sábado, 13 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO




Querida Mariana: con pesar digo que murió la maestra Vigi. Ella es comadre de mi mamá, porque mi mamá es madrina de Verónica, su hija. Ambas se quieren mucho. Yo fui alumno de la maestra Vigi y fui su amigo y soy amigo desde siempre de su hijo Luis Ignacio y fui colaborador de su nieto cuando éste fue presidente municipal de mi pueblo. Esta relación ha sido mi privilegio, y te lo cuento para certificar que estuve cerca de ese árbol bonito, como tenocté, que iluminó muchas vidas, porque mi maestra era muy simpática, muy ingeniosa.
El miércoles, mi Paty se acercó a la mesa donde yo escribía y en una servilleta me pasó el siguiente mensaje: “Murió la mamá de Luis Ignacio” y señaló hacia mi mamá, quien estaba sentada en la sala y tenía en las manos un cuadernillo de oraciones. En voz baja le pregunté a mi Paty si debíamos darle la infausta noticia y me dijo que sí. Paty se alejó y yo vi a mi mamá, le dije: Qué bueno que estás rezando, fijate que hay una mala noticia, murió tu comadre Vigi, echale un padre nuestro por su alma, así sin muchas vueltas se lo dije, como si hablara de la lluvia o como de la llegada de la noche. “Ay, mi comadre.”, dijo mi mamá y comenzó a llorar, sus manitas hicieron temblar el cuadernillo. “Desde hace dos días estoy que le iba a hablar a Vero y no lo he hecho. Le hablaré mañana.”, dijo, se limpió las lágrimas, abrió el cuadernillo y escuché que dijo, en el tono con que siempre reza: “Por el alma de mi comadre…” y sus labios se movieron en forma tenue, como si fueran la flama de una vela en un cuarto cerrado.
Si la ausencia de un afecto es lamentable en cualquier tiempo, en estos tiempos de pandemia todo parece más oscuro. Estar en cuarentena evita el contacto con los amigos, con las calles llenas de vida. La noticia de la muerte de un afecto impacta más, llena de niebla el ambiente. Sólo el cuadernillo con oraciones de mi mamá es como un cimiento para el ánimo, para la esperanza, para la sobrevivencia. ¡Ay, cuántas ausencias lamentables! No puede uno salir para dar un abrazo de consuelo a los afectos. No. Uno mismo se abraza, uno mismo se coloca las manos en los brazos, agacha uno la cabeza y se da el pésame, y abraza al ausente, al familiar que vive su pena, lejos, muy lejos, a pesar de estar tan cerca, en forma física y en espíritu.
¡Ah, qué tiempos tan lejos de los otros! Tan lejos de los otros tiempos, cuando, alumno de secundaria, en el glorioso Colegio Mariano N. Ruiz, recibí clases de dibujo de imitación con la maestra Vigi. El primer día de clases fue sorprendente. En nuestra relación de útiles nos habían pedido una libreta con cuadrícula grande. Cuando la maestra entró dio los buenos días, se sentó en el escritorio y esperó que dos muchachos colocaran un pizarrón verde, con cuadrícula pintada en blanco y letras y números. Nunca había visto algo similar. En toda mi vida de estudiante, el pizarrón siempre era el mismo sin importar la materia, incluso, para la materia de dibujo el maestro utilizaba el mismo pizarrón limpio. Acá no, el pizarrón estaba cuadriculado, como cuadriculada la hoja donde la maestra pidió que colocáramos números en sentido descendente y letras en sentido horizontal. ¡Ah, qué actividad tan simpática! Luego, la maestra tomó un gis de color negro y nos dijo que ubicáramos la columna D y bajáramos hasta la fila 4 y pintáramos en el cuadro correspondiente la raya que ella pintaba con una curvatura delicada y luego pasamos a la columna E, fila 4 y continuamos el trazo. ¿Qué resultaría al final? La maestra escondía el cuaderno en su pecho y nosotros seguíamos sus indicaciones. Conforme avanzaba el dibujo nos aventurábamos a lanzar nuestras predicciones. Ya estábamos seguros que, al final, sería un animal, pero ¿qué animal? Un elefante. No seás mudo, cómo un elefante, ¿y la trompa? No, es un león. ¿Léon? ¿Y la melena? Poco a poco, la maestra trazaba líneas en los cuadros y nosotros las copiábamos en nuestra libreta. Sí, la materia era Dibujo de imitación, ¡ah!, qué bonito. Imitábamos los trazos de la maestra, ¿mirás qué prodigio? Al final, Arnulfo tuvo razón, el animal dibujado fue un león, un león desmelenado, y la maestra, con ese humor inconfundible, dijo que el león no es como lo pintan. Dejamos nuestro pupitre y nos amontonamos alrededor del escritorio y pusimos las libretas, una sobre otra, como si fueran losetas en una construcción. La maestra Vigi tomó una, la revisó, hizo las indicaciones y calificó. Sus calificaciones fueron generosas, oscilaron entre el ocho y el diez. Nadie reprobó. Claro, hubo algunos dibujos mejores, pero todos, todos, eran leones, unos con chibolas en el lomo y otros tersos como cielos agradecidos.
Ahora, vos lo sabés, dibujo, dibujo mucho, y pinto, pinto cajitas. Algunos críticos dicen que me repito, que siempre pinto y dibujo lo mismo, con pocas variantes. Es cierto, todos mis dibujos y mis cuadros son como piezas de un rompecabezas gigante. ¿Qué pinto? ¿Qué dibujo? Muchachas bonitas sin vestidos y animales, muchos animales. ¿De dónde pepené la gracia? Pues de las clases de la maestra Vigi, en secundaria, y las clases de dibujo al natural, en la Universidad del Valle de México, en la gran ciudad, cuando llegaban modelos de la escuela La Esmeralda, y posaban desnudas para que nosotros, estudiantes de arquitectura, hiciéramos bocetos.
Cuando veo al cupido con sus flechas, pienso que no es una buena representación, el amor no puede ser una flecha en el pecho. ¡No! Cuando pienso en la vocación pienso en un ángel encueradito pero con una red de esas que usan los pescadores en Paredón, Chiapas. Pero la red del ángel de la vocación está hecha con hilos de luz. El ángel te atrapa en su red y sonríe y el elegido hace lo mismo, porque no hay mejor cosa en el mundo que ser fiel a la vocación, hacer lo que a uno le gusta, desarrollar los dones y las fortalezas.
Dibujo y pinto, porque un día, en una clase de escuela, dos maestras (una en la secundaria y otra en la universidad) apuntalaron el gusto, la vocación; regaron la planta hermosa de la creación.
La gracia de la vida es repartir dones. La maestra Vigi (que el universo bendiga la luz en que se ha convertido) repartió su gracia.
Digo que primero fui su alumno y luego fui su amigo. Un día, cuando en la familia teníamos una editorial en Puebla, me llamó por teléfono y dijo que quería que yo le hiciera unos libros, en la Colección Balún-Canán, que teníamos, y que hacía ediciones de pocos ejemplares. Me dijo que su principal interés era repartir esos libros entre sus afectos. Le publicamos dos libros, en la sección de Relatos, uno con el título de “Los Azafranes y algo más” y el otro intitulado “Mis fabulosas abuelitas”. Estos libros cuentan historias sencillas, luminosas, iluminadas. Los azafranes son unos hermanos con el cabello del color del azafrán, y el libro de las abuelitas cuenta anécdotas de dos viejecillas cotorronas: Tachita y Martinita, que cuentan historias de su juventud a Beatricita, quien, ¡bendito Dios!, es una muchacha bonita que se encanta con lo que le cuentan las dos simpáticas viejas. Sus relatos tienen el mojol de estar ilustrados con dibujos con gracia especial. Ahí está plasmado su don, el trazo fácil, sencillo.
La maestra Vigi hizo la siguiente presentación en sus libros publicados: “Gracias, Señor, por la habilidad que me diste para dibujar, así doy un toque especial a mis cuentos, historias y versos. Todo lo que escribo no tiene ningún valor literario, simplemente soy aficionada a las letras, pero Tú le das alas a mi imaginación y lo disfruto plenamente.”
¿Mirás? Agradece el don recibido y habla del disfrute de lo realizado, de lo compartido. ¿Qué más podés pedirle a la vida? Salud. La maestra gozó de buena salud, iluminada con su alegre carácter, pero, por desgracia, en los últimos tiempos su mente, como bordado de estambre, se comenzó a deshilachar, había instantes que ya no recordaba; su mente, feliz, niña iluminada, ya brincaba la cuerda en otro patio. El miércoles 10 se despidió de la vida, lo hizo en una época difícil. No hubo velatorio, de inmediato la cremaron, cumplió la sentencia de que somos polvo y en polvo nos convertimos. Claro, hay seres que son polvo de estrella. La maestra ahora ya es polvo de estrella, se ha reincorporado a esa Vía Láctea donde caminan los espíritus sublimes.
Todos pedimos salud y pedimos la bendición que, en vida, tuvo la querida maestra Virginia Albores Cancino. Yo deseo que vos cumplás tus sueños, que prodigués tus dones con el mundo, y que, siempre, siempre, tengás mucha salud, salud física, salud mental y salud espiritual.
Mi mamá cuenta que cuando ella tenía la tienda de estambres, su comadre Vigi pasaba a saludarla y le dejaba un papelito con algún mensaje cariñoso. No lo firmaba, su firma era un dibujo con su carita, una carita casi redonda, sonriente, con ojos grandes.
Posdata: El ángel de la vocación es genial, lanza sus redes de luz a todos los seres humanos, a algunos los seduce con plastilina y barro y hace que Luis se convierta en el gran escultor y hace que Manuelito se convierta en un gran ceramista; a otros los seduce con lápices de colores y con pinturas y hace que Mario Pinto Pérez y Samuel Guillén Flores sean grandes acuarelistas; a otros los seduce con el don de la música y bendice las manos de Sonia Conde y las voces de Cothy Soto y de Stefany Moguel, y así, el ángel de la creación vuela por todos los patios y sitios del mundo y reparte dones al por mayor. Benditas las personas que, como la maestra Vigi, pepenan esos dones y, como hizo Jesús con los panes, los multiplican y los reparten con gracia y sin regateo. Paz infinita para mi maestra.





viernes, 12 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA JUSTIFICACIÓN




Querida Mariana: Varios amigos me han preguntado si no me cansa escribirte a diario. ¡No! Por supuesto que no. ¿A poco se cansa la abeja? ¿Se cansa el árbol de durazno? ¿Se cansa el Sol? La vida es constante, no se detiene; una de las características de la vida es la constancia.
Por ahí comentan la persistencia de una gota de agua, gracias a su constancia puede hacer un hueco en la piedra. No es la fuerza sino la perseverancia.
Mis cartas, por supuesto, no pretenden abrir huecos, porque vos no sos piedra, no sos de piedra. Mis cartas tienen una pretensión más sencilla, ser un hilo que forme un bordado tan lleno de colores que, al final, sirva como un chal para los días de frío, que siempre llegan.
Mi mamá, te he platicado, conserva las cartas que le envío mi papá cuando eran novios, cuando ella vivía en la Ciudad de México y él en Comitán. Esas cartas están en una caja de zapatos, son como pétalos secos de flores que un día alegraron la mesa de centro de la sala. Ahí está la constancia de un tiempo. Con la letra casi perfecta de mi papá y la letra un poco tataratera de mi mamá hay un bordado que habla de una historia, de una vida compartida. A veces, como niño travieso, me siento en el piso y las leo y las releo. Uno nunca sabe quién aprovechará el fruto del árbol que sembró otro. La vida es un continuum, un avance firme, paso de soldado incansable.
Las cartas, aprendí en la secundaria, son de motivo variado. Hay cartas comerciales, dictaba la maestra, pero también hay cartas de afecto y en estas últimas hay cartas para los hermanos, para los padres, para los amigos y las que se envían las parejas. El grupo de amigos de la palomilla que fue a estudiar a la Ciudad de México recibía cartas de los amigos que quedaron en Comitán y viceversa. El puente que une dos orillas afectuosas se llama Viceversa. Con emoción esperábamos las cartas de Memo, de Javier y de Pedro; y ya ni te cuento la cara de los amigos de allá cuando recibían cartas de sus novias. A veces, una misiva era motivo para abrir una caguama y brindar por ellas (por las caguamas y por las muchachas bonitas.)
¿A poco se cansa el universo de seguir expandiéndose? ¿Se cansa la estrella de ser estrella? ¿A poco se cansa el Usumacinta de llevar agua? El Usumacinta ha sido río por siglos de siglos. Yo, apenas hilo de agua, no me canso de regar la planta de tus pies, para que de ahí broten flores.
No me canso de contarte del día que fui la Plaza de Garibaldi y me puse un poncho y abracé a los amigos y canté una de José Alfredo y tomé un trago a pico de botella y, a la hora que alcé la cara para dar el trago, miré el cielo contaminado de México y pensé en el cielo limpio de mi pueblo; no me canso de ser un mirón que abre el ventanillo que da a la calle, para contarte lo que ahí sucede: el paso de los peatones, los niños que corren detrás de sus madres. La vida pasa y alguien tiene que dar cuenta de los sucesos, alguien tiene que dar fe de los tiempos del tiempo.
¿Acaso se cansa el agricultor que, todos los días, siembra, limpia y levanta la cosecha? Cada acto del universo siembra una semilla todas las mañanas.
Soy un agricultor que, a diario, abre un hoyito para sembrar una espiga de esperanza (por favor, no vayás a malinterpretar ese “abrir hoyito para sembrar”, porque luego las mentes albureras se suben en la escalera.)
No me canso, no me cansaré de agradecer tu afecto; no me cansaré de agradecer la bendición de tu compañía. El destino me envió (entre otros) dos dones que resguardo como gentiles rayos de Sol, uno es el de ser escaso para las relaciones sociales; y el otro es el gusto por enviarte estas cartas. Así pues, yo, el escaso, tengo un puente lleno de luz que recorro a diario. Agradezco tu afecto, que, a pesar de la enorme diferencia de edades, riega esta planta sobreviviente de mil aguaceros, de mil granizadas, de dos o tres tormentas y uno que otro huracán.
No me cansa escribirte, porque cuando me tardo en enviarte la del día, vos me mandás un mensaje urgente, exigiendo las palabras que serán la ablución de tu mañana. Esta exigencia es un mensaje que indica que vos, con el mismo entusiasmo con que yo te envío mis palabras, las esperás, las recibís, te las untás en el espíritu y, a veces, en tu carita o en tu pecho o en tus muslos.
Me encanta saber que mis palabras son como el silbato del que vende los plátanos asados, son como la bicicleta donde subís para ir al parque, son como la tarde desgajándose en el campo, son como el calentito té de menta, como el arcoíris que matiza la lluvia fina.
No me canso de pepenar palabras en todos los espacios, las que dicen los jóvenes, las que avientan los viejos en los cafés, las que caminan en puntillas en los cuartos de motel, las que se trepan en los campanarios y vuelan como zanates, las que cuelgan de los árboles, las que lloran en los oratorios, las que bailan en las plazas públicas.
No me canso de escribirte. Es mi manera de comunicarme con el mundo, con tu mundo; es la mejor manera de decirte que me encanta tu vuelo de paloma (sin albur, por favor, sin albur). Me encanta tu humildad samaritana, tu risa de luciérnaga encendida, tu manto protector de noches incruentas, tu dedo que avanza, tu deseo que recula, tu pierna que entra al agua, el pie que da el salto.
Posdata: No me canso de estar en la ventana viendo cómo camina el mundo. Soy escaso para la convivencia social, pero soy un hombre pródigo en recibir los dones que, como frutos maduros, me ofrecen las manos de esa mujer maravillosa que se llama vida. ¡Salud, por siempre!

jueves, 11 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO




Querida Mariana: ¡Te tengo un libro digital! El libro del año 2020, digo, mi libro de este año (aclaro, porque sonó como si mi libro fuera el libro del año, en todo el mundo. Qué soberbia tan de colibrí creyéndose águila real.)
¿Recordás que así como Woody Allen presenta un film cada año, yo me he propuesto presentar un libro cada año? El año pasado presenté un libro de crónicas de mi pueblo; este año presento un libro de cuentos. ¡Acá está el fruto de dos años de trabajo! Porque, vos sabés, el oficio de escritor es un oficio arduo. Cada libro es la síntesis luminosa de muchas horas de trabajo intelectual. ¿Cuántas horas en la gestación de la idea, cuántas en la redacción, cuántas en la corrección? Son muchas, muchas. No hay chunche electrónico que pueda contabilizarlas. Hay un chunche que contabiliza cuántos pasos da un peatón durante el día. Aún no se ha inventado el dispositivo que indique las horas del proceso creativo, porque no sólo son las horas frente al cuaderno o frente al procesador de textos. ¡No! Los escritores saben que hay noches que, en lugar de aparecer el sueño, aparecen imágenes del cuento o de la novela que escriben; hay tardes, a la hora de estar en el café con los amigos, que la mención de una palabra los jala hacia el libro, los saca de la conversación donde todos ríen. Cuando un escritor está inmerso en la redacción de un libro, muchos peldaños de su escalera cotidiana están ocupados por el proceso de creación. Por eso, no es infrecuente que alguien diga que el escritor, fulano de tal, está como ido. ¡Sí!, está ido, está en un patio que nada tiene que ver con los espacios que habitan los otros. Hay un dejar el mundo de los otros, para enclaustrarse, para, en soledad, preparar el puente que será para los otros.
En fin, querida mía, acá está mi libro más reciente. Este año, ya lo dije, es un libro de cuentos, para lectores adultos. Vos sabés que también escribo cuentos para niños bonitos e inteligentes, pero ahora, el libro del 2020 es un libro para lectores adultos. En este libro vienen cinco cuentos que están unidos con el tema del cine, con las salas de cine, con la pasión cinéfila. Al final, el lector puede preguntarse si lo que se cuenta estuvo en la proyección de la sala o en lo que sucedió en la vida cotidiana.
Como siempre, a la hora de redactar y en la revisión de los textos, he procurado tener presente lo que todo escritor debe tener presente: la recomendación de Roald Dahl y Sergio Ramírez: No aburrir al lector. Espero que los cuentitos que ahora entrego sean cuentos interesantes, que jalen tu interés, que aporten algo positivo, algo novedoso, a la vasta historia literaria de Chiapas.
El libro, como lo exigen los tiempos, es digital, y llegará a tus manos gracias a un patrocinio de San Marcos, la empresa comiteca que celebra su cumpleaños número cincuenta. Me enorgullece decir que mi obra literaria se distribuye en todo el mundo gracias a la generosidad de una empresa que siempre le ha apostado a Comitán. En tiempos de pandemia, la mano de empresarios exitosos se abre como un río de aguas limpias. Pido perdón por aprovechar el espacio de tu carta, pero lo aprovecho para agradecer al licenciado Héctor Flores por permitir que mi libro sea uno más de los festones que adornan el patio de los cincuenta años de su empresa.
Dicho esto, ya quedó claro que el libro digital será distribuido de manera gratuita a todos los lectores que lo soliciten. Nada de entrar a Amazon y sacar la paguita de la tarjeta de crédito. ¡No! San Marcos hace que el librincillo llegue a las ventanas de todos aquellos que lo soliciten. Tengo varios amigos lectores que, cada año, esperan mi nueva obra. Sé que estos amigos lectores no son multitudes, incluso no son todos los que, con agrado, leen las Arenillas que publico de lunes a sábado en redes sociales, y no es así, porque el proceso de creación es diferente. Las Arenillas son breves, son cerillitos que dan luz por tiempo efímero. El cuento exige otro tipo de lectura. El cuento se instala en el terreno de la ficción y pretende contar una historia que aporte un gajo al árbol enormísimo de la imaginación.
Pero mi corazón brinca como chapulín cuando advierte que vos sí disfrutás mis libros. Espero que este ramo de cuentos sea un bálsamo en este tiempo de pandemia. El deseo es que sea como una ramita de menta; es mi deseo y el deseo de San Marcos. Mi deseo es llevar, hasta la puerta de tu casa, un librincillo que cuente historias que te atraigan.
Posdata: Son cinco cuentitos. El primero se llama “De película” y cuenta la historia de un compa comiteco que viaja a la Ciudad de México a la presentación, en Bellas Artes, del libro de un amigo escritor y se ve envuelto en una historia dramática. Estuvo, como dicen, en el lugar equivocado, a la hora equivocada; el segundo cuentito se llama “Todo irá bien”, y es un cuentito donde aparece un personaje (“El Pijas”) que siempre sentencia: “Todo irá mal”; el tercer cuentito se llama “Nombres para usar en una isla”, y cuenta la historia de un estudiante de cine que viaja a una isla para filmar un documental que dará cuenta de la historia de un viejo que vive con su esposa y cuatro hijas. Al estudiante le vendieron la historia de que estas personas jamás habían salido de la isla; el cuarto cuentito se llama “Un muerto para la vida” y cuenta la historia de una abuela que, todas las tardes, veía cine en la televisión de la casa; y el último cuentito, el quinto, se llama “Nunca se sabe” y cuenta la historia de la hija de un destacado productor de cine que está envuelta en una historia de infidelidad por parte del novio y se cuestiona si debe vengarse: ¿Cuál es el mejor método para desaparecer a alguien sin tener problemas con la justicia?; es decir, ¿cuál es el crimen perfecto?
Bueno, ya hice una síntesis de los cinco textillos. Como dije, todos los cuentos están unidos por un hilo tenue: el cine y las películas.
Como siempre lo hago, digo que si tenés algún amigo que quiera leerlo, tendré mucho gusto en enviárselo. Basta que me mande un correo electrónico y yo le mando el pdf para que lea el libro de cuentos más reciente del tal Molinari. Te mando todo mi cariño (Por el momento, el libro sólo está disponible en español. Mi agente literario está en pláticas para que se hagan las traducciones al ruso, al chino mandarín, al hebreo y al argasté, que es el idioma de los argastenos, ciudadanos que habitan en el planeta ISIWXXX32.) Adiós. Bendiciones, siempre, siempre.


miércoles, 10 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN POCO DE AIRE



Querida Mariana: Leí un cuento donde un canario no sale de la jaula. Se acostumbró tanto a estar adentro, que, cuando su ama abrió la puerta y olvidó cerrarla, el canario no intuyó que ahí estaba una salida. ¿Para qué salir? ¿Quién le daría alpiste afuera? El cuento termina en forma dramática, porque la mujer, que trabaja en una oficina, se enferma, va al sanatorio y la internan por una noche. Una noche, la mujer no vuelve a casa. Cuando está sobre la cama del sanatorio, con una aguja en el brazo que le pasa suero, ella recuerda a su canario y brinca porque algo le dice que esa mañana, al salir de su departamento no cerró la jaula. Oh, piensa, mi canarito volará y me abandonará, pero ya dije que el canario sigue brincando sin darse cuenta que la puerta está abierta. El cuento termina en forma dramática, porque el gato que llega todas las tardes a beber un poco de leche que le deja la mujer al lado de la ventana, entra y busca el alimento ausente. El gato sí se da cuenta que la puerta de la jaula está abierta.
Pedro sacaría moralejas de este cuento, después de leerlo, estoy seguro que diría que siempre es así en la vida, que muchas personas permanecen encerradas, sin darse cuenta que la puerta está abierta, y que son los otros los que se aprovechan de esa ignorancia, de esa cerrazón intelectual.
No sé. Cuando leí el cuento por primera vez me dio tristeza. Bárbara Jacobs y su pareja de entonces, Tito Monterroso, publicaron un libro que es una Antología del cuento triste, donde, sostienen, los mejores cuentos son cuentos tristes. No sé. En el libro de Jacobs y de Tito también hay un cuento que habla de un canario. Los canarios son aves favoritas de la nostalgia, porque, casi siempre, aparecen en casas de ancianas solas, los canarios son los sustitutos de las ausencias de esposos muertos, de hijos ingratos y ausentes.
Muchas personas están contra el cautiverio de aves, se molestan porque hay gente que mantiene adentro de jaulas a loros, guacamayas, cotorritas y canarios. Pero, los dueños de esas mascotas sólo cuentan historias llenas de ternura y picardía. He ido a muchas casas donde hay loros y sus amos los tratan bien y los loros no parecen estar a disgusto, cantan el himno, piden el pan, responden cuando alguien toca la puerta y son expertos en repetir las malcriadezas que sus amos les enseñan: ¡Pendejo, pendejo!, dicen con su voz de cacatúa selvática.
Mi tía Elena es feliz con Amarillito, que así bautizó a su canario. Todas las mañanas, como si atendiera a un hijo, le quita la colcha que pone en la jaula antes de ir a acostarse, y platica con Amarillito y el canario le responde, brinca de un lado a otro del palo y canta. Uso el verbo cantar porque es lo que hace el canario, mientras, mi tía hace lo mismo y baila frente a su pajarito y el canario se ve contento. Ambos se ven contentos. Estoy seguro que el día que el canario muera, mi tía quedará muy sola. La tía Elena tiene dos hijos, pero éstos viven lejos, en el Norte del país, a veces le hablan por teléfono, algún domingo; hace tiempo que no viajan para verla. El único verdadero afecto de la tía es Amarillito.
Yo no sé qué pensar cuando escucho la molestia de los animalistas. Me pongo en la misma línea de defensa cuando escucho alguna historia donde los amos maltratan a los perros, los mantienen encadenados en las azoteas o en los linderos de los patios, y se mojan cuando hay aguaceros. Pero cuando llego a la casa de la tía y veo el cariño que ella le brinda y veo que el canarito brinca contento en su columpio de plástico, pienso que ahí hay una historia de amor que no molesta al ave.
El cuento que viene en el libro de la Jacobs y de Tito es un cuentito muy bello, escrito por Katherine Mansfield que se llama, precisamente, “El canario”. El cuento está escrito en primera persona y comienza señalando un clavo, donde colgaba la jaula del canario que murió. Quien cuenta el cuento es el ama del pajarito y narra, con gran ternura, el cariño que le tenía y cómo su canto era muy especial. Recuerdo que la mujer dice que el canarito era su compañera. Ella vivía sola, apenas llegaban tres muchachos pensionados a los que les daba alimentos.
Sí, el cuento de Mansfield es triste, ¿por eso es bello? ¿Por eso es un cuento inolvidable? No lo sé. Lo que sé es que está muy bien contado y trasmite la unión de dos seres: un ave y una mujer solitaria. Por ahí está en el Internet, leélo, es un cuento lindo.
Un día, día ingrato, el canarito murió. Su ama (se deduce) bajó la jaula, pero el clavo quedó sobre la pared y cuando la mujer ve el clavo su corazón siente el rasgón, porque le recuerda que ahí hubo una jaula (una casita, un hogar) donde habitaba su canario.
Posdata: Cuando escucho estas historias no sé qué pensar con las exigencias de los animalistas. Estoy a favor de ellos cuando hay una historia de maltrato, pero cuando hay una historia tan humana pienso que las mascotas reciben una bendición al estar en cautiverio. Los canarios, a pesar de tener la puerta abierta, se quedan en casa, porque saben que ahí está el río que alimenta sus orillas.

martes, 9 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN GLOBO EN EL CIELO




Querida Mariana: ¿Has visto qué humilde es el aire? Siempre viste una túnica como de San Francisco de Asís. El aire es un niño juguetón, travieso, tiene colgada una sonrisa que da vida, es la vida.
Cuando mis amigos me preguntan qué deseo (a estas alturas de mi vida, ¡bendito Dios!), digo que me gustaría escribir con palabras de aire, con palabras sencillas, humildes.
Es tan complicado ser sencillo, es más sencillo ser complicado. Conozco amigos que escriben con palabras que son como globos de fierro, ellos creen que por pesadas, por rotundas, sus palabras forman textos soberbios. ¡No! Esos globos no vuelan y la gracia de la literatura es que las palabras vuelen, que sean, como dijo el poeta, ingrávidas y gentiles.
Sí, esta última palabra me gusta como definición de lo que podría ser mi trabajo, un trabajo gentil, lleno de begonias, de hojas de begonia.
¿Por qué digo esto? Porque ayer, mientras veíamos la televisión, mi mamá recordó que en la casa donde crecí, ella había llenado los corredores con geranios y begonias. Con una risa de ardilla satisfecha me dijo: “Comías las hojas de las begonias, eras como una arriera.”
¿Mirás? De niño fui una arriera come begonias. Ahora que lo escribo pienso que el recuerdo de mi mamá fue un recuerdo gentil, con palabras llenas de aire. Su recuerdo fue como un globo en el cielo de mi memoria.
Sí, me gustaría escribir con la sencillez con que mi madre ha caminado por la vida. En estos días de pandemia varios amigos me han preguntado cómo está ella. ¿Cómo está doña Hildita?, preguntan, con palabras sencillas, con palabras llenas de aire. Yo los bendigo a ellos, agradezco ese hilo que borda el recuerdo y fortalece la amistad. Respondo que está bien, a sus noventa años, es un árbol que recibe la lluvia de la gracia de Dios.
Me gustaría escribir con palabras sencillas, no simples. Hay que huir, como de la lepra, de las palabras simples, de los conceptos simples. Hay que buscar, con denuedo, el hallazgo de lo sencillo, de lo que es como el aire.
¿Has visto cómo es aire es un pájaro, un manto bordado con luz? El aire es un corazón que siempre late, que siempre brinca la cuerda, que se sienta, así, sin mayor protocolo, ante una mesa y toma café y platica con los amigos y cuenta anécdotas (cuenta anécdotas de otras regiones del mundo, de lugares donde ha estado.)
Luego, mis amigos me preguntan qué les deseo. Deseo que sean un pulmón lleno de aire, de aire limpio, con aroma de una taza de café, con el sabor de una hoja de begonia, con los rojos gentiles de las begonias. Les deseo una vida sencilla, que no simple. A mis amigos jamás les deseo yates, autos de lujo, residencias con jardines y albercas, joyas, toneladas de dinero. No se los deseo, porque el destino (que siempre está por encima de mis deseos) otorga a cada persona lo que le corresponde. Así veo a muchos amigos, sencillos, humildes, que reciben a mano abierta los dones que Dios envía, los dones espirituales y los obsequios materiales y algunos tienen grandes residencias y autos de lujo.
Yo les deseo una vida llena de aire, de fuelle de forja de metales, de globo que vuela por todos los cielos, más arriba de los árboles; les deseo el vuelo de un globo que no se traba en las ramas o en los cables de energía eléctrica; les deseo que su vida sea como el vuelo libre de un papalote hecho con carrizo y con papel de china, dos elementos sencillos que hacen más pleno el juego de la vida.
Les deseo que su vida sea como un juego de rayuela, que su vida sea pasar de una casilla a otra a través de brincos de pájaro contento, hasta llegar al cielo. Les deseo que su vida sea un juego de dados que siempre den números a su favor, que su ruleta siempre caiga en el rojo al que apuestan. A mis amigos, los que, con palabras sencillas envueltas en el aire del corazón, preguntan: ¿Cómo está doña Hildita?, les deseo que siempre, siempre, sus vidas sean como el hilo sencillo y humilde con el que mi mamá borda sus tejidos. Que sus vidas tengan la misma paciencia con que ella desenreda el estambre, la misma sencillez con que ella ríe al ver los programas de concurso que tanto le gustan, en la tele. Le gustan tanto los programas de concurso que no sólo ve los programas donde un muchacho abre veinte botellas con sus dientes, en treinta segundos, o alguien debe salir de la jaula antes que las puertas se cierren; ¡no!, también ve los programas donde diez fortachones, los diez hombres más fuertes del mundo, compiten por ver quién llega a la meta cargando una bola de hierro que pesa más que el mundo sobre los hombros de Atlas.
Posdata: Si me preguntás no sé responder a la pregunta de dónde nace el aire, de dónde viene. No lo sé. Sólo lo advierto cuando, como mariposa, se posa en las plantas del jardín de mi mamá; sólo lo intuyo cuando una hoja seca de begonia tarda en caer al suelo. Ahí está su mano, generosa, casi inadvertida. Así, le digo a mis amigos, me gustaría que fueran mis textos: “ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón.”

lunes, 8 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RÍO QUE SE LLAMA JULIO




Querida Mariana: Julio es un río. Todos los seres humanos somos ríos. Pero la mayoría siempre sigue el curso, no se sale del cauce. Julio es un río que se desmadra a cada rato, que se sale del cauce madre, que inunda otras orillas, orillas donde el agua es desconocida, donde la tierra está llena de grietas, como mano de viejo agricultor. ¡Ah!, qué grande es el Ganges, el Usumacinta, el Amazonas. ¡Qué grande y ancho el río Julio! Quienes navegan por sus aguas se maravillan ante tanto vuelo naranja de guacamayas, ante tanto cocodrilo calentándose en las orillas, ante tanto mono aullador que brinca de rama en rama, ante tantas franjas verdes de loros que avisan que ahí está Julio, en cualquier mes del año.
Julio es, también, un cielo. Todos los seres humanos somos cielos. Pero la mayoría tiene nubes que sólo llueven agua; la mayoría sólo se llena de truenos y rayos instantáneos. La mayoría de cielos son luces parpadeantes, vacíos con sonidos estruendosos. En cambio, Julio, ¡ah!, qué cielo de cielos Van Gogh, de cielos Rembrandt, de cielos Beethoven, de tarolas, de timbales, de fagots, de pianos que caminan en puntillas a ritmo de un vals, paso de puma jazz, de tigre foxtrot, de león blues, azul misterio, azul que busca la puerta de la manzana dorada.
Julio es, también, una ventana. Todos los seres humanos somos ventanas. Pero la mayoría son ventanas pequeñas, apenas dejan pasar la luz, el aire, la lluvia. Julio es más ventana que pared, más que puerta, más que ojo de buey. Julio es ventana ojo de lince, de ceiba altísima.
Sí, Julio es un árbol enormísimo, en su fronda caben todas las aves, todos los cantos, todos los mundos, todas las calles de todos los pueblos, todos los cafés, las mesas donde platican las parejas, donde beben café, donde fuman cigarrillos, donde se toman de las manos y bajan las palabras para construir sus casas.
Julio es un patio, más amplio que el patio más grande del universo. Es como la Vía Láctea; la Vía Apia; como la Rue de la Huchette; como el patio de mi casa, que es particular; como la Plaza de San Pedro; como la Plaza Roja, de Moscú; como la plaza tenue de tus pechos, como la explanada de tu vientre, como el refugio tierno de tu entrepierna.
Julio es todos los julios y todos los agostos y todos los diciembres, es la rama con frío del otoño, es el gajo en renuevo, la bota que da el siguiente paso, el pie que se mete en la alberca, la taza de té en madrugada, la bufanda en tardes de lluvia.
Julio es la promesa de una puerta en el aire, la que basta tocar con la mano para pasar a otra dimensión, una dimensión donde sólo cabe el que se llama Julio, el Julio de todas las palabras, de todos los vuelos, de todas las palomas en el parque, de todos los pájaros enjaulados, de todas las parejas bailando en el salón, de todas las mujeres hincadas en el templo. Julio es todas las salas de cine, todos los estadios de fútbol, todas las avenidas arboladas, todas las autopistas llenas de autos. Julio es el pene bandera que saluda a la muchacha más linda, es el barco que no se humedece, es la llave que entra en la cerradura, es el ojo de la cerradura, es la dura encerrona, la palabra que cuelga sobre los balcones en tardes lluviosas.
Julio es el mes de todos los meses, del día, del año. Julio es la sonrisa que cuelga en las macetas, el aroma que brota en el verano.
Julio es un río, un río de aguas limpias. Un río que no siempre busca el mar; es un río que se trepa sobre escaleras y forma cascadas y juega rayuela en los charcos. Julio es tan amplio como el deseo de los enamorados, tan ancho como el salto que da el niño para brincar de un país a otro en el juego pintado en la banqueta.
Julio es el filamento de todos los focos del mundo, es el aire que siempre existe entre barrote y barrote de esta jaula llamada vida.
Julio es el cenzontle de la selva, el manatí de todos los ríos, de todos los cielos. Julio es de acá y de allá, del Norte y del Sur, del camino de tierra y de la vía de cemento. Julio es el mate, el bandoneón; el paso de zorra tierna, el brinco del tambor, el tango, la caricia del vaso de ginebra.
Posdata: Julio es un niño, el niño más bello de este sueño domado. Julio es la mamila de la criatura lectora, es el dedo enorme que toca el piano, que mueve la tecla de la máquina mecánica de escribir. Julio es el viento que desarma las hojas del escritorio, es el dibujo para colorear, es un habano, es la botana para la cerveza, el hilo que teje la araña, el gato que se lame la pata, el oso que hiberna en su casa, la casa que duerme en medio de tus ojos. Julio es el niño que cuelga estrellas en los dibujos infantiles. Julio es tu mirada, es nuestro lenguaje, el que vos y yo hablamos, porque (no lo había dicho), Julio habla de vos, dice vení, corré, acariciame, amame, soñame, vivime. Julio es un árbol, el inmenso árbol cuyo fruto es la palabra más sublime, la más sabrosa, la más jugosa, la que satisface, siempre, la mueca del hambre.

sábado, 6 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN HILO AFECTUOSO




Querida Mariana: Dicen los expertos que en tiempos de crisis se fortalecen los valores. México ha dado muestras palpables de comportamientos solidarios en tiempos críticos. Cuando un terremoto cimbró y devastó muchas zonas de la Ciudad de México, las personas, de inmediato, se movilizaron y formaron brigadas de voluntarios que ayudaron a quitar escombros, a rescatar a personas vivas, a retirar cadáveres, a dar auxilio a sobrevivientes, a preparar comida caliente para los brigadistas y sobrevivientes. La respuesta fue inmediata y dadivosa. La sociedad civil siempre se moviliza, porque cuando sucede una desgracia, el botón de la generosidad se activa en automático. Nos sabemos hermanos, nos reconocemos hijos de la misma desdicha, de la misma patria dolida.
En estos tiempos, ya lo señaló Gabriel Guerra Castellanos (hijo de Rosario Castellanos), el pueblo no ha sido tan generoso. ¿Por qué? Porque ahora la sobrevivencia del que ayuda está en riesgo.
Cuando sucedió lo del terremoto, después de las réplicas, la vida siguió con su ritmo de todos los días. La gente, con un simple cubrebocas, para evitar el polvo, se movía de un lado para otro. Su sobrevivencia estaba garantizada. Ahora (¡qué dramático!), el cubrebocas no se usa para evitar el polvo, se usa para evitar el contagio de un virus letal, agresivo.
Por esto, ahora, querida mía, los actos de personas que acuden al auxilio del otro, del hermano en desgracia, es digno de altísimo reconocimiento.
He visto imágenes en las redes sociales donde el presidente municipal de Comitán y su esposa se desplazan hacia las comunidades rurales y llevan despensas para repartir a la gente más vulnerable. He leído en los comentarios, dos o tres, que minimizan tal acción. Yo pienso en las personas que reciben esos apoyos en esta época de tanta necesidad. Pienso que ese apoyo (que eternamente será insuficiente, porque vivimos en un país tercermundista y en un estado con múltiples carencias, desde siempre) es una tabla que permite pasar de una a otra orilla a esas personas que poseen muy poco. Pienso que no sólo es el hecho de recibir un kilo de arroz y un kilo de frijol y una cobija, ¡no!, también es un hilo de luz que, en medio de la oscuridad, aparece en el horizonte. Pienso que hay muchas familias que están solas, que viven en islas; por eso, cuando, a lo lejos, advierten una lancha con presencia humana, sus rostros se iluminan con la esperanza y mueven los brazos para decir que ahí están, y se abrazan cuando, desde la lancha, advierten señales de que los han visto y acuden a su rescate. Es la presencia humana, es la mano amiga que, cuando ocurre una desgracia, toca al que está debajo de los escombros; es la voz que indica que, afuera, alguien ya supo que está ahí, que no desespere, que lo rescatarán.
Por ahora muchos están en ínsulas. Permanecen en casa, porque es la manera más recomendable para evitar contagiar o contagiarse del virus. Las casas se convierten en islas. Todos los Robinson Crusoe de estos tiempos necesitan saber que no están solos, que hay otros afuera. Pero, ahora, todos estamos inmersos en la misma burbuja de desasosiego. Quien sale se expone, corre el riesgo de enfermarse.
Por eso, ahora, quien ofrece su mano generosa al otro es doblemente bendito. El mínimo acto es el máximo acto. Quien sale a dar ayuda al otro es un héroe, es el soldado que, en medio de las explosiones en un campo de batalla, se echa el fusil al hombro y corre esquivando las balas, para salvar al compañero herido, para jalarlo en el campo enlodado, para echárselo sobre la espalda, para salvarlo de una muerte segura.
En Comitán, como en muchos pueblos del mundo, en medio de la pandemia, hay personas que piensan en el otro, con riesgo de su salud. Doña Tere, desde siempre, ha dado alimentos a un grupo de menesterosos en su casa. Los necesitados acuden todas las mañanas, entran al extenso jardín donde, a la sombra de unos árboles, encuentran dos mesas largas, donde se sientan y desayunan. Ahora, cuando comenzó la pandemia, una de las hijas le dijo que debía suspender dicha ayuda. ¡Qué!, dijo doña Tere. ¡Jamás! Ahora es cuando más lo necesitan, y mandó a que los desayunos los colocaran en contenedores desechables y la ayuda sigue fluyendo. Los menesterosos llegan y reciben sus alimentos. Por supuesto que ahora no entran a la casa, pero reciben, desde la puerta, una bolsa con ayuda alimentaria. ¿Mirás la luz de este acto generoso? Doña Tere no sólo da comida, da la certeza de que esos hombres y mujeres no están solos, que aún, metidos en la burbuja de miseria en que viven, siempre está doña Tere para auxiliarlos, para paliar un poco esos huecos donde viven. El esposo de doña Tere, hasta el día de su fallecimiento, siempre ayudó a los necesitados. Ellos han honrado a la mamá de don Manuel que siempre fue una mujer generosa y que dio lustre a su nombre: Luz. Son personas que llevan luz en medio de la oscuridad. Son permanentes navegantes que viajan por el mar, a riesgo de tormentas, llevando un poco de esperanza a los Robinson de estos y de todos los tiempos.
Y esta es una mínima historia. Hay más, muchas más, actos mínimos ¡grandiosos! Ahora (vos has visto fotografías en las redes sociales) hay personas y grupos sociales que se están poniendo la mano en el corazón, que están pensando en los otros, en los desvalidos, en los necesitados. Por ahí, Gil levantó la cosecha de jitomates y se encargó de repartir muchas cajas entre los necesitados. ¿Mirás? Lo que iba a ser para la venta, para allegarse de fondos en estos tiempos tan difíciles, se destinó para repartir de manera gratuita, porque Gil sabe que hay personas en este pueblo que nada tienen, que necesitan todo.
Y el consultorio de la doctora María de la Cruz se convirtió en centro de acopio de insumos para llevar al personal de la Clínica del Covid, en Comitán; y el noticiario de Iván (quien no sólo ha hecho un trabajo excepcional de información, saliendo a la calle, para llevar la puntual noticia a la sociedad) también ha realizado una intensa campaña para auxiliar a quienes están luchando contra el virus; y lo mismo han hecho las mujeres de Ixuk’e. Decenas de personas, en Comitán, auxiliando al prójimo. OSA entregando cubrebocas para el personal de los hospitales; y más, muchos más. Benditas personas.
La pandemia no sólo ha pegado al mundo en la salud, también ha pegado, en forma intensa, en la economía. Muchas empresas han cerrado, en forma parcial o, desgraciadamente, ya en forma total. El otro día leí que una de las empresas poblanas de gran tradición en la fabricación de dulces debió cerrar, después de años y años de mantenerse activa.
El dinero escasea, a nadie le sobra (salvo que uno sea Slim). Y en medio de esta escasez, en medio de esta angustia por la carencia de circulante, hay personas que privilegian la salud y comparten el pan. No piensan en la cartera, ponen por delante el corazón.
¿Cómo no decirles gracias a estas personas? Todo aquel que abre su mano y comparte un poco de lo suyo, merece recibir bendiciones. Que nadie regatee el esfuerzo de personas y de grupos, de la sociedad civil o del gobierno. Los recursos son pocos, pero hay gente que está dando lo más que puede.
El chef Sergio anunció la participación de muchos restaurantes del pueblo para enviar comida al personal de la clínica. ¿Cómo no aplaudir esta acción? Quienes están dando su apoyo están reconociendo el esfuerzo que otros, de igual manera, están haciendo para contener los estragos de esta pandemia. El personal de salud, día y noche, corre por los pasillos de las clínicas y de los hospitales para salvar las vidas de otros, desconocidos hasta antes de que ingresaran. Lo hacen en medio de carencias (ya dijimos, nuestro país es tercemundista, vivimos en un estado que siempre ha estado en los últimos lugares de desarrollo económico.) Luchan a brazo partido. Van a la guerra sin fusil. Pero echan, por delante, el corazón. Cientos de historias se están escribiendo en esta época, historias dramáticas, historias nobles. Cientos de personas se quitan el suéter y lo entregan al desnudo.
¡Qué tiempos tan desgraciados! Y, sin embargo, el sentimiento de muchas personas de corazón noble, los están pintando con la gracia del desprendimiento, de la generosidad, de la nobleza. Es el pan que reciben los que necesitan el apoyo, pero, sobre todo, es la palabra que dice: Acá estoy, no estás solo.
Hace tiempo leí en las redes sociales el mensaje de un italiano que decía: “A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra, a nosotros sólo nos están pidiendo que nos quedemos en casa.”
Acá, en Comitán, como en todo el mundo, hay muchos que, a diario, van a la guerra, van para salvar a otros. Por eso, duele que muchas personas no respeten el pedido mínimo de quedarse en casa, si no tienen necesidad de hacerlo, y si deben salir que lo hagan con cubrebocas y conservando la distancia social necesaria.
Posdata: ¿Sabés qué siente la persona que, en medio de la necesidad, ve un barco a lo lejos y lo ve acercarse y recibe un kilo de frijol, una torta, un café caliente, una palabra de consuelo?
Hay manos generosas. Que el universo sea, de igual manera, generoso con sus corazones, con sus afectos cercanos.

viernes, 5 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA BIOGRAFÍA NOVELADA DE ROSARIO CASTELLANOS



Querida Mariana: Hace meses, dos o tres amigos que viven en otras ciudades me preguntaron, por inbox, dónde pueden hallar información acerca de la vida y obra de Rosario Castellanos. Les di dos opciones: la primera, leer el libro de Óscar Bonifaz: “Una lámpara llamada Rosario”; y la segunda, más vivencial: viajar a Comitán y darse una vueltita por el museo que honra la memoria de nuestra paisana. ¿Y la película “Los adioses”?, me preguntaron. Bueno, dije, sólo para salir de la duda y salir de la sala con más dudas. La película no refleja con precisión ni la vida ni la obra de Rosario, es un intento fallido.
Pero resulta que ahora, a mis amigos les tengo una tercera opción. Sobre todo en esta época donde la visita a Comitán debe posponerse hasta que tengamos mejores tiempos (llegarán y volveremos a ser un pueblo de brazos abiertos).
Y todo me fue dado sin pedirlo. Sucede que estaba en la mesa del comedor, escribiéndote una carta, cuando escuché en el noticiario televisivo de Canal 11, que el buen Miguel De la Cruz (encargado de la sección de cultura) presentó una novela que hablaba de Rosario Castellanos. Me paré y fui a ver de qué se trataba. Miguel dijo que tenía en sus manos una Biografía novelada de nuestra paisana, escrita por Rebeca Orozco. ¡Ya!, pensé. Regresé al comedor, bajé tantito el archivo donde escribía tu carta y entré al Internet a buscar el libro comentado. ¡Lo hallé! La novela se llama “El aire en que se crece” (ah, qué bonito título), y tiene un subtítulo que dice: “La novela sobre Rosario Castellanos”. Sí, dije, este libro lo quiero tener. Pero, ¿cómo? En estos tiempos es muy complicado. Sólo por curiosidad entré a Amazon y hallé que tenían a la venta el libro impreso y el ebook. ¡Oh! Lamenté no haber adquirido el Kindle, lector de ebooks, lo lamenté. Me hubiese gustado tanto poder leer ese libro, porque, vos lo sabés, si a medio mundo del país le interesa la obra de Rosario, a muchos comitecos nos remueve el ánimo cada vez que la vemos mencionada. Iba a cerrar la página de Amazon, para seguir escribiéndote, cuando, como si un anónimo amigo cibernético me tuviese un obsequio, mi vista se posó en una ventanita que decía que no era necesario tener el chunche para leer ebooks, que era posible descargar una aplicación en la computadora personal y desde ahí se podía leer. ¡Qué maravilla! Esta noticia era como la tienda que había frente al Colegio y que todo mundo conocía con el nombre de La Necesidad, porque vendía a precios muy caros, pero cuando no había de otra entrabas, por necesidad, a comprar. Acá tenía la necesidad de leer.
Así que había una opción para los necesitados como yo. Le piqué a la ventanita y fui siguiendo los pasos, hasta que, minutos después, ya aparecía en mi computadora un símbolo que dice Kindle y donde aparece la silueta de un niño que, de perfil, sentado en el piso, con un fondo estrellado, lee un libro impreso. ¡Ahí estaba la entrada para lo que deseaba!
¿Qué más? Pues ahora debía comprar el ebook. En cosa de minutos (¿dos, tres?), abrí la ventana y vi lo que jamás imaginé. Ahí estaba el primer libro de mi biblioteca digital. ¡Qué prodigio! Ahí, al alcance de la mano de las niñas de mis ojos estaba la biografía novelada.
¡No podía creerlo! Diez minutos después de haber escuchado la noticia en el noticiario del canal 11 tenía en mi computadora el libro que había deseado. ¿Así de fácil? Todavía dudé, como si caminara en puntillas, le piqué a la portada y se desplegó la primera página y vi que estaba completo y leí una, dos y pensé que no estaba mal. Cerré mi Kindle (¡ah, qué alzado!), abrí el archivo donde te escribía y terminé tu carta. En cuanto, con el dedo índice, puse el punto final al texto, fui de nuevo al Kindle y lo abrí y seguí leyendo la novela.
Ya la terminé. Y ahora, con emoción, digo que si este hubiese sido el guion de la película, la película habría sido una buena cinta.
La novela de Rebeca recrea la vida exterior y la vida interior de Rosario. Inicia con la muerte del hermanito en Comitán y concluye con la muerte de ella en Israel.
Rebeca es una escritora que tiene experiencia en este tipo de propuestas narrativas. Esto se nota en el libro, que tardó cinco años en escribir. Hizo una investigación documental exhaustiva y entrevistó a personas que conocieron a Rosario o que tienen amplio conocimiento de su vida y obra. Así entrevistó a Dolores Castro, la poeta, gran amiga de Rosario; entrevistó a Raúl Ortiz, íntimo de Rosario; y a Luis Armando Suárez Argüello, quien, en el momento de la entrevista, era director del Centro Cultural Rosario Castellanos, en Comitán. No dudo, querida mía. Así como te recomiendo la lectura del libro de Rebeca, así lo recomendé a mis amigos. Les dije que, de inmediato, lo adquirieran y lo leyeran.
Posdata: Hay un rigor en lo que Rebeca cuenta, claro, como es una novela, hay ficción. Por ejemplo, los diálogos son producto de la imaginación de Rebeca, pero, en términos generales, es un muy buen acercamiento a la vida y obra de la famosa paisana.
Rebeca escribe que cuando la novela “Balún-Canán” llegó a Comitán, muchos de los amigos de sus padres (sobre todo de don César) se molestaron. Es lógico de comprender, Rosario ponía sobre la mesa los malos tratos que los hacendados daban a los indígenas. Como es novela, Rebeca se avienta una mentirilla que sí me brincó, por exagerada, dice que el padre Mandujano, cura del templo de Santo Domingo, hizo un acto de quema, como si fuera Torquemada, en el siglo XV. Mirá qué dice: “El contenido del libro incomodó a la alta sociedad chiapaneca. Por su parte, el cura Mandujano, quien después de misa, daba pláticas a las jóvenes de la Acción Católica, en un salón del templo de Santo Domingo, organizó en Comitán una quema pública de los ejemplares que pudo confiscar, convirtió en cenizas el sincretismo religioso que aparecía en sus páginas.”
¡Falso! Pero, bueno, es novela. ¿Quién era el padre Mandujano? El padre Carlos, por supuesto. Él era el cura de Santo Domingo en 1958. ¿Cuál era el salón del templo? Pues el Lino Morales. Rebeca tuvo un desliz en este pasaje. Rebeca no conoció al padre. Este acto jamás lo hubiese impulsado él. El padre amaba los libros, era respetuoso de la ciencia y del arte. Desmenuzaba los rasgos negativos de Benito Juárez, sobre todo por su masonería (el padre consideraba a la masonería el lado opuesto de la religión católica) porque leía todo lo que había que leer de Benito. No quemaba los libros, al contrario, los leía con atención, hacía subrayados, anotaciones, en fin, el padre jamás habría quemado libros en un acto público, ni en privado.
En fin, salvo pequeños detalles, la obra de Rebeca merece conocerse. Sí, mi niña querida, no dudo en recomendártela. Por ahora, también, sugiero que lo comprés en línea, que bajés la aplicación a tu computadora, y comprés la novela y en menos que tarda un clic lo tengás en tu casa.

jueves, 4 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO DONDE HAY UN CRISTO Y UN LIBERAL




Querida Mariana. Esta fotografía muestra a un grupo de alumnos de primaria, del Colegio Mariano N. Ruiz.
La foto, fácil, tiene más de cincuenta años de haber sido tomada. Estos niños deben estar acercándose a la edad en que las personas son más vulnerables al virus devastador. En ese momento no imaginaban que vivirían una época donde hay que mantener la sana distancia. En aquellos tiempos, lo ves, los niños se amontonaban sin mayor problema, salvo que la maestra (acá se ve a la madre Sara, excelente maestra) avisara que fulanito tenía piojos y había que estar lejos de él.
Por el momento, estos niños de entonces, adultos hoy, no pueden lanzar la iniciativa de hacer una reunión de compañeros de generación, a menos que lo hicieran a través de una reunión virtual, en Zoom.
La escuela, es por naturaleza, por definición, el espacio social máximo de convivencia. Los niños de esta imagen, sin duda, vivieron momentos intensos de convivencia en el salón, en el patio, en las salidas al campo; jugaron fútbol, canicas, trompo, brincaron la cuerda, treparon a los árboles para cortar jocotes y jugaron ese juego divertido y peligroso que se llama chinchinagua, donde un grupo de muchachos brinca sobre otro grupo que hace una especie de trenecito humano. Ese trenecito era, por decir lo menos, peligrosísimo y perverso. ¿A quién se le ocurría colocar la cabeza cerca del trasero de otro? Ah, el juego superaba los niveles superiores en la regla de la emoción y del peligro. Los espectadores gritaban, alentaban a los que brincaban, les exigían que brincaran alto y cayeran como bultos llenos sobre las espaldas de los otros.
Dicen que el tiempo pasa facturas. Tengo un amigo que ahora padece de dolor de rodillas (ya tiene más de setenta años), cuenta que, cuando era niño, disfrutaba mucho subir a la rama de un árbol y desde ahí brincar sobre un montículo de arena, caía sobre sus rodillas.
No dudo, entonces, que dos o tres niños de esta imagen, hoy ya adultos mayorcitos, padezcan de dolores constantes de espalda, ¡cómo no, si recibían los sentones de compañeros del otro equipo!
Ahora, pienso que este espacio maravilloso de convivencia, deberá buscar nuevos protocolos. ¿Cómo será la escuela en los tiempos cercanos por venir? No puede tener la misma dinámica que tenía antes de ocurrir la pandemia; ni debe ser un espacio con temor, donde todo mundo esté alejado del otro. Vi el otro día una imagen donde, en algún lugar del mundo, los escolares regresaron a las escuelas, después de la cuarentena. La imagen me provocó tristeza, mucha tristeza. Los niños están en clase de deportes, cada alumno tiene asignado un espacio en el patio, ese espacio está demarcado por unas líneas que forman cuadros. Los alumnos no pueden salir de ese espacio. Cada uno está inmerso en algo como una celda con cristales virtuales. Nadie debe salir de ahí, nadie puede entrar a ese espacio. Comprendí que se trata de salvaguardar la salud de los alumnos, pero, insisto, la imagen me provocó mucha tristeza. Ya no hay el abrazo espontáneo. Una de las imágenes más bellas de la amistad es donde dos amigos caminan por una banqueta pasándose el brazo por el cuello. Esto, por el momento, no es recomendable, no debe hacerse. Ahora, los niños escolares deben mantener una mínima distancia, deben permanecer adentro de un espacio que no tenga contacto con el otro.
La escuela deberá modificar sus protocolos. Los expertos en educación deberán buscar protocolos que salvaguarden la salud de los alumnos, a la vez que permita la convivencia natural que se da en todos los seres humanos. Por el momento, esto se ve complicado. El aula lleva siglos teniendo la misma estructura, los salones son cuartos cerrados con puertas y ventanales.
Posdata: Esta imagen tiene más de cincuenta años. Corresponde a un colegio católico. Al frente, arriba del pizarrón (de color negro, que permitía el uso de gises blancos) está un cristo. Al inicio de clases, la madre indicaba a sus alumnos que se pusieran de pie, que se persignaran e iniciaba la oración que decía: “Espíritu Santo, fuente de luz…” El testigo de honor era el cuadro que tiene un retrato del liberal Belisario Domínguez. En aquellos tiempos, la convivencia era tan abierta que permitía que la religión católica estuviera al lado de un distinguido personaje con pensamiento liberal. No había inconveniente. Los alumnos aprendían los valores supremos de Jesús y el valor infinito del máximo héroe civil de México. A final de cuentas, ambos personajes dejaron legados importantes para el correcto comportamiento de las personas. Tan valioso el mensaje de Amarse los unos a los otros, como el de actuar con honestidad en el servicio público, que siempre exigió don Belisario.
Nuevos tiempos esperan al mundo. ¿Cómo hacer que la convivencia no sea como un zoológico con jaulas para niños, sino un espacio de respeto y de amistad eternos? Difícil tarea para los expertos pedagogos. Ah, los tiempos cambiaron de la mañana a la noche, ahora hay mucha penumbra, donde, antes, sólo había luz, mucha luz.

miércoles, 3 de junio de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXIII)




Hay chicos que tuvieron malos padres, golpeadores, desobligados, bolos, violadores, ausentes. Hay chicos que tuvieron la bendición de tener buenos padres. Yo, siempre lo he dicho, soy de este último grupo. Tuve la bendición de tener un padre bueno, un padre que me amó. Nací en 1957, mi papá murió en 1990. Nuestra convivencia fue de treinta y tres años, la edad de Cristo. Fue muy poco tiempo, pero fue el tiempo justo.
Cuando fui a estudiar a la Ciudad de México, como cualquier muchacho, viví fuera de casa. Llegaba a Comitán de manera intermitente, cuando había periodo de vacaciones o cuando un movimiento de huelga se prolongaba. Así pues, de los treinta y tres de convivencia debo restar cinco de ausencia por motivos de estudio. Es un decir. Cuando regresé, después de cinco años, tuve que confesarle a mi papá que el anhelado título de ingeniero estaba lejos, muy lejos, porque debía materias, incluso del segundo semestre. Cuando estuve inscrito en la facultad de Ingeniería, en la UNAM, un grupo compacto de estudiantes inició un movimiento para eliminar la seriación de materias, era, por supuesto, un grupo de malos estudiantes, fósiles, quienes sostenían que cada alumno tenía el derecho de decidir qué materias cursar. La seriación, como dicta la razón, impedía llevar Matemáticas 2 a quien no había superado Matemáticas 1. ¿Quién puede multiplicar si no sabe sumar? En mal momento, por la presión que tomaba una fuerza inaudita, el director de la facultad cedió a la irracional exigencia y se eliminó la seriación. Cualquier alumno pudo inscribirse a la materia que deseaba. Un alumno de tercer semestre podía tomar una materia de sexto semestre, por ejemplo, sin restricción alguna. Yo, igual que todos, me inscribí en materias que no me correspondían, porque debía el antecedente. ¡Así me fue!
Pero, además, la relación con mi padre siempre fue intermitente, porque (como la mayoría de adolescentes) salía con los amigos, iba a ranchos, a jugar béisbol, al cine, a beber cervezas, a bailes, a ver partidos de fútbol, a la escuela. Conforme crecí dejé de estar de la mano con mi papá. Esto que digo es igual que la seriación de la universidad. Uno no debería pasar al nivel dos mientras no se cumpliera cabalmente con el nivel uno de convivencia con los padres. Sin embargo, llega un momento en que el desprendimiento es inevitable. A la luz de mis sesenta y tres años veo que es una realidad, pero lamento esa ruptura. Lamento que la vida (de todos los seres humanos) obligue a caminar tantos caminos que nos llevan fuera de casa. Mi propio padre (como todos los padres del mundo) también tenía sus obligaciones que no le permitían estar más tiempo con su hijo, debía atender sus negocios, ir a tomar la cerveza con los compadres, asistir a reuniones sociales, acudir a encuentros religiosos.
Así pues, esos treinta y tres años en que tuve vivo a mi padre se hicieron pocos, muy pocos. Ahora los contabilizo por instantes, por los momentos que viajamos juntos a San Cristóbal; por las tardes donde, en la sala de la casa, llenábamos crucigramas, porque él, igual que yo, amaba las palabras. Recuerdo ahora con gratitud los instantes donde nos sentábamos ante la mesa y orábamos para dar gracias a Dios por los alimentos recibidos y él contaba los sucesos del día; recuerdo con emoción doble, algunos domingos que, después de misa de doce, pasábamos a la tienda de don Roque (frente al edificio donde ahora está la FM) y compraba una lata de anguilas españolas y llegábamos a casa y cortaba cebolla en forma fina y le agregaba sal y limón y luego partía mitades de pan francés (del mismo con que preparan los panes compuestos) y, con una cuchara, empapaba las mitades con el aceite de oliva de la lata y luego colocaba las anguilas que comíamos viendo un partido de béisbol en la tele, en blanco y negro. Él tomaba una copa de ron y yo una limonada.
La convivencia con mi padre nunca fue un continuo, estuvo hecha con fragmentos. A veces coincidíamos en la casa sin hablar. Él estaba en sus cosas y yo en las mías. ¿Cuáles eran esas cosas que levantaban como muros transparentes? ¿Cuáles son esas piedras invisibles que impiden estar?
Sé que la vida de todos los seres humanos tiene similitud con lo que digo. Es lamentable. La ciencia explica que los árboles se comunican a través de las raíces con sus más próximos. Los seres humanos, como no tenemos raíces profundas, vamos de un lado a otro e ignoramos a nuestros árboles prójimos; a veces tendemos puentes con lejanos y desconocemos nuestro propio bosque.
Sí, la vida es esto y no otra cosa. Es lamentable. Como decía Rosario Castellanos debería existir otra forma de ser, de existir, de estar siempre más cerca de los padres buenos. La vida es muy breve, apenas un parpadeo, y ella se nos va en buscar caminos fuera del camino principal, de la senda verdadera.
Y el parpadeo que el destino me brindó fue el mismo tiempo que Cristo vivió en el mundo. Así como el padre de Cristo lo mandó sólo treinta y tres años (así lo dicen los creyentes) para salvar el mundo; el mismo Dios de Jesucristo me envió a mi padre el lapso breve de su hijo, para salvar mi mundo. Por eso, cuando mi padre falleció yo repetí la frase: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, pero no lo decía a Dios, sino a mi padre, porque Dios es dadivoso y, como la ceiba enorme que es, siempre tiende redes a través de sus raíces con los demás árboles del bosque, no importa que éstos sean débiles arbolitos de limón o sean enormísimos árboles de cedro.
Recuerdo instantes, un breve catálogo de palabras, de imágenes, de caricias, de reprimendas, de quitarse el saco a la hora de la lluvia fina para dármelo a mí, siempre a mí.
Ahora tengo sesenta y tres años; es decir, he sobrevivido treinta años sin la presencia física de mi padre. Ahora, todo ha sido lamentar los instantes que desperdicié, las palabras no dichas, las caricias suspendidas. Roberto Martínez, destacado artista de Comitán, cuando recuerda a su padre, dice: “Pídele al tiempo que vuelva”, pero el tiempo es un viejo que camina hacia adelante, jamás mira hacia atrás, sabe que puede convertirse en estatua de sal. El tiempo, implacable, no regresa ni un centímetro, ni una línea, ni un segundo. El tiempo sí es lineal, es un continuo. Esto, de igual forma, es una pena. El tiempo debería fragmentarse, hacerse cachitos, para que en cada cachito pusiéramos, como flor en maceta, la flor de nuestro amor paterno.

martes, 2 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN HUECO




Querida Mariana: La leyenda cuenta que un famoso escritor de lengua española, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, pepenaba todos los papeles que hallaba en el piso. Así era su vocación por la lectura, leía hasta el mínimo mensaje del mínimo papel.
Los lectores (lo sabés bien, vos que sos una gran lectora) andamos pepepando palabras por todos lados. Leemos los mensajes en los parachoques de los autobuses, los mensajes en las paredes, en las hojas que pegan en los postes de luz, en las entradas y salidas de las estaciones de trenes y de autobuses. Leemos todos los letreros de los aeropuertos, los que están en las bibliotecas, en los restaurantes, en los cafés, en los mingitorios de las cantinas. Como si fuéramos gambusinos hallamos nuestras pepitas de oro en las palabras. Sabemos que todo comenzó con el Verbo, que lo existente debe ser nombrado para que tome consistencia.
Muchos científicos han hecho el experimento sencillo, casi bobo. Entramos al cubículo de un médico y él nos dice que nos sentemos y de pronto, sin que medie una advertencia, nos suelta una palabra: “Manzana”. Nosotros, de inmediato, sin defensas, formamos una imagen en nuestra mente. Aparece la manzana. ¡Claro!, dependiendo de nuestra personalidad, la manzana tendrá características especiales. No faltará quien imagine a Eva ofreciendo la manzana a Adán; no faltará el que imagine una manzana roja, de esas que pinta Martha Chapa; no faltará el que imagine la manzana que probó la Bella Durmiente; o el que imagine una manzana con un gusano. El experimento es casi simple, pero estoy seguro que ahora que vos leíste la palabra manzana también creaste la imagen en tu mente. No me estás preguntando, pero yo, cuando escucho la palabra manzana, pienso en un refresco de tal sabor, porque, en algún momento, mi papá abrió la botella y me dijo que ese era su refresco favorito. Estábamos en una fonda en San Cristóbal. Afuera estaba nublado, nosotros teníamos suéteres dobles.
Yo, como muchos otros, he sido un pepenador de palabras. Cuando estaba en la Ciudad de México me gustaba ir a la terminal del Metro, en Insurgentes. Ahí me sentaba en una especie de rotonda y escuchaba las palabras que empleaban los chavos de esos tiempos (años setenta). Eran palabras que se diferenciaban en mucho de las que usábamos en el pueblo, hasta la música era diferente.
Un lector experto, cuando acaricia a su pareja (del sexo que sea) le hace el amor a través de las palabras. Los cuerpos son como libros y los amantes, expertos, como si fuesen ciegos leen en braille. Repasan una y otra vez las palabras luminosas, leen con pasión. Descifran los mensajes secretos que, desde el origen, están inscritos en los labios, en las mejillas, en el cuello, en los brazos, en la entrepierna, en el dedo sublime del pie.
Los amantes, como los lectores, son pepenadores de prodigios, de mínimos milagros, de lámparas maravillosas que, con el frotamiento, logran hacer aparecer el genio.
Tal vez por esto, muchos amantes prefieren que hable el silencio, la saliva, la caricia, el gemido y el grito. La palabra, en el acto amoroso es una sombra luminosa que se vuelve muda, muda en niebla silenciosa.
Pero, ahora, querida mía, si viviera aquel famoso escritor, todo mundo le sugeriría que no levantara los papelitos en la calle; le sugeriría que nada levantara del suelo. Los expertos nos han explicado que este virus letal cae al piso y ahí se queda, esperando que alguien lo pepene. ¡Qué virus tan perverso! Sabe (sin saberlo) de la propensión humana a levantar objetos del piso; sabe que el tío Hermilo, quien murió de cirrosis, siempre terminaba tirado en el piso, levantando sueños rotos; sabe que los niños disfrutan el gateo; sabe que muchos urgidos amantes se tiran sobre el piso para hallar el cielo.
Posdata: Cuando le pregunté a mi tía Martha, cómo se había enamorado del tío Chante, ella torció la mirada como si fuera un pájaro sobre una rama y dijo que ella no dudó en que el tío la tomara (así dijo, tomar), porque su Chante no dormía en una cama, sino en una hamaca. Me dijo, con una sonrisa naranja, que era bueno que hubiese hombres que se elevaban del suelo y, como si fuera necesario, explicó que los demás hombres la habían tomado sobre camas que tenían las cuatro patas en el piso. Su Chante (fue el amor de su vida) tenía la hamaca colgada de las vigas, estaba por encima del piso. Me confesó que cuando terminaron el acto amoroso, él bajo un pie al piso y comenzó a mecerla y a cantarle una canción de cuna. Se sintió amada, se sintió feliz, supo que ningún otro hombre le haría sentir eso.

lunes, 1 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON PEDACITOS DE PAPEL DE CHINA




Querida Mariana: El pasado viernes, 29 de mayo, el maestro Alejandro Hiram Morales Torres, integrante del Consejo Municipal de la Crónica, de Comitán, en nombre del Colegio ITAES, sostuvo una charla con Gabriel Guerra Castellanos, quien (así lo decía la invitación y así lo sabe todo el mundo) es un reconocido articulista (de medios impresos nacionales e internacionales), comentarista (en noticiarios de televisión nacional) consultor (es dirigente de una empresa de consultoría que fundó) y destacado analista (es experto en temas internacionales). Además, y este además es un mojol de lujo, es el hijo único de Rosario Castellanos, la destacada escritora. Por esto, no sorprendió a la audiencia cuando, a pregunta expresa, inició la plática diciendo que sentía un gusto especial al estar con sus paisanos de Comitán, y cerró la plática reafirmando que es un paisano que lleva con mucho cariño la herencia comiteca; dijo que su madre le enseñó a querer Chiapas, desde antes de conocer esta tierra.
A los comitecos nos interesa mucho todo lo que rodea a Gabriel, porque es rama iluminada de ese tenocté que se llama Rosario. Gabriel dijo que tenía 21 años cuando conoció la tierra de su madre y contó una anécdota bien bonita. Dijo que el maestro Óscar Bonifaz lo llevó a Na Bolom, casa de Gertrude Duby Blom, lugar donde trabajaba la vieja nana de Rosario, doña María Escandón. Gabriel contó que el maestro le dijo a María: “Mira quién vino a visitarte.”, y la mujer volvió la mirada y dijo: “Ah, el hijo de Chayito”. Fue algo emocionante para Gabriel, porque la nana de Rosario conoció al niño Gabrielito, pero ya no tenía la imagen del joven Gabriel, sin embargo, sin duda, vio la mirada niña y reconoció su luz. Las nanas son como las madres y las madres siempre reconocen a sus críos, a sus becerritos de oro.
La charla cubrió muchos temas y todos fueron como ventanas abiertas, donde el sol voló en forma libre e inteligente. El cronista comiteco hizo énfasis en que su entrevistado está reconocido como uno de los trescientos líderes más importantes de México, y Gabriel dijo que eso es un privilegio, porque dicho reconocimiento se lo dieron por su profesión; es decir, no por su presencia en los medios de comunicación, sino por fundar y dirigir una empresa de consultoría de gran importancia en el país.
No contaré, por supuesto lo que Gabriel dijo en la entrevista. Sólo digo que la charla fue como un río de agua limpia, ancho, lleno de árboles en las orillas y con muchas aves sobrevolando el viaje que ambos personajes realizaron y que, gracias a la magia de las redes sociales, la audiencia disfrutó. ¡Ah, viajes plenos!
Entiendo que el video quedará “colgado” en la red, por si querés pepenar sus frutos. Vale la pena que lo veás. Gabriel dijo que no existe una receta para ser líder, pero sí dio tips. Recordó un apotegma clásico: “Lo que natura no da, Salamanca no presta.”; es decir, los líderes tienen talentos y fortalezas naturales que aprovechan. Dijo, además (y esto lo digo en mis palabras) que lo más importante en la vida es hacer lo que a uno le gusta. Dijo que él tuvo la bendición laica (qué bonita asociación de conceptos) de dedicarse a lo que le gusta.
Digo pues que la charla fue muy interesante en todas las aristas que Gabriel tocó.
Al final de la charla habló acerca de cómo ha llevado el confinamiento por la pandemia. Con ironía (herencia de la madre) dijo que la cuarentena u ochentena la ha pasado en una pequeña propiedad que posee en el campo y que ahí está con su familia, parte de la cual, son once perros, ¡once!, nueve adoptados, un regalado y uno comprado con amigos.
¿Mirás qué bendición, tan laica diría él? Gabriel, además de ser uno de los trescientos líderes más reconocidos del país, y de ser hijo de dos grandes intelectuales y de hacer lo que le gusta y de ser un gran empresario, es (así lo dejó ver) un buen hombre, porque quien ama a los animales es una bendición para el mundo. Once chuchos le hacen compañía.
Posdata: Mirá la charla. No tiene desperdicio. Los comitecos amamos a Rosario Castellanos y, por extensión, queremos a las ramas de su tronco principal, una rama pulcra, que se llama Gabriel, cuyo apellido Guerra ha colocado en las nubes, porque es un hombre de paz; y cuyo apellido Castellanos le ha dado, gracias a su talento y trabajo individual y colectivo, un lustre especial. Rosario decía que su hijo era su “cabellitos de elote.”