martes, 12 de julio de 2022

MUJER SUBLIME

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que tienen el cuello de jirafa y mujeres que tienen cintura de hipopótamo. La mujer cuello de jirafa es la creación más sublime del universo. Todo mundo sabe que las extraterrestres más bellas tienen el cuello largo. Las terrícolas que gozan de este don son especiales. Esto lo supo Modigliani, por eso las mujeres que tuvieron la gracia divina de ser retratadas por el pintor genial supieron que eran las más bellas de esa época. Aún ahora, los artistas plásticos van a mercados, plazas y templos en búsqueda de la mujer cuello Modigliani para inmortalizarlas y, a la vez, volverse inmortales, porque la gracia divina de un cuello perfecto convierte en oro todo su entorno. Esta mujer es Midas, tiene el embrujo del Sena y la fragancia de una orquídea. La mujer cuello Gioacometti alarga la pasión, su cuello es como un cuento de las Mil y Una Noches, el amante siempre se queda con el deseo. Ella es amante experta, sabe que si alguien corta el fruto en forma temprana la sed se cancela. El amante de una mujer cuello de jirafa sabe que es el fruto más exquisito de la sabana, puede pasarse toda la vida buscando la ventana del sueño, el aroma del jardín renacentista. La mujer cebra es fabulosa para jugar rayuela o ajedrez vertical o para tocar una canción sencilla en un piano natural; la mujer león es la mejor pareja para jugar el interminable juego de la gacela o del venado a mitad de la noche; la mujer rinoceronte es la mejor rascadora de espaldas y de traseros; pero, la mujer cuello de jirafa es el mejor tobogán para jugar canicas, tubo de fantástico caleidoscopio, periscopio de submarino, submarino en el mar del aire. Una vez estaba en un café al aire libre y vi una mujer cuello de jirafa, homenaje a Modigliani. Ella estaba sentada en una mesa de enfrente, debajo de una sombrilla dorada. Cuando el mesero le sirvió una taza de café, ella se puso las dos manos en su cuello, sus brazos ocultaron sus pechos. Con las manos en el cuello levantó la cara hacia el cielo, cerró los ojos y comenzó a darse un masaje. Ella estaba olvidada del mundo, pero el mundo comenzó a recibir el aura de su fulgor. Un anciano que estaba en la mesa de al lado, dobló el periódico y dejó de leerlo, vio a la chica y su rostro tomó un brillo de vida que fue como si él recibiera ese masaje y las arrugas dejaran su condición de pantalón viejo. ¡Sí! El cuello de la chica brillaba como brilla la luz en una pista de antro, como baila la luna en el estanque a media noche. Al frotar sus manos un perfume apareció e inundó la calle, las ramas de los árboles, un colibrí se acercó y aleteó varios minutos, suspendido en el aire. El colibrí, igual que el viejo y yo, dudaba en acercarse más para recibir el dulce que, como rayo, brotaba de ese sol alargado, etéreo, fino y sensual. Esa mañana supe que había tenido la suerte de presenciar algo superior a un arcoíris en tarde lluviosa o a una parvada de gansos en un cielo azulísimo o las cascadas de Iguazú. La mujer cuello Modigliani es remo para el barco azul de la vida; es prima hermana de las gansas de los cuentos infantiles, hebra fina en la cama, bastón para el ánimo en su vejez, escenario, paso de danzón o de tango, cortinaje de teatro, luz de led, fibra óptica, ola de sueño, huella en la arena. Sus mejores sonrisas son en glorioso blanco y negro, mirada por encima de la barda, pasos armoniosos a mitad de laberinto. A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que duermen en azoteas, y mujeres que esconden sus sueños adentro de almohadas.

lunes, 11 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON LA INFANCIA EN LA CARA Y EN EL ESPÍRITU

Querida Mariana: ¿nunca te tocó recibir una clase dictada por un compañero? En la escuela donde estudié la primaria (la gloriosa Matías de Córdova), como en todas las escuelas del mundo, hubo niños que siempre sacaban diez, en todas las materias. Cuando, por alguna razón, el maestro se ausentaba tantito, porque debía ir a la dirección o atender a un padre de familia, nombraba a uno de los más listos, para que nos explicara el ejercicio que estaba en el pizarrón. Ah, era sensacional saber que uno de los nuestros, en maravilloso salto, pasaba de ser alumno a ser maestro. Una mañana A. P. estuve en San Cristóbal y al sentarme en el pastito, al lado de niños y niñas y papás y mamás, tuve esa misma sensación, quien estaba al frente, contando el cuento ¡era una más de nosotros!, porque mamás y papás (y yo, viejo metiche, sin hijos), tuvieron la misma edad que los hijos. Quien contaba el cuento estaba ahí porque era la niña más lista en ese rubro, de cuentacuentos, con gran habilidad contaba lo que aparecía en la ventanita. La vi de mi misma edad. No hablo, por supuesto, de edad física. No, ya dije que yo era el viejito del grupo (basta mirar el aura que tengo en la cabeza para darse cuenta que nada tengo que ver con el niño que tiene la playera de un equipo de fútbol - ¿era del Barcelona?). Pero, la atmósfera creada por la cuentacuentos era tan embrujadora que todos caímos bajo su influjo y nos volvimos niños y estábamos atentos a la trama del cuentito. ¿Ya miraste que en la ventana del kamishibai aparece un pececito que nada en una burbuja azul? La primera vez que vi un kamishibai fue una ocasión donde otro niño maravilloso, Hugo Montaño, llegó al parque central de Comitán para contar un cuento. Hugo (que en paz descanse) tenía una gran habilidad para transmitir emociones y acciones de historias. Él era un maravilloso niño de diez. Busqué en el Internet la palabra kamishibai y supe que es una palabra japonesa que significa “teatro de papel”. En realidad, acá se ve, la ventanita está hecha de madera y son las ilustraciones las que están hechas sobre papel. Esa mañana, en San Cristóbal de Las Casas, la niña cuentacuentos pasaba las figuras mientras narraba la acción. Todos estábamos emocionados, niños atentos. Vos sabés que la magia de los cuentos infantiles atrapa a todos, borra edades y seduce la mente de los escuchas y de los lectores. Ese día me boté en el césped (jamás podría sentarme como se sentó la chica de la trenza) y conforme me agachaba y oía la voz de la cuentacuentos me transformaba en niño, me hacía chiquito, volvía a tener seis o siete años (tal vez la edad del niño del Barcelona) y no me perdía nada de lo que estaba sucediendo frente a mí, frente a nosotros. ¿Ya viste el prodigio? Bastó una caja de madera como base y el teatrito de papel para convocar a un grupo de niños y niñas que estábamos dispuestos a olvidar la piedra del día al día y treparnos a una nube para escuchar y ver, sobre todo ver, con la imaginación, qué le ocurriría al pececito dorado, con los ojos muy abiertos y con la cola de propela. La imaginación no necesita más que un pedacito de aire. He visto en muchas plazas del mundo la presencia de niños de diez que cuentan cuentos, hacen bailar a títeres, tocan panderetas y flautas, bailan, cantan, recitan, hacen equilibrio en cuerdas y actos de magia. Su presencia convoca a multitudes. Cuando el niño de diez saca el títere de un baúl la gente se detiene y lo ve con admiración. Los niños de diez siempre causan admiración tanto a los de afuera como a los del salón. Claro, no falta el niño que envidia al de diez, pero, en general, hay una aprobación por el que se distingue, por quien tiene, como en el caso de la fotografía, el don de contar cuentos, de estimular la imaginación de los demás. Posdata: me encantaban esos tiempos A. P. donde nos reuníamos sin restricciones, donde el aire era la burbuja que nos unía. Esa mañana en San Cristóbal de Las Casas, en un patio del Centro Cultural, disfruté el proceso donde volví a ser el niño que siempre soy.

domingo, 10 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON CABALGATAS

Querida Mariana: un día se popularizaron las cabalgatas. Ahora, en muchos lugares las organizan. Los amantes de los caballos las disfrutan. Sé que a vos te gustan los caballos, si pudieras tendrías un caballo, pero este deseo es de los que son complicados. Si una niña pide un chucho o un gato el deseo puede cumplírsele, pero en dónde ponés un caballo. Pucha, para un caballito se necesita una caballeriza. Hace muchísimos años un grupo de caballos percherones desfiló por las calles del centro de Comitán. ¡Percherones! Los trajo la empresa cervecera de la Carta Blanca. Nunca se ha vuelto a ver una presentación de caballos tan soberbios. Para no desentonar te mando copia de una fotografía de concurso. Seis caballos que abandonan su condición de animales terrestres e imitan a sus primos, los maravillosos pegasos, tíos de los increíbles unicornios, caballos que siguen iluminando los cielos de la imaginación. Estos caballitos (aunque fueran de Atracciones Vaquerizo) alumbraron los espíritus de los niños de mi generación. Así como fue sorprendente ponerse en puntillas para alcanzar a ver los enormísimos percherones, también era sorprendente presenciar cómo colocaban la rueda de caballitos frente a la presidencia municipal. Varios obreros bajaban pedazos de madera que unidos formaban un maravilloso círculo que soportaba a los caballos donde la chamacada trepaba para dar vueltas y vueltas, creyéndose Hopalong Cassidy o, los más intelectuales, el Cid Campeador. A mí me encantaba subirme a la rueda de caballitos. Jamás me harían subir a la rueda de la fortuna, tal vez esto determinó mi destino. Nunca he estado arriba de la rueda de la fortuna, he permanecido en el piso de la rueda de caballitos que, para subir, exige que la mente imagine. ¡Sí! Los caballitos son sensacionales. En los años sesenta buscábamos el caballito que más se pareciera a Silver, el caballo del Llanero Solitario. El movimiento de la rueda de caballitos es único, sensacional. El vaquero sube y baja en forma vertical, mientras la plataforma se mueve en círculos. Son dos movimientos alucinantes. Por esto siempre preferí la rueda de caballitos. No existe algo semejante. Si subís a un tren, un cohete espacial o a la propia rueda de la fortuna, nunca alcanzarás esta prodigiosa sensación. Subíamos sin analizar lo que te digo, pero reconociendo que ahí estaba algo sublime. Imaginá a los niños comitecos de los sesenta, subiendo y bajando, mientras el caballito corre y ahora ves el frente del palacio municipal y ahora uno de los corredores del parque central. Los papás, con las chamarras cerradas, miran a sus hijos y cada vez que el caballo pasa frente a ellos saludan, sonríen. Los niños colocábamos las manos en el tubo que sostiene la figura, los brazos se mueven al unísono, hacia arriba, hacia abajo. Los más valientes sólo agarran el tubo con una mano y con la otra saludan; y los temerarios, quienes imitan a las amazonas, se sostienen sobre el caballo apretando los muslos. El viaje es sensacional. Los niños que no tienen dinero para treparse a los caballitos, hacen “chica”, esperan que el encargado vea hacia otro lado y dan el brinco, se detienen de uno de los postes laterales y, agachados, disfrutan un corto paseíto. Tienen una gran destreza para bajar, siempre con el pie izquierdo, para no trabarse y caer. Así, una y otra vez. Ellos sólo tienen la experiencia del movimiento circular, no gozan el doble movimiento que tienen quienes han pagado. ¿Eso marcó su destino? ¿Han pasado subiendo y bajando en cada vuelta de la vida? Posdata: soñábamos. Mientras los papás nos veían nosotros subíamos y bajábamos, mientras la rueda, necia, terca, daba vueltas y vueltas. Quienes ahora disfrutan las cabalgatas disfrutan el aire y la convivencia, pero, jamás, lograrán ese prodigio de movimiento que gozan los pequeños trepados en los caballitos. Soñábamos. Lo seguimos haciendo. No nos conformamos con ver caballos entumidos o de alto registro, ¡no!, nosotros soñamos con pegasos y con unicornios, sabemos que hay más ventanas, las que vislumbramos cuando fuimos niños y subimos a la rueda, en el parque central de Comitán, durante la feria de agosto.

sábado, 9 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON SILENCIOS

Querida Mariana: ¿y qué esperabas? Soy callado, soy tímido. Mi mamá cuenta que la casa de mi infancia se llenaba de gente durante las mañanas, los empleados de la Corresponsalía del Banco Nacional; los empleados de la distribuidora de la Coca Cola y de la cerveza Carta Blanca; las mujeres que llegaban a tejer pichulej en los corredores; la cocinera; la salera; la recamarera; la señora que llegaba a moler el cacao para hacer chocolate; los señores que llegaban a hacer una operación bancaria; las vendedoras que entraban a dejar los chayotes y las calabacitas tiernas; los que llegaban a comprar refrescos (recuerdo a una niña que llegaba con una morraleta llena de envases vacíos, siempre olía a meados). Crecí en medio de una casa llena de vida. Esto era así, de siete de la mañana a seis de la tarde. La casa era inmensa, aún sigue siendo enorme, está a media cuadra del parque central. En ese tiempo era propiedad de una señora de apellido Esponda; hoy es propiedad de la familia Torres. Yo no sabía para dónde ver, el parloteo era inmenso, acá hablaba alguien, más allá rezaban en el oratorio. Sí, en las mañanas, la casa era una gran fiesta. La palabra volaba con la elegancia de un quetzal y con la rapidez de un colibrí, a veces era un concierto de chicharras locas. Esto que digo era durante toda la mañana y parte de la tarde, pero a las siete de la noche, el silencio se adueñaba de la casa, abría sus brazos y no dejaba entrar sonido alguno. ¿Te ha tocado estar en un convento en la tarde? ¿Has vivido la experiencia de estar en un templo vacío? El silencio es más pesado que la alharaca. Los sabios dicen que debemos apreciar el silencio, alejarnos del bullicio. En mi infancia el silencio me cobijó, pero fue un abrazo extraño, como si fuera abrazo de la tía gorda, asfixiante, opresivo. En la casa de tío Concho y de muchas más personas sucedía un fenómeno similar, pero diferente. Digo similar porque en la mañana había mucha gente en su taller de herrería, llanto de niños pequeños, plática de mujeres lavando ropa, cocinando. En la tarde el ruido cesaba, pero jamás el silencio era el dueño de la escena, porque los hijos de tío Concho regresaban de la escuela o del trabajo y a la hora de la cena el chachalaquerío exorcizaba al fantasma del silencio, las risas se colgaban de las vigas y el griterío era un desfile de voces subiéndose a la cómoda, a la mesa, a las camas. En mi casa, por el contrario, mis papás y yo llenábamos el escenario y nuestras presencias no alcanzaban a presentar una obra jocosa. Cenábamos casi en silencio, nuestras voces eran moderadas, apenas se escuchaba el ruido de nuestras bocas al morder el pan. Cenábamos en un ambiente de hermosa armonía, pero silenciosa. Pero, ni me preguntés cómo se dio el proceso, un día descubrí que esa tranquilidad ya no era opresiva, al contrario, me gustaba ese silencio de oratorio. Ahí fue cuando mi introversión se volvió más intensa. Me entrené a guardar mis comentarios, porque al hablar el cristal armonioso se quebraba y eso era algo como el martillazo sobre el yunque que hacía el tío Concho, ruido exasperante. Soy callado, por eso. Me acostumbré a escuchar, a que fueran otros los que movían el agua, los que hacían las olas. Poco a poco me fui retirando más de la orilla. Así como amé la burbuja de la armonía comencé a respetar la contemplación y conforme crecí supe que mientras más lejos estaba del centro, del escenario lleno de luces, podía apreciar más el movimiento del mundo, ¡la vida!, el pandero del ruido se atenuaba y sólo me llegaban rumores dulces, íntimos. Antes de la pandemia acudía a actos culturales en el auditorio de la Casa de la Cultura y en el Teatro de la Ciudad y me sentaba en la parte de arriba. La perspectiva me permitía dominar no sólo lo que sucedía en escena sino, también, lo que ocurría en la butaquería. ¿Mirás qué privilegio? Presenciaba la maravilla del teatro, de las pláticas, de la danza, de la música, el canto, presentaciones de libros, exposiciones, y, además, el fantástico movimiento que se produce cuando la gente se reúne. Me encanta ser testigo del oleaje de la vida. Hoy disfruto esos extremos, pero el jolgorio y el guateque los disfruto como dictan los protocolos de sanidad: a distancia. Nunca imaginé que muchas personas harían lo mismo que yo, por cuestiones de salud. La pandemia nos obligó a evitar las concentraciones masivas. A poquito más de dos años del inicio de la pandemia las autoridades sanitarias y el sentido común nos dictan que debemos seguir con protocolos para resguardar nuestra salud. Los contagios han vuelto. No debemos olvidar que este bicho llegó para quedarse y sigue haciendo estragos. Hay mucha gente que ya eliminó el cubrebocas y esto hace que la propagación del virus sea más intensa. Sé que la mayoría de las personas son extrovertidas, les encanta compartir, socializar, disfrutar la vida en compañía. A mí me cuesta trabajo, por lo que ya mencioné. Crecí en medio de una burbuja llena de argüende, pero, a la vez, en espacios donde las personas se ausentaban. Los domingos todo quedaba como en pausa, porque no era jornada laboral, las mujeres que tejían el pichulej se quedaban en sus casas y lo mismo sucedía con los empleados del banco o de la distribuidora de la Coca Cola o de la cerveza Carta Blanca. En las mañanas sólo Sara, la cocinera, y su hijo Víctor permanecían ahí. Ahora, a distancia, puedo decir que ese vacío en la casa se llenaba con la convicción de que era mía, sólo mía. ¿Si ves esto? Entre semana, de siete de la mañana a seis de la tarde, la casa era invadida por decenas de personas, pero, de las siete de la noche hasta el otro día muy temprano, la casa era mía. Y los domingos ¡todo el día! Esa sensación me daba certezas. Todo estaba a mi disposición. Los amigos que llegaban por las tardes, los domingos desaparecían. El sitio era todo mío. Los juegos que disponía no sufrían modificaciones. He contado que me molestaba mucho que cuando tenía bien armada la carretera para jugar carritos, llegaba algún amigo y modificaba el trazo, porque ahí donde yo había colocado una piedra era el lugar para la gasolinera. Sé que si hubiera vivido en un departamento ese vacío no me habría tocado tanto. Pero, imaginá una casa enorme, que, a partir de las siete de la noche, se convertía en un espacio opresivo. La penumbra se amplifica donde hay corredores, callejoncitos. Iluminar una casa grande requiere una instalación especial, en mi casa de infancia había un foco en el zaguán que sólo se prendía cuando alguien estaba afuera. El zaguán tenía escalones. El nivel de los corredores estaba como uno o dos metros por encima del nivel de calle, así que si te parabas en el escalón superior la puerta se convertía en un pozo oscuro, donde, según los cuentos infantiles, era el escondite de los pequeños monstruos y los traviesos demonios. La casa era inmensa, mis temores también eran enormes. Había noches más lúgubres. En noches donde el silencio escurría de las paredes, entraba a la sala donde había dos lámparas que sólo dejaban la oscuridad en las esquinas. ¡Dios mío, las esquinas! Ahí era el espacio ideal para que jugaran los duendes y hablaran en voz baja, pero, por el silencio, llegaban a mí con sus tonos burlones. Me acostumbré a padecer la penumbra y el silencio. Digo que llegó un momento que ese entorno dejó su carga de alambre de púas y se volvió un modo de vida. El temor se diluyó. Cuando, ya adolescente, viví en un departamento en la Ciudad de México, me encantaba sentarme en la sala, apagar la luz y dejar que sólo se filtrara un poco de luz a través de las cortinas. Antes de la pandemia viví con sana distancia, respeté la burbuja de los otros. Sé que esto enoja a más de dos, pero, gracias a Dios, a menos de cuatro, porque la gente ve mal a quienes no aceptan la invitación al baile. “¡Vení, vení, bailá con nosotros!” Les molesta que alguien mueva la mano en forma negativa y, por el contrario, se trepe en un altito para verlos. “¡Qué aburrido!”, piensan y dicen. Sí, los introvertidos, los tímidos, resultamos aburridos. Por fortuna, el aburrimiento es para los otros, porque nosotros disfrutamos al ciento por ciento la oportunidad de ser testigos del movimiento de ese río hermoso que es la vida, sin mojarse los pies. Posdata: me encantan las casas donde las familias son grandes, donde se reúnen hijos, nietos, bisnietos, compadres, amigos; esas casas donde los domingos llegan los hijos y los patios se llenan de carreras, risas y bailes; esas casas donde, en las noches, cuando muchos duermen otros llegan de la fiesta o miran televisión o van al baño a hacer pis y mientras caminan hacia el baño silban bajito o cantan una canción de Vicente Fernández. Pero prefiero los espacios que son como oratorios, como templos sin fieles, donde las veladoras prendidas iluminan los rostros de las imágenes y éstas parecen hacer muecas, a veces amables y a veces grotescas. Amo los espacios donde puedo leer, pintar, dibujar o escribir sin interrupciones vocingleras. Soy callado, así me acostumbré.

viernes, 8 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON FRASES

Querida Mariana: repetimos frases célebres. Pensamos que son como brújulas. A cada rato nos topamos con esta frase de Frida Kahlo: “Pies, ¿para qué os quiero si tengo alas para volar?”. ¡Nadita, es una frase afortunada! Otra que he visto, pero que no gusta a todos, sobre todo a todas, es de la madre Teresa de Calcuta: “Ama hasta que te duela, si te duele ¡es buena señal!” ¿Será? Muchas chicas dicen que no, que el amor no debe provocar dolor. Y lo dicen así, rimadito, como para que esta frase también se vuelva famosa. A ver, va otra frase, que no es de la madre Teresa, ¡no! “¿Qué puede importar una palabra ante los oídos del que todo lo sabe?” ¿Qué te parece? Es una frase que motiva a la reflexión, ¿no? ¿Y sabés qué? Fue dicha por una prostituta. Bueno, en realidad fue dicha por una actriz en el papel de una prostituta, pero a mí se me hizo una genialidad; es decir, no sólo debemos reconocer las frases de las mujeres más famosas. En el pueblo tenemos la frase de Josefina García, quien, el día de la declaración de Independencia en Comitán, manifestó: "Si usted, padre Córdova, nos autoriza, podemos nosotras las mujeres hacer un trato con los caballeros aquí presentes, que ellos se queden cuidando de las casas y de los niños, mientras nosotras nos marchamos a la frontera en caso de que Guatemala no nos secunde". La frase la tomé de la página Comitán de las Flores. Pero también tenemos la frase de doña Toña: “Yo no soy tsizim, pendejo, dejá de jurgar mi hoyo”. La prostituta dijo la frase maravillosa en la película mexicana “El jardín de tía Isabel”, que hemos comentado en ocasiones anteriores porque en ella participó el comiteco Javier Esponda, que en los años setenta era un niño bien bonito. El guionista puso en labios de una mujer común una frase maravillosa. La mayoría de prostitutas hace declaraciones menores. Ya te conté que una tarde, en el barrio de La Pila, en la zona donde la tía Maty era la mera mera, una prostituta, chaparrita, morena, cuando alguien le preguntó qué hacía dijo: “Acá, bajando calzón para tus compadres”. Frase que describió con precisión lo que hacía, pero que no pasará al muro de las frases célebres. ¿Recordás el contraste que contaba el maestro en el aula? Una persona preguntó a un albañil qué hacía, y él, como la prostituta de tía Maty, respondió “Pego ladrillos”, pasos más adelante la persona preguntó a otro albañil y éste respondió: “Construyo un edificio”. ¡La gran pucha! Juego con un afecto, cuando se avienta una frasecita tipo Octavio Paz le digo: “Grábese en el Muro del Congreso, con letras de oro”. En realidad, en el Muro del Congreso lo que tiene mayor presencia son nombres de personajes célebres. En el vestíbulo aparece la famosa frase de Benito Juárez: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Esta frase le hace a Putin lo que el viento al citado Juárez. Repetimos frases célebres, son como hilos de Ariadna, que ayudan a salir del laberinto. El cine nos ha regalado muchas, que son maravillosas. Ya comenté la de la prostituta de “El jardín de tía Isabel”. Recuerdo una tarde en el Cine Comitán, estreno de una película mexicana dirigida por el gran Indio Fernández, en el interior de una cabaña, en un pueblo costeño, hay una pareja, hombre y mujer, ella le dice una de las frases más sorprendentes: “Yo soy yo y tú eres tú”. Posdata: mi admirado Woody Allen se ha aventado frases simpáticas. No sé qué pensés de esta que dice: “el 90% del éxito se basa simplemente en insistir” y otra en la misma tónica: “No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. Ah, pues Woody, más seriedad. Dice que no conoce la clave del éxito, pero luego se contradice al decir que el éxito es sinónimo de insistencia. A mí me gusta buscar frases célebres en el Internet, son huellas de las personalidades. Digo que el cine ha incorporado en nuestra mente muchas frases inolvidables. ¿Quién no ha usado la famosa frase que dijo Schwarzenegger? “¡Hasta la vista, baby!”. De todas las acá anotadas, me quedo con la frase de la prostituta, lo dice cuando está tirada en una playa, a punto de morir: “¿Qué puede importar una palabra ante los oídos del que todo lo sabe?”

jueves, 7 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON NOMBRES

Querida Mariana: respondemos a nuestros nombres. Joaquín López Dóriga, al inicio de su noticiario, revisa el santoral y felicita a las personas que llevan esos nombres. Dijo que el 2 de julio, entre otros, era santo de Proceso. Comentó que nunca ha conocido a alguien que se llame así. ¿Vos conocés a alguna persona con ese nombre? Si en lugar de ponerme Alejandro Benito mis papás me hubieran puesto este nombre diría: me llamo Proceso Molinari Torres, y de cariño me dicen Pro. De ahí saldrían mis apodos y las burlas. El Molinari tuvo suerte, estuvo así de llamarse Próculo, él iba a ser Pro y su hermano lo que sigue. Muchos han estado sometidos a proceso, pero, por supuesto, no es motivo de festejo. Tal vez la revista que así se llama festeja su día. En Comitán, como en muchas ciudades de Hispanoamérica, era costumbre revisar el santoral para elegir el nombre de los recién nacidos. Hoy ya no es así, ahora, porque da más caché, los papás revisan los “santorales” de artistas famosos. Si hay Madonas no es por honrar a alguna virgen, ¡no!, es para estar a la altura de la cantante. Tía Inocencia (sí, el día de su nacimiento el santoral consignaba el nombre de Santa Inocencia) decía que el mundo estaba de cabeza porque ahora los nombres de los muchachos nada tenían que ver con los nombres de santos o vírgenes; ella juraba que ninguna niña de la sobrinada tenía nombre de virgen, una se llama Thalía, la otra Rubí, una más Selena y la más pichita Janet (así con jota), porque el papá es fanático de los cantantes de apellido Jackson. En algún momento se acabó la inocencia, decía ella, y llegó la malicia. ¿Hubo un San Próculo? Sí. Es un nombre que “se presta” al albur, porque en nuestro país cuando alguien dice que se llama Próculo no falta el que, de inmediato, comenta: “¡dame! tu apellido paterno”. En México digo, porque en Europa, en el siglo XV, el enormísimo artista Miguel Ángel realizó la escultura en mármol de San Próculo. Pucha, ¡nadita! Respondemos a nuestros nombres. Llevo sesenta y cinco años respondiendo al nombre de Alejandro o al de Benito o los dos nombres unidos: Alejandro Benito. ¿Mirás lo que digo? No tengo memoria de los primeros meses de vida, pero estoy seguro que desde entonces comencé a responder cuando alguien mencionaba mi nombre, tal vez en diminutivo: Álex. Bueno, con decirte que he visto, vos también, que los animalitos responden a sus nombres. En casa ahora nos acompaña la Pigosa, le decimos Pigo. Cuando mi mamá menciona su nombre, ella puede estar recostada en un sofá y de inmediato levanta la cabecita. Ella sabe que se llama así. Una chuchita, pucha. Los animalitos no discuten sus nombres, no repelan, como sí lo hacen muchos humanos. Si alguien en un zoológico bautizara con el nombre de Proceso a un elefante, el animal respondería al nombre. Los seres vivos respondemos a los nombres, son los seres humanos quienes imponen los nombres. Alguien, si se le antoja, puede bautizar a una piedrita que tenga en la mesa de centro de la sala. “Mirá, se llama Lucinda, en honor a mi mamá que me la regaló cuando yo era niña y fuimos de paseo a Montebello”. Por supuesto, la piedrita no responderá al nombre, seguirá petrificada por los siglos de los siglos. De ahí colijo que quienes no responden a su nombre son como piedras. Todo lo que no es piedra responde, responde con vida. Dicen los que saben que las flores responden a quienes las cuidan. Por ahí la señora que mima a la flor y le dice “bonita” mira que la flor crece más bella. ¿Qué sucede con la persona que se cambia el nombre porque no le gustó el que le impusieron? Durante años, bien o mal, respondió al nombre que tenía y de pronto lo abandona, debe acostumbrarse a responder a otro nombre, como víbora cambiando de piel. Posdata: respondemos a los nombres. Mi amigo terminó por acostumbrarse, sus papás, para honrar al hijo de Dios, lo bautizaron con el nombre de Jesús, pero muy pronto dejaron de llamarlo así, lo llamaron Chucho y luego Chuchito y él se confundió porque, se sabe, en Comitán a los perritos les decimos chuchitos.

miércoles, 6 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE LUPITA MIJANGOS VIVIÓ LA ÉPOCA DE ORO DEL CINE COMITECO

Querida Mariana: esta foto me la regaló Lupita Mijangos. Ella nació a finales de los años cincuenta y entró a trabajar como secretaria en el Cine Comitán y Cine Montebello. En un Platicatorio contó que fue a entrevistarse con don Rafa Pascacio, dueño de los cines. Don Rafa la aceptó y ella, a la edad de catorce años, tuvo su primer trabajo. Esta fotografía que durante mucho tiempo permaneció en su álbum personal, ya es un testimonio gráfico de una época maravillosa. No sé si vos alcanzarías a dimensionar la grandeza de esos tiempos, los de la época de oro del cine comiteco, donde cientos de cinéfilos acudían a las salas cinematográficas con el mismo gusto y la misma pasión con que los creyentes acudían a misa. Muchos católicos asistían a misa sólo los domingos, pero había algunos que acudían todos los días. Cuando mi abuelita Esperanza estaba en Comitán asistía todas las tardes a la misa en el templo de Santo Domingo. Bueno, lo mismo sucedía con los cinéfilos, cientos de éstos acudían los domingos para llenar al tope las salas del Cine Comitán (películas mexicanas) y del Cine Montebello (películas extranjeras, norteamericanas en altísimo porcentaje), pero había un grupo de cinéfilos de hueso colorado que iban todos los días. Lupita mencionó a varios de ellos, quienes fueron los más fieles asistentes en los años maravillosos donde el cine era una de las pocas diversiones del pueblo. En esta fotografía vemos a Lupita frente a su escritorio, sus manos están sobre la máquina de escribir. Don Rafa le preguntó si sabía escribir a máquina mecánica y hacer operaciones con la máquina sumadora. Lupita dijo que sí, don Rafa la aceptó en el puesto de secretaria y Lupita acudió de lunes a sábado, de 9 de la mañana a una de la tarde y de cuatro de la tarde a ocho de la noche. La oficina estaba en el Cine Comitán, en el lado derecho del vestíbulo había una puerta y ahí lueguito el escritorio donde Lupita atendía las llamadas telefónicas, respondía la correspondencia, llevaba el control de las cintas exhibidas y ayudaba a vender boletos cuando era necesario. Frente a ella había una escalera que daba paso a la oficina de don Rafa que estaba en un nivel inferior. Para pasar a la oficina de don Rafa todo mundo debía pasar por el puesto de Lupita. Esta fotografía fue un recuerdo personal, ahora es un tesoro para nuestra identidad. Quienes fueron asistentes al Cine Comitán en los años setenta ya tienen un elemento para recordar el color que tenía la oficina del Cine Comitán. Las butacas de la sala estaban pintadas en rojo. El día de la fotografía, Lupita tuvo una blusa azul para hacer el contraste ideal. Acá nada de “tomame una foto así como que no me doy cuenta”, ¡no!, acá Lupita vio hacia la cámara y supo que el instante quedaría para siempre, hoy es parte del álbum de la historia del cine en Comitán. En el Platicatorio (decile a tus amigos que está en la página de Facebook de ARENILLA) Lupita contó que los domingos se daba la matiné (tres películas), muchos cinéfilos entraban a la gayola y al término de la función, ya casi a las dos de la tarde, empleados del cine subían para revisar con atención toda el área, porque había algunos muchachos que se escondían para esperar el inicio de la función de la tarde. Ah, qué atrevidos, con una entrada se quedaban todo el domingo viendo películas, mañana y tarde. Posdata: Lupita compartió sus recuerdos en forma generosa, recordó nombres de varios personajes ligados a la historia de los cines, rememoró con afecto la figura de don Rafa, persona entrañable. Lupita tenía catorce años cuando llegó a laborar como secretaria en ese espacio donde trató a mucha gente y conoció a Juan Gabriel y a Olga Breeskin, entre otros artistas que llegaron a Comitán en las famosas Caravanas Corona.

martes, 5 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON EL COMITÁN DEL HOTEL CENTRAL

Querida Mariana: mi amigo Luis Sandoval compartió esta fotografía en su muro de Facebook. Para los comitecos es un tesoro gráfico. ¿De qué año es la fotografía? La mamá de Luis debe saber, ella, de izquierda a derecha, es la quinta niña de este grupo. Ellas, tomadas del brazo, parecen ser las dueñas del parque central de Comitán, son un arroyo de luz. Qué niñas tan bonitas, con zapatos, calcetas, vestidos, faldas y suéteres. La mamá de Luis comenta algo y las amigas la observan. Una de ellas parece ver el cinturón que da forma al vestido de Toñita Zúñiga. En el muro de doña Toñita aparece la fecha de su nacimiento: 30 de junio de 1942. Acaba de cumplir ochenta años de una vida bendita. Bueno, si querés saber más o menos de qué fecha es esta fotografía decime cuántos años tienen estas niñas. La fotografía tiene un poco de niebla, es difícil distinguir los detalles, pero en la casa que está al fondo (donde ahora está Solaris, tienda de instrumentos musicales) hay un letrero que dice: Hotel Central; y en el negocio que está en el portal (donde ahora está el restaurante La esquina de Belisario) alcanzo a leer (no me hagás caso, debe ser producto de mis delirios) Cairo, con letras grandes y abajito: vinos y licores. Ya, en el colmo del delirio veo, en la pared a la izquierda de la puerta el dibujo de una enorme botella de ron. ¿Ahí estuvo la vinatería El Cairo? ¿Cuántos años decís que tienen estas niñas bonitas? ¿Un poquito más de diez? Entonces estamos hablando que esta fotografía corresponde a la primera mitad de los años cincuenta, ¿verdad? En ese mismo espacio, en los años sesenta, me tocó ver cómo, en domingo, las mujeres y hombres daban vueltas y vueltas en el parque, las mujeres en un sentido y los hombres en sentido contrario, para que las miradas se encontraran. ¿Mirás qué ritual tan bello? Acá, estas niñas son dueñas del parque, caminan con la tranquilidad que era característica del pueblo. Es una mañana luminosa, las sombras apenas se muestran, por lo que se deduce que es un poquito más allá del mediodía, apenitas. Imagino que es un día entre semana y que las niñas están en periodo vacacional. Cada una de ellas pidió permiso con sus papás, para ir al parque con sus amigas, avisaron que ya se iban y se reunieron en casa de una de ellas para salir de ahí en bola e ir al parque a dar vueltas. Me encantó la fotografía. ¿Ya viste cómo, en una posición natural, se tomaron de los brazos y caminaron con gran compañerismo? Muchas lecturas pueden hacerse de estas chicas unidas así. El ancho generoso del andador del parque central les permitía adoptar esta posición. ¿De dónde aprendieron que esa era una forma natural de caminar con las amigas? Hace años que no veo un grupo de niñas formando esta cinta de luz. Ahora caminan separadas o abrazadas. La fotografía es sensacional. Tiene más de sesenta años. Una mañana luminosa estas chicas caminaron por las calles de un Comitán tranquilo y llegaron al parque, se tomaron de los brazos y dieron vueltas en el parque central. En esta imagen son ellas las que llenan de gracia el espacio. ¿Ya viste que el paso de cada una de ellas va en sintonía con los demás? La inercia del grupo les indica que el pie izquierdo es el que debe dar el siguiente paso, es la corriente de la amistad la que ordena el mundo. Posdata: doña Toñita cumplió ochenta años. Ella, ante la vida, sigue agarrada del brazo, sigue dando vueltas en las plazas con la misma armonía que acá se ve. Acá, siendo niña, comentó algo y las demás la vieron, en ese momento fue el centro de atención, como lo sigue siendo en su hogar. Su hijo Luis subió esta fotografía, la compartió con todos nosotros, es un gajo de luz para nuestra identidad. ¡Que Dios los bendiga siempre!

lunes, 4 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON ORILLAS DISTANTES

Querida Mariana: me gustan los puentes. A los maestros y alumnos también. No hablo de estos puentes escolares. ¡No! Hablo de los puentes que unen dos orillas. En Comitán tenemos un puente modesto, pero lindo: el Puente Hidalgo. En realidad, es continuación de la calle que sube al panteón municipal, pero está por encima de un arroyo. Muchas personas recuerdan con cariño el Puente Hidalgo, porque al lado había un campito donde muchos comitecos, en los años cincuenta, llegaban a comer, sobre todo, en Día de Muertos, después de ir al panteón, bajaban al campito a comer y compartir el Kin-Santo, los niños jugaban a la pelota. ¿Hay otros puentes? Debe haber. Son puentes modestos, nada que ver con el Golden Gate, de San Francisco, en los Estados Unidos de Norteamérica o con el Puente Chiapas que cruzamos para ir a la Ciudad de México. Me gustan los puentes. Son construcciones que unen orillas distantes, son producto del genio del hombre. Ahora veo en el Internet puentes majestuosos. Los puentes, como característica esencial, deben garantizar seguridad. ¿Viste lo que sucedió el otro día con un puente colgante que, en el recorrido inaugural, se fue a pique? Por fortuna no era tan alto y las personas que cayeron no sufrieron estragos físicos mayores. Admiro los grandes puentes, los que son un desafío a la ley de la gravedad, pero los que más me gustan son los puentes sólidos que unen orillas de ríos que no son profundos. Ayer vi una fotografía de un puente medieval, trapezoidal. Una chulada de puente, construido con ladrillos, cinco arcos. Quien en este 2022 recorre el puente sube una ligera pendiente, llega al arco central y baja hasta llegar a la otra orilla. Los constructores deben saber el motivo de esta ligera inclinación, a mí me pareció una delicia estética, pero debe tener su lógica estructural. Los comitecos de los años sesenta crecimos con el abrazo del arco, no de puentes medievales, pero sí de los amplios corredores de las casas, con pilares unidos por arcos prodigiosos. ¿Cómo se logra el prodigio de un arco hecho con ladrillos? Por ahí, los constructores mayas nos enseñaron lo que aprendí cuando estudié arquitectura: la clave del arco está en la llamada dovela, una pieza que es la cuña central. No, no me preguntés cómo se alcanza esa maravilla, pero así es, esa pieza central es clave, para que el arco no vaya hacia abajo. En la carretera de Tuxtla a San Cristóbal ahora existe un puente que salva una altura enorme (ese puente se cayó cuando comenzaron a construirlo. ¡uf!). Estos puentes provocan vértigo. A la hora que pasamos en auto, a una velocidad superior a los ochenta kilómetros, no pensamos mucho en ese vacío. Si lo pensáramos, más de dos automovilistas se regresarían para viajar por la carretera vieja, donde no se corra ese riesgo. Pero, de nada serviría, porque más adelante hay otro puente, el que une las orillas del Cañón del Sumidero. El puente viejo también se derrumbó. Lo que quiero decir, niña mía, es que los puentes se caen. Me gustan los puentes medievales, porque estos no se caen. Tal vez vos, en tu viaje a España, lograste ver y cruzar uno de esos puentes sencillos, soberbios, grandiosos en medio de su modestia. Puentes sólidos, que llevan de una a otra orilla, separadas por ríos bajos. Cuando vi la fotografía del puente medieval pensé en el Puente Hidalgo y en otro puentecito que está cerca de ahí, puente de un arco, hecho de ladrillo, construido por albañiles comitecos que conocieron las leyes de la construcción y colocaron las dovelas para asegurar que el arco salvara el vacío, como el arcoíris salva dos orillas del horizonte. Posdata: a veces entro al google maps y hago un recorrido por el Sena, de París, veo los puentes prodigiosos que deben su fama a tantos soberbios directores de cine y autores literarios. Esos puentes han sido escenario de grandes historias. ¿Cuántas historias, más modestas, se han escrito en nuestro puente Hidalgo?

domingo, 3 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON JUGUETES

Querida Mariana: en Comitán no tenemos un aeropuerto público. Lo tuvimos. Tampoco tenemos puerto marino. Nunca lo tuvimos, ni lo tendremos. No tenemos pistas de carreras, ni tampoco estaciones de trenes. No obstante, en los años sesenta, los niños comitecos jugamos con carritos, con aviones, con barcos y con trenes. Con los amigos nos reuníamos en el sitio, improvisábamos carreteritas con arena y piedras, pistas para aterrizaje de los aviones y, en el tanque, los barcos iban de una orilla a otra. ¿Qué sucedía con los trenes? Los juegos de trenes traían las vías para que ahí se deslizaran los vagones. No se valía improvisar. Los trenes fueron mis favoritos. Una vez mi abuelita Esperanza preguntó qué quería de regalo, ella vivía en la Ciudad de México. No dudé, escribí una carta y después del saludo cariñoso hice el pedido: un tren. Cuando llegó a casa, al lado de las maletas vi la gran caja llena de color con una locomotora bien bonita, tres vagones y como doce rieles, unos derechos y otros con curvita. Al ensamblar los rieles se formaba un óvalo donde el tren daba vueltas, gracias a la energía de las baterías. El desplazamiento era breve y rutinario, pero yo disfrutaba mucho el genial movimiento. Las ruedas seguían las líneas de las vías, no se salían de la raya. El maestro de dibujo nos había señalado: no se salgan de la línea. A partir de ese día, las líneas se volvieron un tema que me acompañó a cada rato. Como si viera mi casa por primera vez entendí lo que luego el pintor Cezzane me enseñaría a través de un libro con su obra: toda forma está hecha de líneas, líneas rectas, circulares, torcidas, segmentadas, largas, cortas, delgadas, rechonchas. El maestro señalaba que no nos saliéramos de la línea a la hora de iluminar el dibujo; si nos salíamos de la línea el color se derramaba como el agua en la tinaja. Todo estaba hecho con líneas, delimitado. Tomé un riel y vi que era un entramado bonito de líneas, si el vagón se salía de la línea provocaba un accidente. ¿Qué pasaba con el barco al momento de zozobrar? ¿Qué sucedía con el avión a la hora que se venía a pique? ¿Qué línea había en el aire y en el agua que provocaba los accidentes? Todos los accidentes sobre la tierra se debían a que los carros y los trenes se salían de la raya. Salirse de la raya en el dibujo significaba modificar la forma. Los estudiantes, a la hora del dibujo, seguíamos la recomendación del maestro y del viejo que, en la plaza, dibujaba una raya en el piso, se hacía para atrás y decía: “¡Atrás de la raya, que estoy trabajando!” Todos los que escuchábamos sus gritos hablando bondades de una pomada contra dolores permanecíamos atrás de la raya. El mundo estaba lleno de líneas y nosotros debíamos permanecer detrás de esas líneas. Muchos años después conocería la obra plástica de Picasso y reconocería que él fue un niño que no hizo caso de esa recomendación y logró el prodigio de formas novedosas. Picasso iba contra todo lo que los maestros nos habían enseñado. Él, como todos, atendió la recomendación en edad temprana, pero luego se rebeló, la gran aventura estaba en pasarse de la raya y de pintar líneas que contradijeran la forma aceptada. ¿De dónde mi predilección por los trenes? No lo sé. A veces voy al campo, camino entre árboles y pienso en los trenes, de tanto pensarlos casi escucho el pitido que hacen al arribar a un andén. Sólo en dos ocasiones he estado cerca de trenes reales y sólo en una viajé en tren. Con mis papás viajé de la Ciudad de México a Guadalajara. Estaba acostumbrado a viajar en asientos compartidos donde veía la espalda de los asientos delanteros. En el vagón que subimos había asientos donde los viajeros nos veíamos de frente. Mis papás y yo ocupamos tres asientos y el otro asiento fue ocupado por una señora gorda, con una verruga en la nariz, ella quedó frente a mí. En la tarde mis papás platicaron con ella, al llegar la noche yo esperaba que la luz se apagara, pero no fue así, durante toda la noche los focos estuvieron prendidos, la gente se levantaba para ir a los sanitarios y regresaba a sus asientos. Yo cerraba los ojos, pero volvía a abrirlos, sólo para comprobar lo que pensaba: la mujer no dormía, me miraba fijamente. Ese viaje fue una experiencia ingrata. En algún momento me acerqué a mi mamá y le pedí que me cubriera la cabeza, le dije que no podía dormir por la luz y, en voz baja, aseguré que la señora no dejaba de verme. Posdata: los trenes me siguen fascinando. Cuando aparece un tren en una película o en una novela o en un cuento mi rostro toma forma de gelatina de cumpleaños, sus líneas duras se suavizan y abandonan su cara de varilla. Nunca volvería a subirme a un tren de pasajeros ni me acercaría a uno de ellos. No. Me gustan los trenes de juguete, me encanta entrar al youtube y ver videos donde hay maquetas gigantescas, con montañas, puentes, ríos, haciendas, casas, y trenes que circulan de un lado a otro. El tren de mi infancia tenía un recorrido muy breve, era como un perrito buscándose la cola. No obstante, me encantaba el movimiento que no podía salirse de la raya, porque si descarrilaba la tragedia aparecía. ¡Nada de salirse de la raya!

sábado, 2 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN SALÓN DE LA FAMA

Querida Mariana: esta foto se la robé a Aurorita. ¿La tomó en el Museo del Juguete? ¡No! La tomó en el Salón de la Fama que crearon los muchachos de la generación 1969 – 1972 de secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz. Ya te conté que estos muchachos se reunieron en junio de 2022, en Comitán, y celebraron el cincuentenario de su generación durante tres días. En esos días realizaron una serie de actos celebratorios, actos geniales. Uno de ellos fue, sin duda, la presentación del Salón de la Fama. Ah, estos muchachos son geniales. Vos y yo sabemos que en las grandes ciudades existen espacios que honran a deportistas, por ejemplo. Los grandes del deporte mundial son reconocidos y, en ceremonia especial, son admitidos en el Salón de la Fama, casi casi como los artistas reciben su estrella en el Paseo de la Fama, en Hollywood. ¿Mirás qué grandeza de miras? Los más grandes del deporte y del espectáculo son reconocidos. Estos muchachos advirtieron su grandeza y formaron su Salón de la Fama, en una casa particular y ahí cada uno de ellos colocó, sobre mesas, fotografías y objetos que son síntesis suprema de lo que han hecho en sus vidas. A mí se me hizo (se me hace) una idea maravillosa y una realización admirable. Muchos de estos muchachos dejaron de verse durante mucho tiempo, otros siguieron viéndose, pero ahora, tuvieron la oportunidad de reconocerse y de admirar lo que cada uno de ellos es. No son los grandes deportistas, sus nombres jamás estarán en el gran Salón de la Fama donde sí están Cassius Clay o el Toro Valenzuela; no son los grandes artistas, ellos no tendrán su estrella en el Paseo de la Fama, al lado de Michael Jackson, Marilyn Monroe, Bill Cosby o nuestro paisano Del Toro. ¡No! Pero, ah, qué dignidad, un día de junio de 2022 acudieron al Salón de la Fama, donde cada uno de ellos se reconoció en su sencilla grandeza. Fue la respuesta a la pregunta: ¿Y qué has hecho con tu vida? Abrir la ventana y hallar la respuesta en el aire donde la mariposa, lejos de famas banales, vuela con libertad suprema. Cada uno colocó objetos que sintetizan su vida. El esfuerzo realizado cada día durante cincuenta años estuvo reflejado en las fotografías y documentos. Lo que permanece en modestas vitrinas en casas fue compartido. La enormidad de este acto es que fue un reconocimiento que ellos le hicieron a la vida, a los sueños, a los esfuerzos, al destino. Hubo fotografías diversas. Estas fotos hicieron un recorrido instantáneo en el lapso de cincuenta años. Esto fuimos, ¡esto somos! ¡Esto seremos! Estrellas infinitas. ¿Imaginás lo que significa reflexionar en los sucesos ocurridos a lo largo de cincuenta años? Vos sos joven, apenas andás en el caminito que va de los veinte a los treinta años de edad, ya un poco más allá de la mitad, ya casi acercándose al punto donde comenzará la cinta de treinta a cuarenta años, pero sos joven. Estos muchachos ya rebasaron la aduana de los sesenta años, caminan por la banda de los sesenta a los setenta años de edad. Pero, ya lo dice la sentencia popular en forma simpática: “viejos los cerros y todavía echan palitos”. Estos muchachos, de sesenta y más, demostraron un entusiasmo juvenil digno de elogio. Se reunieron, disfrutaron, convivieron y, una tarde, visitaron el Salón de la Fama y ahí hallaron objetos que fueron la síntesis de vidas admirables, con instantes gozosos, difíciles, dolorosos, pero todos vividos con entereza. Cada uno de esos objetos fue el testimonio de huellas indelebles, muestra de que, como dice el poeta, hicieron camino al andar. Esas fotografías hablaron: mirá, hace cincuenta años no tenía novia, ahora acá está mi esposa y mis hijos, mis hijos ya son profesionistas exitosos, van construyendo sus sueños. Sí. Lo sabemos, formar una familia no es cosa sencilla, es una empresa que puede compararse con el ascenso al Everest. Durante muchos años se evaden las grietas y los aludes que aparecen en forma frecuente y amenazan con echar todo bajo toneladas de hielo. Esas fotografías hablaron: tengo una empresa que fabrica quesos, probá. Ah, qué rico sabor. Tengo una empresa que fabrica chocolates con cacao chiapaneco. ¡Qué delicia! Los objetos fueron muestra de lo sublime en la sencillez de la vida. Por eso, comparto con vos esta fotografía que le robé a Aurorita: cinco muñequitas en sus estuches. ¿Mirás? Este Salón de la Fama fue un hermoso vitral, como en museo, como en tienda selecta. Los muchachos se pararon frente a estas muñequitas y, de inmediato, sus mentes y corazones recibieron el flechazo de energía. ¡Sí, sí, es el uniforme de gala que usaron las muchachas en los desfiles! Ah, la imagen de los estudiantes del Colegio era un distintivo exclusivo. En esos años, los desfiles eran apreciados por la comunidad y las personas vitoreaban el paso de los estudiantes del Colegio Regina; de la Escuela Secundaria y Preparatoria; del Colegio Mariano N. Ruiz. Una integrante de la generación vistió estas muñecas con el distinguido uniforme de gala que las chicas usaron. La falda, tableada, color marfil y el saco con ese tono de azul grisáceo majestuoso. Ah, qué maravilla. Sí, ese uniforme estuvo también expuesto en el Salón de la Fama. Una vez te conté que los varones de secundaria del colegio acudíamos a la sastrería de don Guillermo Villatoro, quien nos tomaba las medidas y diseñaba el uniforme que tenía los mismos tonos, en una tela exclusiva, todo era selecto. No sé quién era la modista para el uniforme de las chicas, pero imagino que también era exclusiva. Hoy no es así, existen negocios que ya venden los uniformes escolares a granel. Esta generación tuvo el privilegio de acudir con los mejores sastres y modistas de Comitán para que, como si estuvieran en una tienda exclusiva de Hollywood, les tomaran medidas e hicieran uniformes a su medida. Eso era notorio. Esos tiempos fueron gloriosos, porque a Comitán llegó la moda de los chavos setenteros. Las chicas fueron seducidas por la minifalda y nosotros aplaudimos su decisión. El padre Carlos no permitía que la falda fuera muy corta. Seguía la prédica del maestro Mariano N. Ruiz, quien era muy estricto y tenía el siguiente letrero en su consultorio dental: “Falda corta, precios largos; falda larga, precios cortos”. Frase sensacional, ¿no? Si venís rabona pagarás más. El padre, en el aula, contaba que, en una ocasión, una chica que mostraba los muslos un poquito de más justificó el largo de su falda con lo siguiente: “quien no muestra no vende, padre”, y el padre respondió: Pero la que enseña mucho lo caga la mosca. Las chicas de ese tiempo, jóvenes, recibieron con agrado la minifalda, rasgo que los varones aplaudimos. Acá, en estas muñequitas se ve que la falda está por encima de la rodilla, ese largo era lo permitido. Cuando terminaba un desfile, algunas muchachas entraban al sanitario y doblaban la cintura de la falda, para que, oh, maravilla, el largo quedara un poco más arriba, un tantito. Esto y mucho más hubo en el Salón de la Fama de la gloriosa Generación 1969 – 1972 de Secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz. Todos estuvieron en ese Salón, porque todos estos muchachos son exitosos. Algunos han tenido currículos más visibles que otros, pero todas estas vidas han sido tocadas con la flama divina. Celebraron en grupo cincuenta años después, volvieron a reunirse y supieron que ellos, igual que Sylvester Stallone o Eugenio Derbez tienen una estrella en el corredor de una casa comiteca. Esto fuimos, esto somos, ¡esto seremos! Gloria infinita. No me canso de aplaudir esta iniciativa. Cincuenta años después de ser alumnos se mostraron como maestros. Con generosidad se obsequiaron enseñanzas entre ellos y dejaron un legado para futuras generaciones. Con el Salón de la Fama señalaron que este término no está sembrado sólo en medio de escenarios llenos de reflectores, ni mucho menos en parcelas doradas. Según el diccionario, la fama, en primer término, es el reconocimiento de cualidades hacia una persona por parte de muchas; pero, en segundo término, la fama es la opinión que una persona tiene acerca de otra. Por eso, a veces escuchamos que alguien tiene buena fama. Es como un compendio de rasgos personales, que pueden ser buenos o malos. Por eso aplaudo a este grupo de muchachos, le quitaron el brillo de oro de otros espacios y su Salón de la Fama retomó esta segunda acepción: la del reconocimiento de vidas entregadas al desarrollo personal. Se reconocieron como seres humanos frágiles pero poderosos. Cada uno, en su parcela particular, ha sembrado luz y ha logrado que la sociedad sea más afectuosa. Fue maravilloso constatar que ellos se sienten orgullosos de su colegio y el Colegio Mariano N. Ruiz se siente orgulloso de cada uno de ellos. Posdata: hay personas que tienen calles con sus nombres o estrellas en el Paseo de la Fama, en Hollywood. Mi amigo Efraín honró a sus papás, cuando cumplieron cuarenta años de casados invitó a la develación de una placa en el jardín de la casa: “Avenida Marthita y Jaime”, en un sendero con ladrillos en medio de macizos de flores y arbolitos hijos de la lluvia. No se necesita más para reconocer las vidas, los esfuerzos, los mínimos talentos. El artista Arturo Peniche dice que es una persona ordinaria con una profesión extraordinaria. Los muchachos de esta generación nos dijeron que todas las vidas pueden ser vidas extraordinarias. El lema del Colegio Mariano N. Ruiz también reafirma eso: hacemos las cosas ordinarias de manera extraordinaria.

viernes, 1 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON MEZCLAS SUBLIMES

Querida Mariana: ¿has pensado cómo los extremos pueden unirse? A veces, las mezclas más excelsas provienen de la unión de esos extremos. Antónimo de frágil puede ser fuerte. Te he contado muchas veces que a mí me fascinan esos cercos de piedra que aún, gracias a Dios, existen en algunos lugares. Cuando fui niño, en la ciudad había muchos terrenos que tenían esos muretes prodigiosos. En los años sesenta Comitán era una ciudad tranquila, maravillosa, sigue siendo una ciudad maravillosa, pero ya no es tranquila, a veces la intranquilidad, boba, se sienta en un butaque como si fuera la dueña de nuestros destinos. ¡Asquerosa! Cuando pienso en la fragilidad y en la fortaleza la imagen que aparece es el cerco de piedra. ¿Qué cosa puede ser más fuerte que una piedra? Pocas cosas, la piedra es de gran fortaleza; pero, a la vez, ¿qué puede ser más frágil que ese derroche de piedras encaramadas, sin argamasa que los una? A mí me fascinaba la barda que rodeaba el corredor externo de la Escuela Preparatoria de Comitán. Estaba hecho con piedra y con celosía de ladrillos, la clásica celosía de triángulos. Era un “cerco” resistente, permitía que los muchachos nos acodáramos en él o, incluso, que nos trepáramos para sentarnos ahí. Desde ese mirador observábamos la calle, las mujeres con rumbo al templo o al mercado, el nevero, el que ofrecía tacos dorados o el que vendía raspados, las niñas con su pasito coqueto. Ese murete, con una altura apenas mayor a un metro, nos regalaba la imagen de la fortaleza, a pesar de tener vacíos en su celosía. Pero, los cercos de piedra, a pesar de estar hechos con una materia tan dura, son la viva imagen de la fragilidad. Sin embargo, también son la imagen del prodigio, porque, precisamente por su fortaleza, se mantienen “bien armados”. Sólo demuestran su fragilidad cuando alguien, por maldad, empuja alguna piedra de la parte superior. Camino por senderos donde me maravillo ante ese derroche de la mezcla más fantástica del universo: lo frágil con lo duro. Cuando estoy frente a un cerco de piedra siempre me detengo más de un minuto. Si me es posible me acuclillo tantito, tantito dije, recordá que ya mis piernitas no tienen la flexibilidad de las tuyas. Me detengo a observar la belleza de las texturas de las piedras, de los tonos que adquieren al paso de los años, pero, sobre todo, observo ese increíble equilibrio que mantienen. No da mi cabeza. No logro comprender cómo se da esa magia. Sí sé que, como dictaría el sentido común, las piedras más grandes las colocan en la base y conforme sube el muro las piedras son más pequeñas. Los muretes de piedra son de una fragilidad extrema y, sin embargo, se mantienen orondos, venciendo a la gravedad. Cuando fui niño caminé en algunos lugares rurales con mi papá, él siempre, igual que yo, se sorprendía con estas construcciones humanas y fue él quien indicó esa mezcla fabulosa, la dureza de la piedra con la fragilidad de la estructura. Cuando caminábamos siempre me decía que estuviera pendiente del momento en que aparecería una lagartija por los huecos. Jamás falló el universo, siempre aparecía una cabecita de lagartija a nuestro paso y luego la carrera del animalito. Señalaba y mi papá sonreía, como si dijera que él era mago y había logrado la bendición. A veces quise hincarme para husmear por los huecos, pero mi papá no lo permitió, decía que mi mamá se enojaría al ver manchadas las rodillas del pantalón. Ahora pienso que, además, él no lo permitía porque los niños somos imprudentes, tal vez pensaba que al hincarme e irme hacia adelante buscaría apoyo y mi mano empujaría el murete y éste se iría hacia abajo, abriendo un enorme hueco en el aire, un hueco indescifrable, misterioso. Posdata: siempre que un papá pregunta cuál debe ser la forma ideal para educar a un hijo, nada digo, porque yo qué voy a saber, pero en lo interno pienso que debería ser algo como esta mezcla entre la dureza y la fragilidad, la dureza sería algo como firmeza y la fragilidad algo como ternura. Qué difícil unir extremos que parecerían paralelas eternas. La grandeza sólo se da en estos muretes fantásticos.