lunes, 6 de julio de 2026

CARTA A MARIANA, CON PALABRITAS

Querida Mariana: vonós a los años sesenta, vos no habías nacido, pero yo escuchaba una canción de Johnny Dynamo: “Son palabras sin sentir / sin nada que decir de ayer…” La canción se llama “Palabras". Llegaron los años setenta y Rigo Tovar, parece, rebajó la palabra a palabrita, en la canción: “No son palabritas”, con una letra que decía: “…te quiero como nadie te ha querido…no creas que son sólo palabritas que se dicen nada más…” De palabra pasamos a palabrita. Claro, ya mi mamá, en los años setenta me regañaba porque yo, yo, decía “palabrotas”. ¿Mirás cuántas categorías de palabras? Van desde las normales, suben a las más álgidas y luego bajan a las pulioquitas. La gente normal habla con palabras, cuando se altera sube el tono y el color, pero cuando está ante un infante le brota la ternura y la palabra se convierte en palabrita dulce, amelcochada, boba, así escuchamos: “¿One ta? ¡Aquí ta!” El otro día entré a una frutería, amplia, limpia, con frutas separadas en anaqueles. Compré aguacates, soy como Carmelita, que siempre consume este fruto, delicioso, saludable. Cinco para la comida y para el desayuno. Aproveché y compré unos plátanos (en los mercados siempre que pido plátanos descuelgan de los mecates los plátanos machos, debo aclarar: no, quiero guineos. Siempre me acostumbré a decir plátano al guineo, tal vez porque mi árbol genealógico está más cerca de España que de Guinea. Sí, ya sé que ahorita me dijiste: mamón). La señora de la frutería me preguntó si era todo, sí, dije, pero luego me acerqué a un espacio donde había unas frutas pequeñas, redondas, entre coloraditas y verdes. Pregunté qué fruta era (sí, soy un lego) y ella, con tranquilidad, mientras pesaba los plátanos, dijo: “son cirgüelas”. Ah, ya, claro. Sí. Y luego señaló otro espacio donde había “cirgüelas” amarillas. Compré cuatro de las verdirrojas. En la bolsa llevé aguacates, plátanos y “cirgüelas”. Recordé que Martita le decía “agüela” a su abuela, y “agüelo”, al abuelo, sin ningún empacho. Los lingüistas saben por qué se da este fenómeno de cambalache. La g de güegüecho se encarama por encima de alguna letra y así les suena. ¿Has oído que alguien saluda diciendo: “güenas noches”? En serio, lo he escuchado. Cambiamos los sonidos. Digo que los expertos sabrán decirnos por qué se da esto. Te he platicado que un compa que trabajó en casa y que vivía en Pamalá cuando podaba la buganvilia decía: “Ya, doña Hilda, ya quedó lista la bombambilia”, que esto, en realidad, es una palabra soberbia, que va muy de acuerdo con la belleza de esa flor. Quiero pensar que en ningún otro lugar del mundo han llamado así a la buganvilia. Ese compa (ahora olvidé su nombre, perdón, sólo recuerdo el nombre de su hijo: Romeo) inventó una palabra maravillosa. La palabra es sonido por excelencia, incluso cuando hacemos lectura en silencio, la palabra resuena en nuestra mente, en ocasiones en nuestro espíritu, ese es el don de la palabra. Pero, en estos casos, la palabra suena diferente en la mente de algunos compas, tan diferente que cambian su fonética. Recordemos el clásico caso del haiga, es tan común que en algunas comunidades es lo prestigioso. Calderón (que ahora le achacan todo) dijo: “haiga sido como haiga sido”, lo dijo en plan de broma, pero la frase se popularizó a tal grado que ahora la gente lo menciona como un dislate del presidente de la república. Posdata: son palabras sin sentir, sin nada que decir de ayer; no son sólo palabritas que se dicen nada más, ¡no!, son parte de nuestra esencia, así hablamos, así nos comunicamos. Pero no sólo palabritas tuvimos en los años setenta, por ahí apareció Alain Delon (nada menos que uno de los hombres más bellos del mundo) a dúo con una cantante y escuchamos que ellos decían: parole, parole, que, entiendo, significa palabras, en francés. Mi vida estaba signada no sólo con la música, con esta reiteración sino también, sobre todo, con los libros, porque desde que comencé a leer revistas de monitos (cuentos, les llamábamos) los dibujos estaban acompañados con globos donde aparecían palabras con diálogos. Claro, los diálogos eran muy elementales, pero servían para que el guionista nos contara una historia y nosotros la pepenábamos, semana a semana. Para mí, el gran salto, fue cuando en la vidriera de la Proveedora Cultural vi un libro, número uno, de la Colección Básica Salvat, a un precio muy accesible. Mi mamacita abrió el monedero y soltó el billete. “La tía Tula”, de Miguel de Unamuno. Todo lo demás es historia, de ahí para el real, o para el “rial”, como dicen los compas de Villaflores. ¡Tzatz Comitán!