miércoles, 6 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE LUPITA MIJANGOS VIVIÓ LA ÉPOCA DE ORO DEL CINE COMITECO

Querida Mariana: esta foto me la regaló Lupita Mijangos. Ella nació a finales de los años cincuenta y entró a trabajar como secretaria en el Cine Comitán y Cine Montebello. En un Platicatorio contó que fue a entrevistarse con don Rafa Pascacio, dueño de los cines. Don Rafa la aceptó y ella, a la edad de catorce años, tuvo su primer trabajo. Esta fotografía que durante mucho tiempo permaneció en su álbum personal, ya es un testimonio gráfico de una época maravillosa. No sé si vos alcanzarías a dimensionar la grandeza de esos tiempos, los de la época de oro del cine comiteco, donde cientos de cinéfilos acudían a las salas cinematográficas con el mismo gusto y la misma pasión con que los creyentes acudían a misa. Muchos católicos asistían a misa sólo los domingos, pero había algunos que acudían todos los días. Cuando mi abuelita Esperanza estaba en Comitán asistía todas las tardes a la misa en el templo de Santo Domingo. Bueno, lo mismo sucedía con los cinéfilos, cientos de éstos acudían los domingos para llenar al tope las salas del Cine Comitán (películas mexicanas) y del Cine Montebello (películas extranjeras, norteamericanas en altísimo porcentaje), pero había un grupo de cinéfilos de hueso colorado que iban todos los días. Lupita mencionó a varios de ellos, quienes fueron los más fieles asistentes en los años maravillosos donde el cine era una de las pocas diversiones del pueblo. En esta fotografía vemos a Lupita frente a su escritorio, sus manos están sobre la máquina de escribir. Don Rafa le preguntó si sabía escribir a máquina mecánica y hacer operaciones con la máquina sumadora. Lupita dijo que sí, don Rafa la aceptó en el puesto de secretaria y Lupita acudió de lunes a sábado, de 9 de la mañana a una de la tarde y de cuatro de la tarde a ocho de la noche. La oficina estaba en el Cine Comitán, en el lado derecho del vestíbulo había una puerta y ahí lueguito el escritorio donde Lupita atendía las llamadas telefónicas, respondía la correspondencia, llevaba el control de las cintas exhibidas y ayudaba a vender boletos cuando era necesario. Frente a ella había una escalera que daba paso a la oficina de don Rafa que estaba en un nivel inferior. Para pasar a la oficina de don Rafa todo mundo debía pasar por el puesto de Lupita. Esta fotografía fue un recuerdo personal, ahora es un tesoro para nuestra identidad. Quienes fueron asistentes al Cine Comitán en los años setenta ya tienen un elemento para recordar el color que tenía la oficina del Cine Comitán. Las butacas de la sala estaban pintadas en rojo. El día de la fotografía, Lupita tuvo una blusa azul para hacer el contraste ideal. Acá nada de “tomame una foto así como que no me doy cuenta”, ¡no!, acá Lupita vio hacia la cámara y supo que el instante quedaría para siempre, hoy es parte del álbum de la historia del cine en Comitán. En el Platicatorio (decile a tus amigos que está en la página de Facebook de ARENILLA) Lupita contó que los domingos se daba la matiné (tres películas), muchos cinéfilos entraban a la gayola y al término de la función, ya casi a las dos de la tarde, empleados del cine subían para revisar con atención toda el área, porque había algunos muchachos que se escondían para esperar el inicio de la función de la tarde. Ah, qué atrevidos, con una entrada se quedaban todo el domingo viendo películas, mañana y tarde. Posdata: Lupita compartió sus recuerdos en forma generosa, recordó nombres de varios personajes ligados a la historia de los cines, rememoró con afecto la figura de don Rafa, persona entrañable. Lupita tenía catorce años cuando llegó a laborar como secretaria en ese espacio donde trató a mucha gente y conoció a Juan Gabriel y a Olga Breeskin, entre otros artistas que llegaron a Comitán en las famosas Caravanas Corona.

martes, 5 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON EL COMITÁN DEL HOTEL CENTRAL

Querida Mariana: mi amigo Luis Sandoval compartió esta fotografía en su muro de Facebook. Para los comitecos es un tesoro gráfico. ¿De qué año es la fotografía? La mamá de Luis debe saber, ella, de izquierda a derecha, es la quinta niña de este grupo. Ellas, tomadas del brazo, parecen ser las dueñas del parque central de Comitán, son un arroyo de luz. Qué niñas tan bonitas, con zapatos, calcetas, vestidos, faldas y suéteres. La mamá de Luis comenta algo y las amigas la observan. Una de ellas parece ver el cinturón que da forma al vestido de Toñita Zúñiga. En el muro de doña Toñita aparece la fecha de su nacimiento: 30 de junio de 1942. Acaba de cumplir ochenta años de una vida bendita. Bueno, si querés saber más o menos de qué fecha es esta fotografía decime cuántos años tienen estas niñas. La fotografía tiene un poco de niebla, es difícil distinguir los detalles, pero en la casa que está al fondo (donde ahora está Solaris, tienda de instrumentos musicales) hay un letrero que dice: Hotel Central; y en el negocio que está en el portal (donde ahora está el restaurante La esquina de Belisario) alcanzo a leer (no me hagás caso, debe ser producto de mis delirios) Cairo, con letras grandes y abajito: vinos y licores. Ya, en el colmo del delirio veo, en la pared a la izquierda de la puerta el dibujo de una enorme botella de ron. ¿Ahí estuvo la vinatería El Cairo? ¿Cuántos años decís que tienen estas niñas bonitas? ¿Un poquito más de diez? Entonces estamos hablando que esta fotografía corresponde a la primera mitad de los años cincuenta, ¿verdad? En ese mismo espacio, en los años sesenta, me tocó ver cómo, en domingo, las mujeres y hombres daban vueltas y vueltas en el parque, las mujeres en un sentido y los hombres en sentido contrario, para que las miradas se encontraran. ¿Mirás qué ritual tan bello? Acá, estas niñas son dueñas del parque, caminan con la tranquilidad que era característica del pueblo. Es una mañana luminosa, las sombras apenas se muestran, por lo que se deduce que es un poquito más allá del mediodía, apenitas. Imagino que es un día entre semana y que las niñas están en periodo vacacional. Cada una de ellas pidió permiso con sus papás, para ir al parque con sus amigas, avisaron que ya se iban y se reunieron en casa de una de ellas para salir de ahí en bola e ir al parque a dar vueltas. Me encantó la fotografía. ¿Ya viste cómo, en una posición natural, se tomaron de los brazos y caminaron con gran compañerismo? Muchas lecturas pueden hacerse de estas chicas unidas así. El ancho generoso del andador del parque central les permitía adoptar esta posición. ¿De dónde aprendieron que esa era una forma natural de caminar con las amigas? Hace años que no veo un grupo de niñas formando esta cinta de luz. Ahora caminan separadas o abrazadas. La fotografía es sensacional. Tiene más de sesenta años. Una mañana luminosa estas chicas caminaron por las calles de un Comitán tranquilo y llegaron al parque, se tomaron de los brazos y dieron vueltas en el parque central. En esta imagen son ellas las que llenan de gracia el espacio. ¿Ya viste que el paso de cada una de ellas va en sintonía con los demás? La inercia del grupo les indica que el pie izquierdo es el que debe dar el siguiente paso, es la corriente de la amistad la que ordena el mundo. Posdata: doña Toñita cumplió ochenta años. Ella, ante la vida, sigue agarrada del brazo, sigue dando vueltas en las plazas con la misma armonía que acá se ve. Acá, siendo niña, comentó algo y las demás la vieron, en ese momento fue el centro de atención, como lo sigue siendo en su hogar. Su hijo Luis subió esta fotografía, la compartió con todos nosotros, es un gajo de luz para nuestra identidad. ¡Que Dios los bendiga siempre!

lunes, 4 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON ORILLAS DISTANTES

Querida Mariana: me gustan los puentes. A los maestros y alumnos también. No hablo de estos puentes escolares. ¡No! Hablo de los puentes que unen dos orillas. En Comitán tenemos un puente modesto, pero lindo: el Puente Hidalgo. En realidad, es continuación de la calle que sube al panteón municipal, pero está por encima de un arroyo. Muchas personas recuerdan con cariño el Puente Hidalgo, porque al lado había un campito donde muchos comitecos, en los años cincuenta, llegaban a comer, sobre todo, en Día de Muertos, después de ir al panteón, bajaban al campito a comer y compartir el Kin-Santo, los niños jugaban a la pelota. ¿Hay otros puentes? Debe haber. Son puentes modestos, nada que ver con el Golden Gate, de San Francisco, en los Estados Unidos de Norteamérica o con el Puente Chiapas que cruzamos para ir a la Ciudad de México. Me gustan los puentes. Son construcciones que unen orillas distantes, son producto del genio del hombre. Ahora veo en el Internet puentes majestuosos. Los puentes, como característica esencial, deben garantizar seguridad. ¿Viste lo que sucedió el otro día con un puente colgante que, en el recorrido inaugural, se fue a pique? Por fortuna no era tan alto y las personas que cayeron no sufrieron estragos físicos mayores. Admiro los grandes puentes, los que son un desafío a la ley de la gravedad, pero los que más me gustan son los puentes sólidos que unen orillas de ríos que no son profundos. Ayer vi una fotografía de un puente medieval, trapezoidal. Una chulada de puente, construido con ladrillos, cinco arcos. Quien en este 2022 recorre el puente sube una ligera pendiente, llega al arco central y baja hasta llegar a la otra orilla. Los constructores deben saber el motivo de esta ligera inclinación, a mí me pareció una delicia estética, pero debe tener su lógica estructural. Los comitecos de los años sesenta crecimos con el abrazo del arco, no de puentes medievales, pero sí de los amplios corredores de las casas, con pilares unidos por arcos prodigiosos. ¿Cómo se logra el prodigio de un arco hecho con ladrillos? Por ahí, los constructores mayas nos enseñaron lo que aprendí cuando estudié arquitectura: la clave del arco está en la llamada dovela, una pieza que es la cuña central. No, no me preguntés cómo se alcanza esa maravilla, pero así es, esa pieza central es clave, para que el arco no vaya hacia abajo. En la carretera de Tuxtla a San Cristóbal ahora existe un puente que salva una altura enorme (ese puente se cayó cuando comenzaron a construirlo. ¡uf!). Estos puentes provocan vértigo. A la hora que pasamos en auto, a una velocidad superior a los ochenta kilómetros, no pensamos mucho en ese vacío. Si lo pensáramos, más de dos automovilistas se regresarían para viajar por la carretera vieja, donde no se corra ese riesgo. Pero, de nada serviría, porque más adelante hay otro puente, el que une las orillas del Cañón del Sumidero. El puente viejo también se derrumbó. Lo que quiero decir, niña mía, es que los puentes se caen. Me gustan los puentes medievales, porque estos no se caen. Tal vez vos, en tu viaje a España, lograste ver y cruzar uno de esos puentes sencillos, soberbios, grandiosos en medio de su modestia. Puentes sólidos, que llevan de una a otra orilla, separadas por ríos bajos. Cuando vi la fotografía del puente medieval pensé en el Puente Hidalgo y en otro puentecito que está cerca de ahí, puente de un arco, hecho de ladrillo, construido por albañiles comitecos que conocieron las leyes de la construcción y colocaron las dovelas para asegurar que el arco salvara el vacío, como el arcoíris salva dos orillas del horizonte. Posdata: a veces entro al google maps y hago un recorrido por el Sena, de París, veo los puentes prodigiosos que deben su fama a tantos soberbios directores de cine y autores literarios. Esos puentes han sido escenario de grandes historias. ¿Cuántas historias, más modestas, se han escrito en nuestro puente Hidalgo?

domingo, 3 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON JUGUETES

Querida Mariana: en Comitán no tenemos un aeropuerto público. Lo tuvimos. Tampoco tenemos puerto marino. Nunca lo tuvimos, ni lo tendremos. No tenemos pistas de carreras, ni tampoco estaciones de trenes. No obstante, en los años sesenta, los niños comitecos jugamos con carritos, con aviones, con barcos y con trenes. Con los amigos nos reuníamos en el sitio, improvisábamos carreteritas con arena y piedras, pistas para aterrizaje de los aviones y, en el tanque, los barcos iban de una orilla a otra. ¿Qué sucedía con los trenes? Los juegos de trenes traían las vías para que ahí se deslizaran los vagones. No se valía improvisar. Los trenes fueron mis favoritos. Una vez mi abuelita Esperanza preguntó qué quería de regalo, ella vivía en la Ciudad de México. No dudé, escribí una carta y después del saludo cariñoso hice el pedido: un tren. Cuando llegó a casa, al lado de las maletas vi la gran caja llena de color con una locomotora bien bonita, tres vagones y como doce rieles, unos derechos y otros con curvita. Al ensamblar los rieles se formaba un óvalo donde el tren daba vueltas, gracias a la energía de las baterías. El desplazamiento era breve y rutinario, pero yo disfrutaba mucho el genial movimiento. Las ruedas seguían las líneas de las vías, no se salían de la raya. El maestro de dibujo nos había señalado: no se salgan de la línea. A partir de ese día, las líneas se volvieron un tema que me acompañó a cada rato. Como si viera mi casa por primera vez entendí lo que luego el pintor Cezzane me enseñaría a través de un libro con su obra: toda forma está hecha de líneas, líneas rectas, circulares, torcidas, segmentadas, largas, cortas, delgadas, rechonchas. El maestro señalaba que no nos saliéramos de la línea a la hora de iluminar el dibujo; si nos salíamos de la línea el color se derramaba como el agua en la tinaja. Todo estaba hecho con líneas, delimitado. Tomé un riel y vi que era un entramado bonito de líneas, si el vagón se salía de la línea provocaba un accidente. ¿Qué pasaba con el barco al momento de zozobrar? ¿Qué sucedía con el avión a la hora que se venía a pique? ¿Qué línea había en el aire y en el agua que provocaba los accidentes? Todos los accidentes sobre la tierra se debían a que los carros y los trenes se salían de la raya. Salirse de la raya en el dibujo significaba modificar la forma. Los estudiantes, a la hora del dibujo, seguíamos la recomendación del maestro y del viejo que, en la plaza, dibujaba una raya en el piso, se hacía para atrás y decía: “¡Atrás de la raya, que estoy trabajando!” Todos los que escuchábamos sus gritos hablando bondades de una pomada contra dolores permanecíamos atrás de la raya. El mundo estaba lleno de líneas y nosotros debíamos permanecer detrás de esas líneas. Muchos años después conocería la obra plástica de Picasso y reconocería que él fue un niño que no hizo caso de esa recomendación y logró el prodigio de formas novedosas. Picasso iba contra todo lo que los maestros nos habían enseñado. Él, como todos, atendió la recomendación en edad temprana, pero luego se rebeló, la gran aventura estaba en pasarse de la raya y de pintar líneas que contradijeran la forma aceptada. ¿De dónde mi predilección por los trenes? No lo sé. A veces voy al campo, camino entre árboles y pienso en los trenes, de tanto pensarlos casi escucho el pitido que hacen al arribar a un andén. Sólo en dos ocasiones he estado cerca de trenes reales y sólo en una viajé en tren. Con mis papás viajé de la Ciudad de México a Guadalajara. Estaba acostumbrado a viajar en asientos compartidos donde veía la espalda de los asientos delanteros. En el vagón que subimos había asientos donde los viajeros nos veíamos de frente. Mis papás y yo ocupamos tres asientos y el otro asiento fue ocupado por una señora gorda, con una verruga en la nariz, ella quedó frente a mí. En la tarde mis papás platicaron con ella, al llegar la noche yo esperaba que la luz se apagara, pero no fue así, durante toda la noche los focos estuvieron prendidos, la gente se levantaba para ir a los sanitarios y regresaba a sus asientos. Yo cerraba los ojos, pero volvía a abrirlos, sólo para comprobar lo que pensaba: la mujer no dormía, me miraba fijamente. Ese viaje fue una experiencia ingrata. En algún momento me acerqué a mi mamá y le pedí que me cubriera la cabeza, le dije que no podía dormir por la luz y, en voz baja, aseguré que la señora no dejaba de verme. Posdata: los trenes me siguen fascinando. Cuando aparece un tren en una película o en una novela o en un cuento mi rostro toma forma de gelatina de cumpleaños, sus líneas duras se suavizan y abandonan su cara de varilla. Nunca volvería a subirme a un tren de pasajeros ni me acercaría a uno de ellos. No. Me gustan los trenes de juguete, me encanta entrar al youtube y ver videos donde hay maquetas gigantescas, con montañas, puentes, ríos, haciendas, casas, y trenes que circulan de un lado a otro. El tren de mi infancia tenía un recorrido muy breve, era como un perrito buscándose la cola. No obstante, me encantaba el movimiento que no podía salirse de la raya, porque si descarrilaba la tragedia aparecía. ¡Nada de salirse de la raya!

sábado, 2 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN SALÓN DE LA FAMA

Querida Mariana: esta foto se la robé a Aurorita. ¿La tomó en el Museo del Juguete? ¡No! La tomó en el Salón de la Fama que crearon los muchachos de la generación 1969 – 1972 de secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz. Ya te conté que estos muchachos se reunieron en junio de 2022, en Comitán, y celebraron el cincuentenario de su generación durante tres días. En esos días realizaron una serie de actos celebratorios, actos geniales. Uno de ellos fue, sin duda, la presentación del Salón de la Fama. Ah, estos muchachos son geniales. Vos y yo sabemos que en las grandes ciudades existen espacios que honran a deportistas, por ejemplo. Los grandes del deporte mundial son reconocidos y, en ceremonia especial, son admitidos en el Salón de la Fama, casi casi como los artistas reciben su estrella en el Paseo de la Fama, en Hollywood. ¿Mirás qué grandeza de miras? Los más grandes del deporte y del espectáculo son reconocidos. Estos muchachos advirtieron su grandeza y formaron su Salón de la Fama, en una casa particular y ahí cada uno de ellos colocó, sobre mesas, fotografías y objetos que son síntesis suprema de lo que han hecho en sus vidas. A mí se me hizo (se me hace) una idea maravillosa y una realización admirable. Muchos de estos muchachos dejaron de verse durante mucho tiempo, otros siguieron viéndose, pero ahora, tuvieron la oportunidad de reconocerse y de admirar lo que cada uno de ellos es. No son los grandes deportistas, sus nombres jamás estarán en el gran Salón de la Fama donde sí están Cassius Clay o el Toro Valenzuela; no son los grandes artistas, ellos no tendrán su estrella en el Paseo de la Fama, al lado de Michael Jackson, Marilyn Monroe, Bill Cosby o nuestro paisano Del Toro. ¡No! Pero, ah, qué dignidad, un día de junio de 2022 acudieron al Salón de la Fama, donde cada uno de ellos se reconoció en su sencilla grandeza. Fue la respuesta a la pregunta: ¿Y qué has hecho con tu vida? Abrir la ventana y hallar la respuesta en el aire donde la mariposa, lejos de famas banales, vuela con libertad suprema. Cada uno colocó objetos que sintetizan su vida. El esfuerzo realizado cada día durante cincuenta años estuvo reflejado en las fotografías y documentos. Lo que permanece en modestas vitrinas en casas fue compartido. La enormidad de este acto es que fue un reconocimiento que ellos le hicieron a la vida, a los sueños, a los esfuerzos, al destino. Hubo fotografías diversas. Estas fotos hicieron un recorrido instantáneo en el lapso de cincuenta años. Esto fuimos, ¡esto somos! ¡Esto seremos! Estrellas infinitas. ¿Imaginás lo que significa reflexionar en los sucesos ocurridos a lo largo de cincuenta años? Vos sos joven, apenas andás en el caminito que va de los veinte a los treinta años de edad, ya un poco más allá de la mitad, ya casi acercándose al punto donde comenzará la cinta de treinta a cuarenta años, pero sos joven. Estos muchachos ya rebasaron la aduana de los sesenta años, caminan por la banda de los sesenta a los setenta años de edad. Pero, ya lo dice la sentencia popular en forma simpática: “viejos los cerros y todavía echan palitos”. Estos muchachos, de sesenta y más, demostraron un entusiasmo juvenil digno de elogio. Se reunieron, disfrutaron, convivieron y, una tarde, visitaron el Salón de la Fama y ahí hallaron objetos que fueron la síntesis de vidas admirables, con instantes gozosos, difíciles, dolorosos, pero todos vividos con entereza. Cada uno de esos objetos fue el testimonio de huellas indelebles, muestra de que, como dice el poeta, hicieron camino al andar. Esas fotografías hablaron: mirá, hace cincuenta años no tenía novia, ahora acá está mi esposa y mis hijos, mis hijos ya son profesionistas exitosos, van construyendo sus sueños. Sí. Lo sabemos, formar una familia no es cosa sencilla, es una empresa que puede compararse con el ascenso al Everest. Durante muchos años se evaden las grietas y los aludes que aparecen en forma frecuente y amenazan con echar todo bajo toneladas de hielo. Esas fotografías hablaron: tengo una empresa que fabrica quesos, probá. Ah, qué rico sabor. Tengo una empresa que fabrica chocolates con cacao chiapaneco. ¡Qué delicia! Los objetos fueron muestra de lo sublime en la sencillez de la vida. Por eso, comparto con vos esta fotografía que le robé a Aurorita: cinco muñequitas en sus estuches. ¿Mirás? Este Salón de la Fama fue un hermoso vitral, como en museo, como en tienda selecta. Los muchachos se pararon frente a estas muñequitas y, de inmediato, sus mentes y corazones recibieron el flechazo de energía. ¡Sí, sí, es el uniforme de gala que usaron las muchachas en los desfiles! Ah, la imagen de los estudiantes del Colegio era un distintivo exclusivo. En esos años, los desfiles eran apreciados por la comunidad y las personas vitoreaban el paso de los estudiantes del Colegio Regina; de la Escuela Secundaria y Preparatoria; del Colegio Mariano N. Ruiz. Una integrante de la generación vistió estas muñecas con el distinguido uniforme de gala que las chicas usaron. La falda, tableada, color marfil y el saco con ese tono de azul grisáceo majestuoso. Ah, qué maravilla. Sí, ese uniforme estuvo también expuesto en el Salón de la Fama. Una vez te conté que los varones de secundaria del colegio acudíamos a la sastrería de don Guillermo Villatoro, quien nos tomaba las medidas y diseñaba el uniforme que tenía los mismos tonos, en una tela exclusiva, todo era selecto. No sé quién era la modista para el uniforme de las chicas, pero imagino que también era exclusiva. Hoy no es así, existen negocios que ya venden los uniformes escolares a granel. Esta generación tuvo el privilegio de acudir con los mejores sastres y modistas de Comitán para que, como si estuvieran en una tienda exclusiva de Hollywood, les tomaran medidas e hicieran uniformes a su medida. Eso era notorio. Esos tiempos fueron gloriosos, porque a Comitán llegó la moda de los chavos setenteros. Las chicas fueron seducidas por la minifalda y nosotros aplaudimos su decisión. El padre Carlos no permitía que la falda fuera muy corta. Seguía la prédica del maestro Mariano N. Ruiz, quien era muy estricto y tenía el siguiente letrero en su consultorio dental: “Falda corta, precios largos; falda larga, precios cortos”. Frase sensacional, ¿no? Si venís rabona pagarás más. El padre, en el aula, contaba que, en una ocasión, una chica que mostraba los muslos un poquito de más justificó el largo de su falda con lo siguiente: “quien no muestra no vende, padre”, y el padre respondió: Pero la que enseña mucho lo caga la mosca. Las chicas de ese tiempo, jóvenes, recibieron con agrado la minifalda, rasgo que los varones aplaudimos. Acá, en estas muñequitas se ve que la falda está por encima de la rodilla, ese largo era lo permitido. Cuando terminaba un desfile, algunas muchachas entraban al sanitario y doblaban la cintura de la falda, para que, oh, maravilla, el largo quedara un poco más arriba, un tantito. Esto y mucho más hubo en el Salón de la Fama de la gloriosa Generación 1969 – 1972 de Secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz. Todos estuvieron en ese Salón, porque todos estos muchachos son exitosos. Algunos han tenido currículos más visibles que otros, pero todas estas vidas han sido tocadas con la flama divina. Celebraron en grupo cincuenta años después, volvieron a reunirse y supieron que ellos, igual que Sylvester Stallone o Eugenio Derbez tienen una estrella en el corredor de una casa comiteca. Esto fuimos, esto somos, ¡esto seremos! Gloria infinita. No me canso de aplaudir esta iniciativa. Cincuenta años después de ser alumnos se mostraron como maestros. Con generosidad se obsequiaron enseñanzas entre ellos y dejaron un legado para futuras generaciones. Con el Salón de la Fama señalaron que este término no está sembrado sólo en medio de escenarios llenos de reflectores, ni mucho menos en parcelas doradas. Según el diccionario, la fama, en primer término, es el reconocimiento de cualidades hacia una persona por parte de muchas; pero, en segundo término, la fama es la opinión que una persona tiene acerca de otra. Por eso, a veces escuchamos que alguien tiene buena fama. Es como un compendio de rasgos personales, que pueden ser buenos o malos. Por eso aplaudo a este grupo de muchachos, le quitaron el brillo de oro de otros espacios y su Salón de la Fama retomó esta segunda acepción: la del reconocimiento de vidas entregadas al desarrollo personal. Se reconocieron como seres humanos frágiles pero poderosos. Cada uno, en su parcela particular, ha sembrado luz y ha logrado que la sociedad sea más afectuosa. Fue maravilloso constatar que ellos se sienten orgullosos de su colegio y el Colegio Mariano N. Ruiz se siente orgulloso de cada uno de ellos. Posdata: hay personas que tienen calles con sus nombres o estrellas en el Paseo de la Fama, en Hollywood. Mi amigo Efraín honró a sus papás, cuando cumplieron cuarenta años de casados invitó a la develación de una placa en el jardín de la casa: “Avenida Marthita y Jaime”, en un sendero con ladrillos en medio de macizos de flores y arbolitos hijos de la lluvia. No se necesita más para reconocer las vidas, los esfuerzos, los mínimos talentos. El artista Arturo Peniche dice que es una persona ordinaria con una profesión extraordinaria. Los muchachos de esta generación nos dijeron que todas las vidas pueden ser vidas extraordinarias. El lema del Colegio Mariano N. Ruiz también reafirma eso: hacemos las cosas ordinarias de manera extraordinaria.

viernes, 1 de julio de 2022

CARTA A MARIANA, CON MEZCLAS SUBLIMES

Querida Mariana: ¿has pensado cómo los extremos pueden unirse? A veces, las mezclas más excelsas provienen de la unión de esos extremos. Antónimo de frágil puede ser fuerte. Te he contado muchas veces que a mí me fascinan esos cercos de piedra que aún, gracias a Dios, existen en algunos lugares. Cuando fui niño, en la ciudad había muchos terrenos que tenían esos muretes prodigiosos. En los años sesenta Comitán era una ciudad tranquila, maravillosa, sigue siendo una ciudad maravillosa, pero ya no es tranquila, a veces la intranquilidad, boba, se sienta en un butaque como si fuera la dueña de nuestros destinos. ¡Asquerosa! Cuando pienso en la fragilidad y en la fortaleza la imagen que aparece es el cerco de piedra. ¿Qué cosa puede ser más fuerte que una piedra? Pocas cosas, la piedra es de gran fortaleza; pero, a la vez, ¿qué puede ser más frágil que ese derroche de piedras encaramadas, sin argamasa que los una? A mí me fascinaba la barda que rodeaba el corredor externo de la Escuela Preparatoria de Comitán. Estaba hecho con piedra y con celosía de ladrillos, la clásica celosía de triángulos. Era un “cerco” resistente, permitía que los muchachos nos acodáramos en él o, incluso, que nos trepáramos para sentarnos ahí. Desde ese mirador observábamos la calle, las mujeres con rumbo al templo o al mercado, el nevero, el que ofrecía tacos dorados o el que vendía raspados, las niñas con su pasito coqueto. Ese murete, con una altura apenas mayor a un metro, nos regalaba la imagen de la fortaleza, a pesar de tener vacíos en su celosía. Pero, los cercos de piedra, a pesar de estar hechos con una materia tan dura, son la viva imagen de la fragilidad. Sin embargo, también son la imagen del prodigio, porque, precisamente por su fortaleza, se mantienen “bien armados”. Sólo demuestran su fragilidad cuando alguien, por maldad, empuja alguna piedra de la parte superior. Camino por senderos donde me maravillo ante ese derroche de la mezcla más fantástica del universo: lo frágil con lo duro. Cuando estoy frente a un cerco de piedra siempre me detengo más de un minuto. Si me es posible me acuclillo tantito, tantito dije, recordá que ya mis piernitas no tienen la flexibilidad de las tuyas. Me detengo a observar la belleza de las texturas de las piedras, de los tonos que adquieren al paso de los años, pero, sobre todo, observo ese increíble equilibrio que mantienen. No da mi cabeza. No logro comprender cómo se da esa magia. Sí sé que, como dictaría el sentido común, las piedras más grandes las colocan en la base y conforme sube el muro las piedras son más pequeñas. Los muretes de piedra son de una fragilidad extrema y, sin embargo, se mantienen orondos, venciendo a la gravedad. Cuando fui niño caminé en algunos lugares rurales con mi papá, él siempre, igual que yo, se sorprendía con estas construcciones humanas y fue él quien indicó esa mezcla fabulosa, la dureza de la piedra con la fragilidad de la estructura. Cuando caminábamos siempre me decía que estuviera pendiente del momento en que aparecería una lagartija por los huecos. Jamás falló el universo, siempre aparecía una cabecita de lagartija a nuestro paso y luego la carrera del animalito. Señalaba y mi papá sonreía, como si dijera que él era mago y había logrado la bendición. A veces quise hincarme para husmear por los huecos, pero mi papá no lo permitió, decía que mi mamá se enojaría al ver manchadas las rodillas del pantalón. Ahora pienso que, además, él no lo permitía porque los niños somos imprudentes, tal vez pensaba que al hincarme e irme hacia adelante buscaría apoyo y mi mano empujaría el murete y éste se iría hacia abajo, abriendo un enorme hueco en el aire, un hueco indescifrable, misterioso. Posdata: siempre que un papá pregunta cuál debe ser la forma ideal para educar a un hijo, nada digo, porque yo qué voy a saber, pero en lo interno pienso que debería ser algo como esta mezcla entre la dureza y la fragilidad, la dureza sería algo como firmeza y la fragilidad algo como ternura. Qué difícil unir extremos que parecerían paralelas eternas. La grandeza sólo se da en estos muretes fantásticos.

jueves, 30 de junio de 2022

CARTA A MARIANA, CON MISTERIOS

Querida Mariana: de niño leí historias de detectives. Había un compañero que alardeaba tener un tío que era detective privado. ¿De verdad? Ahí nos tenía ansiosos de que cumpliera su promesa. Un mediodía, a la hora del recreo, dijo que nos llevaría a conocer a su tío, para que nos contara qué casos había resuelto. ¿Un detective en Comitán? Ahora, muchos años después, un amigo, hace como tres años, me contó que él tuvo un vecino que era detective privado y resolvía los clásicos casos de robo de alguna alhaja o de infidelidad. Leí una o dos historias de Sherlock Holmes, el famoso detective, creación del escritor Arthur Conan Doyle. Me apasionaron esas historias que tenían como entorno la maravillosa Londres, con su niebla permanente, cortina que le daba un agregado al misterio, porque el asesinato ocurría, precisamente, en un callejón neblinoso. El detective llegaba y veía a distancia, con el cono de luz húmeda que resbalaba del poste, el cuerpo de un hombre tirado sobre el piso. Al amparo de la lámpara del buró sostenía el libro entre mis manos, Sherlock veía el cadáver y comenzaba a elucubrar teorías y a recoger huellas para determinar quién o quiénes habían sido los asesinos. Yo, lector sencillo, también jugaba a ser detective. El detective comiteco, según el decir del compañero de escuela, nunca había tenido un caso como el de Sherlock, sus casos eran más modestos. Bueno, Comitán era una ciudad más modesta en comparación con Londres. ¿Cuándo iremos a conocer a tu tío?, era una pregunta constante. Él nos decía que ya pronto. Nuestra imaginación dibujaba la imagen del detective comiteco, ¿tendría una pipa y una lupa como sí las tenía el inglés? Para no darle cuerda a mi imaginación, una tarde invité una nieve a mi compañero (a lo lejos recuerdo que se llamaba Mateo o Miguel, mi mente es inglesa, tiene bastante niebla) y le dije que me contara cómo era el físico de su tío, si vestía algo especial cuando estaba en su labor de investigador. Mi compañero, lengüeteando la nieve de vainilla en cono, me dijo que era chaparrón y con su mano derecha señaló en el aire algo como un metro y medio. Ah, sí, estaba bien, me gustaba esa descripción, pues no podía ser alto, como el inglés; luego me enteré que nuestro investigador privado era gordo, que en el barrio era conocido como “barrilito”, porque era rechoncho. Ah, sí, estaba bien. Las historias que aparecían en los libros tenían personajes auténticos, reales, de carne y hueso. Imaginé a nuestro investigador chaparrón, timboncito, con bigote, con un fino sombrero de esos que vendía don Isaías Mora y llevaba un bastón de caoba, con el que movía los papeles del piso y señalaba las huellas de zapatos de los delincuentes, de quienes habían trepado sobre la barda para entrar a la recámara donde estaba el cofre con collares y aretes de filigrana con oro. Una tarde, el compañero (lo llamemos Mateo) nos dijo que fuéramos porque conoceríamos al tío. Nuestra emoción creció a medida que caminábamos por la bajada de San Sebastián y, por donde ahora está el asilo de ancianos, Mateo tocó tres veces seguidas, hizo una pausa y luego dos golpes separados. Nos dijo que no habláramos, esperamos un rato y vimos que el ventanillo se abrió tantito, una voz, como de gato adentro de una cueva, dijo: “¿Cuántas ramas tiene el árbol de jocote?” Mateo nos vio y nosotros no supimos que decir. La voz repitió la pregunta y después de dos segundos, no más, cerró el ventanillo. Mateo se sentó en la banqueta, colocó sus manos en la cara y negó con la cabeza una, dos, tres veces. Nosotros no supimos qué hacer. Al día siguiente, en la escuela, al ver a Mateo corrimos a preguntarle qué había sucedido, él dijo que su tío no abría la puerta a extraños. ¿Cómo?, dijimos nosotros, ¿qué no vos sos su sobrino? Sí, pero olvidé la clave. Nosotros le exigimos que nos regresara las monedas que le habíamos dado, porque él nos había cobrado por conocer al tío investigador, pero dijo que ya lo había gastado y volvió a hundir su cara en sus manos. Román, quien nos había acompañado esa tarde, nos dijo después que Mateo, le llamemos así, era un mentiroso, que su papá le había dicho que en esa casa vivía don Chema, quien trabajaba en la fábrica de trago. Posdata: pensamos que era posible, porque en ese tiempo, querida mía, había cursos por correspondencia. Miguel estudió para radiotécnico en el Instituto Maurer. Pagó su inscripción y cada mes, previo pago de la colegiatura, recibía un sobre con las lecciones y el examen que debía enviar a la Ciudad de México, al concluir el curso recibió un diploma que lo certificó como radiotécnico, diploma que mandó a enmarcar y colocó en la pared del taller donde comenzó a arreglar radios. Miguel me dijo que en ese instituto daban clases para ser detective privado. No sé si hubo un detective privado en Comitán; no sé si en la literatura comiteca existe algún detective resolviendo un caso especial. A lo lejos recuerdo un cuento que escribió Rosa Hortensia Aguilar Trujillo, que se llama “Sansón”, donde aparece el comandante Caralampio Gómez, con su asistente Serafín Solís, que resuelven un caso. Ah, qué genialidad.

miércoles, 29 de junio de 2022

CARTA A MARIANA, CON HISTORIAS REPETIDAS

Querida Mariana: las personas mayores no la tenemos fácil. Hay capacidades que menguan. Está el chiste que dice: “cuando el cuerpo mengua, ahí está la lengua”. ¡No es así! Los sustitutos no logran evitar la disminución de neuronas ni aportar nutrientes a los músculos y huesos que ya no tienen la vitalidad de antaño. La mente comienza a fallar. Los temores se acrecientan, uno se vuelve como niño. Los jóvenes están tranquilos en su casa cuando hay tormenta afuera, pero las personas mayores se vuelven como gatitos ante el ruido de los cuetes. Los rayos y truenos nos atemorizan. Los niños, ante un temor, buscan la protección de mamá o de papá. ¿Qué hacen los adultos mayores que ya no tienen papás ni mamás? ¿Con quiénes se refugian? Con nadie. Están solos. Los hijos están trabajando y los nietos, tranquilos, revisan su celular. En muchas ocasiones se ha hecho la comparación de un adulto mayor como si fuera un mueble arrumbado en una esquina de la casa, un suéter deshilachado. Las personas mayores no la tenemos fácil. Por ahí está la historia de don Conrado, oriundo de Huixtla, quien viajó a la gran ciudad de México, en los años cincuenta. Don Conrado ya era una persona mayor, llegó al departamento de su hija que vivía en la colonia de los doctores. Desde el tercer piso se asomaba a la ventana y veía el movimiento de la calle, que era vertiginoso en comparación con la tranquilidad de su pueblo. Después de varios días, don Conrado le dijo a su hija que quería salir a dar una vuelta, como era sábado, y la hija no trabajaba en la tarde, acompañó al papá, caminaron por la misma calle para que el señor no se confundiera, después de caminar cinco o seis cuadras, ya que la hija le había enseñado los principales comercios y las señales de los semáforos, regresaron. Como ya comenzaba a anochecer se iluminó un espectacular que anunciaba una famosa bebida embotellada. Don Conrado preguntó si todos los días ocurría eso, la hija dijo que sí, en cuanto llegaba la noche encendían el anuncio. El siguiente sábado, don Conrado dijo que deseaba dar una vuelta, la hija le dijo que ya sabía por dónde, le echó la bendición, y le abrió la puerta. Don Conrado caminó por las mismas calles, se detuvo ante las vidrieras de los negocios, tuvo cuidado al cruzar la calle, permitió que una muchacha lo ayudara en una esquina. Al llegar al final de la quinta cuadra, dio media vuelta y regresó, se detuvo en el número 1234, que correspondía al edificio donde vivía su hija y a la hora que se prendió el anuncio tocó el timbre, la hija bajó a recibirlo y, mientras subían ella le preguntó cómo le había ido. Al otro sábado, don Conrado dijo que daría una vuelta, la hija le dio la bendición y lo acompañó a la puerta. Se despidieron, ella lo vio caminar por la ruta conocida. Don Conrado hizo el mismo recorrido y al regreso se detuvo ante el número 1234 y esperó que el anuncio se iluminara. A las ocho de la noche, la hija se puso el suéter y bajó apresurada, nerviosa, inquieta, preocupada, por la tardanza del papá: ¡Dios mío, que nada malo le haya pasado! Nada malo le había ocurrido, estaba parado frente a la puerta. Cuando la hija le preguntó por qué no había tocado el timbre, don Conrado dijo que esperaba el anuncio iluminado. Esa noche no prendieron el anuncio del refresco. Así como lo cuento, querida mía, parecería un comportamiento casi bobo. Don Conrado debió advertir que la papelería ya cerraba sus puertas y que la noche había entrado desde hace tiempo. ¡No! Él esperaba que el anuncio se prendiera, era su señal. No me preguntés por qué este tipo de comportamiento. Los especialistas deben saber la causa. Las personas mayores perdemos algunas capacidades. Es cierto, no en todos los casos. Hay muchos adultos mayores que, gracias a Dios, tienen sobresalientes capacidades físicas y mentales, con frecuencia escuchamos comentarios de “que se mantienen muy bien, con mentes lúcidas”, pero una mayoría tiene deficiencias por edad. Parece chiste, pero muchos aseguran haber llegado a la edad de “los nunca”, nunca habían tenido esos dolores de rodilla. Muchas personas toman pastillas para controlar la presión arterial. Posdata: en ocasiones pienso en don Conrado. Nunca lo conocí y él ya falleció, pero pienso en él. Por fortuna, en esa ocasión él estuvo tranquilo, esperaba que el anuncio se iluminara para tocar el timbre. Estaba frente al número preciso, en el edificio correcto. Ahí, en el tercer piso estaba el departamento donde le habían acondicionado una cama para dormir. La anécdota ahí terminó, ya no me contaron si después de esa experiencia la hija dejó que el viejo saliera solo o ya lo acompañó. Si ocurrió lo segundo, qué pensaría don Conrado. Porque otro comportamiento es ese, algunos ancianos se resisten a ser acompañados, quieren demostrar que pueden valerse por sí mismos.

martes, 28 de junio de 2022

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTOGRAFÍA

Querida Mariana: la fotografía del fondo, en blanco y negro, es del año de 1972. Ahí están los integrantes de la gloriosa generación 1969 – 1972, de secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz. Parte de ese conglomerado maravilloso volvió a reunirse cincuenta años después. Acá está el testimonio, registrado en el escenario del Teatro de la Ciudad. La tarde del 23 de junio de 2022 el tiempo se contrajo. Ya Einstein nos demostró que el tiempo es relativo. Un personaje literario de Julio Cortázar afirma en un momento: “Esto ya lo toqué mañana”. ¿Mirás? El tiempo es una línea recta implacable, pero a veces se puede meter el pie para que trastabille y cuando, todo tepereta, duda, los seres humanos logran el prodigio de jugarle la vuelta. En el Teatro de la Ciudad, estos muchachos jalaron el tapete del tiempo e hicieron la triunfal entrada al recinto. Hace cincuenta años los recibió el Cine Comitán, entraron al ritmo de la Marcha de Aída. En 1972 el cine estaba lleno de amigos, familiares y alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz, más dos o tres argüenderitos; en 2022 el teatro, en su parte de abajo, también estuvo lleno. Hace cincuenta años, los muchachos desfilaron por el pasillo central, ahora fue por un pasillo lateral. En 1972, los muchachos no imaginaron que cincuenta años después revivirían esos tiempos. ¿Mirás qué verbo escribí? Revivir. El ser humano tiene la maravillosa capacidad de remover el polvo del tiempo, con la franela del entusiasmo, estos muchachos limpiaron las manecillas del reloj eterno y lograron el prodigio que acá mirás. En el centro aparecen maestros que les impartieron cátedra hace cincuenta años, el doctor Enrique Cancino (Biología), el maestro Jorge Gordillo Mandujano (Geografía Universal), el maestro Hermilo Vives Werner (matemáticas. Los muchachos nombraron a su generación con el nombre del maestro Hermilo), el maestro Artemio Torres Figueroa (Historia) y el maestro Roberto Gordillo (Civismo). En la fila de atrás, en el extremo izquierdo aparece el maestro José Hugo Campos Guillén, quien ahora es el director general y representante legal de la Asociación Civil Colegio Mariano N. Ruiz, y que es más joven que el más joven de estos muchachos. La generación 1969 – 1972 se dio cita en Comitán. En la foto de 1972 está el grupo completo, en este 2022 hubo las ausencias dadas por motivos personales o dictadas por el destino, pero el grupo reunido fue nutrido, muchísimos acudieron a la invitación de los iniciadores. No sólo le atravesaron el pie al tiempo para que tatarateara, en nombre de la vida, ¡no!, además hicieron una pausa sublime. Estos muchachos trabajan, salvo los pensionados o quienes viven de sus rentas. Para acudir a la cita, como si fuera una reja de papel de china, abrieron un hueco luminoso para hacer una pausa genial. Sí, eso hicieron estos muchachos: una pausa sublime. Botaron el reloj de la obligación y dejaron la oficina, el taller, el consultorio, el hogar y “se fueron de pinta”. ¡Tres maravillosos días! Cuál fue la respuesta ante la pregunta ¿A dónde vas? ¡Viajaré, en 2022, a 1972! Hermosa torcedura al tiempo. Siempre que veo fotografías generacionales recuerdo la película “La sociedad de los poetas muertos”, donde el maestro, el famoso míster Keating, enseña a los alumnos de reciente ingreso las fotografías de las generaciones antiguas y les recomienda: “Carpe diem”. Ante esta fotografía, míster Keating podría haber puesto a estos muchachos como muestra de cómo saber aprovechar el instante, cómo llenarlo de vida. Estos muchachos hicieron una pausa divina, se reunieron en Comitán e hicieron una gran pachanga, guateque que compartieron con la comunidad. Con su entusiasmo llenaron de luz el aro del compañerismo y honraron a su colegio. Posdata: conté treinta y ocho muchachos en esta fotografía. ¿Uno más, uno menos? Mi vista no tuvo la capacidad de hacer tonto al tiempo, me falla la vista; además que para lo de la contada de números nunca he sido muy ducho, por eso abandoné la carrera de ingeniería y decidí estudiar literatura, para contar cuentos e historias. Ya te conté cómo me fascinan las personas que lideran causas nobles, una tarde o noche imaginan que pueden cambiar el ritmo cotidiano de los días y trepan a la rama de un árbol, y con las manos en forma de bocina, convocan a la vida y la vida cambia su cara habitual y pone una sonrisa en su horizonte. Estos muchachos se fueron de pinta, pero lograron pintar un arco iris en el cielo de este maravilloso pueblo. ¡Qué bendición!

lunes, 27 de junio de 2022

CASAS DE DOS PISOS

Éramos tres niños. ¿Cuántos años teníamos? ¿Diez, once? Una mañana vimos que en el solar de la esquina un ejército de hombres, como hormigas, llevaba ladrillos de un lado para otro, carretillas con arena y bolsas de cemento. El terreno que nos servía para jugar luchitas y fútbol ya dejaría de ser nuestra propiedad. Los viejos de casa dijeron que un ingeniero de fuera había llegado al pueblo y ahí levantaría su casa y las hormiguitas albañiles, en menos que cantan tres gallos, levantaron la casa y la levantaron con tal audacia que sobrepasó la altura de todas las demás casas con techos de teja de la cuadra. La construcción del ingeniero tuvo dos plantas, para ver el final debíamos levantar de más el cuello, con riesgo de quedarnos torcidos para siempre. ¿Y ahora dónde jugaremos?, era la pregunta que nos hacíamos, sentados a la sombra de la ceiba del parque. Don Antelmo, que era el policía del parque, no nos dejaba jugar ni canicas menos improvisar una cascarita de fútbol. Mientras discutíamos si pedíamos permiso al maestro Ranulfo, para que nos dejara entrar al patio de la escuela durante las tardes o íbamos al llanito del rumbo de la cruz del milagro, vimos que otro ejército de hormiguitas, estas cargadoras, bajaban de un camión de mudanza camas, burós, mesas, cajas de cartón y de madera, y un enorme reloj que estaba adentro de una caja, como ataúd parado. Y un día después vimos un auto de color negro, de lujo, un chofer, con uniforme, como de ejército, bajó a abrir la puerta trasera y de ahí salió, como una aparición prodigiosa, una señora con diadema dorada, abrigo con un animalito enrollado al cuello y zapatos con lucecitas. Todos, como si fuéramos integrantes de un coro de iglesia, exclamamos ¡oh! al mismo tiempo. Pero lo que superó nuestro asombro fue la siguiente y final aparición, una niña, que estaba iluminada con el mismo tono de la diadema de quien supusimos, y luego comprobamos, era su madre. Al mismo tiempo sin ponernos de acuerdo dijimos ¡qué bonita!, ella nos escuchó, como en cámara lenta, movió el cuello, nos vio, sonrió y cada uno de nosotros extendió las manos para tomar la energía de esa sonrisa y resguardarla para siempre en nuestro corazón. Éramos tres niños, tres chavales que, desde esa mañana, corríamos después de clase a sentarnos en la banqueta de enfrente y, con las mochilas al lado, mirábamos en silencio hacia la recámara central de la segunda planta. Ahí veíamos la llegada de la maestra Irma, la maestra del coro, que, nos enteramos por las pláticas de los mayores, daba clases de piano a la niña bonita, nuestra novia: Asunción. Ah, su nombre corroboraba lo que ella era, niña bonita de altura. Claro, ella no podía vivir al mismo nivel de nosotros, en casas tan sin clase, de un solo nivel, ¡no!, ella, Asunción bendita, vivía en una habitación de un segundo nivel. Para verla, nosotros debíamos levantar la cabeza, a veces, la veíamos acercarse a la ventana, la veíamos mover la mano, saludándonos, regalándonos la misma sonrisa del primer día. Nosotros extendíamos las manos para atrapar esa sonrisa, que caía como lluvia. Al principio nos ilusionamos, ¿en qué escuela la inscribirían sus papás? En ninguna. ¿A misa de qué hora iría los domingos? A ninguna. ¿A qué hora saldría a pasear al parque con su ama de llaves? A ninguna hora. Por plática de mayores nos enteramos que ella recibía de su mamá los conocimientos que nosotros recibíamos en el aula; que pronto iría a un internado de un país lejano donde se especializaría en la práctica del piano, ella sería concertista, tocaría en las grandes salas del mundo, mientras nosotros seguíamos pateando la pelota en el llanito lleno de polvo, porque el maestro Ranulfo nos dijo que no podía autorizar que practicáramos en el patio de la escuela. Pero lo del llanito sólo era ya en contadas ocasiones, porque estaba muy lejos y porque eso nos impedía sentarnos en la banqueta de enfrente, para esperar que Asunción apareciera por breves instantes para aventar sonrisas como pétalos. Disfrutamos mucho todos los ejercicios que ella hacía en el teclado del piano, esos sonidos también eran lluvia para nuestros espíritus enamorados. Mientras los demás compañeros de la escuela escuchaban música pop o rock nosotros nos apasionamos con la música clásica, Asunción nos regaló, para siempre, nombres sublimes: Beethoven, Mozart, Bach, Debusy… Cuando salía la maestra Irma nos saludaba y nos decía: esa pieza musical es de Mozart; nosotros entendíamos que la maestra era una simple emisaria, Asunción le había dicho que nos regalara ese nombre. En las noches íbamos a la casa de don Joaquín y le pedíamos que nos pusiera discos de Mozart en su amplia biblioteca. El viejo Joaquín, fascinado por vernos tan emocionados con la música clásica, hacía nuestro gusto, buscaba un disco de Mozart, lo limpiaba con un paño, lo ponía en la tornamesa y decía: “Sinfonía número cuarenta” y soltaba el brazo del tocadiscos. Doña Martha nos obsequiaba galletas y nosotros cerrábamos los ojos, veíamos a todos los de la orquesta y, al piano, los deditos de Asunción recorriendo ese entarimado negro y blanco. Una mañana, Rodolfo llegó a mi casa, acezando, dijo que Asunción se iba, corrimos a casa de Mateo y luego a casa de Asunción. La vimos ya arriba del auto negro, el chofer había cerrado la puerta, ya se ponía al volante y, como el motor ya estaba en funcionamiento, avanzó. Nosotros quedamos con las manos adentro de las bolsas del pantalón. El auto se detuvo, Asunción bajó el cristal, asomó la cabeza, como pajarito, y dijo “adiós”, nosotros sacamos las manos de los pantalones y dijimos “adiós, Asunción”, y ella, ah, qué momento, mencionó cada uno de nuestros nombres: adiós, Rodolfo; adiós, Mateo; adiós…, y dijo mi nombre. Sonrió, y algo dijo al chofer, quien, obedeció y continuó su marcha. Nuestra calle, llena de polvo, se llenó de una burbuja donde desapareció el auto y nuestra novia. Éramos tres niños: Mateo, Rodolfo y yo. Teníamos diez u once años, no más. Asunción fue nuestro primer amor, los tres estábamos enamorados de ella, y pensábamos que ella nos quería a los tres, así lo supimos el día que abandonó el pueblo, para ir al internado donde se convertiría en una gran concertista.

domingo, 26 de junio de 2022

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA

Las fotografías de piso son escasas. Los cielos y el horizonte atraen las miradas. Los seres humanos, desde siempre, nos sentimos seducidos ante lo que nos presenta el espacio. Los enamorados siempre ofrecen la luna y las estrellas a sus amadas. ¿Quién es aquel que ofrece algo del suelo? ¿Una piedrita, un puño de tierra, un caracol, una hoja seca? Los enamorados son románticos, ofrecen y aceptan lo inalcanzable. Ellos ofrecen bajar la luna y ellas aceptan lo inverosímil. Con el tiempo ellas reconocen que la certeza está en la tierra, donde tienen sus pies, y aceptar algo del piso reafirma la sentencia de que más vale pájaro en mano que ciento volando. Más que la luna es preferible tener una piedra, puede ser un zafiro, rubí o diamante; hojas y caracolitos de oro; puñitos de tierra llamados haciendas con casa grande y mil cabezas de ganado. En esta fotografía no hay cielos, no hay horizontes. La fotógrafa (con zapatitos cucos, en genial contraste con el azul de su pantalón) hizo la toma del piso. Alguien puede decir que no es un piso cualquiera. ¡No! Es un piso especial, está en el parque de San Sebastián, en Comitán. Es especial porque está hecho a propósito. En el piso hay versos de poemas de Rosario Castellanos, para decir que la gran escritora caminó por ahí de niña o adolescente, en compañía de su mamá o de su nana. Esto es una siembra de palabras, que rescató sus huellas. “Yo ya no espero, vivo”. Los puristas del lenguaje han señalado que acá el yo está de más, sugieren que Rosario debió escribir: “Ya no espero, vivo”. Sostienen que el yo está implícito y no había necesidad de remarcar, porque, además, produce un sonido de burbuja constreñida: “Yo ya”, dicen que ese “yo” es una piedrita que interrumpe la fluidez del maravilloso río poético. Es una fotografía sensacional de un piso especial. Es una imagen que no tiene piedritas traviesas, nada interrumpe el caminar supremo de la mirada. Todo está en armonía. La chica decidió aparecer con parte de muslos, piernas y pies calzados. La mirada de quien observa la fotografía se convierte en un gusanito (tzucumo) y resbala del primer plano, como en tobogán y reposa en el maravilloso verso conceptual de Rosario. “Yo ya no espero, ¡vivo!” Quienes están enamorados de la vida, los espíritus sublimes, encuentran la magia del misterio en el suelo, en medio de las piedras, del moho, del polvo. A veces, como en esta ocasión, hallan palabras. El paso avanza y debe detenerse, como si hubiese una frontera entre el aire de acá con el de allá, donde está el territorio para el siguiente paso, porque todo mundo avanza, son pocos los que se atreven a caminar hacia atrás, a desandar el camino. Estas palabras en el piso no prohíben el paso. Si esta chica se detuvo es porque halló un motivo de reflexión, un cerillito apagado que aún sigue dando luz. Estos versos son como el encuentro con un trébol de cuatro hojas, como una flor de aire. La chica se detuvo y decidió regalarnos esta fotografía, este riachuelo de cerámica en medio de un valle de piedras. Nuestra mirada baja por sus piernas, aletea en los tenis blancos y nada en las palabras de Rosario Castellanos: “Yo ya no espero, vivo”. Un día, el ceramista se hincó y sembró estas tablillas. ¿Alguien más ha imitado su postración? Los peatones caminan, hay algunos que son como ciegos para lo que está en el piso, sólo se deslumbran con lo que está frente a su mirada, en el horizonte, o lo que está en el cielo. Acá sólo se hincaría un débil visual para colocar la mano en el piso y, como si leyera en braille, siguiera las líneas profundas de cada letra. ¿Y si removemos las dos primeras palabras? ¿Cambia el sentido del verso? Cambia, por supuesto, el ritmo. Se sabe que la poesía es la cuerda que marca el sentido del viento. No espero, vivo. La fotografía es de gran calidad, tiene los elementos suficientes para ser atractiva.

sábado, 25 de junio de 2022

CARTA A MARIANA, CON EL PRODIGIO DE LA PALABRA

Querida Mariana: la palabra es lluvia bendita. Los escritores buscamos la palabra precisa; los poetas saben que la palabra ilumina. En Comitán amamos la palabra. La usamos en toda su gama y la escribimos no sólo en el pizarrón sino también en el escritorio del maestro, en las puertas del colegio y en las paredes de las casas. Ah, qué hermoso el muestrario inmenso de las palabras que usamos en nuestro día a día. En nuestro pueblo tenemos el mojol de lujo: el voseo. Cuando hablamos de vos nuestro cantadito es más auténtico, ¡único! Escribí la palabra mojol, es una palabra muy nuestra. No se emplea en todos los lugares de habla hispana, ¡no! En Tuxtla, el mojol lo nombran como coitán. ¡Ah, también es una palabra bien bonita! Pero, en la zona del centro de la república mexicana, ni mojol ni coitán, en la Ciudad de México se llama ¡pilón! Pero, como hemos dicho, los pueblos tienen la capacidad de nombrar en forma diferente a los objetos y a las acciones. La palabra es un hermoso pájaro y, a la vez, es un singular camaleón que adopta diversos colores tonales. Imaginá que llega una chica española al mercado de San Juan, en la Ciudad de México, y la vendedora de las fresas, al pesar el kilo solicitado, le dijera: “¡y acá va su pilón!” Pucha, no puedo imaginar la cara de la española. ¿Un pilón? En España, la palabra pilón es aumentativo de pila, es una pila enorme. A ver cómo se oye: ¡Arza, que eso es un pilón!, una pilota. La vendedora del mercado agregaría dos fresas y ¡listo! En México, pilón es un agregadito que se hace en los mercados, es el coitán tuxtleco, el mojol comiteco. En nuestra revista ARENILLA decimos que, siempre, agregamos un mojol de lujo, un agregado para el disfrute de nuestros lectores. A nosotros nos encanta usar esa palabra, que, en términos de mercadotecnia contemporánea, es el plus. En las empresas, los gerentes demandan a sus subalternos a dar el plus; es decir, a dar un poquito más del ciento por ciento. ¡Pucha! Es como un amigo político mío que dijo que estaba dispuesto a servir a la comunidad más de veinticuatro horas al día. ¡Eso es dar el plus! En nuestro amado pueblo hay una gran diferencia entre estar en armonía y tener armonía. En todo el mundo hispano estar y tener armonía es estar en plenitud, en Comitán ¡no! Si alguien dice que tiene armonía, la chica española pensaría que la persona está muy bien, pues ¡no!, los comitecos sabemos que si un paisano dice que tiene armonía, nos dice que está mal, tiene una inquietud mental que ¡no le permite estar en armonía! Así son nuestros modos. Y nuestros modos son tan especiales e inéditos que tomamos una palabra y la mandamos al otro extremo. Pero eso no es todo, hay más, como en botica. El uso del término abusado no es exclusivo de Comitán, pero sí de esta región de América. ¿Qué es abusar? Pues el diccionario de la Real dice: “Hacer uso excesivo de algo o de alguien”. Así se entiende. Al compa que abusa se le dice abusivo. Uf. Todo mundo ha tenido experiencias de trato abusivo, en la escuela, en el trabajo, en los diversos grupos de socialización y en la familia. Hay muchos abusivos y abusadores. El término abusado debe venir del verso abusar. La tía Herlinda decía, con un rostro ajado, por la tristeza y por el coraje, que ella fue abusada por un amigo de su papá, cuando tenía catorce años. Todo mundo entiende la contundencia de la oración. ¡Fue abusada! ¿En qué momento, en América, se comenzó a usar el término como sinónimo de lista? Andrea es muy abusada, dice alguien, y en América entendemos que Andrea es muy lista. Si revisás el diccionario hallarás que en América usamos la palabra abusado como sinónimo de listo o para alertar a alguien. Sí, en muchas ocasiones, cuando fui jovencito escuché la palabra dicha por un compañero que advertía la cercanía de un maestro: ¡abusado, ahí viene!, yo debía ponerme listo, dejar de hacer la maldad que realizaba en el salón. Tengo armonía, dice un compa comiteco, los paisanos sabemos que el compa tiene cierta intranquilidad. Soy muy abusado, dice el mismo compa, sabemos que nos está diciendo que es muy listo. En Comitán respetamos la palabra, ésta es la columna vertebral de la anécdota. Ya sabés que la anécdota comiteca es sensacional. Soy escaso, pero he estado en algunas tertulias con amigos, donde la palabra es un papalote maravilloso, que vuela por todos los cielos, por todos los espíritus, iluminándonos. Sí, la palabra comiteca es luminosa, sintetiza la vida. En este pueblo nació Belisario Domínguez, quien tuvo a la palabra como su principal aliado en defensa de la libertad; en este pueblo nació Rosario Castellanos, quien usó la palabra para comunicar su pensamiento, lo hizo en muchos géneros literarios: poesía, cuento, novela, ensayo y teatro. México reconoce a ambos personajes, en tal reconocimiento está implícito el respeto con que ellos trataron a la palabra. En el ambiente político escuchamos con frecuencia frases de los discursos de tío Belis; y en el ambiente intelectual escuchamos frases y versos escritos por Rosario. Sus palabras siguen siendo estandarte de libertad. Los comitecos nos sentimos chentos por el respeto que ellos demostraron ante la palabra. La palabra seria y comprometida de Belisario; la palabra profunda, reflexiva e irónica de Rosario. Pero, asimismo, sabemos que muchísimos paisanos más siguen fomentando esta flama bendita. Lejos de los reflectores en donde están ambos personajes, las palabras sencillas siguen iluminando nuestros cielos, son ramitos de begonia para nuestro espíritu. Basta ir al mercado para ser testigo de esa maravilla sinfónica. Con qué alegría vuelan esas mariposas; la marchanta ilumina los rostros de sus compradores cuando platica; lo mismo sucede a la hora en que nos reunimos con los amigos a tomar la cerveza y comer las riquísimas botanas, tzisim y chicharrón de hebra incluidos. Sí, es tanto nuestro amor a la palabra que en muchas ciudades del mundo nos tachan de chismosos; es decir, que hablamos de más, que le echamos salsa picante al comentario. No somos monedita de oro ni somos santos. La palabra, con su magnífico poder, no sólo sirve como bálsamo para el alma, ¡no!, también sirve para joder al prójimo. Ya dije que en la escuela, en el trabajo, en la familia, siempre nos hemos topado con jodones, con abusivos, abusadores, ellos se piensan abusados (listos), en realidad son personas que enlodan honras ajenas. Ah, qué difícil es lidiar con esa clase de personas. Su palabra es cuchillito que hiere. Por fortuna, como dice la sentencia popular: son más los buenos, más quienes honran el prestigio bendito de este pueblo, más quienes respetan la palabra. Por ahí dicen los que saben que, al principio fue El Verbo. Todo está en su origen. Los documentales que hablan de la evolución de la vida, nos presentan a los primeros seres humanos sobre la tierra, son personas con características físicas muy semejantes a los hombres y mujeres actuales, pero ellas no poseen la sensacional capacidad del habla. ¿En qué momento el ser humano comenzó a gozar de esta habilidad intelectual? Los científicos no logran determinar lo que es indeterminado. Pero, en algún momento luminoso, los seres humanos lograron comunicarse a través del lenguaje y éste se diversificó en muchísimos idiomas. Los compas de estas tierras poseyeron hermosísimas lenguas antes que llegaran los conquistadores con su idioma español; los conquistadores portugueses llegaron a tierras del actual Brasil, por ello, en América Latina, los brasileños hablan portugués. Acá, muy cerca de nosotros, además del español que recibimos escuchamos lenguas indígenas, soberbias. Esos sonidos volaban mucho antes que se escuchara el murmullo y grito del castellano. Cada uno de esos idiomas tiene un repertorio genial de palabras, con sonidos de cascada de aire. El tojolabal, el tzotzil, el tzeltal, el chuj son lenguas que acuerpan la lengua castellana, la que heredamos los mestizos. Comitán tiene un profundo respeto por la palabra, pero, ya quedó plasmado en esta carta, este reconocimiento está lleno de vida, por lo tanto, nos sirve para decirnos te amo, para rezar, para bromear, para brincar la cuerda y para ofender, ¡faltaba más! Posdata: en comunidades rurales, cercanas a la ciudad de Comitán, aún emplean la palabra alentado para decir que alguien se ha curado de una enfermedad. Ah, es maravilloso escuchar que Rosa ya está alentadita. ¿Mirás? Es como mojol de la vida, de la divinidad. No sé de dónde proviene la palabra alentado, pero es una palabra bella, sobre todo como la usan en nuestro entorno: ya está alentadito; es decir, ya está buenito, ya está curado. Bendito Dios. En Comitán amamos la palabra, la disfrutamos a la hora que nos reunimos con los amigos, es la cinta que da origen a la anécdota.