domingo, 24 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON MÁS DUDAS QUE CERTEZAS
Querida Mariana: el visitante norteamericano estaba parado frente a un mostrador donde la señora preparaba los panes compuestos. La amiga comiteca que lo acompañaba comenzó a explicarle, en inglés, cuáles eran los ingredientes y la forma de preparar el antojito. Elsa, quien me platicó el hecho días después, estaba sentada en una mesa, con su papá y su mamá. Elsa y su mamá habían pedido órdenes de chalupas, panes compuestos, y el papá cenaba un hueso estilo tío Jul.
El visitante norteamericano, más de uno ochenta de altura, ojos azules y risa como de maquinita sacapuntas, asentía en cada frase de su amiga y veía directamente hacia donde la señora embarraba una capa de frijol molido en una de las tapas del pan francés.
Elsa y sus papás comentaban algo del día, de lo que le había pasado al tío Andrés y, mientras comían sus antojos, escuchaban los comentarios en inglés del visitante y de su amiga.
Elsa no sabe hablar inglés, mínimos conocimientos aprendidos en la secundaria, los clásicos de lápiz, pencil; cuaderno, notebook.
Pero, escuchó que la amiga al explicar decía en español los nombres de los ingredientes y el norteamericano los repetía y soltaba la risa de maquinita. Pan francés, repetía como lorito el de ojos azules, con la erre arrastrada; frijol, con la erre más arrastrada y risa; mayonesa, que sonó como maiyonesa; salsa y preguntó: ¿picante? El norteamericano ponía cara de asombro ante la mención de cada ingrediente, pero a la hora que la amiga le dijo: picles, él asintió y dijo: yes, yes.
Esto me contó Elsa. Me preguntó si sabía el origen de la palabra picle. No, dije, no. Pues viene del inglés pickle, que significa pepinillo; y, como el gringo, asentí y dije: yes, yes. Claro, en muchas películas norteamericanas he visto cómo un personaje abre un pomo con pepinillos y los come con deleite, esos pepinillos, me explicó Elsa, están en salmuera, con vinagre pues.
En Comitán adoramos los picles; en Norteamérica adoran los pickles; y en Damasco también. ¿En Damasco? ¿En dónde queda Damasco? El Internet dice que es la capital de Siria, y Siria es vecina de Turquía y de Irak. Pucha, está al otro lado del parque de San Sebastián.
Lo que quiero decir es que las verduritas en vinagre que nosotros llamamos picles los preparan en lugares lejanísimos; quienes han viajado lo saben.
Elsa explicó al amigo norteamericano que los picles de acá son verduras en vinagre, pero no llevan los pepinillos que él pensó.
Luego que Elsa me platicó su experiencia en el restaurante, leí unas páginas de la novela “Stoner”, de John Williams (novela bellísima. Fresán dice que es una obra maestra), y hallé que en una cena que ofrecen unos personajes hay una charola con pickles de Damasco (pepinillos y quién sabe qué otras verduritas). ¡Qué coincidencia!
A mí me encantan los picles que preparan en Teopisca, tienen un sabor dulce exquisito, quiero pensar que este dulce lleva panela. La tía Adelina le agregaba un chorrito de comiteco, apenas un hilito, y esto le daba a sus picles un sabor único, que era disfrutado por toda la sobrinada.
Entiendo que la base de los picles comitecos es la zanahoria, más cebolla y el palmito (cada vez más escaso). En Teopisca venden frascos con palmito, exclusivamente. Una vez me contó un amigo que en Brasil encontró esos frascos con palmito encurtido, se le antojó el palmito, no lo compró porque tenía un precio altísimo.
Posdata: Elsa dice que no hay viernes de Dios que no salgan a comer antojitos con sus papás. A veces van a comer tamalitos o tacos, pero lo que no falla una o dos veces al mes es la visita a los panes compuestos, chalupas, butifarras con tostadas y huesos estilo tío Jul. Cuando me lo dijo explicó que todos estos antojitos llevan picles, picles comitecos, aclaró, y soltó la carcajada deliciosa.
sábado, 23 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON NUBES EN EL PISO
Querida Mariana: hay de ofensas a ofensas. Todo mundo ha ofendido en forma verbal a alguien en una ocasión y todo mundo ha sido ofendido. ¿Te han dicho algo que te dolió mucho? En la primaria había una niña que, por cualquier cosa, volvía la mirada con furia y decía: “Carota de torta”. Una vez me tocó ser cara de torta y pensé que ella debía especificar de qué torta hablaba, porque en Comitán había diversas clases de torta, con mi papá acostumbrábamos comprar las riquísimas tortas de pierna, del restaurante “July”, o las tortas que vendían en la dulcería del Cine Comitán. Las del July tenían un pan de color ámbar exquisito, las del Cine eran blancas y, sí, un poco pachas, con cara arrugada, con la boca de lado. Así que cuando me dijo “Carota de torta” pensé que se refería a las del cine; pero, como las del cine también eran riquísimas, su ofensa no servía para definir su enojo.
La vez que sí me sorprendí fue una tarde, ya estudiante de bachillerato, cuando, con dos o tres cervezas entre pecho y espalda, me atreví a tomar a una chica de la cintura para querer besarla (el alcohol me otorgaba un valor absurdo y tonto), ella se retiró, manoteó y dijo: “¡Quítate, basura!”, me quité, mientras los amigos, también bolencones, se burlaban. La chica echó a correr, uno de los amigos dijo: “Vonós, no vaya a traer a su papá”. Fuimos al cine y nos olvidamos del hecho. No sé si ella lo olvidó. Al otro día me di cuenta que yo no lo había olvidado, vi mis manos y quise que estuvieran llenas de un corazón bonito para ofrecérselo a ella en señal de disculpa; luego (ah, siempre tan bobo) analicé su ofensa, me había comparado con basura, pero no había especificado qué clase de basura.
Salí de casa para ir a la prepa y lo primero que vi en la calle fue una envoltura de un chicle Motita. Los Motita eran chicles muy deseados en los años setenta. La envoltura que estaba en el suelo era amarilla; es decir, había servido para envolver un chicle sabor plátano. No sé si aún venden esos chicles, eran riquísimos, los de sabor plátano eran deliciosos. A mí me gustaban los de sabor plátano y de menta, que venían en una envoltura azul. También habían de fresa y de sabor uva. La chica me había dicho que yo era basura, si era como esa envoltura dije que no estaba mal, era cubierta de algo sabroso, seguí caminando por la calle, contento, casi con ganas de cantar que era una envoltura de chicle Motita, sabor plátano.
La escritora española Rosa Montero dice que cuando uno de sus personajes es enano, a cada rato se topa con enanos. Lo mismo me sucedió a mí, porque a la siguiente cuadra, ya cerca de la esquina vi una cáscara de plátano a mitad de la banqueta. La cáscara ya estaba dura, su piel había tomado una coloración con manchas oscuras, como si una hormiga enlodada hubiera caminado encima de ella. Pensé que si la chica había pensado en esa clase de basura no estaba mal, porque yo era cubierta de una fruta sabrosa, tan sabrosa que era el ingrediente principal del chiche Motita; además (ah, Molinari, cuándo no), pensé que el platanito se había conservado bien, gracias a la envoltura echa basura, pero esa frutita se ve muy bien en los labios de las chicas.
Volví a sonreír, habían bastado dos cuadras para casi casi envolverme en la luz de la basura, era envoltura de cosas dulces, nutritivas y sensuales; no estaba tan mal. Como si estuviera en una mesa de juegos en Las Vegas decidí que no seguiría apostando, porque era casi seguro que la siguiente basura mandara al bote mi entusiasmo. ¿La chica había dicho que era basura? Pues no me había ido tan mal.
Decidí que no vería hacia el suelo, caminaría viendo las fachadas de las casas comitecas, con sus balcones hermosísimos y sus puertas monumentales con llamador de bronce. Llegué a la prepa, me reuní con los amigos que estaban en el patio, en cuanto estuve entre ellos, comenzaron a molestarme: ¡la basura!, dijo uno, como si fuera el güero de la basura y avisara que el camión ya estaba cerca (el güero de la basura fue un personaje famoso de los años setenta, iba arriba del camión y le decían así porque era albino).
A distancia vi a la chica que había ofendido con mi atrevimiento, la que me había ofendido bautizándome como basura, sonreí porque pensé en que era envoltura de chicle Motita y cáscara de plátano.
Al término de clase me despedí de la palomilla y, con la ambición del jugador de póker que ha ganado en todos los juegos, bajé la vista y, mientras caminaba, dije que sería la primera basura que hallara. ¡No lo hubiera dicho! Ya sabemos que los ambiciosos pierden lo ganado y lo que llevan en el bolsillo. ¡Unos cerotes color café oscuro!, eso fue lo que miré. Los desechos de un asqueroso chucho estaban al lado de la pared de una casa, la peste subió hasta mi nariz y se metió hasta mi alma. ¡Cerotes de chucho!, sí, sin duda, eso había pensado la chica a la hora que, con sus manos me retiró y dijo que yo era basura. Yo era un cerote. Sí, mi atrevimiento no había sido dulce como Motita o seductor como plátano, ¡no!, había sido algo que provenía de un perro sarnoso. Toda mi alegría matutina se fue al albañal y pensé que eso me había dicho ella, era liga babosa de albañal.
Pensé que me estaba trepando a la cruz, me estaba sacrificando a lo tonto. Me paré en la esquina y dije que debía elegir entre ser envoltura de Motita o plasta de caca. Ah, la mente es una compañera fiel pero traidora, repetía que era envoltura de Motita, pero diez segundos después en mi mente aparecía la imagen de la envoltura amarilla con un cerote adentro. ¡Qué asco!
El tiempo sanó la llaga. Una vez coincidí con la chica, ella platicaba con un grupo de muchachos al que me incorporé, ella sonrió y yo también, en el primer momento quise ofrecer disculpas, pero un segundo después pensé que era como quitar la costra en la herida. Ya sabés cómo son los amigos, una amiga de ella dijo en voz alta: ¿No nos vas a saludar de beso? Todas rieron, ella y yo nos pusimos colorados. Eso fue el punto final de la historia.
Pero, ahora, muchos años después pienso que en la ofensa verbal nunca queda muy claro el grado de humillación. La niña de la primaria que nos decía a todos que teníamos cara de torta nunca supo que en México la oferta de tortas es extensísima. Si ella hubiera dicho cara de torta de chorizo con huevo, ah, bueno, habríamos tenido más elementos de comparación; o torta ahogada o torta cubana. Imaginá todo el polvo que habría levantado al decir: ¡carota de torta guajolota! (claro, acá habría dicho carota de torta jolota, y como el guajolote es cotz en idioma tojolabal, bien pudo decir ¡carota de torta cotzera). ¿Sí identificás la torta guajolota? Es la que comen miles y miles de personas en la Ciudad de México, la que lleva un tamal en medio del bolillo. Es bien rica, yo la pedía con tamal verde.
Pienso que la basura se ha degradado conforme el paso del tiempo. Ahora me dolería más el insulto de ser basura.
En el tiempo A. P. (antes de la pandemia) salía a caminar por las calles del pueblo, porque sigo admirando los balcones y las puertas monumentales con sus llamadores de bronce, y me topaba con unos globitos desinflados, de esos que les llaman condones. Dios mío, ¿cómo llegaban a espacios públicos esos condones usados, cuando todo mundo sabe que son chunches que se emplean en espacios privados? Imagino que una parejita hace travesuras en el interior de un auto al salir de una fiesta y al terminar el juego el varón abre la ventana toda empañada y tira el condón. ¡Qué asquerosidad!
En Comitán usamos el término “hormota” para ofender. Esta ofensa alude al físico del ofendido. “¡Callate, vos, hormota de barril!” Se supone que el nombrado está un poquito excedido de peso y su cintura es amplia y generosa, como aro de circo. Todo está bien, pero el ofendido debería conocer a qué tipo de barril se refiere el otro, a fin de saber el grado de irritación; porque hay de barriles a barriles, hay unos barrilitos bonitos y otros que ya llegan a ser toneles. Además del tamaño del barril sería importante saber de qué está lleno, porque esto daría una idea de la corpulencia del monstruo del enojo. No es lo mismo estar lleno de comiteco, que de agua, o de pulque, o de cerveza. Se corre el riesgo, a la hora de hacer la pregunta, de escuchar una ofensa mayor: “¿De qué, animal, de qué estás lleno? De coymut, sí, tenés hormota de barril lleno de coymut” (coymut es palabra del idioma tojolabal que significa caca de gallina).
Posdata: las ofensas verbales afloran al calor de una discusión o de un hecho agresivo. El día que quise besar a la chica, ella no tuvo más recurso que decirme basura. Ahora, muchos años después, pienso que su defensa fue luminosa, bien pudo decirme mil cosas más agresivas, sin embargo, ella no hizo más que mandarme al basurero, lugar donde debían estar los muchachos atrevidos. Me mandó al basurero, bien pudo mandarme al infierno o al rancho del actual presidente de la república. Ella era una niña bella, limpia. Sí, no merecía que se le acercara un tipo repugnante con aliento alcohólico.
viernes, 22 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN APODO
Querida Mariana: el otro día leí la declaración de un cronista de San Cristóbal de Las Casas que dijo que en esa ciudad la mitad de la población se conoce por apodos. Lo mismo sucede en Comitán; bueno, lo mismo sucede en todos los pueblos de Chiapas, de México, de Latinoamérica.
Llama mi atención que un sinónimo de apodo es sobrenombre; es decir, desde el origen se establece que está por encima del nombre. Es cierto, en muchísimos casos el apodo borra al nombre. El sobrenombre debería llamarse bajonombre, algo entre comillas, pero ¡no!
El chiste cuenta que alguien llegó al pueblo en busca de una persona, dio su nombre, apellidos, generales, cabos, toda la división de infantería y sólo le indicaron dónde vivía al decir el apodo. Sí, el apodo, en muchísimos casos está por encima del nombre.
Los estudiosos del fenómeno establecen muchas divisiones del apodo: la más grande es la que establece que hay apodos impuestos y apodos autoimpuestos. Nunca se logró saber si el apodo de tío Chaquetas fue impuesto o autoimpuesto; lo único que se supo es que el tío nunca usó esa prenda ni fue sastre; tal vez fue un apodo de juventud.
Los apodos autoimpuestos son como un tatuaje. Puede ser que a otros les cause malestar, pero el dueño se siente satisfecho. El tío Hermilo se autoimpuso el apodo de El huevos grandes, orgulloso lo mencionaba con medio mundo. Decía: “mis papacitos me pusieron Hermilo, es que sólo me vieron de la cara y no de abajo”. Luego, de broma, decía ese chiste sobado y bobo: “Y me voy a morir de orquitis”.
Muchísimos deportistas son conocidos y reconocidos por sus sobrenombres. Muchos apodos son autoimpuestos o impuestos de común acuerdo entre interesados y apoderados. Cuando los apodos son asignados por los cronistas deportivos, los “afectados” los aceptan de buen agrado, porque eso es como acceder a la escalera de la fama. Los que saben de rollos sociológicos explican que esto tiene una relación directa con los aficionados, quienes se identifican en forma inmediata. Estamos acostumbrados a llamarnos por apodos. A veces, con amigos revisábamos fotografías de generaciones de alumnos y, conforme aparecían los nombres, saltaban los apodos; en muchos casos, el nombre nunca apareció, pero sí el apodo.
Hemos comentado que hay personas que disfrutan el apodo, sobre todo cuando fue autoimpuesto, porque nadie se trata mal, nadie se pone un apodo que rebase cierto límite, lo que sí sucede, en varios casos donde el apodo fue impuesto por otro y cae en terreno blandito porque el apodo alude a algún defecto físico.
Pensá en el sobrenombre de María Félix: “La doña”. ¡Pucha! Imagino lo que ella pensaba al entrar a un salón y recibir el aura de baba de los hombres y el aura de admiración y envidia de la multitud. “¡Ahí está La doña!” ¿Qué molestia podía provocarle? ¿Se molesta el futbolista argentino Lionel Messi cuando le dicen “Pulga”? No, es parte de su grandeza.
Pero, lo hemos platicado, no todo mundo recibe con agrado el apodo. Bueno, con decir que hay personas que ni siquiera soportan sus nombres, con eso ya se dice todo.
Pero lo que es una certeza que no puede ocultarse es lo que comentó el cronista de San Cristóbal: en muchas de nuestras ciudades el apodo está presente y es característica importante de nuestra cultura, porque el apodo es esencia de pueblo y otorga cercanía; por esto, los famosos buscan un apodo que no sea agresivo, pero que acerque a los fanáticos.
¿Vos sabés quién es Saúl Álvarez? Tal vez dudarás, te colocarás la mano en la sien, en posición de Pensador, y activarás a tu ardilla mental; pero si te pregunto quién es Canelo Álvarez es casi seguro que responderás en automático. En este caso queda demostrado que el sobrenombre si está por encima del nombre.
Esto no sucede con los escritores. Acá hay un elemento a considerar por los sociólogos. Algunos consideran que la actividad intelectual está por encima de la actividad física. Esto es un absurdo, pero digo que la mayoría de escritores es conocida por sus nombres y no por apodos. Esto, entonces, es un agregado bobo que distancia, que aleja.
Posdata: nunca hemos escuchado que alguien pregunte: “¿Te gusta la poesía del peatón, el que tomaba cucharadas de luna?”, la mayoría pregunta: “¿te gusta la poesía de Sabines?”, y punto y aparte.
jueves, 21 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON RECUERDOS SENSACIONALES
Querida Mariana: ¡ah, las tienditas escolares, las cafeterías! Los alumnos recordamos con agrado los patios escolares, los maestros, los compañeros, los directivos comprensivos y, por supuesto, a las personas de las tiendas y cafeterías. Acá está don Quique, los alumnos del glorioso Colegio Mariano N. Ruiz lo identificarán de inmediato. Él y su esposa doña Cata llevan más de veinte años en una de las cafeterías del colegio. Comenzaron en la escuela primaria, luego pasaron al edificio de la subida de San Sebastián para atender a muchachos de secundaria y bachillerato, y ahora están en las instalaciones de Los Sabinos, donde sirven a estudiantes de secundaria, bachillerato y universidad.
Sí, todos los que pasamos por aulas recordamos a los personajes que nos atendieron a la hora del recreo.
Mis compañeros de secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz recuerdan a doña Chata, esposa del marimbista Flavio Molina, quien tenía su tienda al lado de la escuela, en el barrio de San Sebastián, y, por supuesto, se les hace agua la boca cuando alguien menciona a las gordas de Cirito. Cirito era el sacristán del templo de San Sebastián y ayudaba a las madres del Niñito Fundador en la venta de unas riquísimas gorditas, hechas con carne molida revuelta con papa, repollo y salsa roja. ¡Ah, deliciosas!
En mis tiempos de estudiante, el colegio no tuvo cafeterías. Como nuestro recreo era en el parque de San Sebastián (¡qué privilegio!), nuestras tiendas estuvieron en la calle. Al término de clases pasábamos con tía Elena, quien nos vendía temperante, cazueleja y tostadas con chile en vinagre, o con la querida tía Petra, quien preparaba las tostadas más ricas de toda la región, estas tostadas eran de preparación muy sencilla: con frijol molido, queso espolvoreado y un chorro de caldo de chile jalapeño de bote, pero de bote grande. Nunca hubo cosa más simple que eso, nunca cosa más deliciosa.
En la prepa del estado tampoco tuvimos tienda escolar o cafetería. Un vecino de San Sebastián subía con un carrito, lo estacionaba enfrente de las escalinatas de lo que ahora es el Centro Cultural Rosario Castellanos y ofrecía unos tacos dorados sublimes, exquisitos.
Ahora, en el colegio, en las instalaciones de Los Sabinos existen dos cafeterías, que ofrecen exquisiteces. Los muchachos y maestros reconocen a los personajes que satisfacen sus deseos gastronómicos. Llegan los estudiantes y piden lo de su preferencia con don Carlitos y doña Silvia, y con doña Cata y don Quique.
Todos recordamos con agrado a quienes nos ofrecen ricos guisos para saciar el hambre en las escuelas.
El otro día saludé a don Quique, a su hijo y a doña Cata. Los muchachos alzaban las manos y pedían empanadas y taquitos. Estoy seguro que, dentro de veinte años, estos muchachos recordarán con emoción los instantes en que degustaron estos manjares. Hace muchos años, doña Cata y don Quique ofrecían unas tortas de salchicha, en el edificio de la subida de San Sebastián (los muchachos de esos tiempos las recordarán). Eran riquísimas. Los estudiantes se escapaban tantito del salón en la primera hora, subían a la cafetería de la planta alta y anotaban sus nombres en la lista. A veces, don Quique movía la mano en forma negativa y decía que todas estaban vendidas. A la hora del recreo los agraciados subían, don Quique revisaba la lista y entregaba. ¿Por qué don Quique y doña Cata dejaron de hacer esas riquísimas tortas? Porque quien les entregaba el pan especial dejó de hacerlo. ¡Qué pena!
Muchísimos ex alumnos llegan al colegio y visitan a doña Cata y a don Quique; se sientan en una mesa y piden los guisos de su preferencia, como lo hacían cuando estudiaron ahí, sus rostros se iluminan al dar la primera mordida, en automático una luz juvenil los abraza. Todas las tiendas y cafeterías escolares tienen, como el Kentucky Fried Chicken, la receta secreta, la sazón especial, los aromas y sabores que tocaron a todos los estudiantes y continúa vivo en el espíritu infinito.
Posdata: cuando estudié en la Universidad del Valle de México, en el plantel San Rafael, me encantaba salir. Frente al acceso se ponía una señora con un anafre que ofrecía tlacoyos, con maíz azul. ¡Jamás volví a comer unos tlacoyos tan deliciosos! Rosa, se llamaba la mujer, siempre vestía un mandil blanquísimo y su cabello recogido en una trenza hermosísima. Buenos días, Rosita, decíamos los estudiantes, y ella respondía: Buen día les dé Dios, acá les tengo sus tlacoyitos.
miércoles, 20 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON LA BENDICIÓN DEL ZOOM
Querida Mariana: el Dios de la Tecnología dijo: “Hágase el zoom”, y medio mundo lo pepenó y lo usa.
Te cuento, el otro día vi que estaba programada la participación de nuestro amigo Miguel Ángel Godínez, quien, ¿lo recordás?, estuvo en Comitán en el Centro Comiteco de Creación Literaria. Miguel Ángel fue coordinador del Centro de Escritores Chiapanecos (CECHE), al lado de Jesús Morales Bermúdez y del poeta Joaquín Vázquez Aguilar, el gran Quincho. De ello dan cuenta precisa varios amigos narradores, ensayistas y poetas: Gustavo Ruiz Pascacio, Carlos Gutiérrez Alfonzo, Gabriel Hernández, Mario Nandayapa, Rubén de Leo, Yolanda Gómez Fuentes, quienes, entre otros destacados escritores, tuvieron el privilegio de ser becarios. Menciono a ellos, porque son los becarios de mi generación. Hay más, por supuesto.
A la hora que vi la invitación en el Facebook faltaban diez minutos para que iniciara el programa. Piqué el enlace y entré a la transmisión en vivo de la página “Relatos Taiyari” y, como dice el poeta Gustavo Ruiz Pascacio, recibí un abrazoom.
No dejo de bendecir esta herramienta que, desde nuestra pequeña parcela, nos permite estar en contacto con el mundo.
Ana Graciela González y Cristina Mejía son las iniciadoras de un espacio donde, semana a semana, acuden escritores para compartir su obra.
Miguel Ángel eligió dos cuentos para compartir, textos simpáticos, imaginativos, con la calidad de la casa. Llamó mi atención que la dinámica del programa es que no sólo lee el autor. Cada uno de los textos fue leído por fragmentos, inició Miguel Ángel, siguió Ana y continuó Cristina y va otra vuelta y otra, hasta concluir. ¡Genial!, porque los asistentes escuchamos tres registros, con buena lectura.
Al inicio del programa y entre la lectura de cuentos se dio una plática bien sabrosa, tocando los ladrillos de la construcción narrativa o volando tantito hacia las nubes que Miguel Ángel colocó en ese cielo virtual. Todo sin poses, siendo ellos mismos. Esto transmitió la pantalla hasta donde estábamos los “mirones y oidores”, lo que significó un disfrute.
¿Ya viste los entornos? A mí me encanta que si se habla de literatura, los libros estén presentes. En el espacio de Miguel Ángel, una guitarra y un cuadro con animalitos. Miguel Ángel no sólo escribe cuentos y poemas, también le entra con gusto a la música, por ahí se avienta unos palomazos con un grupo de amigos artistas.
Me encantó conocer a Ana Graciela y a Cristina. Ya dije que sin pedantería condujeron el programa anteponiendo la cuerda de lo sencillo y esto se agradece.
Antes del final, Miguel Ángel compartió un mojol (pilón, le dicen en la Ciudad de México), un texto breve que hizo el contraste con los dos anteriores, porque los dos seleccionados fueron relatos gozosos, el texto breve final fue como una cinta que apretó tantito la garganta e hizo que los ojos se humedecieran.
Te invito, querida mía, a que una tarde que tengás un tiempito entrés a ver el programa. Ahí está en la página “Relatos Taiyari”. Disfrutarás la plática y la lectura.
Posdata: basta ver los rostros de los tres participantes para saber que la plática se dio en un tono agradable, donde todo es como estar en la sala de la casa, tomando una taza de café con pan, con pan comiteco.
Me encantan las transmisiones en zoom, disfruto ver la pantalla con las ventanitas, pienso en esas vecindades donde las personas asoman la cara en la ventana y platican entre ellas, donde se habla del clima, de la escasez del agua, de lo caro que están las cosas en el mercado, de los estudios de los hijos, del embarazo de la hija de la del cuatro, de las cosas sencillas de la vida.
martes, 19 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN RECONOCIMIENTO
Querida Mariana: acá va un dos por una, carambola de tres bandas. La foto pequeña la robé del muro de mi amiga Chusy Coutiño; la foto grande me la compartió mi amiga Lupita Mijangos.
En la foto grande está don Gilberto Mijangos Muñoz en compañía de sus hijos; en la foto pequeña están don Gil, Chusy y la doctora Mary Carmen Vázquez Velasco.
¿Qué hacen Chusy y Mary Carmen con don Gil? ¡Ah, ya sabés! Ellos realizan una hermosa campaña ciudadana en Comitán: Chusy y Mary Carmen decidieron, una mañana, continuar con lo que iniciaron en las paredes de sus casas, en el barrio de Guadalupe, y ahora han solicitado permiso a muchas personas, para que las paredes de sus casas se llenen con versos de poetas y escritores de este lugar. ¿Mirás qué maravilla? Los muros ciegos se llenan de palabras, de mensajes luminosos.
Comitán es tierra donde se respeta a la palabra, Chusy, Mary Carmen y don Gil la están honrando, porque don Gil fue la persona elegida para pintar los versos.
En el pueblo se reconoce la trayectoria de don Gil, es uno de los grandes rotulistas de Comitán. Casi casi con la mano en la cintura rotula mensajes, porque lleva años realizando este oficio, un oficio maravilloso.
A mí me encanta la iniciativa. ¿imaginás que Comitán fuera, ahora sí, un libro abierto, donde los peatones podamos caminar y leer versos de poemas? Chusy, Mary Carmen y don Gil ya comenzaron. Los tres lo hacen por amor a este pueblo. Claro, don Gil recibe su paga, porque es su trabajo, pero ¿quién pone esa paguita? No lo sé. Qué generosidad de quienes abren sus bolsillos en la más noble campaña para dignificar la palabra. Aplausos, cientos de aplausos.
Los hijos de don Gil heredaron el oficio, son maestros y también pintan rótulos, maestros en el arte de pintar. Este oficio es tradición familiar.
Lupita me contó que don Gil es hijo de doña Engracia Muñoz y de don Hermilo Mijangos Mayorga. Don Hermilo nació en San Cristóbal de Las Casas y un día llegó a Comitán, pintó el templo de Santo Domingo y muchos cielos de manta de residencias particulares. De ese tronco se desprenden ramas que, en su mayoría, se dedicaron al mismo oficio del papá Hermilo. Mirá, ahora comparto con vos lo que Lupita me contó: don Hermilo y doña Engracia tuvieron ocho hijos: Ángel (hojalatería y pintura); Rodolfo (hojalatería y pintura); Alfredo (hojalatería y pintura); Hermilo, papá de Lupita (hojalatería y pintura); Rubén, Teresa, Elena y Gilberto (pintor y rotulista). ¡Qué belleza! Comitán reconoce a los Mijangos por ejercer este oficio maravilloso.
De los ocho hermanos, tres viven: las dos mujeres y don Gil. Don Gil es el sobreviviente varón, el continuador de la mano que pinta. El papá de don Gil pintó el templo de Santo Domingo, ahora, su hijo Gil pinta versos en las paredes. Don Gil también nació en San Cristóbal de Las Casas, el 26 de abril de 1940. ¿Sabés a qué edad inició con el oficio de rotulista? El próximo año, primero Dios, celebrará setenta años de ejercer este maravilloso oficio. ¡Genial!
En los años sesenta, los niños malcriados pasaban y pintaban la palabra Cotz en las paredes. Hoy, en tiempos difíciles, don Gil, a iniciativa de Chusy y de Mary Carmen, pinta versos en las paredes, palabras que son como bálsamo para el espíritu del peatón.
Aplaudo la iniciativa y sigo valorando el interés que ambas mujeres destinan, porque están pendientes del respeto ortográfico de los textos.
Posdata: el papá de Lupita tuvo su taller de hojalatería y pintura en la pendiente que va al antiguo Club de Leones, casi enfrente de donde está el consultorio del dentista Ruiz Guillén. Tuvo un taller muy grande. El propietario del terreno era su suegro, don José Guillén Rodríguez. Ahí, el hermano de don Gil tuvo su taller de hojalatería y pintura.
Don Gil se casó con doña Luz Angelina García y con ella tuvo 8 hijos: Martha, Gil, Manuel, Socorro, Leticia, Yolanda, Maricruz y Verónica. Desgraciadamente su esposa falleció. Hoy, don Gil, gracias a Dios, tiene otra pareja.
lunes, 18 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON FESTEJO
Querida Mariana: el maestro Temo Alcázar cumplió 82 años, ah, el eterno joven de Comitán. En esta fotografía se le ve radiante, haciendo honor a su juventud de ochenta y dos.
Un pajarito me dijo que lo celebró en San Cristóbal de Las Casas, allá rompió la reja de papel de china.
No todas las personas tienen conciencia del papel que juegan en la vida, el maestro Temo ¡sí! Desde chiquitío supo que jugaría un papel relevante en la comunidad, por eso, siempre ha tenido la precaución de consignar los instantes a través de la fotografía.
Hoy todo mundo toma fotografías, pero en los años sesenta del siglo pasado no era una labor sencilla, porque se necesitaba la presencia de un fotógrafo profesional, pero éste personaje siempre estaba presente en los grandes eventos porque vivía de tomar fotografías. Como el maestro Temo ha sido un destacado deportista posee un registro generoso de la historia del deporte comiteco. Se le ve en equipos de básquetbol, como jugador; en actos de boxeo, como réferi; en actos de fisicoculturismo, como juez; en su gimnasio, haciendo ejercicio o acompañado con chicas deportistas; con las decenas de diplomas y trofeos que ha recibido; en sus carreras matinales por las calles del pueblo; en premiaciones, actos inaugurales, homenajes; y al lado de personajes relevantes del deporte, de la política y amigos. Desde siempre supo que debía tener registros de esos instantes luminosos que han conformado su vida.
Es un hombre muy positivo, siempre recomienda que las personas tengamos pensamientos saludables y practiquemos deporte para estar sanos, física y mentalmente. Es un creyente que acude a templos y asiste a misa.
Durante una temporada dirigí un programa de radio y él fue invitado permanente. Me encantaba recibirlo, porque siempre, antes de iniciar, se frotaba las palmas de las manos, como dándose energía, como si el aire necesitara ese movimiento de molinillo para brindar una bebida espumosa. En el programa radiofónico compartía recuerdos acerca de casas y personajes de Comitán. Como siempre ha sido metidito en mil argüendes y posee una gran capacidad de atención con el agregado de una memoria sorprendente, el maestro es un compendio histórico genial.
Y su vibra es tan positiva que el entorno se acomoda a su aura. ¿Ya viste con atención esta fotografía? Sabiéndose el actor del momento, rompe la reja, abre los brazos, saluda, sonríe y los papeles de china se acomodan a su emoción. ¿Ya viste que los papeles blanco y morado siguen la forma de su figura? El morado es el pantalón, su pierna izquierda da un paso imaginario. Todo lo transforma para bien.
No sé qué piensa el maestro de la actividad teatral, no sé si ha asistido a representaciones teatrales con asiduidad; no sé si acude al cine en forma frecuente; lo que sí sé es que él sabe que la vida es un gran escenario y él siempre se ha sabido un personaje importante de su historia. Está pendiente de la fotografía y del reflector. Acá está vestido con una camisa de franjas con tonos marrón y viste un pijama de papel de china, color morado. Él extendió las manos, cortó la reja y fue como si, al mismo tiempo, se pusiera el pijama de papel.
Doña Lolita Albores, la querida cronista vitalicia de Comitán, decía que todo tiene un símbolo en la vida. Doña Lolita no supo que Saussure se dedicó a estudiar los signos que son representación de nuestra realidad; no supo que Umberto Eco, el famoso escritor de “El péndulo de Foucault”, fue un estudioso de la semiología, la ciencia de los signos; ni supo que mi admirado Julito Cortázar decía que todo formaba una figura, el vuelo de una mosca deja un maravilloso tejido invisible en el aire, imposible de repetirse. La vida de cada ser humano está llena de figuras y signos que sintetizan símbolos.
Posdata: ¿qué signos hallamos en esta fotografía? ¿Qué análisis haría Eco? El maestro levanta los brazos, rompe la reja de papel de china, se coloca el pijama de papel morado y saluda a la vida, a sus gloriosos ochenta y dos años de edad.
domingo, 17 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO MARAVILLOSA
Querida Mariana: Memo Villatoro compartió esta fotografía en las redes sociales. La foto fue tomada el 20 de noviembre de 1969. Imagino que fue tomada al final del desfile conmemorativo del Día de la Revolución Mexicana.
El doctor Roberto Ortiz Solís, presidente municipal de Comitán, da la mano, ve al deportista, quien ostenta un trofeo y ve hacia la mano de la autoridad. El presidente viste de traje y el muchacho (¿cuántos años?) una playera deportiva.
Se sabe que el desfile del 20 de noviembre conmemora la Revolución a través de un desfile deportivo. Nunca he sabido por qué tal relación, pero así es.
En este momento, el doctor Ortiz (promotor del deporte, el estadio municipal donde se practica el fútbol soccer lleva su nombre) cumplía el segundo mandato, fue presidente en el trienio 1953 – 1955 y luego en el periodo 1968 – 1970.
Francisco Domínguez, creador de la página Imágenes Históricas, Leyendas y Personajes de Comitán, invita en forma permanente a que las personas propietarias de fotografías del Comitán de antaño las compartan, porque esas piezas ayudan a completar el gran mural de nuestra identidad.
¿Cómo no agradecer esta fotografía que Memo compartió? Nos traslada, en infinitum, al Comitán de los años sesenta.
Cuando vi la foto pensé en dos balcones: el presidencial y el de la casa donde vivía tío Quique, un maravilloso personaje de este pueblo. Cuando había un desfile, ambos balcones eran escenarios llenos de vida, que servían para presenciar el paso de alumnos, en el balcón presidencial aparecía el presidente municipal en compañía de funcionarios y familiares; en el balcón de la casa de tío Quique se veía su monumental figura, con carrilleras en cruz sobre el pecho, sosteniendo el asta con la bandera mexicana; su presencia era una imagen maravillosa, los estudiantes marchaban y al pasar frente a la casa del hermoso personaje miraban hacia arriba, mientras el maestro ordenaba saludar la bandera; tal acto se repetía ante al balcón presidencial. Los primeros honores eran para el viejo genial; él, con gran espíritu patrio, transmitía una lección de civismo.
El otro día me llamó por teléfono mi amigo Marco Polo, me dijo que doña Lola, que atendía la dulcería del Cine Comitán, también trabajó en algún momento con don Higinio Torija, en su restaurante “Rincón Brujo”, me contó que doña Lola tenía una sazón especial. Don Higinio, después del Rincón Brujo creó el famosísimo “Cancún”, que hasta la fecha atiende a una multitud de comensales que disfrutan los exquisitos platillos que don Higinio ofrecía.
¿Ya viste que al lado del trofeo aparece una puerta enmarcada? ¡Esa era la entrada al restaurante! Si mirás con atención lograrás leer que, en la parte superior, dice Rincón, y en la otra puerta: Brujo.
Al fondo se aprecia el edificio más alto de la manzana de la discordia, edificio donde estaba la Farmacia “Regina”, que era propiedad de una persona originaria de San Cristóbal de Las Casas. En el primer nivel estaba la farmacia. Acá se alcanza a ver (vos me dirás si no estoy delirando) tres niveles donde hay puertas y bases donde reposan tres calentadores.
Los años sesenta fueron sicodélicos, a ver si no estoy haciendo una lectura sicodélica. Nunca supe qué uso les daban a los pisos superiores de ese edificio. Si le hago caso a lo que veo, tal vez eran departamentos. No lo sé.
Por ahí alguien podrá completar la historia. ¿Mirás? Por eso decimos que es importantísimo que las personas de este maravilloso pueblo sigan buscando en baúles, tomen fotografías de objetos e imágenes antiguas y las compartan en la página de Francisco que ya es el referente para hallar imágenes sensacionales de un Comitán que ya no existe.
Posdata: esta fotografía es bella. Me encanta la gallardía de nuestro presidente municipal y el orgullo del muchacho que recibe el saludo. Por ahí Memo debe platicar el motivo del trofeo y narrar sus recuerdos.
sábado, 16 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON CANASTEROS Y CANASTERAS
Querida Mariana: el objetivo del básquetbol es anotar el mayor número de encestes; es decir, meter el balón en el aro de la canasta.
¿Mirás? Hoy se dice encestar, usando cesta como sinónimo de canasta, pero en los años sesenta y setenta acudíamos a la Cancha Pantaleón Domínguez para ver canastear a los grandes basquetbolistas. La afición se emocionaba cada vez que, desde una esquina, el famoso Chenco tiraba el balón hacia el aro y canasteaba. En este deporte se hacen famosos los encestadores; es decir, los canasteros y canasteras.
En el pueblo son famosas las canasteras, mujeres que cargando un canasto ofrecen las verduras y frutas que cultivan en sus parcelas. Luis Aguilar Castañeda, famoso escultor comiteco, las inmortalizó en la escultura que está en el parque central, y que fue premiada en Japón. La escultura se llama “Día marcado”, título sensacional, porque estas canasteras marcan el día a día de los pueblos, en sus canastos no sólo llevan tzolitos, manía y culantro, ¡no!, también ofrecen los rayos del sol, la lluvia, ¡el aire!
Ya te conté que, en los años setenta, cuando alguien fallaba el tiro al aro se le mandaba a comprar un peso de puntería a la tienda de doña Mariana, que estaba frente al parque de San Sebastián. Esto que era un mero chascarrillo resulta hoy una frase maravillosa que alude a un imposible, pero que abre ventanas en el mundo de lo posible. Nadie vende pesos de puntería, pero hay personas que sí se profesionalizan en ejercitar a otras para que sepan los milagros del enceste en el básquetbol. Por desgracia, en nuestro pueblo esta profesionalización no se dio, nos resultaba más fácil enviar a los que fallaban a comprar un peso de puntería en la tienda de doña Mariana. Hoy, el horizonte es un poco diferente. La hija de mi amiga Lulú Guillén de León (Lulú creció en el mismo barrio donde estaba la tienda de doña Mariana) es ahora una profesional que dirige una escuela de básquetbol. ¿Mirás? Ella no vende pesos de puntería, pero sí entrena a chicos y chicas para que aprendan los secretos del enceste. ¡Genial!
En los años setenta iba con la palomilla a ver los encuentros en esa cancha, que luego se convirtió en lo que actualmente es: el auditorio municipal Roberto Bonifaz Caballero. Acudíamos, sobre todo, en los cuadrangulares que realizaban en la feria de agosto. Ah, el ambiente era sensacional, tres selecciones de otras ciudades llegaban para enfrentarse con la gloriosa selección comiteca. Ya podés imaginar la algarabía de la porra local. Recuerdo que la tribuna pegada a la espalda del templo de Santo Domingo era de cemento y la de enfrente estaba hecha con planchas de madera.
En cada época del básquetbol comiteco han existido los jugadores sobresalientes. Nos hace faltar compendiar todos los nombres de los jugadores y directores técnicos de los diversos equipos; está pendiente la recopilación de fotografías actuales y de antaño, donde se aprecien los grupos deportivos en diversos actos, acompañados con sus madrinas.
Antes eran escasos los equipos femeniles, pero era concurrida la asistencia de mujeres en las tribunas. Hoy, por fortuna, hay muchas basquetbolistas de enorme capacidad, comenzaron en la edad escolar, se aficionaron y siguen practicando este maravilloso deporte. En los años setenta fue famoso el equipo de “La prepita”, que fue dirigido por el maestro Roberto Bonifaz Caballero.
Cuando fui a estudiar a la Ciudad de México dejé de acudir a encuentros de básquetbol, lo que indica que no era una auténtica afición, acá iba por estar con los amigos. Desde entonces ya no volví a pisar duela alguna, porque, también debo señalarlo, querida mía, durante algún tiempo fui integrante de equipos de básquetbol, ya te conté que en la primaria un grupo de compañeros me invitó a formar parte de un equipo, me emocioné, pero luego la decepción apareció, me invitaron sólo porque fui a casa a pedirle a mi papá que patrocinara la compra de las playeras. Ya en la prepa jugué un poco en la vieja cancha Pantaleón Domínguez, pero te conté que un día (¡ay, señor, qué mal deportista era!), antes del encuentro vespertino fui a tomar uno o dos vasitos de tequila, llegué a jugar con aliento alcohólico, encesté en varias ocasiones y un amigo me dijo que el maestro Roberto Bonifaz me llamaba, ¡Dios mío!, pensé que se había dado cuenta que estaba a medios chiles, el amigo partió un cigarro y me dio tabaco para que lo metiera a la boca, con eso, me aseguró, la peste del trago se evaporaría, me eché el montón de tabaco y me presenté ante el maestro Roberto. Él estaba en la caseta del lado oriente y me dijo que había visto que no era mal encestador, que había jugado bien. ¡Uf, el alma me volvió al cuerpo! Respiré de nuevo, agradecí y regresé a la cancha como si hubiera ganado medalla de plata en juegos olímpicos.
Una mañana, en el tiempo A. P., hace como tres o cuatro años, fui al mercado primero de mayo a comprar unos cacahuates con cáscara, con la vendedora que pone su canasto en la banqueta, mientras esperaba que me atendiera escuché el clásico sonido del rebote del balón sobre la duela, vi que la puerta del auditorio estaba abierta, imaginé que había un grupo de basquetbolistas entrenando. Cuando recibí la bolsa con cacahuates subí la rampa del auditorio y me asomé. Un grupo de chicas ensayaba el tiro libre, formaban una fila y en cuanto tiraban hacia la canasta, corrían al final de la fila para esperar su turno. Algunos tiros entraban “limpios”, sin tocar el aro; otros coqueteaban con el aro y entraban o se escurrían sin pasar por el aro; y muchos más chocaban en el tablero sin acercarse a la canasta, a estas muchachas les convendría ir a San Sebastián a comprar un peso de puntería.
Había pocas personas sentadas en la tribuna, dos chicas tomaban atol de granillo en vasos de unicel y un señor leía el periódico con las piernas estiradas, sin poner atención al entreno de las chicas, que vestían uniforme con short amarillo y blusa roja, con vivos blancos.
Me fijé que en las paredes laterales, colgaba una serie de lonas con fotografías y nombres de algunos jugadores reconocidos. Pensé que eso era como un Salón de la Fama del Básquetbol Comiteco. Pensé que eso era una genialidad. En esos tendederos estaba parte de los pasos de este deporte en nuestra localidad, es el gran comienzo para armar la historia que nos otorga identidad. Sí, decenas de aplausos a quienes se les ocurrió esta iniciativa.
Con emoción recorrí de extremo a extremo las tribunas viendo las lonas con los rostros y nombres de los deportistas reconocidos. Sé, todo mundo lo sabe, que faltan más. Ahí están todos los que son, pero no son todos los que merecen estar. Hay nombres y caras que faltan. Pero, insisto, aplaudo la iniciativa. Me dio gusto encontrar un cristal luminoso del vitral de este deporte. Vi caritas que reconocí de inmediato, otras no las identifiqué, porque, digo, ya no volví a ser espectador de este deporte. Pero sí vi rostros amigos de dos o tres que llenaron de agitación la cuerda al sentarme en la tribuna: Julio Sánchez Morgan, el famosísimo Chenco (porque es zurdo) y Mariano A. Penagos García, el no menos famoso Camello. Dos basquetbolistas supremos de aquellos tiempos de mi adolescencia. Vi sus rostros y escuché las ovaciones cuando encestaban, la algarabía que provocan en las tribunas con sus magistrales jugadas. ¡Grandes maestros! Maestros como los demás ahí reunidos.
Esa mañana no vi la duela, caminé al lado de ella, viendo a lo más alto de la tribuna. En tendederos estaban colgados los pendones del honor. Hice, mentalmente un pase de lista, al leer los nombres de ellos y escuché que, en lugar de decir ¡presente!, decían: ¡por el honor de Comitán!, y encestaban.
Leí los siguientes nombres:
Armando Vidal Tovar, Ernesto Castellanos, Jaime Sánchez Castillo, Óscar Salvador Gómez, Mariana Penagos Culebro, Mariano A. Penagos García, Carmelita Espinosa Hernández, Óscar A. Espinosa Aguilar, Guadalupe Ruiz Guillén, Armando Vidal Avendaño, Guadalupe Meza Caballero, Roberto Vidal Avendaño, Julio Sánchez Morgan, Horacio Nucamendi León, Jorge Culebro Ceballos, Lourdes Guillén De León, Roberto Bonifaz Caballero, Carlos Miguel Sastre Maytín, Julieta Porras Casillas, José Rafael Zepeda Gordillo, Roberto Bonifaz Alfonzo, Cleofas Domínguez Guillén y Manuel González Fonseca.
Posdata: el auditorio municipal Roberto Bonifaz Caballero fue construido frente al edificio del mercado primero de mayo. Esa mañana me sorprendí gratamente al hallar la presencia de enormísimos canasteros y canasteras: en el mercado ofreciendo flor de calabaza, hinojo, chayotes, cacahuates, tzolitos, flores; y en el auditorio ofreciendo gajos de luz.
viernes, 15 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON COINCIDENCIAS CULTURALES
Querida Mariana: quienes aman viajar hablan un idioma especial. La comiteca que viajó a París este año o el anterior tiene una coincidencia cultural con la sueca, con la hindú, la japonesa y la rusa que también estuvieron en esa maravillosa ciudad y visitaron el Louvre, caminaron por la orilla del Sena y estuvieron en Montmartre.
Nuestra paisana posó su mirada en los mismos espacios donde las miradas de ellas también hicieron un nido instantáneo, claro, sus lecturas fueron muy especiales y únicas, pero si las sentáramos juntas, frente a una mesa con fotografías de los tres espacios, una cinta de luz las uniría, como si hablaran el mismo lenguaje. No sólo reconocerían los espacios que ya serían comunes, sino que, también, las uniría el tiempo compartido, un tiempo de pandemia, que modificó la rutina. Las cinco mujeres, a pesar de sus diferencias culturales, sobre todo del idioma, compartirían una experiencia cercana.
Esta cercanía no sólo se da en quienes trepan a aviones, autos, ferrocarriles, yates o burros, ¡no!, también aparece en quienes comparten gustos en diversas manifestaciones del arte. Quienes aman el cine y son fanáticos, por ejemplo, de la obra de Fellini, hablan el mismo idioma, sin importar en qué lugar del mundo vivan. Lo mismo sucede con la danza, con la pintura, con la literatura, con la música.
Hay una cercanía inmediata en los seguidores de las canciones de Maná o de Santana o de Who o de Beethoven o de Mozart o de Los Tigres del Norte.
He viajado a París a través de la literatura, del cine y de Google Maps, pero jamás tendré el referente cultural de quien ya caminó esa ciudad. No obstante, sí tengo cercanía con los millones de personas que han leído “Rayuela”, de Julio Cortázar. Imaginá un salón donde hay diez lectores que han leído y releído “Rayuela”, porque es una novela que les gusta mucho y que los diez lectores son hablantes de lenguas diferentes. Las diez personas tendrían una incapacidad natural para comunicarse en forma oral. Imaginá que estás frente a un hablante de japonés, de ruso y de polaco, idiomas que desconocés, ¿cómo entender lo que ellos dicen? La posibilidad de comunicación es muy difícil. Imaginá estar frente a un libro escrito en chino. ¡Pucha! Te sorprendería la belleza de los ideogramas, pero nada entenderías. Sin embargo, y es lo que deseo expresar, los lectores de “Rayuela” tienen una hermosa coincidencia cultural. El que habla español o francés podría, perfectamente, abrir el libro en el famoso capítulo 7, ¿lo recordás?, el que dice: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca…”
Vos sabés hablar inglés, yo no, sin embargo, si estuviera frente a la versión gringa o inglesa y leyera: “I touch your mouth, with one finger I touch the border of your mouth…”, entendería de inmediato, porque es un puente que he recorrido varias veces y juro que abriría el texto en japonés y al ver los primeros ideogramas, sin saber ni papa de ese idioma, “sabría” que ahí, de derecha a izquierda, dice: “Toco tu boca…”
Es una obviedad lo que digo, pero a mí me sorprende, porque ahí hay un punto de contacto, como el primer paso para cruzar un puente inalcanzable.
Los viajeros que han estado en los mismos lugares tienen ese punto de contacto, es como si hubieran leído el mismo capítulo, esta cercanía les permite coincidir, ser hermanos de estrella.
Posdata: es posible que seás amiga de un lector apasionado de la obra del brasileño Paulo Coelho aunque, sin duda, te llevarás mejor, digo yo, con un lector apasionado de la obra del brasileño Rubem Fonseca. Las coincidencias culturales son huellas de las personalidades. La vida es un poco como señalaba Chico Che: “los nenes con los nenes, las nenas con las nenas”; es decir, los amantes de Mozart con los amantes de Mozart; los amantes de los Cuisillos con los amantes de los Cuisillos. Puede existir amistad entre un fan de Mozart con un fan de los Cuisillos, pero habrá mayor entendimiento entre pares: “los Cuisillos con los Cuisillos, los Mozart con los Mozart”.
Posdata: la fórmula es sencilla, si a vos no te gusta el cine de terror, será difícil ceder ante la permanente invitación por parte de tu pareja que sí es fanático de ese género cinematográfico. Los buscadores de oro en minas tienen pocos puntos de contacto con quienes, todas las noches, buscan estrellas en el cielo.
jueves, 14 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN TEMPLO
Querida Mariana: la escritora Ethel Beutelspacher dijo en una ocasión que nos enamoramos de quien está a la mano, en el entorno cercano. Tal vez con los creyentes sucede algo similar con respecto a los templos, los templos que están cerca del barrio se convierten en sus lugares amados.
En estos tiempos virtuales veo que hay ligeras y amplias diferencias. Hay casos en la historia del mundo donde una chica comiteca se enamora de un chico danés, se hacen novios en la virtualidad y uno de los dos viaja para conocerse en forma presencial.
Antes de la pandemia, mi mamá acudía al templo; cada domingo iba al templo de Santo Domingo, a misa de doce. Cuando la pandemia asomó, mi mamá dejó de ir y se habituó a ver y escuchar la misa por televisión. En su caso el Espíritu Santo la tocó, porque antes iba una vez a la semana, en esta temporada, religiosamente, se sienta frente a la televisión, todas las tardes, de lunes a domingo.
¿Por qué acudía al templo de Santo Domingo si la casa está a dos cuadras del templo de Guadalupe y hay misa todos los domingos? Pienso que fue tocada a su llegada a Comitán. La casa estaba a media cuadra del parque central, así que aplicó la teoría de Ethel y se enamoró de ese maravilloso templo. Pero tampoco exageró, porque por espacio de seis meses más o menos, vivimos en una casa al lado de la primaria del Colegio Mariano N. Ruiz y el templo de San Sebastián fue el sitio que la acogió.
Una vez me contaste que tu abuelo era asiduo visitante del templo de San Caralampio, con regularidad bajaba de su auto y pasaba a persignarse frente a la imagen de Tata Lampo. Creció en el barrio de La Pila, se habituó a agradecer y hacer sus peticiones en ese templo que, es uno de los más simbólicos del pueblo, porque es la casa favorita de los tojolabales. El templo más cercano a la zona tojolabal es precisamente el de San Caralampio.
Igual que a vos, a mí me encanta ir a templos en horas que hay ausencia de fieles. Claro, una experiencia sensacional es cuando todo está vacío, vos estás sentado en una de las bancas y entra otra persona. Se impone cerrar los ojos y escuchar atentamente, los pasos retumban en la nave del templo, provocan un sonido rotundo que asciende y rebota. Lo mismo sucede con los rezos de las personas de culturas indígenas. Nunca he visto que un mestizo ore en voz alta cuando está solo. ¡Jamás! Los mestizos oramos en voz baja, salvo cuando estamos en comunidad y la participación en misa o en el rosario exige el canto coral. En cambio, los indígenas hacen sus peticiones y agradecimientos en voz alta. Las voces son pájaros, vuelan, abren sus alas y se potencian. Los fieles indígenas casi ven cómo suben sus palabras, cómo tocan las nubes donde descansa la divinidad. Los fieles mestizos ni se escuchan ni ven el vuelo de sus palabras, no saben si vuelan libres o se topetean en alguna columna. Diría Pedro: “es el costumbre”.
Cuando alguien pregunta sobre el santo consentido en el pueblo, la respuesta casi inmediata es: San Caralampio. Pero, ante la pregunta sobre el templo más querido, el titubeo asoma. Muchos comitecos de inmediato responden: San José; pero otros, aparte de los del barrio de Yalchivol, prefieren el templo de la Virgen del Rosario. El atrio del templo es amplio, luminoso, está en un altito soberbio, donde el aire es como beso de colibrí. Otras personas, aparte de los del barrio, están enamoradas del templo de Jesusito, un templo pequeño, íntimo, cálido. El piso de madera es una obra sublime. El templo de la Cruz Grande es especial, porque, ya lo dijo la poeta María del Rosario Bonifaz Alfonzo, los del barrio se dieron cuenta que el altar quería estar “volteadito”, lo colocaron en un esquinero y esto permitió que los fieles tuvieran una mejor visión.
Crecí yendo al templo de Santo Domingo, fui acólito, subí a la torre para tocar las campanas, por esto es mi consentido. Todo mundo en Comitán pasa por el centro, el templo nos queda de pasadita, es tan sencillo desviar tantito los pasos y entrar al templo que está dedicado al santo patrono de Comitán, la primera edificación religiosa del pueblo. Los dominicos nos legaron un templo grande, sin la riqueza de retablos que existe en otros pueblos coloniales, pero con una amplitud que honra la grandeza de Comitán.
Posdata: sé que hay para todos los gustos. La cercanía de los vecinos de la colonia Miguel Alemán dirá que el mejor templo es el de Asunción de María, que tiene su fiesta un tiempito después de la de Santo Domingo. ¿Y qué me decís del Calvario o del templo de Santa Cecilia? Tuve cercanía con el templo de San Agustín porque mi papá intervino para que el sueño de su construcción fuera una realidad, en la fachada, los vecinos consignaron en una placa los nombres de las personas que contribuyeron a su edificación, cada vez que paso por ahí me lleno de orgullo al ver el nombre de mi papá: Augusto Molinari.
miércoles, 13 de julio de 2022
CARTA A MARIANA, CON PERSONAJES
Querida Mariana: Luis Echeverría Álvarez murió el viernes 8 de julio de 2022. Echeverría era el presidente de la república cuando llegué a estudiar a la UNAM, en la Ciudad de México. Él se atrevió a ir a la inauguración del curso de 1975. Fue un acto temerario. Mi papá me llamó por teléfono un día antes y sugirió que no fuera ese día a Ciudad Universitaria. No fui. Mi papá tuvo razón, desde Comitán supo que el presidente no sería bien recibido por la comunidad universitaria, estaba muy reciente lo del “halconazo”, de 1971, donde el gobierno reprimió violentamente a estudiantes. El 14 de marzo de 1975, después de la intervención de Echeverría, en el auditorio de la Facultad de Medicina, un grupo de muchachos lanzó consignas contra el presidente y un tipo aventó una piedra que se impactó en su cabeza y lo hizo sangrar. Por ahí están las crónicas que relatan cómo Echeverría debió retirarse en forma apresurada de la UNAM.
Ahora que me enteré de su fallecimiento recordé la presencia de dos comitecos que estuvieron íntimamente ligados con Echeverría: Jorge De La Vega Domínguez y Rosario Castellanos. El licenciado De La Vega fue colaborador cercano en su periodo presidencial, fue nombrado director de Conasupo; y Rosario fue nombrada como embajadora de México en Israel.
El licenciado De la Vega acudió a las honras fúnebres, donde el féretro de Echeverría estuvo cubierto con la bandera de México, ahí, ante un grupo de periodistas, recordó la obra y las cosas positivas de quien, dijo, fue su amigo. Nuestro paisano aseguró que en ese periodo México logró la soberanía alimentaria nacional, “se crearon 20 mil tiendas rurales Conasupo”. El otro día, Lulú Guillén De León comentó que ella laboró en la tienda Conasupo que estaba frente al parque central de Comitán, más o menos donde ahora está la Farmacia del Ahorro, en el portal. Lulú fue testigo desde ese lugar del derrumbe de las construcciones de la manzana de la discordia para la ampliación del parque.
El 15 de febrero de 1971, Rosario fue la oradora principal en el Acto Conmemorativo del Día Internacional de La Mujer, que se celebró en el Museo Nacional de Antropología e Historia, quien presidió el acto fue Echeverría. En ese momento, Rosario ya sabía que sería la embajadora de nuestro país en Israel, noticia que fue muy bien recibida en aquel país. Rosario cumplió con su encargo diplomático y dio de más al impartir cátedra en la universidad de Jerusalén, al dar a conocer lo mejor de nuestra literatura.
Dos de nuestros relevantes paisanos tuvieron cercanía con el presidente de la república. Ambos personajes cumplieron con sus encargos. Le cumplieron al país, desde sus honrosos cargos.
Recordá que Rosario contó mucho de su aventura en Israel en su columna periodística de “Excélsior”. Mirá lo que apareció publicado en el periódico el 27 de marzo de 1971: “Hoy en la mañana (último día de mi estancia en México, pie en la escalerilla del avión que va a llevarme a través de los mares hacia las nuevas aventuras de las que usted irá enterándose conforme vayan ocurriendo) …”
Es genial. Un día antes del viaje a Israel, escribe su columna y le dice a su destinatario que no se preocupe, a través de esa columna se irá enterando de sus aventuras como embajadora, ofrecimiento que cumplió hasta que ocurrió el lamentable accidente que le provocó la muerte.
Posdata: murió Echeverría. El día que me enteré de su fallecimiento recordé la recomendación de mi papá y de la relación que el ex presidente tuvo con dos paisanos relevantes. Rosario falleció en 1974, mi papá en 1990. El licenciado Jorge De La Vega Domínguez, por fortuna, sigue vivo, tiene 91 años de edad y está en óptimas condiciones físicas e intelectuales.
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