lunes, 29 de diciembre de 2025
CARTA A MARIANA, CON EL COMITÁN DEL 2025
Querida Mariana: fue domingo. Tomé una morraleta y caminé hacia el mercado. Siempre que camino Comitán digo que esto pedí y me fue concedido. Lo pedí muchas veces, así como lo piden los paisanos que viven lejos. Estaba lejos y añoraba mi querencia. Ah, cómo se extraña el pueblo cuando uno está lejos. En temporada de diciembre muchos amigos dan la vuelta por el pueblo, los veo emocionados, felices, luego les miro sus caras tristes porque deben despedirse de su familia, deben (de nuevo) alejarse de Comitán. ¿Esto es la vida? ¿Así tiene que ser? Parece que sí. Uno no se lo explica, pero así es la vida. Por esto, yo, que desde 2008 regresé al pueblo, porque así lo pedí (el maestro Jorge fue el canal que el destino utilizó para que volviera), no desperdicio momento alguno. No salgo del pueblo (bueno, a principios de diciembre eché un viajecito con los compañeros de Arenilla para ir a la FIL de Guadalajara y dar una vuelta por la CDMX, pero en cuanto regresamos volví a tener la certeza de que este pueblo, como dice mi amado Gutmita, es una de las más hermosas sucursales del Paraíso).
Así que caminé, la mañana estaba linda, limpia, luminosa. Bajé por la calle donde está el restaurante Doña Chelo (ya no está esa gran mujer), por donde están las tortas Micky (ya no está Don Walter), llegué al parque central y hallé un jolgorio, un racimo de corredores y corredoras que pasaban por un arco de plástico, alzaban los brazos y recibían su medalla por llegar a la meta, después de correr seis o doce kilómetros. ¡Pucha! Los vi llegar cansados, pero satisfechos, con la respiración subiendo y bajando los pechos como si fueran ollas exprés. Los vi sonreír, con esa cara que siempre tienen los que dicen: ¡lo logré!
Me acerqué con un chico que, con micrófono en mano, daba a conocer la llegada de un nuevo corredor o corredora, le imprimía ambiente al guateque deportivo.
¿Cómo se llama esta carrera? “La última y nos vamos”, me dijo el chico, que luego me enteré se llama Paulo Guillén Herrera, estudia el primer semestre de la licenciatura en Comunicación, en Tuxtla, en la Benemérita UNACH y sueña con ser, algún día, comentarista deportivo en algún medio nacional o internacional, así como lo logró el paisano Luis Enrique Alfonzo, quien, gracias a su talento y a una escalera chiquita, ha llegado a grandes alturas, participando en diversas Copas del Mundo. Ah, no dudo que Paulo también llegue a lugares donde su pasión lo impulsa. Ya comenzó. En Comitán narra encuentros deportivos en diversas canchas de fútbol.
“La última y nos vamos”. Me encantó el nombre de la carrera. Diré, querida mía, que en los años sesenta no había este tipo de carreras en Comitán. El maestro Temo cuenta que él organizó la que ahora es una carrera muy famosa, la de “San Juan”. ¡Mentira!, dicen otros, y los otros aseguran que ellos fueron los iniciadores. Yo lo que digo es que en los primeros años de mi juventud no había este tipo de carreras pedestres. Yo, por supuesto, no hubiese participado, pero sí me hubiese gustado ir al argüende, tal como lo hice esta mañana de domingo (del día 28 de diciembre 2025). Sé que ahora estás pensando que te miento, que todo es por el Día de Los Inocentes, pero juro que no, estuve pajareando un rato, viendo cómo llegaban los competidores, porque, si bien todos los corredores reciben una medalla, hay una premiación especial para quienes ocupan los tres primeros lugares. Digo que me encantó el nombre de la carrera: “La última y nos vamos”, porque fue la última del año. En mi juventud, con la palomilla, decíamos la frase en la cantina, luego resultaba la gran mentira, porque nos picábamos y seguíamos bebiendo. Me encantó cómo le dieron la vuelta a este dicho. Ahora todo es deporte, todo es salud, salud de la buena, no de la otra, de la emboladora.
Me divertí viéndolos. A mí me tocó aplaudir la llegada de los últimos participantes, de quienes, desde el inicio, no van tras el honor de subir al podio. Llegaron contentos, haciendo su mejor esfuerzo, compitiendo contra ellos mismos, mejorando sus tiempos personales, divirtiéndose con la práctica de este maravilloso deporte, lleno de aire, aunque al final parece que les faltara.
Estuve como quince o veinte minutos viendo el movimiento de estos deportistas, platicando un rato con Paulo, quien me contó que el trayecto de carrera lo hacen en cuarenta minutos (más o menos) los competidores de los seis kilómetros y los de doce kilómetros tardan como una hora. ¡Pucha! Yo hice diez minutos de mi casa al parque, como diría la licenciada Frías, con un pasito tacuatzero.
Posdata: completé mi recorrido y fui al mercado Primero de mayo. Apenas entré escuché que un muchacho de una fonda ofreció: “…mondongo, asado, caldo de camarón…” y vi la fila de personas que esperaban el vaso de atol de granillo o de jocoatol. En el mercado se forman dos o tres filas, donde venden el chicharroncito caliente y donde está la señora que vende pollo (ahí compro milanesas de pollo). No resistí la tentación y compré un vaso de atol de granillo, lo tomé sentado en una banca del parque. Así lo pedí y me fue concedido. Ah, cómo disfruto mi pueblo, lo disfruto más cuando es temprano y hay un sol afectuoso, cuando puedo ver a los niños corriendo detrás del rebaño de palomas. ¡Rebaño! ¡Que ya!, que se enteraran las ovejas, me darían una buena trasquilada.
¡Tzatz Comitán!
