lunes, 4 de febrero de 2019

ASÍ ESTÁ BIEN




Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera carnicero tendría paga, así como la tiene Isaías, pero no le gustaría estar con el mandil ensangrentado, oliendo la carne, viendo al cuch con ojos de borrego muerto y al borrego con ojos de cuch triste; no le gustaría encontrar granos en la panza de un cuch ni sentir el aroma de carne putrefacta. No le gustaría pasar sus manos encima de una carne que está muerta, que no reacciona como sí reacciona la piel suave de su muchacha.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera político tendría paga, así como la tiene el licenciado Alfaro, pero no le gustaría andar de un lado para otro escuchando demandas de hace mil años con mil años sin solución; no le gustaría dejar a su familia por atender lo urgente de la patria, sin que esta urgencia tenga una justificación real. No le gustaría andar recibiendo abrazos de esos llamados Abrazos de Judas o andar detrás del jefe que es seguido como un santo católico o un tlatoani.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera líder sindical tendría paga, así como la tiene su tocayo Romeo, pero no le gustaría tener que andar haciendo bloqueos en las carreteras; no le gustaría mandar al grueso de los agremiados, con palos y rostros embozados, a estar horas y horas bajo el sol o lluvia recibiendo miles de ofensas de los automovilistas ofendidos.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Está bien, dijo, que yo no sea médico, porque me despertarían a las tres de la madrugada por una urgencia, y tendría que conducir por calles oscuras en medio de una nata violenta, viendo cómo brotan delincuentes desde la sombra del callejón.
Así está bien. Que yo no sea ingeniero, porque en lugar de construir sueños, se le cae el puente ante un temblor o se le va el prestigio adentro de un socavón.
Así está bien. Como estoy yo, dijo el primo Romeo. Está bien que yo no sea millonario, porque no me gustaría ser de esos que están todo el día achicharrándose los muslos y el pecho en los yates, mientras chicas tetonas y culonas beben su dinero en forma de champaña; está bien así, porque los millonarios son asediados por chicas boludas que sólo buscan la forma de arañar el lingote de oro. Mi muchacha está a mi lado, en el lado donde, en lugar de una moneda de oro, lo que brilla es el sol de madrugada.
Así está bien. No me gustaría ser piloto, porque las alturas marean a cualquiera. El territorio natural de las personas es la tierra, la tierra plana, segura, la que tiembla, la que se agrieta. Todo aquel que vuela se piensa Dios o ángel o Luzbel.
Así está bien. Si fuera un intelectual caminaría como ganso y echaría el pecho por delante y el culo hacia arriba. Así como estoy está mejor, porque camino con la certeza de que puedo meter el pie en un charco o puedo resbalarme en cualquier entrada de cochera o puedo tropezar con los pies de un hombre acostado, que bien puede ser un cadáver o un hombre que mira el cielo.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Así como estoy ¡está bien! Me gusta ser lo que nadie más desea. Porque todo mundo quiere ser lo que yo no deseo. No deseo ser enfermero, porque me caga limpiar las cagadas de los viejos; no deseo ser bonito, porque la belleza es como la piel de la manzana, apenas cortada del árbol se oxida como si fuese un fierro viejo.
Así está bien, insistió el primo. Mientras lo dijo pasaron frente a nosotros varios chicos en bicicleta y dos chicas que iban de la mano y reían y se hacían cariñitos en el cuello. Mientras lo dijo vimos un avión en la lejanía del cielo y escuchamos la bulla de dos pajaritos que peleaban un gusano hallado en la tierra. Estábamos sentados frente al lago, ahí donde un viejo y su nieto echaban barquitos de papel al agua, al lado del vendedor de algodones, de la vendedora de helados, del viejo que vendía globos, rojos, azules, amarillos.
Romeo y yo comíamos un sándwich de pavo, con unas rodajas de jitomate y aceite de oliva.
Así está bien, dijo Romeo. Me gusta ser lo que soy, un ser sin más ambiciones que las que la vida me injerta.
Mirábamos cómo los patos acuatizaban, mientras dos muchachos, con camisetas rojas, remaban como si estuviesen entrenándose para las olimpiadas. El agua se quebraba como un espejo, pero un segundo después volvía a tener la consistencia infinita que posee el hueco.
Sí, le dije a Romeo, así está bien. Yo también así estoy bien, dije, y me eché para atrás, sobre la hierba y vi el cielo, sin una nube, un cristal absoluto, armonioso. Sí, ¡así está bien!

sábado, 2 de febrero de 2019

CARTA A MARIANA, CON CUMPLIDO HOMENAJE




Querida Mariana: La placa es puntual: Es un homenaje a maestros de la Escuela Urbana del Estado “Fray Matías de Córdova”, de Comitán.
Ahí está la relación de maestros homenajeados: Víctor Manuel Aranda León (quien fue director de la escuela y un gran deportista, por esto último la Unidad Deportiva lleva su nombre), Óscar De León E. (quien impartía el primero y segundo grados de primaria y era tuxtleco), Javier Flores Torres (quien también impartió la cátedra de Historia de México en la escuela preparatoria y, por fortuna, con más de noventa años de edad aún vive en nuestra ciudad), el maestro Alberto Gómez Villatoro (quien es recordado como un gran pianista y por dirigir un grupo musical en la escuela preparatoria), Víctor Manuel Guillén (conocido como el Maestro Chaparrito, y cuya memoria es muy apreciada en la comunidad), Juventina Medina Vázquez (esposa del maestro Javier Flores Torres y quien, igual que su esposo, vive en nuestra ciudad), María Utrilla Tovar (la recordada Maestra Maruca), Cristina León Cancino (maestra de gratísima memoria), y Consuelo Téllez de Vera (recordada maestra, quien, además, hincó el cariño de la docencia en su familia, porque su hija Mirna también fue docente.)
La placa es puntual. Dice que los ex alumnos de las generaciones 1955 – 1967 rinden un cumplido homenaje a dichos maestros, como reconocimiento a su ejemplar labor en pro de la educación.
La placa fue develada el 15 de mayo de 1992 y está en una pared exterior del edificio de la dirección de la escuela.
No sé si opinés lo mismo que yo: Esta placa no sólo honra a los maestros de la Matías de Córdova, ¡no!, esta placa honra también a los ex alumnos que se unieron y dedicaron este mensaje a sus maestros. Porque estos ex alumnos son personas agradecidas y, lo sabés, el ser agradecido es uno de los dones benditos de la humanidad. El mundo está lleno de ingratos, a cada rato vemos ejemplos. Da pena decirlo, pero la ingratitud es el pan de todos los días, en todo el mundo.
Los seres humanos, con gran frecuencia, creen que se lo merecen todo, que el mundo debe estar a sus pies. No agradecen los dones recibidos, porque piensan que todo es poco.
¿Ejemplos? ¡Ay, sobran, sobran! Voy a poner uno que hemos padecido todos. Se dice con frecuencia que el mundo es como una rueda de la fortuna, a veces estamos arriba y a veces estamos abajo. Cuando estamos arriba nos hablamos de tú (o de vos) con las nubes, todo lo vemos desde la fronda, nos volvemos pedantes; cuando estamos abajo nos sentimos en el fondo del pozo (a veces lo estamos). El que está arriba se olvida, muchas veces, incluso de Dios. El que está abajo lo busca con urgencia, recuerda que hay templos que son la casa de Dios, entonces compran velas, entran al templo, se hincan (¿mirás qué hacen? ¡Se hincan!) y rezan, piden que Dios no los abandone, que les “eche una manita”. A veces, Dios en su generosidad vuelve su mirada y hace su movimiento mágico para ayudar a los necesitados. Ha sucedido que al salir del templo, a la hora de bajar por la escalinata se topan con un amigo y se abrazan y platican. El que está en el pozo cuenta su problema, perdió su trabajo y necesita con urgencia un préstamo, mientras vuelve a tener trabajo, porque su familia, y ya se sabe este tipo de historias, porque todos las hemos padecido cuando la rueda de la fortuna de la vida nos manda a la parte de abajo.
¡Milagro! Resulta que el amigo fue como un enviado divino. Dice que él puede “echarle la mano”, mientras encuentra trabajo, y sin mediar contrato alguno mete la mano a la bolsa, saca la cartera y pone en manos del necesitado diez mil pesos, ¡diez mil pesos! Toda una fortuna para quien está en el pozo. Aparecen unas lágrimas en los ojos del amigo que está en situación penosa. No son lágrimas falsas, son sinceras, porque están llenas de un sentimiento ambiguo al darse cuenta que, como dice el dicho: “Dios aprieta, pero no ahorca”. Sí, dice el necesitado, te juro que en cuanto tenga trabajo te regreso tu dinero. ¡Gracias, muchas gracias!
Y el tiempo maravilloso hace el prodigio. El viento de la vida hace que la rueda de la fortuna gire y, poco a poco, el necesitado abandona su chamarra de pobre, porque ¡encuentra un trabajo! Una tarde (meses después del encuentro) la esposa del necesitado le recuerda la deuda y recomienda que guarde algo de la quincena para abonar al amigo que le tendió la mano.
Y acá, querida Mariana, aparece la historia que se repite por miles y miles en todo el mundo cada día. El amigo necesitado olvida su obligación moral, olvida el instante en que veía todo oscuro, porque todo estaba oscuro. Olvida que en ese momento apareció un amigo y le tendió la mano. El amigo generoso nada ha reclamado, ha dejado que el tiempo haga su trabajo.
La esposa recomienda abonar algo a la deuda, para irla pagando poco a poco. Le recuerda que ya estaban a punto de caer en manos de agiotista o de banco, que ellos cobrarían las perlas de la virgen en intereses. El amigo nada les ha reclamado, nada de intereses hubo en el acto amistoso. El único interés fue tender la mano para que el amigo saliera del pozo, porque él, también, en algún momento de la vida estuvo en la parte baja de la rueda de la fortuna.
Vos, querida Mariana, los conocés. Los desagradecidos se esconden del amigo y si, por sentido estricto de la justicia, el amigo generoso, con buenos modos, le recuerda la deuda al otro, éste se molesta.
Puse un ejemplo muy pedestre, un ejemplo en donde lo material aparece en primer lugar, pero lo escribí porque, pienso yo, ilustra muy bien cómo somos desagradecidos los seres humanos. El amigo prendió un cerillo cuando el otro estaba en la oscuridad. Esa ligera chispa fue como el hilo de Ariadna para que saliera del laberinto. ¿Y luego qué sucede? Pues nada, lo de siempre, la ingratitud asoma: ¿Agradecido yo por un simple cerillo? Pucha, ni que hubiera sido un faro.
¿Mirás? El ser humano cree que merece todo y en este absurdo pensamiento se olvida de agradecer, de agradecer a Dios y de agradecer a los enviados.
Estos ex alumnos se muestran agradecidos. Se pusieron de acuerdo e hicieron una coperacha para mandar a hacer una placa de bronce donde quedaran grabados los nombres de los maestros que realizaron “una ejemplar labor en pro de la educación”. Hay un reconocimiento sincero, porque son los nombres de los maestros los que perduran. Esos nombres hubiesen quedado en el muro del aire si no hubieran estado grabados en bronce. Quienes ahora entran a la escuela Matías de Córdova leen esos nombres y en la mención vuelven a darles vida, vuelven a colocarlos en el estrado donde, con una vara o con una regla de madera, obligaban a los niños a aprender las capitales del mundo o a restar ocho de un total de quince manzanas.
Esta placa bien puede estar en cualquier escuela del mundo, porque en todo el mundo hay una serie de maestros que, con apostolado cristiano (sin ser necesariamente católicos), han cumplido con su misión de maestros.
No sé vos, pero yo (entiendo que todas las personas tienen historias semejantes) viví experiencias diversas en las escuelas. Tuve maestros amables, afectuosos y tuve maestros desagradecidos con la vida, que sólo llegaban a pasar el tiempo sin aportar nada a nuestro desarrollo. También hay muchos maestros ingratos, que sólo acuden al aula para justificar un trabajo que les aporta dinero, son los llamados mercenarios de la educación; pero he tenido maestros luminosos, maestros que me ayudaron a encontrar mi verdadera vocación, que colocaron ladrillos en mi camino, que prendieron ese prodigioso cerillo a la hora que mi vida estaba en la oscuridad total. Esos hombres y mujeres tienen una placa de bronce en la pared de mi corazón, ahí estarán por siempre. Cuando estoy al frente de un grupo procuro honrar la memoria de ellos, procuro no desalentar a los muchachos, procuro sembrar una espiga de luz en su corazón. ¡Ah, qué difícil!
Los estudiantes prefieren a los maestros barcos, a los que, por cualquier pretexto, permiten las llamadas “horas sociales”.
Posdata: Pero cuando el tiempo pasa, los ex alumnos reconocen que no fueron los barcos los que los formaron, no fueron los que hacían horas sociales quienes colocaron luces en sus vidas. Los que cumplieron más allá del deber, son los que cometieron el acto más noble de la vida: Enseñar.
Me gusta entrar a la escuela Fray Matías de Córdova, porque soy ex alumno de ella. Me gusta leer esta placa en bronce. Al hacerlo hago un homenaje a los ex alumnos agradecidos. El agradecimiento es uno de los más altos valores de la humanidad. No están los nombres de ellos, son ramas de un árbol enorme que se llama generación de ex alumnos agradecidos.

miércoles, 30 de enero de 2019

TAMBORERAS




El instrumento es el tambor tradicional tojolabal, el que tocan en las Entradas de Flores. Los tamboreros se reúnen y con el sonido acompasado convocan a los fieles a reunirse, es como la campana del templo, es como el silbato del maestro de gimnasia, es como el grito de la madre cuando llama a los niños a lavarse las manos porque la cena está servida.
El tambor, todo mundo lo sabe, es uno de los instrumentos musicales más antiguos, ha acompañado a las personas en este mundo desde el principio de los tiempos. Los tambores sirvieron para llamar a la guerra, cuando los indios cherokees danzaban y tocaban los tambores despertaban al dios de la barbarie. Los tambores de estas tierras son más afectuosos, convocan a la paz, a la oración, al rezo de la buena siembra y de la mejor cosecha.
Tengo varias amigas que tocan el tambor en la Entrada de Flores que el 10 de febrero ofrecen a San Caralampio. Rosa María y Rosa Hortensia visten trajes tradicionales y se mezclan con los grupos de tamboreros tojolabales y, con dos varitas, siguen el ritmo que indica el hombre que toca el pito, la flauta de carrizo.
En esta fotografía, Lucy se prepara para tocar el tambor en la entrada de flores en honor a la Virgen de Guadalupe. Ella sigue con la mirada el ritmo que indica el líder y acompaña al grupo que presidirá la caminata de los peregrinos.
Los festejos a la Guadalupana se dan en toda la república mexicana y en otros países. La Virgen de Guadalupe es una de las imágenes más simbólicas de la patria. En cada lugar hay variantes en las ceremonias. En Comitán, al lado de los cantos que se entonan en todo México, como el clásico de “La Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac…” y de las tradicionales porras que lanzan los antorchistas: “A la bio, a la bao, a la bin bon ba, Lupita, Lupita, ra, ra, ra”, aparece el tambor y el pito.
El tambor tojolabal convoca a la celebración. Los niños lo tocan como diversión, pero también puede tocarse como un canto de fe, no necesariamente dirigido a una entidad divina. El tambor sirve para cantar la vida, porque basta que un par de manos somate los palitos sobre el cuero tensado para que los pies del cuerpo y del espíritu comiencen a moverse, como impulsados por un fuego interior, movidos por una cuerda invisible, pero poderosa, sublime. Se toca el tambor cuando un pichito nace, cuando la siembra crece tan alta como la luz, cuando los abuelos son buenos, cuando en el pueblo asoma un arcoíris, cuando la vida da cuerda a la arrechura.
El tambor es como una nube que llueve sonidos, sonidos que provienen de lo más hondo del espíritu humano. El texto bíblico dice que en el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios; es decir, el sonido era en el principio y el sonido era con Dios, porque Dios se extravía en el silencio infinito. Por esto Dios, que es decir el Verbo, pensó que era bueno que el silencio eterno dejara de dormir y tomó un par de palitos y los somató en el cuero tensado del extremo de un tambor. Bastó que diera un par de golpes ligeros, tenues, sugerentes, para que el silencio eterno se abriera como una flor y restallara en lo que los científicos bautizaron como Big Bang. Y, se sabe, desde entonces, el eco de aquel inicial toque de tambor (de paz, no de guerra) se extiende como fuelle de acordeón por todo el universo y no cesará (así lo dicen los científicos) hasta que su paso sea como el de una tortuga y vuelva la mirada y decida regresar al origen. Ese día, la Biblia sostiene, se escucharán muchas trompetas (chirimías) y el universo se contraerá.
Mientras llega ese instante (dentro de miles y miles de años) la vida en la tierra es una eterna plegaria, una absoluta manifestación.
Los tambores sirven como conjuro contra el silencio, contra la nefasta plaga de la inmovilidad; los tambores tienen el mismo efecto que tiene la primera copa de tequila o de ron. Hacen que el cuerpo y el espíritu se vuelvan uno con el universo en su expansión.
En el principio de los tiempos el Verbo era con Dios y Dios era la pizca infinita de luz. Y Dios dijo “¡Hágase la luz!” y la luz se hizo y las primeras personas abrieron los ojos y hallaron un instrumento y, antes que hablaran, tocaron el tambor, y así convocaron a la guerra y así convocaron a la paz, y a la alegría y a la sonrisa de Dios.

martes, 29 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN BAR DIFERENTE EN COMITÁN




Querida Mariana: Mi ahijado Javier inauguró un bar en Comitán. Hace apenas varios días también fue inaugurada la cantina Don Julio. Y digo esto, porque con el papá de Javier recorrí decenas de bares y cantinas en mi juventud. Hace apenas dos días subí una fotografía de perfil en la que estamos mi compadre Javier y yo, estamos en el parque central, abrazados, como abrazados caminamos muchas veces por las calles de Comitán cuando salíamos de los bares o cantinas y “nos pegaba” el aire; en realidad lo que nos pegaba era el manotazo brutal de la cerveza consumida en cantidades más que generosas.
Ahora, el hijo de Javier inauguró un bar. ¿Quién iba a pensar en nuestra juventud que su hijo, mi ahijado, se dedicaría a atender un bar?
Vos sabés que ya no bebo alcohol. Como dice un famoso texto y que se declama en fiestas de fin de cursos escolares, “Ya no tomo trago aunque me lleven los pingos”. Bueno, no lo sé, en cualquier momento uno derrapa, pero cuando menos por hoy, sólo por hoy, como dicen los alcohólicos anónimos, no le entraré al chupirul. Ya son más de quince años en los que sólo bebo agua, sólo jugos, sólo té; quince años en que opté por una vida más sana. Bueno, esto pienso yo.
Por eso, ayer que pasé por el local que inauguró mi ahijado, me sorprendí cuando me llamó y me dijo: “Este bar es para vos, padrino”. Estaba a punto de decirle que no, que no era para mí, cuando él agregó: “Es un bar de jugos”. ¡A ver, a ver, a ver! ¡Ah, pues, estamos chupando tranquilos! Sí, de eso se trata, me dijo: de beber tranquilos, en un lugar tranquilo y agradable. ¡Un bar de jugos! Sí, jugos sí puedo beber. Hubo un tiempo en que me preparaba un jugo con betabel, apio, piña y naranja. Era una revoltura muy sana y muy sabrosa.
¿Y por qué un bar de jugos?, le pregunté a Javier y su respuesta hubiese dejado muy orgulloso a su papá. En su respuesta entendí que Comitán es una ciudad de más de cien mil habitantes (Uf, cuando su papá y yo bebíamos cervezas en La Jungla o en el Camechín, cantinas de moda, Comitán tenía menos habitantes, muchos menos), por lo tanto, Comitán merece opciones diversas. Como siempre he dicho, no está mal que los comitecos, ahora, coman hamburguesas, no, no está mal, pero jamás, jamás, debemos dejar de comer los panes compuestos. Ahora, gracias a mi ahijado Javier, puedo decir que no está mal que exista la novedosa cantina don Julio, lugar en el que los jóvenes y no tan jóvenes acuden a beber bebidas alcohólicas. ¡No, no está mal! Pero lo que nunca debe faltar es la opción de servicio que Javier acaba de inaugurar y que ofrece a esta comunidad: Un bar de jugos, un lugar en el que se puede comer y beber y convivir ¡de manera sana! Una ciudad como la nuestra merece diversas opciones, para que la gente pueda optar por un bar de cervezas o por un bar de jugos.
No está mal que los comitecos sigan comiendo tacos de carnitas, ¡ah, tan sabrosos que son los taquitos de la taquería Zinapecuaro! ¡Qué sabrosos los tacos de taquería Carmelita, que está en la esquina de la Matías de Córdova! Pero, no todo mundo anda detrás de los gorditos y de las grasitas. ¡No! En una ciudad de más de cien mil habitantes, ¡cien mil!, hay muchas personas que cuidan su alimentación. Para éstos, para quienes buscan opciones saludables, mi ahijado Javier abrió su ¡bar de jugos! Sí, Javier tiene razón, su local está hecho para mí y para cientos de personas, miles, que beben jugos en lugar de cervecitas. El local es más que agradable, más que cercano al centro de Comitán, está justo en la cúspide de la subida de San Sebastián, en la calle que va con rumbo al templo de Santo Domingo, nuestro santo patrón. Es un espacio para convivir, para charlar, para disfrutar la vida, sin necesidad de agregar alcohol a la bebida.
Mi compadre Javier aún bebe sus tragos. Tal vez lo sorprenda un día de éstos invitándolo a beber un Mojito, como si estuviésemos en la vieja Habana lo llevaré al bar de jugos de su hijo y lo invitaré a probar un Mojito, que es un jugo hecho con yerbabuena, naranja, limón y miel. ¿Mirás qué maravilla? ¡Ah, se antoja! Sí, mi ahijado Javier tiene razón, este bar está hecho para mí y para miles de comitecos que han optado por una alimentación más sana, menos artificial, más cercana a los orígenes de la sabiduría ancestral. La carta dice que todos los platillos son preparados al momento “con ingredientes frescos y naturales”. ¿Mirás qué bendición?
Posdata: Comitán, así lo pensó Javier al inaugurar su local, es una ciudad de más de cien mil habitantes que merece tener un bar de jugos. Está bien que existan los demás bares, está bien. Hay cientos de bares en donde se consume la grasita y el traguito. En su empresa, ALMA VERDE, ofrece jugos, ensaladas, baguettes, bowls (que saber qué será) y muchas delicias saludables más. Cuando tengás antojo de comer sano, date una vueltita por el local de Javier. Cuando escuché el nombre de ALMA VERDE pensé en Gandhi (en el personaje hindú y en la librería), pensé que Gandhi, ALMA GRANDE, le hace bien a nuestra historia mundial, pensé que ALMA VERDE le hace bien a Comitán y a cientos de comitecos que acudirán a comer y a beber en un nuevo concepto de bar. ¡Brindo con mi compadre, con un mojito, por el éxito de la empresa de su hijo Javier! ¡Salud, por siempre, para siempre!

sábado, 26 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DE LA TARDE QUE EL POETA BALAM RODRIGO ESTUVO EN COMITÁN




Querida Mariana: Sé que lo lamentarás, porque me has dicho que admirás el trabajo poético de Balam Rodrigo; sé que lamentarás haber estado en San Cristóbal de Las Casas, la tarde del 23 de enero, tarde en que el poeta estuvo en la Casa de la Cultura, de Comitán, para la presentación de sus libros: “Marabunta” y “Libro centroamericano de los muertos”.
Pero sé que te dará gusto saber que hubo buena audiencia para escuchar y para saludar a Balam, quien, como siempre, se mostró grande porque es humilde, porque, a pesar de que es uno de los poetas que más premios literarios ha obtenido en este país, sigue siendo un hombre de a pie, un hombre de gran sensibilidad y de trato afectuoso.
Fui invitado a hacer comentarios a uno de los libros de Balam, por lo que tuve el privilegio de compartir la mesa de honor con el maestro René Landaverde Hernández, cónsul de El Salvador, en Comitán; con el poeta Arbey Rivera, director del Centro Cultural Rosario Castellanos y, por supuesto, con el poeta Balam Rodrigo.
El acto de presentación (así lo dijo el director del Centro Cultural) fue el inicio de una serie de actos para honrar la memoria de Rosario Castellanos. No pudo ser mejor inicio. La presencia de Balam fue un lujo. Así lo consideró la audiencia que, en buen número, asistió esa tarde. Es bien bonito ver la presencia de muchas personas en actos culturales. A final de cuentas, los actos culturales se programan para que las personas puedan recibir algo de la luz del arte. Se trata de compartir.
El cónsul de El Salvador hizo comentarios al poemario “Libro centroamericano de los muertos” y el director del Centro Cultural comentó el libro “Marabunta”. Ambos comentaristas fueron muy puntuales en sus participaciones; el comentario del maestro Landaverde tuvo la importancia de señalar aspectos importantes de su país y, como amplio conocedor del fenómeno migratorio, dijo que Balam no pudo escribir el libro sin tener una cercanía con el fenómeno de la migración y de los países centroamericanos. Y así es, Balam, de niño, convivió con migrantes en su natal Villa de Comaltitlán. El poeta Arbey (quien moderó la mesa) comentó el primer libro de la trilogía centroamericana que Balam escribe. Lo hizo con palabras bajadas del árbol del sol. Comentó que está en preparación el tercer libro, que es un libro de ensayos. Los dos primeros son de poesía.
Después de los comentarios, se presentó un video con la voz de Balam y música de Cicerón Aguilar, y a continuación, Balam hizo una exposición certera acerca del problema del migrante y finalizó con la lectura de varios poemas de ambos libros.
Como yo estaba trepado en el escenario logré advertir la buena recepción de todas las participaciones, sobre todo la del escritor invitado. Todo mundo reconoce la calidad de su poesía, la calidez de su trato, la rotundez de su conocimiento.
Arbey Rivera comenzó con el pie derecho en sus actividades como director del Centro Cultural Rosario Castellanos. Comitán desea que siga así, que siempre sea así.
Yo hice un breve comentario al “Libro centroamericano de los muertos”. Te paso copia de lo que dije. A ver cómo lo mirás.

Buenas tardes.
Hablamos de poesía, de la palabra que sugiere; hablamos de la luz y de la sombra. ¿Por qué entonces ahora pregunto si ustedes han escuchado la expresión ¡es un cuento redondo!, en referencia a un texto casi perfecto?
¿Han escuchado tal expresión? ¡Cuento redondo! Tal vez proviene de lo que Julio Cortázar, espléndido narrador, dijo en una ocasión. Cortázar hablaba de la esfericidad del cuento, como una imagen de la totalidad, de la precisión y de la cercanía a la perfección.
Ahora hago otra pregunta: ¿Hay libros redondos? La forma de la mayoría de libros es rectangular, pero, una tarde, cuando era niño, una tía se acercó y me obsequió un libro que, en su forma, era circular. El libro tenía la forma de un balón. Era un libro con bellas ilustraciones con una historia que contaba la pasión de un niño por el fútbol soccer. La redondez del libro era casi perfecta, apenas tenía una ligera comba en la que, el editor, había realizado la costura de las hojas. De ahí colegí que es muy difícil hallar un libro redondo.
Pero, digo que hoy nos convoca la poesía, nos convoca el libro cuyo título es: “Libro centroamericano de los muertos”, del poeta Balam Rodrigo, y este es un libro redondo, casi perfecto. Durante 2018 y el ratito que llevamos de este 2019 leí varios libros de poesía, muchos de ellos propuestas inteligentes, pero, sin duda alguna, el mejor libro de todos es éste.
Cuando el poeta Arbey, director del Centro Cultural Rosario Castellanos, me invitó a hacer comentarios al libro de Balam, me dio gusto, lo consideré un placer. Es un honor. Cuando llegué a casa, abrí el libro y comencé a leerlo, supe que el placer estaba en la lectura, en meter el pie del corazón en este río vertiginoso que Balam escribió y que le valió recibir la gloria del premio de poesía más prestigioso de este país.
Balam alcanza, en este libro, la casi perfección; es decir, la cima creativa, porque, se sabe, la perfección jamás se alcanza. Acá hallamos la voz de un profeta, el eco multiplicado de un corazón, un corazón cuya vena aorta está llena de la sangre de migrantes. Es tan amplia esta vena que se extiende desde el río Suchiate hasta el río Bravo. En este flujo interminable de vida está la presencia constante de la muerte.
Nosotros, los chiapanecos, habitantes de la frontera sur, creemos conocer y reconocer el fenómeno de la migración, nos parece cosa de todos los días y de todas las horas. Pero Balam nos acerca a los meandros más oscuros, a los más tiernos, a los más intrincados, nos dice que la voz no dicha es el grito callado.
Si digo que acá está una aorta, también digo que la columna vertebral de este cuerpo literario es el tren, un tren que, lo sabemos, es llamado La Bestia, porque su baba se extiende con la misma brutalidad con que se extiende la peste, la sombra y la miseria de nuestros países.
¿Por qué el libro de Balam es un libro redondo? Porque su genio, sólo su genio, le permitió ver que un libro de Fray Bartolomé de Las Casas era un río que seguía ahogándose en el mar de todos los días; es decir, las condiciones de agravio de hace siglos siguen trillando las mismas huellas de los hombres y mujeres que habitan esta región del mundo. Sólo el genio de Balam reconoció que estos tiempos son un espejo del inframundo maya. Acá hallamos un tzompantli contemporáneo, un muro lleno de calaveras. Balam da nombre a cada uno de esos esqueletos, nos dice que un día esos muertos tuvieron vida y tuvieron sueños. Dejaron su cordón umbilical, lo ataron al árbol de la nostalgia y de la miseria y, como millones de seres humanos desde el principio de los tiempos, tomaron un ato de ropa, dos tortillas y un poco de agua, y emprendieron la marcha hacia la consecución de un sueño.
Lo hicieron sólo para descubrir que su sueño estaba hecho de cristales y que éstos se quiebran y que el filo de los cristales rotos provoca heridas en el cuerpo y en el espíritu, quiebran los sueños y los matan, los matan.
Balam ha logrado un prodigio literario, ha hecho con nubes negras un camposanto en el cielo.
Balam trepó costales de palabras al tren llamado La Bestia e hizo que la palabra sea la vía principal donde corre ese río en que la vida es una simple letanía. En estas vías que ha sembrado Balam, aparece una voz llena de vida desde la muerte; una muerte viva que llena todas las voces.
Balam logró un libro redondo, casi perfecto. Cuando terminé de leerlo me di cuenta que el niño que fui ha crecido. Me dio pánico. Hubiese querido que el mundo siguiera siendo lo que fue en mi niñez, cuando tuve entre mis manos un libro redondo que me contaba la historia feliz de un niño que amaba el fútbol. Pero, de igual manera comprendí que este libro es necesario para mi tiempo, porque no se puede vivir en una burbuja artificial en donde nada sucede, porque acá, sucede todo y esta totalidad es la que Balam alcanza en un libro brutal, feroz, bello, absoluto, casi genial.
Gracias.
Posdata: El poeta Arbey anunció que para la primera quincena de febrero habrá otra presentación de un libro de poesía. El título del libro es: “La muerte no es todavía una fiesta”, escrito por la querida poeta Mirtha Luz Pérez Robledo. Habrá que estar pendiente, será otro acto prodigioso.

viernes, 25 de enero de 2019

CONFUSIÓN




Como si fuera respuesta de clásico chiste, el hombre que barría el patio me dijo: “Al fondo a la derecha”, a la hora que pregunté por los sanitarios. Colocó ambas manos sobre el extremo superior de la escoba y agregó: “No se vaya usted a confundir”.
A mí me ganaban las ganas, así que caminé apresurado, llegué al fondo del pasillo y torcí a la derecha (no había manera de hacerlo a la izquierda, porque había una barda alta) y me topé con los sanitarios. Vi los letreros, en letras negras, pintados de manera vertical: “Caballeros”, “Damas”. Decidí entrar al primero y así lo hice.
Al salir me fijé bien en los letreros y advertí porqué el barrendero había dicho lo que dijo. En la parte superior había unos letreros ya borrosos, que, en algún momento, habían tenido todo el esplendor de la pintura negra. Los letreros estaban cambiados; es decir, lo que era el sanitario de caballeros, en la actualidad, había sido el sanitario de damas; y lo que había sido el sanitario de caballeros ahora era el de damas.
Los letreros anteriores no estaban bien cubiertos, aún se podían leer. Pensé que la pintura verde (porque la pared estaba pintada de un verde triste) se les había acabado, que había sido rebajada con agua y por esto no alcanzaron a borrar los letreros. Esto, deduje, provocaba la posible confusión en los apurados y por esto el hombre había dicho: “No se vaya usted a confundir”.
Pensé que salvo ocasiones memorables, estos sanitarios eran pocos usados, por lo que la confusión tampoco era para espantar a alguien. Si un hombre urgido leía el letrero superior y entraba al baño que ahora es de damas era casi improbable que, en ese preciso momento, una dama llegara y ella sí leyera bien el letrero actual, porque el otro, el superior, aparece semi borrado, lo que significa que ya no tiene vigencia. Era casi improbable que el hombre y la mujer se encontraran adentro del mismo baño, por una confusión.
Pensé, de todos modos, que un poco de pintura verde, más oscura, más pastosa, podría borrar de forma total los letreros superiores, para evitar esas posibles confusiones.
Recordé entonces un cuento de Arnoldo Diéguez, cuyo título no recuerdo, pero que cuenta una historia boba, casi simple: Dos niños, como de ocho o nueve años, que están en un restaurante con sus papás, van al baño, ven que los letreros de madera penden de dos argollas, lo que permite que cualquiera pueda cambiarlos. Entonces deciden hacer una travesura, se esconden detrás de un murete y cuando una señora entra al sanitario de damas, ellos cambian los letreros, esperan detrás del murete, esperan con ansia, desean que un señor aparezca y entre al sanitario equivocado, pero pasan unos minutos y la señora sale muy campante, con el bolso colgado en su brazo. En eso, escuchan pasos, un muchacho, con camisa azul celeste y jeans, y una muchacha, con blusa amarilla y rayas rojas y una falda gris, caminan por el pasillo que tiene rosales sembrados en ambos lados del camino de laja, se dan un beso en los labios y entran a los correspondientes sanitarios. Los niños corren y cambian de nuevo los letreros, lo hacen de manera apresurada, porque escuchan voces y pasos. Se esconden detrás del murete, el corazón les late como motor de locomotora. Escuchan dos voces que intercambian impresiones, desde el otro lado, con las espaldas pegadas al murete, identifican dos voces: son de un hombre y de una mujer, las dos voces tienen timbres de campana de bronce, corresponden a dos jóvenes, sí, son de dos muchachos, él y ella. Escuchan que las voces se apagan, los pasos se pierden. ¡Ya entraron! Los dos niños salen del murete y suben por una escalera, se asoman por un barandal donde, desde arriba, observan las dos puertas. Esperan que los gritos comiencen, que la muchacha de blusa amarilla grite como chachalaca, que insulte al muchacho que entró al sanitario equivocado, pero nada sucede. Las dos puertas permanecen cerradas, durante varios minutos. Los dos chicos no se explican qué sucedió, hasta que, después de muchos minutos, escuchan otros pasos, ven a sus mamás; oyen sus gritos: “Manuel, Armando”. Los dos niños bajan, escuchan un leve rumor de telas adentro de los baños; las mamás los toman de las orejas, con la velocidad con que un jugador de primera base toma la pelota en un campo de béisbol, y los reprenden. Lo menos que les dicen es: “¡Muchachitos babosos!”. Los niños van con la cabeza inclinada, porque las manos de las mamás los guían por el camino y los elevan de las orejas. Ambos niños ven hacia atrás, quieren descubrir qué sucedió en el interior de los sanitarios. ¿Por qué los muchachos no salen? Antes que las mamás los suban por la escalera que conduce al salón principal del restaurante, ambos niños ven que el muchacho de jeans y camisa celeste sale y, con ambas manos, se acomoda el cabello, la chica (la que no habían visto) con blusa café y jeans desgastados lo toma de la mano y lo queda viendo como ven las muchachas iluminadas, ella comienza a gritar: “Eugenio, Eugenio”. El chico de jeans la toma de la barbilla y le da un beso fugaz. Ambos sonríen. Ella sigue gritando: “Eugenio, Eugenio”, camina con rumbo al salón principal. Los niños ya no ven qué sucedió con el tal Eugenio y con la chica de la blusa amarilla y rayas rojas.

jueves, 24 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LO QUE NO DEBE CONTARSE




Querida Mariana: No me gusta hablar de los muertos. No me gusta recibir noticias de muertos. Dirás que todo mundo actúa igual. A mí me gusta hablar de la vida, de la tía de Miguel que tiene ochenta y tantos años y vino de visita a Comitán y fue al Chiflón y fue a Los Lagos y anda de un lado para otro, como si fuera una pichita traviesa.
Sin embargo, a veces, como sucedió antier, alguien se acerca y me pregunta, como si fuera examen: ¿Sabés quién murió? No, no sé quién murió, pero, de igual manera me gustaría no saber. Sin embargo, cuando digo que no, el otro se siente impulsado a dar la infausta noticia y espera ver mi cara. ¿Qué cara puedo poner ante la noticia de una muerte?
Siempre sé que cuando el otro se acerca y me pregunta lo que pregunta, lo hace porque asume que yo conocí al muerto cuando estaba vivo. Siempre es así. A veces el muerto es un artista popular, a veces es un destacado escritor, a veces es un paisano conocido, pero, a veces, es alguien cercano, cercano a pesar de la distancia. Y hace dos días, la noticia fue de estas últimas, las que son como gotas de limón en herida reciente. Se murió Paty Díaz, me dijo el otro. Yo, en ese instante, no registré el nombre, porque no lo tenía registrado así, pero dos segundos después el mazazo fue directo, a la mente y al corazón. La muerta no era Paty Díaz, sino Paty Noches, porque así le decía yo. La noche, pensé, acabó con su día, día que siempre iluminó mil parcelas.
Hacía rato que no la veía, el rato significa meses. Ella murió joven. Cualquiera pensaría que no le tocaba, pero le tocó. Sí, querida Mariana, la muerte nos toca a todos, nos tocará. Esta muerte me toca, porque Paty Noches, en su vida, tocó mi vida. Fue como un pájaro rebelde, se trepaba a todas las ramas de todos los árboles. Cuando alguien pensaba que una rama era muy alta, ella decía que esa rama es a la que debía trepar y trepaba. Y su corazón era una yunta que jalaba el sol para arar la tarde, la noche y el día.
Una vez escribí una Arenilla, donde mencionaba a Paty Noches. En ese textillo dije que, mientras muchos comitecos hipotecaban su vida en hacerse dueños de mil casas en el pueblo, ella, sin hipotecar algo, era dueña de Comitán, porque compró un terrenito en lo alto del cerro San Miguel, ahí por donde está la piedra de la ametralladora y ahí construyó una casa, pequeña pero llena de luz, diseño del arquitecto Luis David.
Sí, su casa la hizo en lo más alto del cerro, en las alturas de Comitán, ahí donde se divisa todo el valle. Ella salía al patio y miraba a Comitán, rendido a sus pies. Ella se acostumbró a recibir a la lluvia antes que cayera en Comitán, se acostumbró a saltar la cuerda de las nubes, porque bastaba que estirara su mano para sentir el aire intocado por los demás. Ella era un pajarito incansable.
A veces se enojaba con el mundo, le molestaba que el mundo tuviera telarañas. Sí, se enojaba, y cuando se enojaba, como ella siempre andaba en lo más alto, su coraje se convertía en un alud, como un desgajadero de esos que se dan en el Everest, en el que la nieve pasa a botar todo lo que encuentra a su paso. Y era así, porque estaba llena de vida, desbordaba vida y su agua, limpia, fresca, mojaba los sembradíos de los otros. En ese círculo de los otros yo fui uno de los beneficiados, uno de los cercanos. A veces le decía Nochez, así, con zeta, porque en ella los días eran Díaz, así, con cimiento de piedra castellana, con resabio de conquista, de huella.
Cuando recibí la noticia pensé en lo que una señora dijo cuando se enteró que mi papá había muerto: “¿Por qué se mueren los buenos y los malos no?”. Ella era buena, sembraba luz en medio de muchas nubes.
Posdata: No me gusta hablar de los muertos. Me encanta hablar de la vida. Pero a veces, la vida se pinta de negro, de muerte. Yo recibí la bendición de la amistad de la Paty Noches, y ahora su recuerdo lo cuelgo en la pared de mi memoria, de esa memoria que está viva, siempre viva, porque a mí, me encanta hablar de la vida, siempre la vida.
Un día Paty Noches dejó Comitán, se bajó de la más alta rama. Niña pájaro abandonó el valle y caminó por otros cielos, cielos que, bestias roñosas, la fueron despojando de sus alas, le impidieron el vuelo.
Para todo mundo ella fue Patricia Díaz Morales, para mí fue Paty Noches. Deseo que sus cielos sigan abonando luz, mucha luz en las noches infinitas del universo.

martes, 22 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON LIGEROS TOQUES ELÉCTRICOS




Querida Mariana: Don Fernando Gutiérrez ejerce un oficio que está en extinción. Una vez, en una cantina de la Ciudad de México, los de la palomilla conocimos a un hombre que vendía toques. Recuerdo muy bien que Jorge preguntó qué clase de toques. En los años setenta, no sé ahora, si un chavo fumaba marihuana se decía que se daba “un toque”. Vimos que el hombre, con una cajita similar a la de don Fernando (comiteco que vive en Los Laureles), se acercaba a las mesas y ofrecía toques. En una de las mesas, cercana a la nuestra, tres muchachos, quienes, igual que nosotros bebían cervezas acompañadas de caldos de camarón, preguntaron cuánta costaba el toque y aceptaron. Se pusieron de pie y formaron un círculo, uno de ellos tomó una de las terminales del aparato y otro la siguiente terminal, se tomaron de las manos y el hombre de los toques accionó el aparato, poco a poco movió la perilla intensificando la corriente. Los jugadores tenían tensos los rostros, cerraban los ojos y apretaban los labios, se retorcían como si estuvieran en el potro de sacrificios. Todos los que estábamos en la cantina dejamos de platicar lo que platicábamos y vimos la escena. Los comentarios giraron en torno a lo que veíamos, lo que presenciábamos, que era un juego de resistencia. No sabíamos que estábamos en presencia de un oficio en vías de extinción.
Ahora, los hombres que venden toques son escasos. Ya casi no se ven. Pero, en Comitán, don Fernando, sin que sea su oficio principal, todavía lo ejerce en algunas tardes. Dice que algo de dinero obtiene.
A veces llega al parque central y todo el mundo lo ve cargando la cajita de los toques, ofreciendo la diversión por veinte pesos. Dice que lleva como quince años ejerciendo esta actividad. La cajita la compró en la Ciudad de México. Un día, un amigo se la ofreció y él, por no dejar, la compró. Dice que le llamaba mucho la atención el juego.
Le pregunté qué voltaje alcanza el aparatito y cuando él dijo que 200 voltios me asombré y pensé que Rosario Castellanos falleció al recibir una descarga de 220 voltios. Fue necesario que un ingeniero electricista me explicara (días después) que la corriente alterna es muy diferente a la corriente directa. Estos aparatitos funcionan con corriente directa, la energía que desprenden se queda a mitad de los brazos. La corriente alterna, por el contrario, produce un latigazo que recorre todo el cuerpo, incluido el corazón. El chicotazo que recibió Rosario se paseó por todo su cuerpo. Esto es un juego, lo de Rosario no lo fue. Don Fernando, poco a poco, intensifica la corriente y cuando el jugador ya no soporta, él acciona el switch para cortar el flujo de corriente, porque dice que a veces el jugador no puede desprenderse de los mangos.
Ya se sabe que estos juegos son para cuando estamos en plebe. Es difícil, dice don Fernando, que alguien que está solo compre toques. Cuando hay un grupo numeroso de amigos, don Fernando intuye que ahí está el negocio. Se acerca, ofrece los toques y cuando ve que alguien le hace eco, él intensifica su mercadotecnia. El juego, por lo regular, se vuelve competencia: A ver quién resiste más. Este juego competitivo le da dinero.
Como ya dije, don Fernando se dedica a otras actividades, pero para complementar el gasto sale algunas tardes de su casa, sube al parque y ahí ofrece toques.
Aquella tarde, en la Ciudad de México, Jorge bromeó con el hombre que ofrecía toques. Cuando el grupo de tres amigos terminó soltándose por la intensidad de la corriente, vimos que sus rostros contenidos se distendieron en carcajadas. ¡Habían jugado a los toques eléctricos! Jorge llamó al hombre de los toques y, poniendo los dedos índice y pulgar al lado de su boca semiabierta, y moviéndola como si imitara el movimiento de una serpentina, le dijo que quería un toque. El hombre jaló una silla, se sentó y dijo que sí, que también tenía de esos toques. Vimos que Jorge se puso todo colorado, sin saber qué hacer. No esperaba esa respuesta. El hombre dijo que cuánto quería. Jorge sonrió en forma boba, dijo que no, que bromeaba. El hombre se puso serio, su cara parecía el de una iguana molesta. Entonces rio, dijo que él también bromeaba. Todos respiramos aliviados. Jorge, entonces, para desagraviar el entuerto lo invitó a tomarse una cerveza con nosotros y el hombre de los toques eléctricos nos contó una historia similar a la de don Fernando.
Posdata: Aquellos tiempos eran otros tiempos. Don Fernando no lo sabe bien a bien, pero ejerce en Comitán un oficio que ya no es muy común en nuestra patria.
Los tiempos cambian. El tiempo no vuelve la mirada, siempre ve hacia el frente.

lunes, 21 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE ROSARIO




Querida Mariana: La actual administración municipal de Comitán incluye la imagen de Rosario Castellanos en su logotipo. Se trata de honrar la memoria de la famosa escritora que vivió su infancia y parte de su adolescencia en nuestro pueblo. Se trata de que el nombre siga resonando en todos los confines. Porque (hay que decirlo), como pasa de manera frecuente con grandes escritores, su obra es más leída y estudiada en otros lugares.
En Colombia existe un programa que lleva la obra de García Márquez a todas las escuelas. En algunos otros lugares del mundo debe haber programas similares para honrar a sus escritores.
Una mañana del mes de diciembre, recibí una llamada del maestro Ornán Gómez (escritor y Director de Educación, del Ayuntamiento de Comitán) y me sugirió que hiciéramos una jornada de visitas a escuelas del municipio, en la que yo compartiera un granito de arena dando a conocer la obra de nuestra escritora, porque el presidente municipal estaba muy interesado en que se difundiera. No lo pensé dos veces, dije que sí. Por supuesto que sí.
Hasta el momento, apenas dos meses después de la propuesta, el programa de acercamiento a la obra de Rosario Castellanos ha llegado a más de diez espacios educativos: escuelas primarias, secundarias, telesecundarias, bachilleratos y bibliotecas, de la ciudad y de comunidades rurales, y puedo decirte que ha sido una gratísima experiencia.
Las audiencias han variado. En la biblioteca de la comunidad Abelardo L. Rodríguez sucedió un fenómeno especial. A las cinco de la tarde comenzaron a llegar grupos de niños, hasta completar una audiencia de veinte o veinticinco personas. Ya era un número más que aceptable. Comencé la charla, todo iba bien, los niños se divertían y, estoy seguro, algo pepenaban de la vida y obra de Rosario. Pero cinco o seis minutos después, la cabecita de un niño apareció en la ventana de la pared de madera, hizo una seña y casi todos los niños (más de quince) se levantaron y sin decir con permiso salieron del salón. ¿Qué había pasado? ¡Ah!, pues resulta que la catequista había llegado al templo y esa hora (las cinco de la tarde) es la hora del catecismo. Bueno, esta experiencia ya lo había vivido también el grupo de teatro que, en el Festival Rosario Castellanos 2018, se presentó en la comunidad de San José Obrero. Cuando la autoridad de la comunidad rural agradeció la presencia de los actores dijo que en el salón no había tantos niños, porque muchos estaban en el templo recibiendo la doctrina. ¡Va pues! Todavía hay niveles. En las comunidades rurales Dios está primero.
Digo que las audiencias han variado, han ido, desde veinte personas hasta grupos de más de cien muchachos, como sucedió en la comunidad de Efraín A. Gutiérrez. Todos los alumnos de la telesecundaria Rosario Castellanos salieron de su escuela y fueron al domo que está al lado del parque. Fue maravilloso verlos cargar su silla y acomodarse en la explanada; fue muy emotivo ver que recibieron el mensaje que llevábamos.
Vos y yo sabemos que estar sentados, escuchando a alguien por más de media hora, es pesado. Es más bonito estar viendo el Facebook o jugando al fútbol o platicando en el parque. Por esto, procuro que la charla sea dinámica, procuro involucrarlos a fin de que, en medio de la risa y del relajito, algo de la obra de Rosario resuene.
Hago la pantomima de una transformación, paso de hombre a mujer, para leerles el poema “Autorretrato”, escrito por Rosario. Cuando les digo que ni soy tan hombre, y que la transformación no me cuesta mucho, ellos ríen, lo disfrutan, pero (¡oh, maravilla!) cuando leo el poema, ellos hacen silencio y miro que en sus caritas algo de la esencia de Rosario aparece frente a ellos.
¿Qué más hago? Les cuento algo de Comitán y ellos reconocen algunos elementos de identidad y luego leo un cachito, mínimo, del capítulo dos de “Balún-Canán”, esa parte donde la niña narradora cuenta que camina de la mano de su nana por las banquetas de laja y se topa con tejedoras de pichulej, y escucha los sonidos del mercado y mira los balcones y piensa que debe ser tan bonito estar como los balcones, sólo mirando, hasta llegar al instante en que, por la primera lluvia, aparece esa hormiga con alas que se llama tsizim.
Y los niños reconocen el pueblo y reconocen que Rosario Castellanos pepenó esas imágenes de este y no de otro pueblo. Y así pasa media hora (o un poquito más) y los niños y muchachos de todos los niveles educativos se acercan tantito a la obra. Porque se trata de que conozcan lo que Rosario escribió. El otro día estuve en el Instituto que lleva el nombre, estuve con muchachos estudiantes de bachillerato y me topé con dos muchachas bonitas que son grandes lectoras. Me dio mucho gusto.
Posdata: Yo estoy feliz de vivir esta experiencia. Me he topado con chicos que nada conocían de Rosario, pero, asimismo, me he topado con muchachos que sí tienen un conocimiento de la vida y obra de nuestra paisana. Todo es como un cordel de luz que nos alumbra. Se trata, como desea el presidente municipal, de que en Comitán honremos a Rosario, porque Rosario nos ha honrado desde siempre. Lo hacemos por nuestros niños, por nuestros muchachos; lo hacemos por nosotros, porque nosotros ¡somos Comitán!

sábado, 19 de enero de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN ÁRBOL





Querida Mariana: ¡Te mando un árbol! El árbol de Pau. Te cuento: El otro día, Pau y yo fuimos al parque central, y cuando ella vio este árbol dijo: “¡Ese es el árbol que más me gusta, tío! Me gustan sus barbitas”.
En efecto, el árbol tiene algo que es como pashte, como heno, y que los expertos biólogos podrán decir su nombre científico.
He caminado por ahí cientos de veces y nunca lo había visto con atención. He visto con detenimiento el árbol de chío y el árbol en el que el artista Eugenio Hernández realizó una talla y que está al lado del busto de Rosario Castellanos, pero nunca había visto con atención el árbol de Pau, un árbol que creció hacia un lado, como si pegara de gritos exigiendo un columpio para que los niños jueguen y sean felices.
Y digo que te mando un árbol, porque eso fue lo que hizo Damián Corzo (personaje de la novela “Antes que el pájaro duerma”, de Edmundo Anzón). En la novela de Anzón, Damián, eterno enamorado de Lucrecia, una joven bellísima, le envía un árbol como obsequio del día de su cumpleaños. Damián, quien pretendía el amor de Lucrecia, le pregunta una tarde cuál es la flor que más le gusta. Lucrecia entrecierra los ojos y, en actitud de pensar, pega sus labios como si se besara y dice que le encanta el cerezo japonés. Así lo dijo. No dijo la flor del cerezo japonés, ¡no! Ella, como si estuviera en un parque de Kioto, dijo que le encantaba el cerezo japonés. Damián se desabrocha el botón superior de la chamarra, porque siente un ligero calor, y le pregunta a la chica si se refiere a la flor del cerezo japonés y ella dice que no, que una flor o mil no tienen sentido, que la armonía está en el todo, por eso, a ella le gusta (y vuelve a entrecerrar los ojos) ¡el cerezo japonés! Damián se da cuenta que sería una imprudencia insistir. Se desabrocha el siguiente botón de la chamarra al pensar que, tal vez, la chica (su amada chica) se refiere a todo un campo lleno de cerezos. Pero ¡no! Dice que si así hubiese sido ella habría dicho la palabra en plural. La dijo en singular. Dijo ¡cerezo japonés!; es decir, se refirió a un árbol. Y es cuando piensa que, como regalo de cumpleaños, le dará ¡un árbol!
¿Qué hará para obtener tal árbol? No sabe qué hará, lo único que sabe es que él le dará ese gusto a Lucrecia.
La novela, sencilla, bellísima en su descripción, con figuras literarias enormísimas, cuenta la historia de cómo Damián logra su objetivo, hasta que el día del cumpleaños, un mensajero toca el timbre, Lucrecia abre y firma la libreta de la mensajería. ¿Un envío? ¿Es para mí?, pregunta ella. Sí, dice el empleado de DHL y le señala el cerezo japonés, que va envuelto como en un capullo negro, y está sobre la plataforma de un camión. ¡El árbol es inmenso, bellísimo, lleno de flores color vino seductor y discreto! Ella no puede creerlo. Alguien le ha enviado un cerezo japonés. El mensajero le roba su arrobamiento y le pregunta en dónde quiere que dejen el árbol. ¿Es una broma? ¿Qué no ve que su casa es de interés social? ¿No sabe que su casa tiene un baño completo pequeñísimo y dos habitaciones, también del tamaño de un dedal, la cocineta, una estancia comedor y un patio trasero en donde cuelgan la ropa para que se seque, pero que no tienen espacio para ese árbol inmenso que está sobre la plataforma del camión? Ella se acerca a la plataforma, eleva la mirada, ve, extasiada, la belleza del árbol que tanto le gusta. No puede creer que esté ahí, frente a ella; no puede creer que ese cerezo japonés sea de ella, sólo de ella, pero ¿en dónde lo sembrará? Es como si le hubiesen obsequiado un elefante.
La historia es simplemente sensacional, porque demuestra que un acto grandioso puede acarrear grandes tragedias.
Digo que, ahora te mando un árbol, el árbol que está cerca del palacio municipal, el árbol abuelo barbón, el árbol con brazo para colgar columpios, el árbol favorito de Pau. Pero, por supuesto, para que no esto no sea tragedia, te lo mando a través de una imagen, de una fotografía.
Te pregunto, ¿qué harías, si el día de tu cumpleaños, tu novio, con tal de agradarte, te regala una jirafa, que es el animal que más te gusta? A ver, ¿qué harías? ¡Uf! Un verdadero aprieto, ¿verdad?
Un día, en el colegio donde laboro, un muchacho le regaló a su novia un peluche enormísimo, del tamaño de una casa (bueno, no, tal vez exagero), pero lo que sí puedo asegurar es que era más grande que la chica, de ancho y de largo. Era un oso, un oso con cara de ternura artificial. Era tan ancho que no pasó por la puerta del salón, cuando la chica quiso meterlo. Cuando la chica recibió el obsequio (envuelto en papel celofán, con un moño gigantesco y una tarjeta espectacular que decía: “Te amo como diez vueltas al mundo.”), vi que la chica se emocionó, pero esta emoción se convirtió en desasosiego al no saber qué hacer con tal montaña de peluche. Sus amigas, que has de entender tenían el innegable color de la envidia y que se amontonaron a ver el obsequio, se ofrecieron a ayudarla a cargarlo, una lo tomó de un brazo, otra metió las dos manos debajo de las nalgas del oso, y una más trató de rodear con ambos brazos la enorme panza. Sí, tenés razón, lo bueno es que era de peluche y no de otro material, pero la incomodidad no era propiciada por el peso sino por el volumen. Total, para no hacer largo el cuento, diré que el oso se quedó fuera del salón, interrumpiendo el paso franco de los alumnos en el pasillo, y que, a la hora de la salida, fue necesario que el papá de la chica acudiera al llamado de su hija y treparan el obsequio en la parte trasera de una camioneta, que el papá tuvo que conseguir. No seguí la huella de la historia y ya no supe qué sucedió en su casa. ¿En dónde, la chica, guardó el regalo? Un día, meses después, vi a la chica tomada de la mano de otro chico, ya no el del peluche. Sí, lo mismo que estás pensando vos, pensé yo.
Te mando este árbol con un único interés (digo, para que no vaya a pensar tu novio que ando con coqueteos de viejo libidinoso). El interés es que veás con atención este árbol y me digás si estás de acuerdo con Pau. ¿De verdad es el árbol más bonito del parque central? A mí me gusta porque creció sólo en uno de sus lados, no es un árbol que haya seguido la armonía ni la proporción. ¡No! Este árbol, desde pequeño, se fue hacia un lado, como si algo nos estuviera diciendo. Si mirás con atención los árboles de atrás de esta fotografía vas a ver árboles más o menos armónicos que abrieron sus ramas en posición de abrazo; árboles cuyos troncos se mantuvieron, más o menos, derechitos. Pero éste es un árbol rebelde, es como árbol que ejemplifica aquella consigna que dice que árbol que crece torcido jamás su rama endereza. ¿Para qué va a enderezar sus ramas? ¿Para qué? ¿Para parecerse a los otros? Este árbol (el árbol de Pau) decidió ser el ejemplo viviente del poeta Fabio Morábito, quien (ya te conté en una ocasión) me dijo que es bueno que los seres humanos crezcamos un poco torcidos, porque si no después ¿qué contamos? Los seres humanos no pueden, ¡no deben!, crecer totalmente enhiestos, es bueno tener ciertas torceduras que le dan alegría al cuerpo y a la vida, Macarena. Bueno, con decirte que ni los santos son perfectos, los muy verticales tienen el peligro de quebrarse al primer ventarrón.
Si alguien me preguntara, pero nadie me está preguntando, recomendaría que jamás obsequien peluches enormísimos: osos, perros, elefantes o jirafas. No, incluso recomendaría que no obsequien peluches, ni siquiera pequeños: ratoncitos, gatitos, arañitas, dinosauritos.
Cuando fui joven (hace como mil años) hubo una campaña que recomendaba lo siguiente: “Regala afecto, ¡no lo compres!”. Es difícil que los muchachos comprendan que el mejor obsequio es la envoltura que se llama vida. ¡Claro! Damián (el compa de la novela) exageró, pero hizo lo que pocos hacen. Quienes se atreven a historias casi imposibles son los apasionados. ¿Recordás la película Fitzcarraldo, que cuenta la historia del tipo, amante de la ópera, que se obsesiona en construir un teatro a mitad de la selva? ¿Mirás qué prodigio? Las personas apasionadas hacen las grandes realizaciones. Los grandes descubrimientos, las grandes pinturas, las grandes obras literarias, las grandes historias deportivas son fruto de los apasionados, incluso, las grandes tragedias pasionales (recordemos, sólo como un ejemplo, la historia de Romeo y Julieta). Peluches los regala todo mundo. Uno debe dar algo que nunca nadie más haya dado, algo que no se compre, algo que no se venda.
Comitán ¡es un árbol! ¡Un árbol enormísimo! La pasión de grandes comitecos ha permitido que siga conservando su brillo y encanto. No permitamos que la apatía de unos pocos ensucie la grandeza de nuestro pueblo. Comitán es un árbol, no ha crecido enhiesto. ¡Dios nos libre! Pero que Dios también nos libre de que sus raíces se vayan deteriorando. Comitán, ha sido como el árbol de Pau, con ramas bellísimas, torcidas, que invitan al juego del columpio.

viernes, 18 de enero de 2019

PARA QUITAR EL FRÍO




Imaginá que te llamás suéter. Imaginá que sos un suéter contempóraneo. Recordá que en la Edad Media los guerreros usaron armaduras, que en su propio nombre está contenida la dureza de su condición. ¡Qué feo usar un suéter que está hecho de metal! ¡Qué feo usar un chaleco blindado! Vos, si imaginás que sos un suéter, estarás hecho de estambre, de estambre delgado o grueso, pero serás alguien que emocionará a todas las muchachas bonitas. Todas éstas se acercarán y te tocarán y colocarán su mejilla en tu pecho y dirán: ¡Ah, qué sabrosito! Y, como gatitas, se frotarán en tu entrepierna y dirán: ¡Qué peludito, qué sabroso! Y vos sentirás bonito.
¡Ah, pero no te emocionés de más! Tampoco significa que siempre serás tan deseado, tan querido. ¡No! Desde ahora debés aceptar que serás alguien de temporada. Serás muy buscado en temporada invernal. En primavera serás ignorado, casi despreciado. ¡Que no se te ocurra salir en día caluroso! ¡No, por favor! Si lo hacés, si sos bobo, verás cómo todo mundo se aleja de vos, como si fueras leproso, como si fueras un apestado, como si tu olor fuera el de un albañal. ¿Qué muchacha quiere estar cerca de alguien que es como un suéter peludo, caluroso, asfixiante? ¡Ninguna! En temporada de verano todas las chicas bonitas te dejan en el closet y van en busca de aquéllos que juegan a imaginar que se llaman bermudas o short. Los torsos buscados, los deseados, son los descubiertos, los desnudos, los bronceados, los que se llenan de gotas de sudor.
Imaginá que sos un suéter y que aceptás tu condición de ser deseado sólo en ciertas temporadas, cuando los árboles se bambolean y tiran las hojas, cuando los árboles se llenan de escarcha blanca, cuando se despeinan por el aliento feroz del huracán, cuando la lluvia cae como si fuera promesa de político en campaña.
Imaginá que sos un suéter y que podés elegir entre mil clases de estambre y entre mil colores y entre mil diseños. Porque, ¡hay que admitirlo!, los suéteres son prendas de gran colorido que, incluso, contienen el negro que es muy útil para que usen los delincuentes para confundirse con la noche o para ir a dar el pésame porque el negro tiene el rostro caído, la esencia del dolor y del misterio.
Sí, tenés razón, podrás usar, ¡ah, qué privilegio!, suéteres al estilo de César Costa, ese famoso actor y cantante de los años sesenta, con carita de yo no fui, que puso de moda los suéteres que usó y que tenían muchas rayas y que las muchachas de aquel tiempo relacionaron con la época del rock and roll.
Los suéteres tuvieron, en algún momento de la historia, complejo de animal y usaron cuello de tortuga.
Y esto fue así, porque el suéter (hay que admitirlo) es una prenda de vestir que también es una prenda para ocultar la vergüenza. Cuando alguien comete un acto pecaminoso, con sus dos manos, agarra el cuello del suéter y lo sube hasta ocultar su cara, como si fuese, en efecto, una tortuga o un avestruz. El suéter tiene vocación de animal, porque los suéteres de César Costa tenían rayas como si fueran de cebra o de burro encarcelado.
Imaginá que sos suéter, que sos una prenda erótica, porque sos experto en dar calor, en mantener calientita a las muchachas. Sos una prenda que está cerca del corazón y que, siempre, a diferencia del pantalón, estás besando los pechitos de las chicas bonitas, acariciándoles el pezón.
Imaginá que sos suéter, que sos la prenda más sensual y la más sincera, la más honesta, porque la mujer bella que te usa no puede ocultar un par de tetas soberbias, dulces, sublimes. Vos, siempre, le das más consistencia, sos como un aparador para mostrar la rotundez de un par de pechos soberbios; y de igual manera, sos tan auténtico que con vos el tipo panzudo no puede ocultar su vientre de rotoplás, como sí lo hace cuando se desfaja y viste la camisa por fuera del pantalón.
Imaginá que sos un suéter. Que las chicas tocan tus pelitos, que juegan con tus hilos con los dedos pulgar e índice, que acercan sus mejillas, las pegan y dicen: “¡Ah, qué sabrosito!”.

jueves, 17 de enero de 2019

LA CELEBRACIÓN




No sólo son los cuetes. Hay más cosas fastidiosas. Cuando hay fiesta en el barrio (de esas fiestas comunitarias tan frecuentes en México), muchos vecinos sufren con la música estruendosa de los puestos que colocan alrededor del parque.
En nuestro país hay celebraciones sacras todo el año. ¡Tenemos fiestas para repartir! ¿Cómo será en Inglaterra? ¿Qué harán los ingleses cuando es día de Nuestra Señora de Walsingham? ¿Quemarán cuetes? ¿Echarán traguito? ¿Orinarán las calles?
Cuando el tiempo del festejo se acerca los vecinos se dividen, de forma tajante, en dos grupos: Los que celebran que la fiesta ya esté cercana y los que odian tal cercanía. Los del primer grupo preparan su vestido y camisa nuevas, pintan la fachada de su casa, colocan festones con rosas hechas con papel crepé, ven en qué pueden ayudar a la celebración y los días de la fiesta gozan la rueda de caballitos, los algodones, los encurtidos, el tiro al blanco, el juego de las canicas, la rueda de la fortuna, el chingolingo, la mistela en botellas de plástico, que quién sabe si estuvieron bien lavadas. Los del segundo grupo lamentan la molestia, la peste de los ríos de orines, la imposibilidad de guardar los carros en las cocheras, el olor de los tacos de quién sabe qué carne, el tufo del aceite quemado, la música que vomitan las enormes bocinas del puesto que vende discos piratas, las enormes carpas de los puestos que dejan en penumbras las entradas a las casas, la inseguridad, los borrachos que duermen en las banquetas, las prostitutas que son como un enjambre de abejas y los cuetes que todas las noches quiebran el vaso de la tranquilidad.
Los vecinos se dividen en dos grupos: Los que piensan ¡Ah, qué hermosa es la fiesta de la virgen!; y los que piensan ¡Ah, qué joda con estas fiestas tercermundistas!
Los vecinos se dividen en dos grupos antagónicos: Los que disfrutan la fiesta y los que la odian. ¿Qué pasa con los animalitos que tienen su casa en los árboles del parque del festejo? ¿Qué sucede con todas las mascotas de los vecinos? ¿Qué con los pajaritos que a diario revolotean a las seis de la tarde en las copas de la tarde para buscar el sosiego de la noche? ¿Qué con los pajaritos que a diario a las seis de la mañana hacen su festín coral para ir a buscar gusanitos para alimentar a sus polluelos? ¿Qué pasa con los gatos viejos que han acompañado por tantos años a sus dueños? ¿Qué les sucede a los perritos, a los chihuahueños, a los dálmatas, a los poodle, que son la compañía de los niños de la casa? Todos los animales son del segundo grupo. Si uno llegara con el micrófono y le preguntara al señor gato, al animal que, como maharajá, está tendido en su cojín, él respondería: “¡Es un tormento!”
Ya nos han explicado que los animalitos tienen más desarrollado el sentido del oído. Oyen lo que el oído del ser humano no detecta, por esto, cuando la cuetería asoma en el cielo, el sonido se magnifica y les molesta y les produce un profundo estrés. Si a los humanos les incomoda el ruido de los cuetes, a los animales les provoca temor. Debe ser como cuando los niños de Jordania escuchan el bombardeo en las guerras que se dan con frecuencia en su país. Los niños se cubren los oídos, se acuclillan en un rincón, en sus caritas hay temor, el temor de la muerte. Sus papás les han explicado que esa grieta enorme es la guerra, que esas explosiones son bombas que destruyen edificios y ocasionan la muerte de miles de seres humanos. Los papás han explicado a sus hijos los horrores de la guerra. Pero, ¿quién ha explicado a los animalitos que esa cuetería es un festejo humano? ¿Que sólo es una fiesta? ¿Quién les ha explicado que esa bulla infernal es dedicada al santo o a la virgen que celebran?
Es imposible explicar qué sucede con los pajaritos que llegan a buscar su casa y despiertan con el tremendo rebumbio de la cuetería? ¿Qué pasa con las crías? ¿Emigran las aves, buscan otros parques, otros árboles? ¿En dónde se esconden los gatos y perros de las casas vecinas? Como niños de Jordania ¿se arrinconan y ponen la cara del miedo? ¿Por qué tiemblan? ¿Qué sucede con sus oídos? ¿Por qué no se cubren sus orejas?
Mientras tanto, en las calles de la periferia del parque, las bocinas están a todos los decibeles que dan y el cielo se llena de destellos y de explosiones de cuetes para celebrar al santo o a la virgen que, adentro del templo, está inmovible, indiferente en apariencia. En el cielo, los cuetes se abren en flores de fuego, se deshacen en pétalos pestilentes, como si fueran bocas de cañones. Y los borrachos orinan detrás de los puestos, frente a las puertas de las casas y ahí defecan y ahí besan a las prostitutas que fingen abrazar a los tipos mientras les buscan la cartera.
Todo es un festejo humano, un ritual eterno; todo es en honor a la virgen o al santo de la devoción; todo es como una farsa teatral, que a veces se convierte en tragedia.
Mientras tanto, los animalitos, los pájaros y las ardillas del parque, se confunden. Brincan de una rama a otra, no saben qué hacer en la guerra, nadie les ha explicado.
Los vecinos se dividen en dos grupos: Los que gozan el festejo y los que odian la celebración. Los animalitos conforman un solo grupo: el de niños confundidos, temerosos.