miércoles, 8 de abril de 2026
CARTA A MARIANA, EN LA GRAN CIUDAD
Querida Mariana: esta fotografía fue tomada en diciembre de 2025. Estuvimos en la gran ciudad, la más grande del país. ¡Llévelo, llévelo! ¡Cómprelo, cómprelo! ¡Mírelo, mírelo! ¡Súbase, súbase! ¡Bájese, bájese! Una ciudad donde viven más de once millones de personas. ¡Dios mío, qué desborde, qué patín tan ancho!
Viví en la gran ciudad en los años setenta, de 1974 a 1979, más o menos. Había menos gente, pero era, desde entonces, la ciudad más grande. ¿Cómo un provinciano, de un pueblo pequeño, logró sobrevivir en la gran ciudad, siendo como soy, un tutuldioso? No lo sé. Tal vez lo mismo se preguntan todos los paisanos, contemporáneos, que vivieron allá.
Tengo recuerdos que pasan en mi mente como si fueran esas rayas que se veían en la carrera de Flash, todo como vértigo, como, tal vez, pasaban los autobuses urbanos que tomaba para ir a Ciudad Universitaria. Lo primero que me impresionó fue el ruido. Yo iba de una ciudad donde los pajaritos acompañaban el despertar. Allá, el mundo despertaba en medio de sirenas y no precisamente las que querían quitarle el sueño a Odiseo.
Luego, una mañana de domingo, fui con la palomilla al estadio de los Pumas y cuando escuché el ¡Goya, Goya, Goya, Cachún, Cachún…! Supe que nunca había escuchado algo semejante. Eran miles de voces que, como si fueran un coro monumental, lanzaban gritos de guerra, de gloria. Sí, era impresionante, jamás volví a escuchar algo parecido, nunca más.
Luego entendí lo que a cada rato me dice mi amado Gutmita: en la gran ciudad, el más chimuelo masca vidrio, el más tullido es alambrista. La gran ciudad obliga a los ciudadanos a hacerse pueblo, a meterse por en medio de las filas, a evitar los lugares peligrosos. ¿Cómo un provinciano puede saber que tal zona no es segura? La mano de Dios fue la que nos guio, la que, en todo momento, nos detuvo para no meternos en territorios donde el aire es un cuchillo que corta. Siempre pensé que algún escritor (algo así como un Jorge Ibargüengoitia, que escribió “Instrucciones para vivir en México”) debería escribir un Manual para no caminar por zonas de peligro en la Ciudad de México. No sé si alguien ya lo hizo, pero sería muy recomendable. No sé si ahora las indicaciones observaran que en toda la ciudad se corre el riesgo, porque en cualquier estación del Metro pueden asaltarte, en cualquier plaza comercial te pueden arrebatar el celular, en cualquier viaje en combi aparece el asaltante que sentencia: “ya se la saben” y los pasajeros deben entregar celulares y carteras.
La gran ciudad. En ese tiempo supe que ahí nuestros modismos no existían, que había un titipuchal de palabras que se habían quedado en Comitán y que otras, novedosas, se incorporarían a nuestra habla diaria, porque, cuando menos yo, boté mi voseo y me apropié del lenguaje citadino, porque ya lo decía la vieja sentencia: “al pueblo que fueres haz lo que vieres”
Y me volví un chavo chido, buena onda. Ya no escuché canciones, ¡escuché rolas! en la estación radiofónica “La Pantera”; asimismo los amigos se volvieron cuates (aunque nosotros, los provincianos, supiéramos que cuates ni los aguacates); y conocí a chicas fresas y otras que eran nacas. Para decir sí comencé a usar el simón, simón rolón; y para decir no, aprendí a decir nel, nel pastel. Y lo que en Comitán era mero lek allá se volvió un ¡Cámara! Cámara significaba que todo estaba bien. Y escuché que algunos compas de allá se daban “viajes” y algunos se “mal viajaban” y supe que los viajes eran con drogas (que, por fortuna, nunca me ofrecieron, porque sin duda que le hubiera entrado). Si me gustaba una chica, un cuate me decía que le tirara el rollo, pero siempre a las chicas que les aventé el rollo me dijeron que yo era un manchado (¿un tiznado?). Y desde entonces comencé a usar la palabra güey.
A veces fui a Tepito y escuché el tradicional “llévelo, llévelo”, que volví a escuchar en el mero zócalo en diciembre de 2025. Cientos y cientos de personas van de un lado para otro, cada uno lleva su misión del día. Dora Patricia me dijo que en un viaje anterior llamó su atención que muchos vendedores ofrecían juguetitos, pero cuando comenzaron a caer gotas, por arte de magia, los juguetes quedaron escondidos y los vendedores comenzaron a ofrecer impermeables y sombrillas. Le dije que si el zócalo se convirtiera en playa, los vendedores comenzarían a ofrecer biquinis, shorts y micheladas. Dora Patricia dijo que sí, que así sería. La gran ciudad tiene la capacidad de transformación y de adaptación.
Posdata: tenía varios años que no iba a la gran ciudad. En el 2025, como siempre, volvió a sorprenderme. Cada vez hay más gente, cada vez hay más de todo, y cuando digo de todo me refiero a ¡todo! Ah, qué ciudad tan maravillosa, tan poética, tan misteriosa, tan miserable, tan fea, tan hermosa, tan chida, tan macabra, tan celosa, tan putangona, tan generosa, tan esquiva.
¡Tzatz Comitán!
