sábado, 13 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON NOMBRES E HILOS DE LUZ
Querida Mariana: hay nombres que están pegados a nuestro corazón, algunos pegados con chicle, otros pegados con Kola-Loka, otros pegados con saliva divina.
Todo mundo recuerda nombres de algunos maestros que contribuyeron a modelar su porvenir.
A veces lo volvemos un acto intrascendente, pero cuando reflexionamos en ello, nos damos cuenta de la importancia de los maestros en nuestras vidas. Recordá cuando estudiaste el sexto grado de primaria: diez meses. Diez meses asistiendo de lunes a viernes, con algunas interrupciones por alguna conmemoración cívica o por periodo de vacaciones. El calendario escolar de estos tiempos menciona, días más, días menos, doscientos días laborables. ¿Mirás? Bajita la mano, de primero a sexto grados de primaria acudiste mil doscientos días a la escuela.
Sí, recordás los nombres de tus maestros, algunos están pegados con chicle y dudás en decir sus apellidos (a veces sólo recordamos los apodos que tenían), pero hay otros que están pegados con un pegamento tan resistente que jamás se borran, bien porque fueron muy cariñosos y sabios o bien porque fueron unos cabroncillos. Porque, bien lo sabés, de todo hay en la viña del Señor, pastores amorosos y pastores severos, frustrados.
Recuerdo a varios maestros que contribuyeron a mi formación. Como vos, como todas las personas, tengo afecto por algunos, mientras a otros los he convertido en seres intrascendentes. Por fortuna, mi carácter (desde siempre) es un terreno plácido que no permite piedras. Mi burbuja las pulveriza. Asimismo, por designio divino, siempre tuve más luz que sombras al frente del salón de clases.
Recuerdo a maestras del kínder, a maestros de la primaria, de la secundaria, del bachillerato y de la universidad. ¡Uf, cuántas horas de convivencia! Convivencia obligada, es cierto, porque ninguno de los actores tuvimos la oportunidad de elegir. Bueno, salvo en la Facultad de Ingeniería, en la UNAM, donde los alumnos sí elegíamos a nuestros maestros. Había maestros que eran tan solicitados que era difícil ser aceptado. Una vez elegí al famosísimo maestro Torres H. y el destino me premió. Sus clases eran excelentes, poseía una capacidad innata para compartir el conocimiento. Cuando estuve en arquitectura, el destino volvió a hacer su magia, movió sus manos llenas de presagios y me envió a Miriam, maestra que abrió la brecha donde caminan los iluminados.
En Ingeniería tuve como maestro al “Regla”. Qué pena que no recuerde su nombre. Los alumnos lo llamaban así, porque el primer día de clases llevaba un pedazo de madera debajo del brazo. Uno imagina (qué imaginación tan limitada) que un catedrático universitario entraría al salón, vestido con traje, llevando un portafolio en la mano derecha, portafolio que colocaría en el escritorio a la hora que saludaba y echaba un vistazo general a los nuevos alumnos. Del portafolio sacaría un libro e iniciaría su clase. Esa mañana de inicio de cursos, el maestro Regla entró al salón vestido con una camisa a cuadros y un pantalón de mezclilla, ya deslavado, con un pedazo de madera debajo del brazo, nos quedó viendo y colocó la regla sobre el escritorio, pidió a uno de nosotros, que estaba en la primera fila, que pasara al frente. Nosotros hicimos silencio. En realidad, había captado nuestra atención y, como si fuese un experimentado integrante de un acto circense, abrió los brazos y pronunció las primeras palabras: “¿Qué es eso?” Nuestro compañero, que era un desconocido para nosotros, porque todos éramos desconocidos en ese momento, metió sus manos adentro de las bolsas del pantalón (también de mezclilla) y alzó sus hombros y dijo, como si fuera lo más natural de mundo: “madera de pino”. El maestro quedó viendo hacia el fondo del salón, señaló a uno que estaba en la fila de atrás y preguntó: “¿Estás de acuerdo?”, el compañero siguió despatarrado en la silla y, con voz de sabio adolescente, dijo: “sí y no. Es un pedazo de madera, pero se necesitaría hacer un estudio para determinar de qué variedad es y la edad que tiene.” El compañero que estaba al frente tomó el pedazo de madera, lo llevó a su nariz y, con contundencia, dijo: “es de pino. Yo trabajo en una carpintería, sé lo que digo”, y levantó el trozo de madera, como si fuese una tea, y casi gritó: “sostengo que este pedazo de madera es de pino, ¿o no, maestro?”
Todos buscamos al maestro. En la discusión él había caminado hacia la puerta y estaba recargado sobre el muro de mosaicos vidriados.
El maestro caminó, le quitó la regla a nuestro compañero y volvió a colocarlo sobre la superficie del escritorio, le dijo al elegido que se sentara y, con su mirada, repasó todos nuestros rostros. En ese instante yo le pedí a Dios que no me señalara, por favor, Dios, que me ignore. Dios me hizo mi gusto. El maestro señaló al joven que estaba sentado a mi lado y le preguntó: “¿qué es lo más importante: la forma o el material?”, vi que la frente de mi compañero se llenó de perlas de sudor. Volví la vista hacia la derecha y vi que todos miraban a nuestro compañero, los de las primeras filas se habían dado la vuelta y colocados sus brazos sobre el respaldo de los asientos para escuchar la respuesta del compa que no hallaba las palabras precisas para responder. Como estaba al lado del condenado, pensé que si tardaba más tiempo en responder, el maestro haría un ligero movimiento de ojos y me detectaría a mí, y con su dedo de fuego me enviaría a la hoguera. Pero Dios volvió a estar de mi lado, porque el compañero se puso de pie y por fin habló y se aventó una frase de esas que luego aparecen en los libros de Filosofía: “No importa cómo estamos hechos, sino de qué estamos hechos”. Se sentó. Los demás compañeros dejaron de verlo y él se secó la frente. Su mano quedó toda húmeda. Yo, para congraciarme con él, le dije que había dado una respuesta brillante, pero en ese momento, el maestro hizo polvo su frase: “¡No! También importa la forma”. Entonces metió la mano a la bolsa de su pantalón y sacó una bola de plastilina, la colocó sobre el escritorio y, con el dedo medio, le dio un envión y la bolita cayó al piso. “Por favor” le dijo a un muchacho y éste se acomidió a levantar la bola y entregársela. El maestro volvió a tirar la bola y le pidió a otro muchacho que la aplastara con su mano, que la hiciera como tortilla. A esa hora ya varios muchachos se habían parado y se acercaron a ver la plastilina hecha tortilla. El maestro despegó la plastilina del piso y, con sus dedos, la apretó en las orillas y le pidió a otro compañero, uno de los curiosos, que, con el dedo medio, tal como lo había hecho él con la bola de plastilina, con un solo movimiento la tirara al piso. El muchacho rio, dijo que era imposible. El maestro unió sus manos y palmeó una sola vez: ¿ven cómo importa la forma? Yo vi que el maestro sonreía, sí, nos estaba entregando una lección para toda la vida. Fue cuando pidió a otro estudiante, de la fila de atrás, que pasara y parara el pedazo de madera. El muchacho se levantó, caminó con el mismo desgano con que se había levantado, y, al llegar frente al escritorio, preguntó: “¿vertical u horizontal?”. “Como puedas”, fue la respuesta. El muchacho tomó el pedazo de madera que medía unos cincuenta centímetros de largo, dos pulgadas de ancho y tres o cuatro de grueso, colocó el pedazo de madera en forma vertical, como una torre, y logró que se mantuviera parado. El maestro se acercó y con un envión de su dedo medio, tal como había hecho con la bola de plastilina, hizo que cayera estruendosamente el pedazo de madera. El muchacho levantó el pedazo de madera y lo puso de canto, el maestro repitió el movimiento de su dedo y, sin el estruendo anterior, el pedazo de madera cayó.
El maestro nos vio y dio por terminada la clase. ¡Ah, fue una clase soberbia! El maestro regla no volvió al aula. Luego supimos que pasaba de grupo en grupo, con alumnos de primer ingreso, y ese era su cometido, en realidad trabajaba como administrativo. Le importaba transmitir ese mensaje.
Cada uno de nosotros debería sacar conclusiones, reflexionar acerca de los sucesos de esa mañana en que, sin duda, recibimos la mejor enseñanza de toda la carrera. El ejemplo de la regla de madera y de la bola de plastilina se puede aplicar a todo. Quienes terminaron la carrera de ingeniería supieron que parar una torre era más difícil que hacer un edificio horizontal de una planta; y quienes no terminamos la carrera y nos convertimos en arquitectos de nuestro propio destino, aplicamos este aprendizaje a la construcción de nuestro edificio espiritual. Importa cómo estamos hechos y de qué estamos hechos.
Posdata: Mirá lo que es la vida, una de las grandes enseñanzas de la vida la recibí de un maestro del que no recuerdo más que su apodo. Pienso que debería darme pena, pero luego reculo, porque pienso que los estudiantes honrábamos su vida al nombrarlo con el simple objeto que le servía para dar una gran lección. ¿Quién iba a pensar que con una simple regla de madera trasmitiría una enseñanza sublime? Digo que nosotros esperábamos que llegara un catedrático con traje y un portafolio de cuero lleno de libros. No, a él le bastaba llegar con un pedazo de madera. Ahora pienso en otros tipos geniales que, en la historia del mundo, también han dado grandes lecciones con simples objetos. ¡Gloria permanente a ellos! ¿Te tocaron maestros geniales a vos? Sin duda, en nuestra vida hemos tenido de todo: seres maravillosos y cabroncitos. De toda clase de madera hay en la carpintería del Señor.
viernes, 12 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, DESDE UN LUGAR DE YALCHIVOL
Querida Mariana: los comitecos saben que uno de los barrios más tradicionales de Comitán es ¡Yalchivol! Yalchivol es un barrio hecho de barro. No es juego de palabras, en Yalchivol existe la tradición de hacer tejas y ladrillos, con el barro de Los Zanjones.
Muchas casas tienen techos de tejas, de tejas hechas en Yalchivol.
El 8 de marzo de 2021, fecha donde se conmemoró el Día Internacional de La Mujer, desde Yalchivol se escuchó una voz en redes sociales: “Trasmite desde el apacible barrio de Yalchivol, en Comitán, Chiapas”.
La trasmisión se originó en ese barrio. Ese día quedó formalmente inaugurado un nuevo espacio radiofónico en Comitán: Perspectiva FM, medio de comunicación que dirige Mario Escobar, persona que tiene una larga experiencia en estas vainas hertzianas. Al lado de Mario está su esposa Berenice Báez.
Lejos está el año de 1963 cuando, por fin, Comitán tuvo su primera estación radiofónica formal: la XEUI; lejos en el tiempo, pero cercano en la memoria colectiva. Desde entonces a la fecha, muchas más estaciones radiofónicas existen en el espectro. Música de todos los géneros y voces con todos los temas viajan por el aire y se posan en los radios o dispositivos de los escuchas comitecos. Cada radio tiene su personalidad y su esencia. Hay incluso una radio católica que, como su nombre lo indica, trasmite mensajes religiosos.
Los inicios de la radio comercial en Comitán están lejanos, pero cercanos en el imaginario colectivo. Quienes, en los años sesenta disfrutaron la XEUI, recuerdan con emoción los nombres de algunos de los pioneros. No los menciono, mi niña, para no caer en el terreno de la exclusión. Cada nombre es importante. Cada persona de este pueblo conserva los nombres de sus locutores favoritos.
Cada empresa radiofónica tiene personajes que están frente a los micrófonos, ahora frente a las cámaras, son los más mencionados, pero hay más personas que contribuyen a que todo funcione a la perfección, desde los técnicos hasta quienes están a cargo de la atención de los teléfonos, de programación, de recepción y de limpieza de espacios. Por eso, para no entrar en el terreno resbaloso de la omisión, sólo digo lo que veo, lo que ves. En esta fotografía que robé del muro de Chusy Coutiño están Mayya Alfaro, Darissa Castellanos y Mario Escobar. Estos nombres ya están inscritos en la historia de la radiofonía local. Son los conductores de En Contacto, de la nueva estación Perspectiva FM. Ya otros nombres irán apareciendo y se inscribirán en el libro de oro de la comunicación de Comitán y de la región (región que ahora abarca el mundo. Sí, como decía mítico anuncio de grupo musical: “Desde Yalchivol para el mundo”).
El día de la inauguración, Mario Escobar comentó que Perspectiva FM es un proyecto cuya idea nació hace dos años, mucho antes de que llegara la pandemia al mundo, ya volaba la semilla que originó este árbol que está sembrado en un patio de apacible barrio comiteco.
¿Por qué el nombre de Perspectiva FM? Bueno, lo de FM es muy claro, trasmitirá en Frecuencia Modulada, ya pronto tendrán la autorización para iniciar trasmisiones en dicha banda. Pero, ¿Perspectiva?
Después del corte de listón, Angélica Altuzar Constantino dijo que el proyecto inicia con gestiones de la asociación civil Mujeres en Perspectiva, y tiene la intención de dar presencia a hombres y mujeres y lograr, juntos, una sociedad más armónica. ¡Que ninguna mujer esté detrás de un hombre sino al lado!
Ah, Perspectiva FM nació con buen augurio, nació la mañana donde el mundo conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Esto fue como una marcha, no silenciosa, sino llena de voces alegres, inteligentes, armoniosas. Desde Yalchivol, en Comitán, emergió una voz potente, clara. Angélica dijo que el lenguaje impacta. ¡Claro que sí! La voz pinta mensajes en los muros del mundo, abre ventanas.
Posdata: Las casas de los comitecos tienen techos de tejas hechas en el barrio de Yalchivol, ahora, sus cielos, tienen nubes hechas con palabras que nacen en un fogón del mismo barrio.
En una etiqueta aparece la siguiente información: “Carlos Romo creó Perspectiva FM junto a Mario Escobar. Su labor como productor y gestor es fundamental para ofrecerle al público la calidad que se merece”.
jueves, 11 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON UNA JOYA LINGÜÍSTICA
Querida Mariana: vos y yo hemos coincidido en la importancia del boletín ImaginARTE. Boletín que publicó Xavier González y Lourdes De La Vega, de 1996 a 2002. En su archivo digital está un valioso inventario de nuestra identidad.
El otro día, sin que lo buscara, apareció en la pantalla de mi computadora un texto que escribió mi primo Pepe Luis González Córdova (en paz descanse). Es un texto que apareció publicado en noviembre de 2000. Hace más de veinte años. Pensé en las coincidencias del universo. ¿Recordás que hace dos o tres días inicié mi carta preguntándote de qué estás hecha? Mi primo tituló su texto con esa clásica pregunta comiteca: Y vos ¿quién sos?
Ambas preguntas, digo yo, caminan por la senda gloriosa del conocete a vos mismo. ¿Quiénes somos, de qué estamos hechos? Tratar de dar respuesta significa hurgar en nosotros mismos, en descubrir las nubes que pueblan nuestros cielos.
Mi primo Pepe Luis fue un enamorado de Comitán, respetó como muchos, pero como pocos, nuestro modo de hablar. Por ahí hemos platicado el aporte de su libro “Glosario”, y, por supuesto, todos los demás, con relatos que se disfrutan por puños. Sabés cómo se llama uno de sus libros de relatos: “Sólo una vez se capa el cuch”. ¡Ah, son relatos muy simpáticos! Todos escritos con el modo de hablar de los comitecos.
Copio el primer párrafo del texto donde José Luis habla del voseo comiteco. Mirá lo que escribió: “Los que por estas tierras nacimos, crecimos hablándonos de vos; de vos nos hablaban nuestras madres y de vos nos cantaban para arrullarnos y convidarnos a dulces sueños; el vos sonaba a intimidad en labios frescos, cuando al amor del rescoldito que quedaba en el fogón, cantaban las criadas sus consejas memorables; de vos nos peleábamos unos con otros y de vos, finalmente, nos amábamos los de antier y los de ayer; los de hoy, lamentablemente ya es otro su lenguaje”.
Yo sugiero que entrés al Internet y entrés a curiosear en el archivo del boletín ImaginARTE. Hallarás material importantísimo para afianzar nuestra identidad.
Acá, con tu permiso, honro la memoria de mi primo. Su colaboración en el boletín y los libros que publicó son de gran valía. Falleció joven, la sociedad comiteca lamentó su deceso. Era un comiteco de bien, que aportaba al crecimiento intelectual de nuestro pueblo. A mí me encanta el libro donde preserva muchos modismos comitecos, esas palabritas que todavía usamos los viejos, pero que poco a poco van desapareciendo en el espíritu de las nuevas generaciones.
Mi primo tiene razón. Dice que quienes nacimos en este pueblo crecimos hablándonos de vos, de vos nos cantaban nuestras madres. Al final de ese primer párrafo reconoce que los jóvenes actuales ya tienen otro lenguaje. Es cierto, ustedes (los muchachos) ya no usan el voseo. La mayoría emplea el tú.
Pepe pone el dedo en la llaga. Dice que nosotros crecimos escuchando el voseo, ustedes ya no. Y como no lo escucharon con la frecuencia que nosotros, es lógico de entender que ya muchos de ustedes no lo empleen. En algún momento del tiempo se cortó la línea de la tradición.
La tradición se trasmite de mano en mano, de corazón a corazón. Lo mismo pasó con los nacimientos, Pepe y yo crecimos haciendo nacimientos en nuestras casas en temporada navideña. Ahora ya no todo mundo hace nacimientos, la mayoría pone árbol, natural o de plástico. Es más cómodo. La tradición se fracturó. Dejamos de pasar la estafeta y adaptamos nuevos modos de celebrar la vida, los modos que nos ha impuesto la globalización.
Pepe, con sus textos, luchó por preservar la herencia que recibió de chiquitío. Él era consciente de la pérdida de la tradición y pensó que una manera de preservarla era a través de sus escritos. Cada quincena aprovechaba el boletín de Xavier y de Lourdes para que el mensaje llegara a cientos de lectores. Por desgracia, el mensaje no llegaba a los oídos de los jóvenes.
Posdata: él hizo lo que le correspondía, desde su trinchera luchó por no malgastar su herencia lingüística. Él creció escuchando el cantadito del voseo que es característica de nuestro pueblo; él sabía que los pueblos son ricos en la medida que preservan su cultura. Comitán es un pueblo grande por su personalidad y esta personalidad está formada, entre otras riquezas, por su modo de hablar, por su modo de concebir el mundo a través de una palabra que tiene el brillo concedido por la pátina del tiempo.
Una forma de honrar el espíritu indomable de mi primo Pepe es continuar regando la plantita que sembró, que las madres jóvenes pregunten con sus abuelas cómo eran las canciones de cuna que cantaban a sus hijos y ahora ellas se las canten a sus pichitos. Si las criaturitas se duermen con cantitos donde el voseo esté presente, el árbol de nuestra identidad no se secará.
miércoles, 10 de marzo de 2021
LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA
Todo es según el color del pájaro que se mira. Los elementos de esta fotografía son mínimos, pero, a la vez, grandiosos. La mano de una muchacha bonita, un pajarito y, de fondo, una pared con textura rugosa, pero atractiva al tacto.
El color de fondo, blanco perla, resalta los colores de la mano de la chica y los colores del cuerpo del pajarito.
¿De verdad vale más pájaro en mano que ciento volando? Tal vez este dicho no se aplica en todos los casos. Los conservacionistas están a favor de que la bandada pase volando los cielos, que las aves no estén en cautiverio, pero qué se hace cuando uno de estos chiquillos traviesos se cae del árbol, porque se asomó de más en la ventana del nido. La mamá no estaba. Ella andaba en busca de gusanitos para alimentar a sus polluelos. ¡Ah, niño travieso! Te asomaste en el balcón y caíste y como no tenés aún la capacidad del vuelo llegaste al suelo, ahí donde, vos no lo imaginás, porque vos pensás que todo es cálido y seguro como las alas de mamá, está otro animal que no tiene alas porque es primo, lejano, pero primo a final de cuentas, del tigre y del león: ¡el gato!
Ah, tan lindos los gatitos, tan igual de traviesos que los pajaritos. Los gatos no vuelan, pero tienen una capacidad soberbia de hacer equilibrio en bardas y treparse sobre todos los tejados y árboles del mundo.
Acá, en esta fotografía se advierte que el pajarito está en una burbuja de armonía. La mano de la chica bonita está ahuecada, tomó la forma del nido, del corazón de la mamá, y el pajarito está en espera de que ella, casi madre sustituta, le enseñe una lombriz para que él abra el pico y diga que esa comida está deliciosa, que quiere más.
Y digo que todo es según el color del plumaje con que se mira, porque el espectador inocente que vea esta fotografía dirá que es una imagen tierna, que puede servir para que los niños de todo el mundo tomen conciencia del cuidado y protección de los pajaritos de todo el universo; pero si la fotografía cae en manos de algún espectador alburero puede decir de inmediato: “Más vale pájaro en mano”, como diciendo: “Mamita, ¿pongo mi pajarito en tu mano?”, porque, lo sabemos, no todos los pajaritos vuelan por los cielos, hay pajaritos que trepan en los tejados en busca de lugares húmedos para hacer sus nidos. No todos los pajaritos picotean en la tierra en busca de lombricitas, hay pajaritos que picotean otras paredes.
La fotografía es sencilla y bella. No sé qué edad tiene el pajarito extraviado y hallado en la mano de la chica. ¿Pía? ¿La chica le habló? ¿Le cantó algo como una canción de cuna, como una canción de nido? ¿Le cantó esa cancioncita tan bonita que dice: “Dormite pichito, / cabeza de ayote, / si no te dormís / te come el coyote”?
Bueno, tal vez no, porque el pichito se habría asustado. La palabra coyote suena como gatote. Y los gatos no duermen, porque se comen a los pajaritos que, traviesos, se caen de sus terrazas.
Tal vez la chica le preguntó a este pichito cuándo aprenderá a volar, cuándo hará circunvoluciones en el cielo, como si fuese una gran avioneta, y pasará por encima de los tejados y se pitorreará de los gatos bonitos pero perversos.
Los autores musicales, los grandes creadores de canciones de cuna deberían, también, escribir canciones para los animalitos, para los patitos que tienen alitas torcidas, para los pajaritos que no saben volar. Pichito bonito, volá, volá sin cesar, que ahí viene el gato y te puede cazar. ¡Sí! Canciones de cuna que alerten a los pajaritos, que les digan que el mundo no siempre es tan cálido como el abrazo emplumado de la mamá o como el huequito que esta chica hizo en su mano.
martes, 9 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, EN TONO DE DO
Querida Mariana: Hay actividades que sí y actividades que no. ¿De qué hablo, querida niña? Hablo de la música. Hay actividades humanas que se hacen mientras, al mismo tiempo, se escucha música; en cambio, hay otras actividades que prohíben poner música.
Mi amigo David es un melómano de partitura total; él, cuando escucha música, no hace otra cosa. Él pone un disco en el aparato reproductor, le da play con el control remoto, se sienta en un sillón muy cómodo que tiene en su estudio y disfruta con todos sus sentidos el río de agua limpia que sale de las bocinas de alta definición.
Pero no todos son como David, la mayoría escucha música de fondo, mientras realiza otra actividad. Pensá en los que arreglan bicicletas, en las que están bordando blusas, en los que pintan paredes, en las que cocinan, en los que viajan por la autopista, en las que hacen ciclismo de alta montaña, en los que desayunan en su casa o en un restaurante. ¿Quiénes del otro lado? Pues, por ejemplo, en una biblioteca pública no existe un sistema de sonido que le dé ambiente al espacio.
Digo pues que hay actividades que no se llevan bien con la música, actividades que exigen concentración total.
La tía Elena avisaba a la hora que entraba a rezar al oratorio. Rita iba a la cocina y apagaba el radio que había inundado el patio y los corredores toda la mañana y parte de la tarde. Rita pasaba a su cuarto, se ponía los audífonos del aparato reproductor individual y continuaba escuchando música, pero sólo ella.
Vos, ¿qué actividad realizás mientras tenés música de fondo? ¿De verdad? ¿Y lo hacés al ritmo de la música? ¡Sí!, yo, igual que vos, también pongo música cuando me baño. Mientras enjabono mi cuerpo escucho la música que programa la radio a esa hora. A veces, el estropajo se mueve al ritmo de bachata, a veces a ritmo de rock o de balada, y a veces a ritmo de reguetón.
También escucho música cuando dibujo o cuando pinto. A la hora de leer me concentro tanto que no me afecta que haya música, en este caso el sonido es ignorado por mi cerebro, es como si en la calle pasara el camión repartidor de gas, el carro de la basura, el campanero, los compadres que, bolos, se abrazan y gritan. Mi viaje no es interrumpido por moscas volando a mi alrededor.
Mario Pinto, quien es un exquisito pintor comiteco, pone música clásica a la hora que realiza sus acuarelas. Un día me dijo que no podría pintar en silencio ni con música de reguetón o de banda.
Digo que la oración es una actividad que no permite la música. ¡No! La oración tiene su propia musicalidad a través del rezo. Las palabras que se pronuncian en la oración son como gotas de agua que caen sobre la bandeja del aire. La oración es un acto tan íntimo que no permite distractores.
¿Y los amantes? ¿Escuchan música a la hora que hacen tiquitiqui? Sí, muchas parejas tienen a la música como un elemento seductor imprescindible. No me quedés viendo así. Lo digo porque lo he visto en muchas películas. Cuando ella tiqui y él tiqui, para tiquitiqui, la voz de Michael Bublé es compañía recomendable. Ya te conté que la primera vez que escuché un disco de Bublé, con mi modo de siempre, comenté que si yo fuera mujer me enamoraría de ese tipo, qué voz tan caricia de ámbar, y la Paty de Adolfo me dijo que no andaba tan perdido porque Bublé era uno de los favoritos del grupo gay (¡pucha!, ahora reflexiono y pienso: qué me habrá querido decir la Paty).
Sí, los amantes finos escuchan música y se suben a esa barca que boga en oleajes sutiles, manos de seda.
La música posee esa cualidad, es acompañante genial. En mis tiempos de joven, mis amigos llevaban serenatas con marimba a sus muchachas bonitas. Nosotros bebíamos y bailábamos en la calle, a las doce de la noche, mientras ellas, en sus recámaras, prendían una lámpara, como si fueran marineras a mitad del mar, para indicar que estaban escuchando Luna de Xelajú.
Digo pues que se puede beber trago con música, que se puede caminar por la calle escuchando música, que se puede hacer tiquitiqui al compás de un buen jazz y que se puede volar en medio de una noche lluviosa al ritmo de un blues.
Posdata: Vos sos amante del cine. Sabés que la música es elemento fundamental de las películas, pero la actividad del cinéfilo, como la del rezador, no permite que haya interrupción de música ajena. Ir al cine es como rezar. Yo, lo he dicho muchas veces, recibí dos religiones que me legó mi papá: el cine y la religión. Las dos las cumplo al pie de la letra y las hago sin escuchar música.
lunes, 8 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON CAMINITOS DE POLVO ESTELAR
Querida Mariana: ¿de qué estás hecha? El Popol Vuh dijo que los seres humanos fueron hechos de maíz. ¡Ah, qué bonita leyenda! La Biblia dice que Dios hizo al hombre de barro de la tierra. ¡Ah, bello también! Ambas historias coinciden en decir que las personas venimos de la tierra. Tía Martha, cuando yo era niño, me contaba una leyenda donde el ser humano había sido hecho de agua de una estrella, una mujer mayor (que se supone era una diosa) había dejado un cazo a la intemperie y, al otro día, recogió el rocío y vio el agua llena de granitos luminosos, con esa agua dio forma en el aire a la primera mujer. Lo que contaba la tía Martha, a diferencia de la Biblia y del Popol Vuh colocaba al origen del ser humano en la inmensidad del universo.
¿Vos de qué estás hecha? Pregunto esto porque los seres humanos estamos hechos de carne y hueso y un pedazo de pescuezo, pero podemos elegir, en forma metafórica materiales diversos para modelar nuestro espíritu.
A mí me encanta el título que Andrea Reyes puso a los libros donde está el rescate que hizo de los ensayos escritos por Rosario Castellanos: “Mujer de palabras”. Cuando leo ese título casi escucho que alguien le pregunta a Rosario de qué está hecha y ella, muy chenta, dice: ¡de palabras!
Recuerdo que, en los años sesenta, vi una película en el Cine Comitán, cuyo protagonista principal era López Tarso (actor genial que aún vive, por fortuna). La película se llama “Hombre de papel” y el título aludía a que el personaje es un pepenador de papel periódico y de cartones. No recuerdo más, sólo que era una película que me causó tristeza. Retrata la miseria de la gran ciudad en aquellos años. Recuerdo que el personaje se llama Adán; es decir, simboliza el origen, por eso digo que sí, que este hombre estaba hecho de papel, de papel periódico, insignificante.
Bueno, ni tan insignificante. El papel periódico sirve para limpiar los cristales y para envolver un kilo de jitomate en el mercado, pero también, y ahí está la genialidad, sirvió para que Rosario Castellanos escribiera sus ensayos en el periódico Excélsior, ensayos que Andrea Reyes rescató de las hemerotecas, de la bodega que tenía Rosario y de la biblioteca de la UCLA.
¿Mirás? Rosario, mujer de palabras; López Tarso, hombre de papel. ¿De qué estás hecha?
La misma tía Martha (que en paz descanse) decía que ella era mujer de sueños, que ella tenía muchos sueños que deseaba cumplir y enumeraba todos sus deseos. Que, ahora que lo pienso, no cumplió, porque su vida era muy sosegada en el pueblo y ella soñaba con ir un día a Cannes, al festival de cine y pedirle un autógrafo a Clark Gable, que era su actor favorito. Cuando yo salía del cuarto de la tía, su hija Azucena me llamaba y me decía que no le hiciera mucho caso a su mamá. Clark Gable, ya murió, decía Azucena y seguía barriendo cerca del cuarto de su mamá, pendiente de su llamado. Sí, la tía ya no salía de su cuarto. No sé qué mal padecía, pero su único viaje era de su cama al sillón. Todo el día miraba películas en un viejo aparato televisor, películas mexicanas o norteamericanas, en blanco y negro.
¿De qué estás hecha? Mi amigo Armando dice que acá en Comitán vivió un señor al que le decían Pancho Proyectos. Bueno, don Pancho estaba hecho de proyectos. Le decían así, porque, igual que mi tía, tenía muchos sueños, pero no los cumplía.
Mi tía estaba hecha de sueños inalcanzables. ¿En qué momento se le ocurrió que deseaba ir a Francia si te digo que su único movimiento era de su cama al sillón reclinable, que tenía almohadones para que se sintiera cómoda?
Digo que a mí me encanta lo que Andrea dice de Rosario. Nuestra paisana era una mujer hecha de palabras, éstas le sirvieron para formar su universo, para comunicar sus ideas, para extender su mano y apretar la de su semejante, para convertirse en mujer eterna.
¿Recordás el poema de Rosario que se llama “Entrevista de prensa”? Ahí dice lo siguiente: “…un día, adolescente, / me incliné ante un espejo y no había nadie…” Es parte de su respuesta ante una hipotética entrevista donde el reportero le pregunta por qué y para qué escribe.
¡Ah, qué pregunta tan boba! (bueno, la misma Rosario se la plantea) Por qué escribe. Lo hace porque es mujer de palabras. Y las personas que están hechas de palabras siembran éstas en todos los lugares de la tierra y en todos los cielos. Sí, ahí donde está el barro del dios católico; ahí donde está el maíz de los hombres del Popol Vuh; ahí donde está el polvo estelar de la diosa de la tía Martha.
Posdata: Los seres humanos estamos hechos de carne y hueso y un pedazo de pescuezo, pero cada uno elige cómo se construye su espíritu. Vos, ¿de qué estás hecha, mi niña? ¿Cuál de las tres leyendas está más cerca de tu pasión divina? ¿Te late más el barro, el maíz o el polvo estelar?
sábado, 6 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON LIBROS DEL SIGLO XXI
Querida Mariana: estos tiempos de pandemia nos han exigido modificar comportamientos. Comemos diferente, nos saludamos diferente e incorporamos estrictas medidas sanitarias. Ahora nos lavamos las manos con frecuencia y evitamos tocarnos la cara. Los lectores también modificamos nuestros hábitos.
Vos sabés que soy lector de hueso colorado. He leído por toneladas desde que tenía once años. Descubrí la magia de la literatura y no la solté. No la soltaré, primero Dios, hasta el final de mis días. No soltaré el hábito de la lectura porque me da vida. En estos tiempos de pandemia, la lectura ha sido la compañera fiel que ha sido por más de cincuenta años. ¿Qué haría confinado en mi casa sin la posibilidad de dibujar o de pintar o sin ver cine (mucho cine) en esas plataformas tecnológicas que se llaman streaming? ¿Qué haría sin la posibilidad de platicar con vos por medio del WhatsApp? ¿Qué haría mi mamá sin ver y escuchar misa todas las tardes en la televisión? ¿Qué haría yo sin la lectura? Tengo libros impresos en un estante, pero (ya me conocés) soy snob y llama mi atención la novedad. He releído libros, pero también he leído novedades. He releído a Cortázar y a Faulkner, pero una antología de cuentos del gran escritor Hemingway me echó el ojo. ¿Qué hacer?
Cuando comenzó la pandemia decidí no comprar libros impresos. Sí, soy bobo, me paso en cuidados, pero prefiero el exceso que el descuido. Por fortuna, a la fecha, a punto de cumplir un año de confinamiento, en casa todos estamos bien de salud. Nos hemos cuidado. Primero Dios, ¡lo seguiremos haciendo! Dios es quien tiene la última palabra, pero nosotros hacemos lo que mi mamá siempre recomienda: “Ayúdate, que Dios te ayudará”.
Trabajo desde casa y desde casa cumplo con mis compromisos. Desde acá escribo tus cartas; desde acá vivo para servir a mi pueblo.
Desde casa, el equipo de ARENILLA-Revista diseña y comparte algo de lo mejor de Comitán y de la región con nuestros lectores. Sabemos que compartir buenas lecturas es el camino para sembrar esperanza. En cada número de nuestra revista compartimos un cuentito para que los papás lean con sus criaturitas y siembren el gajo maravilloso de la imaginación.
Digo que la antología de cuentos de Hemingway me echó el ojo. Busqué opciones y hallé que la más cercana a mis deseos era comprar el libro digital. Podía, a través de una tarjeta bancaria, solicitar el libro a Amazon, tienda que vende de todo, ¡de todo! Si yo lo solicitaba y hacía el pago, en menos de dos minutos lo tendría en mi dispositivo electrónico, en menos de ¡dos minutos! Genial. Ah, pero me topé con un problema, no tenía el chunche que se llama Kindle, y es el dispositivo que permite almacenar más de cinco mil libros en versión digital. Pero los de Amazon son empresarios que piensan en todo y me dijeron: tranquilo, Alejandro, tranquilo. ¿No has comprado el Kindle? No te preocupés, nosotros te instalaremos un dispositivo en tu computadora para que podás adquirir nuestros libros digitales y podás leerlos tranquilamente en tu casa. Y en menos que canta un gallo encontré en mi pantalla la silueta de un muchacho que lee un libro, el joven está sentado en lo alto de una colina y tiene el fondo de un cielo estrellado. ¡Ah, qué maravilla! Así que hice el pedido de la antología de cuentos de Hemingway y, de veras, lo juro, en menos de dos minutos estuvo en mi lector personal. Abrí el Kindle y comencé a leer. ¡No podía creerlo! Esto de la tecnología es una gran ventana que nos ayuda a vivir con plenitud en medio de burbujas grises.
Pero no sólo he leído, también he escrito. Durante todo el año 2020 me dediqué a escribir cuentitos y ahora comparto con vos una buena noticia: ya está a la venta mi libro de cuentos que se llama “¿Y qué soñaré mañana?”
Está a la venta en su versión digital ¡en Amazon! Sí, por fortuna, ahora me uno a esa legión de escritores, muchos chiapanecos, que tienen libros en venta en esa tienda en línea que, dicen los que saben y así debe ser, es la tienda más grande del mundo.
Sé, porque vos me lo has dicho, que a varios de tus amigos les gusta leer los textos que escribo, disfrutan las Arenillas. ¿Me hacés favor de avisarles que ahora ya está a disposición de todo el mundo mi librincillo de cuentos más reciente? Vale cien pesitos, es casi nada. ¿Sabés cuánto vale una Coca-Cola de tres litros? ¡Cincuenta pesos! Es decir, mi librincillo de cuentos vale lo que valen dos cocotas. Y, seamos honestos, las cocotas, con su exagerado contenido de azúcar, sólo causa serios problemas a la salud. En cambio, la literatura abre espacios para la reflexión y para la imaginación.
Desde siempre, lo sabés, he procurado el fomento de la lectura. He sido feliz, por más de cincuenta años, gracias a la lectura. Desde que compraba con don Rami Ruiz, en la Proveedora Cultural, los libros de la Biblioteca Básica Salvat, hasta ahora que compro con don saber cómo se llama, en Amazon, los libros digitales.
Ahora, en Amazon, en la oferta de libros (¡ah, me siento chento!) aparece el librincillo de cuentos de Alejandro Molinari.
Sigo cumpliendo con mi promesa de publicar un libro cada año. Sin compararme al genio de Woody Allen, cineasta que hace una película cada año, yo presento a mis amigos y lectores un libro cada año. Algunos años he publicado novelas breves, otros años han sido libros de crónicas o libros de cuentos. El año pasado publiqué un libro de cuentos que se distribuyó de manera gratuita por patrocinio de San Marcos, tienda de prestigio en nuestro pueblo, que celebró cincuenta años de su inauguración. Ahora ofrezco el librincillo más reciente en versión digital. Vos y todos tus amigos pueden adquirirlo ahí. Es tan sencillo. Quienes no tengan el chunche pueden bajar el Kindle en su computadora y, en menos de dos minutos, tendrán mi libro y podrán leerlo.
Espero que todos mis lectores lo disfruten. Siempre, lo sabés, he seguido la recomendación del escritor Roald Dahl y del escritor Sergio Ramírez: no aburrir al lector. Principio esencial del fomento a la lectura es atrapar la atención del lector a través de historias sencillas e inteligentes. Los cuentos deben contar, deben abrir puertas a la imaginación, deben entretenernos.
Durante más de cincuenta años he leído muchas novelas y muchos cuentos. Me he divertido, mi mundo se ha ampliado; he conocido historias fascinantes, he escuchado bellas historias narradas por expertos contadores de cuentos. He sido feliz, ¡sí! Por eso, cuando invito a las personas a leer, lo que pretendo es que ellas también sean felices. Ahora, así lo espero, deseo que mis cuentos den felicidad a quienes compren y lean mi librincillo.
Espero que cuando avisés a tus amigos, ellos hagan lo mismo que hago yo cuando encuentro un nuevo libro de un escritor que me gusta. Cuando leo en las noticias que uno de mis escritores favoritos tiene un nuevo libro lo compro de inmediato. Antes iba a las librerías, a la Proveedora Cultural o a Lalilu o a Porrúa, y compraba un ejemplar impreso de esa novedad; ahora enciendo la computadora, entro a Amazon, hago mi pedido y en menos de dos minutos, ¡sensacional!, tengo el libro en mi casa.
¿No es lo mismo leer el libro impreso que leer el libro digital? No, no es lo mismo, como no es lo mismo platicar en vivo, tomando una taza de café, debajo de una sombrilla, frente al parque central de Comitán, que platicar en zoom o en una video llamada. No. No es igual darse un abrazo rodeando el cuerpo de la persona amada, que enviarse abrazos virtuales, pero digo que este tiempo de pandemia nos obligó a modificar nuestra vida cotidiana.
Yo soy amante de los libros impresos, crecí con ellos. Siempre los llevé debajo del brazo o los tuve en el buró para leerlos en la noche, antes de dormir. Lo sigo haciendo, releo los libros que tengo en mi estante, pero las novedades (mi trabajo exige estar al día) las adquiero en Amazon y las leo en mi Kindle que tengo en mi computadora.
Ahora, estoy orgulloso y contento. Un librincillo mío está disponible para todo el mundo en Amazon, la tienda más grande del mundo. ¡Pucha, nadita!
Posdata: Coincido con quienes dicen que el libro impreso no desaparecerá jamás. El libro impreso nos ha acompañado por siglos. Pero, de igual manera, coincido con quienes advierten que, en el futuro, los libros impresos tendrán compañeros, aliados. La pandemia nos empujó a dar ese paso. Ahora hay audiolibros y hay libros digitales. ¿Qué nuevos dispositivos aparecerán en los próximos años? No lo sé, pero espero que yo esté en activo y pueda presentar mis librincillos en nuevos chunches tecnológicos para que vos y tus amigos puedan leer mi obra. La vida nos obligó a modificar comportamientos, pero el genio creativo del mundo siguió brillando en el horizonte, como diciéndonos que la vida, aún con estas piedras enormes, sigue siendo una alfombra llena de pétalos de aire. ¡Que viva la vida!
viernes, 5 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON APLAUSOS
Querida Mariana: ayer me sentí muy chento. Estaba frente a la pantalla de la computadora y, en los comentarios de una Arenilla que escribí, hallé un GIF donde Leonardo Di Caprio estaba aplaudiendo. Mi amigo Marco Antonio Marroquín subió la imagen para decir que no le había disgustado mi texto y Leonardo aplaudía con emoción, con los labios apretados, bien vestido (como debe ser en los momentos sublimes), con una corbata moteada y con un reloj que, cuando menos, debe ser un Rolex.
Jamás en mi vida imaginé, soñé, que el gran actor, reconocido con el Óscar, estaría aplaudiendo uno de mis textos. Pucha, me esponjé como guajolote y casi casi me vi en la misma alfombra roja donde él caminó la noche que, con El Renacido, obtuvo el premio más grande de la industria cinematográfica del mundo.
Y pensé que por ahí había un hilo de luz. Di Caprio tiene, igual que yo, ascendientes italianos; es decir, sus raíces provienen del mismo país donde están las mías. Cuando pensé esto me sentí más en confianza, como si un lazo de identidad nos uniera. Él ya fue reconocido como uno de los más grandes actores de Hollywood y yo, perdón por la inmodestia, mi niña bonita, soy lo que mi nietecita Alejandrita me dijo la tarde del domingo.
Sé que no soy el único que tiene el privilegio de recibir ovaciones de Di Caprio en el Facebook. No, he visto en muros amigos que él también aplaude a otros; es decir, somos miles o millones, sí, millones, los que recibimos las ovaciones de Di Caprio.
A vos ya te aplaudió Di Caprio (lo digo con todo respeto, sin tizne de albur).
Pero no sólo Di Caprio aplaude a algunos en las redes sociales. He visto a Anne Hathaway. Debo ser sincero, nunca he recibido ovaciones de Anne. Anne (sin albur) aplaude mejor que Leonardo, ella lo hace con las manos frente a su rostro que está emocionado. Sus labios están apretados, como clausurando el llanto que está por desparramarse.
Ah, dichosos los que han recibido la ovación de Anne o quienes, ¡nadita!, han recibido los aplausos de Jennifer López. Ah, su ovación debe emocionar hasta las lágrimas a quienes la reciben, porque ella se pone de pie y sigue aplaudiendo. Y vos sabés, mi niña, que no es lo mismo que vos estés en un escenario y que la audiencia te aplauda, mientras están sentados, a que, por un resorte mágico, la audiencia se ponga de pie. ¿Has visto ese GIF donde la famosísima JL, también con sus apretados labios carnosos, se pone de pie y sigue aplaudiendo; las pulseras finísimas que rodean sus muñecas tintinean como campanas de oro? ¡Ah!, qué privilegio.
No, nunca he recibido aplausos de Anne o de Jennifer, pero, la mera verdad es que no me hacen falta, porque en mi corazón y en mis oídos sólo escucho lo que mi nietecita Alejandrita me dijo la tarde del domingo.
Tengo dos nietas. No son hijas de mis hijos, no. Ellas, por cariño, me eligieron y me dicen abuelo. Tengo mi nieta Fanny, una profesional exitosa que ya tiene un poco más de veintitantos años (ella, al lado de su esposo, ya es mamá de un príncipe); y mi otra nietecita es Alejandrita, ella tiene seis años y su color de cabello tiene el tinte original de un atardecer prodigioso. Alejandrita es la hijita menor de mi amigo Javiercito, persona a la que le tengo un cariño especial, no sólo a él sino a toda su familia. Digo que Dios me envió la bendición de tener dos nietas espirituales. Y el domingo en la tarde, Alejandrita puso su mano sobre mi cabeza y me envió el mayor reconocimiento que, al lado del que mi mamá me dijo el otro día, llenan mi espíritu de agua limpia.
El otro día compartí con mi mamá una Arenilla y ella, sentada al otro lado de la mesa del comedor, me dijo: “Qué bonito escribes, hijo”. Pucha. ¡Ya! Eso fue el culmen. Y ahora, la cereza del pastel fue lo que me dijo Alejandrita.
Te cuento, el domingo pasado, como todos los días, me levanté temprano y me puse a trabajar, pinté, dibujé, grabé unos audios y escribí. Como a las seis y media di por terminada la jornada laboral y revisé los mensajes en el celular y ahí hallé un mensaje en audio, enviado por mi amigo Javier, pensé que era algo que él me decía, apreté la flechita y escuché lo siguiente, niña, algo que fue como una ventana donde entró una catarata de luz, tan generosa, como una catarata de Iguazú: “Mi abuelito Molinari es el escritor más chingón”.
Posdata: Ah, si pudieras escuchar el audio, la vocecita de colibrí tierno diciéndome eso. Perdón, mi niña, pero desde el domingo, al iniciar mis diarias actividades prendo el celular y vuelvo a oprimir la flechita y escucho lo que Alejandrita bonita, linda, me envió. Es como un mantra que me llena de aire, que llena mi espíritu. Agradezco a la divinidad este privilegio, los aplausos del gran Di Caprio y las palabras de mi madre, y las palabras de Alejandrita enormísima. Dios los bendiga a todos. ¿Quién quiere aplausos de la Jennifer o de la Anne? Por el momento, yo no. Tengo más, recibo más.
jueves, 4 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON UNA NOTA FELIZ
Querida Mariana: la mercadotecnia nos vende todo, incluso la felicidad. ¿Has visto ese anuncio de Coca Cola donde la anuncian como la chispa de la vida? Los integrantes de la familia, reunidos en torno a la mesa, toman un vaso de Coca Cola y sus rostros sonríen, se iluminan. Los que vemos la pantalla de la televisión hacemos la asociación biunívoca: tomo Coca ¡soy feliz!, soy feliz porque tomo Coca.
¿Tu novio, cuando va a Tuxtla, te trae la Cajita Feliz, de McDonald’s? Sólo a los genios publicitarios se les pudo ocurrir encerrar a la felicidad adentro de una cajita.
El comiteco Armando Alfonzo Alfonzo, en su libro “Comitán 1940” nos da una definición de felicidad. Su tía Silvina Mandujano le dijo un día: “Felicidad es estar vos acostada en tu cama, dando de mamar, y tu marido, encaramado en el techo, trastejando”.
Doña Silvina nos regaló una imagen sencilla, que correspondía a los tiempos que vivió. Fortalece la idea de familia. La mujer da de mamar a su criaturita, mientras el marido cambia las tejas quebradas en el techo de la casa. El hogar es parte fundamental de la familia.
¡Ah, eso lo sabe la Coca Cola! Por eso, la imagen de felicidad que nos vende es la de la unión familiar, los abuelos con los hijos y con los nietos. Claro, en el centro de la mesa: ¡la chispa de la vida! Su producto de aguas negras, con toneladas de azúcar.
Cada persona tiene su definición de felicidad. Muchas personas opinan que la felicidad no existe; otras comentan que son instantes, vislumbres luminosos en medio de la oscuridad que es la burbuja de la vida diaria.
Lo que parece que es una certeza es que la felicidad no está fuera de nosotros. Si la miel de la vida existe está en nosotros. La imagen que nos regaló doña Silvina hizo que su sentimiento tomara dos elementos exteriores: su criatura mamona y su esposo chambeador. Ella sintió una especie de armonía al ver a su corderito mamando de su teta y al oír los pasos de su marido trepado en el techo.
Héctor, quien, ya lo conocés, echa a perder la mejor imagen del mundo, al leer esta anécdota comentó: pucha, qué friega si el marido, dos minutos después, pisó mal y se fue al suelo.
Bueno, ahora te mando otra imagen de un instante luminoso, algo cercano a la felicidad.
La fotografía me la envió el licenciado Fernando Gómez (un acucioso pepenador de imágenes fotográficas presentes y pasadas). La foto es genial. Mirá la posición en que está el amigo que se durmió en la carretilla. Lo impresionante es saber que colocó la carretilla en plena calle. No sé si alcanzás a mirar que en el extremo inferior derecho hay un cachito del espejo lateral del auto de Fer. Fer conducía su auto por la calle (por donde está la telesecundaria, acá en Comitán) cuando vio que en plena calle estaba nuestro amigo durmiendo tranquilamente. Fer dice que los autos pasaban frente a él y él tal vez soñaba que estaba en la pista de Le Mans y Checo Pérez le aventaba flores. Y digo que la foto es genial, porque ya miraste el letrero de la casa. Con letras bien claras dice: No estacionarse.
¿Qué diría doña Silvina cuando alguien llegara y le dijera que otro comiteco tenía su definición de felicidad? Nuestro amigo dio la siguiente definición: felicidad es dormir a pierna doblada en tu carretilla de trabajo, a mitad de una calle, en un lugar que prohíbe estacionarse.
Acá no hay techo para trastejar, acá el techo es el cielo comiteco
Posdata: Héctor dice que el durmiente despertó un minuto después y se llevó el susto de su vida cuando vio que ahí lo habían dejado sus amigos de pachanga. Él ya estaba cansado y sus compas le dijeron que se recostara en la carretilla, que lo llevarían a su casa, él, confiado, subió mientras sus amigos llevaban la carretilla, cerró los ojos y se durmió, cuando los compas vieron que ya estaba dormido dijeron que le harían una broma y lo dejaron ahí a media calle.
miércoles, 3 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON UNA HISTORIA DE LUZ
Querida Mariana: digo que cada pueblo tiene su Ara. En Comitán tuvimos nuestro Ara, que eran las iniciales de don Arturo Rivera Alfaro; y en Estambul tuvieron a su Ara.
Nuestro Ara comiteco tenía una tienda, en el portal oriente, frente al parque central. Nuestro Ara comiteco ya falleció y su negocio no existe, porque estaba en la manzana que tiraron para ampliar el parque. En su negocio (un local pequeño) vendía dulces, cigarros, galletas. Todos eran productos seleccionados. Vendía lo que en Comitán llamaban dulces extranjeros, porque no eran dulces artesanales de la región.
Mi memoria es endeble, pero recuerdo una tarde que fui con mi papá y pedí que me comprara un chocolate envinado, con una cereza en el interior. Mi papá pidió una cajetilla de cigarros Alas Azules y accedió a mi petición. Yo fui feliz. Mientras mi papá platicaba con nuestro Ara, yo salí del local y me recargué en una columna (que ya no era de madera, sino de cemento), quité el papel celofán y, mientras veía los árboles y a las personas sentadas en las bancas o caminando por el parque, sentí el viento fresco y le di la primera mordida al chocolate. El licor se escurrió por mis labios, con un hábil movimiento de lengua lo recuperé. Ah, fue un instante inolvidable.
El Ara de Estambul fue hijo de un farmacéutico, pero él no aceptó continuar con el negocio. ¿Hacer lo que hacía nuestro Ara comiteco que estaba detrás del mostrador esperando la llegada de los clientes? ¡No! El Ara de Estambul se sintió atraído por el mundo del cine y de la fotografía y llegó a convertirse en uno de los grandes fotógrafos del mundo. Ara Güler también ya falleció.
Digo que cada pueblo tiene su Ara. Nosotros lo tuvimos en el portal derruido, nos alegró la vida a todos. Los mayores compraban cigarros, puros; las mujeres adquirían galletas selectas en cajas de latón grabado; y los niños, ¡ah, los niños!, nos extasiábamos con la variedad de dulces. A mí me encantaban los chocolates envinados con una cereza en el interior. No sólo era el sabor, también era la mezcla de colores y de aromas. El negro del chocolate se abría y daba paso a un corazón húmedo. ¡Ah, qué delicia! Nuestro Ara no se casó, vivía solo.
Los turcos tuvieron a su Ara que sí se casó, pero no tuvo hijos. Sus biógrafos refieren que su compañera fue un encuache perfecto para él. Cuando ella falleció, el corazón de Ara Güler se fracturó.
Digo que cada pueblo tiene su Ara. El Ara turco fue nombrado como El ojo de Estambul. ¡Ah, qué título tan selecto, tan lleno de gloria!
A mí me gustaría que me ayudaras a hacer un homenaje a los Ara del mundo. Que por ahí en La Plaza te compraran un chocolate envinado con cereza en el interior y que lo disfrutaras mientras, en tu computadora, mirás fotografías tomadas por El ojo de Estambul. Sus fotografías son impresionantes, bellísimas, porque, la mayoría, son retratos de personas en la burbuja de todos los días. Los turcos mencionan que el archivo de Ara (de más de dos millones de fotografías) es un tesoro nacional.
Cuanto terminés de comer el chocolate, por favor, guardame el papel celofán. Es para iluminar el recuerdo de mi papá. ¿Sabés qué le encantaba hacer a mi papá? Tomaba la envoltura y, con mucho cuidado, lo alisaba, le hacía pliegues y luego hacía un nudo para formar algo como una mosca de esas que usaban los dandis en lugar de corbatas. Era también un momento sensacional cuando mi papá extendía su brazo y me regalaba la corbatita. ¡Ah, me encantaba ese nudo central! Era como un pájaro en vuelo, un pájaro que no tenía más que las alas pegadas al pico. Era como si jugáramos al juego: ¿en dónde quedó el cuerpo? ¡Ah, el cuerpo ya me lo había comido! Sólo quedaba la envoltura y mi papá convertía ese simple papel en una figura alucinante.
Posdata: todo pueblo tiene su Ara. Nosotros tuvimos un Ara que nos iluminó todos los sentidos a través del gusto. La trascendencia de nuestro Ara fue local. El Ara de Estambul tuvo trascendencia mundial. Su obra sigue iluminando todos nuestros sentidos, a través de la visión.
martes, 2 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, PARA LEER EN TARDE SOSEGADA
Querida Mariana: mirá la foto y luego cerrá tus ojos, tantito, y escuchá la marimba. El baterista está en pausa, quienes sí están con todo son los ejecutantes del trombón, de las trompetas, de los saxofones y los marimbistas. Ahí está el famoso José María Luis Méndez Aguilar, Chemita, con el bajo. Por supuesto, en la marimba el famosísimo maestro Límbano Vidal Mazariegos, fundador y director del grupo Águilas de Chiapas. El maestro Límbano falleció en 2011. Los ejecutantes están en el kiosco del parque central y son integrantes de la marimba del Honorable Ayuntamiento de Comitán de Domínguez.
No sé de qué año es la fotografía, pero sí sé quién la tomó: Omar Romeo Figueroa Sánchez, nieto de mis padrinos Romeo Figueroa y Clarita Bermúdez.
Estoy seguro que sí recordás a mi madrina. Ella tenía una tienda de sombreros al lado del mercado Primero de mayo. ¿La recordás? Un día pasamos a saludarla. Vos te sentaste en la grada de la entrada y yo me senté al lado de mi madrina. Recuerdo que al despedirnos me comentaste que había llamado tu atención que en los estantes, al lado de muchos sombreros, había un pequeño oratorio con varias estampas religiosas y un radio. Platicamos que eso hablaba mucho de su personalidad, mientras esperaba a los clientes, ella veía el paso de las personas que caminaban por la calle, rezaba o escuchaba la radio. Ella, a través de su mirada, de su olfato y de sus oídos, pepenó todas las voces y aromas que, como canicas, ruedan por esa mítica bajada, bajada que describió Rosario Castellanos, en su novela “Balún-Canán”, cuando la niña, cogida de la mano de su nana, baja “la cuesta del mercado” y escucha cómo “suena el hacha de los carniceros”. Sí, la abuelita de Omar Romeo alimentó su espíritu con las voces de las mujeres que, en la banqueta venden chayotes hervidos, tzolitos, manía, flor de calabaza. Nutrió su alma con el ruido del taxi que se paraba casi enfrente para bajar las ollas de atol de granillo y de jocoatol, tapadas con trapos y plásticos para que la bebida llegara calientita. ¿Escuchaba marimba por la radio o sólo recibía la bofetada del reguetón y de la banda del negocio de discos piratas?
Omar Romeo sí escuchó marimba esa tarde de domingo, la tarde que tomó esta espléndida fotografía. Omar hizo eterno ese instante.
La fotografía en blanco y negro tiene una tonalidad especial. Omar Romeo usó una película de 35 mm y él hizo el proceso de revelado. Por eso se aprecia un rasgo profesional. Sin que Omar sea un fotógrafo profesional se advierte en este trabajo que siente una pasión especial por la fotografía. Cuando me envió la fotografía me dijo que había hallado un rollo olvidado de 2007 y cuando entró al cuarto oscuro halló muchos instantes vividos en un viaje que hizo a Comitán, y, entre ellos, éste, momento genial donde la marimba del Ayuntamiento iluminó la tarde de domingo. Es fácil imaginar a hombres y mujeres sentados en las bancas que circundan el kiosco y algunos más parados frente al grupo musical, debajo del techo del kiosco, moviendo los pies y metiéndolos al agua del sonido infinito.
Omar Romeo hizo eterno el instante, lo captó para obsequiárnoslo como flor recién regada. El genial marimbista Límbano ya falleció, pero acá está con los bolillos sobre el teclado, viendo las teclas, dándoles el don del canto.
Omar Romeo es un apasionado de la fotografía. Tiene obra en diversos procedimientos fotográficos. ¿Vos sabes qué es la cianotipia? ¿Sí? Yo no sabía. Cuando Omar me dijo que se interesa por dicho procedimiento entré a Internet y hallé que es un procedimiento fotográfico que consigue una copia en un color azul de Prusia; es decir, la fotografía no sólo como mero testimonio de instantes, sino como ventana para tocar el árbol del arte.
Sí, vi algunas fotografías con este procedimiento y supe que Omar Romeo abre ventanas donde los demás sólo vemos paredes.
Posdata: esta fotografía tiene una luz especial, los arcos están rodeados por el aleteo de un pájaro luminoso. La tarde que Omar Romeo estuvo en Comitán y fue al parque y escuchó la marimba del Ayuntamiento, oprimió el botón de su cámara analógica y capturó para siempre este vuelo singular.
Hice lo que te sugerí hacer al principio de esta carta, cerré los ojos tantito y escuché la marimba y los metales y mi espíritu también aleteó. ¡Ah, qué gran obsequio nos dio Omar Romeo!
lunes, 1 de marzo de 2021
CARTA A MARIANA, CON HILOS DORADOS
Querida Mariana: una vez, el escritor Ricardo Garibay dijo: “Nunca los cielos fueron tan altos”. Siempre que veo el cielo de mi pueblo, recuerdo esa cita; y como todos los días miro el cielo, todos los días pienso que nunca los cielos fueron tan altos.
Lo mismo dirán todas las personas en el mundo, pero los comitecos, siempre orgullosos de nuestro pueblo, chenteamos el cielo que es como el chal de nuestro espíritu. Siempre decimos que acá están los mejores cielos, aunque luego, al abrir un libro con pinturas de Van Gogh, reconozcamos que hay cielos más bellos en el mundo.
Esta fotografía la tomé antes de la pandemia, en el estacionamiento que está a media cuadra del Citibanamex del centro. Esa mañana el cielo estaba nuboso. A veces, los cielos de Comitán son cristales azules, sábanas bien tendidas, sin una arruga. A mí, como a muchas personas, me gustan todos los cielos, los nublados, los nubosos, los lluviosos y los que imitan tu alma, porque vos tenés el alma limpia. Sí, claro, me gustan los cielos lluviosos sin mojarme. Me encanta verlos desde la ventana de la sala, me encanta ver cómo las nubes panzonas, oscuras, se convierten en pichanchas y descargan sus gotas, que, traviesas, brincan en el piso, como si saltaran la cuerda, y luego se desparraman y se unen y se vuelven charcos, pierden su individualidad y, ya juntas, se deslizan debajo del portón y se unen a las corrientes de las calles. Ah, diría el poeta, son ríos que van a dar a la mar. ¡Ah, la vida!
Ahora que descubrí esta foto en el archivo de mi computadora volví a sentir la bofetada cariñosa de ese instante en el patio majestuoso, soberbio, de una casa que fue propiedad de la familia Nájera, y que ahora (ah, qué bendición) se convirtió en un espacio público y Juan y Pedro y Alejandro pueden entrar sin restricción. Basta entrar con auto y pagar la cuota del estacionamiento. Bueno, el espacio es tan generoso que no hay necesidad de entrar con auto, podés entrar caminando, mostrar la moneda de cinco en tu mano y decir: “Buenos días, pasaré al sanitario”, y el encargado te saluda y dice que sí, que pasés y vos vas al fondo y, a la izquierda, hallás dos apartados, uno para mujeres y otro para hombres, metés la moneda de cinco en el aparato y oís la chicharra que desatora el seguro, empujás la puerta y luego, bueno, hacés lo que entraste a hacer. ¿Quién me iba a decir, hace cincuenta años, que una mañana podría entrar a esta casa altiva e iba a orinar al fondo de ese majestuoso patio? ¡Ah, la vida!
Me encantan los espacios públicos, porque son como el cielo. Puedo disfrutarlos sin restricción. Cuando voy al parque central o al parque de San Sebastián, o al parque de La Pila y me siento en una banca, estiro mis piernas, y miro el cielo, pienso que nunca los cielos fueron tan altos. Cuando estuve en Puebla, la Puebla de Los Ángeles, iba al zócalo, me sentaba en una banca y pedía al universo que me fuera dado regresar a mi pueblo, y cuando este don me fu concedido supe lo que Garibay decía de sus cielos.
Ahora, por la pandemia, el cielo que veo no es tan espléndido como el que vi esa mañana. Ahora ese cielo delimitado por techos de teja tiene paredes cercanas, cables de luz y una mufa torcida, amarrada con alambres. La amplitud con que voló mi mirada ese día, ahora se restringe a un pequeño cuadrángulo de la cochera de mi casa, pero el cielo ahí está, si salgo temprano, a veces veo un ejército de pajaritos que se dirigen hacia el oriente; a veces llega un colibrí (chupamirto) y bendice mi mañana. El cielo sigue intocado, bello; a veces está oscuro, a veces luminoso; a veces está salpicado por nubes blancas y en ocasiones es una sábana planchada de azul profundo. Ahora, más que nunca, miro el cielo, levanto la mirada. Mis ojos se topan con paredes, con cristales, con herrerías, para que mi mirada encuentre un espacio regio debo mirar hacia arriba, ahí mi mirada es un pájaro que vuela contento. Quien mira hacia arriba halla la amplitud del universo. No alcanza mi mirada para llegar a tal profundidad y esto es así porque en mi pueblo los cielos son altos, altísimos, soberbios, silbido de tiuca, ala de garbancero, pétalo de tenocté.
Posdata: la casa hermosa de los Nájera cambió de dueño y de vocación. El espacio privado se convirtió en espacio público. Esta modificación me permitió gozar del privilegio de poseer esta bendición esa mañana. Por fortuna, el cambio de dueño y de vocación no alteró su traza original. El patio está lleno de luz y ese aro es circundado por arcos con columnas de madera y con techos de tejas. ¡Ah, qué belleza! Sublime belleza.
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