viernes, 9 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, CON CARTA INCLUIDA




Querida Mariana: Vos y yo sabemos que esto de escribir cartas a la manera tradicional es algo pasado de moda, es algo que ya no se estila (como decían los clásicos). Anoche (releyendo cuentos de Cortázar) me topé con “Carta a una señorita en París”, un cuento clásico de Julio. El cuento, vos lo sabés, narra cómo un compa se queda a vivir en un departamento de Buenos Aires, mientras su propietaria viaja a París. Es un cuento que aparece en muchas antologías. Y esto es así porque es un cuento fantástico, ya que el inquilino, por llamarlo de alguna manera, y narrador, “vomita” conejitos. A mí me encanta (y este encanto seduce también a millones de lectores) que algo tan despreciable, como un vómito (siempre recuerdo a Rodolfo, borracho, saliendo de un baile del Club de Leones, no soportando más y soltando la bocanada de vómito sobre el vestido nuevo de su novia), se convierta en un acto tierno, afectuoso. ¿Quién vomita conejitos? El autor de la carta mencionada.
El otro día me sucedió algo especial. Fui a la Feria del Tamal que Malena organizó, en el parque central. Con mi Paty vimos un local donde vendían tamales de cambray, tamales que no son muy consumidos en esta región. Paty dijo que compráramos, nos acercamos y pedimos seis tamales. La señora abrió la vaporera y comenzó a sacar los tamales, bien acomodados, como ladrillos, en medio de una nube de vapor. Cuando cerró la bolsa nos la entregó y al verme quedó como si viera a un fantasma o el monstruo de la más reciente película de Del Toro. “¿Usted es el que le escribe cartas a Mariana, verdad?”. Sí, pensé, sí, dije. Ella sonrió y agregó: “Siempre lo leo”. Me dio gusto. No por mí. Claro, me sorprendió que alguien, a quien yo no conocía, me identificara por las cartas que te escribo. Pero más me sorprendió el hecho de que ella, sin saberlo bien a bien, participa del género epistolar, que ya es tan escaso en estos tiempos de WhatsApp y de Tuiterazos, tiempos en que la brevedad se impone a los textos más extensos. Cuando nos despedimos lo hicimos con cierta cercanía, como si fuéramos amigos que no se conocían físicamente pero que tenían una relación de tiempo atrás, porque ella me conocía a través de tus cartas y yo la intuía con la certeza de que en algún patio alguien saca su silla al patio y lee tus cartas, se acerca, con morbo natural y maravilloso, a los mensajes que con cariño te mando a vos. Ella, lo sé, también es un poco Mariana y, al estilo de Marcos, puede decir: “Todos somos Mariana”. Me sentí bien, el aire que llegaba de la Ciénega lo sentí pleno, jugueteando en mi cara, columpiándose en mi cada vez más escaso cabello. El aire de la Ciénega lo sentí como un pájaro que colocaba ramitas sobre mi cabeza para hacer un nido donde nacerá el viento.
Y anoche pensé, al releer el cuento de Julito, que vos también sos esa señorita de París que recibió la carta del inquilino bonaerense y que se enteró que, ¡uf!, su departamento está lleno de conejitos porque el compa los vomita. Y entonces pensé que vos también te enterás que tu casa (que es casi como mi casa) está llena de cuchitos, cuchitos bonitos, pero desagradables, como cualquier cuch, como cualquier vómito, pero que recibís cartas (a menudo) porque el género epistolar permite abrir ventanas, deja que entre el sol, la lluvia, el polvo, los ruidos (de las ambulancias y del afilador), los gritos (cada vez más infrecuentes de: “¿Merca’sté chayotíos?”), los lamentos, las mentadas, las caricias y el aire, ¡ah!, el aire de la Ciénega.
Posdata: Tus cartas pueden tener el siguiente título: “Carta a Mariana que vive en Comitán”, y son enviadas desde el mismo lugar. Cualquiera podrá pensar: ¡Qué pendejada! Mejor háblense, cítense en la fuente, mándense WhatsApps o tuitéense. Si viven en el mismo pueblo, vos mudo, ¿para qué le mandás cartas? Este cualquiera no podrá, jamás, hallar el encanto de la carta, de esas cartas donde se cuenta cómo los hombres vomitamos cosas, a veces ese vómito es pestilente, como el de los borrachos, pero a veces tiene el aroma del jazmín de Yalchivol (pienso que este aroma debe ser rico). ¿Quién vomita conejitos?

jueves, 8 de febrero de 2018

DEFINICIÓN DE PRÓRROGA




“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Esta era la recomendación del maestro Beto a todos sus alumnos. Como todo mundo puede suponer tal sentencia se prestaba a chanza. Lo menos que decíamos era: “No hagas hoy lo que puedas hacer mañana”. Más tarde supe que esto se llama procrastinación. Procrastinación es la tendencia de posponer alguna actividad engorrosa y urgente por algo más placentero. Lo que parece lógico. ¿Quién quiere hacer algo que le enfada? A mí me encanta la palabra prórroga y lo que significa, la posibilidad que brinda. Me gusta porque esa erre es muy sonora, como de tambor, como de trueno: Prórroga. Esa rro siempre me remite a los cantos de infancia: …a la rorro niño, duérmaseme ya. Porque la prórroga es un poco la pausa de infancia, dejar lo importante para después, porque antes que el trabajo que urge está la pausa para el juego, para el disfrute.
Si le hacemos caso a la definición de procrastinación hallamos que, como decía Santiaguito, no hay cosa más sana que cada quien haga lo que se le dé la gana. La procrastinación está muy mal vista en las empresas, los superiores desestiman tal actitud en sus subordinados. ¿Cómo es posible que “Gutierritos”, en lugar de ir a cerrar el trato con los accionistas japoneses haya subido a su jeep para ir a pescar en la presa? También está muy mal visto por parte de los afligidos padres, esos santos varones que se machacan el lomo día tras día, con tal de darles una buena educación a sus hijos. Los padres se molestan cuando saben que el hijo, en lugar de terminar su trabajo escolar, tomó su chamarra y fue al cine a ver la película más reciente de Del Toro. Está muy mal visto que se deje para mañana lo que debe hacerse hoy.
Lo que Gutierritos y los hijos hacen no es más que esa pausa bendita que se llama prórroga. No se trata de desentenderse, porque siempre (¡ah, la bendita sociedad!) uno termina haciendo lo que, según el catálogo del buen comportamiento, debe hacerse. Al final, Gutierritos no puede pasarse toda la vida pescando en la presa, ni el estudiante puede pasarse toda la vida yendo al cine. En términos reales esto sería lo ideal, que la vida fuese una pausa infinita, una prórroga perenne, para que pudiera llamarse vida, pero la realidad no es tan generosa, los seres humanos deben cumplir con obligaciones, con urgencias, deben, ¡qué pena!, dejar de vivir para sobrevivir. No pueden hacer lo que realmente les gusta porque hay obligaciones fastidiosas.
Tío Andrés era sabio y en sus oraciones matinales, hincado, con los brazos abiertos en cruz, oraba: “Señor, bendice mi día, evítame la pena de hacer trabajos forzosos y forzados. Amén.”
En cuanto salía del oratorio se tumbaba en la hamaca, abría el periódico que mi prima Rosaura le había dejado y miraba cómo el sol salía, se detenía a mitad del cielo a mediodía y se ocultaba detrás de las cabezas montañosas por la tarde. Así, día tras día. Por eso, cuando llegaba la noche y la tía lo llamaba para cenar su café con tostadas, entraba al oratorio antes, se hincaba en el reclinatorio, abría sus brazos en cruz y oraba: “Gracias por este día, Señor, gracias por evitarme trabajos forzosos y forzados. Amén”. Se persignaba y caminaba hacia el comedor donde ya estaban dispuestos su taza de café y el plato con tostadas calentitas.
Me encanta la palabra prórroga, me encanta el sonido de tren que hace la rro. Me encanta la pausa que otorga a la vida. Siempre que puedo dejo lo urgente y hago una prórroga, en intento de rescatar un poco la gracia de la vida.

miércoles, 7 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, CON DOBLE JONRÓN COMITECO (II)




Querida Mariana: Dije que la Pastorela Comiteca, escrita por Raúl Trujillo Tovar es un jonrón en ese encuentro que sostienen dos equipos de renombre: La Selección de La Globalización y la Selección de Comitán. Dije que la primera selección es poderosísima, está integrada por jugadores de reconocimiento mundial, pero en los últimos días, los comitecos han dado brillantes resultados. Otro jonrón editorial fue la edición de una sencilla bolsa de papel estraza que contiene una serie de haikús. ¿Cuál es la novedad? Que los haikús (escritos por Pablo Rodríguez) y las ilustraciones (realizadas por Fernando Escárcega) muestran a los lectores la fauna local. Acá está un juego de selva, de bosque, de montaña y de nubliselva en que los lectores, parapetados detrás de un árbol, curioseamos, sorprendidos, (tal como dice la introducción) a esos “paisanos más chiapanecos que nadie, que tienen cuatro patas o alas o que se arrastran por los yerbazales”.
Tal vez acá no se manifiesta la multitud que sí lo hizo en el teatro la noche de la presentación de la pastorela. Todo mundo sabe que la lectura es menos espectacular. Me contaron que la noche de presentación la asistencia no fue tan multitudinaria como exigía el suceso, porque (insisto) estos comitecos (algunos de nacencia y otros de conciencia) han pegado un espectacular jonrón, porque vuelven a reforzar los cimientos de nuestra identidad. En esta bolsa-libro, que contiene tarjetas, a manera de juego de lotería o de memoria, hay una propuesta estética que reflexiona sobre nuestro medio ambiente. Acá no están los elefantes ni las jirafas, ni los osos polares, ¡no!, acá están los animales que caminan los mismos caminos que caminamos nosotros, ¡los comitecos! Acá nadie puede hacerse tacuatz, porque son animales que han acompañado los pasos de los comitecos de arraigo.
Acá está el haikú (tradicional forma poética japonesa) que, en la mínima estructura de tres líneas de cinco, siete y cinco sílabas, sintetiza todo un universo lleno de color y de algarabía. ¡Jamás un jolote (guajolote) fue tratado con tanta picardía y con la suficiencia de su orgullo tojolabal! Vos y yo, y mil más, sabemos que la palabra tojolabal cotz designa al guajolote, pero también (ah, picarones) representa el acto sexual, así, entonces, Pablo escribe el siguiente haikú:
¿Si un cositía
le dice al jolote “cotz”
es grosería?
¿Mirás, querida Mariana? Es un haikú mero comiteco, contiene tres palabras que son parte de nuestra cultura más íntima: cositía, jolote y cotz. Jamás en el universo de las palabras habían aparecido aliadas de tan jocosa forma.
Pues bien, este juego de tarjetas contiene haikús dedicados a las arrieras, al jaguar (¡el animal, el animal!), el cargapalito, el tucán (¡el ave, el ave!), el tacuatz (no podía faltar) y muchos animales más.
Conseguí la bolsa-libro (que es un diseño de Julio Albores) en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. No creo que sea el mejor punto de venta. El museo siempre está como saraguato triste, es poco visitado. Tal vez convenga que los puntos de venta sean lugares más transitados. Yo recomendaría (ampliamente) que los lectores compren dos bolsitas (trescientos pesos) y jueguen el juego de la memoria. Cada vez que un jugador encuentre el par deberá leer el haikú correspondiente.
Posdata: Esta bolsa-libro es un motivo para que los niños conozcan las raíces de nuestro árbol común, es uno de los dos jonrones espectaculares que se dieron en estos días recientes. Ahí la llevamos. El juego se ha puesto más interesante que nunca, porque la selección de Comitán está pegando ¡de jonrón!
Mi papá habría estado feliz al saber que Comitán pegó dos jonrones e hizo tambalear a la globalización.

martes, 6 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, CON DOBLE JONRÓN COMITECO (I)




Querida Mariana: Me gusta el béisbol. Mi papá veía los juegos por televisión, los juegos de México y los de Estados Unidos de Norteamérica. Siempre me decía que lo mejor era el jonrón. Cuando un jonrón aparecía el rostro de mi papá se iluminaba y se unía a los miles de rostros de espectadores que, en el estadio, se levantaban, alzaban los brazos y gritaban emocionados. Y, sin embargo, el jonrón es, tal vez, el movimiento más sencillo del juego porque elimina, de un batazo, la acción y deja a todos los jugadores como estatuas. El bateador conecta a la pelota, con tal precisión y tal fuerza, que ella, como cohete, abandona el cielo del campo de juego y llega al cielo donde el límite del campo colinda con las tribunas y con los espectadores. La pelota va más allá del límite. Los jugadores del equipo contrario se convierten en espectadores y, tristes, levantan las caras y siguen la parábola que traza la pelota. Mi papá decía que ese era un momento sublime. ¡Lo es! Por eso, ahora que he presenciado dos jonrones comitecos editoriales siento la misma emoción que sentía mi papá desde el sofá de la casa.
Los dos jonrones comitecos son propuestas que vuelan por nuestros cielos y que nos demuestran que en la identidad está la esencia. Esto es como un juego de béisbol entre dos equipos conocidos, uno que es poderosísimo, porque está constituido por los mejores jugadores del mundo, es la selección de la globalización, la que arrasa con los demás contrincantes; y el otro, un equipo más modesto, pero que está constituido por jugadores que aman su terruño, este equipo es la selección de Comitán y en esta entrada (¡ah, qué emoción!) han anotado dos jonrones, mismos que han permitido que los bateadores den la vuelta completa y lleguen a home (¿mirás qué bonita imagen? Es como decir que llegan a casa).
El dos de febrero (día de La Candelaria), mientras en el parque central de Comitán muchas personas compraban tamales en la tercera feria del tamal, impulsada por María Elena Jiménez, otra multitud abarrotaba el Teatro de la Ciudad para presenciar la puesta en escena de una Pastorela Comiteca, escrita por Raúl Trujillo Tovar y dirigida por su tocayo Raúl Espinosa Mijangos, el caricaturista comiteco.
La pastorela que Raúl escribió es un grito de sol emocionado, es una caricia de aire sencillo. ¿Algún escritor comiteco se había acercado tanto a la tradición? Nadie lo había intentado antes. Raúl no sólo lo ha intentado, sino que logró un canto de amor a ese filo cultural que tanto arraigo tiene en México. En la introducción, el autor explica que las pastorelas son “representaciones teatrales de carácter festivo y popular que narran las peripecias que pasan los pastores para llegar al pueblo de Belén, en donde ha nacido el Salvador”. Raúl en su compromiso de rescate, preservación y fomento de tradiciones (recordemos que en diciembre presentó el Belén monumental de su autoría, en la plaza de San José. Belén que está reconocido como uno de los más bellos del país, y que presenta en un libro, edición de lujo, que se llama “El belén. Arte, tradición y cultura”), escribió el guion y lo situó en Comitán. El arcángel San Miguel se presenta ante un grupo de indígenas tojolabales y les da la buena nueva, del nacimiento del niño Jesús. De esta manera, genial, divertidísima, emotiva, el grupo de tojolabales peregrinan para llegar hasta donde están Jesús, María y José, pasan por el chumís, llegan al Cedro, se confunden en Las Siete Esquinas y, por fin, después de vencer al demonio (el Cakchoj, en este caso, con diversas caracterizaciones: tía Maty, líder de organización, charro, guía de turistas y Trump) llegan al lugar de adoración.
La noche del estreno mundial, la comitecada gozó de inicio a fin. En la contraportada del libro, que contiene el guion de la pastorela, se hace notar al lector que Raúl Trujillo Tovar cumplió veinticinco años en esa labor de fomento del belenismo. Estas bodas de plata tuvieron una celebración de oro con la presentación de esta Pastorela Comiteca.
Posdata: Raúl pegó jonrón y, gracias a ello, la Selección de Comitán obtuvo una carrera a favor. Los jugadores de la Selección de la Globalización no podían creerlo. Ellos enmudecieron, mientras los espectadores comitecos aplaudían y se emocionaban por ese batazo singular. Quedó demostrado que es posible vencer las influencias extranjeras perniciosas y afianzar la identidad cultural. ¡Bien!

lunes, 5 de febrero de 2018

COMITÁN TIENE PRIMER LUGAR




Bueno, digamos que los comitecos siempre nos hemos distinguido de los demás habitantes del mundo. Siempre ha sido así. Está en nuestro carácter, en nuestra personalidad. Digamos, entonces, que poseemos el nombre más insólito para un equipo de fútbol soccer. Lo consignemos, sólo como mero divertimento, sólo para que quede escrito en la historia del mundo, porque los cronistas oficialistas no lo consignarán. ¿A qué pueblo se le ocurre llamar a un equipo con el nombre de una persona? Al pueblo comiteco (bueno, a un grupo de futboleros, pero que radica en este pueblo).
Sucede que el otro día, en las redes sociales, escuché la transmisión de la final del fútbol local. Los equipos contendientes fueron: “Los Caramelos”, de La Trinitaria y “Señor Fox”, de Comitán. ¿Era en serio? Sí. El equipo comiteco se llama “Señor Fox”; los cronistas deportivos lo decían de manera muy seriecita. Juan Carlos Pinto, Quique Guzmán y Panchito Cruz así lo anunciaron: los jugadores de Los Caramelos se enfrentaban con los jugadores del Señor Fox, en la liga de cincuenta y más.
Me sorprendió conocer tal nombre. Si repasamos los nombres de los equipos españoles, italianos o mexicanos, vemos que muchos de ellos tienen nombres de ciudades: Barcelona, Madrid, Milán o Guadalajara y Morelia. Los nombres son genéricos, nunca son individuales. Los nombres representan identidades no personalidades. Sin embargo, acá en Comitán tenemos, ¡bendito Dios!, el nombre de un equipo que alude a un personaje conocidísimo de este pueblo: El señor Fox; es decir, Mario Guillén (el actual presidente municipal de Comitán).
Pensé que esto sería como si algún equipo de la Ciudad de México se llamara Mancera o Slim (en homenaje a uno de los hombres más ricos del planeta). Sería como si un equipo de Chiapas se llamara Manuel Velasco (¡Padre eterno!).
A mí se me hace irrelevante el nombre de un equipo de fútbol, pero entiendo que nombrar a un equipo de fútbol con el nombre de un personaje es un hito en la historia del balompié. Tal vez en alguna otra parte del mundo exista algo similar, pero no lo creo. Los comitecos tenemos el primer lugar.
Y es tan inusual que los propios cronistas se escuchaban titubeantes, porque es mucho más sencillo narrar el encuentro entre equipos con nombres normales: “Ahora el América recupera el balón y las chivas tratan de cubrir la defensa”. Suena lógico. Ahora veamos cómo se escuchaba: “Ahora el Señor Fox recupera el balón y los caramelos tratan de cubrir la defensa”. No suena a juego de conjunto, suena a lo que suena un nombre personal, como si los once jugadores fueran sólo uno: ¡el señor Fox! Uf, qué manera de eliminar la idea de grupo y convertirla en unidad.
“El señor Fox toca en corto”. Ah, pues, seamos serios. Esto se presta a dobles interpretaciones.
Seguí la transmisión dos o tres minutos y después puse una estación de radio, para escuchar un poco de jazz. Ya no supe si Los caramelos ganaron o perdieron. Si ganó el Señor Fox fue punto a favor para su imagen, pero si perdió fue un punto en contra. ¿Qué dirán sus asesores de imagen? ¿Cómo se presentarán ante su jefe para informar que perdió en el estadio? ¿Qué le dijeron? “Señor Fox, con la pena, informamos a usted que perdió”. ¿Cómo? ¿Cuántos goles metió el Señor Fox? ¿Le metieron algún gol ahí donde las arañas tejen sus redes?
“¡Paradón del portero del Señor Fox!”. Ah, pues, sean serios. Esto se presta a doble interpretación.
Digo que escribo esto sólo para consignar una anécdota simpática: En el futbol comiteco existe un equipo que tiene un nombre personal. Salvadas las distancias, es como si en Estados Unidos de Norteamérica, un equipo de fútbol americano se llamara “Mister Trump”.
“Y ahora Mister Trump logra primero y diez”. Ah, pues, sean serios. Esto se presta a doble interpretación.
Que ni se entere mister Donald de esto, ya que siendo tan megalómano no sería de extrañar que una tarde de éstas quiera hacerle la competencia al Señor Fox. Pero que quede constancia que los comitecos obtuvimos el primer lugar mundial. Nadie nos puede arrebatar tal logro.

domingo, 4 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN LAS PUERTAS DEL CIELO




Querida Mariana: “Las puertas del cielo” es el título de un cuento de Julio Cortázar. No sé qué hubiese pensado Julio si una tarde de éstas mirara la foto que ahora estás viendo. ¿Qué habría dicho? No lo sé. Yo digo que, cuando menos, diría que todo en la vida es una serie de secuencias, término que usaba con frecuencia para dar una explicación a lo que está más allá del polvo de nuestros días cotidianos.
Y digo esto, querida mía, porque un día el contador Moya (comiteco) subió esta fotografía a las redes sociales. Para los lectores del mundo de afuera, la foto tiene elementos sencillos. El contador subió al metro de la Ciudad de México, iba con rumbo a Ciudad Universitaria. Él subió detrás de un grupo que, apresurado, abarrotó el vagón. Se paró al lado de la puerta para tener acceso fácil a la hora de salida. Vio a los hombres y mujeres que, por ese instante, eran sus compañeros de viaje. Algunos bajaban antes de la estación y otros, lo supo, era obvio, seguirían viajando después de que él lo hiciera. A final de cuentas, esto del vagón del metro (ya Cortázar lo sabía) no es más que una metáfora de la vida: Viajamos juntos por un determinado tiempo, algunos se bajan antes, otros bajan con nosotros al mismo tiempo y unos más continúan el viaje.
Para los lectores del mundo de afuera esta fotografía no dice más que eso: Un vagón, en un viaje cualquiera, con pasajeros que van ensimismados o leen o platican con amigos o con sus parejas o descubren, asombrados (como el contador Moya) que el juego de los parecidos tiene mucho de ese juego que Cortázar jugaba a menudo y que las puertas del cielo se abren como grietas de luz o como rasguños oscuros.
Digo que para los lectores del mundo de afuera (digamos, los que viajan en otro vagón) esta fotografía no dice más, pero para los lectores de Comitán la fotografía es una línea de luz que contagia de terror la mirada. El contador Moya vio al hombre que viajaba en ese mismo vagón y sintió que una corriente de aire frío le recorría la espalda, que una garra le partía el cristal de su memoria y se hacía añicos, porque este personaje de la Ciudad de México era muy parecido, parecidísimo, al maestro Julio Avendaño Tovar, personaje entrañable de Comitán que había fallecido dos o tres meses antes en Comitán. Y el contador Moya subió al vagón y dos minutos después vio a ese hombre tan semejante y fue como si el destino le refregara una lija en el corazón. Por eso el contador cedió a la tentación, sacó su celular y, con cuidado, apenas por debajo de su cintura, apretó el botón para tomar la foto, para que fuera constancia de esa hendidura del tiempo, de esa coincidencia brutal, de esa secuencia insólita. Y tomó la fotografía y les dijo a los comitecos que se había topado con un hombre parecidísimo al maestro Julio y todo Comitán vio la foto y se asombró ante el parecido.
Y ahora, tal vez, ya nadie recuerda este suceso, pero ¿qué habría dicho Cortázar, quien era un obsesionado con estos juegos metafísicos? ¿Qué hubiera dicho él, quien escribió ese cuento fantástico que se llama “Las puertas del cielo” y que comienza diciendo: “A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir…” y cuenta que Celina era pareja de Mauro y que éste la había sacado de trabajar en algo que era como un cabaret y una noche, muchas noches después de muerta, el narrador, amigo de Mauro, lo lleva a un salón de baile y, de pronto, ambos ven a una mujer que baila y que, de igual manera que le sucedió al contador Moya, tiene un parecido enorme con Celina, la mujer que murió hace días. Mauro le pregunta al amigo narrador: “¿Vos te fijaste?”. Sí, responde el amigo, y Mauro insiste: “¿Vos te fijaste cómo se parecía?” Y ahí acaba el cuento.
La historia del contador Moya también termina acá. Con voz de canario aterido nos preguntó: ¿Se fijaron?, y nosotros dijimos que sí, y él insistió: “¿Se fijaron cómo se parecía?” Y ahí acabó el cuento. Acabó con la certeza de que vimos, por un instante, “Las puertas del cielo”.
¿Qué hubiera dicho Cortázar al conocer esta historia? En el momento que Moya le preguntara: ¿Vos te fijaste cómo se parecía?
Posdata: Uf, las puertas del cielo, las secuencias, las figuras. ¡Uf! Los comitecos que conocieron al maestro Julio Avendaño Tovar casi asegurarían que el hombre que viaja en este vagón es él, pero no puede ser él, porque el maestro murió tres o cuatro meses antes de este instante. ¡No puede ser! ¿No puede ser?

sábado, 3 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, CON SIGNOS DE IDENTIDAD




Querida Mariana: Por favor, mirá con atención la fotografía que anexo. ¿Ya miraste? Son pocos elementos, pero pueden sintetizar mucho de nuestra identidad comiteca.
Si querés vamos analizándolo poco a poco. Primero hagamos una relación de los elementos que acá aparecen. Va. Está el León de La Pila (luego veremos que no es león). ¡Ah, bonita historia! Todo mundo habla del León de la Pila y resulta que lo que ahora hay es un puma (dicen), un puma americano, ¡ah, pucha!
Hay cables. Sí, un signo de los tiempos modernos. Ahora no hay calle que no esté plagada de cables. Luego un techo con tejas, un techo medio torcido. Si mirás bien, en la barbilla del animal, aparece una serie de vigas de madera que sirvieron para sostener el techo de una casa, cuyo techo ya fue demolido porque significaba un gran riesgo. Es la famosa casa de doña Virginia Pérez de Avendaño.
¿Qué más? Ramas de un árbol enorme, de algún sitio; un techo de lámina transparente y una barda rematada con celosía triangular hecha con ladrillos sencillos.
¿Algo más? No, parece que es todo. Claro, hay un sol espléndido y el aire que llega, como muchachito, corriendo desde la Ciénega.
¿Platicamos algo acerca de la casa? Durante mucho tiempo estuvo el techo a punto de derrumbe, ahora ya quitaron las vigas podridas y todas las tejas, por lo que ahora es puro cascarón, pero si uno se da una vuelta por ahí advierte la majestuosidad del patio central. Ahora que la casa ha llamado la atención de nuevo, por el deterioro en que se encontraba y por la cercanía del festejo a San Caralampio, que se da en febrero, muchas personas recuerdan que ahí, en ese patio generoso se realizaban los bailes populares. Pero además, han brincado historias que marcaron el Comitán de antes. Una de las historias es la que cuenta que doña Virginia tenía una cantina en la mera esquina de esa casa (el barrio de La Pila, se sabe, siempre ha sido un barrio bravo y estuvo plagado de cantinuchas y de burdeles). Una tarde, en el interior de la cantina se armó una disputa, los dos contendientes salieron a la calle y uno de ellos sacó un machete y, como si fuera un cuch, le metió una tarascada al otro en la cabeza. Cuando los curiosos vieron que el del machete estaba a punto de soltar otro mandarriazo lo abrazaron, para evitar que ocurriera una tragedia. Pero el herido se dio cuenta de este movimiento y, de su chamarra, sacó un puñal y se fue contra el del machete, quien, como estaba sujetado no pudo defenderse y terminó con un hoyo a mitad de la parte inferior de la panza. Los dos contendientes quedaron malheridos. Los llevaron al hospital de inmediato y ahí los acostaron en camas vecinas, cuando la borrachera se les bajó se quedaron viendo y uno de ellos dijo: “¿Ideay, compadre, me querías rajar la cabeza?”, y el otro contestó: “Eso no era mayor problema, vos me querías capar”.
¿Y qué pasó con el león? Todo mundo en Comitán, al referirse a la leyenda, habla del león. Yo nunca he escuchado que algún mayor diga: “Y sucedió que buscando agua hallaron a un puma americano…”. Nunca, siempre he escuchado que hablan del león de la Pila. Por eso, hace muchos años, una junta del barrio mandó a hacer una escultura de piedra que diera constancia del hecho, inmortalizando al famoso león. El escultor (sin mucha escuela) hizo un león rechoncho, con una gran melena, tal como los había visto en las películas de Tarzán o en la introducción de las películas de la Metro Goldwyn Mayer. Y todo estaba muy bonito. Pero nunca falta el experto que, con lupa en la mano, como si fuese Sherlock Holmes, dijo que ese león de melena sólo existía en las regiones de África, que por acá se paseaban los pumas americanos. ¡Ah!, el escultor Luis Aguilar oyó eso y dijo: “¡De acá soy!”, e hizo la escultura que ahora está trepada sobre una piedra pintada de rojo jode la vista. Debo decir que las dos esculturas no dan fe de la leyenda, porque la leyenda cuenta que los conquistadores españoles hallaron al animal bebiendo agua, y el león de piedra como este puma de bronce andan pajareando, viendo para otro lado, menos hacia el manantial. El puma que hoy existe mira hacia donde están los chorros, como pensando: “¡Total, ahora ni agua hay!”. Ya el colmo se dio cuando, sentados en una banca del parque de la Pila, Manuel me dijo: “¿Puma americano? A mí se me hace que lo que hallaron los conquistadores fue un jaguar. El jaguar era el animal que más se paseaba por estos lugares”. Milagro no lo ha oído Luis, siendo tan hábil como es, ya se habría presentado en la presidencia para proponer una nueva escultura. Si se lo aprobaran, por amor de Dios, que lo ponga bebiendo el agua, tal como sí lo hizo el artista plástico, don Rafael Muñoz, en el mural que existe en la casa de la cultura. Aunque, aquella tarde, Ramón que estaba con nosotros, ya en plan de broma, dijo que tal vez ni fue un puma americano, ni un jaguar, dijo que lo que más camina por acá es el mico de noche, total, dijo, de noche, todos los micos son pardos.
Lo que realmente importa es que haya elementos de análisis y de reflexión. La presencia de esa escultura nos recuerda los orígenes míticos de Comitán y permite que los jóvenes tengan elementos para afianzar su identidad. Los mayores que acuden con sus hijos y nietos al parque de la Pila ven la escultura y cuentan la leyenda. ¡Ah!, es maravilloso ver a los niños sentados en el suelo rodeando al abuelo. Los niños, como tigrillos, beben del manantial de la historia, de la vida. Lavan sus manos en las nubes de la tradición oral, aunque uno de los niños, el más vivaracho, como en conocido comercial televisivo, pregunte: “¿Y el león, apá?”.
¿Mirás qué foto tan decidora es esta foto? Es apenas una esquinita de la Pila y está llena de detalles sublimes, de semillas que germinan en el espíritu comiteco. En el interior de una casa hay una barda que tiene esos triángulos que fue característica fundamental de la arquitectura comiteca. Siempre ha llamado mi atención ese rasgo decorativo. Llama mi atención porque me parece que es uno de los grandes hallazgos de la arquitectura mundial que siempre, sin importar si es del siglo XX o del XXI, persigue la funcionalidad y la belleza con la inclusión de elementos sencillos. ¿Qué más sencillo que realizar este prodigio con sencillos ladrillos que forman triángulos y que, como toda buena celosía, permite el paso del aire, del sol y de las miradas?
Muy pronto el barrio se llenará de jolgorio, aparecerá la lluvia de los eques y de los cohetes y de la marimba y de los niños vestidos de diablitos y de las matracas y de la juncia y de los vendedores de colchas: “Cobertores, setecientos, ¡damos uno, damos otro!, es de terciopelo, ese es su regalo, ¡ochocientos, damos otro! Todo el juego, ¿quién lo quiere? ¡Seiscientos! Ese es jumbo, es el grande, y tú pagas”. El templo del santo consentido de los comitecos se llenará de incienso, de veladoras, del tambor y pito, de rezos, de hombres y mujeres que llegan a pedir bendiciones y a agradecer los milagros que San Caralampio da de manera generosa, porque los creyentes dicen que tata Lampo, desde que llegó a este pueblo y salvó a las personas de la peste, ha sido un santo de gran reciprocidad: los creyentes lo aman y él ama a los creyentes. ¡Eso es amor!, lo demás son miserias. La fidelidad de los comitecos está a prueba de fuego, de igual manera, la fidelidad del santo hacia Comitán es infinita. El santo comiteco cumple a cabalidad lo que dice el Apocalipsis, 2, 10: “Sé fiel hasta la muerte”. ¿Cuántas mujeres cumplen tal sentencia? ¿Cuántos hombres? ¡No!, no, nada digás, ¿para qué nos metemos en profundidades?
El parque (que a mí no me gusta, que se me hace el parque más feo del pueblo) se llenará de vida, de luces. Las personas armarán el guateque, todo en nombre de Tata Lampo. El viento jugará a brincar la cuerda en la fronda de la ceiba, los niños se treparán sobre el “puma” y su lomo será como una resbaladilla; los grupos de fieles llegarán desde las rancherías lejanas, con sus estandartes y con sus hatos de flores y, como los españoles en el Camino a Santiago o los musulmanes cuando llegan a la Meca, dirán: “¡Este año hemos cumplido!”, y cuando la tarde asome su cara en la plaza, los peregrinos regresarán a sus comunidades, cansados, pero satisfechos, y pensarán que han estado en el verdadero corazón de Comitán, porque ahí, donde los chorros platican con su canto de tiucas húmedas, ahí está la esencia del pueblo.
Posdata: Siempre que febrero llega pienso en la feria de la Pila y releo el pasaje que Rosario Castellanos cuenta en su novela “Balún-Canán”, la historia del indígena que sube a la rueda de la fortuna. Es una imagen triste, porque habla del instante que los tojolabales dejan la orilla del centro y se atreven a colocarse en el punto nodal, expuestos (todavía) a sufrir el látigo de la degradación, porque llegan a caminar por los lugares donde antes caminaban con la frente en alto, por los lugares donde los tigrillos eran los amos y bebían el agua del manantial. Claro, eran tiempos antes de los conquistadores, antes que los caxlanes levantaran sus murallas.

viernes, 2 de febrero de 2018

DEFINICIÓN DE CONTROL




Es una palabra engañosa. Es de las más engañosas del mundo. Es una palabra dos caras. ¡Qué diferencia con respecto a la palabra bondad, por ejemplo! La palabra bondad no se presta a la confusión que sí provoca la palabra control. Cuando alguien dice que “Todo está bajo control”, los compañeros y jerarcas de la empresa se sienten satisfechos, casi sonríen. Porque puede ser que ese “Todo está bajo control” se refiera a que los índices peligrosos de la planta nuclear ya volvieron a niveles sin riesgo. En este caso la palabra control provoca sentimientos de alegría, estremecimientos felices.
En esa máscara seductora esconde su rostro de caníbal. La mayoría de personas sólo ven ese aire limpio y caen bajo su influjo.
Pero cuando la palabra control muestra su peor cara, su verdadera identidad, el mundo se cimbra y termina con grietas de espanto.
Respetados lectores, no crean que es un mero juego de palabras. ¡No! La palabra control es la más controladora del mundo. La anécdota que a continuación comparto parecería chiste pero no lo es. Cuando a mi tía Eulogia le preguntaron quién llevaba el control en casa, dijo que su esposo, mi tío Carlos, porque él siempre tenía el control de la televisión. Todo mundo rio, incluso Hortensia dijo que sí, eso era la prueba máxima, porque en todas las casas del país, medio mundo se pelea por tener el control de la televisión.
Cuando la reunión terminó y quedé en la cocina, tomando un té, que me sirvió la tía, ella me dijo que, sin duda, yo había comprendido la verdadera esencia de sus palabras, la ironía de su mensaje. Colorado dije que no, dije que no había comprendido su mensaje. Entonces fue cuando ella explicó: “Le dejo el control para que yo pueda controlarlo. ¿Entiendes?”. Comencé a entender. ¡Claro! Ella no pelea por el control, deja que mi tío vea lo que desee. Ella no ve telenovelas, deja que mi tío vea el fútbol y las series policiales que tanto le gustan. Comencé a entender: Deja que mi tío tenga el control para tenerlo controlado. Mi tía emplea la misma técnica del poder: Hace que televisa controle a las masas con su programación insulsa. El pueblo mexicano cree (cree, no piensa) que el poder reside en el pueblo y así lo manifiesta, mientras se deja seducir por las telenovelas y por el fútbol soccer.
¿Este 2018 es crucial para el futuro de México? ¡Sí!, dice la mayoría, y millones de mexicanos piden a Dios que la selección pase a la segunda ronda en el Mundial de Rusia.
¡Nos tienen controlados! Ellos, los poderosos, dicen: “Les demos el control para que sigan sometidos a nuestro control” y nosotros somos felices con el control en la mano.

jueves, 1 de febrero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UNA CHULADA DE FOTO




Querida Mariana: Tu amigo Hugo envió esta fotografía que anexo y dijo que era una “chulada de foto”. Sí. ¿No iba a decir algo?, preguntó. ¡No! ¿Qué podía decir? Es como cuando estás parado frente al mar y quien está a tu lado dice que eso es bello. Ante eso nada podés agregar, vale más quedarse mudo y admirar lo que tenés enfrente.
Lo que sí me impresionó fue lo que Hugo dijo: “Es una chulada de foto”. Recordé que cuando tenía ocho o nueve años, Ramiro llegaba a la casa, tocaba la puerta y cuando yo abría él me apuraba para que fuéramos a buscar “bonitas”. El juego era fascinante, caminábamos por las calles, al lado de casas con balcones y puertas enormes que resguardaban los patios con sus corredores y pilares de madera y bajábamos hasta Yalchivol donde comenzábamos con el juego. Ramiro pateaba las piedras, levantaba polvo, hasta que se acuclillaba y, como si tuviera una moneda de oro, levantaba el brazo y me mostraba una piedra bola, pequeña, que le cabía perfectamente en la mano. Me acercaba y veía la redondez, la perfección de la piedra, el color ambarino con vetas rojas. Los dos sabíamos que esa era una “bonita”. Esta piedra podía servir, si la colocábamos en la chapeta de la tiradora, para matar pajaritos en el rumbo del río grande, o podía servir para regalárselas a la tía Rosa para que la colocara en la mesa de centro o en su buró, o podía servir para dársela, envuelta en papel de china, a la niña que nos gustaba, o, en ocasiones, para espantar al “Bruno” que siempre, cuando pasábamos por el frente, se somataba en la malla de gallinero, mostrándonos sus colmillos, ladrando como si fuéramos delincuentes.
Cuando encontrábamos una bonita, Ramiro la guardaba en su bolsillo y subíamos al parque. En el camino, Ramiro que era un curioso inagotable, señalaba una casa con su dedo índice y decía: “¡Otra bonita!” y yo miraba la ventana que señalaba y sonreía, porque habíamos hallado otra bonita. Una ventana pequeña, casi del tamaño de un dedal, sólo para un ojo. ¡Ah, qué maravilla!
Como ya comprendiste, querida Mariana, no todo cabía en nuestro juego. Cabía, sí, la niña que caminaba en el parque y que nosotros veíamos sentados en una banca; cabía la abuela, la rosa, la piedra, la luna, la risa de Amanda, pero no cabía el balcón, ni el auto, ni el sol, ni el árbol; es decir, el juego de la bonita sólo permitía objetos femeninos.
Una mañana, cuando Ramiro tocó la puerta, abrí, salí y caminamos por la bajada de la Pila, comenté eso a Ramiro. Vi que una niebla apareció en su mirada y como si intuyera que estaba echando a perder su juego, un instante después, con la sagacidad que lo caracterizaba dijo: “A partir de hoy el juego se llama Chulada”. Rio y dijo: “Mula el último” y echó a correr por la bajada. Lo seguí. Siempre lo seguía. Lo seguí en su juego que, ahora, permitía todo. Cuando llegamos a la esquina, señaló con su índice y dijo: “Ahí está una chulada, ¡chulada de balcón!”. Yo sonreí, en mi sonrisa había una palomita de diez que, como maestro, estaba escribiendo en el cuaderno de Ramiro. ¡Su descubrimiento era maravilloso! La palabra chulada, a diferencia de la palabra bonita, admitía todos los objetos, los femeninos y los masculinos. Bien podía decirse: Chulada de piedra, chulada de casa, chulada de auto, chulada de hombre, chulada de mujer. En chulada cabía todo el universo. Pensé entonces que la palaba chulada era una chulada de palabra.
Posdata: Esto, querida niña, fue lo que pensé cuando leí lo que Hugo escribió, cuando me alentaba a ver la fotografía. Yo nada dije. ¿Qué iba a decir? No me había jalado la fotografía, me había subyugado el recuerdo de la palabra. La palabra chulada es una chulada de palabra. Permite que quepa todo el universo.

miércoles, 31 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY ESPACIOS LLENOS DE LODO




Querida Mariana: Se cuenta que hubo un pueblo que tenía un templo, una presidencia municipal, una escuela y una cantina. Los jerarcas de los dos primeros censuraban lo que sucedía en los dos últimos recintos. Desde el púlpito o el escritorio principal, el cura y el presidente hablaban del bajo promedio de aprendizaje por parte de los alumnos y del incremento de borrachos en el poblado. Los fieles, de ambas instituciones, estaban de acuerdo con la opinión de los jerarcas, y opinaban que debían hacer algo con urgencia.
Los niños estudiantes pasaban todos los días por la cantina, a la hora que salían de clase. Veían cómo los hombres empujaban con ambas manos la puerta abatible y desaparecían para volver a emerger, horas después, ya ebrios, extendiendo los brazos en intento de sostenerse en paredes invisibles. A las cinco de la tarde, hora en que los niños salían de la escuela, decenas de cuerpos estaban tirados en la banqueta de la cantina. Algunos alumnos, los más atrevidos, jugaban a brincar los cuerpos, como si éstos fuesen enormes piedras.
Una tarde, la noticia se desperdigó como agua desbocada: dos borrachos pelearon en el interior de la cantina, el motivo es irrelevante, lo notable fue que uno de ellos sacó un puñal e hirió al otro, haciéndole un agujero a mitad del estómago. El herido, en el instante que sintió la herida, en forma instintiva se llevó las manos al vientre y, titubeante, caminó hacia la salida. Incapaz de continuar caminando cayó a mitad de la calle empolvada. Los niños que salían de la escuela vieron toda la escena, vieron cuando el herido cayó, cuando el agresor corrió por el callejón para escapar. Uno de los niños brincó sobre el herido.
Al día siguiente, los jerarcas de la iglesia y de la presidencia censuraron el acto. Dijeron que los alumnos cada vez eran más irrespetuosos y que los ebrios, cada vez, cometían más excesos. Los fieles, de ambas instituciones, exigieron una solución inmediata a los problemas de la comunidad. Una señora, con chal y trenzas, se paró y dijo que hablaba en nombre de todos los padres de familia: Es una vergüenza, así lo dijo, que nuestros hijos tengan que ver espectáculos tan denigrantes. Todos aplaudieron. La autoridad estuvo de acuerdo y dijo que ella, a su vez, exigiría a la autoridad estatal un aumento en el presupuesto del municipio para evitar ese tipo de escenas deplorables.
La autoridad estatal aceptó la solicitud y amplió el presupuesto, mismo aumento que sirvió para que la autoridad municipal contratara a dos policías para que vigilaran que los ebrios de la cantina salieran por la puerta de atrás para evitar que los alumnos vieran escenas tan deshonrosas.
Posdata: Estoy seguro, querida Mariana, que te botaste de la risa al leer el final del textillo. Sí, coincido con vos. ¡Qué autoridad tan tonta, tan estúpida! Bueno, no vayás a pensar que esto sólo ocurre en la ficción. ¡No! En nuestro país, en nuestro estado y en nuestro municipio, hay pruebas de comportamientos similares. Las autoridades, en lugar de invertir en cultura, invierten en armamento para contrarrestar a los grupos delincuenciales. Muchos dirán que es lo lógico. ¿De verdad esto ayuda? Parece que no. A pesar de los recortes al sector cultura para pasarlos a las diversas secretarías de protección policial, los índices de delincuencia han aumentado. ¿Por qué? Ah, no me preguntés. No soy experto. Sólo sé que si esta nación hubiese invertido más en cultura hace treinta o cuarenta años otra juventud existiría ahora. Sólo eso sé.

martes, 30 de enero de 2018

HISTORIAS CONOCIDAS




Todo mundo conoce la historia del perro que, en Japón, acudía a la estación de tren a esperar a su amo. El amo ya había muerto, pero el perro no lo sabía. ¿Cómo un perro puede saber que un afecto ya no está, porque falleció? El perro se echaba, recargaba la cabeza sobre su pata delantera izquierda y veía hacia el frente, con esa mirada de niebla afectuosa y misteriosa que tienen todos los perros, como si vieran algo desde más atrás, desde una ventana indecible. Ahí se estaba hasta que el tren llegaba y al ver que su amo no había llegado pensaba: “Hoy no vino, será mañana” y así transcurrían los días. El perro jamás dejó de llegar, hasta que, viejo y cansado, él también murió. En Japón existe un monumento que es recordatorio permanente de esta relación de fidelidad.
De igual manera, todo mundo conoce la historia de Kalimán, el hombre increíble, el personaje de revistas ilustradas, que en los años sesenta y setenta hizo la delicia, cada semana, de millones de lectores. Kalimán era un personaje que recomendaba a su fiel asistente, que se llamaba Solín, que siempre tuviera “Serenidad y paciencia”, además, era un convencido de que “Quien domina la mente ¡domina todo!”. En Comitán fue famosa la serie radiofónica que trasmitía la XEUI, primera estación radiofónica comercial. Muchísimas personas fueron fieles escuchas de ese programa que se vanagloriaba de que la voz del personaje era la de él mismo: “En el papel de Kalimán, ¡el propio Kalimán!”. ¡Mentira! Luego medio mundo se enteró que la voz de Kalimán era la del actor Manuel Pelayo, que luego se hizo famoso con un programa de televisión que se llamaba: “Sube Pelayo, sube”, y que era un programa de concursos donde el conductor sobajaba a los participantes. Era un programa ingrato que contradecía la ideología del personaje al que le había prestado la voz, porque Kalimán nunca dominó su mente para dominar a los incautos, sino al contrario.
¿Alguien imaginó alguna vez que las dos historias se hicieran una sola? Sí, alguien la imaginó. En esta fotografía aparece un perro que se llama Kalimán. ¿Por qué su dueño lo bautizó con tal nombre? No lo sé. Imagino que don Noé, amo del perro, escuchó el programa radiofónico o leyó la revista de historietas y supo que dos valores fundamentales de la vida son la serenidad y la paciencia, por lo que bautizó con el nombre de Kalimán a su chucho. En esta fotografía, Kalimán, igual que su compañero japonés, realiza el mismo acto de fidelidad infinita, porque una tarde ingrata, su amo fue llevado al hospital, debido a un desvanecimiento ocasionado por un infarto. La etapa del hospital fue una etapa de desasosiego del animal. En la tarde salía de casa e iba al entronque de la carretera a esperar el camión. Movía la cola cuando veía que el camión se acercaba, pero se retiraba triste en el momento en que advertía que don Noé no bajaba. Sólo veía bajar a mujeres con canastos y hombres con cajas de herramientas, que volvían del trabajo diario.
El corazón de don Noé se cansó y ya no volvió a correr con la alegría que lo hizo durante más de ochenta años. Una tarde lo regresaron a su pueblo, pero ya en una carroza. Kalimán corría de un lado para otro, pero no alcanzaba a comprender. ¿En dónde estaba su amo? ¿Por qué no, como siempre, bajaba del auto y se ponía a jugar con él?
La fotografía es de la tarde que enterraron a su amo. Kalimán se retiró de la multitud que oraba frente a la tumba. El perro se echó al lado de la reja que luego sirvió para recibir las paletadas de cemento y cubrir el hueco en la tierra. Kalimán está en la misma posición del perro japonés, está en espera de que suceda el milagro, está con la cabeza sobre la pata, ve hacia la nada desde la nada, espera el prodigio para pararse de manos y abrazar al amo.
Esta historia se repite miles de veces todos los días en el mundo. Los perros esperan a sus amos ausentes. Los extrañan. ¿Cómo explicarle a una mascota que su amo no regresará porque ya falleció? ¿Cómo decir que la vida tiene ese lado ingrato que son huecos en el aire? ¿Cómo si los seres humanos no somos Kalimán y no tenemos la capacidad de dominar la mente? Porque si domináramos la mente, pudiéramos comunicarnos con los perros y con los gatos y con los canarios y con todas las mascotas que se quedan huérfanas cuando se revienta el hilo de luz.

Don Noé se fue. Kalimán quedó. Aún cree que su amo volverá. Cuando el autobús llega y no lo ve bajar, piensa: “Hoy no vino. Será mañana”. Mientras tanto se hace viejo.
Todo mundo conoce la historia del perro japonés que esperó a su amo, tarde tras tarde. Todo mundo conoce la historia de Kalimán, personaje de historieta que recomendaba paciencia y serenidad.
Hoy, algunos lectores conocen la historia de Kalimán, el perro increíble, que espera serena y pacientemente que una tarde de éstas don Noé baje del camión.

lunes, 29 de enero de 2018

MIENTRAS TODOS DUERMEN




Romeo me contó que Romina y él ya encontraron la fórmula para ser felices mientras duermen.
Ella, su amiga de toda la vida, se pone el pijama, arregla la almohada, se descalza de las pantuflas y se mete debajo de las colchas. Sobre la silla queda su ropa del día, su blusa, su pantalón y su sostén, sostén color crema, de seda.
Es prodigioso verla meterse a la cama. Sube todas las colchas hasta el cuello y se queda así, deteniendo las colchas con ambas manos, para que el calor de su cuerpo comience a calentar el interior. Le encanta sostener el peso de las sábanas, por eso es feliz en el frío de Comitán. Odia el calor, odia cubrirse sólo con una sábana.
Una vez que ya entró en calor, toma el atril especial del buró y lo coloca al frente, abre el libro en la página que lo dejó y vuelve a meter sus manos debajo de las colchas.
De la silla emana el aroma de su cuerpo, es un aroma muy sutil. Su ropa huele a ella, a Romina, al sudor de sol de todo el día. Ella es como un campo, como un bosque lleno de pinos paridores de juncia fresca.
Cuando el sueño comienza a entrar a su cuerpo, saca las manos, coloca el atril en el buró, deja el libro, apaga la luz y a Romeo le dice Buenas noches. Él sabe que ella se recostará sobre su lado izquierdo, la mano izquierda la llevará hacia donde descansan sus pechitos, breves, tiernos; y su mano derecha la colocará sobre su cadera. De esta forma soñará sueños limpios, bonitos. Sueños como el de la noche del catorce de enero en que soñó que caminaba por la orilla de un lago lleno de patos. Caminaba por un sendero de gravilla, sacaba granos de arroz de una bolsa y los echaba al agua. Los patos se arremolinaban y comían. Se había detenido por completo cuando vio, a mitad del sendero a un hombre sentado en una banca de fierro. ¡Cómo se parecía a su papá! Pero no podía ser, pensaba dentro del sueño, porque su papá murió hace más de cuatro años. Seguía aventando granos de arroz al lago, cuando escuchó su nombre. Era su papá que la llamaba. Ella corrió, abrazó a su papá, lo besó, se sintió feliz, pero no dejaba de preguntarle: “¿No estás muerto?”, y él negaba con la cabeza. Cuando Romina despertó estaba radiante. Al despertar contó su sueño. Dijo que su papá no había respondido cuando ella le preguntaba si no estaba muerto. Entonces Romeo le recordó que ella había oído su nombre, que él le había hablado. Dijo que sí y volvió a sonreír. Dijo que todo había parecido tan real, aún sentía el abrazo de su papá.
Cuando Romina se acuesta y apaga la luz, Romeo se sienta al lado de la silla donde está su ropa, para estar más cerca de su aroma. Le encanta oler su ropa, la concentración del aroma del día. Su sostén es de tela muy suave, huele muy bien.
Romina, humana después de todo, a veces también tiene pesadillas, pero esto sucede muy pocas veces. Porque ya descubrió que una pesadilla se da cuando se recuesta sobre su lado izquierdo, pero luego, agotada la posición, se da la vuelta y no llega a recostarse del todo sobre su lado derecho. La pesadilla se da cuando ella se queda un tantito con el frente hacia arriba, cuando su mano derecha reposa sobre el colchón y su mano izquierda abandona a sus pechitos. Entonces ¡la pesadilla aparece!, como la que tuvo la noche del dieciocho de abril de dos mil cuatro, cuando ella comenzó a soñar que estaba en un patio lleno de jaulas abiertas y en un árbol había un racimo de pájaros vivos que cantaban la canción Comitán. Era muy loco, pero era muy bello, dijo Romina, sentada en la cama, con la blusa desabotonada del pijama. Sus pechitos se movían acompasadamente en cada respiración. Pero, luego contó que el sueño bello se tornó en pesadilla, sin duda porque Romina cambió de posición y su brazo derecho cayó sobre el colchón y su cuerpo quedó sin recostarse completamente en el lado derecho. Romina caminaba por en medio de los árboles con las jaulas abiertas cuando detrás de un árbol asomó un perro con la fauces abiertas, babeantes. El perro gruñía y estaba a punto de lanzarse contra ella. Romina buscaba dónde protegerse, pero las jaulas estaban cerradas, ella era tan pequeña como un canario y buscaba entrar a alguna jaula, pero no podía. El perro se acercaba cada vez más y ella ya podía sentir la podredumbre de su huelgo. Ella gritaba, pensaba dónde estaban sus alas, pero comprobaba que tenía el tamaño de un canario, pero no era un ave; al contrario, tenía una cola como de lagartija. Gritaba. Gritaba. Por eso, Romeo se sentó en la orilla de la cama y la despertó. La abrazó. Ella lloraba. Él la consolaba.
Cuando amanece, Romina va a la cocina y prepara el desayuno. Romeo se sienta al lado del ventanal y escucha el sueño que ella le cuenta. Al terminar, Romeo va al cuarto, se pone el pijama y espera que Romina llegue para leerle un cuento (le gustan los cuentos de Fabio Morábito) y cuando le toca dormir a Romeo, Romina cuida que su sueño sea placentero, que al darse la vuelta no quede en posición en que las pesadillas aparecen. Así son felices. Ella duerme en la noche y él durante el día.