jueves, 3 de septiembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON PAPELES EXTRAVIADOS

Querida Mariana: el otro día Roberta halló un papel extraviado y una fotografía en sepia. La foto muestra una familia de tres integrantes: el papá, la mamá y la hija. Esto lo supimos porque en la parte posterior está escrito el siguiente mensaje: “para ti, mamacita, con todo cariño, de tu hija, tu yerno y tu nieta” y luego estaba escrita la fecha en que se escribió la dedicatoria, pero el año estaba borrado, como si alguien, a propósito, hubiese rascado el papel hasta dejar una mancha blanca. Por la vestimenta de los personajes y por la forma de la letra, clara, elegante, escrita con tinta, dedujimos que la foto era de mediados del siglo XX. Roberta me dijo que le había dado gusto hallar esta fotografía en una cajita que la abuela había dejado en la parte alta de su ropero y fue esa mañana que Roberta trepó sobre una silla para limpiar el mueble de cedro (porque piensan venderlo) cuando su mano se topó con una cajita que, al abrirla, dejó visible su contenido: un papel y una fotografía. La abuela de Roberta falleció hace dos años, en 2024. Hasta el último día de su vida tuvo una gran lucidez, dejó todo en regla, sus propiedades fueron repartidas según su última voluntad, que fue ratificada ante un notario. Sus hijos (cuatro varones) estuvieron de acuerdo, no hubo un solo momento de disputa. El día que Roberta me enseñó el contenido de la caja, que abrazó como si fuera una niña con muñeca nueva, me dijo que esa cajita había sido como la herencia que le dejó la abuela, “ella supo que yo limpiaría el ropero”, dijo, y yo pensé en la canción de Gabilondo Soler. ¿Quiénes son los personajes de la fotografía?, pregunté a Roberta. No supo decirme. Es un enigma, alcanzó a balbucear. Hay tantas fotografías en el mundo con personajes que jamás son descubiertos, un día estuvieron, se evaporaron y luego ya nadie más sabe sus nombres ni sus vidas. Roberta dijo que esa fotografía en manos de un escritor podría tomar vida al inventarles una historia. Roberta me extendió la foto y me dijo que me quedara con ella, ¿podía escribir algo? Recordé que hubo un tiempo que escribía algo que llamé “Lectura de una fotografía”, como mero juego, pero no acepté la foto que me extendía Roberta. No, le dije, la perderé, en mis manos todo se evapora. Mejor que te quede, le dije, tomé el papel y lo leí en voz alta: “La vida cobra. En la resta del día acumula grietas, tan pesadas como la inmóvil nube del primer día. Caminamos, ¿los pasos avanzan hacia la cumbre del agua incorrupta o se desbocan como caudal recién lavado? El tiempo de la plegaria es apenas un recuerdo de huesos abandonados. El corazón vacío lame el moho de las piedras, de los muros, del lamento. La vida cobra. Lejos el tiempo donde los niños jugaban a pescar estrellas, a domar clavos de cristal, a saltar sobre las ventanas para llegar al patio. Lejos ¡la vida! La vida donde el Atlántico era el charco entre losetas, donde el sol nadaba sobre agua charca, ay, qué tiempos, los de la infancia, los de las entradas sin salida, los del desorden trepado sobre la cruz donde también los cristos veían desde su distancia. La vida cobra, es una usurera con manos de fuego”. Posdata: suena como un poema me dijo Roberta. Sí, dije yo. Escribimos una línea en el Internet, para ver si era algún texto de un poeta conocido. Nada. El texto está escrito en un papel bond, común y corriente, con letra de máquina mecánica, con una palabra borrada con corrector y encima la corrección: “losetas”. El texto, dijo Roberta, no suena muy viejo. No, le dije, le comenté que en la mañana habíamos platicado con una amiga acerca de ese tema, del cual habla la gente en todas partes: la vida pasa factura, mi amiga sostenía que un mal comportamiento necesariamente llevaría a un final infeliz. No estuve de acuerdo, porque la vida demuestra que hay gente cabrona que se la pasa muy bien y que nunca padece el malestar que, a veces, sí le toca a una buena persona. Todo es un misterio. El texto no tiene firma ni fecha, algo en él me recordó un texto leído hace mucho en una antología, pero no, buscamos en el Internet y nada hallamos. Le pregunté a Roberta si, como afirmaba, su abuela sabía que la nieta encontraría la cajita, la abuela había dejado el texto como un mensaje para ella. No sé, me dijo Roberta, pero agregó: de ahora en adelante lo leeré todas las mañanas como si fuera una oración. ¡Tzatz Comitán!