viernes, 13 de septiembre de 2019

LA TOCADA



El tío David Ordóñez tuvo muchos oficios en su vida: fue talabartero, trapecista en un circo, carnicero, apicultor, zapatero remendón y, por último, le halló gusto a la marimba y se volvió marimbista. Organizó un grupo musical y amenizó bautizos, bodas, cumpleaños y, sobre todo, ofreció serenatas. Este oficio lo amó por encima de todos los demás. Decía que le permitió hacer muchos amigos, disfrutar la alegría de los otros cuando bailaban o movían los pies sentados en las sillas; en fiestas consiguió dos muchachas que luego fueron sus novias. Cuando yo lo conocí ya era un hombre sosegado y sólo aceptaba dar serenatas. Por esto, dormía en la tarde, para estar en plenitud en la noche. A veces, jugábamos lotería en la sala con mis primos y tía. El tío, sentado en un sofá individual, con la cabeza recargada en el respaldo nos miraba e iba cerrando los ojos y torciendo la cabeza hasta quedar profundamente dormido. Como decía la tía, aunque pasara un tren el tío no abriría los ojos. Gritábamos ¡lotería!, nos empujábamos, reíamos, y el tío era un bulto. A las ocho en punto abría los ojos, se desperezaba y pedía a Alfonso que fuera a arreglar los instrumentos para que todo estuviera listo sobre el camión. La tía suspendía el juego, iba a la cocina a preparar la cena del tío. Nos despedíamos, corríamos por la calle para llegar a nuestras casas. Frente a la casa del tío mirábamos cómo subían la marimba que haría las delicias de una chica y despertaría la envidia de las vecinas. Cuando el tío iba a dar serenata todos los de casa sabíamos que tenía “Tocada”.
La palabra se enraizó tanto en nosotros que, años después, cuando íbamos con los amigos a tomar unas cervezas al bar de moda “La Jungla”, desechábamos cualquier otra cita y decíamos que teníamos “Tocada”. Dejé de beber, ya no tuve “Tocadas”. Olvidé la palabra, pero ayer, como brota el agua en un nacedero, volvió a aparecer.
Ayer en la tarde fui a sentarme en una banca del parque central. Abrí un libro de cuentos de Bashevis Singer y vi que dos chicas lindas se sentaron en la banca cercana. Una llevaba el cabello corto y una blusa negra, escotada, con el lema “Do it”; la otra vestía unos jeans ajustados y tenía un piercing en el ombligo, se veía el inicio de un tatuaje que bajaba hasta su vientre y quién sabe en qué lugar terminaba (sólo ella, Dios y su amiga sabían en qué lugar terminaba, bueno, también algún amigo juguetón). No habían estado sentadas ni un minuto, cuando la chica del tatuaje se levantó y dijo que tenía que irse porque tenía “Tocada”. Seguí con el libro abierto, pero ya sin leer. Estuve atento a lo que la chica decía: Tenía “Tocada”. Supuse que no era marimbista, ¡no! ¿Tenía una cita para ir a un bar? “Quedé de verme con Alberto”, dijo la chica con la picardía de una niña que está frente al pastel de fresa y queso que tanto le gusta. La otra chica señaló con un dedo el mensaje de su blusa, la otra dijo: Por supuesto que sí, ¡me lo comeré! La chica que se comería a Alberto se agachó, besó a su amiga y echó a correr. La otra chica me vio y frunció el ceño. Yo, sin darme cuenta, había levantado la vista y las veía con ojos de viejo perverso. Me subió el color al rostro. Bajé la vista e hice como que leía, pero no leía, estaba pendiente del movimiento de la chica de la blusa negra. El lema decía: “Do it”, mi inglés de primero de secundaria traducía: “¡Hazlo!” La chica le había dicho a su amiga: “Do it” y la otra había recibido el mensaje, claro, había dicho: ¡Me lo comeré! Lo había dicho como si Alberto fuera un pedazo de pastel de fresa con queso.
Una cubetada de años cayó sobre mí. Quedé todo empapado de años. ¡Uf! El tío tenía “Tocada” cuando iba a dar serenata; nosotros teníamos “Tocada” cuando íbamos a echar trago. Ahora, esta chica tenía “Tocada” porque se iba a comer a Alberto. ¿De dónde habrá sacado la chica la palabra? Pensé: ¿No será nieta del tío o nieta de algún marimbista? Pude preguntarle a la amiga que quedó sola en el parque, pero ella me vio feo, como si yo fuera un delincuente y ella, aprendida la lección, dijera “Fuchi, guácala.” Luego pensé que la chica de Alberto sería tocada, acariciada, amada. Alberto vería completo el tatuaje.
Sentí (sentí) que la chica de la blusa negra se paró y caminó, cuando intuí que ya iba a diez o doce metros subí la mirada. La vi. Movía con gracia su trasero. Antes de subir un peldaño de un pasaje interior, volvió la mirada. Ella supo que yo la veía. Al atraparme, sonrió, levantó la mano y dijo adiós. Yo, todo tonto, no alcancé a levantar la mano, la dejé a media asta y la moví con timidez. Do it? Si ni de joven lo hice ¡menos de viejo!

jueves, 12 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN POSIBLE RECUENTO DE LOS QUE SOMOS




Querida Mariana: Borges, en “Borges y yo”, escribió: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas…” El escritor asegura, al final del texto, que no sabe “cuál de los dos escribe (esa) página.”
Borges, lo admite medio mundo, es un escritor de textos sublimes, por inteligentes. En “Borges y yo” desliza la idea que acompaña mis horas de escritor: Uno es el Alejandro que escribe y otro es el Alejandro de lo cotidiano. Sí, es cierto, hay una relación especial entre el escritor y el Alejandro de todos los días; el Alejandro escritor se alimenta de las vivencias del Alejandro que toma té, que va al parque, que cuenta cuentos, que se reúne con amigos, que lee, que va al cine (el domingo vi la más reciente cinta de Del Toro), pero el escritor es otro cuando se sienta, en la soledad del estudio (mentira, no tengo estudio en la casa, escribo en la mesa del comedor) y se enfrenta a la fatídica, enigmática y sorprendente hoja en blanco. Por esto, cuando algún lector me confunde ¡me confunde! De vez en vez, cuando estoy en una reunión no falta el amigo que me presenta a otro diciendo: “Es Molinari, el escritor”. Sólo porque ya me acostumbré a este tipo de confusiones es que no vuelvo la mirada para buscar al escritor, porque yo no soy el escritor. ¡No! En ese momento soy el Alejandro de todos los días, soy el Alejandro lector, el cinéfilo, el que se levanta a las cuatro de la mañana y duerme a las ocho de la noche, sin importar que la noche sea la noche buena o sea la noche del 31 de diciembre, que son fechas en que la gente normal se desvela para estar en la cena con amigos y familiares. Me levanto a las cuatro de la mañana, sin importar que sea uno de enero.
En realidad, no sólo eran dos Borges, eran más, muchos más. Cada ser humano tiene múltiples personalidades que asoman como hongos al amparo de la humedad de los árboles. Con frecuencia escucho que a fulanito ya se le subió el poder, porque no saluda. El fulanito ostenta un cargo público y deja en la intimidad la personalidad conocida. Los que saben de estos asuntos le llaman rol al juego que jugamos todos en las relaciones sociales, dependiendo del escalón donde estamos parados.
Somos muchos. Es una actividad compleja advertir cuántos somos, pero a mí sí me queda claro que soy lo que Borges deslizó en “Borges y yo”, hay un Alejandro que escribe y hay un Alejandro cotidiano. Y digo que, a pesar de que mi labor cotidiana es escribir, no forma parte de la vida del de todos los días.
Ya dije que me levanto a las cuatro de la mañana, lo hago como disciplina. A esa hora me preparo un té de limón, prendo la computadora (ya dije que la tengo en la mesa del comedor) y, envuelto en una chamarra (desde siempre soy muy friolento), escribo. Cuando me enfrento a la hoja en blanco soy ¡el otro! El que deja de ser lo que es cuando es hora de hacer mi tai chi de viejito para luego bañarme e ir al colegio a laborar.
¡No! Cuando estoy en una reunión no soy el escritor. En ese instante soy el otro, el de todos los días; el pichito que es tímido; el que le cuesta trabajo relacionarse; el que casi no habla, porque carece de la habilidad de la conversación.
Cuando alguien, a través de un correo electrónico o un inbox en redes sociales me escribe y pregunta algo acerca de mi oficio de escritor no tengo inconveniente en contestar, porque, de inmediato, me convierto en el otro, pero cuando alguien, en una reunión cree que soy el Alejandro escritor me pone en aprietos, porque me resulta muy difícil encontrar al otro, que quién sabe dónde fregados se esconde.
Cuando te escribo estas cartas soy el escritor; cuando nos vemos y platicamos un ratito soy el otro. Sé que a vos te queda claro, pero hay muchos lectores que se confunden, y su confusión ¡me confunde!
Cuando alguien me invita a un programa de radio o de televisión me complica la vida, porque en las entrevistas el supuesto Alejandro escritor debe hablar. ¿No entienden que el Alejandro escritor escribe y no habla? El otro sí puede hablar, pero como el otro (ya lo dije, mis amigos lo saben) es muy tímido y con dificultad logra estructurar una oración coherente, la entrevista se vuelve una capa envuelta en el fracaso.
A veces pienso que tal vez el Alejandro escritor podría responder ideas ingeniosas, pero como él es escritor y no hablador, no se aparece a la hora de la charla. El escritor sólo asoma a la hora que se enfrenta ante la hoja en blanco, y es muy difícil que el Alejandro de todos los días pueda convertir en hoja al periodista que hace la entrevista. En cambio, ¡qué prodigio!, el escritor no tiene empacho alguno en escribir un cuento en donde el entrevistador tiene la cara de hoja en blanco y él, ante cada pregunta, redacta sus respuestas en el rostro del periodista. Al final, el escritor se enamora de los textos escritos, por eso, de manera exquisita, con un bisturí o con un cúter, despega la piel del rostro del entrevistador y coloca el escrito en un marco que cuelga de la pared de su oficina. Pero, bueno, este juego de imaginación sólo es posible en el acto de la escritura, que difiere mucho del acto cotidiano donde Alejandro de todos los días camina por la calle que va al templo de San José y entra al museo de arte para ver los grabados de Toledo.
Posdata: Cada ser humano es único, pero tiene muchos clones con personalidades diversas. Esos clones infinitos están dentro de uno. Yo soy varios. ¿Cómo es posible que mis clones convivan sin hacerse pedazos? Y pregunto esto porque muchos de mis yo son pesados, incorrectos, pedorros, llenos de complejos o soberbios, cagadas de paloma.
Yo, como no tengo el genio de Borges, sí sé que esta carta la escribió el Alejandro escritor, y no el otro.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON RECONOCIMIENTO INCLUIDO




Querida Mariana: Comienzo con una anécdota: Una tarde llegaron a la cabina de radio dos invitados del programa que conducía en radio IMER. Cuando se sentaron y pedí sus nombres para presentarlos ante la audiencia, El Ventarrón y El Avión pidieron, por favor, que no dijera sus nombres, porque nadie iba a reconocerlos en el barrio, que, por favor, dijera sus apodos. Yo, obediente de la tradición comiteca les hice caso. A mitad del programa recibí una llamada telefónica de una radioescucha, al finalizar dijo que era “La hija de El Ventarrón”. De broma pregunté si ella era de esas mujeres entronas que la vida les hace lo que el viento a Juárez.
Hoy, quiero contarte algo del licenciado Fernando Gómez Solís, algo que sea como un reconocimiento a la labor que hace en favor de la sociedad comiteca, pero si no menciono su apodo difícilmente lo reconocerá el barrio. A él todo mundo lo identifica como “El Pina”, así que, con todo respeto, digo que cuando hablo de Fernando hablo de el famosísimo Pina.
Fernando realiza una labor de gran importancia. ¿Sabés qué hace? Va a casas de amigos a pedir que le enseñen los álbumes fotográficos familiares. El Pina sabe muy bien que en cada casa hay decenas de fotografías que, independientemente del recuerdo familiar, conservan el recuerdo común de épocas pasadas. Por ejemplo, en la foto de los quince años de la hija (realizada en 1970) está la chica con un vestido que nos habla de la moda de esos años, hay festones, patios enladrillados, marimbas, sacos de terlenka, chicos con el cabello hasta los hombros, los chalequeros, personajes importantes, platones con botana especial, bebidas que ahora ya no existen. En las casas hay fotografías con recuerdos de desfiles, de actuaciones teatrales, de ceremonias de fin de cursos, de bautizos, de días de campo, de encuentros deportivos, de novias en el parque, de excursiones al Junchavín, de idas a Uninajab, de cabinas de radio y de patios escolares; es decir, en las casas comitecas está el archivo histórico de este pueblo. El Pina se ha dedicado a pepenar y reunir este tesoro. No sé cuántas fotografías tiene ahora en su archivo digital, pero estoy seguro que son cientos, ya miles. ¿Por qué lo hace? No sé bien qué lo motiva, porque gasta su gasolina y su tiempo, valioso tiempo. Actualmente él maneja un taxi. He sido testigo que, en ocasiones, se hace pijij en su trabajo, porque en lugar de hacer “dejadas” va a la casa del amigo que le ofreció enseñarle unas fotografías históricas.
El Pina hace su labor de manera callada. Cuando algún cronista o amigo intelectual ofrecerá una conferencia acerca de un determinado tema comiteco, El Pina, generoso, presta su archivo para que sean compartidas fotografías que a él le llevó tiempo conseguirlas. De esta manera, Comitán enriquece su historia.
Los tiempos actuales han permitido que él llegue, tomé fotografías digitales de las fotografías y que los originales permanezcan con sus propietarios. No hay manera de que esos tesoros se extravíen. Lo que sí hace Fer es una labor de rescate. Fer cumple con su misión, misión que debe ser reconocida por todo el pueblo, porque él realiza una labor de gambusino del oro más auténtico, el que tiene mil quilates.
Cuando Fer llega a la oficina, llega con una gran sonrisa, abre un sobre amarillo y me dice que yo vea, que admire las bellezas que ha rescatado. Y pone las fotografías sobre el escritorio (en realidad es una mesa modesta) y yo disfruto su disfrute y reconozco su labor desinteresada y le digo que su labor es muy valiosa. Pienso que los cronistas, historiadores e investigadores tienen (tendrán) un valioso elemento para análisis de la identidad comiteca. Cuando le digo que reconozco su encomienda desinteresada, él sonríe también. Él es como un héroe anónimo, como un rescatista que salva vidas en un desastre, porque (esto lo sabe todo mundo), una sociedad que no tiene historia no tiene asideros para su desarrollo cultural.
Posdata: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? La fotografía es un elemento imprescindible para hallar respuestas. Los tiempos actuales permiten que existan miles, millones de testimonios gráficos. Pero, ¿qué sucede con los tiempos ya idos?, ¿los tiempos en que la fotografía no tenía la ventaja actual? Fer, El Pina, se mete desnudo a esas albercas de cuartos oscuros y emerge con el brazo en alto, llevando en la mano un par de fotografías que nos darán elementos para saber por qué nuestros ancestros lograron cimentar un pueblo dignísimo que se llama Comitán. Querida Mariana, como lo hago de vez en vez, ahora mi abrazo no es para vos, ahora es para El Pina, en nombre de Comitán. Su labor es chingona.

lunes, 9 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, DOS DÍAS DESPUÉS




Querida Mariana: Óscar Bonifaz cumplió 94 años, los cumplió el 4 de septiembre de 2019. Ese cuatro no dejó de sonar el teléfono todo el día. Bonifaz recibió llamadas de muchos amigos y familiares que lo aprecian. En plan de broma dijo que me quería invitar a su comida, pero como sabe que no como más que polvitos y pasto ¡no lo hizo! En plan de broma dijo que me quería invitar a su cena, pero como sabe que me duermo a las ocho de la noche ¡no lo hizo! Lo que sí hizo fue aceptar una comida que le ofrecieron en el restaurante italiano que está a media cuadra de su casa (Due Torri). Lo que sí hizo fue abandonar tantito a los amigos en el restaurante y bajar a su casa para recibir un obsequio floral que le envió el presidente municipal. Como Bonifaz es poeta y en el aire las compone, al día siguiente, escribió una nota de agradecimiento dirigida al secretario particular para que la pasara al presidente. La nota decía:

Ayer fue mi aniversario
y algo me quedó pendiente,
mi querido secretario.
Dígale a mi presidente

que recibí en ese día
un gran arreglo floral
y la sorpresa fue mía
pues no estaba nada mal.

¡Cómo chingados pasa esto!
¡Que se me haga este honor!
Si yo sé que no merezco
éste tan grande favor.

Fui a verlo a su casa, dos días después. Toqué y abrió el portón eléctrico. ¿Pensó que yo era un auto? ¿Me miró cara de Volkswagen? No, entendí que esa mañana estaba solo y no quería caminar hasta la puerta. Entré y miré cómo estaba el jardín en los noventa y cuatro de Bonifaz: Dos matas de lavanda y una de buganvilia estaban derramadas en flores, y Tequila (su chucho) movía la cola como si fuera la reserva de la casa.
Lo encontré escribiendo. Dos días después de sus noventa y cuatro, Bonifaz redactaba parte de una novela (dice que lleva redactado un cuarto de su novela más reciente).
Me senté, él hizo lo mismo. Sonó el teléfono, se apoyó en el descansabrazo del sofá y caminó de la sala al antecomedor (dos o tres metros). Mientras llegaba, bromista siempre, gritaba: “Ya voy, ya voy”. Levantó el aparato y se emocionó. Tapó la bocina con su mano y me dijo que le estaban cantando las mañanitas desde Estados Unidos. Yo, mientras tanto, vi los cuadros que están en las paredes: acuarelas de Mario Pinto y del maestro Muñoz López (dos niños que retozan en San José del Arco, en Montebello), un cuadro de Juan Tiney, y un óleo del Güero Mandujano (retrato de la mamá de Bonifaz). Cuando regresó a sentarse me contó que quien le llamó de Estados Unidos es un muchacho que él ayudó mucho cuando estaba joven y vivía en Comitán. Ahora él trabaja allá y de vez en vez le envía dinero, como símbolo de agradecimiento por lo que el poeta hizo por él.
Le comento que el día de su cumpleaños le mandé un abrazo por la radio. En el noticiario Noti-Vos leí uno de los tachilgüiles que escribía en el boletín ImaginARTE a Comitán, y que con Iván y Lupita habíamos comentado que esas anécdotas no eran todas auténticamente comitecas, muchos tachilgüiles eran chistes o anécdotas de otros lados que él adoptaba y adaptaba al lenguaje comiteco, con su agregado al estilo Bonifaz. Sí, dijo él, “en el fondo hay verdades” y contó que en una ocasión un señor halló a su compadre muy acongojado, en el parque. ¿Qué le pasó, pue, compadre? ¡Ay, compadre, se murió mi hijita! ¡Ah, la puta! No, compadre, la honradita.
Bonifaz cumplió noventa y cuatro. Él y Rosario Castellanos son comitecos que han sido honrados con el Premio Chiapas.
¿Algún día Comitán nombrará una calle con su nombre, para que, como Chaplin, coloque el bastón en su hombro y camine con su paso de tiuca sobre brasas? Dentro de seis años, Bonifaz cumplirá ¡cien años!
El escultor Luis Aguilar tiene una propuesta para honrar al escritor comiteco. Si ya Comitán tiene un busto de Rosario, Luis propone realizar un busto para Óscar. Parece que la carpeta técnica de la propuesta de Luis ya llegó a las autoridades estatales. Todo está en manos del destino.
Bonifaz no es monedita de oro, pero existe un amplio círculo de chiapanecos que lo quiere y admira y estaría de acuerdo con que la propuesta de Luis fuera aceptada. Imagino el busto de Bonifaz (Luis sugiere que esté en la plazuela del templo de El Calvario, que es el templo de la zona donde está la casa del escritor), imagino a los peatones deteniéndose frente a esa “cabeza” y recordando las mil anécdotas que cuenta el escritor, recordando ese texto poético que se llama “Vuelo nupcial” y que todo mundo conoce como “El poema del zancudo” y que termina de manera jocosa. No todo mundo lo reconoce, pero Bonifaz heredó mucho del carácter juguetón del comiteco.
Posdata: No hubo más arguende en los noventa y cuatro de Bonifaz. Él comió con sus amigos y se dedicó a escribir y a recibir decenas de llamadas telefónicas de sus amigos y familiares y a extasiarse con el arreglo floral, inmenso, que le dedicó el presidente municipal de Comitán. ¡Felicidades, maestro Oscarito, o maestrOscar, como le dice Juan Carlos Gómez Aranda! ¡Vamos por los noventa y cinco, en plenitud!

sábado, 7 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON CHAPULÍN INCLUIDO




Querida Mariana: “Murió Toledo”. Este fue el encabezado de muchos periódicos en el mundo. Sí, ayer se dio a conocer el fallecimiento de Francisco Toledo, el artista oaxaqueño. Ayer, la muerte bailó la sandunga. ¡Ah, pero antes, sin duda se metió un pitutazo de mezcal, con gusano de maguey! No sé (te escribo el viernes, en la madrugada) si la familia de Toledo permitió que le hicieran un homenaje en Bellas Artes, con sus cenizas expuestas. ¿Así fue? ¡Qué pena! ¿No fue así! ¡Felicidades! Un acto de congruencia sería que las honras fúnebres oficiales no contaran con el permiso de los herederos de Toledo, y digo esto, porque el buen Toledito siempre anduvo alejado del poder político. De hecho, fue un artista incómodo para el sistema. Te conté una vez que, en 1999, anduve en Oaxaca y me tocó presenciar una exposición que presentó en la Casa de la Cultura, donde hubo marimba y mezcal, por supuesto. En ese tiempo, José Murat era el gobernador, él fue el encargado de inaugurar la exposición, a su lado permaneció el artista. El gobernador se deshizo en elogios para Toledo, Toledo, con la mano en la barbilla, veía hacia la audiencia reunida. El gobernador mencionó que esa tarde era histórica porque hacía años que el artista no exponía en esa tierra, su tierra. Llegó la hora del corte de listón y, cuando Murat esperaba hacer el protocolario recorrido de la obra en compañía del pintor, éste desapareció del lado del político y fue a mezclarse con los asistentes y con ellos platicó y rio. ¡Tómala! Yo estuve muy pendiente del hecho. Acostumbrado en mi tierra (hablo de Chiapas) donde los artistas aprovechan para abrazar al gobernador y aquéllos deshacerse en elogios para éste, se me hizo sorprendente un acto como el de Toledo. Digo que estuve pendiente, ya no de Toledo, sino de la reacción de Murat. Vi que éste, en compañía de su séquito observó dos o tres obras, pero en busca de la salida. Cinco minutos más tarde, el gobernador había desaparecido. Uf. Muchas preguntas asoman en la puerta de esta anécdota. Una de ellas es: ¿Por qué Toledo permitió entonces que el gobernador llegara? ¿Quería ignorarlo en el escenario? ¡Quién sabe! Lo que sí es un hecho es que esa tarde, el gobernador no recibió los baños de sahumerio a que estaba acostumbrado. Otro hecho inobjetable es que cuando el destino desaparezca por siempre a José Murat Casab, no tendrá la atención de tantos periódicos en el mundo como sí lo tuvo Toledo; es decir, si hablamos de grandeza, siempre lo hemos comentado, está muy por encima la grandeza del creador artístico que la del más alto político. Por encima de la política siempre está la nube del arte.
Muchos compas dicen que, ante el fallecimiento de un escritor, el mejor homenaje es leer su obra. Mario Vargas Llosa cuenta que cuando recibió una llamada, infausta llamada telefónica, y se enteró del fallecimiento de Julio Cortázar dejó de hacer lo que hacía y fue al librero para tomar un libro de Julito y releyó algunos de sus cuentos. ¿Qué se hace cuando fallece un gran artista plástico como Toledo? Pues tal vez sea un buen reconocimiento ver su obra. Los inversionistas millonarios, de buen gusto, podrán pararse en su estudio y ver los dos cuadros que poseen de Toledo, podrán sonreír porque su inversión ha ganado en valor monetario; los que aman el arte, pero no tienen posibilidad de adquisición, pueden entrar al Internet o ir a la biblioteca y revisar catálogos y libros con la obra del gran pintor oaxaqueño. ¿En Comitán? No sé si algún exquisito millonario de estas tierras tenga obra de Toledo en su residencia (puede ser que sí, como que recuerdo que hay alguien que sí tiene, entre mucha obra plástica mexicana, alguna obra del pintor oaxaqueño). Pero, bueno, los demás simples mortales sí podemos honrar la memoria de Toledo y honrarnos a nosotros mismos, porque en el Museo Hermila Domínguez de Castellanos, hay obra de Francisco. ¿Qué obra existe de Toledo en el museo que está a media cuadra de la oficina de Correos? Hay serigrafía. Recuerdo un trabajo con plenitud en sepias, del cual Toledo hizo 75 reproducciones. Una de éstas aparece colgada en la pared del museo. Es una obra bella donde, sobre todo, se muestra la espalda de una mujer que tiene un sostén, pero cuyo broche es una enormísima pigua. Es un detalle genial, porque las pinzas de la pigua sirven como broche para el brasier.
Los expertos de arte han explicado las obsesiones de Toledo. Él es un maestro para los que inician en el arte. Sus obsesiones están muy enraizadas con el cuerpo humano desnudo expuesto ante la fauna de la tierra caliente de Oaxaca; expuesto ante la presencia infinita de la muerte (en su representación mexicana de calavera); es decir, Toledo, igual que Rufino Tamayo, se empapó de la tradición prehispánica y de lo cotidiano de su entorno y lo envolvió en un petate lleno de colores tierra.
¿Cómo representa el cuerpo humano? En la mayoría de sus obras lo encontramos desnudo, con tatuajes simbólicos de animales o de huesos: lo encontramos con sus sexos descubiertos, gozosos. Toledo tuvo la capacidad de ver al hombre más allá de su piel, lo descubrió desnudo de complejos y lleno de temores.
Nadie puede negar que Toledo fue Oaxaqueño de la punta de los pies a la coronilla de su cabeza. Los animales de la costa oaxaqueña siempre estuvieron presentes (estarán por siempre) en su obra. Es un exceso, pero su obra exuda aroma de mar, de chapulín seco, de pigua, de vulvas abiertas, de aromas de cuartos húmedos y sudados. ¿Qué vio Toledo de niño cuando jugaba en los campos yermos de su tierra natal? Vio chapulines, muchos chapulines, vio los mercados con canastos llenos de pescados y camarones secos y piguas; vio los pies curtidos de los pescadores. Pero no sólo vio, también olió y desgajó entre sus manos la carne, la carne de todo tipo.
Toledo fue un hombre callado. Ya te conté también que, años después de aquella tarde con Murat, me tocó estar sentado frente a él. El director del Museo de Arte Contemporáneo era (es) amigo de mi jefe de aquel entonces y nos dijo que tenía una cita con el artista, nos presentó con él (sin advertirnos antes que agradecería que no fuéramos impertinentes con él). Si no charlaba, tal vez en ese instante prefería estar consigo mismo. Y así sucedió, mientras mi jefe y el director del museo charlaban, yo me dediqué a ver a Toledo, quien, como si los demás fuéramos Murat, nos ignoró olímpicamente. Yo me sentí un poco frustrado. Estaba frente al artista plástico vivo más importante del país y no podía hacerle alguna pregunta. ¡Nada! La charla transcurría en su entorno y él, como si estuviera en una isla o en la proa de un barco, miraba el horizonte. Ahora, muchos años después, entiendo perfectamente lo que hacía: jugaba con nosotros y jugaba con él mismo. Nuestro amigo escultor Luis Aguilar me dijo ayer: “Yo me quedo con su alma de niño”. Luis, excelso artista comiteco, sabe de lo que habla. Los artistas deben ser como niños, son niños. ¿Qué niño, pregunto ahora, deja de jugar sus carritos porque entró el señor gobernador a la sala? Si acaso, el niño levanta la cara, ve al personaje, dice “buenos días”, porque la mamá le dijo que saludara y continúa en su juego, en el juego de la vida, ahí donde los chapulines trepan a lomos de cocodrilos y donde éstos se recuestan debajo de las hamacas donde, con apenas un calzón puesto, dormitan las muchachas, sudadas, en la costa de Oaxaca. En vida, Toledo legó una gran lección creativa. Quienes deseen dedicarse al arte deben entender la tradición, hacer un exhaustivo repaso de lo hecho por los mayores en la región; deben comenzar a mirar su entorno y entenderlo. Jamás deben dar paso a la lisonja del poder político. Jamás deben olvidar su condición de origen. Jamás deben dejar de experimentar. Si en Oaxaca hay chapulines y piguas y tototopos y mezcal y sudor con aroma de sal, ¿qué hay en el espacio cotidiano del aprendiz? Toledo nos deja una lección de congruencia con la vida. Nunca fue vela de barco, porque nunca dejó que el viento le ordenara el camino. Fue el timón del barco y él, contra todo huracán, remó contracorriente en muchas ocasiones y recaló en playas donde la vida era plena. Huarachudo irredento. Jamás se alineó a la moda o al discurso retobado. Toledo fue fiel a su tótem, a su nahual. Toledo chapulín, Toledo pigua, Toledo mariposa de la muerte, Toledo de todos los santos y de vírgenes a punto de dejar de serlo.
En Comitán está Toledo. Sólo falta caminar por la calle del Correo y entrar al Museo Hermila Domínguez de Castellanos y pararse frente a la pared en donde cuelgan sus obras.
Posdata: Hasta ayer, Toledo fue el artista vivo más importante de México. A partir de hoy, Toledo se reincorpora al aire que corre en La Ventosa.

viernes, 6 de septiembre de 2019

COMO MANGO




Imaginá que te llamás Manguera. Imaginá que sos Manguera. Si sos mujer podrás ser vendedora de mangos. Irás al mercado y, en medio de la mujer que vende jocoatol y de la mujer que vende chiles siete caldos, colocarás tu canasto sobre una caja de madera y ofrecerás: “¡Mangos, mangos!”, y las compradoras que pasen frente a vos, pensarán: “¡Qué atrevida ésta, qué acosadora!”, o las más conscientes caminarán como si estuvieran en una pasarela de Milán y sonreirán y se sentirán plenas. Pero si sos hombre no podrás ser vendedora de mangos, así que serás manguera para regar el jardín o para apagar incendios o, si sos modesto, serás manguera de radiador de auto.
Imaginá que sos manguera. Los niños que jueguen en el parque se asustarán al confundirte con una serpiente, pero luego, al ver que sos maleable, te usarán para sus juegos, te torcerán y con vos amarrarán a los delincuentes, en el juego de policías y ladrones.
¿Y si sos manguera para electricista? Permanecerás ahogado en las paredes, pero, en compensación, cada vez que alguien prenda la luz sentirás un cosquilleo que te recordará el principio del universo.
Así como hay hilos famosos, como el Hilo de Ariadna, ¿hay mangueras famosas? En Arriaga hubo una famosa manguera (vendedora de mangos Ataúlfo), porque siempre que un posible comprador se paraba frente a su puesto, ella decía: “Te lo doy a probar” y sonreía. Lo decía con una voz como de ola reclinándose en la arena de la playa. A los jóvenes les encantaba escuchar ese encantamiento: “Te lo doy a probar”. Los muchachos traviesos imaginaban escenas lúbricas. Ella, en cuanto hablaba, con un cuchillo cortaba un trozo de mango y lo ofrecía al joven goloso. Nunca faltó el joven que se arriesgó, estiró la cara y tomó el trazo con los labios directamente del cuchillo. La mayoría estiraba la mano y cogía el trozo con los dedos y se lo llevaba a la boca. Cuando este ritual concluía, la manguera movía el cuchillo como en señal de amenaza, como si dijera: ¿Entendieron de qué se trata la prueba?, y repetía la frase a un nuevo comprador. Ah, con qué donaire colocaba los mangos sobre el platón de la báscula, con qué desplante movía el dedo índice sobre el pivote para calcular el peso exacto. Decía: “Es tanto”, metía los mangos en una bolsa de papel y cuando recibía el dinero (que se colocaba en los pliegues de sus pechos de naranja jugosa) se despedía con la siguiente frase: “Chupa bien la pepita, quítale hasta el último barbiquejo.”
Cuando le preguntaron a Einstein cuál era el mejor objeto jamás inventado, dijo que el cerillo, porque permitía tener fuego al instante, y luego dijo: la manguera. Cuando le preguntaron por qué decía eso: Él dijo que la manguera tenía la ventaja de enrollarse en círculo. Algo de la magia del universo estaba advirtiendo. ¡Claro!, en el mundo animal y entre los seres humanos no hay un solo ser que tenga la cualidad de enrollarse con tal precisión. Quienes practican el yoga, en lo interno, aspiran a conocer a Dios, al círculo divino.

jueves, 5 de septiembre de 2019



CON AROMA DE CANELA

Ayer, con Romina, jugamos a “Tenés horma de…” Como es un juego ¡se vale de todo! Nadie se molesta. Bueno, cuando digo que nadie se molesta hablo de ella y de mí. Por lo regular (lo sabe la gente que me conoce) a mí me gusta jugar juegos de dos, un poco como si prefiriera el tenis (juego de príncipes) y no el fútbol soccer, que es juego multitudinario.
Lanzamos la moneda y ella ganó. Así que me quedó viendo, revisó mis orejas, mi cabello, y dijo: “Tenés horma de rondana”. ¿De rondana? Entonces (es parte del juego) yo busqué el entorno donde mi horma tuviese cabida. Cerré tantito los ojos y pensé en qué lugares hay rondanas. Rápido pensé en un taller mecánico. ¡No! Odio la grasa. Por fortuna, luego apareció en mi mente un lugar con grandes ventanales y luz solar que se filtraba. Sí, pensé, es un laboratorio de ingeniería, en una universidad. Vi el letrero de la entrada MIT (Massachusetts Institute of Technology). Me sentí bien a la hora que una chica, de lentes, bata blanca, jeans apretados, me tomó entre sus manos y dijo que me colocaría (lo dijo en inglés) en el transversor (quién sabe qué significaba eso de transversor, pero nombraba una máquina que estaba sobre una mesa y que tenía la forma de un abductor). Me sentí bien. Se lo conté a Romina, escuché que ella tomó un sorbo de la limonada y dijo que era mi turno.
Abrí los ojos y dije: “Tenés horma de manzana”. Ella sonrió. Cerró los ojos y dijo que estaba en un campo lleno de manzanas. Estaba en Turquía, hasta arriba de un árbol, desde donde, como si fuera un vigía, miraba la traza del sembradío. Eran cientos y cientos de árboles sembrados en largas avenidas. Me dijo que veía a una multitud de hombres y mujeres que, como hormigas, con canastas, trepados sobre escaleras, cortaban las manzanas. Dijo que ella no quería ser cortada. Yo le dije que recordara que todo era un juego. Ella podía estar ahí por siempre. Yo le dije si no había pensado en la manzana de Adán y Eva. Dijo que no. Dijo que lo primero que apareció en su mente fue ese sembradío de manzanas en Turquía. Dijo que casi casi podía ver a lo lejos una mezquita y escuchar los rezos. Por esto me gusta jugar con Romina, porque casi siempre se aleja del lugar común. Abrió los ojos y dijo: Me toca. Y yo le seguí el juego, me acerqué y le dije: Te toco, se lo dije en voz baja, como si orara y, tembloroso, extendí mi mano y toqué la parte superior de su oreja y bajé hasta llegar al lóbulo. Ella, como si una anguila eléctrica hubiese nadado por encima de su cuerpo, se estremeció y dijo que tenía cosquillas. Le recordé que yo era una rondana. ¿Qué no estabas en el MIT? No, dije, ahora no estoy en Massachusetts, ahora estoy arriba de un árbol turco y siento un aroma de manzana hervida con canela y miel, un aroma que me sigue desde niño. Cuando tenía seis años, desde el fogón brotaba un aroma que me cubría todo el cuerpo cuando estaba en la oración de las cinco. La sirvienta ponía a hervir manzanas para que los niños nos sentáramos frente a la mesa y tuviésemos la recompensa por haber participado en el rosario con la abuela.
Los dos abrimos los ojos. Romina, como si regresara de un sueño de muchos días, se desperezó y dijo: Te toca. Y yo dejé que me tocara. Cerré los ojos.
Escuché que ella tomó un libro del librero y dijo: “Tenés horma de Singer” y yo no pensé en la marca de la máquina de coser que tenía la abuela, ¡no! Pensé en la fotografía de un libro donde aparece Isaac Bashevis Singer, y le dije a Romina que estaba sentado en una estancia donde había un aroma de malta, y ella dijo que era el aroma de la cerveza; luego dije que había un aroma a libro y ella dijo que sí, que me tenía entre sus manos.
Me gusta jugar con Romina. Jugamos el infinito juego de “Tenés horma de…” Este juego lo permite todo. A veces tenemos horma de ardilla o de tacuatz, a veces tenemos horma de papel higiénico o de toalla sanitaria, a veces tenemos horma de Ciudad de México o de Comitán.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON EL INGENIO POR ENCIMA DE LA MEDIA




Querida Mariana: Sí, haré caso a tu sugerencia. Lo haré porque pienso que es necesario reconocer el ingenio (no, no, no hablo del ingenio azucarero). Según el diccionario, ingenio puede ser sinónimo de intuición, de entendimiento y de facultades poéticas y creadoras. ¿Mirás? A mí me caen bien las personas con ingenio, porque las imagino muy cerca del genio.
Y digo que haré caso a tu sugerencia, porque en Comitán hay ingenio a montones. Muchos comitecos son ingeniosos. Enoch Cancino Casahonda, gran poeta chiapaneco, dijo alguna vez que el apodo comiteco era ingenioso. Claro, don Enoch, con su genio poético, reconoció que se necesita ingenio para poner un apodo certero y gracioso. Y, la verdad, hay muchos apodos ingeniositos, de esos que sus propietarios, en lugar de ofenderse, lo llevan orgullosos, así como Quique lleva orgulloso en su pecho los colores del América (bueno, Alfredo, que le va a Las Chivas, dice que no se necesita mucho ingenio para irle al América, pero yo pienso que esto ya entra más en el terreno del infundio, que en el del ingenio).
Digo que haré caso de tu sugerencia y comienzo. Acá tengo una muestra del ingenio comiteco. ¿A quién se le ocurrió poner el nombre de Petit Comitec a una cafetería? Es fruto del ingenio comiteco. Y digo que este ingenio está por encima de la media, porque abarca ese territorio imaginativo al que pocos tienen acceso. ¿Ya viste que el nombre juega con una frase común, pero la vuelve muy comiteca? ¡Única!
Todo mundo, de Francia y de Hispanoamérica, ha escuchado la frase: Petit comité, que, de acuerdo al libro “Donde se encuentra la explicación de todo”, significa: Estar en un grupo, en confianza. Sí, yo lo he escuchado con frecuencia, muchos acuerdos se toman en petit comité; es decir, con un grupo de personas que se tienen confianza. Bueno, pues, en el mundo debe haber dos o tres compas que bautizaron con dicho nombre un café o un restaurante o un bar o una librería o una cervecería. Pero, y acá es donde aparece el genio, no hay, más que en Comitán, un café que se llame “Petit Comitec”, donde el ingenio comprueba que no tiene fronteras. La frase viene del francés y los panes compuestos de Comitán se hacen con pan francés.
El arquitecto Luis David, en compañía de su esposa, abrieron este café. Siempre he elogiado a los paisanos que no caen en el error frecuente de bautizar a sus negocios o empresas con nombres comunes, con nombres que se encuentran en cualquier lugar del mundo; siempre he elogiado a los paisanos que ponen nombres únicos. Estos nombres únicos hacen la diferencia de los pueblos. Acá tenemos un caso ingenioso, que raya en la genialidad.
¿Qué puedo pensar cuando camino por el parque central y me topo con un chico que porta una playera, con franjas azules y rojas, que en el pecho dice Rakuten? Que el chavo viajó, cuando menos a España, y en Barcelona compró una playera suvenir del famoso equipo de fútbol. Alfonso me platicó que la marca que tiene la playera del equipo de fútbol español es la marca de la tienda online japonesa más grande del mundo. Pues no, resulta que el chico juega en Comitán en un equipo que se llama Barcelona. Pobre, no sabe que nunca llegará a ser como Messi. Vengo de un tiempo en que los equipos de fútbol no tenían complejos y usaban nombres de la región, vengo de un tiempo en que iba al estadio y veía jugar al “Maderas de Comitán”; es decir, equipos que se llamen Barcelona hay miles en el mundo. ¿Maderas de Comitán? ¡Sólo uno!
¿Mirás? Hice caso a tu sugerencia. Buscaré ejemplos, a nivel mundial, del ingenio comiteco y lo compartiré con vos. Acá está el primero. ¡Ah, qué bonito nombre! ¡Especial! ¡Petit Comitec!
Posdata: Ahora muchos comitecos proponen: ¿Y, por qué no lo comentamos en petit comité? Va, dicen otros, que saben del placer de la vida: Lo hagamos en el Petit Comitec, y van al café que está en… ¿qué referencia te doy? Parate frente al templo de Santo Domingo y caminá con rumbo a la Cruz Grande, una cuadra (llegás al Hotel San Francisco), otra cuadra (llegás al estacionamiento de don Ulises) y una cuadra más (ya pasaste frente al restaurante Rock’n Rolls Sushi), cuando estés ahí, torcé a la derecha, con rumbo a La Pila y, a media cuadra, hallarás una fachada con un árbol dibujado que te dará la bienvenida.
Ir a lugares con ingenio provocan satisfacción. ¿Qué decís? ¿Vamos a platicar un rato en petit comité en el Petit Comitec? Hay unos panqués de elote que te encantarán.

martes, 3 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO




Querida Mariana: ¿Libro de cabecera? No, nunca he tenido libro de cabecera. Siempre he tenido libro de sobaquera. ¡Ah, eso sí! Recuerdo que en mis tiempos de universitario, andaba con la novelita de Pacheco, “Las batallas en el desierto”, debajo del brazo, de arriba para abajo. Todavía en estos tiempos, cuando alguien me pide que le recomiende un libro, le recomiendo éste. Digo, si alguien te pide que le recomendés un libro es porque no es un gran lector, así que apuesto mi resto a favor de esa novelilla de Pacheco. Como platicamos el otro día con Iván, si “Las batallas en el desierto” no le gusta a alguien quiere decir que nada de literatura le gustará, que nada le jalará, que más le vale, si quiere hacerse el interesante, poner ¡el Libro Vaquero! en medio de “El quijote”.
Ayer me topé con “Las batallas en el desierto” en el librero, andaba en busca de un libro bonito, de un libro que no fuera muy complicado, pero que no fuera simple; es decir, andaba en busca, sin pensarlo, de la novelilla breve de Pacheco. Y mi mano fue a dar directo a su lomo. Libro delgado. La edición de ERA tiene 68 páginas. ¿Mirás? Bueno, qué te voy a contar a vos, si vos también sos fan de esta novelilla. Recuerdo cuando hace seis o siete años (tenías diecinueve) llegaste a la oficina, te sentaste frente a mí, dejaste el libro sobre el escritorio y, colocando tus manos detrás de tu cuello, dijiste que te sentías plena. Brillabas como si fueses una pulsera recién limpiada. Tu cielo estaba limpio. Pensé que esa es la sensación que queda en el espíritu cuando hallamos un libro inteligente, simpático, bonito. Y “Las batallas en el desierto” es un libro inteligente, un libro agua limpia, casi casi perfecto. Cuando un aspirante a escritor me pide que le dé un tip para llegar a ser un buen escritor le digo que lea esta novelilla. Pacheco escribe con oraciones cortas, sin mucho adjetivo, recortando los gerundios (recortando, ¡recortando los gerundios! ¡Ay, Molinari!).
Lo llevaba debajo del sobaco a todas partes: a la hora que subía al autobús que me llevaba a CU, a la hora que entraba al baño (no a bañarme), a la hora que hacía la fila en la tortillería, cuando me sentaba en el Parque Hundido o en el Parque de Los Venados, cuando caminaba por La Alameda (uno de mis privilegios ha sido caminar por los parques ¡leyendo!). En fin, la novelilla sólo la dejaba cuando era hora de dormir. No exagero si digo que dejar el libro sobre el buró era lo último que hacía en el día y tomarlo era lo primero que hacía a la hora de levantarme. Sí, cuando comía, también tenía el librincillo sobre la mesa, por eso, en ese tiempo, mi ejemplar, se llenó de mango, de mole, de arroz, de nogada (del chile), de guacamole, de cerveza y, ocasionalmente, cuando llegaba de vacaciones a Comitán, ¡de ts’isim!
La novelilla, vos lo sabés, no cuenta más que una historia común: la del niño de primaria que se enamora. Tal vez la diferencia estriba en que no se enamora de su maestra, que es lo más recurrido, sino que se enamora de la mamá de su amiguito. Siempre he pensado que algo influyó en mi vida el hecho de que ella, la mamá (que es lindísima), se llame Mariana (de hecho, la versión cinematográfica de la novelilla se llama “Mariana, Mariana”). Digo que la historia es sencilla, casi simple, pero como siempre, en literatura lo que cuenta no es lo que contás sino cómo lo contás. Y Pacheco (¡maestro!) lo cuenta con una gracia y una gran capacidad narrativa.
Ayer, que la releí, pensé, por primera vez, que debe atraerme mucho porque, además de todos los atributos literarios que posee, la historia refiere un periodo especial de México: el periodo presidencial de Miguel Alemán Valdés; es decir, está centrada en la Ciudad de México en el principio de los años cincuenta; y en ese tiempo, mi mamá (lindísima, joven de veinte años) vivía allá. Una mañana había tomado el tren en Huixtla y había llegado a vivir a la gran ciudad. ¿Mirás? Ayer, releyendo la novelilla de Pacheco, pensé (¡qué bobo!) que mi mamá pudo toparse en alguna calle de la colonia Roma, con Carlitos (el niño enamorado). Perdón, debió decir Carlitos, al chocar con mi mamá al entrar a la panadería. Mi mamá levantó su bolso y sonrió. ¡Ah, si ella hubiera sabido que estaba topándose con el niño protagonista de una de las mejores novelas de lengua española! Pero no, no podía saberlo. Pensé (¡qué bobera!) que una tarde, mi mamá, trepada en un autobús en avenida Insurgentes, miró por la ventanilla a una mujer linda, bien vestida, a la que, todos los hombres se volvían para verla, y pensó que era una mujer muy bella. ¿Quién iba a decirle a mi mamá que esa mujer era la mujer de la que Carlitos estaba enamorado? Yo todavía no estaba en la tierra, ni leía la novela que Pacheco aún no escribía.
Posdata: ¿Libro de cabecera? ¡Naranjas de Chicomuselo! Lo que siempre tengo es: ¡libro de sobaquera! Y en mis tiempos de universitario, dicho libro fue el librincillo de Pacheco. ¡Salve, oh, maestro! Qué novela tan sencilla, tan bien escrita, se aventó usted.

lunes, 2 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, DESDE LA CASITA DEL ÁRBOL




Querida Mariana: El subcomandante Marcos enviaba sus cartas desde “Un lugar de la Selva”. Hoy, poco se escucha de él. En esta ocasión, al estilo de Marcos, te envío esta carta desde “La casita del árbol”. Te suplico mirés con atención la fotografía que anexo. Acá está una pareja de estudiantes del COBACH 259, de la comunidad de Los Riegos, en Comitán, ellos leen el cuento “El osito que volaba”, publicación que obsequia la Fundación Alexandra del Castillo Castellanos. Están sentados en bancas hechas con madera, ante una mesa con el mismo material. ¿Ya miraste que en medio de los dos jóvenes se observa una estructura, también, de madera? Bueno, dejá que te cuente. Esa estructura es “la casita del árbol”, que fue construida por el maestro Nico, catedrático de ese plantel. ¿Para qué construyó la casita del árbol, el maestro Nico? Para que los muchachos lean. Como parte de una estrategia coloca libros con cuentos en una mesita ex profeso. Cuando los muchachos suben a la casita se topan con esos libros y los toman y los leen en voz alta para compartir con sus amigos. En toda mi vida jamás me había topado con una casita del árbol en un plantel de bachillerato. En casa de Efrén, amigo que tuve en la universidad en la Ciudad de México, hace mil años, conocí una casita del árbol que su papá había construido cuando Efrén y sus dos hermanos eran pequeños. Efrén, al invitarme a subir a conocer la casita, me platicó que ahí habían sido muy felices. En temporada de vacaciones, ellos subían sus chamarras y almohadas y se quedaban a dormir en la casita. Su papá, siempre previsor, armaba la casa de campaña que tenía para ir de camping, en la base del árbol, y, desde ahí, protegía el sueño de sus hijos. En novelas y cuentos también he conocido casitas construidas en lo alto de los árboles, pero jamás, insisto, había conocido una casita hecha en el terreno de una escuela y, sobre todo, para que la usen los muchachos en el maravilloso hábito de la lectura.
Conozco desde hace años a la actual directora del plantel, Corisandra Figueroa Flores. Ella me contó que tiene tres años de dirigir la institución; me contó que muchos alumnos son muchachos de la región, pero hay varios que, como no alcanzaron lugar en el COBACH 10, de Yalchivol, en Comitán, fueron a inscribirse allá. El plantel está ubicado en una parte alta de Los Riegos, por lo que se puede observar buena parte del valle de Comitán. Con esto quiero decir que el entorno es sensacional y lo es mucho más desde la casita del árbol. La maestra me dijo que su trabajo en esta institución es una experiencia muy grata. Lo creo, yo estuve una hora ahí y sentí una oleada de aire limpio.
Para subir a la casita de Efrén había que trepar por una escalinata vertical suspendida del piso de la casa. Acá, en la casita del COBACH 259, no hay necesidad de hacer un esfuerzo especial. El maestro Nico aprovechó el terraplén. Basta subir cuatro o cinco escalones de madera para llegar al lugar donde está una mesa y asientos, todos hechos con madera. La casita de Efrén estaba cubierta con paredes de madera, acá, por supuesto, sólo está cubierto el techo. Esto permite que, desde ese lugar, haciendo a un lado algunas ramas, se vea el mismo paisaje que se observa desde el centro de la escuela. La sensación es indescriptible. Vos sabés que cuando se construyen lugares especiales la visión del mundo es diferente.
Cuando conocí ese espacio me sorprendí. Se me antojó invitarte para ir a leer poemas de Gonzalo Rojas o de Whitman. Sí, vos sabés que soy un convencido de que el lugar de lectura hace diferente al poema. Una vez le leí a una amiga muy querida un poema de Santa Teresa, en la capilla que está al lado de la nave central del templo de Santo Domingo; luego fuimos al parque central y leímos a Sabines, en una banca al lado del kiosco. La experiencia de la lectura fue sensacional. No recuerdo en qué cuento leí que una pareja entraba al motel para hacer el amor, no con el cuerpo sino con el espíritu. Se sentaban en la orilla de la cama y leían, una y otra vez, un poema de Octavio Paz, que se llama “Cuerpo a la vista”. Ya sólo con el título uno advierte el horizonte y el calor de una playa llamada intensidad. Uno de los versos del poema dice: “Siempre hay abejas en tu pelo” y más adelante uno se topa con el siguiente verso: “Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida.” ¡Sensacional! ¿Verdad?
Posdata: Marcos no tuvo su casita en el árbol, él la tuvo (¿la tiene?) en el corazón de la selva.
Como siempre sucede en el aula, quien más aprende es el maestro. La dirección de educación, del ayuntamiento comiteco, me invitó a compartir una charla acerca de la vida y obra de Rosario Castellanos, en el COBACH 259, y ahí recibí un resplandor generoso. Jamás había conocido una casita construida en un árbol, en una institución educativa. Corisandra, Nico y demás maestros de esa institución riegan luz en el corazón de Los Riegos.

sábado, 31 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN CENTENARIO Y OTRAS LUCES




Querida Mariana: Como sé que vos no sos ambiciosa en el plano económico no pensaste en oro a la hora que leíste el título, porque un centenario es una moneda que emite el Banco de México, y el término luz se emplea en este país también como sinónimo de dinero. Si alguien dice que no tiene luz no necesariamente está diciendo que no tiene energía eléctrica, tal vez está diciendo que no tiene billetes.
¿Por qué entonces titulé esta carta así? Porque quiero contarte de algo donde aparecerá un centenario y otras luces, como, por ejemplo, un bicentenario, pero, bueno, comienzo por el principio. Te cuento. En la fotografía que anexo está Michelle Mancera, la reina de la Expo Feria Internacional Comitán 2019, y el intelectual chiapaneco Roberto Ramos Maza, quien es presidente de Bicentenario de Chiapas, A. C. ¿Por qué aparecen estos dos personajes juntos? Sucede que el maestro Ramos Maza, por invitación del ayuntamiento comiteco, a través de la dirección de cultura, acudió a la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar a impartir una charla y ahí se topó con Michelle, porque la reina comiteca estudia la licenciatura en Trabajo Social en nuestra universidad. Ella y Ramos Maza volvieron a coincidir, porque la noche de elección, el maestro Ramos estuvo de jurado y Michelle estuvo como candidata al título que, después del veredicto, le fue otorgado.
Así pues, en esta fotografía hay luz. Michelle es una niña linda, inteligente; y el maestro Ramos Maza es un destacadísimo intelectual que ahora está empeñado en que, dentro de dos años, en el 2021, Chiapas celebre con toda dignidad el Bicentenario de la Independencia Chiapaneca.
La ficha biográfica del maestro Ramos dice que él es geógrafo, pero, como ha laborado en muchos espacios de relevancia, tiene un conocimiento profundo de la historia chiapaneca. ¿Sí sabés que él fue director del Museo Regional de Chiapas? ¿Que fue director de Investigación de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas? ¿Que fue director de Extensión Universitaria de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas? ¿Y que fue Subsecretario de Promoción Turística de Chiapas? Sí, sí lo sabías, ¿verdad?
El día que estuvo en la universidad, el maestro platicó con un grupo de estudiantes acerca de la conmemoración que se realizaba ese día: 28 de agosto. Con gran conocimiento compartió datos históricos del acto donde, en nuestro pueblo, en 1821, un grupo de ciudadanos inició el movimiento de libertad. Pero, excelente maestro, lo hizo sin tufos académicos, lo hizo en forma llana, a fin de que los muchachos recibieran el mensaje claro y rotundo. Ramos Maza llegó a Comitán para decir, con voz serena, que Comitán es la cuna de la independencia de Chiapas y de Centroamérica. ¿Dijo algo novedoso? No. Pero lo dijo con tal contundencia que resonó en todo el salón. Michelle, al término de la plática, preguntó cuál es el motivo por el que esta fecha parece pasar inadvertida. Y Ramos Maza dijo que existe un cierto desconocimiento de la historia y repitió lo que dicen los grandes historiadores: Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetir los errores. Fue muy puntual: “La memoria es uno de nuestros patrimonios.”
Ramos Maza vino a Comitán, vino a decirnos: ¿Ya se dieron cuenta que su pueblo, Comitán, es la cuna de la independencia de Chiapas y de toda Centroamérica? Por eso, él, desde su cargo de presidente de Bicentenario de Chiapas, A.C., lanza la iniciativa de que esta ciudad sea nombrada “Ciudad Libertaria”, para que todo mundo sepa la grandeza del acto histórico que los comitecos lograron aquel 28 de agosto de 1821.
No se trata de competencias, pero Chiapas debe valorar que, así como Dolores, Hidalgo, es cuna de la independencia de México; Comitán es cuna de la independencia de Centroamérica. Ramos Maza explicó que en el acta de independencia de los países centroamericanos se deja muy en claro que inician el movimiento imbuidos del sentimiento patriótico cuya mecha fue prendida en la ciudad de Comitán; es decir, Ramos Maza vino a decirnos que los comitecos vivimos en una ciudad cargada de grandeza histórica y que ésta debemos valorarla, honrarla, dignificarla y bulbuluquearla a medio mundo.
¿Sabías que Zapaluta fue el segundo pueblo, después de Comitán, que se unió al movimiento de independencia en Chiapas? ¿Sabías que, dentro del clero, no sólo Fray Matías de Córdova fue artífice del movimiento, sino también Fray Ignacio Barnoya, y éste nombre casi no aparece en la ficha histórica del 28 de agosto de 1821? De hecho, en el parque de San Sebastián hay una estatua de Fray Matías de Córdova y un busto de Josefina García, aquella comiteca que, en el momento que los hombres dudaron acerca del movimiento libertario, expresó que las mujeres estaban dispuestas a secundar el movimiento, un poco como si dijera: que los hombres se queden limpiando la casa particular, nosotras iremos a limpiar la casa de todos. ¿Y Fray Ignacio Barnoya? Permanece en el olvido.
El maestro Ramos Maza (insisto, con gran capacidad expositiva) mencionó que el 28 de agosto de 1821, hubo misa a las seis, en el templo de San Sebastián, y de ahí, los independentistas, se trasladaron a la iglesia grande, para, posteriormente, pasar al cabildo (donde ahora está el palacio municipal), y ahí celebraron una primera reunión. En la segunda reunión, efectuada en la tarde, acordaron que el 1 de septiembre de 1821 se haría la notificación y la declaración solemne. ¡Y así fue! El 1 de septiembre hubo misa, encabezada por Fray Matías, y luego un desfile en el que los balcones de las casas comitecas estuvieron adornados con toda la seriedad y algarabía del caso. Sí, los ciudadanos de esos tiempos sabían la trascendencia del acto histórico que estaban viviendo.
A dos años de cumplirse el bicentenario de tal acto, Ramos Maza vino a decirnos que es digno de tomarse en cuenta el hecho de que este movimiento libertario se cumplió de manera pacífica, sin una sola bala, sin un solo derramamiento de sangre; y vino a decirnos que el movimiento de independencia de Chiapas demuestra un rasgo importante del carácter del comiteco: Tomaron una decisión trascendental sin pedir permiso. ¡Lo hacemos, porque lo hacemos! ¡Lo hacemos, porque conviene a nuestra comunidad! ¡Lo hacemos, porque pensamos en lo mejor para nuestros hijos!
No fue poca cosa lo que Ramos Maza vino a decirnos. Vino (insisto, querida mía) a recordarnos que los comitecos formamos una comunidad que ha sembrado luz en Chiapas, en México y ¡en Centroamérica! Salvo Dolores, Hidalgo, no hay en el país otra ciudad que haya sido cuna de un movimiento libertario, propiciatoria del cimiento de lo que hoy es nuestra patria. Insisto, no es competencia, pero si en algo estamos por encima de Dolores, es que acá no hubo derramamiento de sangre, el cambio revolucionario fue pacífico, imperó la razón.
Me quedo con una reflexión del maestro Ramos Maza: Los comitecos tomaron una decisión sin pedir permiso. No se trata de un concepto anárquico, se trata de un consenso en cabildo abierto.
Ramos Maza dijo que si a un hondureño o a un salvadoreño le preguntamos dónde queda Comitán ¡no sabe responder! Hay un desconocimiento de la historia. El conocimiento oficial de los actos simbólicos no ha trascendido al pueblo. Todos los centroamericanos deben reconocer que la cuna de la independencia de sus países se gestó en el templo de San Sebastián, en la ciudad de Comitán, Chiapas, México.
El otro día apareció una nota periodística cuyo encabezado fue: “San Sebastián podría quedarse sin árboles. Todo es por culpa de una plaga.” Ese rincón de la patria, lugar emblemático, tiene más plagas: proliferan teporochos y prostitutas. ¡No es justo para la patria! De eso hablaba el maestro Ramos Maza, de dignificar los espacios donde se formuló la independencia, de tener conciencia cívica.
Posdata: Ramos Maza le dijo a Michelle Mancera que ella debe compartir el orgullo de vivir en una ciudad libertaria. Los jóvenes de nuestro pueblo deben saber que Comitán, el lugar donde crecen, es un lugar de preponderancia en la historia de México y de Centroamérica.
La charla de Ramos Maza la deberían escuchar miles y miles de jóvenes chiapanecos. Ya él lo comentó ese día: quienes no conocen su historia, corren el riesgo de repetir los errores del pasado. Estamos a dos años del bicentenario de la Independencia de Chiapas. El exhorto es conmemorarlo con toda la dignidad que merece. Comitán puede ser el centro de atención de todo el mundo.

viernes, 30 de agosto de 2019

FUERA DEL PARAÍSO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que comen manzanas con miel, y Mujeres que son la miel que empalaga la manzana.
La mujer miel empalagosa es artificial. Dicen que Eva fue la primera mujer que empalagó a su hombre. Los estudiosos de las leyes naturales dicen que ella habría sido acusada de acoso en estos tiempos. Adán andaba tranquilo e inocente, levantando hojitas secas en El Paraíso, mientras Eva se dejaba seducir por la serpiente. Eva debió negarse a aceptar la manzana del pecado, debió arrancar una rama de eucalipto y dar una buena tunda a ese animal rastrero (¿en dónde he escuchado esto último?).
Los estudiosos dicen que el concepto de Pecado Original debería proscribirse, porque ahora ya nada tiene de original, se ha convertido en un lugar común, que se hace en lugares comunes llamados moteles, con mujeres comunes llamadas amantes.
Los defensores de Eva (defensoras, sobre todo, sororas) dicen que Eva no tuvo culpa alguna, la culpable fue la serpiente, que es representación del demonio. Eva, igual que Adán, andaba tranquila e inocente, limpiando las flores llamadas Ave del Paraíso, cuando se presentó el animal maligno y comenzó a tentarla (en forma ideológica y no manual), y, se sabe, la carne es débil, así que el demonio comenzó a actuar de manera sutil, pero brutal y demoledora. A través de la palabra, el demonio, personificado en la serpiente, quitó los andamiajes espirituales de Eva, hasta que ésta cayó en la tentación. La palabra fue demoledora, los argumentos fueron puntuales: “¿Acaso no sientes un calor recorrer tu cuerpo a la hora que ves a Adán? Sí. ¿Acaso no tienes deseos de abrazarlo y sentir que sus manos acarician tu cuerpo? Sí. Este deseo, esta pasión, te las hinco Dios, por lo tanto, son sentimientos divinos. ¿Entiendes? Sí. ¡Va, entonces, entrégale esta manzana y disfruten ambos de su pulpa!”
La mujer miel empalagosa viene de la madre primigenia. Posee los mismos saberes, los mismos misterios. Tiende sus redes para atrapar a las moscas que pululan por todas las carnicerías del mundo.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que hablan con señas, y Mujeres que, sin señas, ¡hablan!