lunes, 2 de noviembre de 2026
CARTA A MARIANA, CON MUERTITOS
Querida Mariana: ¿qué dijo Sabines, el poeta? Dijo: “Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos? No sé qué pensés vos, pero el verso es contundente. A mí me impacta la palabra “salvaje”. El poema termina diciendo: “Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir”. Por supuesto que esto sí es un exceso, pero lo primero lleva a la reflexión. ¿Es una salvajada lo que hacemos?
En la India llevan a sus fallecidos a orillas del Ganges y ahí los incineran. He visto algunas fotografías donde están los túmulos de madera y encima los cadáveres ardiendo envueltos en una sábana.
No sé qué pensés vos. ¿Cuál es el misterio de la muerte? ¿Qué sucede cuando alguien se despide, sin despedirse bien, de este plano terrenal? ¿Qué ha pasado con los miles y miles y miles, iba a escribir millones, que mueren en las guerras?
Los sabios saben que la muerte es parte de la vida. Ya te conté que hasta hace poco supe que todos moriremos, vos, yo, y la Juana, ¡todos! Nunca he revisado la historia de Lázaro, el compa que resucitó gracias a la voluntad de Jesús. No vivió para siempre, digo yo; es decir, tal vez Lázaro fue uno de esos compas que falleció dos veces, que regresó a la vida, como si hubiera estado en esa casa de reposo propuesta por Sabines. Nunca le preguntamos al poeta qué pasaba con los muertos que se levantaban a vivir. ¿En qué momento regresaban a la muerte? Todos vamos para la muerte. El maestro Temo Alcázar dice que no debemos temer a la muerte. Bueno, él dice esto porque es casi sabio, porque le dijeron que era el eterno joven de Comitán, se lo creyó y ahí sigue. ¿Hasta cuándo?
Tengo un amigo que dice que la temporada del año que menos le gusta es la del Día de Muertos. Por primera vez mi Paty y yo fuimos a dos panteones, en el que está enterrado mi papá y en donde dejamos las cenizas de mi mamá. Vimos lo que ve todo mundo, gente con muchas flores, limpiando las tumbas, escuchando mariachis, desayunando con la familia, acompañando a los muertitos. A mí tampoco me gusta esta temporada, bueno, yo soy muy antisocial y como he dicho vivo el día a día. El último día del año me acuesto a la misma hora de todos los días y el día primero de enero me levanto a la hora de todos los días. En navidad, mi Paty iba a Tuxtla a pasar la nochebuena con sus hermanas, mi mamá y yo cenábamos a la misma hora (yo lo hago a las cinco y media o seis de la tarde, ¡bárbaro!, ¡incivilizado!, casi ¡salvaje!). Este año, primero Dios, haré lo mismo. El primero de enero me levantaré temprano y haré mi rutina diaria.
La temporada del Día de Muertos, diría Sabines, es como una rémora de esa práctica salvaje de enterrar a los muertos. Las lápidas se llenan de juncia, se colocan cruces de pétalos de flor de cempasúchil, a veces se usan como mesa, se colocan manteles y encima la tamaliza y las latas de cerveza. La gente bebe y luego rompe en llanto por la difunta. Uno entiende el sentimiento, pero no es algo agradable, bueno, ni siquiera es higiénico, ¿a quién se le ocurre desayunar en un lugar lleno de cadáveres? Tengo amigos que no comen tzisim porque, dicen, muchas de esas hormigas salen de nidos de tierras panteoneras. Andá a saber.
Por primera vez mi Paty hizo un altar en casa. Vi su entusiasmo, tejió algunos amigurumis con forma de calaveras y de calabazas, compró papel picado, pidió que nuestra amiga Natalia le hiciera unas fotos enmarcadas, botó tres hileras de libros y lo diseñó amorosamente. ¿Qué iba a decir? Nada, felicitarla, agradecerle. Igual que vos, igual que todo el mundo, nosotros recordamos a todas horas, todos los días, a nuestros afectos cercanos fallecidos. Siempre se dice que están más presentes que cuando estaban presentes. La mente llena el vacío con el recuerdo.
Nada tengo qué sufrir. Mi papá falleció como lo pidió: “de un chingadazo”, y mi mamacita (quien pronto cumplirá el año de su muerte) se fue yendo de poco a poquito, sin sufrimiento físico alguno. Un día me dijo que le dolía mucho su pierna, le llevé el frasco de un menjurje que le preparó Tere y al rato ya rezaba en voz baja, tranquila. No sé si es una estupidez de mi parte, pero doy gracias a Dios porque mi papá y mi mamá abandonaron este plano físico sin tragedia. Uno nunca está satisfecho con la despedida, uno quisiera que no se diera, pero la vida así es, todos vamos a morir, es satisfactorio, por decir algo, saber que los cercanos se van sin crueles padecimientos.
Posdata: fuimos temprano a los dos panteones. Mi Paty compró dos macetitas de plástico con flores de cempasúchil. Le dije que, cuando menos, en el panteón comiteco nada tardaría ese detalle, diría la Paquita del Barrio, hay mucha rata de dos patas, pero mi Paty dijo que nada importaba y supe que tenía razón cuando colocó la maceta sobre la lápida donde reposan los restos de mi papacito, quien falleció en 1990. Uf, hace treinta y seis años. Cada día está a mi lado. Él y mi mamacita no son angelitos que me cuidan desde el cielo, ¡no!, sus sustancias divinas están cerca de mí, acá, casi tomándome de la mano, porque saben que sigo siendo su pichito. ¿Hasta cuándo viviré? Sepa la bola, pero cada día no es más que un lapso para honrar la memoria de ambos, de agradecer lo que agradece medio mundo: que me haya tocado un par de seres humanos excepcionales, increíbles.
En el altar de mi Paty puso la fotografía de la tía Elena (hermana de mi suegra) quien tenía como sobrina consentida a mi Paty; a mi papá y a mi mamá; a mis suegros (Don Roberto y Doña Amelia); a Mary (amiga recién fallecida); a la maestra Dely (muy amiga de mi Paty y de mi mamá, ella fue mi maestra de kínder, me llevaba de la casa del centro a la escuela que estaba cerca del templo de San José); al maestro Sergio y al maestro Roberto, compañeros del colegio; a las dos últimas perritas, la Tashita y la Pigo; y al Misho, gato que trajimos de Puebla. Mi Paty hizo un bonito tachilgüil de afectos. Gracias a Dios.
¡Tzatz Comitán!
