jueves, 15 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, CON PROGRAMAS DIVERSOS
Querida Mariana: mi mamá veía la televisión, era su entretenimiento vespertino. Cuando el Cable fallaba yo hacía lo imposible para que lo solucionaran de inmediato. Era la ventana que la conectaba al mundo. Durante las mañanas, después de hacer ejercicio, preparaba la comida, comía y a partir de las cuatro de la tarde se sentaba en un sillón o en una silla de plástico a ver televisión. ¿Puedo dividir en tres bloques su programación? Programas de concurso, la misa y programas policiales. Una mezcla que siempre me atrajo, que nunca me atreví a preguntar el porqué de tal gusto. Ahora, a veces, dedico parte de mi tiempo en tratar de descubrir el secreto. Iba a escribir misterio, pero me arrepentí, porque el gran misterio no es otra cosa que la vida.
Siempre me boté de la risa cuando leía mensajes en las paredes: “Apágala y préndete”, que acompañaban el dibujo de una televisión. Jamás. Mi mamá tenía a la televisión como la gran compañera; mientras yo leía o escribía ella tejía, costuraba y miraba sus programas, siempre aparecía algún comentario, a la hora de misa (a veces le tocaba la misa que daba el papa, en el Vaticano). Cuando llegaba el momento de darse la paz, ella me buscaba y con sus manos con la v de la victoria me enviaba la paz. Cuando mi Paty estaba en casa, decía en voz alta: “la paz contigo, Paty” y mi Paty contestaba. Por ratos cabeceaba, las oraciones las decía en automático.
Lo de la misa no es un misterio, por supuesto que no, mi mamá, de toda la vida, acostumbró el rito católico, desde sus años niños, en Huixtla, hasta más crecida en la Ciudad de México, Puebla, Comitán. Todo en forma presencial, hasta que la pandemia asomó su cara de bruja encabronada y nos obligó a permanecer en casa. Pero, bendita María Visión, porque permitió a mi mamá cumplir con la tradición.
La programación nocturna de las series policiales tampoco entraña gran misterio. Mi mamá creció en los años cuarenta y cincuenta, fue al cine en Huixtla y luego en la Ciudad de México, vio películas en blanco y negro que contaban historias de policías y ladrones, así que en las noches de este siglo ella veía series policiales, claro, ya a color, donde el bien luchaba contra el mal, clásico enfrentamiento en la vida.
Lo que a mí más me sorprendía (y me sigue sorprendiendo) es su predilección por los programas de concurso. No sólo aquéllos donde la “suerte” estaba en relación directa con el conocimiento de palabra, sino también con concursos de habilidades físicas, del tipo que corría sobre barriles en el agua, con velocidad para no caerse o del tipo forzudo que cargaba una piedra hacia la meta. Ella se divertía con estos programas. La veía saltar sobre el sofá, acercarse al borde, lamentar que alguien no alcanzara el éxito esperado. Una vez me platicaste que tu abuelita es feliz viendo carreras de autos, después de todo también está en la nómina de las competencias y de los concursos.
Mi mamá veía programas de cocina, pero, le encantaba ver, los retos de chefs, donde se ponía en juego la habilidad de los competidores. Sí, a ella, los concursos televisivos le inyectaban emoción, vitalidad desde casa. Se divertía mucho, se emocionaba. Mi mamá que era tranquila en su día a día se emocionaba con esos juegos. Veía los programas de “Cien mexicanos dijeron” hasta los programas de televisión española. Uno de los alicientes de todo concurso es el premio. Mi mamá veía ganar dinero a los mejores competidores, insisto, desde ruletas hasta competencias de los hombres más fuertes del mundo.
Posdata: tal vez debo sacar conclusiones y una sería que en cada juego el ganador era el más fuerte, el más hábil o el que, después de todo, tenía más suerte.
Mi mamá nunca dejó algo a la suerte, siempre me demostró que los logros son fruto de la disciplina, del trabajo concienzudo. La segunda conclusión es que quienes participaban en los concursos habían llegado ahí por ese don llamado destino y se sometían a pruebas para ver si alcanzaban la gloria. La tercera conclusión es que, tal vez, la vida no es tan misteriosa y mi mamá veía esos programas porque se divertía muchísimo. Cuando había que completar una frase, ella hacía un ejercicio de participación.
Ella, igual que yo, siempre pensó que la televisión no era una caja idiota, ¡no!, era una compañera divertida. Cuando veía una película y en alguna escena se colaba una pareja en pleno faje, mi mamá cambiaba el canal, como si deseara cuidar la integridad de niños en casa, que sólo era yo.
¡Tzatz Comitán!
