jueves, 7 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN PERSONAJE INOLVIDABLE

Querida Mariana: el moño negro permaneció varios meses. Ahora ya lo quitaron, pero seguirá en el recuerdo. Una mañana pasé frente a la oficina de correos y vi el gran pájaro negro sobre la pared, con las alas extendidas, pero ya sin posibilidad de vuelo. Antes, en las casas donde había duelo colocaban mantones negros, ahora ya no es común, por esto, llamó mi atención el gran moño en correos. Ante un moño negro no hay incertidumbre, todo mundo sabe que hay duelo, que alguien falleció. La duda es: ¿quién murió? La mañana que vi el moño entré a la oficina, me acodé en la barra de atención y pregunté quién había muerto, de inmediato me dieron el nombre del compañero fallecido, los rostros de los amigos que atienden detrás de la barra se ensombrecieron, ya luego, al contar algunas anécdotas que compartieron con el compañero que se fue para siempre, recuperaron sus miradas alegres, divertidas, las de siempre, las miradas amables que esparcen cuando atienden a los demandantes del servicio. Me he topado con gente que piensa que en estos tiempos el correo ya no es demandado. Falso. La gente sigue enviando paquetes y de vez en vez alguna carta extraviada; por supuesto que el servicio postal ya no es tan demandado como antes, porque antes, en temporada navideña, el personal no tenía respiro para repartir tanta correspondencia. Hoy, en tiempos de correos electrónicos y de WhatsApp la demanda ha bajado, pero siempre que paso por las oficinas veo a gente haciendo algún trámite. Los apartados postales ahí continúan, ahí sigue la hilera de pequeños gabinetes donde los empleados colocaban la correspondencia de quienes, bajo el pago de una mensualidad, contaban con ese lugar apartado que garantizaba que la correspondencia no llegaba a las casas, sino que el propietario iba, abría la puertecita con una llave, en el número asignado y sacaba la correspondencia a su nombre. ¿Ya mirás los beneficios de tales apartados? A ver, a ver, ¿cuáles eran? Porque el inconveniente era que la persona debía acudir necesariamente a la oficina para recoger su correspondencia, cuando los demás gozaban con el servicio a domicilio, hasta la casa llegaba el cartero, tocaba el silbato y te entregaban en mano los sobres a tu nombre. ¿Por qué hubo personas que pagaban el servicio de los apartados postales? ¿Quién falleció? Sergio Enrique Borrás Ramírez. Uno de los compañeros mostró su celular y vi en la pantalla la foto de Sergio. ¡Claro, cómo no! Sí, por supuesto, dije, lo recuerdo. Me platicaron que él estaba en un proceso de sanación, tenía una dolencia que estaba tratando, el mero 24 de diciembre notificó que no iría a trabajar porque tenía gripa, a partir de entonces ya no volvió a la oficina, falleció un mes después, el 24 de enero de 2026. Sergio tenía 55 años de edad y 30 años de labor en el correo. ¿Mirás? Más de la mitad de su vida estuvo ligada a esta institución, por eso mucha gente lo conoció, porque los empleados de estas oficinas se convierten en personas conocidas, casi íntimas, quienes acuden a estas oficinas en forma regular escuchan confidencias. Así me enteré que a Sergio le decían “el negro”, de cariño, por el color de su piel tostada, ya que él nació en la costa chiapaneca, en Arriaga, y allá el calorcito tuesta las pieles. El negro, le decían, a veces se ponían de acuerdo e iban a un botanero a continuar con la plática y de paso a tomar “unas Kawasakis, bien helodias”. La convivencia alimenta la cercanía, elimina la distancia. Cuando la convivencia es acompañada con una cerveza y buena botana, la risa fluye. La risa y el abrazo que siempre fueron aliadas fieles de Sergio se evaporaron. Es ley de vida, lo que fluye se diluye. ¿Le gustaba el fútbol? Parece que sí, no me hagás caso, pero parece que le iba a Los Pumas, de la UNAM. Posdata: caminé frente al edificio de correos, en Comitán, y vi el moño negro, señal de que alguien había fallecido. Falleció Sergio, quien durante treinta años laboró ahí. La carta de vida quedó inconclusa, le pegó muchos sellos postales, pero, al final, ya no llegó a su destino, tal como él lo había planificado. Se fue antes de tiempo. Sus compañeros dejaron el moño por muchos días, muchos, para que el mundo se enterara que estaban de luto, que algo de ellos se había ido. Pasé y algo me contaron de Sergio y acá te lo transmito, en afán de que sirva como un sencillo homenaje para este ejemplar funcionario postal. Se fue Sergio, ahora sí que en entrega inmediata. En los últimos días de abril ya quitaron el moño negro. Ahora, la fachada está como siempre lo estuvo, sin mariposas negras, ahora vuelan mariposas amarillas, como si todo fuera novela de García Márquez (la verdad es que la fachada no está como siempre, el otro día caminé por ahí y observé que se cayó un fragmento del repello. Uf. El edificio está muy dañado). ¡Tzatz Comitán!