domingo, 25 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UNA PINCELADA MARAVILLOSA
Querida Mariana: falleció Valdemar Castañeda. Hace dos o tres días me enteré que en este diciembre de 2022 falleció el gran artista plástico comiteco. Su genio no logró la aprobación social que merecía. Salvo algunas personas que reconocieron su destreza para el dibujo y para la pintura, la sociedad lo ignoró. Es una pena. Existen, vos lo sabés, muchos talentos que no alcanzan la admiración, por ignorancia o porque los intereses del mundo están basados en vainas alejadas del arte.
Ahora estarás preguntando por qué incluyo en esta carta la invitación del día que inauguramos la Galería Bonampak. Una vez te conté que Valdemar fue alumno del maestro Paquito García. El maestro fue muy generoso con todos los chavos que se acercaban con el interés de descubrir los secretos de la pintura. En el taller lleno de luz por los grandes ventanales, Valdemar encontró cauce para su vocación artística. Valdemar se apuntó al enterarse que haríamos un reconocimiento al maestro Paquito en la Galería Bonampak, donde lo honramos al imponer su nombre a una de las dos salas (el otro nombre fue para el destacado artista plástico maestro Javier Mandujano Solórzano, el maestro Güero. Su retrato lo pintaron los hermanos Alfonzo Meza). Me dijo que él haría el retrato de su maestro y así fue. La noche de inauguración, el maestro Paquito develó el retrato que Valdemar pintó, un retrato colorido, con una pincelada llena de movimiento, de sapiencia. Valdemar fue un artista excelente.
Y hace dos o tres días, en las redes sociales, en el muro de Pedro Damián Valdizón, con mucha pena, leí lo siguiente:
"La comiteca" , un mural pintado para colección privada se encuentra exhibida en el Hotel Lagos de Montebello, tiene una peculiaridad especial pues el maestro que la elaboró, VALDEMAR CASTAÑEDA utilizó a su propia madre como musa, ella, la mujer del mural, es mi tía Rosario Valdizón Rovelo (QEPD), hoy mi primo, el autor de este mural, pasó a mejor vida, dentro de su trayectoria recorrió muchas casas de arte plástico, destacando en los murales, los retratos y los óleos pintados para lugares como la casa materna, el taller dentro del Turulete, el lienzo charro, colecciones privadas y escuelas como La Esmeralda. Qué en Paz descanse VALDEMAR CASTAÑEDA VALDIZÓN.
Pedro dice bien, su primo Valdemar, gran artista plástico, destacó en murales y en obra de caballete. Algo de los grandes muralistas mexicanos anidaba en su espíritu, porque se sentía a gusto en los soportes amplios, generosos. Él mismo fue generoso en su vocación. Por desgracia, mucho de su obra no fue realizada en el lugar idóneo. Una vez lo encontré frente al templo que existe en el Puente Hidalgo, pintaba los muros interiores del jardín; en otra ocasión vi que pintaba una pared en una casa cerca de Telmex. Las dos obras están deterioradas, fueron consumidas por estar expuestas a las inclemencias. Por fortuna, como dice Pedro, el mural “La comiteca”, que está en un corredor interno del Hotel Los Lagos, se mantiene en buen estado. Este mural es muestra fidedigna del genio de Valdemar, el fondo contiene la fuerza de su pincelada vibrante, y el retrato de su mamá, más los detalles de los elementos que son síntesis del espíritu comiteco, muestran la delicadeza del trazo perfecto.
Falleció Valdemar, mar infinito, mar lleno de trazos fuertes, con matices sublimes. Val de mar, de mar lleno de peces fugaces.
Somos ingratos. Hoy, con pesar, te escribo esta carta. Reconocí el arte de Valdemar y cuando tuve oportunidad escribí elogios a su obra, pero las palabras no son suficientes, cuando la palabra es expresada en forma oral ¡se la lleva el viento!, y cuando aparece impresa en un papel, este papel es bálsamo para el alma, pero no para el cuerpo, el mejor papel para el cuerpo exigente (quiérase o no) es el papel moneda, el que permite satisfacer las necesidades básicas y deja que el genio se manifieste con plenitud. El talento de Valdemar fue desperdiciado por nuestra sociedad, siempre se vio forzado a hacer obras menores para conseguir el sustento. Esto que digo es el común denominador de millones de muchos talentos en el mundo.
Quienes se dedican al arte reman contra corriente, en la mayoría de ocasiones la obra no es suficientemente valorada. De casi nada sirve el aplauso sino es acompañado con la adquisición de obra. Hoy queda de relevancia el apoyo que un amante del arte, el licenciado Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, le prodigó a Valdemar. Hoy, Valdemar ya no está físicamente con nosotros, pero ahí está su obra, obra genial. El nombre de Valdemar debe estar inscrito en el álbum de los artistas plásticos de Chiapas en un lugar preponderante. Al lado de la obra excelsa de Benjamín Crócker, de Javier Mandujano Solórzano, de Gloria Cruz de Gómez, de Mario Pinto Pérez…
Posdata: no sé qué pasó con el retrato del maestro Paquito que Valdemar pintó. Cuando cerramos la galería, mi Paty y yo llevamos las placas y los retratos a la biblioteca pública Rosario Castellanos. Ahí estuvieron expuestos durante algún tiempo, un día desaparecieron. ¿Existen? Valdemar fue un retratista genial. Muchas personas con solvencia económica debieron contratarlo para dignificar el arte y el buen gusto en Comitán. Somos ingratos. Sólo aplaudimos, no ayudamos a la economía del fomento al arte, adquiriendo obra.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 24 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON FRUTAS DE TEMPORADA
Querida Mariana: la tía Romelia dice que ya es temporada de mandarinas. Sí, en navidad aparece la mandarina en esta región. La mandarina es una fruta sensacional. Te he dicho que es una fruta que me gusta. Está hecha para que quienes somos medio imprácticos no padezcamos. Pelar una mandarina es muy sencillo y luego su fruto viene cortado en gajos. ¡Ah, qué bendición! Las pizzas las tienen que cortar en cachos, el mango lo tenés que pelar, la manzana la agarrás a mordidas. En cambio, la mandarina, ah, qué delicia. Tomás un gajo con delicadeza y te lo zampás con emoción, con la papila gustativa hecha deseo.
Llamó mi atención que la tía dijo “es temporada”. Ahora es temporada de frío por acá, frío moderado. En Estados Unidos de Norteamérica es temporada de nevadas; en Argentina, es temporada de calor.
El ciclo de vida tiene temporadas. Cuando fui niño, lo hemos platicado, en la escuela había temporadas de juegos infantiles. Un buen día, alguien asomaba con un trompo y eso inauguraba la temporada de trompos. Al día siguiente, la cancha se llenaba de chiquitíos con cordeles y trompos de todos tamaños. Los más pueblo llevaban trompos con clavos de asiento. ¡Ah, eran unos señores trompos, trompos VIP! Estos trompos sólo los jugaban los expertos. En ocasiones veíamos con asombro cómo un trompo de asiento giraba en el aire y partía en dos una pequeña shuta tataratera, que tenía un clavo normal.
Así como había temporada de trompo, llegaba la temporada de canicas, de yoyo, de saltar la cuerda y la temporada del burro (tiene otro nombre, pero no lo recuerda mi memoria pichancha). Este juego era muy divertido, pero peligroso. Para que no caigamos en tentaciones de una vez diré que yo sólo jugué canicas, me gustaba el de la timbirimba. ¿Jugar a saltar la cuerda o a los trompos o a los gallitos? ¡Jamás! Nunca juego que implicara riesgo físico. Así que cuando los compañeros de la escuela proponían jugar “burro” yo era un espectador maravillado, maravillado porque miraba cómo uno se ponía contra la pared de la cancha, abría las piernas y el primer compañero metía la cabeza en la entrepierna (Dios mío, qué complicado). A partir de ahí, los demás compañeros escondían la cabeza (como avestruces) en la entrepierna de los de adelante; es decir, quedaba cuello de uno con el culo del otro, y así cuatro o cinco integrantes. Esto formaba un trenecito maravilloso, con las combas de las espaldas. El otro equipo formaba una fila y el más hábil se colocaba al principio de la fila y daba un salto fenomenal, hasta caer sobre la espalda del segundo vagón. Pucha, era un juego de habilidad y de mucha resistencia física, porque el siguiente saltador procuraba llegar lo más lejos, quedar sobre la espalda del compañero para que el contrario que resistía el peso se fuera doblando, porque eso sucedía, los espectadores veíamos cómo los que estaban agachados se iban debilitando con el peso de los del equipo contrario. La nota excelsa era cuando el último pegaba el salto y desde lo alto se dejaba caer con todo su peso, era el momento (casi siempre) en que el de abajo no resistía y caía contra sus rodillas y así la pirámide humana se venía hacia abajo. Eso significaba que el equipo que se había puesto como tren había perdido y debía volver a colocarse. Si el equipo resistía, entonces el equipo contrario se ponía.
Verlo era muy divertido, jugarlo también. Todo mundo se divertía. Hoy pienso que era un juego extremo. En primer lugar, el que se ponía de poste corría el riesgo de que en cada envión le tocaran sus huevitos y los otros corrían el riesgo de sufrir una fractura en el cuello o torcerse la columna al verse sometidos a tremendos enviones, pero ¡no!, nada sucedía, todo mundo terminaba gozoso, sudado, divertido.
Y en navidad era temporada de todo lo que no existe en otra época del año. Uno entraba a la cocina y desde la puerta se sentía el calorcito y el aroma del ponche (con piquete lo pedía el abuelo Enrique y no faltaba el niño que quería imitarlo). La navidad era la temporada de hacer nacimientos con las figuritas de inditos y ovejitas alrededor de la casita de madera donde estaban los tres reyes magos, San José y la Virgen alrededor de una cunita de paja que esperaba la llegada del niño Jesús. Era temporada de hojuelas, regadas con temperante (en casa las comíamos con miel). La temporada de las luces de bengala, esto me encantaba, mi disfrute era darle vuelta al alambrito, una y otra vuelta para hacer círculos y otras figuras en el aire. Era temporada de piñatas, de las posadas en el atrio del templo de Santo Domingo. Cuando caminaba por las calles me gustaba husmear desde la puerta los patios centrales donde la gente cantaba y tenía velas encerradas en jaulitas de papel de china. Era temporada de niños desnuditos, ya llegaría la temporada donde los niños eran sentados en sillitas de madera y los vestían con ropa llena de color, telas de satín, lentejuelas.
Navidad es temporada de vacaciones, en el trabajo y en la escuela. Todo mundo sale a la calle a comprar los regalos que se colocarán en el árbol, que serán complemento de los que traerá el Viejito de la Noche Buena (el ahora panzón Santa Clos). Es temporada de ponerse chamarras gruesas, suéteres y bufandas. Algunos se colocan gorros en la cabeza, tejidos o, los más internacionales, sacan los gorros que compraron en la Rusia de todos los zares, de todos los Putines.
La naturaleza sabe que es temporada de manzanitas para el ponche, de mandarinas para las piñatas; la sociedad sabe que es temporada de pavo (pobres jolotes), temporada de sidra (champaña en casa de los fifís); temporada de las doce uvas para los doce deseos. La tía Alicia escribía la lista de los doce deseos días antes de la cena y a la hora que daban las doce campanadas y ella tragaba las doce uvas, decía: “Uno, dos, tres…¡doce!”, y cada uno de los números significaba el deseo que se había aprendido de memoria; decía que era imposible decir todos los deseos a la misma velocidad de que comía las uvas. El tío Armando se pasaba de gracioso, bebía un trago largo de brandy, haciendo uso del comercial que decía que ese brandy estaba hecho de pura uva de calidad, acá, decía, está concentrado el jugo de mis doce deseos.
Temporada de rezos. La mayoría de personas no olvida que el centro del festejo es el nacimiento del niño Jesús, así que colocan una imagen del niño desnudito en una charola, que cargan las madrinas y los padrinos. Rezan un padre nuestro, cantan, y luego, viene el jolgorio, el santo trago y la cena. Somos tan tradicionales que no sólo bebemos la cuba con ron, sino que, además, lo acompañamos con pavo envinado. Dios mío, este cruce de bebidas hace que algunos terminen bien “engazados”, como decimos en Comitán, y que los cánticos de amor y de paz manifestados al principio, los abrazos de buena voluntad, se conviertan en tremendas patizas.
Es temporada, ya muchos lo han dicho, de cinismo al ciento por ciento. Gente que estuvo jode y jode todo el año se transforma y da abrazos y mensajes de bienaventuranza. Hay gente (me incluyo) que no hace festejo especial en esta temporada.
A mí me gusta ver todo desde lejos. Ahora (ya estoy viejo) me cae mal la excesiva quema de cuetes y de triques. Contaminan el ambiente. El hermoso viejo, maestro Bernardo Villatoro, lo sentenció: los cuetes deben llamarse turrupes, porque provocan tufo, son ruidosos y peligrosos.
La mandarina es fruta de temporada navideña. ¡Ah, qué coraje hago cuando me sale una mandarina seca! Sus gajos están como bagazo. ¡Ah, qué disfrute cuando sus gajos están jugosos, dulces!
Posdata: ¡Chinchinagua! Ya recordé, el nombre del juego del burro es chinchinagua. Chin-chin-agua. Pucha, qué palabra tan sonora, como los sentones que se daban los jugadores, como las carcajadas de los que disfrutábamos el juego. En navidad es temporada de tzilín tzilín, talán talán. Tzilín tzilín hacen los vasos a la hora del brindis, antes del tococh tococh; talán talán hacen las campanas de los templos para convocar al rezo. Tzilín tzilín, tococh tococh, talán talán.
viernes, 23 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON PILARES DE LA CATEDRAL
Querida Mariana: Leí el libro “El hacedor de canastos. Cuento escrito en San Cristóbal de Las Casas”, de Miguel Zepeda.
Miguel es mi primo, hijo de mi tío Fernando Zepeda y de mi tía Zoilita Bermúdez, mujer cariñosísima.
Miguel nació en San Cristóbal de Las Casas, todo mundo de allá lo conoce como arquitecto. Ahora, todo mundo lo conocerá como narrador. Este libro ya va en su segunda edición, tiene un tiraje de mil ejemplares y fue publicado por Editorial Chiapaneros. Javier Molina fue el corrector de estilo.
Dejá que te cuente una cinta maravillosa. En los años ochenta, Paco Zepeda Bermúdez (hermano de Miguel) era parte esencial del periódico coleto “Avante”, cuyo fundador fue don José Antonio Gutiérrez. Paco me invitó a colaborar en ese periódico y ahí conocí al escritor Miguel Ángel Godínez, quien luego fue coordinador del Centro Chiapaneco de Escritores cuando fui becario. Recuerdo, con mi memoria pichancha, un texto que Miguel Ángel escribió, donde hablaba de la catedral de la literatura chiapaneca, ahí comentaba, palabras más, palabras menos, que la narrativa de esta tierra estaba constituida con los grandes nombres y los más modestos, todos los narradores conformaban el gran edificio cultural de Chiapas.
Y ahora resulta que en este maravilloso edificio aparece, con méritos propios, el nombre de Miguel Zepeda, porque el texto es de gran solvencia narrativa. Lo disfruté mucho, haciendo a un lado el parentesco. Siempre que leo lo hago con profunda objetividad, no me impresionan los grandes nombres ni los lazos afectivos. Tengo, lo sabés, autores favoritos, pero, en varias ocasiones, encuentro textos de ellos que no corresponden a la grandeza de otros y lo manifiesto. En el caso de este cuento largo de Miguel encontré el maravilloso ideario de Roald Dahl: seducir y no aburrir al lector. Miguel abre una ventana imaginativa, crea un espacio inédito de ficción. Acá están los dos personajes que han sido centro fundamental de la convivencia coleta: el mestizo y el indígena. Rosario Castellanos percibió esta dualidad y la presentó con un realismo crudo, acá, Miguel crea un relato que advierte nuevos tiempos. Acá ya no está el indígena que se baja de la banqueta para que camine el caxhlán, acá, el “hacedor de canastos” es un hacedor de milagros, alguien que es admirado por la sociedad que antes lo rechazó. La trama está nserta en un maravilloso realismo mágico, Miguel, igual que Gabriel García Márquez, hace que vuele la esposa del hacedor de canastos, y ella vuela con gran verosimilitud, porque el lector lo encuentra como el acto más sencillo del mundo, como si volar fuera tan común como caminar. Miguel, con gran astucia literaria, coloca los ladrillos necesarios para que el texto sea creíble, su ficción produce felicidad, por un momento el lector entra a una burbuja maravillosa, se deja guiar en este vuelo portentoso, amable y feliz.
En la portada del libro queda perfectamente definido: “El hacedor de canastos” es un cuento escrito en San Cristóbal de Las Casas. Miguel nos presenta un canasto coleto que, a semejanza de su personaje, está lleno de “todo y nada”. El inicio del cuento es el siguiente:
―¿Qué traés en tu canasto, marchante?
―Traigo todo y nada ― respondió don Gregorio.
Este diálogo es la puerta para entrar a un mundo atractivo. El canasto del hacedor está lleno de todo y de nada. El encanto aparece. Este hacedor de canastos canta y, predicador inédito, habla. Su mensaje inicia con la frase “lo primero es la luz”. Miguel nos presenta un texto lleno de luz, de torceduras simpáticas. Existe la idea de una relación difícil, casi imposible; sin embargo, la trama se desarrolla en una senda donde todo es posible, porque el autor ha puesto los andamios para seguir construyendo la catedral de la ficción chiapaneca, donde los personajes reflejan la miseria de nuestra sociedad, pero también la esperanza, el arco iris.
Posdata: mi papá me llevaba a San Cristóbal cuando yo era niño. Siempre pasábamos a casa de tío Fernando, donde ahora está el Restaurante Tierra y Cielo, de la genial chef Marta Zepeda, y el Hotel Docecuartos, propiedad de la enormísima poeta Mónica Zepeda. Mientras mi papá y mi tío Fernando tomaban unos tragos, yo jugaba con Miguel y con Juan José. Jugábamos. Miguel y yo seguimos jugando con las palabras. Celebro el genio narrativo de Miguel, lo celebro. Nos ha entregado a Goyo, un genial hacedor de canastos, que contienen ¡todo y nada!
¡Tzatz Comitán!
jueves, 22 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON GUSTOS REFINADOS
Querida Mariana: ¿cómo te cae Belinda? Me refiero a la chica famosa. Si te soy sincero no sé si es actriz o cantante, sólo sé que es famosa porque fue novia de Nodal (este chico sí es cantante) y aparece en revistas y en pantallas de televisión con frecuencia. ¡Es una niña bonita, famosa! También fue novia de Lupillo Rivera. Ay, señor, qué gustos.
Pero como en gustos se rompen géneros digo que a mí Belinda me cae bien, muy bien. Bueno, me cae bien desde hace dos o tres días. ¿Por qué? Resulta que permitió el ingreso de cámaras de televisión en su casa y eso hizo que yo, televidente modesto, conociera su residencia. Entiendo que ella tiene muchas casas, pero mostró una residencia que tiene en la Ciudad de México. La casa es grande, muy grande, pero lo que me encantó de Belinda fue, más que sea amante de animalitos (tiene varios chuchitos como mascotas), el hecho de que es amante del arte. Nunca lo hubiera imaginado. De pronto tenemos la idea de que las chicas bonitas y famosas se interesan por autos y joyas.
No dudo que Belinda, bonita, inteligente, también cae rendida ante las vanidades del mundo, pero ella tiene gustos refinados. No sólo adquiere perfumes carísimos y ropa exclusivísima, ¡no!, chica lista, de gustos excelsos, también ama el arte. Ella sabe, como buena inversionista, que los millonarios, los que sí tienen paga, compran obras de arte, porque eso reafirma su condición de exquisitos seres humanos y protege su dinero, porque una pintura de reconocida firma nunca se deprecia, al contrario, aumenta su valor.
¿Has visto las subastas de Sotheby’s? Obras de arte se venden en millones de dólares.
Ya soy fan de Belinda. No sé si canta o actúa, sé que es una niña bonita famosa que tiene paga y su paga (parte) la invierte en obras de arte. Me encantó el instante en que invitó a pasar a conocer su casa y enseñó las paredes llenas de pinturas y las estancias cubiertas con esculturas y dijo, palabras más, palabras menos, que le encanta sentirse en casa como en una galería de arte. No dijo museo, ¡no!, dijo galería de arte.
Me encantó la pichita, se da sus gustos, gustos refinados, porque su casa está llena de arte, pero no está recargada, no, todo tiene una armonía sensacional. ¿Tiene alberca su casa? Debe tener. Pero a mí me interesa saber si tiene una sala de proyección donde ve películas de arte, porque este gusto refinado por las pinturas y esculturas no es cosa mínima, ¡no!, advierte que ella posee un conocimiento especial de la vida. ¿Escucha a Nodal? Sin duda que lo escuchó cuando anduvo con él, sin duda que escucha la música de estos tiempos, pero, tal vez, ella se cultiva escuchando música clásica. No lo sé, no quiero ponerla en un altar, pero lo que vi en pantalla (que no fue más de un minuto) me dejó gratamente impresionado. Belinda es una exquisita persona, vive de la mano con el arte.
Hace cosa de diez o doce días estuve en la terminal 2 del aeropuerto Benito Juárez, de la Ciudad de México, y cuando iba en el Uber vi una escultura del gran Jorge Marín (le tomé una foto con el celular, pero salió movida, porque mi camarita no tiene esa opción de congelar imagen y el auto iba a velocidad capitalina). Bueno, pues en la residencia de Belinda vi una escultura de Marín. ¡Genial! Alcancé a ver otra escultura de Zúñiga, puedo estar equivocado, no me hagás caso, mejor mirá el video en HBO Max, por desgracia no tengo acceso a esta plataforma, me conformo con el pedacito que vi en la tele abierta.
Me encanta conocer a personas que saben hacer uso de su dinero. ¿Comprar un Ferrari? ¿Vos lo harías? ¿Y si sube un amigo tuyo y lo vomita? ¿Y si lo dejás estacionado en el parque y pasa un resentido y lo raya con un clavo, así, con la mano abajo, sólo de pasadita, mientras camina inocentemente? ¿Y si llega un auto por detrás y te choca? No, los millonarios inteligentes compran arte, iluminan su espíritu cada vez que entran a la sala de su residencia, se llenan de luz.
Posdata: ya me cayó bien la Belinda, soy su fan. ¿Canta? Prefiero escuchar a la Nina Simone y ver la casa de Belinda, así la llevamos con equilibrio. Me encantó saber que su casa es como una galería de arte. ¡Bien, Belinda! ¡Qué bueno que no siguió con Nodal, se ve que él tiene gustos menos refinados! Se comenzaba a refinar al estar con una chica tan lista y de gusto exquisito, pero él no es de su clase.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 21 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON CALLES Y CASAS
Querida Mariana: si nos piden la dirección de nuestra casa decimos la calle donde está. La calle de todos se convierte también, un poco, en nuestra calle. Hay una relación directa entre mi casa y la calle, ésta se convierte en la más transitada, la más cercana, la que me ve salir todas las mañanas, la que me recibe por la tarde o noche.
El pedazo de la calle central, que va de donde estuvo la Veterinaria Kánter al parque central fue mi calle. Mi casa estaba a mitad de esa calle, por lo que ese tramo de calle lo caminé muchísimas veces, no sé cuántas, para ir a la escuela, a misa de siete en Santo Domingo, a la matiné de las diez en el Cine Comitán, a la función de la tarde en el Cine Montebello, a comprar tamales de azafrán en la lonchería de tío Jul, a casa de los amigos. Esa calle central fue mi calle. Un día, abandonamos la casa y nos cambiamos a la nuestra, la que construyeron mis papás, y la 3ª. calle norte poniente se volvió mi casa. Salvo en una ocasión donde la fuerza de la costumbre me llevó a la casa de mi infancia hasta darme cuenta que ya no vivía ahí, mi calle de los primeros años de mi vida dejó de serla y la de la Matías de Córdova se convirtió en ¡mi calle!
Mi casa dejó de ser mi casa y la reciente ocupó el lugar de la otra. Por las mañanas recorría otra calle, sólo de vez en vez caminaba por la que había sido mía por más de siete años.
Mi calle antigua no protestó, porque las calles no hablan, no sienten. Tampoco puse algo en mi corazón, el cambio fue tan de la noche a la mañana que no pensé en que dejaba algo que había sido importante para mí, porque desde el balcón de la vieja casa veía el trajín del día. Comitán llegaba hasta el balcón para decirme que ese era mi pueblo, las personas que jalaban el burrito que llevaba las cajas con gaseositas de don Jorge Soto, o el abono para las plantas del jardín o el barril con agua de La Pila; en esa calle de infancia escuché a la señora que desde la entrada decía: “Ave María” y no entraba hasta que alguien de adentro respondía: “Sin pecado concebida”.
Las calles no hablan, no sienten, pero están vivas para nosotros, porque son espacios donde la gente camina día y noche. La calle es impredecible, porque nunca se sabe en qué momento se quedará vacía o se llenará.
Hay calles tranquilas que, en algún momento, se llenan de algarabía. Hubo un tiempo que me encantaban las calles sosegadas, odiaba las calles ruidosas, llenas de trajín. ¿Quién disfruta una calle donde hay puestos ambulantes todo el día?
En estos tiempos ya no estoy tan de acuerdo con mi ideal de calle solitaria. ¿Recordás que en Madrid el presidente de la comunidad invitó a los vecinos a salir, a recuperar sus calles, porque ante la violencia la gente había decidido no salir de las casas? El presidente madrileño dijo que al encerrarse en las casas lo único que se hacía era dejar las calles a merced de los delincuentes. La gente volvió a salir de casas en bola y obligó a replegarse a la delincuencia. Casi casi les echaron montón, para recuperar lo que en derecho corresponde a las sociedades.
En mi adolescencia me encantaba caminar de noche por las calles vacías, escuchaba el sonido de mis pasos, veía las luces de las ventanas, me pensaba dueño de ese espacio. Hoy no salgo de casa, no sé qué sentimiento tiene la persona que camina a las once de la noche en una calle solariega. ¿Lo hace con placidez o con cierto temor? ¿Camina en forma apresurada, volviendo la mirada para ver si no viene alguien detrás? ¿Camina con desconfianza, pensando que en cualquier momento asome un delincuente y exija el celular y la cartera?
La que fue mi casa dejó de serlo; mi calle dejó de ser mía, porque la cambié por otra. Cuando se rompe el lazo afectivo con otra persona, una novia o un amigo, las casas y las calles también dejan de ser el camino para llegar a ellos. Parece mentira, pero las casas y calles donde habitan nuestros cercanos también se convierten en parte nuestra, nos definen. Los vecinos nos identifican, nos llaman por nuestros nombres, dicen que somos amigos de fulano de tal o novios de la muchacha bonita que vive en tal casa, la de portón grande.
Posdata: las calles no hablan, no sienten, pero están vivas, porque la presencia humana les trasfunde savia vital. Me gustaba salir al balcón de mi casa, sentarme y, a través de los barrotes, observar lo que pasaba en mi calle. En ese instante todo era mío, incluso el cielo que miraba al ver hacia arriba era mi cielo.
Hoy vivo en otra casa y otra es mi calle. El entorno se modificó. Los sonidos son otros. Recuerdo los murmullos de la casa de infancia y los que se daban en la casa donde crecí de adolescente. Los ruidos también formaban parte de esa burbuja. Los silencios también sonaron diferentes.
¡Tzatz Comitán!
martes, 20 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE LOS NIÑOS DE LA GUERRA
Querida Mariana: nunca estuve en la guerra. No sé lo que es el temor de los bombardeos, del agobio por hallar un refugio antiaéreo.
Por eso, a veces me doy vergüenza, porque de niño jugué a la guerra. Tenía muñecos de plástico que eran integrantes de ejércitos, un bando era de color verde y el otro de color gris. No tenían nacionalidad, pero los colores decían que eran contrarios.
Nunca se supo el porqué de la rivalidad de ambos ejércitos, ¿por qué los verdes odiaban a los grises? Porque existía un odio, tan cruento, que se mataban. Tampoco se supo nunca qué ganaban o perdían después de cada batalla. A la hora que Sara llegaba al sitio y me decía que ya estaba servida la cena, tomaba los muñecos y los metía, a puños, en la caja de cartón.
Como nunca estuve en la guerra, nunca entendí que los ejércitos contrarios jamás están en la misma caja. ¡No! Años después, ya en secundaria, en una clase, el maestro explicó el suceso del ataque intempestivo del ejército japonés contra el ejército norteamericano, en Pearl Harbor. Esta base gringa fue atacada por los japoneses, quienes después del ataque regresaron a sus bases. Los gringos dormían con los gringos y los japoneses con los japoneses. Casi casi como se da ahora en las concentraciones de las selecciones de fútbol, los mexicanos duermen con los mexicanos y los franceses con sus compatriotas.
Nunca estuve en la guerra, pero jugué a que dos ejércitos contrarios trataban de eliminarse. Cualquiera diría que era sólo un juego, un juego de niños, pero, si lo veo a distancia, digo que el juego era dramático, porque cuando un grupo de soldados verdes acribillaba a soldados grises abría un hueco en el universo. Siempre los jugué en bola, jamás pensé que cada uno de esos soldaditos tenía un nombre, que tenían una vida en el país abandonado temporalmente. En casa de cada uno de ellos había personas que los amaban, que esperaban su regreso, con vida.
Jugaba a la guerra, tal vez porque como nunca estuve en una guerra no sabía el horror que ella conlleva. Las guerras deberían estar proscritas, para que los niños no jugaran eso. Sé que la guerra es parte de la vida, pero es una parte que privilegia la muerte. Los que guerrean tienen el objetivo de matar al enemigo. Los que están en la guerra participan en uno de los actos más estúpidos del mundo. Un día, su gobierno los convoca a enlistarse, con el pretexto de que la patria los reclama, van a países lejanos, bajan de un avión, con un fusil en la mano, y, sin mayor justificación comienzan a matar grises, si son verdes, o verdes si son grises. Los grises reconocen, en el fondo, que los verdes son seres humanos iguales que ellos, que tienen familias que los esperan en casa. Los verdes saben que los grises que matan nada les han hecho para provocar tal odio. Tal vez, porque la vida es así, si un verde se topara con un gris en una plaza se saludarían y se convertirían en grandes amigos porque hallarían semejanzas; y sin embargo, en el campo de batalla le disparan y lo matan.
Hoy no veo películas de guerra, aborrezco las películas violentas. Sin embargo, de niño, cuando iba a la Ciudad de México, en periodo de vacaciones prendía el televisor en blanco y negro y veía una serie que estaba de moda: “Combate”, con escenas ficticias de la segunda guerra mundial.
La guerra es parte de la vida, pero es la parte oscura de la vida. Jugaba con la parte oscura, la que privilegia la muerte, la violencia. ¿Por qué? No lo sé. Los juegos infantiles eran violentos. Cuando los vecinos llegaban a mi casa jugábamos a policías y ladrones. Tampoco era un juego inocente. Sabíamos que algún verde era un delincuente y un gris debía sancionarlo. Hoy, entiendo, el juego es más perverso, porque el gris, en muchas ocasiones, es más delincuente que el verde.
No sé a qué juegan los niños de estos tiempos. Ya no hay sitios en las casas, ahora los chavos juegan videojuegos, pero he visto en plazas pantallas donde aparecen personajes fuertemente armados que van en pasillos disparando a otros seres, como en repetición infernal de verdes contra grises.
Posdata: nunca estuve en la guerra. He visto películas y leído novelas y cuentos con el tema, pero nunca (gracias a Dios) he sentido en carne propia lo que sí han sentido millones de niños en lugares de guerra. No soy capaz de imaginar el horror de escuchar la sirena que indica el avance de aviones cargados de bombas, que sueltan en forma inclemente y abren huecos en la tierra sembrada, destrozan casas, matan personas, matan niños, abuelos, que nada hicieron para merecer tal castigo, la única culpa fue haber nacido grises, por ello son exterminados por los que son verdes. Qué pendejada tan grande es el nacionalismo mal entendido.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 19 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON CELEBRACIÓN SINGULAR
Querida Mariana: mirá este programa. Es de 2006, año donde Comitán celebró cuatrocientos cincuenta años de identidad comiteca. Por iniciativa del Colegio Mariano N. Ruiz se puso en escena la fábula que escribió el fraile Matías de Córdova, uno de los principales promotores de la Independencia de Comitán y de Chiapas.
Cuando abrimos el libro de Fray Matías, hallamos que, al estilo clásico, el autor invoca a la musa para que aliente su voz a fin de que escriba un texto que “sugiera instrucciones saludables, al mismo tiempo que la risa mueva”. Mirá, Mariana bonita, la fábula “Tentativa del león y el éxito de su empresa” tiene dos fines: instruir en forma saludable y mover a la risa. Ideal de un buen escritor.
El Colegio Mariano N. Ruiz montó la obra para que el mensaje del fraile llegara a más personas, porque, como siempre sucede, son más los que hablan de la obra que aquéllos que en realidad la han leído. Miles de personas, millones de hispanohablantes, conocen al Quijote y expresan citas del libro sin haberlo leído. Medio mundo dice: “Si los perros ladran es señal que avanzamos”, y aseguran que El Quijote lo dijo a Sancho. ¡Falso!, aseguran los expertos en la obra de Cervantes, esa cita no aparece en el libro.
La fábula de Fray Matías inicia con el nacimiento del cachorro de león, en un desierto africano, la madre, ya crecidito el cachorro, le cuenta la historia de sus nobles ascendientes, “no para que sus glorias le envanezcan, sino para que imite sus virtudes”. Suena muy sabrosa la redacción de Fray Matías, ¿no? Recordá que el fraile era un ilustre intelectual, tuvo una imprenta donde imprimió el periódico “El pararrayo”.
“No para que sus glorias le envanezcan, sino para que imite sus virtudes”. Ah, genial lección de la madre para el hijo, ella le recomienda que sea “compasivo y generoso”, le advierte que nadie tiene fuerza para dañarlo, excepto ¡el hombre! Acá se enoja el león. ¿El hombre? ¿Quién es ese tal hombre? Y por ahí va la fábula. La continuación será el encuentro entre el león y el hombre, entre la fuerza y la sagacidad. La madre le recomienda esconderse ante el hombre, pero el león dice que no lo hará, al contrario ¡irá a buscarlo! En la búsqueda, el león se topa con diversos animales, les pregunta si ellos son el hombre, no, dicen ellos, y cuentan cómo el hombre los denigra, los usa. Por ahí va la fábula. Y se topa con el hombre y el hombre le dice: “vete tú al bosque, yo me iré a la aldea”. ¡No!, dice el león, “quiero ver por mi experiencia si acaso eres conmigo tan valiente, como tirano con las otras bestias”.
Y el desenlace es, de igual manera, un desenlace clásico, ante la fuerza del león aparece la inteligencia del hombre.
Sabemos que en la realidad no es tan sencillo. Si un compa estuviera en un desierto africano frente a un león lo más recomendable sería huir invocando la protección de San Caralampio. Pero las fábulas son grandes enseñanzas morales.
En 2006, el maestro José Hugo Campos Guillén, con un grupo de catedráticos y alumnos, se dio a la tarea de escenificar la fábula de Fray Matías. La puesta en escena respetó el texto que escribió el autor. La audiencia que asistió la noche del 15 de diciembre de 2006 al Teatro de la Ciudad escuchó la grabación de la fábula con las líneas originales y vio la escenificación por parte de los actores y actrices. Fue una presentación espectacular, quienes asistieron esa noche deben recordarla con agrado.
Posdata: como lo expresa el programa, la escenificación se realizó “en la culminación de los 450 años de presencia dominica en Comitán”. La biografía de Fray Matías describe que el cura tapachulteco se licenció en teología en el convento dominico de Guatemala. Así pues, Comitán conmemoró la presencia dominica con la obra de un dominico.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 18 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON MEMORIAS SORPRENDENTES
Querida Mariana: cada persona tiene dones especiales. Vos sos memoriosa. Eso es un prodigio. Conozco a muchas personas que tienen memorias sorprendentes. En una carta anterior comenté acerca de la capacidad del lenguaje, donde una palabra designa varias cosas. La palabra memoria también posee esa capacidad. La empleamos para nombrar el don de recordar con precisión, asimismo, al agregarle una ese final resulta el compendio de vida y obra de personajes ilustres. Por ahí andan las memorias de Gabriel García Márquez, quien decía que la vida no es la que uno vivió sino la que recuerda y cómo la recuerda. Coincido con eso. Me he topado con amigos que me cuentan recuerdos comunes, pero resulta que ellos cuentan el recuerdo en forma diferente a como yo lo recuerdo. Ahí se cumple lo que Gabo dijo: la vida no es la que uno vivió sino cómo la recuerda. En ese recuerdo compartido encuentro la coincidencia de tiempos, pero vividos en forma diferente.
Los expertos indican que las personas poseemos diversos tipos de memoria, hay algunos compas que tienen una memoria visual sorprendente, otros poseen memorias auditivas.
Yo, lo sabés, tengo una memoria pichancha, todo se me resbala. He leído cientos de libros, pero recuerdo muy pocas tramas. No obstante, sé que algo queda en el fondo, como el shish o el musú del pozol.
De los cercanos admiro la memoria de doña Lolita Albores, la del maestro Jorge Gordillo Mandujano, la privilegiada memoria del licenciado David Esponda, la de mi compa Rogerio Román (cuando vivíamos en el departamento de la Avenida Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, me impresionaba su memoria y le decía que es un pequeño Larousse), la de mi querido maestro Temo Alcázar, la del maestro Ricardo Aguilar Gómez (quien ahora, sin duda, debe andar pepenando todos los nombres de los jugadores participantes en el Mundial 2022, de Qatar).
Ahora me entero que Jaime Sabines, el poeta enormísimo, alardeaba de tener buena memoria, no sólo buena, sino prodigiosa. Siendo muchachito se dio cuenta que tenía el don de declamar, cómo no, tenía una voz muy agradable (ya voz aguardentosa cuando estaba viejo, pero seguía siendo una voz estupenda) y buena memoria. Jaime le contó a Pilar Jiménez que, cuando estudiaba el primer grado de secundaria, en la ciudad de Tapachula, como su casa estaba cerca de la escuela iba a tomar un refresco y aprovechaba a estudiar siete u ocho páginas de tarea. Mirá cómo se lo contó: “…y en esa hora aprendía de memoria las páginas que íbamos a ver, ¿cómo era posible? (…) Mi método era leerme las dos primeras líneas, las repetía de memoria, luego las otras dos siguientes, las unía y a repetir de memoria las cuatro…” y así Jaimito Sabines llegaba a la escuela y se soltaba diciendo la clase. Dice que recitaba la clase como una grabadora. Sí, Sabines tuvo memoria ¡prodigiosa! ¿Cuál es el colofón de este método de estudio? Jaime se lo confesó a Pilar: “después me di cuenta de que no sabía nada de geografía ni de física ni de nada, porque todo me lo había aprendido de memoria…”
La memorización del conocimiento tiene su desventaja, pero la gente que posee una buena memoria es privilegiada. Esta capacidad sirve para los actores de teatro, quienes, sin apuntador, se aprenden de memoria los parlamentos; es herramienta fundamental para cronistas, investigadores e historiadores.
¿Qué pasa con los escritores? Quienes redactan novelas históricas deben ser memoriosos para hacer asociaciones de actos relevantes, no basta con la imaginación; pero quienes redactan textos fantásticos les basta la imaginación. Los escritores que tenemos memoria pichancha acudimos más al proceso de invención, somos un mucho de lo que dice García Márquez: la vida es lo que uno cuenta. Cada escritor tiene su modo de contar la vida y eso es ¡lo que cuenta!
Hay personas que les basta ver un rostro para recordar el nombre. Ah, me encanta ser testigo de esa bendición. No me gusta jugar el juego que se llama Memoria, pero me fascina ver que lo jueguen. Hay personas que tienen una gran capacidad para levantar una baraja y retener la imagen. Las primeras barajas son al tanteo, pero en cuanto comienzan a levantar las demás sus memorias fotográficas actúan al ciento por ciento. Cuando les toca turno levantan las cartas con una gran decisión.
Posdata: me encanta leer los libros que son memorias de personajes, mucho más que las biografías. Los textos autobiográficos son potencialmente recuerdos personales. Estos recuerdos, en muchas ocasiones, saltan la barda de la realidad, a veces son caballos desbocados. Hay momentos en que los lectores asistimos a una vida deseada, casi como si el autor dijera: no la viví así, pero quiero que esto se recuerde de mí.
La memoria y la imaginación son dos importantes columnas del edificio espiritual. Admiro ambas cintas. Me gustan los escritores que, con gran capacidad, narran instantes de sus vidas o de otros; asimismo disfruto los escritores que formulan mundos que no son, pero que, idealmente, podrían ser.
Soy de memoria escasa. Me cuesta mucho trabajo recordar nombres, rostros, textos leídos, momentos vividos, pero, en compensación, tengo el poder de imaginar escenas y vidas. La mía es una vida imaginada, tal vez no vivida.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 17 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON AROMA DE COLONIA
Querida Mariana: me encanta el lenguaje. En nuestra lengua castellana muchas palabras sirven para designar más de una cosa. Por ejemplo, la palabra colonia, pucha, tiene muchos usos. La empleamos para designar, por ejemplo, el periodo en que los españoles anduvieron en nuestro territorio, la usamos con mayúscula inicial: la Colonia. En nuestro país este periodo tardó tres siglos, del día en que llegaron los conquistadores españoles hasta que el cura Hidalgo dijo “¡basta!, iniciemos la Independencia”, también con mayúscula. Pero, la palabra colonia nos sirve también para designar a una fragancia, agua de colonia, le decían los mayores y compraban una botella en las droguerías o boticas. Parece que esta agüita nos llegó de Francia, igual que el perfume, porque en francés, agua de colonia se dice eau de toilette. Ah, el francés suena maravilloso. Los franceses no dicen eau de toilette, como lo leeríamos nosotros, no, no, le dicen (más o menos) o de tualet. Oh, la la. Bueno, pues la colonia sirve para que los cuerpos estén frescos y huelan bien. No haré comercial, pero el tío Andrés usaba agua de colonia Sanborns Flor Naranja, que tenía ese aroma. No olía mal. Era algo agradable. Pero, vos, yo y medio mundo lo sabe, la palabra colonia también sirve para designar un elemento urbano. En las ciudades hay colonias; es decir, grupos de viviendas en un determinado territorio.
Cuando, en los años setenta fui a estudiar a la Ciudad de México, llegué a vivir a la colonia Roma Sur, luego pasé a la colonia Narvarte. En nuestro pueblo teníamos barrios y sólo una colonia: la colonia Miguel Alemán. En la Ciudad de México existían decenas de colonias, colonias de medio pelo, miserables y fifís. Esto llamó mi atención, porque, digamos, en Comitán no existía esa división tan tajante. Se sabe que en el centro, los hacendados habían construido sus residencias, casas de cuatro corredores, muchas habitaciones, patio central y sitio; y en la periferia vivía la gente más modesta, pero no estaba tan sectorizado como en la Ciudad de México. Tepito y Peralvillo eran barrios donde vivía la gente más bronca del entonces Distrito Federal. Acá decíamos que la gente de La Pila era gente dura, pero en ese barrio vivía mucha gente de abolengo del pueblo, digamos que acá andábamos repartiditos, mezclados. Comitán tenía barrios y sólo una colonia, tan era única que nos bastaba decir que Consuelito vivía en la colonia, para saber que era la Miguel Alemán. Con el paso del tiempo aparecieron más. Hoy se habla de fraccionamientos. Oh, qué palabra tan fraccionada.
La colonia Miguel Alemán no sólo fue la primera colonia en Comitán, también fue modelo de urbanismo, porque hasta la fecha vemos que fue diseñada con inteligencia, con amplísimas calles y banquetas. Los que ahí viven y los visitantes saben que es una burbuja llena de aire. Estamos acostumbrados a caminar por calles asfixiantes en el centro de la ciudad. ¿Qué podemos decir de las banquetas? En el pueblo existen calles sin banquetas y otras con enormes obstáculos. Hay banquetas que si no fueran peligrosas podríamos decir que son simpáticas, juguetonas. Bajá por la calle de Jurisdicción, por la banqueta derecha, es toda una prueba de turismo extremo, con entradas a cocheras, gradas súper altísimas y, al final, se va cerrando hasta llegar a un vértice que topa con pared. ¿Querés llegar a la esquina? Debés caminar por el arroyo vehicular. ¿Y la banqueta ‘apá? Desapareció por obra y gracia del ingenio popular, donde hizo falta un estudio de urbanismo, que sí se hizo en la colonia Miguel Alemán. Ah, qué sabroso se camina en la colonia, sin lajas resbalosas, sin obstáculos mayores. Sin duda que hay algunos tramos que ya no tienen la limpieza del origen, pero, en general, se camina muy a gusto en esa colonia.
Si querés saber más de este tema, te invito a leer los números 31 y 32 de nuestra revista Arenilla, que sabés se distribuye en forma gratuita cada bimestre. Fijate que en el número 31 publicamos el testimonio que nos dio la maestra Socorrito Gutiérrez Domínguez, esposa del maestro Mario Luis Jaimes Sanchírico, espléndido artista plástico. La maestra Socorrito fue de los primeros habitantes de la Colonia Miguel Alemán, llegó a vivir con sus papás cuando tenía seis años de edad. Ella posee una memoria privilegiada, tiene muchos datos de nuestro Comitán. En ese testimonio nos dijo que alguien tenía copia del plano original de la colonia. Así se escribió en la revista. Pensé que tener acceso a ese plano sería maravilloso. Pues sucede que un día me llamó mi querido maestro de preparatoria, el arquitecto Roberto Zúñiga Ortiz, y me dijo que él tenía el plano que dibujó el ingeniero Enrique Becerril Zaldívar. Le pregunté si podía pasar a saludarlo y tomar fotografía al plano. Por supuesto que sí, me contestó. Y fui a visitarlo a su despacho y él, generoso, puso el plano sobre un escritorio y ahí le tomamos foto. Nos dio permiso para compartirlo con los lectores de nuestra revista, ahí está el documento, a la vista de todos, para su análisis, para la reflexión. Es, por supuesto, un documento histórico. Ahí se aprecian los cambios que se dieron, pero, sobre todo, el diseño original. El nombre que se aprecia es: Colonia burocrática General Miguel Alemán. Burocrática. La maestra Socorrito nos dijo que estaba destinada para que la habitara personal de aduanas y migración, pero cuando el señor Rodolfo Orrico, quien adquirió esos terrenos, los puso a disposición de esos burócratas, éstos dijeron que tenían casa en la ciudad y no iban a vivir en un lugar tan lejano, donde corría el viento como caballo en hipódromo. El papá de la maestra Socorrito, quien trabajaba en el Centro de Salud, sí aceptó la propuesta y adquirió la casa muestra de la colonia, lugar donde, hasta la fecha, sigue viviendo la maestra.
El número 32 de ARENILLA ya está en distribución, ahí está el plano del que te hablo. Este número contiene más datos maravillosos de nuestro pueblo. Los lectores también hallarán un testimonio, donde hay una síntesis de la vida y obra de Lolita Guillén, a quien Comitán reconoce como una funcionaria ejemplar, mientras laboró en la presidencia municipal se encargó de que el bulevar estuviera reluciente, con las plantas que hoy son orgullo de nuestra ciudad. También viene publicado un texto que el maestro Jaime Rodas Rovelo obsequió a tres amigas que laboraban en la Tienda Conasupo. Mi querida amiga Lulú Guillén, una de las tres amigas, conserva ese texto y, generosa, lo compartió para que Comitán pueda tener acceso a ese documento.
Pero nuestra revista tiene más de nuestra identidad. No sé si conocés a doña María del Carmen Villatoro Flores, ella tiene 102 años de edad y vive en el barrio de Los Sabinos. Durante toda su vida fue partera, laboró en el Centro de Salud. Ella, también generosa, nos compartió sus recuerdos y los estamos publicando en forma seriada, porque ella es un Tesoro de Comitán. Posee, igual que la maestra Socorrito, una memoria privilegiada y goza de una lucidez genial. Me impresionó platicar con ella, al final dijo que quería declamar un poema. A sus ciento dos años de edad, con una destreza impresionante, declamó un texto que memorizó cuando era jovencita. Sublime.
Me emociona la capacidad de nuestro lenguaje. La palabra arenilla sirve para designar los granitos de arena, el mínimo gránulo; también sirve, ¡qué pena!, para nombrar los cálculos que aparecen y joden el funcionamiento de la vejiga; pero, en Comitán, la región y buena parte del mundo se usa con mayúscula inicial para nombrar la revista que comparte algo de lo mejor de nuestros pueblos. En ocasiones mi nombre se extravía y aparece el nombre de Arenillero. Esto me llena de orgullo. El equipo que trabaja con pasión para presentar una revista digna forma una playa cultural llena de arenilla luminosa. El cuerpo no se afecta, al contrario, esta arenilla es buena para el espíritu de todo el mundo, porque es una revista que piensa también en la niñez comiteca y de la región, en cada número presentamos un cuentito para que los niños lo lean en compañía de sus papás. Nuestro ideal es que papás e hijos se sienten en la sala de la casa y lean el cuentito. Que los papás contribuyan al fomento de la lectura y a fortalecer la capacidad de imaginación.
Posdata: hay esencias que nos fortalecen. El agua de colonia ayuda al cuerpo humano; el aire de Arenilla ayuda a que el alma respire en un ambiente grato. Nuestra revista la diseñamos como fue diseñada la Colonia Miguel Alemán, con banquetas anchas, sin lajas resbalosas, sin obstáculos. Deseamos que nuestros lectores la caminen en forma plácida, que se llenen de orgullo al conocer historias de comitecos valiosos.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 15 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍA MARAVILLOSA
Querida Mariana: me encanta ver fotografías. Me encanta ver paisajes, atardeceres y fotos con animalitos, pero las fotografías que más disfruto es donde hay personas, muchachas bonitas y niños. Esta fotografía me encantó. El otro día, el notario Gerardo Pensamiento la compartió. Este grupo de ex alumnos está en el patio externo de la Facultad de Derecho, de la UNAM. Son algunos integrantes de la generación 1966 – 1970; es decir, en este instante cumplieron cincuenta y dos años de haber egresado. ¡Qué prodigio de vida!
Sí me encanta ver estas fotografías generacionales, tanto las fotos antiguas como las recientes. Por ahí estos jovenazos deben tener la foto del instante en que salieron de la UNAM ya titulados, dispuestos a enfrentarse a los problemas diarios; y ahora, gracias a la vida, colgarán esta fotografía que da cuenta de la reunión de algunos compañeros cincuenta y dos años después. Se dice y se escribe muy fácil, pero si reflexionamos tantito estamos hablando de un cachito más de medio siglo. Cuando el notario Pensamiento hizo favor de compartirme la foto de inmediato pensé que esta generación de estudiantes de Derecho estuvo en un momento muy difícil para la universidad: el movimiento estudiantil del 68 que terminó en la tragedia de Tlatelolco. Oh, señor, cuántos testimonios de vida. Cada uno de estos personajes vivió en forma tangencial o directa la huelga. ¿Quién de ellos fue a las marchas? ¿Alguno perdió a un amigo cercano en la matanza?
Se reunieron cincuenta y dos años después, algunos serán amigos cercanos, otros no tanto, pero los une esa cuerda maravillosa de ser integrantes de la generación de Derecho de 1966 a 1970. Todos los integrantes de esta generación ya superaron la barrera de los setenta años de vida, se ven plenos, exitosos.
En nuestra comunidad reconocemos al notario Gerardo, profesional destacado, hijo de la UNAM, la máxima casa de estudios profesionales del país. ¿Querés ver dónde está el notario Pensamiento? Contá cinco de derecha a izquierda, es quien está al lado del que porta la cachuchita.
Es comprensible: la generación que egresó en 1970 estuvo integrada por muchos más alumnos, más, muchos más. Acá acudió una mínima parte. ¿Por qué? Ah, por múltiples motivos, algunos no pudieron viajar, por trabajo o por salud; a otros no les interesó la convocatoria (no vayás a pensar que sólo yo soy el escaso, hay más). Tal vez algunos de los que no viajaron no lo hicieron porque radican en lugares muy distantes, en otros países. Y, es inevitable, varios de los que están en la fotografía de 1970 ya fallecieron. Siempre es así en fotos generacionales. El tío Alberto me enseñó, una tarde de hace años, la foto de su generación, compañeros de ingeniería de la misma UNAM. Eran muchísimos, me dijo que lo buscara, me pasé varios minutos en un ejercicio simpático. ¿Este? No, no estaba tan feo. Fallé en otro intento, pero en el tercero atiné. Sí, dijo, ese soy yo, el que está a mi lado (y lo señaló) era Romeo, mi mejor amigo. La tarde de la foto fuimos a comer y nos despedimos, porque él viajaría a su pueblo para el festejo del día siguiente, día en que recibí la noticia lamentable, había fallecido en un accidente de carretera. Dios mío, dijo el tío, nunca me sentí más desorientado ante el misterio de la vida.
Por eso, esta fotografía es maravillosa, acá está un grupo de profesionales exitosos, compartiendo la cuerda de la vida, repitiendo el momento después de cincuenta y dos años. La UNAM ahí está, enorme en su grandeza y en su prestigio y acá está este grupo de profesionales de Derecho.
Algunos tendrán hijos abogados; algunos ya son abuelos de más de dos criaturas; tal vez alguien se casó con una compañera de la universidad; debe haber alguien que se divorció, por conocer a una secretaria bonita en el despacho. Todos son exitosos, todos han formado un teorema de vida, donde las cuerdas jamás son las mismas, cada personaje de esta fotografía ha formado una figura vital inédita.
Posdata: me encanta ver fotografías, disfruto mucho ver fotografías de lagos y de montañas; ah, cómo me encanta ver las fotografías de aves que me envía mi admirado Ricardo; pero las fotos que más disfruto son donde aparecen personas, son testimonios gráficos de instantes, puntos luminosos que cuentan historias, historias que van de la luz a la oscuridad, con todos los tonos de la vida.
¡Tzatz Comitán!
martes, 13 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN BALDE DE AGUA CÁLIDA
Querida Mariana: ¿has sentido que te cae un balde de agua fría? Así decimos cuando nos llega una noticia inesperada. Una mañana de éstas me sucedió lo contrario: me cayó un balde de agua cálida, como si estuviera en el baño y la regadera provocara una lluvia de confeti, de pétalos luminosos.
Soy escritor, reconozco el valor de la palabra oral y de la palabra escrita. Soy un adorador de la palabra, pero, asimismo, sé que el verbo es incapaz de transmitir una experiencia vivencial. Todos los grandes escritores del mundo se concentran en hallar las palabras adecuadas que den constancia de un fenómeno. Es tarea imposible, por eso muchos escritores se frustran, es la maldición ¡no poder expresar lo que uno desea!
¿Cómo decir el misterio de la primera relación sexual? ¿Cómo acercarse al terror de caminar por un frágil puente colgante, con madera podrida, húmeda, con lazos deshilachados, y al fondo el río, con una altura que punza el estómago?
No puedo decir mi emoción al ver la banca de la foto que anexo. Esta banca, querida mía, es sobreviviente de la remodelación del parque central del pueblo, esta banca estuvo en el parquecito anterior, el íntimo, el que vivimos los comitecos en los años sesenta y setenta. Esta banca, mi niña amada, sirvió para que descansáramos después de un desfile del 20 de noviembre, para esperar a la novia (los que tenían), para que los viejos platicaran las anécdotas y los chismes, para que las sirvientas descansaran un poco y colocaran las bolsas del mandado. Esta banca soportó los pies de quienes se pararon sobre ella para ver un desfile. Los muchachos de los años setenta (los malcriados) nos sentábamos sobre el travesaño superior y poníamos los pies en el asiento. Esta banca permitió esta incongruencia.
Iba en mi tsurito y la vi, me bajé para tocarla, para palparla, para comprobar que era la banca del parque central; sentí como si me topara con una vieja amiga, quise abrazarla (lo habría hecho si no tuviera temor por el bicho de la pandemia). Ahí estaba, un poco chimuela, con la carita ajada, pero ¡de pie!
Las bancas de nuestro parquecito eran como ésta: de granito, pesadas, rotundas. Lo que era más endeble eran los tres travesaños, porque eran de madera (pintados de color rojo, tal vez más alegre que este rojo óxido que ahora tienen). Esta banca ya no tiene los travesaños de madera, la autoridad mandó a hacerles travesaños metálicos, material menos afectuoso, pero más duradero.
Nunca imaginé que me daría tanto gusto ver la banca donde estuve sentado, donde compartí momentos con amigos, desde donde vi a la muchacha bonita que me gustaba, desde donde escuché los discos que ponían en “La casa del ciclista”, que era el negocio donde comprábamos los discos de moda: los de José José, los de Roberto Jordán, los de la Revolución de Emiliano Zapata y el del actor Jorge Lavat que interpretaba el poema Desiderata. Ay, señor, todo mundo de aquel tiempo se sabía dos o tres versos de Desiderata, que era algo así como un textito motivacional: “Camina plácido entre el ruido y la prisa, y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio…”
Y eso fue lo que hallé esa mañana al toparme con la vieja banca. Está en un parquecito de una colonia alejada del centro de Comitán, por el lado poniente, ya cercana a las faldas de los cerros. Si ves con atención sólo se ve una persona que camina por este espacio. Algunos pajaritos jugueteaban por ahí, no más. Como si escuchara la voz de Lavat: “…sentí (más que pensar) la paz que se encuentra en el silencio”. Sí, una mano armoniosa acarició mi espíritu y me sentí pleno. Uf. Hacía tanto tiempo que no la veía. Te conté en otra carta que una vez también hallé una banca de éstas en el atrio del templo de Quijá. Pero en aquel instante no recibí el impacto feliz de esta ocasión.
Posdata: Vos sabés, venimos de una época de encierro, de mucha incertidumbre, de fallecimientos de amigos generacionales, de amigos que se sentaron en esta banca, que formularon sus sueños y desaparecieron por contagio de “la cosa”. Sí, algo se atoró en mi garganta cuando vi la banca. Quise decirle: también soy un sobreviviente, somos hermanos de tiempo. Vos estuviste en el lugar que fue como mi patio de juegos en mi infancia y lugar de deseo en mi adolescencia, porque en aquel parquecito sentí que me caía un balde de agua cálida cada vez que veía a mi muchacha bonita a distancia, chica a la que nunca me atreví a decirle que la amaba.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 12 de diciembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN MAESTRO DE LA PALABRA
Querida Mariana: es mi privilegio. En esta fotografía estoy al lado del maestro Álex Domínguez, hijo preclaro de Tuxtla Chico.
El edificio del fondo es el Teatro de la Ciudad, de nuestro pueblo. Estamos parados frente al edificio de lo que fue la Zapatería Nueva, de mis tíos César Vives y Maty Bermúdez; al ladito de donde estuvo “La comiteca”, de doña Mila y de don Fili (“La comiteca” sigue, pero ahora es un restaurante).
Mi privilegio. Caminaba por ahí y vi al maestro Álex, bajó de una camioneta, nos saludamos, tenía en sus manos un ejemplar de ARENILLA-Revista. En ese número apareció un testimonio de su tía, la maestra Socorrito Gutiérrez Domínguez. ¿Lo recordás? Son los recuerdos que nos compartió de la Colonia Miguel Alemán, porque ella fue habitante pionera de ese maravilloso espacio. Llegó a vivir ahí cuando era niña, en compañía de sus papás. ¿Nos tomamos la foto?, me dijo el maestro Álex. Por favor, le dije y Paty, editora ejecutiva de la revista, nos tomó la foto con su celular.
Ah, no se mira mi sonrisa, por el bozal, pero dos cuerdas me provocaron la hamaca feliz en mi boca: la presencia de mi tocayo y que cuando me puse a su lado me dijo que agarrara la revista en un extremo. No lo había hecho. Recordé una tarde en San Cristóbal de Las Casas, cuando se daban los diálogos entre la COCOPA y el EZLN. Al término de un diálogo llegó la foto del recuerdo, el Subcomandante Marcos tomó un extremo de la bandera nacional y dos segundos después Manuel Camacho Solís lo imitó. Acá, el maestro Álex y yo tomamos la revista de los extremos para dejar constancia de que ahí está impreso el testimonio valioso de la maestra, testimonio que ayuda a conformar la historia local.
¿Qué andaba haciendo Álex en Comitán? Vino a ser jurado del Certamen Nacional de Oratoria Dr. Belisario Domínguez Palencia 2022 “Libres por la palabra libre”, que se celebró en el Teatro de la Ciudad en los primeros días del mes de diciembre, porque él es uno de los grandes oradores de Chiapas y uno de los principales promotores de este arte.
Así lo conocí. Tenía cierta responsabilidad al ser director de cultura del ayuntamiento comiteco, estaba preocupado por el desarrollo del certamen de trascendencia nacional. Álex me dijo que no me preocupara, como si fuera el personaje famoso literario me dijo: “todo está bajo control”, me dijo que había una persona encargada de la atención de los integrantes del jurado y de los participantes de toda la república. ¿Entonces? Nada, vos llevá a tu presidente a la inauguración, brindá atención a los invitados. Ah, boté la piedra de la incertidumbre. Y así resultó, todo fluyó bonito, fue un éxito. Gracias, maestro Álex, por tener todo bajo control. Por fortuna, el licenciado Luis Ignacio Avendaño Bermúdez, presidente municipal de Comitán, llegó puntual al acto inaugural, se aventó un mensaje breve (¿quién se atreve a decir un discurso mayor ante oradores de excelencia?) y estuvo como escucha durante todo el día. Uno de los oradores hizo notar esa distinción, mencionó que la mayoría de políticos asistía al acto inaugural, diez o quince minutos, y se retiraba. Nuestro presidente se quedó a escucharlos hasta el final. Qué maravilla.
La labor del maestro Álex Domínguez es de gran importancia, siempre está impulsando concursos de oratoria y, ¡sensacional!, talleres con jóvenes para que éstos se apropien de las herramientas fundamentales para expresarse en forma correcta.
¿Sabés cuál es el ideario del maestro Álex? Recordás que el gran poeta Machado dijo que se hace camino al andar, bueno, pues Álex Domínguez va más allá, dice que se hace camino al hablar. Ah, sí, el prodigio de la palabra, del Verbo.
Posdata: era una mañana luminosa en nuestro pueblo. Paty Espinosa y yo caminábamos por el parque central cuando vimos al maestro Álex Domínguez. Acá está el testimonio de ese instante donde estamos él y yo, con la revista, que también es un vehículo de la palabra. Sí, el poeta español y el maestro Álex tienen razón: se hace camino al andar y se hace camino al hablar. Álex hace un camino prodigioso, abre brechas luminosas. ¡Felicidades!
¡Tzatz Comitán!
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