecuentaba con los amigos estaban llenos de hombres. Sólo en las carreras aparecían mujeres, pero eran como las excepciones que confirmaban la regla. En cambio, en las librerías y en las bibliotecas encontraba a muchas chicas, a muchas muchachas bonitas. Yo sabía (desde los catorce años) que los libros eran los mejores aliados para vivir una vida más sosegada, más llena de vida.
Me gustan los libros porque no hay necesidad de discriminar entre hombres y mujeres, todos los escritores están en el mismo plano, en la misma plataforma de la creación. El libro, maravilloso objeto cultural, no tiene sexo. Las conversaciones de los buenos libros son igual de interesantes, sin importar si fueron escritos por una mano femenina o por una mano masculina. Los buenos libros son escritos por mentes lúcidas y punto.
Tal vez, le digo a Rosaura, si el mundo real fuera como el que conforman los autores literarios el mundo sería más justo. Hablo de los libros, de las historias, de la creatividad, porque el mundo editorial también padece de la misma enfermedad de la vida real, basta recordar la estadística que a cada rato aparece publicada para decir que sólo catorce mujeres han obtenido el Nobel de Literatura. Esta estadística la publican como ejemplo de que el mundo es desigual, ya que los hombres ganadores son mayoría abrumadora. Pero estos galardones están muy por debajo de lo que es el cielo de la creación. La literatura, la pura, la intocada, se mueve en otra dimensión, en una donde sólo la inteligencia es el árbol que da sombra.
Digo que me gusta la literatura, porque a la hora que leo no aprecio esa ligera diferencia que muchos sostienen entre literatura escrita por hombres y literatura escrita por mujeres. Mi capacidad lectora no hace distingos entre sexos, sólo privilegia la inteligencia y, por fortuna, he hallado muchos libros inteligentes escritos tanto por mujeres como por hombres.
Quienes leen mis textillos saben que disfruto mucho la obra de Julio Cortázar, casi en la misma proporción que disfruto la obra poética y ensayística de la poeta polaca Szymborska. ¡Ah, qué deslumbre de genialidad! Ahora leo el libro “Prosas reunidas”, de la polaca y confirmo mi admiración a su genio. Ella escribe de materias complejas y disímbolas con la claridad y sencillez de los grandes. ¡Ah!, los pobres escritores petulantes, los soberbios, deberían leer a la Szymborska para saber cómo se escribe de manera inteligente, pero tal vez no lo hacen porque su presunción no les permite bajar desde sus alturas mínimas, enanas.
¿Hay un día en que se conmemora a la mujer? Sí. ¿Hay un día en que se conmemora al hombre? Sí. ¿Y? ¡Nada! Es una bobera. Ambos días son cuerdas débiles. ¿Las mujeres conmemoran su día? ¿Se visibilizan? ¿De veras? Entonces es como reconocer que los trescientos sesenta y cuatro días restantes no existen. Las mujeres, las que se consideran seres humanos con capacidad de inteligencia, deberían iniciar una campaña para proscribir tal payasada.
Cada día debería conmemorarse el Día del Ser humano. Tal vez, entonces, viviríamos en un mundo más inteligente.

jueves, 8 de marzo de 2018

DEFINICIÓN DE HABLAR




Es un acto prodigioso que se lleva a cabo a través de dos órganos del ser humano: la boca y el codo. Por supuesto que la boca es el órgano más visible, pero parece ser, de acuerdo con lo que la tía Elena dice, el codo tiene una gran relevancia en el acto fonológico, cuando dice que su hija, la Nena, habla “hasta por los codos”.
Una tarde vi que mi sobrina Pau se acercaba a la Nena, arrimaba una silla para sentarse cerca de ella y, con gran atención, escuchaba su plática, pero ponía especial atención a los codos. Sí, esperaba que el codo, como si fuera uno de esos codos de caricatura, comenzara a abrir la “boca” y a emitir sonidos.
Pánfilo dice que ni los mudos se salvan de hablar, porque ellos lo hacen a través de señales de sus manos. A Pánfilo le encanta asistir a conferencias donde traductores o intérpretes hacen las señas del lenguaje de sordomudos. Le encanta el instante en que los aplausos aparecen y el intérprete mueve las manos y todos los dedos como si éstos fuesen títeres para significar que la audiencia aplaude. Las manos, en un momento determinado, pueden traducir gritos (las manos se abren como si fuesen bocas de dragón a punto de lanzar una llamarada). Pánfilo se tapa las orejas, porque desde niño ha odiado los gritos y la violencia. Su hermana Silvia se burla de Pánfilo, cuando lo molesta basta que ella abra las manos como bocas de planta carnívora, para que él se desequilibre, para que él ponga las manos sobre su cabeza y cierre los ojos, aterrado. Porque Pánfilo casi oye el sonido de diez sirenas aullando a la medianoche.
El acto de hablar es uno de los más prodigiosos. En todos los estudiosos del lenguaje, siempre aparece la duda infinita de cuál fue el instante en que el primer hombre emitió el primer sonido. ¿Eso fue hablar? Tal vez no, pero tal vez sí, porque el primer intento gutural fue un intento de comunicación, de decir algo al otro. ¿O no fue así y la primera palabra fue un simple quejido en la soledad del primer hombre?
Existe algo prodigioso en el acto de hablar. Es una pena que la fuerza de lo cotidiano nos haga ver el acto como algo simple, porque como hablamos “hasta por los codos” ya olvidamos la maravilla de este río que fluye sin cesar.
¿Cómo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española el acto de hablar? Si gustan lo revisamos, pero desde ya sabemos que será una definición incompleta, casi pedestre, porque jamás una mera secuencia de palabras podrá dar idea siquiera cercana de la sensación maravillosa de este acto.
Si la Biblia dijo que lo primero fue el Verbo nos está recordando que el acto de hablar es una de las piedras donde se cimenta el templo del ser humano.
El diccionario dice: “Hablar: Emitir palabras”. ¿Ven qué definición tan de fogón echando humo? Es obvio, el diccionario no puede decir que el acto de hablar es la línea que da razón de ser al silencio. Si al principio de los tiempos todo estaba en silencio, éste fue “interrumpido” por la cinta del habla. Desde entonces, el mundo no ha parado. El mundo habla y habla, porque aún no halla la cuerda que le dé el verdadero sustento. Si todas las personas del mundo se pusieran de acuerdo y en un momento determinado dejaran de hablar, el silencio sería como una placa de acero que caería sobre la Tierra y el universo comenzaría a contraerse, pensando que el origen aún no es.

miércoles, 7 de marzo de 2018

PARA CUANDO NO HAY NECESIDAD DE LEVANTARSE




A veces. No siempre. A veces el camino se ensancha, a veces se angosta. Cuando el camino es angosto la cercanía de las hierbas hiere las piernas, pero también expele un aroma como de hierbabuena, como de menta macerada.
El tío Juan siempre respondía “A veces” cuando alguien le preguntaba si trabajaba. La pregunta era porque todo mundo lo veía, desde la calle, acostado en la hamaca, fumando, leyendo el periódico o un libro. El tío no se levantaba de la hamaca ni siquiera para comer. Al lado de la hamaca la tía Engracia había dispuesto (quién sabe desde qué tiempo) una mesa breve, casi como uno de esos bancos que usan los arquitectos para sentarse ante los restiradores. En esa mesa, a la hora del desayuno, la tía colocaba el tazón de café calentito, el tortillero de palma tejida, la servilleta de tela y el plato con chorizo con huevo, salsa molcajeteada, frijol, crema, queso espolvoreado y un chile siete caldos. A la hora de la comida y a la hora de la cena se repetía el acto. Sobre la mesa-banco aparecían los platos con pebre, con arroz, con chile siete caldos y el café con pan de la noche.
Por eso, porque la rutina era precisa: Levantarse a las seis de la mañana, bañarse, rasurarse e ir a acostarse a la hamaca, y a las seis de la tarde levantarse, cepillarse la dentadura, desvestirse y acostarse para escuchar el noticiario radiofónico de las ocho, la gente del pueblo decía que “A veces” significaba “Nunca”. Al tío Juan también se le conocía como “Don a veces”, que, ya se dijo, significaba “Nunca”.
¿Nunca había trabajado? La gente aseguraba que no. La abuela Olimpia (quien nunca estuvo de acuerdo en que su hija Engracia se casara con el tal Juan) contaba que al otro día de la boda, vio que Juan se trepó a una escalera para afianzar la reata que sostenía la hamaca. Pensó (inicialmente) que trataba de agradar a los de casa, a los integrantes de su nueva familia, porque se había levantado muy de madrugada para amarrar la hamaca. Luego vio que, con la ayuda de Sebastián, cargaba un librero y lo colocaba al lado de la hamaca. Poco a poco, ya sin la ayuda de Sebastián, colocó decenas de libros en el corredor, libros que fue sacando de cajas de cartón que había llevado junto con las maletas que contenían su ropa. En cuanto terminó de hacer el traslado, llevó una silla y se sentó a hojear los libros y acomodarlos con un orden que sólo él reconocería. Nosotros, meses más tarde, cuando curioseábamos frente a su librero, apostábamos a ver cuál era el orden, pero ni los temas, ni el orden alfabético, ni la edad de autores, ni lugar de origen, ni editorial, ¡ni nada!, era una huella. Cuando el tío, desde su hamaca, nos pedía alcanzarle un libro, él (como si tuviera un escáner en su mente) nos decía que estaba en tal nivel de librero en la posición número tal y ¡ahí estaba! Sólo él sabía el orden de sus libros. Todos los libros eran libros de cuentos, antologías o selecciones personales de autores.
Cuando alguien de afuera, con ironía y con sorna, preguntaba y él repetía “A veces, a veces trabajo”, Mario y yo decíamos que sí, que sí trabajaba, porque todo el día lo veíamos leyendo. ¿Acaso leer no es un oficio? Un oficio que le demandaba todo su tiempo, toda su emoción. Era un oficio sin gratificación monetaria (por desgracia), un poco como el que ejercía la tía Engracia, que desde las seis de la mañana (la misma hora en que el tío se levantaba) ya estaba haciendo café, echando las tortillas al comal, lavando la loza, trapeando el baño, barriendo el corredor, colgando la ropa, regando los helechos, cortando los jitomates y las cebollas, molcajeteando las salsas, planchando las camisas y los pantalones del tío, cortando la leña, bordando las mantas que iba a dejar en la tienda de don Arturo, zurciendo los calcetines y todo, ¡todo!, sin recibir un solo centavo como remuneración.
Nadie se atrevía a preguntar si la tía trabajaba, ¿cómo?, si la tía se pasaba todo el día haciendo mil oficios. ¿Por qué entonces todo mundo preguntaba si el tío trabajaba en algo? ¿Acaso no lo veían todo el día tumbado en la hamaca ¡leyendo!? Su oficio era el de ser lector. Por desgracia era un oficio sin remuneración económica. Un oficio que no daba signos de desgaste físico, pero, sin duda, daba un desgaste mental brutal, tan fuerte que, a las seis de la tarde, el tío ya no tenía fuerzas para hacer alguna otra actividad.
Ahora, ya viejo, cuando alguien me pregunta en qué trabajo, en muchas ocasiones, digo, en voz baja: “En lo mismo que trabajaba mi amado tío Juan”.
A veces. No siempre. A veces el camino se ensancha, a veces se angosta. Cuando el camino es angosto la cercanía de las hierbas hiere las piernas, pero también expele un aroma como de hierbabuena, como de menta macerada.

martes, 6 de marzo de 2018

CON ARETES O SIN ELLOS




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que son como un cuento completo y Mujeres que son como una calle sin baches.
Sí, lo sé. En apariencia, la mujer calle sin baches no existe por estos lugares. Pero no es así. Por fortuna, las mujeres superan con mucho la realidad absurda; por esto, a veces, muchos hombres no logran comprenderlas a cabalidad, porque insisten en compararlas con el espejo más cercano, olvidándose que el territorio natural de la mujer está en lo más alto de los árboles, en lo más intrincado del bosque, en el abismo más sugerente y en la espina más decente. Hay más mujeres calles sin baches de las que intuimos. Si no fuera así, el mundo ya se habría parado, como se detienen los autos que transitan las calles de los pueblos chiapanecos. ¡No hay ciudad de Chiapas que se salve de esa epidemia de viruela!
¿Qué características posee la mujer calle sin baches? La primera, que es muy obvia, es la que nos presenta un rostro sin alteraciones, pero no escribo de los rostros físicos sino de los espirituales, porque los rostros físicos son engañosos. Ahora, con tantos avances científicos, las mujeres chipotudas pueden presentar rostros perfectos, gracias a los implantes y a las cirugías. Escribo del rostro espiritual sin mácula. Por eso, cuando escribo de la mujer calle sin bache, escribo de la inmaculada, de la que, sin ser perfecta, camina con la dignidad con que caminó María a la hora que supo que había sido la elegida para ser madre de Jesús. Por eso, cuando escribo de la mujer calle sin baches escribo de la mujer que posee la característica de ser madre, aun cuando no lo sea físicamente, porque la mujer es madre del aire y del sol y del agua. ¿Han visto cómo se mueve una chica a la hora que se para a bailar a mitad del patio de una casa, a la hora que el dj pone un disco de música electrónica? ¿La han visto correr un medio maratón en Reforma, en la Ciudad de México? ¿La han visto aventarse en un parapente desde lo alto de la montaña sagrada del Tepozteco? ¿La han escuchado caminar a la hora que sube hacia su cuarto después de haber estado en un bar con sus amigos hasta la madrugada? ¿La han visto darle comida a los gatitos? ¿La han hallado en medio de una multitud, porque su luz era como un faro en una isla solitaria? ¿La han escuchado cantar, cuando se disfraza de Nina Simone o cuando se vuelve cenzontle a mitad de la luna? Si la han visto o escuchado o presentido, saben entonces que ella es madre de la piedra y del sueño y que estar a su lado significa caminar sobre un tapete diáfano, sin piedras ni baches.
¿Ven por qué digo que ella está en todas partes, sin mancha, sin hueco, sin abismos, en cualquier ciudad del mundo? Siempre que exista una plaza donde suene una marimba ¡ahí estará ella bailando! Siempre que haya un aroma de chocolate en un café, ahí estará ella, con sus lentes, leyendo alguna novela de Gabriel García Márquez. Siempre que una gaviota pinte su raya blanca en algún cielo de mar, ahí estará ella, debajo de una palmera, pidiendo a un lanchero que le riegue bronceador por todo su cuerpo.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son el anticipo de una catástrofe y Mujeres que son tan útiles como el hambre al perro.

lunes, 5 de marzo de 2018

LA VOZ DESDE UNA GRIETA DEL CIELO




Nunca me ha gustado el box. Pero cuando estudiaba la preparatoria veía el box por la televisión. La palomilla se reunía en la casa de Jorge. En una pequeña sala de televisión sólo se oía el ruido de los botes de cerveza a la hora que los destapábamos. Los papás de Jorge nos permitían tomar cervezas, mientras veíamos la función sabatina de box, en un televisor en blanco y negro.
Nunca me ha gustado el box. Los sábados iba a la casa de Jorge para tomar la cerveza y para estar con los amigos, con Quique, con Armando, con Memo, con Miguel, con Javier y con Pedro. A veces, ellos apostaban. Quien perdía debía comprar las cervezas para el próximo sábado. Yo no apostaba. No sabía a quién irle. Es como si ahora, ya de viejo, alguien me preguntara si le voy al giro o al colorado, en una pelea de gallos. No conozco más giro que el que hace una bailarina de ballet.
Pero un día descubrí que el ring tenía su encanto. No los boxeadores, ni lo que sucedía a la hora que alguien tocaba la campana anunciando que el primer round comenzaba. No. Lo que sedujo fue el protocolo de inicio: el instante en que el maestro de ceremonias, con vestimenta muy formal (que contrastaba con los pechos desnudos y barnizados de los contendientes) anunciaba los nombres de los boxeadores. La primera vez que lo vi quedé casi mudo. El maestro de ceremonias se paró a mitad del ring -mientras el público hacía silencio y los boxeadores permanecían en sus esquinas- y esperó que un micrófono bajara detenido por el propio cable. ¡Eso fue un descubrimiento sensacional! Yo había visto micrófonos detenidos sobre pedestales y micrófonos que pasaban de una mano a otra, pero jamás, jamás, había visto un micrófono que, como paloma, descendiera de las alturas. El maestro de ceremonias sabía que el micrófono bajaría, lo tomó con su mano derecha, así como el bebedor toma la botella del cogote, y, con una voz impostada, de locutor rancio, dijo: “Ladies and gentleman, in this…” y anunció lo que tenía qué anunciar. Cuando el anunciante terminó de dar el nombre del contendiente, la multitud que abarrotaba la arena en un hotel de los Estados Unidos de Norteamérica explotó en gritos, en porras y en sombreros lanzados al aire. En la casa de Jorge también nosotros nos unimos al jolgorio y abrimos con más ganas las tecates y bebimos con fruición.
Cuando vi que el micrófono bajaba hasta la mitad del ring, pensé que Moisés había subido al monte Sinaí para escuchar la voz de Dios. Moisés, como la historia recurrente, debió subir a la montaña, pero acá en el ring de boxeo, la “montaña” bajaba para que el maestro de ceremonias diera el mensaje de que en “Esta esquina…”y el peso y el nombre.
El ring (todo mundo lo sabe) tiene cuatro esquinas, pero sólo dos son las nombradas. El centro del ring sólo sirve para anunciar a los contendientes, para ser aduana de intercambio de golpes y para la ceremonia final, donde a uno de los dos contendientes (ya con el ojo morado, con el labio partido, ya con el otro ojo cerrado, ya con las orejas de coliflor) le levantan el brazo, lo declaran vencedor y le colocan el cinto que reafirma su condición de Campeón.
Pero el centro, así lo entendí aquella noche de deslumbre, también era el lugar en donde, como si fuera el Espíritu Santo, bajaba el micrófono para que la voz del maestro de ceremonias tuviera la resonancia adecuada.
Desde entonces supe que el cuadrángulo de la vida tiene cuatro esquinas, pero sólo dos son las importantes, pero que el centro es el trascendente, porque ahí, si alguien logra ubicarse en el punto exacto y no se mueve, más tarde o temprano, el micrófono bajará desde las alturas, para que su voz retumbe por toda la Arena.
Nunca me ha gustado ver el box, pero prendo el televisor para ver el momento en que sucede el prodigio del Centro.

domingo, 4 de marzo de 2018

DEFINICIÓN DE SOBRE




El tío Arsenio jugaba: “¿El sobre? El sobre está debajo del archivador que está sobre el escritorio”. Cuando lo decía, decía que eso era la Polisemia y pronunciaba la palabra con tal fervor que parecía que entonaba una estrofa del Himno Nacional.
El tío Arsenio era comiteco. Por eso, además de ese juego de polisemia, a Rosendo le puso el apodo de “El sobres”, no porque Rosendo trabajara en esa institución que sobrevive de puro milagro y que se llama Correos de México, sino porque le gustaba coleccionar sobres, sobres que hacía de papel periódico. Una vez le pregunté a Rosendo cómo inició su afición y me dijo que había crecido entre sobres, porque su papá también había sido cartero.
Cuando Rosendo se enteró que el tío Arsenio le había puesto el apodo fue a su casa, tocó la puerta con una piedra y cuando apareció el tío, Rosendo le reclamó airado, le dijo que su papá le había puesto un nombre y que no permitiría que él se burlara. El tío logró calmar la furia de Rosendo y juró no difundir el apodo, que, viéndolo bien, no era más que un reconocimiento a su pasatiempo.
Pero en una ocasión Rosendo sí explotó, aun cuando luego debió reconocer que no tenía razón. Entró a dar clases a una escuela preparatoria particular, una vez que ya se había jubilado de su trabajo en Correos. El primer día hizo su formal presentación, dijo su nombre, precedido por su título de Licenciado en Historia, de la UNAM, y luego pidió que cada uno de los alumnos se pusiera de pie (eran diez muchachos, todos varones) y dijera su nombre en voz alta. Los alumnos cumplieron el protocolo, cada uno con su personalidad. Cuando le tocó el turno a Armando Ortiz Corona, al término de su nombre agregó: Y me dicen “El Caite”. Sus compañeros celebraron la ocurrencia, momento en que el licenciado Rosendo Aguilar aprovechó para hablar de la importancia del nombre propio y del desatino que resulta emplear sobrenombres para nombrar a las personas. En un momento de su alocución dijo: “Hasta la piedra es nombrada con su nombre propio. Usar apodos es rebajar a la persona a menos que piedra”. Vio que los muchachos asentían, como si estuviesen convencidos de su mensaje. El maestro regresó a su escritorio, abrió un libro y buscó un plumón para copiar una cita en el pizarrón. No halló el plumón, entonces, se dirigió a Armando, porque a pesar de que había dicho el apodo, le resultó un muchacho agradable, simpático y desenfadado: “Armando, ¿puedes ir a la dirección a pedir un plumón?”. Armando se paró y dijo: “¡Sobres!”. El rostro de Rosendo se transformó, pasó del color carne normal al color carne de carnicería llena de sangre. Todo su mensaje se quebró como se quiebran los vasos en las cantinas a la hora que ya todos están borrachos. “¡Siéntate!”, le ordenó a Armando, quien acató la orden, pero con la misma confusión que atenazaba a sus compañeros. ¿Qué había pasado? Rosendo no sabía, no tenía por qué saberlo, que los muchachos de ahora usan la palabra ¡Sobres!, como sinónimo del Sí afirmativo, como sinónimo de ¡Sábanas!, o de ¡Simón!
El tío Arsenio jugaba con la palabra Sobre, de igual manera que los jóvenes actuales. “Y qué, ¿le hiciste el amor?”. ¡Sobres! “Ay, pobre de ella, tuvo que resistir tus noventa y dos kilotes. Para la otra le conviene que vos estés debajo”.

sábado, 3 de marzo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL CUENTO DE SAN JOSÉ




Querida Mariana: San José es un santo afectuoso. Cuando veo un cuadro donde él aparece un lazo de simpatía me circunda. No sé bien la historia, pero cuando nació Jesús (su hijo) él ya no se cocía al primer hervor, se ve que es un señor ya de edad avanzada. A mí me provoca ternura ver cómo sostiene una flor blanca en una de sus manos. La tía Elena dice que esa flor, en Comitán, se llama Flor de San José; bueno, debe llamarse así desde que el santo la sostuvo entre sus manos.
En Comitán, como en muchos pueblos del mundo, existe un templo dedicado al santo. Todos los comitecos sostienen que es el templo más bonito de la ciudad y cuando vienen forasteros lo chentean. Como en el pueblo andamos escasos de maravillas arquitectónicas, es comprensible entender que este templo sea considerado la joyita. Los demás templos son muy modestos, no tienen muchos elementos arquitectónicos para presumir. ¿Cuál es la riqueza del templo de San José? Pues no hay mucha tela de dónde cortar: Tiene una sola nave y una capilla breve. Tal vez lo más relevante es su interior que es como una decoración de pastel de quinceañera, su enorme cúpula y su fachada que tiene dos torres simpáticas. Los que saben dicen que es de estilo Neogótico y tal vez esto nos hace pensar en que es como una décima parte, por ejemplo, de la Catedral de Milán, en Italia, que es gótica ciento por ciento.
Si algún turista viniera sólo para conocer la arquitectura de Chiapas e hiciera una ligera comparación hallaría que el Templo de Santo Domingo, de San Cristóbal de Las Casas, es tres veces y media más hermoso que el modesto templo de San José. Tal vez el consuelo que nos queda es el de que ningún templo de Tuxtla es más bonito que el comiteco de San José. Tuxtla (ya lo hemos comentado) sigue siendo la ciudad chata que Rosario Castellanos vio.
Los comitecos pudientes tienen tres modos de celebrar los matrimonios de sus hijos: solicitan permiso al Obispo para que la ceremonia se desarrolle en sus fincas y haciendas, en un ambiente campirano, donde los chalequeros estén ausentes; van a Huatulco o a Cancún, para aprovechar que la ceremonia civil se realice en la playa; o se casan en el templo de San José, el más bonito de la ciudad.
Los otros templos son, digamos, muy comunes. Los más importantes, en tamaño y jerarquía; es decir, el templo de Santo Domingo, el de San Sebastián, el de Yalchivol, el de San Caralampio, el de la Colonia Miguel Alemán y el de Guadalupe cumplen su misión evangélica, pero nadie, nadie, queda con la baba viendo hacia el cielo como sí ocurre en templos magníficos de otras ciudades, del país y del mundo. He sido testigo, por ejemplo, de cómo las personas se sienten arrobadas cuando entran, por ejemplo, al templo de Santo Domingo o el de Tonantzintla, en Puebla, que son templos barrocos. La riqueza ornamental es de tal magnificencia que la gente se sublima ante tanta belleza. En Comitán, los fieles y ajenos ponen cara de “Está bonito, pero no más”. Pero, cuando alguien, en la parte alta de la ciudad ve el perfil del templo se llena de luz, porque ese perfil es el rostro más bonito del cielo.
Pero, sí debo decir que cuando fui niño (antes que el mundo me dijera que existe la Capilla Sixtina, por ejemplo) me emocioné ante la belleza del interior del templo de San José. El templo quedaba a dos cuadras de la escuela primaria Fray Matías de Córdova y, un grupo de amigos, cuando salíamos de clase, caminábamos por la calle del templo y ¡entrábamos! Era como una manda, lo hacíamos a diario. Si en España las personas recorren el Camino de Santiago o los musulmanes a La Meca, los tres o cuatro amigos íbamos a San José (el templo más bonito de nuestra ciudad). No me preguntés en qué momento comenzamos a hacer esa peregrinación, porque no sé decirlo con precisión. Algún día, tal vez, pasamos por ahí y a uno de nosotros se le ocurrió decir que entráramos. Tomá en cuenta que salíamos de la escuela a las dos de la tarde, así que entrábamos al templo como a las dos y diez, cargando nuestras mochilas. Tal vez lo que nos sedujo fue la calma y tranquilidad del interior. A esa hora sólo estaba la mujer que cuidaba el templo, ella dormitaba en una banca. La primera vez que entramos, ella despertó y preguntó qué queríamos. Al hablar se cubrió la boca con un chal, tal vez para disimular la baba. Nosotros dijimos que íbamos a rezar, caminamos por el pasillo central, nos hincamos en uno de los reclinatorios generales y dejamos nuestras mochilas. Quedamos en silencio, fundiéndonos en el silencio de un templo, a las dos y quince de la tarde. Nos persignamos e hicimos como que rezábamos, porque no rezábamos. La risa nos fue ganando poco a poco, fue como si fuésemos vacas y el bolo alimenticio subiera hasta nuestras bocas. Nos tapamos para que nuestra risa no interrumpiera ese bloque macizo silencioso. El ruido de afuera, los gritos de la calle, los pocos autos de entonces y los pasos de los caminantes, habían quedado afuera. El interior del templo era como una burbuja llena de vacío, lugar donde el ruido no tenía cabida. Las risas se fueron intensificando, de tal manera que comenzaron a salir por los intersticios de nuestros dedos, salían como gusanos alebrestados. Oímos unos pasos a nuestras espaldas, sabíamos que provenían de los zapatos de la mujer cuidadora. Eduardo no aguantó la risa, tomó su mochila y salió corriendo. Los demás permanecimos hincados. La mujer se acercó y nos recomendó que tuviéramos respeto por la casa de Dios y se sentó en una banca paralela a la nuestra. Nosotros hicimos lo mismo y Armando dijo que sí, que estábamos siendo respetuosos y le preguntó algo que no recuerdo, pero que hizo que la mujer sonriera. Dijo que sí, a lo que haya sido la pregunta y dijo que volviéramos a hincarnos. Ahí supimos que Armando había dicho algo acerca del rezo. La mujer se hincó, se persignó y comenzó a rezar: “Padre nuestro que estás en el…”, y nosotros la seguimos. ¡Dios mío! Si nuestros papás lo hubieran visto no lo habrían creído. Sus hijos rezando el padre nuestro ¡a las dos y cuarto del día!, bien formalitos, mientras los demás niños de nuestra edad, ¡quién sabe qué travesuras hacían en los sitios de las casas!
A partir de ese día, tomamos la costumbre de acudir al templo a la salida de clases. No pensés que nos había tocado el Espíritu Santo y habíamos tenido una visión divina que había cambiado nuestra personalidad mundana. ¡No! Era parte de un juego. Nos divertía desacralizar ese espacio. Nos gustaba hincarnos y esperar a que ese insecto llamado risa subiera por nuestra garganta y saliera por nuestras bocas. Reíamos tapándonos las bocas con nuestras manos. Ese simple juego era irresistible, sabíamos que el templo exigía el silencio total, el respeto supremo y nosotros, niños traviesos, infringíamos las reglas divinas. Lo hacíamos en el silencio total de las dos y cuarto de la tarde, hora en que nadie, o casi nadie, llega a rezar al templo, la mayoría de personas está orando en los templos de las cocinas y de los comedores.
En dos ocasiones, la mujer cuidadora (que se había vuelto nuestra conocida) se acercó a decirnos que si seguíamos interrumpiendo el silencio divino ya no iba a dejarnos entrar al templo, pero Armando le recordaba que Jesús había dicho: “Dejad que los niños se acerquen a mí” y la había dejado muda. ¿De dónde había sacado eso Armando? Nos dijo que de sus clases de doctrina, que le impartía doña Estercita. En realidad eso funcionaba a la perfección, porque la cuidadora (en ese momento ya sabíamos que se llamaba Adriana) sonreía y se alejaba diciendo, en voz baja: “Ay, estos niños, estos niños…”
A mí me encantaba ver un cuadro pintado por el maestro Güero (En ese momento no sabía quién era, pero lo supe ya en secundaria, cuando en el Colegio Mariano N. Ruiz, fue mi maestro de Dibujo y de Física, y supe que había sido amigo íntimo de Rosario Castellanos y que era un pintor excelente y que él había pintado la mayoría de cuadros que estaban colgados en el templo de Santo Domingo, y, de manera particular, ese cuadro que estaba en San José.)
Cuando, muchos años después, me maravillé ante un libro que mostraba ilustraciones de la Capilla Sixtina, pensé que nunca había estado tan cerca del arte como cuando estuve frente al cuadro pintado por el maestro Güero, en el modesto, modestísimo templo de San José, en Comitán (Y digo modestísimo, porque dicho templo, no puede compararse con el boato que existe en el Vaticano). Pero, lo vivido en San José nos marcó para siempre. No acudo a misas, porque no soporto las multitudes. Me encanta entrar a los templos a la hora que están casi vacíos, a la hora en que el silencio es como la mano de Dios que cubre a sus hijos. Ese silencio invita a la meditación, a orar, a unirse al mutismo con que Dios nos habla.
Posdata: Nos daba risa. Éramos niños. Jugábamos. Jugando entendimos que, más que en la muchedumbre, la sonrisa de Dios está en el silencio.

viernes, 2 de marzo de 2018

OBSTÁCULOS A MEDIA CALLE




Es una calle normal en Comitán. Un vecino rompió la calle porque conectó alguna tubería a la red central. Luego, como vecino responsable, contrató a un albañil para que tapara el hueco con cemento. El albañil (así es en este país) colocó una piedras y una tabla para evitar que los autos cruzaran sobre el cemento fresco (al día siguiente los quitaría para que el tránsito fluyera de manera regular). Para avisar a los automovilistas que ahí había un obstáculo colocó un trapo blanco, a manera de bandera (así son los señalamientos en este país).
El día que con Pau pasamos por ahí, en auto, recién habíamos visto en televisión un documental con la historia de los Juegos Olímpicos. Tal vez por ello, Pau, casi gritó y dijo: “Mirá, tío, mirá, carrera con obstáculos, para perritos”.
En cuanto lo dijo recordé la vez que Juan hizo una carrera de obstáculos para las primas Mendoza, quienes estaban empecinadas en bajar dos o tres kilos que tenían de más. Juan les sugirió hacer algunas dinámicas deportivas, incluyendo una carrera con obstáculos. Las hermanas Mendoza (Josefa y Juliana) aceptaron. Juan me dijo que lo ayudara a colocar los obstáculos en una pista improvisada en el sitio de la casa del tío Agenor, sitio que era amplísimo. Juan, con piedras pintadas de rojo acondicionó una pista por donde debían correr las Mendoza y colocó tres obstáculos tratando de imitar a los que había visto en las competencias olímpicas: el primer obstáculo lo hicimos con dos burros de madera, de esos que se emplean para sostener los tableros en las mesas de días de cumpleaños; para el segundo obstáculo cavamos un rectángulo de dos metros de largo por uno de ancho y diez centímetros de profundidad y lo llenamos de agua; y el tercer obstáculo fue algo semejante a lo que Pau y yo vimos en la calle: Colocamos una fila de piedras y encima un tronco.
A las seis de la mañana de un día sábado se presentaron las Mendoza en el sitio de la casa del tío Agenor. Juan, en su papel de organizador de la micro olimpiada, tenía colgado del cuello un silbato con el que daría el inicio de la competencia. La prueba estaba determinada a tres vueltas. Quien ganara se llevaría un premio. Juan pensó inicialmente en un diploma y un vaso de atol de granillo bien caliente, pero yo le hice la observación de que no era un premio congruente, así que lo cambió por un jugo de naranja y un diploma.
Las dos hermanas hicieron ejercicios de calentamiento y juraron hacer su mejor esfuerzo. Me dio gusto que las Mendoza tomaran con responsabilidad el reto, eso prometía que la competencia sería reñida.
Para superar el primer obstáculo, Juan pensó que debía colocar unos banquitos para que las hermanas, desde ahí, subieran a la mesa, se arrastraran (no hay otra palabra) y bajaran por el otro banquito, así que, como no hallamos banquitos a la mano tomamos cuatro sillas que se colocaron al frente y en la parte posterior de la mesa. Juan comprobó que las dos hermanas estuvieran detrás de la raya de inicio y, como si fuera juez de hipódromo, levantó la mano, gritó ¡arrancan! y dio el silbatazo de inicio. Las dos hermanas comenzaron a correr, llegaron al primer obstáculo, subieron sobre la silla, se arrastraron sobre la mesa, bajaron y siguieron corriendo hasta topar con el segundo obstáculo. Ambas decidieron no brincar (porque ello implicaba abrir las piernas de más), así que, como si fuesen niñas, saltaron sobre el charco; al llegar al tercer obstáculo lo superaron sin dificultad alguna. Terminaron la vuelta completa, con una ligera ventaja de Josefa sobre Juliana; comenzaron con la segunda, que, como es lógico, les llevó más tiempo e implicó mayor esfuerzo. La ventaja de Josefa se amplió. Al comenzar con la tercera vuelta, Josefa subió a la silla, luego a la mesa y se arrastró, en el arrastre, una de sus calcetas se trabó con alguna astilla e hizo que se fuera de bruces y quedara con la cabeza de fuera como garrobo sobre una rama, forcejeó para destrabar su calceta lo que provocó un ligero deslizamiento de la tabla. En el momento que Juliana subió a la mesa, su corpulencia de más de cien kilos hizo que los burros se abrieran y ambas hermanas cayeron. Juliana, con dificultad, se paró y continuó. Josefa comenzó a dar de gritos, diciendo que la competencia no debía continuar, hasta que ella lograra zafarse. Le pregunté a Juan qué procedía y él dijo que no debíamos meternos. Juliana, con mucho esfuerzo, se inclinó hasta quitarse la zapatilla de deporte y la calceta. Se paró y continúo la carrera. Como en la pista había muchas piedras y piedrines a cada paso gritaba: ¡Ay, ay, ay!
Juliana llegó a la meta, alzó los brazos y cuando vio a su hermana saltando en el pie calzado, trató de evitar la risa, pero no se contuvo.
Juan sacó el vaso de jugo y el diploma y esperó que llegara Josefa para hacer formal entrega a la campeona.
Vi que el pie de Josefa estaba lastimado, le entregué su zapatilla y su calceta deshecha. Josefa lo tomó, casi con la misma actitud de protocolo con que su hermana aceptó el premio de primer lugar y dijo: “Un segundo lugar no estuvo mal. Mañana obtengo el primero” y le pidió a Juan que mandara a lijar el tablero de madera.
Después de quince días, las Mendoza habían rebajado dos kilos y seguían con las carreras matutinas en la pista improvisada, salvando más obstáculos: con cuerdas, arena, lodo y matas de ortiga.
Pensé en el juego que Pau había vislumbrado. A final de cuentas, los niños encuentran magia donde los adultos sólo ven dificultades.
Al día siguiente pasamos por el mismo lugar y las piedras y la madera ya habían sido retirados. Pau dijo que le hubiera gustado ver qué perrito había ganado la competencia. Pensé que a mí, también, me hubiese gustado ver la premiación del segundo lugar.

jueves, 1 de marzo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE LA TARDE QUE VOLAMOS




Querida Mariana: ¿Te acordás del cuento de Laco Zepeda, donde aparece el personaje que se llama Chico que vuela? Don Pacífico (Chico) soñaba con volar. El cuento es genial, tiene la genialidad de la narrativa de don Laco. A mí siempre me llamó la atención el nombre del personaje: ¡Pacífico!, como si en lugar de soñar con ser ave soñara con ser pez. Eusebio me preguntó: ¿Entonces cómo debió llamarse? No, dije, está bien, los personajes se llaman como deben llamarse, igual que nosotros. Vos sos Eusebio y yo soy Alejandro.
Yo no me llamo Pacífico, dijo Eusebio, pero también sueño con volar. ¿Quién no?
A veces los aviones sobrevuelan Comitán. Hubo un tiempo en que los aviones no eran una imagen normal. El otro día escuché el ruido de un avión en el cielo, alcé la vista y me topé con este avión que retraté. No es un avión común, debe ser un avión militar.
Rodrigo era mi compañero en la escuela preparatoria, él era apasionado lector de la historia de la Segunda Guerra Mundial, era, por lo tanto, experto en aviones. A nosotros nos sorprendía cuando, desde el patio central de la escuela, veíamos volar una avioneta y él daba las características del aparato. Cuando en un libro veía el dibujo de un avión participante en la guerra recitaba de memoria todos los elementos, incluso el tipo de armamento que usaba.
Alondra se acercó una vez y nos dijo que nosotros éramos privilegiados, porque nunca habíamos vivido los horrores de una guerra. Contó que su abuela Ernestina había vivido los horrores de la Guerra Civil Española. Ella llegó a México huyendo del terror de la guerra. Cuando escuchaba el sonido de un avión en el cielo se cubría los oídos con ambas manos y parecía hacerse chiquita, mientras una mueca de miedo aparecía en sus ojitos que eran como hueco de alcancía.
Nosotros, al contrario de la abuela de Alondra, cuando oíamos el motor de un avión salíamos al patio y mirábamos ese prodigio que surcaba el profundo azul de Comitán y soñábamos con ir allá arriba un día, ¡volando!
Ahora hay mañanas en que apreciamos la estela de un avión que vuela muy alto. Alguien dice: Ese avión va a Guatemala. Nosotros lo creemos, lo creemos porque vuela muy alto, casi no se distingue.
El avión que retraté la otra mañana volaba no muy alto. Si Rodrigo lo hubiese visto habría dado todas las características del aparato. Tal vez (insisto) era un avión militar e iba a aterrizar en el aeropuerto de El Copalar. El aeropuerto funciona ahora sólo como campo de aterrizaje de aviones militares y para los jets de algunos políticos que visitan Comitán. Hubo un tiempo en que aterrizaban aviones comerciales. Un patronato alentó el proyecto de la aviación comercial que benefició a la población que demandaba vuelos a la Ciudad de México. Parece que la demanda poco a poco se redujo y llegó el momento en que la Aerolínea que daba el servicio debió suspenderlo. Una verdadera lástima, porque ahora los comitecos que vuelan (que son muchos) deben trasladarse a Tuxtla Gutiérrez o a Tapachula para abordar un avión.
El patronato, con los pies más puestos en la tierra que don Chico que vuela, soñó con volar y gracias a su tesón logró el prodigio, pero un día sus alas fueron cortadas y ahora no queda más que ver volar los aviones desde los patios de nuestras casas.
Alondra tuvo razón. Cuando escuchamos el sonido de un avión vemos hacia arriba, ubicamos el aparato y nos provoca alegría. Quienes padecieron los horrores de una guerra sufren ese sonido, porque, como si alguien les insertara un estilete, remueve los recuerdos atroces.
En el Colegio Mariano N. Ruiz (institución donde laboro desde 1982) un día oímos -maestros y alumnos- el sobrevuelo de una avioneta y luego vimos que el patio se llenó de papeles que caían del aparato: Eran mensajes amorosos de un muchacho que pretendía a una estudiante nuestra. La lluvia era como aquel maná bíblico. La chica (has de comprender) estaba orgullosísima, pero cuando el muchacho se presentó tiempo después, con un ramo de rosas, ella no aceptó ser su novia. Muchos dijeron que fue porque lo de la avioneta había sido un exceso estilo Carlos Slim o Donald Trump. Una maestra dijo: Debió invitarla a volar en la avioneta, eso habría sido sensacional otra maestra dijo: A veces basta con invitar a la chica a volar un papalote.
El hombre, desde siempre, soñó con volar. Don Chico que vuela lo logró un instante, el tiempo que tardó en abrir las alas, lanzarse al vacío y caer como fardo, con un zapotazo tan fuerte que ahí mismo falleció. ¿Fallaron sus alas de petate y carrizo? Alguien dijo que no, que lo que lo jodió fue el sobrepeso, porque muchos amigos (al puro estilo chiapaneco) le encargaron que llevara unos quesos, chorizos, aguardiente y más chunches para los familiares que estaban en el cielo.
Soñamos con volar y un día ¡volamos!, pero luego los comitecos no respondieron con igual entusiasmo al entusiasmo del Patronato y ahora el aeropuerto sólo funciona para aviones del ejército, como el que retraté esa mañana.
Posdata: ¿Mirás el vuelo soberbio del aparato? ¿Mirás la belleza de ese lago azulísimo donde vuela?
El personaje de Laco se llama Pacífico, como si soñara con atravesar el mar. Desde siempre pensé que también los cielos, igual que los mares, debieron ser bautizados. Sería emocionante decir que un día (en viaje de Tuxtla a la Ciudad de México) volamos por el cielo de Arcadia, por ejemplo.