sábado, 13 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON PALABRA SIMPÁTICA

Querida Mariana: los seres humanos nos comunicamos a través de las palabras, bien en forma oral o en forma escrita. Vos y yo lo hemos hecho de las dos formas (me refiero al lenguaje). Antes de la pandemia nos mirábamos y platicábamos, y luego yo, apasionado del lenguaje, llegaba a casa y te escribía cartas. Ahora, por la pandemia, no nos vemos frente a frente, pero sí platicamos vía zoom o en llamadas por video y sigo enviándote cartas. Seguimos empleando las palabras para sembrar luz en nuestros patios. Las cartas pasaron de moda. Antes, los amigos, los enamorados, los esposos, los hijos y los padres se comunicaban a través de cartas. Las cartas fueron el gran medio de comunicación y, en ocasiones, alcanzó tales alturas que pasaron a formar parte de la literatura. A la fecha tenemos grandes ejemplos del género epistolar. Porque, estarás de acuerdo, no era lo mismo recibir una carta comercial de don Equis, gerente de una negociación, que recibir una carta escrita por uno de los grandes escritores del mundo. La carta de don Equis cumplía con su cometido: cerrar un trato. La carta que el gran escritor Julio Cortázar enviaba a una de sus muchachas bonitas contenía otra especie de nubes. Las cartas, lo han dicho los expertos, permiten que la comunicación entre personas adquiera otros matices. El papel en blanco (ahora la hoja blanca de la pantalla) permite una cercanía que no se da en otros espacios. En estos tiempos, vos lo sabés, está de moda el twitter, todo mundo manda palabras a través del pajarito azul. Este medio de comunicación es como enviar un telegrama. Los telegramas de antaño, de preferencia, se circunscribían a enviar mensajes en diez palabras. ¡Ah, eso exigía una capacidad de síntesis! Ahora, el twitter permite enviar mensajes con 140 caracteres. Exige una gran capacidad de resumen, también. Así como antes hubo el género literario epistolar, ahora hay el género literario tuitero. Muchos escritores escriben textos breves, con 140 caracteres, máximo. Pero vos y yo no podemos comunicarnos a través de tuits. ¡No! Nuestro afecto no puede sintetizarse. La vida es generosa, por lo tanto, la comunicación debe ser como el río Grijalva. El río es ancho, impetuoso, brama a la hora que se desplaza, se precipita por cascadas y da vida a peces, a cocodrilos y a serpientes. Nuestro afecto no permite corsés, nuestra amistad se apuntala en una palabra simpática: vos y yo tenemos un especial maridaje. ¿Las personas ya no escriben cartas? ¡Ah, nosotros somos excepción! Sigo alentando esa cuerda divina: el género epistolar. Claro, ahora aprovecho los chunches tecnológicos y te escribo en un teclado de computadora y te envío mis cartas a través del correo electrónico. Así, al instante, te llegan mis cartas. Es una bendición. No importa que estés en tu casa de Comitán o en la pensión de estudiante, en Guadalajara, vos recibís mi carta en forma inmediata. El servicio postal de antes sí pasó de moda. El noventa y tantos por ciento de la humanidad que tiene acceso a los chunches tecnológicos, se comunica a través del Internet o por medio de WhatsApp. ¿Verdad que la palabra maridaje es simpática? Tengo amigos que son de espíritu exquisito, que disfrutan la vida a cada instante. Esos amigos, a la hora de la comida, se sientan ante la mesa y, dependiendo de la comida, así eligen el vino que tomarán. La palabrita simpática aparece: ¡maridaje!; es decir, ¿cuál es el vino que realza el sabor de un platillo? Hay vinos que potencializan el sabor de una determinada carne, por ejemplo. Yo, que nunca he sido un bon vivant, sé lo mínimo, sé que el vino blanco sirve para acompañar al pescado, y que las carnes se acompañan con vino tinto. Mis amigos de gusto refinado no se quedan ahí, saben que hay cientos de vinos y que cada uno tiene un sabor especial y que hay uno que se lleva más con cierto tipo de comida. Cuando se sientan ante la mesa eligen el mejor y miro cómo sus caras se iluminan cuando dan un bocado y luego degustan un sorbo de vino. ¡Ah, sibaritas infinitos! Pues digo que vos y yo, a través del tiempo, hemos descubierto que hacemos un buen maridaje amistoso, porque el maridaje, dicho en buen comiteco, significa ser encuache perfecto. Nosotros somos los amigos perfectos, así como con tu novio formás la pareja perfecta. De niño y de joven nunca escuché esta palabra, pero supe, desde entonces, que había alimentos que se llevaban bien con cierta bebida; es decir, que había maridajes, encuaches perfectos. Te he platicado que casi casi todas las tardes iba al cine. Ni me preguntés a qué hora hacía la tarea o estudiaba. Por eso siempre pasé de panzazo las materias difíciles. Iba al Cine Comitán o al Cine Montebello, y mi mamá, bendita mi madre, me daba paga para la entrada y para alguna chuchería. Resulta que la chuchería era una orden de tacos dorados del Cine Comitán con un vaso de Pepsi Cola. Mi papá era distribuidor de la Coca Cola, en Comitán, pero los cines tenían la venta exclusiva de la Pepsi. Así, mi gusto se habituó a comer tacos dorados acompañados con Pepsi. El sabor de ambos refrescos de Cola tiene una ligera variante. En casa, a la hora de comida, no tomaba refresco embotellado, en casa tomaba el agua de limón que Sara preparaba. Pero, qué cosas de la vida, cuando era hora del recreo en la escuela primaria Matías de Córdova, mi gasto lo usaba para comprar cinco galletas saladas (las que ahora les llaman crackets) y una Coca. Y eso fue el maridaje perfecto. De ahí no me sacaban. Esos fueron mis maridajes de niño: tacos dorados con Pepsi y crackets con Coca. En la secundaria, el panorama culinario cambió. Siguió imperando la Coca Cola, pero ahora era acompañada con una gorda, que preparaba Cirito, el sacristán del templo de San Sebastián. La gorda era rellena con picadillo y papa y adornada con repollo y salsa roja. Pero, a la hora de salida, el menú se modificaba. Con todos los amigos entraba a la casa de la tía Elena, quien ponía una mesita con mantel y nos ofrecía vasos de temperante con cazueleja. Sí, ah, ¡qué encuache tan exquisito! Ahora me doy cuenta que mi niñez fue una niñez alejada de la tradición culinaria comiteca. Sí, mis amigos tenían otros maridajes en sus casas. Muchos recuerdan el atol de granillo acompañado con chinculguajes, o el café de olla con un pan comiteco. En casa no teníamos esta tradición. Yo nunca tomé café, hasta la fecha. Digo pues que fue en la secundaria, en el patio de la casa de tía Elena, donde hallé un excelente maridaje local: agua de temperante con cazueleja. Pero, acá entre nos, si ahora me ofrecieras este maridaje o el maridaje que nos ofrecía tía Petra, con algo de pena, digo que preferiría las tostadas que preparaba tía Petra. No, no, esas tostadas no tenían nada de espectacular, eran pasadas al comal y luego la tía les ponía un poco de frijol molido y le espolvoreaba queso y, el toque mágico, un chorrito de caldo de chile jalapeño. El caldito tenía que ser del bote grande y debía ser la cantidad precisa, ahí estaba presente la mano mágica de tía Petra. Sí, el maridaje de una sustancia con otra tiene mucho que ver con la mano de quien prepara un platillo. Los cocineros tradicionales del mundo conservan el secreto. Cuando estudié en la Ciudad de México, ¡qué bobo!, descubrí un maridaje perfecto entre las Sabritas clásicas y la cerveza Caguama. No sabía igual la cerveza de bote o de botella pequeña, ¡no! Es una bobera, pero la mezcla perfecta tenía que ser una Sabrita y vaso de caguama. Si esto lo supieran mis amigos sibaritas se botarían de la risa. Mis maridajes han sido maridajes modestos, casi de país tercermundista. Mientras ellos disfrutaban caviar con champaña (lo digo por decir, no sé si el caviar hace maridaje con la champaña) yo disfrutaba un vaso de caguama con Sabritas. Uf. Qué medianón. Ahora ya no bebo cerveza, ni aguas con dulce o gasificadas. ¡No! Ahora bebo agua con limón, sin azúcar. Y, en esta época de confinamiento, he aprendido a hacer pan con harina integral, agua, bicarbonato, miel y aceite de oliva. Este panito lo adorno con cubitos de ciruela pasa. Y he aprendido, también, que este pan hace maridaje con jalea de pera que prepara mi mamá. Tal vez mis amigos de gusto exquisito le hallarían el gusto de este pan, como postre, y lo acompañarían con algún vino de sabor dulce. No lo sé. Lo digo sólo para confirmar que cada sabor tiene su encuache. Por eso digo que vos y yo hacemos un buen maridaje. Nuestro afecto es un encuache perfecto. Como perfecto, gracias a Dios, es el hilo de luz que envuelve a tu novio a y vos. Sabés que siempre pido a Dios que te mande gajos de felicidad para que los saboreés a cada rato. ¿Con qué vino se lleva bien el gajo de felicidad? Posdata: mis amigos sibaritas podrían decirme cuál es el vino que se lleva bien con el tzisim. Sé que acá lo comemos acompañado con una cerveza o con una copa de tequila o de comiteco. Pero, quiero pensar que también puede tener maridaje con un buen vino. Alguien debería enseñarnos para luego compartir este conocimiento con el mundo. Ah, eso colocaría al tzisim en la misma mesa donde aparece el caviar.

viernes, 12 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN DIEZ DE FEBRERO ATÍPICO

Querida Mariana: el 10 de febrero de 2021 fue atípico. Esta palabra se incorporó recientemente a mi diccionario personal. No es una palabra brillante, con luz. ¡No! Es una palabra que no uso en forma frecuente, porque no es una palabra bonita, sin embargo, dice lo que ahora quiero decir. Si consulto el diccionario encuentro que atípico es algo que “por sus caracteres se aparta de los modelos representativos o de los tipos conocidos.” ¡Ay! Este año no hubo la tradicional Entrada de Flores, en honor a San Caralampio. La pandemia hizo que este año la celebración fuera atípica, porque las calles donde caminan los participantes (fieles de comunidades rurales y de la ciudad) no se llenaron de banderitas, juncia, marimbas, tecladistas, gente bebiendo cerveza o haciendo tsilín tsilín con los vasos llenos de traguito; o platicando, bailando, echando confeti, abriendo las puertas de sus casas con altares dedicados a San Caralampio, estrenando vestido. La foto que te mando es de febrero de 2020. Lo que acá se ve era parte de la tradición, muchas personas sacaban sus sillas para apartar lugar y presenciar la Entrada de Flores. ¡Que nadie se atreviera a ocupar el lugar de la banqueta que les correspondía! Desde temprano, la gente sacaba las sillas y con eso apartaban su lugar. Ya a las diez comenzaban a ocupar esos asientos y la plática se desenrollaba sabrosa, esperando el paso de la Entrada de Flores. Esta forma de apartar lugares es una de tantas genialidades de la celebración. Una celebración de fama nacional. Muchos célebres fotógrafos de Chiapas y de otras partes acudían el 10 de febrero de cada año para hacer un registro de esta celebración, celebración típica, que fue pepenando variantes y adaptándose a los tiempos modernos. El archivo de imágenes sirve para abonar la cultura. Grandes fotógrafos comitecos compartieron este 10 de febrero de 2021, en redes, las tomas que hicieron el año pasado. Quedó constancia de ese suceso cultural relevante de la sociedad comiteca. De igual manera, sin duda, por ahí comenzarán a aparecer fotografías de los actos íntimos de este 2021, porque si bien no hubo la Entrada de Flores, muchos comitecos realizaron celebraciones espirituales en honor a Tata Lampo. Este año no hubo festejo, pero, primero Dios, el próximo año habrá mejores condiciones y el 2022 será un año donde la vida volverá a cantar sus mejores arias. Sí, este año fue atípico. No hubo la celebración. Imperó la prudencia. Estos tiempos exigen sensatez. Las autoridades determinaron suspender el festejo, para evitar las aglomeraciones de personas. Las autoridades sanitarias insisten que debemos guardar sana distancia, usar cubrebocas y evitar festejos multitudinarios. Digo que la foto fue de febrero del año pasado, año donde los comitecos, como los años anteriores, gozamos el festejo, y los fieles manifestaron su fervor por el santo consentido del pueblo: San Caralampio. Segundo Guillén, el día 10 de febrero de 2021, escribió: “Brillar de alegría es el significado griego de Caralampio (…) Comitán no tiene tradición más profunda que la que celebraríamos hoy con un desfile que tiene magia popular, que levanta corazones e incentiva el alma de los comitecos (…) no nos dejemos vencer por el estrés, el miedo o la tristeza (…) hay que ¡brillar de alegría!” ¡Ah, qué bien dicho! Los comitecos siempre hemos brillado de alegría. Nuestras celebraciones están llenas de luz. Me uno al llamado de Segundo: ¡No nos dejemos vencer por el estrés, el miedo o la tristeza! ¡No! Actuemos con sensatez, nos protejamos, pero sigamos brillando de alegría. El 10 de febrero de 2021, las sillas no salieron a la calle, no estuvieron sobre las banquetas, esperando el momento de ser levantadas y ocupadas por sus propietarios. El 10 de febrero de 2021 ni siquiera el bebé ocupó su silla para, con su sonaja y su cara llena de papilla, unirse al regocijo que era tradicional. La tía Elena me llamó por teléfono y casi al final me dijo: “Extrañé hasta los malcriados que se visten de mujer”. Ella me dijo que le rezó a la imagen de San Caralampio que tiene en su casa desde hace muchos años y luego, solita, le echó sus vivas y le aplaudió: ¡Viva San Caralampio! ¡Viva! Lo hizo con su rostro lleno de lágrimas. Sí, la tía Elena iba todos los 10 de febrero y, desde el corredor de la Casa de la Cultura, miraba el paso de la procesión: los fieles con sus ramos de flores y velas, las marimbas, los camiones alegóricos con la imagen de San Caralampio, los grupos de disfrazados y, casi al final, los malcriados, “los intensos”, que le daban la nota grotesca a la celebración, pero que es, al final, nota también llena de vida. Posdata: Sí, mi niña, este año fue atípico, pero, como dice Segundo, debemos seguir brillando de alegría. Que el sonido del pito y del tambor siga resonando en nuestros espíritus y el aroma de la juncia y del copal estén siempre presentes.

jueves, 11 de febrero de 2021

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA

Los advenedizos no lo advertirán, pero la luz que ilumina al hijo con la madre proviene de un cielo de los años sesenta. ¿Qué tanto ha cambiado la luz del cielo con el tiempo? ¿La luz del siglo XXI es la misma que iluminó a los aztecas antes de la Conquista? Pregunto si el sol sigue siendo el mismo. No lo sé. Los expertos dicen que el Calentamiento Global ha transformado esa luz, y que la luz que ahora cae como sábana al mediodía es más rotunda, más agresiva, menos afectuosa. La luz que acá se desparrama y besa a la pareja del niño y de la mujer es afectuosa, nunca agresiva, se nota, porque la mujer lleva un suéter oscuro, con cuello extendido. Los advenedizos tampoco podrán descubrir que ella y él están en un corredor generoso de un hotel de la ciudad de Tehuacán, Puebla, ni intuirán que quien tomó la foto es el esposo de ella y el papá de él. No sabrán que el padre y esposo les dijo que se pusieran ahí y corrió hacia el otro extremo para tomar la fotografía. Sin ser experto en fotografía, para darle profundidad, buscó que el visor de la cámara contuviera una maceta y el fragmento de una rotunda columna y, sin ser experto, colocó en el otro extremo un colgajo de hilos de enredadera. Con ello logró algo como un círculo, un círculo verde, de sombra húmeda, que enmarcó la figura del niño y de la mujer adentro de una burbuja plácida, llena de luz. Los advenedizos no sabrán jamás que ese viaje corresponde a un viaje de placer. Los tres fueron de vacaciones. Una mañana subieron a un camión de la Cristóbal Colón y haciendo diversas pausas llegaron a la ciudad de Puebla y de ahí viajaron a Tehuacán y se hospedaron en este céntrico hotel. El niño se recargó sobre la baranda de hierro forjado, pintado de color claro; la mujer, detrás de su hijo, apoyó una mano sobre el barandal. Y el padre de él y esposo de ella les dijo que vieran al frente y oprimió el botón que eternizó este instante. Al fondo se ve un espacio oscuro, corresponde a la puerta del cuarto que les asignaron. A esa hora la luz caminaba oronda por el patio, el sol se descolgaba en las lianas del aire del patio central. Los advenedizos no tienen interés en saber que, según cuentan los que saben, la palabra Tehuacán proviene de dos vocablos nahuas y significa Lugar de Dioses. Esa mañana de los años sesenta, tres chiapanecos que salieron de la Ciudad de Las Nueve Estrellas llegaron al Lugar de Dioses. ¿Qué tanto han cambiado los cielos desde el tiempo que vivieron los aztecas y los mayas? Una mañana, un sabio nombró el pueblo y lo llamó Tehuacán: Lugar de Dioses; otra mañana, un sabio nombro el pueblo y lo llamó Balún-Canán: Lugar de Nueve Estrellas. Y es que los nombres luminosos provienen del cielo, lugar donde juegan las estrellas y habitan los dioses. Los advenedizos no tienen la costumbre de ver hacia el cielo, ellos siempre ven al frente o miden las huellas que dejan en el suelo. Y, después de todo, todos somos advenedizos. Esa mañana de los años sesenta, en este prodigioso corredor de un prodigioso hotel de Tehuacán, Puebla, tres chiapanecos fueron advenedizos en ese territorio. Mayas en territorio náhuatl. ¿Era la misma luz que iluminaba el corredor de la casa comiteca? ¿Era el mismo cielo? ¿Qué tanto ha cambiado la luz del cielo de todos los días? Los advenedizos no podrían asegurar que el patio de este hotel sigue intocado. Este patio, que se admira generoso en plantas, ahora, tal vez, está techado con micas transparentes y donde había árboles y plantas ahora existe un restaurante con sombrillas de tela y los huéspedes comen ahí el inolvidable mole poblano o los riquísimos chiles en nogada y beben una copa de mezcal y, como postre, toman un helado rosa de piñón. La luz se ha modificado. No sé si así, el tiempo, ha colocado techos transparentes a los cielos de México y ahora la luz no es la misma que iluminaba los rostros de los aztecas y de los mayas. El papá del niño y esposo de ella apretó el botón de la cámara y volvió eterno el instante. Jugó con la luz, oficio de los fotógrafos, oficio también favorito de los dioses y de las estrellas. La luz, escondida en ese cuarto que acá se advierte oscuro, se regodeó esa mañana en el corredor del hotel, en el patio y en los rostros de la mujer y del niño. ¿Qué tanto ha cambiado la luz en estos tiempos? ¿Qué cielo alumbra ahora el Lugar de los Dioses? ¿Qué luz incendia el corazón del pueblo llamado Balún-Canán?

miércoles, 10 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON TÍTULOS

Querida Mariana: Amanda me dijo: escribo un libro. Me lo dijo en una charla vía zoom. Ella estaba en su estudio. La vi a ella y vi su entorno, la vidriera de atrás, la que da al jardín. Esa tarde llovía, un rosario de gotas escurría por los cristales. Amanda vestía una blusa con cuello de tortuga (en los años sesenta, esos cuellos se llamaban Mao, no sé si en alusión al mandatario chino. Ahora que lo escribo pienso que hay ropa de aquel país asiático que tiene el cuello levantado.) Escribo un libro, me dijo Amanda. Me sorprendió saber que su escritura fluía como río en tiempo de lluvia. Cuando me lo dijo, dijo que ya llevaba más de trescientas cuartillas; asimismo me sorprendió lo que dijo luego: lo que más me costará será poner el título. Ella escribe su libro con gran facilidad. Su libro es una novela. A Amanda no le preocupa la escritura ni la publicación, ni la portada del libro, le preocupa el título. Me dijo que ella siempre está pendiente de los títulos, que hay novelas que tienen títulos bellos, que le gustaría que su novela tuviera un título bello, inolvidable. Estuve de acuerdo. Hay títulos bellos. Amanda dice que uno de los peores títulos de una novela exitosísima es “Cien años de soledad”. Dice que ella jamás hubiese comprado una novela con ese título, de no saber que era una novela brillante, escrita por un brillante narrador. Me dijo que imaginara que no sé quién escribió Cien años de soledad y que, por primera vez la encuentro en un estante de librería. ¿Comprarías ese título? Le dije que la literatura va más allá del título. Coincidí que si el cuerpo del texto coincide con un título genial el arco iris aparece, pero no siempre se da esa relación. Y siguiendo su ejemplo le dije que si no supiera nada de Cervantes ni de la genialidad de su obra tampoco compraría una novela que se llamara “Don Quijote de La Mancha.” No es un título atractivo y, sin embargo, sucede lo mismo que con “Cien años de soledad”. Son novelas cuya narrativa es altísima y pone en las nubes sus títulos. Entonces le pregunté qué título le gusta. Y me dijo que, por el momento, no piensa en títulos para no contaminarse. Que dedica buena parte de las tardes a pensar en el título de su novela, un título que sea como una mano que atraiga la mano del lector, que sea como un par de labios que todos deseen besar, que sea como un mar al atardecer para que moje las orillas de todo el mundo. Me encanta la pasión de Amanda. La conocí por su afición a la lectura, siempre (igual que yo) llevaba un libro debajo del brazo o adentro de su mochila. Una vez, en el parque central, se acercó y me dijo que si yo era fulano de tal, dije que sí. Ella se presentó y me dijo que también era una gran lectora, sacó un libro de Ezra Pound de su mochila y me preguntó si ya lo había leído. No, dije, y casi estiré mi mano, porque pensé que me lo prestaría, pero ella, sin verme, metió el libro y dijo que a ella le encantaba. Yo le enseñé la portada del libro que leía (no recuerdo cuál era) y dijo que sí, que ya lo había leído, que le gustaba, se acercó a mí, puso su mejilla junto a la mía, escuché el chasquido de sus labios besando al viento y dijo que le había dado mucho gusto, que esperaba coincidir otro día conmigo. La vi caminar por el pasillo al lado del kiosco. Movía sus nalguitas como paloma contenta. Nos hicimos amigos. Y ahora, querida mía, dijo: escribo un libro. En muchos lectores pasar de la lectura a la escritura es como una consecuencia natural. Ella ha pepenado ya los principios elementales de cómo contar historias y ahora, qué bueno, se decidió a contar una, extensa, espero que la mejor novela del mundo. Posdata: no le preocupa la hoja en blanco, como a muchos, dice que su narración fluye como vuelo de garza. Le preocupa (bueno, tampoco debe ser preocupación, sino deseo); desea hallar un título que sea como barco sobre nubes. Hace tiempo, vos y yo comentamos esto de los títulos. A mí me encanta el título de una novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez: “El ruido de las cosas al caer”. Es como una gran ventana, da para mucho. La novela también es buena. Juan Gabriel es buen narrador. Nunca, por eso me va como me va, me quiebro mucho la cabeza con los títulos. Por lo regular, qué extraño, pienso en un título y de ahí escribo la novelita. Pucha, camino al revés de los demás. En fin. En un momento, Amanda se puso de pie, tomó la taza que tenía en su mesa y fue hacia el ventanal. Los troncos de los árboles parecían deshacerse detrás del cristal, pero, un instante después, asumían el grosor de su cuerpo. Amanda dejó de ver la pantalla de la computadora, vio hacia el jardín donde llovía. Nada dije. Dejé que esa intimidad la abrazara. Pensé que por ahí, tal vez, asomaba el título genial, el imperecedero, el infinito. Me desconecté.

martes, 9 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN GAJO DE AIRE

Querida Mariana: ¿ya viste lo que dice la fotografía al pie? “Detalles de Comitán…” ¡Sí! La fotografía fue tomada en el parque central de Comitán. En ese tiempo había una pérgola a la mitad del parque, y, debajo de la pérgola, una cafetería. Acá se ven las mesas y sillas de madera. Lo que está al fondo es el edificio donde, actualmente, está el Teatro Junchavín. No sé en cuántos pueblos del mundo había, o hay, cafeterías en medio del parque. En La Trinitaria existe un kiosco que, en la parte inferior, tiene una cafetería; en Las Margaritas, hay una cafetería en el extremo de su parque central. Esta tendencia habla de una costumbre ancestral. El parque era el corazón del pueblo, el lugar donde la población concurría, así que era casi obligatorio que hubiese un lugar para tomar un café, un refresco o un helado. Rosario Castellanos pepenó esa costumbre y la puso en letras en su cuento “Los convidados de agosto”. Has de recordar, querida mía, que la protagonista del cuento, Emelina, a la hora que se derrumba la plaza de toros (era cosa de todos los años), ya en el suelo se encuentra en brazos de un desconocido que, para volverla en sí, le ofrece un trago de comiteco. Emelina, solterona que esperaba ese prodigio, se hizo tacuatz, y cuando el desconocido le pregunta con quién había ido a la plaza, ella dijo que sola (mentira, había ido con una amiga, pero ahora no podía desaprovechar la ocasión de estar al lado de un hombre. En fin, a lo que voy es que la pareja llega al parque, buscan una banca desocupada y como no hay, mirá lo que escribe Rosario: “El hombre condujo entonces a Emelina al kiosco, donde funcionaba una especie de cantina (…) Lo ofrecido allí no era muy atrayente: helado de vainilla, enriquecido con alguna galleta antediluviana; gaseosas autóctonas y granizados insípidos…” ¡Genial! Rosario hace una síntesis del ambiente de esas cafeterías que estaban en los kioscos (acá se ve que en la parte baja de la pérgola) de los pueblos de esta región de Chiapas. Sí, ustedes (los jóvenes de estos tiempos) ahora no pueden visualizarlo bien, pero una de las “delicias” que disfrutaban las personas de aquellos tiempos era un helado de vainilla, acompañado con galletas. En los años setenta, no en el parque, pero sí en un local frente al parque central (Nevelandia) muchos de mis amigos se sentaban y pedían un helado de vainilla y vaciaban un refresco de coca cola en el vaso alto, generoso. ¡Ah!, con tono de voz de estar en Central Park, en Nueva York, le pedían al mesero que les sirviera un Ice Cream Soda. ¡Pucha! Nadita. Bueno, Rosario, en el cuento dice que la carta de esa “cantina” del kiosco ofrece helado de vainilla y gaseosas autóctonas. Los comitecos saben que esas gaseosas autóctonas eran las que hacían en la fábrica de don Jorge Soto y que se llamaban gaseositas o “Sotío”, en alusión al apellido del fabricante. Llegué a escuchar, en una ocasión, que un tío pedía “Una sotío verde”, que era una gaseosa de sabor limón, se supone. En una fotografía espléndida que compartió Ramón Folch se ve, a vista de pájaro, el parque central de Comitán y se ve que, según fecha que él proporcionó, en 1957 la pérgola dominaba el centro del parque. Esta fotografía de la cafetería corresponde, sin duda, a inicios de los años sesenta. Para ese tiempo, quien atendía la cafetería de la pérgola era don Adolfo Argüello. Llama mi atención que el pasaje quedaba libre. Cualquiera que estuviera en el parque podía pasar de un extremo a otro, sin necesidad de bordear la cafetería. Si ves, el arco y las bases tenían motivos decorativos, que le daban un toque de distinción. Quienes iban a tomar un refresco o un helado entraban al pasaje y se desplazaban hacia la derecha y ocupaban una de las mesas que acá se ven. ¿Les colocaban un mantel a las mesas? Digo que no. Digo que todo era así, al pelo. Las personas que tienen más de setenta años deben recordar este prodigioso espacio. ¡Ah!, qué galán resultaba estar en el corazón del pueblo, tomando un refresco y viendo a las personas que caminaban por los pasillos o se sentaban en las bancas y platicaban. Posdata: Digo que en Las Margaritas aún existe una cafetería en un extremo del parque. Los compas de allá tienen el privilegio de observar el paso del tiempo desde una burbuja infinita.

lunes, 8 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON AROMA DE IMPRENTA DIGITAL

Querida Mariana: fue en los años setenta. Mario Uvence publicó un periódico donde colaboraban grandes escritores. Mi amigo Ramiro Suárez publicó un poema que recuerdo: “Gaviota Tití”. Ramiro se colaba entre los grandes y jugaba al lado de ellos un partido de fútbol intelectual, que ya nada tenía de llanero. Ya no era cancha de tierra, ¡no!, ya era una cancha con pasto y tribunas. Ramiro escribía al lado de Fedro Guillén, Enoch Cancino Casahonda, el propio Mario Uvence y Polo Borrás, entre otros grandes. Ramiro nunca se dedicó a la escritura en forma profesional, pero nunca abandonó el aroma de esos pinitos que sembró en su juventud. A sus sesenta y feria de años de vida sigue escribiendo. Ramiro vive ahora en Huatulco. Antes de la pandemia, cuando venía a Comitán nos sentábamos a platicar en alguna banca del parque central. Siempre insiste en invitarme a su casa de la playa, con emoción cuenta que mete la mano al mar y, como a la poeta: “(sus) manos florecen. Rosas, rosas, a (sus) dedos crecen.” ¡Sí!, me cuenta, decenas de pececitos llenan sus manos. ¡Andá!, me dice, andá solo, o con tu Paty o con quien querás. Yo agradezco su afecto, sonrío y miro mis manos comitecas y miro cómo, de igual manera, expuestas al aire les crecen rosas, rosas modestas, rosas cositías. Recuerdo que Ramiro siempre ha sido un gran lector, igual que sus hermanos. Su papá, don Armando, poseía una biblioteca en su casa, breve, pero sustanciosa. Ramiro, en su infancia y adolescencia, abrevaba de ahí. Pero, Ramiro abrevaba, de igual manera, del pozo de la palabra de los grandes escritores que llegaban a su casa. Mario Uvence, su gran amigo, llegaba a la casa de Ramiro con distinguidos visitantes y la tertulia se formaba y Ramiro pepenaba esos papalotes que volaban en su cielo. Ahora (¡bendito Dios!) los escritores no dependen de las grandes editoriales o de las publicaciones en papel. ¡No! Por fortuna, ahora, las redes sociales están al alcance de medio mundo y todo mundo se atreve a compartir su pensamiento. ¡Claro! No todos los textos alcanzan a subir al escalón donde está el río de la literatura. No, no todas las aguas se evaporan y se vuelven nubes y llueven luz. Textos escritos por Ramiro sí están trepados en ese escalón creativo, donde la luz se hace. Luis Armando, hermano de Ramiro, es un inquieto intelectual, ahora realiza una serie de entrevistas, en redes sociales, con destacados intelectuales. Para abril de 2021 está programado un curso en línea: “Historia de Chiapas”, con la participación de una pléyade de expertos. Luis Armando, desde hace años, dirige la editorial Entretejas. En 2018, Ramiro publicó su libro “Atardecer en el mar”, en la editorial de su hermano. En la fotografía de portada aparece una chica bella, quien camina sobre la arena de la playa, mientras el mar, furioso, imponente, seductor, besa sus pies. Hace dos o tres días leí, en el Facebook, el texto que cierra este libro: “Tu cumpleaños”, donde le escribe a su mamá, doña Amanda, mujer prodigiosa, quien trabajó de sol a sol para que sus hijos contaran con lo indispensable para su desarrollo profesional. El texto de Ramiro es un texto de diez. Ninguna palabra está de más, todo está colocado como un ramo de recuerdos para su madre. El texto empieza así: “Ayer fue tu cumpleaños, madre, y nadie de los que estamos vivos fue a visitarte. Unos por la distancia y otros por el olvido…” Digo que “Tu cumpleaños” cierra el libro “Atardecer en el mar”. Es un texto donde el autor recuerda a su madre con nostalgia. Por si no leíste el texto de Ramiro ya te compartí el inicio y ahora comparto el cierre: “Todas las mañanas, al levantarme, me quedo sentado en la cama con la planta de los pies en el suelo esperando recibir tu bendición. Es la manera más segura de enfrentar sin temores esta hermosa vida que me tocó vivir.” Posdata: ¿Mirás? Es como una oración, como una ablución, agua para lavar la cara del espíritu. Es un texto bello. Siempre que escucho la palabra gaviota pienso en la gaviota Tití, en la gaviota de Ramiro; siempre que escucho la palabra gaviota pienso en el mar, en el mar de Huatulco, en el mar de Ramiro; siempre que pienso en el mar veo cómo crecen peces en las manos de mi amigo.

sábado, 6 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON FOTO DE LA PIGOSA

Querida Mariana: acá está la Pigosa, aunque sea en foto. Más tarde te mando su saludo con ladridos, por WhatsApp. Siempre me encantan tus mensajes en las mañanas, siempre preguntás por mi mamá, por mi Paty, por mí y, luego, preguntás por la Pigosa y por el gato Félix. Estos animalitos nos han acompañado en casa durante el confinamiento, han sido grata compañía. El confinamiento lo comenzamos acompañados por más animalitos, pero la Tortuga Tuga y el cotorrito Guazú fallecieron. Los lloramos. El Guazú tenía como cinco o seis años con nosotros, tal vez un poco más. El tiempo se ha vuelto más escurridizo que nunca. A veces nos equivocamos de día o de mes o de año. La Tuga sí nos acompañó por muchísimos años, muchos, más de treinta. La muerte es parte de la vida. Siempre está presente, camina al lado de la vida. Pero nunca, los seres humanos la habíamos visto salir del hueco donde siempre está, ahora, cabrona, camina con gran señorío por todos lados, se pavonea. Sabe (ay, Señor), que, en nuestro país, Diego Rivera (basándose en el grabado original de Guadalupe Posada) la pintó espectacular en La Alameda. Ah, qué dama tan gentil, tan de estola serpiente floral con crótalo, tan de sombrero lleno de plumas, tan de sonrisa seductora, tan de señora recatada. ¡Hipócrita! Es una casquivana, arrabalera, hija del albañal y de la esquina podrida. Se la creyó y ahora, la muy hija de la penumbra, se pasea oronda, como pavorreal, derramando su baba asquerosa y manchando los senderos limpios. Pero, bueno, el destino nos envió estos tiempos. La Catrina ha cubierto con su manto negro los cuerpos de muchísimos amigos y conocidos. Tía Elena dice que este virus ha cortado árboles que crecían bonitos, que aún estaban en espera de dar frutos. El Guasú y la Tuga murieron por otra causa. Una mañana, el Guazú aleteó desesperado, como si quisiera hacer viento de más y cayó muerto en su jaula; y la Tuga, siempre discreta, siempre sabia, un día sacó la cabecita en el agua y ahí la dejó como un coral infinito. Por fortuna, el gatito y la perrita nos siguen acompañando. Ojalá que por muchos años, los que la mano divina indique. De todos los animalitos que hemos tenido en casa, la Tuga ha sido el animal más longevo. A casa, en temporada de calor, llegan muchas moscas indeseables. Ah, cómo joden la paciencia. Las moscas, dicen los que saben, viven veinte o veinticinco días. Ellas deberían vivir menos, pero ¡no!, viven lo que la naturaleza ha dispuesto. Bueno, salvo que un periodicazo les arrebate la vida y vayan a joder espíritus en el infierno alado. Digo que la Pigosa está bien. ¿Ya viste su carita? ¿Cómo? ¡No! No está despeinada, ese es su look. Cuando mi Paty bautizó a la perrita con ese nombre no sabía que pigosa significa pecosa en catalán. ¿Recordás el chiste bobo donde el padre confiesa a una muchacha pecosa y le pregunta: ¿pecas?, y la muchacha responde: ¡Hasta en las nalgas, padre!? Si esa muchacha viviera en Cataluña le dirían pigosa. Acá la Pigosa parece asustada, pero no, su mirada es de sorpresa, porque la tomé cuando dije: “Pigo, esta foto es para Mariana.” Hay personas que aman a los perros y odian a los gatos; otras personas aman a los gatos y odian a los perros; y hay muchas personas que aman a gatos y perros; y muchísimas personas que no aman a perros ni a gatos. Mi Paty manifiesta, desde siempre, una inclinación por los gatos. Le gustan los gatos. Eso no significa que no ame a la Pigosa. En casa, mi mamá y yo hemos aprendido a respetar y querer a los animalitos, gracias a que mi Paty siempre los ha cuidado en casa. Ya te conté en ocasiones anteriores que en casa hemos tenido muchos animales como mascotas. Mi Paty ha tenido cotorritas australianas (made in México), perritos, gatitos, urracas, ratoncitos blancos, hámsters, gansos, tortugas (en Puebla tuvo una tortuga caimán, brava como ella sola) y tuvo una iguana (que nombró Iguanol). A mí me sorprende la capacidad de adaptación que tienen los animalitos. Como a todo el mundo me seduce la soberbia de los gatos y la fidelidad de los perros. Los gatos son alzados porque saben que poseen siete vidas, ¡siete! ¿Cuántas vidas tiene un perro? ¿Sólo una? Por eso los perros son menos altivos que los gatos. No sé vos, pero yo nunca he escuchado el término “gato callejero”, como sí escucho, con frecuencia, el término “perro callejero”. Los gatos poseen la capacidad de trepar por los tejados, así que es difícil hallar a un gato en la calle a mitad de la noche. Los perritos, pobres, están limitados en ese aspecto. Si no tienen una casa, si no hay un alma caritativa, se quedan a dormir en las banquetas, mojándose debajo de los aguaceros. Dicen los que saben que el perro es uno de los animales más fieles. Hay reconocimientos y chistes al respecto. Muchas mujeres insisten que los hombres son como chuchos detrás de las perritas, pero no poseen la fidelidad que es característica de los animales. La fidelidad de los perros es proverbial. Basta revisar la historia del famoso perro japonés Hachiko para comprender la lealtad. Los que saben cuentan que en la terminal de los trenes existe una escultura de ese chucho, que recuerda la lealtad hacia su amo. El amo falleció y el perrito no se enteró (¿cómo?), así que siguió yendo a la terminal para esperar al amo como lo había hecho día tras día. ¡Ah, qué bonita historia! ¿Hay alguna historia semejante en el álbum de los gatos? No creo. Los gatos tienen otro carácter. Por eso digo que hay personas que son amantes de los chuchos o de los gatos. Todo está en relación directa con el carácter de las personas. Los magnates del cine supieron, desde un inicio, que el mundo de los animalitos era un nicho para explotar comercialmente e hizo caricaturas prodigiosas donde aparecen los animales. En el mundo del cine fueron eternizados los Aristogatos y los 101 dálmatas y el ciervo Bambi y el elefante Dumbo y los ratones que le hacen su vestido. ¿Has visto la Era de Hielo? ¡Ah, qué película tan cálida, a pesar de que el entorno es frío! Es simplemente maravilloso ver animales prehistóricos como un diente de sable y mamuts. Pucha. Cuando estudié la primaria en la escuela Fray Matías de Córdova recibí un libro de texto gratuito que, entre sus múltiples ilustraciones, incluía una donde un enormísimo mamut era azuzado por un grupo de cazadores que habían hecho un hueco en el terreno, un hueco enorme. Los cazadores, auxiliados con palos con punta, obligaban al mamut a caer. Nunca nos enteramos si habían logrado su objetivo, porque la ilustración servía para ayudarnos a comprender la dificultad de la empresa. Si el mamut caía en el hueco ya quedaría a merced de los cazadores, quienes, supongo, debían darle una y otra vez con las lanzas hasta causar su muerte. Claro, si lo lograban tenían carne para toda la tribu y para todo un mes. ¿Ya habían descubierto el fuego? Ah, no sé, niña, no me preguntés. Además, me causa cierto tilimiqui hablar de esa imagen donde el animal recibía puyas con lanzas. Ya te conté el otro día que no soporté ver la adaptación cinematográfica de Moby-Dick, novela que disfruté en mi adolescencia. Ahora, ya viejo, me causó horror ver cómo los pescadores lanzaban los arpones contra las ballenas. En ese tiempo, el aceite de ballena era muy codiciado, porque era la sustancia que usaban para las lámparas. La Pigosa tiene look de los años setenta, época donde el cabello largo estuvo de moda, la época de la sicodelia. Posdata: a veces pienso que, así como los gatos tienen siete vidas, los perros también deberían tener más vidas. Pero, luego veo a los perros callejeros, llenos de sarna, flacos, y pienso que la naturaleza es sabia. Basta con una vida de perros. ¡Perra vida!, decía el tío Andrés y bebía un gran sorbo de una cerveza helada y, con un palillo, levantaba una rodaja de butifarra. ¡Perra vida!, repetía, abría los brazos como si tocara un acordeón, y ponía una sonrisa de hamaca en su cara colorada. Chiapas debería instaurar el Premio Amiga del Animal y concedérselo a la maestra Geny Alfonzo, de PRODEFA y AC, quien, durante años ha servido a la comunidad realizando muchísimas campañas de esterilización de animales. Ella no necesita este tipo de reconocimientos. Los reconocimientos oficiales sirven para decir a la sociedad que hay personas que sirven a la patria. Es necesario hacer campañas a favor de los animalitos, para que las nuevas generaciones sean amables y empáticas con su entorno. Conozco a muchas personas que son amantes de los animalitos, que los cuidan y los protegen. Conocí a doña Paz, animalista preciosa de este pueblo. Tengo amigas que son amantes de los animalitos: Fanny y Mallely siempre procuran que los animalitos cercanos tengan una vida digna. Si sólo una vida tienen los chuchos, cuando menos, que no tengan una ¡perra vida! O si la tienen que la tengan como la tenía el tío Andrés que disfrutaba la vida como él solo. Uno amaba la vida cuando él pronunciaba ¡perra vida!, con tanto entusiasmo. Su grito era un grito de vida, un conjuro para silenciar a la muerte, la cabrona Catrina.

viernes, 5 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN HILO AFECTUOSO

Querida Mariana: todos los días somos testigos de actos genuinos, de pequeños ladrillos que construyen el edificio espiritual del mundo. La amistad es un ente complejo. La amistad verdadera es un pozo lleno de luz. Pero, la amistad también tiene su lado oscuro, el piquete de serpiente venenosa. Así como hay amistades limpias e infinitas, también hay amistades que traicionan, que ensucian el bordado limpio. Por esto, porque hay que levantar los actos nobles, con el gusto que el Mayor del pueblo eleva el canasto donde está el recién nacido, ahora comparto con vos un acto de generosa amistad. En días pasados recibí un ejemplar del libro “Marco Aurelio Carballo. In memoriam”. El envío fue un abrazo del siempre generoso notario Gerardo Pensamiento. En la portada está un retrato de Marco Aurelio que fue tomada en alguna librería, espacio que definía a Marco Aurelio. Otro espacio que fue como estancia de su casa fue una famosa cantina en Tapachula: “La mesa redonda”. Ahí realizó varias presentaciones de libros. ¿En una cantina? Sí, también lo hizo en “La Guadalupana”, cantina del barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México. Marco Aurelio nació en Tapachula y falleció en la Ciudad de México. Su vida tuvo la luz de la literatura y del periodismo y bebió de las aguas de la tapachulteca “La mesa redonda” y de la chilanga “La Guadalupana”. Si mirás la portada con atención verás que como fondo están tres letras: MAC (iniciales de Marco Aurelio Carballo). Sí, MAC también es abreviatura de las computadoras Macintosh, pero antes de la cinta cibernética, la cinta MAC rodeaba el árbol amistoso de Marco Aurelio. Y digo que, con la impresión de este libro se confirma que hay amistades que son como hilos de luz, que permanecen por siempre. En la contraportada del libro, está el mensaje de Gerardo Pensamiento Maldonado. Ahí dice que conoció a Marco Aurelio en la preparatoria de Tapachula y, al paso del tiempo, establecieron “una amistad imperecedera. Compartimos, entre otras cosas, la pasión por Tapachula.” Al final del texto de contraportada, Gerardo escribe: “Agradecemos a Patricia Zama, su esposa, al notario público Óscar Alvarado Cook su apoyo y generosidad para que se hiciera posible esta edición a manera de homenaje y, por supuesto, a sus amigos que escriben sus testimonios en este texto.” ¿Mirás el alcance de este libro? Es un homenaje que sus amigos le hacen a MAC. ¡Ah, qué genialidad! Un grupo de inmensos amigos le ofrece un ramo de textos a Marco Aurelio. ¿Existe mejor manera de abrazar a un escritor que hacerlo mediante las palabras? El agua se limpia con el agua. Este libro es hermoso, porque los amigos están en una mesa redonda, charlando, bebiendo, recordando la sublime vida. Los lectores, sentados en una mesa contigua escuchamos sus risas, sus palmadas, los brindis. ¡Ah, cómo suena el chilín chilín de los vasos llenos de la savia infinita! Sí, este libro es una cuerda infinita, síntesis de la amistad sincera. La presentación estuvo a cargo de Gerardo Pensamiento. El ramo de palabras lo conforman textos de Mario Ruiz Redondo; de Alberto Carbot; de Norma Inés Rivera y Alberto Vega Vieyra; de Carlos Alberto Duayhe Villaseñor; de Florentino Pérez Pérez (¿sabés cuál es el título del texto de Florentino? Lo tituló: Marco Aurelio Carballo: disciplinado en el oficio y bohemio en la vida. ¡Ah, es síntesis precisa de la presencia de MAC.) Los textos que completan el haz fueron escritos por Francisco Gómez Maza; Óscar Palacios; Armando Rojas Arévalo; José Luis Castillejos Ambrocio; y Raúl Pérez López-Portillo. ¡Cuánta agua para seguir alimentando el río de la vida! Posdata: querida mía, vos, como yo, como todo mundo, tenés amigos. Los amigos son el columpio del árbol, el montón de arena donde los niños juegan carritos; los amigos son el papel de china para hacer la reja de cumpleaños, son el hormiguillo para construir la marimba que alimenta el ritmo del mundo. Sí, hay amigos que son desleales y pulverizan los puentes construidos, pero también hay amigos que son los hilos para construir el arca del espíritu, la que salva al ser humano de todos los diluvios e infortunios. ¡Loor a los amigos leales! ¡Loor a estos amigos que le siguen enviando palabras afectuosas al gran periodista y escritor chiapaneco, el gran MAC!

jueves, 4 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN PODCAST ESCRITO

Querida Mariana: la palabra Podcast es palabra reciente en mi diccionario personal. Desde que la escuché por primera vez pensé en una palabra compuesta: pod y cast. No me preguntés por qué, bien sabés que nada sé de inglés, pollito chicken. Pero así me sonó. Así que, antes de buscar la definición de podcast, entré al Internet y, en el traductor, escribí la palabra pod y hallé que puede traducirse como vaina o capullo y me puse contento, porque la palabra capullo designa algo genial. Luego escribí la palabra cast y hallé que puede ser molde o elenco. Sí, muchos actores acuden a castings para ser elegidos en una obra de teatro o en una película o en una serie de televisión. Uní las dos palabras e hice mi definición personal: Podcast: “Molde de capullos.” ¡Ah, genial! Ya luego entré a ver qué significa podcast y supe lo que sabe medio mundo: “Publicación digital periódica, en audio o video, que se puede descargar de Internet.” Nunca imaginé que subiría podcasts a la red y que los audios podrían escucharse en cualquier parte del mundo. Ahora, el equipo de producción de ARENILLA-Revista me ayuda a subir podcast a Spotify, Google Podcast y Apple Podcast. ¡Ah! No soy un chavo ruco, pero sí soy un ruco que hace lo que hacen los chavos de estos tiempos. Soy un hombre del siglo XX que se adecua al siglo XXI. Soy escritor y en algún momento pensé que un día mi voz podría estar en la serie de discos “VOZ VIVA DE MÉXICO”, que publica la UNAM. En esa serie están las voces de los mejores escritores del país, leyendo su propia obra. En algún momento, en Chiapas, la institución cultural oficial hizo algo semejante. ¡Fueron tiempos de compromiso con la sociedad! Gracias a eso, por ejemplo, tenemos la voz del enormísimo poeta Joaquín Vázquez Aguilar, el gran Quincho, quien, además de ser un buen poeta, era un ¡excelente lector! En la Voz Viva de México podemos escuchar la voz de nuestra paisana Rosario Castellanos, leyendo algunos de sus poemas (esos audios están disponibles para todo el mundo en el Museo Rosario Castellanos, pero, entiendo, también están disponibles en el Internet, herramienta mágica que pone el mundo en nuestras manos.) Y hay decenas de voces maravillosas, leyendo fragmentos de su obra literaria. Por ahí asoma José Emilio Pacheco, mi amigo Fabio Morábito, Alfonzo Reyes, Carlos Pellicer, Alline Peterson, la Poniatowska, Jaime Sabines, Inés Arredondo y más, muchos más. Pensé que mi voz podía estar incluida en esa serie. “¡Ay, engañado vas a morir!”, dijo la parte pesimista, pero realista de mi conciencia; pero la parte optimista de mi equipo de producción dijo: “Hagamos la serie “Voz viva de Comitán” y grabemos fragmentos de tus textos y los subamos a las distintas plataformas.” Y ahora, querida mía, mi voz está disponible para todo el mundo. Así como Jessie Cervantes, todas las mañanas, en su programa de EXA, invita a la audiencia a escuchar su más reciente podcast, yo, cada semana, digo: “Ya está en la red mi más reciente podcast.” Ahí estoy leyendo fragmentos de mi obra, hay Cartas a Mariana, textos que hablan de la vida y obra de Rosario Castellanos y ahora comparto textos de la serie “Antes de que todo se acomode”, que es una especie de cuadernillo de testimonios autobiográficos. Ahí estoy retratado en cuerpo y alma, sin tapujos, ahí estoy desnudo, indemne, frágil, pero poderoso, infinito. En el transcurso de la vida vamos extraviando palabras e incorporando nuevos vocablos. Lo ideal es no perder lo recibido, pero hay palabras (es inevitable) que se empolvan, que toman el color del óxido y se quedan olvidadas en un rincón. Y las palabras novedosas son como papalotes, ah, cómo vuelan por los cielos, qué coloridas y sonoras nos resultan. Posdata: Ahora digo que he subido un podcast y podés escucharlo en Spotify, por ejemplo. Sigo pensando que podcast es palabra compuesta y significa “Molde de capullos”. Esa herramienta magnífica me permite enviar mi voz con mi pensamiento a todo el mundo. “El que tenga oídos ¡que oiga!” Cumplí mi sueño. Leo fragmentos de mi creación literaria y quedan grabados y puede escucharlos quien desee. Ahí estoy, reclinado sobre un árbol de pino, recibiendo el aire de La Ciénega, mi voz se extiende en su vuelo de garza y se une al gorjeo de las chinitas de este pueblo, maravilloso pueblo, que se llama Comitán.

miércoles, 3 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN RECONOCIMIENTO

Querida Mariana: ¿sabés quién es Samuel Fastlicht? En la página diariojudio.com aparece que fue un inmigrante que llegó a México y en el país se convirtió en “una autoridad mundial en odontología precolombina.”, y fue el dentista de cabecera, nada más y nada menos, de la famosísima Frida Kahlo; y fundó la Asociación Mexicana de Ortodoncia. El doctor Fastlicht murió en 1963. En la Ciudad de México existe un Museo de la Odontología, de la UNAM, que lleva su nombre. Como mirás, el doctor Fastlicht es toda una celebridad. Lo traigo hoy a colación, porque el doctor Fastlicht escribió de un personaje cercano a los comitecos lo siguiente: “Don Mariano N. Ruiz, o como lo llamaran cariñosamente el Maestro Mariano, fue una figura extraordinaria por su polifacética cultura; de otra manera no es concebible que un maestro de escuela escriba con erudición, lo mismo sobre teorías atómicas, que sobre odontología o sobre el método científico de afinar instrumentos musicales…” El doctor Fastlicht conoció y reconoció la obra del maestro Mariano por el libro que tiene relación con su profesión: “La dentadura natural y artificial, manera de conservarla y repararla.”; pero, asimismo, se sorprendió ante la polifacética cultura que poseía el maestro oriundo de San Cristóbal, pero que llegó a derramar su talento y cariño en tierras comitecas. El 5 de febrero de 2021 el Colegio Mariano N. Ruiz celebra setenta y un años de fundación. El 5 de febrero de 1950, el padre Carlos J. Mandujano (fundador del Colegio) abrió las puertas de este centro educativo que ha formado con excelencia a decenas de generaciones escolares. El padre Carlos, igual que el doctor Fastlicht, reconoció el genio de quien fue su maestro y lo honró, para siempre, por siempre, al nombrar a su colegio con el nombre del maestro Mariano. Porque no debe haber tregua para el reconocimiento de las grandes obras y de las personas ilustres, el Colegio Mariano N. Ruiz, en su aniversario 71, pondrá a disposición de todo el mundo, en versión digital, el libro: “La afinación del piano por el sistema de las pulsaciones. Nuevo método para afinar piano, órgano y armónium según las leyes del temperamento.”, un libro que fue publicado en 1930, en la Tipográfica Católica Casals, en Barcelona, España. El doctor Fastlicht definió al maestro Mariano como una “figura extraordinaria.” Su genio creador fue un río que no halló diques. Este documento, sin duda, es un material de gran riqueza para investigadores y para músicos. Hay pruebas de que el maestro Roberto Martínez, gran artista musical de Comitán, practicó este método de afinación, único en el mundo. En el texto de presentación de este libro, el maestro José Hugo Campos Guillén, Rector de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar puntualiza: “Estoy seguro que este ejemplar despertará mucha curiosidad e interés, particularmente en los acuciosos lectores que están en búsqueda constante de nuevas experiencias literarias. Un tratado práctico de la manera de afinar el piano es, sin lugar a dudas, una muestra del alto conocimiento e inteligencia del sabio chiapaneco, injustamente olvidado.” Posdata: el maestro Mariano, tal como lo dijo el doctor Samuel Fastlicht, fue una figura extraordinaria. Nuestra paisana Rosario Castellanos dijo de él: “…su aureola es el magisterio, su gesto el del hombre de ciencia y hay, quizá, en sus ojos, un destello del genio de los descubrimientos.” En el cumpleaños setenta y uno del Colegio Mariano N. Ruiz, como lo hacemos cada día, honramos el genio de los seres humanos y agradecemos la bendición divina que ha permitido que esta institución sirva con pasión al conocimiento y al espíritu. ¡Acá está el libro! ¡La obra del genio humano! ¡Feliz cumpleaños 71 al Colegio que, orgullosamente, lleva el nombre de Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar!

martes, 2 de febrero de 2021

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXXVI)

Mi papá fue comerciante. Los comerciantes están acostumbrados a convivir con los otros, con los potenciales compradores o vendedores. El oficio es apasionante. Alguien produce un objeto que otro necesita y el comerciante es el puente que permite que un chunche determinado llegue a manos del que intercambia ese deseo por billetes o monedas. Los comerciantes tienen experiencia en ese infinito juego de Midas, donde todo lo convierten en oro, plata o simples y sucios billetes hechos con papel o monedas, también, llenas de microbios. No lo advertimos a profundidad, pero el comercio, tan elemental, contiene un elemento que es como palanca que mueve al mundo: el deseo. Alguien desea un objeto que otro tiene y mediante una sencilla transacción se produce el prodigio de apropiarse de lo deseado. Los expertos saben que todo puede venderse y todo puede comprarse. Poderoso don es don dinero. Hay mujeres y hombres que venden su cuerpo al mejor postor. ¿Y el alma? También se vende. Basta leer el “Fausto”, de Goethe para saber que hay hombres dispuestos a vender su alma al mismísimo demonio, con tal de conseguir un deseo supremo. Todo se vende, todo se compra. Mi papá tenía un dicho que seguía al pie de la letra: “Cuando te compren ¡vende!” Sí, los comerciantes no pueden encariñarse con objetos, no pueden ser coleccionistas de algo. El comerciante sabe que nada de lo material es eterno, todo sirve para jugar el apasionante juego del cambalache. Hay personas que nacieron para el trueque, para el intercambio; hay otras personas que no le saben al juego. ¿Yo? Aún busco la herencia comercial en mi espíritu. Debo admitir que soy mal vendedor. Sí, como todo mundo, he jugado el juego, lo juego a cada rato: compro y vendo. Pero compro más de lo que vendo y lo que vendo tiene pocos compradores. Mis compradores son selectos, exquisitos y, por lo regular, no están a mi alrededor. Sé que el mundo es amplio y que hay miles y miles de personas que desean los objetos culturales que produzco, pero por alguna deficiencia en la construcción del puente, aún no logro que el otro extremo llegue a la orilla donde están los potenciales compradores. Mi papá me heredó ese principio de mercadotecnia y yo lo aplico cuando es requerido. Cuando me compran ¡vendo! Vendo mis creaciones artísticas, vendo lo que produzco: productos culturales. Pero, en la cercanía, los compradores son contados. Mi papá tuvo terrenos en el pueblo. Cuando alguien le dijo: ¡compro!, el siempre respondió: ¡vendo!, y vendió, a pesar de la mueca torcida de mi mamá que sugería conservar esas propiedades. Pero mi papá no sólo vendió, también regaló. No sé traducir en una frase tal principio, tal vez pudiera ser: “Si te nace en el corazón, ¡da!” Si uno se detiene tantito a reflexionar halla una cierta incongruencia en el oficio. ¿Quién, pregunto, es el comerciante que regala el objeto de venta? ¿Quién? Mi papá. Mi mamá decía que cuando mi papá vendía un terreno con un pariente o un amigo casi casi lo regalaba. A mí me encantaba un terreno que tenía frente al parque de Guadalupe, en la cuchilla de confluencia de la parte posterior del templo. ¡Ah, benditos los que viven frente a un parque! Siempre imaginé que sería maravilloso construir una casa en ese terreno y vivir ahí, bastaría abrir la puerta para dar vueltas en el parque, para sentir la caricia afectuosa de los árboles. Ah, pensaba (siempre me ha gustado husmear desde ventanas) que sería genial ver a las personas caminando por ahí, sentándose en las bancas, tomándose de las manos, besándose. Pero un día, un querido tío conoció el terreno y le dijo que se lo vendiera y mi papá, en automático, dijo: “vendo” y lo vendió. Y de igual manera vendió el frente que daba a la calle del terreno anexo a la casa que construyó en la calle de la Matías de Córdova. Su secretaria le rogó que se lo vendiera y mi papá lo vendió, contra la voluntad de mi mamá. La secretaria usó el argumento chantajista de que lo quería para construir una casita donde vivieran sus papás. Mi papá, como siempre, lo vendió casi casi regalado. Poco duró el chantaje, la secretaria (tal vez aplicando el mismo principio de mi papá) vendió cuando alguien le ofreció una buena suma. Sí, a un empleado, mi papá le regaló un terreno que tenía por el Club Campestre, y regaló otro terreno (amplio, de tierra roja) que tenía en la comunidad de San José Obrero. Una vez saludé al hombre que había recibido el terreno y me dijo: “Cumplí lo que tu papá me pidió: a cada uno de mis hijos le di su pedazo y ya construyeron sus casas, para que ahí vivan sus familias.” Y cuando lo escuché algo como una cuerda interna vibró y dio luz, pensé que mi papá había cumplido lo que su conciencia le dictaba: dar un poco de tierra al que tenía ese deseo.

lunes, 1 de febrero de 2021

CARTA A MARIANA, CON MI MAMÁ SENTADA EN UNA BANQUETA DE SU PUEBLO

Querida Mariana: mi mamá llegó a Comitán en los años cincuenta. Ella nació en Huixtla, en 1930, y cuando tenía diecisiete años viajó a la Ciudad de México y allá radicó. Recuerda mucho el parque de Huixtla, el parque de su infancia, dice que era muy bello y dice que la energía eléctrica, en su adolescencia era mucho más intensa que la de Comitán; es decir, Huixtla tenía mejor luz en las noches que el Comitán de los cincuenta; dice que cuando llegó a Comitán la luz era como culito de luciérnaga. Otra cosa que me sorprendió fue saber que Huixtla tenía banquetas en todas las calles. Su abuelita le contó (debió ser en mil ochocientos y tantos) que un día asumió la presidencia una persona modesta, indígena, que vestía pantalón de manta. Los potentados del pueblo se burlaron de él, ¿qué podía hacer en el cargo una persona que no tenía los blasones de las personalidades del pueblo? La abuelita de mi mamá, mientras cuidaba el café de olla en el fogón, le contó que el presidente municipal salía a caminar por el pueblo y se dio cuenta que había muchas calles que no tenían banqueta, como había visto en fotografías de ciudades de Europa, así que un día emitió un bando para que todos los propietarios, sin excepción, mandaran a construir el pedazo de banqueta que correspondía a sus casas y terrenos. Algunos propietarios que tenían eriales abandonados, llenos de maleza, se quejaron, porque dijeron que ellos no tenían nada edificado, pero el presidente fue inflexible: si en determinado tiempo no construían el pedazo de banqueta que les correspondía serían objeto de multas. De esta manera, todos los ciudadanos de Huixtla construyeron banquetas. Y, como si fuese historia con moraleja, nadie volvió a quejarse del mandato del presidente con pantalón de manta. Andá a saber, querida niña, si la historia que le contaba su abuelita a mi mamá fue cierta. Mi bisabuela (Dios bendiga siempre su memoria) era una gran lectora y cuando ya estaba grande mezclaba las historias vividas con las historias leídas. Un día mi mamá contó que su abuelita, una mañana, tomó la escoba y barrió todo el patio central de la casa, que era de tierra. Regó un poco de agua y el vapor subió hasta las narices de todos con ese aroma exquisito de la tierra mojada. Cuando uno de los sobrinos preguntó si esperaba a alguien, mi bisabuela dijo que sí, que El Quijote llegaría al pueblo y que le había dicho que pasaría a tomar una taza de café con ella. Los sobrinos se burlaron. ¿El Quijote? ¿La abuela se creía la Dulcinea de Huixtla? A las tres y media de la tarde, la abuela sacó una silla y le pidió a una de las hijas que le trenzara la cabellera, que le colocara cintas naranjas y rojas y que le pintara los labios. Al final, una de las hijas, ya compadecida de la imaginación de la mamá, le puso un poco de perfume detrás de las orejas. En eso estaban cuando escucharon que tocaban la puerta de calle. Los sobrinos bromearon: ¡Ahí está El Quijote! Una de las hijas de la abuela fue a ver quién tocaba y tuvo que detenerse de la aldaba al ver que un hombre delgado, alto, con ojos penetrantes y cabellera escasa, preguntaba por doña Casimira. Sí, sí, alcanzó a balbucear y le dijo que su mamá estaba en el corredor. El hombre se disculpó, había llegado antes de la hora, porque en el otro pueblo se les había hecho tarde. Otra de las hijas sacó una mesa y dispuso dos tazas y el termo con café. Los sobrinos, escondidos detrás de los pilares, veían el ritual donde la abuela (Mamá Mía) servía el café y platicaba con el hombre. Al final, el hombre sacó un documento de un portafolio de cuero y la abuela lo recibió. A esa hora ya no podía hacerse bromas. Ya nadie podía decir si ese documento era la escritura de un molino de viento o la herencia de los campos de un lugar llamado De La Mancha. El hombre no tardó ni diez minutos. Se levantó, tomó la mano de la abuela y la acercó a sus labios. Los que vieron esa escena cuentan que la abuela Mamá Mía tenía una sonrisa de hamaca colorida. Vos, ahora mismo, debés preguntarte lo mismo que se preguntaron las hijas y los sobrinos: ¿quién era ese hombre y qué era ese papel? Posdata: En tropel se acercaron con la abuela y vieron que el documento era publicidad de libros de una empresa que se llamaba El Quijote. Luego contaron que era un agente de ventas. No, la abuela nada compró en esa ocasión. Nadie se burló más esa tarde. En la vieja casa de Huixtla, tal como había dicho la abuela, llegó El Quijote, con su paquete de historias, hijas de la imaginación. ¡No! Esa vez Mamá Mía nada compró. Yo siempre bendigo a mi bisabuela, pienso que su pasión lectora me la transmitió a través de un bendito gen.