domingo, 15 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON ANIMALITOS
Querida Mariana: ¿con qué animal te identificás? El poeta Díaz Mirón le dijo a una chica: “…tú como la paloma para el nido, y yo, como el león, para el combate”. Las feministas de este tiempo se rebelarían ante este cliché. Muchas chicas de hoy ya no se identifican con esa “paloma para el nido”, hay unas que son como leonas combatientes.
Carlos Monsiváis amaba a los gatos. La maestra Geny ama a los chuchos y a los gatos. Romelia ama a los chuchos (tiene cuatro, uno bien bonito, chiquitío, mini no sé qué). Hay gente que odia a los animales. Hay gente que los ama. Nunca he sido amante desmesurado de animales, pero siempre he sido respetuoso. Mi Paty los quiere, desde siempre.
¿Mirás cómo en la cultura egipcia antigua adoraban a los gatos? Los que saben dicen que los egipcios asociaban a los gatos con la protección, por eso eran venerados. En nuestra cultura hay personas que piensan que el gato negro es de mala suerte. La tía Elena se sacudía la falda, como si se quitara polvo, cada vez que se topaba con un gato negro en el sitio de la casa o en la calle y les echaba agua bendita de un frasco que llevaba siempre en su bolso.
¿Hay alguna cultura que idolatre a las cucarachas? No lo sé, parece que no. Pero sí hay espíritus Kafka, espíritus de Metamorfosis, pero esa es otra historia. Las cucarachas no son bien vistas. Hay culturas donde toda vida animal es respetada. Por ahí hay una película de la serie Karate Kid donde se ve a un grupo de monjes que barre con escobetas delicadas el camino donde pasarán a fin de que si por ahí hay una hormiguita o un bolocoy no lo pisen. Pucha, qué maravillosa forma de respeto por la vida. No somos así. Bueno, cuando menos yo no, mato zancudos, cucarachas, hormigas y demás alimañas. Las arañas me provocan temor. Odio que exista una araña que se llame violinista. ¿A quién se le ocurrió bautizarla con ese nombre? El término violinista debería ser exclusivo de quienes tocan el instrumento, en un concierto en sala de París, en una cantina de Tonalá o en una entrada de flores de San Sebastián.
Mi papá creía en la posibilidad de la reencarnación o, cuando menos, no veía con desagrado la idea de reencarnar. Era católico ferviente, pero llamaba su atención el hecho de que, en otra vida, un espíritu reencarnara, incluso, en un animal. A veces jugábamos con tal posibilidad: ¿en qué animal te gustaría reencarnar? Mi papá no dudaba: gato, decía. De niño tuvo un gatito como acompañante en la bodega donde trabajaba al lado de tío Víctor, en San Cristóbal de Las Casas. Como mero juego, querida niña: a vos ¿en qué animal te gustaría reencarnar? ¿En una mariposa, en un delfín, en una tortuga? La tortuga, me platicó una japonesa que compró una de mis cajitas, es un animal protector en su país, es respetado, casi casi venerado.
Acá en Comitán hay muchos que parecen haber reencarnado en vida, porque los mirás que a cada rato se hacen tacuatz.
¿Imaginás que fueras una jirafa? Cuando miro tus ojitos, claros, como agua limpia, veo que podrías ser todo, menos un animal depredador, no te miro como tigre o como leona. Te miro como conejita, de pelaje de nube, te miro como tortuguita, como delfín infinito. No te miro como águila. Actualmente muchos conferenciantes motivadores insisten en decir a la gente que tenga espíritu de águila. ¿De verdad eso tiene que ser una persona para ser exitosa? ¿No se puede ser colibrí?
Posdata: en la cultura de nuestros mayores, en la zona de Comitán, existía la creencia de que las personas tenemos dos almas: la del espíritu humano y el alma de un animal que es como el protector (el chulel o nahual). La persona resiente lo que le sucede al animal protector. Pucha. Entiendo que si el chulel de fulano es una mosca y ésta queda atrapada en una telaraña, fulano se siente como amarrado; es necesario acudir a la ayuda de un hechicero (los hechiceros tienen animales protectores vigorosos) para que ayuden a liberar a la mosca y vuele libre.
Son pensamientos mágicos. La única certeza es que el espíritu del hombre está íntimamente ligado con los animales. En el Paraíso andaban bien tranquilos Adán y Eva cuando una serpiente se acercó a la chica y le dijo: ¿no se te antoja una manzanita del árbol del bien y del mal?
Cuando miro tus ojitos, de ámbar, nunca advierto una mirada de culebra culera, ¡no!, siempre veo algo como una tarde tranquila en el parque de San Sebastián, una niña con una paleta de chimbo en una mano y un globo en la otra mano. Siempre te miro animal bendito, sublime.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 14 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON HISTORIAS FASCINANTES
Querida Mariana: vi en Netflix la película “El prodigio”, del director Sebastián Lelio. Al inicio de la cinta una actriz dice que los personajes “creen en sus historias con total vocación”.
El locutor Paco Ruiz Vera cree en su historia con total vocación. Vos conocés a Paco, reconocido locutor que ha laborado en varios medios de comunicación de la ciudad.
Ahora está publicando, en redes sociales, una serie de crónicas con el título: “Mi vida en la radio, en Comitán”. Aplaudo la iniciativa, la agradezco en nombre de la sociedad. Lo agradezco porque vos sabés qué bien hace que los protagonistas de las historias comunitarias cuenten su versión.
Paco hizo hace años un trabajo acerca de los apodos en Comitán. Es, hasta la fecha, el trabajo más interesante y completo que se ha hecho acerca del tema. Sería maravilloso que Paco, con patrocinio de alguna empresa, volviera a publicarlo. Inicialmente lo dio a conocer en un periódico, pero, lo sabemos, los periódicos tienen vida efímera.
Hoy vuelve a sorprendernos con una gran historia, una que contiene su historia personal en un espacio que es fundamental para la historia del pueblo.
Paco, como muchos otros locutores locales, se enamoró de la radio desde pequeño. Su vocación lo llevó al lugar donde hoy está: ser uno de los locutores más reconocidos del medio. Paco tiene una gran capacidad para narrar los hechos vividos, tiene bien apersogados los nombres de sus compañeros, los momentos que compartió en la cabina con ellos. Su testimonio es de primera mano. Qué bueno que se da el tiempo para pasar al papel sus recuerdos.
La historia de la radio comiteca está por escribirse. Los historiadores deberán hurgar en archivos para que nos entreguen una historia de ese medio que, aún en tiempos de Podcasts, sigue teniendo un sitial de honor.
Esta apasionante historia inicia con la llegada del primer aparato a Comitán. Doña Lolita Albores, nuestra querida cronista vitalicia, da algunos indicios de ese momento; asimismo, Rosario Castellanos, la gran escritora reconocida a nivel internacional, dejó testimonios de la conmoción que significó para el pueblo el momento en que los vecinos se arremolinaron en la casa del feliz propietario para ver el aparato conocido con el nombre de radio. Y digo ver, porque cuenta Rosario y doña Lolita que la primera ocasión, por la estática y por la carencia de una buena antena, no fue posible escuchar transmisión alguna.
Pero, poco a poco en más casas hubo aparatos y comenzaron a escucharse transmisiones en banda ancha, de algunas partes del mundo. En el pueblo la gente escuchaba, sobre todo, la XEW, la Voz de América Latina, desde México. La cercanía con Guatemala también permitió escuchar programas de radio del país centroamericano.
Un día, en los años sesenta, por ahí lo consigna la historia se inauguró la primera estación comercial en Comitán, la maravillosa XEUI. A partir de ese momento inició la historia de la radiofonía comiteca, con una serie de nombres maravillosos, entre los cuales está, por supuesto, el nombre de Paco Ruiz Vera. La historia de la radio en Comitán contiene mil anécdotas, muchas son chuscas, otras son gloriosas y algunas más, tristes. Todas forman un compendio de vida que tiene el sello comiteco.
Paco ya dio el primer paso. Falta que los demás protagonistas que aún viven cuenten sus historias, para que se termine de escribir la gran historia.
Cuesta trabajo dimensionar todo lo que la radio comiteca ha significado para nuestra comunidad. Pero cuando hacemos un alto en el camino y nos detenemos a ver el avance observamos todos los matices. El gran mural es impresionante. Paco narra en la segunda parte de su testimonio que comenzó a ir a la radio a hacer algunas actividades sin recibir un solo centavo. Lo imagino pegado al cristal de la cabina viendo al locutor poner discos en la tornamesa, decir los mensajes pagados, dando la hora, llegando a cientos de aparatos radiofónicos.
Hace años tuve la oportunidad de platicar con don Romeo Torres Ventura, otra de las grandes voces de la radio comiteca. Don Romeo (en paz descanse) con generosidad me contó parte de su historia, intercalando varias anécdotas chuscas, inolvidables. Con ese testimonio, la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar publicó un cuadernillo impreso. Tiempo después lo digitalizamos y lo subimos al Internet, donde está disponible para quien lo desee, en forma gratuita. ¡Falta! ¡Faltan muchos testimonios! Don Romeo fue generoso al compartir, ahora Paco también lo es. Con gran generosidad cuenta su historia, parte de lo vivido en la radio. Paco escribió lo siguiente: “…estoy entre los tres locutores más antiguos, con más de cuarenta años, como Armando Rivera y Rodolfo Ramírez, quienes ya estaban cuando inicié”. ¿Mirás, querida mía? Faltan los testimonios de don Armando y de don Rodolfo. ¡Ah, cuánta historia está almacenada en sus mentes! Necesitamos tener esos recuerdos, Comitán los necesita. Que nada quede incompleto.
De los nombres que Paco menciona en su segunda crónica, ya existen varios que fallecieron. ¿Cómo recuperar esos testimonios? Difícil. Los hijos, tal vez, pueden aportar fotografías y recuerdos, pero algo esencial ya se extravió en el éter infinito. Si alguien no escribió su autobiografía o dio datos para que se escribiera una biografía se pierde un hilo del maravilloso entramado que es la historia. Por esto, la iniciativa de Paco es gratamente recibida.
Leí con atención lo que Paco compartió y en un párrafo hallé el nombre de Paquito Cruz, y en seguida el de Mario Milton Domínguez, ambos ya no están físicamente con nosotros. Los fragmentos de historia que ellos poseían ya son irrecuperables. Pero, en el mismo párrafo, encontré el nombre de Genaro, quien, gracias a Dios, está vivito y coleando. El testimonio de Genaro Aguilar hace falta. Él debe hacer lo mismo que está haciendo Paco, contar su historia, una historia también fascinante. ¿Cómo empezó Genaro? No lo sé. Paco dice que Genaro es sobrino de Paquito Cruz, ¿por ahí se dio la entrada de Genaro a la radio? No lo sé. Para evitar especulaciones que Genaro nos cuente, que nos dé su testimonio. A Genaro lo conocí en radio IMER, estación pública del Instituto Mexicano de la Radio, ahí sigue laborando.
Cada una de las líneas que Paco escribió abren más ventanas. La radio, ya lo dije, sigue siendo uno de los medios de comunicación más importantes de la región. Si bien es cierto que en la ciudad ya no escuchamos las notas luctuosas en la radio XEUI, como lo hacíamos antes, porque ahora el Facebook nos da la noticia en forma inmediata (lo que permite enviar pésames por escrito a los familiares), seguimos escuchando programas de radio al ir en automóvil o al estar preparando la comida en casa.
Hoy, el espectro es amplio. La XEUI desapareció con esas siglas, pero sigue presente. Paco dijo que, aparte de la XEUI, laboró en RADIO NÚCLEO y ahora lo hace en BOOM FM, que es una estación radiofónica recién estrenada en Comitán.
Está Radio IMER; Radio Batidillo, que tiene el noticiario NOTI-VOS, que conduce el comunicólogo Iván Ibáñez; una estación que fundó el periodista Luis Octavio Jiménez Pinto, Radio Independiente de Comitán, que tiene una gran audiencia; y muchas estaciones religiosas. Lo que comenzó en los años sesenta del siglo pasado se ha visto fortalecido. La audiencia de los años veinte de este siglo XXI tiene un gran abanico de opciones, tanto en la radio pública como en la radio privada.
Ahora ya no existen los avisos que la gente de comunidad escuchaba. Los hacendados enviaban recados a los encargados de sus ranchos o la gente de comunidad también enviaban mensajes a sus familiares cuando estaban en la ciudad, era la manera de estar comunicados. La recopilación de esos mensajes daría para un libro interesantísimo del modo de ser de la gente en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Hoy, la comunicación es instantánea. La gente de las comunidades se comunica a través de un teléfono celular; el hacendado toma el teléfono y de inmediato se comunica con el encargado de su rancho y da las instrucciones. En aquellos años, el medio que permitía estar comunicados era la radio. La radio sigue siendo un medio eficaz, un hilo lleno de nostalgia. A veces prendo la radio y escucho un programa matutino que transmite música mexicana, oigo que el locutor envía saludos que pidió audiencia de rancherías. Para la gente del campo, la radio, a pesar de los grandes avances tecnológicos, sigue siendo consentida de audiencias. ¿Cuál es la magia que posee ese pequeño aparato? Cada uno tiene su historia. Paco Ruiz Vera, protagonista sensacional de la historia de la radio comiteca, nos está entregando un documento maravilloso: su vida en la radio comiteca, lo que vivió, lo que vive.
Posdata: Paco, además, se ha revelado como un gran entrevistador a través de videos. Su trabajo revela los años de experiencia que le ha dado estar presente en medios durante más de cuarenta años. Comenzó en el terreno analógico, ahora se mueve como pez en el agua digital. ¡Bien!
¡Tzatz Comitán!
jueves, 12 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON TÉCNICAS PEDAGÓGICAS
Querida Mariana: en clase de la maestra Yanet sus alumnos aplicaron una técnica pedagógica. Este juego didáctico siempre ha llamado mi atención. Lo he visto en el Colegio Mariano N. Ruiz, pero una vez también lo vi en la Escuela Preparatoria de Comitán. Un grupo de muchachos pega carteles en espaldas de compañeros, estos últimos no saben qué dice el letrero que llevan en la parte trasera de sus cuerpos.
Los que saben indican que esta técnica ayuda, entre muchas otras cosas, a encontrar rasgos de personalidad. Si mirás con atención, las tres chicas tienen los siguientes letreros: “Abrázame, hazme reverencias, mírame con desprecio”. Cuando entraron a un espacio donde estaban más compañeros, la chica del primer letrero recibió abrazos, abrazos cálidos, de chicos y de chicas; la segunda, ¡qué maravilla!, como si fuera una gurú o una princesa recibió reverencias, sus compañeros se inclinaron ante ella, se inclinaron, colocaron sus manos sobre su pecho e hicieron una genuflexión. ¡Genial! Vi sus caritas, sorprendidas, alegres, con aleteo de mariposas; la tercera, por el contrario, no recibió abrazos, ni reverencias, al contrario, recibió miradas de desprecio, sin saber por qué.
¿Mirás qué juego tan interesante? Las chicas de los letreros no sabían cómo iban a ser recibidas, las dos primeras chicas fueron aceptadas, la tercera recibió rechazo. La carita de la tercera niña mostró cierta alarma, desánimo.
¿Mirás cómo este jueguito, un simple juego, da elementos para análisis? ¿Qué tanto demuestra lo que sucede en el día a día en nuestra sociedad? Todos, todos, estamos expuestos a este tipo de comportamiento. No sé si te ha ocurrido, llegar alguna vez a la oficina y hallar que mientras algunos compañeros te saludan con afecto, aparece alguien detrás de un escritorio que, sin una causa aparente, te recibe con desprecio. Uno, es inevitable, piensa: y ahora éste, ¿qué le pasó? Por más seguro que uno sea, algo se fractura en el aire. Uno piensa, no tengo algún letrero en la espalda, no estoy jugando. Pero, parece, el tipo que te mira con desprecio es quien (es parte de su juego perverso) te pega el letrero: “Mírame con desprecio”, a fin de que no sólo él sea el que arroja lodo, sino también los que están a tu alrededor. Qué bobo. ¿Qué hacer? Bueno, parece que la técnica didáctica ayuda a comprender esta situación.
¿Por qué el tipo te ve con desprecio si vos nada le hiciste? Vos y yo somos respetuosos, no jodemos al prójimo, sin embargo, estoy seguro que te ha tocado lidiar con esta situación. Hay tipos que se supone son adultos y sin embargo son niños bobos, molestosos, que se alimentan de la energía estúpida al hacer bulling. En otras ocasiones, se da mucho en nuestro pueblo, llega alguien mete un chisme y la otra persona lo cree. El Alejandro anda diciendo esto de vos o hizo algo en tu contra. ¡Falso!, pero, ya lo dijo el sabio: dadme un infundio y moveré el mundo, lo llenaré de lodo.
La sociedad es perversa. Hay gente que se encarga de pegar papeles en las espaldas de otras personas. Ahora lo hacen en forma digital. ¡Pucha! Hacen memes agresivos, infundios bobos.
El juego de los papeles en las espaldas ayuda a la reflexión. Es bueno decir que así como hay tontos que pegan letreros oscuros, hay personas que se encargan de pegar carteles positivos, hay gente que da amor, mientras otros reparten la mierda que los define. ¿Qué hacer ante los maldosos?
Posdata: me encantan estas dinámicas grupales donde hay enseñanzas, donde hay saberes de tolerancia, de resiliencia y de sororidad.
miércoles, 11 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON TRANSFORMACIONES
Querida Mariana: un día me escuché diciendo que tal cosa estaba ¡chida! Mis contemporáneos me entendían, mi papá no. Una tarde me preguntó qué significado tenía la palabra chido y le dije que era algo agradable. Gracias, dijo, y siguió embolsando unas cuentas de cristal que mi mamá vendía en la tienda.
Hoy, a mis sesenta y cinco no entiendo el lenguaje de los chicos de estos tiempos. El lenguaje se transforma, incorpora nuevas voces o, como siempre ha sucedido, distorsiona palabras y conceptos.
No sé si ahora los chicos usan la palabra chido. En nuestro pueblo, antes que chido, usamos un vocablo tojolabal: lek, que se emplea para designar que algo está bien. Mero lek es algo bien hecho, algo que es chido.
El otro día leí una carta escrita por un chico o chica y hallé la frase: “¡Ah, te creas!”, al final de un párrafo. Pregunté y me dijeron que es como una negación de lo dicho antes. Comprendí.
Pienso, ya los expertos en lenguaje lo explicarán, que proviene de la frase: “¡Ah, no te lo creas!”, que decíamos los chavos de los años setenta, para denotar que todo lo dicho era falso, mentira. Cuando poníamos cara de sorpresa ante una revelación, la otra persona nos devolvía la tranquilidad. “Fíjate que ayer tu novia andaba con otro. Ah, no te lo creas” y aparecía la risa, porque todo era una broma.
Lo de los años setenta se ha modificado, a tal grado que, escrita, es algo sin sentido. Si lo tomamos en sentido literal puede hasta sonar filosófico, pero, un chavo de estos tiempos nos bajaría de la nube y diría: ¡ah, te creas!, así, con los ojos semicerrados, en tono irónico, burlón.
Pensalo. Oí bien y reflexioná: ¡Ah, te creas! En sentido literal es una frase enormísima, el ¡ah! es de admiración total, porque la frase habla de la posibilidad del ser humano de poder crearse, de formarse, de hacerse un ser más completo, más armónico.
Ya no lo estoy diciendo como lo dicen los chicos actualmente, con tono irónico, ¡no!, lo estoy diciendo con admiración total: ¡Ah, te creas!, te haces uno más luminoso, porque el ser humano puede crearse o recrearse, hacerse otro totalmente diferente.
Pero, los chicos de hoy lo dicen con el sentido de ¡ah, no te lo creas!, de que todo es falso. Desde siempre, digo, el lenguaje ha utilizado formas económicas, ha mutilado frases para expresar lo mismo sin gastar tanta saliva. Esta forma ha ido al extremo, porque al eliminar el “no” y el “lo” le ha cercenado parte importante de su esencia y la expresión escrita se vuelve un sinsentido.
Si la escucho entiendo perfectamente lo que el chico quiere expresar, porque el tono ayuda a la comprensión, pero la frase escrita exige un esfuerzo adicional para su entendimiento, porque los viejos no estamos habituados a estas formas de expresión.
Pero, los viejos debemos hacer caso a la conseja de que al pueblo que fueres haz lo que vieres, así que agregamos: al pueblo que fueres haz lo que oyeres. Así que ahora que vivimos en un espacio dominado por voces jóvenes nos adecuamos y decimos: ¡ah, te creas! Lo digo como negando lo dicho, pero, en lo íntimo, lo digo con tono admirativo. A final de cuentas el proceso de creación está presente. El lenguaje se transforma, es un ente vivo, maravilloso, genial. Los chicos de hoy se entienden, forman códigos rebeldes. Los chicos de todos los tiempos han tenido formas de expresión muy suyas.
En los años setenta usamos la palabra chido, un día nos llegó a Comitán, nos la apropiamos y nos sentimos especiales cuando la usábamos. Los viejos no la entendían a cabalidad. Los chicos de hoy cuentan algo que no es real y terminan diciendo: ¡ah, te creas!, para decir: no lo creas, es mentira.
Posdata: los seres humanos siempre buscamos la economía de lenguaje. Los grandes poetas se caracterizan por eso, con pocas palabras, las precisas, dicen mucho. Los chicos de hoy, cuando escriben, ahorran letras. Para decir: “es que te quiero”, escriben: es qtq. Claves que exigen un ejercicio de complementación, juegos peligrosos de ingenio. ¡Ah, te creas!
¡Tzatz Comitán!
martes, 10 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON LETRAS DE CANCIONES
Querida Mariana: estamos hechos con letras de canciones, con retazos. Desde que nacemos escuchamos música, en casa, en el colegio, en la calle, en las plazas. Reconocemos que la música nos define. Los peatones, los simples mortales, estamos sujetos a un intenso bombardeo musical. Mamá nos cantó canciones en la cuna, poco a poco esas letras simpáticas y cándidas (“dormí, pichito mío”) se convirtieron en letras apocalípticas (“no tengo dinero, ni nada qué dar”).
En todos los lugares corren ríos de música, ríos que no siempre tienen la riqueza auditiva de los ríos reales. El agua tiene un sonido relajante cuando cae en pequeñas cascadas o sonidos impresionantes, como del rugido de mil leones, cuando se desgajan en cascadas gigantescas. Lo natural es auténtico. El genio de los grandes creadores musicales siempre está muy cercano a los sonidos naturales. Una vez, Amanda me dijo que al escuchar música de Mozart sintió que volaba. Nadie, que yo conozca, ha volado con “grabé en la penca del maguey tu nombre”, y, sin embargo, medio mundo lleva grabadas estas letras en el espíritu, como si el espíritu fuera un simple maguey.
Mi generación vivió su adolescencia escuchando canciones de Julio Iglesias. Todo mundo de entonces reconoce eso de “tiré tu pañuelo al río, para mirar cómo se hundía”. ¿Esto hizo que ahora seamos derrochadores y no ahorradores como fueron nuestros padres? Tirábamos pañuelos al río (que ni eran nuestros) y perdíamos el tiempo (el valiosísimo tiempo) mirando cómo se hundían. ¡Qué desperdicio! Nosotros (pido perdón) fuimos los primeros que comenzamos a contaminar los ríos. Luego ya aventamos botellas de plástico, pañales sucios, condones (también sucios). Lo peor es que nunca supimos bien a bien cómo se hunden los pañuelos y en qué benefician al mundo en general y a nuestro mundo en particular.
“Solamente una vez amé en la vida”, andaba pregonando el tal Agustín Lara. ¡Falso! Fue un gran ojo alegre. Por eso me cae mejor la Consuelito Velázquez, quien pedía “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”. Ah, qué mujer tan sabia, ella reconoce que la vida no es más que el instante presente. Nos fajemos sabroso, como si fuera la última vez, aunque después haya más noches.
Se fueron degradando las letras de las canciones. Un día, en una serenata (qué atrevimiento) un chico le soltó a la chica esa de “la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar”. Chancla, qué grosería. Los hombres comenzaron y luego llegó la iracunda respuesta: “rata de dos patas”. Ratas, qué grosería. Y hay gente que se alarma porque ahora existan “corcholatas”. Todo viene de los años setenta.
Uno sube al taxi y escucha la música que le gusta al taxista (y ¡qué gustos, señor padre mío!). En la calle uno camina y escucha la música que lleva un motociclista. Antes, los albañiles cargaban un radio al hombro y escuchaban música a todo volumen mientras caminaban, mientras llegaban a la obra donde colocan el radio en un andamio para laborar con fondo musical. Ahora, los motociclistas tienen sistemas de audio que son como discotecas ambulantes. Nunca los he visto de noche, pero imagino que las motos tienen mil lucecitas que se prenden y apagan al ritmo de reguetón que escuchan y obligan a escuchar a cientos de peatones.
Los de calle estamos sometidos a descargas de flechas que taladran nuestros oídos, que las batallas de las Guerras Púnicas se quedan pálidas.
Posdata: en nuestra memoria hay toneladas de letras de canciones, canciones que son nuestras favoritas, que estimulan nuestra nostalgia “uno se cree se las llevó el…” y otras que odiamos, pero que, como delincuentes, se metieron en la sala de nuestra mente y ahí están sentadas, obesas, idiotas, burlándose de nosotros, provocándonos malestar infinito. A mí me provoca risa lo de “a mover el culo”, a mi mamá le causa malestar, respinga la nariz, en un movimiento que significa: “voy a apagar la luz”.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 9 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON UNA PANTALLA
Querida Mariana: en Comitán hubo pantallas enormes antes que pantallas pequeñas. Así fue en todo el mundo, antes que televisores hubo cine. Me atreveré a decir que la pantalla del Cine Comitán nunca ha sido superada en tamaño. En los años sesenta, sin tener cinemascope, vimos películas mexicanas en una gran pantalla, películas a color y en blanco y negro, con Pedro Infante, María Félix, ah, la novia de América: Angélica María (me gustaba Sor Ye Ye: Hilda Aguirre. No recuerdo, pero parece que en la película un hombre la invitó a dejar el hábito para habituarse a hacer otras cositas, dejó de ser sor para ser).
Me atreveré a decir que la pantalla del Cine Comitán fue más grande que las de los cinemas Galaxia y que las actuales de Cinépolis.
Al final de los años sesenta comenzaron a llegar los televisores. Las pantallas pequeñas se volvieron parte de nuestra vida. Vimos películas en casa, sin necesidad de hacer fila ante la taquilla, entregar el boleto y buscar una butaca. Las chicas hicieron palomitas caseras para ofrecer a los novios que verían “María”, la versión cinematográfica de la clásica novela de Jorge Isaacs.
Hoy, me sorprende, existe una obsesión por tener “cine en casa”. Quienes pueden compran pantallas gigantescas o proyectores que amplifican las imágenes. Compran aparatos de sonido de alta fidelidad. Los muy muy ricos mandan construir salas de cine en sus residencias: grandes pantallas, sonido sensacional y butaquería.
A edad temprana escuché la palabra pantalla, antes que escucharla en el cine, la oí en casa en voz de mi abuelita Esperanza, ella así llamaba a la capucha de la lámpara del buró. Cuando fui al cine y mis papás me explicaron que la superficie donde se proyectaban las imágenes era una pantalla, quedé confundido, porque no logré explicarme por qué la palabra designaba a ambos elementos. En el cine la pantalla recogía imágenes y en mi recámara la pantalla escondía el foco. Pensé que un día debería ir a la parte trasera de la pantalla cinematográfica para entender bien el concepto, porque, imaginé, detrás de la pantalla podría ver lo mismo que se veía en la lámpara, porque la luz quedaba del otro lado.
Luego, años más tarde, ya en la cancha Pantaleón Domínguez, volví a escuchar la misma palabra. Uno de los espectadores, en un encuentro de básquetbol, cuando el Camello hizo una jugada, comentó que había hecho una sensacional pantalla. ¿Qué significaba eso? Pregunté y el señor, con sombrero y traje, me dijo que había servido como protección para que el compañero se colara y encestara. ¡Ah, ya!
Mucho tiempo después volví a escuchar la palabra en un contexto distinto. Estaba en un departamento en la Ciudad de México con compañeros universitarios y una chica, estudiante de la Ibero, dijo que la habían asaltado en el Metro, que un tipo había servido como pantalla mientras el otro delincuente le sustraía dinero de su bolso.
¿Mirás qué prodigio de término? Se aplica a objetos y a sujetos en determinada acción.
Una vez, ya te conté, estuve detrás de la pantalla del Cine Comitán. Fue en un festejo de fin de cursos de la primaria Matías de Córdova. Participé en algún bailable y luego, con otro compañero, caminamos hasta quedar detrás de la pantalla, era una tela especial con muchos huequitos que permitían ver la sala en su totalidad. Nunca hice lo que imaginé de niño, estar detrás en alguna función para descubrir el misterio de la luz cerniéndose a través de la pantalla.
Y hoy, las pantallas nos obligan a andar agachados, muchos automovilistas (qué peligroso), en lugar de ver su camino ven la pantalla de su celular. Las pantallas son como diosas de este siglo de la imagen. Nunca lo imaginé: veo cine en el celular, a través de Netflix. Esto me satisface. No busco la gran pantalla, soy feliz con esa pequeña pantalla que me permite seguir honrando una de las religiones que me heredó mi papá: ¡el cine!
El gran gurú del Internet lo vaticinó: el futuro estará concentrado en el celular. Pronto, espero, ahí no sólo tendremos la posibilidad de hacer transferencias de dinero, también podremos hallar la cura de muchas enfermedades. Ah, no me preguntés cómo se logrará esto, eso es cosa de los gurús de la ciencia.
Posdata: hoy pienso que debió ser maravilloso el espectáculo. La pantalla del Cine Comitán dejaba pasar la luz por los cientos, miles, de huequitos. Imagino que en la pared del fondo aparecía un cielo oscuro iluminado por muchas estrellitas, muchas luciérnagas. Sin duda que era algo apantallante, como apantallante fue la jugada de los seleccionados del básquetbol comiteco.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 8 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON EL MUNDO EN EL PUEBLO
Querida Mariana: el mundo es muy grande, me apabulla. Para entenderlo lo imagino como una ciudad pequeña, lo traigo a Comitán. ¡El mundo entero en Comitán! Así lo camino y, poco a poco, lo conozco. Acá cabe todo, todo lo que cabe en el mundo. Es un mundo imaginario, pero real.
Esta imagen me permite entender la grandeza a partir de lo mínimo, como si fuera una de esas bolas de cristal que contienen edificios.
Coloco frente a mi casa los grandes edificios de Nueva York, los de Dubai. En la noche veo cientos de ventanas iluminadas y sé que ahí hay personas que toman café, una cerveza, cenan, ven televisión, platican. Un poco lo que hacemos acá. Platican en lenguas diferentes. Me encanta oírlos. No entiendo lo que dicen, pero lo mismo me sucede cuando escucho a los cardenales y a los tzulíos, no los entiendo, pero algo le dicen a mi espíritu.
Veo pirámides, volcanes, lagos, hipódromos, santuarios de tigres y locales donde la gente se reúne para divertirse: salones de baile, boliches, billares. Ah, me encanta oír los sonidos, las risas, los abrazos que se dan. Me encanta oír el desplazamiento de la bola en la duela antes de chocar contra los pinos y derribarlos; el golpe del taco sobre la bola que choca a otra en la carambola. Me basta salir de casa, cerrar la puerta y pasar por la tienda de doña Lupita para encontrar juntito una playa donde la gente se asolea, juega voleibol o nada en el mar. Allá hay una niña que levanta estrellas. ¡Qué prodigio! Camino y veo las pistas donde corren autos a más de doscientos kilómetros por hora, los aeropuertos donde aterrizan aviones que llegan desde Teherán, desde Berna. A la hora que paso frente al aeropuerto de Nueva York recuerdo que le prometí protectores de oídos a la tía Arminda para que no le afecte el sonido de los jets cuando aterrizan. Ella, que vivió de niña en el rancho, escuchando el canto de pajaritos, gallos y guajolotes.
¿Imaginás esta bendición? Las grandes ciudades del mundo están al lado de nuestros barrios: Florencia al lado de los chorros de La Pila; París junto al Tanque de los Caballos, oh, la la; Praga frente a la casa del maestro Temo Alcázar; Buenos Aires en el barrio de los Román.
Dice el dicho que todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar. Acomodo todo el mundo en esta fantástica maqueta. Mi ciudad supera a la gigantesca maqueta de Nueva York, que ahora todo mundo conoce por la serie de Netflix, donde el gran Scorsese platica con la escritora Fran Lebowitz, mujer inteligentísima, poseedora de una irreverente ironía.
El mundo es inabarcable. Por esa capacidad de globo expansivo es preciso atraparlo y traer a casa el aroma de los ríos, de los sembradíos de lavanda, de los pueblos a orillas de volcanes, de bosques donde juegan duendes.
Coloco en el vecindario, porque es mi gusto, las casas de famosos escritores. Al volver a casa en la tarde veo a la Poniatowska tomando un café al aire libre. Allá va la española Rosa Montero, chaparrita incansable. ¿Ya viste quién está en aquel departamento? Pucha, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa. ¡Adiós, Mario! (de tú, porque así tratamos a los artistas, porque son como amigos íntimos). Pobre Mario, se jodió. Dejó a su mujer Patricia por andar de cola caliente con la Presley y ahora ésta ya lo botó. Rocío dice que se lo tiene bien merecido, pero mirá, se ve tan solo acomodando libros en los estantes de su estudio. ¡Adiós, Mario! Mirá, ni nos peló. Ahora sale Juan Villoro de su casa, ¡pucha!, qué tipo tan alto. Por Guadalupe vive la García Bergua y la Irene Vallejo tiene su casita en el barrio de Yalchivol. ¿Fabio Morábito? Sí, tiene una casa bien bonita en lo alto de Quijá, desde ahí ve a sus pies todo el valle de Comitán.
Posdata: el mundo es amplísimo, inabarcable. Para tener un acercamiento mínimo es preciso poner en práctica la recomendación de Mahoma: traer la montaña a casa. Lo que hago podría parecer un exceso, pero me gusta imaginar, jugar mi maqueta de Lego. Pero basta ver películas y leer novelas y cuentos para acercar el mundo. Bueno, tengo dos amigos que no se andan con remilgos. Cuando tienen nostalgia del mundo, suben a aviones y viajan a Japón, a China, a Chile, a Canadá, a París y las demás ciudades bonitas.
Como no me gusta salir de casa y no tengo dinero, prefiero traer el Louvre al barrio. Me refresco con el agua de las Cataratas del Iguazú y oigo el rugido del puma en el zoológico de Tuxtla Gutiérrez, que está al lado del parque de San Sebastián.
Pongo sobre la mesa todos los platillos del mundo, desde los que sirven en restaurantes de postín, como el Julio Verne de la Torre Eiffel, hasta el de la más modesta fonda. Como cuando niño acomodo las vías para que circule el tren Bala y, con la cara repegada al cristal de la ventana, veo el Monte Fuji y los cerezos. Comitán es apenas más grande que un grano de arroz, pero le caben mil ríos, cuatro desiertos y mil supercarreteras.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 7 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON UNA CELEBRACIÓN FASTUOSA
Querida Mariana: a mí me encanta que el Restaurante 1813 haya puesto en nuestro calendario esta fecha, fecha que celebraban sólo los conocedores. Ahora, gracias a esa maravillosa iniciativa, medio mundo de acá sabe que 1813 fue un año decisivo para nuestra historia local. Si entrás a Internet y revisás la página electrónica “Comitán de las flores” encontrarás el decreto que expidió la Asamblea Constituyente, llamada las Cortes de Cádiz, con el cual se concede el título de ciudad a nuestro pueblo. Comitán celebra en este 2023 ¡210 años de ser ciudad! ¿Mirás qué orgullo?
No se trata de andar en competencia con otros pueblos, pero debemos consignar que los historiadores locales dicen que, en esa fecha, la hoy capital de Chiapas fue nombrada Villa; es decir, Comitán fue nombrada como ciudad antes que Tuxtla Gutiérrez. Se dice sólo como mero dato histórico anecdótico. Sin duda que es ejemplo de la importancia que tenían esos pueblos en ese momento. Comitán fue un pueblo que tributó bastante a la corona española. En fin, esto es cosa para especialistas.
Y lo simpático es que después de estarnos pavoneando por ser ciudad resulta que en 2012 nos sentimos chentos porque nuestra ciudad fue nombrada como Pueblo Mágico. Alguien podría decir que nos bajaron de categoría, porque los índices demográficos insisten en decir que la cualidad de ciudad es más relevante que la de pueblo. En realidad, Comitán es una ciudad por su crecimiento poblacional que preserva las características culturales de un pueblo único. Somos una ciudad bien pueblo, un pueblo citadino.
Digo que los chefs del Restaurante 1813 honraron a Comitán con ese nombre y colocaron en nuestro imaginario colectivo el año en que nuestro pueblo fue nombrado como ciudad. Sí, el nombramiento vino del otro lado del charco, porque en ese momento nuestra comunidad aún pertenecía a la Corona Española. Ya estaba por venir el instante donde Fray Matías, Barnoya y Josefina García (de acuerdo con la leyenda histórica) lanzarían el grito para que Comitán fuera independiente, iniciativa que fue seguida por los demás pueblos de Chiapas. Ah, sonará medio pretencioso, pero los historiadores señalan la importancia que nuestro pueblo ha tenido en la historia. Los del otro lado del charco, los picudos de entonces, dijeron que Comitán fuera el primer poblado en la región en ser ciudad, y luego, los de este lado lanzaron la iniciativa de ser libres. Sí, parece un contrasentido. Los de allá podrían decir: ¿así pagás mi galantería de nombrarte ciudad? Pucha, mejor te hubiera dejado como estabas, ya te creés mucho.
A nivel federal 2023 fue nombrado como Año de Francisco Villa. Esto pone en la reflexión pública la imagen del revolucionario. A nivel local, Comitán celebra el cumpleaños 210 de haber sido nombrada ciudad. Gracias al nombramiento de Año de Francisco Villa nos enteramos que sus restos mortales reposan en el Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México. El otro día, un historiador dijo que ahí están los restos de Venustiano Carranza, de Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles y de Pancho Villa. ¡Falta Emiliano Zapata!, dijo él, pero luego aclaró que cuando hubo un intento de llevar los restos del revolucionario, los habitantes de Cuautla, Morelos, no lo permitieron. Recordé que los restos de Belisario Domínguez descansan en la ciudad donde nació: Comitán. Belisario nació en 1863; es decir, el año en que Comitán conmemoró el cincuentenario de su designación como ciudad. Esto es mera curiosidad histórica, porque el asesinato de Belisario ocurrió en 1913 y cien años después, en 2013, el Senado de la República nombró el año como Año de Belisario Domínguez. La presencia del número tres está presente en esta vaina de hechos históricos.
El decreto que se reproduce en “Comitán de las flores” dice que fue el 29 de octubre de 1813 el día que se expidió en la Real Isla de León, España. Pucha, nadita. ¡Real Isla de León! Este nombre ya le da gran categoría al nombramiento.
Eso que dije del número tres, que es un mero juego de coincidencias, también puede aplicarse a lo de los leones, incluido el Club de Leones que tantas historias formó en los comitecos. La leyenda del origen de Comitán habla de un león. Un día, algunos escrupulosos dijeron que en la región nunca hubo leones, que acá es territorio de jaguares y pumas, no aceptaron la simbología. De España nos llegaron leones. No hay que darle mucha vuelta. Tenemos leones rampantes en el escudo de Chiapas. Tuvimos un león rampante en la fuente discreta de una esquina del antiguo parque central, que ahora anda, todo sholco, en el Tanque de los caballos. Tuvimos un león de melena en la escultura de piedra que los vecinos mandaron a hacer y estuvo al lado de los chorros de La Pila. Y ahora nos enteramos que el decreto de ciudad fue expedido en la Real Isla de Léon. No podemos negar este hilo. ¿Dónde dejamos la maravillosa historia del local que estuvo en la manzana de la discordia: “Telas León”, cuyo fundador fue don Hernán León?
Mirá cómo inicia el decreto: “Don Fernando VII, por la gracia de Dios y de la Constitución de la Monarquía Española, Rey de las Españas…”. El rey dio a conocer que las Cortes “en consideración a los buenos servicios y cuantiosos donativos” concedieron el título “de Ciudad de Santa María al pueblo de Comitán y el de Villas a los de Tusta (Tuxtla), Tonalá, Tapachula y Palenque”. Digo pues que no es competencia, pero en España vieron que, en ese año, Comitán era un pueblo que entregaba buenos servicios y cuantiosos donativos. ¡Pucha! Pues sí, los historiadores nos han dicho que los frailes dominicos fueron propietarios de grandes haciendas en la región comiteca.
No sé qué pensarán los muy nacionalistas, los que rechazan todo lo español. Pero debemos reconocer que conmemoramos el nombramiento de ciudad otorgado por un Rey y lo hacemos en el idioma que nos heredaron, la bellísima lengua castellana, lenguaje en el que está escrito esa obra cumbre de la literatura mundial: El Quijote.
Comitán es ciudad y es pueblo. Hoy, la fecha de 1813 la tenemos muy cercana. ¡Genial! Antes que los chefs Karla Albores y Mario Maldonado abrieran su restaurante, la fecha no estaba en el imaginario colectivo comiteco. Ahora, ¡qué bendición!, la fecha aparece a cada rato, en muchas conversaciones. “Comadrita, buen día, ayer desayunamos con la Cristy en el 1813”. ¿Mirás? Esto no es poca cosa, ¡no! Sobre todo, cuando existe una tendencia a buscar nombres ajenos para denotar clase. Acá hay un elemento fundamental de identidad. El prestigio del restaurante lo otorga la calidad de su cocina, con el agregado de un nombre auténtico, que tiene su origen en un luminoso hecho histórico.
He escuchado que algunas personas preguntan por qué el restaurante se llama así. Lo hice al principio. Dije que no todo mundo reconocía la fecha. Ahora sí ya es parte de nuestro día a día. Ya muchos podemos responder: es que es el año en que las Cortes de Cadiz dieron el nombramiento de ciudad a Comitán. ¡Pucha! Lo decimos con un tono de Carlos Monsiváis revuelto con Octavio Paz, como si fuéramos grandes conocedores. Todo se debe a un acto maravilloso de dos chefs, orgullo de esta ciudad y pueblo mágico a la vez.
¿De qué manera las autoridades conmemorarán los 210 años del nombramiento de ciudad? No lo sé. Ahora, todo mundo puede acudir al maravilloso restaurante, cualquier día del año, y celebrar con lo mejor de la gastronomía comiteca, en un ambiente muy agradable. Ya te conté, el otro día, que a mí me encanta entrar al restaurante, porque es como un sitio comiteco, con hierbas, plantas y árboles. Sabés que me encantan los espacios al aire libre, disfruto mucho comer a la sombra de árboles cobijado con el maravilloso clima comiteco. Claro, si está lloviendo pues me meto en un apartadito, pero si el sol se regodea basta buscar una buena sombra para disfrutar la vida.
Posdata: los historiadores dicen que por acá no llegó la revolución, pero algunos testimonios cuentan que algunos comitecos sí participaron. Óscar Bonifaz, en su libro “El pulso de mis letras”, escribe: “A la dulzura de mi madre, contrastó siempre el recio carácter viril de mi padre, uno de esos famosos Dorados de Villa que se quedó en mi casa para contarnos de una época sangrienta en nuestra historia…”
¡Tzatz Comitán!
viernes, 6 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON PÓLVORA
Querida Mariana: nunca he podido superarlo. Me da escalofríos cuando veo una fotografía o una película de guerra.
Te he platicado que de niño jugaba a la guerra. Jugaba, Dios mío. ¿Por qué la mente del hombre es tan sádica? Sé que de niño era un simple juego, como cualquier otro, como saltar a la cuerda, como jugar esconde cincho. Pero, ahora veo todo lo que eso significa. ¿Jugar a la guerra? La guerra nunca ha sido un juego.
Un día tuve conciencia de la agresividad de ese juego, de lo que, sin querer, sembraba en mi mente y en mi espíritu. Había visto en los libros de historia y en las revistas de monitos que la guerra servía para eliminar al enemigo.
Un día, sin saber bien a bien por qué, los ciudadanos eran reclutados e iban a territorios lejanos a hacer la guerra. ¡Hacer la guerra! ¡Qué propuesta tan estúpida! Hacer la guerra deshace la vida. En la tele se ven escenas donde un muchacho se despide de sus hermanas, sus padres y su novia. Lleva una mochila a la espalda, ¡va a la guerra! La única justificación es: va a defender a su patria. ¡Qué justificación tan absurda! Con ese argumento, en el territorio de guerra toma un fusil o lanza una bomba para exterminar al enemigo. Y resulta que el enemigo es alguien que tiene una historia similar, que abandonó su hogar y, de igual manera, se despidió de su novia, sus papás, sus hermanos y sus abuelos.
La pregunta que todos se hacen en casa es: ¿volverá? Él mismo se pregunta eso: ¿volveré con vida? Qué historias tan bobas.
Lo que diré es otra bobada. No debería contártelo, pero así lo siento. Mi territorio, mi patria, es mi hogar. ¿Mirás? Cada vez que salgo de casa es como si fuera a un territorio ajeno, donde los otros creen que soy su enemigo y deben exterminarme. Este pensamiento lo pepené en mi infancia. Como fui un niño cuidado, el primer día que fui a la escuela me mandaron a la guerra sin fusil, porque no tenía la experiencia que sí tenían mis compañeros, ellos estaban acostumbrados a jugar en el lodo, a trepar a los árboles, a jondear gatos, a matar pajaritos con tiradora, a meterse a la Ciénega a atrapar culebras de agua, a darse de moquetes con los de la cuadra, a montar bicicleta, a nadar en los tanques de la casa de mi tía Juanita, a meterse a los sitios a robar jocotes, a bajar con carretón en las pendientes. Yo era un niño cuidado. Mis papás me llevaban a misa o al cine, la sirvienta me servía el chocolate y los tamales de bola, me ponían mi bufanda en tiempo de frío. Afuera, en la calle, estaban los enemigos, los que me molestaban, me daban de golpes, me empujaban, me hacían bromas pesadas, me quitaban lo que mi papá me daba de gasto, el maestro me pegaba con una regla, me castigaba. Mi casa era territorio de paz; en la calle, los otros me quitaban mis cosas. El despojo era inexplicable. Desde la escuela aprendí que los otros tomaban cosas que no les pertenecían. El simple juego de canicas propiciaba la avaricia y el robo. Nadie jugaba limpio. En el aula también se daba la injusticia. Aprendí a copiar en exámenes, a dar dinero para que un compañero necesitado me hiciera el trabajo escolar que no podía hacer, a fin de obtener un diez. El exterior es campo de batalla, donde el contrario trata de arrebatar las posesiones del otro. La justificación es la misma de las guerras: defiendo mi patria (la cercana, la de su ambición, hija de su obsesión).
Nunca he logrado superar ese sentimiento bobo. Siempre que voy a la calle es como si fuera a un campo de batalla, y yo, igual que Julito Cortázar, soy un pacifista, no cargo armas, no sé usarlas, no tengo sentimientos de odio o de venganza contra nadie. En la calle o en la plaza debo estar alerta, con el casco puesto, con el chaleco antibalas (que de nada sirve ante los obuses contrarios). Camino temeroso, en primer lugar, porque ya no tengo la seguridad que me brindaba la mano de mi papá, y en segundo lugar porque no sé el lugar preciso donde aparecerá el enemigo desconocido o conocido; no sé en qué momento el perverso estornudará frente a mi cara sin que él lleve cubreboca; no sé en qué instante el amigo llegará por detrás y me abrazará, porque le da mucho gusto verme después de tanto tiempo de encierro por pandemia. ¿No advierten ellos que esto es campo de batalla? ¿Que basta un segundo para verse afectado por contagio? Y luego el periodo de convalecencia. Si bien va la enfermedad no será motivo de muerte, pero como nadie sabe el comportamiento de este bicho, luego comenzarán las secuelas. He leído múltiples testimonios de personas cercanas que cuentan cómo su organismo logró superar el ataque brutal y son sobrevivientes de esta guerra incruenta, pero luego dicen que quedaron afectados en sus pulmones o en los riñones y el calvario continúa. Es como esa escena de guerra donde, en el mismo campo de batalla, en una improvisada carpa, el médico y la enfermera deben amputar la pierna de un soldado. Este soldado volverá a casa, mutilado. Su vida se modificó para siempre. Salió sano de su casa y regresó mutilado del cuerpo y del espíritu. Si este soldado es alguien que estuvo acostumbrado a trepar a los árboles y a jugar luchas en el lodo y a darse de trompadas con los de la cuadra, resistirá la vida envuelta en alambre de púas, pero ¿qué pasa con los niños bien cuidados, los que no fueron de la calle?
Posdata: nunca he podido superarlo. Me cuesta mucho trabajo salir de casa, mezclarme con la multitud. ¿Te conté que un día, frente al templo de San Sebastián, vi a un hombre sentado en una banca, comiéndose sus mocos? Perdón, niña mía, perdón. El tipo se escarbaba las fosas nasales con el dedo meñique, sacaba sus mocos, los miraba y luego se los metía en la boca, así, una y otra vez. Disfrutaba comer esa mucosidad verduzca. Esto nunca lo vi en casa. La calle es territorio de guerra. No es mundo hecho para pacifistas, para niños cuidados.
El mundo es perverso, el enemigo no se contenta con esperarnos en su territorio, nos invade y así los delincuentes se llevan nuestras pertenencias, hacen desmadre en nuestras casas.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 4 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON CARTA DENTRO DE OTRA CARTA
Querida Mariana: me encantan las muñecas rusas, las Matrioshkas. Ah, qué divertido abrir una y hallar otra adentro y así hasta la última. Alfredo, en una navidad, aplicó este principio en los regalos del Viejito de la Noche Buena: metió una cajita adentro de otra, hasta llegar a la cajita final que tenía el presente: un vale para una bicicleta. Al principio, su hijito puso cara de frustración porque el Santa Clos (pinche Santa Clos) no le había hecho caso, él había pedido una bicicleta. Su frustración se volvió una gran sonrisa con brincos, al hallar el vale y la foto de la bici más hermosa, misma que, en ese momento, Alfredo sacó de la cochera y entregó.
Ahora, mi carta contiene otra, una que me regaló Juan, me la regaló, dijo que como soy escritor que le hiciera los arreglos necesarios. Es una cartita que remeda aquellas cartas que escribía Julio Esteban (el personaje de Derbez) y que utilizaba palabras y conceptos de un determinado oficio. En este caso, Juan hizo un ejercicio con palabras relacionadas con guisos e ingredientes de cocina. A ver qué te parece.
“Querida mojarrita mía, te quiero un morrón, aunque tu papá sea un carbón. ¡Qué cambray! Él todo lo vuelve un cuete a la vizcaína, piensa que yo sólo quiero comer tu chipilín y que vos probés mi butifarra. Yo digo que es tamal, porque en la vida no todo es la verdolaga. A veces quiero darle en el espinazo con chaya y ponerlo de manitas a la vinagreta para capear su lengua y empanizarle el camarón, que ya debe tenerlo todo seco. Tu papaya se cree muy soufflé, muy chile ancho, por no ver que es chile piquín, que ya no piquín. A veces pienso que tiene el durazno prensado y que es tamal colado.
En cambio vos, gelatinita mía, sos hierba santa, taco de ojo, mojo de ajo. Vos no heredaste lo agrio, tenés unos chamorros que sólo esperan su salsa bruja, para hacer el prodigio.
Tu suegra insiste en que su hijo está hecho para vos, paella, dice; pero el huachinango de tu papá resulta agua en nuestro aceite. Mas a mí me vainilla su olla podrida, me mantequilla que le eche mucha crema a sus tacos. Si vos estás de acuerdo, le daremos calabazas, una sopa de su propio chocolate y le soflamaremos la duya.
Verdurita mía, no sólo me fascinan tus chicharrones y tu tamal, ¡no!, te amojarra, amo tu quesadilla, que está bien Ricota.
Espero que tu papa pelada se vuelva puré, para que mi brasa caliente tu fogón. Te ama, tu huevo duro”.
Hasta donde recuerdo no te había enviado una carta dentro de otra carta. Nada le agregué ni le quité a la carta que Juan le escribió a su mojarrita, él, lo sabés, es muy buen carnicero. Mi comadre Roselia dice que Juan vende muy buen tasajo, cuando lo dice, entrecierra los ojos, y asegura que ella tiene muy buen aguayón. Ah, la verdura permite un juego simpático entre parejas; lo mismo sucede con las frutas. Basta pensar en el mango o en el plátano o en la papaya o en la zanahoria o en el pepino.
¿Y cómo comenzó la historia de la humanidad occidental? Con la historia de una manzana. ¡Pucha! Los escritores del Génesis no colocaron un fruto obvio, ¡no!, eligieron un fruto sugerente, por su forma, su color, su aroma. Si partimos una manzana a la mitad hallamos un fruto lleno de elementos provocativos. Ah, el genio literario, que alcanza altas cumbres y, también, ¡faltaba más!, cartas juguetonas, bobas, al estilo del delicado Julio Esteban.
Posdata: soy un adorador de las palabras, las disfruto cuando las trenza uno de los contadores de anécdotas comitecas, que vaya que tenemos muchos y muy buenos. Las disfruto cuando una poeta las acomoda en forma exquisita en un poema. Las respeto tanto que no me molesta cuando alguien las usa en forma despectiva o agresiva. Las veo volar como zancudos jodones, como bombas inexplicables. Por supuesto que las prefiero en la oración y en el juego amoroso. Ahí cumplen su mejor función: la de iluminar el espíritu, los cuerpos.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 2 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON ERRORES
Querida Mariana: la vejez mina las capacidades físicas. Salvo el querido maestro Temo, quien a sus ochenta y dos años está enterito, los demás viejos tenemos alguna dolencia, algunos sufren de las rodillas, otros ya no escuchan bien, unos más necesitamos lentes para leer y a otros ya les cayó el chahuistle porque lo que dijeron de broma en su juventud ahora lo aplican: “cuando el cuerpo mengua ahí está la lengua”.
Todo mundo escucha chistes de ancianos que no escuchan bien y modifican lo dicho. Teo, el gran humorista, cuenta que un viejo escuchó el diagnóstico del médico, y manifestó tranquilidad: “¿así que tengo una sonrisa simpática y soy feliz?, no está mal”, no, aclaró el doctor: le dije que tiene cirrosis hepática y sífilis.
El otro día (ya estoy viejo) abrí un libro de cocina comiteca y leí la receta para hacer “caldillo o salsa para capados”. ¡Dios mío! Pensé que no podía ser, así que volví a leer y vi que decía: “caldillo o salsa para capeados”. ¡Uf! ¿Salsa para capados? Pucha, en todo caso debería ser una pomada para curar la parte.
Pero, no pensés que ahí quedó la cosa. Seguí leyendo y ya lo volví juego. Ah, la vejez es época que hace travesuras. Si uno lo toma en forma positiva la lleva bien. Y como Pau estaba conmigo pues le dimos cuerda a la imaginación.
“Espagueti al burro”. No, pensé, volví a leer mal, luego me enteré que no, que los comitecos no le hacen el feo a la cocina italiana. Recordé que, en italiano, mantequilla se dice burro. ¡Vaya!, pero luego Pau dijo que si era receta comiteca debía hacerse un “espagueti al tacuatz”; es decir, un espagueti que se hiciera el muerto a la hora de la cocida.
“Canelones de espinacas”. ¿Y los canelones de las fifís? Porque, habrá que decirlo, en cuestiones de comida hay niveles. Hay gente que come “butifarras” y gente que no le gusta porque la farra es fiesta sólo para espíritus liberales, desenfrenados, no es para espíritus finos, exquisitos.
Eugenia, chica “nice”, ama hacer palíndromos, por eso no come arroz, porque de derecha a izquierda arroz es zorra. Insisto ¡hay niveles!
En lugar de leer “sopa de poro” leí “sopa de porro”. Dios mío, guiso especial para parte de la comunidad de la UNAM, la imaginé una sopa muy picante.
Hallé la receta de las “Pechugas primavera”. Este platillo sí se me antojó. No pude evitar que mi mente se fuera con la prima de Arturo que siempre la presenta así: “Mi prima Vera”, porque es el apellido de la chica que tiene una generosa delantera.
“Callos a la madrileña”. Ah, la tía Eugenia no los comería, ya estoy viendo su cara: “Ish, deben usar el polvito que cae de las patas cuando se liman los callos en la madrugada. Qué asco”. Bueno, la tía Kena nunca ha ido a España.
Leí “Pierna estafada”. ¡No!, equivocado, “pierna estofada”. Pensé que si existiera el platillo que leí primero sería tanto como dar gato por liebre, como dar carne de perro en lugar de res. Y luego pensé en una relación amorosa, donde aparecen chicas que se hacen modificaciones corporales e implantes. Muchos chicos terminan frustrados porque las chichis, traseros y piernas de sus novias no son originales.
Y luego, al estilo del personaje de Derbez, pensé que si hay “barbacoa”, por qué no hay barbamachete, barbapala y barbapico, o ya, en el colmo de la bobera: “lampiñocoa”. ¡Basta de estupideces, basta!
Y digo que basta, porque cuando llegué al capítulo de tamales y me encontré con el “tamal de bola”, pensé que Messi adoraría este tamal, que el pintor Monet habría pedido un tamal de cilindro y que el tamal de bola, en un restaurante de postín, se anuncia como “tabien esférico”, sólo para cobrar de más.
Coincido con vos, la carta está muy mamila, muy soufflé, muy queso para untar.
Posdata: muchas palabras se han vuelto viejas, el tiempo las ha relegado, pero muchísimas más siguen bien jovencitas, vitales. En Comitán seguimos (¡en buena hora!) usando el voseo, una voz antiquísima, que llegó con los conquistadores. Pucha, qué maravilla, el voseo ha resistido más de quinientos años en nuestra tierra. Me encanta cuando alguien menciona que tal palabra es un arcaísmo, pucha, la misma palabra arcaísmo suena como rescatada de algún baúl viejísimo, exquisito. Un día comencé a distinguir que ya no veía bien, debía alejar más y más el libro para poder leer. Fue necesario conseguir unos lentes para leer. Un día me quedé sin dientes y tuve que colocarme lo que antes se llamaba placa y ahora se llama prótesis dental. Pucha. La vejez.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 1 de enero de 2023
CARTA A MARIANA, CON FECHAS EQUIVOCADAS
Querida Mariana: cuando estaba en la primaria escribía mal la fecha del nuevo año. Al regreso de vacaciones de fin de año al hacer una tarea no escribía la fecha actualizada. ¡La fuerza de la costumbre me obligaba a escribir la fecha del año pasado! Ya cuando pasaban los días el nuevo año se integraba a mi memoria.
Durante mucho tiempo pensé que era el único a quien le sucedía esto. ¡No! Ahora sé que le sucede a muchas personas.
En el 2022 leí toda la correspondencia publicada de Julio Cortázar (cinco volúmenes). En sus cartas también se equivocaba. Los editores debieron aclarar: esta carta la escribió en enero del año tal y no en el año que Julito escribió. También le costaba abandonar el año que ya había terminado. Le sucedía cada año.
¿Qué problema había en que yo me equivocara en el año? Ninguno. El maestro comprendía la errata, la ignoraba, tal vez, lo más, podía servir como motivo de broma, pero de ahí no pasaba. En el caso de Julio, sin la aclaración pertinente, el equívoco sí puede descontrolar a biógrafos y estudiosos de su obra.
Que yo sepa ninguna de mis tareas de niñez fue publicada, así que el olvido diluyó el error escolar.
Pero, ahora pienso, qué sucede con un documento oficial. No sé. Imaginá a la secretaria del Registro Civil, en 1960, que el cinco de enero cometiera este desliz, que en lugar de escribir: la niña fulanita de tal nació el 2 de enero de 1959, por la inercia. Imaginá el mismo caso en la anotación de un fallecimiento: el señor perengano falleció el 2 de enero de 1959. En ambos casos, la secretaria debió anotar el año 1960 en el libro, pero como el año estaba recién estrenado la costumbre hizo la travesura de agregar un año a la recién nacida, así como matar al señor un año antes.
Ahora sé que muchas personas tienen este problema, cuesta trabajo acostumbrarse a escribir el nuevo año. Ahora, las computadoras permiten corregir en forma inmediata, cuando el escritor se da cuenta del error.
Yo, desde hace años, me impuse la costumbre de colocar un papelito en una esquina de la computadora donde consigno la fecha del nuevo año, así evito la errata. Esto es como un homenaje al maestro Beto, quien, ya avanzado el mes y viendo que yo seguía escribiendo equivocadamente el número del nuevo año me pidió que todas las mañanas escribiera el número sobre mi mano izquierda, cerca del arco donde se unen el pulgar y el índice. Cuando redactaba la tarea y debía escribir la fecha, echaba un ojo a mi mano y ya sabía qué escribir. Cuando la clase terminaba, con un poco de saliva y con ayuda del dedo índice de la mano derecha, borraba el número que volvía a escribir a la mañana siguiente.
Un día, sólo por travesura, en lugar de escribir 1965, que era el año que corría, pensé que podía cambiar (ya a propósito) la fecha y escribí 1956. Lo hice con toda intención, reconociendo que a la hora que escribiera la fecha en el cuaderno debía hacer el enroque y cambiar de lugar el 6 y el 5. Así lo hice. No tuve problema. En la tarea escribí bien la fecha: 1965, no obstante, mientras el maestro Beto enseñaba los nombres de los ríos de México, en un mapa que colgó en el pizarrón, vi mi mano y pensé que mi travesura propuesta era algo simpático, porque en 1956 no había nacido; es decir, el que estaba en el salón no era yo sino otro, alguien que había nacido en 1948 porque el niño que ahí estaba tenía ocho años de edad. Tuve miedo, miedo de que el maestro Beto cachara mi supuesto equívoco, miedo de que el universo se confundiera y la travesura fuera mayúscula, porque quien escribe el gran libro podría pensar que el año presente era un año del pasado. Por ahí existen películas, novelas y cuentos que hablan de la posibilidad de modificar el futuro o el pasado. Era una bobera, por supuesto, pero hubo un instante que tuve miedo, que algo, como un fierro frío, recorrió mi espalda. En mi mano me había acostumbrado a escribir el año presente para no escribir la fecha del año pasado; y ahora, sólo por juego, había escrito un año que modificaba en nueve años el año que corría y yo no había nacido.
Posdata: no pensés que este juego era algo extraño en mi vida diaria. De niño jugaba a modificar el tiempo. A mi papá le obsequiaban calendarios de esos pachoncitos que tienen una hoja por día. Mi papá, religiosamente, cada mañana se paraba frente al calendario y quitaba la hoja del día anterior y leía lo que venía al reverso que eran citas célebres o recetas de cocina o fechas importantes de la historia. Esas hojas eliminadas me las regalaba mi papá y con ellas hacía mis calendarios personales que colgaba en mi cuarto. Así, cuando en la oficina era 12 de mayo, en mi cuarto era 23 de diciembre y yo me preparaba para recibir al Viejito de la Noche Buena. Iba a la cocina y le preguntaba a Sara, la sirvienta, si estaba segura que el Viejecito llegaría a la casa, y ella, para deshacerse de mí, decía que sí, claro. Yo reía, porque pensaba que Sara vivía mi tiempo, otro tiempo distinto al que vivía el resto del mundo. Ahora de viejo, a veces pienso esto, me veo niño y escribo 1965 en lugar de 2023, pienso que en abril cumpliré 8 años de edad, y soy feliz, porque sé que en la oficina está mi papá y cada mañana corta la hoja del calendario para regalarme un tiempo diferente.
¡Tzatz Comitán!
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