miércoles, 13 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON MADRES

Querida Mariana: el 10 de mayo se celebra el Día de la Madre. En algún momento del siglo XX, al periódico Excélsior se le ocurrió crear tal celebración y desde entonces el mundo se divide en dos: los que celebran a sus mamacitas tal día y los que son creyentes de celebrar y honrar a la madre durante todos los días de la vida. Las leyes de la mercadotecnia han ganado, siempre son triunfadoras, así vemos que el día 10 de mayo todo mundo compra algún regalito para obsequiar a la mamá (viva o difunta), si la madre vive la llevan a un restaurante o se reúnen en casa para la comida y entregarle un presente; si la madre ya es difunta se impone una visita al cementerio para llevarle flores, tal vez unas dos o tres canciones con mariachi y ramos de flores. Los hijos huérfanos tienen un sabor agridulce, lamentan la ausencia; los hijos que gozan de la presencia física de la mamá la reconocen y la honran (no todos, no todos, hay unos compas que son hijos de su pinche madre, no por ella, sino por ellos). Hay mil palabras que pueden emplear los buenos hijos para sus buenas madres. Una certeza es que todos los seres humanos nacieron de una madre, algunos se vuelven poca madre, otros, en cambio, son a toda madre. Una de las palabras que pueden definir a las madres buenas es la palabra ¡aire! El aire, igual que el agua, es esencia vital. Las madres son aire, ayudan a que los hijos vuelen papalotes, a que los cielos se llenen de aire, a que el entorno se purifique, a que el espanto no aparezca o se diluya. La madre es aire, porque el aire acaricia el silencio, pero, a la vez, oxigena el verbo, lo mantiene en un nicho donde es como una veladora que alumbra el cuarto oscuro. Puente es otra palabra que define a la madre, que explica a los profanos, la belleza de su mano, de su intención. La madre es puente, porque ayuda a pasar de una a otra orilla. Ningún ser humano puede, o debe, quedarse en el mismo sitio, todas las personas se exigen ser nómadas, porque el mundo es ancho y profundo y los seres humanos deben conocer la profundidad del abismo y la anchura de miras. Hay madres que leen cuentos a sus hijos cuando son pequeños, en ese acto mínimo y prodigioso les están mostrando la anchura de miras, les están diciendo lo grande que es el mundo que los espera, porque nadie puede quedarse en el nido. Ah, sería tan bello permanecer en los brazos de la madre para siempre, pero es imposible. Dicen que es ley de la naturaleza echarse al vuelo. La madre alimenta las alas, las pule, les otorga fuerza. Tiempo es otra palabra que define a la madre, porque sabemos que no hay tesoro más amable en el mundo que el tiempo. El tiempo es la esencia más valiosa, después de la salud. La madre es el reloj de la vida, el minutero que acompaña al hijo. Vos y yo hemos hablado de la huachafería peruana; es decir, la cursilería, que llega a extremos indecibles. La celebración de la madre roza esas lianas, porque el amor siempre está en la orilla y cae al vacío de lo cursi. Pero, lo sabemos, el amor a una chica es la que genera la mayor cursilería. ¿Qué puede decirse del chico que, en el Día del Amor, le compra un gigantesco peluche a su chica? He visto la reacción de la chica, se siente abrumada, al recibir un oso inmenso. Si el acto fuera en privado nadie se agobiaría, pero cuando la entrega del peluche se hace en público, la chica se sonroja y ese colorado de las mejillas hablan de genuina emoción y de inalterable vergüenza, que es prima del “trágame tierra”. Me caigo mal, porque debo decir que no todas las madres corresponden a esa imagen de abnegación, cariño sin límite. Hay madres que huelen a eso: ¡a madres!, que son poca madre, que son como brujas maléficas. Vos y yo hemos leído muchos cuentos y muchas novelas donde aparecen madres que tiran a sus hijos recién nacidos en basureros, expuestos a las mordeduras de cientos de ratas; hemos leído cómo, sólo porque Dios es grande, algunas de esas criaturas son salvadas por un espíritu caritativo y son atendidas por mujeres que, sin ser sus pinches madres biológicas se convierten en madres sustitutas, hermosas mujeres que cuidan y atienden a esos capullos que llegan a florecer en este campo de miserias. Posdata: todos los seres humanos provenimos de una madre, es ley física indiscutible, ley divina. Salvo Adán y Eva, ellos no tuvieron madre. Tal vez por eso la civilización está como está porque faltó el hálito divino al principio de los tiempos. Venimos de una pareja original que no tuvo madre. Uf. ¡Tzatz Comitán!