domingo, 11 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON UNA ESPIGA DE LUZ

Querida Mariana: Carlos Escobar Rodas (Carlos Barró) expone en Comitán, su tierra. Él radica en otra ciudad desde hace mucho tiempo, pero su mushuc quedó enterrado acá. Sus mayores enterraron su ombligo en esta tierra, por eso, a pesar de que radica en otra parcela, su mushuc ha crecido acá, ya es un enormísimo árbol, con ramas que cobijan nidos y pájaros, su árbol canta, es un cenzontle de mil colores. Su obra está expuesta en la sala de exposiciones temporales “Rufino Tamayo”, del Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos. Es una exposición que Carlos dedica al ingeniero Armando Alfonzo Alfonzo. Ah, cuántos nombres unidos en esta cinta: Hermila Domínguez de Castellanos (hija del héroe Belisario Domínguez), Rufino Tamayo (genial pintor oaxaqueño), Armando Alfonzo Alfonzo (dibujante, pintor y escritor de libros que preservan la identidad comiteca). Carlos vino desde la tierra que hoy habita a honrar su nombre, a rescatar el Carlos que jugó en los sitios de Comitán, que caminó las calles de su pueblo en la adolescencia. Vino a beber el aire que da vida. Su presencia física y su presencia artística son muestra palpable del cariño que profesa a Comitán. Vino a cumplir con un compromiso moral, a decir que su pincel y su espíritu siguen caminando las sendas de este pueblo. Todo mundo de acá debe visitar su exposición. Él llegó con un bonche de cuadros donde la luz de Comitán está presente. La mirada de Carlos es una mirada única. Él, desde lejos, sigue bebiendo la luminosidad de este pueblo, la pasa por el cristal del arte y la entrega con generosidad. Quien visite la muestra pictórica, persona mayor o joven, encontrará el espíritu de la región; se encontrará, como si se viera en un espejo. Los de casa, de inmediato reconocerán las edificaciones ahí presentadas. “Mirá, mirá, es el templo de San Caralampio”. Sí, Carlos, en el panel central de la exposición, hizo un trabajo de curaduría donde colocó un retrato de Armando Alfonzo en el centro. Los más jóvenes preguntarán ¿quién es ese señor?, al estilo de Cricrí podemos responder: el comiteco mayor; porque Carlos (ah, qué generosidad) vuelve a recordarnos a los comitecos que somos hijos de la tradición, la tradición nos señala el camino. Carlos reconoce que su pincel viene de los trazos de los mayores. Con su exposición honra y preserva la identidad de Comitán. Vino de lejos a decirnos que esto somos, no debemos buscar en otra parte, nuestro tesoro está en lo que hicieron los comitecos que nos precedieron. El talento de Carlos ha sido abonado con las imágenes de su pueblo natal: ¡Comitán! Carlos nombró a su exposición: “Lo que el tiempo se llevó”. Muchas de las imágenes que presenta ya no tienen ese rostro, el tiempo las ha transformado. Sin embargo, Carlos es un demiurgo, ha recuperado la esencia de lo que el tiempo quiso borrar de la memoria, lo ha traído lleno de luz a este siglo XXI y lo presenta novedoso, lleno de vida. Carlos, comiteco excepcional, cumple con su vocación de ciudadano ejemplar, con su genio artístico que entrega a manos llenas. Vino porque un día así lo decidió. “Iré a mi pueblo a presentar mi obra”, pensó y, como Odiseo, regresó a Ítaca, donde Penélope siempre espera. “Impresiones del Ch’ujlel”, improntas del alma. Carlos, en su estudio, ha pintado a Comitán lejos de Comitán. Qué maravillosa labor creativa. Carlos tiene la capacidad de insertar una burbuja cositía en la burbuja donde radica. En esa burbuja toda la esencia comiteca difunde su aroma, su sabor, su voz y, sobre todo, su color. Carlos nos comparte una serie de pinturas donde el alma comiteca se sintetiza a través del trazo y del color. Cada espectador tendrá sus pinturas favoritas al final del recorrido. A mí me encantó el cuadro del templo de San Sebastián, el cielo del fondo es un mar en movimiento y la fachada del templo está a punto de volar, de hacerse paloma y fundirse en las nubes. El templo parece tener alas y se inclina dispuesto a dar el salto que lo hará levitar. Los cielos comitecos que pinta Carlos sólo se encuentran en su obra, son cielos juguetones, espectrales, parientes de los maravillosos cielos que pintó Van Gogh, cielos únicos. Posdata: reverencio la generosidad de Carlos, el comiteco excepcional. Vino de lejos a entregarnos su mirada artística, a decirnos (de nuevo) que la esencia de Comitán no se la ha llevado el tiempo, que pasarán los siglos y ahí permanecerá, gracias al talento de hijos preclaros como Carlos. Mientras los comitecos honremos y preservemos el legado de nuestros mayores, la gloria de nuestro pueblo permanecerá eterna. Carlos vino a decirnos que la esencia de nuestro pueblo está en nosotros, debemos ver hacia nuestro interior, ahí está la gloria suprema. Carlos vino a llenarse, a llevar el aire de su pueblo; pero vino, sobre todo, como una de esas canasteras, a entregar los frutos de su talento, de su mirada. En esa misma sala, una noche de hace muchas noches, el comiteco Luis Aguilar también trajo esculturas. ¿Qué decir ante el acto generoso de estos artistas comitecos que están lejos pero no olvidan su tierra? ¡Gracias! ¡Tzatz Comitán!

sábado, 10 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON POSADAS

Querida Mariana: vos sabés que Guadalupe Posada fue uno de los más grandes grabadores de México. A él se debe la popularidad de la famosa Catrina, porque hacía caricaturas de ella. Don Marcos, el de la Cruz Grande, decía, en época decembrina: “Ya vienen las primas de Guadalupe”, los que sabíamos su chiste lo celebrábamos, pero quien no sabía se quedaba con la interrogante, hasta que preguntaba: “¿Quiénes son las primas de Guadalupe?”. Las Posadas, decía don Marcos, botado de la risa. A mí me encantaba su humor y su ingenio, porque como en diciembre también celebramos a la Virgen de Guadalupe todo encajaba a la perfección. Pues, querida mía, así como no queriendo la cosa, ya llegamos al mes de diciembre del veinte veintidós y México celebra a la Virgen de Guadalupe y luego vienen las primas de Guadalupe. A mucha gente le encanta el mes de diciembre, precisamente por la celebración de la navidad. Si me preguntás por mi época del año favorita puedo decir que me gustan todas, sin preferencia. Cada época tiene su encanto. Por supuesto, como todos, conservo recuerdos apreciables de la época navideña, pero, como siempre he sido escaso y muy de casa, pues no viví lo que sí vivieron mis amigos de infancia. ¿Asistí a posadas? Ah, casi no recuerdo. En casa mi mamá preparaba el nacimiento, hacía hojuelas regadas con miel (en muchas casas comitecas acostumbran regarlas con temperante) y orábamos. Has de imaginar que la época navideña en casa tenía su encanto particular, pero no tenía la etiqueta de bulla y jolgorio que había en las demás casas. En las casas de mis amigos las primas de Guadalupe eran bullangeras, alegrísimas. Los niños y adultos se concentraban en los patios centrales y, al grito de ¡dale, dale, dale!, daban palos en el aire, en intento de quebrar la piñata, y a la hora que ésta abría su panza y caían los dulces y las naranjas y limas, toda la chiquitada se aventaba para coger la mayor cantidad de piezas. Ah, qué alegría. Qué maravilloso simbolismo: de la panza de la olla ¡el maná! En casa nunca hubo piñata en las posadas, salvo en mi cumpleaños. Por eso, debí buscar algunas maneras de hacer inolvidable el festejo. Me encantaban las luces de bengala. Con la velita prendía las luces y movía los alambritos para hacer círculos con chispitas que caían al piso. En el piso, también, me gustaba hacer figuras con la cera derretida, ponía inclinada la velita (por lo regular de color rojo) y dejaba caer la cera, hacía caritas, carritos o vagones de trenes. Mientras rezábamos yo me divertía con eso. Sí fui a las posadas que organizaban frente al templo de Santo Domingo. Pienso que ahora ya no las hacen. En los años sesenta era posadas sensacionales. Cerraban la calle y cientos de personas se acercaban al festejo. Los organizadores tendían lazos de uno a otro lado y los niños quebraban piñata. Ya me conocés, jamás fui de los “quebradores” ni me aventé en la montaña de niños para pepenar dulces, pero sí disfruté la emoción generada. La energía que brotaba de ese círculo me abrazaba, me llenaba de gusto, sonreía. Durante todo el año acudíamos a la doctrina, al final de cada sesión nos daban un boletito (también de color rojo) y los guardábamos en una cajita de cartón, porque ya nos habían dicho que esos boletitos los podríamos cambiar por los antojitos que ponían en mesas: panes compuestos, tortas, salvadillos con temperante, taquitos dorados. Ah, como mirás, era un gran festejo, la comunidad de chiquitíos se condensaba en una burbuja maravillosa. Los organizadores hacían dinámicas de carreras de encostalados o del comal tiznado. Estos juegos me encantaban. Ah, me da urticaria repetir que sólo era espectador, pero esto me llenaba de vida. Lo mismo sucede ahora, no participo en actividades comunitarias, pero sí observo de lejos lo que sucede y esto es como alimento para mi espíritu. Lo del comal tiznado era maravilloso. Colgaban un comal con tizne y cuatro o cinco monedas de un peso (un buen dinero para los niños de aquellos años). Muchos niños hacían fila para competir. Con los brazos en la espalda trataban de quitar la moneda con la boca, era una labor difícil ya que el comal se movía en cada intento y las caras de los concursantes se llenaban de tizne, terminaban como si fueran limpiadores de hollín de las chimeneas, los blancos se volvían morenos y los morenos se convertían en negros, negritos cucurumbé. Todo esto lo miraba con asombro. La emoción de un competidor es indescriptible. Nada se puede comparar con la experiencia que obtiene el corredor de fórmula uno; pero el espectador también desarrolla un hábito sensorial indescriptible. Dado que siempre he sido espectador he obtenido una enorme capacidad de apropiación. Permanezco parado, como si el aire no me interrumpiera, pero, en realidad, mi espíritu se llena de una burbuja festiva, donde se mueve un agua infinita, cálida, que produce una sensación de vértigo chispeante, como si un enjambre de luciérnagas bailara en mi interior y frente a mis ojos. Ser espectador tiene su chiste. Tal vez exige más capacidad sensorial que la que obtiene un participante, porque quien participa en una carrera de autos, un basquetbolista, un alpinista, un esquiador, está inmerso en la burbuja; en cambio, el espectador debe apropiarse de esa energía, debe extender la mano, coger hilos de luz y untárselos en su espíritu. ¿Mirás qué proceso tan interesante? Por eso no me sorprendo cuando veo un documental donde las fanáticas se desmayan en un concierto de Los Beatles. Ese desvanecimiento demuestra que las chicas obtuvieron un mayor grado de emoción que los propios músicos. Ser un espectador demanda una capacidad emocional exclusiva. Desde siempre he formado parte de la audiencia de partidos de fútbol, de carreras de caballos, de ballet, de conciertos, de voleibol, de carreras de bicicletas, de gente que baila en las fiestas, de fanáticos que gritan ¡gol, gol, gol!, como si se les fuera la vida en eso. En las temporadas navideñas de mi infancia me volví un espectador de las posadas. Nunca participé del grupo de enfiestados, siempre los he visto a distancia. Sostenía una varita con luces de bengala y yo solo hacía círculos luminosos; inclinaba la vela y hacía dibujos en el piso de madera con la cera derretida. Todo era un goce individual. Sigo siendo ese niño de entonces. Ya viejo sigo disfrutando las navidades a distancia. Veo cómo la gente se reúne. En las calles van las procesiones con personas que cantan villancicos, cargan al niño Dios, arropado con trajecitos brillantes, llevan sus velas encerradas en cajitas de papel de china, queman triques y luces de bengala, todo lo hacen en comunidad, la risa de un rostro se une con otra y una más y la sonrisa se convierte en una hamaca luminosa, alegre, jocosa. Me encantan todas las temporadas del año. Disfruto cada una de las estaciones. Cuando llega la navidad me gusta salir a la calle (ahora lo hago con cubrebocas y guardo distancia), veo las casas adornadas con foquitos; me acerco a las ventanas y observo los árboles de navidad y los nacimientos en las salas de las casas; escucho la música de algún tecladista con los tonos repetitivos de los ritmos actuales, sin gracia armónica, pero que hacen que movamos los pies. He sido testigo de las celebraciones comitecas, desde los años sesenta del siglo pasado. Ya llegamos a la puerta del fin de año del veinte veintidós. El siglo XXI se comió al anterior. Ya no se hacen las posadas frente al templo de Santo Domingo; los alegres compadres de la XEUI no están para hacer las posadas musicales que eran esperadas con emoción. Siempre que veo las entradas de velas y flores en honor a la Virgen de Guadalupe pienso, de inmediato, en lo que decía don Marcos, del barrio de la Cruz Grande: “¡Ya vienen las primas de Guadalupe! Las posadas”. Sólo quienes tenían el referente del grabador Guadalupe Posada celebraban el dicho, los otros lo ignoraban. Don Marcos lo hacía con ánimo de calentar el ambiente, de decir que pronto las casas se llenarían de colores y aromas navideños. Posdata: desde siempre el color rojo ha sido un color que está presente en forma contundente; asimismo, los aromas de ponche y de ramas para nacimientos. Digo que el siglo XXI se comió al siglo XX porque algunos aromas de antes se extraviaron. Hoy, la mayoría de árboles navideños son de plástico, huelen a eso, ¡a plástico! Hoy, en muchos hogares no hacen nacimientos, se perdió el aroma de la lamita (los ambientalistas protegen la flora y nos dicen que no debemos quitar el musgo y el pashte de su entorno natural). Nunca tomé el garrote para quebrar la piñata, nunca me aventé sobre la montaña de niños para intentar atrapar los dulces que caían de la piñata, pero sí he vivido con intensidad esas imágenes, recargado en un pilar o sentado en una silla en el corredor de la casa, al lado de una maceta llena de helechos. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 8 de diciembre de 2022

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA

Lizeth sola, sentada sobre una piedra. Cerca de ella están las otras piedras, solas, sin presencia humana. Lizeth y la piedra donde está sentada forman una unidad temporal, por el rato que ella permanezca ahí. Después de un tiempo, Lizeth irá a otra parte (es el destino del ser humano) y la piedra volverá a quedarse sola, pero algo en su corazón de piedra dirá que ella es más que las demás piedras. En esta fotografía sólo se ve a Lizeth, ella llenándose de ese paisaje silencioso, casi inerte, pero rotundo, magistral. Porque las nubes se desplazan en la cima de los cerros. Es tal el movimiento que parecería que esas nubes hubiesen desplazado las piedras que rodean a la montaña, las que dividen el prodigioso amontonamiento de tierra con el agua, como si dijeran que ellas son la frontera entre la pendiente y el espejo de agua. Todo parece quieto y sin embargo todo se mueve. Así lo advierte el aire frío y el ligero oleaje del agua. El agua llega hasta donde está Lizeth, como si deseara entablar un diálogo, como si quisiera contarle un secreto, secreto que ella, la chica de los zapatos negros, jeans y chamarra color vino, trata de escuchar en medio de esa apabullante esfera de silencio. Es un instante donde todo está en suspenso, pero si miramos bien podemos escuchar todavía el rugido de las piedras acomodándose en la orilla del lago, como si miles de ovejas hubiesen bajado en tropel de lo alto de la montaña. ¿Tenían sed esas piedras? Tal vez por eso, como gacelas, están inclinadas para beber agua, sus pies están en la orilla, silenciosas. Las piedras son tiernas, pero rudas a la vez. No temen la presencia de las panteras, se saben poderosas. Son magnánimas, por eso, la piedra líder, la piedra Moisés, permite que Lizeth se siente sobre ella. Las piedras, desde siempre, son amigas que acompañan las soledades de las personas. Están en todas partes, en los caminos, a mitad de las montañas, escondidas en el vientre de los cerros, a la orilla de los lagos. Las más dóciles sirven para hacer muros y cimientos de las casas. No se mueven. La madre grita: “niñas, vengan a cenar”, y las piedras ignoran el llamado, entonces la madre zapatea sobre la tierra y los seres humanos se alarman, gritan: ¡temblor, temblor! Son las piedras que corren a tomar café con pan en la mesa. Estas piedras que están en la orilla del lago estuvieron un día en la cima y bajaron como en tobogán bestial para beber del agua. Y ahí está Lizeth. ¿Qué bajó a beber ella? ¿Agua? Tal vez algo más profundo. Así lo advierte su mirada, la sencillez de su pose: las piernas flexionadas y los brazos unidos a través de las manos. Cuando los seres humanos unimos las manos, nos abrazamos, cerramos el círculo vital interior. Ella mira hacia el lago. A su espalda y costados están las montañas, madres de la piedra. Al fondo, el tiempo ha hecho surcos prodigiosos en las laderas, la pátina se derrama generosa, en blancos oscuros y en negros tibios. La línea del horizonte sólo está en la mirada de la chica, todo está circundado por montañas. Los ojos expertos reconocerán el paisaje: el Nevado de Toluca. Falso, la chica no está sola. Hubo una presencia que tomó la foto, que hizo eterno este instante prodigioso. La fotografía la tomó Jaime Córdova, quien nació en Tzimol, lugar cercano a Comitán. En Tzimol no hay montañas nevadas, en ese maravilloso pueblo el fuego crepita en los calderos donde hacen panela. Tzimol tiene caliente el corazón. Acá, en esta fotografía, Lizeth da calor a la piedra, al agua, a la montaña, a la cobija bordada con nubes.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON PRESENCIA DE POETAS COMITECOS

Querida Mariana: Socorro Trejo Sirvent es una poeta. Obtuvo el Premio Chiapas, por su obra. Es una gran promotora cultural. Un día se dio a la tarea de hacer un libro donde seleccionó poemas de la mayoría de voces chiapanecas. En 2017 dio por concluida su labor de hormiguita tenaz y Coneculta Chiapas publicó el libro: “Universo poético de Chiapas. Itinerario del siglo XX”. Es, como comprenderás, un libro con muchas páginas, porque son muchas las voces de nuestro estado. No es casualidad lo que alguien dijo en una ocasión: “En Chiapas levantás una piedra y hallás un poeta”. El libro tiene 520 páginas, es un libro choncho. El lector tiene ante sí una muestra de la producción literaria del siglo pasado. El otro día le di una vuelta ligera y encontré nombres de nuestros paisanos. ¿Quéres saber qué poetas comitecos aparecen en este compendio? Socorrito incluyó a los poetas comitecos que, por derecho propio, ya tienen un lugar en el árbol poético de Chiapas. El libro contiene una muestra poética de más de doscientos poetas chiapanecos (nacidos o radicados en el estado). ¿Cuántos comitecos aparecen (nacidos o radicados acá)? Socorrito presenta este registro por décadas, iniciando en la primera década del siglo XX hasta los noventa. De hecho, el primer poeta que aparece en el libro es Antonio Vera Guillén, de La Trinitaria. Le echemos un ojo a los comitecos. El primer poeta comiteco que aparece es Mariano Penagos Tovar, quien, igual que Socorrito, también obtuvo la gloria del Premio Chiapas. Mariano nació en 1919 y falleció en 2009, en nuestra ciudad. De él, Socorrito presenta un fragmento del poema “Carta al río Grijalva”, mirá, qué bonito: una carta al río. En la década de los años veinte aparece Óscar Bonifaz, quien nació en nuestro pueblo en 1925, y que, igual que Socorrito y Mariano, también mereció el Premio Chiapas. Dos son los poemas publicados de Bonifaz: “Testamento”, que Óscar dedica a la Cumusita (su hija Olivia) y “Nocturno”. Bonifaz, por fortuna, radica en nuestro pueblo y ya cumplió 97 años. En la siguiente página, por supuesto, aparece Rosario Castellanos, quien, ya sabemos, no nació en el pueblo, pero acá tuvo sus raíces y vivió toda su infancia y parte de la adolescencia. Ella nació en 1925 y, ¡qué maravilla!, también es Premio Chiapas y está considerada como una de las mejores escritoras mexicanas del siglo XX. La autora eligió cinco poemas de Rosario: “En el filo del gozo”, “La casa vacía” (que a mí me gusta), “Al árbol que hay en medio de los pueblos”, “Cofre de cedro” y “Otro modo de ser”. Todo mundo sabe que ella falleció en Tel Aviv en 1974, en un lamentable accidente. Luego aparece Guadalupe Alfonzo Albores, quien nació en el pueblo en 1927 y falleció acá mismo en 2005. El poema seleccionado es: “Los veinte de Comitán”. En la década de los treinta no aparece comiteco alguno, pero sí está Mario Pinto Gordillo, quien nació en Tzimol, en 1931, y algunos lectores piensan que fue comiteco. Dos son los poemas seleccionados: “Gabriela llorada” y “Colores para una geografía lírica de Chiapas”. Ya en la década de los años cuarenta aparece Martha Gordillo, quien nació en el pueblo en 1940. “Metamorfosis” se llama el poema, que fue publicado en el libro “Antología de poetas comitecos”, de 2005. Luego está Leopoldo Borrás, quien nació en 1941 y falleció hace poco. De Polo aparece el poema “Carta a un niño”. ¿Mirás? Otra carta. Claro, las cartas de Mariano y Leopoldo no van a renglón seguido, tienen la estructura de versos que caen en escalerita. Brinca el nombre de Raúl Garduño, quien nació en la Ciudad de México, en 1945, y falleció en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, en 1980; pero, todo mundo sabe que él vivió varios años en nuestra ciudad. Fue amigo personal de dos poetas comitecos: Jorge Melgar Durán y Julio César Avendaño. De Raúl, Socorrito eligió cuatro poemas: “Cristal de lo oscuro”, “Canción”, “Para un poema a Zapata” y “Asoma un horario en nuestras bocas”, pucha, qué bonito título. Luego viene el mencionado amigo de Raúl: Julio César Avendaño Tovar, quien nació en el pueblo, en 1945, y falleció acá mismo hace varios años. El poema seleccionado es: “Clamor”. La poeta comiteca que cierra la década de los cuarenta es Nora Piambo, quien nació en nuestro pueblo en 1949. El poema seleccionado es “Conclave de alquimias”. En la década de los años cincuenta aparece el poeta José Antonio Melgar Downing, quien nació en Comitán en 1950, el poema publicado es “Hombre”. Luego está J. Omar Ruiz Gordillo quien nació en 1955 en Comitán. El poema elegido se titula “Mi abuelo”. Clara del Carmen Guillén nació en nuestro pueblo en 1956, actualmente se ha dado a la tarea de pepenar todos los datos posibles de la escritora comiteca Blanca Lydia Trejo. Socorrito eligió dos poemas de la producción literaria de Clarita: “Poeta”, dedicado a Joaquín Vásquez Aguilar, y “Sobre la piel de todas”. Socorrito también me incluyó, soy cosecha del cincuenta y siete. Seleccionó un fragmento del poema “Perfil del sueño”. En la siguiente página aparece Marirrós Bonifaz, quien nació en Comitán, en 1957, es mi contemporánea. Dos poemas fueron los elegidos: “Textos de amor y desaliento” y el soneto “Quilla”. En la década de los años sesenta aparece Mirtha Luz Pérez Robledo, quien nació en 1960 en Frontera Comalapa y radica actualmente en San Cristóbal de Las Casas, vivió muchísimos años en nuestro pueblo. Socorrito eligió fragmentos de dos poemas: “Del amor de Ofelia” y “A la diestra del reino”. En 1960 nació María Elena Jiménez Guillén, en Comitán. De Malena aparece publicado un fragmento del poema “Humedal”. A continuación, el nombre de Marvey Altuzar Figueroa quien, dice la ficha de este libro, nació en Comitán en 1965; actualmente radica en la Ciudad de México. Cuatro poemas fueron seleccionados: “Lomo azul”, “Comitán”, “Matriarca” y “Vamos a inventar rincones”. Luz del Alba Velasco (Na Canán) nació en Comitán, en 1967. El poema que aparece publicado es: “Dantzaldia”. De la década de los setenta, aparece el poeta Francisco R. Gordillo, quien nació en Comitán en 1970, lugar donde también falleció en 2003. Dos poemas están publicados: “Todos en el umbral de la existencia” y “De regreso a las fuentes junto al mar”. Arbey Rivera nació en Nueva Independencia, Ángel Albino Corzo, en 1976, pero lleva muchos años viviendo en Comitán, actualmente es director del Centro Cultural Rosario Castellanos. De Arbey, Socorrito eligió un fragmento de “Volver a Ítaca” y el poema “La perla”. Angélica Altuzar nació en nuestro pueblo en 1978. El poema elegido es: “Tu imagen”. Angélica fue directora de Coneculta-Chiapas, incansable promotora cultural. En la década de los años ochenta, Socorrito incluyó a Fausto Carámbura (heterónimo de Juan Bernavé Olivares), quien nació en Comitán en 1985. El poema seleccionado es: “Razones para publicar la foto de un niño muerto”. La relación de poetas comitecos cierra con dos autores: Fabián García, quien nació en nuestro pueblo en 1985, y Francisco Zúñiga, quien nació acá en 1987. De Fabián aparece el poema “Sin título”, y de Francisco cuatro poemas: “Marzo 21”, “Junio 21”, “Septiembre 22” y “Diciembre 21”. Posdata: ningún comiteco en la década de los noventa. No aparecen las voces nuevas, pronto, lo sé, asomarán en otros libros, como soles a la hora de la madrugada. ¡Tzatz Comitán!

martes, 6 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON HILOS QUE UNEN

Querida Mariana: Jaime Sabines regaló un bellísimo poema a Comitán. Recordemos el inicio: “¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán?”. Ah, este verso abre una ventana, como se abre una flor en el campo. Ayer me enteré que Jaime vivió de estudiante en el número 43 de la calle Belisario Domínguez, en la Ciudad de México. Pucha, ¿mirás qué coincidencia? Acá hay un hilo que lo unió con Comitán en forma indeleble. Pero digamos que fue el nudo, porque antes hubo una cinta que acercó a Jaime a Comitán. Esto sí lo sabemos: el papá de Jaime (el maravilloso Mayor Sabines del conocidísimo poema) y su familia anduvieron un tiempo en nuestra ciudad. Sus biógrafos comentan que en 1933, el papá de Jaime fue nombrado comandante de la policía en Comitán. Jaime nació en 1926, así que llegó a nuestro pueblo cuando tenía siete años. Algún año de la primaria la estudió acá. ¿En qué escuela, ‘apá? Por ahí hay un dato para investigar. Alguien ha platicado que en la Quema de Santos, el mayor Sabines se hizo tacuatz y permitió que su esposa avisara a sus amigas para que sacaran la mayor cantidad de imágenes religiosas para que no fueran quemadas. Pucha, mirá cuántos hilos de unión hay entre Sabines y Comitán. El propio Jaime le platicó a Pilar Jiménez, autora del libro “Jaime Sabines. Apuntes para una biografía” que tenía siete años cuando su papá le quiso meter una cueriza porque lo encontró en un billar de Comitán, un lugar que no era conveniente para niños (de acuerdo con las normas de aquel tiempo). Jaime se salvó de los cuerazos, gracias a que la mamá lo defendió, diciendo que el niño no volvería a entrar al billar. Mirá qué le dijo Jaime a Pilar: “…lo bueno fue que el viejo no se enteró de que a esa edad yo ya comenzaba a fumar. Creo que fue a los ocho años, todavía viviendo en Comitán, cuando me dio por agarrar el cigarro…” Después de un año, la familia Sabines regresó a Tuxtla. Jaime fue gran amigo de nuestra Rosario Castellanos. Es maravilloso pensar que dos de los más grandes poetas de habla hispana estuvieron en nuestro pueblo cuando fueron niños. La pregunta que brinca de inmediato es: ¿se conocieron? Tal vez no. Sin duda hubo un instante en que coincidieron, pero la niña Rosario siempre iba acompañada de su nana, era una ¡Castellanos! En algún momento, la niña Rosario caminó por una acera, mientras el niño Jaime caminaba por la banqueta de enfrente. Rosario era un año mayor que Jaime. En la Ciudad de México se hicieron grandes amigos. Ya comentamos cómo, cuando falleció Rosario, Jaime le escribió un recado, donde expresa su tristeza, su dolor y su enojo por esa muerte tan absurda. Cuántos hilos se trenzaron en la vida de Jaime con Comitán. Él fue amigo íntimo de otro gran comiteco: Gustavo Armendáriz Guerra, quien llegó a ser gobernador de Chiapas durante ocho días. También tuvo amistad con Óscar Bonifaz. Óscar tiene un ranchito (Mónaco) a la orilla de la carretera que va a Los Lagos y Jaime tuvo un ranchito por el mismo rumbo (el famosísimo Yuria). Cuando estaba en su rancho, Jaime viajaba a Comitán y paseaba por sus calles. Te conté que en los años ochenta me lo topé en el Pasaje Morales, le entregué un ejemplar de “Ensayos”, un semanario que publicábamos varios compas (Juan Manuel González Tovar, Miguel González Alonso, Roberto Álvarez Solís, Roberto Gordillo Avendaño, Luis Felipe Gómez Mandujano, Marco Tulio Guillén Barrios…), lo vio y dijo que era muy importante ese tipo de publicaciones, para el desarrollo de la sociedad. Posdata: ah, pillín, así que entraba a los billares comitecos a la edad de siete años y en nuestro pueblo, a la edad de ocho, le agarró gusto al vicio de la fumada, vicio que le costó mucho trabajo dejar. Recuerdo que, ya siendo el gran poeta reconocido por todos, andaba con un cigarro sin prender, para no seguir dañando sus pulmones. ¡Tzatz Comitán!

lunes, 5 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN SONIDO

Querida Mariana: en la casa de Pepe escuché por primera vez a los Beatles. Desde Inglaterra llegaron a Comitán. Fui a jugar a la casa de Pepe. Tuve ganas de orinar. Avisé a los amigos que subiría al baño. Al llegar al segundo piso me detuve en el pasillo. Maluye bailaba a mitad de su cuarto. Sobre la cama estaba un tocadiscos pequeño, de colores naranja y beige. Un disco de cuarenta y cinco revoluciones giraba, y Maluye también giraba al ritmo de la música. Ella movía los brazos, las piernas, su cabello, brincaba al ritmo de ¡Help! Me orinaba, entré al baño, cuando salí la música había terminado, Maluye estaba con el rostro rosa, el sudor la iluminaba, cuando me vio cerró la puerta. Bajé y pregunté qué era esa música y Pepe dijo que era música de los Beatles. Fue un chispazo. Pero no me atrapó como a muchos. Nunca he sido fanático de la música. Por desgracia. Una mañana, muchos años después, me probaba unos zapatos en una zapatería y vi en la pantalla de un televisor la noticia: un fanático había asesinado a John Lennon, el de la canción “Imagina”, el esposo de Yoko Ono. No me enteré qué día murió George Harrison. Sé que Ringo Starr y Paul McCartney viven. Al que más conozco es a Paul. Un día, la reina de Inglaterra lo nombró Sir, se volvió parte de la nobleza. Los otros tres siguieron siendo plebeyos, famosos, pero sin ser de sangre azul. Cuando se separaron los Beatles, dicen que por culpa de Yoko Ono, un día supe que Paul había formado una banda, al lado de la chica que tenía en ese momento. El grupo se llamó “The Wings”. Oí una canción del grupo: “Band on the run”. Me gusta ese sonido. Un sonido que debe tener conexión con el que escuché en casa de Pepe y que hacía bailar frenética a Maluye. Sir Paul estuvo con la reina. La reina ya murió. Sir Paul sigue vivo. Un día, quien hoy es rey de Inglaterra llegó a Puebla, llegó a la colonia donde vivíamos en un pequeño departamento: San José Mayorazgo. Arreglaron las calles. Adornaron las casas con cintas de papel crepé y banderitas de Inglaterra. El príncipe Carlos llegó a visitar una casa albergue que era financiada con recursos de aquella nación. Una vecina dijo, al día siguiente, que le había dado la mano al príncipe. Estaba emocionada. Detrás de la valla había extendido la mano y el príncipe la había estrechado, apenas instantes. Fueron instantes los que vi a Maluye bailando en su recámara, el piso era de madera, al fondo había una ventana que daba a la calle, la mítica 5ª. Avenida donde vivió doña Lolita Albores de niña. La casa de Pepe estaba a una cuadra de la casa donde nació doña Lolita. Pepe había vivido en una casa frente a la mía, a media cuadra del parque, luego su familia se pasó a cuadra y media, en una esquina, en una casa de dos plantas. La recámara de Maluye estaba en la segunda planta, ahí estaba el baño donde entré a orinar. Lamenté que ella cerrara la puerta, lamenté que la música de los Beatles hubiera cesado. Nunca había escuchado un sonido semejante. Luego supe que ellos eran famosos. John Lennon dijo que ellos, los Beatles, eran más populares que Jesucristo. Fueron y son muy populares. La música de los Beatles se escucha en todo el mundo. Han vendido millones de discos. Siguen vendiendo. Se siguen escuchando. Algunas chicas de este siglo XXI deben bailar como lo hizo Maluye aquella mañana. Nunca fui el mismo. A pesar de que no me hice fanático de su música. No lo hice, porque no soy fanático de ningún grupo o de un intérprete, aunque me gusta Michael Bublé y el otro día escuché al prodigioso pianista Lang Lang. Más o menos en el tiempo que escuché por primera vez a los Beatles leí al escritor español Miguel de Unamuno y esto sí me apasionó, me tomó de la mano y me condujo por un camino que no he abandonado jamás. No ha sido la música mi pasión, mi deslumbramiento fue el sendero de la literatura. Paco me obsequió un libro de Unamuno con ensayos. Recuerdo una cita con precisión: “La soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separa, y si no sabemos amarnos es porque no sabemos estar solos”. ¡Genial! Posdata: los escritores somos seres solitarios. Cuando uno de los Beatles escribió la canción Help, tal vez escuchó la opinión de algún otro Beatle y la composición fue grupal. Julio Cortázar escribió él solo toda su obra literaria. Me fascina el sonido que hace la cinta que me une a diversos países. Los Beatles me llegaron de Inglaterra; Unamuno arribó desde España; y el barco del argentino Cortázar navegó el Sena francés para llegar al Río Grande. El sonido de los objetos ha tocado a mi casa, lo ha hecho con armonía, con ritmo. ¡Tzatz Comitán!

domingo, 4 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, POR UNA FELIZ NAVIDAD

Querida Mariana: “ya llegó diciembre y sus posadas”. Más o menos así dice la canción. Sí, ya llegó diciembre y la navidad está a la vuelta de la esquina. Magú, genial caricaturista mexicano, tiene una serie de cartones navideños. Los protagonistas son los pavos, guajolotes, jolotes. En forma humorística hace conciencia del mal rato que pasan estos animales, porque son el platillo favorito de temporada. “Cómo no nací tacuatz”, piensa el jolote. Todo mundo ya comienza a comprar los regalitos para navidad. En Comitán se presentará Aquino, el Piano de México. Medio mundo lo ha escuchado. Ahora se presenta en un espacio idóneo: el auditorio Belisario Domínguez, que está en el campus de la UNACH. El acto es como dicen ahora: con causa; y la causa es muy noble, tan noble como la labor desprendida que hace una mujer de nuestro pueblo: la maestra Geny Alfonzo. Todo mundo reconoce la campaña que doña Geny ha impulsado a través de su asociación en favor de los animalitos, chuchitos y gatitos, sobre todo. Si no fuera por ella, Comitán tendría un problema serio de perros callejeros. Ella ha promovido campañas de esterilización (ya cumplió más de cien). Ella lo hace en forma desprendida, lo hace por cariño a los animalitos y por un auténtico amor por nuestra sociedad. Hay personas que la apoyan en su labor, pero son pocas, para el esfuerzo que esto significa. Ella es de carácter fuerte cuando se trata de defender su ideal. Por supuesto, hay personas que no comprenden a cabalidad lo que ella realiza desde hace años. Su pasión y entrega es total, sin regateos. Así como hay incomprensión hacia su labor, también hay muchas personas que ven con agrado su trabajo. ¿Qué gana ella? ¿Dinero? No, para nada. Sin embargo, dinero es lo que hace falta para esta labor. De vez en vez su asociación promueve rifas para allegarse de fondos. Ahora, su asociación se aventó un paquetazo: la presentación de un artista de talla internacional: Arturo Aquino. “Aquí ¡sí!”, pensó la maestra Geny, y el Piano de México se presentará en el espacio más soberbio cultural de nuestra ciudad: el Auditorio Belisario Domínguez, porque lo merece el artista, lo merece nuestra ciudadanía y lo merece la causa. He visto cientos de personas que aman a sus mascotas, las miman, las cuidan. Sus primos, los callejeros, como su nombre lo indica, están olvidados. ¿Quién vela por ellos? Pocas personas. Tengo conocidas que sí velan por esos desamparados, les procuran una mínima atención, los llevan a albergues y les dan alimentos. ¿De dónde sacan paga para las croquetas? ¿De dónde? Ah, qué difícil. El concierto de Aquino es con causa. Por eso es necesario que la comunidad comiteca y de la región ponga una mano en su corazón y otra en la cartera, porque de nada sirve la comprensión si no va acompañada de la solidaridad. ¡Que todo mundo compre uno, dos o más boletos! ¡Doscientos cincuenta pesitos nada es! Nada es si decimos que servirá para escuchar un concierto de piano en un espacio maravilloso. Ah, si yo te contara lo que los europeos pagan para escuchar un concierto semejante. La entrada servirá para pagarle al artista y para apoyar a la asociación que tanto bien le hace a nuestro pueblo. La asociación sólo obtiene la satisfacción del deber cumplido, el gusto de aportar su granito de arena para que el mundo sea menos miserable. A nosotros sólo nos están pidiendo aportar una mínima paguita. Pienso que muchas personas pueden (desde ahora) procurarse y procurar a los suyos una feliz navidad, incluyendo boletos para el concierto en el regalo navideño, que la noche del 16 sea el inicio de un festejo maravilloso. Comencemos la navidad comiteca con un concierto de piano en magnífico escenario. Cada boleto adquirido ayuda a que nuestra comunidad sea más empática. Los comitecos hemos sido, desde siempre, personas admirables, que nos unimos a las causas nobles. La maestra Geny y sus colaboradores aportan lo más valioso que poseemos los seres humanos: tiempo. Ahí la veo dando vueltas y vueltas para alcanzar apoyos económicos. Ahora pide la solidaridad de nuestro pueblo. Lo hagamos por los chuchitos y por los gatitos de la calle. Posdata: ¿viste que Arenilla-Revista rifó dos boletos en zona VIP? Lo hicimos para celebrar nuestro quinto aniversario con nuestros lectores y como apoyo a la labor maravillosa que realiza la asociación de doña Geny. Aportamos nuestro granito de Arenilla. Ahora falta que todos los amigos de animalitos apoyen la iniciativa y adquieran los boletos que están a la venta en el Colegio Mariano N. Ruiz, en el restaurante La Casita, en la tienda de Hermilo Vives y Sucesores, y en el restaurante La Casa de los Cortes. Que todo mundo tenga una feliz navidad. Pobres guajolotes, en esta temporada dejan de ser simples jolotes y se convierten en pavos. ¡Ay, Señor! ¡Tzatz Comitán!

sábado, 3 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON TIKTOKADAS

Querida Mariana: vivimos en un mundo TikTok. En mi infancia jugábamos al Toc toc y al Tic tac. Eran juegos sencillos, pero propiciaban el contacto con los amigos y primos. El patio de una casa se convertía en el gran espacio. El TikTok de este siglo no llama mi atención, pero como vivimos interconectados he visto esos videos cortos que se graban en todo el mundo. A veces, algún amigo me envía un TikTok en el celular y caigo en la tentación. Por lo regular, al segundo número tres veo por dónde va la vaina y si veo que puede dar luz lo veo, si son boberas lo elimino y agradezco a mi amigo el envío. Tiene años que no acudo a confesarme. Sigo siendo un pecador (ya sé que estás pensando: árbol que crece torcido jamás se endereza), pero ya no comparto mi historia personal con un semejante, prefiero platicar directamente con Dios y no con otro pecador igual que yo, porque conocemos tantas historias oscuras que mejor me voy por la orilla. Digo esto, porque con la revolución tecnológica las listas de pecados se han ampliado. Ya imagino la escena donde la muchacha bonita se hinca en el confesionario y dice: “acúsome, padre, que le mandé el pack a mi novio”, y ya estoy viendo al padre, como el que sale en el programa cómico donde está la pecadora Chabelita, sobándose las manos sobre la sotana, diciendo: “y qué más”. Hoy existe algo que se llama sexo virtual. ¡Pucha! Las parejas que están en lugares distantes se cachondean de lejitos y a través de una pantalla. ¿En qué categoría de pecados entrará esta modalidad? No lo sé. ¿Yo qué voy a saber? ¿Es de pensamiento, palabra, obra u omisión? Pensamiento ¡sí! ¿Obra?, pues, aunque sea en pantallita, parece que sí obran. ¿Palabra? Ah, pero por supuesto, vos sabés que la palabra es uno de los principales afrodisiacos. Se da por descontado. ¿Omisión? Pues sí, porque los machos machos deberán quejarse por no tener la tortita a la mano. En fin. Ahora hay pecados novedosos. Lejos están los tiempos donde los niños confesábamos que habíamos robado una moneda de un peso, habíamos respondido mal a nuestra mamá y mentido, porque en lugar de ir a la escuela en la tarde a clase especial nos habíamos ido de pinta. Tal vez las penitencias ya no son simples Aves Marías; ahora deben ser como castigos de primaria: “Hija, rezarás diez padres nuestros y eliminarás de tu celular el número de tu amante”. Y es que, es de todos sabido, el número del Sancho está registrado como “Tintorería”. Una tarde cualquiera aparece el siguiente mensaje en el celular de ella: “Buenas tardes, señora. ¿Quiere que le planchemos el blazer azul? A las cuatro la planchadora estará a la máxima temperatura. Estamos a sus apreciables órdenes”. A las tres, la mujer se despide del esposo y dice que irá a comprar pan y pasará por el blazer azul a la tintorería. Vivimos en un mundo TikTok. El otro día fui a casa de tía Azucena y la encontré bailando perreo al lado de sus nietas, acuclillada movía su cadera como gallina clueca. “Acá andamos, tiktokeando”, me dijo. En eso entró el tío Armando, me saludó y dijo que su esposa era una imprudente, repitió lo que dicen muchos: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, y cerró: “Tiktokeando, ¡chocheando estás!” La tía tiene setenta y siete años de edad. Gracias a Dios tiene una salud envidiable y un humor que le permite jugar TikTok con sus nietas. Jugábamos al Toc toc. Tocábamos en el aire y en voz alta decíamos ¡toc toc! ¿Quién toca? Un viajero. ¿De dónde viene? De China. ¿Qué vende? Entonces, con acento chino castellanizado, nombrábamos frutos del huerto: dulaznos, nalanjas y mandalinas. ¿A cómo los vende? A tles pol un peso. Las niñas pedían auxilio: ¡auxilio, nos piden un beso! Los niños, como si fueran caballeros de un reino sobre caballos corrían tras el chino perverso. Cuando era atrapado recibía un castigo, una de las niñas se acercaba y le decía que había perdido su nacionalidad, exigía el pasaporte y le decía: “a partir de hoy sos un cochino”, y todos gritábamos ¡cochino, cochino! Era un juego sencillo, pero nos divertíamos. Así se nos iba la tarde, los pájaros llegaban a la inmensa ceiba, el sol buscaba su nido detrás de las montañas y la entrada de la noche era el recordatorio para que las mamás nos llamaran a cenar. A cenar, de igual manera, cosas sencillas: café con una tostada con crema. Jugábamos al Tic tac. La primera vez que lo jugué fue en casa de Arturito, en el barrio de San Sebastián. Dos niños se paraban en el centro del patio, uno era el Segundero y el otro el Minutero. El Segundero daba cinco pasos y comenzaba a caminar en círculo, alrededor del Minutero, quien tenía cerrados los ojos con un pañuelo. El objetivo del juego era que el Minutero lograra atrapar al Segundero en el lapso de un minuto. El Minutero ponía atención a los pasos del Segundero, pero no era labor sencilla, porque los demás jugadores gritábamos a cada paso del Segundero: ¡Tic tac, tic tac, tic tac! En un momento determinado todos apurábamos el grito y era como un hervidero: ¡tic tac, tic tac, tic tac!, y sin aviso previo nos callábamos, era la señal para que el Minutero fuera en busca del Segundero, quien no podía moverse. El Minutero, si era listo, daba cinco pasos al frente y comenzaba a caminar en círculo, pero vos sabés que una persona se descontrola cuando tiene los ojos cerrados. A veces, el Minutero terminaba chocando con la pared de la cocina. Lo bueno es que siempre iba con los brazos extendidos, así que detectaba que estaba mal. Cuando el Minutero tenía la suerte de atrapar al Segundero le iba bien, porque cada uno de los jugadores debía dar un peso. Por eso, todos hacíamos silencio y respirábamos pausado, pidiendo a Dios que no atraparan al Segundero. Este juego tenía la enseñanza que aprendimos cuando crecimos: el tiempo es oro. Si el Minutero atrapaba al Segundero, aquél ganaba paguita. Así se nos iba la tarde, jugando al Tic Tac. Juego casi bobo, pero que nos encantaba, nadie peleaba, al contrario, siempre estábamos de buen humor, con la sonrisa a punto del vuelo. Hoy, el mundo gasta su tiempo jugando al TikTok. También son juegos bobos y simples. Igual que nosotros, veo que los disfrutan. Mi Paty se acerca y me enseña un video de TikTok, ella prefiere los de animalitos; a veces son videos chistosos. Me conocés, como reconozco la diferencia entre humor y payasada, apenas sonrío, porque, la verdad, el TikTok está plagado de payasadas y tiene ausencia de humor. Todo está concentrado en el celular. Compartimos los juegos, pero falta esa cuerda que se comparte a la hora de saltarla, a la hora que dos la sostienen por sus extremos y le dan vueltas para que otros, en fila, pasen y salten, en medio de risas y gritos alegres. Los juegos sencillos que jugamos los niños comitecos de los años sesenta ya están en peligro de extinción. Fui niño cuidado, no jugué juegos extremos, me encantaba jugar el Toc toc y el Tic tac, juegos que no exigían un esfuerzo físico supremo o cualidades propias de Chanoc o de Kalimán. Como no existía el TikTok, los niños de entonces jugaban al Chepe Loco al Esconde Cincho o a subirse al carretón (abuelo de la avalancha) y se descolgaban desde lo alto de la bajada. José Luis cuenta que iban a Tinajab y alquilaban canoas para navegar en la Ciénega. ¿Podés creerlo? Ah, qué entretenimiento tan genial. Y cuando no tenían tiempo para ir a Tinajab alquilaban una bicicleta en “La casa del ciclista” y daban vueltas por las calles del pueblo. Nada de esto hice. A mí me gustaba jugar cosas sencillas. No tenía valor para lo demás. Debo confesar que soy un viejo con la bufanda de la nostalgia. ¡Sí! Extraño los simples juegos del Toc toc y del Tic Tac. Se me fue el tiempo en un tris tras. El mundo, con el rostro de lobo que siempre ha tenido pero que de niño no advertí, como en el cuento de la Caperucita Roja, me ofrece un mundo TikTok, lo hace con su malicia, con su hipócrita cara inocente. Procuro evitar la tentación, no cierro los ojos, pero sí camino lejos de su influjo. Sé que este mundo TikTok es el clásico canto de las sirenas. No me gusta este canto, es imposible atarse al poste, como lo hizo Odiseo, es imposible ponerse tapones en los oídos. La mercadotecnia es un pulpo incontenible. Por eso, la recomendación es caminar por la orillita, siguiendo el avance del mundo tecnológico, pero sin ser parte del flujo incontenible. Posdata: muchos amigos me dicen que esto sólo es el principio, que la revolución tecnológica reserva todavía muchas vías. Los poderosos seguirán extendiendo sus tentáculos hasta asfixiar al mundo. Por el momento nos dicen que debemos respirar al ritmo del TikTok, no sé cuál será el ritmo del futuro. ¡Tzatz Comitán!

viernes, 2 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON FOTOGRAFÍAS

Querida Mariana: hoy todo mundo tiene cámara en el teléfono celular. En los años sesenta sólo los privilegiados tenían cámara fotográfica. En la avenida de San Juan de Letrán, en la Ciudad de México, había fotógrafos callejeros. Era un oficio singular. Ellos tomaban fotografías a todos los que caminaban por esa avenida. Era un registro constante. No existía el prurito de hoy donde hay gente que se molesta cuando les toman una fotografía. ¿Qué artista o figura pública puede controlar ese acecho? Pues, en esos años todo mundo, como si estuviera en una pasarela, era retratado. Como comprenderás, estos fotógrafos vivían de vender esas fotografías. Hasta la fecha no entiendo cómo funcionaba el negocio. Imaginá que vos ibas caminando por ahí y te tomaban una fotografía, vos seguías tu camino. ¿Cómo sabías que te habían tomado una fotografía y tiempo después estaría disponible? Imagino que al lado del fotógrafo había un compañero que entregaba tarjetitas explicando esto. Te tomamos una fotografía, querés conservar el recuerdo, acá la encontrarás. Estas tomas son un registro gráfico importante de la historia de México. Estoy casi seguro que en tu casa existe una de estas fotografías en un álbum. Yo, ingenuo provinciano, caminé por ahí un día en los años setenta. Iba bobeando, maravillado ante las vitrinas de los negocios, los carros, el mundo de gente que iba de un lado a otro cuando sentí una presencia que se fijaba en mí. Volví la mirada y me topé con el fotógrafo que capturó el instante donde caminaba por esa avenida anchísima, como jamás existió una en Comitán. Ahora le pregunté a mi mamá y dice que sí, que ella fue retratada en los años cincuenta, dice que esas fotografías se llamaban “instantáneas”, pero ella jura que la foto se la entregaron al instante, jura que vio cómo de la parte baja de la cámara salió la foto. ¿De verdad? Pues mi mamá lo asegura. A veces enredamos sueños. En el Internet dice que en esa década apareció la primera Polaroid en Estados Unidos, y ya te conté que acá en Comitán, a finales de los años sesenta, don Polo Torres me impresionó al tomar una fotografía que fue expulsada de una cámara, la foto la sacudió al aire y luego me llamó para que viera la impresión. ¡Magia!, pensé. No, era una cámara Polaroid de fotografías instantáneas. Era un día de campo en Los Lagos de Montebello. Es una leyenda urbana, pero algunos aseguran que en la avenida detrás de la Biblioteca Municipal había un fotógrafo callejero al que le decían el cieguito. ¡Cómo! No lo creo, pero un día necesité, de urgencia, una fotografía tamaño infantil para algún documento en la preparatoria y fui a que me tomara la foto. Me colocó contra la pared, tomó la foto, manipuló la placa y diez o quince minutos después tuve entre mis manos la fotografía tamaño infantil, toda húmeda. No, tal vez oímos mal, tal vez era el mudito. Sí, eso. Cómo un fotógrafo ciego. De Ripley. A veces, cuando veo un álbum de fotografías hago un ligero repaso a la historia de la fotografía. Es impresionante el avance que han tenido las cámaras. Mi papá me regaló la primera cámara que tuve, una muy sencilla; luego compré una (a dólar) en un supermercado de Bronswille, Texas; más tarde, tuve una (maravillosa) que era una cajita que me ponía en la panza, porque el visor estaba en la parte superior, era genial; luego tuve una profesional, que Quique hizo favor de comprarme en Canadá; y ahora, ahora, como todo mundo no profesional, utilizo la cámara del celular. Si la foto que le tomaron a mi mamá fue “instantánea”, ¿cómo debemos llamar a las que ahora tomamos para el archivo digital? Tardan uno o dos minutos para impresión, pero ahora tenemos la oportunidad de enviar una foto a cualquier parte del mundo a través de los chunches tecnológicos, ahora tomo una fotografía y, de inmediato, puedo enviarla a un amigo que está en Buenos Aires, Argentina. Esto es más que instantáneo. ¿Qué palabra puede emplearse? ¿Qué palabra puede inventarse para decir que es más que cachinflín? Posdata: vos no te sorprendés de estos tiempos. Los de mi generación no acabamos de cerrar la boca. Para los jóvenes esta revolución tecnológica es lo más común, para nosotros, que crecimos antes de estos avances, cada clic en la computadora nos abre una ventana indescriptible. ¡Tzatz Comitán!

jueves, 1 de diciembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON PALABRAS QUE CABEN EN CUALQUIER HORIZONTE

Querida Mariana: las palabras son juguetonas. Por ahí, el poeta Octavio Paz tiene un poema maravilloso que se llama “Las palabras”, ¿recordás cómo inicia? Dales la vuelta, cógelas del rabo (chillen, putas), azótalas… Travieso juguetón, el tal Octavio. El poeta sugería que a las palabras debemos darles la vuelta, cogerlas del rabo, azotarlas y otras linduras. Se trata de jugar con ellas, de no temerles, de hacerse compas, de invitarlas a saltar la cuerda, de aventarse del tobogán más alto, de volar con ellas. Vos y yo somos amantes de las palabras. Cuando leemos un poema o un cuento o una novela descubrimos, emocionados, el brillo de cada uno y nos preguntamos cómo es posible que un poeta alcance tal altura al colocar palabras simples y comunes en un orden tan perfecto. A mí me encanta cuando un experto gastrónomo dice que hay un maridaje entre un vino y un platillo; es decir, que el menú ofrecido alcanza sabores indecibles cuando es acompañado con cierto tipo de vino, no todo se lleva con todo. Vos y yo nos llevamos bien, porque nuestros espíritus hacen buen maridaje, somos encuache. El otro día hallé que hay un tipo de palabras que se llaman “epicenas”. Pucha, de inmediato pensé en el personaje de Derbez: “Así como hay palabra epicena, ¿hay palabra epidesayuno?” Sustantivo epiceno, qué simpático nombre. Y ya miré que la palabra epicena es la que se aplica sin distingo a lo femenino como a lo masculino, digo, es la palabra que no admite el encono de las feministas que insisten en volver un tachilgüil el lenguaje, colocando a la palabra todos una e estéril al final. ¿Ejemplo de palabra epicena? ¡Poeta! Ah, qué bendición. Podemos decir que un poema fue escrito por la poeta o por el poeta. ¡Qué palabra tan bonita es la palabra epicena! Rosario Castellanos, nuestra Rosario, le gustaba decir que era poetisa. ¿Te gusta la palabra poetisa? Ese término se aplica exclusivamente a la mujer que es poeta. No hay poetisos, y ¡qué bueno!, porque la palabrita no es muy afortunada. No sé qué pensés vos, pero a mí no me gustaría decir que mi amiga Marvey es poetisa, ¡no!, prefiero decir que es poeta. La palabra poeta no se confunde con otra, es una trisílaba perfecta: po e ta; en cambio, la otra, también es trisílaba, pero se presta a confusión: poe ti sa. Pronunciala. ¿A poco no la primera sílaba suena enredada? Ese “poe” junto tiene como una piedrita sonora. La po e ta escribe po e mas. ¿Qué escribe la poetisa? Entiendo que Rosario empleaba el término poetisa para decir que las poetas tenían su propio nombre. Era feminista a ultranza. Por fortuna, digo yo, nunca pensó en escribir “poete” para hacer lenguaje inclusivo. Se vale usar términos propios. Así como hay actor existe la actriz; aunque por ahí existe la palabra artista que engloba a todo mundo. Lo que diré es una bobera, pero la palabra epicena es maravillosamente inclusiva: poeta, cantante, artista, estudiante, pianista, sastre, incluye a todo mundo. La diferencia está en el uso del artículo el o la. Si digo: Rosario Castellanos fue una gran poeta, resulta lo mismo si digo: Rosario Castellanos fue una gran poetisa. Y, disculpame, a mí, tal vez sólo a mí, me suena más linda la primera expresión. Poetisa, es una palabra un poco agresiva, como con clavos. Y si quiero ponerme cursi digo que la poeta debería usar términos más poéticos. Posdata: Rosario Castellanos y Octavio Paz fueron grandes poetas. ¿Ofendo a alguno de los dos al usar la palabra poeta para ambos? Pienso que no. Si le hago caso a la Rosario debería decir: Rosario Castellanos fue una gran poetisa y Octavio Paz fue un gran poeta. ¡Ay, señor! Más gastadero de saliva. ¡Tzatz Comitán!

miércoles, 30 de noviembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON GALERÍA DE TRIUNFADORES

Querida Mariana: Maximiliano estará en el Senado. Ah, qué maravilla. Tal vez no lo escribí bien, porque una vez Romeo me dijo que había estado en Bellas Artes y luego supe que se había tomado una selfie en la entrada. Tal vez debí escribir: Maximiliano tocará en el Senado. Parece que volví a regarla, porque cualquiera puede tocar la puerta de cristal del Senado. A ver, para ser más precisos basta copiar lo que está escrito en la etiqueta: Maximiliano ofrecerá el recital de piano “Despidiendo otoño”. Parece que queda más claro, y esto da idea de la grandeza del acto: Maximiliano Domínguez Mayorga ofrecerá un recital de piano en el Senado de la República. ¡Ay, papá, qué privilegio! ¿Conocés a Maximiliano? Sí, porque recuerdo que algo me comentaste cuando publicamos una entrevista con él, en la revista Arenilla. Es un joven talentoso. A mí me da mucho gusto la noticia. En los últimos tiempos, el senador comiteco Eduardo Ramírez ha realizado una serie de actos donde invita a paisanos a presentarse en el Senado de la República. Debo reconocer que si no fuese por esas iniciativas, apoyadas por personas cercanas, nuestros paisanos no habrían llegado a ese recinto de la patria. Un día, el gran pintor comiteco Mario Pinto Pérez montó una exposición de acuarelas; otra mañana, el gran deportista comiteco Cuauhtémoc Alcázar Cancino recibió un reconocimiento por su trayectoria; de igual manera, el gran médico comiteco Joaquín Ramírez Aguilar obtuvo una distinción por su trayectoria humanista; y ahora, el joven artista comiteco Maximiliano Domínguez Mayorga ofrecerá un recital. Esto es muestra fehaciente de la calidad de la melcocha comiteca. ¿En dónde tocará Maximiliano? Ah, mirá en qué lugar: en el auditorio Octavio Paz, del Senado de la República. ¡Nadita! El espacio lleva el nombre del único poeta mexicano que, hasta la fecha, fue merecedor del Premio Nobel de Literatura. A mí, lo sabés, me encanta leer ensayos de Octavio Paz. Todo mundo reconoce que fue uno de los intelectuales más ilustres de este país y de lugares circunvecinos. Asimismo, me fascina el poema brevísimo que se llama La rama, ¿lo recordás? Canta en la punta del pino un pájaro detenido, trémulo, sobre su trino. Se yergue, flecha, en la rama, se desvanece entre alas y en música se derrama. El pájaro es una astilla que canta y se quema viva en una nota amarilla. Alzo los ojos: no hay nada. Silencio sobre la rama, sobre la rama quebrada. Hoy, más que nunca, la voz de Octavio Paz puedo relacionarla con la música de Maximiliano. Mi querido Temo Alcázar, cuando supo que sería reconocido en el Senado, escribió en redes sociales: “Voy por la grande”, Maximiliano, jovencísimo, ya es un pájaro sobre una rama, una rama del enormísimo árbol del arte, de la vida suprema. Posdata: cada que me despido de vos digo: ¡Tzatz Comitán!, que significa ¡Fuerza Comitán! Hoy, con emoción, digo: ¡Tzatz, Maximiliano!, por siempre, para siempre.

martes, 29 de noviembre de 2022

TIEMPO QUE ES MÁS QUE EL ORO

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que invierten tiempo en la Casa de Bolsa, y mujeres que se embolsan el tiempo de los otros. La mujer que invierte tiempo en la Casa de Bolsa es experta en valores. Reconoce cuándo es tiempo de siembra y cuándo el tiempo de recoger los frutos. Si el dicho recomienda “vigilar los centavos, porque los pesos se cuidan solos”, ella sugiere ser cuidadoso de los segundos, ya que así los minutos no se malgastan. La vida, como construcción fastuosa, debe hacerse ladrillo por ladrillo, segundo por segundo. Su principal objetivo no es acumular tiempo, la inversión no es para duplicar el tesoro, sino para reforzar su valor. No le gusta especular con el tiempo, como sí especulan las empresas con el billete verde. Ella vive con el lema genial que dice: “time is money” y este dinero es un legado intangible, la principal herencia. Como ya advirtió el lector inteligente, su tiempo lo invierte en forma regular y permanente, como si fuera farmacia en turno, invierte el tiempo las veinticuatro horas del día, hasta que el propio tiempo le dice: “¡ya, basta, te llegó la hora!”, que es una frase boba, porque a todo mundo le llega la hora en un segundo, no en una hora. La hora restalla en un instante con la misma intensidad del Big bang, sólo que en proceso inverso. El hombre sabio dice que “el tiempo perdido los sabios lo lloran”, pero nadie ha dicho que los hombres exitosos son quienes se dedican a buscar ese tiempo extraviado. Cuando estos gambusinos geniales encuentran tiempo tirado lo limpian, lo pulen y lo echan a volar por sus cielos. Estas crías de tiempo anidan en lo más alto de la montaña y se convierten en águilas que hacen más grande la leyenda. El tiempo perdido, que es hallado en el templo, tiene la liviandad del vuelo y la solidez de la roca; los gambusinos usan esta sustancia temporal, como alquimistas, para convertirla en oro. La mujer que invierte tiempo en la Casa de Bolsa sabe que no hay un ser humano que no dependa de él, es un valor inmutable que no admite réplica. Ella, por supuesto, ama los objetos que miden el tiempo: los relojes electrónicos y de arena; los relojes de pulso y los de pared, los relojes con engranes de tela y los que tienen maquinarias diseñadas en lo profundo de la cueva. Prefiere los relojes analógicos, porque son abuelos de alcurnia que siempre recomiendan darles cuerda, como un recordatorio que en la vida, cualquier acto, necesita de la cuerda. Dar cuerda al salto para que se diviertan las niñas, dar cuerda al ánimo para que se sostenga en la línea, dar cuerda al trompo, a la vecina que es gatita en celo. Si el sabio dijo que le bastaba un punto de apoyo para mover el mundo, ella sabe que basta un costal de segundos para caminar por el callejón del asombro, por el mercado de los milagros, por las canchas eternas, por las pistas de baile. A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que comen cacahuates, y mujeres que simplemente comen huates.